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14 febrero 2013 4 14 /02 /febrero /2013 08:17

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 Raramente una primera novela da muestras de tanto talento literario. Uno va captando, mal que le pese, fallos de ritmo, personajes deslabazados, situaciones mal resueltas, descripciones fallidas, acciones con escaso nervio, diálogos demasiado ampulosos, literarios o, en el otro extremo, simples, reiterativos, obvios. La mayoría de las veces una ambición literaria que no se corresponde con el talento que se muestra. Pues bien, en el caso de Carles Terès me satisface decir que nada o muy poco de lo apuntado es captado por quien este suscribe, aceptando de entrada que al ser una novela escrita en catalán --y a pesar de mi familiaridad con esa lengua-- posiblemente se me hallan pasado por alto defectos gramaticales o de estilo que un catalán bien informado detectaría de inmediato.

Pero a mi falible entender de veterano crítico literario, cualquier aficionado a la lectura puede disfrutar largamente de esta novela primeriza --aunque el autor sea un veterano en edad-- de 252 páginas que me fue encarecidamente recomendada por el librero Serret. Hay garra de escritor en Terès, un diseñador gráfico de vocación literaria que compagina su oficio artístico con colaboraciones periodísticas (creo que este periódico ya conoce su firma) y relatos.

Quizá uno, que es gato viejo en estos menesteres de libros, editoriales y lectores, hubiera trabajado más el título. "Licantropía" es innecesariamente nominal y obvio, intenta ser llamativo pero resulta poco adecuado para la calidad novelística que contiene. De hecho un título así ya descarta de forma natural a un tipo de lector que es el naturalmente buscado por el estilo del autor y su enjundia narrativa. La novela fue premiada con el Guillem Nicolau, convocado por el Gobierno de Aragón y publicada por Edicions 1984.

La historia obviamente trata de hombres lobo, de una maldición que se desarrolla a través de los siglos y que acontece en las tierras de la franja. La ambientación de estos lugares y pueblos que nos rodean, es excelente y evocadora. Así como el cuidado en el lenguaje, en los personajes y en los diálogos que van desde el mundo rural a personas cultas y cultivadas de nuestra época que eligen vivir en esta zona privilegiada.

Terés cuida los nombres ficticios dentro del paisaje real. Y así nos habla de Pobla de LLobosa, en el año 1759, de la mano de un sacerdote cuya labor misionera es llevar la fe y la obediencia de la Iglesia a personas aisladas por estos montes y campos. El mossén es alojado en el mas dels Torrent, el más rico propietario de la zona, y allí vive una angustiosa experiencia relacionada con misterios terroríficos de la familia, en los que el lobo tiene  una esencial categoría existencial.

Sin abandonar el tono de leyenda de terror, Terès tiene la habilidad de colocar ese misterio en un ambiente contemporáneo limitándose a narrar experiencias y palabras de los personajes que van, gradualmente, creando una atmósfera y un escenario donde esa licantropía va insinuándose una y otra vez, tamizada por el velo de lo posible, aunque improbable. Un juego lógico y narrativo con el que el autor envuelve al lector con maestría sorprendente en un escritor novel.

El protagonista de nuestro tiempo, un fotógrafo joven, Lorenzo, casado con una muchacha de la zona (médica), Laura, va introduciéndonos en el misterio central de la novela (ya anunciado por el primer capítulo) al mismo tiempo que él lo hace a través de la familia de su esposa y del libro manuscrito del misionero. El amor a esta tierra, los paisajes, la libertad que se respira en montañas y campos del Alto Matarraña, muestran una luz distinta, siniestra y legendaria a través de la sensibilidad del protagonista, que no quiere creer en las terroríficas leyendas que parecen estar tan relacionadas con su familia y su persona, para asombro y horror de un hombre cultivado del siglo XXI. Para ello juega con los elementos básicos de las novelas góticas, el miedo como clave maestra y la violencia como su  manifestación.

Los giros dialectales del catalán de la Franja y del Matarraña creo que son empleados por el autor con bastante oficio (aunque ese es un extremo que, como dije antes, me resulta difícil seguir) pero en todo caso la adecuación del lenguaje al mensaje literario que persigue Terès me ha resultado bastante evidente. Y eso no sólo es un acierto, es un sello de distinción.

Como lo es también el hábil alejamiento del autor de cuestiones morales o de planteamientos éticos sobre la acción, mostrando una curiosa y atractiva ambivalencia en  la que, junto al horror de lo extraordinario, se destaca un gusto brillante por las sensaciones de poder físico, libertad y esplendor animal evocados en la acción.

Lector confeso de Lovecraft, Terés enseña sus cartas ocultas, haciendo que su protagonista, Llorens, también tuviera al autor de los Mitos de Cthulhu como referencia, para reconocer (pag. 80): "A la vora d'aquest horror còsmic, el personatges tradicionals de las històrias de por (Drácula, Frankenstein, l'Home Llop) li semblaven puerils protagonistes dels contes a la vora del foc". Y es justamente lo que busca Terès con su novela, no relatar un cuento de miedo tradicional y pueril, sino ofrecernos, con un guiño, una historia en la que el terror sea "cósmico", ponga en cuestión la "normalidad" de lo cotidiano en pleno siglo XXI, en una zona idílica que de pronto muestra ese terror incardinado en la belleza y la soledad y que no se resuelve con un susto o un grito, sino que trata de asentarse en lo más profundo de la psique. Que lo haya conseguido o no, es cosa de opiniones y de lectores. Pero que lo haya intentado y con tal calidad, es cosa de un escritor al que habrá que seguir con atención.

 

FICHA

"Licantropía".- Carles Terés.- Ediciones de 1984.252 págs..

 

 

 

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9 febrero 2013 6 09 /02 /febrero /2013 10:34

Narra el lama Anagarika Govinda en su libro "El camino de las nubes blancas: un peregrino budista en el Tibet (Ed.Eyras)" su encuentro con un "lung-gom-pa", un hombre que es capaz de caminar en trance meditativo y lo hace a paso vivo "con levedad aérea", logra no diferenciarse  de su propio paso, haciéndose uno con su caminar. No mira en torno suyo, va rápido, absolutamente seguro, equilibrado de una forma esencial, respirando controladamente, ajustando su respirar a la cadencia de sus pasos, concentrados de forma total en el camino, las piedras, los obstáculos, en sintonía todo el cuerpo con el movimiento y éste con el camino en sí. Es una disciplina tántrica que ejercitan algunos monjes del Tibet y está basada en el control pranayámico de la respiración.

Pues bien, ayer caminaba por el collado de la roca de las Almenas, una especie de gigantesco castillo de roca blanca que se recorta contra el cielo como un relieve almenado, entre los valles del Ulldemó y del Matarraña, los dos ríos que nacen en los Puertos y desembocan en la planicie del Bajo Aragón para unirse mucho más abajo a la corriente del Ebro. Habían anunciado vientos de fuerza 7 en la zona y el cierzo parecía concentrarse contra el collado. Yo venía de Beceite y buscaba el sendero que va al otro valle y desemboca en La Pataquera, en el Ulldemó. Comprendí que debía dar media vuelta y regresar. El cielo se había cubierto en segundos y unas nubes grises de vientre negruzco cruzaban a toda velocidad. El frío, aumentado por el viento, escocía sobre los ojos y la cara. Me tapé orejas y nariz con el pañuelo de cuello y calé la gorra de lana hasta los ojos. Había estado pensando, mientras ascendía al collado (unas dos horas desde el Parrisal, donde había dejado el coche) y reflexionaba sobre los "lung-gom-pa". Pensé que para bajar en esas condiciones climáticas podía intentar aplicar el principio meditativo del zen en movimiento, el "kinin", del que se alguna cosa y tengo cierta experiencia. Algo muy alejado por supuesto de la perfección técnica y el esfuerzo meditativo del tantra tibetano. Y además el "kinin" está pensado para un caminar lento en el dojo. Yo trataba de aplicarlo al más rápido y más complejo y exigente caminar por la montaña. Fue una bajada activa --ni lenta, ni rápida, me olvidé del tiempo y me atuve radicalmente al paso a paso consciente y concentrado-- de una hora y media, con dos lugares delicados, uno por una cornisa junto a un precipicio y otro por una tartera de piedras pequeñas y resbaladizas en un grado de inclinación bastante acusado. Me olvidé del disfrute del paisaje, de los árboles y de las rocas decoradas con el verde brillante de los hongos y la hiedra, del panorama de los picos y las agujas...sólo existía el caminar. Lento en ocasiones, más rápido en otras, con la vista prendida de mis pies y del terreno que pisaba y el que me esperaba a continuación, en un radio escaso de medio metro. Concentración profunda, respiración tranquila, pasos seguros, con el cerebro funcionando plenamente de una forma rapidísima, conectado a la imagen que tenía delante, a la sensación física del cuerpo desplazándose, en un equilibrio magnífico e impremeditado, casi en estado de automatismo con un ligero control de la mente sobre el movimiento, pero de una parte de mi mente que no parecía depender de mi voluntad o de mis deseos o de mis temores. Bajaba en una especie de trance que no se disipó hasta llegar a la explanada del barranco donde había dejado el coche. Supongo que nada parecido al arte del "lung-gom-pa", algo mucho más modesto, pero me sentía feliz. Ha sido una experiencia enriquecedora. Caían las primeras gotas.

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8 febrero 2013 5 08 /02 /febrero /2013 08:16

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    Esa bendita suerte del "filobiblos", el amigo de los libros, que tantas delicias lectoras me ha ido deparando a lo largo de mi vida, ha vuelto a brindarme uno   de sus relámpagos intuitivos: el encuentro con "Elogio del caminar" de David Le Breton. Dos días más tarde sorprendo en la librería de Serret en Valderrobres el "Caminar",  pequeño volúmen del poeta y ensayista Thoreau, que edita el sello Árdora en su colección Expres. Una semana después  "aflora" en mi biblioteca (término con el que designo esos instantes imprevisibles y mágicos en los que , de entre un montón informe de títulos o es condido tras otros en un anaquel atestado o caído casualmente al mover varios libros, aparece un título inesperado que no sabíamos que teníamos) "El arte de caminar", dos ensayos breves en un solo librito, uno debido a la pluma de William Hazlitt y otro a la del admirado y admirable Robert Louis Stevenson, editado en formato muy pequeño por la Universidad Nacional Autónoma de México en la colección "Pequeños Grandes ensayos". Tres libros, tres, sobre una de mis aficiones más sólidas, el senderismo y justo cuando preparo un libro sobre caminatas por el Matarraña. ¿Casualidad?¿Coincidencia? ¿Sincronicidad?

No es necesario ser escritor para comprobar que cuando uno se lanza a los caminos, el simple ejercicio de andar se convierte en una experiencia que, si uno está atento a sí mismo, provoca emociones, reflexiones, sensaciones, todas espoleadas por el paisaje, el silencio, la luz y el color, el sano ejercicio físico, el cansancio o el asombro y la belleza que la Naturaleza nos regala a manos llenas. La fascinacion que provocan los libros de viajeros, montañeros y caminantes, no es otra que la posibilidad de revivir en uno mismo las emociones que a aquellas personas les causó su viajar.

El libro de Le Breton, editado por la sensacional Siruela (es raro no dar con algo interesante cada vez que uno mira el catálogo de esa editorial) es un tratado filosófico, literario y poético del arte de andar por los caminos. No nos propone rutas, simplemente nos hace vivir un sendero fascinante de la mano de viajeros ilustres, filósofos peripatéticos y poetas iluminados por ese "caminar sin fin para no llegar a ninguna parte, para olvidar simplemente el paso del tiempo".

Desde el poeta japonés Basho, tan implicado en el zen, hasta Stevenson, Baudelaire, Walter Benjamin, el gran explorador Richard Burton o nuestro Cabeza de Vaca, el célebre Bruce Chatwin, paradigma del viajero moderno o el ínclito Camilo José Cela, cuyo "Viaje a la Alcarria", seguí paso por paso caminando por los mismos lugares cuando cumplí los 18 años, Régis Debray, el director visionario de cine Werner Herzog, Patrick Leigh Fermor que recorrió toda Europa andando desde Holanda a Constantinopla, o terminar citando al mismisimo Rousseau y a Nietzche o a Walt Whitman y Thoreau.

El camino como reto personal, "el caminar es a menudo un rodeo para reencontrarse con uno mismo" y como ejercicio mental y sensitivo "una forma activa de meditación que requiere una sensorialidad plena" (pag.15) son dos de los muchos aspectos que  Le Breton, profesor y antropólogo y, evidentemente, del gremio de los caminantes, refleja en un enriquecedor  texto que más que leer, degustamos.

En el librito "Caminar" de Henry D. Thoreau, --lectura obligada para cuantos aman la naturaleza: su "Walden o la vida en los bosques" iluminó al mundo--, leemos: "Creo que no podría mantener la salud y el ánimo sin dedicar al menos cuatro horas diarias, y habitualmente más, a deambular por bosques, colinas y praderas, linbre por completo de toda atadura mundana". En cuanto al autor de "La isla del tesoro" , Robert Louis Stevenson, sugiere que caminemos siempre que podamos en soledad ya que solo asi se puede "estar abierto a todas las impresiones y permitir que nuestros pensamientos adopten el color de lo que vemos; se debe ser como una flauta para cualquier viento". ¿Han leido ustedes antes una descripción tan bella del talante que un buen caminante debe adoptar cuando pasea por bosques y montañas?

Cuando uno se aficiona al placer de caminar comprende la frase de Stevenson, "Parece como si una caminata a paso vivo nos purgara, mas que  ninguna otra cosa, de toda mezquindad y orgullo". Thoreau propone una Orden de los Caminantes Andantes y una filosofía un poco radical: "Si te sientes dispuesto a abandonar padre y madre, esposa, hijo y amigos ...si has pagado tus deudas, hecho testamento, puesto en orden todos tus asuntos y eres un hombre libre; si es así, estás listo para una caminata". Tampoco hay que tomárselo así, pero bueno, da una idea de la pasión que puede envolver al andariego una vez que le encuentra el encanto a ese ejercicio que deviene, casi, una forma de vida. Que un filósofo como Rousseau escribiera "Nunca he pensado tanto, existido y vivido, ni he sido tan yo mismo, si se me permite la frase, como en los viajes que he hecho a pie". O como afirma Le Breton en su magnífico libro, "El sendero, el camino, son una memoria grabada en la tierra, el trazo en las nervaduras del suelo de los incontables caminantes que por alli han pasado a lo largo de los años, en una especie de solidaridad intergeneracional inscrita en el paisaje". Una forma bella de decir lo que todos o casi todos los montañeros hemos pensado al seguir un camino.

Háganse un favor, compren estos tres libros y salgan al campo con una mochila, buen calzado y ropa adecuada. Descubrirán un mundo fascinante.

 

FICHA:

ELOGIO DEL CAMINAR,.David Le Breton. Editorial Siruela.Traducción de Hugo Castignani.171 páginas.- CAMINAR.-H.D.Thoreau.-Ed. Ardora, 60 págs.- EL ARTE DE CAMINAR.-W. Hazlitt y R.L. Stevenson.-Ed-Univ.Auton. México. 54 págs.

 

 

 

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1 febrero 2013 5 01 /02 /febrero /2013 17:28

Sin duda no empecé el 2013 con buen pie. Una inoportuna e inesperada afección en las cervicales, seguramente a causa de ciertos excesos (como lo es, qué duda cabe, tratar de hacer un traslado de cajas de libros, enseres y algún mueble sin contar prácticamente con ninguna ayuda) que mi optimismo irredento  --otra manera de nombrar un cierto síndrome de Peter Pan-- no llegó a percibir como peligroso, me confinó durante dos semanas entre los muros de mi hogar, semitumbado en un sofá, con una manta sobre las piernas y dos columnas de libros a mi vera. Algo más de un mes, con secuelas que afectaban mi equilibrio, redondearon el episodio. Todo ha sido un frenazo contundente a mi ajetreada vida de lecturas, visionado de películas, escrituras varias y dos o tres excursiones montañeras a la semana y, como guinda, la necesidad perentoria e inevitable de depender en cierta forma de otras --queridas-- personas para que me cuidaran con paciencia (soy un enfermo poco dócil) y autoridad (dado a la rebeldía y al optimismo más dañino y poco realista).

Dentro del "haber" de la experiencia, la percepción del tiempo y de su uso y de su dictadura como una entelequia a la que hay que afrontar con sentido realista y una cierta inteligencia. La moraleja esencial: uno, hay que darse tiempo a uno mismo y dos, el mayor regalo que hacemos a los demás es "darles" nuestro tiempo sin esperar nada a cambio.

Se podría decir que hoy, 1 de febrero, he podido regresar por completo a mi estilo de vida.  No todo es el libro y la escritura, la música o el cine. Por fin, con todos las cautelas necesarias, he caminado por mis adorados Puertos. Durante tres horas he subido y bajado muchas veces siguiendo un sendero lleno de desniveles y de encanto, que une el rio Ulldemó con el río Matarraña. Sol, cielo azul, viento fresco, aroma de flores silvestres, bosques de pinos negrales y boj, masias abandonadas, tierras de cultivo invadidas por matorrales y arbustos, tilos, nogales, castaños, paredes de roca gris, caos de grandes piedras desprendidas, calveros removidos por los jabalíes, cabras salvajes presentidas tras la arboleda o lanzándose por empinadas laderas como relámpagos pardos. Un mundo hermoso e implacable donde reina el silencio.

Y ahora lo vivo con una percepción más aguda, creo yo. Una disponibilidad para la observación y el encanto ante la montaña (en realidad ante todo). Quizá propiciada por el tercer elemento que ha aflorado "gracias a" la obligada clausura provocada por mi vértigo: mi reencuentro con la filosofía y, como consecuencia, con una estructura de pensamiento entrenada en la atención filosófica a lo que es, a lo que ocurre, a lo que siento en esa intersección de acción, reflexión y atención. La lectura del tomo de Filosofía de Stephen Hetherington (Alianza) dedicado a la metafísica y la epistemología. "La consolación de la filosofía" de Boecio y el libro de Rudiger Safranski "Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía", más el "Impromptus, entre la pasión y la reflexión" de André Comte-Sponville, han sido las muletas que me han permitido "regresar" a la "funesta manía" de filosofar, como estilo de vida (hallada en mis juventudes lejanas y abandonada en la prepotente cuarentena, sustituida por la psicología). Vamos a intentar "domar el tiempo" con las bridas de la tolerancia, la generosidad y la atención. Así que, feliz 2013.

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1 febrero 2013 5 01 /02 /febrero /2013 09:37

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De vez en cuando el crítico da con un autor especial, lejos de los círculos mediáticos, alejado de la rentable manía del best seller, --si es histórico, miel sobre hojuelas (y ahora si es erótico, mejor)-- o de los "cogollitos" literarios que medran en torno a un grupo familiar de autores reconocidos, una editorial determinada o un grupo mediático de importancia. No se trata de alguien desconocido o de un novel, ya circula entre "gustadores" de "delicatessen" literarias. Se trata de un poeta, Antoni Marí, con bastantes obras entre poesía, narrativa y ensayo. El librero Serret le conoce de antiguo y me ha facilitado "Libro de ausencias" con pronóstico muy favorable. Y no ha exagerado.

Lo primero que me ha llamado la atención es la cadencia proustiana de su prosa. Frases largas, indagatorias, sutiles, evocadoras. Dominio del lenguaje y claridad de ideas. El planteamiento y el desarrollo de la trama novelesca mantiene una suave tensión discursiva que parece tener ecos del Musil de "El hombre sin atributos". El protagonista no se esconde del autor y se solapa con él, nos va mostrando la historia de una fascinación con observaciones minuciosas, novela de ideas, en las que, como una frase musical reiterativa, al estilo de la Sonata de Venteuil que tanto juego da a Proust, Antonio Marí nos va recordando capítulo a capítulo, las fitas o señales de una indagación que surge de un "insigth", un deslumbramiento, un ensimismamiento en torno al fenómeno de la "ausencia", esos instantes en los que la persona pierde sus angostos referentes del ego para pasar a una comunión deslumbrante con una realidad que le supera y le seduce.

Dos obras de arte, una exposición de Guerin y la instalación de Lúa Coderch, "Estrategias para desaparecer", mas la muerte por suicidio de un amigo, y un casual contacto con un libro de Ernst Jünger, son los elementos que disparan una experiencia estética y psicológica, una "ausencia" vivida por el protagonista y que abre la puerta a una indagación en torno a novelistas, ensayistas y músicos que van creando "resonancias" filosóficas, literarias y musicales con el concepto y la experiencia de la "ausencia".

Novela filosófica o filosofía analítica y literaria, atravesada por ramalazos  de piezas de música clásica que parecen entrar en íntima comunión con un texto reposado, inteligente y evocador. El lector va asistiendo, encantado por la palabra y fascinado por las imágenes que evocan los autores que van apareciendo, a un paseo de poco más de 200 páginas, donde las citas se suceden, algunas con gran amplitud, creando como una caja de ecos donde la "ausencia" va perfilando una especie de categoría filosófica propia. D' Ors, Ortega, el pintor Cezanne, Poe, Baudelaire, Max Blecher, Mann, Dostoievski y su principe Mishkin de "El idiota", la sin par María Zambrano, Nietzsche,  el nobel de Física, Schrödinger, el cuarteto numero 13 de Shostakovich, Robert Walser, Spinoza, Rousseau, Foucault y Mallarmé, Borges, Schopenhauer, los poetas Leopardi o J.A. Valente, la Sinfonía Concertante de Mozart, Bach o Leibniz, Oscar Wilde, Wagner, Blake o Shelley,  el antropólogo Levy Strauss, , Zweig, Yeats o Goethe, Novalis o Aristóteles, Ramon Llull y Descartes (ambos también "iluminados" en un  parecido estado de "ausencia"), Freud y Beckett, Petrarca o Wittgenstein, Rusell o Heiddeger, De Lillo, T.S. Eliot o Giles Deleuze...

Un desfile en torno a un concepto común, el de la "ausencia" como fuente creativa, como estado íntimo, como indagación literaria y filosófica que se cierra en los tres últimos cortos capítulos con la intervención confesada del autor y el fin de su libro, la asunción de su personalidad y de su objetivo (un juego de espejos que recuerda las novelas espirituales e intelectuales de  "El juego de abalorios" o "El lobo estepario" de Hesse). Con la evocación de Sartre, Borges y Mallarmé, Antoni Marí da el salto casi místico y escribe "Como si no existiera nada más, sólo la ausencia. Dejábamos de ser lo que éramos, olvidados y ausentes, y pasábamos a ser el sujeto puro del conocimiento: sin identidad ni equivalencia" (pag.222). La búsqueda ha terminado. Y como en el círculo taoísta o la serpiente que se muerde la cola, el autor se mira en el espejo y cierra el "Libro de ausencias", ante la admirada perplejidad del lector.

El autor ha cerrado el juego, con resonancias zen. No sin antes permitirse en la pág. 112, definir la obra que está escribiendo y que 110 páginas más allá cerrará: "No quería demostrar nada en esta pesquisa personal y subjetiva, ni pretendía tampoco construir un sistema en torno al eje de aquella idea... (la ausencia)...ni hacer una investigación con todas las exigencias propias de una tarea así; sencillamente me dejaba llevar por la imaginación que, por si misma, sin que interviniera la voluntad, iba enhebrando perlas de formas diversas, de colores vibrantes, de sentidos extravagantes y significados herméticos, con las que poco a poco se formaba un collar, cuyas cuentas adquirían un sentido nuevo y distinto al que tenían aisladas". Es decir, claramente, el libro que tenemos en las manos. Antoni Mari ha imitado el proceso con el que nos narra el origen mítico de la pintura, cuando "una joven dama de Corinto inventó accidentalmente la pintura cuando la vigilia de la partida de su amante proyectó su sombra en un muro, a la luz de una vela, y siguió el contorno con un carboncillo. Una sombra de amor entre un trazo y una presencia". Es decir una ausencia. Marí ha dibujado el contorno de una presencia--la novela-- para narrarnos la historia de una ausencia.

 

 

FICHA:

LIBRO DE AUSENCIAS.- Antoni Marí.- Tusquets Editores. Colección Andanzas.222 págs. 16 euros.

 

 

 

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30 enero 2013 3 30 /01 /enero /2013 10:54

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Juan Antonio Rivera es profesor de Filosofía en un IES de la provincia de Barcelona y en  2003, seguramente inspirado por los exitos de ventas de Gaarder, Marinoff, Marina, Savater y otros, trató de sacar aplicaciones pragmáticas a sus conocimientos profesionales y con descaro periodístico  lo hizo de una manera harto pedagógica y si no muy fidedigna, sí bastante digerible para el gran público.

Sus antecedentes inmediatos surgen allá por 1994 cuando Jostein Gaarder publicó "El mundo de Sofía", un ameno recorrido por la historia de la filosofía, tratando de que muchas de las supuestamente complejas y abstrusas cuestiones filosóficas aparecieran de una forma sencilla y fácil de entender. Fue un gran momento para la popularidad de la filosofía y despejó bastante los prejuicios que la gente tiene respecto a esa disciplina. Más de veinticinco millones de ejemplares vendidos en todo el mundo hablan bien a las claras del éxito de la propuesta. En el 2000, Lou Marinoff se atrevió en meterse en el sagrado terreno de los psicoterapeutas y con un gran sentido común --y más grande aún el de la oportunidad-- publicó Más Platón y menos Prozac, otro "bestseller" que se atrevía a enfrentarse con la aparición de la estrella de los neurofármacos antidepresivos (años mas tarde supimos que no era tan inocuo como nos decían). Marinoff aseguraba que la lectura de los clásicos de la filosofía podía ayudar mejor que el Prozac a afrontar las dificultades de la vida. A partir de entonces son legión los autores que proclaman la idoneidad de la filosofía para aportar claridad y sentido a lo cotidiano.

Ese es el objetivo del libro de Juan Antonio Rivera, pero usando un recorrido curvo e indirecto que pasa desde el cine a la filosofía. Magnífica idea que no se desluce por la aparatosidad excesiva del titulo "Lo que Sócrates diría a Woody Allen", simple anécdota cogida por los pelos. Pero, indiscutiblemente, un título que "pega" y atrae, aunque el contenido del libro se desmarque rápidamente hacia algo distinto: se trata en suma de analizar 25 títulos famosos de la historia del cine bajo un punto de vista filosófico, reflexionando sobre lo que cada película puede aportar a las indagaciones y cuestiones filosóficas más básicas.
Y así entra en El coleccionista
de William Wyler para para hablarnos de amor y la imposibilidad de imponer los sentimientos. Hannah y sus hermanas, de Woody Allen permite a Rivera hilvanar páginas interesantes sobre el intelectualismo como norma equívoca. Nos hace recordar al Kane de Orson Welles para mostrarnos los límites de la voluntad de poder en las relaciones humanas. La naranja mecánica y Calle mayor cierran la “Primera Bobina”, como titula Rivera a las partes de su libro y usa esos titulos para reflexionar sobre la violencia y el uso coercitivo del condicionamiento pauloviano, la primera, y sobre el aburrimiento provinciano  y la maldad que produce la falta de ética social, con la segunda pelicula.

La magnífica Almas desnudas de Max Ophuls ilustra de una forma interesante cómo la moralidad puede llegar a adquirirse a veces por el simple aprendizaje vicario, si la persona que se imita es de gran relevancia moral. También con La Ley del silencio,  insiste en ese tema de la capacidad de regeneración moral de algunas personas. Uno de los nuestros,  la sensacional película de Scorsese es utilizada para ilustrar las influencias muchas veces perniciosas que un determinado medio social y económico y una subcultura determinada pueden tener sobre la vida de las personas, estableciendo un determinismo ético que condiciona sus vidas.
La voluntad como motor de comportamiento y su ausenia como condicionante ético ( caso del alcoholismo y las drogas) son analizadas a través de El hombre del brazo de oro y de Días sin huella  con las soberbias interpretaciones de Frank Sinatra y Ray Milland, dirigidos por Otto Preminger y Willy Wilder.Otro de los temas filosóficos por excelencia, la muerte y la forma en que gestionamos su necesidad inevitable y su omnipresencia, es analizado a través de la película Blade Runner de Ridley Scott y el Vivir de Akira Kurosava, la historia del anciano funcionario que padece una enfermedad terminal y decide aprovechar el tiempo que le queda para darle un sentido a su vida. Precisamente de ese sentido, que algunos teóricos han ilustrado con la metáfora del "arbol de la vida" --los caminos diferentes que puede seguir nuestra vida con las elecciones que hacemos en determinados momentos-- Rivera comenta Family Man, Parque Jurásico, El efecto mariposa y ¡Qué bello es vivir!.

Para la cuestión del "apetito fáustico", es decir de la ambición de algunos por sumar más vidas a la propia, Desafío total (en la versión  de Paul Verboheen), La rosa púrpura del Cairo y Las zapatillas rojas ¿Y qué películas ilustrarían mejor el problema de las ideas platónicas y la realidad, el mito de la caverna, que Matrix  y también El show de Truman?.
 Rivera llega al final de su libro con una evocación nostálgica de la mítica Casablanca, de la que nos ofrece el análisis stendhaliano del amor y el enamoramiento (temática que también podríamos buscar en Erich Fromm o Francesco Alberoni). Y preconiza ese impulso hacia el conocimiento y la sabiduría que, a la postre, es lo que podría justificar su libro  (si es que se tiene que buscar justificación para escribir un libro y venderlo después). Otra cosa es que el discurso del autor sea más interesante cuando ejerce de analista cinematográfico que cuando aplica los esquemas filosóficos de los diferentes autores  y escuelas (quizá resulta más difícil encontrar un brillante critico de cine que un pasable historiador de filosofía). En resumen, un libro más interesante para cinéfilos que para degustadores de filosofía.




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24 enero 2013 4 24 /01 /enero /2013 10:55

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No se trata de un libro erudito (cosa fácil de intuir sólo por el título) pero sí de un divertido estudio literario dedicado a los que buscan en autores y libros lo que se cuece detrás del escenario, las pequeñas anécdotas que humanizan a los grandes autores y los detalles que dan un sabor especial a determinados títulos. Libro indicado pues para los amantes de la lectura y bastante útil para profesores y estudiantes de literatura.

Uno de los grandes aciertos de este libro es la portada, una composición fotográfica en tonos oscuros en la que vemos a un apacible lector, con un fondo de biblioteca y encendida chimenea, que lee atentamente "El Quijote". El caso es que el fascinado lector tiene el rostro increíble de Boris Karloff, en su más célebre papel, el del monstruo creado por Mary Shelley que toma el nombre del científico que le dió azarosa vida, Frankenstein.

Opinaba Serret, el librero, cuando me entregaba este volumen tan llamativo que recomendaría su lectura a los "lletraferits" asiduos a su establecimiento. Y no es mala medida. Santiago Posteguillo, el autor, profesor universitario de lengua y literatura inglesa, es un reputado escritor de novela histórica y aquí se ha permitido un descanso y un cambio de tercio, de una forma amena e instructiva. Se trata de un compendio de 24 artículos de variable extensión en los que analiza elementos curiosos, detalles sorprendentes, anécdotas divertidas, relativas a la narrativa en sí, a un autor determinado o a una obra conocida. Como reza el subtítulo del volumen: "La vida secreta de los lbros (porque los libros tienen otras vidas)". Y, por si quedaban dudas, el autor dedica su libro "A las primeras lecturas de Elsa", una clara declaración de objetivos.

El artículo que da nombre al volumen, nos cuenta la historia archiconocida del lugar y las circunstancias en los que se gestó "Frankestein", quiénes acompañaban a Mary Shelley, la autora, y la apuesta en un entorno de genios literarios en la que se decidió que cada uno de los asistentes escribiría un relato de "miedo". El acierto de Posteguillo es incluir el detalle de "El Quijote", evocado por los estudios de castellano que la famosa esposa del gran poeta, estaba realizando.

La lectura de este libro nos invita a un viaje muy entretenido, durante el que sabremos quién fue el inventor del orden alfabético (al que reverenciamos los que tenemos nutridas bibliotecas, entre otros), recorrer las calles de Dublin de la mano de autores tan preclaros como Jonathan Swift ("Gulliver"), Joyce ("Ulises"), Bernard Shaw ("My fair lady"), Bram Stoker ("Dracula") o acompañar a un caballero embozado por una calle española de 1553 que lleva un manuscrito a un impresor, una pieza que se titula "El lazarillo de Tormes", una novela que sería condenada por el Santo Oficio y perseguida por la Inquisición.

Además visitaremos el Londres de Shakespeare con el fin de participar en ese dilema misterioso que aún quiebra la cabeza de muchos, ¿quién escribió realmente las obras de Shakespeare? (suponiendo que no haya sido él mismo). Después, una cárcel de Sevilla donde un funcionario de tributos acusado de malversación, Miguel de  Cervantes, se supone que comienza a escribir "En algún lugar de la Mancha...". Por cierto amigo Posteguillo, quizá debería eliminar lo del "muñón" del brazo izquierdo de Cervantes (pág.52). Don Miguel nunca perdió la mano en Lepanto. Perdió su uso por las heridas recibidas, pero no le fue amputada.

Para los lectores muy avezados este libro no aporta nada nuevo, aunque sí reconocer la habilidad periodística de Posteguillo que ha recogido anécdotas conocidas por muchos y les ha dado nueva vida, destacándolas en su contexto. Así, la existencia de un"negro" que escribía  o ayudaba a escribir algunas de las obras de Alejandro Dumas, los detalles en torno al discurso en verso de Jose Zorrilla en su entrada a la Academia de la Lengua en 1885, los esfuerzos de Jane Austen por publicar "Orgullo y prejuicio", los problemas de Dostoievsky con el juego, la infancia de Rosalía de Castro, bebé abandonado en 1836 a las puertas del Hospital de los Reyes Católicos (hoy Parador nacional). Alguno de los temas está cogido con imperdibles, el detalle es nimio y casi no justifica su inclusión, pero el autor le sabe dar la vuelta a todo y nos nutre con información complementaria (como el relativo a Dickens "y la piratería informática" o el de "Esquina de Perez Galdos con Angel Guimerá"). A veces, no añade nada al detalle ya conocido (como el relativo a Sherlock Holmes). Otros responden a anunciados ambiciosos que luego se quedan en poco, como el de "la Geatapo y la literatura" o el "Eisenhower y la rebelión de un hobbit". Hay una cierta irregularidad de interés y calidad en los diversos artículos, aunque en todos destaca la habilidad en titular.

Y así en "El último vuelo" volvemos a vivir el final de Saint Exúpery, el autor de "El principito" entre otras obras,  los avatares del manuscrito de "Archipiélago Gulag" de Solzhenitsyn, la novela póstuma de Julio Verne, la relación del autor con Anne Perry y su duro pasado, la razón por la que el editor de  J.K. Rowling aceptó el original de "Harry Potter" ... Un recorrido que acaba en unas páginas dedicadas a "Para saber un poco más" en las que Posteguillo desvela el anaquel de libros donde encontró los temas y anécdotas con las que nos deleitó. En fin, un libro para amantes de los libros y para pasar una tarde de invierno, junto a la chimenea, leyendo.

 

 

FICHA: "La noche en que Frankenstein leyó El Quijote".- Santiago Posteguillo.- Editorial Planeta.-230 págs. 16 e.

 

 

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18 enero 2013 5 18 /01 /enero /2013 10:47

el-abuelo-que-salto-por-la-ventana-y-se-largo.jpgMe confieso un fanático de la literatura humorística inglesa. Desde Jerome K. Jerome a Chesterton, pasando por Jonathan Swift, Richmal Crompton, Lewis Carroll y algún Dickens y aterrizando en la escuela británica del humor de los Amis, Lodge o Tom Sharpe, en la extensa nómina de los buscadores de sonrisas,  provocadores de buen humor y artífices de ocasionales carcajadas. Entre ellos brilla con luz propia uno de los más sutiles, ingeniosos y brillantes autores de la risa inteligente que me ha dado conocer y degustar: P.G. Wodehouse. Llegué a disfrutar de muchas de sus desternillantes novelas ya en los años 60 y 70 en la colección de libros económicos que editaba Editorial Plaza Janés. Hace un par de años Anagrama sacó el primer tomo de las historias escritas por Wodehouse con el protagonismo de su personaje, Jeeves, solícito ayuda de càmara, astuto, inteligente y fascinante, ocupado siempre en sacarle las castañas del fuego a su señor, Bertrand Wooster, un caballerete de la alta sociedad inglesa de principios del siglo XX, con poco seso y una incorrgeible afción a materse en líos. En las pasadas Navidades, el amigo Serret puso a mi disposición el segundo volumen del integral de las novelas "de Jeeves", cosa que amenizó mis fiestas con muchas sonrisas y ocasionales carcajadas, ,magnífico sistema como todo el mundo sabe para endulzar la existencia..

Para complementar esa lectura amenísima, mi librero favorito me proporcionó una novela de humor diferente, de origen nórdico, sueco, y con un título que llama la atención de inmediato: "El abuelo que saltó por la ventana y se largó", del sueco Jonas Jonasson (es decir Jonás, hijo de Jonás) , un "escritor profesional" dedicado a la televisión y otros menesteres que se ha descolgado con  una primera novela bastante divertida. Y ha sido casi de inmediato uno de esos éxitos literarios que se extienden como una mancha de aceite por la sociedad aficionada a la lectura: el boca-oreja funciona y más ahora en estos tiempos de la aldea chismosa global.

La historia del desternillante Allan Karlsson, que cumple cien años de edad la mañana que comienza la narración, es fresca y espontánea, crítica y dura en ocasiones, siempre aliada con una ironía llena de humor. El anciano se escapa por la ventana de la residencia donde están celebrando su cumpeaños y para empezar a atraer al lector, en la estación de autobuses le roba la maleta de un descerebrado joven melenudo, violento y simple, que llevaba en la maleta unos cuantos millones de coronas de origen oscuro y que le había pedido al viejo  que la cuidara mientras iba al lavabo, fiado de su aspecto inofensivo .

Lejos de  "El insólito peregrinaje de Harold Fry" de Rachel Joyce --otra novela geriátrica-- que ya habíamos comentado en estas páginas, menos aguda y sensible, pero con un humor más directo y desmadrado, el anciano saltador de ventanas que obedece a impulsos oscuros sin plantearse demasiado las consecuencias, comportándose  con una divertida inconsciencia, y demasiada suerte, provocando efectos demoledores allá por donde pasa. Hay tanta pasión de vivir en el viejo Allan que el lector admite y disculpa los barrabasadas que con una alegre audacia va perpretando el centenario gasmberrete.

El autor ha dotado al amigo Allan de un pasado bastante movidito y pasa comodamente de la novela de humor geriátrica al thriller de agencias de espionaje y asesinos a sueldo. El pasaporte del anciano no es otro que el sentido común adobado con un humor irónico y a veces vitriólico con el que Allan va superando las pruebas que su inadecuada existencia actual le depara. Escrita con gran imaginación y ese sentido crítico social que emana de las buenas novelas, la trama nos lleva a acompañar al anciano en un viaje lleno de sorpresas, giros argumentales y momentos de tensión (no creo que tardemos mucho en ver una película sobre ella: lo difícl será encontrar el actor adecuado: el cínico Nicholson, si adelgazara, podría ser un buen candidato). Son más de 400 páginas trepidantes en las que el lector no tiene tiempo de aburrirse ni ganas de levantar la vista del libro.

Los serios puristas de la literatura profunda pueden arrugar el gesto al toparse con esta novela pero el publico amante del humor no la debería desdeñar. La mafia, el viejo Julius de 70 años, amigo de Allan, la policía, la banda criminal que busca la maleta y al ladrón, Benny, el vendedor de salchichas, la Bella Dama y su mascota, constituyen la corte de los milagros del "joven" centenario, mientras se nos va contando detalles de la vida increíble que Allan ha introducido en los cien años que ha durado: conoce a Truman y a Franco, participa en la creación de la bomba atómica, se codea con Mao, la esposa de Chiang Kai Chek, Stalin o De Gaulle, camina por el Himalaya o es encerrado en un gulag...todas las historia del siglo XX pasa, muy cerquita, de la vida de Allan --en la que la suerte ha tenido un papel exageradamente alto y constante-- y solo al final sabremos como un personaje así ha acabado en una residencia de ancianos.

Este repaso a la historia, al estilo Forrest Gump, no deja títere con cabeza, empezando por la propia sociedad y politica sueca. El estilo, simple, directo, desvergonzado y con trazos de humor negro, resulta eficaz y convierte "El abuelo que saltó..." en una novela distraida, nada memorable, pero con méritos suficientes para comprarla y leerla. Pasará un rato divertido, no lo dude.

 

 

FICHAS:

1.- "El abuelo que saltó por la ventana y se largó".- Jonas Jonasson.-Ed. Salamandra.412 págs.

2.-"Ómnibus Jeeves".-P.G.Wodehouse.-Ed Anagrama.-605 págs..

     

 

 

 

 

 

 

 

 

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11 enero 2013 5 11 /01 /enero /2013 08:10

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Nuevo poemario del poeta Carlos Nadal, periodista de "La Vanguardia" y amigo personal de quien esto firma. O más que amigo, hermano del alma y mi mentor en el mundo de las letras y el pensamiento. Fallecido en los primeros días de 2010, dejó una obra inédita, principalmente poética, de una calidad extraordinaria, realizada durante decenios en el más absoluto secreto y discreción. Contadas personas sabían que más allá de sus magistrales artículos sobre política internacional, existía una ingente gavilla de poemas resplandecientes y también oscuros donde latía una sensibilidad poética fuera de lo común y una inteligencia afilada, un humanismo esencial y una visión desencantada pero lúcida de los asuntos más profundos de la psique, desde el amor al miedo, desde la belleza hasta la frustración y el dolor, desde la palabra insuficiente al clamor del silencio y a la muerte como presencia y como exigencia. Su esposa, María Dolores, se ha ocupado de la ingente labor de seleccionar y publicar una pequeña parte de la enorme obra de este poeta secreto. Este es el segundo libro que rompe la ambición de silencio que Carlos mantuvo durante su vida y los lectores lo agradecemos.

Conozco los poemas de Carlos desde hace años y en ellos siempre obtuve la certeza y la sensibilidad de una voz que susurraba, sin estridencias, lejos del grito, el paso de los días, la amargura del ser y el estar, la alegría de lo simple y lo bello, la busca de un sentido. Era una voz que surgía de lo más hondo y se disolvía, humilde, antes de sobrepasar la cárcel de los labios cerrados. Un poeta con cosas que decir, mundos que mostrar, silencios elocuentes y miradas de inteligencia y compasión. Maestro de la palabra y de la callada sabiduría ("morirá conmigo lo único veraz//el círculo cerrado del silencio"), generoso con su atención y su tiempo, Carlos Nadal, explora en las tres colecciones que integran el libro, "El tiempo cierra sus ventanas", "La mano que te vistió" y "Diario de amor en la obscuridad" sus obsesiones y los elementos de la inteligencia, la sensualidad y el amor con los que transitaba por una vida cotidiana limitada por su "mala salud de hierro".

Su poesía transita por constantes y variables muy definidas en el conjunto de la obra: las referencias a las manos ("las manos quietas, libres//sin tiempo al que dar vida//por fin, solo suyas") y su horfandad, conexión sensitiva entre el poeta y el mundo que le rodea, le acoge o le rechaza, le provoca alegría o temor; por el tiempo ("la turbia penetración del tiempo"), el gran tema, el inabordable gotear de la clepsidra donde se agota la vida; por el silencio ("La voz que no habla//es la más temida// porque no hay como acallarla"), que es destino, camino y mensaje; por las palabras ("que amansan y destruyen//antes de verse sorprendidas//en lo que ocultan ser: silencio"), la herramienta del alma, las pálidas y nunca inofensivas palabras con las que ensayamos la duplicidad y el desconcierto; la imagen y esencia del árbol, un significante que nos hermana con todo aquello que nos sostiene en definitiva, materia hecha de silencio forma deseada por el poeta que ansía convertirse en tronco vivificado, en savia profunda o en ramas y hojas ansiosas de sol y viento ("Quisiera haber nacido // con paciente gozo de árbol"); y, en fin, en las simples, humildes, cosas,("modesta aceptación de la apariencia//de ser algo siendo nada") esas presencias mudas y entrañables en las que el poeta cifra el testigo de su realidad propia, tantas veces cuestionada por sí mismo...

Desde la metafísica ("A veces el cuerpo tiene un don//asume su breve trasparencia") a la sensualidad amorosa ("si busco en tu humedal// es porque sé quién eres en secreto"), al sentimentalismo decoroso a la compañera de siempre ("abrazarse, ahogarse//trece años de amor"), sueños de soledad, mujeres de ensueño, juegos de piel y sexo, amistad y soledad, reflexión acongojada sobre el sentido de existir ("Anudarse la corbata//es ponerse cada día//el rostro que no toca"), la enfermedad como aprendizaje...Carlos va desgranando las cuentas del rosario de la vida y de la muerte ("sonámbulo descarriado//que vuelve a por sí mismo"), traspasado por la duda de un sentido y la certeza, casi mística, en que lo esencial, lo más profundo, está en la piel ("cuerpo mío, caritativo, atento, bueno") y la mirada del hombre.

Y se despide de la vida con la entereza del poeta, "lo que te digo en voz baja//sólo a ti va dirigido//pobre cuerpo mío//para cuando quedes //abandonado a tu suerte". Este poema fue escrito en el verano de 2009, unos meses antes de emprender su último viaje.

 

FICHA:

EN VOZ BAJA.-Carlos Nadal Gaya.-Editorial Milenio. Lleida 2012.- 206 págs.

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2 enero 2013 3 02 /01 /enero /2013 10:17

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 El joven David Trueba logra hacer una gran película, de un argumento minimalista y sumamente literario, un "tour de force" encarnado por dos protagonistas, un escenario único y una hora y pico de diálogo, inteligente y un poco rebuscado, explotando una situación claustrofóbica resuelta con ingenio (con la excepción, quizá, de su lógico y previsible final), habilidad, humor y sensibilidad. Dos actores muy metidos en la trama, José Sacristán (fiel, como siempre a sí mismo y a su carácter de viejo y competente actor, dueño de todos sus registros) y una joven María Valverde, que le da una réplica digna y sin histrionismo, poniendo al servicio de la imagen su belleza y la sensualidad de un cuerpo que respira erotismo y contención en cada gesto.

Un viejo periodista político en el Madrid de finales de los 80, 1987 como nos informa el título (una radio nos pone al corriente al principio de los detalles sociopolíticos de ese año de gracia y desgracias para España) trata de seducir a una aspirante a periodista. El lugar escogido es el estudio de un pintor amigo del periodista. La pareja queda encerrada en el baño, cuya puerta queda bloqueada por un cerrojo en mal estado. Es el principio de un fin de semana caluroso de agosto y ambos están en un edificio donde no hay ningún vecino, están desnudos (la ropa ha quedado fuera del baño) y han de pasar muchas horas juntos hasta que algún vecino --de vez en cuando gritan pidiendo ayuda a través de un minúsculo ventanuco-- les oiga y les pueda ayudar. No hay móviles, es 1987, y el teléfono está en la sala a la que no pueden acceder.

Un hombre de vuelta de todo, resabiado, lleno de cinismo y amargura, habla de todo lo divino y lo humano con una muchacha que tiene aun intactas las ilusiones y los proyectos, que cree que puede ayudar a cambiar un mundo que no le gusta y que mira al mañana con esperanza. También hay un deseo enroscado como una ardiente consyante en el pensamiento del periodista que padece la cercanía deseable de un cuerpo joven, desnudo (una toalla a media cintura, vela lo indispensable) y el sexo como tema va y viene, rebota y tiñe toda la desazon humillada del hombre (que había sido rechazado en pleno antes de entrar en el baño).

Palabras y palabras, en un maravilloso trueque, en el que la parte del león, como debe ser, corre a cargo del monstruo cinematográfico que es cada vez más el gran Sacristán, la vanidad y la soberbia de quien está por encima de todo y se humilla por un poco de sexo, encontrando en su lugar la temprana madurez de una muchacha --nada inocente-- que le abre nuevas e inesperadas perspectivas de sus propias limitaciones, de su teatralidad mezquina y su vacío interior. La pose prepotente cae hecha añicos y la humanidad subyacente acerca a los dos personajes al menos hasta el punto de comprenderse mutuamente. Dos radiografías mentales y físicas que se abren al espectador con un lujo de detalles y frases afortunadas. Una seducción del espectador que corre pareja con la seducción intelectual que el gran Pepe Sacristán borda con su voz engolada y cínica.

Texto literario en plena forma servido por unas imágenes que en modo alguno están por debajo de la excelencia de la palabra. No hay verborrea vacía ni grandielocuencia de salón sino argumentos sencillos y profundos con el lenguaje de la calle y la sensibilidad del artista. Todo servido con una fotografía minimalista, el detalle y los guiños estéticos, lúdicos y sensuales de una cámara que parece tan a gusto como los espectadores ante esta comedia dramática realizada con gran conocimiento del ritmo cinematográfico y que consigue la hazaña de nos aburrirnos ni resultar reiterativa en los ciento y pico minutos que dura. ¿Algún "pero"? Si. La secuencia final, de remate, en la que el virtuoso  estilo no manipulador de Trueba no logra dar con un cierre convincente. Salvando esto, lástima porque los finales como los inicios, son los que dan la categoría de obra superior y aquí nos queda un final desangelado y poco ilustrativo, la película es un recital de buen cine. A destacar la modesta y hábil mirada sensual que la cámara pasea con la espalda desnuda de la muchacha, ocupada en auparse ante un ventanuco para gritar socorro, con la toalla enrollada alrededor de su cintura.

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