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Texto publicado en la revista Compromiso y Cultura 082023
Pues en lo que a mí respecta se trata de un novelista japonés de 74 años, altamente controvertido, con partidarios apasionados y detractores furibundos, que ha estado algunas veces en la lista de los “Nobelables” y que este año ha recibido el premio Princesa de Asturias de las Letras. Durante muchos años (desde los ochenta del pasado siglo) este escritor personalísimo ha logrado crear un universo literario sin parangón no sólo en su propia cultura –en Japón no logran entender el éxito apoteósico de Murakami en el extranjero, desde Estados Unidos a Europa, incluida Rusia, donde es idolatrado, sino también en la nuestra en la que, a estas alturas, muchos todavía nos preguntamos, dónde está la clave del universo propio murakamiano, repleto de ignotos planetas en los que deambulan un sinfín de personajes, anécdotas, sucesos, diálogos entre el absurdo y lo onírico y una corriente subterránea de magia, misterio y supersticiones que irritan a unos y fascinan a otros. Y lo más admirable es que hay que rendirse a una evidencia: la realidad cotidiana donde todo eso acontece está tejida de detalles, circunstancias y paisajes que todos reconocemos como los propios de nuestro tiempo y nuestra cultura. El efecto que produce esa constatación es francamente hipnótico. Tal vez en eso radique la clave de su éxito: Murakami nos seduce con su bizarra osadía. Creo que hay adictos, en el sentido clínico del término, murakamianos, como los hay a las anfetaminas, al tinto de verano o a las series de la tele.
Rodeado de muchos de sus libros y las reseñas que a lo largo de los años he ido escribiendo en diversos medios, me he puesto a la tarea de explicarles de qué hablo cuando escribo sobre Murakami. Como banda sonora de mi trabajo empecé con Mahler, pasé a Rachmaninof y me he quedado con el Don Juan de Mozart que, por instinto, me parece la más adecuada para situar a Murakami en su contexto musical. Don Giovanni es, con su audacia, su desparpajo y su capacidad de seducción, imaginación y gran confianza seguridad en sí mismo, el molde donde se cuece la figura literaria del escritor japonés que es, aparentemente, la contrafigura del conquistador mozartiano.
“Kafka en la orilla”, “1Q84” (las dos primeras partes, la tercera hay que excusarla), “Tokio Blues.Norwegian Word”, “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo”, “Alfter Dark”, “Sauce ciego, mujer dormida” (relatos), “Los años de peregrinación del chico de color”, “Escucha la canción del viento”, “Pinball 1973” ( los primeros que publicó Murakami) y los dos libros titulados como homenaje al Raymond Carver de “De qué hablamos cuando hablamos de amor” –por cierto, uno de los autores norteamericanos traducidos al japonés por el escritor- y que son, “De qué hablo cuando hablo de escribir” y “De qué hablo cuando hablo de correr”. Prácticamente toda su obra en castellano ha sido publicada por Tusquets, que ya anuncia para 2024 su última novela: “La ciudad y sus muros inciertos”. Mientras, sus fans se multiplican como las ediciones en más de 50 idiomas. ¿Estamos hablando de un Flaubert, un Dickens, un Tolstoi, un Proust, un Joyce? No, por Dios, estamos hablando de un fenómeno popular, un producto de nuestro siglo XXI que se despertó en los dos últimos decenios del XX (de ahí su explosivo atractivo), llamado Murakami.
De la relectura de esos dos ensayos autobiográficos citados se desprenden –a veces de forma reiterada- los detalles que pueden explicar no sólo el “duende” del estilo de Murakami, sino también las virtudes, defectos y artimañas seductoras del escritor japonés, un joven setentón que sigue corriendo, nadando y montando en bici casi cada día y ha sido un participante modesto, pero pertinaz y cumplidor, en maratones, uno cada año durante veintitantos, triatlones y pruebas deportivas de todo tipo.
En el polo opuesto del escritor bebedor, neurótico, adicto a todos los paraísos de alcohol y drogas, con sus infiernos oníricos, hasta rozar la psicosis, Murakami, es disciplinado, laborioso, deportista, mantiene un matrimonio de medio siglo, al margen de escándalos sexuales y deslices. Es cortés y decididamente solitario y esquivo a entrevistas y reportajes, cámaras y tertulias literarias o sociales, por timidez y convicción. ¿Cómo conjura los paraísos artificiales que son casi un tópico vital en la vida de muchos escritores? Muy sencillo: los convierte en alter egos literarios. Es como si detrás de la figura de Don Giovanni estuviera el cerebro rector de un monje franciscano, la estoica figura de fray Guillermo de Baskerville.
El otro elemento a tener en cuenta para saber de qué hablo cuando analizo la figura de Murakami, es la música. Concretamente la música pop, el soul y el jazz. Él mismo ha confesado en diversas ocasiones, “Al principio de mi carrera de escritor se me ocurrió que podía construir frases como si tocara un instrumento y esa idea no ha cambiado hasta hoy. Mientras aprieto las teclas del teclado del ordenador, me impongo un ritmo determinado, me esfuerzo por buscar un sonido y una resonancia adecuadas”.
Pero no crean ustedes que nuestro autor es un monje trapense escondido tras su obra, una gran incógnita cubierta por un velo de misterio y rodeado por una nube de enigmas. Nada de eso. Murakami, desde su primera obra, nos cuenta –al margen, pero reiteradamente- qué canales cotidianos, ordinarios y también de vez en cuando misteriosos y casi místicos, posibilitan y enriquecen su labor de escritor.
Precisamente en el prólogo a la primera edición en castellano de sus dos primeras novelas (“Escucha la canción del viento” y “Pinball 1973”), a las que llama “mis novelas de la mesa de la cocina” por haber sido el lugar donde las escribió, a altas horas de la madrugada, después de trabajar en su local de copas y música de jazz, nos habla de la génesis de su oficio de escritor, inducido por dos “fenómenos” o “epifanías”. Forman parte del anecdotario personal de misterios o sincronicidades (término junguiano que Murakami usa a menudo: “a lo largo de mi vida me han ido sucediendo cosas misteriosas de ese tipo”) que florecen en su historia y fidelizan a sus fans (y alarman y enojan a sus críticos).
Murakami estaba viendo un partido de béisbol, “una radiante tarde de abril de 1978”, en el estadio Jingû-Kyujo de Tokio, cerca de su domicilio, “yo estaba solo en un área adyacente elevada sobre el terreno de juego, mirando el partido mientras me tomaba una cerveza…de pronto escuché el sonido limpio del bate golpeando la pelota, que resonó por todo el estadio…en aquel instante, sin antecedente ni fundamento alguno, pensé de pronto: ‘si. Quizá también yo pudiera convertirme en novelista…’.Mi vida cambió por completo a raíz de aquello. “. Escribió trabajosamente su novela en japonés, después la tradujo al inglés –que no dominaba- y la retradujo al japonés. Ese trabajo le convenció de que había encontrado su estilo propio: “no hacía falta poner una palabra complicada tras otra, ni utilizar expresiones hermosas para despertar la admiración de la gente”. Consiguió un ritmo poderoso al combinar frases cortas; un lenguaje directo, sin circunloquios; unas descripciones precisas, sin aspavientos.” La terminó y la envió a un concurso para autores noveles. Y se olvidó de ella.
Unos meses más tarde le llamaron por teléfono para decirle que estaba entre los cinco finalistas del premio. No había guardado ni una copia de ella. Ese día salió a dar un paseo con su esposa, cuando descubrió una paloma mensajera herida acurrucada detrás de unos arbustos. La llevó hasta un puesto de policía para entregarla y mientras lo hacía, con la paloma palpitando entre sus manos, se le ocurrió de pronto que ganaría el premio y que sería un escritor profesional con cierto éxito. Como sabemos, se quedó corto: su éxito es considerable y tras el Premio Princesa de Asturias, no sería de extrañar que obtuviera el Nobel. Como escribe en su prólogo (estas anécdotas premonitorias han sido publicadas reiteradamente por el escritor cada vez que le ha parecido oportuno), “Para mí, estos recuerdos muestran que creer en algo que debe de existir dentro de ti y soñar con la posibilidad de cultivarlo y seguir conservando todavía esas sensaciones, es maravilloso”. Lo cierto es que esa sensibilidad por lo mágico, lo misterioso y lo extraordinario, cuaja toda su obra, en personajes, eventos y circunstancias.
Para comprender la figura de Murakami y su originalidad indudable hay que añadir otra clave a nuestro análisis: el aspecto bifronte del escritor que, como un centauro, muestra una parte física potente, el corredor de maratones y otra, también potente, de tipo intelectual, el creador de ficciones que alcanzan de forma natural e inmediata un eco en sus lectores, generalmente jóvenes (pero los hay también entre gente madura, quizá porque añoran su lejana juventud) y un atractivo ambivalente entre otros escritores y gente de letras, artes y libros, que admiran el osado desparpajo seductor (literario) de este Don Juan de ojos rasgados y maneras de monje.
Así, querido lector de CyC, que puede comenzar el periplo murakamiano leyendo los dos ensayos con el título tipo Carver. En el primero, De qué hablo cuando hablo de correr, las descripciones de los apuros y angustias físicos del escritor mientras corre los 42 kms y 195 metros de la dura prueba maratoniana, (que ha cubierto en unas 30 ocasiones en años sucesivos) adquieren momentos de gran emoción literaria. Pero lo fascinante es la traslación de las características del corredor de esa especialidad, ritmo, velocidad, aguante, persistencia, confianza en si mismo, capacidad de generar fuerza a partir de una convicción y de un sueño, espartana administración de esfuerzo y resistencia…a las dificultades que crea la redacción de una novela de más de trescientas páginas. El paralelismo es seductor y Murakami lo muestra con gran lujo de detalles y una sencillez y respeto casi zen. Murakami habia empezado a correr en otoño de 1982 (a los 33 años) y ha corrido casi sin interrupción –distancias variadas- hasta estos momentos (no tengo noticia de que haya cesado de hacerlo). Para él carece de importancia ganar o no, sólo le preocupa no dejar de cumplir los parámetros que él da por buenos. “Mis únicos puntos fuertes –escribe- son la diligencia, el aguante y la fuerza física. Si habláramos de caballos, estaría mas cerca de un percherón que de un caballo de carreras”. Y añade, guasón, “el tabique que separa la sana autoconfianza de la insana arrogancia es realmente muy fino”. Murakami nunca ha sido arrogante (en eso se distancia de Don Juan). Así que reconoce “poco después de dejar de correr, todo lo que he sufrido y lo miserable que me he sentido se me olvidan, como si jamás hubiera sucedido y ya vuelvo a estar decidido a hacerlo mejor la próxima vez”.
Pero Murakami no sólo nos habla de sus deportes favoritos en ete libro bastante crucial para conocerle, también nos va contando detalles de su carrera literaria y reflexiones sabrosas sobre el arte de escribir. Tres son las cualidades del buen escritor, nos cuenta, el talento (cuya cantidad y calidad deben ser controladas), capacidad de concentración y la inevitable e imprescindible constancia.
En el segundo ensayo, De qué hablo cuando hablo de escribir, Murakami se ve como un boxeador que ha de luchar contra la desidia, la falta de confianza y las críticas en un ring literario donde nadie tiene piedad de nadie. Son muchos los que suben al ring, pero pocos los que logran resistir la lucha y los ataques. Escribir novelas es parecido a ese duro deporte. Hay que aprender a encajar los golpes y luchar con denuedo para mantenerse. La escritura tiene sus trucos y uno ha de tratar de ser él mismo en todo momento. Desconfía de las facilidades supuestas de la inspiración y cree en un trabajo serio y persistente. Como Hemingway, mantiene que “tras una larga jornada, dejo de escribir en el preciso momento en que siento que podría seguir escribiendo”.
En este libro Murakami se muestra a sí mismo y a su oficio de escritor con ojos realistas, sinceros y poco autocomplacientes. “En esencia los escritores somos seres egoístas, generalmente orgullosos y competitivos…seres necesitados de algo innecesario” Nos habla de su vida, sus pesares y dificultades y otra vez de sus “epifanías”; de su enorme amor a la lectura y a la música. Con gran sencillez confiesa: “Soy incapaz de asumir la idea de escribir a fuerza de sufrimiento. Para mi, escribir me da momentos de felicidad…y no me considero un genio, ni me atribuyo un talento especial, aunque no niego tener algo…me gano la vida con esto desde hace más de cuarenta años” Murakami sabe que es un caso aparte en el panorama literario japonés y se justifica ante los ataques recibidos historicamete con esta frase: “Solo pretendía escribir algo mi manera y reflejar con ello el estado de su corazón. Nada más”. Nunca ha padecido el “writer’s block” porque “cuando no tengo ganas de escribir, simplemente no lo hago, nada ni nadie me obliga…para mi escribir es un alivio psicológico”. ¿Más claro? “Es un camino que se empieza solo, por el que se avanza solo y que se puede perfeccionar a sí mismo”. Y para los demás escritores, oído al parche: “El proceso de escribir queda al margen de los reconocimientos. Es la carga que uno debe soportar en soledad y en silencio”. “Me da igual lo que digan sobre lo que escribo, por muy tremendo que resulte. Lo importante es escribir lo que yo quiera y como yo quiera.”
Las constantes temáticas de las obras de Murakami son variadas pero reiterativas (según una lista publicada por The New York Times): la mujer plena de misterio, el fetichismo de las orejas femeninas, los pozos secos y profundos, la desaparición súbita de algo o de alguien, la sensación de persecución, inesperadas llamadas de teléfono o móvil, gatos por todas partes, música de jazz en discos de vinilo, urbanita que se siente perdido, intervenciones o poderes por encima de lógica y quizá mágicos, pasadizos secretos, espacios abrumadoramente abiertos, trenes y estaciones, presencia del pasado histórico en detalles llamativos, precocidad adolescente, cocinar, mundos paralelos, sexo explícito, Tokio y sus noches, nombres originales y llamativos, malvados sin identificar, más gatos (que hablan o desaparecen), el amor con signos de tragedia y de intensidad excesiva, la capacidad del arte para trascender las miserias del sujeto (tema del ultimo libro de Murakami “La muerte del comendador” (otra coincidencia entre don Giovanni y nuestro novelista) …
Bien, el viaje en torno a lo que quiero decir cuando hablo de Murakami, toca a su fin. No voy a entrar en valoraciones una por una de sus obras, me parece poco pertinente. Es un escritor muy característico que se dirige al corazón de sus lectores, sin importarle demasiado la forma y el estilo. Por tanto, cuatro datos sencillos de las, para mí, sus obras más interesantes, prescindiendo de las cuatro que ya he tratado aquí: las dos primeras, “Escucha la canción…” y “Pinball 1973”, más los dos ensayos del “De qué hablo…”.
TOKIO BLUES.-
Se trata de una buena novela del género “Bindungsroman”, es decir de iniciación. Por ejemplo, válido para este caso, nuestro “Lazarillo de Tormes”, el “Wilhelm Meister” de Goethe, el Marcel de “La recherche…” de Proust, el “Retrato del artista adolescente” de Joyce o “La montaña mágica” de Mann. Es decir, novelas donde el lector acompaña el largo, tortuoso y a veces muy duro sendero en el que un joven se inicia en la vida de adulto.
Murakami borda las vicisitudes de sus jóvenes protagonistas, el amor, la felicidad, la soledad, la incomprensión, las rarezas de la existencia. El trayecto de Toru Watanabe, estudiante de primer año de la Universidad de Tokio, encuentra ecos en muchos lectores en parecidas circunstancias. Con esta novela H.M. logró convertirse en alimento literario de fanáticos en medio mundo.
1Q84.-
Esta es una novela-piedra de toque. Si la lees, rendido al texto a pesar de su larga extensión y gran exigencia, es que eres un murakamista irredento. No la juzgaré de ningún modo. Recomendarla, si. Aunque sea una prueba difícil y no recomiende la tercera parte. Está ambientada en Tokio en 1984, y propone un acto de fe desde el principio: debes aceptar con naturalidad que uno de los protagonistas se da cuenta de que ha ingresado en un universo paralelo, y que otro, una aspirante a escritora, propone a la credibilidad del lector que practica un misterioso proyecto de escritura fantasma.
KAFKA EN LA ORILLA.-
Viniendo de la anterior lectura, no es probable que te sorprenda demasiado ésta. Aunque creas que el realismo mágico acabó con García Márquez, Borges y Onetti, lo cierto es que en esta obra Murakami te convence de que todavía tenías mucho que aprender. Aquí además gozarás de la novela tipo “baúl de historias interrelacionadas”. El argumento nos muestra a Kafka Tamura, un joven de 15 años que acaba de huir de su casa acuciado por el complejo de Edipo y se propone vivir en una biblioteca. Y conocemos a Nakata, un anciano que sufrió daño cerebral cuando era niño y ahora tiene la poco sorprendente facultad de hablar con los gatos. La pérdida de uno de sus más amados animalitos le hace emprender un viaje inesperadamente psicodélico. La soledad es el caldo de cultivo de los personajes que se suceden a un perezoso ritmo de siesta indigesta y un estado casi permanente de confusión vital.
CRONICA DEL PÁJARO QUE DA CUERDA AL MUNDO.-
Aquí nos encontramos con aquel aserto que afirma que todo novelista tiene un reformador moral en la barriga. Dadas las especiales características de Murakami, cabía esperar que no se cumpliera ese aserto en su caso. Pero no ha sido así. Su protagonista de “Crónica del pájaro…”, Tooru Okada, inicia un viaje de auto descubrimiento pateándose las calles de Tokio en la busca improbable de su gato. Esos animalitos son para H.M., auténticos totems hogareños, dioses penates, lares o manes de este escritor, como si fuera un ciudadano de la Roma imperial. Rara es la novela de Haruki M. en la que no se cita a los gatos.
AFTER DARK.-
El mundo de Murakami está lleno de enigmas y vías alternativas que alternan con los tiempos por vías misteriosas: cerca de medianoche, una chica, Mari, está sentada sola a la mesa de un bar. Toma un café y lee. Es interrumpida por un joven músico. Lo conoce ligeramente. Le ha visto hace tiempo y acompañaba a su hermana. El nudo argumental comienza a abrirse. Nadie sabe qué va a pasar. Sospecho que ni Murakami cuando lo escribía…En otra de sus novelas decía: “todo empieza siempre con alguien contando algo de sí mismo”. Pues ahí lo tienen,,,
AL SUR DE LA FRONTERA, AL OESTE DEL SOL.-
El dueño de un club de jazz, Hajime, tiene un encuentro inesperado y misterioso: Shimamoto, su mejor amiga de la infancia está frente a él, con su carga de pasado y posibilidades de nostalgia y futuro. Pero…
LOS AÑOS DE PEREGRINACION DEL CHICO SIN COLOR.-
Aquí Murakami hace gala de sus mas queridas técnicas temáticas: un personaje femenino alucinado y trágico (eso si con hermosas orejas), espectros bidimensionales, el ayer como línea de tiempo bifurcada , trenes, místicos gastronómicos, apellidos de colores en los amigos del héroe, Tsukuro Tazaki, diseñador de trenes. Su historia y la de la novela, están condicionadas por una anécdota de su pasado: dieciséis años atrás, el grupo de cuatro amigos al que pertenecía, le expulsan sin razón o motivo aparente. Eso constituye un golpe psicológico que le obsesiona y casi le empuja al suicidio. Ahora pretende averiguar las razones de tal catástrofe personal. Pero hablamos de Murakami. Por tanto, dilucidar eso nos llevará a un nuevo enigma. Como escribe Rodrigo Fresán, no hay nada de extraño, Murakami tiene una lógica perfecta y la mayoría de sus personajes también. El único problema es que tal lógica pertenece a otra dimensión: la del planeta Murakami.
FICHA
Todas las novelas citadas están publicadas por la editorial Tusquets. Son fáciles de encontrar en cualquier librería.
ALBERTO DÍAZ RUEDA
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