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15 agosto 2022 1 15 /08 /agosto /2022 17:53

Leer a Antonio Damasio el neurólogo  lúcido y sagaz ha sido para mi un placer mantenido durante años y obra tras obra. Leer una obra donde Damasio nos habla de Spinoza y de las similitudes e inspiraciones que este filósofo cauteloso y difícil se proporcionó durante una fecunda época de su vida: la defensa de las emociones y sentimientos que Damasio ha realizado en el conjunto de su obra neurológica tuvo el ilustre precedente de la filosofía de Spinoza que tempranamente reivindicó la importancia de aquéllos en la formación de la psique humana.

Hablo ahora de este libro de 2005, leído en aquellas fechas recién publicado por Crítica, vuelto a escudriñar en 2006 durante una estancia meditativa en el monasterio de Poblet y recuperado en este año de 2020 en circunstancias dolosas con la pandemia del Covid convirtiendo a todo el país en desmadrados personajes del Decamerón de Boccacio. Un comentario sobre la vida y la muerte del filósofo que publica un periódico nacional, me ha impulsado escribir de nuevo sobre Spinoza  como crítica a la falsa imputación que se le hace, convirtiendo la causa de su temprana muerte, una posible silicosis (provocada por el polvillo de vidrio que inhaló durante años dado su oficio de pulidor de lentes) en un suicidio asistido, absolutamente ilógico en un filósofo coherente con sus ideas hasta el martirio: Spinoza amaba la vida por encima de todo.

Como otro autor cita y yo corroboro: "Spinoza que considera la libertad del hombre y la conquista de su felicidad como principios esenciales, postuló una serie de principios sobre la vida y la muerte.

Cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser”. (Parte 3 proposición 6).-El esfuerzo con que cada cosa intenta perseverar en su ser no es nada distinto de la esencia actual de la cosa misma. (Parte 3 proposición 7).-Ninguna cosa puede ser destruida sino por causa exterior. (Parte 3 proposición 4).- Así pues, nadie deja de apetecer su utilidad, o sea, la conservación de su ser, como no sea vencido por causas exteriores y contrarias a su naturaleza. […] ni se da muerte, en virtud de la necesidad de su naturaleza, sino compelido por causas exteriores […] Pero que el hombre se esfuerce, por la necesidad de su naturaleza, en no existir […] es tan imposible como que de la nada se produzca algo”. (escolio de la parte 4 proposición 20).

Spinoza afirma que nuestra esencia es buscar la preservación en nuestro ser, tanto en el nivel biológico (preservación instintiva), como en un nivel trascendental (búsqueda incesante de felicidad). Dicha fuerza nace de nosotros y es infinita, por lo que de ella no puede surgir la idea de autodestrucción".

Antonio Damasio nos hace recorrer el sistema neuronal viendo los eventos y las partes del cerebro que se activan cuando un determinado suceso aparece y, enriquece sus ideas con casos neurológicos interesantes para explicar los últimos descubrimientos neurocientíficos, sobre el papel que emociones y sentimientos tienen en el procesamiento mental, las actitudes y los comportamientos.  Sin dejar por ello de acudir a la filosofía y el pensamiento de Spinoza que defendió la idea de que mente y cuerpo están íntimamente unidos, y por ello los sentimientos afectan al raciocinio..

El contenido esencial de los sentimientos es la cartografía de un estado corporal determinado; el sustrato de sentimientos es el conjunto de patrones neurales que cartografían el estado corporal y del que puede surgir una imagen mental del estado del cuerpo. En esencia, un sentimiento es una idea; una idea del cuerpo y, de manera todavía más concreta, una idea de un determinado aspecto del cuerpo, su interior, en determinadas circunstancias.

 

Damasio propone una separación entre la parte del proceso que se hace pública (emoción) y la que se hace privada (sentimiento). En el camino de la evolución, las emociones preceden a los sentimientos. Primero se desarrollaron los dispositivos automáticos para resolver los problemas básicos de la vida, para asegurar la homeostasis. Las emociones están constituidas a base de reacciones simples que promueven la superviviencia de un organismo y de este modo pudieron persistir fácilmente en la evolución. La maquinaria homeostática se fue refinando hasta la aparición de los sentimientos, que son una expresión mental de todos los demás niveles de regulación homeostática.

Los niveles de regulación homeostática automatizada son:

  • Sentimientos. Expresión mental de todos los demás niveles de regulación homeostática
  • Emociones propiamente dichas. Sociales, primarias y de fondo. Repugnancia, miedo, felicidad, tristeza, orgullo, simpatía y vergüenza. Apuntan directamente a la regulación vital a fin de evitar los peligros o ayudar al organismo a sacar partido de una oportunidad, o indirectamente al facilitar las relaciones sociales.
  • Instintos y motivaciones. ambre, sed, curiosidad, exploración, juego, sexo. Son apetitos.
  • Comportamientos de placer (recompensa) y dolor (castigo). Incluyen reacciones de acercamiento o retirada de todo el organismo en relación a un objeto o situación específica.
  • Respuestas inmunes. Primera línea de defensa del organismo cuando su integridad se ve amenazada desde el exterior (virus, bacterias, parásitos, sustancias tóxicas) o el interior.
  • Reflejos básicos. Reflejo de sobresalto y tropismos o taxias que hacen que los organismos se alejen de temperaturas extremas y de la oscuridad, y se acerquen a la luz.
  • Regulación metabólica. Incluye componentes químicos y mecánicos destinados a mantener el equilibrio de las químicas internas. Gobiernan el ritmo cardíaco, la presión sanguínea, los ajustes de acidez y alcalinidad, almacenamiento y despliegue de proteínas, lípidos y carbohidratos necesarios para obtener energía.

Todas estas reacciones se dirigen directa o indirectamente a regular el proceso vital y a promover la supervivencia. Pero además, el objetivo de los esfuerzos homeostáticos es proporcionar un estado vital mejor que neutro: comodidad y bienestar. Las reacciones son formas de evaluar las circunstancias internas y externas de un organismo y de actuar en consecuencia.

Diversos aspectos del proceso vital pueden señalarse en el cerebro y representarse allí en numerosos mapas constituidos por circuitos de neuronas. En ese punto, se alcanza el nivel de los sentimientos: la expresión mental de todos los demás niveles de regulación homeostática.

Principio de anidamiento: las partes de reacciones más sencillas se incorporan como componentes de otras más elaboradas. Cada reacción consiste en reordenamientos de los procesos más simples, cada reordenamiento está dirigido a un nuevo problema cuya solución es necesaria para la supervivencia con bienestar.

Una emoción propiamente dicha es un conjunto complejo de respuestas químicas y neuronales que forman un patrón distintivo. Son reacciones, respuestas automáticas a estímulos emocionalmente competentes. El cerebro está preparado por la evolución para responder a determinados EEC con repertorios específicos de acción, pero la lista de EEC no se halla confinada a los repertorios preestablecidos por la evolución, sino que incluye muchos otros aprendidos. El resultado inmediato de estas respuestas es un cambio temporal en el estado del cuerpo y en el estado de las estructuras cerebrales que cartografían el cuerpo y sostienen el pensamiento. El resultado último de las respuestas es situar al organismo en circunstancias propicias para la supervivencia y el bienestar. Tienen un sentido biológico directo, es una función adaptativa innata. Sin embargo, los seres humanos podemos esforzarnos intencionadamente para controlar nuestras emociones, al menos en cierta medida.

  • De fondo. Reflejan el estado de ánimo momentáneo de una persona (malestar, excitación, tranquilidad). No son especialmente visibles en el comportamiento. Son formas de disposición generales del cuerpo, resultado de varios procesos reguladores concurrentes.
  • Básicas (primarias). Miedo, ira, asco, sorpresa, tristeza y felicidad. Son fácilmente identificables en los seres humanos de numerosas culturas y también en especies no humanas. Generalmente tienen una causa externa.
  • Sociales. Tienen que ver fundamentalmente con la cooperación o competencia con otros organismos de la especie. Simpatía, turbación, vergüenza, culpabilidad, orgullo, celos, envidia, gratitud, admiración, indignación, desdén.

Los sentimientos surgen de cualquier conjunto de reacciones homeostáticas. Traducen el estado de la vida en el lenguaje de la mente. Abren la puerta a cierto control premeditado de las emociones automatizadas.

  • Son la percepción de un determinado estado del cuerpo junto con la percepción de un determinado modo de pensar y de pensamientos acerca de determinados temas consonantes con la emoción.
  • No surgen necesariamente de los estados corporales reales sino más bien de los mapas reales construidos en cualquier momento dado en cualquier momento dado en las regiones de sensación corporal.
    • Los estados del cuerpo simulados son poderosos recursos de la evolución. Se da una interferencia en las señales que son enviadas a las regiones de sensación corporal, creando así mapas falsos del estado real del cuerpo. Ej: soldados en situación de guerra que no sienten dolor y miedo.
    • El cerebro puede simular determinados estados corporales emocionales. Ocurre por ejemplo en el proceso de transformar la emoción simpatía en un sentimiento de empatía, mediante el mecanismo "bucle corporal como sí".
Vivimos la “Era Emocional”; el boom de los sentimientos. Expresiones como “eres especial”, “no tengo palabras”, “empatizar”, “si eso es lo que sientes” (sentir algo está por encima de pensar algo), son omnipresentes, invaden el espacio de las relaciones sociales. Y no basta con decir, hay que actuar. Por eso, amigos del “choca esos cinco” de toda la vida, te estrujan, te besuquean y te frotan compulsivamente las espaldas, como si te despidieran para un viaje a la Antártida (de supervivencia y en trineo). Toneladas de libros de psicología barata o autoayuda te conminan a que expreses tus sentimientos, controles tus emociones o viceversa. Hay que mostrar empatía, interés, escuchar atentamente cualquier majadería que te suelte el prójimo. ¿Impaciencia? Prohibida. ¿Emoción versus Razón? ¿Se trata de una vuelta a lo irracional? ¿No será que los sentimientos se manipulan mejor que las razones?
El libro de Damasio lleva el subtítulo de “Neurobiología de la emoción y los sentimientos” Pues eso, veamos que bases, que enganches biológicos tienen los sentimientos y hasta donde podemos llegar sin caer en la especulación  o la charlatanería.
A Damasio le gusta Spinoza porque fue el primero en señalar la unidad interactiva del organismo (cuerpo), los sentimientos y el pensamiento racional (mente), en contraposición a Descartes que sostenía la dualidad cuerpo-mente. Se siente afín a Spinoza y ya discutió a Descartes en un libro anterior (1). Gracias a Damasio he conocido la monumental obra de Jonathan Israel que explica la influencia del filósofo judío en la Ilustración Radical. (2)
Spinoza era hijo de una familia de judíos sefardíes que huyeron de la persecución de Portugal y se instalaron en Ámsterdam, cuyo gobierno calvinista era más tolerante con los judíos, siempre que mantuvieran sus creencias en privado. Expulsado de la comunidad judía en que se educó, vivía de pulir lentes ópticas y a escribir libros que abren el camino a una oposición entre filosofía y teología más marcada que en los demás filósofos. Murió joven y sus ideas fueron silenciadas; se le citaba sin pronunciar su nombre. El pobre Spinoza resultó ser una bomba de relojería para el pensamiento tradicional.
 
Antonio Damasio (Lisboa 1944) es neurólogo y un destacado investigador de la mente, las bases neurobiológicas de la consciencia y el papel decisivo de las emociones y sentimientos en los procesos racionales de la toma de decisiones. En “En busca de Spinoza”, en diálogo con el filósofo del siglo XVII, explica el proceso neurológico de las emociones y los sentimientos, algunas consecuencias éticas y sociales de su enfoque, y termina con unos apuntes sobre el sentido de la vida y la espiritualidad. Además, una amplia biografía de Spinoza (3) y el detallado relato de su contexto histórico.
 
Resumen poco técnico de la parte técnica.
La emoción es una respuesta orgánica ante un estímulo exterior. Su origen es evolutivo o aprendido, lo compartimos con otros animales y poco se puede hacer al respecto. Cuando las emociones se procesan por el cerebro dan lugar a sentimientos. Un cerebro más evolucionado (consciente) produce sentimientos complejos.
El proceso es parecido al de antígeno (estímulo)- respuesta inmune (emoción):
- Estímulo (presente o en la memoria).
- El estímulo se representa en el cerebro, encajando como llaves en receptores.
- Desde los receptores se activan varios lugares de ejecución de emociones en otros sitios del cerebro.
- El proceso o puede reverberar y amplificarse, desencadenar procesos mentales más complejos (sentimientos), o bien consumirse y cerrarse.
Omito las respuestas neurales y hormonales que intervienen en el proceso y que Damasio explica extensamente. Describe un caso en que durante el tratamiento con electrodos del parkinson, se indujo a una paciente, por accidente, a un profundo estado de tristeza.
Un concepto básico en el esquema de Damasio es el de “equilibrio homeostático”. Un estímulo que produce una emoción negativa (miedo), provoca un desequilibrio homeostático. El organismo despliega un conjunto de acciones reguladoras para restablecer el equilibrio:
Los sentimientos, en el sentido que se emplea en este libro, surgen de cualquier conjunto de reacciones homeostáticas, no únicamente de las emociones propiamente dichas. Traducen el estado de vida en curso en el lenguaje de la mente.”
Para que las emociones den lugar a sentimientos es necesaria una mente consciente con un “yo autobiográfico”. El sentimiento es el motor del pensamiento racional. Sin sentimientos no habría pensamiento racional; pero el pensamiento racional produce o modifica sentimientos.
Al tener lugar en un entorno autobiográfico, los sentimientos generan una preocupación por el individuo que los experimenta. El pasado, el presente y el futuro anticipado reciben las características significativas apropiadas y una mayor probabilidad de influir sobre el razonamiento y el proceso de toma de decisiones.
Los sentimientos juegan un papel decisivo en el aprendizaje y la toma de decisiones para la resolución de problemas:
La solución eficaz de problemas no rutinarios requiere toda la flexibilidad y el elevado poder de recopilación de información que los procesos mentales puedan ofrecer, así como la preocupación mental que los sentimientos puedan proporcionar.
El proceso de aprender y recordar acontecimientos emocionalmente competentes es diferente hacerlo con sentimientos conscientes de lo que sería sin ellos. Algunos sentimientos optimizan el aprendizaje y la memoria. Otros, en particular los que son extremadamente dolorosos, perturban el aprendizaje y suprimen la memoria como protección.”
 
Damasio no está de acuerdo con la alegría contemplativa que propone Spinoza. Es partidario, más bien, de una alegría combativa que actúe para cambiar las cosas.
 
Estímulo, emoción, sentimiento, pensamiento racional, acción… no es un continuo, es un vaivén que puede actuar en muchas direcciones. Damasio expresa en este buen libro su admiración (con algún reparo) por Spinoza, explica como actúan, implicando a todo el organismo, las emociones, sentimientos y la razón desde los conocimientos actuales de la neurología y propone una ética basada en la alegría y la cooperación, que promueva el equilibrio homeostático de las persona

 

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14 agosto 2022 7 14 /08 /agosto /2022 12:19

Martin Buber es un filósofo judío de origen austríaco que en su día -entreguerras de principios del siglo XX- revolucionó la filosofía del yo y el Otro, anticipándose a Heiddegger  y por supuesto a los existencialistas que, en general, olvidaron sus contribuciones. Es un pensador poco conocido en nuestros días, aunque bastante citado. "Yo y tú" se considera su obra más significativa y se considera uno de los primeros denunciantes del utilitarismo como mal del siglo XX, de la desnaturalización del yo, la banalización de la cultura de los principios y valores y por consiguiente del absurdo y falta de sentido de la existencia. 

 

 

rPara hablar de Martin Buber tenemos que partir de su contexto histórico-filosófico, esto nos ayudara entender su radical cambio de dirección en la concepción sobre el hombre. Martin Buber, filósofo judío de origen austriaco nacido en 1878 es participe de las dos grandes guerras del siglo XX. El paradigma de lo humano que reinaba en las aulas de aquella Europa de principios de siglo marcaba como cúspide a la razón instrumental. El discurso y la ideología de la época parten del supuesto de un individuo auto-referenciado como cúspide del desarrollo humano. Tras lo vivido entre 1914 y 1918 se hizo necesario dar una revisión a esta visión individualista y utilitaria del hombre ya que desde la perspectiva de Buber este es el punto que hizo flaquear los ideales de la Europa moderna al tomar una actitud frente al mundo del tipo utilitarista. Fruto de esta revisión, apenas años después de la  primera guerra mundial, es que surge su texto más emblemático “Yo-Tú”[1], manuscrito con el que podríamos marcar una nueva manera de hacer filosofía orientada a la búsqueda del rastro de la relación básica Yo-Tú en otros ámbitos científicos. A continuación presentaremos la perspectiva antropológica de Martin Buber, su visión sobre el diálogo, la importancia de la reciprocidad, para posteriormente dar vinculo con el diálogo entre culturas diferentes.

El artículo recupera la “filosofía del diálogo” de Martín Buber para hacer un ejercicio de análisis de la relación entre culturas diferentes. Se desarrolla en forma explicativa la propuesta teórica de Buber, partiendo de su contexto histórico en el cual se exalta una visión utilitarista del mundo, lo cual, de acuerdo a la experiencia de nuestro autor, lleva como consecuencia una deshumanización de las relaciones entre las personas. Se recupera su concepto de diálogo, desde la dimensión del Yo-Tú y se ejemplifica con casos concretos. Aborda y fundamenta la importancia de la palabra y la interrelación, como condición básica para la existencia del ser humano, dándole su respectiva importancia a la reciprocidad al momento de pretender el encuentro. A su vez, se expone el lugar que le corresponde a la relación utilitarista en la dimensión humana. Una vez desarrollado el panorama teórico que nos ofrece nuestro autor, se entrecruza dicha propuesta con el problema de la interacción entre culturas diferentes, a fin de buscar estrategias de acción para la generación de un diálogo entre sujetos de culturas y sociedades diferentes.

Como hemos afirmado anteriormente, la propuesta de Buber propone una lógica alterna a la razón instrumental para la cual el ser humano se define preponderantemente  como un ser individual e independiente. Martin Buber considera que ante este tipo de teorías se está en presencia, en realidad, de un constructo de palabras e ideas que ocultan la relación original del hombre con el mundo.  Martin Buber, sin negar en principio, aquella visión individualista, va más allá y nos propone una antropología dialógica a través de la cual el hombre trasciende su individualidad para poder asumirse como humano. Esta asunción que permitirá al hombre alcanzar el carácter de humano, le obliga a ir más allá de su medio y colocarse de frente a él para poder habitar, en lo que Buber nombrará, su mundo.[2] Para ello tendrá que vivenciar dos actos fundamentales la “distancia originaria” y la “relación”. Afirma Martin Buber que es por medio de la distancia originaria que el hombre se hace consciente de su yo y de otros como un “enfrente e independiente”[3] .

“El principio de un ser sólo se revela si primero se distingue la realidad de dicho ser frente a la realidad de otros seres conocidos.”[4]

El primer elemento con el que se enfrenta el ser humano para dar posibilidad a la distinción es la naturaleza, con la cual, al no estar instintivamente ligado, se ve obligado a salir de sí mismo y colocarse afuera, en frente a su realidad. Tomar distancia y colocarse de frente, requiere que se les asuma en forma conjunta, cual andar con dos pies de forma activa y relacional; es de esta manera que el hombre descubre su mundo en relación con otros hombres.  En palabras de Buber sería este el momento en que se funda la “sustancia humana”[5],  la distancia originaria y la relación. Si el hombre no distanciara su ser de lo que le rodea difícilmente podría entrar en relación con ello, ya que no existe distinción alguna, en otras palabras, no tendría sentido la relación. Como expresión concreta de esta búsqueda del vínculo es que el hombre crea lenguajes, relaciones, cultura.

Al hombre a partir de la distancia y relación que establece con respecto a los otros seres que le rodean le es permitido vivenciar el mundo, una expresión íntimamente humana desde el momento en que es capaz de ponerse de frente al medio que le rodea. Para Buber los animales  tienen una imagen del medio fundada en la memoria corporal que se dinamiza en función de sus necesidades biológicas; por el contrario, el ser humano funda mundos “con una unidad que él puede imaginar o pensar como si existiera por sí misma”[6]. Es la imaginación que se pone de frente a la naturaleza y la distingue creando posibles relaciones con el medio más allá de su necesidad biológica momentánea.  En este acto imaginativo el ser humano  funda  su posicionamiento de frente al mundo y también una forma de comportarse en relación, es por ello que el hombre trasciende su medio,  lo imagina o lo culturiza. En pocas palabras, podemos afirmar que es el encuentro que permite surgir al ser y no antes, por ello Buber enfocará su interés en el tipo de relación que entabla el ser humano con otros y el mundo

"Quien dice tú no tiene algo por objeto. Pues donde hay algo, hay otro algo, cada Ello limita con otro Ello, el Ello lo es solo porque limita con otro. Pero donde se dice tú no se habla de alguna cosa. El tú no pone confines.”[11]

     De las dos palabras básicas que nos propone Buber la palabra básica Yo-Tú tiene la particularidad de tener como centro dinámico la relación, es en la relación que el hombre consigue vincularse con el mundo más allá de sí mismo y descubrirlo en su otredad. Yo-tú como palabra fundamental no sólo expresa una relación, también una manera de existir; se trata de posicionarse de frente al otro reconociendo desde su inicio en él a una persona única, diferente y que es capaz de responder a mi llamado, al tiempo que Yo puedo responder al suyo.

No se trata de un acto de memoria o de ideas respecto al otro, es asumir al otro como presencia en la actualidad del encuentro, es por ello que Buber sugiere que la relación Yo-Tú te coloca en el presente. El ejercicio antropológico de este reconocimiento da por principio la insustituibilidad del otro, la persona vale por sí misma, se trata de un horizonte siempre nuevo, un decir, un hacer único en el mundo. Entendido de esta manera es más fácil explicar que al pronunciar la palabra Yo-Tú es cuando se funda el mundo en el cual el hombre se configura como tal.

Para que exista un “Tú” tiene que haber la disposición personal al encuentro. Entrar en presencia de un Tú, no de un “él” o una “ella”, esto es, Buber considera es necesario una cierta apertura para recibir al otro sin barreras, de ésta manera se hace presente el tú, si existiera alguna barrera o mediación marcarían la distancia, la inmediatez que requiere la relación básica Yo-Tú se perdería ya que existe una mediación entre ambos. Es por ello que el decir Tú implica un don, se trata de una apertura o recepción del otro y del otro hacia mí, se trata, en otras palabras, de entrar en relación. En base a lo anterior podemos resaltar que la experiencia Yo-Tú no es una experiencia de oposición sino un “entre”: campo relacional que surge como ámbito creativo. Buber sugiere tres esferas del “entre” donde se alcanza el mundo de la relación[12]:

  • La vida con la naturaleza.- Allí la relación oscila en la oscuridad y por debajo del nivel lingüístico.
  • La vida con el ser humano.- Allí la relación es clara y lingüística. Podemos dar y aceptar el tú.
  • La vida con los seres espirituales.- Allí la relación está envuelta en nubes pero manifestándose, sin lenguaje aunque generando lenguaje.

      Es tan sólo la vida con el ser humano la única esfera donde a través de un “entendimiento lingüístico” se es capaz de alcanzar la relación “podemos dar y aceptar al tú”; la vida con los seres espirituales refiere directamente a relaciones como la del hombre con el arte que aun que no son relaciones de índole lingüístico son capaces de generar su propio lenguaje; por otro lado la vida con la naturaleza pudiera llegar a captar al hombre a partir del poder de su exclusividad como árbol, animal o planta, es allí donde puedo establecer una relación directa con la naturaleza.[13] Finalmente podemos decir que entrar en relación con  otros hombres  posibilita al ser humano superar su estado natural para trascender fuera de sí mismo a través de la palabra Yo-Tú yendo hacia el encuentro del otro, ampliando sus horizontes no por efecto de apropiación sino de relación del propio horizonte con el del prójimo.

De lo anterior podríamos resaltar las siguientes características que nos ayudarán a redondear lo que entendemos por la relación Yo-Tú:

La relación Yo-Tú funda una (1) forma de existencia en el mundo. Se trata de entrar en (2) relación con la característica de la (3)  inmediatez, no existe una mediación en caso contrario se trataría de una objetivación del otro; el situarme frente al otro actualiza mi existencia y la del otro, en otras palabras la coloca en (4) el presente; el Tú tiene un (5) valor en sí mismo por tanto es único e irremplazable, (6) el ser humano es el único con el que el Yo puede establecer una relación de Tú en forma lingüística y (7)recíproca. Este ejercicio de relación le permite al hombre (8) trascender su individualidad para adquirir ese carácter de humano[14].

Yo-Ello

La relación Yo-Ello es complementaria a la relación Yo-Tú ya que ésta proporciona las herramientas para vivir en el mundo. Como comentábamos anteriormente Buber sugiere que la génesis del Yo tiene que ver con la distancia originaria que coloca al hombre respecto a su entorno como distinto y separado. El Yo surge en ese momento como el portador de las impresiones del mundo y el mundo se torna su objeto, sin embargo es solo hasta que el hombre pronuncia la palabra básica Yo-Ello que él se establece fuera de relación con el mundo, se hace consiente como sujeto del experimentar y usar.[15] Decir Yo-Ello se opone entonces a la palabra fundamental Yo-Tú en el momento en que esta palabra no permite situarse de frente al mundo y en relación, como lo haría la relación Yo-Tú,  sino que coloca al hombre ante las cosas.

Desde la relación Yo-Ello, el mundo es medible, pesable, adquiere una densidad numérica y fraccionable. El hombre obtiene la capacidad de experimentar las cosas, lo cual constituye el mundo del ello, y logra  su “conservación, la facilitación, y el equipamiento de la vida humana”[16] en la medida que utiliza les medios que requiere para lograrlo. En el mundo del Ello el conocimiento de la naturaleza y la causalidad se asocian dándole las herramientas al hombre para su manipulación y conservación en este mundo. Como bien menciona Buber el hombre no puede vivir sin el mundo del Ello, pero aquel que solo vive en el mundo del Ello no es ser humano.

Las palabras básicas Yo-Ello y Yo-Tú permiten el flujo de la vida humana, es una relación que se co-pertenece sin embargo una vez que el hombre comienza a ser atrapado por el mundo de la experiencia se adentra en el pasado perdiendo la posibilidad de encontrarse con el presente. Sin embargo Buber aclara que el hombre a pesar de adentrarse en el mundo del Ello siempre tendrá la posibilidad del encuentro y realizar una vez más el recorrido del Yo-Ello al Yo-Tú cuando en lugar de definir la relación a partir de una perspectiva utilitaria se pone de frente al otro en una relación de mutua reciprocidad. 

El diálogo para Buber va más allá del decir, es un acto que involucra una forma de ser en el mundo, la relación Yo-Tú. Decir Tú es decir Yo en relación, es esa reciprocidad de dones que cambia a cada uno de los actores. Decir Tú en el diálogo requiere de aceptar y recibir al otro en su diferencia, con la característica de que este tiene que ser un acto de ida y vuelta, un acto de reciprocidad. El hombre que entabla el diálogo no se posiciona frente a algo a manipular o un “objeto de algo”, sino en un “entre”, se coloca en relación con el otro, es por ello que diálogo es en principio relación y reconocimiento mutuo. Buber nos ayuda a distinguir este tipo de diálogo que el nombrará como autentico respecto al diálogo técnico y el aparente:[19]

  • 1. Diálogo Auténtico.- Cada uno de los participantes considera al Otro o a los Otros en su ser y ser-así y se dirige a ellos con la intención de que se funde una reciprocidad vital.
  • 2. Diálogo Técnico.- Sirve para entenderse objetivamente en el mundo del ELLO.
  • 3. Diálogo Aparente.- Cuando se le saca el disfraz, se lo descubre como monólogo.

Sin dejar de involucrar un ejercicio de encuentro se puede distinguir en estos tres tipos de diálogo una intensidad en la relación que a medida que se aleja del sentido del encuentro tiende a posicionarse en el mundo del Ello, mientras que el diálogo técnico dado su significado como orientador dentro del mundo del Ello manifiesta relación aunque con miras a convenir en un ámbito técnico, el diálogo aparente no es sino un devenir del discurso que no pretende nada más allá de un público de escucha, negándose a la apertura para recibir al otro y fundar el diálogo.  Es el diálogo auténtico el que permitirá al hombre adquirir el carácter de humano en el grado que este logre entablar relaciones de encuentro con el otro.

A partir de aquí cabe la pregunta en relación con la teoría de la palabra originaría Yo-Tú y Yo-Ello, ¿Qué pasa cuando el encuentro es entre dos personas o grupos de diferentes culturas? ¿Es posible el diálogo auténtico entre personas y grupos de culturas diferentes? De acuerdo a lo que nos propone Buber la relación no cambia, se trata de un acto de donación donde se acepta y se recibe el otro como Otro. “El verdadero diálogo, así como todo cumplimiento real de la relación entre hombres, significa aceptación de la alteridad.”[20]Sin importar la cultura de la cual venga él o los interlocutores para que la relación Yo-Tú sea posible es necesaria la disposición al encuentro, escucha y silencio frente a lo que el otro tiene que decir, por igual el otro responde en este ejercicio de reciprocidad en ese acto de escucha. Ser Otro es necesario para que ocurra el diálogo, a su vez se requiere de descubrir al Otro en lo que él me permite conocer de si en el encuentro.

Si dimensionamos lo anterior desde la óptica de la interculturalidad la relación tiene un sustento cultural, incluyendo el social e intersubjetivo, es por ello que el conocimiento en el ámbito intercultural adquiere una relevancia superior ya que este fungirá como base para poner en contexto a los interlocutores. Como bien menciona Lenkersdorf “no podemos conocer nada  a no ser que el sujeto por conocer se apropie de nosotros en el acto conocedor nuestro”[21]. El principio de interrelación continua aun en el acto cognitivo no se trata de un mero acto de apropiación es un acto de don que permite que el otro también conozca lo que Yo soy. Si trasladamos este acto cognitivo relacional al diálogo intercultural, es un acto donde las personas se reconocen en su diferencia y aprenden lo que el otro es y puede donar en el encuentro. La cultura del otro, en el diálogo autentico de Buber, puede resultar  un don en la medida que soy capaz de aceptar su otredad como un elemento que ayuda a reconfigurar mi horizonte cultural.

Como podemos ver la propuesta de diálogo de Buber no reconoce en la relación Yo-Tú un vínculo de poder o de dependencia en su sentido negativo, en caso de que lo hubiera estaríamos en presencia de una relación Yo-Ello, donde el otro se convierte en objeto de mi poder o de mi acción. Entonces, para aquellos actores que pretenden participar individualmente o como institución en un grupo sociocultural diferente  ¿Cómo sería idóneo adentrarse en el mundo del Tú de otra cultura? En parte la base de nuestra respuesta se sentará en un “conocimiento relacional”, no el conocimiento por sí mismo desvinculado y objetivador, sino fundado (con raíces) en la relación, se tratará de conocer la cultural del Otro para responder al Tú en su plena Otredad. No se trata únicamente de objetivar al Otro para entenderlo, sino de entrar en relación con su mundo cultural, entendiendo este acto como una forma de adentrarse en la mirada relacional del Otro, el descubrimiento del Tú de la cultura otra.

El ejercicio intercultural desde la palabra Yo-Tú implica entenderse a sí mismo como un Tú que tienen que conocer y hacer visible su marco cultural, apropiarse de su valor y significado, con el fin de ponerse en juego con el otro no desde la “anarquía relacional” sino desde el encuentro y diálogo de culturas, en lo que llamaría Buber una tensión espiritual o relacional. En otras palabras y ejemplificando en el caso específico de la Huasteca Hidalguense, significaría a las personas y representantes de cualquier institución que pretendan un encuentro verdadero con los pueblos originarios de la región, entrar en relación con la palabra nahua, otomí, tepehua (de lo humano) y los pueblos nahua, otomí, tepehua entrar en relación con la palabra (de lo humano) de las personas e instituciones mestizas. Lo anterior sugiere un ejercicio de aprendizaje y apropiación del propio espíritu[22], de la propia palabra. O dicho de otra manera, de un ejercicio de autodeterminación en diálogo con el otro.

Bibliogra
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1 agosto 2022 1 01 /08 /agosto /2022 12:41

CLAVES Y MISTERIOS DEL CLIMA Y DE LOS OCÉANOS DE NUESTRO AGREDIDO  PLANETA

 

 

“La roca que se desintegra, la lluvia que nutre, el sol que estimula, la semilla, la raíz, el ave: todo son uno”.- Nan Sepherd

 

Leer en estos días los dos libros que en esta ocasión les recomiendo es un ejercicio de humildad y casi de reparación ética –si tal cosa fuera posible- para con el planeta que nos cobija y al que estamos, lastimosa pero porfiadamente, destruyendo. Tanto el del aventurero, explorador y naturalista Tristan Gooley (una especie de avatar de Indiana Jones) sobre “El mundo secreto del clima”, como el del biólogo marino Alex Rogers, oxfordiano asesor de las Naciones Unidas y de Greenpeace, “Misterios de las profundidades” (“Las maravillas ocultas de nuestros océanos y cómo protegerlas”), son libros cuya lectura y sola existencia constituyen un valioso testimonio para nuestra historia como especie, en las sombrías horas que están por venir, cuando es más que probable que la huella homicida del carbono y los combustibles fósiles acaben con el clima y los océanos tal como hasta ahora los conocíamos.

Ambos volúmenes editados por Ático de los Libros de una forma sencillamente formidable, profusamente sembrados de fotografías, dibujos e ilustraciones de todo tipo, dejan al lector –al menos a mí me ha ocurrido, mientras leía y, al margen  del libro, veía las imágenes televisivas de los inmensos incendios que asolaban nuestra tierra en ese mismo momento- con una sensación de amarga desolación, de estar asistiendo al principio del fin de una era en la que podían escribirse y publicarse libros como estos porque mostraban algo que aún existía tal como lo conocíamos históricamente….y ante lo que pensábamos que siempre tendríamos la posibilidad de conocerlos en vivo y en persona. Y también nuestros hijos y nietos. Pensar en que ese mundo está desapareciendo provoca tristeza y rabia, culpa como especie y rencor contra los intereses y personas que lo han propiciado.

El gráfico e impactante título del reportaje lo tomo prestado de una vieja, olvidada y deliciosa novela de Sir Arthur Conan Doyle, el padre de Sherlock Holmes y del profesor Challenger (el de “El mundo perdido”). En ella se nos describe como un experimento científico logra llegar al “corazón vivo” de nuestro planeta y éste reacciona como un ser ofendido y ultrajado. Y lanzó un alarido de dolor. Metafóricamente la Tierra está lanzando últimamente muchos alaridos: los incendios, la sequía, las pandemias, las tormentas e inundaciones… Como los antiguos griegos con “Gea”, el novelista inglés flirteaba con la idea de que la Tierra era un ser vivo al que se debía respeto y cuidado.

Esa ha sido siempre mi actitud ante la Naturaleza. Llevo medio siglo de dinámico trato con las montañas, los senderos y la vida al aire libre, así que el libro de Gooley ha sido un bello regalo para mí y lo será para cualquier persona curiosa por las cuestiones naturales: aunque quizá estemos viviendo el “Canto del cisne” de la Naturaleza del último siglo: nuestro autor dice al principio de su libro: “el clima se ha desvinculado de su hogar: la tierra”.

Gooley nos enseña a “mirar de cerca el paisaje”, a observar los pequeños detalles, zonas de sombra, vientos y brisas, la orientación de árboles, arbustos, colinas y montes; sin olvidar a los animales presentes en un momento dado, las plantas y las flores, los insectos, riachuelos y manantiales, fenómenos como granizo, lluvia y nieve, hongos y líquenes, la niebla y el maravilloso mundo de las nubes, sus formas, sus claves y la información que llevan consigo.”Cada fenómeno meteorológico puede descomponerse en estos tres ingredientes: calor, aire y agua” Y las nubes nos indican las variaciones del clima si sabes leer sus formas. “Si crecen en vertical, mucho más altas que anchas y no parecen alcanzar un tope, la atmósfera es inestable”. Para facilitarnos las cosas,  Gooley nos habla de los “siete patrones de oro” para conocer los cambios del tiempo a través de las nubes. Y reconocer las tres familias fundamentales: cirros, estratos y cúmulos. Y, naturalmente sus “primas”, cirroestratos, altoestratos, nimboestratos, cumulonimbos.

De vez en cuando Gooley se permite un momento de relajo y nos regala una experiencia propia, como el paseo por el Sahara  con un musulmán en pleno Ramadán y la delicia de los “hoodoos” (chimeneas de hadas)  y el terror (justificado, aunque muy irónico) del autor hacia los osos, que proporciona alguna que otra sana carcajada. Como dice nuestro autor: “el tiempo, sea amable o malicioso, moldea nuestra esencia y lo ha hecho desde el principio de nuestra historia”.

 

Y también nos ha moldeado el agua, el misterio de los mares y océanos. Esa es la materia de los sueños del biólogo Alex Rogers. Y en este libro sale a flote de entrada la necesidad urgente de proteger los océanos del planeta, ante el uso depredador que se hace de ellos, desde la pesca abusiva, a las prospecciones petrolíferas o de gas, o el vertido indiscriminado de tóxicos químicos o de plásticos –auténticas islas flotantes con la extensión de países- y microplásticos que envenenan a los peces y, siguiendo la cadena trófica, a los humanos.

Como se dice en el libro, la parte más profunda del océano es aún menos conocida que la Luna. En realidad no solo vivimos de espaldas a los océanos o usándolos de forma utilitarista sino que sigue siendo un lugar todavía no muy explorado por los científicos y alejado del interés y la atención de la mayoría de los seres humanos.

Hemos actuado de tal manera que en lugar de aprovechar la capacidad oceánica de ayudar en la lucha contra ese cambio, absorbiendo los excesos carbónicos  incompatibles con la vida, estamos provocando el agotamiento de esa capacidad, lo cual acelerará el proceso. Rogers nos informa de la sorpresa alarmante de haber encontrado microplásticos en lugares de las profundidades marinas que  han sido descubiertos recientemente por la nueva tecnología exploratoria. Lugares a los que jamás había llegado la criatura humana. Como escribe Rogers, “Dado que el conocimiento humano disminuye con la distancia a la costa, existe la tentación de creer que estas aguas profundas y oscuras no tienen vida y que podemos hacer lo que queramos con pocas perspectivas de daño. En los últimos 30 años he oído a los gobiernos y a las empresas vender esa tontería una y otra vez. Nada más lejos de la realidad, y cuanto más descubrimos sobre el océano, más comprendemos la importancia de la vida que contiene para el mantenimiento de nuestro ecosistema planetario, del que dependemos para sobrevivir”.

Desde las pozas irlandesas donde un niño, que luego sería un famoso biólogo marino, observaba la maravilla diversa de las criaturas marinas que vivían en una humilde charca rocosa junto al mar, hasta la defensa activa de la supervivencia de los corales (con éxitos tan sonados como detener las prospecciones petrolíferas de la Shell en aguas escocesas donde había colonias coralinas), la carrera profesional de Rogers se concentró en una defensa en distintos foros de la integridad de los océanos y la defensa de su variadísima fauna propia.

 Todo ese formidable currículum queda reflejado en los interesantísimos capítulos del libro. En el dedicado a la pesca de altura, donde condena inexorablemente los excesos salvajes de la industria pesquera mundial (sobre todo por el sistema de arrastre), pregunta irónicamente “¿Talarías un bosque para atrapar a los ciervos?”. En cuanto a su numantina defensa de los arrecifes, le dedica el capítulo 5 y lo titula “¿Cómo evitar la destrucción del ecosistema más emblemático del mundo?” Lo cierto es que el lector ni siquiera sospechaba la extraordinaria riqueza que atesoran los arrecifes, así como su labor en el vulnerable equilibrio homeostático del ecosistema marino.

 Quizá lo más alarmante es algo que ya nos es dolorosamente familiar: la premura, la urgencia y la escasez del tiempo que nos queda para tomar medidas antes de que el mal sea irreversible. Rogers nos cuenta cómo se va reduciendo el nivel de oxígeno en los océanos y una acidificación del mar que ya es 10 veces mayor que la peor registrada históricamente hasta el momento.

 

Pero el mundo sigue con la codiciosa ceguera neocapitalista al mando de la nave, mientras las temperaturas han subido 2,2 º C, sigue disminuyendo las capas de hielo en los Polos, aumenta el nivel del mar (9 centímetros desde 1993), se pierden millones de litros de agua potable por el deshielo, la sequía aumenta y se extiende, al igual que los incendios incontrolables y devastadores…¿Hasta cuando no nos percataremos que ya no se trata de encontrar remedios circunstanciales a estos problemas sino de cambiar radicalmente el estilo de vida que los ha causado?

 

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

FICHAS

EL MUNDO SECRETO DEL CLIMA.-Tristan Gooley.- Trad, Luz Achával Barral.- Ático de los Libros.- 399 págs.

MISTERIOS DE LAS PROFUNDIDADES.- Alex Rogers.- Trad. Joan Eloi Roca.-Ático de los Libros.- 335 págs.

 

 

 

 

 

 

 

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19 junio 2022 7 19 /06 /junio /2022 19:14

Durante años he leído, analizado y escrito sobre Hannah Arendt, la filósofa y politóloga alemana y judía que revolucionó el mundo de la filosofía política a partir de mediados del siglo pasado.  De vez en cuando sigue apareciendo algún libro, ensayo o conjunto de artículos de la Arendt, inéditos en español. El presente título fue publicado en inglés en Estados Unidos a finales de los sesenta y toda su casuística referida a la libertad y a la necesidad de mantener la libertad "de ser libres" está teñida con la vocinglera y animada política de aquellos dorados años en los que los idealismos corrían a la par de las razones más profundas y visibles, políticas, económicas y sociales para no sostener dichos ideales. Hasta el 2028 no ha llegado a las librerías españolas.

En esta ocasión, las reflexiones de la Arendt sobre las revoluciones, particularmente la francesa y la norteamericana,  en las cuales el concepto y la práctica de la libertad eran una exigencia y un deber, resultan de una asombrosa pertinencia en las reflexiones políticas de nuestros días. Mientras la revolución francesa supuso un punto de inflexión en la historia pero fracasó de forma desastrosa, la norteamericana de los Padres Fundadores se desarrollo de una forma triunfal pero se enceró en sí mismas y se convirtió en un asunto no exportable y sumida en sus propias contradicciones (la guerra civil, el racismo, las diferencias sociales). Pero justamente la época en la que la Arendt escribe, los norteamericanos han tratado de exportar su historia y modo de vida, de una forma espectacular tras la Primera y la Segunda Guerra Mundial y de forma nefasta y absurda desde los sesenta con la guerra de Vietnam, la primera equivocación de prepotencia y soberbia bélica que luego, a través de los 80,90, y el nuevo siglo, se ha repetido una y otra vez.

La idea de la revolución resultaba atractiva como laboratorio de la libertad en la época en que Arendt escribe su libro. Ahora su lectura ya no es ilustrativa de algo deseable políticamente, pero sí como advertencia y motivo de reflexión para las jóvenes generaciones de hoy, que tienen ante sí motivos de alarma sobre la decadencia de la idea y la práctica de libertad en una sociedad super tecnificada donde el individuo sólo cuenta como consumidor.

Y así reflexiones como la que cito a continuación, lanzan el foco de la duda sobre cuestiones en las que la Arendt ni siquiera soñó: la llegada de una nueva guerra fría tras la guerra de Ucrania y el empeño de la OTAN y de Putin se resolver problemas de libertad a través de la intervención militar: " éstas aun cuando triunfan se han revelado notablemente ineficaces  a la hora de restaurar la estabilidad y de llenar el vacío de poder, de instaurar la estabilidad en lugar del caos, la honestidad en lugar de la corrupción, la confianza en el Gobierno en lugar de la decadencia y la desintegración. "

El caldo de revoluciones populares de la segunda mitad del siglo XX  fue un rosario de barbaridades y errores, brutalidad y genocidios y un regreso a la represión aún más dura que la colonialista puesto que venía de una minoría corrupta y armada de  los propios ciudadanos del país. Y es que, como decía Condorcet, "el adjetivo revolucionarias solo puede aplicarse a las revoluciones cuyo objetivo es la libertad", justamente lo que menos interesada a las élites que se aprovecharon de ellas. Como recuerda la autora, ninguna revolución se ha iniciado nunca por las masas de " los  oprimidos, los desdichados, los miserables y los condenados de la tierra" como cantaba la Revolución francesa. La revolución sólo es posible allí donde se desmorona la autoridad política, falla la estructura misma del poder. La revolución parece ganar siempre al principio, porque recogen los pedazos del poder que había, pero  éste no tarda en volver a estructurarse ( el poder es una alianza entre la economía y la política) y acaban con la revolución bajo un nuevo orden, casi siempre tan o más represivo que el anterior. Ya que la liberad de ser libres significa ante todo ser libre no sólo del temor, sino también de la necesidad. Y eso solo está en la mano de una minoría.

Como decía Sant Just, nos recuerda la Arendt,  "Si queréis fundar una república, debéis encargaros primero de sacar al pueblo de un estado de miseria que lo corrompe. No se tienen virtudes políticas sin orgullo. No se tiene orgullo en la indigencia".

Y para los idealistas, la Arendt recuerda las palabras de Maquiavelo:  "no hay nada más difícil de realizar, ni de resultado más dudoso, ni más peligroso de gestionar, que iniciar un nuevo orden". Y eso sirve de aviso para navegantes de esta autora para la que estuvo claro ya en aquellos años de las dificultades que causaría el resurgimiento del Estado nacional en un mundo dominado por procesos económicos globales. " Es decir, hoy.

FICHA

LA LIBERTAD DE SER LIBRES.- Hannah Arendt. Trad. de Teófilo de Lozoya y Juan Rabasseda.-87 págs. Ed. Taurus

 

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8 junio 2022 3 08 /06 /junio /2022 12:19

El fascinante mundo privado de una amistad entre dos genios más o menos parejos, en realidad dos de las plumas en lengua alemana más leídas en el mundo, Hermann Hesse y Stefan Zweig, es un enorme placer no sólo para los amantes de los ensayos y novelas de ambos, sino para cualquiera que quiera entrar en la convulsa época en la que ambos vivieron, dos guerras mundiales, la persecución y el exilio y, en el caso del austriaco un suicidio inducido por la desesperanza y el miedo a los nazis. 

Es Hesse el que "rompe el hielo" y manda a Zweig un libro de poemas que acaba de publicar -costeándose con apuros la edición- y pidiéndole a cambio un ejemplar del "Verlaine" de Zweig, que ya es un escritor consagrado. Pero es la amable, cortés y extensa respuesta de Zweig la que realmente impulsa un epistolario que se extenderá por un periodo de 35 años. Hesse no era muy amigo del trato con escritores  y de formar parte de esa  " Liga secreta de los melancólicos" que según Zweig debería instituirse para los poetas y escritores en lengua alemana. Pero  el peculiar poeta y novelista alemán comprende de forma prematura que se encuentra frente a un "hermano" austriaco que, como él, será uno de los baluartes literarios de la razón, el bien y la solidaridad en los tiempos más sombríos que había conocido la humanidad.

Este precioso libro editado por Acantilado es un semillero de sugerencias y datos de los dos escritores que permiten lanzar una mirada furtiva a las maneras de pensar y de ser de las dos enormes figuras de la literatura del siglo XX.  Hesse era cuatro años mayor que Zweig y le sobrevivió 20 años. No solo se nos ofrecen ciertas claves que nos ayudan a comprender mejor a estos autores y sus obras sino  que, a través de las cartas,  nos regalan los testimonios de una época convulsa y la maduración intelectual de ambos a tenor de los acontecimientos. La relación epistolar empieza en 1906 y durará prácticamente hasta el suicidio de Zweig en Brasil en 1942.

Zweig, perteneciente a la burguesía austriaca, cultivado, viajero por medio mundo se considera a sí mismo y a Hesse  "afines del alma", aunque éste apenas tiene estudios, es poco sociable, vive solitario en plena naturaleza, junto a un pueblo de menos de 300 habitantes y no le gusta viajar. Quizá debido a ese fuerte contraste su relación es casi totalmente epistolar  y sólo se verán en dos ocasiones. Pero ambos mantienen una postura racional y pacifista en una época en la que eso era considerado poco menos que una traición.

La conexión existencial e intelectual entre ambos escritores se refleja fuertemente en las cartas que leemos. Es reconfortante comprobar el temprano fervor europeísta de ambos y su decidida defensa de una comunión entre la estética y la ética. "Nulle estética sine ética", una vez "se alcanza cierta altura moral".

En la última carta de Hesse resulta impresionante y profética  su frase "En ocasiones la amargura nos impregna como el agua a la esponja". Pues sería esa impregnación de amargura y temor la que empujaría a Zweig a morir junto a su esposa, ingiriendo Veronal, ante la desaparición del mundo que él amaba y el caos que extendían los nazis por Europa. Hesse había entendido sin duda, la extrema decisión de su amigo, ya que el suicidio como vía de escape a situaciones no aceptables, había sido intentado en dos ocasiones por el novelista alemán.

Como escribe el compilador, "en épocas de extravío, en periodos de desorientación, nada es más urgente como las enseñanzas que estos dos autores han extraído de las catástrofes del siglo XX". Mientras leía el libro, me sorprendía la calidad anticipatoria de muchos de los comentarios que Zweig y  Hesse compartían en sus interesantes misivas. En esta época nuestra que parece querer superar los horrores del siglo XX, esta es una lectura evocadora y sugestiva. No se la pierdan.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

CORRESPONDENCIA, HERMANN HESSE Y STEFAN ZWEIG.-Ed. Volker Michels. Trad. José Anibal Campos. Ed. Acantilado.-227 págs.

 

 




 

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2 junio 2022 4 02 /06 /junio /2022 18:34

¡ALTO! , ¡EL LIBRO O LA VIDA!

(Charla pronunciada en la Biblioteca municipal de Beceite, el 28 de mayo de 2022)

 

Buenas tardes.  Eso del libro o la vida es una broma destinada a llamar su atención. Les voy a hablar de libros y del acto y función de leer.  Después de más de 70 años de leer de todo, en todas partes y en todos los momentos que podía dedicar a ello y algunos en los que no debía, he llegado a una conclusión. Leer tal vez no te haga más inteligente, pero desde luego te hace menos ignorante. Pero claro piensen que los libros son como los paracaídas, si no los abres no sirven para nada. He aprendido en ellos que un lector puede vivir mil vidas distintas y apasionantes, don Quijote, el mosquetero D’Artagnan, Anna Karerina, el capitan Acab y su Moby Dick, Ulises o Aquiles, sin embargo la persona que no lee vive solo la suya y quizá no la aprovecha del todo. Cicerón decía que un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma. Y tengo claro con mis propios hijos, que un niño que lee será un adulto que piensa. No voy a entrar en la actual batalla entre libros de papel y libros digitales. Un amigo informático me dijo cierto día, qué maravilloso invento el libro: no se cuelga como internet, no hay que enchufarlo, no necesita adsl, es fiable, hermoso y duradero. Su texto no desaparece por un fallo o por la obsolescencia programada, es fácil de hojear, volver atrás o hacer spoiler y mirar el final, no requiere mantenimiento y es mucho más fácil de recordar y de leer sin interrupciones digitales como mensajes y wsaps, no genera basura tecnológica, es resistente a golpes, caídas y un razonable maltrato. Y cuando los tienes juntos forman un escenario, la biblioteca, de lo más hermoso y acogedor. Y aún  así  les aseguro que lo que sigue es una verdad relativa. Quiero decir que lo es para mí y para los que sienten como yo. Así que los que no opinen lo mismo, disculpen y paciencia. Aquí se va a hablar de amor a los libros.

Pero volvamos a lo de comparar el libro y  la vida…dos términos que parecen muy alejados entre sí, casi opuestos. Cuando uno lee, ¿vive? ¿Puede uno vivir sin leer? ¿Acaso los libros favorecen la vida o más bien la dificultan? Serias preguntas…sin respuesta posible. Depende de a quién y de qué libros. Miren ustedes, el Beatle John Lennon dijo que la vida es eso que pasa mientras estamos ocupados en hacer otra cosa. Pues bien, cuando esa “otra cosa” es leer, mantener amistosas relaciones con los libros, la vida se vuelve más amable y divertida. La comunidad lectora es una de las más fraternales que conozco y no hay placer más gratificante que dos desconocidos que charlan y de pronto descubren que ambos son  aficionados a un determinado autor o género literario. Apúntense a un Club de Lectura y lo comprobarán.

Mi propia vida ha estado marcada desde muy tierna edad por la convivencia con los libros. La de ustedes lo ignoro, pero el objetivo de esta charla consiste en demostrar que, con independencia de nuestras edades,  formación, familias y entornos sociales, al margen de todo esto, los dos elementos de la ecuación, libros y vida, suelen estar, de forma directa o indirecta en relación causal: a más libros, por supuesto leídos, uno obtiene más datos de lo que es una vida buena; cuantas más lecturas hagamos, quizá haya más posibilidades de apreciar los diferentes aspectos de la vida. O no. Lo cierto es aunque los libros y su lectura no garantizan nada… a cambio de muy poca cosa, el precio del libro y el tiempo de leerlo, no sólo nos concede diversión y amplía conocimientos (lo cual no es poco) sino nos regala algo que se va depositando en nuestra memoria y que crece y se multiplica en forma de ideas, sugerencias, anécdotas, placer y sabiduría. Por leer no seréis más ricos o tendréis una casa  o un coche más valiosos. Aunque quizá la suma de lecturas faciliten indirectamente las circunstancias que favorecen esas condiciones de prosperidad económica o social. Y, en todo caso, lo que suele obtener el lector a menudo, es más sentido común, un poco más de humor, sano escepticismo, paciencia y algunos trucos para sobrevivir en la selva de la vida.

El libro es a la vida lo que la sal al guiso de la existencia. Y para algunos, la cocina y la despensa completas. Ustedes estarán pensando, “qué nos está contando este tipo?. Seguro que vive de los libros, debe ser editor, librero o, Dios nos coja confesados, escritor”. Pues sí, la peor de las suposiciones es cierta. Me nacieron escritor, ante la perplejidad y el desconcierto de mis padres, hermanas y otros allegados. Creo recordar que hubo un remoto escritor en la familia. Fue el autor de un solo libro “El triúnfulo melancólico” allá por el siglo XVIII o XIX. Era un espadachín pendenciero y un truhán además de poeta satírico y burlón. Terminó mal, como era de esperar. Descanse en paz y sigamos.

De entrada sepan que no he publicado muchos libros, ni soy  popular (gracias a Dios), ni acudo a tertulias en Tele5. Ni aspiro a ser un “infuencer” en la Red. Sólo publiqué una decena de títulos hace años y mi formación tiene más que ver con el periodismo, la filosofía y la psicología que con la novela, la poesía o el ensayo. Abandoné la narrativa y me dedique a la crítica literaria, como un trabajo más que me permitía escribir y leer y, por supuesto, lograr libros gratuitamente. A la velocidad que leo y lo exigente que me he vuelto sobre los libros, no hay sueldo y menos pensión de jubilado, que resista una visita semanal a las librerías.

La lectura es algo esencial en la vida de muchas personas, al margen de su edad y de las desdichas y satisfacciones que colecciona en su existencia. Y muchos de nosotros, les diré como confidencia, nos apañamos económicamente en la adquisición de libros gracias a las Re-ready, unas librerías “low cost” que se abrieron en algunas capitales, Lérida, Barcelona, Zaragoza, Madrid y no sé si en Teruel, en las que se encuentran libros muy interesantes por dos o tres euros el ejemplar.

Pero sigamos con la relación entre la vida y los libros. El filósofo griego Sócrates aseguraba que una vida en la que no se piensa en lo que uno hace, lo que desea y lo que ama y se vive de forma casi automática, sin buscar la mejora, el conocimiento, es decir, una vida sin pensar, no merece la pena ser vivida. Pues bien, los libros son una de las herramientas que nos pueden dar esa conciencia de vivir una vida mejor, la vida buena.  Aunque como dije al principio, en realidad, aunque sea sin libros, la vida siempre merece la pena ser vivida. Pero puede ser que  no se viva tan plenamente.

A partir de este momento hay dos caminos a seguir: uno, hablarles de autores y de sus libros, desde los cuentos de hadas a las memorias de cualquiera de los políticos ejemplares que tenemos en este país,  o el último best seller de autoayuda, un tipo de libro de gran acogida. Se trata de recocinar a cualquier clásico en un lenguaje de wasap o de tic-tac o instagram. Prometen mucho y dan poco. También por supuesto puedo hablarles de los clásicos. Pero en estos tiempos de buenismo y denuncias de mala conciencia  se están manipulando elementos y finales de historias clásicas. Así Caperucita Roja llega a un acuerdo con el lobo, antes de merendarse a la abuelita, por supuesto, por aquello de especie protegida. Emma Bovary, Anna Karerina, la Regenta, Helena de Troya, la señora Dalloway, célebres adúlteras, son redimidas antes de su última caída por aquello del feminismo militante; Moby Dick   es amnistiado por un Acab ecologista y proballenas. Lo políticamente correcto –una hipocresía que se extiende sobre el sexo, la raza y la historia - elimina el racismo implícito en Otelo o el sexismo homófobo en Billy Bud o los genocidios de negros e indios. En fin, sería un tema divertido si no fuera penoso.

Ese el camino que dejamos de lado en esta charla. Seguiremos otro, más interesante por ser menos ambicioso, que me lleva a hablar de cómo se escribe un libro desde el punto de vista limitado y humilde de un solo autor, al que conozco bastante bien. Se trata del individuo que tienen frente a ustedes. Yo.

Dada mi escasa relevancia como autor de novelas, me justifica mi amplio historial como hombre de pluma, escribidor experto en artículos, reportajes o comentarios de todo tipo, literario, filosófico, político, social o económico. Les hablaré de una extraña pulsión interna que es la escritura como medio comunicativo por excelencia. Ya sea a través de las efímeras páginas de un periódico, de una revista o las más duraderas de un libro. Salvo que dichos libros sean quemados en autos de fe, incendios involuntarios u hogueras fanáticas. Cosa que ocurre de vez en cuando en algún que otro país.

Sigamos con el rollo: ya sea usted novelista, narrador de relatos o novelas cortas, periodista o crítico, la forma y manera de hacer su trabajo es semejante. Empezamos con el hecho o conjunto de eventos que  tienen categoría para ser noticia y disparan el impulso de la realidad sobre la sensibilidad del que va a escribir. Pero este sujeto debe tener en cuenta  el entorno social, económico y político en el que se desarrolla el acontecimiento, ya sea local o internacional –como la pandemia o la guerra en Ucrania-, que, dada su relevancia,  constituyen una ruptura del proceso rutinario de la vida y marcan un “antes y un después”. Es la colisión entre esos eventos y la imaginación de escritor donde surge la chispa y la interpretación literaria que luego se reflejará en el texto.
Una vez aclarado el proceso –nacimiento de la causa- y el desarrollo: investigación y recreación de dicho elemento, pasemos a ejemplos prácticos para ilustrar la conexión entre la vida, la realidad,  y el texto que surge de la mente del escritor. Para ello, si me lo permiten, hablaremos de mi  propia obra y por qué y cómo escribí esos mis libros.  

Empecemos con “La última noticia”,  la primera novela que publiqué. Su argumento se desarrolla durante un par de días y narra la trepidante jornada laboral en un periódico de alcance nacional que se enfrenta a dos problemas simultáneos: una posible huelga laboral que enmudecería al diario y el estallido de una crisis internacional de graves consecuencias. Comienza con las noticias de una pequeña guerra real muy localizada entre Argelia y Marruecos con respecto al Sahara. Por una suma fortuita de  mala gestión política y pequeños malentendidos y errores entre las partes en conflicto se acaba convirtiendo en un enfrentamiento nuclear entre la URSS y los Estados Unidos. Ello ocurre en un entorno político de guerra fría entre las potencias y el temor popular internacional  a una guerra nuclear en  la sociedad de los 70 y 80 del siglo pasado. Como periodista tenía amplio acceso a los teletipos que informaban cada día y a todas horas de lo que ocurría en las arenas del desierto de El Aaiun. Ese aporte documental me facilitó solucionar los detalles argumentales, haciéndolos verosímiles. No les diré como acaba la historia: el título es suficientemente explicativo. El protagonista ofrecía “la última noticia” a un mundo que estaba siendo destruido.

Ya hemos visto cómo la profesión del autor le proporciona a éste los elementos operativos para llevar a cabo su labor.  A ello debemos unir los elementos de tipo personal y biográfico. Por ejemplo, en otra de mis novelas “Diario apócrifo de un joven seductor”, se narra la vida de un individuo que trabaja en un Banco y se siente explotado en una labor que carece de sentido para él. Siente que su vida se arruina. Mi protagonista, el joven seductor, está basado en un joven real, un compañero de Facultad que por razones familiares y económicas se ve obligado a  abandonar su vocación de poeta y sus estudios de Filosofía y Letras para encerrarse en el estrecho mundo de los empleados bancarios de bajo nivel en los años setenta. Las anécdotas y los sentimientos y emociones que le asaltaban en sus horas de aburrido y rutinario trabajo de oficina, me inspiraron  los detalles psicológicos que daban humanidad a mi protagonista y a sus esfuerzos por huir de ese ambiente. Aquí aproveché las vivencias de mi amigo pero sobre todo me alimenté de los usos sociales de la clase media baja en la Barcelona de la época, la represión religiosa y política, el tímido renacer de la protesta estudiantil y obrera y la exigencia de derechos.

En “El gran apagón”, recreo los acontecimientos, sucesos y accidentes que se producen en la Barcelona de finales de los 80 a causa de una avería del servicio eléctrico que afecta a toda la ciudad. Conté con la ayuda técnica de un conocido que trabajaba en una compañía eléctrica. Me informó de cuáles podían ser las causas accidentales de una avería lo suficientemente grave como para dejar a oscuras a toda la ciudad. Además eché mano de libros y reportajes sobre los grandes apagones de Nueva York de 1965 y 1977. Lo más interesante fue imaginar cómo y dónde se producían los supuestos altercados, delitos y problemas que el apagón creaba en las calles, parques y establecimientos públicos y privados de Barcelona. El apagón me permitía dejar libre juego a mi imaginación. Estaba llena de posibilidades: una gran ciudad asustada, desbocada, a oscuras, difícil de controlar y vigilar, en la que la delincuencia tenía las manos libres y también los movimientos de oposición política o de protesta social o laboral  que abundaban en esa época.

Un mes después de salir a la venta la novela, se produjo realmente un apagón en Barcelona. Un diario de entonces “El Noticiero Universal”, tuvo la idea  de publicar una doble página en la que se contrastaban los sucesos ocurridos en el apagón real con los que yo había imaginado. Para mi sorpresa al parecer me quedé corto. Como dijo un comentarista: “la realidad da sopa con hondas a la imaginación de cualquier novelista”.

Para comprender cómo funciona el engranaje creativo entre la imaginación del escritor y la realidad que la moviliza, hay que percatarse de que dicha realidad suele estar filtrada y a veces condicionada por elementos puramente biográficos y que actúan de forma disimulada, a menudo con tanta habilidad que ni siquiera el autor se percata de ello. Y así, en otra de mis novelas “Cualquier día en la ciudad”, que obtuvo el Premio Ciudad de Gerona 1977, volví a usar el esquema narrativo de hacer que el protagonismo lo tuvieran las calles y barrios de Barcelona –es una ciudad de unas enormes posibilidades literarias creativas- en una fecha arbitraria pero real (11 de octubre de 1976, lunes) novelando los comportamientos cotidianos de una serie de personas durante el mismo espacio limitado de tiempo, un solo día. ¿Era una idea propia, genuina? No. Se trataba de un juvenil y excesivo intento de escribir una réplica  del “Ulyses” de James Joyce, que también transcurre en un día determinado (16 de junio de 1904)  de la ciudad de Dublin, con una serie de personajes que deambulan por los pubs, las calles, jardines, el río, instituciones y domicilios privados de la capital de Irlanda. La obra de Joyce es rememorada cada año desde 1954 en Dublin, con el “Bloomsday”, con bebidas y jolgorio literario en los mismos escenarios de la novela.

En esa novela se pueden ver claramente las influencias literarias. En mi caso, la de Joyce por supuesto, pero también el Cortázar de “Rayuela”, así como Goytisolo o Pérez Reverte. Está claro que, como dice la célebre frase, la mayoría de los novelistas y  poetas de una época somos como enanos subidos en los hombros de los gigantes de las anteriores épocas. La tradición literaria de cada país,y la universal en todos los casos, es el sustrato alimenticio de cada escritor.

En el caso de otra de mis novelas “El mosaico de Perseo”, donde  es evidente la influencia  de John Le Carré, Graham Greene o Somerset Maugham. Se trata de  una novela de espías que se desarrolla en Túnez en torno a los servicios secretos de españoles, norteamericanos y franceses. En esta ocasión usé información real sobre la red de los servicios secretos europeos, americanos y del norte de África, todos ellos intrigando en torno al control de las fuentes energéticas en Argelia, Marruecos y Mauritania. Fue una narración inspirada por mi trabajo de corresponsal en la zona. Fui enviado a Túnez a indagar sobre la posición de ese país en el problema político del Magreb con respecto a la guerra del Sáhara entre el Frente Polisario y las fuerzas marroquíes para controlar las riquezas minerales y energéticas del territorio saharaui. Mi novela trataba de reflejar la complejidad de lo que ocurría, sin recurrir a alimentar temores nucleares.

Sin duda los escritores están siempre bajo el influjo más o menos directo de una forma propia de pensar y percibir el mundo, identificable en casi todas sus obras. Es más evidente en genios de la talla de Cervantes, Dickens o Faulkner. A mi humilde nivel, ese influjo sueles ser un simple cúmulo de circunstancias, no especialmente raras o llamativas, las que me impulsan a escribir sobre ellas, dejando libre mi imaginación. Por ejemplo, tras un cursillo que realicé sobre antropología de las fiestas populares, me sugirió el profesor que  hiciera un estudio de campo sobre el Carnaval como fiesta ancestral, pagana y también religiosa, enriquecida por supersticiones y leyendas. Así que me fui a las Canarias en la época de los Carnavales y tomé notas para escribir el estudio antropológico que se me pidió.  Sin embargo, en lugar de ese trabajo erudito preferí escribir una novela sobre el Carnaval en Santa Cruz de Tenerife: “Bajo la máscara”. Se trataba de una narración que se desarrollaba en torno a un asesinato. Un terrateniente isleño era víctima de un crimen ritual en plenos Carnavales. Los protagonistas eran una periodista, un antropólogo y un policía, junto a algunas personas de la ciudad. Eludiré mi crítica sobre el libro.

Y para terminar, hablemos de “Demasiados verdugos para Albi”, un relato detectivesco muy alejado de los clásicos del género. El protagonista, Albi, un viejo periodista de sucesos muere víctima de una misteriosa enfermedad, sospechosamente en el momento más inoportuno, cuando estaba a punto de aportar pruebas sobre la corrupción de una oligarquía financiera que dominaba de forma brutal la ciudad. Para diseñar el argumento de ese relato policiaco con muerto incluido, confieso la deuda adquirida con la novela “El factor humano” de Graham Greene, de donde “pirateé” la fórmula de un curioso veneno que no deja huellas. Aunque este es un detalle menor. Lo interesante es que Albi usa su propia muerte  y sus artículos por publicar y publicados para mostrar, matemáticamente, las pistas que lleva a la policía a desenmascarar a los delincuentes de guante blanco que él denunció en vida. Ese fue mi adiós a la novela.

En resumen, desconfíen de muchos de los tópicos del escritor. Tanto el que dice que suda lágrimas de tinta para hilvanar sus historias –es raro el escritor que sufre realmente por escribir, salvo gente desequilibrada pero genial, como Kafka, Dostoievski o Malcom Lowry-. Y tampoco son de fiar los que dicen que lo pasa pipa. Lo cierto es que cada libro tiene sus servidumbres. Y que la valía de un escritor suele estar en relación directamente proporcional con el esfuerzo que dedican a escribir. Cada escritor es un mundo en sí mismo y no es justo generalizar. Tengan en cuenta que no sólo el tema, el estilo o el vocabulario son relevantes. El estado anímico del escritor, sus  problemas personales, económicos o sentimentales influyen en su obra. Todo suma. Por eso no es lo mismo Dickens que Proust, Lawrence Durrell, Joyce o Stefan Zweig. Hay quien hilvana ideas y palabras como si fueran las cuentas de un collar, como Henry Miller. Otros se baten con cada frase, como Ernest Hemingway o William Faulkner que siempre dejaban el trabajo diario en el punto en que tenían más cosas que escribir, para así asegurarse que al día siguiente iban a reanudar el trabajo.

Otro de los tópicos literarios que hay que tratar con pinzas es el de la maldición de la página en blanco. La cual sólo consta para escritores del siglo pasado, como yo, aunque en mi caso he superado la transición hacia el ordenador. Ahora es el maldito cursor parpadeante en la pantalla vacía del ordenador el que, como una burla del duende de la escritura, obsesiona al pobre autor que tiene la mente tan en blanco como la pantalla. Tampoco se lo crean demasiado. No hay encantamiento ni duende que valga. Detrás siempre hay una excusa o una constatación. O el tipo se ha equivocado en cómo debe continuar la historia que desea contar o simplemente no tiene ninguna historia que valga la pena narrar. Ese hecho es lo que le deja en blanco.

Sin embargo existe en algunos escritores un elemento indefinible y misterioso. Hablo de escritores como Kafka, Hermann Hesse, Henry James, Saint Exúpery… y de casi todos los poetas. En sus páginas aparece de pronto una frase o una imagen que estremece al lector. Es un detalle, una anécdota, un resplandor que nos asalta de pronto en plena lectura, que resalta como un brillante, un personaje que nos seduce, una reflexión que nos ilumina. Puede ser un diálogo de Hemingway o Mann; la descripción de un paisaje en Zweig; un sentimiento en “El pequeño príncipe” de Saint Exúpery; el final de “Auto de fe” de Elías Canetti…  Todos estos momentos, en sí mismos, forman parte del embrujo de la literatura. Y por esos instantes vale la pena leer, escribir, publicar y comprar libros. Es una emoción sencilla, quizá banal dirán ustedes, pero prodigiosa y reconfortante.

Un crítico célebre dijo que el escritor es más una comadrona que una madre. Su misión es traer al mundo a un niño, es decir un libro, con el menor daño posible: “si la criatura vive, gritará y se librará de cordones umbilicales y sondas alimenticias del ego del escritor” Vivirá por sí mismo, se independizará del autor. Éste sólo tendrá que cuidar las palabras que usa. Y eso se nota en el ritmo del libro y en su capacidad para encantarnos. Con su extraña relación entre el consciente y el inconsciente, la novela implica un proceso que ni los escritores ni los críticos llegan a entender. Imagínense los lectores.

Algunos dicen que el auténtico escritor puede ser un narcisista, pero detrás de eso hay un esfuerzo real y una diversión más o menos permanentes. Es como un estado de alerta  que se activa cuando el escritor ve algo o a alguien que le conmueve y encuentra un eco en su interior. Una semilla que debe fructificar. Eso es lo que define al novelista de raza, al creador de mundos, al hombre que pasea un espejo por el borde de los caminos y las calles de la ciudad y que, como Tolstoi, siente en su alma toda la complejidad de las almas de las gentes que le rodean, que sufren, disfrutan, juegan, aman, laboran y mueren a su alrededor cumpliendo el ciclo inevitable de los seres humanos.

De ahí que les diga, variando un poco la frase maliciosa que les solté al principio ¡Alto ahí! Piensen ustedes: Los libros son parte y espejo de la vida. Son los amigos fieles que nos regalan un sentido más rico a nuestra existencia, una entrada preferente a una vida  más buena, a la excelencia.

Eso es todo. Gracias por su atención.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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23 mayo 2022 1 23 /05 /mayo /2022 18:31

Este artículo ha sido publicado en Heraldo de Aragón, el 21 de mayo de 2022

En el hervidero político español, con su Gobierno funambulista sobre la cuerda floja y su nada fiel oposición, hace falta bajar un poco el fuego dialéctico y dejar que reposen los ánimos y se decante la suciedad que los intereses contrapuestos van dejando en la poco ejemplar vida pública. España es un vocinglero patio de Monipodio, instaurado en el Congreso, el Senado, los partidos –sin salvar ni uno- y la peste de coloquios, correveidiles de la Red, falaces mensajes virtuales, insultos, mentiras agresivas y hechos vergonzantes que enlodan el país. Los españoles no contagiados miran con asombro pesimista y un poco asqueados la corrala de vecinos resabiados en que se ha convertido España, nunca tan dividida y fragmentada.

Por eso en la placidez horaciana de mi retiro rural procuro evitar el contagio de la violencia y la falta de ética que sumerge la cosa pública en un pestilente caldo de falta de sentido común, lógica y humor. Para ello suelo, como terapia, leer cada día durante un par de horas a alguno de los clásicos que enriquecen mi biblioteca. En esas, di con Montaigne, el pensador francés del siglo XVI, que dice no ser filósofo y a cambio nos ofrece una muestra de una de las filosofías más vivas, sencillas y lúcidas. Recalé en sus “Ensayos” cuando el “catalangate” había provocado la penosa destitución de la directora del CNI, Paz Esteban, y con ello el ridículo político del Gobierno y su presidente y la debilidad del sistema secreto de información y de la estructura defensiva interior del Estado (que queda a merced de políticos que han manifestado pública y notoriamente su oposición al tipo de Estado que “disfrutamos”).

Es obvio que para Sánchez la razón de sus decisiones es “una apariencia de discurso que cada uno forja en sí mismo (…) un instrumento de plomo y de cera, que se puede alargar, plegar y acomodar a todos los bieses (sesgos, diagonales) y todas las medidas”. Y el presidente se debería aplicar esta reflexión escéptica y humilde: “lo que yo opino sirve para expresar la medida de mi visión (y mis intereses), no la medida de las cosas”. Y tener el valor de reconocer que la verdad, “tanto si nos perjudica como si nos sirve” debe ser buscada  y “no debemos desdeñar ninguna intervención que nos  conduzca a ella, ya que la verdad está por encima del amor propio”.

Como dice André Compte-Sponville en su libro sobre Montaigne , “en su tiempo, fanatismo y dogmatismo eran sin duda los principales enemigos de los que se dedicaban a la política”. No veo muchas diferencias de fondo con nuestro hoy, si le añadimos el nihilismo y la sofística. Señor Sánchez, lea en Montaigne: “¿Para qué sirven esas puntas culminantes de su política sobre las que ningún ser humano puede sentarse y esas reglas que exceden nuestro uso y nuestra fuerza?”…”nos propone perspectivas que ni quien las propone ni quienes las escuchan tienen ninguna esperanza de seguir ni, lo que es peor, muestran ganas de hacerlo”.

Quizá debería asumir como hace el filósofo francés que “Mi propósito puede dividirse en cualquier parte, no se funda en grandes esperanzas; cada día es su propio objetivo. Y el viaje de la propia vida se comporta de la misma manera”. O “mi filosofía se basa en la acción, en uso natural y presente, poco en fantasías”. Pero admite que “nuestro ser está cimentado en cualidades enfermizas…y quien eliminara las semillas de dichas cualidades en el hombre, destruiría las condiciones fundamentales de nuestra vida”.”Así, el engaño, la traición, la violencia… ¿Qué poder podría prescindir totalmente de ellos?” Y añade, comprensivo, quizá recordando a Maquiavelo, “La política no puede reducirse pura y simplemente a la moral, ni someterse siempre a ella. Tampoco puede abolirla ni pretender someterla”. Y añade: “las exigencias del poder, legítimas en su orden, no pueden servir de ética ni para los individuos…ni tampoco de manera suficiente para los príncipes…que aun en el trono más elevado del mundo están, como todos, sentados sobre el culo”. Pues, “no todas las cosas le son lícitas al hombre de bien por el servicio a su rey, ni al de la causa general y las leyes”.

Y cuando se dan esos casos de razón de Estado que justifican decisiones extremas, Montaigne advierte: “Hay que ceder frente a esas excepciones raras y enfermizas de nuestras reglas naturales. Pero con gran moderación y circunspección; ninguna utilidad privada es suficientemente digna como para pedir  ese esfuerzo a nuestra conciencia; la pública, de acuerdo, sólo cuando es muy importante. Lo útil solo prima honestamente cuando resulta útil a la mayoría. El mal solo es aceptable en beneficio del bien público”.  Y añade “nunca gobernamos bien cuando la pasión  nos posee y nos gobierna; aquél que solo emplea su juicio y su habilidad…disimula, cede, difiere a su gusto según lo requiera la ocasión; falla su objetivo sin atormentarse ni afligirse, dispuesto y entero para una  nueva empresa, avanza siempre con las riendas en la mano, más lúcido, eficaz y tolerante, sin permitir que sus deseos le engañen”.

La bonhomía lúcida de Montaigne podría ser una buena brújula para dirigir los asuntos de Estado en estos tiempos sombríos. Para ninguno de los que ejercen el poder está de más reflexionar sobre ello.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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3 mayo 2022 2 03 /05 /mayo /2022 09:37

“LA NARANJA MECÁNICA”, 60 AÑOS DE UN “SHOCK” CULTURAL

La novela de Anthony Burgess y la película de Kubrick galvanizaron el horror ante la violencia gratuita

En 1962, hace sesenta años, el escritor británico Anthony Burgess publicaba una novela distópica, desafiante, atrevida y decididamente obscena: “La naranja mecánica” (A Clockwork Orange). Casi 10 años más tarde (1971) Stanley Kubrick la adaptaría para la gran pantalla: una película que arrasaría y dinamitaría, con su hábil y medido sentido de la transgresión y el escándalo, la conciencia social de la época.

La novela se tradujo al castellano (una traducción que en sí misma era una hazaña, dado el neolenguaje que usaban los jóvenes) y a otras lenguas a consecuencia del éxito de la película. Burgess lograba llevar a la caricatura inteligente los juegos de palabras de Joyce (“Ulyses” (1922) y “Finnegans Wake” (1939) y la inventiva sexual culterana y escandalosa de Nabokov (“Lolita”- 1955). Lo que en Nabokov y Joyce era la palabra como acicate sexual y operativo, en Burgess era la música, principalmente Beethoven.

El caldo de cultivo de la distopía de Burgess no estaba motivado por razones políticas como “1984” de George Orwell (1948), o filosóficas y sociales como “El mundo feliz” (1932) de Aldous Huxley, sino por la cultura social emergente de las nuevas tribus juveniles que despertaban tras la II GM y comenzaban a vislumbrar un mundo más permisivo y con menos escasez y miseria. Desde los “Teddy Boys” a los “Mods”, los “Rockers” y los “skinheads”, la subcultura juvenil buscaba su decálogo de libertades y su código de señas de identidad, ya fuesen las motos, los coches, las melenas o los rapados, la música trepidante, el desenfado en el vestir y en las conductas, unidas a un acceso ilimitado al sexo, el alcohol o las drogas.  Y como correlato lógico de todo eso, una violencia entendida casi como celebración orgiástica.

A los 45 años, el profesor de literatura Anthony Burgess, con media docena de libros excelentes publicados, logró capturar el espíritu de los sesenta con “La naranja mecánica”, novela que pasaría a definir un estilo de vida juvenil y cuya influencia aumentaría exponencialmente cuando Kubrick unos años más tarde (por lo tanto sin salir de las generaciones reflejadas) ofreció su particular enfoque de la novela con una película que manipulaba el final de la historia y sus buenas intenciones pedagógicas y éticas. Burgess protestó ante Kubrick por esas omisiones y terminó rechazando su obra, amargado por el mimetismo violento que suscitó en los jóvenes de esos años (lo cual también salpicó a Kubrick, que terminó pidiendo a los distribuidores de la película que la retiraran de la exhibición pública).

Unas décadas más tarde el mensaje vitriólico –aunque redentor- de la novela y sobre todo la maldad gratuita de la película, que no reflejaba ese “buen final” del protagonista, fueron completamente absorbidos por la cultura popular posterior, cumpliéndose el axioma: “todo aquello que desafía a una cultura hegemónica capitalista termina por ser convertido en un producto de consumo totalmente banalizado”. La cinta de Kubrick escandaliza ya a muy pocos en estos tiempos, que de una forma curiosa han logrado superar e infantilizar toda la estética agresiva de la película. Los actos vandálicos, la alienación y psicosis colectiva, la violencia destructiva gratuita, las agresiones físicas contra colectivos inermes, ancianos, enfermos, deficientes mentales o los sexuales, mujeres, personas homos y heterosexuales, la destrucción de bienes públicos y privados, la adicción al alcohol o las drogas y sus efectos, forjan una problemática que ha pasado del esteticismo brutal ejercido bajos los mágicos sones de Mozart, Bach y Beethoven que vimos en la película, al más sórdido día a día de las páginas de sucesos o los telediarios en nuestras grandes megalópolis.

Ni siquiera al actual argot juvenil apocopado de las redes es demasiado diferente de la jerga adolescente de Alex- el protagonista de la novela, un chico de 15 años- y sus “drugos” (amigos y cómplices), forjada por Burgess, que combinó vocablos rusos y rumanos con el barriobajero “slang” británico y el comportamiento violento, al estilo de los “skinheads” o el “hooliganismo” de los 70 y 80.

Kubrick pretendió realizar algo que entendía como “una sátira social, un cuento de hadas sobre la justicia y el castigo, y un mito psicológico”. Lo cierto es que logró escenas icónicas en la historia del cine, como las acciones de violencia, sexo y mutilaciones, inmersas en las notas musicales de Rossini, Mozart, Bach o Beethoven y movimientos estilizados como danzas. La sátira social no tuvo efecto alguno, la justicia y el castigo se han convertido, hoy más que nunca, en un cuento de hadas y el mito psicológico ha dejado de serlo, renaciendo en forma de realidad en una versión universalmente extendida.

En la novela, las andanzas descerebradas y “ultraviolentas” de Alex y sus “drugos” (compinches)  tienen su castigo pero también su redención: en la última parte del libro (que fue excluida de las primeras ediciones para los Estados Unidos) Alex abjura de su pasado brutal y decide integrarse en el normal desarrollo de una vida pequeño burguesa entre las coordenadas del trabajo remunerado y de la constitución de una familia. E incluso lleva en el bolsillo una foto de un rollizo bebé, “que parece estar diciendo ‘gugú’”. Cosa altamente improbable y un poco ridícula: se nos propone que el sádico Alex se ha convertido en un ser angelical y cursi…a los 18 años. Aquí la formación religiosa de Burgess le ha jugado una mala pasada.

Sin embargo, el toque genial de Burgess es transformar a  Alex, ese líder demoníaco que hiere, golpea, roba, viola, destroza y asesina –y disfruta psicopáticamente de ello- en un adorador extático de la música clásica en sus más preclaros maestros. El tipo siente la misma jubilosa  atracción por la maldad sin cortapisas como por las notas de Mozart o Beethoven. La descripción de lo que siente Alex al escuchar un concierto de Bach, es precisa y brillante: “Los trombones  crujían como láminas de oro bajo mi cama y detrás de mi golová (cabeza) las trompetas lanzaban lenguas de plata y al lado de la puerta los timbales me asaltaban las tripas y brotaban otra vez como un trueno de caramelo. Oh, era una maravilla de maravillas”. Esa descripción suena más a Joyce que al brutal sonsonete de la “ultraviolencia” de las cincuenta páginas anteriores, en las que Alex, “vuestro humilde narrador”  y sus “drugos” han robado, herido, luchado y violado a ritmo de claqué o de la música de “Bailando bajo la lluvia”. Antes de acabar la primera parte, Alex mata a una anciana rica en su casa y es detenido por la policía, tras ser traicionado por sus compinches.

Este maridaje entre la Bella-la música clásica- y la Bestia, violenta y sanguinaria, podría tomarse  como una trasposición literaria y simbólica de algo muy vivo en la época en que se publicó la novela: el estupor y rechazo que producía la asombrosa coexistencia entre la alta cultura (música, arte, literatura) y la barbarie sistemática y burocratizada del III Reich. Quizá Burgess no tenía esa intención, pero muchos analistas de su novela han comentado ese paralelismo.

Para buscar un equilibrio (que luego rompería en la tercera parte) Burgess comienza la segunda con la estancia de Alex en la cárcel y su hipócrita comportamiento de sumisión bajo el que latían acentuados deseos de violencia y destrucción. Y aquí nuestro autor nos propone una visión “legal” de la violencia que proviene del Estado. Por una promesa de indulto, Alex acepta encantado que se le aplique una radical terapia de choque que a través de proyecciones de escenas de ultraviolencia –tan amadas por Alex- y de administrarle drogas reactivas y mantenerlo forzado sin poder evitar las imágenes, logran una brutal aversión física (ojo, no mental) a un simple amago de violencia. La nota hábil de Burgess consiste en hacer que el fondo sonoro de esas imágenes convertidas en aversión dañina, sea la música de Beethoven. Alex grita: “Usar de ese modo a Ludwig Van… Él no hizo daño a nadie. No hizo más que escribir música”. Escuchar esa música también le provoca náuseas y malestar insufrible. Alex no resiste eso y trata de suicidarse tirándose por una ventana.

En la película, Alex es “reconstituido” y acaba planeando nuevas maldades. En la novela, se convierte en un blando y virtuoso ciudadano que lleva la foto de un bebé ajeno en el bolsillo. Incluso su afición a la música clásica se ha decantado por “lo que llaman lieder, solo una voz y un piano, muy tranquilos y tiernos”. Quizá como dice Martin Amis  en “El roce del tiempo”, “Burgess sabía que algo fallaba en ese final: Alex es un adolescente y los lectores son adultos y pueden soportar perfectamente que alguien no se regenere”.

 

FICHA

LA NARANJA MECÁNICA.-Anthony Burgess.- Trad. Aníbal Leal. 166 págs.- Editorial Minotauro.

EL ROCE DEL TIEMPO.- Martin Amis.- Trad. Jesús Zulaika. 415 págs. Ed. Anagrama

 

 

 

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17 abril 2022 7 17 /04 /abril /2022 09:42

Antonio Damasio es profesor de Psicología, Filosofía y Neurología en la Universidad de Southern California, (en Los Ángeles) y director del Instituto del Cerebro y la Creatividad.  y  sostiene que los sentimientos son la piedra angular de nuestra supervivencia, y se producen cuando el cerebro interpreta las emociones, que son señales del cuerpo que reacciona a estímulos externos —que nos ayudan a tomar decisiones—.

En su libro "Sentir y saber" que publicó en 2018, justo antes de la pandemia, vuelve a preguntarse como en 1994 en El error de Descartes: ¿somos criaturas que piensan y también sienten, o criaturas que sintiendo pueden pensar?

Para resumir un poco las tesis que se estudian en el libro, voy a aportar una serie de entrevistas realizadas a Damasio en diversos medios. 

El neurólogo, de origen portugués,  asegura que “Hay una profunda distinción, mas no oposición, entre el sentimiento y la razón. Los sentimientos no son percepciones convencionales del cuerpo, sino híbridos, están arraigados tanto en el cuerpo como en el cerebro; pasamos por la vida sintiendo o razonando, o ambos, según lo requieran las circunstancias”. Ello demuestra que  “Estamos gobernados por dos tipos de inteligencia, que dependen de dos sistemas cognitivos: la primera se basa en el razonamiento y la creatividad, y depende de la manipulación de patrones explícitos de información. La segunda, la de las emociones, es la de la competencia no explícita; es la variedad de inteligencia de la que la mayoría de los organismos vivos en la tierra han dependido —inclusive las bacterias—, y continúan dependiendo, para su supervivencia, y que escapa al escrutinio mental”. Por tanto, malos tiempos para la razón cartesiana, Damasio enfatiza el papel clave que desempeñan las emociones en la toma de decisiones. “En el lenguaje cotidiano usamos los términos indistintamente, esto muestra cuán estrechamente conectadas están las emociones con los sentimientos”. Y asegura “las emociones son reacciones complejas en el cuerpo ante determinados estímulos. Cuando tenemos miedo de algo, nuestro corazón se acelera, la boca se seca, la piel se pone pálida y los músculos se tensan; esta reacción emocional se produce de forma automática e inconsciente. En tanto que los sentimientos ocurren después de que nos damos cuenta en nuestro cerebro de tales cambios físicos, solo entonces experimentamos el sentimiento de miedo”. La región del cerebro en la que la emoción y la razón se acoplan es la corteza prefrontal.

Un conjunto de componentes del cerebro está a cargo de mapear los cambios que ocurren continuamente dentro del organismo; se conoce como el sistema nervioso interoceptivo o INS, por sus siglas en inglés. Estas características únicas del INS contribuyen a la producción de sentimientos, que ocurren cuando el cerebro lee los mapas y se hace evidente que se han registrado cambios emocionales a nivel de todo el organismo. No obstante, el mapeo nunca es exacto: el estrés, el miedo o el dolor alteran la manera en que interpretamos la información que le llega al cerebro de otras partes del organismo. Según Damasio, tendemos a dar prioridad a nuestro yo racional cuando se trata de tomar decisiones; sin embargo, las buenas decisiones son las que responden a las emociones que genera nuestro sistema interoceptivo. En un mundo ambiguo, nos ayuda a comprender sentimientos complejos y matizados, que a menudo están en conflicto con situaciones que la sociedad pinta como binarias. El afecto ambivalente es un fenómeno complejo que requiere múltiples niveles de procesamiento, donde se producen y finalmente se integran diferentes tipos de información.

Damasio añade: “Sigo fascinado por el hecho de que nuestros procesos regulatorios emocionales internos no solo preservan nuestras vidas, sino que, de hecho, dan forma a la creatividad. El sentimiento es una modalidad de conocimiento que viene con un aspecto musical, por así decir, con variación en el tiempo, de ahí la importancia de escuchar a nuestros sentimientos y de prestar atención a cómo se conectan con el cuerpo”. No obstante, perdemos mucho sentido común cuando se dañan nuestros sistemas emocionales; para sortear las luchas emocionales nos valemos de las emociones.

 "Para tener una mente hay que tener mapas. Creamos mapas y patrones. También para escuchar. Cuando usted escucha mi voz, en primer lugar, crea patrones auditivos para el lenguaje; las frases que yo digo en inglés su cerebro las convierte en conceptos no-lingüísticos. Yo hago una traducción de mis pensamientos al lenguaje inglés y usted hace una traducción del lenguaje inglés a sus pensamientos y, con suerte, los pensamientos que yo emito y los que usted interpreta serán aproximadamente coincidentes.

"Los sentidos son una cosa más simple, porque proceden de una interacción de tu cuerpo y tu sistema nervioso y básicamente se relacionan con estar bien o mal en relación con el estado de la vida en nuestro organismo.  Creo que nuestras mentes se están haciendo más rápidas y precisas, pero nos enfrentamos a muchos problemas: el primero es la supervivencia, hay muchas cosas pasando a nuestro alrededor, por ejemplo todo lo de las redes sociales está fuera de control, o el cambio climático. También nos enfrentamos a otros peligros en la posibilidad de una epidemia, etcétera. Lo primero que tenemos que hacer es sobrevivir, y luego tenemos otro tema que tiene que ver con la inteligencia artificial. Esta se está volviendo más y más autónoma, más y más precisa... ¡Incluso pese a no tener sentimientos.

 "Pero cuando estoy hambriento o sediento, mi cuerpo nota que no tiene suficientes calorías o la suficiente hidratación y se lo comunica inmediatamente al sistema nervioso, porque ambos actúan juntos, el uno y el otro. Siempre repito que lo que entendemos como consciencia no es el producto de un sistema nervioso: es el producto de un sistema nervioso contenido dentro de un cuerpo viviente. La mayor parte de la gente no piensa de esta forma, de toda la vida hemos oído que estudiando el cerebro obtendremos la solución al problema de 'de dónde viene la consciencia o la mente': yo digo que eso no es cierto, es una falsa impresión. No significa que no necesitemos al cerebro, pero la fuente de nuestra consciencia es esa interacción entre el sistema nervioso y el cuerpo. Un robot no tiene una vida. No pueden estar felices o infelices sobre algo, porque carecen de ese equilibrio. Los sentimientos siempre van de algo bueno o malo; puede ser felicidad o puede ser dolor, es bueno, malo o en el medio, pero siempre hay una modulación, es como la música.

 "Los virus realmente no están vivos, están en una situación intermedia en la que tienes un montón de material genético, ácidos nucleicos que, pese a que no están vivos, hay una clase de intención ahí que es obvia. Y la intención se explica en que es la única manera en la que pueden mantenerse, nos necesitan para continuar su —entre muchas comillas— existencia.Es muy interesante diferenciar entre organismos muy simples como virus y bacterias: esas sí están vivas; aunque muchas no tengan un núcleo, tienen un cuerpo y, además, poseen esta 'inteligencia encubierta' de la que hablo y creo que es la cosa más importante en este libro: comprender que a lo largo de la evolución hubo formas de previda como los virus —que, aunque pueden hacernos mucho daño, siguen sin estar vivos— a organismos como las bacterias, que sí están vivos, tienen homeostasis y una inteligencia que ellas mismas desconocen.Las bacterias, incluso en sus formas más simples, como las que hay en las plantas, están haciendo cosas inteligentes, pero de forma cubierta, implícita, no tienen medios para representar en sus mentes lo que está pasando en sus vidas. La aparición del sentimiento es el personaje protagonista de mi libro. La capacidad de sentir supone una explosión absoluta en la historia de la vida: otorga de repente a los organismos la posibilidad de saber sobre ellos mismos, los primeros organismos con la capacidad de sentir lo hicieron en forma de una necesidad básica: sed, hambre, dolor, bienestar... Estos son sentimientos fundamentales que nos están diciendo algo muy importante y nos permiten actuar de forma consciente, porque los sentimientos, para empezar, son conscientes.La parte más importante es que la gente comprenda que la consciencia no surge de los más elevados desarrollos de nuestro sistema nervioso, ni surge con el razonamiento, la visión o el lenguaje. No es así como funciona. La consciencia brotó en la historia de la evolución a través de los sentidos, a través de esos procesos fundamentales. Sentir es una especie de inauguración, porque a partir de ahí pasamos de tener solo inteligencias encubiertas a inteligencias abiertas que te indican lo que hacer.

"El lenguaje tiende a ser confuso al describir esas cosas. Por ejemplo, el 'sentir'. Si una bacteria siente algo, no quiere decir que sea consciente de ello. Puede estar en una zona donde la temperatura sea demasiado alta y su inteligencia encubierta ordene a la bacteria que se mueva hacia un sitio que sea menos nocivo para ella. Esta propiedad no es consciencia, no es un sentimiento, es 'sentir' pero con el sentido de 'detectar'. Pero, si usted y yo estuviéramos en una habitación donde la temperatura es demasiado elevada, sentiríamos —es decir, seríamos conscientes del hecho de que en la habitación hace mucho calor y vamos a hacer algo al respecto— y eso es otra jugada.Cuando hablamos de la mente, siempre lo hacemos a través de imágenes. Mientras hablamos, usted está en mi pantalla y yo estoy en la suya, estas son imágenes visuales, pero, al mismo tiempo, podemos hablar, y eso son imágenes auditivas. Todas estas imágenes que estamos produciendo del mundo que nos rodea están en nuestras mentes, pero para ser conscientes tienen que estar conectadas a los sentidos. Por tanto, 'consciencia', 'mente', 'sentidos' y 'detección' son cosas distintas.

 "Estamos constantemente afectados por nuestro pasado, cuando las cosas se desarrollaron de una cierta forma. Cuando quieres contarle a la gente tus ideas, tienes que dar muchísimas explicaciones para que te entiendan y no confundan las cosas. Antes hemos hablado de inteligencia en bacterias, a esto algunos responden 'oh, por tanto, son conscientes'. ¡No,no son conscientes! Lleva mucho tiempo y esfuerzo explicar que una criatura puede ser inteligente sin saber que lo es. Nosotros, en cambio, tenemos todas las inteligencias y tenemos la consciencia: sabemos que eso nos está pasando a nosotros. El instinto está en el lado encubierto. El instinto nos empuja en una cierta dirección. Por ejemplo, la atracción sexual es instintiva, no podemos controlarla a través de la consciencia. No es algo que tú hayas decidido, es algo que se ha decidido para ti a través del instinto. Es un buen ejemplo de este tipo de procesos encubiertos.

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8 abril 2022 5 08 /04 /abril /2022 18:16

MAYORES CON REPAROS

Publicado en La Comarca el 8-04-22

Una cultura que desprecia, arrincona o ignora a sus ancianos está condenada a perder sus señas de identidad, a desaparecer.  En la antigüedad los ancianos constituían una de las riquezas del país, la garantía de su memoria histórica y, en algunos casos, una reserva dinámica de sabiduría y experiencia (de ahí los Consejos de Ancianos, los Senados y la tradición ancestral de los viejos maestros).

En la actual civilización líquida (no me atrevo a llamarle cultura) sin valores ni principios, utilitarista, adicta al consumo, la producción y el beneficio, agitada y variable hasta la patología, los ancianos son una molestia, un gasto inútil y un problema innecesario. El desastre de la pandemia nos mostró hasta qué punto la vejez es material desechable. Y no me refiero sólo a las mal llamadas “residencias”, que en la Comunidad de Madrid –y otros lugares - eran aparcamientos de “cadáveres efectivos”,  sino de los ancianos con dolencias distintas y también urgentes que, debido a la acumulación sanitaria, no tuvieron el auxilio preciso. Pero hay más. Observemos las arbitrariedades que el capitalismo abusivo impone hoy a los ancianos: en la banca, las consultas de la SS, la burocracia de entidades oficiales de todo tipo. En ellos se ahonda la brecha digital que padecen las personas mayores, ajenas a los modos y maneras informáticos. Para el 70% de los mayores de 65 años el acceso a la Administración mediante medios electrónicos es un problema mayúsculo. La falta de personal de atención directa es apabullante, pero crece el número de funcionarios sin actividad productiva y asesores de no se sabe qué. Comienzan a oírse quejas de la ancianidad a estas deficiencias y consiguientes abusos. Los políticos van aceptando que “hay que hacer algo”, pero las cosas en palacio van despacio. El Justicia de Aragón asegura que falta accesibilidad y trato humano.

A partir de los 80 años parece que hay quejas sobre  desatención sanitaria hacia ese precario colectivo: por ejemplo con descartes de tratamientos a ciertos pacientes por razones de edad. O unas listas de espera de enorme lentitud que afectan también el realizar determinadas pruebas médicas, provocando que los pacientes recurran a la privada, en el caso de que tenga medios para hacerlo. Aún así me consta que existen protocolos –sin contar con las comisiones de ética médica en muchos niveles de la sanidad pública española- como el “Compromiso por la calidad” del ministerio de Sanidad y la “Guía de Salud” y sus recomendaciones de “No Hacer”, que tratan de evitar esos casos. A pesar de ello hay descuidos o prácticas deficientes  quizá asociadas al cansancio laboral, al exceso de trabajo, la falta de personal y a las enormes y urgentes exigencias sociales que reclaman situaciones sanitarias de excepción. El problema es que afectan bastante a ese colectivo marginado que son las personas mayores “con reparos”. Médicos consultados  aseguran que no se suele considerar la edad como factor limitante para un tratamiento, sino el riesgo-beneficio  del paciente en concreto y también la calidad de vida que pueda ofrecer dicho tratamiento, el apoyo familiar al paciente y las enfermedades asociadas. Hay comités de cada especialidad (tumores, trasplantes, cirugía) para valorar casos concretos y se tiene en cuenta la decisión del paciente.

No deberíamos olvidar que esas generaciones de jubilados han soportado sobre sus hombros un país en crisis, han mantenido a muchas de sus familias de trabajadores en paro, han tapado grietas del sistema y cubierto las deficiencias del Gobierno de turno. Por simple sentido común deberíamos cuidar a nuestros ancianos, ellos son el  espejo de nuestro futuro.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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