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7 octubre 2025 2 07 /10 /octubre /2025 15:53

publicado en Compromiso y Cultura, octubre 2025

Los ciudadanos corrientes de la actual sociedad tecnológica avanzada están sometidos a un contagio sin precedentes por el aumento imparable de la idiotez, la imbecilidad y el cretinismo en las personas  


Hay épocas en las que la idiotez parece extenderse por el mundo como una pandemia global y ésta es una de ellas. Lógicamente en España también la imbecilidad  campa libremente entre determinados políticos, personajes públicos, instituciones, municipios, deportistas, influencers de la Red, gente del espectáculo y algunos pensadores y literatos despistados. Y queda más de manifiesto en momentos de crisis, como los groseros enfrentamientos de políticos en el Congreso y en las redes, el horror de Israel y Gaza convertido en debate vergonzante o los últimos dislates del  inefable Trump –símbolo perfecto de la estulticia -  y, como síntoma alarmante, el empoderamiento de la ultraderecha en una Europa que parece nostálgica de la cruz gamada.

 La lectura del reciente libro de Pino Aprile “Nuevo elogio del imbécil” y el de Máximo Rovere, "¿Qué hacemos con los idiotas?" me ha recordado un excelente trabajo del italiano Carlo Cipolla "Leyes fundamentales de la estupidez humana", integrado en el volumen “Allegro ma non tropo”. Ya Flaubert advertía que en el "estupidismo" se encontraba una de las claves activas e inevitables de los errores humanos en la historia de todos los países y épocas. Glucksmann se hace eco de ello y asegura que la estupidez, la idiotez, la memez, la mezquina y bobalicona insistencia en tener razón en lo que sea, no es algo banal ni intrascendente: es uno de los cánceres de la historia. Más allá de los jinetes del Apocalipsis, que decían que eran cuatro, cabalga el quinto jinete envolviendo a todos con un manto tan invisible y letal como ella misma, la estupidez.
Para comprender su gravedad, les cito, las seis leyes que rigen la idiotez, según Carlo Cipolla  (corroboradas por Pino Aprile, Máxime Rovere y Ponte di Pino), que la convierten en "una de las más poderosas y oscuras fuerzas que impiden el crecimiento del bienestar y de la felicidad humana”: 1ª) siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo; 2ª) la posibilidad de que una persona determinada sea una estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma; 3ª) una persona imbécil causa daño a otra persona o grupo de personas, sin obtener al mismo tiempo un provecho para sí o, incluso obteniendo un perjuicio;4ª) las personas no idiotas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas. En especial olvidan que en cualquier momento o lugar, en cualquier circunstancia pueden tratar y/o se asocian con individuos estúpidos. 5ª) La persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe, incluso más que el malvado. Y 6ª) Un país va a la ruina cuando el porcentaje de malvados prospera al tiempo que el de estúpidos, junto a un notable incremento de número de incautos en la población total.

Pino Aprile nos matiza el tema con otras seis leyes de la idiotez: 1.-El tonto vive, el listo muere; 2.-el hombre moderno vive para volverse tonto; 3.- La inteligencia trabaja en beneficio de la estupidez y contribuye a expandirla; 4.-La imbecilidad solo puede aumentar, no decrecer y 6.-Cuando los hombres se juntan favorecen el equilibrio del grupo hacia la idiotez. También Aprile  y Robert J. Sternberg, nos ofrecen para el mundo de la empresa una simbiosis de los principios de Peter y la Ley de Parkinson: a.-En una jerarquía todos tienden a ascender hasta el límite de su capacidad; b.-A partir de ese momento comienzan a multiplicar sus tareas para ocultar su incompetencia. Y c.- no se le ocurra sugerir a su jefe una forma de hacer las cosas mejor, ganar tiempo y favorecer al administrado, le dirán que se limite a hacer su trabajo o que dimita.

Aunque el mundo cotidiano de uno parece desenvolverse con amabilidad, por supuesto con el telón de fondo de los horrores de nuestra época, también nuestra tranquila intimidad es un espejismo. Si sales de tu trabajo, el gimnasio, el teatro, el super, el concierto o tu hogar, en cualquier lugar, en la más inofensiva de las circunstancias y por un motivo de lo más banal, topas con algún memo. Y el mundo casi-perfecto se volatiliza. Hombre o mujer, joven o viejo, esa persona instaura un elemento entre él y usted que hace que su propia inteligencia y comprensión decaiga, se desvanezca. Entra en una situación en la que su ansia de comprender lo que ocurre, lo que le dice el imbécil o sus argumentos, cuando los tiene, se convierte en una labor imposible: eso anula su capacidad de análisis y razonamiento y por un extraño sortilegio se escucha tratando de balbucear en su  argot y plegarse a su extraño y peculiar modo de relacionarse. Hasta el punto que el idiota, triunfante en su pegajosa y a veces agresiva estupidez, piensa que el idiota es usted. No importa que lo que trata de hacer beneficie directa o indirectamente al estúpido: tratará de obstaculizarle y como decía Rovere "intentará ahogar tus argumentos con razonamientos sin fin, responderá a tu benevolencia con amenazas, tu afabilidad con violencia y ridiculizará tu busca del bien común, aunque dañe su propio interés individual". El refranero popular es tajante: "el estúpido es más peligroso que el malvado".

Decía Schopenhauer que en la historia, los siglos van pasando unos parecidos a otros, bajo dos elementos comunes: la maldad (o la crueldad) y la estupidez de los hombres. O como decía otro autor: "la persona verdaderamente imbécil no es sino aquella que confunde su razón con la razón universal; quien cree saberlo todo, que se queda pasmado ante su propia inteligencia y no necesita moverse de ese punto, quien deambula con la inercia de su propio pensamiento sin tener en cuenta el del resto". Y eso tiene un peligro: la idiotez es algo evidente para casi todos, excepto para el que la sufre. A veces lo peligroso no es ser estúpido sino creer estar exento de la estupidez. Y así llegamos a una constatación: todos tenemos momentos, de mayor o menor duración, en que somos imbéciles irremediables. Puede ser una simple circunstancia, en la que perdemos la razón de vista. La cuestión, para no sentar plaza de estúpido, es darse cuenta de cuando uno lo es y analizar los hechos y las actitudes, hacer propósito de enmienda y grabar en la propia mente lo vivido como una "guía de perplejos" a la que acudir en próximas ocasiones.

Siempre hay un cretino en cualquier recodo de nuestra mente, dispuesto a tomar el control y hacer valer sus "derechos" cuanto menos te lo esperas. El profesor Rovere propone tres principios básicos a tener en cuenta cuando uno afronta el problema de la estupidez: 1, siempre somos el imbécil de alguien; 2, Las formas de idiotez son infinitas y 3, hay un tonto en nuestro interior esperando manifestarse (lo normal es que no se lo permitamos, pero lo intenta). En cuanto nos relacionamos con un idiota, de una forma automática, lo que hay de bobo en nosotros, vibra por simpatía energética  y se siente atraído por el/la persona que nos estimula, anula el pensamiento crítico, desvirtúa nuestro sentido común y nos impulsa a un comportamiento semejante. Normalmente uno logra evitar ese contagio. ¿Cómo? Tratando de usar su capacidad de comprensión y, si es posible, de empatía. No hay otra salida. Un rechazo frontal es una trampa que provoca el afloramiento de alguna forma de imbecilidad, ya sea como reacción excesiva o de agresiva.

Lo cierto es que el estúpido entra en tu círculo interactivo y crea una dinámica perversa. Cualquier cosa que digas o hagas puede ser usada en contra tuya. Si pretendes razonar con él/ella, asistirás a un choque letal entre formas distintas de entender la vida, por tanto es posible que el sentido, contenido y valor de las palabras que intercambiéis sean diferentes y a veces opuestos. Es conveniente analizar la situación, anular respuestas precipitadas y enlentecer con cortesía el desarrollo. No se puede convencer al idiota, hay que aplacarle y buscar algún punto de contacto no beligerante. En esas ocasiones hay que estar atento a encontrar una vía de escape que cause el menos daño posible.

Gracias a internet la cantidad de cretinos ha crecido exponencialmente: nunca en toda la historia de la humanidad tantos tontos han podido decir tantas idioteces a tantas personas y tan pocos sujetos han podido librarse de ellas sin pagar el impuesto de pasar por tontos. La única actitud racional que puede aliviar la carga negativa que suele contagiar el idiota es escuchar benévolamente, haciendo un sincero esfuerzo por entender la argumentación, si la hay, o procurar no perder la paciencia ni el control si no la hay. La ira, el rechazo, la violencia, hace que nuestro imbécil interno tome las riendas de inmediato. En algunos casos, la huida es una victoria. Y, en última instancia, hay una vacuna, no siempre está disponible:  poner tierra de por medio entre el/los imbéciles y uno mismo.

La relación social es el caldo de cultivo básico del idiota.  Los consejos éticos al uso no sirven para lidiar con la imbecilidad, ya que la actitud, las palabras o las acciones de los idiotas suelen atacar la base ética de la sociedad, no como una acción  destructiva del signo que sea, ni como una ideología del caos, sino con la "inocente", corrosiva y disparatada seguridad del que cree obrar “razonablemente” (según un código personal al que no tenemos acceso y que no es coherente con la ética al uso).  Pero lo más peligroso de esa pandemia es que encumbra a los "mejores" memos a los puestos de poder, ya que ellos son el reflejo exacto de la mediocridad que subyace en nuestra cultura adocenada que se extiende y fructifica gracias a los medios digitales y su globalización. Como dijo alguien muy amargado por estas cuestiones, los estúpidos no son mayoría, pero la mayoría casi siempre es idiota.

Todos los seres humanos son majaderos en ciertos momentos de sus vidas,  pero la mayoría lo son durante mucho más tiempo. Esta es una teoría y según Popper, no existen las teorías verdaderas, sino aquellas que han sido contrastadas sin poder ser falseadas. Pero aunque esta fuera falseada (que yo sepa nadie lo ha logrado), no hay que desecharla, porque la bobería es un principio dinámico y muy contagioso. Es como si a través de las Redes o la I.A. nos hicieran un lavado de cerebro para dominarnos aún mejor y controlarnos a todos (y no es conspiranoia). No olvidemos la existencia larvada de los mini-imbéciles: los que se cuelan en las colas, el que se salta las normas de circulación porque cree que nadie lo va a ver, el que se cisca en las normas de higiene pública o de buena vecindad porque le conviene.

En sus aleccionadores  ensayos, cuajados de buen humor e inteligencia coloquial, Pino Aprile  y Robert J. Sternberg (y sus autores)  comentan con solvencia las fallas del sistema y sus reinos de taifas, la administración púbica y el funcionariado. Y dentro de ellos, la existencia de individuos inteligentes, aunque sujetos a los efectos de la estupidez: la memez reinante está preparada para reducir la capacidad de impacto de las inteligencias libres, creativas, disruptivas y disonantes. Ya que si éstas prosperasen o incluso si llegasen a algún cargo de dirección, arruinarían el mediocre tinglado en su totalidad y acabarían con la perpetuación del sistema, su principio esencial. Pero eso no ocurrirá­: la humanidad desarrolló durante millones de años una inteligencia capaz de hacerla sobrevivir y ahora ésta ya parace innecesaria porque todo funciona más o menos solo. Por tanto  una inteligencia ajena a la perpetuación del sistema apenas afectaría su pacífica y bovina continuidad.

Para terminar, una pregunta al lector: ¿a cuál de los cuatro tipos humanos propuestos por nuestros autores pertenecen algunas de las personas que usted conoce? Observe: incautos,  inteligentes, malvados  o estúpidos. Estos últimos, ya sabe, son de lo peor. “El incauto es una persona que es capaz de beneficiar a los demás incluso perjudicándose a sí mismo. El inteligente toma las decisiones más precisas para beneficiarse él pero, también, a los demás. El malvado actúa movido sólo por el beneficio propio sin importarle perjudicar a los otros. En cuanto al estúpido…es esa persona capaz de perjudicar a los demás sin beneficiarse él o incluso perjudicándose o sin pretender ninguna de las dos cosas. Es decir, una persona inteligente puede tender a ser incauta (cuanto más incauta sea, menos se beneficiará a sí misma y más a los demás); o a ser malvada (cuanto más se acerque a la maldad más perjudicará a los otros y más actuará en beneficio propio). El malvado oscila entre la inteligencia y la maldad. El incauto entre la estupidez y la inteligencia. El estúpido está a medio camino entre los malvados y los incautos”.

Para acabar: un estúpido puede ser analfabeto o doctor en algo, rico o necesitado, joven o viejo, de izquierdas o de derechas, creyente o ateo... Lo que diferencia al estúpido del que no lo es, suele ser el olvido frecuente de la inteligencia. Aunque tendríamos que diferenciar al inteligente del listo, siendo el inteligente el que tiene capacidad para comprender, analizar,  reflexionar y tomar decisiones mientras que el listo sería una persona hábil capaz de resolver problemas más inmediatos. “Un inteligente podrá ser algo malvado (beneficiarse a sí mismo más que a los demás) o algo incauto (beneficiar a los demás más que a sí mismo) pero es difícil que se comporte de forma completamente estúpida”.

 

FICHAS

(Algunos de estos autores han sido citados textualmente y entrecomillados. Pero el mensaje del texto en general surge de la coincidencia entre lo que ellos escribieron y la opinión del autor de este humilde análisis)


¿QUÉ HACEMOS CON LOS IDIOTAS?.- Maxime Rovere.-Trad. Núria Petit.- Ed. Paidós. 138 págs.

LAS LEYES FUNDAMENTALES DE LA ESTUPIDEZ HUMANA.- ALLEGRO MA NON TROPO.- Carlo Cipolla.- Editorial Crítica-Trad. María Pons

NUEVO ELOGIO DEL IMBÉCIL.-Pino Aprile, -Ed.Gatopardo- Trad. Juan Manuel Salmerón

EL QUE NO LEA ESTE LIBRO ES UN IMBÉCIL.- Oliviero Ponte di Pino.-Círculo de Lectores.- Trad. Esther Benitez

¿POR QUÉ LAS PERSONAS INTELIGENTES PUEDEN SER TAN ESTÚPIDAS? -Robert J. Sternberg (editor).- Ed.Ares y Mares. Trad. Elena Recasens

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2 junio 2024 7 02 /06 /junio /2024 18:39

FRANZ KAFKA, EL GENIO OCULTO TRAS UN TÓPICO

CON LA AYUDA DE SU IMAGINACIÓN CREATIVA Y SU TÉTRICO HUMOR LOGRÓ MOSTRAR EL ALMA TORTURADA DE SU SIGLO Y DEL NUESTRO

 

Vamos a navegar por los mares procelosos de uno de los genios literarios más singulares de la historia, Franz Kafka de quien se conmemora el centenario de su muerte, ocurrida el martes 3 de junio de 1924. La inmersión en el mundo de Kafka crea un efecto curioso. Uno se cuestiona  si el demasiado popular término “kafkiano” aplicado a los sucesos y eventos de la vida cotidiana, se corresponde  a la obra y el talante del escritor. O quizá se limita a banalizar un mundo más complejo y variado del que sugiere el uso que se le da. Quizá el corriente uso del adjetivo simplifica y polariza el mundo personal del escritor. Tal vez sugiere en Kafka una postura vital algo teatral, impregnada del signo de la época y de judaísmo, con su peculiar “lógica”  surrealista, amparada con un complejo uso del humor y del absurdo. ¿Es ese el espíritu de su obra y de su vida?A  Kafka le persigue un tópico de “supuesto escritor desequilibrado y alienado” . Puede que lo que ocurre es que nos falta perspectiva o, simplemente, que hay que aprender a leer a Kafka. “Su mundo espiritual, reflejado en seres como un insecto, un hombre sin aspiraciones, un mono sabio, un topo ciego o un judío errante, no se puede tomar al pie de la letra. Son símbolos, disfraces”, dice uno de sus biógrafos. Conforme uno se sumerge en la obra de Kafka y sobre Kafka se impone la sensación abrumadora de que se trata de un individuo vulnerable y sensible, sujeto al endiablado juego de un Destino atroz, no sólo personal sino generacional, que ya mostraba su faz siniestra en la política del tiempo que le tocó vivir  (I Guerra Mundial). Y el hecho de que su vida se desarrolle precisamente en Praga, la problemática capital del Reino de Bohemia, en el Imperio Austrohúngaro. Una ciudad levítica –con muchos sangrientos dramas históricos por la represión del judaísmo pero también por la violenta revuelta nacionalista checa y el odio al alemán opresor. Una ciudad con un “gueto” medieval de callejas tortuosas y oscuras y opresivas leyendas judías, a la que Kafka admiraba y odiaba con la misma intensidad. Pero es innegable que si una persona socialmente insignificante como Kafka, “es capaz de  producir  una onda de choque en la cultura occidental cuyos ecos resuenan hasta hoy y seguramente más allá, es que hay que considerar vida y obra como mundos incompatibles que siguen cada uno sus propias leyes”, escribe uno de sus biógrafos. Algo de eso hay: Kafka es un símbolo en el que se suman tres tópicos: Praga, ciudad nutricia y conflictiva, el judaísmo y los efectos del poder deshumanizado sobre las personas sensibles.

Como “El mago de Oz”, Kafka esconde su personalidad literaria, original  y  atormentada, en la totalidad de su obra: relatos, novelas y sobre todo cartas –que triplican en total el tamaño de su obra restante- y bocetos y proyectos de ensayos, poéticos y literarios. Tras los espesos cortinajes de todo ese corpus, Kafka niega continuamente que él tenga tiempo o energía suficientes para hacer una obra pasable. Sus protestas contra sus incapacidades e impericia surgen por doquier. Pero entre los efectos de su voz amplificada por la ‘extrañeza’ y la potencia de sus imágenes, temas y argumentos, el escritor mantiene un polémica íntima con su propia obra. Todo debe ser destruido, pero no, esto y aquello parecen buenos. Esa duda corroe aparentemente a Kafka. Pero muy de vez en cuando surge su amor propio de literato y un poco de vanidad.  O la conciencia de que lo que hace está por encima de la media

. Los personajes parecen inspirados en sí mismo, su familia, amigos, sentimientos y pasiones. “Kafka –escribe Isaac Bashevis Singer, escritor yiddish, contemporáneo a K.-  quería ser judío, pero no sabía cómo y quería vivir, pero tampoco sabía cómo”. Es la “otredad” permanente de Kafka la que parece imponerse y  la que debemos comprender, pues está en relación con su fracaso como persona y su éxito como escritor - en un futuro que hubiera sido increíble para él-, a partir de los años 60 y 70 del pasado siglo,. Su riqueza literaria se consolida “en el ámbito de lo invisible y lo psíquico: en apariencia nada tiene que ver con el medio ambiente personal y social que le rodea, pero lo cierto es que penetra en él por todos sus puntos” (la familia, los amigos, las amantes y el judaísmo).

Como escribe Stach “el mundo de Kafka es inhabitable y hace falta mucho tiempo para adaptarse a él”. El que se acerca a sus libros comprueba “la capacidad de Kafka para captar una situación de un vistazo y aún así con la máxima nitidez, de filtrar los detalles significativos, de rastrear las relaciones ocultas  y capturarlo todo en un lenguaje saturado de imágenes precisas, que evita toda inexactitud. Es una capacidad que linda con lo maravilloso y se burla de toda explicación racional o psicológica imaginable”. Y añade: “pensemos en cómo una conciencia –la de Kafka-  a la que todo da que pensar, hace surgir una conciencia que ha dado que pensar a todos”. Ese es el baremo de la valía de Kafka.

Nace Franz Kafka en Praga en 1883. Es hijo de Hermann Kafka, comerciante y Julie Lowy. Tiene tres hermanas menores Elli (1889), Valli (1890) y Ottla (1892). Estudia en un rígido Instituto alemán, donde conoce a su amigo Oskar Pollac. Vive junto al gran y sórdido gueto judío de Praga. Su padre trata de adoptar para su familia la vía germánica (la del poder) por encima de la checa y de la judía, sin romper con ésta, aunque mantiene sus prácticas religiosas de una manera aislada y nada devota. Ya desde niño las relaciones de Franz con su padre son difíciles y tormentosas por el carácter agresivo, burlón y despectivo de Hermann hacia su endeble y delicado hijo. El escritor recuerda con pavor las amenazas del padre en algunos momentos: “me decía que me iba a comer como a un pescado, despedazándome y dejando sólo los huesos”. Uno de los documentos más valiosos para comprender a Kafka es su “Carta al padre”, pasto de psicoanalistas, generalmente mal interpretada y con varios niveles de lectura que aumenta en complejidad si uno la lee antes o después de leer otras obras del escritor y las de algunos de sus biógrafos, empezando por su amigo Max Brod. A este le nombra albacea de su obra y le exige: “Todo lo que se encuentre de mis escritos cuando yo muera, debe ser quemado de forma inmediata sin ser leído”. Brod no se lo toma demasiado en serio. Pero no se le puede condenar por ello. Kafka era sumamente contradictorio  en lo concerniente al destino de su obra. Solía defender su existencia por encima de todo, aunque a menudo él mismo quemaba obras en curso o algunas de las que se paralizaban. Dejó casi cuatro mil páginas de anotaciones en diarios y fragmentos, entre ellos tres novelas incompletas. Parte de esa obra  se la envió a su última amiga y amante Milena. Cuando años después ésta fue detenida por las SS confiscaron todo lo que tenía y lo destruyeron. Al leer el libro de Brod (1) dedicado a Kafka, se desvanece cualquier suspicacia respecto a sus acciones. Su texto desprende un amor y una admiración enormes. En realidad su labor para preservar el legado de su amigo y su figura literaria es increíblemente eficaz y activa. Uno se conmueve ante una dedicación tan firme y exclusiva. Incluso el mejor de los biógrafos kafkianos, Reiner Strach (2) reconoce su deuda con el libro de Brod y el cuidado con el que defendió la obra de su amigo. También elogia la labor del primer biógrafo de Kafka, Klaus Wagenbach (3), cuya obra aporta datos interesantes de la infancia y juventud de Kafka. Sin embargo Stach se lamenta de que el legado de Brod  con los documentos sobre la vida de Kafka y su obra aún no pueda ser consultado debido al litigio que hay entre los herederos de Brod y el Estado de Israel.

Kafka estudia Filología alemana y Derecho en la Universidad Alemana de Praga. Aunque dedica la mayor parte de su tiempo a leer a su amado Dostoievski, a Kleist y a Kierkegaard. Su intención es ejercer una carrera que le permita tener un empleo fijo (funcionario) y pueda independizarse de sus padres y vivir en su propio hogar. Nunca lo conseguirá del todo. Y no por falta de dinero, sino por su extraña dependencia paradójica hacia todo aquello que le crea molestias y dificultades contra su labor de escritor. Es como si Kafka comprendiera desde el principio que las situaciones de servilismo, dureza, explotación o esclavitud ante un poder enorme, omnipotente, cruel e irracional, nutren la fuente de donde manaría la potente inventiva de sus  personajes. Estas son víctimas siempre:  desde los múltiples animales desolados de sus narraciones, los funcionarios insensibles y mezquinos de un poder siempre oculto y la fatal sincronía de la muerte, la tortura y la bestialidad destructora con una vida miserable, sin salvación posible. ¿No reconocen ustedes a las sociedades europeas de ayer y hoy, sus guerras, poderes y aniquilaciones absurdas e innecesarias que asolarían Europa desde los años de Kafka hasta nuestros días? Él, en sus novelas y relatos, nos mostró el desconcierto del hombre moderno, ante el temor de lo que hay más allá del umbral de lo prohibido, como en “El proceso”, “El castillo” o “Ante la ley”: o indefensos ante poderes arbitrarios y sin rostro.

Sigamos con la vida del escritor. El trabajo  de Kafka en el Instituto de Seguros le agota física y psíquicamente. Aunque su labor como abogado en torno a los accidentes de trabajo es buena y recibe el respeto de sus superiores.  Cuando sale de la oficina se dedica a escribir, pero le aturden los ruidos domésticos en casa de sus padres y sueña con alquilar un piso o una habitación para aislarse Busca “obtener  una visión de la vida -y convencer de ella a los demás con sus escritos-, en la que la existencia mantuviese sus altibajos naturales, pero que al mismo tiempo apareciera, con no menor claridad, como una nada, como un sueño, como algo flotante”. No lo tiene fácil, pues “la presencia inmediata de mi vida profesional me priva de todo horizonte, a pesar de que en mi interior reina la más absoluta indiferencia, como si me encontrase en un desfiladero por el que fuese además con la cabeza agachada”.

Kafka vegeta entre el descontento laboral y una desesperada fijación por conseguir tiempo, silencio y soledad para escribir. Viaja poco, se mantiene geográficamente fiel a sus raíces: aparte de sus cortas salidas vacacionales por Alemania, sólo pasó 45 días en total de su vida en el extranjero, en diferentes momentos: Zúrich, Paris, Milán, Venecia, Verona, Viena y Budapest.

 En 1910 comienza a escribir un diario,  en numerosas  libretas, cuyo conjunto es  uno de los documentos literarios más importantes que quedan de Kafka, escritos con sumo cuidado y corrección literaria (como si conociera ya su gran papel en el conjunto de su  obra). Escribe  en 1912 “América”, “Contemplación” “La condena” “La metamorfosis” y la amplia correspondencia con Felice Bauer. En 1913 “El fogonero”. En  1914, en plena guerra mundial,  rompe su compromiso con Felice y comienza dos libros claves: “El Proceso” y “En la colonia penitenciaria”. Un año más tarde vuelve a comprometerse con Felice y vive unos meses en un cuarto alquilado. En 1916, escribe “Un médico rural”, basado en su tío médico que vive en Madrid. En 1917 rompe otra vez –definitivamente- su compromiso con Felice, ante la aparición de su tuberculosis y escribe sus “Aforismos”. En 1919 se compromete con Julie Wohryzek y escribe “Carta al padre”. Al año siguiente entabla amistad con el joven poeta Gustav Janouch (que años más tarde publicará un magnífico libro con sus conversaciones con Kafka) y el médico Robert Klopstok (que le atenderá durante los tres meses últimos de su vida). De 1922 a 1924 escribe “El Castillo”, “Un artista del hambre”, “Investigaciones de un perro” y su “Informe a la academia”.  Comienza su relación con Dora Diamant, a la que dobla en edad. Piensa en emigrar a Palestina con ella. Pero la tuberculosis empeora. De abril a junio es internado en el sanatorio de Kierling, debido a sus enormes dolores provocados por  la extensión de la tuberculosis a la laringe, acompañado de Dora Diamant y Kolpstock. Muere el día 3 de junio y es enterrado en el cementerio judío de Praga el día 11.

Max Brod describe en su libro sobre Kafka esas últimas horas: “A las cuatro de la mañana del dia 3 Dora llama a Kolpstock porque Kafka respiraba mal y padecía fuertes dolores. El médico le pone una inyección de alcanfor. Comenzó la lucha por la morfina que Kafka no cesaba de pedirle. ‘No me engañe, me está dando un antídoto. Ya no más tortura, ¿por qué alargarlo?’ clama Kafka y añade: ‘Máteme, si no es usted un asesino’. Se le inyectó morfina. Kolpstock, emocionado, se apartó para limpiar la jeringa. Franz le dijo ‘No se vaya’. El médico repuso, ‘No, no me voy’. Y Franz respondió ‘Pero yo si me voy’. Luego, se durmió lentamente para no despertar.”

Para avanzar en el parcial y forzosamente incompleto conocimiento de este escritor brillante y oscuro, hay que tener en cuenta tres coordenadas básicas que se entrecruzan en su biografía hasta coronar el absurdo y el horror en su fallecimiento por tuberculosis laríngea a los cuarenta años y once meses. La primera es una línea discontinua, de trazo leve al principio y fuerte al final su idiosincrasia judía que incide en su vida y su carácter. La segunda, la ciudad en la que vive,  que se convierte en símbolo de su obra: la Praga imperial de fines del XIX, racista, teatro de la lucha entre el nacionalismo checo y el poder alemán y opresiva e históricamente problemática para los judíos. La última, pero no menos importante, la vulnerable sensibilidad psicológica familiar y social del escritor, con especial acento en Hermann Kafka, el rudo progenitor de Franz, que se convierte en su Némesis permanente de auto condena íntima; aunque uno acaba por sospechar que además de un profundo sentimiento negativo, la figura del padre era un motor secundario pero potente de su obra, una de las excusas perfectas para Franz, que suele utilizar retóricamente al padre para justificar dos de los elementos biográficos más controvertidos de su vida: la relación con las mujeres y su renuencia a abandonar la casa familiar, a pesar de tener medios para hacerlo y un buen montón de razones para independizarse. Vive en familia en un odiado pero aceptado ambiente ruidoso y desconsiderado, con escasa intimidad. Los miembros de la familia, tres hermanas y los padres, son un estorbo –y a menudo fuente de disgustos-  para Kafka con la excepción de la hermana pequeña, Ottla, y una madre cariñosa pero que fue de escasa ayuda a su hijo, pues vivió bajo la autoridad y el miedo a su marido. Tras escribir su “Carta al padre”, Kafka añadió en su Diario, “Yo escribía sobre  ti. Todo lo que lloraba en mis escritos es lo que no pude llorar sobre tu hombro”.  Al principio de dicha Carta, escribe: “podría servir para tranquilizarnos un poco a ambos y hacernos más fáciles la vida y la muerte”. La Carta jamás es entregada a su padre, ya que la madre la retiene y luego la devuelve a su hijo. Pero para el proceso interior de Kafka, el padre ya ha cumplido su función y es relegado al anaquel de los “objetos literarios”. En cuanto al asunto judío, escribe en su diario: “¿Qué tengo yo en común con los judíos? Apenas tengo algo en común conmigo y debería quedarme completamente quieto en un rincón, contento de poder respirar”. Más adelante se interesó por la pintoresca religiosidad de los judíos que llegaban a Praga huyendo de Europa del este y Rusia. Le encantaban las historias jasídicas y frecuentaba a la compañía de teatro yidish de su amigo Yitzhak Lowy.  También había más estética que convicción religiosa o racial en Kafka respecto al judaísmo (aunque no se abstuvo de criticar a su padre por el poco convencimiento con que asistía a la sinagoga y que, según él, le contagió). Ronald Hayman (5) escribe en su biografía sobre todas las contradicciones de Kafka analizándolas con los tópicos psicoanalíticos y de la lingüística. Kafka, según él, no percibía su obra como un fin estético y moral sino como un medio para someterse a sí mismo a un proceso casi judicial donde era el reo y el juez.

Kafka vive en su pequeño círculo praguense la zona de Praga donde vivía. Eso le permitía un juego de palabras: su círculo existencial era el célebre “Ring”, anillo, praguense. Y en su interior, el círculo más pequeño de su psique, a la que no afectan los grandes asuntos de su tiempo: ni la primera guerra mundial (de la que hay apenas una o dos referencias en su diario), ni la victimización de los judíos en Praga –y en otros lugares de Europa- y el nacimiento del sionismo (con el que ya hay más conexiones, a través de amigos y amigas).

La vida erótica y amorosa de Kafka es indecisa, ocasional, generalmente breve y a menudo problemática. Como escribe su biógrafo  Stach: “...es estremecedora la desproporción  entre los esfuerzos que hizo toda su vida por alcanzar la plenitud sexual y erótica y la escasa y rara dicha alcanzada, que jamás se dio con libertad y jamás se recibió con libertad”.  Kafka tiene  miedo a los compromisos, amorosos o de otro tipo,  y una necesidad brutal de afecto y cariño que no acaba nunca de saber gestionar –hasta su última relación con Dora Diamant-, sino en términos de obligatoriedad, raptos de premura amorosa y un miedo permanente a cumplir su supuesto deseo de formar una familia estable, un matrimonio e hijos, lo que consideraba el destino básico, perfecto y estable de cualquier hombre. En tres ocasiones pide formalmente la mano en matrimonio (con Felice Bauer, dos, y con Julie Wohryzek, una) y se echa atrás a última hora. Respecto a Dora Diamant, la joven judía de 25 años a la que conoce en 1923 (su compañera hasta el final) Kafka, en el lecho de muerte pide permiso, por carta, al padre de esta para casarse con ella. El padre, un rabino, responde con un seco y definitivo NO.

 Cuando escribe a Felice para justificarse de sus dos anulaciones, argumenta “No soy nada más que literatura”. Y es fundamentalmente cierto: todas sus experiencias y vivencias van a parar a la escritura: en diarios, en cartas, en relatos y novelas cortas, terminadas o inconclusas. En ellos se vierte su vida sexual, sus amigos y amigas,  su odio al trabajo de oficina, sus visitas al burdel, la elección de sanatorios, su existencia enfermiza y su amor a los deportes, el odio y el fastidio a la vida familiar (“con mi madre apenas cruzo unas cuantas palabras al día y con mi padre, sólo un saludo y de pasada”) incluso la relación con sus hermanas es ocasional, exceptuando el cariño hacia Ottla, la más pequeña; mantiene un deseo permanente de independizarse (con escasas  y tardías decisiones en contra) y una búsqueda incesante de sí mismo.

Quizá su relación amorosa más significativa, pero que quedó frustrada por su enfermedad y luego por la muerte es con Milena Jesenska –que  años después moriría asesinada en el campo de exterminio nazi de Ravensbrük- una mujer mucho más “adecuada” para Kafka por su calado intelectual, su feminismo activo, juventud y su belleza. Era checa y estaba casada. Tradujo “El proceso” a su lengua y  era retadoramente libre en su trato con Kafka y en mantener combativamente sus: pero Milena no llegó, debido a las circunstancias citadas, a convertirse en su pareja.

 La vida amorosa “extraoficial” de Kafka empieza con G.M. en 1913, en pleno idilio epistolar con Felice. En 1914, una relación secreta con Grete Bloch, la amiga y confidente de Felice, con la cual parece ser que tuvo un hijo, nunca reconocido por Kafka y del que seguramente no tuvo noticia. En noviembre de 1918 conoció a Julia Wohryzek, que trabajaba en Praga como secretaria, a quien pidió en matrimonio. Rompió el compromiso en 1919. El carácter subterráneo y oculto de estas relaciones –casi siempre frustradas- sale a la luz como “motivo creativo”  en su obra más que  como una diversidad de decisiones  amorosas frustradas y se refleja  a través del inmenso poder literario de la correspondencia que Kafka mantiene con todas sus “amadas” o amigas. Miles de páginas de un Kafka tan imaginativo y mucho más ameno, divertido y humanamente cercano que en su obra literaria. Una gran parte de esa correspondencia amorosa, la mantenida con sus numerosos amigos y los borradores, notas, textos incompletos y relatos no publicados del grafómano Kafka han desaparecido o han sido destruidos durante el periodo nazi. Como también –para desesperación de sus biógrafos- , las personas que se relacionaron con él, desde sus tres hermanas muertas en campos de concentración o  amigos, vecinos y personas que conocieron al escritor.

 Como escribe su enciclopédico biógrafo, Reiner Stach (más de 2.300 páginas en dos volúmenes en la última edición de Acantilado) “Mucha gente cree que Kafka era un hombre con mucha imaginación pero sin energía o vitalidad. Pero creó su ingente obra en apenas 12 años, mal llevando un trabajo agotador de oficina, una guerra mundial, una familia agobiante y una tuberculosis que se le declaró en 1917 y siete años más tarde, con indecibles dolores acabaría con él. Pero no sabía evitar la demora en tomar decisiones importantes o las reacciones inesperadas de huida y de abstracción que enfadaba a quienes le rodeaban”. El hecho es que poseía una envidiable vitalidad a pesar de una mala salud de hierro. La huida estaba inscrita en su código genético porque respondía a una contradicción básica: era un hombre con un solo compromiso: su obra. El resto de los compromisos carecían de valor intrínseco para él. Pero actuaba como si fuese a respetarlos y luego sufría porque debía romperlos.

Stach considera a Kafka un clásico vivo, totalmente en sintonía con el mundo actual, aún más que Hesse o Mann. Para el biógrafo, el término “kafkiano” denota “una situación absurda, amenazadora, pero implícitamente cómica”.  En realidad es el poeta Gustav Janouch, amigo de Kafka en los últimos 4 años de su vida, quien nos ha dejado el retrato más amable, lúcido y conmovedor de Kafka (6). Aparece en sus páginas un hombre sabio, tierno, vulnerable y profundamente humano. Cuando su amigo le pregunta ¿qué nos ha llevado a esta situación (la I Guerra Mundial), Kafka responde: “Nuestra codicia y vanidad sobrehumanas, la ‘hybris’ (locura) de nuestra voluntad de poder. Luchamos por valores que en realidad no son tales, mientras destruimos con descuido ciertas cosas a las que está ligada nuestra existencia humana. Esta confusión nos lanza al estiércol y nos aniquila”.

Es interesante la visión del comic ‘underground’ dibujado por el célebre Robert Crumb sobre el texto biográfico de David Zane Mairowitz (7). Hay una evidente conexión entre el desgarro casi psicodélico de las imágenes y la impresión visual de la lectura de Kafka. También el libro de Nicholas Murray, “Kafka, literatura y pasión”(4) analiza la faceta “más que humana” del escritor, “Nadie canta con voz más pura que los que viven en el infierno profundo: lo que tomamos por el canto de los ángeles es su canción”.

CONCLUSIÓN

Escribe Kafka en su diario: “Estoy en un paraje desértico. No sé por qué no me han colocado en una tierra mejor. ¿No lo merezco? No puede decirse tal cosa. No hay arbusto que se abra, en cualquier terreno, con mejor exuberancia  que yo”. Un arbusto, un escarabajo, un chimpancé, un agrimensor, un procesado, un novio que desea y no desea serlo, poderes invisibles y humillantes sobre pobres tipos que sólo desean vivir y pasar inadvertidos, una burocracia infinita que jamás resuelve nada, procesos sin razón ni justificación, acusados y condenados sin remisión posible, una persistente incompetencia para solventar los pequeños pero acuciantes problemas de lo cotidiano, de la comunicación imposible, de la crueldad indiferente o las torturas inconcebibles aplicadas por funcionarios distraídos, las guerras y armas potenciales, el ruido continuo, la culpa enraizada sin causa aparente, la necesidad de escondrijos sin saber para qué, el tormento de oficinas donde se estanca la vida...La pregunta que  plantea Kafka es desconcertante: ¿No son los monstruos y las víctimas kafkianas el espejo que nos devuelven la imagen del mundo en que vivimos?  ¿El monstruo lo es porque desafía la norma o lo aberrante es esa norma que el monstruo cuestiona, ese sistema que rodea a los seres vulnerables que ha creado Kafka? ¿No será su obra una parábola de sí mismo enfrentado a un sistema familiar, social, político y económico que le destruye y al que no sabe cómo hacer frente?

 

 

BIBLIOGRAFIA

1.- KAFKA.- Reiner Stach. (2 tomos) Acantilado. 2016

2.- KAFKA.- Klaus Wagenbach.- Alianza Editorial.1970

3.- KAFKA.- Max Brod. Alianza Emecé1982

4.-K. LITERATURA Y PASIÓN.- Nicholas Murray.-Edit. El Ateneo. 2006

5.-KAFKA, BIOGRAFÍA.- Ronald Hayman.-Argos Vergara.1983

6.-CONVERSACIONES CON KAFKA.- Gustav Janouch.-Destino.2006

7.-KAFKA.-Cómic .- Robert Crumb y Davis Zane.- La Cúpula.2015

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2 mayo 2024 4 02 /05 /mayo /2024 16:05

 

¿Cómo podríamos combatir a esa dictadura del consumo, la banalidad de la prisa y el trabajo sin límites? Tal vez sería necesaria una mentalización individual, personal, íntima, de cultivar el respeto y el goce del instante, en cualquier momento, cada día, sin permitir que la prisa instituida nos devore. Aunque también es precisa una toma de conciencia social –global- y una educación basada en el amor y el respeto a la existencia humana, sus valores y principios, sus tradiciones familiares y una ética insobornable donde sea más importante ser que poseer y donde el extraño, el distinto, el otro, sea integrado en las comunidades en igualdad de condiciones y respeto, sea cual sea el color de su piel, sus creencias y sus orígenes. Y donde el conocimiento convierta el utilitarismo en un producto secundario y no en algo esencial. Quizá sería el comienzo de la desaceleración existencial en busca del placer y el provecho. Parece un mensaje utópico pero, en realidad, ha sido evocado por pensadores de nuestro tiempo, siglos XX y XXI, del fuste de Hannah Arendt, el coreano-alemán Byung-Chul Han, Hartmut Rosa, Primo Levi, Günther Anders, Joan Carles Mèlich, Zygmunt Bauman, Heidegger, Giorgio Agamben, Sloterdijk...y otros muchos más del pasado, como Nietzsche o Cicerón.

Todos sufrimos de una forma creciente una distorsión, una ‘disincronía’ que ha atomizado el tiempo. Cuando ésta se incrusta en la vida del ciudadano de la sociedad avanzada, provoca que tengamos la  sensación de que el tiempo y con él la vida se han acelerado. Envejecemos sin “hacernos mayores”, como si la senectud fuese un indeseable y corto paso inmediato a la muerte. Los abuelos de antaño han desaparecido de la ajetreada vida urbana (sólo en el mundo rural más aislado se mantienen las viejas tradiciones ligadas a la vejez) y también el respeto y el cuidado de los ancianos. Cada vez más las familias no tienen ni tiempo ni lugar para sus ancianos y se les encierra en lugares donde no molesten hasta que desaparezcan. Vivimos bajo  el imperativo del trabajo, con el  tiempo crono limitado bajo la demanda utilitaria y el pragmatismo del rendimiento y el consumo adyacente. El filósofo germano-coreano Byung Chul-Han ofrece una posibilidad de superación de esta carrera hacia un solo final verdadero: “La crisis temporal solo se superará en el momento en que la vida activa acoja de nuevo la vida contemplativa en su seno”. Es decir, la capacidad de aceptar la demora,  desterrar la prisa establecida como estilo de vida y volver a ajustarnos al tiempo de las estaciones naturales, a la tranquilidad y a las tradiciones en las que todo tenía un ritmo sosegado y un respeto sacralizado. Lo malo es que todo el sistema tecnocapitalista en el que vivimos está montado en una doble constante que se fagocita mutuamente: la producción incesante y el consumo creciente, estimulados por un intervencionismo digital publicitario e informativo permanentes. Somos solo “ser libres para la muerte” decía Heidegger. Todo lo que nos ofrece la vida de posibilidades, de bienestar, queda anulado por una fragmentación del tiempo condicionada por una masificación y homogeneidad cada  vez mayores. El presente se reduce a picos de actualidad, las cosas envejecen muy rápido y se vuelven obsoletas, se trata de consumir más y más rápido, sin continuidad posible. Las cosas han perdido su prestigio y con él su valor. Nadie conserva nada y cuando alguien lo hace pretextando  “cuestiones de tradición y recuerdo” se le mira con prevención y se le juzga senil de inmediato.

En el siglo II a.C. el comediógrafo romano Plauto escribió: “Que los dioses maldigan al primer hombre que descubrió cómo señalar las horas y maldigan a aquél que erigió aquí un reloj de sol para cortar y despedazar de forma tan infame mis días en pequeños trozos”. A menudo quien esto escribe –admirador de Plauto- añora a los inuit (unas tribus que habitan todavía en el Ártico oriental canadiense) que tienen una lengua en la que no existe el concepto de tiempo y lo miden por los ciclos naturales y los movimientos de las estrellas. En el libro del bioquímico Carlos López Otín, se analiza la función del tiempo en el envejecimiento y la longevidad. Se nos explica con una prosa empática e ilustrada que el flujo del tiempo podría ser una percepción ilusoria de nuestra mente, pero que nuestros cuerpos reciben de forma fáctica el paso del tiempo, somos en nuestro interior biológico relojes celulares y, de una forma evidente, recibimos, respondemos y, como estamos viendo, nos afecta de manera grave ese tiempo inasible pero no rechazable. La visión científica, médica y filosófica de López Otín logra ofrecernos un relato apasionante sobre el recorrido cultural del concepto tiempo en la historia. Especial interés tiene la descripción de los intentos históricos de comprender, ordenar, medir, dominar, ignorar, olvidar y asesinar al tiempo (como en la época de la Comuna francesa, en la que se disparaba contra los relojes públicos parisinos) y también los estudios crecientes sobre la longevidad y las enfermedades asociadas  a la pérdida de la noción del tiempo. Una de las pruebas evidentes del impacto de la noción de “tiempo” en la cultura es la enorme cantidad de películas, novelas y libros dedicados a él. Este cultísimo autor adjunta en el epílogo una lista de piezas musicales, novelas, obras de arte y películas dedicadas al tema. Recuerden: “Interestelar”, “El curioso caso de Benjamin Button”, “Regreso al futuro”, “Atrapado en el tiempo” (“El día de la marmota”), “39 escalones”, “Fahrenheit 451” o “Horizontes perdidos” o “La máquina del tiempo” o “Los viajeros del tiempo”. Como muestra del estilo de este admirable libro, les adjunto un párrafo del epílogo: “El tiempo nace con el cosmos en un instante singular de un día sin ayer, atraviesa como una flecha invisible el universo, se erige en fuerza motora de la Gran Historia, rechaza a los viajeros que quieren acelerarlo o revertirlo, se deja medir por los humanos para luego dominarlos, elimina  a los rebeldes que quieren menospreciarlo y se infiltra en los seres vivos, creando relojes biológicos que se vuelven imprescindibles para sobrevivir...”. Insuperable.

Lo cierto es que ya a principios del siglo XX, E.M. Cioran clamaba: “¿No ha llegado la hora de declararle la guerra al tiempo nuestro enemigo común?” El filósofo rumano-francés erraba el tiro: el tiempo no es nuestro enemigo. Lo es el sistema que hemos aceptado instaurar, responsable de haber convertido el tiempo en una herramienta capitalista de explotación. Y el auténtico enemigo –mortal de necesidad- de lo humano es la aceleración: es como el hámster haciendo girar interminablemente la rueda sin desplazarse jamás, nos dice Luciano Concheiro en su obra ”Contra el tiempo”. Vivimos en una época de inmovilidad frenética. Y es que el tiempo es un concepto difícil e intrincado. Agustín de Hipona, el agudo santo pensador, decía “Si nadie me pregunta, sé lo que es el tiempo; si quiero explicarlo al que me pregunta, no lo sé; pero sin vacilación afirmo saber que si nada pasase no había tiempo pasado; si nada hubiera de venir no habría tiempo futuro y si nada hubiese, no habría tiempo presente”. 

Pero en nuestra sociedad actual, se produce una aceleración histérica de la sucesión de acontecimientos parciales que se extiende a todos los sectores de la vida cotidiana. La omni-información, servida de inmediato sin razonamiento o explicación a través de los móviles y las redes sociales, se relativiza, no llega a entrar en nuestra sensibilidad y mucho menos en nuestra capacidad de análisis y razonamiento. No hay tiempo. De ahí la creciente potencialidad de las noticias falsas o exageradas de forma tendenciosa: es el reinado de lo emocional, de las exclusiones de lo otro o lo distinto, es el creciente poder de las ideas totalitaristas, neofascistas y neonazis sobre una “clientela” cada vez más joven y menos formada: desmoronamiento de las tradiciones  familiares, las sociales –la cortesía, el respeto, la buena educación-  y también las políticas y las económicas. Todas caen bajo el nuevo estilo: la prisa, la utilidad inmediata, el consumo y el placer huidizo pero exigente y poderoso.  Eso crea una falta de sentido a la vida, una vez se la desliga del  presente continuo, sin memoria y sin objeto, en una aceleración continua y una paralización interna: “cuando no es posible determinar qué tiene importancia, todo pierde importancia”.

El sociólogo alemán Helmut Rosa percibe tres tipos de aceleración: la de los desarrollos tecnológicos, la de los cambios sociales y la del ritmo de la vida diaria. Y en este último apartado que es el que más nos concierne, podemos ver –si abrimos los ojos- el tipo de subjetividad que produce: individuos dispersos, ansioso, deprimidos, adictos a todo tipo de sustancias estimulantes, encerrados en la falsa comunidad digital de sus móviles y ordenadores, devoradores compulsivos de series televisivas, de relaciones insatisfactorias, sexualidad fetichista y desviada al acto pornográfico y la brutalidad de la cosificación femenina...

Vamos hacia una sociedad muy parecida a la de dos distopías literarias conocidas: la del “Mundo feliz” de Aldous Huxley y la de “1984” de George Orwell. Pero aún las hemos “mejorado” en efectividad y deshumanización crecientes. Zygmunt Bauman nos dice que ya no hay ritmos ni ciclos sociales estables, el individuo es “libre” para seguir forzosamente su camino marcado, aunque le falta orientación y le sobra velocidad por lo que no puede demorarse, única forma de pensar en el camino, observar  y orientarse, en lugar de avanzar de forma atolondrada. Le sostiene “el miedo a perderse cosas valiosas” que  intensifica el ritmo vital ya que el sistema le asegura el “disfrute de las opciones del mundo”, experiencias, viajes. En definitiva, dice Bauman, el sujeto tiene una vida plena si logra vivir con más rapidez y aumentar el número –no la calidad- de las vivencias. Y así un viaje exótico no importa nada de forma sensible o experiencial, pero sí lo hace cuando uno envía “selfies” a todas sus amistades. Uno no se divierte en una fiesta si no “demuestra” en las redes que se “está divirtiendo”. Uno no vive su vida si no  transforma sus vivencias en instantáneas para que los otros lo atestigüen. Y la red es un espacio sin caminos, por eso se surfea o se explora, no deja poso ni recuerdo. Es de uso y disfrute instantáneo. Conceptos como la verdad y el conocimiento no tienen sentido en la red pues remiten a la duración. Y nosotros “vamos haciendo zapping por el mundo y la vida a tenor de esto”. Hemos perdido el aroma del tiempo, la duración, decía Proust. Y ese aroma no es narrativo, algo que comunicar de inmediato, sino contemplativo.

En esa línea Concheiro propone una “resistencia tangencial” al estado de cosas que, aunque no puede transformar la realidad circundante, nos permita aminorar los efectos negativos de la aceleración. Y no se trata de la simple lentitud de acción, (el movimiento slow) que no tiene poder frente a la lógica acelerativa, sino en una suspensión voluntaria y dinámica del flujo temporal. Concebir y crear el ejercicio de valorar, percibir y cercar al instante. Ese fragmento de no-tiempo que definía Wittgenstein de forma magistral: “Si tomamos la eternidad no como la infinita duración temporal, sino como la intemporalidad, entonces la vida eterna pertenece a aquellos quienes viven en el presente”. Es decir, en el instante. En el siglo anterior, el XIX, el gran Lewis Carroll, en su “Alicia en el país de las maravillas” esboza la misma idea en un célebre diálogo paradójico entre la niña y el Conejo Blanco: “¿Cuánto dura la eternidad?” pregunta Alicia y el sabio conejo responde “a veces sólo un segundo”.

Decía Heidegger que vivimos con “desasosiego distraído” y “falta de paradero”. Hoy diría que vivimos “zapeando” por el mundo. Y él murió en 1976, por lo que sus palabras resultan más que actuales que entonces. En ausencia de la  duración, la aceleración se impone. Y aún más, en “Ser y tiempo” su obra cumbre, asegura que el ser “está disperso en la multiplicidad de lo que pasa diariamente. Está perdido en la presencia del hoy...este “no tener tiempo es un mayor perderse  a sí mismo que aquél desperdiciar el tiempo, que deja tiempo.” El pensador alemán –mucho más interesante cuando se le despoja de ciertos aspectos político-históricos de  su biografía- recomienda transformar el “no tengo tiempo para nada” en un “siempre tengo tiempo” como una estrategia de la duración para recuperar el dominio perdido sobre el tiempo.

El dramaturgo y poeta Peter Handke se pregunta “¿por qué nunca se inventó un dios de la lentitud?”. Ya que el pleno disfrute del tiempo no sugiere acontecimientos ni cambios, sino simplemente duración. Y es que el hombre que pierde toda capacidad contemplativa se reduce a un “animal laborans”. Más allá de tiempo laboral, solo queda “matar el tiempo”. En esa labor se produce la contradicción entre el consumo y la duración: el ciclo de aparición y desaparición de las cosas es cada vez más breve por imperativo el capitalismo que acorta el plazo de producción y el de consumo. Vivimos en una sociedad compulsiva en la que el trabajo, la producción y el consumo, se convierten en una norma  de obligado cumplimiento. Cronos devora a sus hijos.

Nietzsche dejó escrito “Si creyéseis más en la vida, os lanzaríais menos al momento. ¡Pero no tenéis en vosotros bastante contenido para la espera. Y ni siquiera para la pereza.” Y así la inquietud hiperactiva, la agitación y el desasosiego de la vida no permiten el libre recurso del pensamiento, la calma y la demora de la observación acompañada por la reflexión y la amabilidad de permitir que las cosas sucedan sin intervenir, sólo contemplar. Pero no hay tiempo para esa “especie de lujo en la cabeza” como lo llamaba Kant. Y Nietzsche aseguraba que “Por falta de sosiego nuestra civilización desemboca en la barbarie”. El propio Marx definió al capitalismo como “un apetito insaciable de ganar”, de incrementar la riqueza. Por tanto la aceleración es esencial en el sistema: cuanto menor sea el tiempo en que se complete el ciclo Dinero-Mercancía-Dinero, mayor es la ganancia. Ese dinamismo voraz e incansable impulsa la sucesión permanente de innovaciones técnicas y tecnológicas encaminadas a acelerar los tiempos de producción y de circulación: la máquina no sólo no puede detenerse sino que debe acelerarse... ¿hasta dónde y hasta cuándo? Nadie –y menos los que rigen el sistema- se hace esa pregunta de una lógica aplastante. La voraz máquina devora personas, fortunas, tiempo; los inventos se fagocitan unos a otros; todo acaba volviéndose obsoleto, caduco y reemplazable. Pero el sistema ha logrado lo que siglos de filosofía no lograron: dar un “sentido de la vida” al ciudadano de las sociedades avanzadas: vivimos consumiendo y consumimos para sentirnos vivir y en esa rueda el deseo nunca puede ser saciado, pero tampoco nos causa ninguna satisfacción permanente. Las cosas obedecen a una exigencia del mercado: la planificación deliberada del ciclo de vida útil de una mercancía. Todo se vuelve mercancía mensurable y explotada: desde nuestros datos más íntimos a la permanente aparición de “actualizaciones” de los sistemas y herramientas digitales, que ya constituyen una extensión de nuestros cuerpos y cerebros. No podemos escapar de los algoritmos, que ya gobiernan diferentes aspectos de la vida personal y de los negocios (como la “high-frecuency trading”, la computarización de los intercambios financieros, en la que ya no intervienen los humanos sino la IA).

¿Adivinan ustedes cuál podría ser la trompeta del juicio final?: un “gran apagón” planetario, producido por alguien o por algo o por simple sobresaturación de demanda de energía que nos volviera a la edad media de un solo plumazo.

Pero volvamos a los efectos secundarios de la aceleración. Ya nadie tiene en casa una enciclopedia o libros de historia. Y el llamado “efecto Google” comienza a preocupar a los neurólogos y psicólogos. Nadie tiene tiempo para consultar manuales y enciclopedias. Todos nos vamos directos a la pantalla. La memoria, la capacidad de recordar, empieza a ser problemática a todos los niveles. Desde los niños a los jóvenes y menores de 60 años, han supeditado su memoria a la “ayuda” cada vez mayor de la información “en línea”. Dependemos crecientemente de la “memoria externa”. Y eso nos lleva a un doble problema, como todos los que conciernen a lo digital, casi “invisible”: el primero, una creciente falta de memoria, no sólo de datos, también episódica y nominal (¿cuántos números de teléfono puede memorizar usted? ¿Cuántos memorizaba hace veinte años?). El segundo,  una falta de narrativa: la velocidad con que nos bombardea la aceleración de noticias y ofertas es tal que es casi imposible estructurar una trama que dé sentido a los hechos y nos permita urdir una trama coherente. No hay manera de tener una visión de conjunto que de sentido a lo que está pasando. Las noticias, vertiginosas, se solapan unas a otras y queda una sopa sin sentido con la que no es posible sacar conclusiones...ergo nos dejamos llevar por las emociones que nos suscitan. No hay tiempo para reflexionar. Somos fáciles pasto para los demagogos  (de ahí el auge de la extrema derecha, por ejemplo) y aquél estado de cosas en lo público que Giorgio Agamben calificaba de “vivir en un umbral de indeterminación entre democracia y absolutismo”  o lo que define como “un estado de excepción permanente”.

Todo lo que antecede tiene unos efectos visibles en las personas. Miren las estadísticas de consumo de fármacos “situacionales”: tranquilizantes, insomnio, calmantes y otros productos más o menos adictivos para controlar los efectos casi globales de esa aceleración en los organismos de quienes la sufren: un cansancio orgánico y psicológico en todos los ámbitos que adopta nombres diversos: neurastenia, fatiga crónica, ansiedad, ‘burnout’ laboral, o el que llama la OMS “encefalomielitis miálgica”. Usted mismo o muchos de los que le rodean sufren alguno de estos síntomas: agotamiento físico y mental durante largos ciclos, pérdida de memoria, desconcentración, y desasosiego, insomnio o dificultades para dormir, dolores musculares o articulares y todo tipo de disfunciones digestivas o sexuales desde la diarrea al estreñimiento crónico y la impotencia. Y los que no recurren a la farmacia, buscan el remedio –otra vez la prisa- en las drogas o el alcohol, más “efectivos” a corto plazo. Un panorama desolador.

Para luchar contra eso, hay que instituir, nos dice Concheiro,  “una nueva concepción del tiempo que desencadene otra forma de estar en el mundo, otra manea de relacionarse con los otros –sean objetos o individuos – que permita otro estilo de existencia”. Pero es difícil encontrar un medio que pueda resistirse a la fuerza dinámica de la aceleración en todos los órdenes de la vida. Uno de los autores de libros de autoayuda que popularizó el “movimiento slow”, la lentitud como forma de vida,  dijo al presentar uno de sus libros: “La ironía más grande de publicar un libro sobre la lentitud es que tienes que ir promocionándolo muy rápidamente...todo el mundo quiere saber cómo frenar...pero quieren saberlo de manera muy rápida”. La lentitud en sí se vuelve una mercancía.

Quizá por eso la apertura al instante que sugieren algunos de los autores citados, sea el camino individual, personal, una experiencia que nadie puede tener por nosotros, que suele ser incomunicable y difícil de lograr, Requiere, como todo acto de profundo conocimiento, un trabajo reiterativo, una conciencia-de-sí  intensa y profunda, ya que el instante es efímero y requiere un enorme esfuerzo de atención y energía para mantenerlo. Pero es la única forma de escapar a la vorágine de la aceleración. Y debe ser  un ejercicio reiterado, consciente y frecuente que se relaciona con momentos y detalles de una gran simplicidad. Son acciones de atención cotidiana y contingentes. Nada especialmente místico y menos esotérico (aunque algunas tradiciones orientales o místicas occidentales pueden facilitar el camino).  Es aprender a “dejarse ir”  en el disfrute del “tiempo cero”, cuando no advertimos el paso del tiempo, cuando no podemos medirlo”, como decía el compositor Christoph Wolff.  “Es el arte de esperar que las cosas se revelen, que el tiempo de detenga”. “Lo primordial –escribe Concheiro-  es hacer surgir una temporalidad que disloque la aceleración: lograr experimentar el instante, en el que los minutos dejan de transcurrir, en el que la velocidad sea algo imposible”.

Y para terminar, un volumen interesante y práctico escrito por expertos en la psicología del tiempo. “La paradoja del tiempo” de Zimbardo y Boyd. El punto de vista de análisis de ese limitado recurso del tiempo es innovador, divertido, ameno y práctico, con una base científica bastante sólida. Los autores escriben sobre las diversas maneras de concebir y tratar con ese fenómeno universal desde el pasado, la memoria, el hoy (ese instante en el que todo es real), el mañana y la trascendencia de la muerte. Muy interesantes y prácticos son los capítulos dedicados a enseñarnos cómo hacer que el tiempo trabaje a nuestro favor. Y como guinda nos ofrece una serie de consejos sobre “la perspectiva temporal ideal” que pasa por “poner a cero el reloj psicológico”. Punto en el que conecta con el texto que están ustedes leyendo y su valoración del “instante”. Para terminar les cito un párrafo final de este libro: “Buscamos sin cesar conocimientos nuevos, conjugando la gratitud por los que hallamos ayer, el asombro ante los que hallamos hoy y la esperanza en lo que hallaremos mañana.”

LIBROS RECOMENDADOS

EL AROMA DEL TIEMPO.- Byung-Chul Han. Ed. Herder.-CONTRA EL TIEMPO.-Luciano Concheiro.- Ed. Anagrama.-EL SUEÑO DEL TIEMPO.-Carlos López Otín y Guido Kroemer.-Ed. Paidós.-SER Y TIEMPO.-CAMINOS DEL BOSQUE.- Los dos de Heidegger.- Trotta y Alianza.-LA PARADOJA DEL TIEMPO.-Philip Zimbardo y John Boyd.- Paidós

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2 septiembre 2023 6 02 /09 /septiembre /2023 10:46

 ESTE TEXTO HA SIDO PUBLICADO EN EL NUMERO DE SETIEMBRE 2023 DE LA REVISTA "COMPROMISO Y CULTURA"

El pasado 11 de julio murió en París, donde residía, el escritor checo Milan Kundera, a los 94 años de edad. Como Joyce, Nabokov, Mann, Rilke, Walter Benjamín, Zweig, Leon Felipe, Hanna Arendt, Salman Rushdie y tantos otros, Kundera se vio obligado a buscar un lugar donde poder vivir en paz –y morir, sin pistola intermedia-  ya que en su país de origen estaba proscrito. Al poder político absoluto le fastidia absolutamente que  escritores y pensadores, poetas y artistas se atrevan a opinar libremente sobre ellos. El comunismo de raíz estalinista no solía aceptar de buen grado a los intelectuales críticos. Estaban destinados a ser carne de “gulag” o a “desaparecer” de la forma más discreta posible. Como en la novela de John Le Carré, resultaba incómodo en ambos lados del Telón de Acero, ya fuese espía o intelectual. En los tiempos de la “guerra fría” los intelectuales no tenían buena prensa en general (recuerden la “caza de brujas” en Estados Unidos).

En 1979 las autoridades checas le retiraron la nacionalidad a Kundera y lo convirtieron en uno de los cientos de miles de apátridas que desbordaban las fronteras. En su libro “La vida está en otra parte” el escritor checo reivindicó la libertad como uno de los frutos de la rebeldía vital que caracterizó su existencia. En 2019 Checoslovaquia devolvió la nacionalidad a Kundera, que recibió la noticia con complacida indiferencia. Cincuenta años de exilio le habían blindado contra cualquier veleidad nacionalista. Como Pirron o Epicuro, Kundera se consideraba ciudadano del mundo, un “átopos”, un individuo de ninguna parte y por tanto de todas ellas. En su obra “La inmortalidad”, publicada en 1990, el escritor discurre sobre la identidad, como un proceso más que como una adscripción. Especialmente compleja si la persona vive en un régimen autoritario donde se proclama de igualdad supuesta y aparente de todos bajo la consigna unitaria –a la fuerza- de un régimen político que exige obediencia absoluta y usa de la violencia y la intimidación para lograrla. El novelista conocía la contradicción esencial de los totalitarismos: prometen un paraíso pero imponen un infierno, donde todo el aparato propagandistico del régimen está enfocado en disolver al individuo en una amalgama de ideas homogéneas, primarias y de una simpleza sonrojante en pos de la unidad de las mentes en un objetivo común: el que emana del privilegiado aparato directivo del partido y sus sirvientes más directos. Es decir una sociedad jerarquizada, con una cúpula que disfruta de todos los privilegios, un cinturón de servidores policiales y militares dispuestos a todo y la ingente masa de todos los demás ciudadanos del país sometidos  a los caprichos y directrices –a menudo demenciales- del poder. Es decir el reino del terror de Stalin o Hitler, Mao, Idi Amin, los khemeres rojos del Pol Pot, Ceausescu y tantos otros polichinelas del terror político, ahora encarnados en Trump, Bolsonaro o Putin, sin ir más lejos.

En otras novelas, como “La fiesta de la insignificancia” o “La ignorancia”, Kundera  analiza esa imposibilidad de conocer nuestro propio yo debido a la influencia enajenadora y falaz que tienen los demás o los medios de comunicación influidos por el poder y, proféticamente, las redes sociales y la tecnología social en todas sus manifestaciones. Es la soberanía absoluta de la imagen, de las pantallas, como indicativo de la ausencia de intimidad para propiciar la creación de “yos” que solo son avatares, muñequitos,“likes” o emoticones que conforman personalidades fulgurantes, simples, esquemáticas, efímeras y vulnerables hasta el suicidio.

En cierta forma todo esto daría sentido al perfil-cero social que Kundera adoptó en los últimos años de su vida. Lejos de la voracidad de los medios, centrado en su propia existencia y en su obra, el escritor checo renunció voluntariamente a cualquier atisbo de vida pública. Tanto es así que muchos de los que amamos su obra pensábamos que había fallecido en secreto, como una versión muy paradójica y sarcástica de su primera novela “La broma” en la que un simple chiste acaba arruinando la vida de un hombre (en el régimen estalinista checo, los chistes estaban oficialmente prohibidos y castigados).

Esa es una constante de la obra de este autor, el juego perverso que el humor mantiene con el horror, el pesimismo con la ironía, la carcajada liberadora con las lágrimas de frustración, la rigidez de lo autoritario y lo fanático con  la salida ingeniosa y ridícula del hombrecillo asustado que busca una aceptación del otro que nunca es atendida. La fuerza liberadora del humor, la carcajada, estaba presente en la narrativa y los ensayos de Kundera, como una confirmación de aquella frase, creo que era de la Arendt o de Simone Weil, dos víctimas directas o indirectas de los nazis: lo primero que desaparece de las calles en un régimen  totalitario es la risa, la jovialidad, el trato amable. Los sustituye el miedo, la desconfianza, la inseguridad, la tristeza y el silencio. Ese es el trasfondo de la huida de un desengañado Kundera de su país tras la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968.

Para poder trabajar en esa dialéctica entre el horror y el humor, Kundera echa  mano de la filosofía, no sólo del existencialismo de Sastre o de la fenomenología de Heidegger, también del Nietzsche de la angustia del yo o el Kafka del absurdo, del Musil del hombre sin atributos o del Hermann Broch (el de “La muerte de Virgilio”) que bucea en la inconsistencia de las motivaciones de las acciones humanas. Sin olvidar a un Rabelais o un Diderot. Por tanto Kundera acaba reconociendo que sus novelas “no examinan la realidad, sino la existencia”, es decir la variabilidad y absurdo de las actitudes humanas que muchas veces se enfrentan auto destructivamente a la realidad. Lo cual nos lleva a “La insoportable levedad del ser”, la novela best-seller de Kundera, donde el escritor nos apunta que la única salida posible y digna a esa situación es el ejercicio de la ironía y el humor, única arma para afrontar la unamuniana condición o “sentimiento trágico de la vida” y la naturaleza del desarraigo vital que instauró el siglo XX, espíritu de una época que hoy padecemos aún más, en el declive de las ideas y los valores de vigencia universal. Ese es el nihilismo y la negatividad del siglo XXI, un malestar existencial que Kundera trata de sobrellevar con su narrativa y su ironía dura y sarcástica.

Para un amante de la novela cervantina, Kundera es como un efecto lógico del realismo desengañado y pleno de humor irónico de don Miguel trasplantado al siglo del Gran Hundimiento Humanista, el XX, con sus dos guerras mundiales y más de un centenar de conflictos armados y genocidios en el resto del mundo. Quizá por eso no le importó demasiado que se le negara la opción al Nobel por una supuesta delación cometida en su juventud contra un compañero escritor durante la época estanilista dura. Kundera negó siempre esa noticia y la  atribuyó a maniobras de desprestigio orquestadas por el comunismo activo en Occidente contra un “traidor” de la Causa.

Lo cierto es  que Kundera al final de su vida trató de aceptar el reconocimiento de su país natal sin acritud o amargura. Recibió el Premio Nacional de Literatura checo en 2008 y el Premio Kafka en 2021. Como muestra de reconciliación, Kundera donó su biblioteca y sus archivos personales a la Fundación que lleva su nombre en la ciudad de Brno, donde nació. Siempre había dejado bien claro que él era un escritor no un político o ideólogo: “No me siento cómodo en el papel del disidente. No me gusta reducir la literatura y el arte a una lectura política. La palabra disidente significa suponerle a uno una literatura de tesis, y si algo detesto es precisamente la literatura de tesis. Lo que me interesa es el valor estético. Para mí, la literatura pro comunista o la anticomunista es, en ese sentido, lo mismo. Por eso no me gusta verme como un disidente”, declaró a “El País” en 1982, en una de sus últimas entrevistas, tras su rechazo total al “despotismo” manipulador de los medios de comunicación. A partir de 1986 el escritor checo exiliado en Paris decidió “beckettizarse”, es decir, seguir el ejemplo de Samuel Beckett y dar por cerrados sus contactos con los medios. La respuesta no se hizo esperar. Muchos rechazados empezaron a buscar la forma de desacreditarle. En el “cafarnaum” de los medios negarse a hablar y aparecer se convierte en una ofensa de lesa majestad: el público y el ruido lo es todo. Dejamos el tema. La picota pública es demasiado visible en las redes y ha realizado auténticas canalladas y provocado incluso el suicidio de algunas personas.

Pero pasemos a su obra y dejemos al escritor celoso de su privacidad y su libertad. Un rápido paseo por algunas de sus novelas y luego nos detendremos en una en particular “La fiesta de la insignificancia”. No porque sea la mejor, pero si es la que, de alguna forma, resume en cierta forma el personal ideario social y ético, estético y literario de Kundera. Es una carcajada triste que resume nuestra época mejor que un ensayo político. Su humor, como en Rabelais, como en Cervantes, arranca de la profunda desdicha, la ignorancia, la insoportable levedad del ser…como en Don Quijote, la tozuda y mezquina realidad mostrenca convierte a los gigantes en molinos, al bálsamo de Fierabrás en un brebaje inmundo, a los ejércitos en rebaños de ovejas y corderos, a un palacio almenado en una venta miserable, a una doncella en Maritornes, una puta del partido, al caballero de la Blanca Luna en el vengativo Sansón Carrasco, a los Duques señoriales en nobles burlones, despiadados, ignorantes y mezquinos y, ay, a la sin par Dulcinea del Toboso en una aldeana sin encanto alguno, zafia y despreciativa. Kundera a través de su obra, empezando por “La broma”, juega ese mismo -burlón, pero triste y a veces patético- juego cervantino (no en vano es un fanático de don Miguel) y lo hará en casi todos sus libros, navegando entre la sátira, el ridículo, el humor grotesco, el absurdo, el realismo mágico, la humillación, el esperpento y el erotismo desmadrado y un poco sórdido. En esa novela, Kundera revela el aciago destino  que puede tener un simple chiste o frase ingeniosa escrita imprudentemente en una postal en la Chescoslovaquia comunista. La frase era “El optimismo es el opio del pueblo” y  le cuesta la ruina en vida a su protagonista. La sensibilidad ante la crítica, aunque sea una simple chispa de ingenio, es una de las debilidades vengativas ridículas de los regímenes totalitarios.

El libro de la risa y del olvido

En 1979 sale a  la luz un libro cajón-de-sastre: nuestro autor era muy aficionado a las digresiones, reflexiones, autocríticas, relatos caprichosos y textos entre el ensayo y el guiño social. Le encantaba despistar al lector con su búsqueda incesante de nuevos cauces narrativos y fórmulas literarias con afán de novedad. En muchos de estos textos ya se vislumbra con cierta claridad el pensamiento y la mirada crítica del escritor en torno a la sociedad en la que vive. Era jugar con fuego.

La insoportable levedad del ser

En 1984 se publica la que muchos consideran mejor obra de Kundera. Hubo versión cinematográfica de gran éxito y quedó establecido el talante irredento y mordaz del escritor, así como su visión lúdica, trágica y sensual de la existencia. La Praga del 68 (un año histórico para el país) la visión que de ella tiene el autor, con todas las connotaciones críticas  sociales y políticas, la represión y la estupidez de la burocracia oficial comunista, son los ingredientes de una novela existencial excelente, en muchos momentos rozando el absurdo de Kafka o el ridículo surrealista y sexualmente procaz de “Tristram Shandy”.

El arte de la novela 

En 1986, Kundera, escribe uno de los textos más logrados y felices sobre la novela como género literario. Ya desde su definición “La novela es un arte nacido de la risa de Dios”, como una especie de territorio mágico imaginativo y de conocimiento cuyo proceso continuo a través de los tiempos es el epitome y el curso caudaloso de todas las grandes novelas de todos los tiempos que se van enriqueciendo en cada nueva aportación. Para quien esto escribe, el capítulo dedicado  a “La desprestigiada herencia de Cervantes” es uno de los textos más interesantes que he leído dedicado al inabarcable Cervantes.

Los testamentos traicionados 

En 1992 da una vuelta de tuerca a la obra anterior y escribe un ensayo sobre la novela como si fuera en sí mismo otra novela. Utiliza la música como vehículo comparativo y las obras y presencia de otros autores, como Hemigway o Kafka y aprovecha para lanzar su cuarto de espadas sobre la mesa de la naturaleza del autor y de los peligros que le acechan. Eso se convertiría en una de las “bestias negras” de Kundera, por su temor a ser mal interpretado o manipulado (en las traducciones era casi patológica la firmeza y cuidado con la que sometía a sus textos y a los traductores). La cuestión de confundir al autor con sus criaturas y vivencias novelescas se estaba convirtiendo en un complejo de rechazo que le duraría hasta el final de su vida.

El telón. Ensayo en siete partes 

En el nuevo siglo, Kundera vuelve a la historia de la novela y comienza con la revolución narrativa que supuso “El Quijote” y todos los temas y cuestiones relacionados con la creatividad y las grandes figuras de la literatura mundial.

Y tras este apresurado y selectivo, por tanto no completo,  paseo por la obra del escritor checo, nos detenemos un poco más en su último libro publicado:

La fiesta de la insignificancia

En 2014 sale a la palestra pública esta novela  donde se juega, en uno de sus capítulos, con el cuento metafórico del nuevo traje del rey, supuestamente realizado en telas tan sutiles que parece que el rey va desnudo (lo que en verdad ocurre). Es el engaño, la broma que deja de ser algo cómico para convertirse en tragedia. El “rey” del cuento de Kundera se llama Joseph Stalin. El siniestro dictador, al final de su vida, ya irremediablemente delirante, cuenta un relato que parece cómico. Tiene que ver con la caza de unas perdices. ¿Qué hacer? Si te ríes y no era cómico para Stalin, te cuesta la vida. Si, por el contrario, trataba de que soltaras la carcajada y no lo haces, es un insulto para el monstruoso ego del dictador. Y también lo pagas claro. Parafraseando, apropiadamente,  a Lenin, uno se pregunta una y otra vez “¿Qué hacer?”. Nuevamente transitamos por el resbaladizo terreno de la broma, el chiste, el sarcasmo surrealista, donde se recurre constantemente al destino dramático del ser humano, entre el absurdo, lo erótico (siempre rozando lo escatológico) y la sordidez y el miedo enquistado como una lepra en el cuerpo social.

Con momentos de absurdo surrealista, como el episodio de la pluma que sobrevuela una reunión mundana y se pasea en torno al dedo levantado de una de las invitadas con más glamour,  entre los aplausos de los aburridos asistentes o el juego retórico que se llevan tres amigos sobre la moda juvenil femenina de pasearse mostrando el  ombligo y la sabia disquisición sobre los elementos más atractivos de las mujeres, las caderas, los pechos o las piernas. “La insignificancia, amigo mío, es la esencia de la existencia. Está con nosotros en todas partes y en todo momento.” Dice uno de los cuatro protagonistas. El testamento literario de Kundera me recuerda el talante desafiante, subversivo e iconoclasta de otro grande, éste del cine, don Luis Buñuel. Leyendo “La fiesta de la insignificancia” me parecía estar viendo en una pantalla las escenas que narra Kundera con un Fernando Rey o un Francisco Rabal o una Silvia Pinal interpretando a los personajes del escritor checo.

Decididamente, y que los incondicionales de Kundera me perdonen, me quedo con sus ensayos “El arte de la novela”, “Los testamentos traicionados” y “El Telón”. Y, claro, su novela paradigmática, “La insoportable levedad del ser”.

FICHA

Todas sus novelas y ensayos  están al alcance de todos los españoles –como el NODO-  en cualquier buena librería. Están editados por Tusquets, con excelentes traducciones, revisadas por el autor.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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2 septiembre 2023 6 02 /09 /septiembre /2023 10:41

LOGOI 317

“MACHO” HISPÁNICO

Me han alarmado  las reacciones del mundo del futbol – y la falta de ellas en los estamentos políticos- al suceso del directivo  Rubiales y la jugadora del equipo nacional femenino de ese deporte a la que sometió, a causa del entusiasmo victorioso, a un beso en los labios no solicitado y por tanto ultrajante, inadecuado y, no rechazado por su carácter público, el cargo oficial del sujeto y la circunstancias excepcionales en el que se produce. El episodio resulta bochornoso, infame y grotesco.

Algunos dirán que lo que antecede es excesivo, sesgado de moralina y poco comprensivo con el supuesto ardor hispánico deportivo o futbolero. Miren ustedes, yo creo que todos  entendemos lo que se dilucida en el fondo de la cuestión: ni el lugar (ante las cámaras de medio mundo), ni el acto, ni el directivo involucrado, ni la educación, elegancia o cortesía que se le exige como personaje público que es, fueron las adecuadas o  correctas.

Ha habido un clamor de peticiones de medidas punitivas contra Rubiales, incluso algún remedo de disculpa del cuitado (que sólo ha añadido más leña al fuego). El petulante sujeto, como aquellos “machos” hispánicos de triste memoria en otros tiempos, no sólo se atrinchera en la Federación futbolera,  sino que se manifiesta como víctima  de “una cacería humana” y recibe -con ataques feroces al ‘falso feminismo’- la medida de ser apartado durante 90 días de su puesto directivo, mientras se tramita el expediente disciplinario incoado contra él, incluso por la FIFA. Con gestos  físicos  y verbales que recuerdan los de personajes tan ilustres y ejemplares como Mussolini, Bolsonaro o Trump (en uno de esos gestos incluso los supera: el de agarrarse ostensiblemente en público ciertas partes anatómicas masculinas que son consideradas el símbolo del poder por una determinada clase de individuos) el citado Rubiales muestra la acrisolada educación de la que hace ostentación “viril”.

Pero, ¿cuántos adolescentes, jóvenes y maduros ciudadanos “libres de toda sospecha”, incluidas algunas, pocas, mujeres, aplauden los gestos machistas y obscenos del individuo, su contumacia agresiva y su “superioridad  de género” (masculino)? Luego, no es sólo un insulto a la dignidad femenina sino un ejemplo de hasta dónde puede llegar en una sociedad tal actitud abusiva, sin justificación legal, biológica o social. La mentalidad sexual y el respeto obligado a las mujeres, desde los niños a los adultos, se deforma a base de ejemplos nefastos como el de Rubiales. Se requiere una condena explícita de los hombres de este país.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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17 marzo 2023 5 17 /03 /marzo /2023 19:08

Publicado en "Heraldo de Aragón", 170323

En 1928 Stefan Zweig escribía: “Ya no cabe el mito en lo terreno, ni aún en las estrellas…es a sí mismo donde el espíritu siempre ansioso de saber tendrá que dirigirse: es a su propio misterio donde se verá arrastrado por la atracción de lo desconocido… así que el descubrimiento de sí  mismo, el propio conocimiento, ha de ser el tema del futuro…ahora, un enigma irresoluble para la humanidad”.  El yo ha sido un enigma que ha preocupado a. filósofos, psicólogos y pensadores espirituales de todas las disciplinas desde la antigüedad y siguen en ello con la ayuda de los neuro científicos de hoy.

Durante siglos, el Yo y la conciencia ha constituido para todos los que buscaban situarlos y definirlos,  una permanente pregunta, corrosiva e irresoluble, a pesar de aplicarse en la investigación secular todas las técnicas posibles, empeñados en la busca de una imagen sencilla y comprensible (y comunicable, claro está) de su naturaleza huidiza. Ha sido preciso dar con la nueva neurología –los años 20 del siglo XXI – para comprender que el Yo es una respuesta, no una pregunta. No “la” respuesta, sino “una”. Una corriente especulativa como el “pansiquismo”, trató de hallarla por un proceso de unión, considerando la conciencia, propiedad esencial del universo, como la velocidad de la luz o la fuerza gravitatoria. La conciencia, según dicen, está presente en todas las cosas,  en diferente medida y cualidad, por supuesto.

Parece que no nos movemos de la especulación, la física, la biología y el elemento espiritual y seguimos estancados. Pero no es así, puesto que las neurociencias han enriquecido radicalmente el escenario y aportan los elementos de una concepción nueva. Entre otras teorías, hipótesis y descubrimientos  asociados al redivivo paradigma de la relación profunda entre todos los seres vivos y la superación de la dicotomía cartesiana del cuerpo-mente en los humanos, he indagado en la bibliografía  de neurólogos y filósofos, desde un clásico como Daniel Dennet con “La conciencia explicada” (Paidós) o el reciente y clarificador texto de la neuróloga Nazareth Castellanos, “Neurociencia del cuerpo” (Kairós), o el fílósofo cognitivista del libre albedrío, John R. Searle, a las obras de Spinoza, Nietzsche, Hume o Epicuro.  El proceso de comprensión del yo y su naturaleza, es problemático. Como decía David Hume, “cada vez que penetro en lo que llamo ‘mí mismo’ tropiezo en todo momento con una u otra percepción física, orgánica…nunca puedo atraparme a mí mismo sin una percepción y nunca puedo observar otra cosa que la percepción”. ¡Y Hume nos decía esto en 1739, en su “Tratado de la naturaleza humana”! El pensador escocés se situó frente a Descartes e influyó en Kant con su empirismo lógico que sostenía que la experiencia es la fuente de todo conocimiento humano, ya sea a través de los sentidos o auto experiencia. El cuerpo pasaba a ser una vía cognitiva preferente, aunque Hume no llegó a sospechar los elementos que la actual neurociencia ha descubierto.

Empezar a comprender la naturaleza operativa del Yo, aislándolo de los fantasmas adheridos a él por la historia personal, la educación y la memoria, es un trabajo complejo que desborda el objetivo de este artículo. Pero es interesante señalar algunos datos que aportan los neurocientíficos,  que vienen a confirmar, gracias a las nuevas tecnologías, muchas intuiciones filosóficas. Digamos que el cerebro, la conciencia y el yo, de la mano de los neurólogos, aprovechan una vía amplia de comunicación neuronal, molecular, electroquímica y enzimática de dos direcciones, desde las vísceras, la piel, el estómago, los intestinos, los pulmones…subiendo a una velocidad de vértigo hacia el corazón y el cerebro y volviendo incesantemente a repetir los viajes, hasta cuando dormimos.

En esa maraña de autopistas, carreteras, pistas y senderos, que forman el Sistema Nervioso Autónomo, viajan los mensajes –en hormonas que son paquetes de información-  ante la ignorancia supina de la mente. Y el evasivo yo,  que cree saberlo todo y sólo conoce los efectos de lo que ocurre en la cocina del cuerpo, con un chef encaramado al piso superior, el cerebro y su gemelo en el corazón –a veces ayudando y  a veces estorbando- para que todo funcione bien. Recordemos que la serotonina, una de las llamadas “hormona de la felicidad” (junto a las dopaminas y oxitocinas), se sintetiza en su mayor  parte en el intestino, como también la histamina.

En el cerebro es donde “se produce” el fenómeno de la mente -y sus contenidos-: ambos son distinguibles…pero inseparables. Y sus conexiones, casi instantáneas, con el resto del cuerpo, estimulan o inhiben nuestras reacciones, nuestras actitudes, comportamientos y en otro orden o nivel, nuestras creencias, ideas o reflexiones. El yo y su esquiva sombra es, como decía Churchill de la Rusia de 1939, “un acertijo envuelto en un misterio, dentro de un enigma”. Pero hay algunas claves…

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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25 noviembre 2022 5 25 /11 /noviembre /2022 16:28

La infocracia, como la ha llamado Byung-Chul Han, es un sistema político que ha construido un nuevo paradigma sostenido por los herederos directos de la digitalización. En este nuevo modelo de organización social, el individuo -entre otras cosas- respondería a los estímulos de la información como el galgo de la fábula. Un ser que, por instinto, va en busca de la noticia, pues siente, de manera casi vital, que eso lo conecta con el mundo. Despojado, en la sociedad digital, de las cadenas analógicas, el neo-informado percute compulsivamente las patas para lanzarse cavernícolas a la caza de información. Luego, una vez entre sus fauces, no se le ha enseñado a despellejarla y desvestir la sabrosa carne. La abandona, una vez alcanzada, dejando atrás la razón y, como el lebrel, inquieto (aunque, al menos para sí mismo, no confuso) salta en busca de la siguiente presa.

En los albores de la posmodernidad, antes del estallido de la red, hablábamos, como hacían Habermas o Manuel Castells, de mediocracia. La mediocracia, entendida como el poder de los medios, se caracterizaba por una imposición del relato desde las atalayas de los medios de comunicación tradicionales. Principalmente, los televisivos; la comidilla previa a la aparición del periodismo digital y las redes, eran los párrocos de la verdad. Con el ligero problema de que, como decía Kapuściński, el “telespectador de masas, al filo del tiempo, no conocerá más que la historia telefalsificada y solo un pequeño número de personas tendrán conciencia de que existe otra versión más auténtica de la historia”. A eso podemos añadir la capitalización de dichos canales de comunicación por el ocio y la perpetua búsqueda del entretenimiento. Algo que, para Habermas, entraba en conflicto directo con la existencia de un discurso racional.

En la infocracia, dirigida desde los nuevos canales de datos, el objetivo en los individuos es similar, la consecución de un placer, pero abandonado el terreno de la performance televisiva y analógica, este se encuentra en el autoadoctrinamiento y el narcisismo ideológico. En este recién estrenado sistema político, el big data y el reinado del algoritmo, ¡oh, algoritmo! ¡Ojo del Futuro, Destino Manifiesto de la Verdad!, proporcionan a los consumidores un relato antropofágico de sus deseos. En busca de información, el sistema los devuelve constantemente a aquello que los reafirma. Como dice Han, el macrodato sustituye la narración por lo numérico. Al ser lo numérico un absoluto sin discurso, nace una coreografía de la unilateralidad. Un onanismo de la noticia distanciada del hecho fáctico y arropada por el sentimentalismo, el oportunismo y la superficialidad.

La información ya no se divulga, se poliniza. Empleada como esperma mental, necesitamos de su alto contenido en actualidad para sentirnos parte de la vida. Estamos educados para creer que, sin avalanchas de datos, se nos escapa la existencia, cuando lo que se nos escapa es la razón, y lo que se nos brinda es una verdad como la de Goebbels; amartillada por constantes mentiras. Esto radica en que la catedral sobre la que reposa el peso de la civilización digital se alimenta del culto a la sobredosis. Cuanto más, mejor, se nos hace creer (cómo siempre ha defendido el capitalismo) y, sin embargo, no hay peor ignorancia que la que se cree sabia. Una brillante forma de economía vital ante la que los consumidores se pliegan vanagloriándose, como fanáticos que sólo han leído el Corán, en los divinos conocimientos sobre los que conocen el titular, pero sobre el que no han razonado ni dos minutos. Y es que, más fácil que domesticar un pueblo inculto, es dominar uno desinformado.

En esta línea, si regresamos a la infocracia de Han, el filósofo ve una evolución respecto a los viejos regímenes. En el antiguo, el espectáculo visibilizaba la dominación. Los sometidos eran conscientes de su sumisión a través de las representaciones populares del poder. En la Era Moderna, existía una mirada cargada directamente contra el ciudadano, lo que lo motivaba a cubrirse bien en la metafórica ducha de la sociedad para que los voyeurs dominantes no se regalasen la vista con sus pudores. Ahora, el régimen de la información nos regala un impoluto habitáculo; pulcro, de exquisita composición luminosa y cristales opacos, donde nos sentimos tan cómodos que lucimos los colgajos sin reservas. Poco importa que, al otro lado de la difusa mampara, el poder nos observe libremente.

Gozamos de ello como si nos hiciesen un final feliz mientras nos roban la cartera y la identidad. ¡Manipulación reglada de nuestros secretos! ¡Violación del autodesconocimiento! Porque al partir en roadtrip por las nuevas autopistas de la comunicación, dejamos una estela de transparencia tras nosotros con la que los algoritmos se ponen las botas de datos que, acto seguido, les permiten asfaltar el camino que habremos de recorrer. La infocracia explota nuestra libertad para optimizar el control, al que rendimos pleitesía con la eucaristía del like.

Otros, como Pierre Levy, han visto en esta nueva vía de comunicación la posibilidad de una “democracia virtual” o “ciberdemocracia”. La potencialidad de alcanzar una democracia directa, en la que los ciudadanos tendrían mayor acceso y decisión sobre instituciones, públicas y privadas, a fin de lograr un escenario óptimo para el intercambio de ideas y propuestas. Y, ¡he aquí un punto vital! Si bien parece que esta nueva forma de divulgación, de control y de adaptación beneficiosa de la verdad, se justificaría en la estructura tecnológica, Han, como otros -incluido servidor-, no focaliza la culpa del crimen en el arma, sino en el móvil. Los macrodatos no han hecho más que alimentar la crisis narrativa existente. 

En la guerra de la información se ha producido una quiebra del “pensamiento discursivo” que, para filósofos como Hannah Arendt, se sostiene en la necesaria existencia de un otro presente, capaz de rebatir las ideas. Se ha impuesto, paulatinamente, toda una ergonomía basada en el pensamiento unilateral y autista que impide la acción democrática. El orden comunicativo se ve mutilado de progreso al condenarlo, irremediablemente, al conflicto, esquivando la posibilidad de que haya desviaciones del discurso en un sentido positivo. No es la tecnología la que enferma la comunicación y el orden democrático, sino la desaparición del otro como sujeto de cuestionamiento.

De ahí que las líneas entre verdad y mentira sean cada vez más difusas, hasta el punto de que no se promueve la falsedad, ya que eso justificaría la existencia de una verdad no presentada, sino la construcción de nuevas verdades basadas, no en los hechos, sino en el sentimentalismo y el beneficio mercantil. Una información menos compleja, que despacha rápidamente la inseguridad, y a la que, como el galgo, los habitantes de la infocracia se lanzan sin remedio con el objetivo de satisfacer sus impulsos. Luego nacen las tribus, gregarias radicales y sectarias, que se vanaglorian en ese nihilismo de la verdad en el que todo es mentira, salvo aquello que les conviene.

Pero, como no hay análisis sin síntesis, existe una posibilidad; liviana, sutil e individual, de paliar este torbellino crítico. En primer lugar, no cayendo, como borrachos a la calzada, en el bombardeo algorítmico de propuestas que se nos lanzan cada vez que navegamos por la red. Así es, ese bolso que miraste una vez y ahora no para de salir en todas partes, o esa noticia escabrosa, sin ningún contenido más interesante que la satisfacción de una curiosidad cotilla, son territorios a esquivar. En segundo, y esta sería la más relevante, promoviendo, sobre todo en nosotros mismo, la posibilidad de ser autocríticos, de favorecer los canales de la discusión y, sobre todo, no negando la otredad, sino abriéndose a su enriquecedora existencia incluso con el temible riesgo de hacernos cambiar de opinión. En definitiva, aprender a desmenuzar la caza, no siendo un galgo doméstico, sino uno libre.  

SOBRE LA FIRMA

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31 octubre 2022 1 31 /10 /octubre /2022 18:41

ARTICULO PUBLICADO EN "COMPROMISO Y CULTURA", NOV.22

En estos tiempos digitales, los principios y los valores son monedas de escaso uso en un universo absurdo dominado  por “influencers” , por demagogos a sueldo de lo que llamamos “política”, (un producto más de mercadotecnia), una subclase ética formada por “políticos de ocasión”, mercaderes fraudulentos, iluminados varios y pseudo expertos. La mayoría de la población integra una masa manipulable, sin posibilidad  de rebelarse o redimirse porque mantiene un canon de vida basado en pasarlo lo mejor posible, trabajar lo menos posible y vivir  inmersos y aislados por sus pantallitas, sus fiestas y sus temores y angustias. Cada vez más individualizados, alejados de las reglas y costumbres de convivencia tradicionales o de emociones y sentimientos más complejos que el “coleguismo” en deportes o en botellones.

En esta sociedad virtual, triunfa la charlatanería, las noticias falsas, las mentiras más descaradas, gracias a una amplia red digital desde donde  medrar y actuar y a una afirmación más llamativa, aberrante o disparatada que la aburrida, sencilla y estoica verdad. En realidad, la mentira o la falsedad es uno de los motivos más reiterados en la historia del pensamiento, la literatura y la ciencia.  Fraudes, imposturas, falacias, fingimientos, nutren la existencia, el arte y la ciencia de los seres humanos. Y aunque existen en nuestro legado cerebral estructuras como la amígdala o el circuito cingular anterior que nos alertan para percibir en el rostro, la voz y los gestos del interlocutor las mentiras y el fingimiento, con la supremacía de las redes o la comunicación  escrita, es imposible percibirlo. Las redes despliegan entornos favorables a la manipulación, las estafas, las falsedades, la tergiversación y las más absurdas y dañinas calumnias. Y lo peor es que Facebook, Instagram, TicToc o Twitter no nos facilitan ningún detector de mentiras, algoritmo o vigilancia humana para contrastar la veracidad de lo que se dice en las redes, por lo que una noticia falsa recibe atención y difusión similar a una verdadera.

Permítanme  que les sugiera algunas lecturas para ayudarles en esta travesía de la mentira: “Verdad. Una breve historia de la charlatanería” de Tom Philipps; “Mentira, impostura, estupidez”, de Rolad Breeur; “Todo el mundo miente” de Seth Stephens-Davidowitz; “Fake News.Haters y Ciberacoso”, de Mauro Munafó.

Una de las razones profundas del actual desbarajuste político, social y humano, es que la verdad se ha convertido en algo improbable y la mentira en una banalidad. Estamos acercándonos a la pesadilla que imaginó Orwell: en todas partes parece haber un “Ministerio de la Verdad”, donde los hechos se rectifican diariamente para hacerlos coincidir con las circunstancias que rigen o que interesan en ese momento. Las reclamaciones contra la patética “posverdad” que nos venden, no tienen curso legal y son trivializadas. La propaganda, las “fake news”, la desinformación, el recurso a los “hechos alternativos” o los negocios particulares o empresariales que sostienen las teorías conspirativas, están radicalizando a la sociedad y erosionando y desacreditando las instituciones democráticas. Sólo nos falta un caudillo carismático que prometa “seguridad y claridad” a cambio de dictadura.  Un nuevo orden mundial asoma sus orejas de lobo, retorciendo y relativizando los derechos de casi todos a favor de la minoría de los de siempre.

Los libros recomendados, no sólo muestran el curso de las falsedades y la precariedad de la verdad, tan amenazadas en estos tiempos, sino que nos permitirán comprobar que toda esta situación sobre la falsedad ha existido unida desde los principios de la cultura humana, cuando había que hacer prevalecer los intereses propios contra los hechos, manipulando lo que es verdad para que se ajuste a los deseos y beneficio del interesado. En “Verdad” de T. Phillips, se nos dice “llevamos toda la historia inventando falsedades acerca de los acontecimientos sucedidos en el mundo pero también inventando disparates sobre el propio mundo, ya sea creando montañas imaginarias o países completos ficticios” y nos ha importado un rábano que se presentaran pruebas o hechos que lo desmentían. Los orates que en pleno siglo XXI reivindican una tierra plana, conforman  una prueba de esa curiosa ceguera obcecada e interesada. Como dice este autor: “Quizá la historia de los  errores de la Humanidad sea más valiosa e interesante que la de sus descubrimientos”. Ya que, “si aspiramos a ser más veraces hemos de estudiar más intensamente los inmensos y fértiles campos  del error, con el fin de conocer mejor lo que estamos haciendo mal antes de intentar hacerlo bien. Básicamente, necesitamos convertirnos en estudiosos y críticos de la charlatanería”. La mayor preocupación respecto a las mentiras, no es que la gente se crea las noticias falsas, sino que dejen de creer en las noticias reales y veraces. La gente ya no confía en los expertos porque internet y muchos medios han trivializado los saberes y han creado “expertos” por doquier. Nuestra vida diaria es una batalla permanente contra la desinformación.

Evolutivamente  se ha demostrado que un cerebro más grande implica una mayor mendacidad. Los niños empiezan a decir mentiras a partir de los dos años de edad, no mucho después de aprender a hablar. Y no es difícil creer al estudio psicológico que afirma que cada uno de nosotros miente al menos una vez al día y que, en los diez primeros minutos de conversación cuando conoces a alguien, habrás dicho un promedio de tres mentiras. A menudo no detectas que estás mintiendo ya que lo haces sin ser consciente de ello: y ello lo puedes percibir cuando casualmente hablas acerca de lo que has hecho, de lo que eres capaz de hacer o de tu vida social. Haz la prueba. Te asombrarás. Son pequeñas mentiras sin importancia, casi automatizadas… pero son mentiras. Esto evidentemente no justifica de ninguna manera las denuncias que hacemos contra la desinformación, sino que nos alerta de que la labor empieza por nosotros mismos y que el espíritu crítico es el único instrumento capaz de empezar a frenar esta pandemia de mentiras que nos asola. Para muestra, la guerra de Ucrania: ha sido un polvorín de mezcla de rumores, mitos y propaganda falaz, alimentando mentiras desaforadas e incontrolables. Por los dos lados, para mayor vergüenza de todos.

El siguiente volumen: “Fake News” de Mauro Munafó, incide en la cuestión. Eficazmente ilustrado por los dibujos de Marta Pantaleo, el texto es de una manifiesta claridad. Analiza la actividad de los haters y el ciberacoso, (de tan lamentable actualidad),  y nos aclara un poco qué intereses hay detrás de todo ese mundo líquido. Y, mucho más útil, cómo protegerse de esas trampas permanentes que la Red nos coloca delante de los ojos, a veces de forma seductora y casi siempre mendaz. Se analizan las mentiras que cabalgan por la Red sirviendo a intereses políticos, étnicos  o sobre temas de salud  y todos ellos con tendencia  conspirativa y con el apoyo de una complaciente –y falsa- pseudo ciencia. También se nos advierte sobre la necesidad de “verificar los hechos” y los canales por los que debemos hacerlo, alertando contra la tendencia a aplicar el llamado sesgo de confirmación: aceptamos fácilmente las mentiras que confirman una previa creencia nuestra, por irrazonable que sea.

Un libro que complementa estas reflexiones, desde “dentro” de la complejidad de las redes,  es el de Seth Stephens, “Todo el mundo miente”, donde se nos cuenta como Internet y los “big data” se están convirtiendo en un auténtico manual de nuestras creencias, deseos, temores. Y también de los más escondidos y secretos pensamientos y tendencias, acciones y decisiones de todos y cada uno de los simples usuarios, obsesionados por la conexión permanente a las redes. Conocen nuestros sesgos informativos, y así las empresas punteras nos controlan, utilizan y explotan.

Como dice el autor, en un día promedio en las redes se mueven ocho millones de gigabytes de datos, todos  estructurados por algoritmos cada vez más sutiles y exactos que recaban una información de lo más íntimo de cada uno de los usuarios como jamás en la historia de la Humanidad se había obtenido. ¿Y sabemos qué se hace con esa información privada, quién la controla y sobre todo quién controla a los controladores? 

El filósofo francés Roland Breeur con su “Mentira, impostura, estupidez”, cierra este paseo alarmante por la sociedad de la  “postverdad”  y los “hechos alternativos”.  El expresidente Donald Trump, cada vez que hablaba, soltaba un mínimo de 30 mentiras obvias y demostrables (según un análisis realizado por el Washington Post). Trump podría volver a la Casa Blanca, como Johnson el “brexitmaniaco” al 10 de Downing Street o Bolsonaro el “profeta” brasileño, al poder. Estos son los paradigmas políticos de la nueva sociedad de la posverdad y la falsedad descarada.

Para luchar contra ello, Breeur nos muestra los mecanismos psicológicos que se usan en la mentira y los medios de ocultación y manipulación que se usan de forma casi industrial para desbancar lo verdadero y socavar las certezas. Y así, en el actual reino de la mentira, donde la verdad languidece, se está propiciando una gran amenaza política: “la seña de identidad de los estados totalitarios es el deseo de reescribir la historia, de forma que estas falsedades históricas pueden sonar más convincentes que la realidad, pues confirman lo que queremos creer o ayudan a suprimir cosas que queremos olvidar”. La falsedad globalizada es el fin de la democracia.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHAS

VERDAD.- Tom Phillips.-Trad.Pablo Hermida.-267 págs.                                                  Ed. Paidós//FAKE NEWS.-Mauro Munafó.-Ilustraciones Marta Pantaleo.-127 págs. Ed. Laberinto//TODO EL MUNDO MIENTE.-Seth Stephens-Davidowitz.- Trad. Martin Schifino.-287 págs. Ed. Capitán Swing.//MENTIRA, IMPOSTURA, ESTUPIDEZ.- Rolad Breeur.-Tra. José María Cabezas.-109 págs. Ed.Bibliotecanueva

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7 octubre 2022 5 07 /10 /octubre /2022 09:42

Curiosamente la simple lectura de un clásico del siglo XX, sir Arthur Conan Doyle, una novela de su ciclo del profesor Challenger -un personaje a la altura de Sherlock Holmes y de algunas figuras de Dickens o de Wilkie Collins- me ha puesto en la pista para entender a la pasión anglosajona científica por explicar los fenómenos, sus teorías y axiomas, a partir de los datos que ofrece las experiencias a un observador bien motivado. Extrapolando esta observación do es aventurado suponer que en eso está el secreto de los descubrimientos que esa cultura ha realizado con el manejos de datos a nivel de la economía de los algoritmos (y su subsiguiente empleo en ingenios como Google, Apple o Amazon.

El apasionante libro de Laura J. Snyder  nos invita a un recorrido espectacular: el nacimiento e partir del siglo XIX de una ciencia moderna y su consiguiente y omnipresente tecnología, que nos ha hecho la vida más fácil y cómoda, eficiente y fructífera, pero también nos ha esclavizado de alguna manera a su necesidad perentoria y ya no sabemos vivir sin ella.

La ciencia, con su método tradicional, los griegos ya lo empleaban a otro nivel, naturalmente, basado en la comprobación y validación de una teoría a través de experimentos y de los datos que proporcionan. La ciencia actual tiene padrinos más o menos conocidos, una serie de investigadores y científicos  cuyos empeños y clarividencia científica lograron en el siglo XIX  aplicar una serie  de exigencias metodológicas y la praxis subsiguiente que formaron el esqueleto teórico de la ciencia moderna.  De entre esos investigadores, la Snyder escoge a William Whewell, Charles Bagge, John Herschel y Richard Jones  como los profesores Challenger que desgajaron la ciencia  de la charlatanería, del ingenio malicioso, la superstición o la imaginación excesiva e inapropiada.

Charles Babbage  diseñó la primera computadora; William Herschel dio unas herramioentas y principios nuevos a la astronomía; Richard Jones logró que la economía política podía basarse en principios racionales, alejados de los siempre confusos y contaminantes intereses de sectores particulares y William Whewell, un científico con intereses teológicos y filosóficos consiguió que todos los anteriores trabajaron conjuntamente para validar una forma de percepción de los fenómenos de sus propias ramas de la ciencia en un concepto progresivo unitario. 

Los cuatro científicos trataron que sus ideas y datos, unidos a un sistema articular de análisis, comprobaciones y refutaciones lograran un propósito superior: hacer el mundo más comprensible y mejor. Su enorme esfuerzo y su anhelo de entender mejor el mundo los llevó a realizar infinidad de investigaciones impulsadas por una única pasión, una ciencia liberada de la charlatanería, las ideologías, las religiones y las supersticiones. Una ciencia basada en el método inductivo del filósofo británico del s. XVII, Francis Bacon  que superaba el método deductivo tradicional.

Los cuatro miembros del Club de los desayunos filosóficos, “todos ellos lúcidos, fascinantes y eminentes, poseídos por el optimismo de la época”, miembros de la Universidad de Cambridge, se reúnen los domingos por la mañana, entre 1820  y 1870, para buscar conjuntamente un camino  de progreso a la ciencia. De alguna forma fueron los últimos "filósofos naturales" en la estela de los presocráticos griegos. De  ellos surgió una revolución científica. Y de ésta la que actualmente vivimos, la revolución tecnológica y digital, informática, de las Redes, de la I.A. (Inteligencia artificial) y del Metaverso. Lo que está por ver es si, su intención declarada de traducirla en "mejorar la vida de los hombres", ha sido coronada por el éxito. De momento hay motivos para pensar que en parte sí y en parte no. Vivimos mejor que las personas del los siglos anteriores, pero no me parece que seamos mejores personas.

Snyder hace un recorrido no cronológico por la biografía interrelacionada de los cuatro científicos y sus contactos con las grandes figuras científicas y filosóficas de su época, Darwin. Leibnitz, David Ricardo, Stuart Mill o Adam Smith. Su estilo es dinámico, fácil de entender y sumamente riguroso con  los datos y conclusiones.  Voy a citar unos párrafos del epílogo de este excelente libro: “los miembros del Club de los desayunos filosóficos habían visto fructificar al final de sus vidas los proyectos de sus tiempos de estudiantes. Habían conseguido -incluso en mayor grado que sus sueños más optimistas- encauzar a la ciencia en una trayectoria completamente distinta. Y habían ayudado a dar forma, al hacerlo, al mundo moderno, en el que la ciencia desempeña un papel protagonista”.

FICHA

"EL CLUB DE LOS DESAYUNOS FILOSÓFICOS"- Laura J. Snyder. Traducción de José Manuel Álvarez-Flórez.-636 págs.- Publicado por Editorial Acantilado, mayo 2021.

 

 

 

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26 septiembre 2022 1 26 /09 /septiembre /2022 11:43

En esta obra, Lluís Quintana Trias se fija en un tipo de recuerdos con unas características propias: son inesperados, no se buscan voluntariamente y tienen una fuerza evocadora intensísima. Nos situamos frente a una memoria que posee una fuerza perturbadora porque sabe cómo suscitar recuerdos cuando no se lo pedimos y, a veces, en momentos muy inoportunos, recuerdos que surgen del pasado, se superponen a todos los demás y llegan a nosotros intactos: este poder es una de las razones de ser de la literatura.

La memoria involuntaria, que Proust hizo famosa gracias al conocido episodio de la mag­dalena, es un fenómeno psicológico que ha tenido una repercusión especial en la cultura del siglo xx. Este libro estudia su presencia en la literatura, la pintura y el cine. Contrapone la memoria involuntaria a otros fenómenos psicológicos como la rêverie (o ensueño) o el déjà vu, y al situarlos en el contexto de la literatura occidental, se hace comprensible que todos ellos provienen de una tradición que ha tratado de dar cuenta de algu­nos aspectos no siempre muy comprendidos de la naturaleza humana. Se trata de un ejercicio de literatura comparada asociado a la memoria en la historia de la literatura, de Goethe a Rou­sseau, de Leopardi a Nietzsche, de Maragall a Joyce, de Proust a Benjamin y Rodoreda.

 

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