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6 septiembre 2025 6 06 /09 /septiembre /2025 17:20

ORWELL PROFÉTICO: 80 AÑOS DE  ‘REBELIÓN EN LA GRANJA’

En esa obra y en “1984”, el escritor inglés logró analizar lúcidamente la distopía  política y social del siglo XX, que se agudiza en el mundo actual

 

En 1945,  George Orwell –Eric Arthur Blair-  (1903-1950),  publicó una feroz alegoría sobre la degeneración de los ideales revolucionarios –Rebelión en la granja- que toda su vida defendió, incluso activamente, como cuando luchó en las filas de la amenazada República española en 1936, junto a su mujer Eileen. Se encontró con dos frentes de batalla. Uno, contra las tropas fascistas de Franco. Y el segundo, interno, en el seno de las filas republicanas, entre comunistas y anarquistas. Describió las checas, la persecución ideológica entre los dictados de Moscú y los que se oponían a la otra “dictadura del proletariado”: un prodigioso disparate que debilitó a la República hasta el punto de facilitar indirectamente la victoria del fascismo, triunfante en muchos países europeos con el apoyo de los ya poderosos nazis (a pesar de la supuesta “neutralidad” de los aliados) lo que supuso un apoyo privilegiado para el ejército de Franco.

Aparte de sus magníficos ensayos y libros de reportajes biográficos sobre las vidas de los obreros y mendigos ingleses, Orwell publicaría, entre otras, dos novelas, “Rebelión en la granja” y “1984” en las que denunciaba de una manera literariamente magistral los autoritarismos y describía el terror estalinista (del que su “Rebelión...” es un reflejo directo y espeluznante en forma de supuesto “cuento para niños”).

Como curiosidad histórica, otra figura señera de la filosofía de su propia época, Simone Weil (1909-1943) que también intentó combatir en la contienda fratricida española (tuvo que ser evacuada de primera fila de combate en la batalla del Ebro, debido a un accidente) escribía poco antes de morir –de inanición voluntaria y tuberculosis): "Nunca el individuo ha estado tan a merced de la colectividad ciega y nunca los seres humanos han sido más incapaces de someter sus acciones al pensamiento y hasta solo de pensar...como en la forma actual de la civilización...vivimos en un mundo en el que nada se corresponde con las dimensiones humanas".

El mundo actual parece haber surgido de las páginas críticas que escribieron estos dos autores. Pero centrémonos en Orwell. Al regresar desalentado y confuso de España, Orwell escribe “Rebelión de la granja” su extraordinaria alegoría contra la dictaduras, las mentiras como forma de gobierno, el endiosamiento del líder, las injusticias, el hambre en el pueblo sometido, los vergonzantes  abusos de los que sostienen al dictador. Su editor se niega a publicarla. El manuscrito es rechazado también en la prestigiosa “Faber&Faber” por T.S. Eliot (uno de los más grandes poetas del siglo) porque “no es adecuado en estos días criticar la situación política” (se vivía en plena “guerra fría” –por cierto, término acuñado por Orwell-)  y no se quería “molestar” a los rusos). En los dos años siguientes Orwell, enfermo de tuberculosis –como Weil- escribe “1984”, una de las obras más lúcidas y proféticas del siglo XX.

 Orwell analizó la situación Estados Unidos-Rusia y vaticinó que ambas potencias nucleares, no se atacarían nunca de frente, pero si indirectamente  a través de terceros, apoyando a los países y  contiendas que favorecieran a uno u a otro.  Murió en 1950, con 46 años, un año después de lograr publicar “1984”. Su legado desde un punto de vista literario es notable, pero el alcance crítico y analítico de su obra contra los estados totalitarios y la deriva antidemocrática y antihumanitaria del mundo, es extraordinario. Para consuelo de los que creemos en los derechos humanos, la solidaridad,  la paz y la igualdad entre personas y países, Orwell ha dejado testimonios literarios de una agudeza y vigor inigualables donde queda palmariamente reflejado el actual momento internacional, con el avance la ultraderecha, los líderes mesiánicos, la brutalidad y el abuso como norma de conducta entre naciones y personas, con una Europa que se niega a sí misma y va convirtiéndose  en una  caricatura de su propia historia. Y unos Estados Unidos que sigue la senda fascista contra la que habían luchado en el pasado siglo.

Leer “Homenaje a Cataluña”, “Rebelión en la granja” y “1984”, o percibir el uso generalizado de expresiones como “Gran Hermano”, “Ministerio de la verdad”, “crimen mental” o la frase irónica “Todos somos iguales, pero unos más iguales que otros” o “El líder siempre tiene razón” (referencia a Napoleón, el cerdo de granja que se convierte en dictador y domina con mano dura al resto de los animales de la “Granja Manor”) es, en suma, no sólo un ejercicio de obligada formación crítica para entender esa repetición de la historia como farsa (tras haberla vivido en el siglo XX como tragedia), sino un placer literario que deja muchas preguntas sin respuesta o nos obliga a pensar que todas ellas se podrían reducir a una sola respuesta: quizá el ser humano no merece un futuro humano. En plena aceleración del cambio social en todos los aspectos y niveles, es casi imposible ni siquiera  imaginar dónde nos llevarán las cada vez más complejas tecnologías y nuestra progresiva “colonización” por ellas. Eso sin ignorar el impulso arrasador  de las consecuencias del también acelerado cambio climático y su reflejo en la destrucción de los ciclos, elementos y hábitats de una Naturaleza esquilmada.

Centrémonos en la lectura de “Rebelión en la granja” y “1984” para valorar la enorme carga de honestidad personal que emana del trabajo, el pensamiento y las ideas proyectivas de Orwell. Y, como trato de mostrar  en este análisis, las razones por las que Orwell mantiene incólume su validez, actualidad e interés, por encima de otros escritores de su generación – ingleses y de otras nacionalidades, Miller, Waugh, Eliot, Maurois, Mauriac, etc.- que fueron mucho más conocidos y apreciados  en el siglo XX. La principal de esas razones es que Orwell y su obra tienen una misteriosa conexión con nuestra época, con las preocupaciones y temores que los acontecimientos mundiales nos causan. La obra de este autor nos concierne. Nos emociona, nos intriga y nos hace pensar y, a veces, tomar partido. Su angustia, su dolor ante las injusticias de su época y ante el triunfo de la barbarie y la brutalidad de los totalitarismos, es semejante a la que hoy sentimos muchos ante la debacle trumpiana o los asesinatos genocidas de Israel en Palestina. Y aumenta el mérito de Orwell porque su proyección literaria en el tiempo se produce en 1945, un año fundacional para nuestro mundo del siglo XXI, tras la II Guerra Mundial, en el que se inaugura un camino de reconstrucción  que restablecerían los principios de convivencia y solidaridad entre los pueblos (a pesar del enfrentamiento entre la URSS y Estados Unidos).

Las obras citadas de Orwell parten, pues, de un momento en cierta forma positivo, en el que se generaría una paz europea y un cierto equilibrio en el mundo a pesar de le existencia creciente de guerras localizadas y de la amenaza nuclear siempre latente. Pero él no nos dibuja mundos utópicos de paz y progreso, sino que utilizando los mismos mimbres de actualidad que podrían llevarnos a una visión feliz, sigue la lógica de la corrupción política y la violencia y proyecta otro tipo de mundo, el agónico de “1984” o la parábola del autoritarismo soviético, tan nefasto como el nazi, en su “Rebelión...”,  publicada sólo dos días después de que Japón se rindiera y acabara oficiosamente la II guerra mundial.

En esta alegoría con aires supuestamente cómicos, Orwell hace una sátira inmisericorde del estalinismo. Nos narra la evolución de una cierta democracia al terror de un régimen de gobierno que un grupo de cerdos impone  al resto de los animales de la granja Manor,  tras expulsar  a su dueño y ‘opresor’, el borracho señor Jones, y vencer a los humanos de las granjas vecinas que vienen a recuperarla. El comienzo de la rebelión se debe al discurso contra el dominio humano de un viejo cerdo de gran inteligencia, respetado por todos, que preconiza el poder de los animales y el establecimiento de una Arcadia feliz, regida democráticamente por una comisión de animales variados. El viejo cerdo premiado, Gran Mayor, alienta la rebelión y antes de morir, deja instrucciones (los Siete Mandamientos) y eslóganes para formar un gobierno democrático en igualdad y solidaridad entre  todos los animales de la granja. Para ello nombra como sus delegados provisionales, a la espera de las votaciones de todos, a los dos cerdos más destacados, el agresivo Napoleón y el inteligente Snowball, que aunque nunca estaban de acuerdo en la línea a seguir, eran los líderes adecuados para dirigir un levantamiento contra los humanos opresores. Ahí comienza de una rivalidad que acabaría con el mejor de los dos, el más ético y solidario, Snowball, que huiría para evitar su asesinato.

La sutil y aguda inteligencia de este relato toca un punto clave, muy utilizado por Stalin y otros dictadores más o menos semejantes (como Trump ) el uso de las redes sociales con fines torticeros y de manipulación: el lenguaje como elemento clave de adoctrinamiento en fanatismo y no-razonamiento de la población menos preparada psicológica y culturalmente. Luego en “1984” volvería a ese instrumento de dominación con más extensión y radicalidad crítica. Y profética: lo estamos viendo a diario en las noticias y en el análisis de la deriva fanática de la extrema derecha en los asuntos que les interesa, con el uso –no controlado e impune- de las redes sociales: emigración, cuestiones de identidad y nacionalismo, violencia, agresividad, mentiras y bulos (los últimos, los que conciernen a los incendios en España, por ejemplo). Y provocaciones conspiratorias que darían risas por absurdas, si tantas personas no se las creyeran de buena fe.

El sistema es diabólicamente eficaz, nos cuenta Orwell: cambio del contenido de ciertas palabras clave (recordemos que una comunidad se rige en el conjunto de sus actividades, conocimientos y responsabilidades por el lenguaje común y sus compartidos significados). Las personas aceptan la re-significación  de ciertas palabras: libertad, solidaridad, identidad, nacionalidad, el trabajo, incluso el ocio o sus derechos. En la novela, el legado del sabio cerdo anciano son los “siete mandamientos” que deben regir los derechos y deberes de la comunidad animal en la granja. Están escritos en una pared como garantía de legalidad y respeto. Pero Napoleón y sus cerdos fanatizados, van cambiando poco a poco esos mandamientos a tenor del aumento de corrupción del líder y sus acólitos. Los cerdos que tenían prohibido el alcohol como el resto de los animales, añaden al mandamiento “ningún animal beberá  alcohol ‘en exceso’”, o en el crucial sistema de elegir democráticamente a los líderes, se reescribe “elegiremos a quien le convenga al líder del partido, porque ‘es lo mejor para todos’”. O frente a la prohibición de vivir en la casa del granjero y usar trajes,  comedor o dormitorios, el líder decide que los cerdos sí lo harán porque se merecen un descanso y una alimentación especial ya que las tareas más pesadas e importantes les corresponden a ellos.

En la granja los trabajos más duros y pesados los hacen los demás animales ante la “atareada” y cura vigilancia de los cerdos, convertidos en “capos” de una granja-prisión.  El huído Snowball es convertido en el gran traidor y por encima de las evidencias que  muchos recuerdan sobre su papel heroico en las batallas contra los humanos, se le condena a muerte sumaria e inmediata si vuelve a la granja. Los animales tienen horarios de trabajo agotadores, escasa alimentación y violencia contra ellos mucho más intensos y despiadados que bajo el mando del granjero y los humanos. Al final los siete mandamientos son borrados de la pared y en su lugar queda escrito el único mandamiento vigente: “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”. Y para que no quedara lugar a dudas, al día siguiente en el que aparece ese único mandamiento, los cerdos comenzaron a usar, cada  uno,  el famoso y odiado látigo que usaban los humanos para vigilar a los animales que trabajaban y golpearles si se volvían remolones o descansaban. Y para coronar la situación, el líder, Napoleón, aparece fumando en pipa y usando las ropas del granjero Jones.

El corolario de la historia es que los humanos dueños de las granjas de alrededor vienen a conocer y negociar con Napoleón: le tratan como a un humano semejante a ellos y admiran la crueldad de la disciplina con la que los cerdos manejan al resto de animales obligándoles a trabajar más y con menos compensaciones.

Algo parecido ocurrió en la Rusia de Stalin (incluido  los asesinatos y expulsión de los que le ayudaron a  tomar el poder y eran superiores a él en conocimientos y formación política). De una forma semejante se repite la historia en la Rusia de Putin y, ciertos detalles, en los paises donde el fascismo o el endiosamiento de sus líderes (Trump, Milei, Orbán y ‘tanti altri’) están cambiando el sueño democrático, liberal y solidario que se soñaba para el siglo XXI.

Orwell nos muestra en estas dos obras que comentamos la eficacia y lógica (o sentido común) de sus ideas y el reflejo en una prosa clara y una narrativa ajustada a los hechos  y a las pequeñas verdades de lo justo y lo conveniente (lejos de planteamientos teóricos  o filosóficos de difícil asimilación). Defendió una manera de ver la vida y el mundo de una honestidad limpia y responsable (provocando e incluso que las personas y figuras de sus propias filas ideológicas se pusieran en su contra) en defensa de un socialismo democrático que lo llevó a luchar contra el fascismo con su pluma y su vida, incluso reconociendo de manera noble sus propios errores (en su juventud, bajo  el imperialismo británico en Birmania y la India) y le enfrentó a la intelectualidad inglesa que durante la guerra no veía bien que se criticara a Rusia y a Stalin.

Esa es la grandeza –y la miseria- de la figura intelectual y humana de Orwell. Su enorme honestidad y su fidelidad  a la débil, delicada y traicionada condición humana. En los tiempos que vivimos, un intelectual como Orwell ya estaría eliminado, por un “accidente” inesperado y fulminante (en Rusia), arrasado por ‘críticos ideológicos” de carnet o vilipendiados por “puristas” a sueldo en las redes sociales. Su entereza, honradez, lucidez y sentido del sacrificio y del honor le convierten en un escritor y una persona legendaria. Y de radiante actualidad en casi todas sus obras. Por eso 1984  y Rebelión en la granja podrían terminar dentro de poco, en algún o algunos países, por ser desterradas de las bibliotecas, estudiarse en las Universidades y por supuesto hacer imposible la compra de sus libros. Suponiendo que no desaparezcan los lectores de libros.

Este mundo nuestro de 2025, con las mentiras y bulos institucionalizados, líderes incontestables, agresividad política, apaños económicos contra los más necesitados, recorte de libertades y derechos, insolidaridad humana, naturaleza depredada, formas de existencia colonizadas por la tecnología, decaimiento de las fórmulas de cortesía, educación y civismo, tradiciones colapsadas –la primera, la familia- , sistemas de vigilancia omnipresentes –con global aceptación de los ciudadanos- , han  convertido las obras de Orwell en el espejo mágico donde se reflejan las similitudes preocupantes  del futuro que describió (que es nuestro presente).

La “neolengua” de “1984” es algo muy parecido a lo que usa continuamente Trump, para el que la falsedad no es más que una “verdad alternativa”, o el “Ministerio de la Verdad” -que corrige diariamente la historia a favor del líder- reflejado en muchas de la “noticias” procedentes de la Casa Blanca, donde se manipula desvergonzadamente el pasado, con tal de que abone los intereses del “líder carismático” (tratar de probar que Obama había sido un ‘traidor’ o que las elecciones anteriores en EE.UU.  se  amañaron para impedir que venciera Trump). El “caldo de cultivo” para que  “Napoleón” o el Gran  Hermano y su poder omnímodo y  represión cambien el mundo, ya se extiende: sistemas de vigilancia masiva, banalización de los valores tradicionales e influjo de la familia y las virtudes humanitarias y sociales que ayudaban a la convivencia, las formas de relacionarse, el debate público, la libertad de expresión... El Gran Hermano nos vigila a todos. Primero en Rusia y Estados Unidos...pero todo se andará...muchos otros países se apuntan al guión y otros esperan su oportunidad abusando de los derechos políticos y sociales democráticos que, cuando ellos lleguen al poder, serán abolidos. Otra de las ideas de Orwell “los dos minutos de odio” la  tenemos institucionalizada y a la mano de cualquiera en las redes sociales, anónimamente y de forma voluntaria: véanse los “juicios” y “campañas” con que un usuario puede destrozar la reputación de cualquier otro que le moleste o desagrade. ¿Qué deriva de vida humana estamos promoviendo?

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6 junio 2025 5 06 /06 /junio /2025 05:20

EL INGENIO, HUMOR Y CALIDAD DE SUS LIBROS, NO DESMERECE FRENTE AL LEGADO LITERARIO DE SU CÉLEBRE HERMANO LAWRENCE, AUTOR DEL “CUARTETO DE ALEJANDRÍA”

Desde joven, entre los 60 y 80 del pasado siglo, he sido un  fanático lector de Lawrence Durrell. He leído casi todas sus obras y he disfrutado con la enorme fuerza y calado de sus novelas (especialmente el ‘Cuarteto de Alejandría’). A finales de los 70 me enviaron para reseñar, un par de obras del hermano de Larry, Gerald Durrell. Fue una revelación. El estilo, la temática y las virtudes de esos  textos me hicieron entusiasmarme con Gerry. Me convertí en un fiel y devoto lector del divertidísimo biólogo, tan enamorado de todos los bichos habidos y por haber, como dueño de un sentido del humor, una sencillez y una calidez humana portentosas. Ya entonces comprendí que me las tenía con uno de los misterios más gozosos de la literatura: la posibilidad de convivencia del afecto de lector a dos autores tan diametralmente opuestos como Gerald y su hermano, Larry, sin que ello disminuyera ni un ápice el valor y la calidad literaria de cada uno de ellos. Por tanto corrijo mi frase: más que “opuestos” eran complementarios. Ya que uno satisfacía mi amor por la gran obra literaria, profunda, renovadora y original; y el otro, por la obra magnífica de un etólogo dotado de una enorme humanidad y una desternillante manera de narrar sus deliciosas aventuras en torno a toda clase de animales curiosos (incluidos muchos humanos y algunos de su propia familia).Y además, algo muy personal y que Larry no me ofrecía: Gerald había sido un niño y un adolescente feliz. Inmediatamente me sentí reflejado en ese niño fascinado por los más insospechados animalitos. En mi caso, más que animalitos, mi mundo giraba en torno a un universo tan diverso y complejo como el suyo, pero con un sujeto de fascinación diferente e igualmente rico: el cosmos literario, novelas, cuentos, comics, poesía...

En el prólogo de Mi familia y otros animales,-publicado en 1956: a España no llegaría hasta 1975-  el hermano mayor de Gerry, el gran Lawrence, eterno candidato al Nobel (que no obtuvo por morir demasiado pronto) rinde un cálido homenaje a la heroína de este libro, la madre, que falleció en ese mismo año, cuyo retrato en esta obra de su hermano Gerald, está trazado con gracia y fidelidad. Y añade, el autor ha logrado el prodigio de reencarnarse en un naturalista de doce años que era entonces, describiendo con humor tan chispeante como cáustico los disparates y las peripecias de la familia Durrell durante los años de estancia en la más encantadora de las islas: Corfú. Y añade con gran sentido del humor y un poco de retranca: Pero si nuestra madre desempeña en el relato el papel de honor, es a mí a quien ha correspondido el más detestable: mi desprecio hacia la ciencia y la irritación con la que acojo todos los esfuerzos del joven genio constituyen el lado sombrío del cuadro. ¿Era yo así de desagradable a los veinte años? Probablemente, sí...Y acaba su interesante  prólogo (ya es un escritor muy conocido en esa época, por lo que es comprensible el algo dolido sarcasmo con el que escribe: El autor nos promete una segunda parte en la que pondría al descubierto, bajo un prisma todavía más burlón, la estupidez y futilidad de la existencia de los adultos, comparada con esa vida más rica y plena que es posible vivir junto a la culebra, el ciempiés y la pulga. Si es capaz de lograr otra obra maestra de humor, alegría y poesía, todos habremos ganado con ello”. Lo cierto es que Gerry siempre ha mantenido públicamente que sentía predilección por su desdeñoso hermano mayor y que las relaciones entre ellos eran muy amables y cariñosas. El lector, por su parte, comprobará leyendo la trilogía que Gerald reparte sartenazos entre todos sus hermanos con irónica ecuanimidad y sólo salva en sus descripciones a la madre, verdadera “heroína” de una familia considerablemente peculiar y bastante extravagante.

Pero, aparte del tiempo y la labor dedicados a su familia, lo que queda de manifiesto es su predilección evidente por “los otros bichos” que le rodean, hasta límites un tanto estrambóticos incluso en un jovencísimo naturalista. En alguna de sus citas, Gerry apunta que se sentía muy cercano a personajes literarios como la Alicia de Lewis Carroll que aseguraba “creer en hasta seis cosas imposibles antes del desayuno”. Lleven ese aserto a la vida de un niño original y espabilado que vive totalmente  a su aire y conveniencia, protegido por su estatus familiar, en una isla rodeado de una naturaleza esplendorosa y comprenderán la enorme complacencia con la que ese hombre describe su niñez. Por eso, en una entrevista concedida a una revista poco antes de fallecer dijo: “Si yo fuera una especie de Merlín o un Zeus omnímodo, a cada niño le haría el regalo de tener una infancia como la mía”. ¡Menudo regalo! Eso demuestra varios aspectos de la personalidad deliciosa de Gerald: su generosidad, su anclaje toda la vida en una ingenuidad bulliciosa e imaginativa de niño perenne, su inocencia impermeable y su sentido del humor extraordinario: una especie de mezcla entre Groucho Marx, Bernard Shaw, Einstein de la biología animal, Richmal Crompton (‘Guillermo,  el travieso’), Dickens. P.G. Wodehouse y Tom Sharpe. Con un toque travieso a lo Monty Python, apreciable en las series y películas sobre su familia y otros menesteres que nutre su obra y su filmografía.

Gerald –Gerry- nació en enero de1925 y falleció en enero de 1995, con 70 años de edad. Se cumplen, pues cien años de su venida al mundo (en la India) y 30 de fallecer y tener que ir a buscar bichitos en las praderas del Cielo (y de paso hacer reír a los ángeles con sus ocurrencias inusitadas). Lo que sí puedo confirmarles es que Gerry se merece el mismo respeto literario como escritor que su hermano Larry, aunque sin duda por distintas razones. En él encuentro una virtud -más humana que literaria- que le hace especialmente singular: su capacidad para resucitar y alimentar de gozo y alegría al niño que todos llevamos dentro, las más de las veces, escondido y asustado. Y una más pública y notoria: fue un adelantado a su tiempo y nos alertaba sobre ecología, protección del medio ambiente y también nos pedía amor a todo tipo de animales: domésticos, asilvestrados, salvajes y... humanos. Los miembros de su familia, para empezar y después la irónica y benevolente visión del mundo adulto. Todo empezó a los diez años cuando Gerald y su familia se mudaron de una fría y desangelada Inglaterra a la soleada isla mediterránea de Corfú donde alimentó su espíritu y su cuerpo de un paraíso: el mar homérico, los olivos retorcidos y majestuosos, el canto de las cigarras, la luz destellante  de los interminables días veraniegos de sol, la vida diminuta y maravillosa de los insectos y otro animales grandes y pequeños, y la singularidad llena de humor y humanidad de los miembros de su familia y los habitantes de una isla griega en el universo rural de principios de siglo XX, una inocencia social llena de picardía y asombro para un niño inusualmente observador y dotado de un gran sentido del humor. Es la Arcadia vitalista y profundamente humana, con todos sus valores y defectos que un avispado niño es capaz de disfrutar plenamente, alejado de las miserias y cortapisas de le época gracias al afortunado y desahogado ambiente de una familia inglesa con medios económicos y situación social privilegiada.

Los que quieran iniciarse en el “opus” durrelliano, pueden leer ‘Yo mismo y otros animales’, un compendio de escritos inéditos y publicados que ha reunido su viuda, Lee, para celebrar el centenario. En él encontramos al Gerald de siempre, irónico, desternillante, lleno de ternura y empatía, reflexivo y dotado de ese entusiasmo por la naturaleza que es su sello distintivo. En su autobiografía se lee el siguiente párrafo: “La mayor parte de la gente no comprende hasta qué punto estamos destruyendo el mundo en que vivimos. Somos como un grupo de niños a los que se ha dejado sueltos con venenos, sierras, hoces, escopetas y fusiles, desechos y cerillas y gasolina en abundancia, en un planeta verde y complejo que estamos, lenta pero de forma implacable, convirtiendo en un desierto pedregoso y estéril”. Todavía en el año en que murió Gerry, el mundo aún no se había convertido en lo que ahora es, treinta años después, y los humanos en esa raza absurda, egoísta, con sus países rodeados de fronteras y muros, consumista, esclavizada por la tecnología, con resabios fascistas, agresivos, mentirosos, sin piedad ni respeto, racista e individualista hasta la psicopatía. Justo a la medida de sus pantallas y de la basura que a menudo emana de ellas.

Pero hablemos de su legado literario: más de medio centenar de obras, entre novelas, ensayos, relatos autobiográficos, libros técnicos y de viajes. Les recomiendo encarecidamente que empiecen por su llamada Trilogía de Corfú, (Alianza-2024), formada por los libros Mi familia y otros animales, Bichos y demás parientes El jardín de los dioses (Alianza Editorial). En esos libros, el lector lo pasará bomba conociendo a la familia Durrell, la madre –una mujer extraordinaria, viuda, con una paciencia y talante casi homéricos, su hermana mayor Margo, y sus dos hermanos Larry y Leslie, cuyos caracteres y comportamientos alcanzan cotas de humor y sarcasmo que nunca defraudan al lector gracias a la pluma divertida e irónica de un niño que los describe y analiza con la misma meticulosidad, afecto e ingenio con la que estudia a los animales de todo tipo y tamaño que son objeto de su mirada y atención inteligente y sarcástica.

El milagro literario se repite desde la lectura de la trilogía de Corfú  (escrita por Gerry ya cumplidos los 30 años) a otras obras como ‘Filetes de lenguado’ (Bruguera)Viaje a Australia, Nueva Zelanda y Malasia’, ‘Murciélagos dorados y Palomas rosas’, ‘Atrápame ese mono’, ‘Un novio para mamá y otros relatos’,  (Alianza), ‘Un zoo en la isla’(Labor), Cómo cazar a un naturalista aficionado’(Planeta) o ’Misión de rescate en Madagascar’(ABC) entre otras. En casi todas ellas el lector se deja embrujar por el verbo y la mirada de un niño apasionado por el mundo que descubre cada día: desde su chucho Roger, a los bichitos que abundan en su personalísimo “país de las maravillas”: hormigas, orugas, abejas, arañas, mariposas, mariquitas, tijeretas, asnos, ovejas, escorpiones o murciélagos, el ganso Alejandro o un camaleón melancólico al que llamó Gerónimo ...todos ellos en una mezcla –no siempre amistosa- con  vecinos y mujeres,  jóvenes o ancianos, el chófer griego o el cocinero, los policías y los pastores, los amigos y amigas de sus hermanos y, por supuesto, su madre y su sólido, amable y comprensivo gobierno del hogar. Todo ello conforma un Olimpo terrenal y humano de una deliciosa diversidad, unidos y convocados por la mirada siempre interesada e inteligente de ese niño que nunca creció, un Peter Pan naturalista y divertido, reinando en un país de Nunca Jamás que llevó siempre en su corazón.

El lector puede seguir la amplia y compleja saga de los intereses creativos de Gerald en una obra que supera los 40 libros, memorias, viajes y expediciones en busca de animales raros, novelas, libros de conservación de la vida silvestre, relatos juveniles de acercamiento al mundo animal y vegetal, llenos de humor y de amor. Su obra como naturalista, incluso la creación de un zoo propio en la isla de Jersey en 1959, que casi le arruina económicamente, define a este hombre cuyo amor por la diversidad animal es un ejemplo para el resto del mundo. Gerry clamaba por el deber ético que tenemos todos hacia la conservación de los animales y sus hábitats, una manera indispensable de proteger el planeta, la responsabilidad básica del género humano. Escribió: “Hasta que consideremos que la vida animal es digna de la consideración y el respeto que le damos a libros antiguos, cuadros y monumentos históricos, siempre existirá el animal refugiado, que vivirá una vida precaria al borde del exterminio, dependiendo para su existencia de la caridad de unos pocos seres humanos”.

El aspecto cinematográfico de nuestro autor es de considerable importancia. Hay varias series de televisión dedicadas a sus viajes por lugares exóticos en busca de animales  y en defensa de su conservación. Muchas de ellas son aún asequibles en plataformas y proporcionarán al lector unas horas de diversión y conocimientos singulares. En su obra Cómo cazar a un naturalista aficionado, Gerald nos cuenta de una forma amena y sobre todo divertida, plena de anécdotas las aventuras, algunas hilarantes, de su esposa y él, junto a un equipo de televisión, todos tratando de hacer cooperar a unos animales poco entusiastas o francamente opuestos a que les filmen. Las islas Shetland, el sur de África, Canadá o el desierto al suroeste de los Estados Unidos, son algunas de las localizaciones donde Durrell, su esposa y su equipo trataron de sobrevivir a filmaciones poco ortodoxas. Añadan isla Mauricio –cuna del pájaro dodo- en busca de especies en peligro de extinción  (Murciélagos dorados y palomas rosas), en un contexto de calor asfixiante, lluvias torrenciales y peligros inesperados. Sin olvidar expediciones a la Pampa argentina, la costa occidental africana y la Guayana británica. Buscar leopardos y colobos en Sierra Leona. Y en México el teporingo o conejo de los volcanes (Atrápame ese mono). Y cómo olvidar los viajes a Australia, Nueva Zelanda y Malasia (72.000 kilómetros), llenos de peripecias y anécdotas siempre servidas con el humor socarrón y crítico del naturalista y sus constantes protestas por los efectos de la intervención humana sobre el equilibrio ecológico (agricultura, caza, minería, tala de bosques). Mención especial a Misión de rescate en Madagascar,(1992), a fin de filmar un reportaje sobre la flora, la fauna y las gentes que viven en la isla. La descripción de un ejemplar de ayeaye – una especie de lémur que solo existe en la isla y está en peligro de extinción- con el que tiene un encuentro fortuito, es de una belleza descriptiva, llena de humor y de comparaciones jocosas, que convierte ya en la primera página, la lectura del libro en una fiesta. Para muestra un botón: Que un ser tan sorprendente y complejo sea eliminado de la superficie del planeta, es algo tan impensable como quemar un Rembrandt o un Goya, transformar la Capilla Sixtina en una discoteca o derribar la Acrópolis para edificar un Hilton (idea que se le podría ocurrir a Trump). Creo que es una de sus últimas obras. La dedica a su esposa Lee, que me ha soportado, me soporta todavía hoy y, espero, seguirá soportándome hasta que me lleve bajo tierra. Cosa que tuvo que hacer un par de años más tarde.

En su “Durrell Wildlife Conservation Trust”, Gerry legó una fundación no sólo para prevenir extinciones de especies, sino para recuperar las poblaciones amenazadas. Criticó lo que llamó “la política del panda”, es decir la protección de animales “bonitos y fotogénicos” frente a las especies pequeñas y ocultas para el gran público, pero mucho más importantes para la biodiversidad y tan dignas de ser protegidas como el emblemático oso o el ornitorrinco.

Leer y gustar del estilo y el humor de Gerald Durrell en sus obras -en un mundo envilecido por gentes como Trump y sus numerosos acólitos descerebrados, lleno de guerras inicuas y sangrientas, de fascistas nazificados, contaminación ambiental, mentiras venenosas rebosando las redes, inseguridad y cretinos agresivos que nacen por generación espontánea- ...es una invitación a volver a vivir por unas horas con la intensidad y el placer inocente de la niñez.

Pero acabemos con un párrafo delicioso escrito en el “Discurso para la defensa” que Gerald escribe al principio de su Trilogía de Corfú: ‘Quiero rendir un tributo especial a mi madre: como un Noé cariñoso, entusiasta y comprensivo, ha guiado hábilmente un navío lleno de extraña prole por los tempestuosos mares de la vida, siempre enfrentada a la posibilidad de un motín, siempre sorteando los peligrosos escollos del despilfarro y la falta de fondos, si esperar nunca que la tripulación aprobase su manera de navegar, pero segura de cargar con toda la culpa en caso de contrariedades. Que sobreviviese al viaje fue un milagro, pero logró sobrevivir, y lo que es aún mejor, con la cabeza más o menos indemne. Como señala con razón mi hermano Larry, podemos estar orgullosos de cómo la hemos educado: ello nos honra”. Cuando leí este texto pensé inmediatamente en mi propia madre, cuyo denuedo y dominio de sí misma y de las situaciones adversas que deben soportar todas las familias, mantenía a flote, y además en el rumbo indicado, a la nave familiar. Y como en mi caso, en el de la mayoría de las familias de la sufrida clase media de este país –por no decir de todas-. Recuerdo haberle leído estos párrafos a mi madre- también viuda, aún joven- a finales de los 70, cuando el libro cayó en mis manos. Me gané una dulce sonrisa.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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6 febrero 2025 4 06 /02 /febrero /2025 16:10

ANTOINE DE SAINT- EXUPÉRY, EL ESCRITOR Y PILOTO QUE FUE “EL PEQUEÑO PRÍNCIPE”

Era una persona inteligente y melancólica, con una vida sentimental complicada y un profundo aislamiento íntimo que le hizo evocar la infancia de forma genial y universal.

El próximo 29 de junio se cumplen 125 años del nacimiento en Lyon del escritor en el seno de una familia aristocrática venida a menos. Murió el 31 de julio de 1944 durante una misión de observación aérea en solitario al servicio de la Francia Libre, en lucha contra la Alemania nazi. Su avión, un P-38 Lightning,  fue abatido por un caza enemigo. Cayó sobre las aguas del Mediterráneo, cerca de Marsella.  Su cuerpo no se encontró, aunque sí los restos de su aparato más de 50 años después.

UNA VIDA CORTA PERO INTENSA

En 1998 un pescador que faenaba en aguas mediterráneas, cerca de Marsella, encontró en sus redes un brazalete grabado con el nombre de Antoine de Saint Exupéry, entrelazado al de Consuelo Suncin, su esposa, una salvadoreña, un año más joven que Antoine (nacido en 1900). Unos años más tarde un buceador profesional busca los posibles restos del aparato de Saint Exupéry en la zona donde el pescador había lanzado sus redes (hasta entonces se habían buscado los restos en aguas cercanas a Córcega de donde partió el escritor-piloto el día de su muerte). Y efectivamente encontró los restos del aparato; se confirmaron los números grabados en el fuselaje, pero no había restos del aviador. Ya para entonces se sabía la identidad del piloto del caza alemán que afirmaba haber derribado el aparato francés de reconocimiento el  31 de julio de 1944, aunque lógicamente ignoraba quién pilotaba el avión francés. Resultó ser un admirador del autor de El pequeño príncipe y lamentó públicamente haber sido precisamente él quien provocó que Saint Exupèry  -un adulto que siempre añoró su infancia—volviera como aquél otro niño literario e itinerante a su propio hogar, un lejano planeta sin nombre. Uno con la mordedura de una serpiente y el otro bajo las balas de un caza enemigo.

Su vida no fue larga, pero si compleja, rica en experiencias, fructífera e interesante intelectualmente, muy diversa y variable en el terreno de las emociones y los sentimientos...fue un hombre de su siglo, controvertido, humanitario, defensor a ultranza de la amistad y el compañerismo, honesto y fiel a sus ideas, de gran valía literaria y un individualismo afectivo, desorientado -quizá poco maduro- que seguramente le hizo sufrir a él y a las diversas  compañeras que se cruzaron en su peripecia vital ensombrecida por dos guerras mundiales. Consideraba que la mejor forma de conocimiento de sí mismo estaba en la acción, pero no cualquier acción sino una encaminada hacia un alto y noble fin, comprometida con el honor, la solidaridad y la dignidad de la condición humana.

No sabemos mucho de su infancia, excepto que le dejó una añoranza afectiva que le acompañó toda su vida. Se quedó huérfano de padre a los cuatro años de edad. En su primera juventud traba conocimiento con lo que sería el primer gran amor de su vida: la aviación, aunque sus estudios universitarios se centraron en Bellas Artes. Hace el servicio militar en Estrasburgo en aviación y tres años más tarde obtiene su licencia como piloto. Su “licencia” como escritor llega en 1926 cuando publica su primer relato (autobiográfico) El aviador,  en la revista Navire de argent. Dos años más tarde publica su primera novela Correo del Sur y en 1930 Vuelo nocturno, con una introducción de André Gide, por el que recibe el premio Fémina del siguiente año. En este libro, como en todo lo que ha escrito hasta el momento, se reflejan sus experiencias como piloto o las de algún compañero. Y su vida comienza a materializar sus sueños de fama y gloria. Ese mismo año, 1931, contrae matrimonio con la salvadoreña Consuelo Suncin (que más tarde sería simbolizada como “la rosa” que ama y cuida el Principito y le hace sufrir con su chantaje emocional de amor). Esa mujer, con un pasado de lo más novelesco, sería un aporte esencial aunque ambivalente para la vida y la obra de Saint-Ex, en la que no faltan personajes femeninos, como Nelly de Vogué que según dice Paul Webster, biógrafo del escritor, trataba de alejar a Consuelo de Antoine (intentos apoyados por la familia de éste, que nunca admitió a la salvadoreña). Nota bene: mis lecturas complementarias, entre las que ha estado las Memorias de la rosa  de Consuelo de Saint-Exupèry difieren un tanto de las de los biógrafos consultados, en las que casi siempre se ofrece un retrato negativo y frívolo de esta mujer bastante singular. En cuestiones íntimas no tomo partido, es un universo privado sujeto a fácil especulación. A mi entender fue la compañera adecuada a un espíritu variable y enamoradizo como el de Saint-Ex. Creo que a final de su vida, el escritor se reconcilió con su esposa y comprendió que había más semejanzas que diferencias entre ellos dos, que no había culpables.

La faceta de hombre de acción- vinculada al vuelo, los viajes y la aventura- se despliega totalmente. En 1934 viaja a Saigón, Moscú y España en guerra,  en agosto de 1936 y mayo de 1937. Fue en su propio avión como enviado del diario parisino, L’intransigeant, y publicaría cinco reportajes sobre Barcelona y el frente de Aragón y el año siguiente para Le Soir, sobre el frente de Madrid, seis reportajes. Saint Ex no tomará partido por ninguno de los dos bandos, aunque solo estuvo en el republicano. España despertó su rechazo a la inhumanidad de la guerra –ya percibía la extensión del horror de la guerra por toda Europa- , la sinrazón de la lógica militar y sobre todo el heroísmo de la gente sencilla del pueblo. Un año más tarde se lanza a intentar el viaje París-Saigón en un aparato “Simoun”. Se ve obligado a hacer un aterrizaje forzoso  en el Sahara y cuando ya se le daba por desaparecido, es rescatado por unos beduinos. Ese sería el germen del aterrizaje literario del Principito en el desierto. Sigue su trabajo como piloto del correo aéreo postal y sufre otro accidente en Guatemala tras el que debe ser hospitalizado.  En plena convalecencia escribe Tierra de hombres por la que recibiría el gran Premio de Novela de la Academia Francesa y el National Book Award en Estados Unidos.

Al comienzo de la II Guerra Mundial lucha en el cielo como piloto en la zona de Saint Dizier y tras la entrada de Hitler en Paris no volverá a volar como piloto de combate hasta las misiones de observación bajo mando americano en Córcega y Africa. Es una época difícil y oscura en la que Saint Exupéry se ve desbordado por las maniobras, rivalidades y presiones de los políticos divididos entre Vichy y la Resistencia. En 1941, el ya famoso escritor, se instala en Nueva York, donde escribe  y publica Piloto de guerra. Consuelo, a petición de su marido, viaja a Nueva York y se instala en un apartamento vecino al suyo, Un año más tarde, 1943, Saint-Ex publica  El Principito,  con unas deliciosas acuarelas que ilustran el libro, realizadas por el autor.  Esta novela corta o relato largo obtiene desde el principio un éxito fulgurante y se convierte en un clásico de la literatura infantil, con traducciones y ediciones en todo el mundo. El libro se lo dedica a su gran amigo León Werth, que había sido capturado por las autoridades alemanas de la Francia ocupada. Ese mismo año vuelve a pilotar aviones, pero dada su edad le confieren misiones de reconocimiento aéreo y con una limitación de cinco misiones, aunque la última. en la que se encontró con la muerte, sería la octava. En ese tiempo escribiría Carta a un rehén (se trataba de su amigo Leon Werth), Carta a una amiga desconocida y Carta al general X. Dejó inacabadas, la que debía ser su gran obra –según aseguraba él mismo- Ciudadela y los Apuntes.

Saint Exupery fue un “polymatas”, el tipo de hombre, según los filósofos griegos, capaz de ejercer varias profesiones u oficios y hacerlo todo bien en un continuo ejercicio de excelencia. Piloto, escritor, filósofo, mecánico, dibujante, inventor, mago...también un seductor, amante de la amistad a ultranza, una persona con coraje intelectual, independencia política, valor, altruismo, delicadeza y vulnerabilidad sentimental. Se convirtió tras su muerte en un héroe de la tradición literaria y militar francesa: su efigie y los dibujos del Principito y la de la boa que se ha tragado un elefante estuvieron desde 1994 -en el 50º aniversario de su muerte- hasta el 2000, en los billetes de 50 francos. Fue el último conde de un linaje de la aristocracia rural francesa que se remonta al siglo XIV (perdió a su padre a la edad de 4 años). Tuvo una infancia feliz, rodeado de mujeres, su madre y sus cuatro hermanas y eso marcó su dependencia afectiva hacia las mujeres, equilibrada por un noble y firme respeto a la amistad y la camaradería. Su encanto personal le abre puertas de la alta sociedad y de la literaria también (André Gide y el grupo  de la Nouvelle Revue Francaise). Al arruinarse la familia, Saint-Ex (que se ha enamorado muy joven de Louise de Vilmorin, dama de alcurnia que lo trata despectivamente) se enrola en aviación, quiere ser piloto y cuando consigue el título entra en la Compañía Aeropostal francesa Latecoére.  A los 26 años se siente feliz tras los amargos avatares económicos y sentimentales. Su vida cobra sentido. Y ya no lo abandonará hasta el fin. Vivió los tiempos heroicos de la aviación y se integró en un legendario equipo de pilotos, entre ellos sus amigos Gillaumet y Mermoz,  que habrían de protagonizar su novela Tierra de hombres.

Empieza su carrera como jefe de la estación aérea de Cabo Juby, un perdido fuerte español en la provincia de Río de Oro, en los confines del Sáhara. Allí escribe páginas memorables de amistad, heroísmo, sacrificio y entrega personal y profesional. Tiene que velar por la llegada y salida de los correos aéreos, buscar a los pilotos perdidos, negociar con los españoles y defender a veces a tiros los aparatos y el correo de los ataques de los bereberes, a los que aprende a tratar y a admirar. Toda su vida oscila entre dos vectores determinantes: por un lado, el amor a su oficio de piloto que, además de estructurar su personalidad y carácter en los valores y principios de su arriesgada profesión le proporciona materiales creativos a su otra vocación esencial: la escritura. Quizá por esa razón, cuando Saint –Ex ve todos sus principios existenciales cuestionados por la guerra y sus mezquindades -los gaullistas nunca le perdonaron que no se adhiriera al movimiento del general De Gaulle en el exilio: “si no estás con nosotros es que estás con Petain” decían- puso tal tenacidad en recobrar su puesto de combate que casi podría decirse que buscó su propia muerte. Tiene 44 años y aunque su obra literaria sigue siendo un motor de ilusión, el mundo que le rodea se desmorona...aunque también podría ser que el escritor –con varios accidentes -que debieron ser mortales- en su haber, piensa que tiene lo que los árabes llaman “baraka”, es decir una suerte  inmensa, la protección de los dioses  y que saldrá con bien de su último vuelo. Prefiero esta interpretación: por lo que he leído de Saint-Ex no me parece un seducido por el suicidio...Sus acciones se movían más por el imperativo ético. De ahí que muchos críticos no han calificado a Saint Ex entre los novelistas sino entre los moralistas franceses como Montaigne, Pascal, La Bruyère, La Rochefoucauld o Joubert...Lo cual me parece excesivo.

En mayo de 1943 logra que se le admita en una escuadrilla pero con la condición de no hacer más que cinco misiones (luego serían nueve), a su regreso de la última ya iba a ser informado que sería destinado a otro tipo de misión, sin volar, para el desembarco aliado. Pero esa medida cautelar y razonable no se podría cumplir jamás.

 

 

LO ESENCIAL ES INVISIBLE A LOS OJOS

No tenía en absoluto la apariencia de un niño perdido                               en medio del desierto, a mil millas de toda región habitada.                                   Cuando al fin logré hablar, le dije: -Pero, ¿qué haces aquí?                                 Y el repitió, suavemente: -Por favor... dibújame un cordero.

Leer El principito es una experiencia personal notable. No sólo por el encanto literario del relato, sino por la profundidad de sus mensajes. La primera vez lo leí, trabajosamente, en francés. Me fascinó la historia del aviador accidentado que se encuentra a un  misterioso niño en el desierto del Sahara. Estudiaba los primeros cursos del bachillerato y el volumen me lo proporcionó mi anciano maestro de primaria, don Rafael –un judío francés huido de los nazis- que supo despertar mi amor a la lectura ¿Se trataba de un cuento para niños o una parábola para adultos? Es una pregunta que se hacen casi todos sus lectores, niños o adultos. Yo creo que es una mezcla de las dos posibilidades.  Cuando mi padre me regaló la traducción al castellano, dos años más tarde, lo volví a leer y ya no tuve ninguna duda: era un relato para niños y también para adultos. El viaje del Principito por los planetas regidos por personajes pintorescos (y muy representativos), su peripecia personal en la Tierra y su tierna relación con el Aviador hasta el momento terrible de su muerte, me despertó preguntas y me facilitó respuestas (no necesariamente a esas preguntas) que me han acompañado durante el resto de mi vida, de una forma enigmática pero evidente. Pero con una salvedad: tuve amigos entrañables unidos por la lectura de las aventuras de Guillermo Brown, de los libros de Julio Verne o de Salgari y más tarde de Sherlock Holmes o de Swift o Conrad...pero nunca por El Principito. ¿Por qué? Porque la genialidad (no buscada) de Saint-Ex consistía en que cada lector, a cualquier edad, recibía su propio mensaje liberador o clarificador, su propia sugerencia de reflexión, su coordenada de conclusiones. Como el mismo autor, para el que fue un trabajo liberador, una confesión de la propia desdicha, melancolía, amor y temblor, fugacidad y nostalgia. Una tierna ironía volcada en el análisis del desquiciado mundo en el que nos toca vivir y que, proféticamente, Saint-Ex reflejó con un lenguaje sencillo, de vigorosas imágenes evocadoras en cada uno de los personajes del cuento, la rosa, el cordero, el zorro, el Rey solitario, el hombre rico, el calculador de números, el farolero, el bebedor, el astrónomo o el crucigramista. La lectura del libro se convierte en un oasis en el que descansar cuando el desierto humano nos aturde. También es una exaltación del amor, sus exigencias y sus astucias, del juego, del asombro ante lo cotidiano, de la amistad y la camaradería...en suma del hecho de vivir y de cómo hacerlo para recuperar la importancia de las cosas pequeñas, la inocencia en la mirada y el respeto absoluto al deber y a la amistad. Hay quien quiere ver en esa exaltación hacia el trabajo bien hecho, la norma heideggeriana de que la realización propia consiste en ser una persona que se realiza a sí-mismo en la acción oportuna y adecuada, en “lo que hay que hacer”, por encima de otras consideraciones.

El 6 de abril de 1943 se publica la edición original de El principito en la editorial Reynal& Hitchcock. Una versión en inglés en tapa dura y dos ediciones en francés una en tapa dura y otra en rústica. La edición aparece ilustrada con las propias acuarelas del autor. Saint Exupéry ya era una personalidad mítica y heroica entre los norteamericanos. Su segunda novela Vuelo nocturno se había publicado en 1932 en inglés con tanto éxito que fue adaptada para el cine con Clark Gable como el piloto protagonista. En 1939 su novela Tierra de hombres  había sido galardonada con el National Book Awars. Y ese mismo año amerizó en Nueva York a bordo del Leutenant-de-Vaisseau-Paris, el mayor avión de amerizaje del mundo, como segundo piloto de su amigo Gillaumet. En 1941, en plena guerra, Saint Ex vuelve a Nueva York (había sido desmovilizado en junio de 1940) tras la debacle total del ejército francés frente a los alemanes. Sopesa cual debe ser su postura, ante el colaboracionismo de Vichy y sus dudas y suspicacias respecto al clan gaullista de Londres. En Nueva York ha de enfrentarse a un rosario de calumnias y falsedades sobre un supuesto apoyo del escritor al gobierno de Vichy comandado por el mariscal Petain, que colabora con los nazis. Sus protestas no le sirven de mucho, a pesar de la publicación en 1942 de Piloto de guerra, una novela donde queda claro su compromiso contra el antisemitismo y la barbarie nazi. Amargado por la hostilidad y maniqueísmo de muchos franceses exiliados, Saint Ex trata de compensar su soledad y aislamiento  y empieza a tomar notas para El principito.  A principios de 1942 pide a su esposa, Consuelo, que venga a vivir a Nueva York en un piso cercano al suyo (el matrimonio vivía separado desde hacía unos años) aunque Saint Ex sigue su vida nocturna y sus relaciones con otras mujeres, Silvia Hamilton, Hedda Sterne. Nada de Bragance y Nathalie Paley que le ofrecen compañía casi siempre amistosa y casi maternal, ante su vulnerable soledad. En el verano de 1942 Consuelo encontró una casa magnifica, enorme, en Bevin House, Long Island y allí se encierra Saint Ex con sus libretas y acuarelas para escribir El Principito. A mediados de octubre de ese mismo año, el manuscrito de la novela llega al editor. La pareja vuelve a vivir juntos en un dúplex neoyorquino. El proceso de edición de El Principito es largo y complejo. Saint Ex se compromete a fondo con la labor editorial, sus dibujos y sus textos son una y otra vez retocados hasta conseguir la perfección que el escritor desea obsesivamente: exige controlar el emplazamiento de los dibujos, si irán a color o no, su tamaño y todo articulado de forma equilibrada y armónica.

Pero el tiempo pasa y Saint-Ex ha decidido  pedir su incorporación  a las filas francesas del Ejercito de la Francia Libre. Como piloto, a pesar de las renuencias de los mandos que consideran su edad como un problema y preferirían explotar la fama internacional del escritor. Le asignarán a una unidad de reconocimiento aéreo, en febrero de 1943. Cuando sale a la venta el libro, el escritor ya está fuera de Nueva York y recibirá las primeras noticias sobre el éxito en el buque que le traslada de suelo americano hacia el norte de África.

El Principito no se publicará en la editorial Gallimard hasta abril de 1946 a título póstumo, como Carta a un rehén y Ciudadela y es un éxito inmediato en Francia, que llega a ser apoteósico a partir de mayo del 68. En 2013 sobrepasaba los once millones de ejemplares. Ha tenido diversas adaptaciones para el cine, desde una lituana en 1967, seguida por la comedia musical de Stanley Donnen, 1974, y otras de dibujos animados,  obras de teatro, ópera, ballet y comics...

A pesar de su brevedad, Saint Ex logró  con esta obra su verdadera consagración  para la posteridad. Su tono elevado, solemne, pleno de metáforas y admoniciones de altura, su fe absoluta en la grandeza del ser humano, en la amistad y el concierto de los corazones por los valores humanos lastran muchas páginas de su obra, como en Ciudadela, que está lejos de ser la ambicionada obra maestra que Saint-Ex soñó. Tanto Tierra de hombres como Piloto de guerra mantienen la altura narrativa que deseaba. Pero quizá sólo en El Principito aparecen trazos finos de sentido del humor e ironía, grandes ausentes de la obra de Saint-Ex, a pesar de haber sido escrita en plena guerra mundial, con una Europa agónica y un mundo sentimental íntimo en horas bajas. Creo que puedo cerrar esta semblanza añadiendo una nota de esperanza escrita por él poco antes de su muerte: “Si se establece en el corazón de los hombres el respeto al hombre, los hombres acabarán por establecer el sistema político, social y económico que consagre ese respeto”. Utópico, pero refleja el infatigable humanismo de Saint-Ex.

 

EL VIAJE DEL PEQUEÑO PRÍNCIPE

1.-El autor nos cuenta una experiencia a los seis años de edad tras haber dibujado una serpiente que digiere un elefante y la incomprensión de los adultos ante su obra. A consecuencia de ello se hizo mayor y aviador.

2.-El aviador tiene una avería sobre el desierto del Sahara. Aterriza para poder arreglar su aparato. Se duerme y al despertar hay un niño rubio que, por las buenas, le pide que le dibuje un cordero. Como no le gustan los dibujos que hace, el aviador dibuja una caja con agujeros y le dice que el cordero está dentro. El niño mira el dibujo y dice: es un cordero muy pequeño y se ha dormido. Le cuenta al aviador que proviene de un planeta diminuto. Allí  hay unas raíces de baobabs que si no se eliminan a tiempo destruirían el planeta al crecer. Para eso quiere el niño al cordero.

3.- El niño le cuenta que cuando se siente triste se va a ver una puesta de sol y como el planeta es muy pequeño le basta con cambiar de lugar la silla para ver la puesta de sol. Un día vio cuarenta y tres puestas de sol.

4.-El Principito teme que el cordero se coma también su rosa, “una flor única en el mundo” Y le confiesa su gran amor por la flor. Una flor presumida que se cree  la más hermosa del mundo y se queja de todo. Un día el Principito decide abandonar a la flor y aprovechando una migración de pájaros, abandona su hogar, pero antes deshollina los dos volcanes activos de su planeta. La flor le pide perdón por su orgullo y vanidad, pero le dice que se vaya antes de ponerse a llorar. Era una flor muy orgullosa.

5.- Visita los asteroides 325 al 330. Y allí conoce al Rey (sin súbditos), al tipo Vanidoso, al Bebedor, al Hombre de negocios, al Farolero, al Geógrafo...y, al fin, llega a la Tierra.

6.-Su primer encuentro es con una serpiente que le habla del poder que tiene: “al que toco lo vuelvo a la tierra de donde salió”.  El niño comprende que esa puede ser su manera de volver a su planeta.

7.- Encuentra, tras mucho caminar, un jardín de rosas, que lo saludan muy contentas. El Principito al verlas se sintió muy desdichado. Su rosa no era única. Pero luego pensó que sí. Puesto que era su rosa. Pero eso mostraba su insignificancia. Y lloró.

8.-Conoce al zorro que se niega a jugar con él, porque “no está domesticado”. Le pide que le domestique para poder estar con él, para tener necesidad uno del otro. “Si quieres que sea tu amigo, domestícame”. Eso marca la diferencia ante los demás zorros y el resto de las personas. Y le dice su secreto: “Lo esencial es invisible a los ojos”

9.- Luego el niño conocerá al guardagujas y al mercader y volverá al aviador, al que le ha estado contando estos encuentros. El aviador le dice que se van a morir de sed, que ya no le queda agua. El niño le dice que hay que buscar un pozo y camina por el desierto. El aviador le acompaña bajo el sol y lo lleva en brazos durante la noche. Ante su sorpresa, al amanecer encuentran un pozo. El niño le dice: “Para hallar es necesario buscar con el corazón”.

10.- El aviador vuelve a reparar su avión y deja al Principito junto al pozo. Cuando regresa al día siguiente para decirle que ha reparado el aparato y que vuelva con él, el niño le dice que no. Que ya ha encontrado el medio de volver. La serpiente le morderá y así podrá volver a su planeta con su rosa única que debe echarle de menos. El aviador comprende y se siente desdichado. El niño le dice que no esté triste, que la noche que quiera mire a las estrellas y desde una de ellas el Principito reirá, “lo que para ti será como si rieran todas las estrellas”. La serpiente muerde al niño que, blandamente, cae muerto sobre la arena.

BIBLIOGRAFÍA

EL PRINCIPITO.- Círculo de Lectores, 1994.-LA HISTORIA COMPLETA DE “EL PRINCIPITO”, Salamandra, 2013.-CORREO DEL SUR, Emecé editores, 2000.-TIERRA DE HOMBRES, Emecé Editores, 2000.-PILOTO DE GUERRA, Rueda, 1968.-SAINT-EXUPÉRY EN LA GUERRA DE ESPAÑA, Ken ediciones, 2016.-AVIONES DE PAPEL, Montse Morata, E. Stella Maris, 2016.-MEMORIAS DE LA ROSA.-Consuelo de Saint-Exupèry.-LO ESENCIAL ES INVISIBLE, Eugen Drewermann.-Circulo de Lectores,1994.-SAINT-EXUPÉRY, VIE ET MORT DU PETIT PRINCE.-Paul Webster. Editions de Felin, 1993

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4 enero 2025 6 04 /01 /enero /2025 23:57

“LA MONTAÑA MÁGICA” DE THOMAS MANN, CUMPLE 100 AÑOS

Narra la historia del joven Hans Castorp y su evolución personal, durante un largo internamiento en el Sanatorio antituberculoso de las montañas de Davos

Ustedes se preguntarán: ¿Qué tiene de particular esta novela escrita muy laboriosa y lentamente por un escritor alemán hace más de cien años? Primero, que se trata de un Premio Nobel (1929), aunque lo recibió por “Los Buddenbroks”  no por “La montaña mágica” ni por “Muerte en Venecia”. Eso se debió a la oposición de algunos intelectuales y médicos que formaban parte del Jurado del Nobel y  aún recordaban la historia reciente de Alemania. Sin embargo aparte del valor literario de sus obras conviene destacar un hecho que da la medida de la excelencia del intelectual comprometido: adoptó una actitud insobornable y ética contra el poder nazi, viéndose obligado a exiliarse, como tantos otros de sus colegas, aunque no era de origen judío. Se trata, pues, de una gran figura de la literatura mundial y una personalidad humana digna de respeto. Cierto, dirán ustedes, pero  “La montaña mágica” es, simplemente, otra gran novela, a la altura del “Ulyses” de James Joyce, de “La muerte de Virgilio” de Hermann Broch o  de “El hombre sin atributos” de Musil. Pues bien, sí y no. Es una gran novela, pero no es “una más” y sí está a la altura de las novelas citadas, y en algún aspecto –en la historia de la literatura- las supera. Les aconsejo  leer todas estas novelas y dejar la de Mann para la última lectura, a fin de comprender que la maestría de este escritor es irrepetible, tiene una singularidad propia que emana de la época que vivió y del lugar en que nació, del carácter acomodado de su familia y del conjunto de caracteres psicológicos, naturales o adquiridos que moldearon sus ideas y sus acciones. Ojalá usted que me lee, se atreva a hacer la prueba que les propongo. Le garantizo un gran placer y un profundo enriquecimiento personal. Aunque, por honestidad profesional, tengo que hacer una advertencia obligada: lo anteriormente dicho depende muy directamente de la clase de lector que sea usted. Y me temo que también de su edad, aunque con las debidas excepciones. Si usted rebasa los 40 años y ha sido lector toda su vida, la lectura de esa novela le encantará. Y posiblemente me dé la razón en mi aventurada apuesta. Si tiene menos de esa edad –ya sé que todo esto es muy arbitrario y hay que aceptar excepciones- se le hará muy cuesta arriba leer las obras maestras citadas, incluida tal vez “La montaña mágica”, aunque, paradójicamente, preferirá ésta al “Ulises” o a “El hombre sin atributos”.

En 1911, a los dos años de casado, Thomas Mann visita a su esposa Katia que está internada en el sanatorio antituberculoso Wald de Davos-Platz en el cantón suizo de los Grisones. El ambiente trágico-dramático que se respira entre los enfermos y los médicos y enfermeras, entre la curación y la muerte, entreverado de una extraña vitalidad social y erótica, le impresiona y le inspira vivamente. Hace dos visitas a su esposa hasta su curación y mantiene una nutrida correspondencia con Katia, que le informa detalladamente del ambiente que se vive en el Sanatorio y de las costumbres, anécdotas y líos entre los enfermos. Mann, en su última visita a su esposa, que fue dada de alta un par de meses después, fue abordado por el director del centro, que le sugirió que dado su presunto estado –el escritor estaba pasando un fuerte resfriado con tos- debería quedarse “unas semanas” en el sanatorio para evitar males mayores. Mann rehusó cortésmente. Cuando regresa a su domicilio, comienza con un proyecto de novela corta, en el que espera contraponer el drama humano de la supervivencia en el escenario casi mágico de las montañas alpinas, entre la agobiante presencia fantasmal de la muerte y el deseo de vivir, como una fuerza primaria casi animal, que trata de luchar contra esa presencia amenazante, rara vez de forma victoriosa. Una especie de drama satírico o contrapunto humorístico a “Muerte en Venecia” que había publicado en 1912 con gran éxito.

Pero en este caso no se trataría de una novela corta, sino de una obra magna que tardaría doce años en coronar –apareció en 1924, hace un siglo, y se vio interrumpida en varias ocasiones por las duras circunstancias de la I Guerra Mundial y los contradictorios efectos que tuvo en el escritor-  y sería considerada la mejor de sus obras, una novela merecedora de aupar a su autor al codiciado Premio Nobel, que recibiría en 1929 por el conjunto de su obra. La novela narra la estancia en el citado balneario de su protagonista, el joven Hans Castorp, un ingeniero recién titulado, que aplaza el comienzo de su trabajo en la empresa familiar para pasar unos días con su primo, un joven oficial militar aquejado de una seria tuberculosis. Pero en su estancia, cuya duración va ampliándose a un ritmo concordante con los síntomas físicos y psicológicos que Castorp va padeciendo: “la cabeza caldeada, el mal gusto en la boca, las palpitaciones arbitrarias de su corazón”. En principio son achacadas por él mismo a “dificultades de aclimatación”. No mucho tiempo después, los síntomas se recrudecen y el médico jefe le manda hacerse una “sesión de rayos X” donde –además de sus huesos, cosa que maravilla a Castorp, que filosofa sobre ello, ya aparecen las sombras de la enfermedad. La novela refleja no sólo la idiosincrasia peculiar de otros enfermos con los que  el protagonista se relaciona, sino que como un fondo magistral, en comentarios y hechos filtrados por  el paso del tiempo y el aislamiento del “mundo normal”, va mostrando un retrato lúcido, inteligente y crítico de los problemas ideológicos, políticos, económicos y sociales de una Europa que aún ignora que se está precipitando inconscientemente a la carnicería total de la Primera  Guerra Mundial. Así que esta novela no sólo es un soberbio “Bildungsroman” –término acuñado por Goethe que designa una novela de aprendizaje o de educación del protagonista-, sino una sugestiva narración de fondo filosófico donde temas como el tiempo, la enfermedad, la muerte, el amor, la estética, la sociedad y sus defectos, el nacionalismo y el militarismo, son analizados para mostrar el escenario bélico donde moriría Castorp, poco tiempo después de abandonar el sanatorio, en el que estuvo siete años, “un instante ante el vendaval de la historia”. Mann deja claro que la trama de su novela es anterior a la Gran Guerra, “con cuyo estallido comenzaron muchas cosas que, en el fondo, todavía no han dejado de comenzar” escribe Mann, quizá preludiando lo que unos años más tarde, a partir del 33,  le supondría no sólo la pérdida de  su hogar, honores y posesiones, sino el estallido de la II Guerra mundial, aún más mortífera e inhumana  y también su propia permanencia en Alemania, su nacionalidad alemana ( se le retiró ésta por orden gubernamental nazi en el Año Nuevo de 1937) y el exilio en Suiza (donde moriría, años después, el 12 de agosto de 1955) y en Estados Unidos, como aconteció a otros muchos grandes de la literatura alemana, Stephan Zweig, Hannah Arendt, Walter Benjamin, Herman Hesse, Emil Ludwig o Bertolt Brecht, (no sólo judíos, sino izquierdistas), entre otros muchos menos afortunados que murieron o pasaron por los “lager” y campos de exterminio nazis, como Primo Levi.

Pero volvamos a “La montaña mágica”, que fue considerada la obra más representativa y lograda de Mann, Comiencen su lectura. Entra en escena el joven ingeniero Hans Castor que hace un viaje en tren por las montañas alpinas hacia un sanatorio donde está internado su primo Joachim Ziemssen, sin sospechar que sus dos o tres semanas de camaradería familiar juvenil se iban a dilatar durante siete años en un ambiente “mágico”, en el sentido de situarse fuera de las borrosas lindes de la realidad, muy lejos de lo corriente, banal y propio del mundo exterior, lo que todos los internos resumían con una expresión: “las gentes del llano”. En las alturas donde se encuentra el sanatorio todo es sutilmente distinto, un  mundo sujeto a otras reglas y costumbres, surcado por la sombra ominosa de la enfermedad y la muerte, pero también de unos anhelos, reflexiones y sensaciones que trastocan e influyen en su mente y en su cuerpo, forjando un cambio radical físico y espiritual.

Al estilo de su admirado Flaubert, Mann usa una  prosa descriptiva, minuciosa y brillante, que nos muestra detalladamente las actitudes y comportamientos, incluso los supuestos pensamientos de las personas y describe con precisión de geógrafo, biólogo o psicólogo, paisajes, situaciones y anécdotas que no cesan de producirse en el cerrado universo de enfermos y cuidadores o visitantes; todos ellos integrando una especie de logia o hermandad, donde la escala de valores y de principios morales o sociales son supeditados a un solo elemento: la presencia total, profunda, omnipresente, de la enfermedad y la muerte y, por tanto, la reacción vitalista - negociadora o combativa- del anhelo y la esperanza de vivir. La mirada del novelista profundiza en los procesos psicológicos, emotivos y relacionales de los personajes de una forma magistral, plena de una comprensión y ternura que elimina toda frialdad crítica. Ejemplo de ello es el apasionado amor que Castorp siente por la peculiar Madame Chauchatt, otra enferma, a la que tras seis meses de intensa cristalización de sus sentimientos, los hace culminar un martes de Carnaval  (la “noche de Walpurgis”) en una declaración soberbia de amor y exaltación (por cierto, todo el episodio fue escrito por Mann en francés, considerada la lengua elegante y culta en el sanatorio).

Debo resaltar un detalle curioso –y significativo por aludir a un asunto poco conocido en la biografía de Mann- que se describe en través de un recuerdo, una alteración de la cronología lógica de la narración, en el capítulo II de la primera parte. Es la única narración que nos lleva a la infancia de Carstop, una rememoración provocada por el parecido del rostro de su amada con el del pequeño Pribislav, un compañero del colegio infantil al que asistió, por el que se sintió muy atraído. Este y otros detalles literarios –“La muerte en Venecia” el más evidente- hizo que algunos biógrafos citaran con cautela y prudencia la probabilidad de que Mann tuviera inclinaciones homosexuales, a pesar de su feliz matrimonio y sus dos hijos.

Pero no son únicamente las cuestiones emocionales las que reciben un magnífico tratamiento en la novela. Más bien, estas pasan a ser anecdóticas, ya que la principal aportación de Mann es el logro literario de reflejar el ambiente intelectual crítico, variado, profundo, apasionado y respetuoso. Para ello usa con preferencia a dos personajes –dos intelectuales-  mucho más que secundarios: los profesores Naphta y Settembrini, Las conversaciones y controversias que Castorp mantiene con ambos, los convierte en dos formas diametralmente opuestas  -pero complementarias, filosófica y literariamente-, de concebir la existencia y las maneras de afrontarla o analizarla; la presencia inmisericorde del tiempo, no solo el cronológico sino, con preferencia el psicológico: las impresiones de fugacidad o eternidad que alteran nuestra percepción y nuestras emociones y se reflejan de forma muy hábil en la narración de Mann. Aunque sin olvidar los sucesos del mundo cerrado del Sanatorio, el amor, la amistad, las actitudes de rechazo o de aceptación, la misma enfermedad y la muerte, vistos desde dos mentalidades radicalmente opuestas en las dos figuras en conflicto permanente, el humanista Settembrini y su violento antagonista, el profesor latinista Naphta, un judío converso educado por los jesuitas, de una dureza lógica implacable y fanática. Los dos parecen constituir parcelas no analizadas, ni desechadas, en la despierta psique juvenil de Carstop. Ese Jano de dos caras, es comparable a su creador, Mann, un epicúreo con actitudes estoicas que ama la vida, el deporte, la bebida, el fumar y los goces de la carne, todo ello regido por el humanismo, el amor a la libertad y al derecho y una moral práctica basada en hacer el bien y comprender las debilidades humanas, empezando por las propias. El mismo Mann en un comentario sobre esta obra y uno de sus elementos esenciales, el tiempo, escribe: “Los grandes espacios de tiempo cuando su curso es de una monotonía ininterrumpida, llegan a encogerse en una medida que espanta al corazón: cuando los días son semejantes entre sí no constituyen más que un solo día y con esa uniformidad la vida más larga sería experimentada como muy breve”.

Los personajes secundarios –aunque relevantes- de la novela tienen una fuerza prodigiosa para encarnarse en la imaginación del lector: enfermos de ambos sexos, médicos, enfermeras: todo un rosario de personas que cogidas de la mano parecen bailar la danza medieval de la muerte en un paisaje sobrecogedor, de mágica belleza. Entre ellos cabría destacar al holandés Peeperkorn, Pieter, que aparecerá en la segunda parte acompañando a Madame Chauchatt, que regresa al sanatorio tras una larga ausencia. Ese regreso reaviva el breve amorío, consumado, con Carstop. Destaca la extraordinaria personalidad del poderoso -personal y financieramente hablando- holandés, que acaba simpatizando con Castorp. Ambos se confiesan la importancia que tiene para ellos el amor por la Chauchatt, pero apartan toda rivalidad y se declaran amigos de por vida. Sin embargo, Mann guarda un as en la manga y nos lo hará saber a su debido tiempo. Dejo el tema en este punto para incitar al lector de CyC a que lo descubra por sí mismo con su lectura.

Es en Naphta y Settembrini en  los que se sustenta más la dinámica intelectual de la novela.  Son dos formas de ver la vida, no sólo opuestas sino irreconciliables entre sí. Hay constantes discusiones, a veces feroces, entre los dos personajes. Tras una de ellas se retarán a un duelo a pistola. Settembrini disparará al aire y Naphta, enojado y frustrado, se disparará a sí mismo en la cabeza. El primero filosofa y sugiere la acción. Y el segundo se declara contemplativo sin negar la acción como última instancia pero siempre obedeciendo la racionalidad más absoluta. Para Settembrini el futuro deseable es una República universal y para su rival, un muy especial “reino de Dios”. Naphta es un judío converso, un jesuita que vive una vida de asceta, rodeado de arte y lujos, y afirma creer en la teoría geocéntrica de Ptolomeo y en el heliocentrismo de Copérnico. Tiene la violencia y el surrealismo mental de un hippy californiano amigo del LSD, anarquista, enemigo de las instituciones, del capitalismo y de la burguesía, que pretende volver a un orden medieval en la vida. Y el italiano es como un Borgia, irónico, dogmático y también austero, radical, consecuente e idealista. Cree en el trabajo firme, la actividad creativa, la tolerancia y los derechos humanos. Pero también en la necesidad de la guerra y en los nacionalismos. Naphta lo considera un “intelectual de la burguesía”.

Ante todo lo dicho no sorprende que los nazis acusaran a esta novela de “elogio de la decadencia burguesa” y “difamadora del heroísmo militar”. Pero hay un misterio sin resolver: la novela no figuraba en la Lista Negra de Goebbels y nadie ha podido demostrar que en la tristemente famosa quema de libros del 10 de mayo de 1933, estuviera “La Montaña mágica” (aunque sí estaba, al parecer, “Los Buddenbrook”).

Paradójicamente la novela fue un auténtico autoanálisis para Mann. Escrita en su mayor parte durante la I Guerra Mundial y terminada durante los años dramáticos de la Alemania vencida, produjo en el escritor un ajuste de ideas, un sentido nuevo de la política y la existencia: el patriota conservador, esteticista y antidemocrático –que reflejaron algunos de sus personajes, incluido Castorp- evoluciona hacia un humanismo parecido al de Settembrini con el pesimismo de Naphta y la esperanza en que el mundo nuevo resurja de las cenizas. O no. Cosa que en la novela se concretará en el detalle de no relatarnos la historia de cómo fue la muerte de Castorp en las trincheras.

Lo más importante que ha de saber el lector es que sumergirse en “La montaña mágica” es un viaje de esfuerzo durante más de 900 páginas, pero que una vez pagados los derechos de entrada –las primeras 200- si uno persevera, cada vez le costará menos la lectura y disfrutará más hasta llegar al final y comprender que ha dado cima a una historia-mosaico que nos hace entender el siglo XX y nos deja entrever por qué el XXI se ha convertido en la barbaridad que es, a pesar de todos los adelantos técnicos que supuestamente nos facilitan la vida. Y se quedarán ustedes con una cadena florida de instantes preciosos: el episodio de Castorp y los rayos X, la declaración amorosa a Madame Chauchatt, el capítulo “Nieve”, la muerte de Joachim, la amistad con el rival amoroso holandés, el duelo entre Settembrini y Naphta, o la escena bélica final con el fondo sonoro del lied del tilo de Schubert... Y percibirán, quizá, algo que yo he sentido vivamente durante mi reciente lectura de “La montaña...”, el secreto del atractivo de Mann se debe al empleo de la ironía como regulador estético. La grandilocuencia y solemnidad de sus ideas, envueltas en un amable escepticismo que las descarga y aligera relativizándolas, eludiendo lo patético, lo gesticulante, lo declamatorio de su prosa finisecular. Como escribió en “Sobre mí mismo”: “...al artista no le va comportarse con excesivo empaque y solemnidad, porque, en el fondo de su carácter, está lo infantil, primitivo y juguetón, eso que se llama ‘talento’ y sin lo cual, por mucho espíritu y mucha moral que se tenga, no se es artista”.

Lecturas: “La montaña mágica” (2 tomos), Círculo de Lectores, 1969, traducción Mario Verdaguer.

 “Obras escogidas”, Thomas Mann, Biblioteca de Premios Nobel. Aguilar 1967

“Sobre mí mismo”, Thomas Mann. Ediciones Paradigma. 1990

“Schopenhauer. Nietzche. Freud”.- Thomas Mann, Bruguera. 1984

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5 septiembre 2024 4 05 /09 /septiembre /2024 18:18

TRUMAN CAPOTE, LA SINGULAR VOZ DE  OTROS ÁMBITOS

UN ESCRITOR ORIGINAL Y UNA PERSONA INCLASIFICABLE QUE ESTIMULÓ EL PANORAMA LITERARIO DE LA MITAD DEL SIGLO XX Y ASOMBRÓ AL MUNDO INTELECTUAL POR SU ENLOQUECIDA Y AUTODESTRUCTIVA EXISTENCIA

 

Un lector ingenuo y atento, podría pensar que con Henry Miller, Anais Nin, John Irving, Saul Bellow, Philip Roth, Paul Auster y otros por el estilo, ya habría pulsado suficientemente la circunstancial vena transgresora hetero y homosexual de la literatura norteamericana del momento. Se equivocaría. Tendría que leer a Truman Capote. Y no sólo su “Desayuno en Tiffanys” (un gran éxito literario y una edulcorada pero excelente película) o  “Otras voces, otros ámbitos”, su primera novela, deslumbrante obra escrita con 23 años de edad. Esas eran obras que se salían del posterior patrón habitual de Capote. Habría de afrontar e intentar comprender su escandaloso y libertino modo de vida –bastante más desaforado que el del pobre Oscar Wilde, que lo pagó demasiado caro-  pero eran otros tiempos y tuvo la suerte de cara toda su vida, ya que su homosexualidad descarada y libertina “sólo” le causó incidentes violentos y desagradables y una tendencia autodestructiva por el abuso de drogas y alcohol.  Que ello no eclipse el interés del lector. Hay una mina de oro en la prosa de este escritor menudo y desdichado, pesadilla de los editores por su informalidad y atrasos.

Reconozco que a partir de los 60 y hasta los 80,  me limité a leer algunas de sus obras, las noticias de prensa, reseñas, y lecturas puntuales de determinadas novelas o reportajes, además de  visionar dos o tres películas donde  en papeles secundarios mostraba su aspecto envejecido y algo truculento, más por satisfacer encargos profesionales que, entonces,  por placer o interés literario. Luego cambiaría mi perspectiva. Por tanto, no pretendo desmerecer a este escritor, digno émulo de Genet, Forster o D.H. Lawrence, aunque mucho menos elegante que estos en sus actitudes y en la dureza diamantina de su prosa. Podríamos ver en la obra literaria de Capote, una vez aceptado el espinoso camino argumental de sus obras, reflejos de Rimbaud, Litton Strachey, Isherwood, Oscar Wilde  y, en cierta forma, de Marcel Proust.  Podría pertenecer con pleno derecho a la nómina de los escritores famosos que de alguna forma hicieron causa común con el perseguido y a menudo canallesco mundo gay, como Auden, Cocteau, Ginsberg, Pasolini o Tennessee Williams. Pero dejando claro que respeto la plena legalidad y derechos personales de todas las diversas opciones sexuales -y acabo ya con ese tema delicado tan unido a Capote- lo que distingue a Truman de casi todos ellos es la tendencia exhibicionista, paradójicamente festiva y crítica, de las actitudes y comportamientos de signo socio-sexual de sus personajes principales y de él mismo públicamente, así como la vulgaridad y chabacanería de algunas de sus expresiones (cuya procacidad resalta más contra la habitual belleza literaria e inteligencia discursiva de sus textos).

Pasemos ahora a su obra-vida, tan inextricablemente unidas, como la de sus adorados Charles Dickens o Mark Twain. De alguna manera Truman Capote no dejó en ningún momento de ser un niño juguetón, irresponsable, encantador, libidinoso, astuto y con momentos delirantes (que ya adulto los producía un cerebro genial esclavizado y medio destruido por el alcohol y las drogas que lo llevarían la tumba poco antes de cumplir los 60 años) a pesar o quizá debido a la miseria y sordidez de su infancia. Como lo describe su entrevistador de la mítica “The Paris Review” treinta años antes, al principio de su carrera,  era  “pequeño y rubio, con un mechón que persiste en caer sobre sus ojos, con una sonrisa repentina y soleada ante cualquier persona nueva. Parece ingenuo y sincero, pero hay algo en él que  te pone en guardia y te hace medir lo que dices”. En ella Capote cuenta que empezó a escribir a los diez u once años y que se presentó a un concurso infantil de relatos. Su texto mostraba, no denunciaba, ciertas actividades casi delictivas que realizaban algunos adultos del barrio. Alguien se dio cuenta del escándalo social que podría provocar la ingenua malignidad del texto y la cosa no cuajó. Ya apuntaba maneras. Pero crecía en un ambiente agresivo y poco adecuado (los padres le abandonaron, apenas nacido, al supuesto cuidado de familiares que lo detestaban). Era rebelde, mentiroso y obsceno y en su ambiente –de muy escasa cultura- se le calificaba de subnormal. Fue enviado a correccionales y a psiquiatras. Uno de ellos afirmó, adjuntando tests psicológicos, que el niño tenía una inteligencia superior, que rayaba en la genialidad, pero una actitud y comportamiento de pequeño gamberro inmoral y pendenciero. Sin embargo, desde pequeño, el gusanillo de la lectura  había prendido en él y también su lógico correlato, el de escribir. Tras múltiples fracasos en la escuela, empezó a enviar cuentos a todas las revistas que conocía, hasta que un día a los diecisiete años, el mismo día, recibió tres correos de distintas revistas aceptando cada una de ellas la publicación de relato recibido.

¿Cuál podría ser el secreto del éxito de su prosa? El soberbio control estilístico y emocional sobre el material que surgía de su pluma. La lectura de Henry James, Hemingway o Virginia Woolf le estimulaba a buscar una voz propia, distinta a esos maestros pero lo más cercana posible a su propia exigencia de perfección. Para ello usaba una naturalidad sin tapujos, unida a una falta rigurosa de ética y a una ingenuidad -casi infantil- de irresponsabilidad y no culpabilidad, pero usando el mejor inglés que era capaz de escribir. Corregía incesantemente y buscaba con intensidad la autenticidad, una voz distinta y duramente real, pero con un léxico y una coherencia estilística lo más depurada posible.. Y todo eso brillaba sobre todo en los cuentos, quizá el género literario más difícil de dominar. El relato corto exige una enorme naturalidad estilística y léxica: la voz que narra debe ser  la más natural posible, bordeando el tema  y la cuestión de fondo, evitando la moralina o la pretensión filosófica.

Capote es sincero, incluso jactancioso, sobre sus inicios: “en general, mi infancia transcurrió en algunas partes del país y entre personas que no estaban provistas de ninguna apariencia de actitud cultural. Lo cual probablemente no era algo malo, a largo plazo. Demasiado pronto me endureció nadar contra la corriente; de hecho, en algunas zonas desarrollé los músculos de una verdadera barracuda, especialmente en el arte de tratar con los enemigos, un arte no menos necesario que saber apreciar a los amigos. Siempre he despreciado la absurda enseñanza escolar —cambiaba de escuela constantemente— y año tras año reprobaba las materias más sencillas por repugnancia y aburrimiento y obtenía las notas más altas en lengua, literatura o historia. Así que mi vida era una huída continua de esos lugares, la casa, la escuela, donde no podía ser yo mismo y hacer lo que deseaba: escribir y leer sin cesar. Se me consideraba un mocoso descerebrado. En una clínica psiquiátrica fui analizado y devuelto a mi familia con una calificación de inteligencia superior. Eso les horrorizó, pues no sabían qué hacer conmigo y no entendían qué clase de inteligencia era la mía”. Así que Capote siguió escribiendo, aunque para estimularse comenzó a beber alcohol y usar drogas a partir de los 15 años. En los diferentes sitios donde vivió siempre buscaba un cierto protagonismo, unos alardes en la vestimenta, de vocabulario y actitudes que indicaran a los demás que él era diferente y, por supuesto, mucho mejor. Como escribe su biógrafo Gerald Clarke,  “le gustaba bastante la extravagancia y la ostentación. Se tenía por alguien especial, algo que no se recataba en ocultar a los demás”. En realidad, lo único que le importaba era escribir. Su enorme creatividad se disparaba en los momentos más inesperados. Cuenta Clarke que en una ocasión, en la escuela, le hicieron representar un papel insignificante en una obra de teatro. Al llegar su única y corta intervención, Truman se dirigió al público e improvisó una perorata ingeniosa pero absurda en la que objetaba todo el argumento, ante la desesperación del director y la sorpresa y diversión del público.

Rebasada la adolescencia empezaron los éxitos y algunos escándalos privados o públicos. A los 17 años era periodista de una de las grandes revistas del momento, New Yorker. Ganó el prestigioso Premio O’Henry con Miriam, una narración corta sobre una siniestra y misteriosa niña  (que tuvo una versión cinematográfica ya en este siglo XXI). A los 23 publicó Otras voces, otros ámbitos, su primer, casi apoteósico éxito. Es una novela excelente y extraña (él mismo dijo años más tarde de ella que “es como si la hubiera escrito otra persona que no soy yo, no es de mis obras preferidas”).  Capote perfila su estilo: “Es preciso tener una cabeza deliberada, dura y fría para escribir sobre lo real que te ocurre, no puedes ahogarte en emociones, como hacía Dickens. Tienes que estar ‘dentro’ de lo que ocurre y analizarlo de forma fría, esforzándote en no salirte de lo que es, por sucio, rastrero o maligno y estúpido que sea”.

Capote admite ciertas influencias literarias, aunque no muy directas, sólo como influjo ocasional sin reflejo en sus textos: Faulkner, McCullers, Thomas Wolfe...y en su juventud, Stevenson, Poe, Dickens, Flaubert, Chejov, Austen, James, Forster, Rilke, Proust, Shaw, James Agee y muy especialmente, en el mundo del cine, que le atrae, Zavattini, el guionista de de De Sica.

En una de sus entrevistas Capote reveló que solía escribir “en horizontal”. Echado en la cama o recostado en un sofá, con cigarrillos y café a mano. Por la tarde se pasaba a algo más fuerte, bien dotado de alcohol. Escribía a lápiz la primera versión, siempre en papel amarillo (lo pasaba a papel blanco en la última versión), y era un fanático de la corrección de estilo. “El estilo eres tú”, decía. Y en sus entrevistas aseguraba, muy poco convincentemente para los lectores, que su material nunca era autobiográfico, pero él vivía su cotidianidad como uno cualquiera de sus personajes principales o secundarios.

Hasta un estilista ortodoxo y genial como William Styron (el autor, entre otras de la magnífica novela “La decisión de Sophie”, o también de “Esta casa en llamas”) confiesa en un ensayo titulado “Elogio de Capote”, que cuando leyó uno de sus primeros relatos publicados casi en la adolescencia (Truman tenía su misma edad, pero siempre decía con su infantil picardía maliciosa que Styron era mucho mayor que él,) se sintió “anonadado por el talento de ese texto: las dotes de escritor de Capote me dejaron sin aliento”. Y añadió “He aquí un artista de mi edad que podía hacer que las palabras bailaran y cantaran, que cambiaran misteriosamente de color, que efectuaran proezas mágicas, que provocasen la risa y un estremecimiento en la columna vertebral, que tocasen el corazón: un maestro de lenguaje con todas las de la ley antes de alcanzar la edad de voto”. Este trabajo fue publicado por Styron en 1994 en la revista Vanity Fair, diez años después de la muerte de Capote y casi cincuenta de que leyera ese relato del que habla, cuando la figura de Capote había sido convertida, a pesar de su potencia y valía literaria, en uno de esos autores de  los que nadie se atreve a decir algo bueno. Por ejemplo, nadie admitía en el mundillo literario norteamericano el indiscutible carácter de “maestro” de ese escritor, odiado y envidiado a partes iguales por casi todos sus colegas. Styron sentencia al finalizar su trabajo: “Capote, como todos los escritores, tenía sus deficiencias y cometió muchos errores, pero creo que está fuera de duda que nunca escribió una frase que no surgiera  de la búsqueda angustiosa de lo mejor que puede ofrecer un verdadero escritor”. Y en el otro extremo, tengan en cuenta que Capote autorizó que en la faja promocional de sus libros se pusiera un retrato suyo y una frase escrita por él: “”Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”. Y si, era un genio del “marketing”.

Podríamos seguir “ad nauseam” por la vida y características inmoderadas, aspectos  oscuros y brillantes detalles de conocimiento, ternura y compasión del ser humano. Pero era también informal en sus compromisos, libre de convenciones sociales hasta el desafío y singularmente infantil en su necesidad de amor y respeto. Sin embargo vale la pena hacer un reposado paseo por su obra. Una obra, como él, sujeta a retoques, extravíos, pérdidas y promesas incumplidas, pero obsesivamente escrita siempre con referencia al listón más alto de la creatividad literaria que él pudiera conseguir, aunque fuera al coste de su propia vida. Tal como ocurrió.

No hay un orden cronológico correcto en la aparición de las obras de Capote. Dependía de su humor, su inspiración, su demonio crítico interior, las circunstancias externas: falta de dinero suficiente para pagar una vida costosa y deslumbrante, plena de fiestas, amoríos masculinos, viajes, caprichos caros y absurdos, ropa, regalos a amantes o a despechados,  las rehabilitaciones y tratamientos médicos, hoteles, casas de veraneo, pisos de lujo, altruismo sentimental y otras menudencias. Desayuno en Tiffany’s y A sangre fría tuvieron su versión cinematográfica de gran éxito. Con esta última obra, Capote inauguró un nuevo género: la novela de no ficción. Pero obras como Plegarias atendidas, Cuentos completos y Crucero de verano se publicaron póstumamente (1987, 2004 y 2005).

 

Para terminar déjenme citarles un fragmento del prólogo de Eduardo Mendicutti a Desayuno en Tiffany’s, pues describe magníficamente el físico y el talante de Capote cuando iniciaba su carrera literaria, en una juventud, que trató de mantener de forma patética hasta su prematura vejez y final: “Un físico infantil y provocativo como el de una lolita –bajito, rubio, insinuante-, un amaneramiento rayano con la caricatura de la delicadeza femenina, un narcisismo malicioso, una coquetería enfermiza y con plena conciencia de su poder de fascinación, una voz dañina como un anzuelo, un nítido deseo de alcanzar cuanto antes la consagración literaria y la gloria y celebridad mundanas”. Ese fue Truman Capote durante la mayor parte de su vida, entre 1924 (Nueva Orleáns) y 1984 (Los Ángeles). Léanlo. Quizá les desagraden algunas páginas, pero les aseguro que el balance entre éstas y otras más abundantes, que son magníficas, brillantes, divertidas, de un humor inteligente y corrosivo o tierno e incluso geniales, les compensará.

Pasemos a sus obras más conocidas (o mejor dicho, a las tenía en mi biblioteca personal o las pocas halladas en la Biblioteca Municipal de Alcañiz). Antes de ello, disfruten con la biografía autorizada de Gerald Clarke, amigo y albacea de Truman, editada por Ediciones B (1989) en su colección Tiempos Modernos. Más de 600 páginas reflejan una labor de diez años en vida del autor y muchos más en ediciones posteriores.

Siguiendo una cronología de las obras que he utilizado en este trabajo, releí su primera publicada (1945)  Un árbol de noche, editada por  Argos Vergara y Anagrama en su colección referencial Biblioteca Truman Capote, en la que el lector encontrará prácticamente todas las obras traducidas de T.C. Se trata de una recopilación de relatos entre los que está Miriam que obtuvo el  Premio O’Henry de relatos cortos, uno de los más prestigiosos del país. El lector sensible nunca podrá olvidar a esa encantadora niña que se convierte en una figura aterradora por su angelical presencia y su misteriosa malignidad inocente.

Después, claro está, hay que asombrarse ante la maestría de Otras voces, otros ámbitos (1946), que yo leí en Bruguera hace demasiados años pero el lector de hoy hallará fácilmente en Anagrama en la colección citada. En menos de 250 páginas Capote nos desconcierta y subyuga con una obra polifacética, original, plena de intriga, misterio y habilidad narrativa. Es una novela de aprendizaje y nos narra la vida de un joven, Joel Knox, que acaba de perder a su madre y afronta un cambio de hogar, en un barrio marginal de la sureña Luisiana de mediados de los 50 del pasado siglo. Comenzamos a percibir las sombras lejanas de los textos de Twain o Faulkner. Hay que leer con atención, la prosa clara y ajustada tiene recovecos y variaciones que revelan una maestría del lenguaje increíble en un autor de poco más de 20 años. No hay fronteras claras entre lo real y lo imaginado o soñado, es un texto mágico que seguramente pedirá más de una lectura. Los personajes resaltan con la fuerza de un Dickens o un Balzac (sin olvidar el grano de pimienta de la homosexualidad del autor, presente pero no impuesta) con una vuelta de tuerca hacia una cierta irreverencia burlona, una tendencia traviesa a la caricatura. Y llegarán a uno de los más exquisitos, excesivos y asombrosos finales narrativos en los que se clarifican todos los detalles del argumento.

En 1949 publica otro libro de narraciones, Observaciones (1949) y Color local, en 1950, que no he leído. Y llegamos a Desayuno en Tiffany´s (1958) que  leí en la desaparecida Biblioteca El Mundo y que el lector encontrará en la citada colección de Anagrama.  He aquí un ejemplo de pequeña obra maestra (algo más de cien páginas) con un comienzo que hizo escribir a uno de los detractores personales de Capote, Norman Mailer, que el capítulo inicial de esta novela es de los “más perfecto de toda la narrativa norteamericana contemporánea”.  Es la aventura neoyorquina de una joven de apenas veinte años, de supuesta dudosa reputación y encantadora presencia y carácter (una curiosa mezcla de picardía y candor),  Holly Golightly. Jamás la olvidarán, y no sólo por el rostro de Audrey Herpburn que la encarnó en la pantalla. Se trata de una novela corta admirable y les aseguro que Holly formará parte de sus figuras literarias preferidas, como el trasunto idealizado e imposible del propio Capote.

Pero finalicemos o el director de CyC me echará una bronca. A continuación de ese éxito viene el segundo triunfo más popular de T.C., A sangre fría, (1965-66) una asombrosa conjunción de novela- análisis- reportaje y entrevistas, sobre un asesinato rural, sus autores e instigadores. La maestría de Truman, su fabuloso trabajo de investigación, convierten este libro en un soberbio ejemplo de inteligencia y facultad literaria y psicológica.

En 1969 publica El invitado del día de acción de Gracias; en 1951, otro de sus grandes éxitos populares El arpa de hierba, de la que escribió una versión teatral que se representó en 1952. Luego vendría un periodo de sequía creativa, al menos en ediciones, pero Capote no deja de escribir entre los trastornos y problemas de la azarosa y borrascosa vida festiva, sentimental y social que le convierten en personaje amado y odiado no sólo en el ambiente literario sino en el de la alta y más baja sociedad norteamericana y europea. En 1980 sale Música para camaleones, formada por tres libros cortos, el del título, mas Ataúdes tallados a mano y  Conversaciones y retratos (no se pierdan el prefacio del autor y la semblanza dedicada a Marilyn Monroe).

Tras su fallecimiento y en circunstancias que parecen surgir de una de sus obras, se publica en 1987, Plegarias atendidas, una novela que Capote aplaza y promete durante veinte años a sus editores sin entregarla jamás. Como anécdota, el título viene de una frase de Santa Teresa (que no he sabido encontrar en la obra de la santa de Ávila) que Capote pone en la entrada de la novela: “Se derraman más lágrimas por plegarias atendidas que por las no atendidas”.

Y, en fin, para acabar con este viaje “capoteiano” otra obra “fantasmal” de Truman, que aparece en un cajón lleno de páginas manuscritas, documentos, fotos y originales sin acabar ni pulir, que Capote dejó olvidado en un traslado de piso en el Brooklyn de los 60 y que, una vez hallado en 2004, se pone en subasta en Sotheby´s y por presiones de Clarke, su biógrafo, la adquiere la Fundación Capote. Se trata de Crucero de verano (2006) que Capote comenzó a escribir en 1943 y que estuvo retocando hasta 1953, año en que la abandonó y la dejó entre sus documentos inacabados. Como escribió un crítico, “Se trata de un cuento de hadas de Nueva York que evoluciona hasta que se metamorfosea en una tragedia”. El lector puede encontrarla en la citada Biblioteca Truman Capote, la colección de las obras de este escritor publicadas por Anagrama.

Que ustedes disfruten de la lectura, como merece este autor controvertido y genial.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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6 agosto 2024 2 06 /08 /agosto /2024 18:32

 

Travesía marítima por la literatura de todos los tiempos: desde Homero y Virgilio a Conrad, Melville, Swift, Mann, Verne, Poe, Galdós o Baroja

Nuestro mar, el mare nostrum, el Mediterráneo, que cantaron los antiguos poetas griegos y siguen cantando los de ayer y hoy (desde Kavafis, Guillén, García Lorca, Neruda, Benedetti,  Machado o Serrat que lo vistió de música...) Pero no sólo el  nutricio mar de nuestra historia ribereña. Hablamos de todos los océanos que abrazan la tierra en el planeta y fueron la cuna del género humano y posiblemente también la tumba, si nuestra generación termina por esquilmarlo todo. La inmensidad marina está unida a la historia literaria del hombre. Escribe Borges: “¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento y antiguo ser que roe los pilares de la tierra y es uno y muchos mares y abismo y resplandor y azar y viento?”

 Es el mar, perpetuamente renovado, símbolo paradójico de lo mudable y permanente, madre nutricia de la poesía y la narrativa, punto de partida, medio iniciático, misterio y grandeza desbordada tanto en su cólera como en su apacibilidad...uno de los elementos naturales que ha nutrido las páginas inmortales de la literatura de todos los tiempos...y,  a pesar de tantos adelantos en su conocimiento y también en su inicua explotación sin límites, sigue siendo la vasta pradera inexplorada, el país misterioso en el que todo es posible, como en los tiempos de Homero, Virgilio, Víctor Hugo, Julio Verne,  Lautreamont o Conan Doyle. Ya sea con aliento épico, el emocional intimismo del poeta, la paleta romántica de los pintores, el dinamismo del cine...y los sueños de todos los que le aman. Levad el ancla, lectores, dejad que el viento hinche las velas, que el rizado mar se abra ante los ojos del alma con toda su infinita belleza, su dádiva de aventuras, encuentros y tragedias...en una singladura que durará tanto como se mantenga el interés de cualquier lector por saborear la metáfora del Cementerio  marino de PaulValery, “La mer, la mer, toujours recommencée...”, con la cadencia interminable de las olas.

La palabra de los poetas griegos está impregnada de olor a mar, preñada de luz, de salada claridad, desde que en el canto I de La Ilíada, se hace la primera mención al mar y a las olas, durante el triste paseo por la orilla del humillado sacerdote Crises, cuando Agamenon se niega a devolverle a su hija, la bella Criseida, que es botín de guerra aqueo. A partir de esa cita iniciática, los poetas griegos, hasta Hesíodo y los epigramatistas tardíos,  Rufino o Filipo, crean una amplia imaginería del mar: Afrodita, nacida de la mezcla de la espuma de las olas y el semen de Urano, Poseidon y sus palacios submarinos, las islas que hablan, otras errantes, barcos que surcan las aguas sin piloto, ninfas, sirenas como las que asediaron a Ulises, figuras todas que pertenecen a ese mar homérico, color de vino o violeta (“el ponto color violeta”), rojizo como mosto o azulado como las barbas de Poseidón. Es el mar de la peligrosa Circe; de Scilas y Caribdis; el Cíclope caníbal que Ulises llama Nadie; Proteo, el viejo del mar, capaz de metamorfosis legendarias, león, jabalí, fuego, el que da el adjetivo que mejor cuadra al mar: proteico, es decir cambiante. Y también sus figuras salvadoras de náufragos, como Cástor y Pólux, los Dióscuros, que acuden para salvar a los navegantes en las tempestades, con la ayuda de los delfines.

Hemos comenzado esta travesía literaria por todos los mares  rindiendo homenaje a los clásicos grecolatinos, recordando a Virgilio y su “Eneida”. Y aprovechemos el engarce virgiliano para ampliar el punto de mira a través de los tiempos, citando a un autor del pasado siglo, el austríaco Hermann Broch, autor de “Los sonámbulos”,  nos ofreció una novela memorable, “La muerte de Virgilio”, donde el mar es coprotagonista de los sueños y desdichas del gran autor romano en las últimas 16 horas de su vida. Broch era de origen judío y fue detenido por la Gestapo y rescatado por una misión literaria internacional encabezada por Joyce, que lograron que pudiera expatriarse a Estados Unidos. La novela fue publicada en 1945 con muchas dificultades. Pero cuando Broch murió en 1951 su nombre ya sonaba como Premio Nobel para ese año.

Otro autor de lengua alemana, Thomas Mann –Nobel de 1929-, uno de los más decididos defensores de Broch, ya navega con nosotros de pleno derecho: es el autor de un bellísimo y corto ensayo, “Travesía marítima con Don Quijote” donde narra su lectura de la gran obra cervantina durante el primer viaje transatlántico de Mann entre el 19 y el 29 de mayo de de 1935, en el barco “Volendam” de Hamburgo a Nueva York.

Pero este humilde narrador que les invita a surcar los mares  a bordo de libros y autores, tiene una figura señera que simboliza ese respeto, temor y amor por las aguas eternas de los mares que nos circundan: Joseph Conrad, el polaco que esgrimía un inglés de una creatividad inmensa, “de las más perfectas, precisas y elaboradas de la literatura inglesa” (en palabras de Javier Marías traductor de su “The Mirror of the Sea”).

Conrad, oficial de marina, piloto y capitán, desplegó durante veinte años de singladuras en navíos mercantes británicos por el Pacífico, el Índico y el Atlántico, una asistencia aventurera con episodios terribles y magníficas hazañas marineras. Luego, abandonó aún joven la existencia de marino y se decidió durante los 30 años siguientes a escribir...pero, ¡qué maravilla de estilo, de amena narrativa, de profunda singularidad en temas y personajes! Sin ninguna duda elevó la calidad de dicción y pensamiento a una altura tal en el panorama de la literatura inglesa de su época, que sólo Henry James puede resistir una comparación. En “El espejo del mar” habla de su amor al mar y de su huída de él: “Subyugado pero nunca abatido, rendí mi ser a esa pasión que, diversa y grande como la vida misma, también tuvo periodos de maravillosa serenidad que incluso una amante inconstante puede proporcionar sobre su pecho lleno de furia, ardides y sin embargo capaz de arrebatadora dulzura...no puede decirse que vivir en él desde los dieciséis a los treinta y seis años sea una eternidad, mas es, sin embargo,  un buen trecho de esa clase de experiencia que lentamente le enseña a uno a ver y a sentir”.

Les recomiendo toda la obra, casi sin excepción, de este soberbio escritor, pero en aras de la economía de tiempo, lean la que les he comentado y desde luego “Lord Jim” y “El corazón de las tinieblas”, una durísima crítica al colonialismo belga en el Congo (justamente el que el director Francis Coppola revivió en el Vietnam de “Apocalypsis Now”). Pero con mayor profundidad psicológica,  en “Lord Jim”,  Conrad nos ofrece el alma desnuda y atormentada ante un trágico conflicto interior, el hombre sólo, lejos del héroe de Kipling, sin compañerismo, sin posible redención, que afronta una salvajada cometida a bordo de su barco contra pobres sujetos, comparando la crueldad humana con la furia del mar: “que tiene ese algo indefinible que se impone a la inteligencia y al corazón del hombre...que le arranca toda esperanza y todo miedo, el color de la fatiga y el anhelo del descanso...lo que significa destruir, aplastar, reducir a la nada todo aquello que es inapreciable y necesario...” En Conrad es la lucha contra el mar lo que mueve su pluma, no el amor al mar

Cambiemos de tercio, en la novela de aventuras, el mar es uno de los escenarios predilectos. Déjense embrujar de vez en cuando por el sortilegio de la “Hispaniola” surcando los mares con su piloto cojo y Jim, el grumete valiente, en busca de la “La isla del Tesoro”. Otros grandes personajes de Stevenson, patéticos, generosos o granujas, en todas sus novelas sobre los Mares del Sur. ¿Quién no ha sentido el tirón amable de aventura leyendo estas palabras?: “La “Hispaniola surcaba decidida las olas, sumergiendo muy de tarde en tarde su bauprés y volviéndolo a sacar envuelto en un girón de blanca espuma. Íbamos con todo el aparejo tendido y todos a bordo muy optimistas porque estábamos ya cerca del final de la primera parte de nuestra aventura”. Junto a  Jim Hawkins, podríamos exclamar: “Mis ojos  se extasiaron con el mar infinito”.

Y en España las novelas de marinos de Galdós o de Baroja: desde el primer tomo de los Episodios Nacionales, “Trafalgar”, a los barojianos “Pilotos del altura”, “Las inquietudes de Shanti Andía” y “El capitán Chimista”. Sin dejarnos  al casi olvidado Ignacio Aldecoa con su “Gran Sol”, una excepción marinera en la literatura española de mediados del siglo XX, donde nos narra las aventuras y desventuras de los tripulantes del  “Aril” un barco de pesca de altura que navega desde las costas española a los remotos bancos de pesca del Gran Sol y que perderá por un accidente, enredado en sus redes, a su patrón Simón Orozco. Sorprende el seco y austero dominio del castellano de Aldecoa, que describe de forma escueta casi telegráfica, el paisaje marino: “Por el este, horizonte corinto. Por el oeste horizonte mulato. Al norte, cielo blanco. Al sur, cielo embalsado.” No hay atracción, entusiasmo hacia el mar. Es un lugar de trabajo, de sudor y peligro: “el mar es un elemento que devora energía, desgasta vidas o las arrebata para nada”.

Lejos de este tono, el arrobo vitalista de Alberti en sus poemas sobre el mar. El de “Marinero en tierra”, por ejemplo. Sigue la senda de Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez y más lejanos, Lope de Vega y Góngora, que dedicaron sus miradas literarias al mar. Alberti, refleja su pasión marina en sus poemas, “Amárrame a tus cabellos/ crin de los vientos del mar”...Y, “Viento, arráncame la ropa/ tírala viento, a la mar”. Juan Ramón Jiménez busca trascendencia en el mar, como en su obra “Animal de fondo” o antes en “Diario de un poeta recién casado”. Y canta: “Qué plenitud de soledad, mar solo/ qué lejos siempre de ti mismo/ Eres tú y no lo eres/tu corazón te late y no lo sientes”, o, “Sólo estamos despiertos/el cielo, el mar y yo/ cada uno inmenso, como los otros dos”. O, “las olas como mis pensamientos vienen y van y vienen/besándose, apartándose/ en un eterno conocerse, mar/ y desconocerse”.

Mi viejo y ya fallecido amigo, el catedrático de lengua y escritor Ramón Carnicer, aseguraba que el término “mar” es de género ambiguo. Los navegantes, pescadores y gentes del mar dicen siempre “la mar”; las gentes de tierra adentro decimos “el mar”.  Yo, que he pasado dos tercios de mi vida junto al mar y el otro tercio  en tierras adentro, sigo recibiendo de vez en cuando, casi soñando, un espejismo sensual de mi infancia, un olor a brea y agua salada, a sol y a viento perfumado por las olas y las algas del Atlántico. Por tanto para mí, solía decirle a don Ramón, será siempre “la mar”.

Pero sigamos esta singladura por el mar proteico de la literatura. Escuchemos a Homero: “Las purpúreas olas empezaron a resonar en torno a la quilla mientras el viento henchía las velas y la nave se deslizaba y corría siguiendo su rumbo...durante toda la oscura noche hasta que se empezó a levantar la aurora de rosados dedos”. O el épico Virgilio: “Hiere el cielo el clamor de los marineros; el agua que retorna espumea al impulso de los brazos que son llevados hacia atrás. Abren surcos iguales  en el mar, que se raja por los remos y espolones de tres puntas”, qué ritmo y qué vigor alimenta las mentes de poetas y narradores el mero conjuro del mar. Ya sea Camoens con sus “Os Lusiadas” en el Índico, Bacon con sus “nuevos atlantes” en el Pacífico, Ronsard, las Islas Afortunadas en el Atlántico, la Utopía de Moro o Shakespeare en “La tempestad”,  o Rabelais con los viajes de “Gargantúa y Pantagruel”, los siglos XVI y XVII son pródigos en referencias a océanos, mares remotos e islas fabulosas. Más tarde Poe (“Aventuras de Arturo Gordon Pym”) convierte al océano en un espacio místico y fantasmal como ese mar Ártico “rodeado de un sudario blanco”, o Victor Hugo (“Los trabajadores del mar”). Y nos dice que París es “un océano donde quien se zambulle puede desaparecer”.

Verlaine y Baudelaire sazonan sus versos con referencias al  mar “insondable, misterioso y lleno de tinieblas”; Rimbaud  se hace eco de la terrible dureza del mar con su magnífico “La bateau ivre” o Lautreamont, que habla de “ese océano, tan oscuro y horrible como el corazón del hombre” y en sus “Cantos de Maldoror” estremece al lector con su descripción del hundimiento de un navío: “...aquél que no haya visto  zozobrar un barco en medio del huracán, de la alternancia de los relámpagos y la más profunda oscuridad, mientras que los que van en él están abrumados por esa desesperación , aquél digo, no sabe lo que son desgracias en la vida...finalmente brota un grito universal de inmenso dolor de entre los flancos del barco, en tanto que el mar redobla sus temibles y destructivos ataques...”.

Los ingleses, rodeados de mar, que han surtido a la literatura de obras cumbre en referencia a los mares, desde las leyendas celtas, los ciclos artúricos y las sagas normandas,  nos brindarán a través de Jonathan Swift y Daniel Defoe, dos de las joyas de esta literatura marina: “Los viajes de Gulliver” (una de las más feroces sátiras contra aspectos malévolos, mezquinos, ignorantes y violentos del ser humano ) y “Robinsón Crusoe” que, al contrario, es un canto a la resistencia, valor e imaginación operativa del hombre. Sin olvidar a Melville y su terrorífica ballena blanca, esa Moby Dick que sólo deja un superviviente del “Pequod”, flotando en el mar solitario, agarrado a un ataúd de madera tallada.

Hermanos de estilo, el mar como sendero de sufrimiento y ascesis, tenemos a  Álvaro Núñez Cabeza de Vaca, que en el año del Señor de 1527 participó en la expedición de Narváez hasta desembarcar en Florida. Su obra “Naufragios” todavía te atrapa con su castellano ingenuo y efectivo: “La mar comenzó a venir muy brava y el norte (viento) fue tan recio que ni los bateles osaron salir pues el agua y la tempestad comenzó a crecer tanto que con muy grande trabajo con dos tiempos contrarios y mucha agua que había, estuvieron quedos aquél día y el domingo hasta la noche...” Muchos autores, entre ellos nuestro Ramón J. Sender y el húngaro Lazlo Passuth bebieron de esas crónicas para hilvanar sus novelas históricas.

Pero vayamos a las visiones más  aventureras y menos trágicas de los autores italianos o franceses. Escojamos a dos de ellos, Emilio Salgari y Julio Verne. Del primero se puede gozar de las aventuras del Corsario Negro y de Sandokan. Hay batallas marinas por doquier y el mar bravío es su telón de fondo. Julio Verne, a mi entender muy superior a Salgari, nos regala la figura del capitán Nemo y su Nautilus, que odia el belicismo y la crueldad de la raza humana y confiesa “Je n’aime que la liberté, la musique et la mer...la mer es tout”. Verne confiesa a su vez: “Je ne puis voir partir un navire, sans que tout mon etre s’embarque a bord” (él mismo fue un buen patrón de su yate “Saint Michel”). Le debemos el goce de la lectura de “2.000 leguas de viaje submarino”, “Las aventuras del capitán Hatteras”, “Los hijos del capitán Grant”, “La isla misteriosa”, “La ciudad flotante”, “Los náufragos del Jonathan”... Y su mensaje: “la mar es un milagro que hay que respetar, como un enemigo fiel, como un gran amigo tornadizo pero noble. Es “le vaste reservoir de la nature”.

Una referencia fugaz, al gran Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes. Consigan la novela que dedicó al profesor Maracot (“El abismo de Maracot”; muy adecuada a estas páginas).

Pero es preciso acabar el viaje. Nuestro navío descansa en una ensenada. Se oye la voz del segundo de a bordo, “Larga”, y el golpe del ancla al caer sobre el agua, junto al atronador bramido de la cadena que la sustenta. Es el seguro del navío. Después se escucha la voz de capitán desde popa “¿Cómo llama el cable?” y   la respuesta del segundo, “llama recto por la proa, señor”. El viaje ha terminado. Diremos adiós con la voz nostálgica de Rafael Alberti en su “Marinero en tierra”: “Si mi voz muriera en tierra/llevadla al nivel del mar/y dejadla en la ribera/ Oh mi voz condecorada/con la insignia marinera:/sobre el corazón un ancla/y sobre el ancla una estrella/y sobre la estrella el viento/ y sobre el viento la vela!

NOTA BENE: Dada la naturaleza de este trabajo, no adjunto ediciones y editoriales de ninguno de los libros citados. El lector puede encontrar en la Red las ediciones que más le gusten. Todas son obras conocidas y de las que existen diversas opciones  y de muchas de ellas versiones cinematográficas  muy populares.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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3 julio 2024 3 03 /07 /julio /2024 05:14

PAUL AUSTER: LOS MULTIPLES  EGOS DE UN GENIO LITERARIO JUDÍO

Falleció el pasado 1 de mayo a los 77 años, a causa de un cáncer de pulmón, y deja un gran hueco en Europa, donde era uno de los autores norteamericanos más apreciado.

 

Novelista, guionista, cineasta y ensayista: tímido, obsesivo y melancólico, su mundo se centraba en el vigor extenuante de su imaginativa mente y en su mala salud de hierro.

 

 

Ha desaparecido, aniquilado por un cáncer de pulmón, uno de los grandes escritores norteamericanos a caballo entre el siglo XX y el XXI. Y uno de los más apreciados en Europa  -creo que más que en el mundo anglosajón- particularmente en España, Francia, Italia y Alemania.

La obra de Auster, comprende, entre otras, desde las primeras que conocí  La ciudad de cristal (fue en 1986)  y La invención de la soledad, escrita en 1982, bajo el impacto de la muerte de su padre, y publicada en España en 1994, o Tombuctú (1999)  donde nos narra la vida de Mr. Bones (señor Huesos), un perro, con su amo, un drogadicto terminal que se cree un santo, hasta la última Baumgartner (2023), (escrita trabajosamente cuando ya estaba enfermo de gravedad y bajo la atroz depresión que provocó la muerte de su hijo por sobredosis de drogas y la accidental de su nieta). Esta obra resulta ser para el lector más atento una interminable, concienzuda, expresiva, patética a veces, pero interesante y a menudo arrebatadora, reflexión sobre sí mismo, su propia historia y su accidentado y prolijo proceso creativo. Como esos otros narcisistas obreros de la pluma (o la máquina de escribir), Hemingway, Faulkner, Updike, John Irving, Saúl Bellow, Don Delillo o Philip Roth (judío como él  y tal vez su padre literario)... Paul Auster, dedicó su vida entera  a la escritura y no dejó en ningún momento de reflejar esa obsesión en todas y cada una de sus obras. Con una apreciable y sutil diferencia que le une o distingue de algunos de los citados y otros igual de célebres: su procedencia judía. Como su propia esposa, Siri Hustvedt, Auster ha pasado su vida como escritor desnudando  su existencia de una forma que no deja de ser un síntoma de modernidad, lo que  el psicólogo francés Jacques Lacan llamaba le “extimidad”, concepto contrapuesto al de intimidad, en el que se vela o desvela cuestiones íntimas, haciéndoles perder su carácter social de “secreto” y compartiéndolas de una forma creativa, eliminando todas sus connotaciones morales por el hecho de su aceptación y publicidad. La pareja ha utilizado ese filón biográfico para invocar sus propios fantasmas y crear con ellos una obra de arte que los justifica como escritores.

Eso me ha quedado claro por una coincidencia, Jung las llamaba “sincronicidades”: mi trabajo anterior en esta revista estaba dedicado a Kafka, uno de los literatos judíos que reflejan un judaísmo “a su pesar”, vivido más como una condena o dificultad que como una ventaja, inspiración o ayuda. Como en parte la vive Auster (y no Roth o Bellow, por ejemplo), aunque lejos de Kafka que, también en eso, es único.

Tras la noticia de su muerte, empecé a releer no tanto sus numerosas novelas de supuesta ficción, como sus libros, de supuesto ensayo autobiográfico. Trataba de conocer a este hombre de mi edad y por tanto de parecida peripecia histórica (los enormes cambios y acontecimientos que sembraron –y no siempre de forma positiva- el tiempo que transcurre desde la mitad de siglo XX hasta los infelices 20 del XXI). Volví a leer pues Informe del interior (2013), el primero de esa trilogía  personal que encierra reflexiones y vivencias de Auster desde  la infancia, un collage de recuerdos de niño, películas adoradas, cartas  de y a su primera esposa, la escritora Lydia Davis, y fotografías familiares. Después  A salto de mata (1998), sobre su juventud y los años de aprendizaje  y la escasez propiciada por el divorcio de sus padres. Y por último, Diario de invierno (2012) donde glosa su próxima vejez: Auster cumplía  65 años; un ejercicio memorialista que va dibujando los surcos que luego han caracterizado sus obras. Su pesar por los que se han ido, achaques del propio cuerpo, melancolía del pasado preciado, tristeza del recuerdo negativo y vigor para seguir en la lucha.  Como él mismo dijo: “Es la historia de mi vida  contada a través de mi cuerpo”. Y, para terminar la exégesis austeriana, la citada Baumgartner (2023).

El hombre Auster  se me escapaba con gran elegancia y efectividad, envuelto en el disfraz de una logorrea literaria vanilocuente. La complejidad de su personalidad y carácter tiene una profundidad –frecuente en algunos judíos, Steiner o Cannetti, por ejemplo- tan enorme que permite en su seno todo tipo de contradicciones y rarezas, sin dejar de tener una intrigante coherencia. Percibí un paralelismo inesperado: Auster manipula sus vivencias y recuerdos – especialmente su origen judío- con la habilidad misteriosa de un Kafka. Como en éste, todo el reflejo de su yo oculto en su obra, la convierte en una emanación de su propia existencia y de su coherencia íntima, siempre presente, siempre en lucha contra sí misma, de una sensibilidad judío -norteamericana muy sabiamente disimulada, quizá de forma inconsciente. Es como  Woody Allen, también judío, en su película “Zelig”, cambiando de aspecto como un camaleón, pero siempre fiel a sí mismo. Algún día se debería estudiar la influencia de la ‘judeidad’ en la literatura norteamericana.

¿Qué es lo que compartimos con Paul Auster? Pues aquello que saboreamos en sus novelas, el misterio del azar en la vida; el enigma cotidiano que, de pronto, se revela en un gesto, un evento inesperado; una complicidad equívoca; el caos que inopinadamente se apodera de tus neuronas y produce un cortocircuito que te revela la presencia inefable de una flor, un sonido insospechado de una melodía cien veces oída o esa frase leída en La invención de la soledad, (1982)“si buscas la verdad, prepárate para lo inesperado, pues es difícil de encontrar y sorprendente cuando la encuentras”. Claro que no es de Auster, sino de Heráclito “el oscuro” que floreció allá por el año 500 AC. El mismo que escribió “La vida es un niño que juega y mueve las piezas sobre el tablero”. Un incesante fluir y transformarse de las cosas. Con estas dos frases de un filósofo presocrático, tan asocial como estimulante, se podría definir el estilo novelesco de Auster, con sus efectos hipnótico y adictivo. Heráclito resumía su doctrina en una frase “Panta rei”: “todo fluye, todo cambia”. Es decir es imposible bañarse dos veces en el mismo río. Y eso ocurre con la lecturas de las obras de Auster: todas y cada una son distintas entre sí, pero nadie que las lea piensa que se ha equivocado de autor, reconoce el estilo nervioso, la impertinencia, la gozosa libertad de un creador que hace lo que le da la gana sin dejar de ser nunca él mismo. Los elementos autobiográficos forman parte del cañamazo de su obra. En la obra citada, Auster se monta su particular “Carta al padre”, nos habla de sus estudios, se libra de ir a Vietnam, viaja por Europa, y al fin hereda un poco de dinero de su padre y se dedica a escribir con una dedicación que Kafka le hubiera envidiado.  La invención de la soledad está formada por dos partes: Retrato del hombre invisible (donde escribe sobre la influencia del asesinato de su abuelo a manos de su abuela y la influencia de ese crimen en su padre) y El libro de la memoria que narra la estancia en Paris de un  joven Auster, que nos muestra las infinitas posibilidades de un espacio tan  limitado como el que dispone en el lugar donde vive. Es un libro que, como casi todos los suyos, rezuma amor al oficio de escribir.

La Trilogía de Nueva York  (1985) le catapulta a un prestigio merecidísimo: La ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada, son tan creativas que pulen su imagen literaria a la altura del Allen de “Manhattan” para el cine. La trilogía fue declarada una de las 25 novelas neoyorquinas más significativas de los últimos cien años. En 1989 es El palacio de la Luna la novela con la que se coloca en el Olimpo europeo de autores norteamericanos. Tres años más tarde, en Leviatán, Auster crea un personaje que parece el símbolo de los intelectuales de la izquierda utópica, un sujeto que se dedica a dinamitar las réplicas de la Estatua de la Libertad que hay repartidas por el mundo. Una parábola anarco-poética, con la que enfoca a un tipo de intelectual descontento, inteligente, fuera de circuito, rebelde, sentimental y desdichado. Brooklyn Follies (2005) y Sunset Park (2010), son novelas donde los sentimientos, las pérdidas, el desconcierto ante la vida y sus golpes, crean una especie de vínculo emotivo entre los personajes, Auster como mago  y “deux ex machina” y sus fascinados lectores.

En Viajes por el scriptorium, Auster vuelve a recurrir a ese recurso narrativo que se llama “metalepsis”, la intrusión el narrador en el ámbito reservado a los personajes o viceversa. Con esa aparición de muchos personajes de sus novelas anteriores, el escritor logra crear un ambiente de perplejidad estética. Uno siente una especie de vértigo metafísico (otra deuda de Auster al “Quijote” o a “Tristam Sandhy” de Sterne). El mundo narrativo del escritor se despliega con libertad y eficacia: el azar, la soledad, la melancolía, el amor y el sexo, los miedos siempre en el horizonte, la locura como huida, la amistad como un regalo de la vida, todo enredado en juegos metaliterarios tan magistralmente  realizados que no hay lector que huya despavorido cuando Auster entra en esos guiños a la realidad con citas y aportes de los clásicos literarios, sus propios personajes de otras novelas o su misma persona ya mayor con pijama y pantuflas. Consigue romper la cuarta pared que separa al escritor y su ficción del lector, con un desparpajo que más bien provoca la sonrisa admirativa. Como la aparición del propio Auster  como personaje  en La ciudad de cristal   junto al mismísimo don Quijote o  Cide Hamete Benengelí, el supuesto “autor” del libro de Cervantes, uno de los clásicos  más leídos y citados por el autor neoyorquino.

En ese universo creativo, Auster se atreve con el cine, por el que siente  una adoración y fascinación supremas (sólo hay que leer sus narraciones sobre películas de su tiempo trufadas en muchas de sus obras o sus propios guiones cinematográficos) y colabora con el director Wayne Wang  y dirige dos películas propias. Entre ellas “Smoke” (1995), con Harvey Keitel de protagonista, “Blue in the face”, “Lulu in the bridge” (1998) o “La vida interior de Martin Frost”. En esta última, basada en un personaje de  su novela  Libro de las ilusiones, su hija Sophie de 18 años hace un pequeño papel. En estas películas, como en sus novelas, Auster, se convierte en una especie de evangelista de nuestro tiempo: un urdidor de parábolas sobre la gente corriente en la simpleza y maravilla de lo cotidiano, personas en crisis a las que Auster redime a través de su imaginación (por la que se le ha comparado por sus ingredientes “mágicos” a su admirado García Márquez). No en vano en Mr. Vértigo,  crea a un personaje que levita como si procediera de Macondo.

En 2010 Auster se atreve con una novela coral,  Sunset Park  -la decimosexta de su catálogo- en la que un gran número de personajes cruza sus vidas dejando un reguero de secretos, padecimientos, dudas y rencores. Todo en un clima de precariedad sentimental y social de tono abiertamente pesimista (narración heredera de la tragedia nacional del 11-S), aunque el viejo elemento de Auster, el azar o la casualidad, intervienen en numerosas ocasiones. La escritora Joyce Carol Oates define así este libro: “una pesimista alegoría contemporánea de la vida americana bajo la espiritualidad de la bancarrota”.     

En su apreciable faceta de poeta o ensayista polémico, escribe el guión de un libro ilustrado dedicado a su máquina de escribir (era uno de los esos sentimentales que se olvidan de las comodidades del ordenador y escriben con una “Underwood” , una “Olivetti”, una “Remington” o una “Smith Corona”). La máquina de Auster era una “Olympia”.

En 2017, tras siete años de silencio novelístico,  publica la que muchos consideran su obra maestra 4,3,2,1 donde para disfrute del lector,  Auster, que ya es como uno de la familia, comete la humorada imaginativa de ofrecer al boquiabierto lector distintas, traviesas y sorprendentes versiones de muchos de sus acontecimientos biográficos personales (que es como si nuestro primo preferido nos contara de forma amenísima y desvergonzada episodios familiares que conocemos bien, con un desarrollo y final caprichosamente distintos). Como él mismo dijo en una entrevista, “creo que todos los escritores nos sentimos un poco dios”. Y a eso juega en esta novela, donde un tal Archibald Isaac Ferguson, nacido como él en 1947, en su misma ciudad y también en una familia de inmigrantes judíos centro-europeos, se desdobla en cuatro vidas sucesivas por el efecto del azar, de lo inesperado. Como un dios caprichoso obliga a su criatura a explorar las posibilidades existenciales según las circunstancias. Y Auster lanza los dados y cambia la historia de su criatura, un muchacho judío de New Jersey. Por ello confiesa, aunque no le creemos, “No me considero un novelista del azar, ya que lo inesperado forma parte de la vida”. Y como explicación de ese aserto cita dos hechos reales que le acontecieron: a los 14 años un compañero de campamento murió cuando le cayó un rayo encima. Y la muerte de su padre con 66 años cuando hacía el amor. Las cuatro versiones de su personaje Ferguson son, como él, inteligentes, de rara precocidad, pero mientras uno es inseguro y caviloso, el cuatro vive bajo la sombría figura del padre ausente y los otros dos, uno desaparece en sí mismo y el último vive intensamente incluso en el más allá. Destacable el humor que despliega Auster en sus cuatro figuras que –como él mismo trata de hacer en parte- siguen el consejo de Poe citado en la novela: “Lee mucho, escribe más y publica poco. Permanece alejado de los sabihondos y no tengas miedo a nada”.  Nuevamente, un homenaje implícito a la literatura universal y la esperable valoración del azar y lo inesperado.

Tenemos que llegar a Baumgartner, su última novela, seguramente escrita  en un estado de ánimo bastante dañado por la enfermedad y la durísima experiencia familiar que le arrebató a su hijo y su nieta. Su protagonista, un profesor de filosofía que afronta los estragos de la vejez, siente el deseo de evitar el dolor que le causa la pérdida de su esposa entablando una nueva relación. “Tengo cáncer y me someto a tratamiento, no es el mejor momento de mi vida” confesó en una entrevista sobre esta novela, en febrero de 2023. Y ese triste diagnóstico personal es el que impregna su última obra. Aunque el motivo central del argumento es imaginado: su esposa la también escritora Siri Hudsvedt, con la que le unía una relación feliz y estable, había logrado dar equilibrio y armonía a su vida. Auster nos seduce con una historia de soledades y ausencias que se mantienen llenas de energía a causa del llamado síndrome del miembro fantasma (la “presencia” irreal de algún miembro del cuerpo que ha sido amputado) glosando comparativamente la “presencia” de un ser querido que ha desaparecido, pero que sigue provocando dolor, añoranza, molestias físicas y desorientación psíquica. Y, cómo no, hay continuas referencias a hechos y personajes de toda la obra austeriana.

En todo el corpus literario y ensayístico  de este escritor  también hay reflexiones de tipo político y humanitario que reflejan a un norteamericano orgulloso de serlo pero también crítico y sin pelos en la lengua, desde su posición de demócrata de izquierdas que nunca abandonó. Conocía bien los defectos de la idiosincrasia de los norteamericanos, los rasgos y temperamentos  que más le ofendían o preocupaban. Por ejemplo el amor a las armas. En Un país bañado en sangre (escrito a medias en 2021con Spencer Ostrander,  su yerno fotógrafo)  describe los tiroteos masivos, los asesinatos con arma de fuego y se pregunta qué hay en la historia de Estados Unidos que justifique y permita este tipo de horrendos hechos. Como había apuntado en algunas de sus novelas, había un motivo íntimo para odiar las armas: hace más de cien años su abuela mató a su marido con una pistola. Lo cual convirtió al hijo de la pareja (el padre de Auster) en un ser poco afectivo y cerrado que terminó acabando con su matrimonio y nunca llegó a congeniar con su hijo Paul.

En 2021 publica La llama inmortal de Stephen Crane, un ensayo literario dedicado al polifacético autor que según Auster cambió el curso de la literatura norteamericana con su obra y su corta vida (murió en 1900 con tan solo 28 años). El malogrado autor dejó dos novelas esenciales “Maggie, una chica de la calle” y “La roja insignia del valor”. Auster dedicó casi 800 páginas  a glosar la vida y obra de Crane. Para ello, el obstinado Auster se leyó la obra completa, en diez volúmenes, donde hay todo el muestrario de géneros que Crane cultivó: ficción, periodismo, poesía, piezas breves, diarios. Una corta vida llena de episodios “apasionantes” según Auster. Para el laborioso escritor neoyorquino, la vida de Crane parecía surgida de su penúltima novela 4,3,2,1. Es decir, sería la versión número cinco de la vida del protagonista, Ferguson.  Una manera muy austeriana de “llevar el agua a su molino”, es decir, la habilidad pasmosa de este novelista para aprovechar y ensamblar toda su producción imaginativa en un mismo proyecto inmenso. Nuevamente la influencia del gran filósofo presocrático, Heráclito. Todo forma parte del mismo río, sólo que Auster nos hace creer que siempre es un río distinto. Recordemos que es un niño que juega con las piezas que le proporciona la imaginación en el tablero de la vida. El libro dedicado a Crane es difícil de clasificar: entre una biografía y una ficción, donde el genio precoz que fue ese escritor  (admirado por Joseph Conrad o Henry James) es analizado e imaginado por Auster como si fuera un personaje surgido de su propio cerebro.

Pero Auster no es sólo un creador de mundos (casi todos autoreferenciales pero, al tiempo, divertidos, emocionantes y críticos) sino un hombre comprometido con su tiempo, la política y los problemas sociales, económicos y humanos en el planeta y sobre todo en su propio país. Sus opiniones sobre “el peligro Trump” no tiene desperdicio:   “Trump no es solo una amenaza para EE.UU. es una amenaza para el mundo, un maniático y un psicópata”. Y sobre el papel de su país en el mundo: “Norteamérica  nació como una nación integradora e inclusiva, pero equivocó su futuro a causa de dos hechos: el genocidio indio y la esclavitud. El problema es que nunca ha abordado seriamente esos asuntos.”

Como persona, Auster, era un individuo inesperadamente tímido, convencido de su papel en el mundo de la literatura, aunque crítico y desconfiado sobre su auténtica valía. Reacio a formar parte de movimientos y modas, era un individualista con buena capacidad para socializar. Ha sido siempre  un analógico con fobia a lo digital  y es uno de los convencidos de que “la hiper conectividad  aísla a las personas”. Tampoco tomó drogas, aunque era un fumador compulsivo y un bebedor rutinario pero contenido. Se negó a tener móvil  y ordenador: escribía con pluma en cuadernos y luego transcribía el texto en su vieja máquina de escribir Olympia. Como nota final, resalto lo que constituye el permanente mensaje ético interlineal de la obra de Auster: el enorme, irónico y combativo amor a la vida y a la bondad natural de las personas más corrientes. Cerremos con unas palabras de Peter Brook que Auster solía citar cuando le preguntaban sobre el objetivo del trabajo literario de toda una vida: “Crear una obra que tenga la intimidad de lo cotidiano y la distancia del mito, porque sin cercanía no es posible el sentimiento y sin distancia es imposible el asombro”.

 

 

ALGUNAS OBRAS RECOMENDADAS

BAUMGARTNER, Seix Barral.- LA LLAMA INMORTAL DE STEPHEN CRANE, Seix Barral.- 4,3,2,1, Seix Barral.- INFORME DEL INTERIOR, Anagrama.- DIARIO DE INVIERNO, Anagrama.-A SALTO DE MATA, Anagrama.- VIAJES POR EL SCRIPTORIUM, Anagrama.- LA INVENCION DE LA SOLEDAD, Anagrama.-LA TRILOGIA DE NUEVA YORK, Anagrama.-EL PALACIO DE LA LUNA, Anagrama.

 

 

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2 junio 2024 7 02 /06 /junio /2024 18:39

FRANZ KAFKA, EL GENIO OCULTO TRAS UN TÓPICO

CON LA AYUDA DE SU IMAGINACIÓN CREATIVA Y SU TÉTRICO HUMOR LOGRÓ MOSTRAR EL ALMA TORTURADA DE SU SIGLO Y DEL NUESTRO

 

Vamos a navegar por los mares procelosos de uno de los genios literarios más singulares de la historia, Franz Kafka de quien se conmemora el centenario de su muerte, ocurrida el martes 3 de junio de 1924. La inmersión en el mundo de Kafka crea un efecto curioso. Uno se cuestiona  si el demasiado popular término “kafkiano” aplicado a los sucesos y eventos de la vida cotidiana, se corresponde  a la obra y el talante del escritor. O quizá se limita a banalizar un mundo más complejo y variado del que sugiere el uso que se le da. Quizá el corriente uso del adjetivo simplifica y polariza el mundo personal del escritor. Tal vez sugiere en Kafka una postura vital algo teatral, impregnada del signo de la época y de judaísmo, con su peculiar “lógica”  surrealista, amparada con un complejo uso del humor y del absurdo. ¿Es ese el espíritu de su obra y de su vida?A  Kafka le persigue un tópico de “supuesto escritor desequilibrado y alienado” . Puede que lo que ocurre es que nos falta perspectiva o, simplemente, que hay que aprender a leer a Kafka. “Su mundo espiritual, reflejado en seres como un insecto, un hombre sin aspiraciones, un mono sabio, un topo ciego o un judío errante, no se puede tomar al pie de la letra. Son símbolos, disfraces”, dice uno de sus biógrafos. Conforme uno se sumerge en la obra de Kafka y sobre Kafka se impone la sensación abrumadora de que se trata de un individuo vulnerable y sensible, sujeto al endiablado juego de un Destino atroz, no sólo personal sino generacional, que ya mostraba su faz siniestra en la política del tiempo que le tocó vivir  (I Guerra Mundial). Y el hecho de que su vida se desarrolle precisamente en Praga, la problemática capital del Reino de Bohemia, en el Imperio Austrohúngaro. Una ciudad levítica –con muchos sangrientos dramas históricos por la represión del judaísmo pero también por la violenta revuelta nacionalista checa y el odio al alemán opresor. Una ciudad con un “gueto” medieval de callejas tortuosas y oscuras y opresivas leyendas judías, a la que Kafka admiraba y odiaba con la misma intensidad. Pero es innegable que si una persona socialmente insignificante como Kafka, “es capaz de  producir  una onda de choque en la cultura occidental cuyos ecos resuenan hasta hoy y seguramente más allá, es que hay que considerar vida y obra como mundos incompatibles que siguen cada uno sus propias leyes”, escribe uno de sus biógrafos. Algo de eso hay: Kafka es un símbolo en el que se suman tres tópicos: Praga, ciudad nutricia y conflictiva, el judaísmo y los efectos del poder deshumanizado sobre las personas sensibles.

Como “El mago de Oz”, Kafka esconde su personalidad literaria, original  y  atormentada, en la totalidad de su obra: relatos, novelas y sobre todo cartas –que triplican en total el tamaño de su obra restante- y bocetos y proyectos de ensayos, poéticos y literarios. Tras los espesos cortinajes de todo ese corpus, Kafka niega continuamente que él tenga tiempo o energía suficientes para hacer una obra pasable. Sus protestas contra sus incapacidades e impericia surgen por doquier. Pero entre los efectos de su voz amplificada por la ‘extrañeza’ y la potencia de sus imágenes, temas y argumentos, el escritor mantiene un polémica íntima con su propia obra. Todo debe ser destruido, pero no, esto y aquello parecen buenos. Esa duda corroe aparentemente a Kafka. Pero muy de vez en cuando surge su amor propio de literato y un poco de vanidad.  O la conciencia de que lo que hace está por encima de la media

. Los personajes parecen inspirados en sí mismo, su familia, amigos, sentimientos y pasiones. “Kafka –escribe Isaac Bashevis Singer, escritor yiddish, contemporáneo a K.-  quería ser judío, pero no sabía cómo y quería vivir, pero tampoco sabía cómo”. Es la “otredad” permanente de Kafka la que parece imponerse y  la que debemos comprender, pues está en relación con su fracaso como persona y su éxito como escritor - en un futuro que hubiera sido increíble para él-, a partir de los años 60 y 70 del pasado siglo,. Su riqueza literaria se consolida “en el ámbito de lo invisible y lo psíquico: en apariencia nada tiene que ver con el medio ambiente personal y social que le rodea, pero lo cierto es que penetra en él por todos sus puntos” (la familia, los amigos, las amantes y el judaísmo).

Como escribe Stach “el mundo de Kafka es inhabitable y hace falta mucho tiempo para adaptarse a él”. El que se acerca a sus libros comprueba “la capacidad de Kafka para captar una situación de un vistazo y aún así con la máxima nitidez, de filtrar los detalles significativos, de rastrear las relaciones ocultas  y capturarlo todo en un lenguaje saturado de imágenes precisas, que evita toda inexactitud. Es una capacidad que linda con lo maravilloso y se burla de toda explicación racional o psicológica imaginable”. Y añade: “pensemos en cómo una conciencia –la de Kafka-  a la que todo da que pensar, hace surgir una conciencia que ha dado que pensar a todos”. Ese es el baremo de la valía de Kafka.

Nace Franz Kafka en Praga en 1883. Es hijo de Hermann Kafka, comerciante y Julie Lowy. Tiene tres hermanas menores Elli (1889), Valli (1890) y Ottla (1892). Estudia en un rígido Instituto alemán, donde conoce a su amigo Oskar Pollac. Vive junto al gran y sórdido gueto judío de Praga. Su padre trata de adoptar para su familia la vía germánica (la del poder) por encima de la checa y de la judía, sin romper con ésta, aunque mantiene sus prácticas religiosas de una manera aislada y nada devota. Ya desde niño las relaciones de Franz con su padre son difíciles y tormentosas por el carácter agresivo, burlón y despectivo de Hermann hacia su endeble y delicado hijo. El escritor recuerda con pavor las amenazas del padre en algunos momentos: “me decía que me iba a comer como a un pescado, despedazándome y dejando sólo los huesos”. Uno de los documentos más valiosos para comprender a Kafka es su “Carta al padre”, pasto de psicoanalistas, generalmente mal interpretada y con varios niveles de lectura que aumenta en complejidad si uno la lee antes o después de leer otras obras del escritor y las de algunos de sus biógrafos, empezando por su amigo Max Brod. A este le nombra albacea de su obra y le exige: “Todo lo que se encuentre de mis escritos cuando yo muera, debe ser quemado de forma inmediata sin ser leído”. Brod no se lo toma demasiado en serio. Pero no se le puede condenar por ello. Kafka era sumamente contradictorio  en lo concerniente al destino de su obra. Solía defender su existencia por encima de todo, aunque a menudo él mismo quemaba obras en curso o algunas de las que se paralizaban. Dejó casi cuatro mil páginas de anotaciones en diarios y fragmentos, entre ellos tres novelas incompletas. Parte de esa obra  se la envió a su última amiga y amante Milena. Cuando años después ésta fue detenida por las SS confiscaron todo lo que tenía y lo destruyeron. Al leer el libro de Brod (1) dedicado a Kafka, se desvanece cualquier suspicacia respecto a sus acciones. Su texto desprende un amor y una admiración enormes. En realidad su labor para preservar el legado de su amigo y su figura literaria es increíblemente eficaz y activa. Uno se conmueve ante una dedicación tan firme y exclusiva. Incluso el mejor de los biógrafos kafkianos, Reiner Strach (2) reconoce su deuda con el libro de Brod y el cuidado con el que defendió la obra de su amigo. También elogia la labor del primer biógrafo de Kafka, Klaus Wagenbach (3), cuya obra aporta datos interesantes de la infancia y juventud de Kafka. Sin embargo Stach se lamenta de que el legado de Brod  con los documentos sobre la vida de Kafka y su obra aún no pueda ser consultado debido al litigio que hay entre los herederos de Brod y el Estado de Israel.

Kafka estudia Filología alemana y Derecho en la Universidad Alemana de Praga. Aunque dedica la mayor parte de su tiempo a leer a su amado Dostoievski, a Kleist y a Kierkegaard. Su intención es ejercer una carrera que le permita tener un empleo fijo (funcionario) y pueda independizarse de sus padres y vivir en su propio hogar. Nunca lo conseguirá del todo. Y no por falta de dinero, sino por su extraña dependencia paradójica hacia todo aquello que le crea molestias y dificultades contra su labor de escritor. Es como si Kafka comprendiera desde el principio que las situaciones de servilismo, dureza, explotación o esclavitud ante un poder enorme, omnipotente, cruel e irracional, nutren la fuente de donde manaría la potente inventiva de sus  personajes. Estas son víctimas siempre:  desde los múltiples animales desolados de sus narraciones, los funcionarios insensibles y mezquinos de un poder siempre oculto y la fatal sincronía de la muerte, la tortura y la bestialidad destructora con una vida miserable, sin salvación posible. ¿No reconocen ustedes a las sociedades europeas de ayer y hoy, sus guerras, poderes y aniquilaciones absurdas e innecesarias que asolarían Europa desde los años de Kafka hasta nuestros días? Él, en sus novelas y relatos, nos mostró el desconcierto del hombre moderno, ante el temor de lo que hay más allá del umbral de lo prohibido, como en “El proceso”, “El castillo” o “Ante la ley”: o indefensos ante poderes arbitrarios y sin rostro.

Sigamos con la vida del escritor. El trabajo  de Kafka en el Instituto de Seguros le agota física y psíquicamente. Aunque su labor como abogado en torno a los accidentes de trabajo es buena y recibe el respeto de sus superiores.  Cuando sale de la oficina se dedica a escribir, pero le aturden los ruidos domésticos en casa de sus padres y sueña con alquilar un piso o una habitación para aislarse Busca “obtener  una visión de la vida -y convencer de ella a los demás con sus escritos-, en la que la existencia mantuviese sus altibajos naturales, pero que al mismo tiempo apareciera, con no menor claridad, como una nada, como un sueño, como algo flotante”. No lo tiene fácil, pues “la presencia inmediata de mi vida profesional me priva de todo horizonte, a pesar de que en mi interior reina la más absoluta indiferencia, como si me encontrase en un desfiladero por el que fuese además con la cabeza agachada”.

Kafka vegeta entre el descontento laboral y una desesperada fijación por conseguir tiempo, silencio y soledad para escribir. Viaja poco, se mantiene geográficamente fiel a sus raíces: aparte de sus cortas salidas vacacionales por Alemania, sólo pasó 45 días en total de su vida en el extranjero, en diferentes momentos: Zúrich, Paris, Milán, Venecia, Verona, Viena y Budapest.

 En 1910 comienza a escribir un diario,  en numerosas  libretas, cuyo conjunto es  uno de los documentos literarios más importantes que quedan de Kafka, escritos con sumo cuidado y corrección literaria (como si conociera ya su gran papel en el conjunto de su  obra). Escribe  en 1912 “América”, “Contemplación” “La condena” “La metamorfosis” y la amplia correspondencia con Felice Bauer. En 1913 “El fogonero”. En  1914, en plena guerra mundial,  rompe su compromiso con Felice y comienza dos libros claves: “El Proceso” y “En la colonia penitenciaria”. Un año más tarde vuelve a comprometerse con Felice y vive unos meses en un cuarto alquilado. En 1916, escribe “Un médico rural”, basado en su tío médico que vive en Madrid. En 1917 rompe otra vez –definitivamente- su compromiso con Felice, ante la aparición de su tuberculosis y escribe sus “Aforismos”. En 1919 se compromete con Julie Wohryzek y escribe “Carta al padre”. Al año siguiente entabla amistad con el joven poeta Gustav Janouch (que años más tarde publicará un magnífico libro con sus conversaciones con Kafka) y el médico Robert Klopstok (que le atenderá durante los tres meses últimos de su vida). De 1922 a 1924 escribe “El Castillo”, “Un artista del hambre”, “Investigaciones de un perro” y su “Informe a la academia”.  Comienza su relación con Dora Diamant, a la que dobla en edad. Piensa en emigrar a Palestina con ella. Pero la tuberculosis empeora. De abril a junio es internado en el sanatorio de Kierling, debido a sus enormes dolores provocados por  la extensión de la tuberculosis a la laringe, acompañado de Dora Diamant y Kolpstock. Muere el día 3 de junio y es enterrado en el cementerio judío de Praga el día 11.

Max Brod describe en su libro sobre Kafka esas últimas horas: “A las cuatro de la mañana del dia 3 Dora llama a Kolpstock porque Kafka respiraba mal y padecía fuertes dolores. El médico le pone una inyección de alcanfor. Comenzó la lucha por la morfina que Kafka no cesaba de pedirle. ‘No me engañe, me está dando un antídoto. Ya no más tortura, ¿por qué alargarlo?’ clama Kafka y añade: ‘Máteme, si no es usted un asesino’. Se le inyectó morfina. Kolpstock, emocionado, se apartó para limpiar la jeringa. Franz le dijo ‘No se vaya’. El médico repuso, ‘No, no me voy’. Y Franz respondió ‘Pero yo si me voy’. Luego, se durmió lentamente para no despertar.”

Para avanzar en el parcial y forzosamente incompleto conocimiento de este escritor brillante y oscuro, hay que tener en cuenta tres coordenadas básicas que se entrecruzan en su biografía hasta coronar el absurdo y el horror en su fallecimiento por tuberculosis laríngea a los cuarenta años y once meses. La primera es una línea discontinua, de trazo leve al principio y fuerte al final su idiosincrasia judía que incide en su vida y su carácter. La segunda, la ciudad en la que vive,  que se convierte en símbolo de su obra: la Praga imperial de fines del XIX, racista, teatro de la lucha entre el nacionalismo checo y el poder alemán y opresiva e históricamente problemática para los judíos. La última, pero no menos importante, la vulnerable sensibilidad psicológica familiar y social del escritor, con especial acento en Hermann Kafka, el rudo progenitor de Franz, que se convierte en su Némesis permanente de auto condena íntima; aunque uno acaba por sospechar que además de un profundo sentimiento negativo, la figura del padre era un motor secundario pero potente de su obra, una de las excusas perfectas para Franz, que suele utilizar retóricamente al padre para justificar dos de los elementos biográficos más controvertidos de su vida: la relación con las mujeres y su renuencia a abandonar la casa familiar, a pesar de tener medios para hacerlo y un buen montón de razones para independizarse. Vive en familia en un odiado pero aceptado ambiente ruidoso y desconsiderado, con escasa intimidad. Los miembros de la familia, tres hermanas y los padres, son un estorbo –y a menudo fuente de disgustos-  para Kafka con la excepción de la hermana pequeña, Ottla, y una madre cariñosa pero que fue de escasa ayuda a su hijo, pues vivió bajo la autoridad y el miedo a su marido. Tras escribir su “Carta al padre”, Kafka añadió en su Diario, “Yo escribía sobre  ti. Todo lo que lloraba en mis escritos es lo que no pude llorar sobre tu hombro”.  Al principio de dicha Carta, escribe: “podría servir para tranquilizarnos un poco a ambos y hacernos más fáciles la vida y la muerte”. La Carta jamás es entregada a su padre, ya que la madre la retiene y luego la devuelve a su hijo. Pero para el proceso interior de Kafka, el padre ya ha cumplido su función y es relegado al anaquel de los “objetos literarios”. En cuanto al asunto judío, escribe en su diario: “¿Qué tengo yo en común con los judíos? Apenas tengo algo en común conmigo y debería quedarme completamente quieto en un rincón, contento de poder respirar”. Más adelante se interesó por la pintoresca religiosidad de los judíos que llegaban a Praga huyendo de Europa del este y Rusia. Le encantaban las historias jasídicas y frecuentaba a la compañía de teatro yidish de su amigo Yitzhak Lowy.  También había más estética que convicción religiosa o racial en Kafka respecto al judaísmo (aunque no se abstuvo de criticar a su padre por el poco convencimiento con que asistía a la sinagoga y que, según él, le contagió). Ronald Hayman (5) escribe en su biografía sobre todas las contradicciones de Kafka analizándolas con los tópicos psicoanalíticos y de la lingüística. Kafka, según él, no percibía su obra como un fin estético y moral sino como un medio para someterse a sí mismo a un proceso casi judicial donde era el reo y el juez.

Kafka vive en su pequeño círculo praguense la zona de Praga donde vivía. Eso le permitía un juego de palabras: su círculo existencial era el célebre “Ring”, anillo, praguense. Y en su interior, el círculo más pequeño de su psique, a la que no afectan los grandes asuntos de su tiempo: ni la primera guerra mundial (de la que hay apenas una o dos referencias en su diario), ni la victimización de los judíos en Praga –y en otros lugares de Europa- y el nacimiento del sionismo (con el que ya hay más conexiones, a través de amigos y amigas).

La vida erótica y amorosa de Kafka es indecisa, ocasional, generalmente breve y a menudo problemática. Como escribe su biógrafo  Stach: “...es estremecedora la desproporción  entre los esfuerzos que hizo toda su vida por alcanzar la plenitud sexual y erótica y la escasa y rara dicha alcanzada, que jamás se dio con libertad y jamás se recibió con libertad”.  Kafka tiene  miedo a los compromisos, amorosos o de otro tipo,  y una necesidad brutal de afecto y cariño que no acaba nunca de saber gestionar –hasta su última relación con Dora Diamant-, sino en términos de obligatoriedad, raptos de premura amorosa y un miedo permanente a cumplir su supuesto deseo de formar una familia estable, un matrimonio e hijos, lo que consideraba el destino básico, perfecto y estable de cualquier hombre. En tres ocasiones pide formalmente la mano en matrimonio (con Felice Bauer, dos, y con Julie Wohryzek, una) y se echa atrás a última hora. Respecto a Dora Diamant, la joven judía de 25 años a la que conoce en 1923 (su compañera hasta el final) Kafka, en el lecho de muerte pide permiso, por carta, al padre de esta para casarse con ella. El padre, un rabino, responde con un seco y definitivo NO.

 Cuando escribe a Felice para justificarse de sus dos anulaciones, argumenta “No soy nada más que literatura”. Y es fundamentalmente cierto: todas sus experiencias y vivencias van a parar a la escritura: en diarios, en cartas, en relatos y novelas cortas, terminadas o inconclusas. En ellos se vierte su vida sexual, sus amigos y amigas,  su odio al trabajo de oficina, sus visitas al burdel, la elección de sanatorios, su existencia enfermiza y su amor a los deportes, el odio y el fastidio a la vida familiar (“con mi madre apenas cruzo unas cuantas palabras al día y con mi padre, sólo un saludo y de pasada”) incluso la relación con sus hermanas es ocasional, exceptuando el cariño hacia Ottla, la más pequeña; mantiene un deseo permanente de independizarse (con escasas  y tardías decisiones en contra) y una búsqueda incesante de sí mismo.

Quizá su relación amorosa más significativa, pero que quedó frustrada por su enfermedad y luego por la muerte es con Milena Jesenska –que  años después moriría asesinada en el campo de exterminio nazi de Ravensbrük- una mujer mucho más “adecuada” para Kafka por su calado intelectual, su feminismo activo, juventud y su belleza. Era checa y estaba casada. Tradujo “El proceso” a su lengua y  era retadoramente libre en su trato con Kafka y en mantener combativamente sus: pero Milena no llegó, debido a las circunstancias citadas, a convertirse en su pareja.

 La vida amorosa “extraoficial” de Kafka empieza con G.M. en 1913, en pleno idilio epistolar con Felice. En 1914, una relación secreta con Grete Bloch, la amiga y confidente de Felice, con la cual parece ser que tuvo un hijo, nunca reconocido por Kafka y del que seguramente no tuvo noticia. En noviembre de 1918 conoció a Julia Wohryzek, que trabajaba en Praga como secretaria, a quien pidió en matrimonio. Rompió el compromiso en 1919. El carácter subterráneo y oculto de estas relaciones –casi siempre frustradas- sale a la luz como “motivo creativo”  en su obra más que  como una diversidad de decisiones  amorosas frustradas y se refleja  a través del inmenso poder literario de la correspondencia que Kafka mantiene con todas sus “amadas” o amigas. Miles de páginas de un Kafka tan imaginativo y mucho más ameno, divertido y humanamente cercano que en su obra literaria. Una gran parte de esa correspondencia amorosa, la mantenida con sus numerosos amigos y los borradores, notas, textos incompletos y relatos no publicados del grafómano Kafka han desaparecido o han sido destruidos durante el periodo nazi. Como también –para desesperación de sus biógrafos- , las personas que se relacionaron con él, desde sus tres hermanas muertas en campos de concentración o  amigos, vecinos y personas que conocieron al escritor.

 Como escribe su enciclopédico biógrafo, Reiner Stach (más de 2.300 páginas en dos volúmenes en la última edición de Acantilado) “Mucha gente cree que Kafka era un hombre con mucha imaginación pero sin energía o vitalidad. Pero creó su ingente obra en apenas 12 años, mal llevando un trabajo agotador de oficina, una guerra mundial, una familia agobiante y una tuberculosis que se le declaró en 1917 y siete años más tarde, con indecibles dolores acabaría con él. Pero no sabía evitar la demora en tomar decisiones importantes o las reacciones inesperadas de huida y de abstracción que enfadaba a quienes le rodeaban”. El hecho es que poseía una envidiable vitalidad a pesar de una mala salud de hierro. La huida estaba inscrita en su código genético porque respondía a una contradicción básica: era un hombre con un solo compromiso: su obra. El resto de los compromisos carecían de valor intrínseco para él. Pero actuaba como si fuese a respetarlos y luego sufría porque debía romperlos.

Stach considera a Kafka un clásico vivo, totalmente en sintonía con el mundo actual, aún más que Hesse o Mann. Para el biógrafo, el término “kafkiano” denota “una situación absurda, amenazadora, pero implícitamente cómica”.  En realidad es el poeta Gustav Janouch, amigo de Kafka en los últimos 4 años de su vida, quien nos ha dejado el retrato más amable, lúcido y conmovedor de Kafka (6). Aparece en sus páginas un hombre sabio, tierno, vulnerable y profundamente humano. Cuando su amigo le pregunta ¿qué nos ha llevado a esta situación (la I Guerra Mundial), Kafka responde: “Nuestra codicia y vanidad sobrehumanas, la ‘hybris’ (locura) de nuestra voluntad de poder. Luchamos por valores que en realidad no son tales, mientras destruimos con descuido ciertas cosas a las que está ligada nuestra existencia humana. Esta confusión nos lanza al estiércol y nos aniquila”.

Es interesante la visión del comic ‘underground’ dibujado por el célebre Robert Crumb sobre el texto biográfico de David Zane Mairowitz (7). Hay una evidente conexión entre el desgarro casi psicodélico de las imágenes y la impresión visual de la lectura de Kafka. También el libro de Nicholas Murray, “Kafka, literatura y pasión”(4) analiza la faceta “más que humana” del escritor, “Nadie canta con voz más pura que los que viven en el infierno profundo: lo que tomamos por el canto de los ángeles es su canción”.

CONCLUSIÓN

Escribe Kafka en su diario: “Estoy en un paraje desértico. No sé por qué no me han colocado en una tierra mejor. ¿No lo merezco? No puede decirse tal cosa. No hay arbusto que se abra, en cualquier terreno, con mejor exuberancia  que yo”. Un arbusto, un escarabajo, un chimpancé, un agrimensor, un procesado, un novio que desea y no desea serlo, poderes invisibles y humillantes sobre pobres tipos que sólo desean vivir y pasar inadvertidos, una burocracia infinita que jamás resuelve nada, procesos sin razón ni justificación, acusados y condenados sin remisión posible, una persistente incompetencia para solventar los pequeños pero acuciantes problemas de lo cotidiano, de la comunicación imposible, de la crueldad indiferente o las torturas inconcebibles aplicadas por funcionarios distraídos, las guerras y armas potenciales, el ruido continuo, la culpa enraizada sin causa aparente, la necesidad de escondrijos sin saber para qué, el tormento de oficinas donde se estanca la vida...La pregunta que  plantea Kafka es desconcertante: ¿No son los monstruos y las víctimas kafkianas el espejo que nos devuelven la imagen del mundo en que vivimos?  ¿El monstruo lo es porque desafía la norma o lo aberrante es esa norma que el monstruo cuestiona, ese sistema que rodea a los seres vulnerables que ha creado Kafka? ¿No será su obra una parábola de sí mismo enfrentado a un sistema familiar, social, político y económico que le destruye y al que no sabe cómo hacer frente?

 

 

BIBLIOGRAFIA

1.- KAFKA.- Reiner Stach. (2 tomos) Acantilado. 2016

2.- KAFKA.- Klaus Wagenbach.- Alianza Editorial.1970

3.- KAFKA.- Max Brod. Alianza Emecé1982

4.-K. LITERATURA Y PASIÓN.- Nicholas Murray.-Edit. El Ateneo. 2006

5.-KAFKA, BIOGRAFÍA.- Ronald Hayman.-Argos Vergara.1983

6.-CONVERSACIONES CON KAFKA.- Gustav Janouch.-Destino.2006

7.-KAFKA.-Cómic .- Robert Crumb y Davis Zane.- La Cúpula.2015

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1 diciembre 2023 5 01 /12 /diciembre /2023 12:19

LAS BIBLIOTECAS QUE  SUEÑAN LOS LECTORES

RECORRIDO LIBRESCO POR BIBLIOTECAS IMAGINARIAS, LIBROS PERDIDOS O PROHIBIDOS, BIBLIÓFILOS, BIBLIÓPATAS, INCENDIARIOS, COLECCIONISTAS, LADRONES Y LECTORES CONSUMADOS

COMPROMISO Y CULTURA ,diciembre 2023

 

 

En “El Quijote” de Cervantes, una de las fuentes de sabiduría popular  y literaria del castellano, se lee sobre el protagonista don Alonso Quijano, no más empezar: “Se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio”.  Lo cierto es que este modesto comentarista, en algunos momentos pensó que no había que desdeñar lo que al Caballero de la Triste Figura le acaeció, por el mucho frecuentar los libros. Pero después de leer –apasionadamente- “El gabinete mágico” o “Libro de las bibliotecas imaginarias” (Editorial Siruela), uno piensa que su autor, Emilio Pascual,  a tenor del extenso, detallado y erudito contenido de su libro,  parece estar muy sano de mente y cerebro tras haber dedicado, como es lógico, cientos y cientos de horas a leer, si no todas, gran parte de las minuciosamente investigadas bibliotecas imaginarias que pueblan algunos libros de todas las épocas. Si Emilio P. ha llegado sano y salvo a la cima de tal obra, yo no debería tener el temor de que, tras el mucho leer cotidiano, aunque en tiempo no llego a emular a Pascual, me dé por salir a las calles de este mundo de hoy para desafiar en singular combate a los gigantes de la IA, es decir contra los molinos de viento de la incultura digital. Y, por tanto, defender la necesidad de leer libros, como si a esta afición la llamáramos Dulcinea.

Una vez hecha la salvedad, pasemos a esta joya de libro (y a otros que están dispuestos para ser presentados) con el que la diversión, el encanto y la sorpresa bibliófila está asegurada. El “pollo” libresco  tiene 565 páginas, unas 76 entradas a las más pintorescas, extrañas, misteriosas y arrebatadoras bibliotecas,  citadas a través de un número igual o parecido de autores examinados. Se completa con notas, preludios y codas, una bibliografía  de 20 páginas, un  apéndice dedicado al ‘elogio a la biblioteca escolar’ y un índice onomástico de más de 50 páginas. Como dijo nuestro clásico predilecto: “Voto a Dios que me espanta tanta grandeza y que diera un doblón por describilla”.

Empieza el autor diciéndonos modestamente que este libro “sólo pretende ser una breve biblioteca de bibliotecas”. Ahí es nada, don Emilio. Quizá por eso nos recuerda la frase de Víctor Hugo que aseguraba que una biblioteca es un acto de fe. Y más adelante, en un gesto de humildad, el autor escribe que se “ha limitado” a registrar  sólo las bibliotecas y libros que le parecen de “felice recordación” por su rareza, su capricho, su simpatía o su obviedad. Por lo tanto, justo es que comience por informarnos de la Biblioteca de Alejandría y de los bulos, falacias y realidades históricas que la han convertido en el símbolo de todas, las bibliotecas que han existido, las que existen y las que serán.

No hay acuerdo entre los especialistas sobre el número de ejemplares que atesoró. Los libros como los conocemos hoy no existían. Eran pergaminos enrollados con rodillos de madera en cada extremo para facilitar la lectura. La cantidad de rollos que pudo tener Alejandría en sus estanterías oscila  entre los 54.800 de Epifanio y los setecientos mil de Aulo Gelio. Seguramente deberíamos entender que la Biblioteca de Alejandría está en todas partes donde se halle un libro. Fue incendiada dos veces, una durante las Guerras Alejandrinas de César (48 a.C.) y otra por los sarracenos en 640 dC).  Se convirtió, desde su fin en cenizas humeantes, en una metáfora del deseo de leer, de saber, de conocer.

El libro de Emilio Pascual es eso, una metáfora de lecturas entrelazadas: la de los autores que cita, los libros a los que se refiere, es decir el argumento libresco, el erudito y a menudo jocoso  comentario de don Emilio y el que hace el lector de sus textos, gozando de ello, sorprendiéndose y terminando por transitar por los rincones del libro como Pedro por su casa. Y a estas cuatro lecturas hay que añadir la de las notas, apéndice, elogio, y (sobre todo) índice onomástico  que, en conjunto, seducen al lector más arisco y menos amigo de erudiciones.

El paseo por esas setenta y pico bibliotecas históricas y  literarias,  fabulosas, ignoradas o misteriosas, requiere tiempo, algún esfuerzo y mucha imaginación: de tal potaje sale un ungüento que obra al revés que el de Fierabrás: calienta el estómago de placer, airea el cerebro y estimula la fantasía y el prurito picantuelo y vigorizante del ansia de lectura.

La nómina de citados es prodigiosa, Cervantes, Rabelais, Flaubert, Borges, Conan Doyle, Baroja, Defoe, Verne, Rousseau, Umberto Eco, Vázquez Montalbán, Conrad, Andrea Camilleri,  Pérez Galdós, Wilkie Collins, Evelyn Waugh, Roald Dahl, Pirandello, Dostoievski, Dickens, Voltaire, Sartre, Agatha Christie, Gógol, Fielding, Bellow, Bassani, Musil,  Sterne, Canetti, Dumas, Ondaatje, Twain y Ruiz Zafon, entre otros. En el bien entendido que no hablamos de las bibliotecas de esos escritores, sino de las de algunos de los personajes de sus novelas. De ahí el subtítulo del libro: “de las bibliotecas imaginarias”.

El viaje ha sido apasionante, desde las míticas, Alejandría o la Babel de Borges, hasta las nacidas de las mentes de algunos autores paradigmáticos para todo amante de la literatura, como la  de fray Guillermo de Baskerville  y su alter ego, Humberto Eco, la de don Quijote, el gran Pepe Carvalho, cocinero y amigo de quemar libros, las de el Gulliver de Swift o el Robinson de Defoe, la de la Kakania en Musil, la de Zafon y sus libros olvidados, la de Tom Sawyer y Huck Finn, de Twain, la de la Villa San Girolamo en “El paciente inglés” de Ondaatje…o las de algunos de los personajes de Baroja, Galdós, Unamuno o Eduardo Mendoza. En fin una gozada de lectura para “lletraferits”.

Como servicio añadido al lector de CyC, he buscado en mi propia biblioteca personal unos libros que tienen como temática común, las bibliotecas, el amor a los libros, la lectura y sus avatares y todo ese mundo lleno de encanto que relaciona estos ingredientes entre sí. Depósitos de papel y cartón donde se atesora la imaginación, ternura, audacia, picaresca y conocimientos sutiles de ese milagro de la cultura humana. La escritura como soporte de la invención y la belleza –sublime, tierna, patética  o tenebrosa- de las emociones, la inteligencia y los sentimientos de hombres y mujeres que han ennoblecido nuestra historia común, desde Shakespeare a Kafka, desde Homero a Rabelais o desde Swift a Melville, incluyendo a Sherlock Holmes o a Hércules Poirot y el inspector Maigret,  para nuestras horas más divertidas.

Hay una serie de novelas, publicadas todas por la editorial Periférica, con su característica encuadernación granate, que tampoco deberían faltar en su biblioteca persona, lector. La librería encantada, de Christopher Morley, continuación de La librería ambulante, donde se nos narran las aventuras de la pareja  Roger y Helen Mifflin, con su perro Bock, libreros de lance que llevan su librería por los caminos del mundo rural del este norteamericano y que venden sus libros siguiendo esta filosofía: “Cuando le vendes un libro a alguien no solo le estas vendiendo papel, tinta y pegamento. Le estás vendiendo una vida totalmente nueva. Amor, amistad y humor, y barcos que navegan en la noche. En un libro de verdad cabe todo, el cielo y la tierra y debe haber un corazón latiendo en su interior. Una historia que es solo cerebro no vale demasiado.” Más tarde abrirán una librería en Brooklyn de libros de segunda mano que se llamará “El Parnaso en casa”.

Del mismo tipo y editorial son Los amores de un bibliómano, de Eugene Field, El bibliótafo de Leon H. Vincent, una desternillante historia sobre los “enterradores de libros” . Y como regalo, una joyita para los amantes de grandes escritores (treinta de ellos) en su casi desconocida faceta de los que fueron también bibliotecarios, El escritor en su paraíso de Ángel Esteban.

En la editorial Podium-Zeus, en un volumen difícil pero no imposible de encontrar, tenemos cuatro libros indispensables para los fanáticos de la lectura; El Filobiblion, nombre que se da en griego a los amantes de los libros, del obispo Ricart de Bury (siglo XIV), La batalla entre libros antiguos y modernos”  de Jonathan Swift (el autor del Gulliver), Los principios de la bibliografía metódica de Theodor Besterman, bibliófilo del siglo XVIII y el bastante olvidado Viaje del Parnaso de nuestro don Miguel de Cervantes, un esbozo crítico de los poetas de su tiempo y una alabanza a la dura vocación de escribir y la fortuna de leer. En este volumen se leerán loas a los libros y la lectura como ésta: En el libro, recibe el que pide; halla el que busca; y se abren prontamente las puertas a los que llaman. Sois maestros que enseñan sin varas o castigos, sin gritos ni cólera, sin uniforme ni moneda, nunca esquivan la respuesta a tus preguntas, siempre a tu disposición, si yerras no protestan, si te equivocas no se burlan. Otorgáis la libertad a todos los que os buscan con diligencia…”

Pero un apartado que no hemos de olvidar es el de los que odian, desprecian y destruyen libros, que es una manera perversa y también patológica de sentirse “interesado” en ellos. Los enemigos de los libros de William Blades (Edit. Fórcola), subtitulado Contra la biblioclastia, la ignorancia y otras bibliopatías, con un excelente prólogo de Andrés Trapiello. Blades fue un impresor, ensayista y bibliómano británico del siglo XIX que se dedicó a combatir e identificar a los enemigos de los libros: el fuego; el agua; el gas y el calor; el polvo y el abandono; la ignorancia y el fanatismo; las polillas; los ratones y las lombrices devoradoras de papel (hacedoras de túneles perfectos que atraviesan los libros en diagonal); los bibliófilos, mercaderes de libros y coleccionistas sin escrúpulos; los ladrones de portadas o capítulos; los niños pequeños sin control y los perros y gatos juguetones; los tarados mentales que los consideran producto del diablo por razones “religiosas” o “ideológicas” y los encuadernadores sin tino que aplican la cuchilla o la goma arábiga donde no ha de hacerse.

En el libro de Blades se repasan minuciosamente los ejemplos de destrucción de libros por los medios más importantes sugeridos en la lista anterior. En el siglo XV, por ejemplo, Mohammed II tras la conquista de Constantinopla ordenó a sus huestes que  arrojaran al mar los 120.000 manuscritos que formaban la biblioteca del vencido emperador Constantino.

Cuando escribe sobre los efectos del medio ambiente de las bibliotecas –calor, frío, polvo, humedad-  en los libros, Blades apunta: “La forma más segura de mantener la buena salud de los libros es tratarlos como a los propios hijos. Estos enfermarían si estuvieran confinados en una atmosfera demasiado caliente o fría, o húmeda o seca. Pues los libros, igual.”

Otro de los libros más fascinantes que he leído sobre nuestro tema es Libros malditos, malditos libros” de Juan Carlos Díez Jayo, (Ed.Piel de Zapa), que recomiendo encarecidamente, como  ejemplo de originalidad, humor, erudición imaginativa y una ironía a tamaño “bilbáino”, -vasco es nuestro autor,- que dice “Todo lo que aquí leerás es verdad…te hablaré de volúmenes malvados que no debieron escribirse y otros que nunca existieron …de cosas con forma de libro, pero que no lo son…y de algún texto magníficamente pésimo que ha alcanzado la posteridad”. Y añade: “hay libros que no merecerían existir… te presentaré los monstruos de la especie, sin faltar a la verdad…hay libros que han cambiado la vida de sus lectores…otros han dirigido naciones…porque no todo puede sentirse: por eso hay libros”.

En la misma línea reivindicativa de los libros y su larga lucha contra la ignorancia y el fanatismo, el alemán Werner Fuld ha escrito su “Breve historia de los libros prohibidos” (Edit. RBA), donde no sólo se nos habla de la cadena de opresión, de obras destruidas y autores asesinados, también nos deleita con algunas de las victorias de la palabra sobre el poder político o económico. En esencia la historia de las prohibiciones de libros es también la historia de la supervivencia de la memoria humana almacenada en los libros. Como decía Borges “Basta que un libro sea posible para que exista”.

Otro alemán,  Alexander Pechmann en “La biblioteca de los libros perdidos” (edit. Edhasa) nos reseña los libros que nunca han existido en una biblioteca imaginaria. Buena dosis de imaginación la de este escritor que nos habla de las supuestas obras de Hemingway, Mann, Flaubert, Cooper, Byron, Kafka, Pushkin, Melville o Safo que las circunstancias, el descuido, un accidente o una borrachera, impidieron su materialización en un volumen.

Y para terminar, casi como un eco del libro reseñado en el párrafo de encima, “Historia de los libros perdidos”, (Edit. Pasado&Presente), del italiano Giorgio Van Straten,  que nos habla de la apasionante historia y anécdotas de libros inexistentes pero que podían haber sido. Como los del contenido de la célebre “maleta negra” de Walter Benjamin que se suicidó en la frontera española en Portbou por temor a que la policía franquista  le entregara a los nazis. Son ocho los libros imposibles de los que nos habla amenamente Van Straten: uno del escritor italiano Romani Bilenchi, cuyo manuscrito leyó Van Straten antes de que fuera quemado por la viuda del escritor. Sigue con la patética historia de la destrucción del manuscrito de “Las memorias” de Byron; la pérdida de una novela de Hemingway que guardaba su primera esposa (que aseguró que la tenía en una maleta que le robaron durante un viaje); “El Mesías” del polaco judío Bruno Schulz, desaparecido y asesinado durante ocupación nazi.  El siguiente, es el ruso Nicolai Gogol  cuya obra “Almas muertas” aún existente, no es más que la primera parte de otra obra mucho más larga que el perfeccionismo enfermizo del autor destruyó. El gran Malcom Lowry (“Bajo el volcán”) un alcohólico impenitente se pasó unos años de su corta vida hablando de una gran novela  de más de mil páginas, “In ballast to the White Sea” que se quemó junto a la cabaña canadiense donde vivía el escritor borrachín. Y para terminar, la poetisa Sylvia Platt, que se suicida metiendo la cabeza en el horno de gas con la cocina precintada. Su obra es administrada por su ex marido y albacea Ted Hugues y en unos años se publican textos de la poetisa y muchos más son destruidos “por razones familiares” (la poetisa dejó dos hijos) o por pérdidas y accidentes.

Y aquí, con esta nota triste, dejamos el amplio recorrido por el mundo del libro. Que ustedes sigan leyendo más y mejor. En los tiempos que corren es casi una obligación…para que sobrevivan los libros.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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2 septiembre 2023 6 02 /09 /septiembre /2023 10:46

 ESTE TEXTO HA SIDO PUBLICADO EN EL NUMERO DE SETIEMBRE 2023 DE LA REVISTA "COMPROMISO Y CULTURA"

El pasado 11 de julio murió en París, donde residía, el escritor checo Milan Kundera, a los 94 años de edad. Como Joyce, Nabokov, Mann, Rilke, Walter Benjamín, Zweig, Leon Felipe, Hanna Arendt, Salman Rushdie y tantos otros, Kundera se vio obligado a buscar un lugar donde poder vivir en paz –y morir, sin pistola intermedia-  ya que en su país de origen estaba proscrito. Al poder político absoluto le fastidia absolutamente que  escritores y pensadores, poetas y artistas se atrevan a opinar libremente sobre ellos. El comunismo de raíz estalinista no solía aceptar de buen grado a los intelectuales críticos. Estaban destinados a ser carne de “gulag” o a “desaparecer” de la forma más discreta posible. Como en la novela de John Le Carré, resultaba incómodo en ambos lados del Telón de Acero, ya fuese espía o intelectual. En los tiempos de la “guerra fría” los intelectuales no tenían buena prensa en general (recuerden la “caza de brujas” en Estados Unidos).

En 1979 las autoridades checas le retiraron la nacionalidad a Kundera y lo convirtieron en uno de los cientos de miles de apátridas que desbordaban las fronteras. En su libro “La vida está en otra parte” el escritor checo reivindicó la libertad como uno de los frutos de la rebeldía vital que caracterizó su existencia. En 2019 Checoslovaquia devolvió la nacionalidad a Kundera, que recibió la noticia con complacida indiferencia. Cincuenta años de exilio le habían blindado contra cualquier veleidad nacionalista. Como Pirron o Epicuro, Kundera se consideraba ciudadano del mundo, un “átopos”, un individuo de ninguna parte y por tanto de todas ellas. En su obra “La inmortalidad”, publicada en 1990, el escritor discurre sobre la identidad, como un proceso más que como una adscripción. Especialmente compleja si la persona vive en un régimen autoritario donde se proclama de igualdad supuesta y aparente de todos bajo la consigna unitaria –a la fuerza- de un régimen político que exige obediencia absoluta y usa de la violencia y la intimidación para lograrla. El novelista conocía la contradicción esencial de los totalitarismos: prometen un paraíso pero imponen un infierno, donde todo el aparato propagandistico del régimen está enfocado en disolver al individuo en una amalgama de ideas homogéneas, primarias y de una simpleza sonrojante en pos de la unidad de las mentes en un objetivo común: el que emana del privilegiado aparato directivo del partido y sus sirvientes más directos. Es decir una sociedad jerarquizada, con una cúpula que disfruta de todos los privilegios, un cinturón de servidores policiales y militares dispuestos a todo y la ingente masa de todos los demás ciudadanos del país sometidos  a los caprichos y directrices –a menudo demenciales- del poder. Es decir el reino del terror de Stalin o Hitler, Mao, Idi Amin, los khemeres rojos del Pol Pot, Ceausescu y tantos otros polichinelas del terror político, ahora encarnados en Trump, Bolsonaro o Putin, sin ir más lejos.

En otras novelas, como “La fiesta de la insignificancia” o “La ignorancia”, Kundera  analiza esa imposibilidad de conocer nuestro propio yo debido a la influencia enajenadora y falaz que tienen los demás o los medios de comunicación influidos por el poder y, proféticamente, las redes sociales y la tecnología social en todas sus manifestaciones. Es la soberanía absoluta de la imagen, de las pantallas, como indicativo de la ausencia de intimidad para propiciar la creación de “yos” que solo son avatares, muñequitos,“likes” o emoticones que conforman personalidades fulgurantes, simples, esquemáticas, efímeras y vulnerables hasta el suicidio.

En cierta forma todo esto daría sentido al perfil-cero social que Kundera adoptó en los últimos años de su vida. Lejos de la voracidad de los medios, centrado en su propia existencia y en su obra, el escritor checo renunció voluntariamente a cualquier atisbo de vida pública. Tanto es así que muchos de los que amamos su obra pensábamos que había fallecido en secreto, como una versión muy paradójica y sarcástica de su primera novela “La broma” en la que un simple chiste acaba arruinando la vida de un hombre (en el régimen estalinista checo, los chistes estaban oficialmente prohibidos y castigados).

Esa es una constante de la obra de este autor, el juego perverso que el humor mantiene con el horror, el pesimismo con la ironía, la carcajada liberadora con las lágrimas de frustración, la rigidez de lo autoritario y lo fanático con  la salida ingeniosa y ridícula del hombrecillo asustado que busca una aceptación del otro que nunca es atendida. La fuerza liberadora del humor, la carcajada, estaba presente en la narrativa y los ensayos de Kundera, como una confirmación de aquella frase, creo que era de la Arendt o de Simone Weil, dos víctimas directas o indirectas de los nazis: lo primero que desaparece de las calles en un régimen  totalitario es la risa, la jovialidad, el trato amable. Los sustituye el miedo, la desconfianza, la inseguridad, la tristeza y el silencio. Ese es el trasfondo de la huida de un desengañado Kundera de su país tras la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968.

Para poder trabajar en esa dialéctica entre el horror y el humor, Kundera echa  mano de la filosofía, no sólo del existencialismo de Sastre o de la fenomenología de Heidegger, también del Nietzsche de la angustia del yo o el Kafka del absurdo, del Musil del hombre sin atributos o del Hermann Broch (el de “La muerte de Virgilio”) que bucea en la inconsistencia de las motivaciones de las acciones humanas. Sin olvidar a un Rabelais o un Diderot. Por tanto Kundera acaba reconociendo que sus novelas “no examinan la realidad, sino la existencia”, es decir la variabilidad y absurdo de las actitudes humanas que muchas veces se enfrentan auto destructivamente a la realidad. Lo cual nos lleva a “La insoportable levedad del ser”, la novela best-seller de Kundera, donde el escritor nos apunta que la única salida posible y digna a esa situación es el ejercicio de la ironía y el humor, única arma para afrontar la unamuniana condición o “sentimiento trágico de la vida” y la naturaleza del desarraigo vital que instauró el siglo XX, espíritu de una época que hoy padecemos aún más, en el declive de las ideas y los valores de vigencia universal. Ese es el nihilismo y la negatividad del siglo XXI, un malestar existencial que Kundera trata de sobrellevar con su narrativa y su ironía dura y sarcástica.

Para un amante de la novela cervantina, Kundera es como un efecto lógico del realismo desengañado y pleno de humor irónico de don Miguel trasplantado al siglo del Gran Hundimiento Humanista, el XX, con sus dos guerras mundiales y más de un centenar de conflictos armados y genocidios en el resto del mundo. Quizá por eso no le importó demasiado que se le negara la opción al Nobel por una supuesta delación cometida en su juventud contra un compañero escritor durante la época estanilista dura. Kundera negó siempre esa noticia y la  atribuyó a maniobras de desprestigio orquestadas por el comunismo activo en Occidente contra un “traidor” de la Causa.

Lo cierto es  que Kundera al final de su vida trató de aceptar el reconocimiento de su país natal sin acritud o amargura. Recibió el Premio Nacional de Literatura checo en 2008 y el Premio Kafka en 2021. Como muestra de reconciliación, Kundera donó su biblioteca y sus archivos personales a la Fundación que lleva su nombre en la ciudad de Brno, donde nació. Siempre había dejado bien claro que él era un escritor no un político o ideólogo: “No me siento cómodo en el papel del disidente. No me gusta reducir la literatura y el arte a una lectura política. La palabra disidente significa suponerle a uno una literatura de tesis, y si algo detesto es precisamente la literatura de tesis. Lo que me interesa es el valor estético. Para mí, la literatura pro comunista o la anticomunista es, en ese sentido, lo mismo. Por eso no me gusta verme como un disidente”, declaró a “El País” en 1982, en una de sus últimas entrevistas, tras su rechazo total al “despotismo” manipulador de los medios de comunicación. A partir de 1986 el escritor checo exiliado en Paris decidió “beckettizarse”, es decir, seguir el ejemplo de Samuel Beckett y dar por cerrados sus contactos con los medios. La respuesta no se hizo esperar. Muchos rechazados empezaron a buscar la forma de desacreditarle. En el “cafarnaum” de los medios negarse a hablar y aparecer se convierte en una ofensa de lesa majestad: el público y el ruido lo es todo. Dejamos el tema. La picota pública es demasiado visible en las redes y ha realizado auténticas canalladas y provocado incluso el suicidio de algunas personas.

Pero pasemos a su obra y dejemos al escritor celoso de su privacidad y su libertad. Un rápido paseo por algunas de sus novelas y luego nos detendremos en una en particular “La fiesta de la insignificancia”. No porque sea la mejor, pero si es la que, de alguna forma, resume en cierta forma el personal ideario social y ético, estético y literario de Kundera. Es una carcajada triste que resume nuestra época mejor que un ensayo político. Su humor, como en Rabelais, como en Cervantes, arranca de la profunda desdicha, la ignorancia, la insoportable levedad del ser…como en Don Quijote, la tozuda y mezquina realidad mostrenca convierte a los gigantes en molinos, al bálsamo de Fierabrás en un brebaje inmundo, a los ejércitos en rebaños de ovejas y corderos, a un palacio almenado en una venta miserable, a una doncella en Maritornes, una puta del partido, al caballero de la Blanca Luna en el vengativo Sansón Carrasco, a los Duques señoriales en nobles burlones, despiadados, ignorantes y mezquinos y, ay, a la sin par Dulcinea del Toboso en una aldeana sin encanto alguno, zafia y despreciativa. Kundera a través de su obra, empezando por “La broma”, juega ese mismo -burlón, pero triste y a veces patético- juego cervantino (no en vano es un fanático de don Miguel) y lo hará en casi todos sus libros, navegando entre la sátira, el ridículo, el humor grotesco, el absurdo, el realismo mágico, la humillación, el esperpento y el erotismo desmadrado y un poco sórdido. En esa novela, Kundera revela el aciago destino  que puede tener un simple chiste o frase ingeniosa escrita imprudentemente en una postal en la Chescoslovaquia comunista. La frase era “El optimismo es el opio del pueblo” y  le cuesta la ruina en vida a su protagonista. La sensibilidad ante la crítica, aunque sea una simple chispa de ingenio, es una de las debilidades vengativas ridículas de los regímenes totalitarios.

El libro de la risa y del olvido

En 1979 sale a  la luz un libro cajón-de-sastre: nuestro autor era muy aficionado a las digresiones, reflexiones, autocríticas, relatos caprichosos y textos entre el ensayo y el guiño social. Le encantaba despistar al lector con su búsqueda incesante de nuevos cauces narrativos y fórmulas literarias con afán de novedad. En muchos de estos textos ya se vislumbra con cierta claridad el pensamiento y la mirada crítica del escritor en torno a la sociedad en la que vive. Era jugar con fuego.

La insoportable levedad del ser

En 1984 se publica la que muchos consideran mejor obra de Kundera. Hubo versión cinematográfica de gran éxito y quedó establecido el talante irredento y mordaz del escritor, así como su visión lúdica, trágica y sensual de la existencia. La Praga del 68 (un año histórico para el país) la visión que de ella tiene el autor, con todas las connotaciones críticas  sociales y políticas, la represión y la estupidez de la burocracia oficial comunista, son los ingredientes de una novela existencial excelente, en muchos momentos rozando el absurdo de Kafka o el ridículo surrealista y sexualmente procaz de “Tristram Shandy”.

El arte de la novela 

En 1986, Kundera, escribe uno de los textos más logrados y felices sobre la novela como género literario. Ya desde su definición “La novela es un arte nacido de la risa de Dios”, como una especie de territorio mágico imaginativo y de conocimiento cuyo proceso continuo a través de los tiempos es el epitome y el curso caudaloso de todas las grandes novelas de todos los tiempos que se van enriqueciendo en cada nueva aportación. Para quien esto escribe, el capítulo dedicado  a “La desprestigiada herencia de Cervantes” es uno de los textos más interesantes que he leído dedicado al inabarcable Cervantes.

Los testamentos traicionados 

En 1992 da una vuelta de tuerca a la obra anterior y escribe un ensayo sobre la novela como si fuera en sí mismo otra novela. Utiliza la música como vehículo comparativo y las obras y presencia de otros autores, como Hemigway o Kafka y aprovecha para lanzar su cuarto de espadas sobre la mesa de la naturaleza del autor y de los peligros que le acechan. Eso se convertiría en una de las “bestias negras” de Kundera, por su temor a ser mal interpretado o manipulado (en las traducciones era casi patológica la firmeza y cuidado con la que sometía a sus textos y a los traductores). La cuestión de confundir al autor con sus criaturas y vivencias novelescas se estaba convirtiendo en un complejo de rechazo que le duraría hasta el final de su vida.

El telón. Ensayo en siete partes 

En el nuevo siglo, Kundera vuelve a la historia de la novela y comienza con la revolución narrativa que supuso “El Quijote” y todos los temas y cuestiones relacionados con la creatividad y las grandes figuras de la literatura mundial.

Y tras este apresurado y selectivo, por tanto no completo,  paseo por la obra del escritor checo, nos detenemos un poco más en su último libro publicado:

La fiesta de la insignificancia

En 2014 sale a la palestra pública esta novela  donde se juega, en uno de sus capítulos, con el cuento metafórico del nuevo traje del rey, supuestamente realizado en telas tan sutiles que parece que el rey va desnudo (lo que en verdad ocurre). Es el engaño, la broma que deja de ser algo cómico para convertirse en tragedia. El “rey” del cuento de Kundera se llama Joseph Stalin. El siniestro dictador, al final de su vida, ya irremediablemente delirante, cuenta un relato que parece cómico. Tiene que ver con la caza de unas perdices. ¿Qué hacer? Si te ríes y no era cómico para Stalin, te cuesta la vida. Si, por el contrario, trataba de que soltaras la carcajada y no lo haces, es un insulto para el monstruoso ego del dictador. Y también lo pagas claro. Parafraseando, apropiadamente,  a Lenin, uno se pregunta una y otra vez “¿Qué hacer?”. Nuevamente transitamos por el resbaladizo terreno de la broma, el chiste, el sarcasmo surrealista, donde se recurre constantemente al destino dramático del ser humano, entre el absurdo, lo erótico (siempre rozando lo escatológico) y la sordidez y el miedo enquistado como una lepra en el cuerpo social.

Con momentos de absurdo surrealista, como el episodio de la pluma que sobrevuela una reunión mundana y se pasea en torno al dedo levantado de una de las invitadas con más glamour,  entre los aplausos de los aburridos asistentes o el juego retórico que se llevan tres amigos sobre la moda juvenil femenina de pasearse mostrando el  ombligo y la sabia disquisición sobre los elementos más atractivos de las mujeres, las caderas, los pechos o las piernas. “La insignificancia, amigo mío, es la esencia de la existencia. Está con nosotros en todas partes y en todo momento.” Dice uno de los cuatro protagonistas. El testamento literario de Kundera me recuerda el talante desafiante, subversivo e iconoclasta de otro grande, éste del cine, don Luis Buñuel. Leyendo “La fiesta de la insignificancia” me parecía estar viendo en una pantalla las escenas que narra Kundera con un Fernando Rey o un Francisco Rabal o una Silvia Pinal interpretando a los personajes del escritor checo.

Decididamente, y que los incondicionales de Kundera me perdonen, me quedo con sus ensayos “El arte de la novela”, “Los testamentos traicionados” y “El Telón”. Y, claro, su novela paradigmática, “La insoportable levedad del ser”.

FICHA

Todas sus novelas y ensayos  están al alcance de todos los españoles –como el NODO-  en cualquier buena librería. Están editados por Tusquets, con excelentes traducciones, revisadas por el autor.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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