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7 octubre 2025 2 07 /10 /octubre /2025 15:53

publicado en Compromiso y Cultura, octubre 2025

Los ciudadanos corrientes de la actual sociedad tecnológica avanzada están sometidos a un contagio sin precedentes por el aumento imparable de la idiotez, la imbecilidad y el cretinismo en las personas  


Hay épocas en las que la idiotez parece extenderse por el mundo como una pandemia global y ésta es una de ellas. Lógicamente en España también la imbecilidad  campa libremente entre determinados políticos, personajes públicos, instituciones, municipios, deportistas, influencers de la Red, gente del espectáculo y algunos pensadores y literatos despistados. Y queda más de manifiesto en momentos de crisis, como los groseros enfrentamientos de políticos en el Congreso y en las redes, el horror de Israel y Gaza convertido en debate vergonzante o los últimos dislates del  inefable Trump –símbolo perfecto de la estulticia -  y, como síntoma alarmante, el empoderamiento de la ultraderecha en una Europa que parece nostálgica de la cruz gamada.

 La lectura del reciente libro de Pino Aprile “Nuevo elogio del imbécil” y el de Máximo Rovere, "¿Qué hacemos con los idiotas?" me ha recordado un excelente trabajo del italiano Carlo Cipolla "Leyes fundamentales de la estupidez humana", integrado en el volumen “Allegro ma non tropo”. Ya Flaubert advertía que en el "estupidismo" se encontraba una de las claves activas e inevitables de los errores humanos en la historia de todos los países y épocas. Glucksmann se hace eco de ello y asegura que la estupidez, la idiotez, la memez, la mezquina y bobalicona insistencia en tener razón en lo que sea, no es algo banal ni intrascendente: es uno de los cánceres de la historia. Más allá de los jinetes del Apocalipsis, que decían que eran cuatro, cabalga el quinto jinete envolviendo a todos con un manto tan invisible y letal como ella misma, la estupidez.
Para comprender su gravedad, les cito, las seis leyes que rigen la idiotez, según Carlo Cipolla  (corroboradas por Pino Aprile, Máxime Rovere y Ponte di Pino), que la convierten en "una de las más poderosas y oscuras fuerzas que impiden el crecimiento del bienestar y de la felicidad humana”: 1ª) siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo; 2ª) la posibilidad de que una persona determinada sea una estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma; 3ª) una persona imbécil causa daño a otra persona o grupo de personas, sin obtener al mismo tiempo un provecho para sí o, incluso obteniendo un perjuicio;4ª) las personas no idiotas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas. En especial olvidan que en cualquier momento o lugar, en cualquier circunstancia pueden tratar y/o se asocian con individuos estúpidos. 5ª) La persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe, incluso más que el malvado. Y 6ª) Un país va a la ruina cuando el porcentaje de malvados prospera al tiempo que el de estúpidos, junto a un notable incremento de número de incautos en la población total.

Pino Aprile nos matiza el tema con otras seis leyes de la idiotez: 1.-El tonto vive, el listo muere; 2.-el hombre moderno vive para volverse tonto; 3.- La inteligencia trabaja en beneficio de la estupidez y contribuye a expandirla; 4.-La imbecilidad solo puede aumentar, no decrecer y 6.-Cuando los hombres se juntan favorecen el equilibrio del grupo hacia la idiotez. También Aprile  y Robert J. Sternberg, nos ofrecen para el mundo de la empresa una simbiosis de los principios de Peter y la Ley de Parkinson: a.-En una jerarquía todos tienden a ascender hasta el límite de su capacidad; b.-A partir de ese momento comienzan a multiplicar sus tareas para ocultar su incompetencia. Y c.- no se le ocurra sugerir a su jefe una forma de hacer las cosas mejor, ganar tiempo y favorecer al administrado, le dirán que se limite a hacer su trabajo o que dimita.

Aunque el mundo cotidiano de uno parece desenvolverse con amabilidad, por supuesto con el telón de fondo de los horrores de nuestra época, también nuestra tranquila intimidad es un espejismo. Si sales de tu trabajo, el gimnasio, el teatro, el super, el concierto o tu hogar, en cualquier lugar, en la más inofensiva de las circunstancias y por un motivo de lo más banal, topas con algún memo. Y el mundo casi-perfecto se volatiliza. Hombre o mujer, joven o viejo, esa persona instaura un elemento entre él y usted que hace que su propia inteligencia y comprensión decaiga, se desvanezca. Entra en una situación en la que su ansia de comprender lo que ocurre, lo que le dice el imbécil o sus argumentos, cuando los tiene, se convierte en una labor imposible: eso anula su capacidad de análisis y razonamiento y por un extraño sortilegio se escucha tratando de balbucear en su  argot y plegarse a su extraño y peculiar modo de relacionarse. Hasta el punto que el idiota, triunfante en su pegajosa y a veces agresiva estupidez, piensa que el idiota es usted. No importa que lo que trata de hacer beneficie directa o indirectamente al estúpido: tratará de obstaculizarle y como decía Rovere "intentará ahogar tus argumentos con razonamientos sin fin, responderá a tu benevolencia con amenazas, tu afabilidad con violencia y ridiculizará tu busca del bien común, aunque dañe su propio interés individual". El refranero popular es tajante: "el estúpido es más peligroso que el malvado".

Decía Schopenhauer que en la historia, los siglos van pasando unos parecidos a otros, bajo dos elementos comunes: la maldad (o la crueldad) y la estupidez de los hombres. O como decía otro autor: "la persona verdaderamente imbécil no es sino aquella que confunde su razón con la razón universal; quien cree saberlo todo, que se queda pasmado ante su propia inteligencia y no necesita moverse de ese punto, quien deambula con la inercia de su propio pensamiento sin tener en cuenta el del resto". Y eso tiene un peligro: la idiotez es algo evidente para casi todos, excepto para el que la sufre. A veces lo peligroso no es ser estúpido sino creer estar exento de la estupidez. Y así llegamos a una constatación: todos tenemos momentos, de mayor o menor duración, en que somos imbéciles irremediables. Puede ser una simple circunstancia, en la que perdemos la razón de vista. La cuestión, para no sentar plaza de estúpido, es darse cuenta de cuando uno lo es y analizar los hechos y las actitudes, hacer propósito de enmienda y grabar en la propia mente lo vivido como una "guía de perplejos" a la que acudir en próximas ocasiones.

Siempre hay un cretino en cualquier recodo de nuestra mente, dispuesto a tomar el control y hacer valer sus "derechos" cuanto menos te lo esperas. El profesor Rovere propone tres principios básicos a tener en cuenta cuando uno afronta el problema de la estupidez: 1, siempre somos el imbécil de alguien; 2, Las formas de idiotez son infinitas y 3, hay un tonto en nuestro interior esperando manifestarse (lo normal es que no se lo permitamos, pero lo intenta). En cuanto nos relacionamos con un idiota, de una forma automática, lo que hay de bobo en nosotros, vibra por simpatía energética  y se siente atraído por el/la persona que nos estimula, anula el pensamiento crítico, desvirtúa nuestro sentido común y nos impulsa a un comportamiento semejante. Normalmente uno logra evitar ese contagio. ¿Cómo? Tratando de usar su capacidad de comprensión y, si es posible, de empatía. No hay otra salida. Un rechazo frontal es una trampa que provoca el afloramiento de alguna forma de imbecilidad, ya sea como reacción excesiva o de agresiva.

Lo cierto es que el estúpido entra en tu círculo interactivo y crea una dinámica perversa. Cualquier cosa que digas o hagas puede ser usada en contra tuya. Si pretendes razonar con él/ella, asistirás a un choque letal entre formas distintas de entender la vida, por tanto es posible que el sentido, contenido y valor de las palabras que intercambiéis sean diferentes y a veces opuestos. Es conveniente analizar la situación, anular respuestas precipitadas y enlentecer con cortesía el desarrollo. No se puede convencer al idiota, hay que aplacarle y buscar algún punto de contacto no beligerante. En esas ocasiones hay que estar atento a encontrar una vía de escape que cause el menos daño posible.

Gracias a internet la cantidad de cretinos ha crecido exponencialmente: nunca en toda la historia de la humanidad tantos tontos han podido decir tantas idioteces a tantas personas y tan pocos sujetos han podido librarse de ellas sin pagar el impuesto de pasar por tontos. La única actitud racional que puede aliviar la carga negativa que suele contagiar el idiota es escuchar benévolamente, haciendo un sincero esfuerzo por entender la argumentación, si la hay, o procurar no perder la paciencia ni el control si no la hay. La ira, el rechazo, la violencia, hace que nuestro imbécil interno tome las riendas de inmediato. En algunos casos, la huida es una victoria. Y, en última instancia, hay una vacuna, no siempre está disponible:  poner tierra de por medio entre el/los imbéciles y uno mismo.

La relación social es el caldo de cultivo básico del idiota.  Los consejos éticos al uso no sirven para lidiar con la imbecilidad, ya que la actitud, las palabras o las acciones de los idiotas suelen atacar la base ética de la sociedad, no como una acción  destructiva del signo que sea, ni como una ideología del caos, sino con la "inocente", corrosiva y disparatada seguridad del que cree obrar “razonablemente” (según un código personal al que no tenemos acceso y que no es coherente con la ética al uso).  Pero lo más peligroso de esa pandemia es que encumbra a los "mejores" memos a los puestos de poder, ya que ellos son el reflejo exacto de la mediocridad que subyace en nuestra cultura adocenada que se extiende y fructifica gracias a los medios digitales y su globalización. Como dijo alguien muy amargado por estas cuestiones, los estúpidos no son mayoría, pero la mayoría casi siempre es idiota.

Todos los seres humanos son majaderos en ciertos momentos de sus vidas,  pero la mayoría lo son durante mucho más tiempo. Esta es una teoría y según Popper, no existen las teorías verdaderas, sino aquellas que han sido contrastadas sin poder ser falseadas. Pero aunque esta fuera falseada (que yo sepa nadie lo ha logrado), no hay que desecharla, porque la bobería es un principio dinámico y muy contagioso. Es como si a través de las Redes o la I.A. nos hicieran un lavado de cerebro para dominarnos aún mejor y controlarnos a todos (y no es conspiranoia). No olvidemos la existencia larvada de los mini-imbéciles: los que se cuelan en las colas, el que se salta las normas de circulación porque cree que nadie lo va a ver, el que se cisca en las normas de higiene pública o de buena vecindad porque le conviene.

En sus aleccionadores  ensayos, cuajados de buen humor e inteligencia coloquial, Pino Aprile  y Robert J. Sternberg (y sus autores)  comentan con solvencia las fallas del sistema y sus reinos de taifas, la administración púbica y el funcionariado. Y dentro de ellos, la existencia de individuos inteligentes, aunque sujetos a los efectos de la estupidez: la memez reinante está preparada para reducir la capacidad de impacto de las inteligencias libres, creativas, disruptivas y disonantes. Ya que si éstas prosperasen o incluso si llegasen a algún cargo de dirección, arruinarían el mediocre tinglado en su totalidad y acabarían con la perpetuación del sistema, su principio esencial. Pero eso no ocurrirá­: la humanidad desarrolló durante millones de años una inteligencia capaz de hacerla sobrevivir y ahora ésta ya parace innecesaria porque todo funciona más o menos solo. Por tanto  una inteligencia ajena a la perpetuación del sistema apenas afectaría su pacífica y bovina continuidad.

Para terminar, una pregunta al lector: ¿a cuál de los cuatro tipos humanos propuestos por nuestros autores pertenecen algunas de las personas que usted conoce? Observe: incautos,  inteligentes, malvados  o estúpidos. Estos últimos, ya sabe, son de lo peor. “El incauto es una persona que es capaz de beneficiar a los demás incluso perjudicándose a sí mismo. El inteligente toma las decisiones más precisas para beneficiarse él pero, también, a los demás. El malvado actúa movido sólo por el beneficio propio sin importarle perjudicar a los otros. En cuanto al estúpido…es esa persona capaz de perjudicar a los demás sin beneficiarse él o incluso perjudicándose o sin pretender ninguna de las dos cosas. Es decir, una persona inteligente puede tender a ser incauta (cuanto más incauta sea, menos se beneficiará a sí misma y más a los demás); o a ser malvada (cuanto más se acerque a la maldad más perjudicará a los otros y más actuará en beneficio propio). El malvado oscila entre la inteligencia y la maldad. El incauto entre la estupidez y la inteligencia. El estúpido está a medio camino entre los malvados y los incautos”.

Para acabar: un estúpido puede ser analfabeto o doctor en algo, rico o necesitado, joven o viejo, de izquierdas o de derechas, creyente o ateo... Lo que diferencia al estúpido del que no lo es, suele ser el olvido frecuente de la inteligencia. Aunque tendríamos que diferenciar al inteligente del listo, siendo el inteligente el que tiene capacidad para comprender, analizar,  reflexionar y tomar decisiones mientras que el listo sería una persona hábil capaz de resolver problemas más inmediatos. “Un inteligente podrá ser algo malvado (beneficiarse a sí mismo más que a los demás) o algo incauto (beneficiar a los demás más que a sí mismo) pero es difícil que se comporte de forma completamente estúpida”.

 

FICHAS

(Algunos de estos autores han sido citados textualmente y entrecomillados. Pero el mensaje del texto en general surge de la coincidencia entre lo que ellos escribieron y la opinión del autor de este humilde análisis)


¿QUÉ HACEMOS CON LOS IDIOTAS?.- Maxime Rovere.-Trad. Núria Petit.- Ed. Paidós. 138 págs.

LAS LEYES FUNDAMENTALES DE LA ESTUPIDEZ HUMANA.- ALLEGRO MA NON TROPO.- Carlo Cipolla.- Editorial Crítica-Trad. María Pons

NUEVO ELOGIO DEL IMBÉCIL.-Pino Aprile, -Ed.Gatopardo- Trad. Juan Manuel Salmerón

EL QUE NO LEA ESTE LIBRO ES UN IMBÉCIL.- Oliviero Ponte di Pino.-Círculo de Lectores.- Trad. Esther Benitez

¿POR QUÉ LAS PERSONAS INTELIGENTES PUEDEN SER TAN ESTÚPIDAS? -Robert J. Sternberg (editor).- Ed.Ares y Mares. Trad. Elena Recasens

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6 septiembre 2025 6 06 /09 /septiembre /2025 17:20

ORWELL PROFÉTICO: 80 AÑOS DE  ‘REBELIÓN EN LA GRANJA’

En esa obra y en “1984”, el escritor inglés logró analizar lúcidamente la distopía  política y social del siglo XX, que se agudiza en el mundo actual

 

En 1945,  George Orwell –Eric Arthur Blair-  (1903-1950),  publicó una feroz alegoría sobre la degeneración de los ideales revolucionarios –Rebelión en la granja- que toda su vida defendió, incluso activamente, como cuando luchó en las filas de la amenazada República española en 1936, junto a su mujer Eileen. Se encontró con dos frentes de batalla. Uno, contra las tropas fascistas de Franco. Y el segundo, interno, en el seno de las filas republicanas, entre comunistas y anarquistas. Describió las checas, la persecución ideológica entre los dictados de Moscú y los que se oponían a la otra “dictadura del proletariado”: un prodigioso disparate que debilitó a la República hasta el punto de facilitar indirectamente la victoria del fascismo, triunfante en muchos países europeos con el apoyo de los ya poderosos nazis (a pesar de la supuesta “neutralidad” de los aliados) lo que supuso un apoyo privilegiado para el ejército de Franco.

Aparte de sus magníficos ensayos y libros de reportajes biográficos sobre las vidas de los obreros y mendigos ingleses, Orwell publicaría, entre otras, dos novelas, “Rebelión en la granja” y “1984” en las que denunciaba de una manera literariamente magistral los autoritarismos y describía el terror estalinista (del que su “Rebelión...” es un reflejo directo y espeluznante en forma de supuesto “cuento para niños”).

Como curiosidad histórica, otra figura señera de la filosofía de su propia época, Simone Weil (1909-1943) que también intentó combatir en la contienda fratricida española (tuvo que ser evacuada de primera fila de combate en la batalla del Ebro, debido a un accidente) escribía poco antes de morir –de inanición voluntaria y tuberculosis): "Nunca el individuo ha estado tan a merced de la colectividad ciega y nunca los seres humanos han sido más incapaces de someter sus acciones al pensamiento y hasta solo de pensar...como en la forma actual de la civilización...vivimos en un mundo en el que nada se corresponde con las dimensiones humanas".

El mundo actual parece haber surgido de las páginas críticas que escribieron estos dos autores. Pero centrémonos en Orwell. Al regresar desalentado y confuso de España, Orwell escribe “Rebelión de la granja” su extraordinaria alegoría contra la dictaduras, las mentiras como forma de gobierno, el endiosamiento del líder, las injusticias, el hambre en el pueblo sometido, los vergonzantes  abusos de los que sostienen al dictador. Su editor se niega a publicarla. El manuscrito es rechazado también en la prestigiosa “Faber&Faber” por T.S. Eliot (uno de los más grandes poetas del siglo) porque “no es adecuado en estos días criticar la situación política” (se vivía en plena “guerra fría” –por cierto, término acuñado por Orwell-)  y no se quería “molestar” a los rusos). En los dos años siguientes Orwell, enfermo de tuberculosis –como Weil- escribe “1984”, una de las obras más lúcidas y proféticas del siglo XX.

 Orwell analizó la situación Estados Unidos-Rusia y vaticinó que ambas potencias nucleares, no se atacarían nunca de frente, pero si indirectamente  a través de terceros, apoyando a los países y  contiendas que favorecieran a uno u a otro.  Murió en 1950, con 46 años, un año después de lograr publicar “1984”. Su legado desde un punto de vista literario es notable, pero el alcance crítico y analítico de su obra contra los estados totalitarios y la deriva antidemocrática y antihumanitaria del mundo, es extraordinario. Para consuelo de los que creemos en los derechos humanos, la solidaridad,  la paz y la igualdad entre personas y países, Orwell ha dejado testimonios literarios de una agudeza y vigor inigualables donde queda palmariamente reflejado el actual momento internacional, con el avance la ultraderecha, los líderes mesiánicos, la brutalidad y el abuso como norma de conducta entre naciones y personas, con una Europa que se niega a sí misma y va convirtiéndose  en una  caricatura de su propia historia. Y unos Estados Unidos que sigue la senda fascista contra la que habían luchado en el pasado siglo.

Leer “Homenaje a Cataluña”, “Rebelión en la granja” y “1984”, o percibir el uso generalizado de expresiones como “Gran Hermano”, “Ministerio de la verdad”, “crimen mental” o la frase irónica “Todos somos iguales, pero unos más iguales que otros” o “El líder siempre tiene razón” (referencia a Napoleón, el cerdo de granja que se convierte en dictador y domina con mano dura al resto de los animales de la “Granja Manor”) es, en suma, no sólo un ejercicio de obligada formación crítica para entender esa repetición de la historia como farsa (tras haberla vivido en el siglo XX como tragedia), sino un placer literario que deja muchas preguntas sin respuesta o nos obliga a pensar que todas ellas se podrían reducir a una sola respuesta: quizá el ser humano no merece un futuro humano. En plena aceleración del cambio social en todos los aspectos y niveles, es casi imposible ni siquiera  imaginar dónde nos llevarán las cada vez más complejas tecnologías y nuestra progresiva “colonización” por ellas. Eso sin ignorar el impulso arrasador  de las consecuencias del también acelerado cambio climático y su reflejo en la destrucción de los ciclos, elementos y hábitats de una Naturaleza esquilmada.

Centrémonos en la lectura de “Rebelión en la granja” y “1984” para valorar la enorme carga de honestidad personal que emana del trabajo, el pensamiento y las ideas proyectivas de Orwell. Y, como trato de mostrar  en este análisis, las razones por las que Orwell mantiene incólume su validez, actualidad e interés, por encima de otros escritores de su generación – ingleses y de otras nacionalidades, Miller, Waugh, Eliot, Maurois, Mauriac, etc.- que fueron mucho más conocidos y apreciados  en el siglo XX. La principal de esas razones es que Orwell y su obra tienen una misteriosa conexión con nuestra época, con las preocupaciones y temores que los acontecimientos mundiales nos causan. La obra de este autor nos concierne. Nos emociona, nos intriga y nos hace pensar y, a veces, tomar partido. Su angustia, su dolor ante las injusticias de su época y ante el triunfo de la barbarie y la brutalidad de los totalitarismos, es semejante a la que hoy sentimos muchos ante la debacle trumpiana o los asesinatos genocidas de Israel en Palestina. Y aumenta el mérito de Orwell porque su proyección literaria en el tiempo se produce en 1945, un año fundacional para nuestro mundo del siglo XXI, tras la II Guerra Mundial, en el que se inaugura un camino de reconstrucción  que restablecerían los principios de convivencia y solidaridad entre los pueblos (a pesar del enfrentamiento entre la URSS y Estados Unidos).

Las obras citadas de Orwell parten, pues, de un momento en cierta forma positivo, en el que se generaría una paz europea y un cierto equilibrio en el mundo a pesar de le existencia creciente de guerras localizadas y de la amenaza nuclear siempre latente. Pero él no nos dibuja mundos utópicos de paz y progreso, sino que utilizando los mismos mimbres de actualidad que podrían llevarnos a una visión feliz, sigue la lógica de la corrupción política y la violencia y proyecta otro tipo de mundo, el agónico de “1984” o la parábola del autoritarismo soviético, tan nefasto como el nazi, en su “Rebelión...”,  publicada sólo dos días después de que Japón se rindiera y acabara oficiosamente la II guerra mundial.

En esta alegoría con aires supuestamente cómicos, Orwell hace una sátira inmisericorde del estalinismo. Nos narra la evolución de una cierta democracia al terror de un régimen de gobierno que un grupo de cerdos impone  al resto de los animales de la granja Manor,  tras expulsar  a su dueño y ‘opresor’, el borracho señor Jones, y vencer a los humanos de las granjas vecinas que vienen a recuperarla. El comienzo de la rebelión se debe al discurso contra el dominio humano de un viejo cerdo de gran inteligencia, respetado por todos, que preconiza el poder de los animales y el establecimiento de una Arcadia feliz, regida democráticamente por una comisión de animales variados. El viejo cerdo premiado, Gran Mayor, alienta la rebelión y antes de morir, deja instrucciones (los Siete Mandamientos) y eslóganes para formar un gobierno democrático en igualdad y solidaridad entre  todos los animales de la granja. Para ello nombra como sus delegados provisionales, a la espera de las votaciones de todos, a los dos cerdos más destacados, el agresivo Napoleón y el inteligente Snowball, que aunque nunca estaban de acuerdo en la línea a seguir, eran los líderes adecuados para dirigir un levantamiento contra los humanos opresores. Ahí comienza de una rivalidad que acabaría con el mejor de los dos, el más ético y solidario, Snowball, que huiría para evitar su asesinato.

La sutil y aguda inteligencia de este relato toca un punto clave, muy utilizado por Stalin y otros dictadores más o menos semejantes (como Trump ) el uso de las redes sociales con fines torticeros y de manipulación: el lenguaje como elemento clave de adoctrinamiento en fanatismo y no-razonamiento de la población menos preparada psicológica y culturalmente. Luego en “1984” volvería a ese instrumento de dominación con más extensión y radicalidad crítica. Y profética: lo estamos viendo a diario en las noticias y en el análisis de la deriva fanática de la extrema derecha en los asuntos que les interesa, con el uso –no controlado e impune- de las redes sociales: emigración, cuestiones de identidad y nacionalismo, violencia, agresividad, mentiras y bulos (los últimos, los que conciernen a los incendios en España, por ejemplo). Y provocaciones conspiratorias que darían risas por absurdas, si tantas personas no se las creyeran de buena fe.

El sistema es diabólicamente eficaz, nos cuenta Orwell: cambio del contenido de ciertas palabras clave (recordemos que una comunidad se rige en el conjunto de sus actividades, conocimientos y responsabilidades por el lenguaje común y sus compartidos significados). Las personas aceptan la re-significación  de ciertas palabras: libertad, solidaridad, identidad, nacionalidad, el trabajo, incluso el ocio o sus derechos. En la novela, el legado del sabio cerdo anciano son los “siete mandamientos” que deben regir los derechos y deberes de la comunidad animal en la granja. Están escritos en una pared como garantía de legalidad y respeto. Pero Napoleón y sus cerdos fanatizados, van cambiando poco a poco esos mandamientos a tenor del aumento de corrupción del líder y sus acólitos. Los cerdos que tenían prohibido el alcohol como el resto de los animales, añaden al mandamiento “ningún animal beberá  alcohol ‘en exceso’”, o en el crucial sistema de elegir democráticamente a los líderes, se reescribe “elegiremos a quien le convenga al líder del partido, porque ‘es lo mejor para todos’”. O frente a la prohibición de vivir en la casa del granjero y usar trajes,  comedor o dormitorios, el líder decide que los cerdos sí lo harán porque se merecen un descanso y una alimentación especial ya que las tareas más pesadas e importantes les corresponden a ellos.

En la granja los trabajos más duros y pesados los hacen los demás animales ante la “atareada” y cura vigilancia de los cerdos, convertidos en “capos” de una granja-prisión.  El huído Snowball es convertido en el gran traidor y por encima de las evidencias que  muchos recuerdan sobre su papel heroico en las batallas contra los humanos, se le condena a muerte sumaria e inmediata si vuelve a la granja. Los animales tienen horarios de trabajo agotadores, escasa alimentación y violencia contra ellos mucho más intensos y despiadados que bajo el mando del granjero y los humanos. Al final los siete mandamientos son borrados de la pared y en su lugar queda escrito el único mandamiento vigente: “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”. Y para que no quedara lugar a dudas, al día siguiente en el que aparece ese único mandamiento, los cerdos comenzaron a usar, cada  uno,  el famoso y odiado látigo que usaban los humanos para vigilar a los animales que trabajaban y golpearles si se volvían remolones o descansaban. Y para coronar la situación, el líder, Napoleón, aparece fumando en pipa y usando las ropas del granjero Jones.

El corolario de la historia es que los humanos dueños de las granjas de alrededor vienen a conocer y negociar con Napoleón: le tratan como a un humano semejante a ellos y admiran la crueldad de la disciplina con la que los cerdos manejan al resto de animales obligándoles a trabajar más y con menos compensaciones.

Algo parecido ocurrió en la Rusia de Stalin (incluido  los asesinatos y expulsión de los que le ayudaron a  tomar el poder y eran superiores a él en conocimientos y formación política). De una forma semejante se repite la historia en la Rusia de Putin y, ciertos detalles, en los paises donde el fascismo o el endiosamiento de sus líderes (Trump, Milei, Orbán y ‘tanti altri’) están cambiando el sueño democrático, liberal y solidario que se soñaba para el siglo XXI.

Orwell nos muestra en estas dos obras que comentamos la eficacia y lógica (o sentido común) de sus ideas y el reflejo en una prosa clara y una narrativa ajustada a los hechos  y a las pequeñas verdades de lo justo y lo conveniente (lejos de planteamientos teóricos  o filosóficos de difícil asimilación). Defendió una manera de ver la vida y el mundo de una honestidad limpia y responsable (provocando e incluso que las personas y figuras de sus propias filas ideológicas se pusieran en su contra) en defensa de un socialismo democrático que lo llevó a luchar contra el fascismo con su pluma y su vida, incluso reconociendo de manera noble sus propios errores (en su juventud, bajo  el imperialismo británico en Birmania y la India) y le enfrentó a la intelectualidad inglesa que durante la guerra no veía bien que se criticara a Rusia y a Stalin.

Esa es la grandeza –y la miseria- de la figura intelectual y humana de Orwell. Su enorme honestidad y su fidelidad  a la débil, delicada y traicionada condición humana. En los tiempos que vivimos, un intelectual como Orwell ya estaría eliminado, por un “accidente” inesperado y fulminante (en Rusia), arrasado por ‘críticos ideológicos” de carnet o vilipendiados por “puristas” a sueldo en las redes sociales. Su entereza, honradez, lucidez y sentido del sacrificio y del honor le convierten en un escritor y una persona legendaria. Y de radiante actualidad en casi todas sus obras. Por eso 1984  y Rebelión en la granja podrían terminar dentro de poco, en algún o algunos países, por ser desterradas de las bibliotecas, estudiarse en las Universidades y por supuesto hacer imposible la compra de sus libros. Suponiendo que no desaparezcan los lectores de libros.

Este mundo nuestro de 2025, con las mentiras y bulos institucionalizados, líderes incontestables, agresividad política, apaños económicos contra los más necesitados, recorte de libertades y derechos, insolidaridad humana, naturaleza depredada, formas de existencia colonizadas por la tecnología, decaimiento de las fórmulas de cortesía, educación y civismo, tradiciones colapsadas –la primera, la familia- , sistemas de vigilancia omnipresentes –con global aceptación de los ciudadanos- , han  convertido las obras de Orwell en el espejo mágico donde se reflejan las similitudes preocupantes  del futuro que describió (que es nuestro presente).

La “neolengua” de “1984” es algo muy parecido a lo que usa continuamente Trump, para el que la falsedad no es más que una “verdad alternativa”, o el “Ministerio de la Verdad” -que corrige diariamente la historia a favor del líder- reflejado en muchas de la “noticias” procedentes de la Casa Blanca, donde se manipula desvergonzadamente el pasado, con tal de que abone los intereses del “líder carismático” (tratar de probar que Obama había sido un ‘traidor’ o que las elecciones anteriores en EE.UU.  se  amañaron para impedir que venciera Trump). El “caldo de cultivo” para que  “Napoleón” o el Gran  Hermano y su poder omnímodo y  represión cambien el mundo, ya se extiende: sistemas de vigilancia masiva, banalización de los valores tradicionales e influjo de la familia y las virtudes humanitarias y sociales que ayudaban a la convivencia, las formas de relacionarse, el debate público, la libertad de expresión... El Gran Hermano nos vigila a todos. Primero en Rusia y Estados Unidos...pero todo se andará...muchos otros países se apuntan al guión y otros esperan su oportunidad abusando de los derechos políticos y sociales democráticos que, cuando ellos lleguen al poder, serán abolidos. Otra de las ideas de Orwell “los dos minutos de odio” la  tenemos institucionalizada y a la mano de cualquiera en las redes sociales, anónimamente y de forma voluntaria: véanse los “juicios” y “campañas” con que un usuario puede destrozar la reputación de cualquier otro que le moleste o desagrade. ¿Qué deriva de vida humana estamos promoviendo?

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29 agosto 2025 5 29 /08 /agosto /2025 11:19

DON QUIJOTE Y SANCHO EN LA ESPAÑA VACÍA

Plaza, bar y tienda, forman la tríada de objetivos necesarios que debemos cuidar para no dejar morir a los pueblos pequeños

Tres lecturas en cierta forma relacionadas me han alejado por un par de días del agobio de las guerras en curso  y de la oscura ruina de la política internacional (y nacional) con sus noticias paranoides en Ucrania, Gaza y el descabellado trumpismo. Leo la tesis doctoral, convertida en libro, de un sobrino malagueño con el que comparto apellido, Javier Rueda, sociólogo y profesor de una Universidad madrileña (Utopías de barra de bar). También el libro de memorias de Manu Leguineche, La felicidad de la tierra, donde narra su estancia, ya jubilado, en un pueblito de la Alcarria. Allí fallecería año más tarde. Como tantos otros periodistas de batalla, curtidos en guerras, golpes de Estado y revoluciones, Manu encontró refugio, sosiego y silencio, tiempo para leer, bellos parajes incontaminados y caminatas a diario. Y, el tercero es  Don Quijote, uno de mis libros de cabecera y también, mi compañía y consuelo cuando las noticias de cada día me aturden y alarman. En los tres libros se habla de pueblos que declinan en la ancha España y la sangría poblacional que aflige a la tópica “España vaciada”. Los tres autores, Cervantes, Leguineche y Javier Rueda, cada uno a su manera, han sido testigos - y pacientes- de las singularidades y contradicciones de estos pueblos o aldeas.

Coinciden en su estimación de los pueblos pequeños, sus gentes y sus necesidades y problemas. Vivimos la cada vez más rápida depauperación de los pueblos, con unos amagos de esperanza –casi utópicas- traducidos en crear viviendas para poblarlos. Lo cual es como empezar la casa por el tejado: antes sería preciso mejorar sustancialmente la gama de servicios de proximidad  necesarios en todos los órdenes de la vida, salud, seguridad, enseñanza, comunicaciones, trabajo, comercio... Como escribe mi sobrino, Javier, “Hay un desequilibrio enorme entre la cantidad de proyectos de financiación, desarrollo e innovación en torno al mundo rural y la materialización de éstos en el día a día de quienes lo habitan”.  Alimentar la esperanza de vida de esos pueblos centenarios con viviendas para ocupaciones de temporada y vacacionales... no soluciona los problemas, más bien aumenta los que padecen algunos vecinos ante las pacíficas pero cansinas y alborotadas invasiones de ciudadanos  en las fiestas del año y en las vacaciones. En algunos de esos pueblos  resulta difícil disfrutar de las cuatro aspiraciones de un Ciceron, un Montaigne  o un Machado: el Beatus ille y su vivir en silencio y paz; el carpe diem, disfrutar de todo momento; el locus amoenus o lugar idílico, equilibrado y armónico y el tempus fugit, aprovechar el tiempo que queda.

En algún momento he pensado en el valiente don Quijote, acompañado de su fiel Sancho, como símbolo del respeto auténtico a todo lo nuestro, la parte más descuidada de lo que es España, sus viejos pueblos pequeños: comunitarios, cuerdos, sobrios, económicos, somnolientos y pacíficos...así también los soñaban Joaquín Costa, Ortega, Unamuno o Ángel Ganivet. Don Quijote, que gusta de los caminos rurales, las plazas y las posadas de los pueblos, junto al buen Sancho –su contrapeso y equilibrio- , amigo de las tabernas y el buen vino... Concibo en ambos el respeto al uso de la tienda del pueblo y el bar y a la necesidad de su existencia. Imagino a don Quijote, lanza en ristre, defendiendo el uso amable de las calles y la identidad del pueblo en sí, que se simboliza en la Plaza. Y a  Sancho –el principio de realidad-  ocupándose de que no falten alimentos en la tienda y bebidas y espacio en el bar, acogedor y propicio, donde se produce la comunicación vecinal, entre juegos de cartas y charlas a gritos. Y si hace falta, también lugar comunitario para tomar decisiones que interesan a todos los habitantes. Ellos simbolizan los tres elementos –plaza, tienda y bar- que conforman la primera trinchera de los pueblos pequeños en la guerra contra la despoblación.

Se trata de un combate desigual, me cuenta un vecino, dada la tendencia, incluso entre los propios habitantes fijos de los pueblos, a ignorar a veces la importancia de su bar y su tienda. Insiste en que hay que preservar a esos dos locales como elementos que corren peligro de desaparecer. ¿Cómo se hace eso? Sencillo, me dice. Por ejemplo, evitar la tentación de hacer la compra semanal en otros pueblos  o en grandes superficies más o menos cercanas o olvidándose del tendero local a la hora de comprar los suministros de bebidas y aperitivos cuando se celebran las fiestas locales. “Durante la pandemia, estas tiendas fueron la salvación de muchos en los  pueblos pequeños”, dice-Al igual que el bar: es un negocio, pero también un servicio y suele ser el lugar de cita y ceremonias festivas para todos los vecinos. Un lugar de identidad común, memoria colectiva, encuentro e incluso de diálogo o controversia.

Como leo en el libro de Javier: “el bar rural favorece las relaciones directas, evitan el aislamiento y la soledad, aportan seguridad al entorno, incentivan la cohesión social y la integración”. Es mucho, apostilla, lo que se pierde cuando se cierra el único bar del pueblo o la pequeña tienda que surte de lo más necesario. Y añade: “Un bar en el medio rural, en la España vaciada, es una infraestructura social de igual o mayor importancia que la farmacia, el colegio o el cuartel de la Guardia Civil. Opera como punto de encuentro, oficina de información y proyección turística, punto de recogida de envíos y nodo de cuidados, sobre todo de las personas que viven solas”.

Esos son los elementos sociológicos básicos que todo lugareño –nativo o asimilado- conoce bien. En ese universo modesto de los pueblos pequeños, con población fija de edades avanzadas, el bar, la tienda y la Plaza, constituyen las piedras angulares donde descansa la urdimbre vecinal.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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12 agosto 2025 2 12 /08 /agosto /2025 20:44

COMPROMISO Y CULTURA (Agosto de 2025)

LAS GRANDES DAMAS DE LA FILOSOFÍA DEL SIGLO XX, EN EL EXILIO

HANNA ARENDT, MARÍA ZAMBRANO, SIMONE WEIL Y EDITH STEIN

 

Éstas cuatro pensadoras del siglo XX han enriquecido con sus obras y sus testimonios vitales no sólo la historia de la filosofía del pasado siglo, sino que por sus ejemplares existencias  y sus ideas se han proyectado con enorme trascendencia en la vida política y social del igualmente caótico siglo XXI; de tal forma que sus críticas y vivencias éticas se reflejan en las situaciones agónicas que ahora se ciernen en el plano internacional y en nuestro propio suelo. Ellas se comprometieron –una hasta pagarlo con su vida- en defensa de sus ideas en el tiempo de eclosión de las dictaduras fascistas y nazis, afrontando dos guerras mundiales. Tiempos de ignominia que parecen estar reproduciéndose hoy día, gracias a la increíble desmemoria e irresponsabilidad humanas.

Como escribe la historiadora Lyndsey Stonebridge, de la universidad de Birmingham, en su reciente libro “Somos libres para cambiar el mundo. Lecciones de Hannah Arendt sobre amor y desobediencia”, las crisis de migrantes, de exiliados a la fuerza, no son nuevas en la historia; lo nuevo es la brutalidad de nuestra respuesta y la cosificación de esas personas, convertidas en ejemplares de “nuda vida”, es decir seres sin ningún tipo de derechos (incluso nuestras mascotas tiene derechos reconocidos). Son casi como los “homo sacer” del derecho romano, rescatado en sus libros por el filósofo Giorgio Agamben, individuos a los que cualquiera podía matar sin responsabilidad alguna. Y esas actitudes más o menos públicas se están exacerbando en estos tiempos debido al auge de las extremas derechas, los regímenes populistas  y el ejemplo ‘trumpista’, que han brutalizado todo el proceso en Europa, muchos de cuyos países eran fuente de migrantes y exiliados durante todo el siglo XX. ¿Cuántas familias hay en España que no haya tenido algunos emigrantes o exiliados en su seno? Estamos viviendo una normalización de este rechazo y de una estética etnocéntrica de la crueldad que nos corrompe a todos. Es la vuelta a nacionalismos tribales con aires de “vendetta” por una ‘amenaza’ que no es tal. Nos venden, no sólo en las redes sociales, también en el seno de la política profesional, un mensaje de temor y revancha. Y la gente lo compra, sin pensarlo con calma un minuto. Solo hay que recordar que una de las agencias europeas con mayor presupuesto, es Frontex, la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas: 900 millones de euros por año del 2021 al 2027. El pacto de política migratoria en Europa ha endurecido los requisitos de acogida y fijan cuotas para cada Estado. Un viento de derrota y humillación  humanitaria parece haber contagiado al mundo. Y mientras, en España, con una tasa de natalidad del 1,5 (pronto el equilibrio nacimientos-defunciones se romperá a favor de los segundos) la economía se estancará irremisiblemente. A no ser que admitamos a más inmigrantes, según advierte el Nobel de Economía, Abhijit Banerjee. Cada vez que expulsamos a unos inmigrantes suenan campanas de duelo. No preguntéis por quién doblan, lo hacen por España y los españoles,  que han olvidado que en el pasado más reciente fueron un pueblo de exiliados. Leer a estas cuatro mujeres y su mensaje de comprensión y amor mundi nos invita a recapacitar.

 

HANNAH  ARENDT.-  Nació en Linden-Limmer, un pueblo que hoy es un barrio de Hannover, en 1906, y falleció en Nueva York, de un ataque cardíaco, en 1975. Era judía, no  practicante, aunque nunca negó sus raíces y mantuvo el respeto a su tradición. Su filosofía y su vida, ambas coherentes, tenía un motivo operativo esencial: las relaciones con otros seres humanos, a través de la amistad o el amor y el respeto a sus ideas, por muy distintas que fueran de las suyas. Y así lo practicó con personas de todas las clases sociales, lugares y continentes diversos. Estudió griego, filosofía y teología en Marburgo. Allí conoció a su maestro, Martin  Heidegger, del que asumió su teoría de que la filosofía es una experiencia que se encuentra en el camino y nos puede acompañar en todas las circunstancias de la existencia: lo cotidiano sometido al pensar, como un ejercicio vital, desde el “ser en las cosas” hasta la proyección  del propio ser en los otros.

Hannah tuvo una relación amorosa con Heidegger, intermitente y sometida a las necesidades o caprichos de él (estaba casado) que, no obstante, siempre valoró, hasta el punto de apoyar al filósofo cuando tras el final de la II Guerra Mundial se le solicitó que testificara en el juicio de los aliados contra Heidegger por sus relaciones y connivencia con el régimen nazi. Tras abandonar Marburgo, la filósofa se fue a estudiar a Heidelberg con otro de sus maestros, Karl Jaspers, quien le dirigió el doctorado sobre “El concepto de amor en Agustín de Hipona”. Después se fue a Berlín y en el año 1929 se casó con el filósofo judío Günther Anders (divorciada en 1937). En 1932, debido a la creciente amenaza nazi, abandonó Alemania con su madre y se fueron a Paris. Allí conoció a Walter Benjamin, de quien aprendió el arte de integrar fragmentos de la gran filosofía clásica en contextos nuevos y distintos de pensamiento.

Tras el estallido de la guerra en 1939, Paris dejó de ser seguro y Hannah se exilió a Estados Unidos. Su matrimonio con el poeta y politólogo alemán Heinrich Blücher, influyó decisivamente en ella, pues su filosofía comenzó a aplicarse en el análisis político, de donde ya no saldría y produciría brillantes frutos que colocaron las obras de Arendt en primera fila en la postguerra. En 1951 le concedieron la nacionalidad norteamericana. En ese país se desarrolló la época más fértil y brillante de su vida intelectual.

Entre sus obras fundamentales, es recomendable leer “Los orígenes del totalitarismo” y los trabajos realizados con ocasión de su asistencia en Jerusalén al proceso contra Eichmann (1960): el jerarca nazi se había refugiado con identidad falsa en Argentina, tras la derrota del nazismo, y fue secuestrado por el servicio secreto israelí y juzgado y condenado a muerte en 1961). Esos trabajos fueron publicados con el título “Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal”. Arendt –repudiada por los líderes religiosos judíos por ese libro- no sólo defendió el derecho a emitir un juicio libre y sin prejuicios, sino que criticó a los líderes judíos por su complicidad con los nazis durante el horror de la Shoa, alegando la culpabilidad parcial de los judíos en su propio aniquilamiento. “Todo aquel que se niegue a rebelarse contra la injusticia de la que es víctima, es cómplice indirecto de ella”.

En “La vida del espíritu: pensar” y “La vida del espíritu: la voluntad”, Arendt demuestra que “filosofar es una necesidad básica del ser humano”. Acaba de publicarse “Sobre Palestina”,  una serie de artículos de los años 60 y 70, cuya recuperación en estos días, resulta de una ejemplar actualidad.

 

MARÍA ZAMBRANO.- Nacida en Vélez-Málaga en 1907, esta filósofa basó su obra más madura en conciliar filosofía y literatura a través de un nexo común: la razón poética que se forma a través del misterio, la sensibilidad ante el ser y la naturaleza, el sueño y la esperanza. Estudió Filosofía (en 1931 fue nombrada profesora de Metafísica en la Universidad de Madrid) y fue discípula de Ortega y Zubiri. María se exilió en 1936: tras la victoria franquista en la guerra civil, marchó a Puerto Rico. En 1946 viajó a Paris donde se relacionó con Albert Camus y otros intelectuales franceses. En 1948 se separó de su marido y se instaló en Cuba hasta 1953, año en que trasladó a Roma. En el 1965 tuvo que abandonar Italia (por una denuncia de sus vecinos, debido  a que ella y su hermana Araceli, daban cobijo a dos decenas de gatos y vivían rodeadas de suciedad). Se instaló, junto a su hermana, en Suiza, donde vivieron en condiciones económicas precarias, recibía ayuda de sus amigos de España y Francia. Regresó a España, tras 45 años de exilio, el 20 de noviembre de 1984 (aniversario de las muertes de Franco y José Antonio Primo de Rivera). Fue muy bien recibida con todos los honores y recibió varios premios institucionales y una ayuda económica permanente del Ayuntamiento de su ciudad natal, Vélez Málaga, donde está enterrada. Murió en 1991 debido a una infección respiratoria.

Para Zambrano, la guerra civil en España es el fruto de una cultura cainita en la que el Otro se convierte en una amenaza, en el enemigo más cruel por ser el más cercano. La fuerte personalidad de María se refleja en su obra, que es una síntesis muy personal de elementos fenomenológicos, existencialistas o vitalistas, de mística y psicoanálisis. Siguiendo los principios orteguianos (se mantuvo fiel a Ortega, aunque criticó su regreso demasiado prematuro a la España de Franco) opuso su “razón poética” a la “razón vital” de Ortega, aunque nunca la fundamentó sistemáticamente. Es un concepto original de percepción vital de las circunstancias de la propia existencia, no desde la razón o la vitalidad, sino apoyándose en la “razón poética”, que es una instancia donde la poesía, la mística, la sensibilidad afectiva  y la imaginación conectada a la naturaleza, proporcionan los elementos de análisis y conocimiento.

 Su obra de 1955 “Claros del bosque”, rica en introspección mística y poética es la más significativa. También lo son, por razones biográficas y filosófico-literarias,  “Hacia un saber sobre el alma”, “Delirios y destino” (autobiográfica) y “Los sueños y el tiempo” o “Séneca”.

 

SIMONE WEIL.- Nacida en París en 1909, en una familia judía de médicos y profesionales agnósticos e ilustrados. Asiste al liceo Henri IV donde tiene de profesor de filosofía al gran ‘Alain’ (Emile-Auguste Chartier -1868/1951) que fue un importante faro y apoyo a su manera de pensar. Estuvo muy unida a su hermano mayor, un niño prodigio que le descubrió el mundo de los números, la literatura y el pensamiento. A finales de 1934 deja la enseñanza para trabajar en distintas fábricas y conocer las necesidades y la precaria vida de los obreros. Con la ocupación alemana, abandona París con sus padres, primero con destino a Marsella y luego a Nueva York. Por esa necesidad interior de exponerse a la realidad, asumirá  trabajos manuales y participará brevemente en la guerra civil española, en la columna Durruti.

Simone era una mujer intensa y radical, estoica, mortificada y humilde hasta el exceso. Kantiana radical, sus amigos la llamaban “el imperativo categórico con faldas”. Para ella la vida no tenía sentido si uno no procedía consigo mismo de la misma manera que se exigía a las demás personas. Nunca estaba satisfecha de sí, ni con su vida: sus sentimientos y emociones eran severamente restringidos. Estudió en la prestigiosa Escuela Normal Superior de Paris, con la nota más alta de ingreso, seguida por Simone de Beauvoir. Fue expulsada por haber encabezado una manifestación de obreros contra el paro. Trabajó de maestra en liceos femeninos de provincias. Durante sus vacaciones trabajaba en el campo como jornalera o en una fábrica como obrera. Trataba de experimentar en su propia persona cómo era la vida de los obreros. Pasaba hambre y necesidades, pues incluso repartía su sueldo con quienes apenas podían sobrevivir.   En 1940, Simone, junto a sus padres, se fueron a vivir a Marsella, con la intención de exiliarse a Estados Unidos. Su amistad con un sacerdote dominico la llevó a la conversión al cristianismo (se identificaba con san Francisco de Asís), aunque no aceptó la disciplina católica (“Fe sí, Iglesia, no”). Vivía con una austeridad total. Dormía sobre el suelo y se alimentaba deficientemente; no quería poseer más de lo que tenían los pobres. En esa época escribió “El amor de Dios y la desgracia”. En 1942, Weil y sus padres lograron emigrar a Estados Unidos. En contra de su deseo de volver a Francia para participar en la Resistencia, es destinada a labores burocráticas por los servicios de la Francia Libre. Ella no aceptó ese alejamiento táctico y emigró a Inglaterra, Liverpool, para colaborar con la resistencia francesa. No dormía más de tres horas y se agotaba con jornadas de diez horas de trabajo. Consumida por una anorexia voluntaria, muere el 24 de agosto de 1943 en el sanatorio de Ashford, cerca de Liverpool. Cumplió su idea de que “la persona debe superar su dependencia del yo. Llegar a estar vacía totalmente para poder concentrarse en Dios. Y eso se hace a través de la atención. Es la fuerza más grande e insólita de generosidad”. Sus obras son abundantes: “Amor y amistad”, “Contra el colonialismo” “Libertad y opresión social, “A la espera de Dios”, “La persona y lo sagrado”, “Hacer la guerra” “Echar raíces” y “La gravedad y la gracia”, escrita entre 1942 y 1943.

 

EDITH STEIN.-Nacida en 1891 en la ciudad polaca de Breslavia, en una familia estrictamente judía, moriría en 1942  en Auschwitz. Como Arendt y Zambrano se quedó huérfana de padre  en la infancia. Estudió historia y lengua alemana, con el objetivo de hacerse maestra, aunque se sintió atraída por la filosofía. En 1913 fue a Görttingen para asistir a las clases de Edmund Husserl. Hizo una licenciatura y el doctorado dirigido por Husserl sobre el tema de la empatía. En 1916 defendió su tesis doctoral y recibió la summa cum laude. Su ambición era ser profesora pero se encontraba con las reticencias del profesorado masculino y del propio Husserl que opinaban que la enseñanza universitaria “no era cosa propia de damas”. En 1918 dejó a su admirado profesor y se dedicó a la propia investigación filosófica. En 1922 se convirtió a la fe católica, probablemente seducida por sus estudios de Teresa de Ávila y de Tomás de Aquino. Entendía que la filosofía era el pensamiento riguroso y sereno; no dependía de los sentimientos, la fantasía, el gusto o la opinión personal. Trataba de explicar la religión desde la razón. En sus trabajos filosóficos analizó el papel de la empatía y sus raíces en el propio cuerpo.

En otra línea, Stein aseguraba que el sujeto, el ser humano era “un ser arrojado al mundo”, coincidiendo con conceptos similares de Sartre y de Heidegger. Stein considera que cuando la persona se da cuenta de ese hecho, comienza a reflexionar y a buscar un sentido de su propia vida.

En 1933, a los 42 años, ingresó en un convento carmelita en Colonia, a pesar de la oposición familiar. Stein seguía con horror y alarma las noticias que afectaban a los judíos en Alemania y los países ocupados por los nazis. Logró una audiencia con el Papa Pio XI para convencerle de  que debía tomar una postura contra Hitler y su política genocida. No tuvo éxito. En 1938 huyó a Holanda  a un convento carmelita. Pero los nazis la sacaron de allí y la enviaron a Auschwitz  junto a su hermana, donde fueron asesinadas.  Entre sus obras cabe destacar: ‘Sobre el problema de la empatía’. ‘Ser finito y ser eterno’. ‘La estructura de la persona humana’. ‘Escritos espirituales’. ‘Los caminos del silencio interior’.

 

CONCLUSIÓN

Hay una línea subliminal, una línea de luz y sombra, que une a estas cuatro pensadoras de estilos de vida, obras  y biografías tan diferentes. En su actitud frente a la violencia, la sinrazón, la brutalidad y la absoluta crueldad que llevan a cabo los regímenes totalitarios, fascistas o nazis a los que se enfrentan, existe un rechazo humanitario lógico. Arendt  escribe: “La comprensión no implica negar el horror o explicar mediante tales analogías que no se sientan ya ni el impacto de la realidad ni el choque de la experiencia. Significa examinar y soportar de forma consciente el fardo que nuestro siglo ha puesto sobre nosotros sin negar su existencia  ni someterse dócilmente  a su peso”.

Su llamada a la comprensión (que no justificación), a la vía filosófica de la “razón del corazón” - un sesgo femenino conmovedor- en la que ante la enormidad de la barbarie se opone una consideración humanística, ética, en la que se propone el no contagio, el pensar desde una razón llena de luz que se dirige no a los causantes de tanto dolor, sino a los que han logrado sobrevivir, a los que deben seguir viviendo con esa historia  terrible a cuestas, a los que juzgan y castigan a los culpables: no permitir que su ánimo, su alma, su corazón, se contagien de tanta maldad; o que la mantengan en sus espíritus hasta el final de sus días, arrebatados por la memoria de un horror que envenena la vida. Esa es la postura lúcida e incomprendida de Hannah Arendt; la comprensión y el vigor por superar esa ignominia, de esa especie de santa laica que fue Simone Weil; o la de María Zambrano...y posiblemente sintiera algo semejante la monja conversa Edith Stein,  antes de ser aniquilada por ser judía.

Por otra parte, la figura del refugiado exige una nueva política internacional acorde con la realidad presente: estamos en una era en la que crece el paradigma del ‘ciudadano en-éxodo’, habitantes de espacios extraterritoriales y aterritoriales, que exigen el derecho esencial humano de llegar a ser, alguna vez, miembros de la sociedad universal. Como decía Zambrano, ‘dejar de ser habitante del país interminable del exilio, sin reino, sin himno y sin bandera’.

Y Arendt  escribirá: “el derecho a la vida empieza a cuestionarse cuando la absoluta falta de derechos se convierte en una realidad”. Y pedirá el “derecho a tener derechos”, condición inmanente del ser humano en el mundo. Las cuatro coinciden en la idea de que “el grado civilizatorio de una sociedad se puede medir justamente en función de su hospitalidad “. Ellas son las campeonas de una filosofía de la esperanza que debería ser aplicada por todos los que sufrimos el desconcierto, la irritación y la congoja de ver cómo en pleno siglo XXI comienza, de nuevo, a asentarse la Bestia

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6 marzo 2025 4 06 /03 /marzo /2025 04:10

LIBROS PARA COMPRENDER EL MUNDO EN EL QUE VIVIMOS...

... Y DEFENDERTE DEL ASEDIO Y SEDUCCIÓN  DE LAS TECNOLOGÍAS Y LAS IDEAS NEOFASCISTAS

Las nuevas tecnologías y el auge de los regímenes políticos e ideologías de ultraderecha, los populismos y el predominio de la permisividad antiética en las redes, conforman junto con la crisis e inseguridad climática y económica, más la proliferación de puntos bélicos o prebélicos en el mundo, una especial psicología global de miedo, ira y fatalismo que nos afecta a todas las personas que vivimos este siglo peligroso, aunque no en la misma medida. Y prepárense, la menor preocupación por el desastre climático, la polarización política o el rechazo a la inmigración,  se da entre la generación Z, los jóvenes de 18 a 24 años, así como el acercamiento hacia posiciones de intolerantes de ultraderecha y simbologías nazis o fascistas. Como denunciaba un ensayista  en la segunda decena del siglo XXI, “la cultura del capitalismo libertario (tan lejos del auténtico liberalismo) evoluciona imparablemente hacia el autoritarismo postdemocrático”...donde ya estamos navegando como prisioneros a remo, como personajes de una novela de J.G. Ballard, el profeta del nuevo milenio

Para estar mejor informados, librarnos de las mentiras y deformaciones que circulan por nuestras pantallitas y forjar una opinión realista, lógica, razonable y lo más cercana posible a los hechos y la veracidad, no hay como usar el mejor invento cultural humano de todos los siglos, el libro. En toda la oferta inmensa de ensayos sobre los diferentes aspectos de la actualidad sociopolítica, económica e ideológica, he escogido cinco títulos, basándome en la oferta de ideas que sugieren y en las temáticas que abordan: desde los problemas vinculados al universo digital, hasta la situación geopolítica actual y las principales cuestiones y desafíos que los conflictos actuales nos plantean. He tratado de resumir sucintamente los análisis y juicios que nos brindan los autores, manteniendo en todo momento una ecuanimidad muy necesaria en la era de las “deeepfakes”. La complejidad del momento está basada en la falta creciente de contenido (y manipulación) de ideas-base utilizadas por todos en el siglo XX y principios del XXI. El contenido de palabras como democracia, solidaridad, verdad-falsedad, comunismo, racismo, identidad sexual, violencia, libertad, formación educativa, participación, drogas, juventud emancipada, derecho a la vivienda, bases políticas, progreso, consumo, ecología, clima, contaminación, dinero...entre otras, han sufrido una mixtificación bastante significativa, cuando no absoluta.  

Y no sólo los conceptos y las ideas, también la manera de presentarlas, deformarlas y usarlas como munición de ataque y defensa. Todo ello en un clima de confusión formativa e informativa. Por tanto, ¡adelante y ajústense los cinturones! Comienza  el viaje entre libros que le mostrarán un mundo que creían conocer y que les va a asombrar y... a asustar.

El primero es de un analista político de “El País”, Andrea Rizzi, autor de un libro recién publicado: La era de la revancha (Nuevos Cuadernos Anagrama, 2025). Alejo Schapire nos ofrece La traición progresista y El secuestro de Occidente, ambos en Libros del Zorzal, 2021 y 2024. Lo posthumano de Rosi Braidotti en Gedisa (2013). Fake News, haters y ciberacoso, de Mauro Munafo en Ed.Laberinto (2021).

La era de la revancha

El libro de Rizzi es una profunda reflexión sobre los cambios geopolíticos, económicos y sociales de las últimas décadas que nos recuerdan (con sorpresa y alarma) ficciones como “1984” de Orwell, “El mundo feliz” de Huxley, “La hora final”, “El juego del calamar”, los filmes de robots e Inteligencia Artificial desaforada como “Matrix”, “Blade Runners” “Her”  “Terminator” o el ambiente social violento y agresivo  de “La naranja mecánica”. Pero, no se asusten, Rizzi es un defensor de la resistencia intelectual en el análisis y evita el catastrofismo, sin minimizar la gravedad de los conflictos que menudean en nuestra época como las setas en otoño. Y la única manera de mantener el equilibrio en este escenario es buscar y analizar las causas estructurales de esos problemas que a todos nos angustian: Ucrania, Israel-Palestina, crisis climática, emigrantes, ultraderecha creciente, Trump desmelenado y los que le ríen las “gracias”... entre otros. Y adonde pueden llegar a parar.

Esencialmente nos llama la atención sobre dos dinámicas proyectivas que en esta época compiten en generar desequilibrios: el desafío de potencias autoritarias (China, Rusia y sus abanderados) que cuestionan el orden mundial democrático liberal nacido tras la IIGM y un elemento más preocupante: porque han anidado en el seno de las democracias liberales  y apoyan la creciente ola de nacional-populismos., que captan y manipulan las frustraciones de grandes sectores sociales y les venden el humo de la nostalgia de las dictaduras de ayer. Entre ellas interactúan; lo hemos visto aquí, por ejemplo, en el auge de Vox al amparo de Trump. No cesan sus ataques contra los derechos humanos, el juego político democrático y determinadas cuestiones esenciales: el cambio climático, racismo, políticas de inmigración y un increíble revisionismo del nazismo y fascismos varios. Todo ello en un ambiente social exento de racionalidad, respeto a las ideas, humanismo y espíritu crítico. Añadamos al desbarajuste caótico del espacio digital, donde toda idea excesiva y absurda tiene su asiento, junto a una violencia verbal y una inmunidad devastadoras.

Rizzi, apoyándose en magníficas citas de Shakespeare, Calvino, Goethe o Dante nos recuerda que esos grandes dislates, esas voces discordantes y agresivas, han existido siempre, aunque quizá no con la resonancia que les da la plataforma mundial digital, regida por una fracasada tecno utopía  que había prometido más democracia en los ámbitos de la política, la libertad de expresión  y el resurgir de una nueva economía y ha provocado la lamentable polarización sociopolítica de muchos países (el nuestro, también), la inseguridad privada y una amplia gama de delitos digitales. Eso es lo que, según Rizzi, da solidez a ese espíritu de “revancha” que caracteriza nuestro tiempo. Y para terminar, nuestro analista deja un resquicio para que entre la esperanza: la humanidad debe afrontar con valentía, sacrificios  y solidaridad a todos los monstruos que la amenazan, pues –como promete Dante- sólo con la resistencia se puede superar el tortuoso camino y encaminarse hacia la luz de la paz y el respeto entre los seres humanos.

Pero para poder aplicar esa resiliencia es preciso tener clara las estructuras de la situación global y entender las “tribulaciones de occidente” (todo lo que nos está saliendo mal, a pesar de los buenos pronósticos, tras olvidar lo que nos enseñó la II Guerra Mundial); las “reivindicaciones de  Oriente” (todo lo que se ha torcido en esos países, debido a la buena salud de  los vicios dictatoriales);  y los “anhelos del Sur global”, harto del neocolonialismo y la explotación de los “grandes”. En el Epílogo de su libro, Rizzi nos  ofrece una visión ética y constructiva del panorama donde no sólo se rediseñan estrategias , alianzas y coaliciones (ampliación de la OTAN y de los BRICS),  sino que las cuestiones de fondo, respeto al ser humano por encima de razas o religiones, los derechos que recoge la Carta fundacional de la ONU, la igualdad entre los sexos o la diversidad, la protección de la infancia, la salud y el bienestar, el acogimiento a los inmigrantes y más por razones de supervivencia –guerras, hambre, sequías-, han sufrido la influencia coercitiva de los nacional populismos y están volviendo a surgir vallas, muros y  fronteras cerradas, anulación de los derechos de asilo, barreras arancelarias, colapso de instituciones internacionales (ONU, G20 y COP29) y anulación de tratados de control de armas y aumento de los gastos de Defensa en todos los países. Efectos que ya tienen el sello del elefante naranja Trump en la cacharrería mundial.

Nuestra norma de vivir bajo un orden aceptado y respetado  (basado en el consenso de instituciones, patrones y normas que guían las relaciones entre Estados y entre estos y sus ciudadanos) se deshace: prospera la impunidad, se rompe el equilibrio, crecen las narrativas incendiarias y la manipulación “informativa” gracias al sumo poder de las plataformas digitales, desaparece la fuerza ética de los medios tradicionales y se manipula el debate público; rigen los demagogos, la oligarquía gobierna en la sombra. Se instaura un orden injusto en el mundo, incapaz de ofrecer soluciones a problemas reales (el clima, la pobreza, la inmigración, la (in)formación, beneficia  a algunos pocos y perjudica a la mayoría, en grados crecientes e inaceptables de dureza.

Es precisa una reconfiguración del orden mundial, empezando por el Consejo de Seguridad de la ONU e instituciones de signo  mundial (como la OMC o la OMS), los derechos de asilo y la defensa común contra el cambio climático, para que reflejen mejor el mundo actual en las cuotas de derechos de voto y funcionamiento. Sin olvidar la pavorosa amenaza trufada de ilusionantes avances que es la Inteligencia Artificial. Es preciso un  nuevo contrato social que refuerce la calidad democrática y la cohesión social  a través de  consensos amplios, con mecanismos de recaudación fiscal sólidos y servicios públicos eficientes y protección social para los más necesitados.

Rizzi cita un párrafo de la novela de Italo Calvino “Las ciudades invisibles” para ilustrar la necesidad de una rebelión individual que rechace las tres grandes tentaciones del ciudadano de hoy: el ventajismo, saltarse las reglas; el partidismo, todos son malos menos mi partido; y el nihilismo, contra los abusos de la  autoridad y el poder. “El infierno de los vivos, no es algo por venir; si hay uno es el que ya existe aquí, el que habitamos todos los días y que formamos entre todos. Se puede aceptar el infierno y volverse parte de él. O, aprender a reconocer quién o qué, en medio del infierno, no es infierno y hacer que dure y darle espacio”. El peso de las acciones individuales como cortocircuito de ese remolino, adquiere un nuevo valor. Es la preservación del juicio personal y su orientación en el norte moral, rechazando los argumentos torcidos de la lógica del cierre de filas –grupos, partidos, no sólo fascistas o de ultraderecha- - desde dentro o desde cerca de ellas. La rebelión pueden empezar con un no, pero también con un ¿por qué? Salir del conformismo, la indiferencia o el nihilismo. Buscar la malla rota en las redes que nos oprimen.

La traición progresista

El primer libro de Alejo Schapire nos dice que el mantra de la nueva izquierda es “no ofender” a los que les comen el terreno, la ultraderecha y su gestión de los emigrantes, la oposición, los necesitados. Su error fue avalar una tendencia frustrada, la del capitalismo “woke”, que ha perdido la firmeza de las convicciones en pos de un “estar en la línea” que le hace difuminar sus ideales en compromisos a corto plazo. ¿Dónde está la numantina defensa de la libertad de expresión? ¿Por qué la defensa de las nuevas especies de sexualidad ha supuesto una trampa social y laboral de difícil encuadramiento? Y la lucha contra el racismo se ha ido convirtiendo de una forma sigilosa en un antisemitismo que hace decir a una reputada filósofa norteamericana, Joan Butler, que Hamas y las facciones radicales islamistas son “los abanderados de la lucha izquierdista contra los monopolios capitalistas”. Una deformación que está sujeta a una irrelevancia del progresismo en un mundo complejo que no admite ya las viejas y oxidadas fórmulas de la lucha de clases. Y así “las fuerzas que consideran el pluralismo una virtud –las antitotalitarias- son muchísimos más revolucionarias que las antiimperialistas y darán lugar a mejores luchadores por los objetivos de la izquierda tradicional” (Christopher Hitchens).

Este libro es como el espejo mágico de la madrastra de Blancanieves, nos muestra la vejez prematura de la izquierda antiimperialista, que está avalando modelos autoritarios, reactivando métodos de preservar la “pureza ideológica” que recuerdan al estalinismo, de relativismo moral y cultural y cometiendo errores de bulto como la condena sin paliativos de la salvaje respuesta israelí al ataque no menos salvaje de los “héroes de Hamas” y promoviendo auténticos autos de fe contra los rehenes de los islamistas (hasta el punto de romper públicamente carteles con las fotos de las mujeres y niños secuestrados). La traición del  progresismo narra un problema cognitivo: con tal de no estigmatizar al diferente, no tiene reparos en hacerlo con el que está enfrente. Y que nadie ose criticarlo. Un progresismo para el que el antisionismo es la coartada que convierte a los verdugos de los judíos en víctimas de la sociedad”.

En su segundo libro, El secuestro de Occidente, Schapire nos muestra con su lucidez  también un poco sesgada por su evidente tendencia de defensa del semitismo, como en Europa por los fallos de gestión ideológica de esa izquierda, se expanden los nacionalismos populistas en occidente que destruyen los pilares de la democracia y la racionalidad liberal. Y la lucha por la democracia se ha complicado sustancialmente ya que no sólo tenemos el auge de la ultraderecha, sino un progresismo que, sin percatarse de ello, comparte el dogmatismo identitario de la derecha extrema. Y los métodos inquisitoriales para acallar la disidencia. El “depende del contexto” con el que se justifican y manipulan actitudes y comportamientos “woke” ( palabra que inicialmente definía a los que están  “despiertos” ante cualquier tipo de discriminación social y racial) se ha convertido en la práctica en  una censura inclemente a cuestiones relacionadas con una rigidez de pensamiento sobre lo que es “correcto”. Ejemplo:  Disney en sus dibujos animados de “Peter Pan”, “Dumbo” o “El Libro de la Selva” pone una nota advirtiendo que “estas obras vehiculan estereotipos racistas”. La ideología “woke” se convertido en una especie de religión secular que impone un dogma infalseable y una moral binaria de buenos y malos en función de su identidad al nacer. La filósofa Judith Butler  es una de las gurúes del movimiento (representado con la ‘Black Lives Matter’: la identidad del grupo está por encima de la identidad individual) que acoge una militancia activa en defensa de la inflación de fobias rechazadas por el wokismo: homofobia, lesbofobia, transfobia, gordofobia...”. También promueve la destrucción de estatuas en su campaña de “Condena de la memoria” una fiebre destructora de estatuas dedicadas, por ejemplo, a Colón, Cervantes, Franklin, Lincoln, Churchill, Voltaire. En el plano laboral ha denunciado la “discriminación sistémica laboral” que olvida los criterios de méritos en los accesos a trabajos  y exige protecciones a minorías, aunque estén menos preparadas, sólo por ser negro, transexual o disminuido físico (“cuotas” de reserva laboral para esos grupos). Es una ridícula “policía del pensamiento correcto” orwelliana que, con sus excesos, han favorecido, por ejemplo, el regreso de Trump, que supera el “wokismo” a base de apoyar la extrema derecha y el autoritarismo.

Con Lo Posthumano, la profesora de la Universidad de Utrech, Rosi Braidotti, ya en 2013, daba un toque de alarma sobre algo que ya vivimos en el día presente: la desaparición de fronteras nítidas entre lo que es humano y lo que no lo es. Lo curioso es que a la velocidad que lleva el “progreso” del universo digital el libro podría estar ya desfasado. Pero no. ¿Por qué? Simple: Braidotti no se ocupa de los “avances” sino de las “tendencias” -de una complejidad apabullante- sobre cómo afrontar de forma ética y defensiva un tipo de vida que ya tenemos aquí: la comida genéticamente modificada, las prótesis orgánicas, tecnologías reproductivas, las identidades y roles sociales difuminados por la Red, la colonización de la vida cotidiana bajo el empuje consumista y depredador del Sistema-Mercado y el proceso capitalista imparable de depredación, producción y consumo bajo la lógica del beneficio. Y, por supuesto, la I.A. Los movimientos medio ambientales –y un cada vez más presente Cambio Climático- los de género, sacudidos por la permisividad “woke” y el anatema de la ultraderecha, más la lucha permanente por cuestiones raciales y emigraciones forzadas que ha dado un giro dramático al humanismo, frente a unos EE.UU. que han dejado de ser el faro de la democracia en el mundo.

Y, para cerrar esta oferta de libros necesarios aunque “inquietantes”, recomiendo el volumen de Mauro Munafó,  periodista digital italiano, experto en rastrear el mal uso de las redes sociales y en especial de las noticias falsas y el odio en línea, “Fake news, haters y ciberacoso: A quién sirven y cómo protegerse”. La espiral de retroalimentación entre las noticias falsas y los discursos de odio en línea, convierte ese fenómeno destructivo  en un cáncer de las redes, usado como uno de los arietes de la extrema derecha, los neonazis y los fascistas de nuevo cuño. El libro de Munafó, ilustrado con mucha gracia por Marta Pantaleo, toca asuntos de la relevancia de  un “Manual de acción contra el ciberacoso” ; “El asalto a la privacidad: doxing y revenge porn”, “Los hater”, “La fábrica de fango”, “El odio que vierte la red”, “Los daños reales del acoso virtual”, “Reconocer y desmontar una noticia falsa”, “Deepfake, la última frontera”, un “Manual para la verificación de hechos a prueba de bulos”, “Los acosadores invaden los juegos en línea”...más un glosario “para no perderse”. Todo servido con una redacción a prueba de no iniciados.

Son libros prácticos y necesarios en un mundo que se complica:  Trump, Putin, Orban, Milei, Milena, Netanyahu; Yemen, Siria, Arabia Saudí...varios países desdichados en África negra, China o Corea del Norte...crisis en la OTAN, los Brics, la ONU, la UE, la OMC, la Agenda del Clima... Sumen hambrunas, sequías, huracanes y Danas, fuegos inabordables, océanos esquilmados, refugiados y millones de emigrantes asaltando las nuevas fronteras valladas y con muros de la vergüenza en progreso geométrico...Como dijo alguien: “Que paren el mundo, que me bajo”.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

 

 

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1 octubre 2024 2 01 /10 /octubre /2024 18:49

LA FILOSOFÍA, ORIGEN Y ADVERTENCIA DEL PROGRESO Y DE LOS ERRORES DEL SIGLO XXI

 

LEIBNIZ, KANT Y KIERKEGAARD, TRES GENIOS QUE ANTICIPARON EL SINGULAR PERO PROBLEMÁTICO PRESENTE DE LA HUMANIDAD

 

 Ustedes se preguntarán qué diablos tienen en común, qué objetivos semejantes o qué vidas en paralelo unen a estos tres hombres –Gottfried Leibniz, 1646-1716; Inmmanuel Kant (1724-1804) y  Soren Kierkegaard (1813-1855), que viven encabalgados en  tres siglos y a los que nadie propondría como los Tres Camaradas de la Filosofía, por sus temas, sus métodos y el desarrollo intelectual de sus ideas. Sólo hay una semejanza  que une a los tres: su inteligencia y la ambición “totalizadora” de sus obras ( más evidente en Leibniz y Kant que en Kierkegaard).

Aparte de leer o repasar las obras de estos tres colosos filosóficos me he basado en tres libros recientes aparecidos donde se analizan la vida, obra y repercusiones de cada uno de ellos: EL MEJOR DE LOS MUNDOS POSIBLES (Los 7 días que cambiaron la vida de Leibniz) de MICHAEL KEMPE –Ed. Taurus; EL TORBELLINO KANT de NORBERT BILBENY- Ed.Ariel: KIERKEGAARD, El filósofo de la angustia y la seducción de JOAKIM GARFF- Tusquets Editores.

Dos circunstancias despertaron mi atención para realizar este trabajo. Una, el debate periodístico y cultural sobre la cada vez más evidente necesidad de nutrir y dar mucha mayor importancia a los estudios y la formación filosófica en los planes educativos y –idealmente- en los medios de comunicación en general. Es una cuestión que crece exponencialmente ante el impacto de las nuevas tecnologías en el desarrollo mental e intelectual de las personas: desde la hegemonía operativa de los móviles, las Redes, la IA y las implicaciones tecnológicas en nuestras labores en su totalidad; desde las más íntimas, a las laborales y las sociales. Una tendencia invasiva que llega a cuestionar la misma existencia del ser humano, superado en todo por la máquina, excepto en el núcleo de su propio ser: las emociones y sentimientos desde lo personal, lo familiar, lo social y lo político. La segunda circunstancia, que se sigue basando en la constante aparición de libros y artículos de prensa y revistas especializadas o debates públicos en los que se reivindica una mayor presencia de la filosofía en la formación escolar, universitaria –aunque sea técnica- y en todos los medios de comunicación, de argumentos en favor de esa necesidad. Y en esos trabajos se perciben algunas veces citas de los tres filósofos citados y en alguna ocasión a los tres conjuntamente, porque sus aportaciones teóricas y de especulación filosófica resuenan llamativamente en muchos aspectos de nuestro presente socio-tecnológico, la moral y el sentido ético, las actitudes y comportamientos de las población global. Como aseguraba uno de esos trabajos citados, el optimismo de Leibniz, el humanismo de Kant y la angustia existencial de Kierkegaard (hay muchos más elementos) han influido de manera directa en bastantes aspectos de las ideas, comportamientos sociales y conceptos filosóficos propios de  los siglos XX y XXI. Estos tres filósofos sugieren tras una lectura atenta y alternante, que han contribuido de manera muy especial a constituir el corpus de muchos de los problemas, progresos, errores y hallazgos de la filosofía del momento y su reflejo en la sociedad actual.

 

 GOTTFRIED LEIBNIZ

 

Comencemos este paseo filosófico con Leibniz. Cercano a Descartes y Spinoza, racionalista contumaz, despejó el camino en pleno siglo XVII  a los hervores revolucionarios de la Ilustración que acontecerían en el siglo siguiente. Cuando Descartes le dio una patada –pienso, luego existo-  a los siglos de filosofía escolástica y medieval sin llegar  a oponérseles del todo –eso le hubiera acarreado problemas- pero sentando la base de ruptura con la tradición establecida a través de la duda metódica,  hizo temblar los cimientos de las estructuras del pensamiento, casi a la altura del “sólo sé que no sé nada” socrático. Leibniz, campeón del conocimiento de ámbito universal, añadía valores donde Descartes los restaba. Y si este buscaba la simplicidad racional y simple de un comienzo radical como apertura al conocimiento, Leibniz abría generosamente la mente a todos los conocimientos y materias para revalorizar y, al tiempo, renovar: desde el campo de la justicia y el derecho a la psicología, la filosofía y las ciencias humanas, desde la física al conjunto de las ciencias naturales, sin desdeñar la política, la historia e incluso la técnica curiosa y específica de ordenar y mantener e enriquecer las bibliotecas.  Y no sólo aportó relevantes adelantos en todas esas materias sino que, siguiendo el consejo estoico, pasó a la acción y aplicó esos conocimientos a la vida práctica pública y privado, ejerciendo  sus varios saberes en la corte de Hannover y a través de una copiosísima correspondencia con las más importantes figuras del poder político, las artes y las profesiones en su tiempo y de toda Europa.

Leibniz es la figura del sabio universal por excelencia con la particularidad de que más que establecerse en las nubes elitistas de los eruditos, sus pensamientos ofrecían siempre una índole práctica que les acercaba a todos los estamentos sociales. En eso preludiaba ya el talante de nuestra época con el sesgo pragmático y utilitarista del conocimiento. Para él, el pensamiento no debe dar la espalda a la realidad, la teoría debe ser de utilidad práctica, la complejidad no debe estar reñida con la claridad. Y el verdadero conocimiento tiene una doble base: el juicio y la invención. Es lo que ahora llamamos “innovación”: juzgar y descubrir.  Su lema personal era “Theoría cum praxis”: la teoría debe convertirse en práctica y la práctica no puede subsistir sin la teoría. Piensen que abrió el camino a la digitalización a través de su hallazgo del sistema binario, pero también diseñó las primeras máquinas de calcular, cultivó las matemáticas aplicadas: inventó un signo matemático nuevo, el de la integral que daría luz al indispensable cálculo diferencial. Su filosofía analítica y la aplicación de la lógica a la vida común resultan muy cercanas a las de hoy día. Fue en 1703  cuando creó las bases del sistema binario, fundamento de la informática. Todo ello con una particularidad: su radiante optimismo. No entendido como una posibilidad etérea, mística y poco racional, sino profundamente práctico y sencillo, basado en brillantes análisis de posibilidades y opciones. Rechaza la unilateralidad del pesimista, que condena al mundo y a sí mismo y explora las posibilidades y potencialidades que permiten un camino positivo.

Su obra principal, “Ensayo de teodicea. Acerca de la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal” razona sobre la lógica interna de la existencia del mal y el sufrimiento y el dolor en un mundo que ha sido creado por Dios, y en el que optó, en salvaguarda de la criatura humana, y su libertad de elección –que es lo que le confiere dignidad-  crear “el mejor de los mundos posibles”, en el que el mal era una parte necesaria aunque indeseable, del complejo y también necesario equilibrio -entre lo positivo y lo negativo- del mundo.  La obra rompió muchos esquemas tradicionales y logró que Voltaire la tratara de pulverizar con una novela satírica “Cándido” , en la que además de acusar a Dios de indiferencia ante la desgracia humana –cita el terrorífico terremoto de Lisboa de 1755 que causó miles de víctimas y destruyó la ciudad-  ridiculiza a Leibniz con las absurdas teorías del erudito Dr.Pangloss donde los enterados en filosofía, vieron una parodia de Leibniz. Michael Kempe, al contrario que Voltaire, ve en el optimismo de Leibniz una doctrina indispensable en nuestros días, en los que el pesimismo –que muchos llaman “realismo”- ha tomado carta de naturaleza con estos dos terribles siglos, el XX y el actual, y rezuma por todos lados su “razonable” pestilencia –en la que casi todos caemos alguna vez-.

IMMANUEL  KANT

Kant nació hace trescientos años exactos en Königsberg, entonces un enclave alemán de Prusia Oriental a orillas del Báltico. Un lugar muy apetecible estratégicamente. En 1945, tras la II guerra mundial fue ocupado por Rusia y pasó a llamarse Kaliningrado. Stalin expulsó a dos millones de alemanes que allí vivían y lo repobló con ciudadanos rusos. Sin Kant, nadie recordaría ese enclave. Fue un sorprendente profesor, enciclopédico, intelectualmente osado y revolucionario en su percepción del hombre y sus cometidos, desde el mismo origen de su pensamiento hasta todas las variedades y profundidades, ética y moral, racional, lógica, filosófica y científica de la vida personal, social y política. Casi resulta una obviedad argumentar el porqué de la perenne actualidad de este puntual (los ciudadanos de Königsberg ponían su reloj en hora cuando Kant comenzaba su cotidiano paseo matinal) y puntilloso ciudadano prusiano de hace tres siglos. Sólo les diré que en una nota a pie de página de la “Crítica de la razón pura” (1781) decía: “es la época de la crítica, a la que todo debe someterse” desbancando toda opción a la metafísica y a las mentiras. Justo lo que el siglo XXI necesita desesperadamente. Pero sigamos...

Kant es la razón práctica, es la razón teórica, es la razón pura...en suma, es la razón como atributo humano que nos hace más humanos cuando sabemos aplicarla y conocemos sus límites y variedades. Es la referencia inexcusable de cualquier humanista amante del progreso, de la democracia, las repúblicas unidas por la solidaridad y el bien común, el cosmopolitismo y el respeto a todas las variaciones, a todos los diversos seres humanos, sea cual sea el color de su piel, sus creencias religiosas o sus simpatías políticas. Y por supuesto, el estado de su bolsa. Preconizaba la necesidad del consenso y el diálogo entre las naciones, en su libro “Sobre la paz perpetua”  mientras sufría la presión de un monarca –Federico Guillermo II- con ansias dictatoriales. Dijo en su libro: “La posesión del poder perjudica  el libre juicio de la razón”. ¿Hay algo más actual que esa frase para nuestro siglo? Pues justamente vivimos en una situación en la que dominan las propagandas y los dislates más tortuosos en los medios, tan alejados de la razón kantiana como este público poder de las emociones que trata de mantener a los ciudadanos en una disfrazada minoría mental.

Fue partidario de una educación universal e igualitaria y sustentador del imperativo categórico: “Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley para todos. De tal modo que trates a la humanidad, tanto a cualquier otro como a ti mismo, como un fin en sí, no como un medio. Y que esa máxima de tu voluntad pueda valer como principio de una legislación universal”. Ahí es nada.

Las influencias –visibles o indirectas- de su pensamiento, en los siglos posteriores, se ha mantenido incólume aunque en muchísimos aspectos no ha superado la fase del “deber ser”, una meta más o menos lejana pero  posible. Para él la dignidad del hombre es un valor absoluto. Por ello debemos actuar siempre con buena conciencia y mejor voluntad y cómo, figúrense, en toda circunstancia y sin descanso debemos atrevernos a intentar comprender  lo que juzgamos incomprensible. Todo esto se encuentra en dos de sus obras: Crítica de la razón práctica (1788) y Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785).

Kant, lector del  Emilio de Rousseau, sostiene en todo momento que sólo la ética nos obliga y con el uso recto del pensamiento no hay una realidad oculta, no hay ninguna verdad fuera de nuestro alcance: no son necesarias las creencias religiosas o la subordinación a ellas. Sabemos lo que está bien porque tenemos conciencia de que existe una ley moral, aunque también, en uso de la libertad, podemos engañarnos y traicionarla. Entonces también nuestros actos se convierten en irracionales. Y también obramos en contra de aquello que por las leyes de la evolución natural tenemos grabado en nuestra mente para poder razonar sobre las experiencias posteriores. Kant esboza un pensamiento que se acerca a los principios de la física cuántica: el mundo que vemos es mucho más complejo de lo que creemos ver y  lo observado cambia por efecto de la mirada del observador. Quizá la teoría kantiana ha quedado desfasada, vía Einstein: la pura razón humana no está capacitada para alcanzar o entender la verdad absoluta. Kant pensaba que sí, aunque admitía que la razón podía entrar en contradicción consigo misma y lo esboza en una pregunta sin respuesta: ¿cómo elegir entre dos cosas que se contradicen entre sí, pero que  ambas son verdaderas?  Ese ver la existencia desde por encima de la escala humana es, según la tradición religiosa (que Kant no sigue pero respeta) ponerse a la altura divina. Kant no da un paso más, pero admite –adelantándose tres siglos- que la razón nos proporciona un medio, quizá abismal, para iniciar ese viaje. Y considera un esfuerzo bien empleado –aunque quizá no lleve a ninguna meta- pues esa navegación peligrosa es una excelente escuela para aprender a navegar en el futuro por las procelosas aguas del ser y el mundo.

Kant sitúa al hombre, al ser humano, en el centro del trabajo filosófico de toda su vida: desde sus teorías del conocimiento a sus consejos éticos y a su crítica de las religiones. Y dejó en el aire para las generaciones posteriores tres preguntas fundamentales: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer?  y ¿Qué me está permitido esperar? Las respuestas a esas preguntas configuran lo que es un hombre del siglo XXI. Y también la razón por la que Kant sigue siendo un desafío para el ser humano del siglo XXI.

SÖREN KIERKEGAARD

La magnífica biografía de Joakim Garff (la mejor de las citadas en este trabajo), en sus más de 900 páginas de apasionante recorrido por la vida de un hombre excepcional, logra ponerse a la altura del biografiado. No en vano  Garff es desde 1994 profesor  en el centro de investigación dedicado a Kierkegaard y coeditor de la obra completa del filósofo. Este libro ha sido traducido a trece idiomas y ha obtenido el premio Georg Brandes, un filósofo, crítico y ensayista danés que vivió en Copenhague en los últimos años de Kierkegaard (éste murió cuando Brandes tenía 13 años).

Para llegar a Kierkegaard tendría que hablarles detalladamente de su vida, de su soledad, de sus obras, de su angustia, de sus amores, de su desconcierto, de su agresividad ante los tontos y los malvados, de sus tormentos, de su genialidad indiscutible raramente aceptada en vida, de sus poses más o menos artificiosas, de su voluntad de ser, de su amor desesperado hacia la vida...y eso no cabe en C&C ni aunque dedicáramos todo el presente número a Kierkegaard. Por lo tanto pasaremos de puntillas por el fenómeno cultural, social y filosófico que constituye S.K. y quede aquí mi recomendación entusiasta de que aborden, primero, la biografía de Garff y después, con el orden que quieran, algunas de las obras firmadas por S.K. Después entenderán por qué les he metido en este triunvirato de filósofos que preludiaron muchos aspectos de la sociedad y el conocimiento del siglo XXI, desde el pensamiento hasta el cómic, desde la narrativa a la psicología, desde el teatro al cine.

Kierkegaard, filósofo autónomo, retador y original, con un físico ligeramente deforme y que seguramente  le inspiraba, a tenor con el desafío y el desprecio ajeno que entrañaba, una mente brillante y una retórica desafiante y provocadora (armada con un humor corrosivo), vivió una historia de desafíos, burlas, un gran amor femenino –Regine Olsen, (léase su “Diario de un seductor”)- y sufrió un calvario de penalidades, aunque con denuedo incansable, mantuvo una cruzada personal llena de sentido común y mala uva contra la rígida y poderosa Iglesia de su país.

De hecho lo más interesante de su vida íntima nos lo ha proporcionado el propio S.K. en los numerosos datos y comentarios autobiográficos de su obra, escrita sin tapujos, ni disfraces, honesta hasta lo inconcebible, desgarrada y tan llena de matices provocativos por su sinceridad que se le considera el antecedente más sincero de todo lo que caracterizó ese movimiento llamado existencialismo. El cual estallaría muchos años después de la mano de los filósofos y escritores franceses, extendiéndose como una gran mancha de pintura naif por toda Europa, hasta recalar –casi como algo obsceno-  en los EE.UU de los cincuenta y sesenta del pasado siglo, tomando un disfraz algo más colorista.

Acompañar a Garff en su recorrido por la difícil pero sumamente creativa existencia de S.K., entre la popularidad y el desprecio, la riqueza (pertenecía a la élite económica de la ciudad) y la pobreza (“no tengo ni siquiera para pagarme una lápida”), una dolorosa enfermedad terminal que acabaría con él a los 42 años y los altibajos de una vida dedicada a la escritura y el pensamiento y a la crítica sin cuartel contra el rigor y la hipocresía de la Iglesia de Dinamarca...y al mismo tiempo sus diferencias con el padre severo (al que amaba y era correspondido, a pesar de los choques), su grafomanía triunfante que le hacía escribir siempre protegido por  pseudónimos y su presencia –una joroba que afeaba y singularizaba su aspecto atildado y siempre bien vestido (fue objeto de caricaturas y bromas de mal gusto)- pero sobre todo por su espíritu crítico y nada conciliador, iconoclasta y heterodoxo, que alborotaba a la grey conservadora de su ciudad. Tampoco su relación con Regine Olsen que le inspiró miles de páginas hermosas, sensuales, profundamente agudas, sobre el amor, llegó a ningún puerto seguro. S.K. rompió su compromiso con ella sin dar explicaciones. Como escribe un comentarista de su figura, “amaba la vida como pocos pero sufría como nadie”.

Pero esa desdicha personal también se reflejó en el siglo XX, cuando sus ideas sustentaron el entramado filosófico y vitalista del existencialismo. Muchos filósofos, practicantes o aficionados, tienen muy en cuenta su célebre definición de la existencia en tres posibles modos de vivir: el estético, el ético y el religioso. Los tres estadios o esferas estructuran el proceso de la vida humana (“Estadios en el camino de la vida” -1845, publicado con el pseudónimo Frater Taciturnus). Como él mismo aclara: “La esfera estética es la esfera de la inmediatez, la ética la esfera de la exigencia –tan infinita e inabarcable que acaba afectando al individuo- y la religiosa la esfera de la plenitud.” Pero eso, nos advierte, son “saltos” casi cuánticos, diríamos hoy, que conducen a otra dimensión ya que el sujeto se juega su existencia a todo o nada en cada una de las esferas. Esa rotundidad en la entrega y el proceso es lo que define el talante existencialista.

Toda su apasionada obra está llena de ironía, de humor, de parábolas que cumplen una función: de hecho agrandan el placer que da su lectura y muestra por una vía afectiva más que discursiva o racional la verdad moral que desea transmitir, ignorando los rígidos límites del concepto y proyectando lo que propone hacia la acción y la vida. Se dice que su humor irónico y activo, punzante, está a la altura de muchos textos de Kafka, de Becket o incluso, apunta otro comentarista, de Melville (“el genial “Bartleby, el escribiente” con su célebre “Preferiría no hacerlo”) con un descaro que limita con el absurdo, usado por S.K. en algunos textos llenos de arrebato burlón. La mayoría de sus obras –ocho, según él) las firmó con pseudónimo (excepto las religiosas). Victor Eremita, A, Juez William,  Johannes de Silentio que firma “Temor y Temblor”, Vigilius Haufniensis (“El concepto de la angustia”), Nicolaus Notabene (“Prefacios”), Hilarius Bookbinder (Estadios en el camino de la vida), Johannes Climacus (“Migajas filosóficas”), Anti-Climacus (“La enfermedad mortal” y “Práctica del cristianismo”). Precisamente en esta última deja escapar un  dardo contra los pastores religiosos de la Iglesia Danesa, (y también contra su propio padre, que le inició en un cristianismo duro y severo): “nada hay más ridículo en la práctica que ver las categorías religiosas empleadas con gravedad estúpida, en vez de emplearlas con ingenio y jovialidad”

Siguiendo con el existencialismo, Sartre, el abanderado del movimiento, no reconoció nunca la deuda con S.K. y desdeñó el mensaje de renovación ética y autenticidad de la faceta religiosa del hombre, una de las claves de la obra del danés. Sin embargo Karl Jaspers y Albert Camus confrontaron el legado filosófico de Kierkegaard, Jaspers desde la psiquiatría y el análisis renovador de la enfermedad mental bajo la crisis existencial y Camus arguyendo que la crisis vital es más debida al absurdo existencial que a la religión. Pero tanto Heidegger como Unamuno, reconocen la influencia de Kierkegaard (el español hasta el punto de aprender danés para seguir las teorías del que calificaba como su “hermano”). Pero en ellos –y en muchos de nosotros, seres del siglo XXI- resuena la opinión de S.K. de que el origen del pensar humano no es el pensamiento abstracto o conceptual en sí mismo, sino el sentimiento: el sentir, el deseo, el placer o el dolor que provoca, eso es el dato básico del pensar humano, “todo lo demás es derivado”. Léanle pues...pero si es posible, detrás de la lectura de la biografía de Garff. Comprenderán, incluso, la anécdota con la que terminó su vida. Pidió la extremaunción. Pero debía dársela un lego, no un sacerdote de la Iglesia danesa, corrompidos todos. Por supuesto no hubo tal ceremonia y se fue ante San Pedro con su joroba y su humilde desparpajo. Quiero pensar que, conmovido, el viejo san Pedro le abrió la puerta. El sabía lo que era negar, hasta por tres veces. -ALBERTO DÍAZ RUEDA

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12 mayo 2024 7 12 /05 /mayo /2024 11:40

OBSERVATORIO POLÍTICO INTERNACIONAL

EL “GRAN HERMANO” DEL SIGLO XXI

La ‘tecnodictadura’ es la mayor amenaza real contra la paz, la libertad, la democracia y el progreso en el mundo.

 

George Orwell (Eric Arthur Blair) dibujó un terrible futuro ‘distópico’ en su novela “1984”, publicada en 1949 y que ahora, 75 años más tarde, se relee con toda su fuerza simbólica, reflejada en algo tan cercano y cotidiano que da escalofríos pensar...que se quedó corto. Es decir, la realidad socio-política, económica, ecológica, bélica, inmigratoria, destructiva y genocida de los angustiosos años 20 del siglo XXI, supera con creces la mayoría de las suposiciones imaginativas del escritor inglés (nacido en India en 1903 y fallecido en Londres en 1950) que luchó en nuestra guerra civil en el lado republicano.  Orwell pretendió con esta novela y con “Rebelión en la granja” mostrar las características del régimen de Stalin –o de Hitler, en el otro extremo- y fantasear con las consecuencias de su implantación en cualquier país. Y eso que no llegó a conocer a Pol Pot, Mao y tantos otros “tiranos” del siglo XX (sin olvidar a Putin, Bolsonaro, Kim y Trump en el XXI) Sin embargo lo que cambió en los últimos años es que ya no se trata de regímenes totalitarios fascistas o neonazis, sino que son los países con gobiernos democráticos los que  se ven sometidos a los efectos perniciosos de la “tecnodictadura”,  ya que el poder político (y el económico, por otras causas) comienzan a estar sometidos a las exigencias y auge de los bulos, las campañas digitales y una despolitización creciente provocada por la polarización suicida del espectro político. Unan a esto el estilo de vida que el nuevo capitalismo impone, la aceleración, la pérdida del sentido social a favor del individualismo, unido a un nacionalismo xenófobo, el consumo histérico, la exacerbación del odio al “distinto otro” y a la diversidad, y la relativización de la verdad en la comunicación. Todo ello crea el caldo de cultivo apropiado para el crecimiento del poder del “Gran Hermano” tecnológico. La censura, la manipulación y la desnuda falsedad, más la selección o condena de las personas, ideas o actos, ya no procede del poder político enteramente, sino del poder oscuro, sin nombre ni rostro, que emana de las multinacionales y se realiza en las pantallas de los móviles y los ordenadores, con el eco complaciente (a la fuerza) de los medios de comunicación y el rechazo minoritario de algunos medios independientes pero, y eso es lo grave, con la aquiescencia inconsciente del ciudadano, cegado por las ofertas de entretenimiento, de consumo y de relaciones.

Como muestra un botón: el caso español. Los dos partidos en liza por el poder se han ido turnando en acusaciones de “manipulación de la democracia”. El famoso “Procedimiento de Actuación contra la Desinformación”, de 2020, (el gobierno monitorizará las redes a la búsqueda de noticias falsas y tendenciosas, a las que se dará una “respuesta política”) no vale en este momento ni el precio del papel donde se ha impreso. Como el asunto proviene del PSOE, el PP le acusa de intentar convertirse en un orwelliano “Ministerio de la Verdad”. “Un ataque intolerable a la democracia”, olvidando su papel anterior en el tema y su uso negativo de los medios digitales a su disposición. Pero los pseudomedios o “máquina del fango”  hacen leña del árbol caído, a decir verdad, ya sea el PSOE o el PP, (a propósito evito entrar, por simple decoro, en la dinámica del resto de partidos y sus Comunidades). Así que seguimos igual, o mejor dicho creciendo en ese conocido diagnóstico social: aumento de la polarización, crispación en alza en el mundo político y una desconfianza ciudadana de la que se aprovechan los extremos políticos de siempre. Lo cierto es que en Europa ya se nos considera uno de los países más vulnerable a la desinformación digital. La cual procede demasiado a menudo de la misma clase política que padece sus efectos. Todos usan en la red montajes que siguen, según un grupo de expertos en manipulación digital, modelos muy conocidos: el de “sesgo cognitivo” (forzar la predisposición a creer determinadas cosas y no otras, independientemente de su veracidad); la “jajaganda” (hacer humor grueso para ridiculizar a instituciones o personas); “algoritmitis” (los motores de búsqueda y las redes filtran contenidos de impacto y usan algoritmos para llamar la atención del ciudadano y decantar opiniones, rechazos o adhesiones). La única diferencia con el “Gran Hermano” televisivo de Orwell, es que detrás de esas pantallas no hay un dictador con su propio programa “político” hegemónico, sino que hay varios aspirantes al cargo, políticos o económicos, enfrentados entre sí, pero con la cuota de poder suficiente como  para tener acceso a alguno de los “motores” de desinformación global que el “Sistema” tecnológico pone a su disposición (al precio que sea).

Distinguir a los “pseudomedios” de los que no lo son y tratan de canalizar una información veraz, pasa por algo tan obvio como proponer una ley que obligue a todos los medios, cadenas y plataformas a hacer públicas sus fuentes de financiación. Y el segundo punto, en el que insistimos una y otra vez los que escribimos sobre estos temas, es un problema de educación general, de alfabetización digital del ciudadano y de exigir a éste ampliar los principios éticos en los que se debe fundar la convivencia y las relaciones sociales (también las familiares) y el respeto hacia la diversidad. Solo esa educación puede enseñar al individuo a distinguir y contrastar fuentes y medios. Y así evitar por principio los contenidos falaces y de odio, se vistan como se vistan.

Es conveniente saber, por ejemplo, que los pseudomedios y las campañas de desinformación, no son productos creados por el azar, la tendenciosidad  o la evolución política provocada por las circunstancias. Son creaciones específicas y dirigidas a un sólo objetivo: manipular los procesos y la convivencia democrática a través de la distorsión de la realidad y  la difusión de noticias falsas. Es una herramienta de uso político, pero no hay una ideología detrás, sino un afán mercenario: se vende al mejor postor. En su manera de actuar siguen un cierto tipo de pautas. Los forenses digitales hablan de “contenidos inauténticos”. Es decir no los han producido ellos mismos, sino que roban contenidos a otros medios, los manipulan para distorsionar el mensaje y los sirven gratuitamente. Con la aparición de la IA y sus modelos generativos la cuestión de la falsificación ha crecido exponencialmente. Ya no es preciso utilizar un burdo montaje fotográfico para falsear la realidad, como Stalin hizo con Trotsky, en la célebre foto de la parada militar en Moscú. Recuerden también que el famoso Photoshop (1986), llevó hasta los particulares el arte de la manipulación fotográfica.  Pero fíjense, ahora sería posible difundir un mensaje del Papa Francisco en persona, con su imagen y su voz, pidiendo que alguien lance la bomba Atómica contra Palestina, contra Ucrania o contra el mismísimo Vaticano. Es la falsificación de lo real llevada a un extremo incontrolable, ya que los creadores de tal dislate sabrían también convertir el mensaje en viral. Y las actividades falsificadoras de la IA ya están influyendo para llevar a Trump de nuevo a la Casa Blanca o convertir a Putin en un héroe. Son campañas de videos falsos a favor del líder que convenga: aparece en todas partes y suele afectar más de lo que parece dado lo burdo del sistema.  Podrían  afectarán los resultados electorales en Europa y Estados Unidos de una forma impredecible. Esto lleva a la larga a una grave  erosión de la solidez y firmeza de la democracia.

La pregunta es: ¿Qué hay que hacer? O, más bien, ¿qué se puede hacer? , ya que lo que hay que hacer, suele estar reñido con lo que se puede hacer. Las democracias necesitan un ecosistema mediático que se defienda y extirpe ese cáncer informativo: en caso contrario el escepticismo, la incredulidad y el odio subsiguientes terminarán con ella y los pueblos volverán a estar bajo el poder de los Calígulas de turno. La única manera de obtener esa vacuna democrática sería la unión honesta y transparente, por encima de ideas y partidos, de toda la clase política, las empresas tecnológicas, las plataformas y las empresas de comunicación y marketing. Y en tanto se llega a esto (si fuese posible, cosa que está por ver) utilizar los medios reactivos y coercitivos legales para blindar a los ciudadanos, las instituciones y el sistema político democrático -de una forma pecuniaria y penal-  frente ante todos los daños que sufre el sistema en su conjunto a causa de la utilización mendaz  y tendenciosa de la información.

Con motivo del Día Mundial de la Libertad de Prensa (el 3 de mayo), las Asociaciones de Prensa de España compartieron un manifiesto titulado “Sin periodismo no hay democracia”. Se trata de regular la prensa, establecer el punto clave entre la censura y la libertad de expresión, frenar las mentiras incontroladas y distinguirlas de las críticas saludables e identificadas. Pero para eso, en primer lugar, ha de equilibrarse el comportamiento personal de los políticos del país, serenar los debates y mantener una escrupulosa y educada pulcritud y cortesía en las discusiones públicas y una conciencia clara de dos elementos: dónde empieza y termina la opinión y el carácter insobornablemente veraz de la información. Debe acabar el bailoteo impúdico de medias verdades y de medias mentiras para arrimar el ascua a la propia sardina. Ese es cometido de trileros, no de políticos que viven del erario público.

Hay que tener en cuenta cómo los discursos de odio, las conspiraciones y la violencia en las calles están relacionados entre sí. Deberíamos preguntarnos quiénes salen ganando con la creciente agresividad en las Redes, en las tribunas políticas y en los medios. En esencia lo que sí sabemos es quienes salen perdiendo: el resto, seguramente una mayoría, de ciudadanos pacíficos y razonables que pueden dialogar sin insultos y sin descalificaciones, con ese ingrediente cada vez más ignorado que se llama ‘respeto al otro’, sobre todo  cuando opina de manera distinta a nosotros. Hay que hacer notar la constante presencia de movilizaciones callejeras de trasfondo político. Con pocas excepciones, convocadas por la ultraderecha y la derecha, con un desarrollo común de signo bastante agresivo. Quizá sea ya un síntoma de la deriva polarizadora y del auge derechista en Europa.  O, tal vez, sea más bien el efecto disgregador y vírico del “síndrome del Gran Hermano” que –siguiendo la estela literaria de la novela de Orwell- está difundiendo y al tiempo disfrazando la amenaza real y letal del dominio de la ‘tecnodictadura’. De manera que, a cambio de la “comodidad” y el “entretenimiento” que ofrece a nuestra decadente sociedad, exige que nos comportemos como miembros de un rebaño sumiso, obediente a las consignas del poder. Dentro de un escenario donde se nos hace creer que somos libres, se respetan nuestros “derechos” y vivimos en una “democracia”.-ALBERTO DÍAZ RUEDA

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2 mayo 2024 4 02 /05 /mayo /2024 16:05

 

¿Cómo podríamos combatir a esa dictadura del consumo, la banalidad de la prisa y el trabajo sin límites? Tal vez sería necesaria una mentalización individual, personal, íntima, de cultivar el respeto y el goce del instante, en cualquier momento, cada día, sin permitir que la prisa instituida nos devore. Aunque también es precisa una toma de conciencia social –global- y una educación basada en el amor y el respeto a la existencia humana, sus valores y principios, sus tradiciones familiares y una ética insobornable donde sea más importante ser que poseer y donde el extraño, el distinto, el otro, sea integrado en las comunidades en igualdad de condiciones y respeto, sea cual sea el color de su piel, sus creencias y sus orígenes. Y donde el conocimiento convierta el utilitarismo en un producto secundario y no en algo esencial. Quizá sería el comienzo de la desaceleración existencial en busca del placer y el provecho. Parece un mensaje utópico pero, en realidad, ha sido evocado por pensadores de nuestro tiempo, siglos XX y XXI, del fuste de Hannah Arendt, el coreano-alemán Byung-Chul Han, Hartmut Rosa, Primo Levi, Günther Anders, Joan Carles Mèlich, Zygmunt Bauman, Heidegger, Giorgio Agamben, Sloterdijk...y otros muchos más del pasado, como Nietzsche o Cicerón.

Todos sufrimos de una forma creciente una distorsión, una ‘disincronía’ que ha atomizado el tiempo. Cuando ésta se incrusta en la vida del ciudadano de la sociedad avanzada, provoca que tengamos la  sensación de que el tiempo y con él la vida se han acelerado. Envejecemos sin “hacernos mayores”, como si la senectud fuese un indeseable y corto paso inmediato a la muerte. Los abuelos de antaño han desaparecido de la ajetreada vida urbana (sólo en el mundo rural más aislado se mantienen las viejas tradiciones ligadas a la vejez) y también el respeto y el cuidado de los ancianos. Cada vez más las familias no tienen ni tiempo ni lugar para sus ancianos y se les encierra en lugares donde no molesten hasta que desaparezcan. Vivimos bajo  el imperativo del trabajo, con el  tiempo crono limitado bajo la demanda utilitaria y el pragmatismo del rendimiento y el consumo adyacente. El filósofo germano-coreano Byung Chul-Han ofrece una posibilidad de superación de esta carrera hacia un solo final verdadero: “La crisis temporal solo se superará en el momento en que la vida activa acoja de nuevo la vida contemplativa en su seno”. Es decir, la capacidad de aceptar la demora,  desterrar la prisa establecida como estilo de vida y volver a ajustarnos al tiempo de las estaciones naturales, a la tranquilidad y a las tradiciones en las que todo tenía un ritmo sosegado y un respeto sacralizado. Lo malo es que todo el sistema tecnocapitalista en el que vivimos está montado en una doble constante que se fagocita mutuamente: la producción incesante y el consumo creciente, estimulados por un intervencionismo digital publicitario e informativo permanentes. Somos solo “ser libres para la muerte” decía Heidegger. Todo lo que nos ofrece la vida de posibilidades, de bienestar, queda anulado por una fragmentación del tiempo condicionada por una masificación y homogeneidad cada  vez mayores. El presente se reduce a picos de actualidad, las cosas envejecen muy rápido y se vuelven obsoletas, se trata de consumir más y más rápido, sin continuidad posible. Las cosas han perdido su prestigio y con él su valor. Nadie conserva nada y cuando alguien lo hace pretextando  “cuestiones de tradición y recuerdo” se le mira con prevención y se le juzga senil de inmediato.

En el siglo II a.C. el comediógrafo romano Plauto escribió: “Que los dioses maldigan al primer hombre que descubrió cómo señalar las horas y maldigan a aquél que erigió aquí un reloj de sol para cortar y despedazar de forma tan infame mis días en pequeños trozos”. A menudo quien esto escribe –admirador de Plauto- añora a los inuit (unas tribus que habitan todavía en el Ártico oriental canadiense) que tienen una lengua en la que no existe el concepto de tiempo y lo miden por los ciclos naturales y los movimientos de las estrellas. En el libro del bioquímico Carlos López Otín, se analiza la función del tiempo en el envejecimiento y la longevidad. Se nos explica con una prosa empática e ilustrada que el flujo del tiempo podría ser una percepción ilusoria de nuestra mente, pero que nuestros cuerpos reciben de forma fáctica el paso del tiempo, somos en nuestro interior biológico relojes celulares y, de una forma evidente, recibimos, respondemos y, como estamos viendo, nos afecta de manera grave ese tiempo inasible pero no rechazable. La visión científica, médica y filosófica de López Otín logra ofrecernos un relato apasionante sobre el recorrido cultural del concepto tiempo en la historia. Especial interés tiene la descripción de los intentos históricos de comprender, ordenar, medir, dominar, ignorar, olvidar y asesinar al tiempo (como en la época de la Comuna francesa, en la que se disparaba contra los relojes públicos parisinos) y también los estudios crecientes sobre la longevidad y las enfermedades asociadas  a la pérdida de la noción del tiempo. Una de las pruebas evidentes del impacto de la noción de “tiempo” en la cultura es la enorme cantidad de películas, novelas y libros dedicados a él. Este cultísimo autor adjunta en el epílogo una lista de piezas musicales, novelas, obras de arte y películas dedicadas al tema. Recuerden: “Interestelar”, “El curioso caso de Benjamin Button”, “Regreso al futuro”, “Atrapado en el tiempo” (“El día de la marmota”), “39 escalones”, “Fahrenheit 451” o “Horizontes perdidos” o “La máquina del tiempo” o “Los viajeros del tiempo”. Como muestra del estilo de este admirable libro, les adjunto un párrafo del epílogo: “El tiempo nace con el cosmos en un instante singular de un día sin ayer, atraviesa como una flecha invisible el universo, se erige en fuerza motora de la Gran Historia, rechaza a los viajeros que quieren acelerarlo o revertirlo, se deja medir por los humanos para luego dominarlos, elimina  a los rebeldes que quieren menospreciarlo y se infiltra en los seres vivos, creando relojes biológicos que se vuelven imprescindibles para sobrevivir...”. Insuperable.

Lo cierto es que ya a principios del siglo XX, E.M. Cioran clamaba: “¿No ha llegado la hora de declararle la guerra al tiempo nuestro enemigo común?” El filósofo rumano-francés erraba el tiro: el tiempo no es nuestro enemigo. Lo es el sistema que hemos aceptado instaurar, responsable de haber convertido el tiempo en una herramienta capitalista de explotación. Y el auténtico enemigo –mortal de necesidad- de lo humano es la aceleración: es como el hámster haciendo girar interminablemente la rueda sin desplazarse jamás, nos dice Luciano Concheiro en su obra ”Contra el tiempo”. Vivimos en una época de inmovilidad frenética. Y es que el tiempo es un concepto difícil e intrincado. Agustín de Hipona, el agudo santo pensador, decía “Si nadie me pregunta, sé lo que es el tiempo; si quiero explicarlo al que me pregunta, no lo sé; pero sin vacilación afirmo saber que si nada pasase no había tiempo pasado; si nada hubiera de venir no habría tiempo futuro y si nada hubiese, no habría tiempo presente”. 

Pero en nuestra sociedad actual, se produce una aceleración histérica de la sucesión de acontecimientos parciales que se extiende a todos los sectores de la vida cotidiana. La omni-información, servida de inmediato sin razonamiento o explicación a través de los móviles y las redes sociales, se relativiza, no llega a entrar en nuestra sensibilidad y mucho menos en nuestra capacidad de análisis y razonamiento. No hay tiempo. De ahí la creciente potencialidad de las noticias falsas o exageradas de forma tendenciosa: es el reinado de lo emocional, de las exclusiones de lo otro o lo distinto, es el creciente poder de las ideas totalitaristas, neofascistas y neonazis sobre una “clientela” cada vez más joven y menos formada: desmoronamiento de las tradiciones  familiares, las sociales –la cortesía, el respeto, la buena educación-  y también las políticas y las económicas. Todas caen bajo el nuevo estilo: la prisa, la utilidad inmediata, el consumo y el placer huidizo pero exigente y poderoso.  Eso crea una falta de sentido a la vida, una vez se la desliga del  presente continuo, sin memoria y sin objeto, en una aceleración continua y una paralización interna: “cuando no es posible determinar qué tiene importancia, todo pierde importancia”.

El sociólogo alemán Helmut Rosa percibe tres tipos de aceleración: la de los desarrollos tecnológicos, la de los cambios sociales y la del ritmo de la vida diaria. Y en este último apartado que es el que más nos concierne, podemos ver –si abrimos los ojos- el tipo de subjetividad que produce: individuos dispersos, ansioso, deprimidos, adictos a todo tipo de sustancias estimulantes, encerrados en la falsa comunidad digital de sus móviles y ordenadores, devoradores compulsivos de series televisivas, de relaciones insatisfactorias, sexualidad fetichista y desviada al acto pornográfico y la brutalidad de la cosificación femenina...

Vamos hacia una sociedad muy parecida a la de dos distopías literarias conocidas: la del “Mundo feliz” de Aldous Huxley y la de “1984” de George Orwell. Pero aún las hemos “mejorado” en efectividad y deshumanización crecientes. Zygmunt Bauman nos dice que ya no hay ritmos ni ciclos sociales estables, el individuo es “libre” para seguir forzosamente su camino marcado, aunque le falta orientación y le sobra velocidad por lo que no puede demorarse, única forma de pensar en el camino, observar  y orientarse, en lugar de avanzar de forma atolondrada. Le sostiene “el miedo a perderse cosas valiosas” que  intensifica el ritmo vital ya que el sistema le asegura el “disfrute de las opciones del mundo”, experiencias, viajes. En definitiva, dice Bauman, el sujeto tiene una vida plena si logra vivir con más rapidez y aumentar el número –no la calidad- de las vivencias. Y así un viaje exótico no importa nada de forma sensible o experiencial, pero sí lo hace cuando uno envía “selfies” a todas sus amistades. Uno no se divierte en una fiesta si no “demuestra” en las redes que se “está divirtiendo”. Uno no vive su vida si no  transforma sus vivencias en instantáneas para que los otros lo atestigüen. Y la red es un espacio sin caminos, por eso se surfea o se explora, no deja poso ni recuerdo. Es de uso y disfrute instantáneo. Conceptos como la verdad y el conocimiento no tienen sentido en la red pues remiten a la duración. Y nosotros “vamos haciendo zapping por el mundo y la vida a tenor de esto”. Hemos perdido el aroma del tiempo, la duración, decía Proust. Y ese aroma no es narrativo, algo que comunicar de inmediato, sino contemplativo.

En esa línea Concheiro propone una “resistencia tangencial” al estado de cosas que, aunque no puede transformar la realidad circundante, nos permita aminorar los efectos negativos de la aceleración. Y no se trata de la simple lentitud de acción, (el movimiento slow) que no tiene poder frente a la lógica acelerativa, sino en una suspensión voluntaria y dinámica del flujo temporal. Concebir y crear el ejercicio de valorar, percibir y cercar al instante. Ese fragmento de no-tiempo que definía Wittgenstein de forma magistral: “Si tomamos la eternidad no como la infinita duración temporal, sino como la intemporalidad, entonces la vida eterna pertenece a aquellos quienes viven en el presente”. Es decir, en el instante. En el siglo anterior, el XIX, el gran Lewis Carroll, en su “Alicia en el país de las maravillas” esboza la misma idea en un célebre diálogo paradójico entre la niña y el Conejo Blanco: “¿Cuánto dura la eternidad?” pregunta Alicia y el sabio conejo responde “a veces sólo un segundo”.

Decía Heidegger que vivimos con “desasosiego distraído” y “falta de paradero”. Hoy diría que vivimos “zapeando” por el mundo. Y él murió en 1976, por lo que sus palabras resultan más que actuales que entonces. En ausencia de la  duración, la aceleración se impone. Y aún más, en “Ser y tiempo” su obra cumbre, asegura que el ser “está disperso en la multiplicidad de lo que pasa diariamente. Está perdido en la presencia del hoy...este “no tener tiempo es un mayor perderse  a sí mismo que aquél desperdiciar el tiempo, que deja tiempo.” El pensador alemán –mucho más interesante cuando se le despoja de ciertos aspectos político-históricos de  su biografía- recomienda transformar el “no tengo tiempo para nada” en un “siempre tengo tiempo” como una estrategia de la duración para recuperar el dominio perdido sobre el tiempo.

El dramaturgo y poeta Peter Handke se pregunta “¿por qué nunca se inventó un dios de la lentitud?”. Ya que el pleno disfrute del tiempo no sugiere acontecimientos ni cambios, sino simplemente duración. Y es que el hombre que pierde toda capacidad contemplativa se reduce a un “animal laborans”. Más allá de tiempo laboral, solo queda “matar el tiempo”. En esa labor se produce la contradicción entre el consumo y la duración: el ciclo de aparición y desaparición de las cosas es cada vez más breve por imperativo el capitalismo que acorta el plazo de producción y el de consumo. Vivimos en una sociedad compulsiva en la que el trabajo, la producción y el consumo, se convierten en una norma  de obligado cumplimiento. Cronos devora a sus hijos.

Nietzsche dejó escrito “Si creyéseis más en la vida, os lanzaríais menos al momento. ¡Pero no tenéis en vosotros bastante contenido para la espera. Y ni siquiera para la pereza.” Y así la inquietud hiperactiva, la agitación y el desasosiego de la vida no permiten el libre recurso del pensamiento, la calma y la demora de la observación acompañada por la reflexión y la amabilidad de permitir que las cosas sucedan sin intervenir, sólo contemplar. Pero no hay tiempo para esa “especie de lujo en la cabeza” como lo llamaba Kant. Y Nietzsche aseguraba que “Por falta de sosiego nuestra civilización desemboca en la barbarie”. El propio Marx definió al capitalismo como “un apetito insaciable de ganar”, de incrementar la riqueza. Por tanto la aceleración es esencial en el sistema: cuanto menor sea el tiempo en que se complete el ciclo Dinero-Mercancía-Dinero, mayor es la ganancia. Ese dinamismo voraz e incansable impulsa la sucesión permanente de innovaciones técnicas y tecnológicas encaminadas a acelerar los tiempos de producción y de circulación: la máquina no sólo no puede detenerse sino que debe acelerarse... ¿hasta dónde y hasta cuándo? Nadie –y menos los que rigen el sistema- se hace esa pregunta de una lógica aplastante. La voraz máquina devora personas, fortunas, tiempo; los inventos se fagocitan unos a otros; todo acaba volviéndose obsoleto, caduco y reemplazable. Pero el sistema ha logrado lo que siglos de filosofía no lograron: dar un “sentido de la vida” al ciudadano de las sociedades avanzadas: vivimos consumiendo y consumimos para sentirnos vivir y en esa rueda el deseo nunca puede ser saciado, pero tampoco nos causa ninguna satisfacción permanente. Las cosas obedecen a una exigencia del mercado: la planificación deliberada del ciclo de vida útil de una mercancía. Todo se vuelve mercancía mensurable y explotada: desde nuestros datos más íntimos a la permanente aparición de “actualizaciones” de los sistemas y herramientas digitales, que ya constituyen una extensión de nuestros cuerpos y cerebros. No podemos escapar de los algoritmos, que ya gobiernan diferentes aspectos de la vida personal y de los negocios (como la “high-frecuency trading”, la computarización de los intercambios financieros, en la que ya no intervienen los humanos sino la IA).

¿Adivinan ustedes cuál podría ser la trompeta del juicio final?: un “gran apagón” planetario, producido por alguien o por algo o por simple sobresaturación de demanda de energía que nos volviera a la edad media de un solo plumazo.

Pero volvamos a los efectos secundarios de la aceleración. Ya nadie tiene en casa una enciclopedia o libros de historia. Y el llamado “efecto Google” comienza a preocupar a los neurólogos y psicólogos. Nadie tiene tiempo para consultar manuales y enciclopedias. Todos nos vamos directos a la pantalla. La memoria, la capacidad de recordar, empieza a ser problemática a todos los niveles. Desde los niños a los jóvenes y menores de 60 años, han supeditado su memoria a la “ayuda” cada vez mayor de la información “en línea”. Dependemos crecientemente de la “memoria externa”. Y eso nos lleva a un doble problema, como todos los que conciernen a lo digital, casi “invisible”: el primero, una creciente falta de memoria, no sólo de datos, también episódica y nominal (¿cuántos números de teléfono puede memorizar usted? ¿Cuántos memorizaba hace veinte años?). El segundo,  una falta de narrativa: la velocidad con que nos bombardea la aceleración de noticias y ofertas es tal que es casi imposible estructurar una trama que dé sentido a los hechos y nos permita urdir una trama coherente. No hay manera de tener una visión de conjunto que de sentido a lo que está pasando. Las noticias, vertiginosas, se solapan unas a otras y queda una sopa sin sentido con la que no es posible sacar conclusiones...ergo nos dejamos llevar por las emociones que nos suscitan. No hay tiempo para reflexionar. Somos fáciles pasto para los demagogos  (de ahí el auge de la extrema derecha, por ejemplo) y aquél estado de cosas en lo público que Giorgio Agamben calificaba de “vivir en un umbral de indeterminación entre democracia y absolutismo”  o lo que define como “un estado de excepción permanente”.

Todo lo que antecede tiene unos efectos visibles en las personas. Miren las estadísticas de consumo de fármacos “situacionales”: tranquilizantes, insomnio, calmantes y otros productos más o menos adictivos para controlar los efectos casi globales de esa aceleración en los organismos de quienes la sufren: un cansancio orgánico y psicológico en todos los ámbitos que adopta nombres diversos: neurastenia, fatiga crónica, ansiedad, ‘burnout’ laboral, o el que llama la OMS “encefalomielitis miálgica”. Usted mismo o muchos de los que le rodean sufren alguno de estos síntomas: agotamiento físico y mental durante largos ciclos, pérdida de memoria, desconcentración, y desasosiego, insomnio o dificultades para dormir, dolores musculares o articulares y todo tipo de disfunciones digestivas o sexuales desde la diarrea al estreñimiento crónico y la impotencia. Y los que no recurren a la farmacia, buscan el remedio –otra vez la prisa- en las drogas o el alcohol, más “efectivos” a corto plazo. Un panorama desolador.

Para luchar contra eso, hay que instituir, nos dice Concheiro,  “una nueva concepción del tiempo que desencadene otra forma de estar en el mundo, otra manea de relacionarse con los otros –sean objetos o individuos – que permita otro estilo de existencia”. Pero es difícil encontrar un medio que pueda resistirse a la fuerza dinámica de la aceleración en todos los órdenes de la vida. Uno de los autores de libros de autoayuda que popularizó el “movimiento slow”, la lentitud como forma de vida,  dijo al presentar uno de sus libros: “La ironía más grande de publicar un libro sobre la lentitud es que tienes que ir promocionándolo muy rápidamente...todo el mundo quiere saber cómo frenar...pero quieren saberlo de manera muy rápida”. La lentitud en sí se vuelve una mercancía.

Quizá por eso la apertura al instante que sugieren algunos de los autores citados, sea el camino individual, personal, una experiencia que nadie puede tener por nosotros, que suele ser incomunicable y difícil de lograr, Requiere, como todo acto de profundo conocimiento, un trabajo reiterativo, una conciencia-de-sí  intensa y profunda, ya que el instante es efímero y requiere un enorme esfuerzo de atención y energía para mantenerlo. Pero es la única forma de escapar a la vorágine de la aceleración. Y debe ser  un ejercicio reiterado, consciente y frecuente que se relaciona con momentos y detalles de una gran simplicidad. Son acciones de atención cotidiana y contingentes. Nada especialmente místico y menos esotérico (aunque algunas tradiciones orientales o místicas occidentales pueden facilitar el camino).  Es aprender a “dejarse ir”  en el disfrute del “tiempo cero”, cuando no advertimos el paso del tiempo, cuando no podemos medirlo”, como decía el compositor Christoph Wolff.  “Es el arte de esperar que las cosas se revelen, que el tiempo de detenga”. “Lo primordial –escribe Concheiro-  es hacer surgir una temporalidad que disloque la aceleración: lograr experimentar el instante, en el que los minutos dejan de transcurrir, en el que la velocidad sea algo imposible”.

Y para terminar, un volumen interesante y práctico escrito por expertos en la psicología del tiempo. “La paradoja del tiempo” de Zimbardo y Boyd. El punto de vista de análisis de ese limitado recurso del tiempo es innovador, divertido, ameno y práctico, con una base científica bastante sólida. Los autores escriben sobre las diversas maneras de concebir y tratar con ese fenómeno universal desde el pasado, la memoria, el hoy (ese instante en el que todo es real), el mañana y la trascendencia de la muerte. Muy interesantes y prácticos son los capítulos dedicados a enseñarnos cómo hacer que el tiempo trabaje a nuestro favor. Y como guinda nos ofrece una serie de consejos sobre “la perspectiva temporal ideal” que pasa por “poner a cero el reloj psicológico”. Punto en el que conecta con el texto que están ustedes leyendo y su valoración del “instante”. Para terminar les cito un párrafo final de este libro: “Buscamos sin cesar conocimientos nuevos, conjugando la gratitud por los que hallamos ayer, el asombro ante los que hallamos hoy y la esperanza en lo que hallaremos mañana.”

LIBROS RECOMENDADOS

EL AROMA DEL TIEMPO.- Byung-Chul Han. Ed. Herder.-CONTRA EL TIEMPO.-Luciano Concheiro.- Ed. Anagrama.-EL SUEÑO DEL TIEMPO.-Carlos López Otín y Guido Kroemer.-Ed. Paidós.-SER Y TIEMPO.-CAMINOS DEL BOSQUE.- Los dos de Heidegger.- Trotta y Alianza.-LA PARADOJA DEL TIEMPO.-Philip Zimbardo y John Boyd.- Paidós

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1 diciembre 2023 5 01 /12 /diciembre /2023 12:19

LAS BIBLIOTECAS QUE  SUEÑAN LOS LECTORES

RECORRIDO LIBRESCO POR BIBLIOTECAS IMAGINARIAS, LIBROS PERDIDOS O PROHIBIDOS, BIBLIÓFILOS, BIBLIÓPATAS, INCENDIARIOS, COLECCIONISTAS, LADRONES Y LECTORES CONSUMADOS

COMPROMISO Y CULTURA ,diciembre 2023

 

 

En “El Quijote” de Cervantes, una de las fuentes de sabiduría popular  y literaria del castellano, se lee sobre el protagonista don Alonso Quijano, no más empezar: “Se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio”.  Lo cierto es que este modesto comentarista, en algunos momentos pensó que no había que desdeñar lo que al Caballero de la Triste Figura le acaeció, por el mucho frecuentar los libros. Pero después de leer –apasionadamente- “El gabinete mágico” o “Libro de las bibliotecas imaginarias” (Editorial Siruela), uno piensa que su autor, Emilio Pascual,  a tenor del extenso, detallado y erudito contenido de su libro,  parece estar muy sano de mente y cerebro tras haber dedicado, como es lógico, cientos y cientos de horas a leer, si no todas, gran parte de las minuciosamente investigadas bibliotecas imaginarias que pueblan algunos libros de todas las épocas. Si Emilio P. ha llegado sano y salvo a la cima de tal obra, yo no debería tener el temor de que, tras el mucho leer cotidiano, aunque en tiempo no llego a emular a Pascual, me dé por salir a las calles de este mundo de hoy para desafiar en singular combate a los gigantes de la IA, es decir contra los molinos de viento de la incultura digital. Y, por tanto, defender la necesidad de leer libros, como si a esta afición la llamáramos Dulcinea.

Una vez hecha la salvedad, pasemos a esta joya de libro (y a otros que están dispuestos para ser presentados) con el que la diversión, el encanto y la sorpresa bibliófila está asegurada. El “pollo” libresco  tiene 565 páginas, unas 76 entradas a las más pintorescas, extrañas, misteriosas y arrebatadoras bibliotecas,  citadas a través de un número igual o parecido de autores examinados. Se completa con notas, preludios y codas, una bibliografía  de 20 páginas, un  apéndice dedicado al ‘elogio a la biblioteca escolar’ y un índice onomástico de más de 50 páginas. Como dijo nuestro clásico predilecto: “Voto a Dios que me espanta tanta grandeza y que diera un doblón por describilla”.

Empieza el autor diciéndonos modestamente que este libro “sólo pretende ser una breve biblioteca de bibliotecas”. Ahí es nada, don Emilio. Quizá por eso nos recuerda la frase de Víctor Hugo que aseguraba que una biblioteca es un acto de fe. Y más adelante, en un gesto de humildad, el autor escribe que se “ha limitado” a registrar  sólo las bibliotecas y libros que le parecen de “felice recordación” por su rareza, su capricho, su simpatía o su obviedad. Por lo tanto, justo es que comience por informarnos de la Biblioteca de Alejandría y de los bulos, falacias y realidades históricas que la han convertido en el símbolo de todas, las bibliotecas que han existido, las que existen y las que serán.

No hay acuerdo entre los especialistas sobre el número de ejemplares que atesoró. Los libros como los conocemos hoy no existían. Eran pergaminos enrollados con rodillos de madera en cada extremo para facilitar la lectura. La cantidad de rollos que pudo tener Alejandría en sus estanterías oscila  entre los 54.800 de Epifanio y los setecientos mil de Aulo Gelio. Seguramente deberíamos entender que la Biblioteca de Alejandría está en todas partes donde se halle un libro. Fue incendiada dos veces, una durante las Guerras Alejandrinas de César (48 a.C.) y otra por los sarracenos en 640 dC).  Se convirtió, desde su fin en cenizas humeantes, en una metáfora del deseo de leer, de saber, de conocer.

El libro de Emilio Pascual es eso, una metáfora de lecturas entrelazadas: la de los autores que cita, los libros a los que se refiere, es decir el argumento libresco, el erudito y a menudo jocoso  comentario de don Emilio y el que hace el lector de sus textos, gozando de ello, sorprendiéndose y terminando por transitar por los rincones del libro como Pedro por su casa. Y a estas cuatro lecturas hay que añadir la de las notas, apéndice, elogio, y (sobre todo) índice onomástico  que, en conjunto, seducen al lector más arisco y menos amigo de erudiciones.

El paseo por esas setenta y pico bibliotecas históricas y  literarias,  fabulosas, ignoradas o misteriosas, requiere tiempo, algún esfuerzo y mucha imaginación: de tal potaje sale un ungüento que obra al revés que el de Fierabrás: calienta el estómago de placer, airea el cerebro y estimula la fantasía y el prurito picantuelo y vigorizante del ansia de lectura.

La nómina de citados es prodigiosa, Cervantes, Rabelais, Flaubert, Borges, Conan Doyle, Baroja, Defoe, Verne, Rousseau, Umberto Eco, Vázquez Montalbán, Conrad, Andrea Camilleri,  Pérez Galdós, Wilkie Collins, Evelyn Waugh, Roald Dahl, Pirandello, Dostoievski, Dickens, Voltaire, Sartre, Agatha Christie, Gógol, Fielding, Bellow, Bassani, Musil,  Sterne, Canetti, Dumas, Ondaatje, Twain y Ruiz Zafon, entre otros. En el bien entendido que no hablamos de las bibliotecas de esos escritores, sino de las de algunos de los personajes de sus novelas. De ahí el subtítulo del libro: “de las bibliotecas imaginarias”.

El viaje ha sido apasionante, desde las míticas, Alejandría o la Babel de Borges, hasta las nacidas de las mentes de algunos autores paradigmáticos para todo amante de la literatura, como la  de fray Guillermo de Baskerville  y su alter ego, Humberto Eco, la de don Quijote, el gran Pepe Carvalho, cocinero y amigo de quemar libros, las de el Gulliver de Swift o el Robinson de Defoe, la de la Kakania en Musil, la de Zafon y sus libros olvidados, la de Tom Sawyer y Huck Finn, de Twain, la de la Villa San Girolamo en “El paciente inglés” de Ondaatje…o las de algunos de los personajes de Baroja, Galdós, Unamuno o Eduardo Mendoza. En fin una gozada de lectura para “lletraferits”.

Como servicio añadido al lector de CyC, he buscado en mi propia biblioteca personal unos libros que tienen como temática común, las bibliotecas, el amor a los libros, la lectura y sus avatares y todo ese mundo lleno de encanto que relaciona estos ingredientes entre sí. Depósitos de papel y cartón donde se atesora la imaginación, ternura, audacia, picaresca y conocimientos sutiles de ese milagro de la cultura humana. La escritura como soporte de la invención y la belleza –sublime, tierna, patética  o tenebrosa- de las emociones, la inteligencia y los sentimientos de hombres y mujeres que han ennoblecido nuestra historia común, desde Shakespeare a Kafka, desde Homero a Rabelais o desde Swift a Melville, incluyendo a Sherlock Holmes o a Hércules Poirot y el inspector Maigret,  para nuestras horas más divertidas.

Hay una serie de novelas, publicadas todas por la editorial Periférica, con su característica encuadernación granate, que tampoco deberían faltar en su biblioteca persona, lector. La librería encantada, de Christopher Morley, continuación de La librería ambulante, donde se nos narran las aventuras de la pareja  Roger y Helen Mifflin, con su perro Bock, libreros de lance que llevan su librería por los caminos del mundo rural del este norteamericano y que venden sus libros siguiendo esta filosofía: “Cuando le vendes un libro a alguien no solo le estas vendiendo papel, tinta y pegamento. Le estás vendiendo una vida totalmente nueva. Amor, amistad y humor, y barcos que navegan en la noche. En un libro de verdad cabe todo, el cielo y la tierra y debe haber un corazón latiendo en su interior. Una historia que es solo cerebro no vale demasiado.” Más tarde abrirán una librería en Brooklyn de libros de segunda mano que se llamará “El Parnaso en casa”.

Del mismo tipo y editorial son Los amores de un bibliómano, de Eugene Field, El bibliótafo de Leon H. Vincent, una desternillante historia sobre los “enterradores de libros” . Y como regalo, una joyita para los amantes de grandes escritores (treinta de ellos) en su casi desconocida faceta de los que fueron también bibliotecarios, El escritor en su paraíso de Ángel Esteban.

En la editorial Podium-Zeus, en un volumen difícil pero no imposible de encontrar, tenemos cuatro libros indispensables para los fanáticos de la lectura; El Filobiblion, nombre que se da en griego a los amantes de los libros, del obispo Ricart de Bury (siglo XIV), La batalla entre libros antiguos y modernos”  de Jonathan Swift (el autor del Gulliver), Los principios de la bibliografía metódica de Theodor Besterman, bibliófilo del siglo XVIII y el bastante olvidado Viaje del Parnaso de nuestro don Miguel de Cervantes, un esbozo crítico de los poetas de su tiempo y una alabanza a la dura vocación de escribir y la fortuna de leer. En este volumen se leerán loas a los libros y la lectura como ésta: En el libro, recibe el que pide; halla el que busca; y se abren prontamente las puertas a los que llaman. Sois maestros que enseñan sin varas o castigos, sin gritos ni cólera, sin uniforme ni moneda, nunca esquivan la respuesta a tus preguntas, siempre a tu disposición, si yerras no protestan, si te equivocas no se burlan. Otorgáis la libertad a todos los que os buscan con diligencia…”

Pero un apartado que no hemos de olvidar es el de los que odian, desprecian y destruyen libros, que es una manera perversa y también patológica de sentirse “interesado” en ellos. Los enemigos de los libros de William Blades (Edit. Fórcola), subtitulado Contra la biblioclastia, la ignorancia y otras bibliopatías, con un excelente prólogo de Andrés Trapiello. Blades fue un impresor, ensayista y bibliómano británico del siglo XIX que se dedicó a combatir e identificar a los enemigos de los libros: el fuego; el agua; el gas y el calor; el polvo y el abandono; la ignorancia y el fanatismo; las polillas; los ratones y las lombrices devoradoras de papel (hacedoras de túneles perfectos que atraviesan los libros en diagonal); los bibliófilos, mercaderes de libros y coleccionistas sin escrúpulos; los ladrones de portadas o capítulos; los niños pequeños sin control y los perros y gatos juguetones; los tarados mentales que los consideran producto del diablo por razones “religiosas” o “ideológicas” y los encuadernadores sin tino que aplican la cuchilla o la goma arábiga donde no ha de hacerse.

En el libro de Blades se repasan minuciosamente los ejemplos de destrucción de libros por los medios más importantes sugeridos en la lista anterior. En el siglo XV, por ejemplo, Mohammed II tras la conquista de Constantinopla ordenó a sus huestes que  arrojaran al mar los 120.000 manuscritos que formaban la biblioteca del vencido emperador Constantino.

Cuando escribe sobre los efectos del medio ambiente de las bibliotecas –calor, frío, polvo, humedad-  en los libros, Blades apunta: “La forma más segura de mantener la buena salud de los libros es tratarlos como a los propios hijos. Estos enfermarían si estuvieran confinados en una atmosfera demasiado caliente o fría, o húmeda o seca. Pues los libros, igual.”

Otro de los libros más fascinantes que he leído sobre nuestro tema es Libros malditos, malditos libros” de Juan Carlos Díez Jayo, (Ed.Piel de Zapa), que recomiendo encarecidamente, como  ejemplo de originalidad, humor, erudición imaginativa y una ironía a tamaño “bilbáino”, -vasco es nuestro autor,- que dice “Todo lo que aquí leerás es verdad…te hablaré de volúmenes malvados que no debieron escribirse y otros que nunca existieron …de cosas con forma de libro, pero que no lo son…y de algún texto magníficamente pésimo que ha alcanzado la posteridad”. Y añade: “hay libros que no merecerían existir… te presentaré los monstruos de la especie, sin faltar a la verdad…hay libros que han cambiado la vida de sus lectores…otros han dirigido naciones…porque no todo puede sentirse: por eso hay libros”.

En la misma línea reivindicativa de los libros y su larga lucha contra la ignorancia y el fanatismo, el alemán Werner Fuld ha escrito su “Breve historia de los libros prohibidos” (Edit. RBA), donde no sólo se nos habla de la cadena de opresión, de obras destruidas y autores asesinados, también nos deleita con algunas de las victorias de la palabra sobre el poder político o económico. En esencia la historia de las prohibiciones de libros es también la historia de la supervivencia de la memoria humana almacenada en los libros. Como decía Borges “Basta que un libro sea posible para que exista”.

Otro alemán,  Alexander Pechmann en “La biblioteca de los libros perdidos” (edit. Edhasa) nos reseña los libros que nunca han existido en una biblioteca imaginaria. Buena dosis de imaginación la de este escritor que nos habla de las supuestas obras de Hemingway, Mann, Flaubert, Cooper, Byron, Kafka, Pushkin, Melville o Safo que las circunstancias, el descuido, un accidente o una borrachera, impidieron su materialización en un volumen.

Y para terminar, casi como un eco del libro reseñado en el párrafo de encima, “Historia de los libros perdidos”, (Edit. Pasado&Presente), del italiano Giorgio Van Straten,  que nos habla de la apasionante historia y anécdotas de libros inexistentes pero que podían haber sido. Como los del contenido de la célebre “maleta negra” de Walter Benjamin que se suicidó en la frontera española en Portbou por temor a que la policía franquista  le entregara a los nazis. Son ocho los libros imposibles de los que nos habla amenamente Van Straten: uno del escritor italiano Romani Bilenchi, cuyo manuscrito leyó Van Straten antes de que fuera quemado por la viuda del escritor. Sigue con la patética historia de la destrucción del manuscrito de “Las memorias” de Byron; la pérdida de una novela de Hemingway que guardaba su primera esposa (que aseguró que la tenía en una maleta que le robaron durante un viaje); “El Mesías” del polaco judío Bruno Schulz, desaparecido y asesinado durante ocupación nazi.  El siguiente, es el ruso Nicolai Gogol  cuya obra “Almas muertas” aún existente, no es más que la primera parte de otra obra mucho más larga que el perfeccionismo enfermizo del autor destruyó. El gran Malcom Lowry (“Bajo el volcán”) un alcohólico impenitente se pasó unos años de su corta vida hablando de una gran novela  de más de mil páginas, “In ballast to the White Sea” que se quemó junto a la cabaña canadiense donde vivía el escritor borrachín. Y para terminar, la poetisa Sylvia Platt, que se suicida metiendo la cabeza en el horno de gas con la cocina precintada. Su obra es administrada por su ex marido y albacea Ted Hugues y en unos años se publican textos de la poetisa y muchos más son destruidos “por razones familiares” (la poetisa dejó dos hijos) o por pérdidas y accidentes.

Y aquí, con esta nota triste, dejamos el amplio recorrido por el mundo del libro. Que ustedes sigan leyendo más y mejor. En los tiempos que corren es casi una obligación…para que sobrevivan los libros.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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2 octubre 2023 1 02 /10 /octubre /2023 18:57

Publicado en la revista "Compromiso y Cultura" de octubre 2023

Este mes de octubre en el maremágnum de los acontecimientos de importancia global, voy a escoger una temática en la que se unen dos de las constantes profesionales de la persona que escribe  este texto para ustedes: el que concierne al estado del mundo, en concreto a la política internacional  y también en correspondencia con el pensamiento y la escritura, su reflejo literario. Vamos a hacer un pequeño recorrido por la suerte, o mejor la desgracia, de todo un continente, África, desde el corazón –los libros que buscan mostrarnos su alma inmensa entreverada en su historia lamentable- hasta la cabeza, el cerebro analítico, que busca comprender a través de la tortuosa singladura de los países que la componen, la irrefutable tragedia que está acabando con el continente, atomizándolo en la multitud de problemas de pura supervivencia de dichos países y el martirologio de sus ciudadanos, desde el norte hasta el profundo sur y el cinturón negro central  arrasado por la malsana fiebre yihadista, el fanatismo islámico, tan intolerante como el cristianismo del Medievo.

Y es que África, como la mostró un maestro de reporteros, el polaco Ryszard Kapuscinski, en su libro “Ébano”, “es un continente demasiado grande para poderlo describir. Es un océano, un planeta en sí mismo, un universo variado y riquísimo. Si lo llamamos África es solo para simplificar y por pura comodidad. Aparte de la denominación geográfica, África no existe”. El gran periodista, premio Príncipe de Asturias en 2003 y fallecido en 2007, no dejó de entonar en ninguno de sus libros sobre África el sentimiento de culpa y de vergüenza por “el mal irreparable causado a los negros de ese continente por las naciones e individuos de la raza blanca”.

No sé en qué se va a convertir África en el siglo XXI con una deriva destructiva que aflige a una gran parte del “continente negro”, pero estén atentos a las noticias y a lucha de influencias que se ha declarado entre el Occidente de Estados Unidos y Europa (con su pasado colonialista aún no exorcistado) y el Oriente de la codicia territorial rusa y el creciente  poder de los chinos y otros dominios asiáticos. Mientras, y como apoyo literario, repasemos los libros que mejor han dibujado los fuertes contrastes  colonialistas y neocolonialistas.

Me justifica, en cierta manera, el servirles de guía por haber vivido el final de una historia colonial “in situ”. Más cerca de la dolida nostalgia de Albert Camus que del romanticismo colonialista de la baronesa Karen Blixen  en Kenia (la que “tenía una granja en África”), yo también he tenido desde niño el “Sueño de África” (título de un excelente libro de mi colega, Javier Reverte). Vivíamos en el norte del continente, en Marruecos, durante el “Protectorado” español y hasta la Independencia del reino alauita. A finales de los 50, España tuvo que irse y, al contrario que Francia en Argelia, lo hizo en paz, sin derramamiento de sangre. La dictadura franquista y el rey Mohamed V, abuelo del actual rey, se llevaban más o menos bien aunque con desconfianza mutua. De entonces se alimentaba mi nostalgia de los soles inmisericordes y las noches estrelladas de África.  Como periodista volvería varias veces a Marruecos y también a Argelia, Túnez, Mauritania, todo Oriente Medio, Egipto, Sudán, Guinea…y sería testigo más adelante –aunque ya no en persona- de las secuelas de la colonización, de la descolonización, de las hambrunas y las sequías, de la miseria ancestral, los conflictos bélicos permanentes, los señores feudales de la metralleta, el petróleo, los diamantes y los metales estratégicos, los genocidios de tribus enteras, la corrupción y la violencia como forma de vida. África –sobre todo la llamada “negra” o central- se ha convertido  en una “aporía”, un sinsentido sin futuro y casi sin presente viable, un camino sin camino lleno de incertidumbre, de ruido y de furia. Y para Europa –para Occidente en realidad-  el “sueño de África” que alimentó la furia expansionista de la Europa del siglo XIX, se ha convertido en una pesadilla real en forma de pateras o de conflictos bélicos. Europa está a punto de perder su última oportunidad, si es que no la ha perdido ya, de convertir Africa en el sueño  de colaboración e igualdad que debía haber sido,  si el complejo de superioridad, -una falacia cultural y racial- , de los europeos no hubiera  convertido a una parte del continente africano en “El corazón de las tinieblas”, -abril de 1889, publicada entre otras editoriales españolas por Cátedra- la apasionante diatriba anticolonial que el polaco-inglés Joseph Conrad dejó a la posteridad.

Aparte de esta apasionante novela, llevada al cine por Coppola con el título apropiado y oportuno de “Apocalypse Now”, voy a recomendarles dos autores –y dos visiones- complementarias de la realidad africana en el siglo XX. Uno de ellos, Javier Reverte, al que conocí en Madrid en los ochenta a través de un amigo común, Manu Leguineche,  manifestó también desde muy joven su amor al “Sueño de África” (1996), confirmado más adelante por “Vagabundo en África”  (1998) y “Los caminos perdidos de África”(2003), un recorrido por el transcurso geográfico  e histórico y político del Nilo, cuya lectura nos deja ver con meridiana claridad el proceso de empantanamiento de esos países por la herencia colonial y la mala gestión autóctona deformada por las interesadas “aportaciones” de las potencias europeas ex coloniales; y algunas llegadas ya en el XX, Estados Unidos, China y Rusia.

La amenidad descriptiva y anecdótica de Reverte coincide plenamente en atractivo con la obra del citado Kapuscinski, uno de los mejores reporteros internacionales. De él aconsejo “Ébano” (1998), donde nos da una visión panorámica de un continente en ebullición, con tipos como Idi Amin Dadá en Uganda, la tragedia de Ruanda, las megalópolis de miserias, los reyezuelos sanguinarios, los señores  de la guerra  y su codicia agresiva, el pueblo que lucha por sobrevivir.  También “El emperador” (1978) en torno a un personaje estrafalario digno de Kafka, émulo de “Ubu rey” o de los tiranos de polichinelas, absurdo y estúpidamente ajeno a todo, el “Rey de Reyes”, el “Elegido de Dios”, descendiente directo de Salomón, el emperador Haile Selassie de Etiopía. Ni Shakespeare hubiera podido imaginar un soberano de esas características. En cuanto a “Un día más con vida” (1976), nos habla del colonialismo portugués  en Angola y de la independencia de ese país el 11 de noviembre de 1975, después de la “Revolución de los claveles”. Alguien ha comparado este texto brillante y estremecedor con alguna de las mejores novelas de Graham Greene. Yo creo que las supera, tal es el hálito de verdad, dolor y miedo que aflora en sus páginas. Y para reponernos de los malos momentos leídos en las obras anteriores, recomiendo sus “Viajes con Heródoto” (2004), en cuya lectura comprenderán que clase de persona fue ese incansable reportero-escritor que se jugaba la vida por relatar cualquier historia plena de sufrimiento y heroísmo humanos.

Pasemos ahora a la vertiente no periodística, la literaria, entreverada de historia y perteneciente a una época en la que el factor colonialista era el presente de los autores y una corriente caudalosa de romanticismo teñía esas novelas y libros de viajes que han pasado a la historia de la literatura de evasión.   Les recomiendo tres libros dedicados a la travesía del Nilo desde las fuentes hasta el todo su recorrido. Se trata de “Diario del descubrimiento de las fuentes del Nilo” por John Hanning Speke, (1864, Espasa 2003) con prólogo de Javier Reverte. Speke logró ser el primer occidental en llegar a las fuentes del mítico río, ambicionado por todos los exploradores desde los tiempos de Nerón. Y tuvo la mala fortuna de que no se le reconoció su descubrimiento  hasta doce años después de su muerte. No tuvo la maestría intelectual  y la osadía de Richard R. Burton, (autor de “Relato personal de mi peregrinación a Medina y La Meca” (1853, Laertes 1983), pero sí su tenacidad y osadía. Y como postre, el “Viaje por el Nilo” del viajero alemán  E.V. Gonzenbach (1890, Laertes 1982) en una edición facsímil del original con ilustraciones extraordinarias de R. Mainella. Y para terminar, otro clásico, este de los años 30,  “Arenas de Arabia” (1984, RBA bolsillo 1998)  de Wilfred Thesiger, que no desmereció de los clásicos del siglo XIX, por ser uno de los primeros occidentales en recorrer Sudán, Abisinia, Siria, Arabia, Irak y Kenia compartiendo la vida con los beduinos justamente poco antes de que se descubrieran los primeros pozos petrolíferos en esas zonas, lo que –como sabemos- cambia totalmente la forma de vida que los rodea.

Y no podemos dejar de lado la vertiente legendaria de las novelas basadas en un África  ya totalmente desaparecida, llena de aventuras exóticas, lugares misteriosos, animales salvajes, etnias legendarias y parajes de ensueño.  Acompáñenme. Vale la pena.

A caballo del celuloide, “Tarzán de los monos” ya en fecha tan venerable como 1912, atrajo la imaginación y el entusiasmo de los espectadores y llamó la atención de los lectores hacia Edgar Rice Burroughs. Nacía el héroe africano que, como no podía ser menos en plena era colonial, era un inglés que, por accidente, se convierte en un niño “aborigen” al que, de adulto, obedecen y temen nativos y algunas fieras. Rudyard Kipling, fue un poco más auténtico y fiel a las razas de la zona, en el “Libro de la Selva” o “Libro de las tierras vírgenes”, donde el niño Mowgli es amigo y protegido de una manada de lobos y un oso (aunque fiel a su propio pasado, Kipling habla de una selva en la India).  Pero como dice Savater en uno de sus libros de fervor literario hacia los héroes del pasado victoriano,  en África estaba garantizado el pulso imperecedero de la aventura y sus ingredientes clásicos: lo peligroso, lo exótico, lo misterioso y lo noble y redentor. “El emprendedor e irreverente sueño europeo, mezcla de ambición de dominio y ansia de novedad, se volcó demoledoramente sobre el continente negro”, afirma Savater.

Y no sólo los autores ingleses, los franceses desde el Tartarin de Daudet a los viajeros indómitos de Julio Verne, o el viaje al Congo de André Gide, o “Las raíces del cielo” de Romain Gary, los italianos con Salgari, o los norteamericanos con un enfervorizado Hemingway, cazador él mismo, con “Las verdes colinas de África” o “Las nieves del Kilimanjaro”, los alemanes con Karl May o Junger . Y como joya de la corona de ese tipo de novelas, la incomparable “Beau Geste” (1924) del inglés  Percival Christopher Wren. A la altura de ésta hay que referirse a un personaje tan logrado como Tarzán, el gran Allan Quaterman, nacido de la pluma de Henry Rider Haggard que con “Las minas del rey Salomón” (1885) dio carta de nobleza al personaje, que luego resurgiría en “Las aventuras de Allan Quaterman” y en “La venganza de Maiwa”.

Pero, en homenaje a Fernando Savater, cuya “Infancia recuperada”, y otras obras,  han creado una hermandad de lectores con esa misteriosa afinidad literaria que se da entre los incondicionales de Guillermo Brown y de  Sherlock Holmes o el profesor Challenger, hago mención, por último, a otra obra de Sir Arthur Conan Doyle, no muy conocida pero realmente emocionante: “La tragedia del Korosco” (1898) cuyo escenario básico  es el Nilo y el levantamiento de los seguidores mahometanos del Mahdi que secuestran a un grupo de turistas ingleses. Es una de las obras que reflejan con más verosimilitud el ambiente colonial que se vivía en el siglo XIX en África, ya sea bajo dominio inglés, francés o belga.

Les sugiero, pues, esta largo viaje por la aventura, el reportaje y la historia de un continente, África, que está en trance de morir a su pasado y renacer fracturado y disperso con un neocolonialismo que no será mejor que el colonialismo vivido en el XIX y comienzos de XX. En otro lugar he escrito sobre las raíces políticas y económicas del futuro desastre que ya se anuncia. Por eso he querido  dejar un testimonio escrito del bagaje literario de lo que fue la aventura africana… el sueño de un continente que aún  no ha logrado crear el orgullo conjunto de todos los que han nacido y vivido en ese continente inmenso. Empresa tan difícil como muestra que en otro continente mucho más pequeño y uniforme, Europa, aún no hayamos logrado superar nuestros provincianos nacionalismos para crear la identidad europea.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

 

 

 

 

 

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