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7 octubre 2025 2 07 /10 /octubre /2025 15:53

publicado en Compromiso y Cultura, octubre 2025

Los ciudadanos corrientes de la actual sociedad tecnológica avanzada están sometidos a un contagio sin precedentes por el aumento imparable de la idiotez, la imbecilidad y el cretinismo en las personas  


Hay épocas en las que la idiotez parece extenderse por el mundo como una pandemia global y ésta es una de ellas. Lógicamente en España también la imbecilidad  campa libremente entre determinados políticos, personajes públicos, instituciones, municipios, deportistas, influencers de la Red, gente del espectáculo y algunos pensadores y literatos despistados. Y queda más de manifiesto en momentos de crisis, como los groseros enfrentamientos de políticos en el Congreso y en las redes, el horror de Israel y Gaza convertido en debate vergonzante o los últimos dislates del  inefable Trump –símbolo perfecto de la estulticia -  y, como síntoma alarmante, el empoderamiento de la ultraderecha en una Europa que parece nostálgica de la cruz gamada.

 La lectura del reciente libro de Pino Aprile “Nuevo elogio del imbécil” y el de Máximo Rovere, "¿Qué hacemos con los idiotas?" me ha recordado un excelente trabajo del italiano Carlo Cipolla "Leyes fundamentales de la estupidez humana", integrado en el volumen “Allegro ma non tropo”. Ya Flaubert advertía que en el "estupidismo" se encontraba una de las claves activas e inevitables de los errores humanos en la historia de todos los países y épocas. Glucksmann se hace eco de ello y asegura que la estupidez, la idiotez, la memez, la mezquina y bobalicona insistencia en tener razón en lo que sea, no es algo banal ni intrascendente: es uno de los cánceres de la historia. Más allá de los jinetes del Apocalipsis, que decían que eran cuatro, cabalga el quinto jinete envolviendo a todos con un manto tan invisible y letal como ella misma, la estupidez.
Para comprender su gravedad, les cito, las seis leyes que rigen la idiotez, según Carlo Cipolla  (corroboradas por Pino Aprile, Máxime Rovere y Ponte di Pino), que la convierten en "una de las más poderosas y oscuras fuerzas que impiden el crecimiento del bienestar y de la felicidad humana”: 1ª) siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo; 2ª) la posibilidad de que una persona determinada sea una estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma; 3ª) una persona imbécil causa daño a otra persona o grupo de personas, sin obtener al mismo tiempo un provecho para sí o, incluso obteniendo un perjuicio;4ª) las personas no idiotas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas. En especial olvidan que en cualquier momento o lugar, en cualquier circunstancia pueden tratar y/o se asocian con individuos estúpidos. 5ª) La persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe, incluso más que el malvado. Y 6ª) Un país va a la ruina cuando el porcentaje de malvados prospera al tiempo que el de estúpidos, junto a un notable incremento de número de incautos en la población total.

Pino Aprile nos matiza el tema con otras seis leyes de la idiotez: 1.-El tonto vive, el listo muere; 2.-el hombre moderno vive para volverse tonto; 3.- La inteligencia trabaja en beneficio de la estupidez y contribuye a expandirla; 4.-La imbecilidad solo puede aumentar, no decrecer y 6.-Cuando los hombres se juntan favorecen el equilibrio del grupo hacia la idiotez. También Aprile  y Robert J. Sternberg, nos ofrecen para el mundo de la empresa una simbiosis de los principios de Peter y la Ley de Parkinson: a.-En una jerarquía todos tienden a ascender hasta el límite de su capacidad; b.-A partir de ese momento comienzan a multiplicar sus tareas para ocultar su incompetencia. Y c.- no se le ocurra sugerir a su jefe una forma de hacer las cosas mejor, ganar tiempo y favorecer al administrado, le dirán que se limite a hacer su trabajo o que dimita.

Aunque el mundo cotidiano de uno parece desenvolverse con amabilidad, por supuesto con el telón de fondo de los horrores de nuestra época, también nuestra tranquila intimidad es un espejismo. Si sales de tu trabajo, el gimnasio, el teatro, el super, el concierto o tu hogar, en cualquier lugar, en la más inofensiva de las circunstancias y por un motivo de lo más banal, topas con algún memo. Y el mundo casi-perfecto se volatiliza. Hombre o mujer, joven o viejo, esa persona instaura un elemento entre él y usted que hace que su propia inteligencia y comprensión decaiga, se desvanezca. Entra en una situación en la que su ansia de comprender lo que ocurre, lo que le dice el imbécil o sus argumentos, cuando los tiene, se convierte en una labor imposible: eso anula su capacidad de análisis y razonamiento y por un extraño sortilegio se escucha tratando de balbucear en su  argot y plegarse a su extraño y peculiar modo de relacionarse. Hasta el punto que el idiota, triunfante en su pegajosa y a veces agresiva estupidez, piensa que el idiota es usted. No importa que lo que trata de hacer beneficie directa o indirectamente al estúpido: tratará de obstaculizarle y como decía Rovere "intentará ahogar tus argumentos con razonamientos sin fin, responderá a tu benevolencia con amenazas, tu afabilidad con violencia y ridiculizará tu busca del bien común, aunque dañe su propio interés individual". El refranero popular es tajante: "el estúpido es más peligroso que el malvado".

Decía Schopenhauer que en la historia, los siglos van pasando unos parecidos a otros, bajo dos elementos comunes: la maldad (o la crueldad) y la estupidez de los hombres. O como decía otro autor: "la persona verdaderamente imbécil no es sino aquella que confunde su razón con la razón universal; quien cree saberlo todo, que se queda pasmado ante su propia inteligencia y no necesita moverse de ese punto, quien deambula con la inercia de su propio pensamiento sin tener en cuenta el del resto". Y eso tiene un peligro: la idiotez es algo evidente para casi todos, excepto para el que la sufre. A veces lo peligroso no es ser estúpido sino creer estar exento de la estupidez. Y así llegamos a una constatación: todos tenemos momentos, de mayor o menor duración, en que somos imbéciles irremediables. Puede ser una simple circunstancia, en la que perdemos la razón de vista. La cuestión, para no sentar plaza de estúpido, es darse cuenta de cuando uno lo es y analizar los hechos y las actitudes, hacer propósito de enmienda y grabar en la propia mente lo vivido como una "guía de perplejos" a la que acudir en próximas ocasiones.

Siempre hay un cretino en cualquier recodo de nuestra mente, dispuesto a tomar el control y hacer valer sus "derechos" cuanto menos te lo esperas. El profesor Rovere propone tres principios básicos a tener en cuenta cuando uno afronta el problema de la estupidez: 1, siempre somos el imbécil de alguien; 2, Las formas de idiotez son infinitas y 3, hay un tonto en nuestro interior esperando manifestarse (lo normal es que no se lo permitamos, pero lo intenta). En cuanto nos relacionamos con un idiota, de una forma automática, lo que hay de bobo en nosotros, vibra por simpatía energética  y se siente atraído por el/la persona que nos estimula, anula el pensamiento crítico, desvirtúa nuestro sentido común y nos impulsa a un comportamiento semejante. Normalmente uno logra evitar ese contagio. ¿Cómo? Tratando de usar su capacidad de comprensión y, si es posible, de empatía. No hay otra salida. Un rechazo frontal es una trampa que provoca el afloramiento de alguna forma de imbecilidad, ya sea como reacción excesiva o de agresiva.

Lo cierto es que el estúpido entra en tu círculo interactivo y crea una dinámica perversa. Cualquier cosa que digas o hagas puede ser usada en contra tuya. Si pretendes razonar con él/ella, asistirás a un choque letal entre formas distintas de entender la vida, por tanto es posible que el sentido, contenido y valor de las palabras que intercambiéis sean diferentes y a veces opuestos. Es conveniente analizar la situación, anular respuestas precipitadas y enlentecer con cortesía el desarrollo. No se puede convencer al idiota, hay que aplacarle y buscar algún punto de contacto no beligerante. En esas ocasiones hay que estar atento a encontrar una vía de escape que cause el menos daño posible.

Gracias a internet la cantidad de cretinos ha crecido exponencialmente: nunca en toda la historia de la humanidad tantos tontos han podido decir tantas idioteces a tantas personas y tan pocos sujetos han podido librarse de ellas sin pagar el impuesto de pasar por tontos. La única actitud racional que puede aliviar la carga negativa que suele contagiar el idiota es escuchar benévolamente, haciendo un sincero esfuerzo por entender la argumentación, si la hay, o procurar no perder la paciencia ni el control si no la hay. La ira, el rechazo, la violencia, hace que nuestro imbécil interno tome las riendas de inmediato. En algunos casos, la huida es una victoria. Y, en última instancia, hay una vacuna, no siempre está disponible:  poner tierra de por medio entre el/los imbéciles y uno mismo.

La relación social es el caldo de cultivo básico del idiota.  Los consejos éticos al uso no sirven para lidiar con la imbecilidad, ya que la actitud, las palabras o las acciones de los idiotas suelen atacar la base ética de la sociedad, no como una acción  destructiva del signo que sea, ni como una ideología del caos, sino con la "inocente", corrosiva y disparatada seguridad del que cree obrar “razonablemente” (según un código personal al que no tenemos acceso y que no es coherente con la ética al uso).  Pero lo más peligroso de esa pandemia es que encumbra a los "mejores" memos a los puestos de poder, ya que ellos son el reflejo exacto de la mediocridad que subyace en nuestra cultura adocenada que se extiende y fructifica gracias a los medios digitales y su globalización. Como dijo alguien muy amargado por estas cuestiones, los estúpidos no son mayoría, pero la mayoría casi siempre es idiota.

Todos los seres humanos son majaderos en ciertos momentos de sus vidas,  pero la mayoría lo son durante mucho más tiempo. Esta es una teoría y según Popper, no existen las teorías verdaderas, sino aquellas que han sido contrastadas sin poder ser falseadas. Pero aunque esta fuera falseada (que yo sepa nadie lo ha logrado), no hay que desecharla, porque la bobería es un principio dinámico y muy contagioso. Es como si a través de las Redes o la I.A. nos hicieran un lavado de cerebro para dominarnos aún mejor y controlarnos a todos (y no es conspiranoia). No olvidemos la existencia larvada de los mini-imbéciles: los que se cuelan en las colas, el que se salta las normas de circulación porque cree que nadie lo va a ver, el que se cisca en las normas de higiene pública o de buena vecindad porque le conviene.

En sus aleccionadores  ensayos, cuajados de buen humor e inteligencia coloquial, Pino Aprile  y Robert J. Sternberg (y sus autores)  comentan con solvencia las fallas del sistema y sus reinos de taifas, la administración púbica y el funcionariado. Y dentro de ellos, la existencia de individuos inteligentes, aunque sujetos a los efectos de la estupidez: la memez reinante está preparada para reducir la capacidad de impacto de las inteligencias libres, creativas, disruptivas y disonantes. Ya que si éstas prosperasen o incluso si llegasen a algún cargo de dirección, arruinarían el mediocre tinglado en su totalidad y acabarían con la perpetuación del sistema, su principio esencial. Pero eso no ocurrirá­: la humanidad desarrolló durante millones de años una inteligencia capaz de hacerla sobrevivir y ahora ésta ya parace innecesaria porque todo funciona más o menos solo. Por tanto  una inteligencia ajena a la perpetuación del sistema apenas afectaría su pacífica y bovina continuidad.

Para terminar, una pregunta al lector: ¿a cuál de los cuatro tipos humanos propuestos por nuestros autores pertenecen algunas de las personas que usted conoce? Observe: incautos,  inteligentes, malvados  o estúpidos. Estos últimos, ya sabe, son de lo peor. “El incauto es una persona que es capaz de beneficiar a los demás incluso perjudicándose a sí mismo. El inteligente toma las decisiones más precisas para beneficiarse él pero, también, a los demás. El malvado actúa movido sólo por el beneficio propio sin importarle perjudicar a los otros. En cuanto al estúpido…es esa persona capaz de perjudicar a los demás sin beneficiarse él o incluso perjudicándose o sin pretender ninguna de las dos cosas. Es decir, una persona inteligente puede tender a ser incauta (cuanto más incauta sea, menos se beneficiará a sí misma y más a los demás); o a ser malvada (cuanto más se acerque a la maldad más perjudicará a los otros y más actuará en beneficio propio). El malvado oscila entre la inteligencia y la maldad. El incauto entre la estupidez y la inteligencia. El estúpido está a medio camino entre los malvados y los incautos”.

Para acabar: un estúpido puede ser analfabeto o doctor en algo, rico o necesitado, joven o viejo, de izquierdas o de derechas, creyente o ateo... Lo que diferencia al estúpido del que no lo es, suele ser el olvido frecuente de la inteligencia. Aunque tendríamos que diferenciar al inteligente del listo, siendo el inteligente el que tiene capacidad para comprender, analizar,  reflexionar y tomar decisiones mientras que el listo sería una persona hábil capaz de resolver problemas más inmediatos. “Un inteligente podrá ser algo malvado (beneficiarse a sí mismo más que a los demás) o algo incauto (beneficiar a los demás más que a sí mismo) pero es difícil que se comporte de forma completamente estúpida”.

 

FICHAS

(Algunos de estos autores han sido citados textualmente y entrecomillados. Pero el mensaje del texto en general surge de la coincidencia entre lo que ellos escribieron y la opinión del autor de este humilde análisis)


¿QUÉ HACEMOS CON LOS IDIOTAS?.- Maxime Rovere.-Trad. Núria Petit.- Ed. Paidós. 138 págs.

LAS LEYES FUNDAMENTALES DE LA ESTUPIDEZ HUMANA.- ALLEGRO MA NON TROPO.- Carlo Cipolla.- Editorial Crítica-Trad. María Pons

NUEVO ELOGIO DEL IMBÉCIL.-Pino Aprile, -Ed.Gatopardo- Trad. Juan Manuel Salmerón

EL QUE NO LEA ESTE LIBRO ES UN IMBÉCIL.- Oliviero Ponte di Pino.-Círculo de Lectores.- Trad. Esther Benitez

¿POR QUÉ LAS PERSONAS INTELIGENTES PUEDEN SER TAN ESTÚPIDAS? -Robert J. Sternberg (editor).- Ed.Ares y Mares. Trad. Elena Recasens

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6 septiembre 2025 6 06 /09 /septiembre /2025 17:20

ORWELL PROFÉTICO: 80 AÑOS DE  ‘REBELIÓN EN LA GRANJA’

En esa obra y en “1984”, el escritor inglés logró analizar lúcidamente la distopía  política y social del siglo XX, que se agudiza en el mundo actual

 

En 1945,  George Orwell –Eric Arthur Blair-  (1903-1950),  publicó una feroz alegoría sobre la degeneración de los ideales revolucionarios –Rebelión en la granja- que toda su vida defendió, incluso activamente, como cuando luchó en las filas de la amenazada República española en 1936, junto a su mujer Eileen. Se encontró con dos frentes de batalla. Uno, contra las tropas fascistas de Franco. Y el segundo, interno, en el seno de las filas republicanas, entre comunistas y anarquistas. Describió las checas, la persecución ideológica entre los dictados de Moscú y los que se oponían a la otra “dictadura del proletariado”: un prodigioso disparate que debilitó a la República hasta el punto de facilitar indirectamente la victoria del fascismo, triunfante en muchos países europeos con el apoyo de los ya poderosos nazis (a pesar de la supuesta “neutralidad” de los aliados) lo que supuso un apoyo privilegiado para el ejército de Franco.

Aparte de sus magníficos ensayos y libros de reportajes biográficos sobre las vidas de los obreros y mendigos ingleses, Orwell publicaría, entre otras, dos novelas, “Rebelión en la granja” y “1984” en las que denunciaba de una manera literariamente magistral los autoritarismos y describía el terror estalinista (del que su “Rebelión...” es un reflejo directo y espeluznante en forma de supuesto “cuento para niños”).

Como curiosidad histórica, otra figura señera de la filosofía de su propia época, Simone Weil (1909-1943) que también intentó combatir en la contienda fratricida española (tuvo que ser evacuada de primera fila de combate en la batalla del Ebro, debido a un accidente) escribía poco antes de morir –de inanición voluntaria y tuberculosis): "Nunca el individuo ha estado tan a merced de la colectividad ciega y nunca los seres humanos han sido más incapaces de someter sus acciones al pensamiento y hasta solo de pensar...como en la forma actual de la civilización...vivimos en un mundo en el que nada se corresponde con las dimensiones humanas".

El mundo actual parece haber surgido de las páginas críticas que escribieron estos dos autores. Pero centrémonos en Orwell. Al regresar desalentado y confuso de España, Orwell escribe “Rebelión de la granja” su extraordinaria alegoría contra la dictaduras, las mentiras como forma de gobierno, el endiosamiento del líder, las injusticias, el hambre en el pueblo sometido, los vergonzantes  abusos de los que sostienen al dictador. Su editor se niega a publicarla. El manuscrito es rechazado también en la prestigiosa “Faber&Faber” por T.S. Eliot (uno de los más grandes poetas del siglo) porque “no es adecuado en estos días criticar la situación política” (se vivía en plena “guerra fría” –por cierto, término acuñado por Orwell-)  y no se quería “molestar” a los rusos). En los dos años siguientes Orwell, enfermo de tuberculosis –como Weil- escribe “1984”, una de las obras más lúcidas y proféticas del siglo XX.

 Orwell analizó la situación Estados Unidos-Rusia y vaticinó que ambas potencias nucleares, no se atacarían nunca de frente, pero si indirectamente  a través de terceros, apoyando a los países y  contiendas que favorecieran a uno u a otro.  Murió en 1950, con 46 años, un año después de lograr publicar “1984”. Su legado desde un punto de vista literario es notable, pero el alcance crítico y analítico de su obra contra los estados totalitarios y la deriva antidemocrática y antihumanitaria del mundo, es extraordinario. Para consuelo de los que creemos en los derechos humanos, la solidaridad,  la paz y la igualdad entre personas y países, Orwell ha dejado testimonios literarios de una agudeza y vigor inigualables donde queda palmariamente reflejado el actual momento internacional, con el avance la ultraderecha, los líderes mesiánicos, la brutalidad y el abuso como norma de conducta entre naciones y personas, con una Europa que se niega a sí misma y va convirtiéndose  en una  caricatura de su propia historia. Y unos Estados Unidos que sigue la senda fascista contra la que habían luchado en el pasado siglo.

Leer “Homenaje a Cataluña”, “Rebelión en la granja” y “1984”, o percibir el uso generalizado de expresiones como “Gran Hermano”, “Ministerio de la verdad”, “crimen mental” o la frase irónica “Todos somos iguales, pero unos más iguales que otros” o “El líder siempre tiene razón” (referencia a Napoleón, el cerdo de granja que se convierte en dictador y domina con mano dura al resto de los animales de la “Granja Manor”) es, en suma, no sólo un ejercicio de obligada formación crítica para entender esa repetición de la historia como farsa (tras haberla vivido en el siglo XX como tragedia), sino un placer literario que deja muchas preguntas sin respuesta o nos obliga a pensar que todas ellas se podrían reducir a una sola respuesta: quizá el ser humano no merece un futuro humano. En plena aceleración del cambio social en todos los aspectos y niveles, es casi imposible ni siquiera  imaginar dónde nos llevarán las cada vez más complejas tecnologías y nuestra progresiva “colonización” por ellas. Eso sin ignorar el impulso arrasador  de las consecuencias del también acelerado cambio climático y su reflejo en la destrucción de los ciclos, elementos y hábitats de una Naturaleza esquilmada.

Centrémonos en la lectura de “Rebelión en la granja” y “1984” para valorar la enorme carga de honestidad personal que emana del trabajo, el pensamiento y las ideas proyectivas de Orwell. Y, como trato de mostrar  en este análisis, las razones por las que Orwell mantiene incólume su validez, actualidad e interés, por encima de otros escritores de su generación – ingleses y de otras nacionalidades, Miller, Waugh, Eliot, Maurois, Mauriac, etc.- que fueron mucho más conocidos y apreciados  en el siglo XX. La principal de esas razones es que Orwell y su obra tienen una misteriosa conexión con nuestra época, con las preocupaciones y temores que los acontecimientos mundiales nos causan. La obra de este autor nos concierne. Nos emociona, nos intriga y nos hace pensar y, a veces, tomar partido. Su angustia, su dolor ante las injusticias de su época y ante el triunfo de la barbarie y la brutalidad de los totalitarismos, es semejante a la que hoy sentimos muchos ante la debacle trumpiana o los asesinatos genocidas de Israel en Palestina. Y aumenta el mérito de Orwell porque su proyección literaria en el tiempo se produce en 1945, un año fundacional para nuestro mundo del siglo XXI, tras la II Guerra Mundial, en el que se inaugura un camino de reconstrucción  que restablecerían los principios de convivencia y solidaridad entre los pueblos (a pesar del enfrentamiento entre la URSS y Estados Unidos).

Las obras citadas de Orwell parten, pues, de un momento en cierta forma positivo, en el que se generaría una paz europea y un cierto equilibrio en el mundo a pesar de le existencia creciente de guerras localizadas y de la amenaza nuclear siempre latente. Pero él no nos dibuja mundos utópicos de paz y progreso, sino que utilizando los mismos mimbres de actualidad que podrían llevarnos a una visión feliz, sigue la lógica de la corrupción política y la violencia y proyecta otro tipo de mundo, el agónico de “1984” o la parábola del autoritarismo soviético, tan nefasto como el nazi, en su “Rebelión...”,  publicada sólo dos días después de que Japón se rindiera y acabara oficiosamente la II guerra mundial.

En esta alegoría con aires supuestamente cómicos, Orwell hace una sátira inmisericorde del estalinismo. Nos narra la evolución de una cierta democracia al terror de un régimen de gobierno que un grupo de cerdos impone  al resto de los animales de la granja Manor,  tras expulsar  a su dueño y ‘opresor’, el borracho señor Jones, y vencer a los humanos de las granjas vecinas que vienen a recuperarla. El comienzo de la rebelión se debe al discurso contra el dominio humano de un viejo cerdo de gran inteligencia, respetado por todos, que preconiza el poder de los animales y el establecimiento de una Arcadia feliz, regida democráticamente por una comisión de animales variados. El viejo cerdo premiado, Gran Mayor, alienta la rebelión y antes de morir, deja instrucciones (los Siete Mandamientos) y eslóganes para formar un gobierno democrático en igualdad y solidaridad entre  todos los animales de la granja. Para ello nombra como sus delegados provisionales, a la espera de las votaciones de todos, a los dos cerdos más destacados, el agresivo Napoleón y el inteligente Snowball, que aunque nunca estaban de acuerdo en la línea a seguir, eran los líderes adecuados para dirigir un levantamiento contra los humanos opresores. Ahí comienza de una rivalidad que acabaría con el mejor de los dos, el más ético y solidario, Snowball, que huiría para evitar su asesinato.

La sutil y aguda inteligencia de este relato toca un punto clave, muy utilizado por Stalin y otros dictadores más o menos semejantes (como Trump ) el uso de las redes sociales con fines torticeros y de manipulación: el lenguaje como elemento clave de adoctrinamiento en fanatismo y no-razonamiento de la población menos preparada psicológica y culturalmente. Luego en “1984” volvería a ese instrumento de dominación con más extensión y radicalidad crítica. Y profética: lo estamos viendo a diario en las noticias y en el análisis de la deriva fanática de la extrema derecha en los asuntos que les interesa, con el uso –no controlado e impune- de las redes sociales: emigración, cuestiones de identidad y nacionalismo, violencia, agresividad, mentiras y bulos (los últimos, los que conciernen a los incendios en España, por ejemplo). Y provocaciones conspiratorias que darían risas por absurdas, si tantas personas no se las creyeran de buena fe.

El sistema es diabólicamente eficaz, nos cuenta Orwell: cambio del contenido de ciertas palabras clave (recordemos que una comunidad se rige en el conjunto de sus actividades, conocimientos y responsabilidades por el lenguaje común y sus compartidos significados). Las personas aceptan la re-significación  de ciertas palabras: libertad, solidaridad, identidad, nacionalidad, el trabajo, incluso el ocio o sus derechos. En la novela, el legado del sabio cerdo anciano son los “siete mandamientos” que deben regir los derechos y deberes de la comunidad animal en la granja. Están escritos en una pared como garantía de legalidad y respeto. Pero Napoleón y sus cerdos fanatizados, van cambiando poco a poco esos mandamientos a tenor del aumento de corrupción del líder y sus acólitos. Los cerdos que tenían prohibido el alcohol como el resto de los animales, añaden al mandamiento “ningún animal beberá  alcohol ‘en exceso’”, o en el crucial sistema de elegir democráticamente a los líderes, se reescribe “elegiremos a quien le convenga al líder del partido, porque ‘es lo mejor para todos’”. O frente a la prohibición de vivir en la casa del granjero y usar trajes,  comedor o dormitorios, el líder decide que los cerdos sí lo harán porque se merecen un descanso y una alimentación especial ya que las tareas más pesadas e importantes les corresponden a ellos.

En la granja los trabajos más duros y pesados los hacen los demás animales ante la “atareada” y cura vigilancia de los cerdos, convertidos en “capos” de una granja-prisión.  El huído Snowball es convertido en el gran traidor y por encima de las evidencias que  muchos recuerdan sobre su papel heroico en las batallas contra los humanos, se le condena a muerte sumaria e inmediata si vuelve a la granja. Los animales tienen horarios de trabajo agotadores, escasa alimentación y violencia contra ellos mucho más intensos y despiadados que bajo el mando del granjero y los humanos. Al final los siete mandamientos son borrados de la pared y en su lugar queda escrito el único mandamiento vigente: “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”. Y para que no quedara lugar a dudas, al día siguiente en el que aparece ese único mandamiento, los cerdos comenzaron a usar, cada  uno,  el famoso y odiado látigo que usaban los humanos para vigilar a los animales que trabajaban y golpearles si se volvían remolones o descansaban. Y para coronar la situación, el líder, Napoleón, aparece fumando en pipa y usando las ropas del granjero Jones.

El corolario de la historia es que los humanos dueños de las granjas de alrededor vienen a conocer y negociar con Napoleón: le tratan como a un humano semejante a ellos y admiran la crueldad de la disciplina con la que los cerdos manejan al resto de animales obligándoles a trabajar más y con menos compensaciones.

Algo parecido ocurrió en la Rusia de Stalin (incluido  los asesinatos y expulsión de los que le ayudaron a  tomar el poder y eran superiores a él en conocimientos y formación política). De una forma semejante se repite la historia en la Rusia de Putin y, ciertos detalles, en los paises donde el fascismo o el endiosamiento de sus líderes (Trump, Milei, Orbán y ‘tanti altri’) están cambiando el sueño democrático, liberal y solidario que se soñaba para el siglo XXI.

Orwell nos muestra en estas dos obras que comentamos la eficacia y lógica (o sentido común) de sus ideas y el reflejo en una prosa clara y una narrativa ajustada a los hechos  y a las pequeñas verdades de lo justo y lo conveniente (lejos de planteamientos teóricos  o filosóficos de difícil asimilación). Defendió una manera de ver la vida y el mundo de una honestidad limpia y responsable (provocando e incluso que las personas y figuras de sus propias filas ideológicas se pusieran en su contra) en defensa de un socialismo democrático que lo llevó a luchar contra el fascismo con su pluma y su vida, incluso reconociendo de manera noble sus propios errores (en su juventud, bajo  el imperialismo británico en Birmania y la India) y le enfrentó a la intelectualidad inglesa que durante la guerra no veía bien que se criticara a Rusia y a Stalin.

Esa es la grandeza –y la miseria- de la figura intelectual y humana de Orwell. Su enorme honestidad y su fidelidad  a la débil, delicada y traicionada condición humana. En los tiempos que vivimos, un intelectual como Orwell ya estaría eliminado, por un “accidente” inesperado y fulminante (en Rusia), arrasado por ‘críticos ideológicos” de carnet o vilipendiados por “puristas” a sueldo en las redes sociales. Su entereza, honradez, lucidez y sentido del sacrificio y del honor le convierten en un escritor y una persona legendaria. Y de radiante actualidad en casi todas sus obras. Por eso 1984  y Rebelión en la granja podrían terminar dentro de poco, en algún o algunos países, por ser desterradas de las bibliotecas, estudiarse en las Universidades y por supuesto hacer imposible la compra de sus libros. Suponiendo que no desaparezcan los lectores de libros.

Este mundo nuestro de 2025, con las mentiras y bulos institucionalizados, líderes incontestables, agresividad política, apaños económicos contra los más necesitados, recorte de libertades y derechos, insolidaridad humana, naturaleza depredada, formas de existencia colonizadas por la tecnología, decaimiento de las fórmulas de cortesía, educación y civismo, tradiciones colapsadas –la primera, la familia- , sistemas de vigilancia omnipresentes –con global aceptación de los ciudadanos- , han  convertido las obras de Orwell en el espejo mágico donde se reflejan las similitudes preocupantes  del futuro que describió (que es nuestro presente).

La “neolengua” de “1984” es algo muy parecido a lo que usa continuamente Trump, para el que la falsedad no es más que una “verdad alternativa”, o el “Ministerio de la Verdad” -que corrige diariamente la historia a favor del líder- reflejado en muchas de la “noticias” procedentes de la Casa Blanca, donde se manipula desvergonzadamente el pasado, con tal de que abone los intereses del “líder carismático” (tratar de probar que Obama había sido un ‘traidor’ o que las elecciones anteriores en EE.UU.  se  amañaron para impedir que venciera Trump). El “caldo de cultivo” para que  “Napoleón” o el Gran  Hermano y su poder omnímodo y  represión cambien el mundo, ya se extiende: sistemas de vigilancia masiva, banalización de los valores tradicionales e influjo de la familia y las virtudes humanitarias y sociales que ayudaban a la convivencia, las formas de relacionarse, el debate público, la libertad de expresión... El Gran Hermano nos vigila a todos. Primero en Rusia y Estados Unidos...pero todo se andará...muchos otros países se apuntan al guión y otros esperan su oportunidad abusando de los derechos políticos y sociales democráticos que, cuando ellos lleguen al poder, serán abolidos. Otra de las ideas de Orwell “los dos minutos de odio” la  tenemos institucionalizada y a la mano de cualquiera en las redes sociales, anónimamente y de forma voluntaria: véanse los “juicios” y “campañas” con que un usuario puede destrozar la reputación de cualquier otro que le moleste o desagrade. ¿Qué deriva de vida humana estamos promoviendo?

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6 junio 2025 5 06 /06 /junio /2025 05:20

EL INGENIO, HUMOR Y CALIDAD DE SUS LIBROS, NO DESMERECE FRENTE AL LEGADO LITERARIO DE SU CÉLEBRE HERMANO LAWRENCE, AUTOR DEL “CUARTETO DE ALEJANDRÍA”

Desde joven, entre los 60 y 80 del pasado siglo, he sido un  fanático lector de Lawrence Durrell. He leído casi todas sus obras y he disfrutado con la enorme fuerza y calado de sus novelas (especialmente el ‘Cuarteto de Alejandría’). A finales de los 70 me enviaron para reseñar, un par de obras del hermano de Larry, Gerald Durrell. Fue una revelación. El estilo, la temática y las virtudes de esos  textos me hicieron entusiasmarme con Gerry. Me convertí en un fiel y devoto lector del divertidísimo biólogo, tan enamorado de todos los bichos habidos y por haber, como dueño de un sentido del humor, una sencillez y una calidez humana portentosas. Ya entonces comprendí que me las tenía con uno de los misterios más gozosos de la literatura: la posibilidad de convivencia del afecto de lector a dos autores tan diametralmente opuestos como Gerald y su hermano, Larry, sin que ello disminuyera ni un ápice el valor y la calidad literaria de cada uno de ellos. Por tanto corrijo mi frase: más que “opuestos” eran complementarios. Ya que uno satisfacía mi amor por la gran obra literaria, profunda, renovadora y original; y el otro, por la obra magnífica de un etólogo dotado de una enorme humanidad y una desternillante manera de narrar sus deliciosas aventuras en torno a toda clase de animales curiosos (incluidos muchos humanos y algunos de su propia familia).Y además, algo muy personal y que Larry no me ofrecía: Gerald había sido un niño y un adolescente feliz. Inmediatamente me sentí reflejado en ese niño fascinado por los más insospechados animalitos. En mi caso, más que animalitos, mi mundo giraba en torno a un universo tan diverso y complejo como el suyo, pero con un sujeto de fascinación diferente e igualmente rico: el cosmos literario, novelas, cuentos, comics, poesía...

En el prólogo de Mi familia y otros animales,-publicado en 1956: a España no llegaría hasta 1975-  el hermano mayor de Gerry, el gran Lawrence, eterno candidato al Nobel (que no obtuvo por morir demasiado pronto) rinde un cálido homenaje a la heroína de este libro, la madre, que falleció en ese mismo año, cuyo retrato en esta obra de su hermano Gerald, está trazado con gracia y fidelidad. Y añade, el autor ha logrado el prodigio de reencarnarse en un naturalista de doce años que era entonces, describiendo con humor tan chispeante como cáustico los disparates y las peripecias de la familia Durrell durante los años de estancia en la más encantadora de las islas: Corfú. Y añade con gran sentido del humor y un poco de retranca: Pero si nuestra madre desempeña en el relato el papel de honor, es a mí a quien ha correspondido el más detestable: mi desprecio hacia la ciencia y la irritación con la que acojo todos los esfuerzos del joven genio constituyen el lado sombrío del cuadro. ¿Era yo así de desagradable a los veinte años? Probablemente, sí...Y acaba su interesante  prólogo (ya es un escritor muy conocido en esa época, por lo que es comprensible el algo dolido sarcasmo con el que escribe: El autor nos promete una segunda parte en la que pondría al descubierto, bajo un prisma todavía más burlón, la estupidez y futilidad de la existencia de los adultos, comparada con esa vida más rica y plena que es posible vivir junto a la culebra, el ciempiés y la pulga. Si es capaz de lograr otra obra maestra de humor, alegría y poesía, todos habremos ganado con ello”. Lo cierto es que Gerry siempre ha mantenido públicamente que sentía predilección por su desdeñoso hermano mayor y que las relaciones entre ellos eran muy amables y cariñosas. El lector, por su parte, comprobará leyendo la trilogía que Gerald reparte sartenazos entre todos sus hermanos con irónica ecuanimidad y sólo salva en sus descripciones a la madre, verdadera “heroína” de una familia considerablemente peculiar y bastante extravagante.

Pero, aparte del tiempo y la labor dedicados a su familia, lo que queda de manifiesto es su predilección evidente por “los otros bichos” que le rodean, hasta límites un tanto estrambóticos incluso en un jovencísimo naturalista. En alguna de sus citas, Gerry apunta que se sentía muy cercano a personajes literarios como la Alicia de Lewis Carroll que aseguraba “creer en hasta seis cosas imposibles antes del desayuno”. Lleven ese aserto a la vida de un niño original y espabilado que vive totalmente  a su aire y conveniencia, protegido por su estatus familiar, en una isla rodeado de una naturaleza esplendorosa y comprenderán la enorme complacencia con la que ese hombre describe su niñez. Por eso, en una entrevista concedida a una revista poco antes de fallecer dijo: “Si yo fuera una especie de Merlín o un Zeus omnímodo, a cada niño le haría el regalo de tener una infancia como la mía”. ¡Menudo regalo! Eso demuestra varios aspectos de la personalidad deliciosa de Gerald: su generosidad, su anclaje toda la vida en una ingenuidad bulliciosa e imaginativa de niño perenne, su inocencia impermeable y su sentido del humor extraordinario: una especie de mezcla entre Groucho Marx, Bernard Shaw, Einstein de la biología animal, Richmal Crompton (‘Guillermo,  el travieso’), Dickens. P.G. Wodehouse y Tom Sharpe. Con un toque travieso a lo Monty Python, apreciable en las series y películas sobre su familia y otros menesteres que nutre su obra y su filmografía.

Gerald –Gerry- nació en enero de1925 y falleció en enero de 1995, con 70 años de edad. Se cumplen, pues cien años de su venida al mundo (en la India) y 30 de fallecer y tener que ir a buscar bichitos en las praderas del Cielo (y de paso hacer reír a los ángeles con sus ocurrencias inusitadas). Lo que sí puedo confirmarles es que Gerry se merece el mismo respeto literario como escritor que su hermano Larry, aunque sin duda por distintas razones. En él encuentro una virtud -más humana que literaria- que le hace especialmente singular: su capacidad para resucitar y alimentar de gozo y alegría al niño que todos llevamos dentro, las más de las veces, escondido y asustado. Y una más pública y notoria: fue un adelantado a su tiempo y nos alertaba sobre ecología, protección del medio ambiente y también nos pedía amor a todo tipo de animales: domésticos, asilvestrados, salvajes y... humanos. Los miembros de su familia, para empezar y después la irónica y benevolente visión del mundo adulto. Todo empezó a los diez años cuando Gerald y su familia se mudaron de una fría y desangelada Inglaterra a la soleada isla mediterránea de Corfú donde alimentó su espíritu y su cuerpo de un paraíso: el mar homérico, los olivos retorcidos y majestuosos, el canto de las cigarras, la luz destellante  de los interminables días veraniegos de sol, la vida diminuta y maravillosa de los insectos y otro animales grandes y pequeños, y la singularidad llena de humor y humanidad de los miembros de su familia y los habitantes de una isla griega en el universo rural de principios de siglo XX, una inocencia social llena de picardía y asombro para un niño inusualmente observador y dotado de un gran sentido del humor. Es la Arcadia vitalista y profundamente humana, con todos sus valores y defectos que un avispado niño es capaz de disfrutar plenamente, alejado de las miserias y cortapisas de le época gracias al afortunado y desahogado ambiente de una familia inglesa con medios económicos y situación social privilegiada.

Los que quieran iniciarse en el “opus” durrelliano, pueden leer ‘Yo mismo y otros animales’, un compendio de escritos inéditos y publicados que ha reunido su viuda, Lee, para celebrar el centenario. En él encontramos al Gerald de siempre, irónico, desternillante, lleno de ternura y empatía, reflexivo y dotado de ese entusiasmo por la naturaleza que es su sello distintivo. En su autobiografía se lee el siguiente párrafo: “La mayor parte de la gente no comprende hasta qué punto estamos destruyendo el mundo en que vivimos. Somos como un grupo de niños a los que se ha dejado sueltos con venenos, sierras, hoces, escopetas y fusiles, desechos y cerillas y gasolina en abundancia, en un planeta verde y complejo que estamos, lenta pero de forma implacable, convirtiendo en un desierto pedregoso y estéril”. Todavía en el año en que murió Gerry, el mundo aún no se había convertido en lo que ahora es, treinta años después, y los humanos en esa raza absurda, egoísta, con sus países rodeados de fronteras y muros, consumista, esclavizada por la tecnología, con resabios fascistas, agresivos, mentirosos, sin piedad ni respeto, racista e individualista hasta la psicopatía. Justo a la medida de sus pantallas y de la basura que a menudo emana de ellas.

Pero hablemos de su legado literario: más de medio centenar de obras, entre novelas, ensayos, relatos autobiográficos, libros técnicos y de viajes. Les recomiendo encarecidamente que empiecen por su llamada Trilogía de Corfú, (Alianza-2024), formada por los libros Mi familia y otros animales, Bichos y demás parientes El jardín de los dioses (Alianza Editorial). En esos libros, el lector lo pasará bomba conociendo a la familia Durrell, la madre –una mujer extraordinaria, viuda, con una paciencia y talante casi homéricos, su hermana mayor Margo, y sus dos hermanos Larry y Leslie, cuyos caracteres y comportamientos alcanzan cotas de humor y sarcasmo que nunca defraudan al lector gracias a la pluma divertida e irónica de un niño que los describe y analiza con la misma meticulosidad, afecto e ingenio con la que estudia a los animales de todo tipo y tamaño que son objeto de su mirada y atención inteligente y sarcástica.

El milagro literario se repite desde la lectura de la trilogía de Corfú  (escrita por Gerry ya cumplidos los 30 años) a otras obras como ‘Filetes de lenguado’ (Bruguera)Viaje a Australia, Nueva Zelanda y Malasia’, ‘Murciélagos dorados y Palomas rosas’, ‘Atrápame ese mono’, ‘Un novio para mamá y otros relatos’,  (Alianza), ‘Un zoo en la isla’(Labor), Cómo cazar a un naturalista aficionado’(Planeta) o ’Misión de rescate en Madagascar’(ABC) entre otras. En casi todas ellas el lector se deja embrujar por el verbo y la mirada de un niño apasionado por el mundo que descubre cada día: desde su chucho Roger, a los bichitos que abundan en su personalísimo “país de las maravillas”: hormigas, orugas, abejas, arañas, mariposas, mariquitas, tijeretas, asnos, ovejas, escorpiones o murciélagos, el ganso Alejandro o un camaleón melancólico al que llamó Gerónimo ...todos ellos en una mezcla –no siempre amistosa- con  vecinos y mujeres,  jóvenes o ancianos, el chófer griego o el cocinero, los policías y los pastores, los amigos y amigas de sus hermanos y, por supuesto, su madre y su sólido, amable y comprensivo gobierno del hogar. Todo ello conforma un Olimpo terrenal y humano de una deliciosa diversidad, unidos y convocados por la mirada siempre interesada e inteligente de ese niño que nunca creció, un Peter Pan naturalista y divertido, reinando en un país de Nunca Jamás que llevó siempre en su corazón.

El lector puede seguir la amplia y compleja saga de los intereses creativos de Gerald en una obra que supera los 40 libros, memorias, viajes y expediciones en busca de animales raros, novelas, libros de conservación de la vida silvestre, relatos juveniles de acercamiento al mundo animal y vegetal, llenos de humor y de amor. Su obra como naturalista, incluso la creación de un zoo propio en la isla de Jersey en 1959, que casi le arruina económicamente, define a este hombre cuyo amor por la diversidad animal es un ejemplo para el resto del mundo. Gerry clamaba por el deber ético que tenemos todos hacia la conservación de los animales y sus hábitats, una manera indispensable de proteger el planeta, la responsabilidad básica del género humano. Escribió: “Hasta que consideremos que la vida animal es digna de la consideración y el respeto que le damos a libros antiguos, cuadros y monumentos históricos, siempre existirá el animal refugiado, que vivirá una vida precaria al borde del exterminio, dependiendo para su existencia de la caridad de unos pocos seres humanos”.

El aspecto cinematográfico de nuestro autor es de considerable importancia. Hay varias series de televisión dedicadas a sus viajes por lugares exóticos en busca de animales  y en defensa de su conservación. Muchas de ellas son aún asequibles en plataformas y proporcionarán al lector unas horas de diversión y conocimientos singulares. En su obra Cómo cazar a un naturalista aficionado, Gerald nos cuenta de una forma amena y sobre todo divertida, plena de anécdotas las aventuras, algunas hilarantes, de su esposa y él, junto a un equipo de televisión, todos tratando de hacer cooperar a unos animales poco entusiastas o francamente opuestos a que les filmen. Las islas Shetland, el sur de África, Canadá o el desierto al suroeste de los Estados Unidos, son algunas de las localizaciones donde Durrell, su esposa y su equipo trataron de sobrevivir a filmaciones poco ortodoxas. Añadan isla Mauricio –cuna del pájaro dodo- en busca de especies en peligro de extinción  (Murciélagos dorados y palomas rosas), en un contexto de calor asfixiante, lluvias torrenciales y peligros inesperados. Sin olvidar expediciones a la Pampa argentina, la costa occidental africana y la Guayana británica. Buscar leopardos y colobos en Sierra Leona. Y en México el teporingo o conejo de los volcanes (Atrápame ese mono). Y cómo olvidar los viajes a Australia, Nueva Zelanda y Malasia (72.000 kilómetros), llenos de peripecias y anécdotas siempre servidas con el humor socarrón y crítico del naturalista y sus constantes protestas por los efectos de la intervención humana sobre el equilibrio ecológico (agricultura, caza, minería, tala de bosques). Mención especial a Misión de rescate en Madagascar,(1992), a fin de filmar un reportaje sobre la flora, la fauna y las gentes que viven en la isla. La descripción de un ejemplar de ayeaye – una especie de lémur que solo existe en la isla y está en peligro de extinción- con el que tiene un encuentro fortuito, es de una belleza descriptiva, llena de humor y de comparaciones jocosas, que convierte ya en la primera página, la lectura del libro en una fiesta. Para muestra un botón: Que un ser tan sorprendente y complejo sea eliminado de la superficie del planeta, es algo tan impensable como quemar un Rembrandt o un Goya, transformar la Capilla Sixtina en una discoteca o derribar la Acrópolis para edificar un Hilton (idea que se le podría ocurrir a Trump). Creo que es una de sus últimas obras. La dedica a su esposa Lee, que me ha soportado, me soporta todavía hoy y, espero, seguirá soportándome hasta que me lleve bajo tierra. Cosa que tuvo que hacer un par de años más tarde.

En su “Durrell Wildlife Conservation Trust”, Gerry legó una fundación no sólo para prevenir extinciones de especies, sino para recuperar las poblaciones amenazadas. Criticó lo que llamó “la política del panda”, es decir la protección de animales “bonitos y fotogénicos” frente a las especies pequeñas y ocultas para el gran público, pero mucho más importantes para la biodiversidad y tan dignas de ser protegidas como el emblemático oso o el ornitorrinco.

Leer y gustar del estilo y el humor de Gerald Durrell en sus obras -en un mundo envilecido por gentes como Trump y sus numerosos acólitos descerebrados, lleno de guerras inicuas y sangrientas, de fascistas nazificados, contaminación ambiental, mentiras venenosas rebosando las redes, inseguridad y cretinos agresivos que nacen por generación espontánea- ...es una invitación a volver a vivir por unas horas con la intensidad y el placer inocente de la niñez.

Pero acabemos con un párrafo delicioso escrito en el “Discurso para la defensa” que Gerald escribe al principio de su Trilogía de Corfú: ‘Quiero rendir un tributo especial a mi madre: como un Noé cariñoso, entusiasta y comprensivo, ha guiado hábilmente un navío lleno de extraña prole por los tempestuosos mares de la vida, siempre enfrentada a la posibilidad de un motín, siempre sorteando los peligrosos escollos del despilfarro y la falta de fondos, si esperar nunca que la tripulación aprobase su manera de navegar, pero segura de cargar con toda la culpa en caso de contrariedades. Que sobreviviese al viaje fue un milagro, pero logró sobrevivir, y lo que es aún mejor, con la cabeza más o menos indemne. Como señala con razón mi hermano Larry, podemos estar orgullosos de cómo la hemos educado: ello nos honra”. Cuando leí este texto pensé inmediatamente en mi propia madre, cuyo denuedo y dominio de sí misma y de las situaciones adversas que deben soportar todas las familias, mantenía a flote, y además en el rumbo indicado, a la nave familiar. Y como en mi caso, en el de la mayoría de las familias de la sufrida clase media de este país –por no decir de todas-. Recuerdo haberle leído estos párrafos a mi madre- también viuda, aún joven- a finales de los 70, cuando el libro cayó en mis manos. Me gané una dulce sonrisa.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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6 marzo 2025 4 06 /03 /marzo /2025 04:10

LIBROS PARA COMPRENDER EL MUNDO EN EL QUE VIVIMOS...

... Y DEFENDERTE DEL ASEDIO Y SEDUCCIÓN  DE LAS TECNOLOGÍAS Y LAS IDEAS NEOFASCISTAS

Las nuevas tecnologías y el auge de los regímenes políticos e ideologías de ultraderecha, los populismos y el predominio de la permisividad antiética en las redes, conforman junto con la crisis e inseguridad climática y económica, más la proliferación de puntos bélicos o prebélicos en el mundo, una especial psicología global de miedo, ira y fatalismo que nos afecta a todas las personas que vivimos este siglo peligroso, aunque no en la misma medida. Y prepárense, la menor preocupación por el desastre climático, la polarización política o el rechazo a la inmigración,  se da entre la generación Z, los jóvenes de 18 a 24 años, así como el acercamiento hacia posiciones de intolerantes de ultraderecha y simbologías nazis o fascistas. Como denunciaba un ensayista  en la segunda decena del siglo XXI, “la cultura del capitalismo libertario (tan lejos del auténtico liberalismo) evoluciona imparablemente hacia el autoritarismo postdemocrático”...donde ya estamos navegando como prisioneros a remo, como personajes de una novela de J.G. Ballard, el profeta del nuevo milenio

Para estar mejor informados, librarnos de las mentiras y deformaciones que circulan por nuestras pantallitas y forjar una opinión realista, lógica, razonable y lo más cercana posible a los hechos y la veracidad, no hay como usar el mejor invento cultural humano de todos los siglos, el libro. En toda la oferta inmensa de ensayos sobre los diferentes aspectos de la actualidad sociopolítica, económica e ideológica, he escogido cinco títulos, basándome en la oferta de ideas que sugieren y en las temáticas que abordan: desde los problemas vinculados al universo digital, hasta la situación geopolítica actual y las principales cuestiones y desafíos que los conflictos actuales nos plantean. He tratado de resumir sucintamente los análisis y juicios que nos brindan los autores, manteniendo en todo momento una ecuanimidad muy necesaria en la era de las “deeepfakes”. La complejidad del momento está basada en la falta creciente de contenido (y manipulación) de ideas-base utilizadas por todos en el siglo XX y principios del XXI. El contenido de palabras como democracia, solidaridad, verdad-falsedad, comunismo, racismo, identidad sexual, violencia, libertad, formación educativa, participación, drogas, juventud emancipada, derecho a la vivienda, bases políticas, progreso, consumo, ecología, clima, contaminación, dinero...entre otras, han sufrido una mixtificación bastante significativa, cuando no absoluta.  

Y no sólo los conceptos y las ideas, también la manera de presentarlas, deformarlas y usarlas como munición de ataque y defensa. Todo ello en un clima de confusión formativa e informativa. Por tanto, ¡adelante y ajústense los cinturones! Comienza  el viaje entre libros que le mostrarán un mundo que creían conocer y que les va a asombrar y... a asustar.

El primero es de un analista político de “El País”, Andrea Rizzi, autor de un libro recién publicado: La era de la revancha (Nuevos Cuadernos Anagrama, 2025). Alejo Schapire nos ofrece La traición progresista y El secuestro de Occidente, ambos en Libros del Zorzal, 2021 y 2024. Lo posthumano de Rosi Braidotti en Gedisa (2013). Fake News, haters y ciberacoso, de Mauro Munafo en Ed.Laberinto (2021).

La era de la revancha

El libro de Rizzi es una profunda reflexión sobre los cambios geopolíticos, económicos y sociales de las últimas décadas que nos recuerdan (con sorpresa y alarma) ficciones como “1984” de Orwell, “El mundo feliz” de Huxley, “La hora final”, “El juego del calamar”, los filmes de robots e Inteligencia Artificial desaforada como “Matrix”, “Blade Runners” “Her”  “Terminator” o el ambiente social violento y agresivo  de “La naranja mecánica”. Pero, no se asusten, Rizzi es un defensor de la resistencia intelectual en el análisis y evita el catastrofismo, sin minimizar la gravedad de los conflictos que menudean en nuestra época como las setas en otoño. Y la única manera de mantener el equilibrio en este escenario es buscar y analizar las causas estructurales de esos problemas que a todos nos angustian: Ucrania, Israel-Palestina, crisis climática, emigrantes, ultraderecha creciente, Trump desmelenado y los que le ríen las “gracias”... entre otros. Y adonde pueden llegar a parar.

Esencialmente nos llama la atención sobre dos dinámicas proyectivas que en esta época compiten en generar desequilibrios: el desafío de potencias autoritarias (China, Rusia y sus abanderados) que cuestionan el orden mundial democrático liberal nacido tras la IIGM y un elemento más preocupante: porque han anidado en el seno de las democracias liberales  y apoyan la creciente ola de nacional-populismos., que captan y manipulan las frustraciones de grandes sectores sociales y les venden el humo de la nostalgia de las dictaduras de ayer. Entre ellas interactúan; lo hemos visto aquí, por ejemplo, en el auge de Vox al amparo de Trump. No cesan sus ataques contra los derechos humanos, el juego político democrático y determinadas cuestiones esenciales: el cambio climático, racismo, políticas de inmigración y un increíble revisionismo del nazismo y fascismos varios. Todo ello en un ambiente social exento de racionalidad, respeto a las ideas, humanismo y espíritu crítico. Añadamos al desbarajuste caótico del espacio digital, donde toda idea excesiva y absurda tiene su asiento, junto a una violencia verbal y una inmunidad devastadoras.

Rizzi, apoyándose en magníficas citas de Shakespeare, Calvino, Goethe o Dante nos recuerda que esos grandes dislates, esas voces discordantes y agresivas, han existido siempre, aunque quizá no con la resonancia que les da la plataforma mundial digital, regida por una fracasada tecno utopía  que había prometido más democracia en los ámbitos de la política, la libertad de expresión  y el resurgir de una nueva economía y ha provocado la lamentable polarización sociopolítica de muchos países (el nuestro, también), la inseguridad privada y una amplia gama de delitos digitales. Eso es lo que, según Rizzi, da solidez a ese espíritu de “revancha” que caracteriza nuestro tiempo. Y para terminar, nuestro analista deja un resquicio para que entre la esperanza: la humanidad debe afrontar con valentía, sacrificios  y solidaridad a todos los monstruos que la amenazan, pues –como promete Dante- sólo con la resistencia se puede superar el tortuoso camino y encaminarse hacia la luz de la paz y el respeto entre los seres humanos.

Pero para poder aplicar esa resiliencia es preciso tener clara las estructuras de la situación global y entender las “tribulaciones de occidente” (todo lo que nos está saliendo mal, a pesar de los buenos pronósticos, tras olvidar lo que nos enseñó la II Guerra Mundial); las “reivindicaciones de  Oriente” (todo lo que se ha torcido en esos países, debido a la buena salud de  los vicios dictatoriales);  y los “anhelos del Sur global”, harto del neocolonialismo y la explotación de los “grandes”. En el Epílogo de su libro, Rizzi nos  ofrece una visión ética y constructiva del panorama donde no sólo se rediseñan estrategias , alianzas y coaliciones (ampliación de la OTAN y de los BRICS),  sino que las cuestiones de fondo, respeto al ser humano por encima de razas o religiones, los derechos que recoge la Carta fundacional de la ONU, la igualdad entre los sexos o la diversidad, la protección de la infancia, la salud y el bienestar, el acogimiento a los inmigrantes y más por razones de supervivencia –guerras, hambre, sequías-, han sufrido la influencia coercitiva de los nacional populismos y están volviendo a surgir vallas, muros y  fronteras cerradas, anulación de los derechos de asilo, barreras arancelarias, colapso de instituciones internacionales (ONU, G20 y COP29) y anulación de tratados de control de armas y aumento de los gastos de Defensa en todos los países. Efectos que ya tienen el sello del elefante naranja Trump en la cacharrería mundial.

Nuestra norma de vivir bajo un orden aceptado y respetado  (basado en el consenso de instituciones, patrones y normas que guían las relaciones entre Estados y entre estos y sus ciudadanos) se deshace: prospera la impunidad, se rompe el equilibrio, crecen las narrativas incendiarias y la manipulación “informativa” gracias al sumo poder de las plataformas digitales, desaparece la fuerza ética de los medios tradicionales y se manipula el debate público; rigen los demagogos, la oligarquía gobierna en la sombra. Se instaura un orden injusto en el mundo, incapaz de ofrecer soluciones a problemas reales (el clima, la pobreza, la inmigración, la (in)formación, beneficia  a algunos pocos y perjudica a la mayoría, en grados crecientes e inaceptables de dureza.

Es precisa una reconfiguración del orden mundial, empezando por el Consejo de Seguridad de la ONU e instituciones de signo  mundial (como la OMC o la OMS), los derechos de asilo y la defensa común contra el cambio climático, para que reflejen mejor el mundo actual en las cuotas de derechos de voto y funcionamiento. Sin olvidar la pavorosa amenaza trufada de ilusionantes avances que es la Inteligencia Artificial. Es preciso un  nuevo contrato social que refuerce la calidad democrática y la cohesión social  a través de  consensos amplios, con mecanismos de recaudación fiscal sólidos y servicios públicos eficientes y protección social para los más necesitados.

Rizzi cita un párrafo de la novela de Italo Calvino “Las ciudades invisibles” para ilustrar la necesidad de una rebelión individual que rechace las tres grandes tentaciones del ciudadano de hoy: el ventajismo, saltarse las reglas; el partidismo, todos son malos menos mi partido; y el nihilismo, contra los abusos de la  autoridad y el poder. “El infierno de los vivos, no es algo por venir; si hay uno es el que ya existe aquí, el que habitamos todos los días y que formamos entre todos. Se puede aceptar el infierno y volverse parte de él. O, aprender a reconocer quién o qué, en medio del infierno, no es infierno y hacer que dure y darle espacio”. El peso de las acciones individuales como cortocircuito de ese remolino, adquiere un nuevo valor. Es la preservación del juicio personal y su orientación en el norte moral, rechazando los argumentos torcidos de la lógica del cierre de filas –grupos, partidos, no sólo fascistas o de ultraderecha- - desde dentro o desde cerca de ellas. La rebelión pueden empezar con un no, pero también con un ¿por qué? Salir del conformismo, la indiferencia o el nihilismo. Buscar la malla rota en las redes que nos oprimen.

La traición progresista

El primer libro de Alejo Schapire nos dice que el mantra de la nueva izquierda es “no ofender” a los que les comen el terreno, la ultraderecha y su gestión de los emigrantes, la oposición, los necesitados. Su error fue avalar una tendencia frustrada, la del capitalismo “woke”, que ha perdido la firmeza de las convicciones en pos de un “estar en la línea” que le hace difuminar sus ideales en compromisos a corto plazo. ¿Dónde está la numantina defensa de la libertad de expresión? ¿Por qué la defensa de las nuevas especies de sexualidad ha supuesto una trampa social y laboral de difícil encuadramiento? Y la lucha contra el racismo se ha ido convirtiendo de una forma sigilosa en un antisemitismo que hace decir a una reputada filósofa norteamericana, Joan Butler, que Hamas y las facciones radicales islamistas son “los abanderados de la lucha izquierdista contra los monopolios capitalistas”. Una deformación que está sujeta a una irrelevancia del progresismo en un mundo complejo que no admite ya las viejas y oxidadas fórmulas de la lucha de clases. Y así “las fuerzas que consideran el pluralismo una virtud –las antitotalitarias- son muchísimos más revolucionarias que las antiimperialistas y darán lugar a mejores luchadores por los objetivos de la izquierda tradicional” (Christopher Hitchens).

Este libro es como el espejo mágico de la madrastra de Blancanieves, nos muestra la vejez prematura de la izquierda antiimperialista, que está avalando modelos autoritarios, reactivando métodos de preservar la “pureza ideológica” que recuerdan al estalinismo, de relativismo moral y cultural y cometiendo errores de bulto como la condena sin paliativos de la salvaje respuesta israelí al ataque no menos salvaje de los “héroes de Hamas” y promoviendo auténticos autos de fe contra los rehenes de los islamistas (hasta el punto de romper públicamente carteles con las fotos de las mujeres y niños secuestrados). La traición del  progresismo narra un problema cognitivo: con tal de no estigmatizar al diferente, no tiene reparos en hacerlo con el que está enfrente. Y que nadie ose criticarlo. Un progresismo para el que el antisionismo es la coartada que convierte a los verdugos de los judíos en víctimas de la sociedad”.

En su segundo libro, El secuestro de Occidente, Schapire nos muestra con su lucidez  también un poco sesgada por su evidente tendencia de defensa del semitismo, como en Europa por los fallos de gestión ideológica de esa izquierda, se expanden los nacionalismos populistas en occidente que destruyen los pilares de la democracia y la racionalidad liberal. Y la lucha por la democracia se ha complicado sustancialmente ya que no sólo tenemos el auge de la ultraderecha, sino un progresismo que, sin percatarse de ello, comparte el dogmatismo identitario de la derecha extrema. Y los métodos inquisitoriales para acallar la disidencia. El “depende del contexto” con el que se justifican y manipulan actitudes y comportamientos “woke” ( palabra que inicialmente definía a los que están  “despiertos” ante cualquier tipo de discriminación social y racial) se ha convertido en la práctica en  una censura inclemente a cuestiones relacionadas con una rigidez de pensamiento sobre lo que es “correcto”. Ejemplo:  Disney en sus dibujos animados de “Peter Pan”, “Dumbo” o “El Libro de la Selva” pone una nota advirtiendo que “estas obras vehiculan estereotipos racistas”. La ideología “woke” se convertido en una especie de religión secular que impone un dogma infalseable y una moral binaria de buenos y malos en función de su identidad al nacer. La filósofa Judith Butler  es una de las gurúes del movimiento (representado con la ‘Black Lives Matter’: la identidad del grupo está por encima de la identidad individual) que acoge una militancia activa en defensa de la inflación de fobias rechazadas por el wokismo: homofobia, lesbofobia, transfobia, gordofobia...”. También promueve la destrucción de estatuas en su campaña de “Condena de la memoria” una fiebre destructora de estatuas dedicadas, por ejemplo, a Colón, Cervantes, Franklin, Lincoln, Churchill, Voltaire. En el plano laboral ha denunciado la “discriminación sistémica laboral” que olvida los criterios de méritos en los accesos a trabajos  y exige protecciones a minorías, aunque estén menos preparadas, sólo por ser negro, transexual o disminuido físico (“cuotas” de reserva laboral para esos grupos). Es una ridícula “policía del pensamiento correcto” orwelliana que, con sus excesos, han favorecido, por ejemplo, el regreso de Trump, que supera el “wokismo” a base de apoyar la extrema derecha y el autoritarismo.

Con Lo Posthumano, la profesora de la Universidad de Utrech, Rosi Braidotti, ya en 2013, daba un toque de alarma sobre algo que ya vivimos en el día presente: la desaparición de fronteras nítidas entre lo que es humano y lo que no lo es. Lo curioso es que a la velocidad que lleva el “progreso” del universo digital el libro podría estar ya desfasado. Pero no. ¿Por qué? Simple: Braidotti no se ocupa de los “avances” sino de las “tendencias” -de una complejidad apabullante- sobre cómo afrontar de forma ética y defensiva un tipo de vida que ya tenemos aquí: la comida genéticamente modificada, las prótesis orgánicas, tecnologías reproductivas, las identidades y roles sociales difuminados por la Red, la colonización de la vida cotidiana bajo el empuje consumista y depredador del Sistema-Mercado y el proceso capitalista imparable de depredación, producción y consumo bajo la lógica del beneficio. Y, por supuesto, la I.A. Los movimientos medio ambientales –y un cada vez más presente Cambio Climático- los de género, sacudidos por la permisividad “woke” y el anatema de la ultraderecha, más la lucha permanente por cuestiones raciales y emigraciones forzadas que ha dado un giro dramático al humanismo, frente a unos EE.UU. que han dejado de ser el faro de la democracia en el mundo.

Y, para cerrar esta oferta de libros necesarios aunque “inquietantes”, recomiendo el volumen de Mauro Munafó,  periodista digital italiano, experto en rastrear el mal uso de las redes sociales y en especial de las noticias falsas y el odio en línea, “Fake news, haters y ciberacoso: A quién sirven y cómo protegerse”. La espiral de retroalimentación entre las noticias falsas y los discursos de odio en línea, convierte ese fenómeno destructivo  en un cáncer de las redes, usado como uno de los arietes de la extrema derecha, los neonazis y los fascistas de nuevo cuño. El libro de Munafó, ilustrado con mucha gracia por Marta Pantaleo, toca asuntos de la relevancia de  un “Manual de acción contra el ciberacoso” ; “El asalto a la privacidad: doxing y revenge porn”, “Los hater”, “La fábrica de fango”, “El odio que vierte la red”, “Los daños reales del acoso virtual”, “Reconocer y desmontar una noticia falsa”, “Deepfake, la última frontera”, un “Manual para la verificación de hechos a prueba de bulos”, “Los acosadores invaden los juegos en línea”...más un glosario “para no perderse”. Todo servido con una redacción a prueba de no iniciados.

Son libros prácticos y necesarios en un mundo que se complica:  Trump, Putin, Orban, Milei, Milena, Netanyahu; Yemen, Siria, Arabia Saudí...varios países desdichados en África negra, China o Corea del Norte...crisis en la OTAN, los Brics, la ONU, la UE, la OMC, la Agenda del Clima... Sumen hambrunas, sequías, huracanes y Danas, fuegos inabordables, océanos esquilmados, refugiados y millones de emigrantes asaltando las nuevas fronteras valladas y con muros de la vergüenza en progreso geométrico...Como dijo alguien: “Que paren el mundo, que me bajo”.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

 

 

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5 noviembre 2024 2 05 /11 /noviembre /2024 23:39

JOSEP CONRAD, MAESTRO DE LA NOVELA INGLESA, NOS CONDUCE AL “CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS”

NACIDO EN LA UCRANIA POLACA DEL XIX, FUE UN MARINO ESCRITOR Y FALLECIÓ HACE UN SIGLO

 

Se cumple el centenario del fallecimiento de uno de los grandes de la literatura mundial y británica en particular: Jósef Teodor Conrad Nalecz Korzemiowski, nacido el 3 de diciembre de 1857, en Berdiczew (Ucrania), en el seno de una familia polaca de la pequeña  nobleza rural, bajo dominio ruso. Era hijo de un intelectual, autor teatral, traductor de Shakespeare al polaco y director de una revista, que sería detenido y condenado al exilio y prisión en una localidad del norte de Rusia, por haber intervenido en el levantamiento polaco contra el dominio ruso en 1863. En el destierro moriría de tuberculosis su madre y unos años más tarde su padre, agotado y enfermo por las inclemencias del clima. Conrad, huérfano, sería acogido por su tío a los 11 años. Decide ser marino y su tío le envía a Marsella al cuidado de un joven que conoce bien el gremio de los abastecedores de navíos. Su primera experiencia de navegación la hace por el Mediterráneo. Va teniendo aventuras en ese ambiente (una de ellas fue abastecer de armas a los carlistas españoles).

A los 21 años llegó a Inglaterra y comenzó a aprender su lengua y, en forma muy intensa, se dejó embrujar por lo que él llamaba “la caballerosidad y el honor inglés”. Empezó a navegar como grumete en un paquebote fluvial por el Támesis y así comenzaría una carrera de marino, marinero de primera, primer oficial, segundo de a bordo y capitán que le llevaría por todos los océanos a lugares remotos y culturas extrañas en los mares del Sur y Malasia, forjando su carácter con ese toque de disciplina, solidaridad y compañerismo, sentido del honor y laboriosidad que se resumían en un principio sacrosanto de la Marina británica: llegar a merecer del superior una frase sencilla y valiosa: “Buen trabajo”.

Conrad  resumió esa época con su habitual elegancia: “Aunque la simple curiosidad y un puro amor a la profesión de marina fuera lo que me llevó a abrazarla, la he ejercido escrupulosamente después de sufrir todos los exámenes reglamentarios y de haberme ganado la estimación de mis jefes de que fui un buen marino y un capitán de largas travesías digno de confianza”. Conoció un mundo abigarrado de marinos, comerciantes, corredores de comercio, aventureros, rajás, holandeses, chinos y malayos que integraría sus relatos y novelas.

Dos cuestiones más saldrían a flote en este sumergirse en las páginas de la obra de Conrad: el polivalente sentimiento de amor-odio-respeto-miedo hacia el mar; y la permanente huida y autovaloración de sí mismo frente a su otro juez interno: la escritura. Ella le permite crear un telón de palabras tras el cual se cobija una persona sensible, insatisfecha, autocrítica y triste. Al lector atento, la enorme y compleja riqueza del estilo literario conradiano le atrae fuertemente, pero también puede producirle la sensación de que detrás de ese estilo recargado, ceremonioso, cultísimo y profundo, hay un ser herido por la vida que trata de esconderse tras la recargada vestimenta de un noble caballero inglés del siglo XVIII; un pequeño polaco irritable, tímido, reservado y cordial, que nunca dejó de suspirar por su familia tan prematuramente perdida y por los ideales de una Polonia libre en una Europa unida.

Hacia la segunda mitad de su vida, abandonará la vida marinera y se hará escritor. Adoptará el nom de plume de Josep Conrad y así fue, es y será conocido por todos los amantes de la buena literatura. Murió el 3 de agosto de 1924 a los 66 años. Acababa de rechazar el título nobiliario de Sir, ofrecido por el primer ministro británico Ramsay Mc Donald en nombre de la Reina. Dejó inacabada una novela titulada “Suspense”.

Joseph Conrad es una afortunada mezcla de dos vocaciones vitales, profundas, creativas y fructíferas: la marina y la escritura. Unamos a esto tres coordenadas que influirán en su vida y su obra: lo polaco por sus raíces (y la lucha por su propia identidad, heredada de la dura historia de esa nación); la lengua inglesa por conquista, como él escribe “en el sentido en que es conquistada una mujer, por amor, que es una especie de rendición” y el mar, como oficio, desarrollo humano y formación (y hervidero de temas, caracteres y vigor viril en su obra). Pero no cedamos ante el espejismo del amor al mar de Conrad. Desde que lo abandonó para escribir sobre él, no volvió a acercarse a las olas y los puertos. El mar no podía ser su amigo, lo conocía íntimamente y sabía de su cólera y de la falta de sentido de los esfuerzos agotadores que exigía. Sólo en 1898, ya casado y con un hijo, Borys, por razones de índole económica, trata infructuosamente de volver a la Marina mercante sin éxito. Sus recuerdos de marino no le traían nostalgia: eran el material preciso para sus dotes de escritor, una materia a modelar. Casi todos los argumentos de sus mejores novelas y la temática de sus memorias y ensayos, tienen al mar como protagonista y depósito de personajes y acciones vividos o escuchados desde los 17 a los 37 años de su vida.

Aparte de su intrínseca valía literaria y su amor a los viajes y a la aventura pura y simple –que me atrajo desde mi adolescencia, cuando leía “Lord Jim, “La Línea de sombra” o “El espejo del mar- mi afecto por Conrad encontró más tarde una total confirmación cuando leí varias obras en las que el escritor defendía la paz, la solidaridad y el diálogo entre las personas y las naciones por encima de cualquier otra consideración. Una veintena de novelas, ensayos, relatos, memorias y una nutrida correspondencia, integran el corpus conradiano. Añadan quizá medio centenar de volúmenes críticos y biográficos. Y una nota al margen: los que piensen que conocen la obra de Conrad viendo “Apocalipsys Now” (supuestamente basada en “El corazón de las tinieblas”o algunas otras películas que reflejan, mal que bien, sus novelas: “Lord Jim” con Peter O´toole, “El agente secreto” o “Nostromo”...se equivocan. Para conocer y disfrutar de esas obras en todo su enorme  potencial, deben leerlas. Generalmente superan en valía, profundidad y brillantez a las películas correspondientes.

Cuando Conrad, bisoño capitán de barco, acepta en 1889 el encargo de sus armadores de remontar en rio Congo, no espera el horror que había de encontrar allí y que luego plasmaría en 1898 con “El corazón de las tinieblas”: un “Estado Libre” que en realidad era la propiedad privada del rey Leopoldo II de Bélgica, un sátrapa que convertiría el país en una fuente de riqueza, a manos de las mercaderes que obtenían los permisos de explotación y llenaban las arcas propias y las del rey, sin protección ni ley  ni autoridad alguna para con los nativos, tratados como esclavos y bestias de carga. El narrador, Marlow, viaja al Congo en busca del desaparecido Kurtz, un agente comercial al servicio de las empresas belgas. A su regreso cuenta a unos amigos que en el momento en que encuentra a Kurtz, ve que ha sufrido una brutal metamorfosis: es un perturbado que se ha autoerigido dios de los aborígenes, enfangados todos en una abominable orgía de sangre, sexo, violencia y bestialidad. Cuenta: ...”la selva le había cautivado, amado, abrazado, penetrado en sus venas, consumido su carne y unido su salvaje alma a la de él, por medio de inconcebibles ceremonias de algún tipo de iniciación demoníaca”. Esta obra, “acaso el más intenso de los relatos que la imaginación humana ha labrado” según lo valoró Borges, ha tenido una enorme influencia en otros escritores desde García Márquez a Vargas Llosa o desde Orwell y Graham Green a Virginia Woolf y Camus.

Pero el auténtico viaje al corazón de las tinieblas fue el que el mismo Conrad sostuvo contra y a favor de sí mismo. Pocos grandes escritores han buceado con tanta sinceridad, dureza y entereza como este polaco trasmutado en inglés. En casi todas sus obras, Conrad iniciaba el volumen con un prólogo o proemio hablando de sí mismo y de sus circunstancias para escribir dicha obra, con la misma minuciosa pasión y elevado tono literario con el que  describía las vidas y labores de sus personajes. Una introspección permanente –del escritor y sus personajes- en busca de una cierta ética existencial y de su ausencia. Pero justificada por un sentido del deber y de la labor bien hecha que Conrad había aprendido en sus veinte años de marino profesional. En 1894 realizó su último viaje como marino mercante a Australia. En el viaje de regreso conoció a varios escritores, entre ellos John Galsworthy y Edward Garnett, que le animaron a escribir sus vivencias. Durante los treinta años restantes, hasta su muerte, Conrad hizo fructificar literariamente todo lo que había aprendido en un oficio que practicó con inteligencia, sentido de solidaridad, estoicismo, capacidad de sufrimiento y grandes dotes de observación. En sus relatos el hombre está solo, cara al universo con ese sello austero y leal del hombre de acción que también supo pergeñar Rudyard Kipling

Javier Marías en su libro “Vidas escritas” escribe sobre la irritabilidad del escritor, su enfermiza salud –padeció dolorosos ataques de gota y articulares toda su vida - su amor por la lengua y literatura francesa y el fuerte acento con el que hablaba inglés, aunque dominaba asombrosamente la lengua al escribirla. Paul Valery dijo al respecto: “hablaba el francés con un buen acento provenzal, pero el inglés lo hablaba con un acento horrible y muy divertido” El mismo Conrad en su “Nota del autor” para su libro “Crónica personal” desmiente irónicamente los comentarios de que su maestría en el inglés era “casi milagrosa” en un polaco: “En mi caso, el inglés no fue producto de una elección o una adopción...y debe constar que yo fui el adoptado por el genio de la lengua: el inglés siempre había formado parte de mí, aunque lo empecé a conocer cuando estuve de marinero en un barco que navegaba por el Támesis, a los 17 años. El  idioma se apoderó de mí de una forma tan cabal, que sus propios giros idiomáticos incidieron de forma directa en mi temperamento y modelaron mi todavía maleable carácter. Explicar esto a los demás sería tarea imposible, como proponerse  explicar el amor a primera vista”. Y más teniendo en cuenta que como él escribió en uno de sus prólogos: “Soy tan prolijo en mi escritura – se me ha censurado una cierta falta de contención en exponer mis experiencias personales-  que dado que no había escrito un solo renglón para darlo a la imprenta antes de los 36 años, tengo una infinidad de cosas que relatar y también debo pagar mi tributo al mar, a sus barcos y a sus hombres, con los cuales sigo en deuda  por esa infinidad de cosas que han terminado por hacerme tal cual soy.”

En 1894 conoce a su mujer, Jessie George, en Suiza donde está en tratamiento por su reumatismo. Se casa en 1896 y hace amistad con los escritores Cunningham Graham y Stephen Crane (sobre quien escribirá un excelente ensayo). Inicia su novela Salvamento que no publicará hasta 1920.Ya no dejará de escribir y publicar. Conoce y es valorado por escritores como Kipling, Henry James, H.G. Wells, Ford Madox Ford (con  quien escribe una novela, Los herederos), George Bernard Shaw y Bertrand Russell. En 1904 su mujer sufre un accidente y queda parcialmente inválida. En 1906 nace su segundo hijo Alexander. Tiene constantes periodos de dificultades económicas que le desesperan. Su enfermedad reumática empeora y su mujer debe sufrir varias operaciones, pero sobrevivirá a su marido, que fallece en 1924. Por lo menos tuvo el consuelo de vivir un año antes un éxito apoteósico como escritor durante su viaje a Estados Unidos.

Lo cierto es que hay un enorme paralelismo entre la dedicación, placeres, sufrimientos y trabajos agotadores de sus tiempos de marino y los que le produjo su terca y obsesiva dedicación a la literatura. Con el añadido de los sufrimientos físicos y psíquicos que le ocasionaban las enfermedades adquiridas en sus viajes –gota y reumatismo entre otras- y su propio talante batallador poseído por un gran deseo de escribir. Como él mismo dijo alguna vez: “Mi trabajo se retrasa...mi cuerpo padece una tortura incesante y me siento cansado hasta de pensar”.

BREVE TRAVESÍA POR ALGUNOS DE SUS LIBROS

La locura de Almayer, es la primera novela que empieza a escribir (en 1889), la interrumpe por su viaje al Congo (de dónde nacerá años más tarde Viaje al corazón de las tinieblas, de la que ya hemos tratado) y la publica en 1895. Su protagonista, Almayer, es una figura trágica que enloquece a causa de la barbarie que se apodera de su mujer y su hija, ambas indígenas, que lo abandonan. La soledad y la dureza de una naturaleza hostil destruyen la mente de Almayer.

El negro del “Narcissus”, una historia del mar, publicada en 1897, es una alegoría sobre la soledad, las condiciones de vida extremas, el miedo, el resentimiento y la solidaridad. James Wait, el marinero negro que supuestamente enferma de tuberculosis y que desata un enfrentamiento entre los tripulantes que quieren obligarle a trabajar y los que lamentan su enfermedad y le apoyan. Hay una gran tormenta –es la especialidad argumental de Conrad- y entra en acción Donkin, un marinero malvado que se enfrenta al duro capitán Alistoun e inicia un motín, que es sofocado. El capitán descubre que Wait fingía su enfermedad y se burla de los temores y prejuicios de los marineros, pero muere después de avistar tierra.

Lord Jim, publicada en 1900, es la historia de un oficial de un barco de pasajeros, el Patna, que encalla en unos bajíos y se le abre una vía de agua que amenaza con hundir el navío. El capitán y rodos los oficiales, incluido Lord Jim –el único que duda y teme por los pasajeros, pero se contagia del miedo irresistible de los otros- abandonan la nave a su suerte, cargada de peregrinos llenos de pánico, violando el código marítimo. Pero el navío no se hunde y es rescatado por un barco francés que los lleva a puerto. Los indignos oficiales son llevados a juicio y condenados, La historia nos la cuenta un oficial francés en charla con otros comensales. Reflexiona sobre el comportamiento de Lord Jim, que jamás se perdonará a sí mismo ese gesto infame para el resto de su vida –donde vive con fortaleza las dificultades que se le presentan-  y le llevará al suicidio. El oficial trata de ser imparcial en su juicio: “He conocido a muchos valientes de verdad, pero todos confiesan que hay un instante, una circunstancia, en la que el mejor de nosotros lo olvida todo, un instante en que todo se abandona...y llega el miedo, un miedo horripilante y uno se olvida de sí mismo...sólo le queda sobrevivir”.

Tifón, publicada en 1903, es la aventura de un barco cargado de coolies chinos. En plena tempestad los chinos comienzan a luchar entre sí y a matarse mutuamente por deudas y trampas en el juego. Tormenta y rebelión amenazan con hundir al barco. Pero ahí interviene otro de los grandes personajes de Conrad, el capitán Mc Whirr, que sin perder ni un momento la calma y la autoridad serena y apática logra reducir a los chinos y salvar el barco.

Nostromo, publicada en 1904, revoluciones políticas en  Sudamérica; anarquistas londinenses en El agente secreto, de 1907 ; y conspiraciones en la Rusia zarista represiva en Bajo la mirada de occidente,  publicada en 1911, son las tres novelas en las que Conrad explora como si fueran aventuras, el fracaso de los ideales políticos y la corrupción social, con una visión crítica casi nihilista del futuro en tales sociedades. Quizá sea Nostromo la más conseguida. Crea un país ficticio en Sudamerica, Costaguana, en la que sus personajes más o menos idealistas acaban cegados por sus propias ambiciones. Entre ellos el mismo Nostromo que acaba robando un cargamento de plata que se le había confiado y va degradándose aún más conforme gasta su fortuna.

El espejo del mar, publicada en 1906, es uno de los libros de reflexión personal e íntima más fascinante surgido de la pluma de Conrad. Recomiendo la versión de libros Hiperión con traducción de Julián Marías y prólogo de Juan Benet. Lleva el subtítulo “Recuerdos e impresiones”. Como dice Benet en su prólogo “en este libro no hay una sola página de estilo menor, no hay un solo personaje o frase de reputación dudosa...todo el libro es el mejor Conrad”. Marías se extiende sobre la perfección del inglés que usa Conrad y añade “al mismo tiempo, es de lo menos inglés que conozco. Su serpenteante sintaxis apenas tiene precedentes en ese idioma y también la meticulosa elección de los términos, arcaísmos, expresiones en desuso, variaciones dialectales y acuñaciones propias, convierten el inglés de Conrad en una lengua extraña, densa y transparente a la vez”.

Victoria, publicada en 1914, con un enorme éxito. Se desarrolla en una isla desierta, en una especie de peligroso juego del escondite entre los sórdidos y brutales “desperados”, Heyst, un soñador inútil y una mujer combativa, Lena, que lucha contra el mal hasta la muerte, pero “con su sacrificio triunfa moralmente sobre el caos del mundo” como apostilla Italo Calvino en su libro “¿Por qué leer los clásicos”

La línea de sombra, en 1917, es una historia que refleja la personal crisis interior que vivió Conrad cuando -en sus propias palabras- “se traspasa esa línea de sombra que divide la juventud llena de sueños de la madurez: momentos de desgana, hastío e insatisfacción, en los que los jóvenes  se sienten movidos a cometer actos imprudentes o abandonan un  cargo de importancia”. Como soporte biográfico de la idea, en 1894, a los 37 años, el escritor dejó su empleo en un barco y se dedicó enteramente a la literatura.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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1 octubre 2024 2 01 /10 /octubre /2024 18:49

LA FILOSOFÍA, ORIGEN Y ADVERTENCIA DEL PROGRESO Y DE LOS ERRORES DEL SIGLO XXI

 

LEIBNIZ, KANT Y KIERKEGAARD, TRES GENIOS QUE ANTICIPARON EL SINGULAR PERO PROBLEMÁTICO PRESENTE DE LA HUMANIDAD

 

 Ustedes se preguntarán qué diablos tienen en común, qué objetivos semejantes o qué vidas en paralelo unen a estos tres hombres –Gottfried Leibniz, 1646-1716; Inmmanuel Kant (1724-1804) y  Soren Kierkegaard (1813-1855), que viven encabalgados en  tres siglos y a los que nadie propondría como los Tres Camaradas de la Filosofía, por sus temas, sus métodos y el desarrollo intelectual de sus ideas. Sólo hay una semejanza  que une a los tres: su inteligencia y la ambición “totalizadora” de sus obras ( más evidente en Leibniz y Kant que en Kierkegaard).

Aparte de leer o repasar las obras de estos tres colosos filosóficos me he basado en tres libros recientes aparecidos donde se analizan la vida, obra y repercusiones de cada uno de ellos: EL MEJOR DE LOS MUNDOS POSIBLES (Los 7 días que cambiaron la vida de Leibniz) de MICHAEL KEMPE –Ed. Taurus; EL TORBELLINO KANT de NORBERT BILBENY- Ed.Ariel: KIERKEGAARD, El filósofo de la angustia y la seducción de JOAKIM GARFF- Tusquets Editores.

Dos circunstancias despertaron mi atención para realizar este trabajo. Una, el debate periodístico y cultural sobre la cada vez más evidente necesidad de nutrir y dar mucha mayor importancia a los estudios y la formación filosófica en los planes educativos y –idealmente- en los medios de comunicación en general. Es una cuestión que crece exponencialmente ante el impacto de las nuevas tecnologías en el desarrollo mental e intelectual de las personas: desde la hegemonía operativa de los móviles, las Redes, la IA y las implicaciones tecnológicas en nuestras labores en su totalidad; desde las más íntimas, a las laborales y las sociales. Una tendencia invasiva que llega a cuestionar la misma existencia del ser humano, superado en todo por la máquina, excepto en el núcleo de su propio ser: las emociones y sentimientos desde lo personal, lo familiar, lo social y lo político. La segunda circunstancia, que se sigue basando en la constante aparición de libros y artículos de prensa y revistas especializadas o debates públicos en los que se reivindica una mayor presencia de la filosofía en la formación escolar, universitaria –aunque sea técnica- y en todos los medios de comunicación, de argumentos en favor de esa necesidad. Y en esos trabajos se perciben algunas veces citas de los tres filósofos citados y en alguna ocasión a los tres conjuntamente, porque sus aportaciones teóricas y de especulación filosófica resuenan llamativamente en muchos aspectos de nuestro presente socio-tecnológico, la moral y el sentido ético, las actitudes y comportamientos de las población global. Como aseguraba uno de esos trabajos citados, el optimismo de Leibniz, el humanismo de Kant y la angustia existencial de Kierkegaard (hay muchos más elementos) han influido de manera directa en bastantes aspectos de las ideas, comportamientos sociales y conceptos filosóficos propios de  los siglos XX y XXI. Estos tres filósofos sugieren tras una lectura atenta y alternante, que han contribuido de manera muy especial a constituir el corpus de muchos de los problemas, progresos, errores y hallazgos de la filosofía del momento y su reflejo en la sociedad actual.

 

 GOTTFRIED LEIBNIZ

 

Comencemos este paseo filosófico con Leibniz. Cercano a Descartes y Spinoza, racionalista contumaz, despejó el camino en pleno siglo XVII  a los hervores revolucionarios de la Ilustración que acontecerían en el siglo siguiente. Cuando Descartes le dio una patada –pienso, luego existo-  a los siglos de filosofía escolástica y medieval sin llegar  a oponérseles del todo –eso le hubiera acarreado problemas- pero sentando la base de ruptura con la tradición establecida a través de la duda metódica,  hizo temblar los cimientos de las estructuras del pensamiento, casi a la altura del “sólo sé que no sé nada” socrático. Leibniz, campeón del conocimiento de ámbito universal, añadía valores donde Descartes los restaba. Y si este buscaba la simplicidad racional y simple de un comienzo radical como apertura al conocimiento, Leibniz abría generosamente la mente a todos los conocimientos y materias para revalorizar y, al tiempo, renovar: desde el campo de la justicia y el derecho a la psicología, la filosofía y las ciencias humanas, desde la física al conjunto de las ciencias naturales, sin desdeñar la política, la historia e incluso la técnica curiosa y específica de ordenar y mantener e enriquecer las bibliotecas.  Y no sólo aportó relevantes adelantos en todas esas materias sino que, siguiendo el consejo estoico, pasó a la acción y aplicó esos conocimientos a la vida práctica pública y privado, ejerciendo  sus varios saberes en la corte de Hannover y a través de una copiosísima correspondencia con las más importantes figuras del poder político, las artes y las profesiones en su tiempo y de toda Europa.

Leibniz es la figura del sabio universal por excelencia con la particularidad de que más que establecerse en las nubes elitistas de los eruditos, sus pensamientos ofrecían siempre una índole práctica que les acercaba a todos los estamentos sociales. En eso preludiaba ya el talante de nuestra época con el sesgo pragmático y utilitarista del conocimiento. Para él, el pensamiento no debe dar la espalda a la realidad, la teoría debe ser de utilidad práctica, la complejidad no debe estar reñida con la claridad. Y el verdadero conocimiento tiene una doble base: el juicio y la invención. Es lo que ahora llamamos “innovación”: juzgar y descubrir.  Su lema personal era “Theoría cum praxis”: la teoría debe convertirse en práctica y la práctica no puede subsistir sin la teoría. Piensen que abrió el camino a la digitalización a través de su hallazgo del sistema binario, pero también diseñó las primeras máquinas de calcular, cultivó las matemáticas aplicadas: inventó un signo matemático nuevo, el de la integral que daría luz al indispensable cálculo diferencial. Su filosofía analítica y la aplicación de la lógica a la vida común resultan muy cercanas a las de hoy día. Fue en 1703  cuando creó las bases del sistema binario, fundamento de la informática. Todo ello con una particularidad: su radiante optimismo. No entendido como una posibilidad etérea, mística y poco racional, sino profundamente práctico y sencillo, basado en brillantes análisis de posibilidades y opciones. Rechaza la unilateralidad del pesimista, que condena al mundo y a sí mismo y explora las posibilidades y potencialidades que permiten un camino positivo.

Su obra principal, “Ensayo de teodicea. Acerca de la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal” razona sobre la lógica interna de la existencia del mal y el sufrimiento y el dolor en un mundo que ha sido creado por Dios, y en el que optó, en salvaguarda de la criatura humana, y su libertad de elección –que es lo que le confiere dignidad-  crear “el mejor de los mundos posibles”, en el que el mal era una parte necesaria aunque indeseable, del complejo y también necesario equilibrio -entre lo positivo y lo negativo- del mundo.  La obra rompió muchos esquemas tradicionales y logró que Voltaire la tratara de pulverizar con una novela satírica “Cándido” , en la que además de acusar a Dios de indiferencia ante la desgracia humana –cita el terrorífico terremoto de Lisboa de 1755 que causó miles de víctimas y destruyó la ciudad-  ridiculiza a Leibniz con las absurdas teorías del erudito Dr.Pangloss donde los enterados en filosofía, vieron una parodia de Leibniz. Michael Kempe, al contrario que Voltaire, ve en el optimismo de Leibniz una doctrina indispensable en nuestros días, en los que el pesimismo –que muchos llaman “realismo”- ha tomado carta de naturaleza con estos dos terribles siglos, el XX y el actual, y rezuma por todos lados su “razonable” pestilencia –en la que casi todos caemos alguna vez-.

IMMANUEL  KANT

Kant nació hace trescientos años exactos en Königsberg, entonces un enclave alemán de Prusia Oriental a orillas del Báltico. Un lugar muy apetecible estratégicamente. En 1945, tras la II guerra mundial fue ocupado por Rusia y pasó a llamarse Kaliningrado. Stalin expulsó a dos millones de alemanes que allí vivían y lo repobló con ciudadanos rusos. Sin Kant, nadie recordaría ese enclave. Fue un sorprendente profesor, enciclopédico, intelectualmente osado y revolucionario en su percepción del hombre y sus cometidos, desde el mismo origen de su pensamiento hasta todas las variedades y profundidades, ética y moral, racional, lógica, filosófica y científica de la vida personal, social y política. Casi resulta una obviedad argumentar el porqué de la perenne actualidad de este puntual (los ciudadanos de Königsberg ponían su reloj en hora cuando Kant comenzaba su cotidiano paseo matinal) y puntilloso ciudadano prusiano de hace tres siglos. Sólo les diré que en una nota a pie de página de la “Crítica de la razón pura” (1781) decía: “es la época de la crítica, a la que todo debe someterse” desbancando toda opción a la metafísica y a las mentiras. Justo lo que el siglo XXI necesita desesperadamente. Pero sigamos...

Kant es la razón práctica, es la razón teórica, es la razón pura...en suma, es la razón como atributo humano que nos hace más humanos cuando sabemos aplicarla y conocemos sus límites y variedades. Es la referencia inexcusable de cualquier humanista amante del progreso, de la democracia, las repúblicas unidas por la solidaridad y el bien común, el cosmopolitismo y el respeto a todas las variaciones, a todos los diversos seres humanos, sea cual sea el color de su piel, sus creencias religiosas o sus simpatías políticas. Y por supuesto, el estado de su bolsa. Preconizaba la necesidad del consenso y el diálogo entre las naciones, en su libro “Sobre la paz perpetua”  mientras sufría la presión de un monarca –Federico Guillermo II- con ansias dictatoriales. Dijo en su libro: “La posesión del poder perjudica  el libre juicio de la razón”. ¿Hay algo más actual que esa frase para nuestro siglo? Pues justamente vivimos en una situación en la que dominan las propagandas y los dislates más tortuosos en los medios, tan alejados de la razón kantiana como este público poder de las emociones que trata de mantener a los ciudadanos en una disfrazada minoría mental.

Fue partidario de una educación universal e igualitaria y sustentador del imperativo categórico: “Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley para todos. De tal modo que trates a la humanidad, tanto a cualquier otro como a ti mismo, como un fin en sí, no como un medio. Y que esa máxima de tu voluntad pueda valer como principio de una legislación universal”. Ahí es nada.

Las influencias –visibles o indirectas- de su pensamiento, en los siglos posteriores, se ha mantenido incólume aunque en muchísimos aspectos no ha superado la fase del “deber ser”, una meta más o menos lejana pero  posible. Para él la dignidad del hombre es un valor absoluto. Por ello debemos actuar siempre con buena conciencia y mejor voluntad y cómo, figúrense, en toda circunstancia y sin descanso debemos atrevernos a intentar comprender  lo que juzgamos incomprensible. Todo esto se encuentra en dos de sus obras: Crítica de la razón práctica (1788) y Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785).

Kant, lector del  Emilio de Rousseau, sostiene en todo momento que sólo la ética nos obliga y con el uso recto del pensamiento no hay una realidad oculta, no hay ninguna verdad fuera de nuestro alcance: no son necesarias las creencias religiosas o la subordinación a ellas. Sabemos lo que está bien porque tenemos conciencia de que existe una ley moral, aunque también, en uso de la libertad, podemos engañarnos y traicionarla. Entonces también nuestros actos se convierten en irracionales. Y también obramos en contra de aquello que por las leyes de la evolución natural tenemos grabado en nuestra mente para poder razonar sobre las experiencias posteriores. Kant esboza un pensamiento que se acerca a los principios de la física cuántica: el mundo que vemos es mucho más complejo de lo que creemos ver y  lo observado cambia por efecto de la mirada del observador. Quizá la teoría kantiana ha quedado desfasada, vía Einstein: la pura razón humana no está capacitada para alcanzar o entender la verdad absoluta. Kant pensaba que sí, aunque admitía que la razón podía entrar en contradicción consigo misma y lo esboza en una pregunta sin respuesta: ¿cómo elegir entre dos cosas que se contradicen entre sí, pero que  ambas son verdaderas?  Ese ver la existencia desde por encima de la escala humana es, según la tradición religiosa (que Kant no sigue pero respeta) ponerse a la altura divina. Kant no da un paso más, pero admite –adelantándose tres siglos- que la razón nos proporciona un medio, quizá abismal, para iniciar ese viaje. Y considera un esfuerzo bien empleado –aunque quizá no lleve a ninguna meta- pues esa navegación peligrosa es una excelente escuela para aprender a navegar en el futuro por las procelosas aguas del ser y el mundo.

Kant sitúa al hombre, al ser humano, en el centro del trabajo filosófico de toda su vida: desde sus teorías del conocimiento a sus consejos éticos y a su crítica de las religiones. Y dejó en el aire para las generaciones posteriores tres preguntas fundamentales: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer?  y ¿Qué me está permitido esperar? Las respuestas a esas preguntas configuran lo que es un hombre del siglo XXI. Y también la razón por la que Kant sigue siendo un desafío para el ser humano del siglo XXI.

SÖREN KIERKEGAARD

La magnífica biografía de Joakim Garff (la mejor de las citadas en este trabajo), en sus más de 900 páginas de apasionante recorrido por la vida de un hombre excepcional, logra ponerse a la altura del biografiado. No en vano  Garff es desde 1994 profesor  en el centro de investigación dedicado a Kierkegaard y coeditor de la obra completa del filósofo. Este libro ha sido traducido a trece idiomas y ha obtenido el premio Georg Brandes, un filósofo, crítico y ensayista danés que vivió en Copenhague en los últimos años de Kierkegaard (éste murió cuando Brandes tenía 13 años).

Para llegar a Kierkegaard tendría que hablarles detalladamente de su vida, de su soledad, de sus obras, de su angustia, de sus amores, de su desconcierto, de su agresividad ante los tontos y los malvados, de sus tormentos, de su genialidad indiscutible raramente aceptada en vida, de sus poses más o menos artificiosas, de su voluntad de ser, de su amor desesperado hacia la vida...y eso no cabe en C&C ni aunque dedicáramos todo el presente número a Kierkegaard. Por lo tanto pasaremos de puntillas por el fenómeno cultural, social y filosófico que constituye S.K. y quede aquí mi recomendación entusiasta de que aborden, primero, la biografía de Garff y después, con el orden que quieran, algunas de las obras firmadas por S.K. Después entenderán por qué les he metido en este triunvirato de filósofos que preludiaron muchos aspectos de la sociedad y el conocimiento del siglo XXI, desde el pensamiento hasta el cómic, desde la narrativa a la psicología, desde el teatro al cine.

Kierkegaard, filósofo autónomo, retador y original, con un físico ligeramente deforme y que seguramente  le inspiraba, a tenor con el desafío y el desprecio ajeno que entrañaba, una mente brillante y una retórica desafiante y provocadora (armada con un humor corrosivo), vivió una historia de desafíos, burlas, un gran amor femenino –Regine Olsen, (léase su “Diario de un seductor”)- y sufrió un calvario de penalidades, aunque con denuedo incansable, mantuvo una cruzada personal llena de sentido común y mala uva contra la rígida y poderosa Iglesia de su país.

De hecho lo más interesante de su vida íntima nos lo ha proporcionado el propio S.K. en los numerosos datos y comentarios autobiográficos de su obra, escrita sin tapujos, ni disfraces, honesta hasta lo inconcebible, desgarrada y tan llena de matices provocativos por su sinceridad que se le considera el antecedente más sincero de todo lo que caracterizó ese movimiento llamado existencialismo. El cual estallaría muchos años después de la mano de los filósofos y escritores franceses, extendiéndose como una gran mancha de pintura naif por toda Europa, hasta recalar –casi como algo obsceno-  en los EE.UU de los cincuenta y sesenta del pasado siglo, tomando un disfraz algo más colorista.

Acompañar a Garff en su recorrido por la difícil pero sumamente creativa existencia de S.K., entre la popularidad y el desprecio, la riqueza (pertenecía a la élite económica de la ciudad) y la pobreza (“no tengo ni siquiera para pagarme una lápida”), una dolorosa enfermedad terminal que acabaría con él a los 42 años y los altibajos de una vida dedicada a la escritura y el pensamiento y a la crítica sin cuartel contra el rigor y la hipocresía de la Iglesia de Dinamarca...y al mismo tiempo sus diferencias con el padre severo (al que amaba y era correspondido, a pesar de los choques), su grafomanía triunfante que le hacía escribir siempre protegido por  pseudónimos y su presencia –una joroba que afeaba y singularizaba su aspecto atildado y siempre bien vestido (fue objeto de caricaturas y bromas de mal gusto)- pero sobre todo por su espíritu crítico y nada conciliador, iconoclasta y heterodoxo, que alborotaba a la grey conservadora de su ciudad. Tampoco su relación con Regine Olsen que le inspiró miles de páginas hermosas, sensuales, profundamente agudas, sobre el amor, llegó a ningún puerto seguro. S.K. rompió su compromiso con ella sin dar explicaciones. Como escribe un comentarista de su figura, “amaba la vida como pocos pero sufría como nadie”.

Pero esa desdicha personal también se reflejó en el siglo XX, cuando sus ideas sustentaron el entramado filosófico y vitalista del existencialismo. Muchos filósofos, practicantes o aficionados, tienen muy en cuenta su célebre definición de la existencia en tres posibles modos de vivir: el estético, el ético y el religioso. Los tres estadios o esferas estructuran el proceso de la vida humana (“Estadios en el camino de la vida” -1845, publicado con el pseudónimo Frater Taciturnus). Como él mismo aclara: “La esfera estética es la esfera de la inmediatez, la ética la esfera de la exigencia –tan infinita e inabarcable que acaba afectando al individuo- y la religiosa la esfera de la plenitud.” Pero eso, nos advierte, son “saltos” casi cuánticos, diríamos hoy, que conducen a otra dimensión ya que el sujeto se juega su existencia a todo o nada en cada una de las esferas. Esa rotundidad en la entrega y el proceso es lo que define el talante existencialista.

Toda su apasionada obra está llena de ironía, de humor, de parábolas que cumplen una función: de hecho agrandan el placer que da su lectura y muestra por una vía afectiva más que discursiva o racional la verdad moral que desea transmitir, ignorando los rígidos límites del concepto y proyectando lo que propone hacia la acción y la vida. Se dice que su humor irónico y activo, punzante, está a la altura de muchos textos de Kafka, de Becket o incluso, apunta otro comentarista, de Melville (“el genial “Bartleby, el escribiente” con su célebre “Preferiría no hacerlo”) con un descaro que limita con el absurdo, usado por S.K. en algunos textos llenos de arrebato burlón. La mayoría de sus obras –ocho, según él) las firmó con pseudónimo (excepto las religiosas). Victor Eremita, A, Juez William,  Johannes de Silentio que firma “Temor y Temblor”, Vigilius Haufniensis (“El concepto de la angustia”), Nicolaus Notabene (“Prefacios”), Hilarius Bookbinder (Estadios en el camino de la vida), Johannes Climacus (“Migajas filosóficas”), Anti-Climacus (“La enfermedad mortal” y “Práctica del cristianismo”). Precisamente en esta última deja escapar un  dardo contra los pastores religiosos de la Iglesia Danesa, (y también contra su propio padre, que le inició en un cristianismo duro y severo): “nada hay más ridículo en la práctica que ver las categorías religiosas empleadas con gravedad estúpida, en vez de emplearlas con ingenio y jovialidad”

Siguiendo con el existencialismo, Sartre, el abanderado del movimiento, no reconoció nunca la deuda con S.K. y desdeñó el mensaje de renovación ética y autenticidad de la faceta religiosa del hombre, una de las claves de la obra del danés. Sin embargo Karl Jaspers y Albert Camus confrontaron el legado filosófico de Kierkegaard, Jaspers desde la psiquiatría y el análisis renovador de la enfermedad mental bajo la crisis existencial y Camus arguyendo que la crisis vital es más debida al absurdo existencial que a la religión. Pero tanto Heidegger como Unamuno, reconocen la influencia de Kierkegaard (el español hasta el punto de aprender danés para seguir las teorías del que calificaba como su “hermano”). Pero en ellos –y en muchos de nosotros, seres del siglo XXI- resuena la opinión de S.K. de que el origen del pensar humano no es el pensamiento abstracto o conceptual en sí mismo, sino el sentimiento: el sentir, el deseo, el placer o el dolor que provoca, eso es el dato básico del pensar humano, “todo lo demás es derivado”. Léanle pues...pero si es posible, detrás de la lectura de la biografía de Garff. Comprenderán, incluso, la anécdota con la que terminó su vida. Pidió la extremaunción. Pero debía dársela un lego, no un sacerdote de la Iglesia danesa, corrompidos todos. Por supuesto no hubo tal ceremonia y se fue ante San Pedro con su joroba y su humilde desparpajo. Quiero pensar que, conmovido, el viejo san Pedro le abrió la puerta. El sabía lo que era negar, hasta por tres veces. -ALBERTO DÍAZ RUEDA

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6 agosto 2024 2 06 /08 /agosto /2024 18:32

 

Travesía marítima por la literatura de todos los tiempos: desde Homero y Virgilio a Conrad, Melville, Swift, Mann, Verne, Poe, Galdós o Baroja

Nuestro mar, el mare nostrum, el Mediterráneo, que cantaron los antiguos poetas griegos y siguen cantando los de ayer y hoy (desde Kavafis, Guillén, García Lorca, Neruda, Benedetti,  Machado o Serrat que lo vistió de música...) Pero no sólo el  nutricio mar de nuestra historia ribereña. Hablamos de todos los océanos que abrazan la tierra en el planeta y fueron la cuna del género humano y posiblemente también la tumba, si nuestra generación termina por esquilmarlo todo. La inmensidad marina está unida a la historia literaria del hombre. Escribe Borges: “¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento y antiguo ser que roe los pilares de la tierra y es uno y muchos mares y abismo y resplandor y azar y viento?”

 Es el mar, perpetuamente renovado, símbolo paradójico de lo mudable y permanente, madre nutricia de la poesía y la narrativa, punto de partida, medio iniciático, misterio y grandeza desbordada tanto en su cólera como en su apacibilidad...uno de los elementos naturales que ha nutrido las páginas inmortales de la literatura de todos los tiempos...y,  a pesar de tantos adelantos en su conocimiento y también en su inicua explotación sin límites, sigue siendo la vasta pradera inexplorada, el país misterioso en el que todo es posible, como en los tiempos de Homero, Virgilio, Víctor Hugo, Julio Verne,  Lautreamont o Conan Doyle. Ya sea con aliento épico, el emocional intimismo del poeta, la paleta romántica de los pintores, el dinamismo del cine...y los sueños de todos los que le aman. Levad el ancla, lectores, dejad que el viento hinche las velas, que el rizado mar se abra ante los ojos del alma con toda su infinita belleza, su dádiva de aventuras, encuentros y tragedias...en una singladura que durará tanto como se mantenga el interés de cualquier lector por saborear la metáfora del Cementerio  marino de PaulValery, “La mer, la mer, toujours recommencée...”, con la cadencia interminable de las olas.

La palabra de los poetas griegos está impregnada de olor a mar, preñada de luz, de salada claridad, desde que en el canto I de La Ilíada, se hace la primera mención al mar y a las olas, durante el triste paseo por la orilla del humillado sacerdote Crises, cuando Agamenon se niega a devolverle a su hija, la bella Criseida, que es botín de guerra aqueo. A partir de esa cita iniciática, los poetas griegos, hasta Hesíodo y los epigramatistas tardíos,  Rufino o Filipo, crean una amplia imaginería del mar: Afrodita, nacida de la mezcla de la espuma de las olas y el semen de Urano, Poseidon y sus palacios submarinos, las islas que hablan, otras errantes, barcos que surcan las aguas sin piloto, ninfas, sirenas como las que asediaron a Ulises, figuras todas que pertenecen a ese mar homérico, color de vino o violeta (“el ponto color violeta”), rojizo como mosto o azulado como las barbas de Poseidón. Es el mar de la peligrosa Circe; de Scilas y Caribdis; el Cíclope caníbal que Ulises llama Nadie; Proteo, el viejo del mar, capaz de metamorfosis legendarias, león, jabalí, fuego, el que da el adjetivo que mejor cuadra al mar: proteico, es decir cambiante. Y también sus figuras salvadoras de náufragos, como Cástor y Pólux, los Dióscuros, que acuden para salvar a los navegantes en las tempestades, con la ayuda de los delfines.

Hemos comenzado esta travesía literaria por todos los mares  rindiendo homenaje a los clásicos grecolatinos, recordando a Virgilio y su “Eneida”. Y aprovechemos el engarce virgiliano para ampliar el punto de mira a través de los tiempos, citando a un autor del pasado siglo, el austríaco Hermann Broch, autor de “Los sonámbulos”,  nos ofreció una novela memorable, “La muerte de Virgilio”, donde el mar es coprotagonista de los sueños y desdichas del gran autor romano en las últimas 16 horas de su vida. Broch era de origen judío y fue detenido por la Gestapo y rescatado por una misión literaria internacional encabezada por Joyce, que lograron que pudiera expatriarse a Estados Unidos. La novela fue publicada en 1945 con muchas dificultades. Pero cuando Broch murió en 1951 su nombre ya sonaba como Premio Nobel para ese año.

Otro autor de lengua alemana, Thomas Mann –Nobel de 1929-, uno de los más decididos defensores de Broch, ya navega con nosotros de pleno derecho: es el autor de un bellísimo y corto ensayo, “Travesía marítima con Don Quijote” donde narra su lectura de la gran obra cervantina durante el primer viaje transatlántico de Mann entre el 19 y el 29 de mayo de de 1935, en el barco “Volendam” de Hamburgo a Nueva York.

Pero este humilde narrador que les invita a surcar los mares  a bordo de libros y autores, tiene una figura señera que simboliza ese respeto, temor y amor por las aguas eternas de los mares que nos circundan: Joseph Conrad, el polaco que esgrimía un inglés de una creatividad inmensa, “de las más perfectas, precisas y elaboradas de la literatura inglesa” (en palabras de Javier Marías traductor de su “The Mirror of the Sea”).

Conrad, oficial de marina, piloto y capitán, desplegó durante veinte años de singladuras en navíos mercantes británicos por el Pacífico, el Índico y el Atlántico, una asistencia aventurera con episodios terribles y magníficas hazañas marineras. Luego, abandonó aún joven la existencia de marino y se decidió durante los 30 años siguientes a escribir...pero, ¡qué maravilla de estilo, de amena narrativa, de profunda singularidad en temas y personajes! Sin ninguna duda elevó la calidad de dicción y pensamiento a una altura tal en el panorama de la literatura inglesa de su época, que sólo Henry James puede resistir una comparación. En “El espejo del mar” habla de su amor al mar y de su huída de él: “Subyugado pero nunca abatido, rendí mi ser a esa pasión que, diversa y grande como la vida misma, también tuvo periodos de maravillosa serenidad que incluso una amante inconstante puede proporcionar sobre su pecho lleno de furia, ardides y sin embargo capaz de arrebatadora dulzura...no puede decirse que vivir en él desde los dieciséis a los treinta y seis años sea una eternidad, mas es, sin embargo,  un buen trecho de esa clase de experiencia que lentamente le enseña a uno a ver y a sentir”.

Les recomiendo toda la obra, casi sin excepción, de este soberbio escritor, pero en aras de la economía de tiempo, lean la que les he comentado y desde luego “Lord Jim” y “El corazón de las tinieblas”, una durísima crítica al colonialismo belga en el Congo (justamente el que el director Francis Coppola revivió en el Vietnam de “Apocalypsis Now”). Pero con mayor profundidad psicológica,  en “Lord Jim”,  Conrad nos ofrece el alma desnuda y atormentada ante un trágico conflicto interior, el hombre sólo, lejos del héroe de Kipling, sin compañerismo, sin posible redención, que afronta una salvajada cometida a bordo de su barco contra pobres sujetos, comparando la crueldad humana con la furia del mar: “que tiene ese algo indefinible que se impone a la inteligencia y al corazón del hombre...que le arranca toda esperanza y todo miedo, el color de la fatiga y el anhelo del descanso...lo que significa destruir, aplastar, reducir a la nada todo aquello que es inapreciable y necesario...” En Conrad es la lucha contra el mar lo que mueve su pluma, no el amor al mar

Cambiemos de tercio, en la novela de aventuras, el mar es uno de los escenarios predilectos. Déjense embrujar de vez en cuando por el sortilegio de la “Hispaniola” surcando los mares con su piloto cojo y Jim, el grumete valiente, en busca de la “La isla del Tesoro”. Otros grandes personajes de Stevenson, patéticos, generosos o granujas, en todas sus novelas sobre los Mares del Sur. ¿Quién no ha sentido el tirón amable de aventura leyendo estas palabras?: “La “Hispaniola surcaba decidida las olas, sumergiendo muy de tarde en tarde su bauprés y volviéndolo a sacar envuelto en un girón de blanca espuma. Íbamos con todo el aparejo tendido y todos a bordo muy optimistas porque estábamos ya cerca del final de la primera parte de nuestra aventura”. Junto a  Jim Hawkins, podríamos exclamar: “Mis ojos  se extasiaron con el mar infinito”.

Y en España las novelas de marinos de Galdós o de Baroja: desde el primer tomo de los Episodios Nacionales, “Trafalgar”, a los barojianos “Pilotos del altura”, “Las inquietudes de Shanti Andía” y “El capitán Chimista”. Sin dejarnos  al casi olvidado Ignacio Aldecoa con su “Gran Sol”, una excepción marinera en la literatura española de mediados del siglo XX, donde nos narra las aventuras y desventuras de los tripulantes del  “Aril” un barco de pesca de altura que navega desde las costas española a los remotos bancos de pesca del Gran Sol y que perderá por un accidente, enredado en sus redes, a su patrón Simón Orozco. Sorprende el seco y austero dominio del castellano de Aldecoa, que describe de forma escueta casi telegráfica, el paisaje marino: “Por el este, horizonte corinto. Por el oeste horizonte mulato. Al norte, cielo blanco. Al sur, cielo embalsado.” No hay atracción, entusiasmo hacia el mar. Es un lugar de trabajo, de sudor y peligro: “el mar es un elemento que devora energía, desgasta vidas o las arrebata para nada”.

Lejos de este tono, el arrobo vitalista de Alberti en sus poemas sobre el mar. El de “Marinero en tierra”, por ejemplo. Sigue la senda de Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez y más lejanos, Lope de Vega y Góngora, que dedicaron sus miradas literarias al mar. Alberti, refleja su pasión marina en sus poemas, “Amárrame a tus cabellos/ crin de los vientos del mar”...Y, “Viento, arráncame la ropa/ tírala viento, a la mar”. Juan Ramón Jiménez busca trascendencia en el mar, como en su obra “Animal de fondo” o antes en “Diario de un poeta recién casado”. Y canta: “Qué plenitud de soledad, mar solo/ qué lejos siempre de ti mismo/ Eres tú y no lo eres/tu corazón te late y no lo sientes”, o, “Sólo estamos despiertos/el cielo, el mar y yo/ cada uno inmenso, como los otros dos”. O, “las olas como mis pensamientos vienen y van y vienen/besándose, apartándose/ en un eterno conocerse, mar/ y desconocerse”.

Mi viejo y ya fallecido amigo, el catedrático de lengua y escritor Ramón Carnicer, aseguraba que el término “mar” es de género ambiguo. Los navegantes, pescadores y gentes del mar dicen siempre “la mar”; las gentes de tierra adentro decimos “el mar”.  Yo, que he pasado dos tercios de mi vida junto al mar y el otro tercio  en tierras adentro, sigo recibiendo de vez en cuando, casi soñando, un espejismo sensual de mi infancia, un olor a brea y agua salada, a sol y a viento perfumado por las olas y las algas del Atlántico. Por tanto para mí, solía decirle a don Ramón, será siempre “la mar”.

Pero sigamos esta singladura por el mar proteico de la literatura. Escuchemos a Homero: “Las purpúreas olas empezaron a resonar en torno a la quilla mientras el viento henchía las velas y la nave se deslizaba y corría siguiendo su rumbo...durante toda la oscura noche hasta que se empezó a levantar la aurora de rosados dedos”. O el épico Virgilio: “Hiere el cielo el clamor de los marineros; el agua que retorna espumea al impulso de los brazos que son llevados hacia atrás. Abren surcos iguales  en el mar, que se raja por los remos y espolones de tres puntas”, qué ritmo y qué vigor alimenta las mentes de poetas y narradores el mero conjuro del mar. Ya sea Camoens con sus “Os Lusiadas” en el Índico, Bacon con sus “nuevos atlantes” en el Pacífico, Ronsard, las Islas Afortunadas en el Atlántico, la Utopía de Moro o Shakespeare en “La tempestad”,  o Rabelais con los viajes de “Gargantúa y Pantagruel”, los siglos XVI y XVII son pródigos en referencias a océanos, mares remotos e islas fabulosas. Más tarde Poe (“Aventuras de Arturo Gordon Pym”) convierte al océano en un espacio místico y fantasmal como ese mar Ártico “rodeado de un sudario blanco”, o Victor Hugo (“Los trabajadores del mar”). Y nos dice que París es “un océano donde quien se zambulle puede desaparecer”.

Verlaine y Baudelaire sazonan sus versos con referencias al  mar “insondable, misterioso y lleno de tinieblas”; Rimbaud  se hace eco de la terrible dureza del mar con su magnífico “La bateau ivre” o Lautreamont, que habla de “ese océano, tan oscuro y horrible como el corazón del hombre” y en sus “Cantos de Maldoror” estremece al lector con su descripción del hundimiento de un navío: “...aquél que no haya visto  zozobrar un barco en medio del huracán, de la alternancia de los relámpagos y la más profunda oscuridad, mientras que los que van en él están abrumados por esa desesperación , aquél digo, no sabe lo que son desgracias en la vida...finalmente brota un grito universal de inmenso dolor de entre los flancos del barco, en tanto que el mar redobla sus temibles y destructivos ataques...”.

Los ingleses, rodeados de mar, que han surtido a la literatura de obras cumbre en referencia a los mares, desde las leyendas celtas, los ciclos artúricos y las sagas normandas,  nos brindarán a través de Jonathan Swift y Daniel Defoe, dos de las joyas de esta literatura marina: “Los viajes de Gulliver” (una de las más feroces sátiras contra aspectos malévolos, mezquinos, ignorantes y violentos del ser humano ) y “Robinsón Crusoe” que, al contrario, es un canto a la resistencia, valor e imaginación operativa del hombre. Sin olvidar a Melville y su terrorífica ballena blanca, esa Moby Dick que sólo deja un superviviente del “Pequod”, flotando en el mar solitario, agarrado a un ataúd de madera tallada.

Hermanos de estilo, el mar como sendero de sufrimiento y ascesis, tenemos a  Álvaro Núñez Cabeza de Vaca, que en el año del Señor de 1527 participó en la expedición de Narváez hasta desembarcar en Florida. Su obra “Naufragios” todavía te atrapa con su castellano ingenuo y efectivo: “La mar comenzó a venir muy brava y el norte (viento) fue tan recio que ni los bateles osaron salir pues el agua y la tempestad comenzó a crecer tanto que con muy grande trabajo con dos tiempos contrarios y mucha agua que había, estuvieron quedos aquél día y el domingo hasta la noche...” Muchos autores, entre ellos nuestro Ramón J. Sender y el húngaro Lazlo Passuth bebieron de esas crónicas para hilvanar sus novelas históricas.

Pero vayamos a las visiones más  aventureras y menos trágicas de los autores italianos o franceses. Escojamos a dos de ellos, Emilio Salgari y Julio Verne. Del primero se puede gozar de las aventuras del Corsario Negro y de Sandokan. Hay batallas marinas por doquier y el mar bravío es su telón de fondo. Julio Verne, a mi entender muy superior a Salgari, nos regala la figura del capitán Nemo y su Nautilus, que odia el belicismo y la crueldad de la raza humana y confiesa “Je n’aime que la liberté, la musique et la mer...la mer es tout”. Verne confiesa a su vez: “Je ne puis voir partir un navire, sans que tout mon etre s’embarque a bord” (él mismo fue un buen patrón de su yate “Saint Michel”). Le debemos el goce de la lectura de “2.000 leguas de viaje submarino”, “Las aventuras del capitán Hatteras”, “Los hijos del capitán Grant”, “La isla misteriosa”, “La ciudad flotante”, “Los náufragos del Jonathan”... Y su mensaje: “la mar es un milagro que hay que respetar, como un enemigo fiel, como un gran amigo tornadizo pero noble. Es “le vaste reservoir de la nature”.

Una referencia fugaz, al gran Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes. Consigan la novela que dedicó al profesor Maracot (“El abismo de Maracot”; muy adecuada a estas páginas).

Pero es preciso acabar el viaje. Nuestro navío descansa en una ensenada. Se oye la voz del segundo de a bordo, “Larga”, y el golpe del ancla al caer sobre el agua, junto al atronador bramido de la cadena que la sustenta. Es el seguro del navío. Después se escucha la voz de capitán desde popa “¿Cómo llama el cable?” y   la respuesta del segundo, “llama recto por la proa, señor”. El viaje ha terminado. Diremos adiós con la voz nostálgica de Rafael Alberti en su “Marinero en tierra”: “Si mi voz muriera en tierra/llevadla al nivel del mar/y dejadla en la ribera/ Oh mi voz condecorada/con la insignia marinera:/sobre el corazón un ancla/y sobre el ancla una estrella/y sobre la estrella el viento/ y sobre el viento la vela!

NOTA BENE: Dada la naturaleza de este trabajo, no adjunto ediciones y editoriales de ninguno de los libros citados. El lector puede encontrar en la Red las ediciones que más le gusten. Todas son obras conocidas y de las que existen diversas opciones  y de muchas de ellas versiones cinematográficas  muy populares.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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3 julio 2024 3 03 /07 /julio /2024 05:14

PAUL AUSTER: LOS MULTIPLES  EGOS DE UN GENIO LITERARIO JUDÍO

Falleció el pasado 1 de mayo a los 77 años, a causa de un cáncer de pulmón, y deja un gran hueco en Europa, donde era uno de los autores norteamericanos más apreciado.

 

Novelista, guionista, cineasta y ensayista: tímido, obsesivo y melancólico, su mundo se centraba en el vigor extenuante de su imaginativa mente y en su mala salud de hierro.

 

 

Ha desaparecido, aniquilado por un cáncer de pulmón, uno de los grandes escritores norteamericanos a caballo entre el siglo XX y el XXI. Y uno de los más apreciados en Europa  -creo que más que en el mundo anglosajón- particularmente en España, Francia, Italia y Alemania.

La obra de Auster, comprende, entre otras, desde las primeras que conocí  La ciudad de cristal (fue en 1986)  y La invención de la soledad, escrita en 1982, bajo el impacto de la muerte de su padre, y publicada en España en 1994, o Tombuctú (1999)  donde nos narra la vida de Mr. Bones (señor Huesos), un perro, con su amo, un drogadicto terminal que se cree un santo, hasta la última Baumgartner (2023), (escrita trabajosamente cuando ya estaba enfermo de gravedad y bajo la atroz depresión que provocó la muerte de su hijo por sobredosis de drogas y la accidental de su nieta). Esta obra resulta ser para el lector más atento una interminable, concienzuda, expresiva, patética a veces, pero interesante y a menudo arrebatadora, reflexión sobre sí mismo, su propia historia y su accidentado y prolijo proceso creativo. Como esos otros narcisistas obreros de la pluma (o la máquina de escribir), Hemingway, Faulkner, Updike, John Irving, Saúl Bellow, Don Delillo o Philip Roth (judío como él  y tal vez su padre literario)... Paul Auster, dedicó su vida entera  a la escritura y no dejó en ningún momento de reflejar esa obsesión en todas y cada una de sus obras. Con una apreciable y sutil diferencia que le une o distingue de algunos de los citados y otros igual de célebres: su procedencia judía. Como su propia esposa, Siri Hustvedt, Auster ha pasado su vida como escritor desnudando  su existencia de una forma que no deja de ser un síntoma de modernidad, lo que  el psicólogo francés Jacques Lacan llamaba le “extimidad”, concepto contrapuesto al de intimidad, en el que se vela o desvela cuestiones íntimas, haciéndoles perder su carácter social de “secreto” y compartiéndolas de una forma creativa, eliminando todas sus connotaciones morales por el hecho de su aceptación y publicidad. La pareja ha utilizado ese filón biográfico para invocar sus propios fantasmas y crear con ellos una obra de arte que los justifica como escritores.

Eso me ha quedado claro por una coincidencia, Jung las llamaba “sincronicidades”: mi trabajo anterior en esta revista estaba dedicado a Kafka, uno de los literatos judíos que reflejan un judaísmo “a su pesar”, vivido más como una condena o dificultad que como una ventaja, inspiración o ayuda. Como en parte la vive Auster (y no Roth o Bellow, por ejemplo), aunque lejos de Kafka que, también en eso, es único.

Tras la noticia de su muerte, empecé a releer no tanto sus numerosas novelas de supuesta ficción, como sus libros, de supuesto ensayo autobiográfico. Trataba de conocer a este hombre de mi edad y por tanto de parecida peripecia histórica (los enormes cambios y acontecimientos que sembraron –y no siempre de forma positiva- el tiempo que transcurre desde la mitad de siglo XX hasta los infelices 20 del XXI). Volví a leer pues Informe del interior (2013), el primero de esa trilogía  personal que encierra reflexiones y vivencias de Auster desde  la infancia, un collage de recuerdos de niño, películas adoradas, cartas  de y a su primera esposa, la escritora Lydia Davis, y fotografías familiares. Después  A salto de mata (1998), sobre su juventud y los años de aprendizaje  y la escasez propiciada por el divorcio de sus padres. Y por último, Diario de invierno (2012) donde glosa su próxima vejez: Auster cumplía  65 años; un ejercicio memorialista que va dibujando los surcos que luego han caracterizado sus obras. Su pesar por los que se han ido, achaques del propio cuerpo, melancolía del pasado preciado, tristeza del recuerdo negativo y vigor para seguir en la lucha.  Como él mismo dijo: “Es la historia de mi vida  contada a través de mi cuerpo”. Y, para terminar la exégesis austeriana, la citada Baumgartner (2023).

El hombre Auster  se me escapaba con gran elegancia y efectividad, envuelto en el disfraz de una logorrea literaria vanilocuente. La complejidad de su personalidad y carácter tiene una profundidad –frecuente en algunos judíos, Steiner o Cannetti, por ejemplo- tan enorme que permite en su seno todo tipo de contradicciones y rarezas, sin dejar de tener una intrigante coherencia. Percibí un paralelismo inesperado: Auster manipula sus vivencias y recuerdos – especialmente su origen judío- con la habilidad misteriosa de un Kafka. Como en éste, todo el reflejo de su yo oculto en su obra, la convierte en una emanación de su propia existencia y de su coherencia íntima, siempre presente, siempre en lucha contra sí misma, de una sensibilidad judío -norteamericana muy sabiamente disimulada, quizá de forma inconsciente. Es como  Woody Allen, también judío, en su película “Zelig”, cambiando de aspecto como un camaleón, pero siempre fiel a sí mismo. Algún día se debería estudiar la influencia de la ‘judeidad’ en la literatura norteamericana.

¿Qué es lo que compartimos con Paul Auster? Pues aquello que saboreamos en sus novelas, el misterio del azar en la vida; el enigma cotidiano que, de pronto, se revela en un gesto, un evento inesperado; una complicidad equívoca; el caos que inopinadamente se apodera de tus neuronas y produce un cortocircuito que te revela la presencia inefable de una flor, un sonido insospechado de una melodía cien veces oída o esa frase leída en La invención de la soledad, (1982)“si buscas la verdad, prepárate para lo inesperado, pues es difícil de encontrar y sorprendente cuando la encuentras”. Claro que no es de Auster, sino de Heráclito “el oscuro” que floreció allá por el año 500 AC. El mismo que escribió “La vida es un niño que juega y mueve las piezas sobre el tablero”. Un incesante fluir y transformarse de las cosas. Con estas dos frases de un filósofo presocrático, tan asocial como estimulante, se podría definir el estilo novelesco de Auster, con sus efectos hipnótico y adictivo. Heráclito resumía su doctrina en una frase “Panta rei”: “todo fluye, todo cambia”. Es decir es imposible bañarse dos veces en el mismo río. Y eso ocurre con la lecturas de las obras de Auster: todas y cada una son distintas entre sí, pero nadie que las lea piensa que se ha equivocado de autor, reconoce el estilo nervioso, la impertinencia, la gozosa libertad de un creador que hace lo que le da la gana sin dejar de ser nunca él mismo. Los elementos autobiográficos forman parte del cañamazo de su obra. En la obra citada, Auster se monta su particular “Carta al padre”, nos habla de sus estudios, se libra de ir a Vietnam, viaja por Europa, y al fin hereda un poco de dinero de su padre y se dedica a escribir con una dedicación que Kafka le hubiera envidiado.  La invención de la soledad está formada por dos partes: Retrato del hombre invisible (donde escribe sobre la influencia del asesinato de su abuelo a manos de su abuela y la influencia de ese crimen en su padre) y El libro de la memoria que narra la estancia en Paris de un  joven Auster, que nos muestra las infinitas posibilidades de un espacio tan  limitado como el que dispone en el lugar donde vive. Es un libro que, como casi todos los suyos, rezuma amor al oficio de escribir.

La Trilogía de Nueva York  (1985) le catapulta a un prestigio merecidísimo: La ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada, son tan creativas que pulen su imagen literaria a la altura del Allen de “Manhattan” para el cine. La trilogía fue declarada una de las 25 novelas neoyorquinas más significativas de los últimos cien años. En 1989 es El palacio de la Luna la novela con la que se coloca en el Olimpo europeo de autores norteamericanos. Tres años más tarde, en Leviatán, Auster crea un personaje que parece el símbolo de los intelectuales de la izquierda utópica, un sujeto que se dedica a dinamitar las réplicas de la Estatua de la Libertad que hay repartidas por el mundo. Una parábola anarco-poética, con la que enfoca a un tipo de intelectual descontento, inteligente, fuera de circuito, rebelde, sentimental y desdichado. Brooklyn Follies (2005) y Sunset Park (2010), son novelas donde los sentimientos, las pérdidas, el desconcierto ante la vida y sus golpes, crean una especie de vínculo emotivo entre los personajes, Auster como mago  y “deux ex machina” y sus fascinados lectores.

En Viajes por el scriptorium, Auster vuelve a recurrir a ese recurso narrativo que se llama “metalepsis”, la intrusión el narrador en el ámbito reservado a los personajes o viceversa. Con esa aparición de muchos personajes de sus novelas anteriores, el escritor logra crear un ambiente de perplejidad estética. Uno siente una especie de vértigo metafísico (otra deuda de Auster al “Quijote” o a “Tristam Sandhy” de Sterne). El mundo narrativo del escritor se despliega con libertad y eficacia: el azar, la soledad, la melancolía, el amor y el sexo, los miedos siempre en el horizonte, la locura como huida, la amistad como un regalo de la vida, todo enredado en juegos metaliterarios tan magistralmente  realizados que no hay lector que huya despavorido cuando Auster entra en esos guiños a la realidad con citas y aportes de los clásicos literarios, sus propios personajes de otras novelas o su misma persona ya mayor con pijama y pantuflas. Consigue romper la cuarta pared que separa al escritor y su ficción del lector, con un desparpajo que más bien provoca la sonrisa admirativa. Como la aparición del propio Auster  como personaje  en La ciudad de cristal   junto al mismísimo don Quijote o  Cide Hamete Benengelí, el supuesto “autor” del libro de Cervantes, uno de los clásicos  más leídos y citados por el autor neoyorquino.

En ese universo creativo, Auster se atreve con el cine, por el que siente  una adoración y fascinación supremas (sólo hay que leer sus narraciones sobre películas de su tiempo trufadas en muchas de sus obras o sus propios guiones cinematográficos) y colabora con el director Wayne Wang  y dirige dos películas propias. Entre ellas “Smoke” (1995), con Harvey Keitel de protagonista, “Blue in the face”, “Lulu in the bridge” (1998) o “La vida interior de Martin Frost”. En esta última, basada en un personaje de  su novela  Libro de las ilusiones, su hija Sophie de 18 años hace un pequeño papel. En estas películas, como en sus novelas, Auster, se convierte en una especie de evangelista de nuestro tiempo: un urdidor de parábolas sobre la gente corriente en la simpleza y maravilla de lo cotidiano, personas en crisis a las que Auster redime a través de su imaginación (por la que se le ha comparado por sus ingredientes “mágicos” a su admirado García Márquez). No en vano en Mr. Vértigo,  crea a un personaje que levita como si procediera de Macondo.

En 2010 Auster se atreve con una novela coral,  Sunset Park  -la decimosexta de su catálogo- en la que un gran número de personajes cruza sus vidas dejando un reguero de secretos, padecimientos, dudas y rencores. Todo en un clima de precariedad sentimental y social de tono abiertamente pesimista (narración heredera de la tragedia nacional del 11-S), aunque el viejo elemento de Auster, el azar o la casualidad, intervienen en numerosas ocasiones. La escritora Joyce Carol Oates define así este libro: “una pesimista alegoría contemporánea de la vida americana bajo la espiritualidad de la bancarrota”.     

En su apreciable faceta de poeta o ensayista polémico, escribe el guión de un libro ilustrado dedicado a su máquina de escribir (era uno de los esos sentimentales que se olvidan de las comodidades del ordenador y escriben con una “Underwood” , una “Olivetti”, una “Remington” o una “Smith Corona”). La máquina de Auster era una “Olympia”.

En 2017, tras siete años de silencio novelístico,  publica la que muchos consideran su obra maestra 4,3,2,1 donde para disfrute del lector,  Auster, que ya es como uno de la familia, comete la humorada imaginativa de ofrecer al boquiabierto lector distintas, traviesas y sorprendentes versiones de muchos de sus acontecimientos biográficos personales (que es como si nuestro primo preferido nos contara de forma amenísima y desvergonzada episodios familiares que conocemos bien, con un desarrollo y final caprichosamente distintos). Como él mismo dijo en una entrevista, “creo que todos los escritores nos sentimos un poco dios”. Y a eso juega en esta novela, donde un tal Archibald Isaac Ferguson, nacido como él en 1947, en su misma ciudad y también en una familia de inmigrantes judíos centro-europeos, se desdobla en cuatro vidas sucesivas por el efecto del azar, de lo inesperado. Como un dios caprichoso obliga a su criatura a explorar las posibilidades existenciales según las circunstancias. Y Auster lanza los dados y cambia la historia de su criatura, un muchacho judío de New Jersey. Por ello confiesa, aunque no le creemos, “No me considero un novelista del azar, ya que lo inesperado forma parte de la vida”. Y como explicación de ese aserto cita dos hechos reales que le acontecieron: a los 14 años un compañero de campamento murió cuando le cayó un rayo encima. Y la muerte de su padre con 66 años cuando hacía el amor. Las cuatro versiones de su personaje Ferguson son, como él, inteligentes, de rara precocidad, pero mientras uno es inseguro y caviloso, el cuatro vive bajo la sombría figura del padre ausente y los otros dos, uno desaparece en sí mismo y el último vive intensamente incluso en el más allá. Destacable el humor que despliega Auster en sus cuatro figuras que –como él mismo trata de hacer en parte- siguen el consejo de Poe citado en la novela: “Lee mucho, escribe más y publica poco. Permanece alejado de los sabihondos y no tengas miedo a nada”.  Nuevamente, un homenaje implícito a la literatura universal y la esperable valoración del azar y lo inesperado.

Tenemos que llegar a Baumgartner, su última novela, seguramente escrita  en un estado de ánimo bastante dañado por la enfermedad y la durísima experiencia familiar que le arrebató a su hijo y su nieta. Su protagonista, un profesor de filosofía que afronta los estragos de la vejez, siente el deseo de evitar el dolor que le causa la pérdida de su esposa entablando una nueva relación. “Tengo cáncer y me someto a tratamiento, no es el mejor momento de mi vida” confesó en una entrevista sobre esta novela, en febrero de 2023. Y ese triste diagnóstico personal es el que impregna su última obra. Aunque el motivo central del argumento es imaginado: su esposa la también escritora Siri Hudsvedt, con la que le unía una relación feliz y estable, había logrado dar equilibrio y armonía a su vida. Auster nos seduce con una historia de soledades y ausencias que se mantienen llenas de energía a causa del llamado síndrome del miembro fantasma (la “presencia” irreal de algún miembro del cuerpo que ha sido amputado) glosando comparativamente la “presencia” de un ser querido que ha desaparecido, pero que sigue provocando dolor, añoranza, molestias físicas y desorientación psíquica. Y, cómo no, hay continuas referencias a hechos y personajes de toda la obra austeriana.

En todo el corpus literario y ensayístico  de este escritor  también hay reflexiones de tipo político y humanitario que reflejan a un norteamericano orgulloso de serlo pero también crítico y sin pelos en la lengua, desde su posición de demócrata de izquierdas que nunca abandonó. Conocía bien los defectos de la idiosincrasia de los norteamericanos, los rasgos y temperamentos  que más le ofendían o preocupaban. Por ejemplo el amor a las armas. En Un país bañado en sangre (escrito a medias en 2021con Spencer Ostrander,  su yerno fotógrafo)  describe los tiroteos masivos, los asesinatos con arma de fuego y se pregunta qué hay en la historia de Estados Unidos que justifique y permita este tipo de horrendos hechos. Como había apuntado en algunas de sus novelas, había un motivo íntimo para odiar las armas: hace más de cien años su abuela mató a su marido con una pistola. Lo cual convirtió al hijo de la pareja (el padre de Auster) en un ser poco afectivo y cerrado que terminó acabando con su matrimonio y nunca llegó a congeniar con su hijo Paul.

En 2021 publica La llama inmortal de Stephen Crane, un ensayo literario dedicado al polifacético autor que según Auster cambió el curso de la literatura norteamericana con su obra y su corta vida (murió en 1900 con tan solo 28 años). El malogrado autor dejó dos novelas esenciales “Maggie, una chica de la calle” y “La roja insignia del valor”. Auster dedicó casi 800 páginas  a glosar la vida y obra de Crane. Para ello, el obstinado Auster se leyó la obra completa, en diez volúmenes, donde hay todo el muestrario de géneros que Crane cultivó: ficción, periodismo, poesía, piezas breves, diarios. Una corta vida llena de episodios “apasionantes” según Auster. Para el laborioso escritor neoyorquino, la vida de Crane parecía surgida de su penúltima novela 4,3,2,1. Es decir, sería la versión número cinco de la vida del protagonista, Ferguson.  Una manera muy austeriana de “llevar el agua a su molino”, es decir, la habilidad pasmosa de este novelista para aprovechar y ensamblar toda su producción imaginativa en un mismo proyecto inmenso. Nuevamente la influencia del gran filósofo presocrático, Heráclito. Todo forma parte del mismo río, sólo que Auster nos hace creer que siempre es un río distinto. Recordemos que es un niño que juega con las piezas que le proporciona la imaginación en el tablero de la vida. El libro dedicado a Crane es difícil de clasificar: entre una biografía y una ficción, donde el genio precoz que fue ese escritor  (admirado por Joseph Conrad o Henry James) es analizado e imaginado por Auster como si fuera un personaje surgido de su propio cerebro.

Pero Auster no es sólo un creador de mundos (casi todos autoreferenciales pero, al tiempo, divertidos, emocionantes y críticos) sino un hombre comprometido con su tiempo, la política y los problemas sociales, económicos y humanos en el planeta y sobre todo en su propio país. Sus opiniones sobre “el peligro Trump” no tiene desperdicio:   “Trump no es solo una amenaza para EE.UU. es una amenaza para el mundo, un maniático y un psicópata”. Y sobre el papel de su país en el mundo: “Norteamérica  nació como una nación integradora e inclusiva, pero equivocó su futuro a causa de dos hechos: el genocidio indio y la esclavitud. El problema es que nunca ha abordado seriamente esos asuntos.”

Como persona, Auster, era un individuo inesperadamente tímido, convencido de su papel en el mundo de la literatura, aunque crítico y desconfiado sobre su auténtica valía. Reacio a formar parte de movimientos y modas, era un individualista con buena capacidad para socializar. Ha sido siempre  un analógico con fobia a lo digital  y es uno de los convencidos de que “la hiper conectividad  aísla a las personas”. Tampoco tomó drogas, aunque era un fumador compulsivo y un bebedor rutinario pero contenido. Se negó a tener móvil  y ordenador: escribía con pluma en cuadernos y luego transcribía el texto en su vieja máquina de escribir Olympia. Como nota final, resalto lo que constituye el permanente mensaje ético interlineal de la obra de Auster: el enorme, irónico y combativo amor a la vida y a la bondad natural de las personas más corrientes. Cerremos con unas palabras de Peter Brook que Auster solía citar cuando le preguntaban sobre el objetivo del trabajo literario de toda una vida: “Crear una obra que tenga la intimidad de lo cotidiano y la distancia del mito, porque sin cercanía no es posible el sentimiento y sin distancia es imposible el asombro”.

 

 

ALGUNAS OBRAS RECOMENDADAS

BAUMGARTNER, Seix Barral.- LA LLAMA INMORTAL DE STEPHEN CRANE, Seix Barral.- 4,3,2,1, Seix Barral.- INFORME DEL INTERIOR, Anagrama.- DIARIO DE INVIERNO, Anagrama.-A SALTO DE MATA, Anagrama.- VIAJES POR EL SCRIPTORIUM, Anagrama.- LA INVENCION DE LA SOLEDAD, Anagrama.-LA TRILOGIA DE NUEVA YORK, Anagrama.-EL PALACIO DE LA LUNA, Anagrama.

 

 

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2 junio 2024 7 02 /06 /junio /2024 18:39

FRANZ KAFKA, EL GENIO OCULTO TRAS UN TÓPICO

CON LA AYUDA DE SU IMAGINACIÓN CREATIVA Y SU TÉTRICO HUMOR LOGRÓ MOSTRAR EL ALMA TORTURADA DE SU SIGLO Y DEL NUESTRO

 

Vamos a navegar por los mares procelosos de uno de los genios literarios más singulares de la historia, Franz Kafka de quien se conmemora el centenario de su muerte, ocurrida el martes 3 de junio de 1924. La inmersión en el mundo de Kafka crea un efecto curioso. Uno se cuestiona  si el demasiado popular término “kafkiano” aplicado a los sucesos y eventos de la vida cotidiana, se corresponde  a la obra y el talante del escritor. O quizá se limita a banalizar un mundo más complejo y variado del que sugiere el uso que se le da. Quizá el corriente uso del adjetivo simplifica y polariza el mundo personal del escritor. Tal vez sugiere en Kafka una postura vital algo teatral, impregnada del signo de la época y de judaísmo, con su peculiar “lógica”  surrealista, amparada con un complejo uso del humor y del absurdo. ¿Es ese el espíritu de su obra y de su vida?A  Kafka le persigue un tópico de “supuesto escritor desequilibrado y alienado” . Puede que lo que ocurre es que nos falta perspectiva o, simplemente, que hay que aprender a leer a Kafka. “Su mundo espiritual, reflejado en seres como un insecto, un hombre sin aspiraciones, un mono sabio, un topo ciego o un judío errante, no se puede tomar al pie de la letra. Son símbolos, disfraces”, dice uno de sus biógrafos. Conforme uno se sumerge en la obra de Kafka y sobre Kafka se impone la sensación abrumadora de que se trata de un individuo vulnerable y sensible, sujeto al endiablado juego de un Destino atroz, no sólo personal sino generacional, que ya mostraba su faz siniestra en la política del tiempo que le tocó vivir  (I Guerra Mundial). Y el hecho de que su vida se desarrolle precisamente en Praga, la problemática capital del Reino de Bohemia, en el Imperio Austrohúngaro. Una ciudad levítica –con muchos sangrientos dramas históricos por la represión del judaísmo pero también por la violenta revuelta nacionalista checa y el odio al alemán opresor. Una ciudad con un “gueto” medieval de callejas tortuosas y oscuras y opresivas leyendas judías, a la que Kafka admiraba y odiaba con la misma intensidad. Pero es innegable que si una persona socialmente insignificante como Kafka, “es capaz de  producir  una onda de choque en la cultura occidental cuyos ecos resuenan hasta hoy y seguramente más allá, es que hay que considerar vida y obra como mundos incompatibles que siguen cada uno sus propias leyes”, escribe uno de sus biógrafos. Algo de eso hay: Kafka es un símbolo en el que se suman tres tópicos: Praga, ciudad nutricia y conflictiva, el judaísmo y los efectos del poder deshumanizado sobre las personas sensibles.

Como “El mago de Oz”, Kafka esconde su personalidad literaria, original  y  atormentada, en la totalidad de su obra: relatos, novelas y sobre todo cartas –que triplican en total el tamaño de su obra restante- y bocetos y proyectos de ensayos, poéticos y literarios. Tras los espesos cortinajes de todo ese corpus, Kafka niega continuamente que él tenga tiempo o energía suficientes para hacer una obra pasable. Sus protestas contra sus incapacidades e impericia surgen por doquier. Pero entre los efectos de su voz amplificada por la ‘extrañeza’ y la potencia de sus imágenes, temas y argumentos, el escritor mantiene un polémica íntima con su propia obra. Todo debe ser destruido, pero no, esto y aquello parecen buenos. Esa duda corroe aparentemente a Kafka. Pero muy de vez en cuando surge su amor propio de literato y un poco de vanidad.  O la conciencia de que lo que hace está por encima de la media

. Los personajes parecen inspirados en sí mismo, su familia, amigos, sentimientos y pasiones. “Kafka –escribe Isaac Bashevis Singer, escritor yiddish, contemporáneo a K.-  quería ser judío, pero no sabía cómo y quería vivir, pero tampoco sabía cómo”. Es la “otredad” permanente de Kafka la que parece imponerse y  la que debemos comprender, pues está en relación con su fracaso como persona y su éxito como escritor - en un futuro que hubiera sido increíble para él-, a partir de los años 60 y 70 del pasado siglo,. Su riqueza literaria se consolida “en el ámbito de lo invisible y lo psíquico: en apariencia nada tiene que ver con el medio ambiente personal y social que le rodea, pero lo cierto es que penetra en él por todos sus puntos” (la familia, los amigos, las amantes y el judaísmo).

Como escribe Stach “el mundo de Kafka es inhabitable y hace falta mucho tiempo para adaptarse a él”. El que se acerca a sus libros comprueba “la capacidad de Kafka para captar una situación de un vistazo y aún así con la máxima nitidez, de filtrar los detalles significativos, de rastrear las relaciones ocultas  y capturarlo todo en un lenguaje saturado de imágenes precisas, que evita toda inexactitud. Es una capacidad que linda con lo maravilloso y se burla de toda explicación racional o psicológica imaginable”. Y añade: “pensemos en cómo una conciencia –la de Kafka-  a la que todo da que pensar, hace surgir una conciencia que ha dado que pensar a todos”. Ese es el baremo de la valía de Kafka.

Nace Franz Kafka en Praga en 1883. Es hijo de Hermann Kafka, comerciante y Julie Lowy. Tiene tres hermanas menores Elli (1889), Valli (1890) y Ottla (1892). Estudia en un rígido Instituto alemán, donde conoce a su amigo Oskar Pollac. Vive junto al gran y sórdido gueto judío de Praga. Su padre trata de adoptar para su familia la vía germánica (la del poder) por encima de la checa y de la judía, sin romper con ésta, aunque mantiene sus prácticas religiosas de una manera aislada y nada devota. Ya desde niño las relaciones de Franz con su padre son difíciles y tormentosas por el carácter agresivo, burlón y despectivo de Hermann hacia su endeble y delicado hijo. El escritor recuerda con pavor las amenazas del padre en algunos momentos: “me decía que me iba a comer como a un pescado, despedazándome y dejando sólo los huesos”. Uno de los documentos más valiosos para comprender a Kafka es su “Carta al padre”, pasto de psicoanalistas, generalmente mal interpretada y con varios niveles de lectura que aumenta en complejidad si uno la lee antes o después de leer otras obras del escritor y las de algunos de sus biógrafos, empezando por su amigo Max Brod. A este le nombra albacea de su obra y le exige: “Todo lo que se encuentre de mis escritos cuando yo muera, debe ser quemado de forma inmediata sin ser leído”. Brod no se lo toma demasiado en serio. Pero no se le puede condenar por ello. Kafka era sumamente contradictorio  en lo concerniente al destino de su obra. Solía defender su existencia por encima de todo, aunque a menudo él mismo quemaba obras en curso o algunas de las que se paralizaban. Dejó casi cuatro mil páginas de anotaciones en diarios y fragmentos, entre ellos tres novelas incompletas. Parte de esa obra  se la envió a su última amiga y amante Milena. Cuando años después ésta fue detenida por las SS confiscaron todo lo que tenía y lo destruyeron. Al leer el libro de Brod (1) dedicado a Kafka, se desvanece cualquier suspicacia respecto a sus acciones. Su texto desprende un amor y una admiración enormes. En realidad su labor para preservar el legado de su amigo y su figura literaria es increíblemente eficaz y activa. Uno se conmueve ante una dedicación tan firme y exclusiva. Incluso el mejor de los biógrafos kafkianos, Reiner Strach (2) reconoce su deuda con el libro de Brod y el cuidado con el que defendió la obra de su amigo. También elogia la labor del primer biógrafo de Kafka, Klaus Wagenbach (3), cuya obra aporta datos interesantes de la infancia y juventud de Kafka. Sin embargo Stach se lamenta de que el legado de Brod  con los documentos sobre la vida de Kafka y su obra aún no pueda ser consultado debido al litigio que hay entre los herederos de Brod y el Estado de Israel.

Kafka estudia Filología alemana y Derecho en la Universidad Alemana de Praga. Aunque dedica la mayor parte de su tiempo a leer a su amado Dostoievski, a Kleist y a Kierkegaard. Su intención es ejercer una carrera que le permita tener un empleo fijo (funcionario) y pueda independizarse de sus padres y vivir en su propio hogar. Nunca lo conseguirá del todo. Y no por falta de dinero, sino por su extraña dependencia paradójica hacia todo aquello que le crea molestias y dificultades contra su labor de escritor. Es como si Kafka comprendiera desde el principio que las situaciones de servilismo, dureza, explotación o esclavitud ante un poder enorme, omnipotente, cruel e irracional, nutren la fuente de donde manaría la potente inventiva de sus  personajes. Estas son víctimas siempre:  desde los múltiples animales desolados de sus narraciones, los funcionarios insensibles y mezquinos de un poder siempre oculto y la fatal sincronía de la muerte, la tortura y la bestialidad destructora con una vida miserable, sin salvación posible. ¿No reconocen ustedes a las sociedades europeas de ayer y hoy, sus guerras, poderes y aniquilaciones absurdas e innecesarias que asolarían Europa desde los años de Kafka hasta nuestros días? Él, en sus novelas y relatos, nos mostró el desconcierto del hombre moderno, ante el temor de lo que hay más allá del umbral de lo prohibido, como en “El proceso”, “El castillo” o “Ante la ley”: o indefensos ante poderes arbitrarios y sin rostro.

Sigamos con la vida del escritor. El trabajo  de Kafka en el Instituto de Seguros le agota física y psíquicamente. Aunque su labor como abogado en torno a los accidentes de trabajo es buena y recibe el respeto de sus superiores.  Cuando sale de la oficina se dedica a escribir, pero le aturden los ruidos domésticos en casa de sus padres y sueña con alquilar un piso o una habitación para aislarse Busca “obtener  una visión de la vida -y convencer de ella a los demás con sus escritos-, en la que la existencia mantuviese sus altibajos naturales, pero que al mismo tiempo apareciera, con no menor claridad, como una nada, como un sueño, como algo flotante”. No lo tiene fácil, pues “la presencia inmediata de mi vida profesional me priva de todo horizonte, a pesar de que en mi interior reina la más absoluta indiferencia, como si me encontrase en un desfiladero por el que fuese además con la cabeza agachada”.

Kafka vegeta entre el descontento laboral y una desesperada fijación por conseguir tiempo, silencio y soledad para escribir. Viaja poco, se mantiene geográficamente fiel a sus raíces: aparte de sus cortas salidas vacacionales por Alemania, sólo pasó 45 días en total de su vida en el extranjero, en diferentes momentos: Zúrich, Paris, Milán, Venecia, Verona, Viena y Budapest.

 En 1910 comienza a escribir un diario,  en numerosas  libretas, cuyo conjunto es  uno de los documentos literarios más importantes que quedan de Kafka, escritos con sumo cuidado y corrección literaria (como si conociera ya su gran papel en el conjunto de su  obra). Escribe  en 1912 “América”, “Contemplación” “La condena” “La metamorfosis” y la amplia correspondencia con Felice Bauer. En 1913 “El fogonero”. En  1914, en plena guerra mundial,  rompe su compromiso con Felice y comienza dos libros claves: “El Proceso” y “En la colonia penitenciaria”. Un año más tarde vuelve a comprometerse con Felice y vive unos meses en un cuarto alquilado. En 1916, escribe “Un médico rural”, basado en su tío médico que vive en Madrid. En 1917 rompe otra vez –definitivamente- su compromiso con Felice, ante la aparición de su tuberculosis y escribe sus “Aforismos”. En 1919 se compromete con Julie Wohryzek y escribe “Carta al padre”. Al año siguiente entabla amistad con el joven poeta Gustav Janouch (que años más tarde publicará un magnífico libro con sus conversaciones con Kafka) y el médico Robert Klopstok (que le atenderá durante los tres meses últimos de su vida). De 1922 a 1924 escribe “El Castillo”, “Un artista del hambre”, “Investigaciones de un perro” y su “Informe a la academia”.  Comienza su relación con Dora Diamant, a la que dobla en edad. Piensa en emigrar a Palestina con ella. Pero la tuberculosis empeora. De abril a junio es internado en el sanatorio de Kierling, debido a sus enormes dolores provocados por  la extensión de la tuberculosis a la laringe, acompañado de Dora Diamant y Kolpstock. Muere el día 3 de junio y es enterrado en el cementerio judío de Praga el día 11.

Max Brod describe en su libro sobre Kafka esas últimas horas: “A las cuatro de la mañana del dia 3 Dora llama a Kolpstock porque Kafka respiraba mal y padecía fuertes dolores. El médico le pone una inyección de alcanfor. Comenzó la lucha por la morfina que Kafka no cesaba de pedirle. ‘No me engañe, me está dando un antídoto. Ya no más tortura, ¿por qué alargarlo?’ clama Kafka y añade: ‘Máteme, si no es usted un asesino’. Se le inyectó morfina. Kolpstock, emocionado, se apartó para limpiar la jeringa. Franz le dijo ‘No se vaya’. El médico repuso, ‘No, no me voy’. Y Franz respondió ‘Pero yo si me voy’. Luego, se durmió lentamente para no despertar.”

Para avanzar en el parcial y forzosamente incompleto conocimiento de este escritor brillante y oscuro, hay que tener en cuenta tres coordenadas básicas que se entrecruzan en su biografía hasta coronar el absurdo y el horror en su fallecimiento por tuberculosis laríngea a los cuarenta años y once meses. La primera es una línea discontinua, de trazo leve al principio y fuerte al final su idiosincrasia judía que incide en su vida y su carácter. La segunda, la ciudad en la que vive,  que se convierte en símbolo de su obra: la Praga imperial de fines del XIX, racista, teatro de la lucha entre el nacionalismo checo y el poder alemán y opresiva e históricamente problemática para los judíos. La última, pero no menos importante, la vulnerable sensibilidad psicológica familiar y social del escritor, con especial acento en Hermann Kafka, el rudo progenitor de Franz, que se convierte en su Némesis permanente de auto condena íntima; aunque uno acaba por sospechar que además de un profundo sentimiento negativo, la figura del padre era un motor secundario pero potente de su obra, una de las excusas perfectas para Franz, que suele utilizar retóricamente al padre para justificar dos de los elementos biográficos más controvertidos de su vida: la relación con las mujeres y su renuencia a abandonar la casa familiar, a pesar de tener medios para hacerlo y un buen montón de razones para independizarse. Vive en familia en un odiado pero aceptado ambiente ruidoso y desconsiderado, con escasa intimidad. Los miembros de la familia, tres hermanas y los padres, son un estorbo –y a menudo fuente de disgustos-  para Kafka con la excepción de la hermana pequeña, Ottla, y una madre cariñosa pero que fue de escasa ayuda a su hijo, pues vivió bajo la autoridad y el miedo a su marido. Tras escribir su “Carta al padre”, Kafka añadió en su Diario, “Yo escribía sobre  ti. Todo lo que lloraba en mis escritos es lo que no pude llorar sobre tu hombro”.  Al principio de dicha Carta, escribe: “podría servir para tranquilizarnos un poco a ambos y hacernos más fáciles la vida y la muerte”. La Carta jamás es entregada a su padre, ya que la madre la retiene y luego la devuelve a su hijo. Pero para el proceso interior de Kafka, el padre ya ha cumplido su función y es relegado al anaquel de los “objetos literarios”. En cuanto al asunto judío, escribe en su diario: “¿Qué tengo yo en común con los judíos? Apenas tengo algo en común conmigo y debería quedarme completamente quieto en un rincón, contento de poder respirar”. Más adelante se interesó por la pintoresca religiosidad de los judíos que llegaban a Praga huyendo de Europa del este y Rusia. Le encantaban las historias jasídicas y frecuentaba a la compañía de teatro yidish de su amigo Yitzhak Lowy.  También había más estética que convicción religiosa o racial en Kafka respecto al judaísmo (aunque no se abstuvo de criticar a su padre por el poco convencimiento con que asistía a la sinagoga y que, según él, le contagió). Ronald Hayman (5) escribe en su biografía sobre todas las contradicciones de Kafka analizándolas con los tópicos psicoanalíticos y de la lingüística. Kafka, según él, no percibía su obra como un fin estético y moral sino como un medio para someterse a sí mismo a un proceso casi judicial donde era el reo y el juez.

Kafka vive en su pequeño círculo praguense la zona de Praga donde vivía. Eso le permitía un juego de palabras: su círculo existencial era el célebre “Ring”, anillo, praguense. Y en su interior, el círculo más pequeño de su psique, a la que no afectan los grandes asuntos de su tiempo: ni la primera guerra mundial (de la que hay apenas una o dos referencias en su diario), ni la victimización de los judíos en Praga –y en otros lugares de Europa- y el nacimiento del sionismo (con el que ya hay más conexiones, a través de amigos y amigas).

La vida erótica y amorosa de Kafka es indecisa, ocasional, generalmente breve y a menudo problemática. Como escribe su biógrafo  Stach: “...es estremecedora la desproporción  entre los esfuerzos que hizo toda su vida por alcanzar la plenitud sexual y erótica y la escasa y rara dicha alcanzada, que jamás se dio con libertad y jamás se recibió con libertad”.  Kafka tiene  miedo a los compromisos, amorosos o de otro tipo,  y una necesidad brutal de afecto y cariño que no acaba nunca de saber gestionar –hasta su última relación con Dora Diamant-, sino en términos de obligatoriedad, raptos de premura amorosa y un miedo permanente a cumplir su supuesto deseo de formar una familia estable, un matrimonio e hijos, lo que consideraba el destino básico, perfecto y estable de cualquier hombre. En tres ocasiones pide formalmente la mano en matrimonio (con Felice Bauer, dos, y con Julie Wohryzek, una) y se echa atrás a última hora. Respecto a Dora Diamant, la joven judía de 25 años a la que conoce en 1923 (su compañera hasta el final) Kafka, en el lecho de muerte pide permiso, por carta, al padre de esta para casarse con ella. El padre, un rabino, responde con un seco y definitivo NO.

 Cuando escribe a Felice para justificarse de sus dos anulaciones, argumenta “No soy nada más que literatura”. Y es fundamentalmente cierto: todas sus experiencias y vivencias van a parar a la escritura: en diarios, en cartas, en relatos y novelas cortas, terminadas o inconclusas. En ellos se vierte su vida sexual, sus amigos y amigas,  su odio al trabajo de oficina, sus visitas al burdel, la elección de sanatorios, su existencia enfermiza y su amor a los deportes, el odio y el fastidio a la vida familiar (“con mi madre apenas cruzo unas cuantas palabras al día y con mi padre, sólo un saludo y de pasada”) incluso la relación con sus hermanas es ocasional, exceptuando el cariño hacia Ottla, la más pequeña; mantiene un deseo permanente de independizarse (con escasas  y tardías decisiones en contra) y una búsqueda incesante de sí mismo.

Quizá su relación amorosa más significativa, pero que quedó frustrada por su enfermedad y luego por la muerte es con Milena Jesenska –que  años después moriría asesinada en el campo de exterminio nazi de Ravensbrük- una mujer mucho más “adecuada” para Kafka por su calado intelectual, su feminismo activo, juventud y su belleza. Era checa y estaba casada. Tradujo “El proceso” a su lengua y  era retadoramente libre en su trato con Kafka y en mantener combativamente sus: pero Milena no llegó, debido a las circunstancias citadas, a convertirse en su pareja.

 La vida amorosa “extraoficial” de Kafka empieza con G.M. en 1913, en pleno idilio epistolar con Felice. En 1914, una relación secreta con Grete Bloch, la amiga y confidente de Felice, con la cual parece ser que tuvo un hijo, nunca reconocido por Kafka y del que seguramente no tuvo noticia. En noviembre de 1918 conoció a Julia Wohryzek, que trabajaba en Praga como secretaria, a quien pidió en matrimonio. Rompió el compromiso en 1919. El carácter subterráneo y oculto de estas relaciones –casi siempre frustradas- sale a la luz como “motivo creativo”  en su obra más que  como una diversidad de decisiones  amorosas frustradas y se refleja  a través del inmenso poder literario de la correspondencia que Kafka mantiene con todas sus “amadas” o amigas. Miles de páginas de un Kafka tan imaginativo y mucho más ameno, divertido y humanamente cercano que en su obra literaria. Una gran parte de esa correspondencia amorosa, la mantenida con sus numerosos amigos y los borradores, notas, textos incompletos y relatos no publicados del grafómano Kafka han desaparecido o han sido destruidos durante el periodo nazi. Como también –para desesperación de sus biógrafos- , las personas que se relacionaron con él, desde sus tres hermanas muertas en campos de concentración o  amigos, vecinos y personas que conocieron al escritor.

 Como escribe su enciclopédico biógrafo, Reiner Stach (más de 2.300 páginas en dos volúmenes en la última edición de Acantilado) “Mucha gente cree que Kafka era un hombre con mucha imaginación pero sin energía o vitalidad. Pero creó su ingente obra en apenas 12 años, mal llevando un trabajo agotador de oficina, una guerra mundial, una familia agobiante y una tuberculosis que se le declaró en 1917 y siete años más tarde, con indecibles dolores acabaría con él. Pero no sabía evitar la demora en tomar decisiones importantes o las reacciones inesperadas de huida y de abstracción que enfadaba a quienes le rodeaban”. El hecho es que poseía una envidiable vitalidad a pesar de una mala salud de hierro. La huida estaba inscrita en su código genético porque respondía a una contradicción básica: era un hombre con un solo compromiso: su obra. El resto de los compromisos carecían de valor intrínseco para él. Pero actuaba como si fuese a respetarlos y luego sufría porque debía romperlos.

Stach considera a Kafka un clásico vivo, totalmente en sintonía con el mundo actual, aún más que Hesse o Mann. Para el biógrafo, el término “kafkiano” denota “una situación absurda, amenazadora, pero implícitamente cómica”.  En realidad es el poeta Gustav Janouch, amigo de Kafka en los últimos 4 años de su vida, quien nos ha dejado el retrato más amable, lúcido y conmovedor de Kafka (6). Aparece en sus páginas un hombre sabio, tierno, vulnerable y profundamente humano. Cuando su amigo le pregunta ¿qué nos ha llevado a esta situación (la I Guerra Mundial), Kafka responde: “Nuestra codicia y vanidad sobrehumanas, la ‘hybris’ (locura) de nuestra voluntad de poder. Luchamos por valores que en realidad no son tales, mientras destruimos con descuido ciertas cosas a las que está ligada nuestra existencia humana. Esta confusión nos lanza al estiércol y nos aniquila”.

Es interesante la visión del comic ‘underground’ dibujado por el célebre Robert Crumb sobre el texto biográfico de David Zane Mairowitz (7). Hay una evidente conexión entre el desgarro casi psicodélico de las imágenes y la impresión visual de la lectura de Kafka. También el libro de Nicholas Murray, “Kafka, literatura y pasión”(4) analiza la faceta “más que humana” del escritor, “Nadie canta con voz más pura que los que viven en el infierno profundo: lo que tomamos por el canto de los ángeles es su canción”.

CONCLUSIÓN

Escribe Kafka en su diario: “Estoy en un paraje desértico. No sé por qué no me han colocado en una tierra mejor. ¿No lo merezco? No puede decirse tal cosa. No hay arbusto que se abra, en cualquier terreno, con mejor exuberancia  que yo”. Un arbusto, un escarabajo, un chimpancé, un agrimensor, un procesado, un novio que desea y no desea serlo, poderes invisibles y humillantes sobre pobres tipos que sólo desean vivir y pasar inadvertidos, una burocracia infinita que jamás resuelve nada, procesos sin razón ni justificación, acusados y condenados sin remisión posible, una persistente incompetencia para solventar los pequeños pero acuciantes problemas de lo cotidiano, de la comunicación imposible, de la crueldad indiferente o las torturas inconcebibles aplicadas por funcionarios distraídos, las guerras y armas potenciales, el ruido continuo, la culpa enraizada sin causa aparente, la necesidad de escondrijos sin saber para qué, el tormento de oficinas donde se estanca la vida...La pregunta que  plantea Kafka es desconcertante: ¿No son los monstruos y las víctimas kafkianas el espejo que nos devuelven la imagen del mundo en que vivimos?  ¿El monstruo lo es porque desafía la norma o lo aberrante es esa norma que el monstruo cuestiona, ese sistema que rodea a los seres vulnerables que ha creado Kafka? ¿No será su obra una parábola de sí mismo enfrentado a un sistema familiar, social, político y económico que le destruye y al que no sabe cómo hacer frente?

 

 

BIBLIOGRAFIA

1.- KAFKA.- Reiner Stach. (2 tomos) Acantilado. 2016

2.- KAFKA.- Klaus Wagenbach.- Alianza Editorial.1970

3.- KAFKA.- Max Brod. Alianza Emecé1982

4.-K. LITERATURA Y PASIÓN.- Nicholas Murray.-Edit. El Ateneo. 2006

5.-KAFKA, BIOGRAFÍA.- Ronald Hayman.-Argos Vergara.1983

6.-CONVERSACIONES CON KAFKA.- Gustav Janouch.-Destino.2006

7.-KAFKA.-Cómic .- Robert Crumb y Davis Zane.- La Cúpula.2015

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1 diciembre 2023 5 01 /12 /diciembre /2023 12:19

LAS BIBLIOTECAS QUE  SUEÑAN LOS LECTORES

RECORRIDO LIBRESCO POR BIBLIOTECAS IMAGINARIAS, LIBROS PERDIDOS O PROHIBIDOS, BIBLIÓFILOS, BIBLIÓPATAS, INCENDIARIOS, COLECCIONISTAS, LADRONES Y LECTORES CONSUMADOS

COMPROMISO Y CULTURA ,diciembre 2023

 

 

En “El Quijote” de Cervantes, una de las fuentes de sabiduría popular  y literaria del castellano, se lee sobre el protagonista don Alonso Quijano, no más empezar: “Se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio”.  Lo cierto es que este modesto comentarista, en algunos momentos pensó que no había que desdeñar lo que al Caballero de la Triste Figura le acaeció, por el mucho frecuentar los libros. Pero después de leer –apasionadamente- “El gabinete mágico” o “Libro de las bibliotecas imaginarias” (Editorial Siruela), uno piensa que su autor, Emilio Pascual,  a tenor del extenso, detallado y erudito contenido de su libro,  parece estar muy sano de mente y cerebro tras haber dedicado, como es lógico, cientos y cientos de horas a leer, si no todas, gran parte de las minuciosamente investigadas bibliotecas imaginarias que pueblan algunos libros de todas las épocas. Si Emilio P. ha llegado sano y salvo a la cima de tal obra, yo no debería tener el temor de que, tras el mucho leer cotidiano, aunque en tiempo no llego a emular a Pascual, me dé por salir a las calles de este mundo de hoy para desafiar en singular combate a los gigantes de la IA, es decir contra los molinos de viento de la incultura digital. Y, por tanto, defender la necesidad de leer libros, como si a esta afición la llamáramos Dulcinea.

Una vez hecha la salvedad, pasemos a esta joya de libro (y a otros que están dispuestos para ser presentados) con el que la diversión, el encanto y la sorpresa bibliófila está asegurada. El “pollo” libresco  tiene 565 páginas, unas 76 entradas a las más pintorescas, extrañas, misteriosas y arrebatadoras bibliotecas,  citadas a través de un número igual o parecido de autores examinados. Se completa con notas, preludios y codas, una bibliografía  de 20 páginas, un  apéndice dedicado al ‘elogio a la biblioteca escolar’ y un índice onomástico de más de 50 páginas. Como dijo nuestro clásico predilecto: “Voto a Dios que me espanta tanta grandeza y que diera un doblón por describilla”.

Empieza el autor diciéndonos modestamente que este libro “sólo pretende ser una breve biblioteca de bibliotecas”. Ahí es nada, don Emilio. Quizá por eso nos recuerda la frase de Víctor Hugo que aseguraba que una biblioteca es un acto de fe. Y más adelante, en un gesto de humildad, el autor escribe que se “ha limitado” a registrar  sólo las bibliotecas y libros que le parecen de “felice recordación” por su rareza, su capricho, su simpatía o su obviedad. Por lo tanto, justo es que comience por informarnos de la Biblioteca de Alejandría y de los bulos, falacias y realidades históricas que la han convertido en el símbolo de todas, las bibliotecas que han existido, las que existen y las que serán.

No hay acuerdo entre los especialistas sobre el número de ejemplares que atesoró. Los libros como los conocemos hoy no existían. Eran pergaminos enrollados con rodillos de madera en cada extremo para facilitar la lectura. La cantidad de rollos que pudo tener Alejandría en sus estanterías oscila  entre los 54.800 de Epifanio y los setecientos mil de Aulo Gelio. Seguramente deberíamos entender que la Biblioteca de Alejandría está en todas partes donde se halle un libro. Fue incendiada dos veces, una durante las Guerras Alejandrinas de César (48 a.C.) y otra por los sarracenos en 640 dC).  Se convirtió, desde su fin en cenizas humeantes, en una metáfora del deseo de leer, de saber, de conocer.

El libro de Emilio Pascual es eso, una metáfora de lecturas entrelazadas: la de los autores que cita, los libros a los que se refiere, es decir el argumento libresco, el erudito y a menudo jocoso  comentario de don Emilio y el que hace el lector de sus textos, gozando de ello, sorprendiéndose y terminando por transitar por los rincones del libro como Pedro por su casa. Y a estas cuatro lecturas hay que añadir la de las notas, apéndice, elogio, y (sobre todo) índice onomástico  que, en conjunto, seducen al lector más arisco y menos amigo de erudiciones.

El paseo por esas setenta y pico bibliotecas históricas y  literarias,  fabulosas, ignoradas o misteriosas, requiere tiempo, algún esfuerzo y mucha imaginación: de tal potaje sale un ungüento que obra al revés que el de Fierabrás: calienta el estómago de placer, airea el cerebro y estimula la fantasía y el prurito picantuelo y vigorizante del ansia de lectura.

La nómina de citados es prodigiosa, Cervantes, Rabelais, Flaubert, Borges, Conan Doyle, Baroja, Defoe, Verne, Rousseau, Umberto Eco, Vázquez Montalbán, Conrad, Andrea Camilleri,  Pérez Galdós, Wilkie Collins, Evelyn Waugh, Roald Dahl, Pirandello, Dostoievski, Dickens, Voltaire, Sartre, Agatha Christie, Gógol, Fielding, Bellow, Bassani, Musil,  Sterne, Canetti, Dumas, Ondaatje, Twain y Ruiz Zafon, entre otros. En el bien entendido que no hablamos de las bibliotecas de esos escritores, sino de las de algunos de los personajes de sus novelas. De ahí el subtítulo del libro: “de las bibliotecas imaginarias”.

El viaje ha sido apasionante, desde las míticas, Alejandría o la Babel de Borges, hasta las nacidas de las mentes de algunos autores paradigmáticos para todo amante de la literatura, como la  de fray Guillermo de Baskerville  y su alter ego, Humberto Eco, la de don Quijote, el gran Pepe Carvalho, cocinero y amigo de quemar libros, las de el Gulliver de Swift o el Robinson de Defoe, la de la Kakania en Musil, la de Zafon y sus libros olvidados, la de Tom Sawyer y Huck Finn, de Twain, la de la Villa San Girolamo en “El paciente inglés” de Ondaatje…o las de algunos de los personajes de Baroja, Galdós, Unamuno o Eduardo Mendoza. En fin una gozada de lectura para “lletraferits”.

Como servicio añadido al lector de CyC, he buscado en mi propia biblioteca personal unos libros que tienen como temática común, las bibliotecas, el amor a los libros, la lectura y sus avatares y todo ese mundo lleno de encanto que relaciona estos ingredientes entre sí. Depósitos de papel y cartón donde se atesora la imaginación, ternura, audacia, picaresca y conocimientos sutiles de ese milagro de la cultura humana. La escritura como soporte de la invención y la belleza –sublime, tierna, patética  o tenebrosa- de las emociones, la inteligencia y los sentimientos de hombres y mujeres que han ennoblecido nuestra historia común, desde Shakespeare a Kafka, desde Homero a Rabelais o desde Swift a Melville, incluyendo a Sherlock Holmes o a Hércules Poirot y el inspector Maigret,  para nuestras horas más divertidas.

Hay una serie de novelas, publicadas todas por la editorial Periférica, con su característica encuadernación granate, que tampoco deberían faltar en su biblioteca persona, lector. La librería encantada, de Christopher Morley, continuación de La librería ambulante, donde se nos narran las aventuras de la pareja  Roger y Helen Mifflin, con su perro Bock, libreros de lance que llevan su librería por los caminos del mundo rural del este norteamericano y que venden sus libros siguiendo esta filosofía: “Cuando le vendes un libro a alguien no solo le estas vendiendo papel, tinta y pegamento. Le estás vendiendo una vida totalmente nueva. Amor, amistad y humor, y barcos que navegan en la noche. En un libro de verdad cabe todo, el cielo y la tierra y debe haber un corazón latiendo en su interior. Una historia que es solo cerebro no vale demasiado.” Más tarde abrirán una librería en Brooklyn de libros de segunda mano que se llamará “El Parnaso en casa”.

Del mismo tipo y editorial son Los amores de un bibliómano, de Eugene Field, El bibliótafo de Leon H. Vincent, una desternillante historia sobre los “enterradores de libros” . Y como regalo, una joyita para los amantes de grandes escritores (treinta de ellos) en su casi desconocida faceta de los que fueron también bibliotecarios, El escritor en su paraíso de Ángel Esteban.

En la editorial Podium-Zeus, en un volumen difícil pero no imposible de encontrar, tenemos cuatro libros indispensables para los fanáticos de la lectura; El Filobiblion, nombre que se da en griego a los amantes de los libros, del obispo Ricart de Bury (siglo XIV), La batalla entre libros antiguos y modernos”  de Jonathan Swift (el autor del Gulliver), Los principios de la bibliografía metódica de Theodor Besterman, bibliófilo del siglo XVIII y el bastante olvidado Viaje del Parnaso de nuestro don Miguel de Cervantes, un esbozo crítico de los poetas de su tiempo y una alabanza a la dura vocación de escribir y la fortuna de leer. En este volumen se leerán loas a los libros y la lectura como ésta: En el libro, recibe el que pide; halla el que busca; y se abren prontamente las puertas a los que llaman. Sois maestros que enseñan sin varas o castigos, sin gritos ni cólera, sin uniforme ni moneda, nunca esquivan la respuesta a tus preguntas, siempre a tu disposición, si yerras no protestan, si te equivocas no se burlan. Otorgáis la libertad a todos los que os buscan con diligencia…”

Pero un apartado que no hemos de olvidar es el de los que odian, desprecian y destruyen libros, que es una manera perversa y también patológica de sentirse “interesado” en ellos. Los enemigos de los libros de William Blades (Edit. Fórcola), subtitulado Contra la biblioclastia, la ignorancia y otras bibliopatías, con un excelente prólogo de Andrés Trapiello. Blades fue un impresor, ensayista y bibliómano británico del siglo XIX que se dedicó a combatir e identificar a los enemigos de los libros: el fuego; el agua; el gas y el calor; el polvo y el abandono; la ignorancia y el fanatismo; las polillas; los ratones y las lombrices devoradoras de papel (hacedoras de túneles perfectos que atraviesan los libros en diagonal); los bibliófilos, mercaderes de libros y coleccionistas sin escrúpulos; los ladrones de portadas o capítulos; los niños pequeños sin control y los perros y gatos juguetones; los tarados mentales que los consideran producto del diablo por razones “religiosas” o “ideológicas” y los encuadernadores sin tino que aplican la cuchilla o la goma arábiga donde no ha de hacerse.

En el libro de Blades se repasan minuciosamente los ejemplos de destrucción de libros por los medios más importantes sugeridos en la lista anterior. En el siglo XV, por ejemplo, Mohammed II tras la conquista de Constantinopla ordenó a sus huestes que  arrojaran al mar los 120.000 manuscritos que formaban la biblioteca del vencido emperador Constantino.

Cuando escribe sobre los efectos del medio ambiente de las bibliotecas –calor, frío, polvo, humedad-  en los libros, Blades apunta: “La forma más segura de mantener la buena salud de los libros es tratarlos como a los propios hijos. Estos enfermarían si estuvieran confinados en una atmosfera demasiado caliente o fría, o húmeda o seca. Pues los libros, igual.”

Otro de los libros más fascinantes que he leído sobre nuestro tema es Libros malditos, malditos libros” de Juan Carlos Díez Jayo, (Ed.Piel de Zapa), que recomiendo encarecidamente, como  ejemplo de originalidad, humor, erudición imaginativa y una ironía a tamaño “bilbáino”, -vasco es nuestro autor,- que dice “Todo lo que aquí leerás es verdad…te hablaré de volúmenes malvados que no debieron escribirse y otros que nunca existieron …de cosas con forma de libro, pero que no lo son…y de algún texto magníficamente pésimo que ha alcanzado la posteridad”. Y añade: “hay libros que no merecerían existir… te presentaré los monstruos de la especie, sin faltar a la verdad…hay libros que han cambiado la vida de sus lectores…otros han dirigido naciones…porque no todo puede sentirse: por eso hay libros”.

En la misma línea reivindicativa de los libros y su larga lucha contra la ignorancia y el fanatismo, el alemán Werner Fuld ha escrito su “Breve historia de los libros prohibidos” (Edit. RBA), donde no sólo se nos habla de la cadena de opresión, de obras destruidas y autores asesinados, también nos deleita con algunas de las victorias de la palabra sobre el poder político o económico. En esencia la historia de las prohibiciones de libros es también la historia de la supervivencia de la memoria humana almacenada en los libros. Como decía Borges “Basta que un libro sea posible para que exista”.

Otro alemán,  Alexander Pechmann en “La biblioteca de los libros perdidos” (edit. Edhasa) nos reseña los libros que nunca han existido en una biblioteca imaginaria. Buena dosis de imaginación la de este escritor que nos habla de las supuestas obras de Hemingway, Mann, Flaubert, Cooper, Byron, Kafka, Pushkin, Melville o Safo que las circunstancias, el descuido, un accidente o una borrachera, impidieron su materialización en un volumen.

Y para terminar, casi como un eco del libro reseñado en el párrafo de encima, “Historia de los libros perdidos”, (Edit. Pasado&Presente), del italiano Giorgio Van Straten,  que nos habla de la apasionante historia y anécdotas de libros inexistentes pero que podían haber sido. Como los del contenido de la célebre “maleta negra” de Walter Benjamin que se suicidó en la frontera española en Portbou por temor a que la policía franquista  le entregara a los nazis. Son ocho los libros imposibles de los que nos habla amenamente Van Straten: uno del escritor italiano Romani Bilenchi, cuyo manuscrito leyó Van Straten antes de que fuera quemado por la viuda del escritor. Sigue con la patética historia de la destrucción del manuscrito de “Las memorias” de Byron; la pérdida de una novela de Hemingway que guardaba su primera esposa (que aseguró que la tenía en una maleta que le robaron durante un viaje); “El Mesías” del polaco judío Bruno Schulz, desaparecido y asesinado durante ocupación nazi.  El siguiente, es el ruso Nicolai Gogol  cuya obra “Almas muertas” aún existente, no es más que la primera parte de otra obra mucho más larga que el perfeccionismo enfermizo del autor destruyó. El gran Malcom Lowry (“Bajo el volcán”) un alcohólico impenitente se pasó unos años de su corta vida hablando de una gran novela  de más de mil páginas, “In ballast to the White Sea” que se quemó junto a la cabaña canadiense donde vivía el escritor borrachín. Y para terminar, la poetisa Sylvia Platt, que se suicida metiendo la cabeza en el horno de gas con la cocina precintada. Su obra es administrada por su ex marido y albacea Ted Hugues y en unos años se publican textos de la poetisa y muchos más son destruidos “por razones familiares” (la poetisa dejó dos hijos) o por pérdidas y accidentes.

Y aquí, con esta nota triste, dejamos el amplio recorrido por el mundo del libro. Que ustedes sigan leyendo más y mejor. En los tiempos que corren es casi una obligación…para que sobrevivan los libros.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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