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7 octubre 2025 2 07 /10 /octubre /2025 18:16

LOGOI 426

YO, JANE; TÚ, CHITA

Algunas veces, pocas, la Naturaleza parece propiciar existencias  ejemplares usando elementos de la cultura popular, películas, novelas de acción, comics... Pensaba en ello cuando leía el pasado miércoles la noticia del fallecimiento, a los 91 años, de la etóloga y primatóloga Jane Goodall  (nacida en Londres el 3 de abril de 1934), que fue Mensajera de la Paz de la ONU en 2002, premio Príncipe de Asturias en 2003 y en 2006 Medalla de Oro de la UNESCO.

Jane leyó a los 10 años la novela de Edgar Rice Burroughs “Tarzán de los Monos” y después vio las películas y las series de los años 30 y 40 sobre África, la selva y sobre todo los chimpancés y orangutanes (la mona Chita, como ejemplo -que en realidad era macho-) y se sintió firmemente atraída por el sueño de vivir allí y dedicarse a estudio de esos animales. Fue con 26 años, en julio de 1960, cuando pudo viajar al Parque Nacional de Gombe en Tanzania donde abrió una etapa nueva en la investigación y preservación de las especies de primates. Y cuando ya era una científica famosa solía bromear con el origen de su vocación, cuando decía: “Tarzán se casó con la Jane equivocada”.

El antropólogo Louis Leakey fue el mentor científico de Jane, facilitándole los medios y contactos para que realizara sus geniales descubrimientos sobre el comportamiento complejo de los chimpancés, el uso de objetos y herramientas y sus formas de interacción social, aprendizaje y conductas.  Fue un intuitivo apoyo personal ya que Jane no poseía formación científica pero  lo compensaba con una obstinación  y un amor total hacia esos animales, hasta el punto de querer dedicar su vida a la observación y estudio de la especie. Ella logró confirmar y demostrar que la característica supuestamente solo humana de fabricación de herramientas para objetivos propios, también la poseían los primates. También descubrió que son omnívoros, que se aman y se cortejan en forma semejante a la humana y que tienen una agresividad, en solitario y en grupo, que calificaríamos de “humana” si pretendiéramos insultarles (los humanos les superamos holgadamente en crueldad y salvajismo).

En la década de los 80,  Jane ya había obtenido un doctorado, tenía un hijo (su marido, fallecido, era un célebre fotógrafo), había fundado un Instituto que lleva su nombre y se había convertido en una activista en pro de la sostenibilidad ambiental y el bienestar animal, a través de numerosos libros y charlas por todo el mundo. La icónica fotografía del “National Geographic” de 1965 donde se la ve agachada extendiendo su brazo derecho hacia un bebé de chimpancé, llamado Flint, mientras éste extiende hacia ella su brazo izquierdo, la convirtió en una celebridad. Como ella decía: “Hay que abandonar la idea de que los humanos son los únicos seres con personalidad, mente y emociones”.

Descubrimientos recientes no sólo han vuelto a confirmar la “cercanía” entre el hombre y esos animales, han eliminado la creencia de que somos una especie evolucionada de primates y aseguran más bien que esos primates pertenecen a una rama evolutiva de descendientes nuestros.

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6 septiembre 2025 6 06 /09 /septiembre /2025 17:20

ORWELL PROFÉTICO: 80 AÑOS DE  ‘REBELIÓN EN LA GRANJA’

En esa obra y en “1984”, el escritor inglés logró analizar lúcidamente la distopía  política y social del siglo XX, que se agudiza en el mundo actual

 

En 1945,  George Orwell –Eric Arthur Blair-  (1903-1950),  publicó una feroz alegoría sobre la degeneración de los ideales revolucionarios –Rebelión en la granja- que toda su vida defendió, incluso activamente, como cuando luchó en las filas de la amenazada República española en 1936, junto a su mujer Eileen. Se encontró con dos frentes de batalla. Uno, contra las tropas fascistas de Franco. Y el segundo, interno, en el seno de las filas republicanas, entre comunistas y anarquistas. Describió las checas, la persecución ideológica entre los dictados de Moscú y los que se oponían a la otra “dictadura del proletariado”: un prodigioso disparate que debilitó a la República hasta el punto de facilitar indirectamente la victoria del fascismo, triunfante en muchos países europeos con el apoyo de los ya poderosos nazis (a pesar de la supuesta “neutralidad” de los aliados) lo que supuso un apoyo privilegiado para el ejército de Franco.

Aparte de sus magníficos ensayos y libros de reportajes biográficos sobre las vidas de los obreros y mendigos ingleses, Orwell publicaría, entre otras, dos novelas, “Rebelión en la granja” y “1984” en las que denunciaba de una manera literariamente magistral los autoritarismos y describía el terror estalinista (del que su “Rebelión...” es un reflejo directo y espeluznante en forma de supuesto “cuento para niños”).

Como curiosidad histórica, otra figura señera de la filosofía de su propia época, Simone Weil (1909-1943) que también intentó combatir en la contienda fratricida española (tuvo que ser evacuada de primera fila de combate en la batalla del Ebro, debido a un accidente) escribía poco antes de morir –de inanición voluntaria y tuberculosis): "Nunca el individuo ha estado tan a merced de la colectividad ciega y nunca los seres humanos han sido más incapaces de someter sus acciones al pensamiento y hasta solo de pensar...como en la forma actual de la civilización...vivimos en un mundo en el que nada se corresponde con las dimensiones humanas".

El mundo actual parece haber surgido de las páginas críticas que escribieron estos dos autores. Pero centrémonos en Orwell. Al regresar desalentado y confuso de España, Orwell escribe “Rebelión de la granja” su extraordinaria alegoría contra la dictaduras, las mentiras como forma de gobierno, el endiosamiento del líder, las injusticias, el hambre en el pueblo sometido, los vergonzantes  abusos de los que sostienen al dictador. Su editor se niega a publicarla. El manuscrito es rechazado también en la prestigiosa “Faber&Faber” por T.S. Eliot (uno de los más grandes poetas del siglo) porque “no es adecuado en estos días criticar la situación política” (se vivía en plena “guerra fría” –por cierto, término acuñado por Orwell-)  y no se quería “molestar” a los rusos). En los dos años siguientes Orwell, enfermo de tuberculosis –como Weil- escribe “1984”, una de las obras más lúcidas y proféticas del siglo XX.

 Orwell analizó la situación Estados Unidos-Rusia y vaticinó que ambas potencias nucleares, no se atacarían nunca de frente, pero si indirectamente  a través de terceros, apoyando a los países y  contiendas que favorecieran a uno u a otro.  Murió en 1950, con 46 años, un año después de lograr publicar “1984”. Su legado desde un punto de vista literario es notable, pero el alcance crítico y analítico de su obra contra los estados totalitarios y la deriva antidemocrática y antihumanitaria del mundo, es extraordinario. Para consuelo de los que creemos en los derechos humanos, la solidaridad,  la paz y la igualdad entre personas y países, Orwell ha dejado testimonios literarios de una agudeza y vigor inigualables donde queda palmariamente reflejado el actual momento internacional, con el avance la ultraderecha, los líderes mesiánicos, la brutalidad y el abuso como norma de conducta entre naciones y personas, con una Europa que se niega a sí misma y va convirtiéndose  en una  caricatura de su propia historia. Y unos Estados Unidos que sigue la senda fascista contra la que habían luchado en el pasado siglo.

Leer “Homenaje a Cataluña”, “Rebelión en la granja” y “1984”, o percibir el uso generalizado de expresiones como “Gran Hermano”, “Ministerio de la verdad”, “crimen mental” o la frase irónica “Todos somos iguales, pero unos más iguales que otros” o “El líder siempre tiene razón” (referencia a Napoleón, el cerdo de granja que se convierte en dictador y domina con mano dura al resto de los animales de la “Granja Manor”) es, en suma, no sólo un ejercicio de obligada formación crítica para entender esa repetición de la historia como farsa (tras haberla vivido en el siglo XX como tragedia), sino un placer literario que deja muchas preguntas sin respuesta o nos obliga a pensar que todas ellas se podrían reducir a una sola respuesta: quizá el ser humano no merece un futuro humano. En plena aceleración del cambio social en todos los aspectos y niveles, es casi imposible ni siquiera  imaginar dónde nos llevarán las cada vez más complejas tecnologías y nuestra progresiva “colonización” por ellas. Eso sin ignorar el impulso arrasador  de las consecuencias del también acelerado cambio climático y su reflejo en la destrucción de los ciclos, elementos y hábitats de una Naturaleza esquilmada.

Centrémonos en la lectura de “Rebelión en la granja” y “1984” para valorar la enorme carga de honestidad personal que emana del trabajo, el pensamiento y las ideas proyectivas de Orwell. Y, como trato de mostrar  en este análisis, las razones por las que Orwell mantiene incólume su validez, actualidad e interés, por encima de otros escritores de su generación – ingleses y de otras nacionalidades, Miller, Waugh, Eliot, Maurois, Mauriac, etc.- que fueron mucho más conocidos y apreciados  en el siglo XX. La principal de esas razones es que Orwell y su obra tienen una misteriosa conexión con nuestra época, con las preocupaciones y temores que los acontecimientos mundiales nos causan. La obra de este autor nos concierne. Nos emociona, nos intriga y nos hace pensar y, a veces, tomar partido. Su angustia, su dolor ante las injusticias de su época y ante el triunfo de la barbarie y la brutalidad de los totalitarismos, es semejante a la que hoy sentimos muchos ante la debacle trumpiana o los asesinatos genocidas de Israel en Palestina. Y aumenta el mérito de Orwell porque su proyección literaria en el tiempo se produce en 1945, un año fundacional para nuestro mundo del siglo XXI, tras la II Guerra Mundial, en el que se inaugura un camino de reconstrucción  que restablecerían los principios de convivencia y solidaridad entre los pueblos (a pesar del enfrentamiento entre la URSS y Estados Unidos).

Las obras citadas de Orwell parten, pues, de un momento en cierta forma positivo, en el que se generaría una paz europea y un cierto equilibrio en el mundo a pesar de le existencia creciente de guerras localizadas y de la amenaza nuclear siempre latente. Pero él no nos dibuja mundos utópicos de paz y progreso, sino que utilizando los mismos mimbres de actualidad que podrían llevarnos a una visión feliz, sigue la lógica de la corrupción política y la violencia y proyecta otro tipo de mundo, el agónico de “1984” o la parábola del autoritarismo soviético, tan nefasto como el nazi, en su “Rebelión...”,  publicada sólo dos días después de que Japón se rindiera y acabara oficiosamente la II guerra mundial.

En esta alegoría con aires supuestamente cómicos, Orwell hace una sátira inmisericorde del estalinismo. Nos narra la evolución de una cierta democracia al terror de un régimen de gobierno que un grupo de cerdos impone  al resto de los animales de la granja Manor,  tras expulsar  a su dueño y ‘opresor’, el borracho señor Jones, y vencer a los humanos de las granjas vecinas que vienen a recuperarla. El comienzo de la rebelión se debe al discurso contra el dominio humano de un viejo cerdo de gran inteligencia, respetado por todos, que preconiza el poder de los animales y el establecimiento de una Arcadia feliz, regida democráticamente por una comisión de animales variados. El viejo cerdo premiado, Gran Mayor, alienta la rebelión y antes de morir, deja instrucciones (los Siete Mandamientos) y eslóganes para formar un gobierno democrático en igualdad y solidaridad entre  todos los animales de la granja. Para ello nombra como sus delegados provisionales, a la espera de las votaciones de todos, a los dos cerdos más destacados, el agresivo Napoleón y el inteligente Snowball, que aunque nunca estaban de acuerdo en la línea a seguir, eran los líderes adecuados para dirigir un levantamiento contra los humanos opresores. Ahí comienza de una rivalidad que acabaría con el mejor de los dos, el más ético y solidario, Snowball, que huiría para evitar su asesinato.

La sutil y aguda inteligencia de este relato toca un punto clave, muy utilizado por Stalin y otros dictadores más o menos semejantes (como Trump ) el uso de las redes sociales con fines torticeros y de manipulación: el lenguaje como elemento clave de adoctrinamiento en fanatismo y no-razonamiento de la población menos preparada psicológica y culturalmente. Luego en “1984” volvería a ese instrumento de dominación con más extensión y radicalidad crítica. Y profética: lo estamos viendo a diario en las noticias y en el análisis de la deriva fanática de la extrema derecha en los asuntos que les interesa, con el uso –no controlado e impune- de las redes sociales: emigración, cuestiones de identidad y nacionalismo, violencia, agresividad, mentiras y bulos (los últimos, los que conciernen a los incendios en España, por ejemplo). Y provocaciones conspiratorias que darían risas por absurdas, si tantas personas no se las creyeran de buena fe.

El sistema es diabólicamente eficaz, nos cuenta Orwell: cambio del contenido de ciertas palabras clave (recordemos que una comunidad se rige en el conjunto de sus actividades, conocimientos y responsabilidades por el lenguaje común y sus compartidos significados). Las personas aceptan la re-significación  de ciertas palabras: libertad, solidaridad, identidad, nacionalidad, el trabajo, incluso el ocio o sus derechos. En la novela, el legado del sabio cerdo anciano son los “siete mandamientos” que deben regir los derechos y deberes de la comunidad animal en la granja. Están escritos en una pared como garantía de legalidad y respeto. Pero Napoleón y sus cerdos fanatizados, van cambiando poco a poco esos mandamientos a tenor del aumento de corrupción del líder y sus acólitos. Los cerdos que tenían prohibido el alcohol como el resto de los animales, añaden al mandamiento “ningún animal beberá  alcohol ‘en exceso’”, o en el crucial sistema de elegir democráticamente a los líderes, se reescribe “elegiremos a quien le convenga al líder del partido, porque ‘es lo mejor para todos’”. O frente a la prohibición de vivir en la casa del granjero y usar trajes,  comedor o dormitorios, el líder decide que los cerdos sí lo harán porque se merecen un descanso y una alimentación especial ya que las tareas más pesadas e importantes les corresponden a ellos.

En la granja los trabajos más duros y pesados los hacen los demás animales ante la “atareada” y cura vigilancia de los cerdos, convertidos en “capos” de una granja-prisión.  El huído Snowball es convertido en el gran traidor y por encima de las evidencias que  muchos recuerdan sobre su papel heroico en las batallas contra los humanos, se le condena a muerte sumaria e inmediata si vuelve a la granja. Los animales tienen horarios de trabajo agotadores, escasa alimentación y violencia contra ellos mucho más intensos y despiadados que bajo el mando del granjero y los humanos. Al final los siete mandamientos son borrados de la pared y en su lugar queda escrito el único mandamiento vigente: “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”. Y para que no quedara lugar a dudas, al día siguiente en el que aparece ese único mandamiento, los cerdos comenzaron a usar, cada  uno,  el famoso y odiado látigo que usaban los humanos para vigilar a los animales que trabajaban y golpearles si se volvían remolones o descansaban. Y para coronar la situación, el líder, Napoleón, aparece fumando en pipa y usando las ropas del granjero Jones.

El corolario de la historia es que los humanos dueños de las granjas de alrededor vienen a conocer y negociar con Napoleón: le tratan como a un humano semejante a ellos y admiran la crueldad de la disciplina con la que los cerdos manejan al resto de animales obligándoles a trabajar más y con menos compensaciones.

Algo parecido ocurrió en la Rusia de Stalin (incluido  los asesinatos y expulsión de los que le ayudaron a  tomar el poder y eran superiores a él en conocimientos y formación política). De una forma semejante se repite la historia en la Rusia de Putin y, ciertos detalles, en los paises donde el fascismo o el endiosamiento de sus líderes (Trump, Milei, Orbán y ‘tanti altri’) están cambiando el sueño democrático, liberal y solidario que se soñaba para el siglo XXI.

Orwell nos muestra en estas dos obras que comentamos la eficacia y lógica (o sentido común) de sus ideas y el reflejo en una prosa clara y una narrativa ajustada a los hechos  y a las pequeñas verdades de lo justo y lo conveniente (lejos de planteamientos teóricos  o filosóficos de difícil asimilación). Defendió una manera de ver la vida y el mundo de una honestidad limpia y responsable (provocando e incluso que las personas y figuras de sus propias filas ideológicas se pusieran en su contra) en defensa de un socialismo democrático que lo llevó a luchar contra el fascismo con su pluma y su vida, incluso reconociendo de manera noble sus propios errores (en su juventud, bajo  el imperialismo británico en Birmania y la India) y le enfrentó a la intelectualidad inglesa que durante la guerra no veía bien que se criticara a Rusia y a Stalin.

Esa es la grandeza –y la miseria- de la figura intelectual y humana de Orwell. Su enorme honestidad y su fidelidad  a la débil, delicada y traicionada condición humana. En los tiempos que vivimos, un intelectual como Orwell ya estaría eliminado, por un “accidente” inesperado y fulminante (en Rusia), arrasado por ‘críticos ideológicos” de carnet o vilipendiados por “puristas” a sueldo en las redes sociales. Su entereza, honradez, lucidez y sentido del sacrificio y del honor le convierten en un escritor y una persona legendaria. Y de radiante actualidad en casi todas sus obras. Por eso 1984  y Rebelión en la granja podrían terminar dentro de poco, en algún o algunos países, por ser desterradas de las bibliotecas, estudiarse en las Universidades y por supuesto hacer imposible la compra de sus libros. Suponiendo que no desaparezcan los lectores de libros.

Este mundo nuestro de 2025, con las mentiras y bulos institucionalizados, líderes incontestables, agresividad política, apaños económicos contra los más necesitados, recorte de libertades y derechos, insolidaridad humana, naturaleza depredada, formas de existencia colonizadas por la tecnología, decaimiento de las fórmulas de cortesía, educación y civismo, tradiciones colapsadas –la primera, la familia- , sistemas de vigilancia omnipresentes –con global aceptación de los ciudadanos- , han  convertido las obras de Orwell en el espejo mágico donde se reflejan las similitudes preocupantes  del futuro que describió (que es nuestro presente).

La “neolengua” de “1984” es algo muy parecido a lo que usa continuamente Trump, para el que la falsedad no es más que una “verdad alternativa”, o el “Ministerio de la Verdad” -que corrige diariamente la historia a favor del líder- reflejado en muchas de la “noticias” procedentes de la Casa Blanca, donde se manipula desvergonzadamente el pasado, con tal de que abone los intereses del “líder carismático” (tratar de probar que Obama había sido un ‘traidor’ o que las elecciones anteriores en EE.UU.  se  amañaron para impedir que venciera Trump). El “caldo de cultivo” para que  “Napoleón” o el Gran  Hermano y su poder omnímodo y  represión cambien el mundo, ya se extiende: sistemas de vigilancia masiva, banalización de los valores tradicionales e influjo de la familia y las virtudes humanitarias y sociales que ayudaban a la convivencia, las formas de relacionarse, el debate público, la libertad de expresión... El Gran Hermano nos vigila a todos. Primero en Rusia y Estados Unidos...pero todo se andará...muchos otros países se apuntan al guión y otros esperan su oportunidad abusando de los derechos políticos y sociales democráticos que, cuando ellos lleguen al poder, serán abolidos. Otra de las ideas de Orwell “los dos minutos de odio” la  tenemos institucionalizada y a la mano de cualquiera en las redes sociales, anónimamente y de forma voluntaria: véanse los “juicios” y “campañas” con que un usuario puede destrozar la reputación de cualquier otro que le moleste o desagrade. ¿Qué deriva de vida humana estamos promoviendo?

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12 agosto 2025 2 12 /08 /agosto /2025 20:44

COMPROMISO Y CULTURA (Agosto de 2025)

LAS GRANDES DAMAS DE LA FILOSOFÍA DEL SIGLO XX, EN EL EXILIO

HANNA ARENDT, MARÍA ZAMBRANO, SIMONE WEIL Y EDITH STEIN

 

Éstas cuatro pensadoras del siglo XX han enriquecido con sus obras y sus testimonios vitales no sólo la historia de la filosofía del pasado siglo, sino que por sus ejemplares existencias  y sus ideas se han proyectado con enorme trascendencia en la vida política y social del igualmente caótico siglo XXI; de tal forma que sus críticas y vivencias éticas se reflejan en las situaciones agónicas que ahora se ciernen en el plano internacional y en nuestro propio suelo. Ellas se comprometieron –una hasta pagarlo con su vida- en defensa de sus ideas en el tiempo de eclosión de las dictaduras fascistas y nazis, afrontando dos guerras mundiales. Tiempos de ignominia que parecen estar reproduciéndose hoy día, gracias a la increíble desmemoria e irresponsabilidad humanas.

Como escribe la historiadora Lyndsey Stonebridge, de la universidad de Birmingham, en su reciente libro “Somos libres para cambiar el mundo. Lecciones de Hannah Arendt sobre amor y desobediencia”, las crisis de migrantes, de exiliados a la fuerza, no son nuevas en la historia; lo nuevo es la brutalidad de nuestra respuesta y la cosificación de esas personas, convertidas en ejemplares de “nuda vida”, es decir seres sin ningún tipo de derechos (incluso nuestras mascotas tiene derechos reconocidos). Son casi como los “homo sacer” del derecho romano, rescatado en sus libros por el filósofo Giorgio Agamben, individuos a los que cualquiera podía matar sin responsabilidad alguna. Y esas actitudes más o menos públicas se están exacerbando en estos tiempos debido al auge de las extremas derechas, los regímenes populistas  y el ejemplo ‘trumpista’, que han brutalizado todo el proceso en Europa, muchos de cuyos países eran fuente de migrantes y exiliados durante todo el siglo XX. ¿Cuántas familias hay en España que no haya tenido algunos emigrantes o exiliados en su seno? Estamos viviendo una normalización de este rechazo y de una estética etnocéntrica de la crueldad que nos corrompe a todos. Es la vuelta a nacionalismos tribales con aires de “vendetta” por una ‘amenaza’ que no es tal. Nos venden, no sólo en las redes sociales, también en el seno de la política profesional, un mensaje de temor y revancha. Y la gente lo compra, sin pensarlo con calma un minuto. Solo hay que recordar que una de las agencias europeas con mayor presupuesto, es Frontex, la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas: 900 millones de euros por año del 2021 al 2027. El pacto de política migratoria en Europa ha endurecido los requisitos de acogida y fijan cuotas para cada Estado. Un viento de derrota y humillación  humanitaria parece haber contagiado al mundo. Y mientras, en España, con una tasa de natalidad del 1,5 (pronto el equilibrio nacimientos-defunciones se romperá a favor de los segundos) la economía se estancará irremisiblemente. A no ser que admitamos a más inmigrantes, según advierte el Nobel de Economía, Abhijit Banerjee. Cada vez que expulsamos a unos inmigrantes suenan campanas de duelo. No preguntéis por quién doblan, lo hacen por España y los españoles,  que han olvidado que en el pasado más reciente fueron un pueblo de exiliados. Leer a estas cuatro mujeres y su mensaje de comprensión y amor mundi nos invita a recapacitar.

 

HANNAH  ARENDT.-  Nació en Linden-Limmer, un pueblo que hoy es un barrio de Hannover, en 1906, y falleció en Nueva York, de un ataque cardíaco, en 1975. Era judía, no  practicante, aunque nunca negó sus raíces y mantuvo el respeto a su tradición. Su filosofía y su vida, ambas coherentes, tenía un motivo operativo esencial: las relaciones con otros seres humanos, a través de la amistad o el amor y el respeto a sus ideas, por muy distintas que fueran de las suyas. Y así lo practicó con personas de todas las clases sociales, lugares y continentes diversos. Estudió griego, filosofía y teología en Marburgo. Allí conoció a su maestro, Martin  Heidegger, del que asumió su teoría de que la filosofía es una experiencia que se encuentra en el camino y nos puede acompañar en todas las circunstancias de la existencia: lo cotidiano sometido al pensar, como un ejercicio vital, desde el “ser en las cosas” hasta la proyección  del propio ser en los otros.

Hannah tuvo una relación amorosa con Heidegger, intermitente y sometida a las necesidades o caprichos de él (estaba casado) que, no obstante, siempre valoró, hasta el punto de apoyar al filósofo cuando tras el final de la II Guerra Mundial se le solicitó que testificara en el juicio de los aliados contra Heidegger por sus relaciones y connivencia con el régimen nazi. Tras abandonar Marburgo, la filósofa se fue a estudiar a Heidelberg con otro de sus maestros, Karl Jaspers, quien le dirigió el doctorado sobre “El concepto de amor en Agustín de Hipona”. Después se fue a Berlín y en el año 1929 se casó con el filósofo judío Günther Anders (divorciada en 1937). En 1932, debido a la creciente amenaza nazi, abandonó Alemania con su madre y se fueron a Paris. Allí conoció a Walter Benjamin, de quien aprendió el arte de integrar fragmentos de la gran filosofía clásica en contextos nuevos y distintos de pensamiento.

Tras el estallido de la guerra en 1939, Paris dejó de ser seguro y Hannah se exilió a Estados Unidos. Su matrimonio con el poeta y politólogo alemán Heinrich Blücher, influyó decisivamente en ella, pues su filosofía comenzó a aplicarse en el análisis político, de donde ya no saldría y produciría brillantes frutos que colocaron las obras de Arendt en primera fila en la postguerra. En 1951 le concedieron la nacionalidad norteamericana. En ese país se desarrolló la época más fértil y brillante de su vida intelectual.

Entre sus obras fundamentales, es recomendable leer “Los orígenes del totalitarismo” y los trabajos realizados con ocasión de su asistencia en Jerusalén al proceso contra Eichmann (1960): el jerarca nazi se había refugiado con identidad falsa en Argentina, tras la derrota del nazismo, y fue secuestrado por el servicio secreto israelí y juzgado y condenado a muerte en 1961). Esos trabajos fueron publicados con el título “Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal”. Arendt –repudiada por los líderes religiosos judíos por ese libro- no sólo defendió el derecho a emitir un juicio libre y sin prejuicios, sino que criticó a los líderes judíos por su complicidad con los nazis durante el horror de la Shoa, alegando la culpabilidad parcial de los judíos en su propio aniquilamiento. “Todo aquel que se niegue a rebelarse contra la injusticia de la que es víctima, es cómplice indirecto de ella”.

En “La vida del espíritu: pensar” y “La vida del espíritu: la voluntad”, Arendt demuestra que “filosofar es una necesidad básica del ser humano”. Acaba de publicarse “Sobre Palestina”,  una serie de artículos de los años 60 y 70, cuya recuperación en estos días, resulta de una ejemplar actualidad.

 

MARÍA ZAMBRANO.- Nacida en Vélez-Málaga en 1907, esta filósofa basó su obra más madura en conciliar filosofía y literatura a través de un nexo común: la razón poética que se forma a través del misterio, la sensibilidad ante el ser y la naturaleza, el sueño y la esperanza. Estudió Filosofía (en 1931 fue nombrada profesora de Metafísica en la Universidad de Madrid) y fue discípula de Ortega y Zubiri. María se exilió en 1936: tras la victoria franquista en la guerra civil, marchó a Puerto Rico. En 1946 viajó a Paris donde se relacionó con Albert Camus y otros intelectuales franceses. En 1948 se separó de su marido y se instaló en Cuba hasta 1953, año en que trasladó a Roma. En el 1965 tuvo que abandonar Italia (por una denuncia de sus vecinos, debido  a que ella y su hermana Araceli, daban cobijo a dos decenas de gatos y vivían rodeadas de suciedad). Se instaló, junto a su hermana, en Suiza, donde vivieron en condiciones económicas precarias, recibía ayuda de sus amigos de España y Francia. Regresó a España, tras 45 años de exilio, el 20 de noviembre de 1984 (aniversario de las muertes de Franco y José Antonio Primo de Rivera). Fue muy bien recibida con todos los honores y recibió varios premios institucionales y una ayuda económica permanente del Ayuntamiento de su ciudad natal, Vélez Málaga, donde está enterrada. Murió en 1991 debido a una infección respiratoria.

Para Zambrano, la guerra civil en España es el fruto de una cultura cainita en la que el Otro se convierte en una amenaza, en el enemigo más cruel por ser el más cercano. La fuerte personalidad de María se refleja en su obra, que es una síntesis muy personal de elementos fenomenológicos, existencialistas o vitalistas, de mística y psicoanálisis. Siguiendo los principios orteguianos (se mantuvo fiel a Ortega, aunque criticó su regreso demasiado prematuro a la España de Franco) opuso su “razón poética” a la “razón vital” de Ortega, aunque nunca la fundamentó sistemáticamente. Es un concepto original de percepción vital de las circunstancias de la propia existencia, no desde la razón o la vitalidad, sino apoyándose en la “razón poética”, que es una instancia donde la poesía, la mística, la sensibilidad afectiva  y la imaginación conectada a la naturaleza, proporcionan los elementos de análisis y conocimiento.

 Su obra de 1955 “Claros del bosque”, rica en introspección mística y poética es la más significativa. También lo son, por razones biográficas y filosófico-literarias,  “Hacia un saber sobre el alma”, “Delirios y destino” (autobiográfica) y “Los sueños y el tiempo” o “Séneca”.

 

SIMONE WEIL.- Nacida en París en 1909, en una familia judía de médicos y profesionales agnósticos e ilustrados. Asiste al liceo Henri IV donde tiene de profesor de filosofía al gran ‘Alain’ (Emile-Auguste Chartier -1868/1951) que fue un importante faro y apoyo a su manera de pensar. Estuvo muy unida a su hermano mayor, un niño prodigio que le descubrió el mundo de los números, la literatura y el pensamiento. A finales de 1934 deja la enseñanza para trabajar en distintas fábricas y conocer las necesidades y la precaria vida de los obreros. Con la ocupación alemana, abandona París con sus padres, primero con destino a Marsella y luego a Nueva York. Por esa necesidad interior de exponerse a la realidad, asumirá  trabajos manuales y participará brevemente en la guerra civil española, en la columna Durruti.

Simone era una mujer intensa y radical, estoica, mortificada y humilde hasta el exceso. Kantiana radical, sus amigos la llamaban “el imperativo categórico con faldas”. Para ella la vida no tenía sentido si uno no procedía consigo mismo de la misma manera que se exigía a las demás personas. Nunca estaba satisfecha de sí, ni con su vida: sus sentimientos y emociones eran severamente restringidos. Estudió en la prestigiosa Escuela Normal Superior de Paris, con la nota más alta de ingreso, seguida por Simone de Beauvoir. Fue expulsada por haber encabezado una manifestación de obreros contra el paro. Trabajó de maestra en liceos femeninos de provincias. Durante sus vacaciones trabajaba en el campo como jornalera o en una fábrica como obrera. Trataba de experimentar en su propia persona cómo era la vida de los obreros. Pasaba hambre y necesidades, pues incluso repartía su sueldo con quienes apenas podían sobrevivir.   En 1940, Simone, junto a sus padres, se fueron a vivir a Marsella, con la intención de exiliarse a Estados Unidos. Su amistad con un sacerdote dominico la llevó a la conversión al cristianismo (se identificaba con san Francisco de Asís), aunque no aceptó la disciplina católica (“Fe sí, Iglesia, no”). Vivía con una austeridad total. Dormía sobre el suelo y se alimentaba deficientemente; no quería poseer más de lo que tenían los pobres. En esa época escribió “El amor de Dios y la desgracia”. En 1942, Weil y sus padres lograron emigrar a Estados Unidos. En contra de su deseo de volver a Francia para participar en la Resistencia, es destinada a labores burocráticas por los servicios de la Francia Libre. Ella no aceptó ese alejamiento táctico y emigró a Inglaterra, Liverpool, para colaborar con la resistencia francesa. No dormía más de tres horas y se agotaba con jornadas de diez horas de trabajo. Consumida por una anorexia voluntaria, muere el 24 de agosto de 1943 en el sanatorio de Ashford, cerca de Liverpool. Cumplió su idea de que “la persona debe superar su dependencia del yo. Llegar a estar vacía totalmente para poder concentrarse en Dios. Y eso se hace a través de la atención. Es la fuerza más grande e insólita de generosidad”. Sus obras son abundantes: “Amor y amistad”, “Contra el colonialismo” “Libertad y opresión social, “A la espera de Dios”, “La persona y lo sagrado”, “Hacer la guerra” “Echar raíces” y “La gravedad y la gracia”, escrita entre 1942 y 1943.

 

EDITH STEIN.-Nacida en 1891 en la ciudad polaca de Breslavia, en una familia estrictamente judía, moriría en 1942  en Auschwitz. Como Arendt y Zambrano se quedó huérfana de padre  en la infancia. Estudió historia y lengua alemana, con el objetivo de hacerse maestra, aunque se sintió atraída por la filosofía. En 1913 fue a Görttingen para asistir a las clases de Edmund Husserl. Hizo una licenciatura y el doctorado dirigido por Husserl sobre el tema de la empatía. En 1916 defendió su tesis doctoral y recibió la summa cum laude. Su ambición era ser profesora pero se encontraba con las reticencias del profesorado masculino y del propio Husserl que opinaban que la enseñanza universitaria “no era cosa propia de damas”. En 1918 dejó a su admirado profesor y se dedicó a la propia investigación filosófica. En 1922 se convirtió a la fe católica, probablemente seducida por sus estudios de Teresa de Ávila y de Tomás de Aquino. Entendía que la filosofía era el pensamiento riguroso y sereno; no dependía de los sentimientos, la fantasía, el gusto o la opinión personal. Trataba de explicar la religión desde la razón. En sus trabajos filosóficos analizó el papel de la empatía y sus raíces en el propio cuerpo.

En otra línea, Stein aseguraba que el sujeto, el ser humano era “un ser arrojado al mundo”, coincidiendo con conceptos similares de Sartre y de Heidegger. Stein considera que cuando la persona se da cuenta de ese hecho, comienza a reflexionar y a buscar un sentido de su propia vida.

En 1933, a los 42 años, ingresó en un convento carmelita en Colonia, a pesar de la oposición familiar. Stein seguía con horror y alarma las noticias que afectaban a los judíos en Alemania y los países ocupados por los nazis. Logró una audiencia con el Papa Pio XI para convencerle de  que debía tomar una postura contra Hitler y su política genocida. No tuvo éxito. En 1938 huyó a Holanda  a un convento carmelita. Pero los nazis la sacaron de allí y la enviaron a Auschwitz  junto a su hermana, donde fueron asesinadas.  Entre sus obras cabe destacar: ‘Sobre el problema de la empatía’. ‘Ser finito y ser eterno’. ‘La estructura de la persona humana’. ‘Escritos espirituales’. ‘Los caminos del silencio interior’.

 

CONCLUSIÓN

Hay una línea subliminal, una línea de luz y sombra, que une a estas cuatro pensadoras de estilos de vida, obras  y biografías tan diferentes. En su actitud frente a la violencia, la sinrazón, la brutalidad y la absoluta crueldad que llevan a cabo los regímenes totalitarios, fascistas o nazis a los que se enfrentan, existe un rechazo humanitario lógico. Arendt  escribe: “La comprensión no implica negar el horror o explicar mediante tales analogías que no se sientan ya ni el impacto de la realidad ni el choque de la experiencia. Significa examinar y soportar de forma consciente el fardo que nuestro siglo ha puesto sobre nosotros sin negar su existencia  ni someterse dócilmente  a su peso”.

Su llamada a la comprensión (que no justificación), a la vía filosófica de la “razón del corazón” - un sesgo femenino conmovedor- en la que ante la enormidad de la barbarie se opone una consideración humanística, ética, en la que se propone el no contagio, el pensar desde una razón llena de luz que se dirige no a los causantes de tanto dolor, sino a los que han logrado sobrevivir, a los que deben seguir viviendo con esa historia  terrible a cuestas, a los que juzgan y castigan a los culpables: no permitir que su ánimo, su alma, su corazón, se contagien de tanta maldad; o que la mantengan en sus espíritus hasta el final de sus días, arrebatados por la memoria de un horror que envenena la vida. Esa es la postura lúcida e incomprendida de Hannah Arendt; la comprensión y el vigor por superar esa ignominia, de esa especie de santa laica que fue Simone Weil; o la de María Zambrano...y posiblemente sintiera algo semejante la monja conversa Edith Stein,  antes de ser aniquilada por ser judía.

Por otra parte, la figura del refugiado exige una nueva política internacional acorde con la realidad presente: estamos en una era en la que crece el paradigma del ‘ciudadano en-éxodo’, habitantes de espacios extraterritoriales y aterritoriales, que exigen el derecho esencial humano de llegar a ser, alguna vez, miembros de la sociedad universal. Como decía Zambrano, ‘dejar de ser habitante del país interminable del exilio, sin reino, sin himno y sin bandera’.

Y Arendt  escribirá: “el derecho a la vida empieza a cuestionarse cuando la absoluta falta de derechos se convierte en una realidad”. Y pedirá el “derecho a tener derechos”, condición inmanente del ser humano en el mundo. Las cuatro coinciden en la idea de que “el grado civilizatorio de una sociedad se puede medir justamente en función de su hospitalidad “. Ellas son las campeonas de una filosofía de la esperanza que debería ser aplicada por todos los que sufrimos el desconcierto, la irritación y la congoja de ver cómo en pleno siglo XXI comienza, de nuevo, a asentarse la Bestia

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6 junio 2025 5 06 /06 /junio /2025 05:20

EL INGENIO, HUMOR Y CALIDAD DE SUS LIBROS, NO DESMERECE FRENTE AL LEGADO LITERARIO DE SU CÉLEBRE HERMANO LAWRENCE, AUTOR DEL “CUARTETO DE ALEJANDRÍA”

Desde joven, entre los 60 y 80 del pasado siglo, he sido un  fanático lector de Lawrence Durrell. He leído casi todas sus obras y he disfrutado con la enorme fuerza y calado de sus novelas (especialmente el ‘Cuarteto de Alejandría’). A finales de los 70 me enviaron para reseñar, un par de obras del hermano de Larry, Gerald Durrell. Fue una revelación. El estilo, la temática y las virtudes de esos  textos me hicieron entusiasmarme con Gerry. Me convertí en un fiel y devoto lector del divertidísimo biólogo, tan enamorado de todos los bichos habidos y por haber, como dueño de un sentido del humor, una sencillez y una calidez humana portentosas. Ya entonces comprendí que me las tenía con uno de los misterios más gozosos de la literatura: la posibilidad de convivencia del afecto de lector a dos autores tan diametralmente opuestos como Gerald y su hermano, Larry, sin que ello disminuyera ni un ápice el valor y la calidad literaria de cada uno de ellos. Por tanto corrijo mi frase: más que “opuestos” eran complementarios. Ya que uno satisfacía mi amor por la gran obra literaria, profunda, renovadora y original; y el otro, por la obra magnífica de un etólogo dotado de una enorme humanidad y una desternillante manera de narrar sus deliciosas aventuras en torno a toda clase de animales curiosos (incluidos muchos humanos y algunos de su propia familia).Y además, algo muy personal y que Larry no me ofrecía: Gerald había sido un niño y un adolescente feliz. Inmediatamente me sentí reflejado en ese niño fascinado por los más insospechados animalitos. En mi caso, más que animalitos, mi mundo giraba en torno a un universo tan diverso y complejo como el suyo, pero con un sujeto de fascinación diferente e igualmente rico: el cosmos literario, novelas, cuentos, comics, poesía...

En el prólogo de Mi familia y otros animales,-publicado en 1956: a España no llegaría hasta 1975-  el hermano mayor de Gerry, el gran Lawrence, eterno candidato al Nobel (que no obtuvo por morir demasiado pronto) rinde un cálido homenaje a la heroína de este libro, la madre, que falleció en ese mismo año, cuyo retrato en esta obra de su hermano Gerald, está trazado con gracia y fidelidad. Y añade, el autor ha logrado el prodigio de reencarnarse en un naturalista de doce años que era entonces, describiendo con humor tan chispeante como cáustico los disparates y las peripecias de la familia Durrell durante los años de estancia en la más encantadora de las islas: Corfú. Y añade con gran sentido del humor y un poco de retranca: Pero si nuestra madre desempeña en el relato el papel de honor, es a mí a quien ha correspondido el más detestable: mi desprecio hacia la ciencia y la irritación con la que acojo todos los esfuerzos del joven genio constituyen el lado sombrío del cuadro. ¿Era yo así de desagradable a los veinte años? Probablemente, sí...Y acaba su interesante  prólogo (ya es un escritor muy conocido en esa época, por lo que es comprensible el algo dolido sarcasmo con el que escribe: El autor nos promete una segunda parte en la que pondría al descubierto, bajo un prisma todavía más burlón, la estupidez y futilidad de la existencia de los adultos, comparada con esa vida más rica y plena que es posible vivir junto a la culebra, el ciempiés y la pulga. Si es capaz de lograr otra obra maestra de humor, alegría y poesía, todos habremos ganado con ello”. Lo cierto es que Gerry siempre ha mantenido públicamente que sentía predilección por su desdeñoso hermano mayor y que las relaciones entre ellos eran muy amables y cariñosas. El lector, por su parte, comprobará leyendo la trilogía que Gerald reparte sartenazos entre todos sus hermanos con irónica ecuanimidad y sólo salva en sus descripciones a la madre, verdadera “heroína” de una familia considerablemente peculiar y bastante extravagante.

Pero, aparte del tiempo y la labor dedicados a su familia, lo que queda de manifiesto es su predilección evidente por “los otros bichos” que le rodean, hasta límites un tanto estrambóticos incluso en un jovencísimo naturalista. En alguna de sus citas, Gerry apunta que se sentía muy cercano a personajes literarios como la Alicia de Lewis Carroll que aseguraba “creer en hasta seis cosas imposibles antes del desayuno”. Lleven ese aserto a la vida de un niño original y espabilado que vive totalmente  a su aire y conveniencia, protegido por su estatus familiar, en una isla rodeado de una naturaleza esplendorosa y comprenderán la enorme complacencia con la que ese hombre describe su niñez. Por eso, en una entrevista concedida a una revista poco antes de fallecer dijo: “Si yo fuera una especie de Merlín o un Zeus omnímodo, a cada niño le haría el regalo de tener una infancia como la mía”. ¡Menudo regalo! Eso demuestra varios aspectos de la personalidad deliciosa de Gerald: su generosidad, su anclaje toda la vida en una ingenuidad bulliciosa e imaginativa de niño perenne, su inocencia impermeable y su sentido del humor extraordinario: una especie de mezcla entre Groucho Marx, Bernard Shaw, Einstein de la biología animal, Richmal Crompton (‘Guillermo,  el travieso’), Dickens. P.G. Wodehouse y Tom Sharpe. Con un toque travieso a lo Monty Python, apreciable en las series y películas sobre su familia y otros menesteres que nutre su obra y su filmografía.

Gerald –Gerry- nació en enero de1925 y falleció en enero de 1995, con 70 años de edad. Se cumplen, pues cien años de su venida al mundo (en la India) y 30 de fallecer y tener que ir a buscar bichitos en las praderas del Cielo (y de paso hacer reír a los ángeles con sus ocurrencias inusitadas). Lo que sí puedo confirmarles es que Gerry se merece el mismo respeto literario como escritor que su hermano Larry, aunque sin duda por distintas razones. En él encuentro una virtud -más humana que literaria- que le hace especialmente singular: su capacidad para resucitar y alimentar de gozo y alegría al niño que todos llevamos dentro, las más de las veces, escondido y asustado. Y una más pública y notoria: fue un adelantado a su tiempo y nos alertaba sobre ecología, protección del medio ambiente y también nos pedía amor a todo tipo de animales: domésticos, asilvestrados, salvajes y... humanos. Los miembros de su familia, para empezar y después la irónica y benevolente visión del mundo adulto. Todo empezó a los diez años cuando Gerald y su familia se mudaron de una fría y desangelada Inglaterra a la soleada isla mediterránea de Corfú donde alimentó su espíritu y su cuerpo de un paraíso: el mar homérico, los olivos retorcidos y majestuosos, el canto de las cigarras, la luz destellante  de los interminables días veraniegos de sol, la vida diminuta y maravillosa de los insectos y otro animales grandes y pequeños, y la singularidad llena de humor y humanidad de los miembros de su familia y los habitantes de una isla griega en el universo rural de principios de siglo XX, una inocencia social llena de picardía y asombro para un niño inusualmente observador y dotado de un gran sentido del humor. Es la Arcadia vitalista y profundamente humana, con todos sus valores y defectos que un avispado niño es capaz de disfrutar plenamente, alejado de las miserias y cortapisas de le época gracias al afortunado y desahogado ambiente de una familia inglesa con medios económicos y situación social privilegiada.

Los que quieran iniciarse en el “opus” durrelliano, pueden leer ‘Yo mismo y otros animales’, un compendio de escritos inéditos y publicados que ha reunido su viuda, Lee, para celebrar el centenario. En él encontramos al Gerald de siempre, irónico, desternillante, lleno de ternura y empatía, reflexivo y dotado de ese entusiasmo por la naturaleza que es su sello distintivo. En su autobiografía se lee el siguiente párrafo: “La mayor parte de la gente no comprende hasta qué punto estamos destruyendo el mundo en que vivimos. Somos como un grupo de niños a los que se ha dejado sueltos con venenos, sierras, hoces, escopetas y fusiles, desechos y cerillas y gasolina en abundancia, en un planeta verde y complejo que estamos, lenta pero de forma implacable, convirtiendo en un desierto pedregoso y estéril”. Todavía en el año en que murió Gerry, el mundo aún no se había convertido en lo que ahora es, treinta años después, y los humanos en esa raza absurda, egoísta, con sus países rodeados de fronteras y muros, consumista, esclavizada por la tecnología, con resabios fascistas, agresivos, mentirosos, sin piedad ni respeto, racista e individualista hasta la psicopatía. Justo a la medida de sus pantallas y de la basura que a menudo emana de ellas.

Pero hablemos de su legado literario: más de medio centenar de obras, entre novelas, ensayos, relatos autobiográficos, libros técnicos y de viajes. Les recomiendo encarecidamente que empiecen por su llamada Trilogía de Corfú, (Alianza-2024), formada por los libros Mi familia y otros animales, Bichos y demás parientes El jardín de los dioses (Alianza Editorial). En esos libros, el lector lo pasará bomba conociendo a la familia Durrell, la madre –una mujer extraordinaria, viuda, con una paciencia y talante casi homéricos, su hermana mayor Margo, y sus dos hermanos Larry y Leslie, cuyos caracteres y comportamientos alcanzan cotas de humor y sarcasmo que nunca defraudan al lector gracias a la pluma divertida e irónica de un niño que los describe y analiza con la misma meticulosidad, afecto e ingenio con la que estudia a los animales de todo tipo y tamaño que son objeto de su mirada y atención inteligente y sarcástica.

El milagro literario se repite desde la lectura de la trilogía de Corfú  (escrita por Gerry ya cumplidos los 30 años) a otras obras como ‘Filetes de lenguado’ (Bruguera)Viaje a Australia, Nueva Zelanda y Malasia’, ‘Murciélagos dorados y Palomas rosas’, ‘Atrápame ese mono’, ‘Un novio para mamá y otros relatos’,  (Alianza), ‘Un zoo en la isla’(Labor), Cómo cazar a un naturalista aficionado’(Planeta) o ’Misión de rescate en Madagascar’(ABC) entre otras. En casi todas ellas el lector se deja embrujar por el verbo y la mirada de un niño apasionado por el mundo que descubre cada día: desde su chucho Roger, a los bichitos que abundan en su personalísimo “país de las maravillas”: hormigas, orugas, abejas, arañas, mariposas, mariquitas, tijeretas, asnos, ovejas, escorpiones o murciélagos, el ganso Alejandro o un camaleón melancólico al que llamó Gerónimo ...todos ellos en una mezcla –no siempre amistosa- con  vecinos y mujeres,  jóvenes o ancianos, el chófer griego o el cocinero, los policías y los pastores, los amigos y amigas de sus hermanos y, por supuesto, su madre y su sólido, amable y comprensivo gobierno del hogar. Todo ello conforma un Olimpo terrenal y humano de una deliciosa diversidad, unidos y convocados por la mirada siempre interesada e inteligente de ese niño que nunca creció, un Peter Pan naturalista y divertido, reinando en un país de Nunca Jamás que llevó siempre en su corazón.

El lector puede seguir la amplia y compleja saga de los intereses creativos de Gerald en una obra que supera los 40 libros, memorias, viajes y expediciones en busca de animales raros, novelas, libros de conservación de la vida silvestre, relatos juveniles de acercamiento al mundo animal y vegetal, llenos de humor y de amor. Su obra como naturalista, incluso la creación de un zoo propio en la isla de Jersey en 1959, que casi le arruina económicamente, define a este hombre cuyo amor por la diversidad animal es un ejemplo para el resto del mundo. Gerry clamaba por el deber ético que tenemos todos hacia la conservación de los animales y sus hábitats, una manera indispensable de proteger el planeta, la responsabilidad básica del género humano. Escribió: “Hasta que consideremos que la vida animal es digna de la consideración y el respeto que le damos a libros antiguos, cuadros y monumentos históricos, siempre existirá el animal refugiado, que vivirá una vida precaria al borde del exterminio, dependiendo para su existencia de la caridad de unos pocos seres humanos”.

El aspecto cinematográfico de nuestro autor es de considerable importancia. Hay varias series de televisión dedicadas a sus viajes por lugares exóticos en busca de animales  y en defensa de su conservación. Muchas de ellas son aún asequibles en plataformas y proporcionarán al lector unas horas de diversión y conocimientos singulares. En su obra Cómo cazar a un naturalista aficionado, Gerald nos cuenta de una forma amena y sobre todo divertida, plena de anécdotas las aventuras, algunas hilarantes, de su esposa y él, junto a un equipo de televisión, todos tratando de hacer cooperar a unos animales poco entusiastas o francamente opuestos a que les filmen. Las islas Shetland, el sur de África, Canadá o el desierto al suroeste de los Estados Unidos, son algunas de las localizaciones donde Durrell, su esposa y su equipo trataron de sobrevivir a filmaciones poco ortodoxas. Añadan isla Mauricio –cuna del pájaro dodo- en busca de especies en peligro de extinción  (Murciélagos dorados y palomas rosas), en un contexto de calor asfixiante, lluvias torrenciales y peligros inesperados. Sin olvidar expediciones a la Pampa argentina, la costa occidental africana y la Guayana británica. Buscar leopardos y colobos en Sierra Leona. Y en México el teporingo o conejo de los volcanes (Atrápame ese mono). Y cómo olvidar los viajes a Australia, Nueva Zelanda y Malasia (72.000 kilómetros), llenos de peripecias y anécdotas siempre servidas con el humor socarrón y crítico del naturalista y sus constantes protestas por los efectos de la intervención humana sobre el equilibrio ecológico (agricultura, caza, minería, tala de bosques). Mención especial a Misión de rescate en Madagascar,(1992), a fin de filmar un reportaje sobre la flora, la fauna y las gentes que viven en la isla. La descripción de un ejemplar de ayeaye – una especie de lémur que solo existe en la isla y está en peligro de extinción- con el que tiene un encuentro fortuito, es de una belleza descriptiva, llena de humor y de comparaciones jocosas, que convierte ya en la primera página, la lectura del libro en una fiesta. Para muestra un botón: Que un ser tan sorprendente y complejo sea eliminado de la superficie del planeta, es algo tan impensable como quemar un Rembrandt o un Goya, transformar la Capilla Sixtina en una discoteca o derribar la Acrópolis para edificar un Hilton (idea que se le podría ocurrir a Trump). Creo que es una de sus últimas obras. La dedica a su esposa Lee, que me ha soportado, me soporta todavía hoy y, espero, seguirá soportándome hasta que me lleve bajo tierra. Cosa que tuvo que hacer un par de años más tarde.

En su “Durrell Wildlife Conservation Trust”, Gerry legó una fundación no sólo para prevenir extinciones de especies, sino para recuperar las poblaciones amenazadas. Criticó lo que llamó “la política del panda”, es decir la protección de animales “bonitos y fotogénicos” frente a las especies pequeñas y ocultas para el gran público, pero mucho más importantes para la biodiversidad y tan dignas de ser protegidas como el emblemático oso o el ornitorrinco.

Leer y gustar del estilo y el humor de Gerald Durrell en sus obras -en un mundo envilecido por gentes como Trump y sus numerosos acólitos descerebrados, lleno de guerras inicuas y sangrientas, de fascistas nazificados, contaminación ambiental, mentiras venenosas rebosando las redes, inseguridad y cretinos agresivos que nacen por generación espontánea- ...es una invitación a volver a vivir por unas horas con la intensidad y el placer inocente de la niñez.

Pero acabemos con un párrafo delicioso escrito en el “Discurso para la defensa” que Gerald escribe al principio de su Trilogía de Corfú: ‘Quiero rendir un tributo especial a mi madre: como un Noé cariñoso, entusiasta y comprensivo, ha guiado hábilmente un navío lleno de extraña prole por los tempestuosos mares de la vida, siempre enfrentada a la posibilidad de un motín, siempre sorteando los peligrosos escollos del despilfarro y la falta de fondos, si esperar nunca que la tripulación aprobase su manera de navegar, pero segura de cargar con toda la culpa en caso de contrariedades. Que sobreviviese al viaje fue un milagro, pero logró sobrevivir, y lo que es aún mejor, con la cabeza más o menos indemne. Como señala con razón mi hermano Larry, podemos estar orgullosos de cómo la hemos educado: ello nos honra”. Cuando leí este texto pensé inmediatamente en mi propia madre, cuyo denuedo y dominio de sí misma y de las situaciones adversas que deben soportar todas las familias, mantenía a flote, y además en el rumbo indicado, a la nave familiar. Y como en mi caso, en el de la mayoría de las familias de la sufrida clase media de este país –por no decir de todas-. Recuerdo haberle leído estos párrafos a mi madre- también viuda, aún joven- a finales de los 70, cuando el libro cayó en mis manos. Me gané una dulce sonrisa.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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6 febrero 2025 4 06 /02 /febrero /2025 16:10

ANTOINE DE SAINT- EXUPÉRY, EL ESCRITOR Y PILOTO QUE FUE “EL PEQUEÑO PRÍNCIPE”

Era una persona inteligente y melancólica, con una vida sentimental complicada y un profundo aislamiento íntimo que le hizo evocar la infancia de forma genial y universal.

El próximo 29 de junio se cumplen 125 años del nacimiento en Lyon del escritor en el seno de una familia aristocrática venida a menos. Murió el 31 de julio de 1944 durante una misión de observación aérea en solitario al servicio de la Francia Libre, en lucha contra la Alemania nazi. Su avión, un P-38 Lightning,  fue abatido por un caza enemigo. Cayó sobre las aguas del Mediterráneo, cerca de Marsella.  Su cuerpo no se encontró, aunque sí los restos de su aparato más de 50 años después.

UNA VIDA CORTA PERO INTENSA

En 1998 un pescador que faenaba en aguas mediterráneas, cerca de Marsella, encontró en sus redes un brazalete grabado con el nombre de Antoine de Saint Exupéry, entrelazado al de Consuelo Suncin, su esposa, una salvadoreña, un año más joven que Antoine (nacido en 1900). Unos años más tarde un buceador profesional busca los posibles restos del aparato de Saint Exupéry en la zona donde el pescador había lanzado sus redes (hasta entonces se habían buscado los restos en aguas cercanas a Córcega de donde partió el escritor-piloto el día de su muerte). Y efectivamente encontró los restos del aparato; se confirmaron los números grabados en el fuselaje, pero no había restos del aviador. Ya para entonces se sabía la identidad del piloto del caza alemán que afirmaba haber derribado el aparato francés de reconocimiento el  31 de julio de 1944, aunque lógicamente ignoraba quién pilotaba el avión francés. Resultó ser un admirador del autor de El pequeño príncipe y lamentó públicamente haber sido precisamente él quien provocó que Saint Exupèry  -un adulto que siempre añoró su infancia—volviera como aquél otro niño literario e itinerante a su propio hogar, un lejano planeta sin nombre. Uno con la mordedura de una serpiente y el otro bajo las balas de un caza enemigo.

Su vida no fue larga, pero si compleja, rica en experiencias, fructífera e interesante intelectualmente, muy diversa y variable en el terreno de las emociones y los sentimientos...fue un hombre de su siglo, controvertido, humanitario, defensor a ultranza de la amistad y el compañerismo, honesto y fiel a sus ideas, de gran valía literaria y un individualismo afectivo, desorientado -quizá poco maduro- que seguramente le hizo sufrir a él y a las diversas  compañeras que se cruzaron en su peripecia vital ensombrecida por dos guerras mundiales. Consideraba que la mejor forma de conocimiento de sí mismo estaba en la acción, pero no cualquier acción sino una encaminada hacia un alto y noble fin, comprometida con el honor, la solidaridad y la dignidad de la condición humana.

No sabemos mucho de su infancia, excepto que le dejó una añoranza afectiva que le acompañó toda su vida. Se quedó huérfano de padre a los cuatro años de edad. En su primera juventud traba conocimiento con lo que sería el primer gran amor de su vida: la aviación, aunque sus estudios universitarios se centraron en Bellas Artes. Hace el servicio militar en Estrasburgo en aviación y tres años más tarde obtiene su licencia como piloto. Su “licencia” como escritor llega en 1926 cuando publica su primer relato (autobiográfico) El aviador,  en la revista Navire de argent. Dos años más tarde publica su primera novela Correo del Sur y en 1930 Vuelo nocturno, con una introducción de André Gide, por el que recibe el premio Fémina del siguiente año. En este libro, como en todo lo que ha escrito hasta el momento, se reflejan sus experiencias como piloto o las de algún compañero. Y su vida comienza a materializar sus sueños de fama y gloria. Ese mismo año, 1931, contrae matrimonio con la salvadoreña Consuelo Suncin (que más tarde sería simbolizada como “la rosa” que ama y cuida el Principito y le hace sufrir con su chantaje emocional de amor). Esa mujer, con un pasado de lo más novelesco, sería un aporte esencial aunque ambivalente para la vida y la obra de Saint-Ex, en la que no faltan personajes femeninos, como Nelly de Vogué que según dice Paul Webster, biógrafo del escritor, trataba de alejar a Consuelo de Antoine (intentos apoyados por la familia de éste, que nunca admitió a la salvadoreña). Nota bene: mis lecturas complementarias, entre las que ha estado las Memorias de la rosa  de Consuelo de Saint-Exupèry difieren un tanto de las de los biógrafos consultados, en las que casi siempre se ofrece un retrato negativo y frívolo de esta mujer bastante singular. En cuestiones íntimas no tomo partido, es un universo privado sujeto a fácil especulación. A mi entender fue la compañera adecuada a un espíritu variable y enamoradizo como el de Saint-Ex. Creo que a final de su vida, el escritor se reconcilió con su esposa y comprendió que había más semejanzas que diferencias entre ellos dos, que no había culpables.

La faceta de hombre de acción- vinculada al vuelo, los viajes y la aventura- se despliega totalmente. En 1934 viaja a Saigón, Moscú y España en guerra,  en agosto de 1936 y mayo de 1937. Fue en su propio avión como enviado del diario parisino, L’intransigeant, y publicaría cinco reportajes sobre Barcelona y el frente de Aragón y el año siguiente para Le Soir, sobre el frente de Madrid, seis reportajes. Saint Ex no tomará partido por ninguno de los dos bandos, aunque solo estuvo en el republicano. España despertó su rechazo a la inhumanidad de la guerra –ya percibía la extensión del horror de la guerra por toda Europa- , la sinrazón de la lógica militar y sobre todo el heroísmo de la gente sencilla del pueblo. Un año más tarde se lanza a intentar el viaje París-Saigón en un aparato “Simoun”. Se ve obligado a hacer un aterrizaje forzoso  en el Sahara y cuando ya se le daba por desaparecido, es rescatado por unos beduinos. Ese sería el germen del aterrizaje literario del Principito en el desierto. Sigue su trabajo como piloto del correo aéreo postal y sufre otro accidente en Guatemala tras el que debe ser hospitalizado.  En plena convalecencia escribe Tierra de hombres por la que recibiría el gran Premio de Novela de la Academia Francesa y el National Book Award en Estados Unidos.

Al comienzo de la II Guerra Mundial lucha en el cielo como piloto en la zona de Saint Dizier y tras la entrada de Hitler en Paris no volverá a volar como piloto de combate hasta las misiones de observación bajo mando americano en Córcega y Africa. Es una época difícil y oscura en la que Saint Exupéry se ve desbordado por las maniobras, rivalidades y presiones de los políticos divididos entre Vichy y la Resistencia. En 1941, el ya famoso escritor, se instala en Nueva York, donde escribe  y publica Piloto de guerra. Consuelo, a petición de su marido, viaja a Nueva York y se instala en un apartamento vecino al suyo, Un año más tarde, 1943, Saint-Ex publica  El Principito,  con unas deliciosas acuarelas que ilustran el libro, realizadas por el autor.  Esta novela corta o relato largo obtiene desde el principio un éxito fulgurante y se convierte en un clásico de la literatura infantil, con traducciones y ediciones en todo el mundo. El libro se lo dedica a su gran amigo León Werth, que había sido capturado por las autoridades alemanas de la Francia ocupada. Ese mismo año vuelve a pilotar aviones, pero dada su edad le confieren misiones de reconocimiento aéreo y con una limitación de cinco misiones, aunque la última. en la que se encontró con la muerte, sería la octava. En ese tiempo escribiría Carta a un rehén (se trataba de su amigo Leon Werth), Carta a una amiga desconocida y Carta al general X. Dejó inacabadas, la que debía ser su gran obra –según aseguraba él mismo- Ciudadela y los Apuntes.

Saint Exupery fue un “polymatas”, el tipo de hombre, según los filósofos griegos, capaz de ejercer varias profesiones u oficios y hacerlo todo bien en un continuo ejercicio de excelencia. Piloto, escritor, filósofo, mecánico, dibujante, inventor, mago...también un seductor, amante de la amistad a ultranza, una persona con coraje intelectual, independencia política, valor, altruismo, delicadeza y vulnerabilidad sentimental. Se convirtió tras su muerte en un héroe de la tradición literaria y militar francesa: su efigie y los dibujos del Principito y la de la boa que se ha tragado un elefante estuvieron desde 1994 -en el 50º aniversario de su muerte- hasta el 2000, en los billetes de 50 francos. Fue el último conde de un linaje de la aristocracia rural francesa que se remonta al siglo XIV (perdió a su padre a la edad de 4 años). Tuvo una infancia feliz, rodeado de mujeres, su madre y sus cuatro hermanas y eso marcó su dependencia afectiva hacia las mujeres, equilibrada por un noble y firme respeto a la amistad y la camaradería. Su encanto personal le abre puertas de la alta sociedad y de la literaria también (André Gide y el grupo  de la Nouvelle Revue Francaise). Al arruinarse la familia, Saint-Ex (que se ha enamorado muy joven de Louise de Vilmorin, dama de alcurnia que lo trata despectivamente) se enrola en aviación, quiere ser piloto y cuando consigue el título entra en la Compañía Aeropostal francesa Latecoére.  A los 26 años se siente feliz tras los amargos avatares económicos y sentimentales. Su vida cobra sentido. Y ya no lo abandonará hasta el fin. Vivió los tiempos heroicos de la aviación y se integró en un legendario equipo de pilotos, entre ellos sus amigos Gillaumet y Mermoz,  que habrían de protagonizar su novela Tierra de hombres.

Empieza su carrera como jefe de la estación aérea de Cabo Juby, un perdido fuerte español en la provincia de Río de Oro, en los confines del Sáhara. Allí escribe páginas memorables de amistad, heroísmo, sacrificio y entrega personal y profesional. Tiene que velar por la llegada y salida de los correos aéreos, buscar a los pilotos perdidos, negociar con los españoles y defender a veces a tiros los aparatos y el correo de los ataques de los bereberes, a los que aprende a tratar y a admirar. Toda su vida oscila entre dos vectores determinantes: por un lado, el amor a su oficio de piloto que, además de estructurar su personalidad y carácter en los valores y principios de su arriesgada profesión le proporciona materiales creativos a su otra vocación esencial: la escritura. Quizá por esa razón, cuando Saint –Ex ve todos sus principios existenciales cuestionados por la guerra y sus mezquindades -los gaullistas nunca le perdonaron que no se adhiriera al movimiento del general De Gaulle en el exilio: “si no estás con nosotros es que estás con Petain” decían- puso tal tenacidad en recobrar su puesto de combate que casi podría decirse que buscó su propia muerte. Tiene 44 años y aunque su obra literaria sigue siendo un motor de ilusión, el mundo que le rodea se desmorona...aunque también podría ser que el escritor –con varios accidentes -que debieron ser mortales- en su haber, piensa que tiene lo que los árabes llaman “baraka”, es decir una suerte  inmensa, la protección de los dioses  y que saldrá con bien de su último vuelo. Prefiero esta interpretación: por lo que he leído de Saint-Ex no me parece un seducido por el suicidio...Sus acciones se movían más por el imperativo ético. De ahí que muchos críticos no han calificado a Saint Ex entre los novelistas sino entre los moralistas franceses como Montaigne, Pascal, La Bruyère, La Rochefoucauld o Joubert...Lo cual me parece excesivo.

En mayo de 1943 logra que se le admita en una escuadrilla pero con la condición de no hacer más que cinco misiones (luego serían nueve), a su regreso de la última ya iba a ser informado que sería destinado a otro tipo de misión, sin volar, para el desembarco aliado. Pero esa medida cautelar y razonable no se podría cumplir jamás.

 

 

LO ESENCIAL ES INVISIBLE A LOS OJOS

No tenía en absoluto la apariencia de un niño perdido                               en medio del desierto, a mil millas de toda región habitada.                                   Cuando al fin logré hablar, le dije: -Pero, ¿qué haces aquí?                                 Y el repitió, suavemente: -Por favor... dibújame un cordero.

Leer El principito es una experiencia personal notable. No sólo por el encanto literario del relato, sino por la profundidad de sus mensajes. La primera vez lo leí, trabajosamente, en francés. Me fascinó la historia del aviador accidentado que se encuentra a un  misterioso niño en el desierto del Sahara. Estudiaba los primeros cursos del bachillerato y el volumen me lo proporcionó mi anciano maestro de primaria, don Rafael –un judío francés huido de los nazis- que supo despertar mi amor a la lectura ¿Se trataba de un cuento para niños o una parábola para adultos? Es una pregunta que se hacen casi todos sus lectores, niños o adultos. Yo creo que es una mezcla de las dos posibilidades.  Cuando mi padre me regaló la traducción al castellano, dos años más tarde, lo volví a leer y ya no tuve ninguna duda: era un relato para niños y también para adultos. El viaje del Principito por los planetas regidos por personajes pintorescos (y muy representativos), su peripecia personal en la Tierra y su tierna relación con el Aviador hasta el momento terrible de su muerte, me despertó preguntas y me facilitó respuestas (no necesariamente a esas preguntas) que me han acompañado durante el resto de mi vida, de una forma enigmática pero evidente. Pero con una salvedad: tuve amigos entrañables unidos por la lectura de las aventuras de Guillermo Brown, de los libros de Julio Verne o de Salgari y más tarde de Sherlock Holmes o de Swift o Conrad...pero nunca por El Principito. ¿Por qué? Porque la genialidad (no buscada) de Saint-Ex consistía en que cada lector, a cualquier edad, recibía su propio mensaje liberador o clarificador, su propia sugerencia de reflexión, su coordenada de conclusiones. Como el mismo autor, para el que fue un trabajo liberador, una confesión de la propia desdicha, melancolía, amor y temblor, fugacidad y nostalgia. Una tierna ironía volcada en el análisis del desquiciado mundo en el que nos toca vivir y que, proféticamente, Saint-Ex reflejó con un lenguaje sencillo, de vigorosas imágenes evocadoras en cada uno de los personajes del cuento, la rosa, el cordero, el zorro, el Rey solitario, el hombre rico, el calculador de números, el farolero, el bebedor, el astrónomo o el crucigramista. La lectura del libro se convierte en un oasis en el que descansar cuando el desierto humano nos aturde. También es una exaltación del amor, sus exigencias y sus astucias, del juego, del asombro ante lo cotidiano, de la amistad y la camaradería...en suma del hecho de vivir y de cómo hacerlo para recuperar la importancia de las cosas pequeñas, la inocencia en la mirada y el respeto absoluto al deber y a la amistad. Hay quien quiere ver en esa exaltación hacia el trabajo bien hecho, la norma heideggeriana de que la realización propia consiste en ser una persona que se realiza a sí-mismo en la acción oportuna y adecuada, en “lo que hay que hacer”, por encima de otras consideraciones.

El 6 de abril de 1943 se publica la edición original de El principito en la editorial Reynal& Hitchcock. Una versión en inglés en tapa dura y dos ediciones en francés una en tapa dura y otra en rústica. La edición aparece ilustrada con las propias acuarelas del autor. Saint Exupéry ya era una personalidad mítica y heroica entre los norteamericanos. Su segunda novela Vuelo nocturno se había publicado en 1932 en inglés con tanto éxito que fue adaptada para el cine con Clark Gable como el piloto protagonista. En 1939 su novela Tierra de hombres  había sido galardonada con el National Book Awars. Y ese mismo año amerizó en Nueva York a bordo del Leutenant-de-Vaisseau-Paris, el mayor avión de amerizaje del mundo, como segundo piloto de su amigo Gillaumet. En 1941, en plena guerra, Saint Ex vuelve a Nueva York (había sido desmovilizado en junio de 1940) tras la debacle total del ejército francés frente a los alemanes. Sopesa cual debe ser su postura, ante el colaboracionismo de Vichy y sus dudas y suspicacias respecto al clan gaullista de Londres. En Nueva York ha de enfrentarse a un rosario de calumnias y falsedades sobre un supuesto apoyo del escritor al gobierno de Vichy comandado por el mariscal Petain, que colabora con los nazis. Sus protestas no le sirven de mucho, a pesar de la publicación en 1942 de Piloto de guerra, una novela donde queda claro su compromiso contra el antisemitismo y la barbarie nazi. Amargado por la hostilidad y maniqueísmo de muchos franceses exiliados, Saint Ex trata de compensar su soledad y aislamiento  y empieza a tomar notas para El principito.  A principios de 1942 pide a su esposa, Consuelo, que venga a vivir a Nueva York en un piso cercano al suyo (el matrimonio vivía separado desde hacía unos años) aunque Saint Ex sigue su vida nocturna y sus relaciones con otras mujeres, Silvia Hamilton, Hedda Sterne. Nada de Bragance y Nathalie Paley que le ofrecen compañía casi siempre amistosa y casi maternal, ante su vulnerable soledad. En el verano de 1942 Consuelo encontró una casa magnifica, enorme, en Bevin House, Long Island y allí se encierra Saint Ex con sus libretas y acuarelas para escribir El Principito. A mediados de octubre de ese mismo año, el manuscrito de la novela llega al editor. La pareja vuelve a vivir juntos en un dúplex neoyorquino. El proceso de edición de El Principito es largo y complejo. Saint Ex se compromete a fondo con la labor editorial, sus dibujos y sus textos son una y otra vez retocados hasta conseguir la perfección que el escritor desea obsesivamente: exige controlar el emplazamiento de los dibujos, si irán a color o no, su tamaño y todo articulado de forma equilibrada y armónica.

Pero el tiempo pasa y Saint-Ex ha decidido  pedir su incorporación  a las filas francesas del Ejercito de la Francia Libre. Como piloto, a pesar de las renuencias de los mandos que consideran su edad como un problema y preferirían explotar la fama internacional del escritor. Le asignarán a una unidad de reconocimiento aéreo, en febrero de 1943. Cuando sale a la venta el libro, el escritor ya está fuera de Nueva York y recibirá las primeras noticias sobre el éxito en el buque que le traslada de suelo americano hacia el norte de África.

El Principito no se publicará en la editorial Gallimard hasta abril de 1946 a título póstumo, como Carta a un rehén y Ciudadela y es un éxito inmediato en Francia, que llega a ser apoteósico a partir de mayo del 68. En 2013 sobrepasaba los once millones de ejemplares. Ha tenido diversas adaptaciones para el cine, desde una lituana en 1967, seguida por la comedia musical de Stanley Donnen, 1974, y otras de dibujos animados,  obras de teatro, ópera, ballet y comics...

A pesar de su brevedad, Saint Ex logró  con esta obra su verdadera consagración  para la posteridad. Su tono elevado, solemne, pleno de metáforas y admoniciones de altura, su fe absoluta en la grandeza del ser humano, en la amistad y el concierto de los corazones por los valores humanos lastran muchas páginas de su obra, como en Ciudadela, que está lejos de ser la ambicionada obra maestra que Saint-Ex soñó. Tanto Tierra de hombres como Piloto de guerra mantienen la altura narrativa que deseaba. Pero quizá sólo en El Principito aparecen trazos finos de sentido del humor e ironía, grandes ausentes de la obra de Saint-Ex, a pesar de haber sido escrita en plena guerra mundial, con una Europa agónica y un mundo sentimental íntimo en horas bajas. Creo que puedo cerrar esta semblanza añadiendo una nota de esperanza escrita por él poco antes de su muerte: “Si se establece en el corazón de los hombres el respeto al hombre, los hombres acabarán por establecer el sistema político, social y económico que consagre ese respeto”. Utópico, pero refleja el infatigable humanismo de Saint-Ex.

 

EL VIAJE DEL PEQUEÑO PRÍNCIPE

1.-El autor nos cuenta una experiencia a los seis años de edad tras haber dibujado una serpiente que digiere un elefante y la incomprensión de los adultos ante su obra. A consecuencia de ello se hizo mayor y aviador.

2.-El aviador tiene una avería sobre el desierto del Sahara. Aterriza para poder arreglar su aparato. Se duerme y al despertar hay un niño rubio que, por las buenas, le pide que le dibuje un cordero. Como no le gustan los dibujos que hace, el aviador dibuja una caja con agujeros y le dice que el cordero está dentro. El niño mira el dibujo y dice: es un cordero muy pequeño y se ha dormido. Le cuenta al aviador que proviene de un planeta diminuto. Allí  hay unas raíces de baobabs que si no se eliminan a tiempo destruirían el planeta al crecer. Para eso quiere el niño al cordero.

3.- El niño le cuenta que cuando se siente triste se va a ver una puesta de sol y como el planeta es muy pequeño le basta con cambiar de lugar la silla para ver la puesta de sol. Un día vio cuarenta y tres puestas de sol.

4.-El Principito teme que el cordero se coma también su rosa, “una flor única en el mundo” Y le confiesa su gran amor por la flor. Una flor presumida que se cree  la más hermosa del mundo y se queja de todo. Un día el Principito decide abandonar a la flor y aprovechando una migración de pájaros, abandona su hogar, pero antes deshollina los dos volcanes activos de su planeta. La flor le pide perdón por su orgullo y vanidad, pero le dice que se vaya antes de ponerse a llorar. Era una flor muy orgullosa.

5.- Visita los asteroides 325 al 330. Y allí conoce al Rey (sin súbditos), al tipo Vanidoso, al Bebedor, al Hombre de negocios, al Farolero, al Geógrafo...y, al fin, llega a la Tierra.

6.-Su primer encuentro es con una serpiente que le habla del poder que tiene: “al que toco lo vuelvo a la tierra de donde salió”.  El niño comprende que esa puede ser su manera de volver a su planeta.

7.- Encuentra, tras mucho caminar, un jardín de rosas, que lo saludan muy contentas. El Principito al verlas se sintió muy desdichado. Su rosa no era única. Pero luego pensó que sí. Puesto que era su rosa. Pero eso mostraba su insignificancia. Y lloró.

8.-Conoce al zorro que se niega a jugar con él, porque “no está domesticado”. Le pide que le domestique para poder estar con él, para tener necesidad uno del otro. “Si quieres que sea tu amigo, domestícame”. Eso marca la diferencia ante los demás zorros y el resto de las personas. Y le dice su secreto: “Lo esencial es invisible a los ojos”

9.- Luego el niño conocerá al guardagujas y al mercader y volverá al aviador, al que le ha estado contando estos encuentros. El aviador le dice que se van a morir de sed, que ya no le queda agua. El niño le dice que hay que buscar un pozo y camina por el desierto. El aviador le acompaña bajo el sol y lo lleva en brazos durante la noche. Ante su sorpresa, al amanecer encuentran un pozo. El niño le dice: “Para hallar es necesario buscar con el corazón”.

10.- El aviador vuelve a reparar su avión y deja al Principito junto al pozo. Cuando regresa al día siguiente para decirle que ha reparado el aparato y que vuelva con él, el niño le dice que no. Que ya ha encontrado el medio de volver. La serpiente le morderá y así podrá volver a su planeta con su rosa única que debe echarle de menos. El aviador comprende y se siente desdichado. El niño le dice que no esté triste, que la noche que quiera mire a las estrellas y desde una de ellas el Principito reirá, “lo que para ti será como si rieran todas las estrellas”. La serpiente muerde al niño que, blandamente, cae muerto sobre la arena.

BIBLIOGRAFÍA

EL PRINCIPITO.- Círculo de Lectores, 1994.-LA HISTORIA COMPLETA DE “EL PRINCIPITO”, Salamandra, 2013.-CORREO DEL SUR, Emecé editores, 2000.-TIERRA DE HOMBRES, Emecé Editores, 2000.-PILOTO DE GUERRA, Rueda, 1968.-SAINT-EXUPÉRY EN LA GUERRA DE ESPAÑA, Ken ediciones, 2016.-AVIONES DE PAPEL, Montse Morata, E. Stella Maris, 2016.-MEMORIAS DE LA ROSA.-Consuelo de Saint-Exupèry.-LO ESENCIAL ES INVISIBLE, Eugen Drewermann.-Circulo de Lectores,1994.-SAINT-EXUPÉRY, VIE ET MORT DU PETIT PRINCE.-Paul Webster. Editions de Felin, 1993

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4 enero 2025 6 04 /01 /enero /2025 23:57

“LA MONTAÑA MÁGICA” DE THOMAS MANN, CUMPLE 100 AÑOS

Narra la historia del joven Hans Castorp y su evolución personal, durante un largo internamiento en el Sanatorio antituberculoso de las montañas de Davos

Ustedes se preguntarán: ¿Qué tiene de particular esta novela escrita muy laboriosa y lentamente por un escritor alemán hace más de cien años? Primero, que se trata de un Premio Nobel (1929), aunque lo recibió por “Los Buddenbroks”  no por “La montaña mágica” ni por “Muerte en Venecia”. Eso se debió a la oposición de algunos intelectuales y médicos que formaban parte del Jurado del Nobel y  aún recordaban la historia reciente de Alemania. Sin embargo aparte del valor literario de sus obras conviene destacar un hecho que da la medida de la excelencia del intelectual comprometido: adoptó una actitud insobornable y ética contra el poder nazi, viéndose obligado a exiliarse, como tantos otros de sus colegas, aunque no era de origen judío. Se trata, pues, de una gran figura de la literatura mundial y una personalidad humana digna de respeto. Cierto, dirán ustedes, pero  “La montaña mágica” es, simplemente, otra gran novela, a la altura del “Ulyses” de James Joyce, de “La muerte de Virgilio” de Hermann Broch o  de “El hombre sin atributos” de Musil. Pues bien, sí y no. Es una gran novela, pero no es “una más” y sí está a la altura de las novelas citadas, y en algún aspecto –en la historia de la literatura- las supera. Les aconsejo  leer todas estas novelas y dejar la de Mann para la última lectura, a fin de comprender que la maestría de este escritor es irrepetible, tiene una singularidad propia que emana de la época que vivió y del lugar en que nació, del carácter acomodado de su familia y del conjunto de caracteres psicológicos, naturales o adquiridos que moldearon sus ideas y sus acciones. Ojalá usted que me lee, se atreva a hacer la prueba que les propongo. Le garantizo un gran placer y un profundo enriquecimiento personal. Aunque, por honestidad profesional, tengo que hacer una advertencia obligada: lo anteriormente dicho depende muy directamente de la clase de lector que sea usted. Y me temo que también de su edad, aunque con las debidas excepciones. Si usted rebasa los 40 años y ha sido lector toda su vida, la lectura de esa novela le encantará. Y posiblemente me dé la razón en mi aventurada apuesta. Si tiene menos de esa edad –ya sé que todo esto es muy arbitrario y hay que aceptar excepciones- se le hará muy cuesta arriba leer las obras maestras citadas, incluida tal vez “La montaña mágica”, aunque, paradójicamente, preferirá ésta al “Ulises” o a “El hombre sin atributos”.

En 1911, a los dos años de casado, Thomas Mann visita a su esposa Katia que está internada en el sanatorio antituberculoso Wald de Davos-Platz en el cantón suizo de los Grisones. El ambiente trágico-dramático que se respira entre los enfermos y los médicos y enfermeras, entre la curación y la muerte, entreverado de una extraña vitalidad social y erótica, le impresiona y le inspira vivamente. Hace dos visitas a su esposa hasta su curación y mantiene una nutrida correspondencia con Katia, que le informa detalladamente del ambiente que se vive en el Sanatorio y de las costumbres, anécdotas y líos entre los enfermos. Mann, en su última visita a su esposa, que fue dada de alta un par de meses después, fue abordado por el director del centro, que le sugirió que dado su presunto estado –el escritor estaba pasando un fuerte resfriado con tos- debería quedarse “unas semanas” en el sanatorio para evitar males mayores. Mann rehusó cortésmente. Cuando regresa a su domicilio, comienza con un proyecto de novela corta, en el que espera contraponer el drama humano de la supervivencia en el escenario casi mágico de las montañas alpinas, entre la agobiante presencia fantasmal de la muerte y el deseo de vivir, como una fuerza primaria casi animal, que trata de luchar contra esa presencia amenazante, rara vez de forma victoriosa. Una especie de drama satírico o contrapunto humorístico a “Muerte en Venecia” que había publicado en 1912 con gran éxito.

Pero en este caso no se trataría de una novela corta, sino de una obra magna que tardaría doce años en coronar –apareció en 1924, hace un siglo, y se vio interrumpida en varias ocasiones por las duras circunstancias de la I Guerra Mundial y los contradictorios efectos que tuvo en el escritor-  y sería considerada la mejor de sus obras, una novela merecedora de aupar a su autor al codiciado Premio Nobel, que recibiría en 1929 por el conjunto de su obra. La novela narra la estancia en el citado balneario de su protagonista, el joven Hans Castorp, un ingeniero recién titulado, que aplaza el comienzo de su trabajo en la empresa familiar para pasar unos días con su primo, un joven oficial militar aquejado de una seria tuberculosis. Pero en su estancia, cuya duración va ampliándose a un ritmo concordante con los síntomas físicos y psicológicos que Castorp va padeciendo: “la cabeza caldeada, el mal gusto en la boca, las palpitaciones arbitrarias de su corazón”. En principio son achacadas por él mismo a “dificultades de aclimatación”. No mucho tiempo después, los síntomas se recrudecen y el médico jefe le manda hacerse una “sesión de rayos X” donde –además de sus huesos, cosa que maravilla a Castorp, que filosofa sobre ello, ya aparecen las sombras de la enfermedad. La novela refleja no sólo la idiosincrasia peculiar de otros enfermos con los que  el protagonista se relaciona, sino que como un fondo magistral, en comentarios y hechos filtrados por  el paso del tiempo y el aislamiento del “mundo normal”, va mostrando un retrato lúcido, inteligente y crítico de los problemas ideológicos, políticos, económicos y sociales de una Europa que aún ignora que se está precipitando inconscientemente a la carnicería total de la Primera  Guerra Mundial. Así que esta novela no sólo es un soberbio “Bildungsroman” –término acuñado por Goethe que designa una novela de aprendizaje o de educación del protagonista-, sino una sugestiva narración de fondo filosófico donde temas como el tiempo, la enfermedad, la muerte, el amor, la estética, la sociedad y sus defectos, el nacionalismo y el militarismo, son analizados para mostrar el escenario bélico donde moriría Castorp, poco tiempo después de abandonar el sanatorio, en el que estuvo siete años, “un instante ante el vendaval de la historia”. Mann deja claro que la trama de su novela es anterior a la Gran Guerra, “con cuyo estallido comenzaron muchas cosas que, en el fondo, todavía no han dejado de comenzar” escribe Mann, quizá preludiando lo que unos años más tarde, a partir del 33,  le supondría no sólo la pérdida de  su hogar, honores y posesiones, sino el estallido de la II Guerra mundial, aún más mortífera e inhumana  y también su propia permanencia en Alemania, su nacionalidad alemana ( se le retiró ésta por orden gubernamental nazi en el Año Nuevo de 1937) y el exilio en Suiza (donde moriría, años después, el 12 de agosto de 1955) y en Estados Unidos, como aconteció a otros muchos grandes de la literatura alemana, Stephan Zweig, Hannah Arendt, Walter Benjamin, Herman Hesse, Emil Ludwig o Bertolt Brecht, (no sólo judíos, sino izquierdistas), entre otros muchos menos afortunados que murieron o pasaron por los “lager” y campos de exterminio nazis, como Primo Levi.

Pero volvamos a “La montaña mágica”, que fue considerada la obra más representativa y lograda de Mann, Comiencen su lectura. Entra en escena el joven ingeniero Hans Castor que hace un viaje en tren por las montañas alpinas hacia un sanatorio donde está internado su primo Joachim Ziemssen, sin sospechar que sus dos o tres semanas de camaradería familiar juvenil se iban a dilatar durante siete años en un ambiente “mágico”, en el sentido de situarse fuera de las borrosas lindes de la realidad, muy lejos de lo corriente, banal y propio del mundo exterior, lo que todos los internos resumían con una expresión: “las gentes del llano”. En las alturas donde se encuentra el sanatorio todo es sutilmente distinto, un  mundo sujeto a otras reglas y costumbres, surcado por la sombra ominosa de la enfermedad y la muerte, pero también de unos anhelos, reflexiones y sensaciones que trastocan e influyen en su mente y en su cuerpo, forjando un cambio radical físico y espiritual.

Al estilo de su admirado Flaubert, Mann usa una  prosa descriptiva, minuciosa y brillante, que nos muestra detalladamente las actitudes y comportamientos, incluso los supuestos pensamientos de las personas y describe con precisión de geógrafo, biólogo o psicólogo, paisajes, situaciones y anécdotas que no cesan de producirse en el cerrado universo de enfermos y cuidadores o visitantes; todos ellos integrando una especie de logia o hermandad, donde la escala de valores y de principios morales o sociales son supeditados a un solo elemento: la presencia total, profunda, omnipresente, de la enfermedad y la muerte y, por tanto, la reacción vitalista - negociadora o combativa- del anhelo y la esperanza de vivir. La mirada del novelista profundiza en los procesos psicológicos, emotivos y relacionales de los personajes de una forma magistral, plena de una comprensión y ternura que elimina toda frialdad crítica. Ejemplo de ello es el apasionado amor que Castorp siente por la peculiar Madame Chauchatt, otra enferma, a la que tras seis meses de intensa cristalización de sus sentimientos, los hace culminar un martes de Carnaval  (la “noche de Walpurgis”) en una declaración soberbia de amor y exaltación (por cierto, todo el episodio fue escrito por Mann en francés, considerada la lengua elegante y culta en el sanatorio).

Debo resaltar un detalle curioso –y significativo por aludir a un asunto poco conocido en la biografía de Mann- que se describe en través de un recuerdo, una alteración de la cronología lógica de la narración, en el capítulo II de la primera parte. Es la única narración que nos lleva a la infancia de Carstop, una rememoración provocada por el parecido del rostro de su amada con el del pequeño Pribislav, un compañero del colegio infantil al que asistió, por el que se sintió muy atraído. Este y otros detalles literarios –“La muerte en Venecia” el más evidente- hizo que algunos biógrafos citaran con cautela y prudencia la probabilidad de que Mann tuviera inclinaciones homosexuales, a pesar de su feliz matrimonio y sus dos hijos.

Pero no son únicamente las cuestiones emocionales las que reciben un magnífico tratamiento en la novela. Más bien, estas pasan a ser anecdóticas, ya que la principal aportación de Mann es el logro literario de reflejar el ambiente intelectual crítico, variado, profundo, apasionado y respetuoso. Para ello usa con preferencia a dos personajes –dos intelectuales-  mucho más que secundarios: los profesores Naphta y Settembrini, Las conversaciones y controversias que Castorp mantiene con ambos, los convierte en dos formas diametralmente opuestas  -pero complementarias, filosófica y literariamente-, de concebir la existencia y las maneras de afrontarla o analizarla; la presencia inmisericorde del tiempo, no solo el cronológico sino, con preferencia el psicológico: las impresiones de fugacidad o eternidad que alteran nuestra percepción y nuestras emociones y se reflejan de forma muy hábil en la narración de Mann. Aunque sin olvidar los sucesos del mundo cerrado del Sanatorio, el amor, la amistad, las actitudes de rechazo o de aceptación, la misma enfermedad y la muerte, vistos desde dos mentalidades radicalmente opuestas en las dos figuras en conflicto permanente, el humanista Settembrini y su violento antagonista, el profesor latinista Naphta, un judío converso educado por los jesuitas, de una dureza lógica implacable y fanática. Los dos parecen constituir parcelas no analizadas, ni desechadas, en la despierta psique juvenil de Carstop. Ese Jano de dos caras, es comparable a su creador, Mann, un epicúreo con actitudes estoicas que ama la vida, el deporte, la bebida, el fumar y los goces de la carne, todo ello regido por el humanismo, el amor a la libertad y al derecho y una moral práctica basada en hacer el bien y comprender las debilidades humanas, empezando por las propias. El mismo Mann en un comentario sobre esta obra y uno de sus elementos esenciales, el tiempo, escribe: “Los grandes espacios de tiempo cuando su curso es de una monotonía ininterrumpida, llegan a encogerse en una medida que espanta al corazón: cuando los días son semejantes entre sí no constituyen más que un solo día y con esa uniformidad la vida más larga sería experimentada como muy breve”.

Los personajes secundarios –aunque relevantes- de la novela tienen una fuerza prodigiosa para encarnarse en la imaginación del lector: enfermos de ambos sexos, médicos, enfermeras: todo un rosario de personas que cogidas de la mano parecen bailar la danza medieval de la muerte en un paisaje sobrecogedor, de mágica belleza. Entre ellos cabría destacar al holandés Peeperkorn, Pieter, que aparecerá en la segunda parte acompañando a Madame Chauchatt, que regresa al sanatorio tras una larga ausencia. Ese regreso reaviva el breve amorío, consumado, con Carstop. Destaca la extraordinaria personalidad del poderoso -personal y financieramente hablando- holandés, que acaba simpatizando con Castorp. Ambos se confiesan la importancia que tiene para ellos el amor por la Chauchatt, pero apartan toda rivalidad y se declaran amigos de por vida. Sin embargo, Mann guarda un as en la manga y nos lo hará saber a su debido tiempo. Dejo el tema en este punto para incitar al lector de CyC a que lo descubra por sí mismo con su lectura.

Es en Naphta y Settembrini en  los que se sustenta más la dinámica intelectual de la novela.  Son dos formas de ver la vida, no sólo opuestas sino irreconciliables entre sí. Hay constantes discusiones, a veces feroces, entre los dos personajes. Tras una de ellas se retarán a un duelo a pistola. Settembrini disparará al aire y Naphta, enojado y frustrado, se disparará a sí mismo en la cabeza. El primero filosofa y sugiere la acción. Y el segundo se declara contemplativo sin negar la acción como última instancia pero siempre obedeciendo la racionalidad más absoluta. Para Settembrini el futuro deseable es una República universal y para su rival, un muy especial “reino de Dios”. Naphta es un judío converso, un jesuita que vive una vida de asceta, rodeado de arte y lujos, y afirma creer en la teoría geocéntrica de Ptolomeo y en el heliocentrismo de Copérnico. Tiene la violencia y el surrealismo mental de un hippy californiano amigo del LSD, anarquista, enemigo de las instituciones, del capitalismo y de la burguesía, que pretende volver a un orden medieval en la vida. Y el italiano es como un Borgia, irónico, dogmático y también austero, radical, consecuente e idealista. Cree en el trabajo firme, la actividad creativa, la tolerancia y los derechos humanos. Pero también en la necesidad de la guerra y en los nacionalismos. Naphta lo considera un “intelectual de la burguesía”.

Ante todo lo dicho no sorprende que los nazis acusaran a esta novela de “elogio de la decadencia burguesa” y “difamadora del heroísmo militar”. Pero hay un misterio sin resolver: la novela no figuraba en la Lista Negra de Goebbels y nadie ha podido demostrar que en la tristemente famosa quema de libros del 10 de mayo de 1933, estuviera “La Montaña mágica” (aunque sí estaba, al parecer, “Los Buddenbrook”).

Paradójicamente la novela fue un auténtico autoanálisis para Mann. Escrita en su mayor parte durante la I Guerra Mundial y terminada durante los años dramáticos de la Alemania vencida, produjo en el escritor un ajuste de ideas, un sentido nuevo de la política y la existencia: el patriota conservador, esteticista y antidemocrático –que reflejaron algunos de sus personajes, incluido Castorp- evoluciona hacia un humanismo parecido al de Settembrini con el pesimismo de Naphta y la esperanza en que el mundo nuevo resurja de las cenizas. O no. Cosa que en la novela se concretará en el detalle de no relatarnos la historia de cómo fue la muerte de Castorp en las trincheras.

Lo más importante que ha de saber el lector es que sumergirse en “La montaña mágica” es un viaje de esfuerzo durante más de 900 páginas, pero que una vez pagados los derechos de entrada –las primeras 200- si uno persevera, cada vez le costará menos la lectura y disfrutará más hasta llegar al final y comprender que ha dado cima a una historia-mosaico que nos hace entender el siglo XX y nos deja entrever por qué el XXI se ha convertido en la barbaridad que es, a pesar de todos los adelantos técnicos que supuestamente nos facilitan la vida. Y se quedarán ustedes con una cadena florida de instantes preciosos: el episodio de Castorp y los rayos X, la declaración amorosa a Madame Chauchatt, el capítulo “Nieve”, la muerte de Joachim, la amistad con el rival amoroso holandés, el duelo entre Settembrini y Naphta, o la escena bélica final con el fondo sonoro del lied del tilo de Schubert... Y percibirán, quizá, algo que yo he sentido vivamente durante mi reciente lectura de “La montaña...”, el secreto del atractivo de Mann se debe al empleo de la ironía como regulador estético. La grandilocuencia y solemnidad de sus ideas, envueltas en un amable escepticismo que las descarga y aligera relativizándolas, eludiendo lo patético, lo gesticulante, lo declamatorio de su prosa finisecular. Como escribió en “Sobre mí mismo”: “...al artista no le va comportarse con excesivo empaque y solemnidad, porque, en el fondo de su carácter, está lo infantil, primitivo y juguetón, eso que se llama ‘talento’ y sin lo cual, por mucho espíritu y mucha moral que se tenga, no se es artista”.

Lecturas: “La montaña mágica” (2 tomos), Círculo de Lectores, 1969, traducción Mario Verdaguer.

 “Obras escogidas”, Thomas Mann, Biblioteca de Premios Nobel. Aguilar 1967

“Sobre mí mismo”, Thomas Mann. Ediciones Paradigma. 1990

“Schopenhauer. Nietzche. Freud”.- Thomas Mann, Bruguera. 1984

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2 diciembre 2024 1 02 /12 /diciembre /2024 22:03

COMPROMISO Y CULTURA (diciembre 2024)

MAFALDA INSPIRA LA CONCIENCIA CRÍTICA DE LA IZQUIERDA DESDE HACE 60 AÑOS

El dibujante argentino Quino creó un tipo de cómic que  satirizó la política y la sociedad en una época de luchas generacionales por la libertad

Conocí a Quino, Joaquín Salvador Lavado, en el Buenos Aires de los años 80, casi diez años después del ominoso golpe de Estado militar que le obligó a exiliarse en Italia, junto a  su mujer Alicia Colombo. Le llamé por teléfono, me dijo que odiaba las entrevistas pero al decirle que venía de Barcelona y trabajaba para “La Vanguardia”, aunque le entrevistaba para una revista juvenil que a la sazón dirigía yo, me citó en su propia casa, un piso alto, el décimo quinto, en pleno centro de la capital. “Venga a las doce, así a la hora de comer, le echo”, me dijo con tono irónico.  El dibujante era un hombre delgado, de estatura media, de unos 50 años -aunque aparentaba muchos menos- con aspecto frágil, miope y con grandes entradas que dejaban una frente de soberbio esplendor y mostraba un algo juvenil, casi contestatario, en su figura. Tenía una sonrisa tímida, era muy amable y se expresaba con precisión de filósofo, pero de una forma sencilla, simple y clara. “Tengo mis reparos con los periodistas, pero el hecho de que hablamos para una revista juvenil, me ha decidido. Yo creo que los jóvenes están “limpios” del pasado y pueden encarar un futuro mejor”. Me recibe en su pequeño cuarto de trabajo, con una mesa de dibujo inclinada, un sofá y una estantería repleta de libros. Tras las ventanas se divisa un horizonte de tejados. Quino me hablaría más tarde del “turbio y salvaje pasado” y para mi sorpresa se refería a la guerra civil española como uno de sus “horrores supremos”, aunque tenía 4 años cuando estalló y ya vivía con su familia en el exilio (Quino nació en Mendoza, provincia argentina, al este de los Andes). Entre los 6 y los 10 años perdió a sus padres y nunca logró superar su sensación de orfandad. Quizá por eso no llegó a tener hijos...cuestión que, por supuesto, no se me ocurrió plantearle.

Vaya por delante una aclaración: no vamos a hablar sólo de Mafalda, por su carácter de símbolo de una época, que mantiene su actualidad. Analizaremos todo el trabajo de este humorista excepcional. Quino fue uno de los más valiosos exponentes del humor gráfico de carácter socio-político, con un mensaje de un humanismo sin tacha, pleno de sutileza, inteligencia y causticidad, dotado de una habilidad definitoria sorprendente basada en la simplicidad de su dibujo y el trazo claro y limpio que aumentaba la contundencia de su mensaje. Uno percibe en sus historias gráficas una ironía ingeniosa y nunca agresiva, con una pátina de ternura y comprensión ante las contradicciones del ser humano. Ya en aquella entrevista me dijo que no pensaba “resucitar” a Mafalda jamás. ¿Por qué? Pregunté. La aseguré que haría felices a millones de fanáticos de esa niña fea, cabezona, divertida, ingeniosa e inteligente que resume en unas pocas palabras -entre la ironía, la inocencia y el sarcasmo infantil- todos los problemas realmente importantes de los humanos del pasado siglo. “Me cansé de ella, tenía la sensación de estar repitiéndome y...me desgastaba, no me dejaba vivir: un personaje fijo te limita. Y más, a mí, que no soy creativo de modo instantáneo. Yo soy pura laboriosidad. Borro muchísimo. Y trabajo de sol a sol, como un esclavo. Me voy a la cama a las tantas y aún entonces me llevo un bloc y un lápiz, por si acaso...Una visita, un incidente, puede arruinarme  una jornada de trabajo (sonríe con picardía al ver mi gesto de horrorizada disculpa). En tu caso hago una excepción. Me agrada charlar con un “gallego” de Barcelona. Yo también soy “gallego”, como llamamos aquí a los españoles y a sus descendientes. “Y Manolito, el hijo del tendero, que es uno de tus personajes más divertidos”, le recuerdo. Me habla del resto de  la pandilla de Mafalda: Felipe el niño soñador, tímido y siempre dudando de todo (lo digo a Quino que es mi personaje más entrañable: sonríe y me dibuja una dedicatoria con Felipe, en uno de sus álbumes); Susana, contrapunto burgués, mezquino, chismoso y clasista de Mafalda, Miguelito, egocéntrico y directo; Guille, el hermanito de Mafalda, que parece prometer más causticidad crítica y Libertad, tan chiquita como grande es su desafío personal a la autoridad arbitraria....Es como un símbolo irónico de la libertad humana, digo. Quino lanza una carcajada. “En realidad no trataba de simbolizar nada, era sólo el reflejo de algo real: en el barrio de Belgrano de esta ciudad, existe una estatua de la Libertad y es tan diminuta y está tan escondida que apenas nadie sabe de su existencia. En muchos países vivimos con una ignorancia muy extendida sobre dónde está la libertad”. Mafalda –me dice- fue más popular porque de alguna forma es el personaje de cómic que representa al Tercer mundo, como Charlie Brown y Snoopy, al occidente capitalista. “Lo cierto, me confesó, es que no me queda mucha esperanza en el ser humano...sea del hemisferio que sea; claro que hay buenas personas, pero en cuanto te descuidas, el que menos te esperas se convierte en una Susanita delatora o un Manolito sin bondad y codicioso”.

 

Quino me habla de su admiración por dos maestros del humor, Forges y el cineasta Woody Allen. Hace una última observación (ha aparecido su esposa con una sonrisa de disculpa y el anuncio de que la  “mesa ya está puesta” y me apresuro a despedirme): “el cine, como has apuntado antes, tiene mucho que ver con la estructura interior de la historieta, el montaje y los encuadres y su dinámica. Y eso se percibe no solo en las tiras de Mafalda, también en los dibujos de mis álbumes: “Qué presente impresentable”, “Déjenme inventar”,  “Gente en su sitio” o “A mí no me grite”, entre otros. Buen viaje de vuelta. Nos vemos en Barcelona.” Pero esa cita no tendría lugar. Hace cuatro años, el 30 de setiembre de 2020, un Quino muy baqueteado por un permanente estado de mala salud, se llevaría a su Mafalda como pasaporte para que el Portero de allá arriba le dejara pasar al País de los Inmortales.

Mafalda nació como un encargo publicitario de una empresa de electrodomésticos: las características exigidas, era que el nombre de la niña empezara con M, que formara parte de una familia de la clase media baja, -la que comenzaba a comprar electrodomésticos en Argentina a principios de los 60- y que tratara temas relacionados con el consumo y el aumento social de nivel de vida. Quino ya era un humorista gráfico conocido en el país por sus trabajos en revistas populares. La cosa no cuajó pero Quino decidió seguir con sus personajes aunque dándoles un aire más crítico y mordaz, en temas socio-políticos y culturales. Las tiras de la renacida Mafalda comenzarían a publicarse el 29 de setiembre de 1964 en la revista “Primera Plana” y un poco más tarde (desde 1965) en el diario “El mundo”. Y consiguió un pleno triunfal. No sólo gustaba a los niños por su sentido del humor y sus desafíos llenos de sensatez, sino a los mayores, por las demoledoras referencias a cuestiones que concernían a la vida cotidiana, laboral, familiar y política de cualquier adulto, seráficamente vistos desde la irónica inocencia, lúcida y demoledora, de Mafalda, ante la que los adultos no tenían respuesta posible. En dos años Mafalda había conseguido millones de seguidores y había “saltado el charco” consiguiendo similar éxito multitudinario en Italia, España (donde la censura franquista obligó a la editorial a poner el cartel “para adultos” en el álbum, como si fuera uno de Mino Manara) Francia, Alemania, Portugal, Finlandia, toda Hispanoamérica y hasta en China o Corea. En Estados Unidos, no. Quizá porque Mafalda no dejaba de condenar la guerra de Vietnam y el capitalismo salvaje.

Eran los tiempos de la contracultura, de la contestación intelectual y popular e incluso sedujo a sesudos tratadistas de la importancia, por ejemplo, de Umberto Eco. Hasta 1973 se publicaron unas 2.000 tiras de Mafalda en diarios y revistas de casi todo el mundo. Alguien dijo que Mafalda debía considerarse como uno de los personajes clave para entender los años 70. ¿Cuáles eran los temas que desarrollaba Quino a través del nivel del universo Mafalda? Pues, justamente aquí es donde entroncamos con nuestro aserto de que Mafalda no fue el mejor trabajo de Quino, aunque sí fue el más popular. Ya que la temática crítica de Quino, explotada a través del  minucioso y detallista dibujo del humorista, era más o menos, la misma: las revueltas estudiantiles, la corrupción política, la brutalidad dictatorial, los golpes de Estado, el pacifismo, la defensa de la mujer y el feminismo activo, la ecología –uno de sus temas preferidos: ya barruntaba que eso, sesenta años más tarde, sería uno de los problemas más candentes y amenazantes del mundo actual,- la industrialización tecnificada, la libertad de expresión (Quino llegó a conocer la manipulación del mundo digital, aunque ya le pilló demasiado mayor), las mentiras y los falseamientos en política, la indefensión, las emigraciones forzadas y rechazadas, la violencia en todas sus formas, las malditas, malditas guerras, los derechos humanos que son tan continuamente vulnerados...

En 1981 se llegó a realizar un largometraje en Argentina con los personajes de Mafalda, en color. El filme no tuvo éxito. Una espectadora le dijo a Quino que “la voz de Mafalda no era esa”. Curiosa trasposición psicológica de la “voz” de un personaje dibujado que es, sin duda, diferente para cada uno de los lectores de las tiras. Después se hicieron filmets reducidos, pero fueron mudos, bajo una música de fondo.

Leer a Quino en las páginas de sus libros, es una reflexión permanente, con sus ribetes de alguna carcajada y casi siempre, de una sonrisa ante el ingenio y la causticidad de sus denuncias. Esa es la razón por la que les he recomendado que busquen los álbumes de Quino y les garantizo unas horas de inteligente distracción que, a menudo, les arrancará una sonrisa cómplice y comprensiva. Y aunque siguen siendo actuales, en muchos casos los disfrutarán con un comentario: “acertaste Quino, así están las cosas, hoy”.

Figúrense de cómo estaban las cosas respecto a la buena salud de los trabajos de Quino que Gabriel García Márquez le dedicó unos párrafos en 1992 en ocasión de las celebraciones del Quinto Centenario, en el que se hizo un homenaje a Quino y su Mafalda en una exposición  de 2.000 metros cuadrados. Bajo el título “Quinoterapia”, el gran Gabi escribía: “Quino, con cada uno de sus libros, lleva ya muchos años demostrándonos que los niños son los depositarios de la sabiduría. Lo malo para el mundo es que a medida que crecen van perdiendo el uso de la razón, se les olvida en la escuela lo que sabían al nacer, se casan sin amor, trabajan por dinero, se cepillan los dientes, se cortan las uñas, y al final-convertidos en adultos miserables- no se ahogan en un vaso de agua, sino en un plato de sopa. Comprobar eso en cada álbum de Quino es lo que más se parece a la felicidad: ‘la quinoterapia’.

Pues bien, precisamente es ese el objetivo del presente trabajo. Ya no tenemos a Quino –mejor para él, sin duda- para que nos haga reír o sonreír al menos, con el tipo del tupé rubio -con apellido de trompazo de comic- que va a dirigir, de una forma seguramente surrealista, por calificarla con prudencia- la deriva de esa gran nación americana en horas bajas o que al otro lado del espectro hegemónico mundial pueda hacer un chiste sobre jerarcas mesiánicos dominando imperios-el ruso, el chino o el más diminuto pero igualmente peligroso de Corea del Norte-- con mano de hierro. ¿Qué diría Felipe, o Guille o Libertad o la misma Mafalda, del reinado de la mentira dañina universal a través de redes dominadas por magnates de la clarividencia ética de un Musk? Por tanto, Quinoterapia a gogó. Un poco fuera de onda por razones lógicas: hay el enorme hueco de los avances tecnológicos y de los “avances” en desastres naturales o “artificiales” desde Ucrania, Palestina y Líbano, Sudán o Yemen, los miles de personas desplazadas por el hambre y la guerra que son considerados “carne de cañón” por media Europa, Estados Unidos y otros países...y, por supuesto, la destrucción del ecosistema con efectos cada vez más frecuentes y más duros. Y eso sin nombrar las formas y estilos de vida y sociedad, invadidos por un sistema neoliberal del capitalismo avanzado, basado en la producción, el despilfarro y  un consumo sin contención, una pérdida del sosiego y el sentido común, el relajamiento total de principios y valores morales, el auto esclavismo laboral  y el desequilibrio en casi todos los órdenes de la vida.

Aún así, hagan la prueba, empiecen por una pequeña dosis de Mafalda, sobre todo de los últimos álbumes, y después entren a saco, si logran hacerse con alguno de los libros de la extensa producción de Quino y prepárense para gozar de buenos ratos, en los que la inteligencia y el ingenio, se unen a un sentido cáustico, pero a menudo tierno, del humor de este argentino-español, una especie de cruce entre Kafka, Canetti, Quevedo, Cervantes y el Conrad de “El corazón de las tinieblas”. Recuerden que hace sólo diez años, en 2014, Quino recibió en Francia  la Legión de Honor y en España el galardón del Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades.

Quino, volviendo a la entrevista del principio, había confesado que se sentía español y tenía pensado pedir la doble nacionalidad. Me he enterado indagando en su vida estos días, que durante su exilio en Italia, tras el golpe de Estado militar en Argentina, fue al consulado español en Milán para pedirla. Desdichadamente dio con un funcionario digno de sus álbumes que le espetó: “Y usted, con la edad que tiene, quiere hacerse ahora español?”. Quino contestó: “No se me había ocurrido antes, pero es que entonces estaba Franco”. Le dijeron “que volviera otro día”. Hasta el año 1990 no tuvo oportunidad de conseguirla y parece que se le aplicó un trato frío y protocolario, con un “firme aquí” y un “usted lo pase bien”.

Tengo la seguridad, por supuesto soñada y deseada, que Quino, que siempre fue un hombre algo tristón y nostálgico de imposibles, se ha merecido una sonrisa cómplice en el Edén de los luchadores de la Cultura, las Artes, las Ciencias y el Pensamiento Creativo. Seguro que cuando se cruza con Groucho Marx, Charlot, Buster Keaton, Einstein, Wittgenstein, Stevenson, Mann, Woodehouse o el mismísimo Homero, flanqueado de Cervantes y Shakespeare, no habrá ni uno solo entre ellos que no le dedique un guiño de fraternidad.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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5 noviembre 2024 2 05 /11 /noviembre /2024 23:39

JOSEP CONRAD, MAESTRO DE LA NOVELA INGLESA, NOS CONDUCE AL “CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS”

NACIDO EN LA UCRANIA POLACA DEL XIX, FUE UN MARINO ESCRITOR Y FALLECIÓ HACE UN SIGLO

 

Se cumple el centenario del fallecimiento de uno de los grandes de la literatura mundial y británica en particular: Jósef Teodor Conrad Nalecz Korzemiowski, nacido el 3 de diciembre de 1857, en Berdiczew (Ucrania), en el seno de una familia polaca de la pequeña  nobleza rural, bajo dominio ruso. Era hijo de un intelectual, autor teatral, traductor de Shakespeare al polaco y director de una revista, que sería detenido y condenado al exilio y prisión en una localidad del norte de Rusia, por haber intervenido en el levantamiento polaco contra el dominio ruso en 1863. En el destierro moriría de tuberculosis su madre y unos años más tarde su padre, agotado y enfermo por las inclemencias del clima. Conrad, huérfano, sería acogido por su tío a los 11 años. Decide ser marino y su tío le envía a Marsella al cuidado de un joven que conoce bien el gremio de los abastecedores de navíos. Su primera experiencia de navegación la hace por el Mediterráneo. Va teniendo aventuras en ese ambiente (una de ellas fue abastecer de armas a los carlistas españoles).

A los 21 años llegó a Inglaterra y comenzó a aprender su lengua y, en forma muy intensa, se dejó embrujar por lo que él llamaba “la caballerosidad y el honor inglés”. Empezó a navegar como grumete en un paquebote fluvial por el Támesis y así comenzaría una carrera de marino, marinero de primera, primer oficial, segundo de a bordo y capitán que le llevaría por todos los océanos a lugares remotos y culturas extrañas en los mares del Sur y Malasia, forjando su carácter con ese toque de disciplina, solidaridad y compañerismo, sentido del honor y laboriosidad que se resumían en un principio sacrosanto de la Marina británica: llegar a merecer del superior una frase sencilla y valiosa: “Buen trabajo”.

Conrad  resumió esa época con su habitual elegancia: “Aunque la simple curiosidad y un puro amor a la profesión de marina fuera lo que me llevó a abrazarla, la he ejercido escrupulosamente después de sufrir todos los exámenes reglamentarios y de haberme ganado la estimación de mis jefes de que fui un buen marino y un capitán de largas travesías digno de confianza”. Conoció un mundo abigarrado de marinos, comerciantes, corredores de comercio, aventureros, rajás, holandeses, chinos y malayos que integraría sus relatos y novelas.

Dos cuestiones más saldrían a flote en este sumergirse en las páginas de la obra de Conrad: el polivalente sentimiento de amor-odio-respeto-miedo hacia el mar; y la permanente huida y autovaloración de sí mismo frente a su otro juez interno: la escritura. Ella le permite crear un telón de palabras tras el cual se cobija una persona sensible, insatisfecha, autocrítica y triste. Al lector atento, la enorme y compleja riqueza del estilo literario conradiano le atrae fuertemente, pero también puede producirle la sensación de que detrás de ese estilo recargado, ceremonioso, cultísimo y profundo, hay un ser herido por la vida que trata de esconderse tras la recargada vestimenta de un noble caballero inglés del siglo XVIII; un pequeño polaco irritable, tímido, reservado y cordial, que nunca dejó de suspirar por su familia tan prematuramente perdida y por los ideales de una Polonia libre en una Europa unida.

Hacia la segunda mitad de su vida, abandonará la vida marinera y se hará escritor. Adoptará el nom de plume de Josep Conrad y así fue, es y será conocido por todos los amantes de la buena literatura. Murió el 3 de agosto de 1924 a los 66 años. Acababa de rechazar el título nobiliario de Sir, ofrecido por el primer ministro británico Ramsay Mc Donald en nombre de la Reina. Dejó inacabada una novela titulada “Suspense”.

Joseph Conrad es una afortunada mezcla de dos vocaciones vitales, profundas, creativas y fructíferas: la marina y la escritura. Unamos a esto tres coordenadas que influirán en su vida y su obra: lo polaco por sus raíces (y la lucha por su propia identidad, heredada de la dura historia de esa nación); la lengua inglesa por conquista, como él escribe “en el sentido en que es conquistada una mujer, por amor, que es una especie de rendición” y el mar, como oficio, desarrollo humano y formación (y hervidero de temas, caracteres y vigor viril en su obra). Pero no cedamos ante el espejismo del amor al mar de Conrad. Desde que lo abandonó para escribir sobre él, no volvió a acercarse a las olas y los puertos. El mar no podía ser su amigo, lo conocía íntimamente y sabía de su cólera y de la falta de sentido de los esfuerzos agotadores que exigía. Sólo en 1898, ya casado y con un hijo, Borys, por razones de índole económica, trata infructuosamente de volver a la Marina mercante sin éxito. Sus recuerdos de marino no le traían nostalgia: eran el material preciso para sus dotes de escritor, una materia a modelar. Casi todos los argumentos de sus mejores novelas y la temática de sus memorias y ensayos, tienen al mar como protagonista y depósito de personajes y acciones vividos o escuchados desde los 17 a los 37 años de su vida.

Aparte de su intrínseca valía literaria y su amor a los viajes y a la aventura pura y simple –que me atrajo desde mi adolescencia, cuando leía “Lord Jim, “La Línea de sombra” o “El espejo del mar- mi afecto por Conrad encontró más tarde una total confirmación cuando leí varias obras en las que el escritor defendía la paz, la solidaridad y el diálogo entre las personas y las naciones por encima de cualquier otra consideración. Una veintena de novelas, ensayos, relatos, memorias y una nutrida correspondencia, integran el corpus conradiano. Añadan quizá medio centenar de volúmenes críticos y biográficos. Y una nota al margen: los que piensen que conocen la obra de Conrad viendo “Apocalipsys Now” (supuestamente basada en “El corazón de las tinieblas”o algunas otras películas que reflejan, mal que bien, sus novelas: “Lord Jim” con Peter O´toole, “El agente secreto” o “Nostromo”...se equivocan. Para conocer y disfrutar de esas obras en todo su enorme  potencial, deben leerlas. Generalmente superan en valía, profundidad y brillantez a las películas correspondientes.

Cuando Conrad, bisoño capitán de barco, acepta en 1889 el encargo de sus armadores de remontar en rio Congo, no espera el horror que había de encontrar allí y que luego plasmaría en 1898 con “El corazón de las tinieblas”: un “Estado Libre” que en realidad era la propiedad privada del rey Leopoldo II de Bélgica, un sátrapa que convertiría el país en una fuente de riqueza, a manos de las mercaderes que obtenían los permisos de explotación y llenaban las arcas propias y las del rey, sin protección ni ley  ni autoridad alguna para con los nativos, tratados como esclavos y bestias de carga. El narrador, Marlow, viaja al Congo en busca del desaparecido Kurtz, un agente comercial al servicio de las empresas belgas. A su regreso cuenta a unos amigos que en el momento en que encuentra a Kurtz, ve que ha sufrido una brutal metamorfosis: es un perturbado que se ha autoerigido dios de los aborígenes, enfangados todos en una abominable orgía de sangre, sexo, violencia y bestialidad. Cuenta: ...”la selva le había cautivado, amado, abrazado, penetrado en sus venas, consumido su carne y unido su salvaje alma a la de él, por medio de inconcebibles ceremonias de algún tipo de iniciación demoníaca”. Esta obra, “acaso el más intenso de los relatos que la imaginación humana ha labrado” según lo valoró Borges, ha tenido una enorme influencia en otros escritores desde García Márquez a Vargas Llosa o desde Orwell y Graham Green a Virginia Woolf y Camus.

Pero el auténtico viaje al corazón de las tinieblas fue el que el mismo Conrad sostuvo contra y a favor de sí mismo. Pocos grandes escritores han buceado con tanta sinceridad, dureza y entereza como este polaco trasmutado en inglés. En casi todas sus obras, Conrad iniciaba el volumen con un prólogo o proemio hablando de sí mismo y de sus circunstancias para escribir dicha obra, con la misma minuciosa pasión y elevado tono literario con el que  describía las vidas y labores de sus personajes. Una introspección permanente –del escritor y sus personajes- en busca de una cierta ética existencial y de su ausencia. Pero justificada por un sentido del deber y de la labor bien hecha que Conrad había aprendido en sus veinte años de marino profesional. En 1894 realizó su último viaje como marino mercante a Australia. En el viaje de regreso conoció a varios escritores, entre ellos John Galsworthy y Edward Garnett, que le animaron a escribir sus vivencias. Durante los treinta años restantes, hasta su muerte, Conrad hizo fructificar literariamente todo lo que había aprendido en un oficio que practicó con inteligencia, sentido de solidaridad, estoicismo, capacidad de sufrimiento y grandes dotes de observación. En sus relatos el hombre está solo, cara al universo con ese sello austero y leal del hombre de acción que también supo pergeñar Rudyard Kipling

Javier Marías en su libro “Vidas escritas” escribe sobre la irritabilidad del escritor, su enfermiza salud –padeció dolorosos ataques de gota y articulares toda su vida - su amor por la lengua y literatura francesa y el fuerte acento con el que hablaba inglés, aunque dominaba asombrosamente la lengua al escribirla. Paul Valery dijo al respecto: “hablaba el francés con un buen acento provenzal, pero el inglés lo hablaba con un acento horrible y muy divertido” El mismo Conrad en su “Nota del autor” para su libro “Crónica personal” desmiente irónicamente los comentarios de que su maestría en el inglés era “casi milagrosa” en un polaco: “En mi caso, el inglés no fue producto de una elección o una adopción...y debe constar que yo fui el adoptado por el genio de la lengua: el inglés siempre había formado parte de mí, aunque lo empecé a conocer cuando estuve de marinero en un barco que navegaba por el Támesis, a los 17 años. El  idioma se apoderó de mí de una forma tan cabal, que sus propios giros idiomáticos incidieron de forma directa en mi temperamento y modelaron mi todavía maleable carácter. Explicar esto a los demás sería tarea imposible, como proponerse  explicar el amor a primera vista”. Y más teniendo en cuenta que como él escribió en uno de sus prólogos: “Soy tan prolijo en mi escritura – se me ha censurado una cierta falta de contención en exponer mis experiencias personales-  que dado que no había escrito un solo renglón para darlo a la imprenta antes de los 36 años, tengo una infinidad de cosas que relatar y también debo pagar mi tributo al mar, a sus barcos y a sus hombres, con los cuales sigo en deuda  por esa infinidad de cosas que han terminado por hacerme tal cual soy.”

En 1894 conoce a su mujer, Jessie George, en Suiza donde está en tratamiento por su reumatismo. Se casa en 1896 y hace amistad con los escritores Cunningham Graham y Stephen Crane (sobre quien escribirá un excelente ensayo). Inicia su novela Salvamento que no publicará hasta 1920.Ya no dejará de escribir y publicar. Conoce y es valorado por escritores como Kipling, Henry James, H.G. Wells, Ford Madox Ford (con  quien escribe una novela, Los herederos), George Bernard Shaw y Bertrand Russell. En 1904 su mujer sufre un accidente y queda parcialmente inválida. En 1906 nace su segundo hijo Alexander. Tiene constantes periodos de dificultades económicas que le desesperan. Su enfermedad reumática empeora y su mujer debe sufrir varias operaciones, pero sobrevivirá a su marido, que fallece en 1924. Por lo menos tuvo el consuelo de vivir un año antes un éxito apoteósico como escritor durante su viaje a Estados Unidos.

Lo cierto es que hay un enorme paralelismo entre la dedicación, placeres, sufrimientos y trabajos agotadores de sus tiempos de marino y los que le produjo su terca y obsesiva dedicación a la literatura. Con el añadido de los sufrimientos físicos y psíquicos que le ocasionaban las enfermedades adquiridas en sus viajes –gota y reumatismo entre otras- y su propio talante batallador poseído por un gran deseo de escribir. Como él mismo dijo alguna vez: “Mi trabajo se retrasa...mi cuerpo padece una tortura incesante y me siento cansado hasta de pensar”.

BREVE TRAVESÍA POR ALGUNOS DE SUS LIBROS

La locura de Almayer, es la primera novela que empieza a escribir (en 1889), la interrumpe por su viaje al Congo (de dónde nacerá años más tarde Viaje al corazón de las tinieblas, de la que ya hemos tratado) y la publica en 1895. Su protagonista, Almayer, es una figura trágica que enloquece a causa de la barbarie que se apodera de su mujer y su hija, ambas indígenas, que lo abandonan. La soledad y la dureza de una naturaleza hostil destruyen la mente de Almayer.

El negro del “Narcissus”, una historia del mar, publicada en 1897, es una alegoría sobre la soledad, las condiciones de vida extremas, el miedo, el resentimiento y la solidaridad. James Wait, el marinero negro que supuestamente enferma de tuberculosis y que desata un enfrentamiento entre los tripulantes que quieren obligarle a trabajar y los que lamentan su enfermedad y le apoyan. Hay una gran tormenta –es la especialidad argumental de Conrad- y entra en acción Donkin, un marinero malvado que se enfrenta al duro capitán Alistoun e inicia un motín, que es sofocado. El capitán descubre que Wait fingía su enfermedad y se burla de los temores y prejuicios de los marineros, pero muere después de avistar tierra.

Lord Jim, publicada en 1900, es la historia de un oficial de un barco de pasajeros, el Patna, que encalla en unos bajíos y se le abre una vía de agua que amenaza con hundir el navío. El capitán y rodos los oficiales, incluido Lord Jim –el único que duda y teme por los pasajeros, pero se contagia del miedo irresistible de los otros- abandonan la nave a su suerte, cargada de peregrinos llenos de pánico, violando el código marítimo. Pero el navío no se hunde y es rescatado por un barco francés que los lleva a puerto. Los indignos oficiales son llevados a juicio y condenados, La historia nos la cuenta un oficial francés en charla con otros comensales. Reflexiona sobre el comportamiento de Lord Jim, que jamás se perdonará a sí mismo ese gesto infame para el resto de su vida –donde vive con fortaleza las dificultades que se le presentan-  y le llevará al suicidio. El oficial trata de ser imparcial en su juicio: “He conocido a muchos valientes de verdad, pero todos confiesan que hay un instante, una circunstancia, en la que el mejor de nosotros lo olvida todo, un instante en que todo se abandona...y llega el miedo, un miedo horripilante y uno se olvida de sí mismo...sólo le queda sobrevivir”.

Tifón, publicada en 1903, es la aventura de un barco cargado de coolies chinos. En plena tempestad los chinos comienzan a luchar entre sí y a matarse mutuamente por deudas y trampas en el juego. Tormenta y rebelión amenazan con hundir al barco. Pero ahí interviene otro de los grandes personajes de Conrad, el capitán Mc Whirr, que sin perder ni un momento la calma y la autoridad serena y apática logra reducir a los chinos y salvar el barco.

Nostromo, publicada en 1904, revoluciones políticas en  Sudamérica; anarquistas londinenses en El agente secreto, de 1907 ; y conspiraciones en la Rusia zarista represiva en Bajo la mirada de occidente,  publicada en 1911, son las tres novelas en las que Conrad explora como si fueran aventuras, el fracaso de los ideales políticos y la corrupción social, con una visión crítica casi nihilista del futuro en tales sociedades. Quizá sea Nostromo la más conseguida. Crea un país ficticio en Sudamerica, Costaguana, en la que sus personajes más o menos idealistas acaban cegados por sus propias ambiciones. Entre ellos el mismo Nostromo que acaba robando un cargamento de plata que se le había confiado y va degradándose aún más conforme gasta su fortuna.

El espejo del mar, publicada en 1906, es uno de los libros de reflexión personal e íntima más fascinante surgido de la pluma de Conrad. Recomiendo la versión de libros Hiperión con traducción de Julián Marías y prólogo de Juan Benet. Lleva el subtítulo “Recuerdos e impresiones”. Como dice Benet en su prólogo “en este libro no hay una sola página de estilo menor, no hay un solo personaje o frase de reputación dudosa...todo el libro es el mejor Conrad”. Marías se extiende sobre la perfección del inglés que usa Conrad y añade “al mismo tiempo, es de lo menos inglés que conozco. Su serpenteante sintaxis apenas tiene precedentes en ese idioma y también la meticulosa elección de los términos, arcaísmos, expresiones en desuso, variaciones dialectales y acuñaciones propias, convierten el inglés de Conrad en una lengua extraña, densa y transparente a la vez”.

Victoria, publicada en 1914, con un enorme éxito. Se desarrolla en una isla desierta, en una especie de peligroso juego del escondite entre los sórdidos y brutales “desperados”, Heyst, un soñador inútil y una mujer combativa, Lena, que lucha contra el mal hasta la muerte, pero “con su sacrificio triunfa moralmente sobre el caos del mundo” como apostilla Italo Calvino en su libro “¿Por qué leer los clásicos”

La línea de sombra, en 1917, es una historia que refleja la personal crisis interior que vivió Conrad cuando -en sus propias palabras- “se traspasa esa línea de sombra que divide la juventud llena de sueños de la madurez: momentos de desgana, hastío e insatisfacción, en los que los jóvenes  se sienten movidos a cometer actos imprudentes o abandonan un  cargo de importancia”. Como soporte biográfico de la idea, en 1894, a los 37 años, el escritor dejó su empleo en un barco y se dedicó enteramente a la literatura.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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1 octubre 2024 2 01 /10 /octubre /2024 18:49

LA FILOSOFÍA, ORIGEN Y ADVERTENCIA DEL PROGRESO Y DE LOS ERRORES DEL SIGLO XXI

 

LEIBNIZ, KANT Y KIERKEGAARD, TRES GENIOS QUE ANTICIPARON EL SINGULAR PERO PROBLEMÁTICO PRESENTE DE LA HUMANIDAD

 

 Ustedes se preguntarán qué diablos tienen en común, qué objetivos semejantes o qué vidas en paralelo unen a estos tres hombres –Gottfried Leibniz, 1646-1716; Inmmanuel Kant (1724-1804) y  Soren Kierkegaard (1813-1855), que viven encabalgados en  tres siglos y a los que nadie propondría como los Tres Camaradas de la Filosofía, por sus temas, sus métodos y el desarrollo intelectual de sus ideas. Sólo hay una semejanza  que une a los tres: su inteligencia y la ambición “totalizadora” de sus obras ( más evidente en Leibniz y Kant que en Kierkegaard).

Aparte de leer o repasar las obras de estos tres colosos filosóficos me he basado en tres libros recientes aparecidos donde se analizan la vida, obra y repercusiones de cada uno de ellos: EL MEJOR DE LOS MUNDOS POSIBLES (Los 7 días que cambiaron la vida de Leibniz) de MICHAEL KEMPE –Ed. Taurus; EL TORBELLINO KANT de NORBERT BILBENY- Ed.Ariel: KIERKEGAARD, El filósofo de la angustia y la seducción de JOAKIM GARFF- Tusquets Editores.

Dos circunstancias despertaron mi atención para realizar este trabajo. Una, el debate periodístico y cultural sobre la cada vez más evidente necesidad de nutrir y dar mucha mayor importancia a los estudios y la formación filosófica en los planes educativos y –idealmente- en los medios de comunicación en general. Es una cuestión que crece exponencialmente ante el impacto de las nuevas tecnologías en el desarrollo mental e intelectual de las personas: desde la hegemonía operativa de los móviles, las Redes, la IA y las implicaciones tecnológicas en nuestras labores en su totalidad; desde las más íntimas, a las laborales y las sociales. Una tendencia invasiva que llega a cuestionar la misma existencia del ser humano, superado en todo por la máquina, excepto en el núcleo de su propio ser: las emociones y sentimientos desde lo personal, lo familiar, lo social y lo político. La segunda circunstancia, que se sigue basando en la constante aparición de libros y artículos de prensa y revistas especializadas o debates públicos en los que se reivindica una mayor presencia de la filosofía en la formación escolar, universitaria –aunque sea técnica- y en todos los medios de comunicación, de argumentos en favor de esa necesidad. Y en esos trabajos se perciben algunas veces citas de los tres filósofos citados y en alguna ocasión a los tres conjuntamente, porque sus aportaciones teóricas y de especulación filosófica resuenan llamativamente en muchos aspectos de nuestro presente socio-tecnológico, la moral y el sentido ético, las actitudes y comportamientos de las población global. Como aseguraba uno de esos trabajos citados, el optimismo de Leibniz, el humanismo de Kant y la angustia existencial de Kierkegaard (hay muchos más elementos) han influido de manera directa en bastantes aspectos de las ideas, comportamientos sociales y conceptos filosóficos propios de  los siglos XX y XXI. Estos tres filósofos sugieren tras una lectura atenta y alternante, que han contribuido de manera muy especial a constituir el corpus de muchos de los problemas, progresos, errores y hallazgos de la filosofía del momento y su reflejo en la sociedad actual.

 

 GOTTFRIED LEIBNIZ

 

Comencemos este paseo filosófico con Leibniz. Cercano a Descartes y Spinoza, racionalista contumaz, despejó el camino en pleno siglo XVII  a los hervores revolucionarios de la Ilustración que acontecerían en el siglo siguiente. Cuando Descartes le dio una patada –pienso, luego existo-  a los siglos de filosofía escolástica y medieval sin llegar  a oponérseles del todo –eso le hubiera acarreado problemas- pero sentando la base de ruptura con la tradición establecida a través de la duda metódica,  hizo temblar los cimientos de las estructuras del pensamiento, casi a la altura del “sólo sé que no sé nada” socrático. Leibniz, campeón del conocimiento de ámbito universal, añadía valores donde Descartes los restaba. Y si este buscaba la simplicidad racional y simple de un comienzo radical como apertura al conocimiento, Leibniz abría generosamente la mente a todos los conocimientos y materias para revalorizar y, al tiempo, renovar: desde el campo de la justicia y el derecho a la psicología, la filosofía y las ciencias humanas, desde la física al conjunto de las ciencias naturales, sin desdeñar la política, la historia e incluso la técnica curiosa y específica de ordenar y mantener e enriquecer las bibliotecas.  Y no sólo aportó relevantes adelantos en todas esas materias sino que, siguiendo el consejo estoico, pasó a la acción y aplicó esos conocimientos a la vida práctica pública y privado, ejerciendo  sus varios saberes en la corte de Hannover y a través de una copiosísima correspondencia con las más importantes figuras del poder político, las artes y las profesiones en su tiempo y de toda Europa.

Leibniz es la figura del sabio universal por excelencia con la particularidad de que más que establecerse en las nubes elitistas de los eruditos, sus pensamientos ofrecían siempre una índole práctica que les acercaba a todos los estamentos sociales. En eso preludiaba ya el talante de nuestra época con el sesgo pragmático y utilitarista del conocimiento. Para él, el pensamiento no debe dar la espalda a la realidad, la teoría debe ser de utilidad práctica, la complejidad no debe estar reñida con la claridad. Y el verdadero conocimiento tiene una doble base: el juicio y la invención. Es lo que ahora llamamos “innovación”: juzgar y descubrir.  Su lema personal era “Theoría cum praxis”: la teoría debe convertirse en práctica y la práctica no puede subsistir sin la teoría. Piensen que abrió el camino a la digitalización a través de su hallazgo del sistema binario, pero también diseñó las primeras máquinas de calcular, cultivó las matemáticas aplicadas: inventó un signo matemático nuevo, el de la integral que daría luz al indispensable cálculo diferencial. Su filosofía analítica y la aplicación de la lógica a la vida común resultan muy cercanas a las de hoy día. Fue en 1703  cuando creó las bases del sistema binario, fundamento de la informática. Todo ello con una particularidad: su radiante optimismo. No entendido como una posibilidad etérea, mística y poco racional, sino profundamente práctico y sencillo, basado en brillantes análisis de posibilidades y opciones. Rechaza la unilateralidad del pesimista, que condena al mundo y a sí mismo y explora las posibilidades y potencialidades que permiten un camino positivo.

Su obra principal, “Ensayo de teodicea. Acerca de la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal” razona sobre la lógica interna de la existencia del mal y el sufrimiento y el dolor en un mundo que ha sido creado por Dios, y en el que optó, en salvaguarda de la criatura humana, y su libertad de elección –que es lo que le confiere dignidad-  crear “el mejor de los mundos posibles”, en el que el mal era una parte necesaria aunque indeseable, del complejo y también necesario equilibrio -entre lo positivo y lo negativo- del mundo.  La obra rompió muchos esquemas tradicionales y logró que Voltaire la tratara de pulverizar con una novela satírica “Cándido” , en la que además de acusar a Dios de indiferencia ante la desgracia humana –cita el terrorífico terremoto de Lisboa de 1755 que causó miles de víctimas y destruyó la ciudad-  ridiculiza a Leibniz con las absurdas teorías del erudito Dr.Pangloss donde los enterados en filosofía, vieron una parodia de Leibniz. Michael Kempe, al contrario que Voltaire, ve en el optimismo de Leibniz una doctrina indispensable en nuestros días, en los que el pesimismo –que muchos llaman “realismo”- ha tomado carta de naturaleza con estos dos terribles siglos, el XX y el actual, y rezuma por todos lados su “razonable” pestilencia –en la que casi todos caemos alguna vez-.

IMMANUEL  KANT

Kant nació hace trescientos años exactos en Königsberg, entonces un enclave alemán de Prusia Oriental a orillas del Báltico. Un lugar muy apetecible estratégicamente. En 1945, tras la II guerra mundial fue ocupado por Rusia y pasó a llamarse Kaliningrado. Stalin expulsó a dos millones de alemanes que allí vivían y lo repobló con ciudadanos rusos. Sin Kant, nadie recordaría ese enclave. Fue un sorprendente profesor, enciclopédico, intelectualmente osado y revolucionario en su percepción del hombre y sus cometidos, desde el mismo origen de su pensamiento hasta todas las variedades y profundidades, ética y moral, racional, lógica, filosófica y científica de la vida personal, social y política. Casi resulta una obviedad argumentar el porqué de la perenne actualidad de este puntual (los ciudadanos de Königsberg ponían su reloj en hora cuando Kant comenzaba su cotidiano paseo matinal) y puntilloso ciudadano prusiano de hace tres siglos. Sólo les diré que en una nota a pie de página de la “Crítica de la razón pura” (1781) decía: “es la época de la crítica, a la que todo debe someterse” desbancando toda opción a la metafísica y a las mentiras. Justo lo que el siglo XXI necesita desesperadamente. Pero sigamos...

Kant es la razón práctica, es la razón teórica, es la razón pura...en suma, es la razón como atributo humano que nos hace más humanos cuando sabemos aplicarla y conocemos sus límites y variedades. Es la referencia inexcusable de cualquier humanista amante del progreso, de la democracia, las repúblicas unidas por la solidaridad y el bien común, el cosmopolitismo y el respeto a todas las variaciones, a todos los diversos seres humanos, sea cual sea el color de su piel, sus creencias religiosas o sus simpatías políticas. Y por supuesto, el estado de su bolsa. Preconizaba la necesidad del consenso y el diálogo entre las naciones, en su libro “Sobre la paz perpetua”  mientras sufría la presión de un monarca –Federico Guillermo II- con ansias dictatoriales. Dijo en su libro: “La posesión del poder perjudica  el libre juicio de la razón”. ¿Hay algo más actual que esa frase para nuestro siglo? Pues justamente vivimos en una situación en la que dominan las propagandas y los dislates más tortuosos en los medios, tan alejados de la razón kantiana como este público poder de las emociones que trata de mantener a los ciudadanos en una disfrazada minoría mental.

Fue partidario de una educación universal e igualitaria y sustentador del imperativo categórico: “Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley para todos. De tal modo que trates a la humanidad, tanto a cualquier otro como a ti mismo, como un fin en sí, no como un medio. Y que esa máxima de tu voluntad pueda valer como principio de una legislación universal”. Ahí es nada.

Las influencias –visibles o indirectas- de su pensamiento, en los siglos posteriores, se ha mantenido incólume aunque en muchísimos aspectos no ha superado la fase del “deber ser”, una meta más o menos lejana pero  posible. Para él la dignidad del hombre es un valor absoluto. Por ello debemos actuar siempre con buena conciencia y mejor voluntad y cómo, figúrense, en toda circunstancia y sin descanso debemos atrevernos a intentar comprender  lo que juzgamos incomprensible. Todo esto se encuentra en dos de sus obras: Crítica de la razón práctica (1788) y Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785).

Kant, lector del  Emilio de Rousseau, sostiene en todo momento que sólo la ética nos obliga y con el uso recto del pensamiento no hay una realidad oculta, no hay ninguna verdad fuera de nuestro alcance: no son necesarias las creencias religiosas o la subordinación a ellas. Sabemos lo que está bien porque tenemos conciencia de que existe una ley moral, aunque también, en uso de la libertad, podemos engañarnos y traicionarla. Entonces también nuestros actos se convierten en irracionales. Y también obramos en contra de aquello que por las leyes de la evolución natural tenemos grabado en nuestra mente para poder razonar sobre las experiencias posteriores. Kant esboza un pensamiento que se acerca a los principios de la física cuántica: el mundo que vemos es mucho más complejo de lo que creemos ver y  lo observado cambia por efecto de la mirada del observador. Quizá la teoría kantiana ha quedado desfasada, vía Einstein: la pura razón humana no está capacitada para alcanzar o entender la verdad absoluta. Kant pensaba que sí, aunque admitía que la razón podía entrar en contradicción consigo misma y lo esboza en una pregunta sin respuesta: ¿cómo elegir entre dos cosas que se contradicen entre sí, pero que  ambas son verdaderas?  Ese ver la existencia desde por encima de la escala humana es, según la tradición religiosa (que Kant no sigue pero respeta) ponerse a la altura divina. Kant no da un paso más, pero admite –adelantándose tres siglos- que la razón nos proporciona un medio, quizá abismal, para iniciar ese viaje. Y considera un esfuerzo bien empleado –aunque quizá no lleve a ninguna meta- pues esa navegación peligrosa es una excelente escuela para aprender a navegar en el futuro por las procelosas aguas del ser y el mundo.

Kant sitúa al hombre, al ser humano, en el centro del trabajo filosófico de toda su vida: desde sus teorías del conocimiento a sus consejos éticos y a su crítica de las religiones. Y dejó en el aire para las generaciones posteriores tres preguntas fundamentales: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer?  y ¿Qué me está permitido esperar? Las respuestas a esas preguntas configuran lo que es un hombre del siglo XXI. Y también la razón por la que Kant sigue siendo un desafío para el ser humano del siglo XXI.

SÖREN KIERKEGAARD

La magnífica biografía de Joakim Garff (la mejor de las citadas en este trabajo), en sus más de 900 páginas de apasionante recorrido por la vida de un hombre excepcional, logra ponerse a la altura del biografiado. No en vano  Garff es desde 1994 profesor  en el centro de investigación dedicado a Kierkegaard y coeditor de la obra completa del filósofo. Este libro ha sido traducido a trece idiomas y ha obtenido el premio Georg Brandes, un filósofo, crítico y ensayista danés que vivió en Copenhague en los últimos años de Kierkegaard (éste murió cuando Brandes tenía 13 años).

Para llegar a Kierkegaard tendría que hablarles detalladamente de su vida, de su soledad, de sus obras, de su angustia, de sus amores, de su desconcierto, de su agresividad ante los tontos y los malvados, de sus tormentos, de su genialidad indiscutible raramente aceptada en vida, de sus poses más o menos artificiosas, de su voluntad de ser, de su amor desesperado hacia la vida...y eso no cabe en C&C ni aunque dedicáramos todo el presente número a Kierkegaard. Por lo tanto pasaremos de puntillas por el fenómeno cultural, social y filosófico que constituye S.K. y quede aquí mi recomendación entusiasta de que aborden, primero, la biografía de Garff y después, con el orden que quieran, algunas de las obras firmadas por S.K. Después entenderán por qué les he metido en este triunvirato de filósofos que preludiaron muchos aspectos de la sociedad y el conocimiento del siglo XXI, desde el pensamiento hasta el cómic, desde la narrativa a la psicología, desde el teatro al cine.

Kierkegaard, filósofo autónomo, retador y original, con un físico ligeramente deforme y que seguramente  le inspiraba, a tenor con el desafío y el desprecio ajeno que entrañaba, una mente brillante y una retórica desafiante y provocadora (armada con un humor corrosivo), vivió una historia de desafíos, burlas, un gran amor femenino –Regine Olsen, (léase su “Diario de un seductor”)- y sufrió un calvario de penalidades, aunque con denuedo incansable, mantuvo una cruzada personal llena de sentido común y mala uva contra la rígida y poderosa Iglesia de su país.

De hecho lo más interesante de su vida íntima nos lo ha proporcionado el propio S.K. en los numerosos datos y comentarios autobiográficos de su obra, escrita sin tapujos, ni disfraces, honesta hasta lo inconcebible, desgarrada y tan llena de matices provocativos por su sinceridad que se le considera el antecedente más sincero de todo lo que caracterizó ese movimiento llamado existencialismo. El cual estallaría muchos años después de la mano de los filósofos y escritores franceses, extendiéndose como una gran mancha de pintura naif por toda Europa, hasta recalar –casi como algo obsceno-  en los EE.UU de los cincuenta y sesenta del pasado siglo, tomando un disfraz algo más colorista.

Acompañar a Garff en su recorrido por la difícil pero sumamente creativa existencia de S.K., entre la popularidad y el desprecio, la riqueza (pertenecía a la élite económica de la ciudad) y la pobreza (“no tengo ni siquiera para pagarme una lápida”), una dolorosa enfermedad terminal que acabaría con él a los 42 años y los altibajos de una vida dedicada a la escritura y el pensamiento y a la crítica sin cuartel contra el rigor y la hipocresía de la Iglesia de Dinamarca...y al mismo tiempo sus diferencias con el padre severo (al que amaba y era correspondido, a pesar de los choques), su grafomanía triunfante que le hacía escribir siempre protegido por  pseudónimos y su presencia –una joroba que afeaba y singularizaba su aspecto atildado y siempre bien vestido (fue objeto de caricaturas y bromas de mal gusto)- pero sobre todo por su espíritu crítico y nada conciliador, iconoclasta y heterodoxo, que alborotaba a la grey conservadora de su ciudad. Tampoco su relación con Regine Olsen que le inspiró miles de páginas hermosas, sensuales, profundamente agudas, sobre el amor, llegó a ningún puerto seguro. S.K. rompió su compromiso con ella sin dar explicaciones. Como escribe un comentarista de su figura, “amaba la vida como pocos pero sufría como nadie”.

Pero esa desdicha personal también se reflejó en el siglo XX, cuando sus ideas sustentaron el entramado filosófico y vitalista del existencialismo. Muchos filósofos, practicantes o aficionados, tienen muy en cuenta su célebre definición de la existencia en tres posibles modos de vivir: el estético, el ético y el religioso. Los tres estadios o esferas estructuran el proceso de la vida humana (“Estadios en el camino de la vida” -1845, publicado con el pseudónimo Frater Taciturnus). Como él mismo aclara: “La esfera estética es la esfera de la inmediatez, la ética la esfera de la exigencia –tan infinita e inabarcable que acaba afectando al individuo- y la religiosa la esfera de la plenitud.” Pero eso, nos advierte, son “saltos” casi cuánticos, diríamos hoy, que conducen a otra dimensión ya que el sujeto se juega su existencia a todo o nada en cada una de las esferas. Esa rotundidad en la entrega y el proceso es lo que define el talante existencialista.

Toda su apasionada obra está llena de ironía, de humor, de parábolas que cumplen una función: de hecho agrandan el placer que da su lectura y muestra por una vía afectiva más que discursiva o racional la verdad moral que desea transmitir, ignorando los rígidos límites del concepto y proyectando lo que propone hacia la acción y la vida. Se dice que su humor irónico y activo, punzante, está a la altura de muchos textos de Kafka, de Becket o incluso, apunta otro comentarista, de Melville (“el genial “Bartleby, el escribiente” con su célebre “Preferiría no hacerlo”) con un descaro que limita con el absurdo, usado por S.K. en algunos textos llenos de arrebato burlón. La mayoría de sus obras –ocho, según él) las firmó con pseudónimo (excepto las religiosas). Victor Eremita, A, Juez William,  Johannes de Silentio que firma “Temor y Temblor”, Vigilius Haufniensis (“El concepto de la angustia”), Nicolaus Notabene (“Prefacios”), Hilarius Bookbinder (Estadios en el camino de la vida), Johannes Climacus (“Migajas filosóficas”), Anti-Climacus (“La enfermedad mortal” y “Práctica del cristianismo”). Precisamente en esta última deja escapar un  dardo contra los pastores religiosos de la Iglesia Danesa, (y también contra su propio padre, que le inició en un cristianismo duro y severo): “nada hay más ridículo en la práctica que ver las categorías religiosas empleadas con gravedad estúpida, en vez de emplearlas con ingenio y jovialidad”

Siguiendo con el existencialismo, Sartre, el abanderado del movimiento, no reconoció nunca la deuda con S.K. y desdeñó el mensaje de renovación ética y autenticidad de la faceta religiosa del hombre, una de las claves de la obra del danés. Sin embargo Karl Jaspers y Albert Camus confrontaron el legado filosófico de Kierkegaard, Jaspers desde la psiquiatría y el análisis renovador de la enfermedad mental bajo la crisis existencial y Camus arguyendo que la crisis vital es más debida al absurdo existencial que a la religión. Pero tanto Heidegger como Unamuno, reconocen la influencia de Kierkegaard (el español hasta el punto de aprender danés para seguir las teorías del que calificaba como su “hermano”). Pero en ellos –y en muchos de nosotros, seres del siglo XXI- resuena la opinión de S.K. de que el origen del pensar humano no es el pensamiento abstracto o conceptual en sí mismo, sino el sentimiento: el sentir, el deseo, el placer o el dolor que provoca, eso es el dato básico del pensar humano, “todo lo demás es derivado”. Léanle pues...pero si es posible, detrás de la lectura de la biografía de Garff. Comprenderán, incluso, la anécdota con la que terminó su vida. Pidió la extremaunción. Pero debía dársela un lego, no un sacerdote de la Iglesia danesa, corrompidos todos. Por supuesto no hubo tal ceremonia y se fue ante San Pedro con su joroba y su humilde desparpajo. Quiero pensar que, conmovido, el viejo san Pedro le abrió la puerta. El sabía lo que era negar, hasta por tres veces. -ALBERTO DÍAZ RUEDA

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5 septiembre 2024 4 05 /09 /septiembre /2024 18:18

TRUMAN CAPOTE, LA SINGULAR VOZ DE  OTROS ÁMBITOS

UN ESCRITOR ORIGINAL Y UNA PERSONA INCLASIFICABLE QUE ESTIMULÓ EL PANORAMA LITERARIO DE LA MITAD DEL SIGLO XX Y ASOMBRÓ AL MUNDO INTELECTUAL POR SU ENLOQUECIDA Y AUTODESTRUCTIVA EXISTENCIA

 

Un lector ingenuo y atento, podría pensar que con Henry Miller, Anais Nin, John Irving, Saul Bellow, Philip Roth, Paul Auster y otros por el estilo, ya habría pulsado suficientemente la circunstancial vena transgresora hetero y homosexual de la literatura norteamericana del momento. Se equivocaría. Tendría que leer a Truman Capote. Y no sólo su “Desayuno en Tiffanys” (un gran éxito literario y una edulcorada pero excelente película) o  “Otras voces, otros ámbitos”, su primera novela, deslumbrante obra escrita con 23 años de edad. Esas eran obras que se salían del posterior patrón habitual de Capote. Habría de afrontar e intentar comprender su escandaloso y libertino modo de vida –bastante más desaforado que el del pobre Oscar Wilde, que lo pagó demasiado caro-  pero eran otros tiempos y tuvo la suerte de cara toda su vida, ya que su homosexualidad descarada y libertina “sólo” le causó incidentes violentos y desagradables y una tendencia autodestructiva por el abuso de drogas y alcohol.  Que ello no eclipse el interés del lector. Hay una mina de oro en la prosa de este escritor menudo y desdichado, pesadilla de los editores por su informalidad y atrasos.

Reconozco que a partir de los 60 y hasta los 80,  me limité a leer algunas de sus obras, las noticias de prensa, reseñas, y lecturas puntuales de determinadas novelas o reportajes, además de  visionar dos o tres películas donde  en papeles secundarios mostraba su aspecto envejecido y algo truculento, más por satisfacer encargos profesionales que, entonces,  por placer o interés literario. Luego cambiaría mi perspectiva. Por tanto, no pretendo desmerecer a este escritor, digno émulo de Genet, Forster o D.H. Lawrence, aunque mucho menos elegante que estos en sus actitudes y en la dureza diamantina de su prosa. Podríamos ver en la obra literaria de Capote, una vez aceptado el espinoso camino argumental de sus obras, reflejos de Rimbaud, Litton Strachey, Isherwood, Oscar Wilde  y, en cierta forma, de Marcel Proust.  Podría pertenecer con pleno derecho a la nómina de los escritores famosos que de alguna forma hicieron causa común con el perseguido y a menudo canallesco mundo gay, como Auden, Cocteau, Ginsberg, Pasolini o Tennessee Williams. Pero dejando claro que respeto la plena legalidad y derechos personales de todas las diversas opciones sexuales -y acabo ya con ese tema delicado tan unido a Capote- lo que distingue a Truman de casi todos ellos es la tendencia exhibicionista, paradójicamente festiva y crítica, de las actitudes y comportamientos de signo socio-sexual de sus personajes principales y de él mismo públicamente, así como la vulgaridad y chabacanería de algunas de sus expresiones (cuya procacidad resalta más contra la habitual belleza literaria e inteligencia discursiva de sus textos).

Pasemos ahora a su obra-vida, tan inextricablemente unidas, como la de sus adorados Charles Dickens o Mark Twain. De alguna manera Truman Capote no dejó en ningún momento de ser un niño juguetón, irresponsable, encantador, libidinoso, astuto y con momentos delirantes (que ya adulto los producía un cerebro genial esclavizado y medio destruido por el alcohol y las drogas que lo llevarían la tumba poco antes de cumplir los 60 años) a pesar o quizá debido a la miseria y sordidez de su infancia. Como lo describe su entrevistador de la mítica “The Paris Review” treinta años antes, al principio de su carrera,  era  “pequeño y rubio, con un mechón que persiste en caer sobre sus ojos, con una sonrisa repentina y soleada ante cualquier persona nueva. Parece ingenuo y sincero, pero hay algo en él que  te pone en guardia y te hace medir lo que dices”. En ella Capote cuenta que empezó a escribir a los diez u once años y que se presentó a un concurso infantil de relatos. Su texto mostraba, no denunciaba, ciertas actividades casi delictivas que realizaban algunos adultos del barrio. Alguien se dio cuenta del escándalo social que podría provocar la ingenua malignidad del texto y la cosa no cuajó. Ya apuntaba maneras. Pero crecía en un ambiente agresivo y poco adecuado (los padres le abandonaron, apenas nacido, al supuesto cuidado de familiares que lo detestaban). Era rebelde, mentiroso y obsceno y en su ambiente –de muy escasa cultura- se le calificaba de subnormal. Fue enviado a correccionales y a psiquiatras. Uno de ellos afirmó, adjuntando tests psicológicos, que el niño tenía una inteligencia superior, que rayaba en la genialidad, pero una actitud y comportamiento de pequeño gamberro inmoral y pendenciero. Sin embargo, desde pequeño, el gusanillo de la lectura  había prendido en él y también su lógico correlato, el de escribir. Tras múltiples fracasos en la escuela, empezó a enviar cuentos a todas las revistas que conocía, hasta que un día a los diecisiete años, el mismo día, recibió tres correos de distintas revistas aceptando cada una de ellas la publicación de relato recibido.

¿Cuál podría ser el secreto del éxito de su prosa? El soberbio control estilístico y emocional sobre el material que surgía de su pluma. La lectura de Henry James, Hemingway o Virginia Woolf le estimulaba a buscar una voz propia, distinta a esos maestros pero lo más cercana posible a su propia exigencia de perfección. Para ello usaba una naturalidad sin tapujos, unida a una falta rigurosa de ética y a una ingenuidad -casi infantil- de irresponsabilidad y no culpabilidad, pero usando el mejor inglés que era capaz de escribir. Corregía incesantemente y buscaba con intensidad la autenticidad, una voz distinta y duramente real, pero con un léxico y una coherencia estilística lo más depurada posible.. Y todo eso brillaba sobre todo en los cuentos, quizá el género literario más difícil de dominar. El relato corto exige una enorme naturalidad estilística y léxica: la voz que narra debe ser  la más natural posible, bordeando el tema  y la cuestión de fondo, evitando la moralina o la pretensión filosófica.

Capote es sincero, incluso jactancioso, sobre sus inicios: “en general, mi infancia transcurrió en algunas partes del país y entre personas que no estaban provistas de ninguna apariencia de actitud cultural. Lo cual probablemente no era algo malo, a largo plazo. Demasiado pronto me endureció nadar contra la corriente; de hecho, en algunas zonas desarrollé los músculos de una verdadera barracuda, especialmente en el arte de tratar con los enemigos, un arte no menos necesario que saber apreciar a los amigos. Siempre he despreciado la absurda enseñanza escolar —cambiaba de escuela constantemente— y año tras año reprobaba las materias más sencillas por repugnancia y aburrimiento y obtenía las notas más altas en lengua, literatura o historia. Así que mi vida era una huída continua de esos lugares, la casa, la escuela, donde no podía ser yo mismo y hacer lo que deseaba: escribir y leer sin cesar. Se me consideraba un mocoso descerebrado. En una clínica psiquiátrica fui analizado y devuelto a mi familia con una calificación de inteligencia superior. Eso les horrorizó, pues no sabían qué hacer conmigo y no entendían qué clase de inteligencia era la mía”. Así que Capote siguió escribiendo, aunque para estimularse comenzó a beber alcohol y usar drogas a partir de los 15 años. En los diferentes sitios donde vivió siempre buscaba un cierto protagonismo, unos alardes en la vestimenta, de vocabulario y actitudes que indicaran a los demás que él era diferente y, por supuesto, mucho mejor. Como escribe su biógrafo Gerald Clarke,  “le gustaba bastante la extravagancia y la ostentación. Se tenía por alguien especial, algo que no se recataba en ocultar a los demás”. En realidad, lo único que le importaba era escribir. Su enorme creatividad se disparaba en los momentos más inesperados. Cuenta Clarke que en una ocasión, en la escuela, le hicieron representar un papel insignificante en una obra de teatro. Al llegar su única y corta intervención, Truman se dirigió al público e improvisó una perorata ingeniosa pero absurda en la que objetaba todo el argumento, ante la desesperación del director y la sorpresa y diversión del público.

Rebasada la adolescencia empezaron los éxitos y algunos escándalos privados o públicos. A los 17 años era periodista de una de las grandes revistas del momento, New Yorker. Ganó el prestigioso Premio O’Henry con Miriam, una narración corta sobre una siniestra y misteriosa niña  (que tuvo una versión cinematográfica ya en este siglo XXI). A los 23 publicó Otras voces, otros ámbitos, su primer, casi apoteósico éxito. Es una novela excelente y extraña (él mismo dijo años más tarde de ella que “es como si la hubiera escrito otra persona que no soy yo, no es de mis obras preferidas”).  Capote perfila su estilo: “Es preciso tener una cabeza deliberada, dura y fría para escribir sobre lo real que te ocurre, no puedes ahogarte en emociones, como hacía Dickens. Tienes que estar ‘dentro’ de lo que ocurre y analizarlo de forma fría, esforzándote en no salirte de lo que es, por sucio, rastrero o maligno y estúpido que sea”.

Capote admite ciertas influencias literarias, aunque no muy directas, sólo como influjo ocasional sin reflejo en sus textos: Faulkner, McCullers, Thomas Wolfe...y en su juventud, Stevenson, Poe, Dickens, Flaubert, Chejov, Austen, James, Forster, Rilke, Proust, Shaw, James Agee y muy especialmente, en el mundo del cine, que le atrae, Zavattini, el guionista de de De Sica.

En una de sus entrevistas Capote reveló que solía escribir “en horizontal”. Echado en la cama o recostado en un sofá, con cigarrillos y café a mano. Por la tarde se pasaba a algo más fuerte, bien dotado de alcohol. Escribía a lápiz la primera versión, siempre en papel amarillo (lo pasaba a papel blanco en la última versión), y era un fanático de la corrección de estilo. “El estilo eres tú”, decía. Y en sus entrevistas aseguraba, muy poco convincentemente para los lectores, que su material nunca era autobiográfico, pero él vivía su cotidianidad como uno cualquiera de sus personajes principales o secundarios.

Hasta un estilista ortodoxo y genial como William Styron (el autor, entre otras de la magnífica novela “La decisión de Sophie”, o también de “Esta casa en llamas”) confiesa en un ensayo titulado “Elogio de Capote”, que cuando leyó uno de sus primeros relatos publicados casi en la adolescencia (Truman tenía su misma edad, pero siempre decía con su infantil picardía maliciosa que Styron era mucho mayor que él,) se sintió “anonadado por el talento de ese texto: las dotes de escritor de Capote me dejaron sin aliento”. Y añadió “He aquí un artista de mi edad que podía hacer que las palabras bailaran y cantaran, que cambiaran misteriosamente de color, que efectuaran proezas mágicas, que provocasen la risa y un estremecimiento en la columna vertebral, que tocasen el corazón: un maestro de lenguaje con todas las de la ley antes de alcanzar la edad de voto”. Este trabajo fue publicado por Styron en 1994 en la revista Vanity Fair, diez años después de la muerte de Capote y casi cincuenta de que leyera ese relato del que habla, cuando la figura de Capote había sido convertida, a pesar de su potencia y valía literaria, en uno de esos autores de  los que nadie se atreve a decir algo bueno. Por ejemplo, nadie admitía en el mundillo literario norteamericano el indiscutible carácter de “maestro” de ese escritor, odiado y envidiado a partes iguales por casi todos sus colegas. Styron sentencia al finalizar su trabajo: “Capote, como todos los escritores, tenía sus deficiencias y cometió muchos errores, pero creo que está fuera de duda que nunca escribió una frase que no surgiera  de la búsqueda angustiosa de lo mejor que puede ofrecer un verdadero escritor”. Y en el otro extremo, tengan en cuenta que Capote autorizó que en la faja promocional de sus libros se pusiera un retrato suyo y una frase escrita por él: “”Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”. Y si, era un genio del “marketing”.

Podríamos seguir “ad nauseam” por la vida y características inmoderadas, aspectos  oscuros y brillantes detalles de conocimiento, ternura y compasión del ser humano. Pero era también informal en sus compromisos, libre de convenciones sociales hasta el desafío y singularmente infantil en su necesidad de amor y respeto. Sin embargo vale la pena hacer un reposado paseo por su obra. Una obra, como él, sujeta a retoques, extravíos, pérdidas y promesas incumplidas, pero obsesivamente escrita siempre con referencia al listón más alto de la creatividad literaria que él pudiera conseguir, aunque fuera al coste de su propia vida. Tal como ocurrió.

No hay un orden cronológico correcto en la aparición de las obras de Capote. Dependía de su humor, su inspiración, su demonio crítico interior, las circunstancias externas: falta de dinero suficiente para pagar una vida costosa y deslumbrante, plena de fiestas, amoríos masculinos, viajes, caprichos caros y absurdos, ropa, regalos a amantes o a despechados,  las rehabilitaciones y tratamientos médicos, hoteles, casas de veraneo, pisos de lujo, altruismo sentimental y otras menudencias. Desayuno en Tiffany’s y A sangre fría tuvieron su versión cinematográfica de gran éxito. Con esta última obra, Capote inauguró un nuevo género: la novela de no ficción. Pero obras como Plegarias atendidas, Cuentos completos y Crucero de verano se publicaron póstumamente (1987, 2004 y 2005).

 

Para terminar déjenme citarles un fragmento del prólogo de Eduardo Mendicutti a Desayuno en Tiffany’s, pues describe magníficamente el físico y el talante de Capote cuando iniciaba su carrera literaria, en una juventud, que trató de mantener de forma patética hasta su prematura vejez y final: “Un físico infantil y provocativo como el de una lolita –bajito, rubio, insinuante-, un amaneramiento rayano con la caricatura de la delicadeza femenina, un narcisismo malicioso, una coquetería enfermiza y con plena conciencia de su poder de fascinación, una voz dañina como un anzuelo, un nítido deseo de alcanzar cuanto antes la consagración literaria y la gloria y celebridad mundanas”. Ese fue Truman Capote durante la mayor parte de su vida, entre 1924 (Nueva Orleáns) y 1984 (Los Ángeles). Léanlo. Quizá les desagraden algunas páginas, pero les aseguro que el balance entre éstas y otras más abundantes, que son magníficas, brillantes, divertidas, de un humor inteligente y corrosivo o tierno e incluso geniales, les compensará.

Pasemos a sus obras más conocidas (o mejor dicho, a las tenía en mi biblioteca personal o las pocas halladas en la Biblioteca Municipal de Alcañiz). Antes de ello, disfruten con la biografía autorizada de Gerald Clarke, amigo y albacea de Truman, editada por Ediciones B (1989) en su colección Tiempos Modernos. Más de 600 páginas reflejan una labor de diez años en vida del autor y muchos más en ediciones posteriores.

Siguiendo una cronología de las obras que he utilizado en este trabajo, releí su primera publicada (1945)  Un árbol de noche, editada por  Argos Vergara y Anagrama en su colección referencial Biblioteca Truman Capote, en la que el lector encontrará prácticamente todas las obras traducidas de T.C. Se trata de una recopilación de relatos entre los que está Miriam que obtuvo el  Premio O’Henry de relatos cortos, uno de los más prestigiosos del país. El lector sensible nunca podrá olvidar a esa encantadora niña que se convierte en una figura aterradora por su angelical presencia y su misteriosa malignidad inocente.

Después, claro está, hay que asombrarse ante la maestría de Otras voces, otros ámbitos (1946), que yo leí en Bruguera hace demasiados años pero el lector de hoy hallará fácilmente en Anagrama en la colección citada. En menos de 250 páginas Capote nos desconcierta y subyuga con una obra polifacética, original, plena de intriga, misterio y habilidad narrativa. Es una novela de aprendizaje y nos narra la vida de un joven, Joel Knox, que acaba de perder a su madre y afronta un cambio de hogar, en un barrio marginal de la sureña Luisiana de mediados de los 50 del pasado siglo. Comenzamos a percibir las sombras lejanas de los textos de Twain o Faulkner. Hay que leer con atención, la prosa clara y ajustada tiene recovecos y variaciones que revelan una maestría del lenguaje increíble en un autor de poco más de 20 años. No hay fronteras claras entre lo real y lo imaginado o soñado, es un texto mágico que seguramente pedirá más de una lectura. Los personajes resaltan con la fuerza de un Dickens o un Balzac (sin olvidar el grano de pimienta de la homosexualidad del autor, presente pero no impuesta) con una vuelta de tuerca hacia una cierta irreverencia burlona, una tendencia traviesa a la caricatura. Y llegarán a uno de los más exquisitos, excesivos y asombrosos finales narrativos en los que se clarifican todos los detalles del argumento.

En 1949 publica otro libro de narraciones, Observaciones (1949) y Color local, en 1950, que no he leído. Y llegamos a Desayuno en Tiffany´s (1958) que  leí en la desaparecida Biblioteca El Mundo y que el lector encontrará en la citada colección de Anagrama.  He aquí un ejemplo de pequeña obra maestra (algo más de cien páginas) con un comienzo que hizo escribir a uno de los detractores personales de Capote, Norman Mailer, que el capítulo inicial de esta novela es de los “más perfecto de toda la narrativa norteamericana contemporánea”.  Es la aventura neoyorquina de una joven de apenas veinte años, de supuesta dudosa reputación y encantadora presencia y carácter (una curiosa mezcla de picardía y candor),  Holly Golightly. Jamás la olvidarán, y no sólo por el rostro de Audrey Herpburn que la encarnó en la pantalla. Se trata de una novela corta admirable y les aseguro que Holly formará parte de sus figuras literarias preferidas, como el trasunto idealizado e imposible del propio Capote.

Pero finalicemos o el director de CyC me echará una bronca. A continuación de ese éxito viene el segundo triunfo más popular de T.C., A sangre fría, (1965-66) una asombrosa conjunción de novela- análisis- reportaje y entrevistas, sobre un asesinato rural, sus autores e instigadores. La maestría de Truman, su fabuloso trabajo de investigación, convierten este libro en un soberbio ejemplo de inteligencia y facultad literaria y psicológica.

En 1969 publica El invitado del día de acción de Gracias; en 1951, otro de sus grandes éxitos populares El arpa de hierba, de la que escribió una versión teatral que se representó en 1952. Luego vendría un periodo de sequía creativa, al menos en ediciones, pero Capote no deja de escribir entre los trastornos y problemas de la azarosa y borrascosa vida festiva, sentimental y social que le convierten en personaje amado y odiado no sólo en el ambiente literario sino en el de la alta y más baja sociedad norteamericana y europea. En 1980 sale Música para camaleones, formada por tres libros cortos, el del título, mas Ataúdes tallados a mano y  Conversaciones y retratos (no se pierdan el prefacio del autor y la semblanza dedicada a Marilyn Monroe).

Tras su fallecimiento y en circunstancias que parecen surgir de una de sus obras, se publica en 1987, Plegarias atendidas, una novela que Capote aplaza y promete durante veinte años a sus editores sin entregarla jamás. Como anécdota, el título viene de una frase de Santa Teresa (que no he sabido encontrar en la obra de la santa de Ávila) que Capote pone en la entrada de la novela: “Se derraman más lágrimas por plegarias atendidas que por las no atendidas”.

Y, en fin, para acabar con este viaje “capoteiano” otra obra “fantasmal” de Truman, que aparece en un cajón lleno de páginas manuscritas, documentos, fotos y originales sin acabar ni pulir, que Capote dejó olvidado en un traslado de piso en el Brooklyn de los 60 y que, una vez hallado en 2004, se pone en subasta en Sotheby´s y por presiones de Clarke, su biógrafo, la adquiere la Fundación Capote. Se trata de Crucero de verano (2006) que Capote comenzó a escribir en 1943 y que estuvo retocando hasta 1953, año en que la abandonó y la dejó entre sus documentos inacabados. Como escribió un crítico, “Se trata de un cuento de hadas de Nueva York que evoluciona hasta que se metamorfosea en una tragedia”. El lector puede encontrarla en la citada Biblioteca Truman Capote, la colección de las obras de este escritor publicadas por Anagrama.

Que ustedes disfruten de la lectura, como merece este autor controvertido y genial.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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