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3 mayo 2022 2 03 /05 /mayo /2022 09:37

“LA NARANJA MECÁNICA”, 60 AÑOS DE UN “SHOCK” CULTURAL

La novela de Anthony Burgess y la película de Kubrick galvanizaron el horror ante la violencia gratuita

En 1962, hace sesenta años, el escritor británico Anthony Burgess publicaba una novela distópica, desafiante, atrevida y decididamente obscena: “La naranja mecánica” (A Clockwork Orange). Casi 10 años más tarde (1971) Stanley Kubrick la adaptaría para la gran pantalla: una película que arrasaría y dinamitaría, con su hábil y medido sentido de la transgresión y el escándalo, la conciencia social de la época.

La novela se tradujo al castellano (una traducción que en sí misma era una hazaña, dado el neolenguaje que usaban los jóvenes) y a otras lenguas a consecuencia del éxito de la película. Burgess lograba llevar a la caricatura inteligente los juegos de palabras de Joyce (“Ulyses” (1922) y “Finnegans Wake” (1939) y la inventiva sexual culterana y escandalosa de Nabokov (“Lolita”- 1955). Lo que en Nabokov y Joyce era la palabra como acicate sexual y operativo, en Burgess era la música, principalmente Beethoven.

El caldo de cultivo de la distopía de Burgess no estaba motivado por razones políticas como “1984” de George Orwell (1948), o filosóficas y sociales como “El mundo feliz” (1932) de Aldous Huxley, sino por la cultura social emergente de las nuevas tribus juveniles que despertaban tras la II GM y comenzaban a vislumbrar un mundo más permisivo y con menos escasez y miseria. Desde los “Teddy Boys” a los “Mods”, los “Rockers” y los “skinheads”, la subcultura juvenil buscaba su decálogo de libertades y su código de señas de identidad, ya fuesen las motos, los coches, las melenas o los rapados, la música trepidante, el desenfado en el vestir y en las conductas, unidas a un acceso ilimitado al sexo, el alcohol o las drogas.  Y como correlato lógico de todo eso, una violencia entendida casi como celebración orgiástica.

A los 45 años, el profesor de literatura Anthony Burgess, con media docena de libros excelentes publicados, logró capturar el espíritu de los sesenta con “La naranja mecánica”, novela que pasaría a definir un estilo de vida juvenil y cuya influencia aumentaría exponencialmente cuando Kubrick unos años más tarde (por lo tanto sin salir de las generaciones reflejadas) ofreció su particular enfoque de la novela con una película que manipulaba el final de la historia y sus buenas intenciones pedagógicas y éticas. Burgess protestó ante Kubrick por esas omisiones y terminó rechazando su obra, amargado por el mimetismo violento que suscitó en los jóvenes de esos años (lo cual también salpicó a Kubrick, que terminó pidiendo a los distribuidores de la película que la retiraran de la exhibición pública).

Unas décadas más tarde el mensaje vitriólico –aunque redentor- de la novela y sobre todo la maldad gratuita de la película, que no reflejaba ese “buen final” del protagonista, fueron completamente absorbidos por la cultura popular posterior, cumpliéndose el axioma: “todo aquello que desafía a una cultura hegemónica capitalista termina por ser convertido en un producto de consumo totalmente banalizado”. La cinta de Kubrick escandaliza ya a muy pocos en estos tiempos, que de una forma curiosa han logrado superar e infantilizar toda la estética agresiva de la película. Los actos vandálicos, la alienación y psicosis colectiva, la violencia destructiva gratuita, las agresiones físicas contra colectivos inermes, ancianos, enfermos, deficientes mentales o los sexuales, mujeres, personas homos y heterosexuales, la destrucción de bienes públicos y privados, la adicción al alcohol o las drogas y sus efectos, forjan una problemática que ha pasado del esteticismo brutal ejercido bajos los mágicos sones de Mozart, Bach y Beethoven que vimos en la película, al más sórdido día a día de las páginas de sucesos o los telediarios en nuestras grandes megalópolis.

Ni siquiera al actual argot juvenil apocopado de las redes es demasiado diferente de la jerga adolescente de Alex- el protagonista de la novela, un chico de 15 años- y sus “drugos” (amigos y cómplices), forjada por Burgess, que combinó vocablos rusos y rumanos con el barriobajero “slang” británico y el comportamiento violento, al estilo de los “skinheads” o el “hooliganismo” de los 70 y 80.

Kubrick pretendió realizar algo que entendía como “una sátira social, un cuento de hadas sobre la justicia y el castigo, y un mito psicológico”. Lo cierto es que logró escenas icónicas en la historia del cine, como las acciones de violencia, sexo y mutilaciones, inmersas en las notas musicales de Rossini, Mozart, Bach o Beethoven y movimientos estilizados como danzas. La sátira social no tuvo efecto alguno, la justicia y el castigo se han convertido, hoy más que nunca, en un cuento de hadas y el mito psicológico ha dejado de serlo, renaciendo en forma de realidad en una versión universalmente extendida.

En la novela, las andanzas descerebradas y “ultraviolentas” de Alex y sus “drugos” (compinches)  tienen su castigo pero también su redención: en la última parte del libro (que fue excluida de las primeras ediciones para los Estados Unidos) Alex abjura de su pasado brutal y decide integrarse en el normal desarrollo de una vida pequeño burguesa entre las coordenadas del trabajo remunerado y de la constitución de una familia. E incluso lleva en el bolsillo una foto de un rollizo bebé, “que parece estar diciendo ‘gugú’”. Cosa altamente improbable y un poco ridícula: se nos propone que el sádico Alex se ha convertido en un ser angelical y cursi…a los 18 años. Aquí la formación religiosa de Burgess le ha jugado una mala pasada.

Sin embargo, el toque genial de Burgess es transformar a  Alex, ese líder demoníaco que hiere, golpea, roba, viola, destroza y asesina –y disfruta psicopáticamente de ello- en un adorador extático de la música clásica en sus más preclaros maestros. El tipo siente la misma jubilosa  atracción por la maldad sin cortapisas como por las notas de Mozart o Beethoven. La descripción de lo que siente Alex al escuchar un concierto de Bach, es precisa y brillante: “Los trombones  crujían como láminas de oro bajo mi cama y detrás de mi golová (cabeza) las trompetas lanzaban lenguas de plata y al lado de la puerta los timbales me asaltaban las tripas y brotaban otra vez como un trueno de caramelo. Oh, era una maravilla de maravillas”. Esa descripción suena más a Joyce que al brutal sonsonete de la “ultraviolencia” de las cincuenta páginas anteriores, en las que Alex, “vuestro humilde narrador”  y sus “drugos” han robado, herido, luchado y violado a ritmo de claqué o de la música de “Bailando bajo la lluvia”. Antes de acabar la primera parte, Alex mata a una anciana rica en su casa y es detenido por la policía, tras ser traicionado por sus compinches.

Este maridaje entre la Bella-la música clásica- y la Bestia, violenta y sanguinaria, podría tomarse  como una trasposición literaria y simbólica de algo muy vivo en la época en que se publicó la novela: el estupor y rechazo que producía la asombrosa coexistencia entre la alta cultura (música, arte, literatura) y la barbarie sistemática y burocratizada del III Reich. Quizá Burgess no tenía esa intención, pero muchos analistas de su novela han comentado ese paralelismo.

Para buscar un equilibrio (que luego rompería en la tercera parte) Burgess comienza la segunda con la estancia de Alex en la cárcel y su hipócrita comportamiento de sumisión bajo el que latían acentuados deseos de violencia y destrucción. Y aquí nuestro autor nos propone una visión “legal” de la violencia que proviene del Estado. Por una promesa de indulto, Alex acepta encantado que se le aplique una radical terapia de choque que a través de proyecciones de escenas de ultraviolencia –tan amadas por Alex- y de administrarle drogas reactivas y mantenerlo forzado sin poder evitar las imágenes, logran una brutal aversión física (ojo, no mental) a un simple amago de violencia. La nota hábil de Burgess consiste en hacer que el fondo sonoro de esas imágenes convertidas en aversión dañina, sea la música de Beethoven. Alex grita: “Usar de ese modo a Ludwig Van… Él no hizo daño a nadie. No hizo más que escribir música”. Escuchar esa música también le provoca náuseas y malestar insufrible. Alex no resiste eso y trata de suicidarse tirándose por una ventana.

En la película, Alex es “reconstituido” y acaba planeando nuevas maldades. En la novela, se convierte en un blando y virtuoso ciudadano que lleva la foto de un bebé ajeno en el bolsillo. Incluso su afición a la música clásica se ha decantado por “lo que llaman lieder, solo una voz y un piano, muy tranquilos y tiernos”. Quizá como dice Martin Amis  en “El roce del tiempo”, “Burgess sabía que algo fallaba en ese final: Alex es un adolescente y los lectores son adultos y pueden soportar perfectamente que alguien no se regenere”.

 

FICHA

LA NARANJA MECÁNICA.-Anthony Burgess.- Trad. Aníbal Leal. 166 págs.- Editorial Minotauro.

EL ROCE DEL TIEMPO.- Martin Amis.- Trad. Jesús Zulaika. 415 págs. Ed. Anagrama

 

 

 

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5 marzo 2022 6 05 /03 /marzo /2022 10:59

 

Pensar que, dado que Sherlock Holmes es un personaje de ficción, no se puede aprender nada de él y su sistema peculiar de pensamiento y deducción, es tan ridículo como tratar de ignorar que Ulises, el héroe griego, es un referente cultural para toda la humanidad más o menos cultivada y que sus aventuras y su personalidad ha enriquecido el acervo cultural durante más de 24 siglos. Holmes, creado por la inteligente mente de sir Arthur Conan Doyle, tuvo una fuente real en la vida de su creador, Sir Arthur confesó muy tempranamente que su criatura era una copia literaria de un profesor suyo de la Facultad de Medicina, el Dr. Joseph Bell, al cual debía todos las admirables cualidades detectivescas con las que dotó a Holmes. Para dar más comprensión a la eficacia del sistema de pensamiento y deducción de  Holmes, el novelista utilizó los métodos del detective en la vida real con un doble éxito criminalista: demostró con deducciones e inferencias que dos personas condenadas injustamente eran inocentes.  .

 La primera edición de este libro es de junio de 2013 y, en realidad está basado en una serie de artículos que la autora publicó en 'Big Think' y 'Scientific American'. Maria Konnikova, es una psicóloga y periodista experta en cuestiones de neurociencia, pensamiento lógico y creativo y una especial habilidad para sacar una utilidad práctica y cotidiana a los principios y técnicas mentales  que optimizan el funcionamiento del cerebro. El uso de la figura literaria de Holmes es un habilidoso detalle imaginativo que permite que el lector se familiarice con tácticas de pensamiento y observación que pueden mejorar la eficacia del cerebro en todos los aspectos de la vida.

Comparto con la autora la afición por Holmes y me encanta su pedagógica habilidad de mostrar de forma evidente la eficiencia de los mecanismos mentales que usa el detective y que la Konnikova explicita para que también se acostumbre a usarlos el lector. Como psicólogo también aplaudo la claridad  e idoneidad de las explicaciones psicotécnicas utilizadas. El rigor eficaz del pensamiento de Holmes está basado, como no puede ser menos, en una observación atenta y no afectada por sesgos emocionales o egoicos; la inferencia y la deducción. Como cuenta Konnikova el método científico empieza - ya desde la antigüedad griega- con una atenta y objetiva observación de los fenómenos naturales, se va acumulando una amplia base de datos y conocimientos y apoyado en una comprensión de los hechos y los contornos del problema que se estudia, se descarta todo lo imposible y lo que queda, por improbable que pueda ser, es la solución de nuestra duda. Y es que para Holmes, el escepticismo inicial -nada se acepta porque sí- y una mentalidad inquisitiva, paciente  y curiosa en relación con el mundo, es la actitud que nos evitará errores de juicio y apreciación.

Pero sin animo de hacer "spoiler" e insistiendo en la recomendación de que adquieran este libro y lo lean (se lo va a pasar "pipa" como dice mi hija) me permite dejarles esté largo párrafo del libro como conclusión.

"En el fragmento que sigue el detective explica al doctor la diferencia entre ver y observar:

—Usted ve, pero no observa. La diferencia es evidente. Por ejemplo, usted habrá visto muchas veces los escalones que llevan desde la entrada hasta esta habitación. ¿Cuántos escalones hay?

—¿Cuántos? No lo sé.

—¿Lo ve? No se ha fijado. Y eso que lo ha visto. A eso me refería. Ahora bien, yo sé que hay diecisiete escalones, porque no solo he visto, sino que he observado.

Este truco carece de verdadera importancia, pero tiene unas implicaciones muy profundas si nos paramos a considerar qué es lo que lo hizo posible. Es precisamente este truco el que me inspiró para escribir un libro en honor de Holmes.

¿Cuántos pensamientos entran y salen de nuestra mente sin que nos detengamos a identificarlos? ¿Cuántas ideas e intuiciones nos hemos perdido porque no les hemos prestado atención? ¿Cuántas decisiones hemos tomado y cuántos juicios hemos hecho sin saber cómo o por qué, impulsados por algún automatismo interno de cuya existencia solo somos vagamente conscientes? ¿Cuántos días han tenido que pasar hasta que, de repente, nos preguntamos qué hemos hecho exactamente y cómo hemos llegado hasta aquí?

El objetivo de este libro ha sido ayudarle a reflexionar sobre todas estas respuestas. Hoy más que nunca es necesario contar con una metodología como la de Holmes para examinar y explicar los pasos necesarios para desarrollar unos hábitos de pensamiento que nos permitan conectar con nosotros mismos y con nuestro mundo de una manera consciente y natural".

FICHA

¿CÓMO PENSAR COMO SHERLOCK HOLMES?.- Maria Konnikova.- Trad. Genís Sánchez.- Ed. Paidós.- 285 págs.


 

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17 enero 2022 1 17 /01 /enero /2022 17:59

SHANGRI-LA, NECESIDAD DE LA UTOPÍA

(Publicado en “Heraldo de Aragón” 170122)

El 17 de julio de 1936 se terminaba en los estudios californianos de Columbia el rodaje de la película “Horizontes perdidos” dirigida por Frank Capra. Está basada en una novela muy popular de James Hilton con el mismo título publicada en 1933. Un día más tarde empezaba la guerra civil española y comenzaban a cumplirse algunas de las profecías literario-políticas que Hilton proponía en la novela, una utópica historia a favor de la paz y el entendimiento entre todos los países y los seres humanos. A la guerra española le seguiría la II Guerra Mundial con un cargamento de horror tan despiadado y de tanta magnitud como nunca antes hubo en la historia de la Humanidad.

Es la historia de un lugar remoto en el Himalaya, Shangri-La, situado en  un valle llamado de la Luna Azul, dirigido por un monasterio lamaísta y con la misteriosa virtud de dar longevidad a sus habitantes. El fundador era un legendario sacerdote belga- con más de dos siglos de edad y ya a punto de morir-  que ha diseñado un plan para traer a un activo diplomático y hombre de acción británico llamado Robert Conway, cuyos trabajos por la paz habían llamado su atención y a quien consideraba su más idóneo sucesor.

Es una excelente película y no haré “spoiler” de ella. Véanla. En contra de lo habitual, es aún mejor que la novela en que se basa. Pero aquí me interesa destacar el mensaje que una y otra vez se nos va repitiendo. Es un pequeño país autónomo que se mantiene a sí mismo y sólo importa,  muy trabajosamente, de otros países lo más bello, inteligente y bueno que surge en ellos, desde grandes libros a obras de arte, música, ciencia, conocimiento de todo tipo y medicina. Acaba de terminar la Primera Guerra Mundial, pero a Shangri-La, resguardada por las montañas más altas del mundo sólo llegó el eco sombrío de aquél horror. La regla ética que rige en Shangri-La, es la moderación en todo. Incluso las relaciones humanas  están regidas por la cortesía y el afán de colaboración y solidaridad. Todos tienen bastante más de lo necesario para vivir y gozan de una estabilidad y un equilibrio personal y social que anula la conflictividad. No hay policía ni fuerzas armadas y las diferencias se dirimen por concertación y acuerdo mutuo. Incluso en temas religiosos hay concordia “Muchas religiones son moderadamente verdaderas”, dice uno de los personajes. Todos tienen tiempo para hacer su trabajo y disfrutar del ocio y las aficiones ya que “gozamos del tiempo, ese don raro y costoso que el mundo ha perdido más cuanto más lo ha perseguido”.

El  Gran Lama habla proféticamente del futuro que se avecina:”La tormenta que asolará al mundo está llegando y será tal como el mundo no ha visto jamás…no habrá refugio ni cobijo para nadie…el mundo se convertirá en un caos espantoso”. Recuerde el lector que Hilton publica la novela en 1933: Hitler es nombrado canciller de Alemania en enero y ejerció su espantoso poder doce años hasta el 30 de abril de 1945. El Gran Lama explica su “sueño” a Conway: “Cuando todo haya pasado y el mundo empiece a abrir los ojos a la paz, entre la miseria y la destrucción, daremos a conocer Shangri-La. Será el lugar sagrado donde se conserva la cultura y el conocimiento de la Humanidad. Aquí mantenemos los mejores logros artísticos y científicos para que no sea necesario partir de cero tras la hecatombe mundial”.

Desde Homero a Platón, San Agustín o Thomas Moro, pasando por Rabelais, Campanella, Francis Bacon, Huxley, Swift, H.G.Wells, Samuel Butler, Ayn Rand, Orwell o Herman Hesse, escritores, filósofos y poetas han alimentado el deseo de encontrar la utopía (en griego, “no lugar”) en donde sería posible alcanzar los sueños más ansiados. En algunas de esas obras se juega con su réplica, la distopía, en la que los sueños utópicos se convierten en pesadillas (cosa que desde el Paraíso Terrenal hasta el Paraíso Comunista de Marx, ha sido una constante humana). Freud no ve posible- aunque la desea- la utopía de una “Edad de Oro” en el que los dos elementos antagónicos de nuestra cultura, el Trabajo y el Goce se armonizarían. Pero ese equilibrio dialéctico es imposible: Freud no cree en un final feliz, ni en la posibilidad de que cualquier final pueda ser feliz.

Sin embargo hay algo inocente, hermoso, optimista, esperanzador, en la idea de un futuro “Shangri-La” real. Es decir, un lugar donde se preserve el saber, la belleza y la creatividad humana. Un pequeño país estructurado como si fuera la Biblioteca de Alejandría. Aunque quizá nos hemos de conformar con mantener un Shangri-La en la mente de cada uno de nosotros: la voluntad permanente de conservar algún elemento de la cultura de la época en que vivimos para compartirlo con los demás. En “Fahrenheit 451”, la novela de Ray Bradbury, en el mundo los libros están prohibidos y son quemados, pero algunas personas conservan en su memoria un clásico literario completo cada una. Podían repetirlo ante cualquier oyente que lo deseara.  Había un hombre “Robinson Crusoe”,  otro “La Ilíada” y  otro “Don Quijote”, entre muchos cientos de libros andantes. También nosotros deberíamos proteger nuestros sueños.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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13 noviembre 2021 6 13 /11 /noviembre /2021 08:38

.En estos días he trabajado en los libros de Eilenberger sobre autores y autoras de ese arco terrible de la primera mitad  del siglo XX ("Tiempo de magos" y "El fuego de la libertad") y mis lecturas de Hanna Arendt y Walter Benjamin, han provocado la relectura de "El mundo de ayer" para completar datos y percibir una vez más el cordial y atractivo encanto de este autor.

Uno de los autores que ha tenido presencia constante en mi vida, desde mi ya muy lejana adolescencia y  juventud, en los años sesenta y setenta, del pasado siglo, fue Stefan Zweig, al que leía en las ediciones baratas de Plaza Janés o Bruguera, no demasiado bien traducido y por supuesto bastante "aligerado" de páginas. "El mundo de ayer", subtitulada "Memorias de un europeo", es una obra que releo cada diez o quince años o cuando, por las lecturas del momento, resulta necesaria para completar  aspectos de la realidad histórica, que han sido tratado de forma magistral -y muy personal- por el escritor judío, austriaco de lengua alemana. Su adscripción al mundo de Weimar y sobre todo a los tiempos sombríos de las dos guerras mundiales, proporciona al lector o estudioso de esos años la opinión de un testigo de excepción.

Se trata más que de una obra autobiográfica, como se estima generalmente, de unas memorias, bastante discretas en el plano privado y sentimental del autor, en las que Zweig se explaya en el recuerdo de un mundo perdido y de sus valores y principios, el de la alta burguesía judía vienesa en los años anteriores a la llamada Gran Guerra y después en el pequeño y engañoso respiro de entre guerras. Nuestro autor escribe un extraordinario documento nostálgico y luego doloroso y crítico, sobre los cambios del mundo y en concreto de Europa  en la primera mitad del siglo XX. Aterrorizado por las victorias depredadoras de los nazis en Alemania y de los fascistas en Italia y España, y dolido por el fin de una manera de entender la cultura y un estilo de vida basado en la confianza y el "safety first",  se suicidó poco después de escribir este libro en sus últimos años de exilio (1939-1941), el 22 de febrero de 1942 en Petrópolis (Brasil), que  fue publicado póstumamente por una editorial sueca.

El libro acaba con una frase premonitoria: "El sol brillaba con plenitud y fuerza...mientras regresaba a casa, de pronto observé mi sombra ante mí, del mismo modo que veía la sombra de la otra guerra detrás de la actual. Durante todo este tiempo, aquella sombra ya no se ha apartado de mí: se cernía sobre mis pensamientos noche y día; quizá su oscuro contorno se proyecta también sobre muchas páginas de este libro". Esa sombra hace de la lectura del libro un estremecedor y patético documento de un hombre derribado junto a todo lo que valoraba, pero al mismo tiempo una profunda reflexión sobre la necesidad de superar los nacionalismos ("la peor de todas las pestes: envenena la flor de nuestra cultura europea"), de integrar las diferencias, de unirse bajo una bandera de paz, cultura, concordia y colaboración: "un mundo ordenado, con estratos bien definidos y transiciones serenas, un mundo sin odio", semejante al mundo de su juventud que creía que "el progreso técnico debía ir seguido necesariamente de un progreso moral igual de veloz!".

En cambio Zweig gime por su generación y se pregunta "¿qué no hemos visto, no hemos sufrido, no hemos vivido? Hemos recorrido de cabo a rabo el catálogo de todas las calamidades imaginables (y eso que aún no hemos llegado a la última página)" Y con terrible sencillez dice "He sido homenajeado y marginado, libre y privado de libertad, rico y pobre...por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y el exilio...". Y termina con “Si los perseguidos y expulsados hemos tenido que aprender un arte nuevo, desconocido, ha sido el de saberse despedir de todo aquello que en otros tiempos había sido nuestro orgullo y nuestro amor”.

La llegada  de Hitler al poder le convirtió de ser el escritor más conocido y venerado en su país y en toda Europa, en un autor prohibido, vilipendiado y quemados sus libros en las hogueras nazis. Sus libros desaparecieron de las bibliotecas y era un delito venderlos en cualquier librería. El exilio se impuso como una cuestión de supervivencia, pero el odio nazi parecía perseguirle por donde fuera: Londres, Argentina y luego Brasil. En el prefacio del libro Zweig se queja de no tener ninguno de sus libros o documentos a su disposición para escribir "El mundo de ayer". Debía fiarlo todo a su memoria. "Tres veces me han arrebatado la casa y la existencia, me han separado de mi vida anterior y de mi pasado, me han arrojado al vacío, en ese no sé adónde ir, que ya me resulta tan familiar".  Y todo eso por ser judío, además de escritor, austríaco, humanista, pacifista y europeísta.

Después de acabar la II Guerra mundial, Zweig fue relegado al desván de los escritores "decimonónicos", apartado por los nuevos valores y la nueva manera de entender la narrativa (Joyce, Faulkner, Mann, Hemingway). Sin embargo la enorme lucidez, la honestidad y la claridad, la sencillez y la fuerza y precisión, el ritmo ágil e intenso de la prosa de Zweig comenzaron de nuevo a valorarse a finales del pasado siglo para volver a primera fila en este que vivimos, con total merecimiento (como ocurrió con escritores semejantes a Zweig, Sándor Marai por ejemplo).

Este libro que hoy les recomiendo fue publicado por la misma editorial, Acantilado, en 2002 (junto con el resto de su obra en ediciones sucesivas) y el volumen en el que trabajo es la vigésimo tercera reimpresión con fecha de noviembre de 2017.  

No dejen de leerlo. Es una fuente de placer ver una inteligencia tan despierta recorriendo el mundo que fue y meditando sobre el mundo que debería ser mientras sufre el mundo que es. Algunas de sus observaciones son sugerentes y originales, como cuando trata de demostrar que el verdadero objetivo de los judíos europeos no era enriquecerse, sino “ascender al mundo del espíritu”. Lo cual se demuestra con que los hijos de familias judías más adineradas rechazaban hacerse cargo de los bancos, fábricas y negocios de sus padres, pues deseaban dedicarse a la poesía, el arte, la música o la filosofía. “No se debe a una casualidad el que un lord Rochtschild llegara a ser ornitólogo, un Warburg, historiador del arte, un Cassirer, filósofo, y un Sassoon, poeta", y añadiríamos a Wittgenstein a la lista. Su canto de amor y admiración a la Viena que él conoció y vivió es asombroso: “Era magnífico vivir allí, en esa ciudad que acogía todo lo extranjero con hospitalidad y se le entregaba de buen grado; era lo más natural disfrutar de la vida en su aire ligero y, como el de París, impregnado de alegría”. Y la burguesía judía era el principal sustento del arte, el teatro, los libros, la cultura en general. No es sorprendente que en el siglo XX surgieran figuras como Gustav Mahler, Schönberg, Hofmannsthal, Schnitzler, Max Reinhardt, Sigmund Freud, y Ludwig Wittgenstein, todos judíos.

Estudios (no muy apreciados por Zweig) desde la escuela a la Universidad, viajes (París, "de la mano de Rilke)” y luego toda Europa, primeros libros con un éxito moderado, una colección de manuscritos autógrafos de grandes escritores y compositores, amistades con figuras como Romain Rolland...y la primera guerra que apagará su idealismo romántico y aumentará su fervor pacifista... precariedad en la postguerra pero después, inusitadamente, el éxito. Pero un éxito enorme, de proporciones colosales. Después vendría Hitler...y el fin.

FICHA

EL MUNDO DE AYER.- Memorias de un europeo.- Stefan Zweig.- Trad. J. Fontcuberta y A. Orzeszek.-Ed Acantilado.546 págs. ISBN 9788495359490

 

 

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10 noviembre 2021 3 10 /11 /noviembre /2021 10:50

 

"Nunca el individuo ha estado tan a merced de la colectividad ciega y nunca los seres humanos han sido más incapaces de someter sus acciones al pensamiento y hasta solo de pensar...como en la forma actual de la civilización...vivimos en un mundo en el que nada se corresponde con las dimensiones humanas". Este es el realista -y tan actual- diagnóstico de la sociedad de su tiempo (primera mitad del siglo XX), realizado por una pensadora judía de renombre, Simone Weil, (1909-1943) que moriría con 34 años de voluntaria inanición y tuberculosis y tuvo una vida desolada, problemática e insatisfactoria pero dotada de una energía y una capacidad de análisis y pensamiento excepcionales. Tanto el libro de Josep Otón como  el de Wolfram Eilemberger (dedicado a Simone de Beauvoir, Ayn Rand y Hanna Arendt, conjuntamente con la Weil) nos retan a intentar comprender la trayectoria de esta intelectual judía, acomplejada y genial, cuya honestidad, rigor y misticismo final conforman una figura que acaba siendo enigmática pero estimulante.

El libro de Otón que comento tiene una deriva fuerte hacia el misticismo de la pensadora, cuya falta de sentido práctico y exceso de auto exigencia -convertido en un impulso hacia el auto sacrificio y la flagelación personal realmente notables-  constituyen un sorprendente  desafío para la coherencia y firmeza de su pensamiento filosófico y político. Y aún así la lucidez y energía de éste son tan brillantes que merecen una atención especial, lastrada por la relativa escasez del material escrito y las extrapolaciones, sobre todo en sus últimos años de su breve vida, de los elementos místicos que enriquecen la figura humana de Weil y singularizan la su teórica política y creación filosófica .

Esa fuerza interior que arrasaba de pura pasión de acción todas las barreras del sentido común, fue la que llevó a Weil a pedir a De Gaulle que aceptara una propuesta casi suicida: formar un cuerpo de enfermeras de primera línea de combate que auxiliara a los caídos en la batalla, aunque probablemente ellas irían cayendo también. De Gaulle, dicen,  que exclamó: "Esa mujer está loca" y ordenó que le dieran trabajos burocráticos que acabaron con la paciencia y el raciocinio de la brillante pensadora. En Londres y a causa de una tuberculosis agravada por la inanición voluntaria, le decía a las enfermeras que la comida y los medicamentos que le eran destinados fueran enviados a personas más necesitadas que ella, que mal vivían en los suburbios). Años antes, tras caer herida en un accidente durante la Batalla del Ebro (se había enrolado en la Brigada Durruti) se agudizaría el estado permanente de duda metafísica de Simone. Al silencio de Dios ante los horrores del Holocausto judío se unía la ausencia de su apoyo a las causas de los menesterosos machacados por los fascismos desatados en Europa.El destino de millones de personas vulnerables que padecían, eran asimilados por la Weil como un contagio de compasión e impotencia contra el que no podía oponer ni su débil persona ni su arte literario y su inteligencia social y política, ni su empatía dolorosa e inútil.

Oton analiza los aspectos místicos y espirituales que van acompañando las vivencias dramáticas de su biografiada. Muestra una evidente admiración hacia las decisiones personales que son el reflejo patético de tales pensamientos y creencias. El abandono de las comodidades económicas y reconocimiento intelectual y social que Weil merecía  por su riqueza de creatividad filosófica, profesorado, libros, conferencias, evolución de ideas y solidez de planteamiento socio político (a la altura de Simone Beauvoir o Hanna Arendt) y su dedicación plena a los más necesitados y a la defensa de nobles causas conflictivas, marcan una particularidad asombrosa en el destino de esa mujer: el sacrificio personal por unas ideas en peligro de destrucción. Como Stefan Zweig o Walter Benjamin, la Weil prácticamente se suicidó por incapacidad de aceptar vivir en un mundo donde los totalitarismos fascistas llegaran al poder.

Nuestro autor opina - y esta es su tesis principal- que "no hay ningún tipo de ruptura entre la Weil revolucionaria y comprometida con la lucha obrera y la Weil mística dedicada a la búsqueda religiosa. No son dos personas, ni dos etapas de la vida marcadas por una brecha biográfica. Hay una continuidad, se trata de la misma trayectoria con dos fases diferenciadas, no tanto por el contenido como por el lenguaje empleado, que ayuda a tomar conciencia de la dimensión trascendente de la labor social realizada a lo largo de toda su vida". 

Resumiendo: un libro imprescindible para los estudiosos de una de las mentes femeninas más interesantes del siglo XX,. Y para los lectores que se sientan inquietos ante los paralelismos entre aquellos tiempos sombríos que denunció Simone Weil y lo que nos viene en los nuestros.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHA

SIMONE WEIL: EL SILENCIO DE DIOS.- Josep Otón.- Fragmenta editorial.220 págs..

             

 

 


 

 

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19 mayo 2021 3 19 /05 /mayo /2021 10:02

A finales del siglo XX los héroes dejaron de estar de moda. La gente se inclinaba más hacia los "anti-héroes". En su novela generacional, Douglas Coupland ("Generación X") afirmaba que a partir   de ahora (en siglo XXI) los héroes habían muerto. Lo cual, para cualquiera que tenga ojos en la cara y un cierto sentido de la observación, es una memez desmentida por toda la cultura que nos rodea. Bruce Meyer, el autor del libro que les recomiendo, profesor de Universidad en Canadá, nos asegura que los héroes no sólo nunca dejarán de existir, sino que los necesitamos como referencia en nuestros particulares ritos psicológicos de crecimiento: "El de héroe es un concepto universal que como seres humanos nos fascina e incluso nos llega a acosar constantemente cuando adoptamos la postura de rechazarlo". Aunque cita y aclara los conceptos junguianos de la psicología del arquetipo, Meyer se basa en la literatura, en los héroes literarios clásicos para hacernos comprender la función y la fuerza de esos personajes convertidos en símbolos. Aunque sigue una estructura no demasiado clara y unos desarrollos argumentales a veces incoherentes o banales, el libro se lee con gusto. Y es que de la vitalidad del símbolo heroico nos habla sin cesar el cine popular actual, muchas novelas e innumerables ensayos. Si el héroe como símbolo hubiese muerto y desaparecido, ¿de qué estamos hablando continuamente, qué películas admiramos, qué libros leemos? Más que desaparición asistimos a una metamorfosis del héroe que lo disfraza y disimula pero que mantiene en vigor su potencial "para sacarnos del propio ser" (pág.20) y para "recordarnos nuestras carencias y también nuestra posibilidades" (pag.16). Apoyándose en textos de Campbell, Frye, Goethe, Shakespeare, Arthur Miller, Melville o Dante, el autor nos va hablando de los distintos tipos de héroe desde las páginas de las obras de esos autores, hasta concluir que "los heroes son una manifestación de esos deseos que todos tenemos y que nos hace descubrir algo de nosotros mismos que deseamos tener con mayor abundancia" (pag.47).

Owen, T.S. Eliot, Ezra Pound, Joyce, Becket, nos introducen en el héroe trágico, derribado y consumido por la guerra o el absurdo de una sociedad que amenaza el sentido y la coherencia de nuestra propia vida. Esa sociedad crea sus propios monstruos, pero también sus propios héroes.  Lord Byron, Milton, Marlowe, nos llevan al reflejo demoníaco del héroe y como contraposición al del santo (una forma peculiar del héroe) a través de Graham Greene o William Faulkner (yo añadiría al "Idiota" dostoievskiano). Acaba Meyer su búsqueda analizando figuras tan distantes como Supermán y Hércules, para centrarse en la figura de Jesucristo como mito capaz de responder de forma total e íntegra a las exigencias humanas éticas del héroe. Y como final permítanme citar al autor: "En último término, el héroe sirve al mismo propósito que la literatura, es decir, el de dotar de orden y sentido al caos del tiempo, a la inconmensurable confusión de la historia y a las constantes entradas y salidas de personajes del escenario de la vida” (p. 330).

FICHA.-

HÉROES.-Bruce Meyer.-Ed. Siruela. Trad. Enrique Junquera.341 págs.

 

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15 mayo 2021 6 15 /05 /mayo /2021 09:47

Pongamos que hablamos de Shakespeare. Bello, interesante y tópico tema. Se puede abordar de muy diversas maneras. La irlandesa Maggie O'Farrell da una original vuelta de tuerca al universo interminable de el Bardo. Bucea en su biografía, busca un detalle no demasiado documentado, que surge entre las nieblas de lo supuesto, lo probable, la leyenda y la imaginación. ¿De dónde sacó don William el nombre de su personaje dubitativo Hamlet, el príncipe danés?  Seguramente de una leyenda nórdica que se basa en las peripecias de un príncipe llamado Amleth (nombre que en escandinavo significa "loco"). O tal vez directamente de un pariente que tuviera ese nombre. En el siglo XIX se especuló mucho sobre los datos familiares de Shakespeare y su esposa Anna Hataway y de sus tres hijos, dos hijas y una gemela del único varón, Hamnet (en el siglo, XVI en Inglaterra Hamlet y Hamnet eran intercambiables), que murió con once o doce años de edad. Se dice que Shakespeare reflejó su dolor por la muerte de su hijo varón en una célebre escena de "El rey Juan", donde una reina llora la muerte de su hijo: "La pena llena la habitación de mi hijo ausente, yace en su  cama, anda conmigo arriba y abajo, asume sus bellos rasgos, repite sus palabras, me recuerda sus graciosos miembros, rellena sus vacías prendas con su forma. Tengo entonces razón de amar la pena. Adiós. Si tuvieras una pérdida tal yo te daría a tí mejor consuelo".

La autora logra transmitir al lector una emoción profunda ante el fracaso en la protección del único hijo varón de la pareja, su vulnerabilidad y el profundo desconsuelo y amor desgarrado de los padres -William y Anna o Agnes en la novela, que al parecer era el segundo nombre de la esposa de Shakespeare-. La vida, con todo su esplendor y miserias, y la presencia de la muerte rondan la existencia de una pareja histórica a la que la narradora irlandesa, con gran maestría nos muestra con toda verosimilitud, emociones y sentimientos, que sólo una escritora de fuste y nervio logra recrear. He leído "Hamnet" de un tirón. Pesaba de entrada mi fascinación por el dramaturgo inglés,después es la habilidad literaria y la imaginación poética de Maggie la que relativiza los elementos históricos para destacar el drama humano de esa pareja histórica cuyas verdaderas circunstancias emotivas jamás se podrán conocer, pero el reflejo que la escritora da de ellas bien podría ser real. Por eso la presencia histórica de Shakespeare en la novela se relativiza. Lo que nos importa es el profundo dolor de Agnes en Stratford y la desesperación de su marido, siempre ausente, en Londres. La  novela se cierra con una maravillosa escena de la representación de Hamlet en el corral de comedias londinense a las orillas del Támesis, donde la desgarrada madre advierte la correspondencia de su dolor con el dolor de su marido. Es Agnes la verdadera protagonista de la novela -una mujer montaraz, aliada con la naturaleza, curandera de plantas y tisanas, medio salvaje y dotada de una sabiduría ancestral, que se singulariza en una habilidad para notar por un contacto manual la esencia de la persona a la que toca-- y como en "Hamlet" el motivo dinámico de la acción es un fantasma llamado Hamnet, muerto a los once años de edad y cuya presencia ausente llena las páginas de la novela de momentos inolvidables.

Aparte de de esa motivo central, la autora logra descripciones magníficas del desarrollo y expansión  de la peste medieval en Europa y concretamente en Inglaterra, mientras la acción va tejiéndose y destejiéndose con la aguja del tiempo, pasado y presente y futuro, nos acongoja con la descripción de la muerte del niño (en algún momento, pocos,  se le va levemente la mano y roza el melodrama) pero, en general, mantiene en vilo al lector apelando a sus emociones de una forma  correcta y digna. Para el lector conocedor de detalles de la vida de Shakespeare no pasa inadvertida la mención en la página 309 del misterio de la 2ª cama de Agnes que se menciona en el testamento real del gran dramaturgo.

Y por debajo de toda esta fascinante novela vibra con su propio vigor el retrato documentadísimo que la autora nos hace de la vida cotidiana en el pueblo natal de  Shakespeare, Stratford, las formas de convivencia , los retratos de personas de la época, de las familias, de las relaciones de poder, de la situación de las mujeres y de los niños y de la presencia de la vida en su plenitud y miseria y de la muerte que en unas condiciones públicas  de insalubridad enormes está siempre presente. El Londres que nos muestra O´Farrell es como un vigoroso y terrible retrato coral del Bosco o de Brueghel. Toda la segunda parte, la más breve del libro, es un ejercicio literario que roza la excelencia y la descripción con la llegada de Agnes al corral de comedias persiguiendo la sombra fantasmal de su hijo para encontrarse con la de Hamlet en el escenario. Son diez páginas de una eficacia y pulcritud literaria magníficas. Gran novela. La última palabras de la novela es "Recuérdame": una petición o amonestación que será realidad para muchos lectores. Entre ellos, yo.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

ficha

HAMNET.- Maggie O'Farrell.-trad. Concha Cerdeñoso.- 341 págs. Ed. Libros del Asteroide

 

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9 mayo 2021 7 09 /05 /mayo /2021 12:02

 

He aquí un libro que nos estimulará la curiosidad y un poco de morbo, aunque algunos de sus apartados nos dejará un poco melancólicos. Sobre todo si es usted en lector compulsivo, un amante de los libros, un gozador de volúmenes sean del tamaño que sean, un enamorado de las bibliotecas, un gustador de viejos infolios, autores extraños, liturgias librescas de cualquier pelaje esotérico o científico, tenebroso o alegre como castañuelas, de intriga o de humor, en fin, un "enfermo" de la ilustración libresca, un obsesivo de la letra impresa, un coleccionista de momentos mágicos que emanan de las páginas, un viajero de las estrellas a través del papel, un olisqueador de aromas de cuero, pergamino, tinta y cola de encuadernar...en suma, un lector. Juan Carlos Díez se ha afanado en  contarnos todo tipo de historias sobre los libros, ha buceado en bibliotecas ocultas y misteriosas, en enciclopedias de lo insólito y lo patético, en los horrores de autores malditos, libros quemados en hogueras y perseguidos como alimañas, en curiosidades más o menos malsanas, en ese mundo subterráneo que se enriquece con las sombras y los miedos primordiales y que siempre evita la luz, la claridad y a veces la lógica o el amor. Y nos jura desde el principio, "Todo lo que aquí leerás es verdad...te hablaré de volúmenes malvados que no debieron escribirse y de otros que nunca existieron...de cosas con forma de libro pero que no lo son...y de algún texto tan malo, magnificamente pésimo, que ha alcalzado la posteridad".

Y así empezamos con libros encuadernados en piel humana, del Sábato misterioso de "Sobre héroes y tumbas", de libros enormes, grandísimos, que necesitan artefactos para poder ser leidos o transportados y de pequeños, diminutos libros, algunos sólo legibles con microscopio; de libros sometidos a juicios, condena y hoguera, de volúmenes secretos que hablan de dioses ancestrales sedientos de sangre y maldad, del Codex Rohonczi, que nadie ha sido capaz de descifrar todavía, de papeles que prometen tesoros a quien los descifre, de Edgard Allan Poe y de Lovecraft, del famoso Necromicon, un libro imaginario que de vez en cuando sale a la luz como libro real para desaparecer de inmediato, de héroes literarios que son más reales que sus autores (a veces se convierten en materia de asesinato por los irritados autores, como el genial Sherlock Holmes y Conan Doyle), autores y libros que se adelantan a su época y narran detalles que luego la posteridad se encargará de refrendar, leyendas romanas o hindúes que conciernen a libros y legajos, evangelios secretos, erratas famosas (que antes se achacaban  a Titivilo, un demonio menor), la grey afortunadamente escasa de los bibliópatas, capaces de los mayores crímenes por la posesión de un volumen in cuarto que les falta en la colección, libros absurdos como "De masticatione mortuorum in tumulis" que no hace falta traducir, inmensos cajones llenos de diarios personales --rozando la patología-- donde se lleva pormenorizado detalle de las actividades de su autor, desde las hazañas amatorias de Sade o Casanova, hasta el tremendo --declaradamente patológico--diario de millones palabras escritas por Robert Shields sobre todos los detalles de su vida cotidiana durante veinticinco años. Borges, Stevenson, Guy de Maupassant, Hitler, Pascal, memoriones increíbles como el bilbiotecario Antonio Magliabecchi que guardaba en su mente la situación en los anaqueles de miles de volúmenes y la descripción de su contenido, autores proféticos como Morgan Robertson que en una novelita prescindible llamada --acertadamente--"Futilidad", recreó el hundimiento del Titanic catorce años antes de que se produjera, los escritores raros y huidizos como Salinger o Cormac McCarthy, o ese lector -- mas digno de un libro de medicina--que fue Kim Peek que llegó a leer doce mil libros y recordaba o recitaba páginas enteras de cada uno de ellos, o la biblioteca Brautigan dedicada a manuscritos que jamas han sido publicados (y posiblemente jamás serán leídos), sea cual sea su valor, tamaño o autor.

Es este un libro interesante sobre la "trastienda" de la literatura, una especie de galería de curiosidades y horrores que conviene tener en la biblioteca propia y leer poco a poco. Nunca seguido. So pena de quedarse algo melancólico al final ante la avalancha turbia y agobiante de informaciones sobre un mundo, el de los libros, que uno desea algo más resplandeciente. Como le ocurrió a quien esto firma.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHA

Libros malditos, malditos libros.- Juan Carlos Díez Jayo.- Ed. Piel de Zapa. 257 págs. 18 euros.

 

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31 diciembre 2020 4 31 /12 /diciembre /2020 10:49

Los libros, como las personas y los eventos tienen su momento óptimo, el ni fu ni fa y el pésimo. Cuando apareció la novela de Hannah Tinti en 2010 en el mercado español y a pesar de la preciosa traducción de  Jesús Zulaika, los astros que confluyen en el lector y su momento y la novela y el suyo se anularon mutuamente y mi lectura fue descuidada y la reseña respetuosa pero sin profundidad. Me pareció una truculenta y casi "gore" recreación de los mundos deprimidos y oscuros del Dickens más crítico y sentimental y del Edgard Allan Poe menos feliz. Con el paso de los años y a causa de haberle regalado un ejemplar a un amigo y su entusiasta reacción, pensé que quizá no había sido justo con la novela, en unos tiempos en los que el tiempo era un déspota exigente. Ahora, en una época más reflexiva y serena, la nueva lectura de esta novela, también me ha permitido advertir y gozar de valores que me han habían pasado medio ocultos.

Resumiendo, "El buen ladrón" es una excelente primera novela, con algunos defectos nimios y excesos argumentales algo imprudentes, pero en conjunto una divertida, emocionante, sugestiva y provocativa narración, llevada con pulso firme casi siempre, hábil en la creación de personajes y eventos: merece un notable alto, sin duda. Los avatares del huérfano Ren en un oscuro y tétrico orfanato de la Nueva Inglaterra del siglo XIX, tienen la habilidad dickensiana y sus posteriores aventuras con el joven "protector" y maestro en malas artes (un personaje que recuerda al John Silver de Stevenson) hacen lo propio con algunas narraciones de Poe y el mismo Robert Louis que tiene una novela con el título de "Los ladrones de cadáveres". Una vez sugeridas las fuentes, en honor de la verdad, hay que decir que  Hannah Tinti (por cierto nacida en Salem, patria de las brujas) se desmarca por completo de sus fuentes y nos ofrece una carga original de truculencia, sentido del humor, ironía y sentimentalismo nada pegajoso.

La novela es un canto a la narrativa oral y juega con los lectores de manera muy inteligente para lograr cerrar el anillo argumental de una forma inesperada y dinámica. Mi consejo: no se la pierdan.

FICHA

EL BUEN LADRÓN.-Hannah Tinti.-Trad. Jaime Zulaika. Anagrama. 356 págs.

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4 diciembre 2020 5 04 /12 /diciembre /2020 10:33

 

Hemingway no es un genio, es un buen novelista, lleno de brío y de una cierta poesía de lo épico y lo masculino. Sus novelas son de estilo directo, sencillo, nada intelectual o complejo. Adjetivaba poco, escribía unos diálogos con fuerza, contundentes, como los golpes y las fintas de un boxeador. Su ironía es descarada y no hay demasiado ingenio ni brillantez en su estilo, pero si una dinámica y salvaje humanidad, una plétora de emociones y sentimientos. Es una especie de Henry Miller sin las pretensiones intelectuales de éste, con una sincera pasión por la vida, el amor -no llega a la altura de Miller cuando más que de amor escribe de sexo- la bebida, la caza, el boxeo, el trabajo duro y la escritura como un continuo rito masculino de dominación y sumisión alternadas. Era una bestia literaria en el mejor sentido.

El libro que recomiendo nos ayuda a entender el mundo y la persona de Hemingway. Su fascinación por el mito del eterno masculino y la eficaz y sorprendente magnificación de su ego para componer una mixtura literario-popular-psicológica en la que se mezcla la vida real con los mitos que él mismo alimentó sobre su persona, su historia y sus libros. Su vida más oculta y tergiversada o manipulada, junto a la real, forman un conjunto que compondría por sí mismo una apasionante novela de una complejidad psiconeurótica extraordinaria. Pero no es alimento de terapeutas, es demasiado primario en el buen sentido de la palabra o quizá era un inocente salvaje, un personaje de Fitzgerald o incluso de Pérez Reverte (todavía me pregunto por qué mi viejo conocido no se ha sumergido en este escritor con una biografía novelada).

Les guste o no Hemingway (es un escritor que levanta pasiones opuestas con  gran facilidad)  lo cierto es que el libro  de su amigo en Italia (durante la I Guerra Mundial) Henry S. Villard y el ensayista James Nagel, es francamente indispensable para hacerse uno una idea más exacta de la personalidad de Hemingway y de las luces y sombras, exageraciones e hipérboles que la fantasía y la contradictoria vanidad del escritor (que podía convertirse en una humildad franciscana y una generosidad sin límites con quienes se acercaban a él) había tejido para su, digamos, "historia oficial" y la del "gran escritor norteamericano del siglo XX". Desde sus amores con la enfermera Agnes von Kurowsky (mayor que él, que sólo contaba con 19 años cuando marchó como voluntario de la Cruz Roja a las trincheras italianas frente a los alemanes del Káiser) hasta sus famosas y exageradas heridas de metralla de granada o de ametralladora, o el cariz de sus relaciones amorosas totalmente elevadas al romanticismo más juvenil posible y sus sueños de llegar a ser un gran periodista (no parecía a esa edad que se planteara ser escritor). Más adelante sus experiencias bélico-amorosas-aventureras en Italia le darían material para varios de sus primeros relatos cortos y, sobre todo, para su celebérrima "Adiós a las armas". La lectura de las memorias de Henry Villard en las que describe su vida en plena guerra como conductor de ambulancias (Hemingway no fue conductor como asegura en su novela, sino cantinero de primera linea) y su amistad con el escritor, el diario de Agnes y sus cartas a Hemingway, (incluida una decisiva y perdida hasta los años noventa en la que rompía su relación con el futuro Nobel), las pocas cartas de éste que se han conservado de la misma época y un excelente ensayo de Nagel de unas 100 páginas sobre las investigaciones y documentación relacionadas con la estancia del escritor en Italia durante la I Gran Guerra, integran este volumen esclarecedor. Sugiero al lector interesado que lo complemente  con el breve y excelente libro de la periodista de New Yorker, Lillian Ross, "Retrato de Hemingway", para redondear la información que se desee tener sobre la vida y obra de ese escritor y de su compleja personalidad. Les aseguro que vale la pena. Sin duda es uno de los más brillantes retratos del escritor, realizado por una maestra del periodismo de la entrevista y los perfiles biográficos. Tiene un estilo fascinante, agudo y de una rara profundidad psicológica. Describe dos días vividos en Nueva York con Hemingway y su esposa Mary. Fue un "retrato" que causó mucha polémica, más debido a la personalidad compleja del escritor que a las descripciones absolutamente fieles y discretas de Ross. Su amistad con el escritor duró hasta la muerte de este (es una de las pocas comentaristas de la vida de este autor que considera que su muerte no fue un suicidio sino un accidente: muestra de su fidelidad). Me gustó la frase que dedica el estilo literario de Hemingway: "En su escritura descubrí la sencillez, y la claridad, y la belleza de la prosa desnuda. Leyendo sus novelas aprendí a escribir basándome en los hechos".

Por cierto, aviso a los cinéfilos: en los 90, el magnífico director británico Richard Attenborough dirigió una película, "En el amor y en la guerra", con Chris O´Donell en el papel de un descafeinado Hemingway y Sandra Bullock dándole una buena réplica como Agnes.

FICHAS

HEMINGWAY EN EL AMOR Y EN LA GUERRA.- Henry S.Villard y James Nagel.-Trad. Antonia Menini.- Ediciones B.-420 págs.

RETRATO DE HEMINGWAY.. Lillian Ross.- Trad. Jesús Pardo.-Muchnik Editores. 94 págs.

 

 

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