Overblog
Seguir este blog Administration + Create my blog
5 diciembre 2022 1 05 /12 /diciembre /2022 19:39

ARTÍCULO PUBLICADO EN LA REVISTA "COMPROMISO Y CULTURA" DE DICIEMBRE DE 2022

El 18 de noviembre de 1922 moría el escritor Marcel Proust en su apartamento parisino del número 44 de la Rue Hamelin, 4ª planta. Tenía 51 años y fallecía a causa de una neumonía mal tratada, a la que se rindió sin oponer resistencia. La enfermedad degeneró en una septicemia, a pesar de que su hermano,  Robert, eminente médico, intentó administrarle fármacos (que él se negó a admitir) y le acompañó hasta su muerte, junto a Celeste Albaret, la fiel ama de llaves, enfermera y secretaria del escritor.

Hasta unas horas antes de fallecer, Marcel siguió corrigiendo incansablemente el último volumen de su “En busca del tiempo perdido”, una “opera magna” que no sería publicada en su totalidad (siete volúmenes, en su edición en español) hasta cinco años después de su muerte. En 1919, tras publicar el segundo libro, “A la sombra de las muchachas en flor”, se le concedió el Premio Goncourt, el 10 de diciembre de ese año, generando un escándalo mayúsculo en los periódicos y en las sociedades literarias francesas. Proust era entonces un semi desconocido autor  y estaba considerado un snob lleno de frivolidad y artificios aristocráticos. Hasta el gran Andrè Gide, director literario de la editorial Gallimard, había rechazado el primer volumen “Por el camino de Swann” para su publicación (de lo que se arrepentiría no mucho más tarde: envió una carta a Proust pidiéndole perdón por su “inmenso error”). La obra de Proust había desbancado al gran favorito, Roland Dorgelès, un escritor joven que había combatido en las trincheras devastadas de la I Guerra Mundial y presentaba su novela “Las cruces de madera”, basada en sus horribles experiencias en el frente. Se consideraba su obra como una réplica francesa a “Sin novedad en el frente”, la mejor novela escrita sobre la Gran Guerra, debida a un autor alemán.

Proust, un autor decadente, maduro (viejo para la época: tenía 48 años y estaba crónicamente enfermo)  cuyas obras no se conocían apenas y además era rico  (no precisaba los 5000 francos del premio), era despreciado por muchos periodistas y escritores franceses. Su obra, un “work in progress” que apenas unos pocos conocían parcialmente, era larga, premiosa, detallista, enrevesada, surcada por vetas brillantes de filosofía, poesía, ciencia, lingüística, narrativa pura, erudición literaria, arte, arquitectura y música y un hálito profundo de humanidad, originalidad y complejidad anímica y emocional  en los personajes y en las anécdotas y sucesos que los dominan con su arco iris de pasiones. Es una obra dedicada al paso del tiempo, ese fluir constante en el que los momentos del pasado y del futuro son evocados con la misma exigencia de lo real. Y frente a ellos se explora la más íntima psicología humana, son su irracionalidad y sus causalidades inconscientes que desfiguran las exigencias a veces inaprensibles de las propias emociones.

En la historia de la Literatura (con mayúsculas) hay obras y autores que forman parte del acervo cultural de una determinada época y es tal su valor específico que suelen desbordar la época en que nacieron e integrarse en el “humus” creativo que luego se reflejará no sólo en el “corpus” de los clásicos universales sino en el particular, amado y formativo “corpus” del lector individual, ya sea escritor, poeta, editor o crítico o  el anónimo amante de la literatura. En mi generación, Proust ocupa un lugar preferente, con compañeros y vecinos del calado de Malcolm Lowry, Faulkner, Lawrence Durrell, James Joyce, Hemingway, Conan Doyle, Chesterton, Swift, Dickens, Mann, Lewis Carroll, Melville o Stevenson. Sin olvidar los “permanentes” como Shakespeare, Cervantes, Homero, Platón o Virgilio…

Mi primer acceso a Proust y la “Recherche” fue gracias a Alianza Editorial, cuyos siete volúmenes de bolsillo, traducidos los tres primeros tomos por Pedro Salinas y el resto por Consuelo Bergés, formaron parte  de mi biblioteca imprescindible desde que salieron entre 1966 y 1969. En ellos, entre líneas o en los márgenes de las páginas, aparecen mis nerviosas notas manuscritas, las de un joven veinteañero, glosando una descripción, comentando un juicio, apuntando la emergencia de un personaje que luego será decisivo y numerosos apuntes sobre la técnica del novelista y sus herramientas literarias y de estilo.  Esos libros me han acompañado en todos mis traslados de residencia; algunos de ellos han viajado a lugares remotos, como lectura de relajación de mi trabajo periodístico, y a otros he debido reponerlos por destrucción física debido al mucho uso y a la mala calidad de la entrañable edición, en sus aspectos de encuadernación o tipo de papel. Todos han envejecido conmigo, pero conservan aún ese “no sé qué” que los convierte en objetos valiosos, casi como una proyección en papel de mi yo histórico, que es la versión “joven” del anciano que los conserva y los ama. En el primer decenio de este siglo, mi mujer me regaló la edición de Debolsillo, también en siete tomos, con una primorosa traducción de Carlos Manzano. Ahora, con ocasión de redactar este artículo, he comenzado una nueva lectura. Y sigo “encontrando” joyas en forma de pensamientos u observaciones, como la primera vez que me interné en el mundo proustiano.

Al fin y al cabo, se cumple la profecía del mismo Proust sobre su obra que no parecía tener fundamento, incluso  hasta los años 50 del pasado siglo y que se confirmó a partir de los sesenta: “mi obra –dijo- no es una autobiografía, sino una revolución literaria y artística que influirá en toda la literatura del siglo XX”. Y de la misma forma exacta como un estilete, define la genialidad sin percatarse, seguramente, de que está esculpiendo a su propia persona: “…quienes producen obras geniales, no son quienes viven en el medio más delicado, quienes tienen la conversación más brillante, la cultura más extensa, sino quienes han tenido la capacidad de volver –dejando bruscamente de vivir para sí mismos- su personalidad semejante a un espejo, de tal forma que su vida –por mediocre que fuera, mundana e intelectualmente-  se refleje en ella, pues el genio consiste en la capacidad reflectante y no en la calidad intrínseca del espectáculo reflejado” ( último capítulo de “Por el Camino de Swann”. ¿Hay otra definición más justa de su propio genio?

El ritmo de lectura de la obra gigantesca de Proust no puede requerir una cadencia aleatoria como con “La montaña mágica” de Mann o el “Ulises”  de Joyce –que exige más paciencia que tiempo-, o “El cuarteto de Alejandría” de Durrell, que son cuatro novelas con una relación y un estilo diferentes. A la “Recherche” hay que dedicarle un “tempo” exclusivo y permanente que se mide en semanas o en meses–si es un lector profesional-  o meses (se calculan dos, dedicando a la lectura un mínimo de dos horas diarias), si uno es un amante literario que disfruta de estos libros de forma intensa. Se trata de una novela diferente a todas, que nos envuelve con todo el encanto y la complejidad de una obra única redactada por un escritor que dedicó gran parte de su vida adulta –enclaustrado en una habitación con las paredes forradas de corcho y escribiendo por las noches, en la cama, hasta el alba y por el día con los cortinajes de las ventanas cerrados, para igualar la noche con el día y escribir y corregir sin cesar-  a hilvanar los mil y un detalles, personajes, ambientes, confidencias y análisis respecto  a otras tantas facetas, científicas , artísticas, literarias, psicológicas, de costumbres, moda, arquitectura, pintura, música, fisiología y patología de las percepciones y de la memoria, filosóficas sobre el paso del tiempo, clases de plantas, de flores, de pájaros, tormentos del deseo, de la homo u heterosexualidad, el fetichismo, los automóviles, los trenes, los aeroplanos y dirigibles, la pasión por los libros, los cuadros y las esculturas, los creadores, poetas y locos de todas clases, fetichistas, las clases sociales de Paris, las fiestas sociales y lupanares, bares y restaurantes, la guerra, la crueldad, los vitrales, los cementerios, los caballos y la cocina, los niveles de la nobleza y la alta burguesía, de las grandes damas y de las entretenidas “demi-mondaines”. En su obra, el aficionado a la narrativa, rastrea la presencia de Montaigne, Flaubert, Balzac, Pascal, La Bruyere, Rousseau, Chateaubriand, Todo ello desmenuzado de una forma casi entomológica, persistente, aguda, obsesiva y brillante. Es una enciclopedia borgiana donde todos los saberes de una época tienen su acomodo y su jugoso comentario que, milagrosamente, logra Proust integrar en el corpus de su obra, de tal manera que si eliminamos alguna de estas piezas, el resto se resiente.

Y, ojo, no quiero decir con ello que no habrá momentos de tentación abandonista, un poco de sofoco ante los excesos inevitables de semejante obra, momentos duros cercanos a la deserción. No se dejen amilanar. Persistan. Es la clase de lectura que una vez realizada, nos acompañará toda la existencia y olvidaremos aquellos instantes de abandono para unificar una impresión profunda e inolvidable. Tanto que uno queda marcado por un sello íntimo, una marca indeleble que nos hermana con todos los que han realizado esa gesta lectora. Y algo más: no conozco a ningún lector total de la “Recherche” que no haya repetido la lectura en otro tiempo de su vida.

El estilo es impecable, dado a las frases largas de periodo interminable y a veces alambicado, pero de rotundo sentido y belleza, que logra una cierta perfección en las distintas voces de los personajes, cuyos diálogos reflejan con maestría desde la educación hasta el origen social, sin evitar la tentación de divertirse con parodias, imitaciones o pastiches. Swann tiene una cadencia propia al hablar, como el pedante Bloch o la duquesa de Guermantes; o el chismorreo de Madame de Verdurin o de las tías-abuelas del narrador; la sentenciosa criada Françoise, el complejo y refinado Norpois, la vulgaridad de Odette de Crezy, el obtuso doctor Cottard o el tierno compositor Vinteuil (cuya sonata para violín y piano, de gran importancia en la novela, ha sido identificada como una obra de Saint-Saëns).

Aparte de los siete tomos de la novela-río, les recomiendo vivamente –como colofón y regalo a la perseverancia lectora  de los que cedan a este artículo y emprendan la genial aventura de leer la “Recherche” completa- un libro aparecido hace unos años, “Marcel Proust, la memoria recobrada” de Mireille Naturel, editado lujosamente por Plataforma Editorial y avalado por la familia Proust. En él los futuros fetichistas proustianos (suele ser ese un efecto colateral de la lectura de la gran novela) encontrarán detalles gráficos y documentales poco conocidos sobre la vida y la obra del escritor francés muerto ahora hace un siglo. Desde las notas escolares del joven Proust hasta las fotografías de su fallecimiento, las fiestas a las que asistió o las vacaciones en diferentes ambientes, sus amigos y amigas, los lugares donde vivió,  el pueblo real y los alrededores que describió en su obra, las personas que se encarnaron en sus personajes…todo en conjunto, es una fiesta para los sentidos y para recordar –como la célebre magdalena, en forma de libro- los momentos entrañables de la lectura.

Como escribió en “El tiempo recobrado”, el último volumen de su obra: “La verdadera vida, la vida por fin descubierta y aclarada, la única vida, por consiguiente, plenamente vivida, es la literatura. Esa vida que, en cierto sentido,  vive a cada instante en todos los hombres tanto como en el artista, pero no la ven, porque no intentan aclararla”.

 

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

FICHAS

EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO.- Marcel Proust. Traducción: Pedro Salinas, Consuelo Bergés y Carlos Manzano. Alianza Editorial y Delibros.

MARCEL PROUST: LA MEMORIA RECOBRADA.- Mireille Naturel. Trad. Elisenda Julibert. Plataforma Editorial.

 

 

 

 

Compartir este post
Repost0
7 octubre 2022 5 07 /10 /octubre /2022 09:42

Curiosamente la simple lectura de un clásico del siglo XX, sir Arthur Conan Doyle, una novela de su ciclo del profesor Challenger -un personaje a la altura de Sherlock Holmes y de algunas figuras de Dickens o de Wilkie Collins- me ha puesto en la pista para entender a la pasión anglosajona científica por explicar los fenómenos, sus teorías y axiomas, a partir de los datos que ofrece las experiencias a un observador bien motivado. Extrapolando esta observación do es aventurado suponer que en eso está el secreto de los descubrimientos que esa cultura ha realizado con el manejos de datos a nivel de la economía de los algoritmos (y su subsiguiente empleo en ingenios como Google, Apple o Amazon.

El apasionante libro de Laura J. Snyder  nos invita a un recorrido espectacular: el nacimiento e partir del siglo XIX de una ciencia moderna y su consiguiente y omnipresente tecnología, que nos ha hecho la vida más fácil y cómoda, eficiente y fructífera, pero también nos ha esclavizado de alguna manera a su necesidad perentoria y ya no sabemos vivir sin ella.

La ciencia, con su método tradicional, los griegos ya lo empleaban a otro nivel, naturalmente, basado en la comprobación y validación de una teoría a través de experimentos y de los datos que proporcionan. La ciencia actual tiene padrinos más o menos conocidos, una serie de investigadores y científicos  cuyos empeños y clarividencia científica lograron en el siglo XIX  aplicar una serie  de exigencias metodológicas y la praxis subsiguiente que formaron el esqueleto teórico de la ciencia moderna.  De entre esos investigadores, la Snyder escoge a William Whewell, Charles Bagge, John Herschel y Richard Jones  como los profesores Challenger que desgajaron la ciencia  de la charlatanería, del ingenio malicioso, la superstición o la imaginación excesiva e inapropiada.

Charles Babbage  diseñó la primera computadora; William Herschel dio unas herramioentas y principios nuevos a la astronomía; Richard Jones logró que la economía política podía basarse en principios racionales, alejados de los siempre confusos y contaminantes intereses de sectores particulares y William Whewell, un científico con intereses teológicos y filosóficos consiguió que todos los anteriores trabajaron conjuntamente para validar una forma de percepción de los fenómenos de sus propias ramas de la ciencia en un concepto progresivo unitario. 

Los cuatro científicos trataron que sus ideas y datos, unidos a un sistema articular de análisis, comprobaciones y refutaciones lograran un propósito superior: hacer el mundo más comprensible y mejor. Su enorme esfuerzo y su anhelo de entender mejor el mundo los llevó a realizar infinidad de investigaciones impulsadas por una única pasión, una ciencia liberada de la charlatanería, las ideologías, las religiones y las supersticiones. Una ciencia basada en el método inductivo del filósofo británico del s. XVII, Francis Bacon  que superaba el método deductivo tradicional.

Los cuatro miembros del Club de los desayunos filosóficos, “todos ellos lúcidos, fascinantes y eminentes, poseídos por el optimismo de la época”, miembros de la Universidad de Cambridge, se reúnen los domingos por la mañana, entre 1820  y 1870, para buscar conjuntamente un camino  de progreso a la ciencia. De alguna forma fueron los últimos "filósofos naturales" en la estela de los presocráticos griegos. De  ellos surgió una revolución científica. Y de ésta la que actualmente vivimos, la revolución tecnológica y digital, informática, de las Redes, de la I.A. (Inteligencia artificial) y del Metaverso. Lo que está por ver es si, su intención declarada de traducirla en "mejorar la vida de los hombres", ha sido coronada por el éxito. De momento hay motivos para pensar que en parte sí y en parte no. Vivimos mejor que las personas del los siglos anteriores, pero no me parece que seamos mejores personas.

Snyder hace un recorrido no cronológico por la biografía interrelacionada de los cuatro científicos y sus contactos con las grandes figuras científicas y filosóficas de su época, Darwin. Leibnitz, David Ricardo, Stuart Mill o Adam Smith. Su estilo es dinámico, fácil de entender y sumamente riguroso con  los datos y conclusiones.  Voy a citar unos párrafos del epílogo de este excelente libro: “los miembros del Club de los desayunos filosóficos habían visto fructificar al final de sus vidas los proyectos de sus tiempos de estudiantes. Habían conseguido -incluso en mayor grado que sus sueños más optimistas- encauzar a la ciencia en una trayectoria completamente distinta. Y habían ayudado a dar forma, al hacerlo, al mundo moderno, en el que la ciencia desempeña un papel protagonista”.

FICHA

"EL CLUB DE LOS DESAYUNOS FILOSÓFICOS"- Laura J. Snyder. Traducción de José Manuel Álvarez-Flórez.-636 págs.- Publicado por Editorial Acantilado, mayo 2021.

 

 

 

*

Compartir este post
Repost0
14 septiembre 2022 3 14 /09 /septiembre /2022 19:18

 

Montaigne constituye uno de los pensadores de mayor influencia de la historia, sin embargo, se le ha considerado históricamente más como literato que como pensador propiamente dicho, quizás principalmente, por atribuírsele a él la invención del género ensayístico. Y es precisamente ese género, su método al fin y al cabo, el que nos da las pistas para rastrear su pensamiento.

Ensayo… es decir: prototipo, intento, experimento… no hay mejor palabra para acercarse a la figura de Montaigne. Él no escribe un “Tratado” o unos “Principios”, Michel “no sienta cátedra”, no es detentor de la verdad, no persigue certezas, pone en entredicho las verdades de su tiempo y el conocimiento como algo absoluto: es escéptico. Pero escéptico no es negar, es dudar. La duda de Montaigne no persigue refutar ninguna tesis anterior a él, sino criticar el fácil dogmatismo que afecta a todos los aspectos de la cultura (ciencia, filosofía, política y religión) y las consecuencias a las que nos conduce – y de las que él es testigo en la Europa de su tiempo – como el fanatismo y la guerra.

Montaigne descubre que el hombre ha olvidado su situación en el cosmos, al estimarse por encima de todas las demás cosas. La pretensión de Montaigne es la supresión de esa actitud presuntuosa, la prudencia y la tranquilidad en todos los aspectos de la vida. Consideración de la vida como un continuo devenir y del hombre como un ser de naturaleza mutable y cambiante, no fija y monolítica.

Un hombre que valora siempre que se lleven con moderación y mesura los placeres mundanos y corporales. Para Montaigne, el cuerpo y sus placeres no deben ser algo a evitar y de lo que avergonzarse o ser purgado, puesto que Dios no nos ha dado un cuerpo para sentir vergüenza de él o para mortificarlo y reprimirlo. Esta conciencia del hombre nos da lo que para Montaigne es sabiduría. Aboga por la templanza y la prudencia. Apuesta por la moderación en los placeres y en la supresión de los vicios, pero no supresión por ignorancia o miedo, sino por conocimiento y por las consecuencias dañinas que nos puede suponer cualquier cosa en exceso.

Montaigne es un perfecto mediador en muchas cuestiones de su época, como las guerras de religión, puesto que a pesar de ser católico, no duda en recriminar a los suyos sus defectos y fallos y considerar las virtudes y aspectos positivos de los protestantes. Todo ello en armonía, lo que le valió tanto amistades como enemigos en ambos bandos de la contienda, debido a su espíritu crítico, tolerante y templado. “Que sais-je?” es su lema definitorio: un escéptico acerca de las “verdades” que conocemos, por ello un ser tolerante con las opiniones y posturas diferentes a la suya y alguien más preocupado por intentar conocerse a sí mismo y guiarse por la templanza, que de aprender lecciones y dogmas de memoria y caer en fanatismo.

 

Compartir este post
Repost0
15 agosto 2022 1 15 /08 /agosto /2022 17:53

Leer a Antonio Damasio el neurólogo  lúcido y sagaz ha sido para mi un placer mantenido durante años y obra tras obra. Leer una obra donde Damasio nos habla de Spinoza y de las similitudes e inspiraciones que este filósofo cauteloso y difícil se proporcionó durante una fecunda época de su vida: la defensa de las emociones y sentimientos que Damasio ha realizado en el conjunto de su obra neurológica tuvo el ilustre precedente de la filosofía de Spinoza que tempranamente reivindicó la importancia de aquéllos en la formación de la psique humana.

Hablo ahora de este libro de 2005, leído en aquellas fechas recién publicado por Crítica, vuelto a escudriñar en 2006 durante una estancia meditativa en el monasterio de Poblet y recuperado en este año de 2020 en circunstancias dolosas con la pandemia del Covid convirtiendo a todo el país en desmadrados personajes del Decamerón de Boccacio. Un comentario sobre la vida y la muerte del filósofo que publica un periódico nacional, me ha impulsado escribir de nuevo sobre Spinoza  como crítica a la falsa imputación que se le hace, convirtiendo la causa de su temprana muerte, una posible silicosis (provocada por el polvillo de vidrio que inhaló durante años dado su oficio de pulidor de lentes) en un suicidio asistido, absolutamente ilógico en un filósofo coherente con sus ideas hasta el martirio: Spinoza amaba la vida por encima de todo.

Como otro autor cita y yo corroboro: "Spinoza que considera la libertad del hombre y la conquista de su felicidad como principios esenciales, postuló una serie de principios sobre la vida y la muerte.

Cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser”. (Parte 3 proposición 6).-El esfuerzo con que cada cosa intenta perseverar en su ser no es nada distinto de la esencia actual de la cosa misma. (Parte 3 proposición 7).-Ninguna cosa puede ser destruida sino por causa exterior. (Parte 3 proposición 4).- Así pues, nadie deja de apetecer su utilidad, o sea, la conservación de su ser, como no sea vencido por causas exteriores y contrarias a su naturaleza. […] ni se da muerte, en virtud de la necesidad de su naturaleza, sino compelido por causas exteriores […] Pero que el hombre se esfuerce, por la necesidad de su naturaleza, en no existir […] es tan imposible como que de la nada se produzca algo”. (escolio de la parte 4 proposición 20).

Spinoza afirma que nuestra esencia es buscar la preservación en nuestro ser, tanto en el nivel biológico (preservación instintiva), como en un nivel trascendental (búsqueda incesante de felicidad). Dicha fuerza nace de nosotros y es infinita, por lo que de ella no puede surgir la idea de autodestrucción".

Antonio Damasio nos hace recorrer el sistema neuronal viendo los eventos y las partes del cerebro que se activan cuando un determinado suceso aparece y, enriquece sus ideas con casos neurológicos interesantes para explicar los últimos descubrimientos neurocientíficos, sobre el papel que emociones y sentimientos tienen en el procesamiento mental, las actitudes y los comportamientos.  Sin dejar por ello de acudir a la filosofía y el pensamiento de Spinoza que defendió la idea de que mente y cuerpo están íntimamente unidos, y por ello los sentimientos afectan al raciocinio..

El contenido esencial de los sentimientos es la cartografía de un estado corporal determinado; el sustrato de sentimientos es el conjunto de patrones neurales que cartografían el estado corporal y del que puede surgir una imagen mental del estado del cuerpo. En esencia, un sentimiento es una idea; una idea del cuerpo y, de manera todavía más concreta, una idea de un determinado aspecto del cuerpo, su interior, en determinadas circunstancias.

 

Damasio propone una separación entre la parte del proceso que se hace pública (emoción) y la que se hace privada (sentimiento). En el camino de la evolución, las emociones preceden a los sentimientos. Primero se desarrollaron los dispositivos automáticos para resolver los problemas básicos de la vida, para asegurar la homeostasis. Las emociones están constituidas a base de reacciones simples que promueven la superviviencia de un organismo y de este modo pudieron persistir fácilmente en la evolución. La maquinaria homeostática se fue refinando hasta la aparición de los sentimientos, que son una expresión mental de todos los demás niveles de regulación homeostática.

Los niveles de regulación homeostática automatizada son:

  • Sentimientos. Expresión mental de todos los demás niveles de regulación homeostática
  • Emociones propiamente dichas. Sociales, primarias y de fondo. Repugnancia, miedo, felicidad, tristeza, orgullo, simpatía y vergüenza. Apuntan directamente a la regulación vital a fin de evitar los peligros o ayudar al organismo a sacar partido de una oportunidad, o indirectamente al facilitar las relaciones sociales.
  • Instintos y motivaciones. ambre, sed, curiosidad, exploración, juego, sexo. Son apetitos.
  • Comportamientos de placer (recompensa) y dolor (castigo). Incluyen reacciones de acercamiento o retirada de todo el organismo en relación a un objeto o situación específica.
  • Respuestas inmunes. Primera línea de defensa del organismo cuando su integridad se ve amenazada desde el exterior (virus, bacterias, parásitos, sustancias tóxicas) o el interior.
  • Reflejos básicos. Reflejo de sobresalto y tropismos o taxias que hacen que los organismos se alejen de temperaturas extremas y de la oscuridad, y se acerquen a la luz.
  • Regulación metabólica. Incluye componentes químicos y mecánicos destinados a mantener el equilibrio de las químicas internas. Gobiernan el ritmo cardíaco, la presión sanguínea, los ajustes de acidez y alcalinidad, almacenamiento y despliegue de proteínas, lípidos y carbohidratos necesarios para obtener energía.

Todas estas reacciones se dirigen directa o indirectamente a regular el proceso vital y a promover la supervivencia. Pero además, el objetivo de los esfuerzos homeostáticos es proporcionar un estado vital mejor que neutro: comodidad y bienestar. Las reacciones son formas de evaluar las circunstancias internas y externas de un organismo y de actuar en consecuencia.

Diversos aspectos del proceso vital pueden señalarse en el cerebro y representarse allí en numerosos mapas constituidos por circuitos de neuronas. En ese punto, se alcanza el nivel de los sentimientos: la expresión mental de todos los demás niveles de regulación homeostática.

Principio de anidamiento: las partes de reacciones más sencillas se incorporan como componentes de otras más elaboradas. Cada reacción consiste en reordenamientos de los procesos más simples, cada reordenamiento está dirigido a un nuevo problema cuya solución es necesaria para la supervivencia con bienestar.

Una emoción propiamente dicha es un conjunto complejo de respuestas químicas y neuronales que forman un patrón distintivo. Son reacciones, respuestas automáticas a estímulos emocionalmente competentes. El cerebro está preparado por la evolución para responder a determinados EEC con repertorios específicos de acción, pero la lista de EEC no se halla confinada a los repertorios preestablecidos por la evolución, sino que incluye muchos otros aprendidos. El resultado inmediato de estas respuestas es un cambio temporal en el estado del cuerpo y en el estado de las estructuras cerebrales que cartografían el cuerpo y sostienen el pensamiento. El resultado último de las respuestas es situar al organismo en circunstancias propicias para la supervivencia y el bienestar. Tienen un sentido biológico directo, es una función adaptativa innata. Sin embargo, los seres humanos podemos esforzarnos intencionadamente para controlar nuestras emociones, al menos en cierta medida.

  • De fondo. Reflejan el estado de ánimo momentáneo de una persona (malestar, excitación, tranquilidad). No son especialmente visibles en el comportamiento. Son formas de disposición generales del cuerpo, resultado de varios procesos reguladores concurrentes.
  • Básicas (primarias). Miedo, ira, asco, sorpresa, tristeza y felicidad. Son fácilmente identificables en los seres humanos de numerosas culturas y también en especies no humanas. Generalmente tienen una causa externa.
  • Sociales. Tienen que ver fundamentalmente con la cooperación o competencia con otros organismos de la especie. Simpatía, turbación, vergüenza, culpabilidad, orgullo, celos, envidia, gratitud, admiración, indignación, desdén.

Los sentimientos surgen de cualquier conjunto de reacciones homeostáticas. Traducen el estado de la vida en el lenguaje de la mente. Abren la puerta a cierto control premeditado de las emociones automatizadas.

  • Son la percepción de un determinado estado del cuerpo junto con la percepción de un determinado modo de pensar y de pensamientos acerca de determinados temas consonantes con la emoción.
  • No surgen necesariamente de los estados corporales reales sino más bien de los mapas reales construidos en cualquier momento dado en cualquier momento dado en las regiones de sensación corporal.
    • Los estados del cuerpo simulados son poderosos recursos de la evolución. Se da una interferencia en las señales que son enviadas a las regiones de sensación corporal, creando así mapas falsos del estado real del cuerpo. Ej: soldados en situación de guerra que no sienten dolor y miedo.
    • El cerebro puede simular determinados estados corporales emocionales. Ocurre por ejemplo en el proceso de transformar la emoción simpatía en un sentimiento de empatía, mediante el mecanismo "bucle corporal como sí".
Vivimos la “Era Emocional”; el boom de los sentimientos. Expresiones como “eres especial”, “no tengo palabras”, “empatizar”, “si eso es lo que sientes” (sentir algo está por encima de pensar algo), son omnipresentes, invaden el espacio de las relaciones sociales. Y no basta con decir, hay que actuar. Por eso, amigos del “choca esos cinco” de toda la vida, te estrujan, te besuquean y te frotan compulsivamente las espaldas, como si te despidieran para un viaje a la Antártida (de supervivencia y en trineo). Toneladas de libros de psicología barata o autoayuda te conminan a que expreses tus sentimientos, controles tus emociones o viceversa. Hay que mostrar empatía, interés, escuchar atentamente cualquier majadería que te suelte el prójimo. ¿Impaciencia? Prohibida. ¿Emoción versus Razón? ¿Se trata de una vuelta a lo irracional? ¿No será que los sentimientos se manipulan mejor que las razones?
El libro de Damasio lleva el subtítulo de “Neurobiología de la emoción y los sentimientos” Pues eso, veamos que bases, que enganches biológicos tienen los sentimientos y hasta donde podemos llegar sin caer en la especulación  o la charlatanería.
A Damasio le gusta Spinoza porque fue el primero en señalar la unidad interactiva del organismo (cuerpo), los sentimientos y el pensamiento racional (mente), en contraposición a Descartes que sostenía la dualidad cuerpo-mente. Se siente afín a Spinoza y ya discutió a Descartes en un libro anterior (1). Gracias a Damasio he conocido la monumental obra de Jonathan Israel que explica la influencia del filósofo judío en la Ilustración Radical. (2)
Spinoza era hijo de una familia de judíos sefardíes que huyeron de la persecución de Portugal y se instalaron en Ámsterdam, cuyo gobierno calvinista era más tolerante con los judíos, siempre que mantuvieran sus creencias en privado. Expulsado de la comunidad judía en que se educó, vivía de pulir lentes ópticas y a escribir libros que abren el camino a una oposición entre filosofía y teología más marcada que en los demás filósofos. Murió joven y sus ideas fueron silenciadas; se le citaba sin pronunciar su nombre. El pobre Spinoza resultó ser una bomba de relojería para el pensamiento tradicional.
 
Antonio Damasio (Lisboa 1944) es neurólogo y un destacado investigador de la mente, las bases neurobiológicas de la consciencia y el papel decisivo de las emociones y sentimientos en los procesos racionales de la toma de decisiones. En “En busca de Spinoza”, en diálogo con el filósofo del siglo XVII, explica el proceso neurológico de las emociones y los sentimientos, algunas consecuencias éticas y sociales de su enfoque, y termina con unos apuntes sobre el sentido de la vida y la espiritualidad. Además, una amplia biografía de Spinoza (3) y el detallado relato de su contexto histórico.
 
Resumen poco técnico de la parte técnica.
La emoción es una respuesta orgánica ante un estímulo exterior. Su origen es evolutivo o aprendido, lo compartimos con otros animales y poco se puede hacer al respecto. Cuando las emociones se procesan por el cerebro dan lugar a sentimientos. Un cerebro más evolucionado (consciente) produce sentimientos complejos.
El proceso es parecido al de antígeno (estímulo)- respuesta inmune (emoción):
- Estímulo (presente o en la memoria).
- El estímulo se representa en el cerebro, encajando como llaves en receptores.
- Desde los receptores se activan varios lugares de ejecución de emociones en otros sitios del cerebro.
- El proceso o puede reverberar y amplificarse, desencadenar procesos mentales más complejos (sentimientos), o bien consumirse y cerrarse.
Omito las respuestas neurales y hormonales que intervienen en el proceso y que Damasio explica extensamente. Describe un caso en que durante el tratamiento con electrodos del parkinson, se indujo a una paciente, por accidente, a un profundo estado de tristeza.
Un concepto básico en el esquema de Damasio es el de “equilibrio homeostático”. Un estímulo que produce una emoción negativa (miedo), provoca un desequilibrio homeostático. El organismo despliega un conjunto de acciones reguladoras para restablecer el equilibrio:
Los sentimientos, en el sentido que se emplea en este libro, surgen de cualquier conjunto de reacciones homeostáticas, no únicamente de las emociones propiamente dichas. Traducen el estado de vida en curso en el lenguaje de la mente.”
Para que las emociones den lugar a sentimientos es necesaria una mente consciente con un “yo autobiográfico”. El sentimiento es el motor del pensamiento racional. Sin sentimientos no habría pensamiento racional; pero el pensamiento racional produce o modifica sentimientos.
Al tener lugar en un entorno autobiográfico, los sentimientos generan una preocupación por el individuo que los experimenta. El pasado, el presente y el futuro anticipado reciben las características significativas apropiadas y una mayor probabilidad de influir sobre el razonamiento y el proceso de toma de decisiones.
Los sentimientos juegan un papel decisivo en el aprendizaje y la toma de decisiones para la resolución de problemas:
La solución eficaz de problemas no rutinarios requiere toda la flexibilidad y el elevado poder de recopilación de información que los procesos mentales puedan ofrecer, así como la preocupación mental que los sentimientos puedan proporcionar.
El proceso de aprender y recordar acontecimientos emocionalmente competentes es diferente hacerlo con sentimientos conscientes de lo que sería sin ellos. Algunos sentimientos optimizan el aprendizaje y la memoria. Otros, en particular los que son extremadamente dolorosos, perturban el aprendizaje y suprimen la memoria como protección.”
 
Damasio no está de acuerdo con la alegría contemplativa que propone Spinoza. Es partidario, más bien, de una alegría combativa que actúe para cambiar las cosas.
 
Estímulo, emoción, sentimiento, pensamiento racional, acción… no es un continuo, es un vaivén que puede actuar en muchas direcciones. Damasio expresa en este buen libro su admiración (con algún reparo) por Spinoza, explica como actúan, implicando a todo el organismo, las emociones, sentimientos y la razón desde los conocimientos actuales de la neurología y propone una ética basada en la alegría y la cooperación, que promueva el equilibrio homeostático de las persona

 

Compartir este post
Repost0
1 julio 2022 5 01 /07 /julio /2022 08:07

TEXTO PUBLICADO EN LA REVISTA C&C DE JULIO DE 2022

Cuanto más se escribe sobre don Miguel, el mayor símbolo literario de España, más se espesa el velo de ocultación que él mismo extendió

 

¿Cómo era el rostro de Miguel de Cervantes? ¿Era alto, bajo, elegante, vulgar, tosco, exquisito, de habla atractiva y sonora o de sonsonete chillón o irritante?  ¿Era un caballero o tenía los modales de un embaucador o de un  soldado valentón y desmedido? ¿Son ciertas las aventuras   heroicas de los Baños de Argel  o las inventó para preparar un currículo atractivo para los padres mercedarios que lo rescataron? ¿Cómo es que de una escasa o nula preparación académica, dio en ser el más grande ingenio de su época y de las postreras, con coetáneos como Lope de Vega y otros de parecido mérito y fama? ¿Después del gran éxito de su Quijote, cómo va a morir tan pobre que ni siquiera tuvo un entierro digno y se fue a la sepultura con un sencillo sudario de caridad y sin una lápida y un nicho  que lo  celebrara? ¿Qué ha pasado con sus restos y como tuvo que ser rescatado del olvido por plumas extranjeras ante la indiferencia de las de nuestro país casi hasta el siglo XIX? ¿Cómo no se han podido rellenar los numerosos huecos informativos que presenta su vida? ¿Era un genio, como atestigua su obra, o un pobre hombre, humilde y castigado por el hambre, las humillaciones y el deshonor, que tocó la flauta “por casualidad”  y de su soplido surgió una música extraordinaria?

Los interrogantes que jalonan la vida de don Miguel, empezando por el “don” y el “de” Cervantes, que no tenía derecho a usarlos…hasta el Saavedra, que parece apellido espurio, buscado para alejar las sospechas de “sangre impura” –judía-  de su linaje, han creado en conjunto un tapiz narrativo que está lejos de ser claro e indiscutible. La vida y milagros de don Miguel están a la altura de las que imaginaba don Quijote al amparo de los libros de caballerías, la magia y hechicerías en las costumbres y la dura e implacable vida social, política y religiosa en la que tuvieron que desenvolverse tanto el autor como su inmortal criatura imaginaria. Y además está la sospecha de algunos tratadistas cervantinos de que don Miguel disimuló y alteró a propósito muchos aconteceres de su vida y extendió los velos de misterio que rodearon su existencia.

Aún así, ahora los cervantinos estamos de enhorabuena.  El presidente de la Real Academia Española de la Lengua, Santiago Muñoz Machado, catedrático de Derecho de la  Complutense, académico de número de la RAE,  doctor Honoris causa en derecho y filología por Salamanca, con más de 50 libros publicados, premio nacional  de ensayo  2013 y de historia en 2018, se las ha apañado para brindarnos un nuevo libro sobre Cervantes. Un tomo con 120 páginas de notas, 220 de bibliografía, 60 de índices de nombres y 637 de texto. Con afán enciclopedista, nuestro autor ha indagado, como un Sherlock Holmes de las bibliotecas, en los libros de don Miguel, en los innumerables tomos sobre Cervantes y en los archivos, documentos, artículos y estudios en torno a su vida y obra. De esta suerte lo que tenemos ante los ojos y yo les recomiendo, es un ‘corpus magnus’ de datos, noticias, juicios, suposiciones, indagaciones y deducciones que conquistan al lector.

Prepárense para recibir alguna que otra sorpresa. Para empezar sepan que de los dos famosos retratos que hay en la magna Academia sobre Cervantes, uno en el salón de actos, aparecido a finales del XIX y saludado como el retrato más real de Cervantes, supuestamente firmado por Juan de Jáuregui, y otro firmado por Alonso de Busto, así como el autógrafo cervantino conservado en urna de cristal, son rematadamente falsos. El primero era la plasmación artística de las palabras del propio Cervantes describiendo su aspecto en el prólogo de las “Novelas Ejemplares” (“Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata que no ha veinte años fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña…”). Y es tan ajustado a estas palabras que siempre fue considerado auténtico.

Nuestro don Miguel, que se autocalificaba con humor socarrón de “regocijo de las musas”, lleva más de tres siglos teniendo en jaque a mentes bastante preclaras de la erudición y la literatura (y no sólo en España, que fue un país muy retrasado a la hora de valorar a uno de sus más grandes genios) en lo concerniente a su biografía y a la certeza o fantasía de los datos propios con los que Cervantes sembró sus obras.

Por ello, atreverse con otra obra sobre Cervantes, con ambición de dar cuenta de la mayoría de la bibliografía existente (además de confesar más de 15 lecturas completas del Quijote) ennoblece el arduo y complejo empeño de Muñoz Machado. Pero su originalidad estriba en la amplitud de temas y subtemas que nos ofrece, un rico anecdotario “interior” del cervantismo y los cervantistas de la Academia, hasta las correcciones a errores de cervantistas “de fuera”.

También son destacables  los detalles históricos que sorprenden al lector más avezado en cuestiones cervantinas. Yo mismo he cedido al embrujo cervantino: en mi biblioteca, amén de medio centenar de “Quijotes”, hay más de un centenar de ensayos sobre Cervantes y la redacción del Quijote, junto a análisis de todo tipo, psicológico, gramatical, geográfico, literario, artístico o histórico de los personajes. Pero ignoraba, por ejemplo, que Cervantes luchó en Lepanto en uno de los sitios de combate más peligrosos: sobre un esquife, fuera del navío, como avanzadilla de infantería. Allí recibió un arcabuzazo que le privó del uso de su mano izquierda.

Sí había leído algo sobre el oscuro episodio de la acusación por la muerte de un hombre, el caso Ezpeleta, que le hace desaparecer de Madrid o los cinco años de cautiverio en Argel durante los cuales tuvo una actuación heroica y desesperada hasta ser liberado por los padres mercedarios. ¿Cuánto hay de verdad y cuánto de leyenda autoreferenciada por el propio Cervantes?  Y qué decir de las dos ocasiones en que es encerrado en prisión durante su época de recaudador de impuestos para la Armada. Termina por ser liberado sin cargos y con sentencias de inocencia.

Sus peticiones de mecenazgo y ayuda son despreciadas o mal atendidas por los supuestos “grandes nobles” de la sórdida época en la que vive Cervantes (setiembre de 1547 a abril de 1616). A pesar del éxito del Quijote y de sus Novelas Ejemplares y de algunas obras de teatro, Cervantes no llega nunca a tener una posición desahogada y los problemas económicos y familiares le complican la vida. Y esto configura uno de los misterios humanos de ese portentoso creador literario: la visión bondadosa, generosa, noble que se desprende de muchos de los detalles de su vida. No hay mezquindad, ni deseos de revancha, ni amargura en Cervantes y su obra. Hay un humor triste, irónico aunque amable, socarrón a menudo y tan idealista como su gran personaje.

Tenía casi sesenta años cuando publica la primera edición de Don Quijote y levanta la envidia mezquina y malévola  de los literatos coetáneos, con Lope de Vega a la cabeza, que suelen difundir esa difundida pero injusta mala fama que acompañó a Cervantes en vida, corregida y aumentada por los deslices sociales de la parte femenina de la familia, su esposa Catalina de Palacios, una hija adúltera que aporta a la familia, sus hermanas costureras y amancebadas (las “Cervantas”) y una tía, ilustre en esos menesteres de enaguas y lechos..

Sugiere el autor de este estudio,  Muñoz Machado, que Cervantes no escribió El Quijote “para acabar con los libros de caballerías” como aseguran muchos comentaristas (y se ha enseñado en las escuelas en la época en la que aún se hablaba de Cervantes en ellas) sino como nostalgia de esos libros, que ya para la época de nuestro escritor estaban bastante desacreditados, con las excepciones del Amadís, don Belianís o el Tirant lo Blanc. Por tanto, como escribió Menéndez Pelayo: “Cervantes ha escrito el mejor y más perfecto libro de caballerías”.

Haré mención de algunos elementos bastante interesantes y poco citados en obras anteriores sobre la vida y obra de Cervantes: la presencia de la magia, la hechicería y la brujería en su obra y el cuidadoso tacto con el que el bueno de  don Miguel se refiere a la Iglesia, el Estado, los Jueces o la policía de su época (con los que ha tenido infortunados roces. Especialmente significativos son los capítulos dedicados al pensamiento religioso de Cervantes y al matrimonio y las relaciones de pareja en esa época (que la reforma del Concilio de Trento sobre el particular, hace más interesantes). Como buen catedrático de Derecho, además de académico, Muñoz Machado se recrea en aspectos jurídicos, en los que Cervantes era lego pero había sufrido en sus carnes las corrupciones de la justicia, por lo que en algunos menesteres sabía más que los leguleyos.

Américo Castro y Ortega aseguraban que Cervantes era un “gran disimulador” en materia de su propia biografía. Y no les faltaba razón. Por eso hizo falta más de un siglo para que autores ingleses y franceses escribieran sobre Cervantes, basándose en los “rastros” de su vida que don Miguel dejaba en su obra. Y dos siglos de su muerte para que fueran autores españoles los que bucearon en busca de datos (Vicente de los Rios en 1780 y Joaquin Navarrete en 1819). En fin, un libro para leer poco a poco y disfrutándolo.

FICHA: CERVANTES.-Santiago Muñoz Machado. Ed. Crítica

Compartir este post
Repost0
8 junio 2022 3 08 /06 /junio /2022 12:19

El fascinante mundo privado de una amistad entre dos genios más o menos parejos, en realidad dos de las plumas en lengua alemana más leídas en el mundo, Hermann Hesse y Stefan Zweig, es un enorme placer no sólo para los amantes de los ensayos y novelas de ambos, sino para cualquiera que quiera entrar en la convulsa época en la que ambos vivieron, dos guerras mundiales, la persecución y el exilio y, en el caso del austriaco un suicidio inducido por la desesperanza y el miedo a los nazis. 

Es Hesse el que "rompe el hielo" y manda a Zweig un libro de poemas que acaba de publicar -costeándose con apuros la edición- y pidiéndole a cambio un ejemplar del "Verlaine" de Zweig, que ya es un escritor consagrado. Pero es la amable, cortés y extensa respuesta de Zweig la que realmente impulsa un epistolario que se extenderá por un periodo de 35 años. Hesse no era muy amigo del trato con escritores  y de formar parte de esa  " Liga secreta de los melancólicos" que según Zweig debería instituirse para los poetas y escritores en lengua alemana. Pero  el peculiar poeta y novelista alemán comprende de forma prematura que se encuentra frente a un "hermano" austriaco que, como él, será uno de los baluartes literarios de la razón, el bien y la solidaridad en los tiempos más sombríos que había conocido la humanidad.

Este precioso libro editado por Acantilado es un semillero de sugerencias y datos de los dos escritores que permiten lanzar una mirada furtiva a las maneras de pensar y de ser de las dos enormes figuras de la literatura del siglo XX.  Hesse era cuatro años mayor que Zweig y le sobrevivió 20 años. No solo se nos ofrecen ciertas claves que nos ayudan a comprender mejor a estos autores y sus obras sino  que, a través de las cartas,  nos regalan los testimonios de una época convulsa y la maduración intelectual de ambos a tenor de los acontecimientos. La relación epistolar empieza en 1906 y durará prácticamente hasta el suicidio de Zweig en Brasil en 1942.

Zweig, perteneciente a la burguesía austriaca, cultivado, viajero por medio mundo se considera a sí mismo y a Hesse  "afines del alma", aunque éste apenas tiene estudios, es poco sociable, vive solitario en plena naturaleza, junto a un pueblo de menos de 300 habitantes y no le gusta viajar. Quizá debido a ese fuerte contraste su relación es casi totalmente epistolar  y sólo se verán en dos ocasiones. Pero ambos mantienen una postura racional y pacifista en una época en la que eso era considerado poco menos que una traición.

La conexión existencial e intelectual entre ambos escritores se refleja fuertemente en las cartas que leemos. Es reconfortante comprobar el temprano fervor europeísta de ambos y su decidida defensa de una comunión entre la estética y la ética. "Nulle estética sine ética", una vez "se alcanza cierta altura moral".

En la última carta de Hesse resulta impresionante y profética  su frase "En ocasiones la amargura nos impregna como el agua a la esponja". Pues sería esa impregnación de amargura y temor la que empujaría a Zweig a morir junto a su esposa, ingiriendo Veronal, ante la desaparición del mundo que él amaba y el caos que extendían los nazis por Europa. Hesse había entendido sin duda, la extrema decisión de su amigo, ya que el suicidio como vía de escape a situaciones no aceptables, había sido intentado en dos ocasiones por el novelista alemán.

Como escribe el compilador, "en épocas de extravío, en periodos de desorientación, nada es más urgente como las enseñanzas que estos dos autores han extraído de las catástrofes del siglo XX". Mientras leía el libro, me sorprendía la calidad anticipatoria de muchos de los comentarios que Zweig y  Hesse compartían en sus interesantes misivas. En esta época nuestra que parece querer superar los horrores del siglo XX, esta es una lectura evocadora y sugestiva. No se la pierdan.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

CORRESPONDENCIA, HERMANN HESSE Y STEFAN ZWEIG.-Ed. Volker Michels. Trad. José Anibal Campos. Ed. Acantilado.-227 págs.

 

 




 

Compartir este post
Repost0
6 febrero 2022 7 06 /02 /febrero /2022 10:09

Julian Barnes es uno de los autores británicos de la brillante generación de la segunda mitad del siglo XX que junto a Amis, Le Carré, Mc Ewan, Graham Switz y algunos otros, han invadido nuestra bibliotecas y nuestra pasión de lectores. Le descubrí con "El loro de Flaubert", una cáustica e irreverente fórmula de ensayo literario crítico, con la ironía de Sterne y la mala uva de Swift (Jonathan), después vendrían, entre otras, "El sentido de un final"  divertido y patético análisis del miedo a morir y la soberbia "Arthur & George" sobre un episodio real en la vida de sir Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes.

En este libro que nos ocupa, Barnes se supera a sí mismo y entabla una suerte de relato personal de búsqueda de la urdimbre histórica en torno a una figura real del siglo XIX, el doctor Pozzi, amigo y médico de las grandes celebridades sociales, artisticas, literarias y científicas y un ilustre desconocido en nuestros tiempos, excepto por una razón, haber sido pintado por John Singer Sargent, uno de los grandes retratistas de la época, en una obra llamada "El hombre de la bata roja".

Hemos de llegar a las dos terceras partes del libro (página 189), para que Barnes nos cuente el por qué de su elección de protagonista: "Mi primer encuentro con el doctor Pozzi, ocurrió por medio de la formidable imagen de Sargent. La etiqueta del cuadro me informó de que era ginecólogo. No me había topado con él en las lecturas sobre el XIX francés. Después leí en una revista de arte que no sólo fue el padre de la ginecología francesa sino también un 'incorregible adicto al sexo que habitualmente intentaba seducir a sus pacientes femeninas'. Barnes no acepta ese juicio y comienza a investigar al doctor Pozi del cual "no existe ni una sola queja formulada por ninguna mujer contra él. Ni una reclamación judicial, ni un escándalo" Barnes hace un asombroso escrutinio de diarios de la época y libros de gente famosa dada al chismorreo (el "Journal" de Edmond de Goncourt, el célebre editor, por ejemplo, sólo habla de débiles pruebas de posibles devaneos. Y, se pregunta: "¿con que autoridad lo juzgamos?".  Y a partir de ese punto el libro es un apasionado viaje por los amigos de Pozi, los hallazgos médicos y práctica profesional de calidad más que superior, su amor a las mujeres y su vida familiar, su proverbial discreción ( la actriz Sarah Bernhardt, amante suya durante medio siglo, ni lo menciona en sus memorias). Como escribe Barnes: "las biografías son un conjunto de agujeros atados con una cuerda y en ninguna parte eso es más evidente que en la vida sexual y amorosa".

Barnes es un maestro consumado en este tipo de trabajos imbricados en la historia, en personajes reales. Logra hacernos atractivo el largo rodeo, las investigaciones y los hallazgos en torno a la época y las celebridades que rodearon al médico francés, jefe y compañero del padre de Proust. Ya desde el mismo comienzo del libro: "Un príncipe, un conde y un plebeyo, franceses los tres, llegaron a Londres en 1885 a la busca de "adquisiciones intelectuales y decorativas". Los dos aristócratas eran homosexuales o, como se decía entonces, "de tendencias helénicas". El plebeyo, doctor y reconocido coleccionista de amantes femeninas. Y portaban una carta de recomendación de uno de los mayores pintores de su tiempo, John Singer Sargent, que les permitió ser recibidos nada menos que por el escritor Henry James que ejerció de cicerone por la megalópolis inglesa. ¿Sus nombres? El príncipe Edmond de Polignac, el conde Robert de Montesquieu (bien conocido por los lectores de Proust) y el doctor de apellido italiano Samuel Jean Pozzi. El hombre de la bata roja."

Con Barnes vivimos una época en la que se desarrolla el juicio al militar francés judío Dreyffus, el "caso" que dividiría al país, la condena a Oscar Wilde, el comienzo de la publicación de la saga de Proust y comienza a perfilarse el escenario que daría lugar a la Gran Guerra, el horror de la I Guerra Mundial, mientras se vive la "decadente, vertiginosa, violenta, narcisista y neurótica". Belle Épocque",  En resumen, un libro muy recomendable, no sólo para admiradores de Barnes, sino para los interesados en conocer una época extinta e irrepetible, y una persona, de gran talento y valía, ignorada por la posteridad, el doctor Pozzi, al que  nuestro escritor considera "una especie de héroe", argumentando su opinión de forma convincente.

FICHA: EL HOMBRE DE LA BATA ROJA.- Julian Barnes. Trad. Jaime Zulaika. Ed. Anagrama.302 págs.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Compartir este post
Repost0
29 diciembre 2021 3 29 /12 /diciembre /2021 18:16

 

He leído el libro del abogado Francisco Uría con verdadero placer. Y con una sensación de doble "dejà vu": primero, por el tema Zweig,  que conozco con bastante profundidad ya que he leído mucho a este escritor, y he escrito numerosos artículos sobre su maestría narrativa, la época que vivió y sus muy dañados compañeros de generación, entre escritores, poetas y filósofos. Y segundo, porque creo haberme cruzado en alguna ocasión con Uría, ya  sea en mi época de estudiante de Derecho o posteriormente en la de periodista. En todo caso eso es lo de menos.

Esta es la obra de un escritor novel pero tiene hechuras y modos de un buen narrador. Su aprovechamiento de la anécdota, trivial si se quiere, para hilvanar una historia que tiene un engarce pequeño histórico y se desarrolla con gran habilidad y modesto pero eficaz  dominio del "tempo" narrativo, logra atraer y mantener al lector con pequeños detalles que muestran un conocimiento del personaje histórico bastante nutrido y una muy creíble capacidad de que el lector disfrute de algo verosímil que la literatura hace real.

A la luz del relato de Uría, asistimos a un recorrido por nuestro pasado lamentable de la guerra civil, la vida en una pequeña ciudad portuaria, Vigo, donde empieza el sopor de decenios franquistas, pero se produce un encuentro donde se reinterpreta la iniquidad de la guerra y se aplica la comprensión en clave del amor a los libros.Pero, al tiempo, se advierte la angustia del librero y el ilustre visitante inesperado y casual, Zweig, que paseaba por Vigo en una escala no prevista del barco que le lleva a Estados Unidos.Es la ruina de una cultura, de una manera de existir y pensar, la que se desprende del diálogo ficticio con este personaje real que nos describe su angustia tal y como lo hace en sus libros, principalmente en sus Diarios y en el magistral "El mundo de ayer". 

Durante unas horas la pequeña librería se convierte en un precario refugio ante la oscura noche que nos llegaba a los de este país y la que se expandía por el mundo de las manos de líderes políticos, auténticos enfermos mentales, Hitler, Stalin, Mussolini...y otros. El amor a las letras es lo que une a ese humilde librero cojo gallego y a un escritor célebre en todo el mundo que ha visto como quemaban sus libros y le prohibían escribir en su lengua, el alemán, infundiéndole tal terror y decepción que acabarían con su resistencia poco después empujándole al suicidio, como a  Walter Benjamin, Simone Weil, Primo Levi y tantos otros que murieron en el exilio y el abandono...

Después vendría la resaca de ese siglo XX siniestro en la que la historia familiar y hogareña que nos cuenta Uría, al margen del tema principal, el diálogo entre el librero y Zweig, cobra su auténtica dimensión humana, el rescate moral que la literatura brinda a la memoria de las personas,a pesar de los horrores que una historia enloquecida les hace vivir. La narración, una vez más, deviene código ético para los que la leen y les nutre la memoria y la sensibilidad para abrir las puertas y ventanas del alma cohibida y triste y regresar a los valores eternos: la solidaridad, la libertad, la belleza, la solidaridad, el entendimiento y el dialogo entre todo tipo de personas, sin fronteras, sin razas, sin diferencias.

En estos tiempos que vivimos y ante la postcultura de la ausencia de valores y el exceso de consumo, el utilitarismo, el poder del Magog del dinero y los mercachifles que ponen precio a todo y le quitan el valor a la vida, la lectura de libros como éste nos reconcilian con aquello que nos enriquecía y que no debemos consentir perder: la dimensión humana y ética de la existencia.

FICHA

LA PEQUEÑA LIBRERÍA DE STEFAN ZWEIG.-Francisco Uría.- Ed. Berenice.- 142 págs.

Compartir este post
Repost0
18 noviembre 2021 4 18 /11 /noviembre /2021 19:38

ZWEIG, BENJAMÍN Y EL“ANGELUS NOVUS”

Publicado el 161121 en “Heraldo de Aragón”

“Para los hombres de hoy, que hace tiempo excluimos del vocabulario la palabra ‘seguridad’, como un fantasma, nos resulta fácil reírnos de la ilusión optimista de aquella generación (finales del XIX), cegada por el idealismo, para la cual el progreso técnico debía ir seguido necesariamente de un progreso moral igual de veloz”. Es la voz nostálgica y dolorida de un gran escritor, Stefan Zweig, en su obra póstuma, la bellísima “El mundo de ayer. Memorias de un europeo”. El intelectual austríaco de origen judío se suicidaría –en su exilio en Brasil- antes de ver publicada esta obra, con 61 años, desquiciado por los avances de los nazis al comienzo de la II Guerra Mundial que le hicieron presagiar un mundo fanatizado y brutal, dominado por los fascismos más crueles y un progreso técnico que cambia la vida pero no la mejora en lo más esencial: la solidaridad y la igualdad entre los hombres.

Por esos paralelismos “casuales”  de los que la historia está llena (Jung los llamaba “sincronicidades”, dándoles un valor causal debido a un orden no lógico o racional) dos años antes de ese suicidio, el 26 de setiembre de 1940, en la localidad española de Port Bou se suicidaba un filósofo y sociólogo de lengua alemana, también judío, Walter Benjamín, a los 48 años. El miedo a ser deportado por la policía española y entregado a la Gestapo provocó esa decisión fatal. Y precipitada, pues unos días más tarde hubiera podido cruzar España y embarcarse en Lisboa hacia Estados Unidos.

Un año y medio antes, en febrero de 1939, a pocos kilómetros de Portbou, en Colliure, había muerto Antonio Machado. Benjamín dejó un nota que podría haber servido para Machado: “En una situación sin salida, no tengo otra elección que la de terminar. Es en un pequeño pueblo situado en los Pirineos, en el que nadie me conoce, donde mi vida va a acabarse… No dispongo de tiempo suficiente para escribir todas las cartas que habría deseado escribir”. Era un tiempo en que la inteligencia y sensibilidad eran barridas de la faz de la tierra, por el simple hecho de ser judío o de no ser fascista.

El “Ángelus Novus”, ese grabado de Paul Klee que acompañó muchos años a Benjamín, volvía a convertirse en símbolo trágico de un proceso y curso de la historia que aterrorizaba incluso a los ángeles. En el grabado, el ángel, con los ojos y la boca abiertos de puro horror, se siente arrastrado hacia el futuro con las alas inútiles desplegadas, pero su mirada se dirige al pasado “allí donde nosotros vemos un encadenamiento de hechos, él ve una única catástrofe que acumula incesantemente una ruina tras otra, arrojándolas a sus pies”. El curso de la historia, dice Benjamin, no está dirigido al progreso de la técnica y el bienestar humanos, sino que es “una tempestad” que se ha enredado en las alas del ángel y lo empuja hacia el futuro. Una tempestad, que viene del pasado, se enquista en el presente y reinará en el futuro. “Esa tempestad es lo que nosotros llamamos progreso”, escribe Benjamin, como un eco trágico de las reflexiones y los temores de Zweig.

La parábola del “Ángelus Novus” –el grabado de Klee ahora se encuentra en Jerusalén, en el Museo del Holocausto- pertenece a las fragmentarias reflexiones de Benjamin, en su “Tesis sobre el concepto de historia”. En estos fragmentos profundos y sugestivos Benjamín hace una observación que Zweig repite a menudo con otras palabras en su libro póstumo: “Nada hay menos filosófico que el asombro porque las cosas que estamos viviendo sean ‘todavía’ posibles en el siglo XX “.   Imagínense en el actual. Por lo tanto debemos aceptar el diagnóstico de Benjamín: la concepción de la historia que tenemos no se sostiene. ¿Por qué?  Tal vez porque hemos confundido el deseo de lo que tendría que ser el progreso en nuestro tiempo con la praxis del proceso histórico que incluye la barbarie como sistema económico y como comportamiento humano. Ya que “jamás se da un avance de cultura –como tecnología-sin que lo sea también de barbarie” ya que ésta contagia el proceso de transmisión.

Como apostillaba Zweig, “Tenemos que dar la razón a Freud cuando afirmaba ver en nuestra cultura y en nuestra civilización tan solo una capa muy fina que en cualquier momento podía ser perforada por las fuerzas destructoras de la barbarie. Es preciso acostumbrarse a vivir sin suelo firme bajo nuestros pies, sin derechos, sin libertad, sin seguridad”. Y es que “la tradición de los oprimidos nos enseña que el estado de excepción en que vivimos es la regla y hay que llegar a un concepto de historia que le corresponda” (Benjamín).

El ángel de Klee es la metáfora del momento actual que vivimos, con una crisis sistémica que subsume varias crisis. Una especie de “tormenta perfecta” planetaria. El ángel toma voz en el poema de Gerhard Scholem: “Tengo prontas las alas para alzarme/con gusto volvería hacia atrás/porque, si sigo siendo tiempo vivo,/  la desgracia me atrapará”.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

Compartir este post
Repost0
17 noviembre 2021 3 17 /11 /noviembre /2021 19:38

ZWEIG, BENJAMÍN Y EL“ANGELUS NOVUS”

Publicado el 161121 en “Heraldo de Aragón”

“Para los hombres de hoy, que hace tiempo excluimos del vocabulario la palabra ‘seguridad’, como un fantasma, nos resulta fácil reírnos de la ilusión optimista de aquella generación (finales del XIX), cegada por el idealismo, para la cual el progreso técnico debía ir seguido necesariamente de un progreso moral igual de veloz”. Es la voz nostálgica y dolorida de un gran escritor, Stefan Zweig, en su obra póstuma, la bellísima “El mundo de ayer. Memorias de un europeo”. El intelectual austríaco de origen judío se suicidaría –en su exilio en Brasil- antes de ver publicada esta obra, con 61 años, desquiciado por los avances de los nazis al comienzo de la II Guerra Mundial que le hicieron presagiar un mundo fanatizado y brutal, dominado por los fascismos más crueles y un progreso técnico que cambia la vida pero no la mejora en lo más esencial: la solidaridad y la igualdad entre los hombres.

Por esos paralelismos “casuales”  de los que la historia está llena (Jung los llamaba “sincronicidades”, dándoles un valor causal debido a un orden no lógico o racional) dos años antes de ese suicidio, el 26 de setiembre de 1940, en la localidad española de Port Bou se suicidaba un filósofo y sociólogo de lengua alemana, también judío, Walter Benjamín, a los 48 años. El miedo a ser deportado por la policía española y entregado a la Gestapo provocó esa decisión fatal. Y precipitada, pues unos días más tarde hubiera podido cruzar España y embarcarse en Lisboa hacia Estados Unidos.

Un año y medio antes, en febrero de 1939, a pocos kilómetros de Portbou, en Colliure, había muerto Antonio Machado. Benjamín dejó un nota que podría haber servido para Machado: “En una situación sin salida, no tengo otra elección que la de terminar. Es en un pequeño pueblo situado en los Pirineos, en el que nadie me conoce, donde mi vida va a acabarse… No dispongo de tiempo suficiente para escribir todas las cartas que habría deseado escribir”. Era un tiempo en que la inteligencia y sensibilidad eran barridas de la faz de la tierra, por el simple hecho de ser judío o de no ser fascista.

El “Ángelus Novus”, ese grabado de Paul Klee que acompañó muchos años a Benjamín, volvía a convertirse en símbolo trágico de un proceso y curso de la historia que aterrorizaba incluso a los ángeles. En el grabado, el ángel, con los ojos y la boca abiertos de puro horror, se siente arrastrado hacia el futuro con las alas inútiles desplegadas, pero su mirada se dirige al pasado “allí donde nosotros vemos un encadenamiento de hechos, él ve una única catástrofe que acumula incesantemente una ruina tras otra, arrojándolas a sus pies”. El curso de la historia, dice Benjamin, no está dirigido al progreso de la técnica y el bienestar humanos, sino que es “una tempestad” que se ha enredado en las alas del ángel y lo empuja hacia el futuro. Una tempestad, que viene del pasado, se enquista en el presente y reinará en el futuro. “Esa tempestad es lo que nosotros llamamos progreso”, escribe Benjamin, como un eco trágico de las reflexiones y los temores de Zweig.

La parábola del “Ángelus Novus” –el grabado de Klee ahora se encuentra en Jerusalén, en el Museo del Holocausto- pertenece a las fragmentarias reflexiones de Benjamin, en su “Tesis sobre el concepto de historia”. En estos fragmentos profundos y sugestivos Benjamín hace una observación que Zweig repite a menudo con otras palabras en su libro póstumo: “Nada hay menos filosófico que el asombro porque las cosas que estamos viviendo sean ‘todavía’ posibles en el siglo XX “.   Imagínense en el actual. Por lo tanto debemos aceptar el diagnóstico de Benjamín: la concepción de la historia que tenemos no se sostiene. ¿Por qué?  Tal vez porque hemos confundido el deseo de lo que tendría que ser el progreso en nuestro tiempo con la praxis del proceso histórico que incluye la barbarie como sistema económico y como comportamiento humano. Ya que “jamás se da un avance de cultura –como tecnología-sin que lo sea también de barbarie” ya que ésta contagia el proceso de transmisión.

Como apostillaba Zweig, “Tenemos que dar la razón a Freud cuando afirmaba ver en nuestra cultura y en nuestra civilización tan solo una capa muy fina que en cualquier momento podía ser perforada por las fuerzas destructoras de la barbarie. Es preciso acostumbrarse a vivir sin suelo firme bajo nuestros pies, sin derechos, sin libertad, sin seguridad”. Y es que “la tradición de los oprimidos nos enseña que el estado de excepción en que vivimos es la regla y hay que llegar a un concepto de historia que le corresponda” (Benjamín).

El ángel de Klee es la metáfora del momento actual que vivimos, con una crisis sistémica que subsume varias crisis. Una especie de “tormenta perfecta” planetaria. El ángel toma voz en el poema de Gerhard Scholem: “Tengo prontas las alas para alzarme/con gusto volvería hacia atrás/porque, si sigo siendo tiempo vivo,/  la desgracia me atrapará”.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

Compartir este post
Repost0

Présentation

  • : El blog de diariodemimochila.over-blog.es
  • : Ventana abierta al mundo de la cultura en general, de los libros en particular, mas un poco de filosofía, otra pizca de psicología y psicoanálisis, unas notas de cine o teatro y, para desengrasar, rutas senderistas y subidas montañeras.
  • Contacto

Recherche

Liens