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27 julio 2011 3 27 /07 /julio /2011 08:41

solar.jpgDespués de "Amsterdam", "Expiación" o "Chesil Beach", el escritor inglés Ian McEwan publica "Solar", novela galardonada con el premio Wodehouse. Es este un galardón que destaca la mejor novela de humor del año, en honor a P.G Wodehouse, un escritor de entre guerras que constituye en sí mismo uno de los más solidos bastiones del humor británico, un tipo de humor genial, cínico, austero e ingenioso y, sobre todo, inteligente.

Esos adjetivos podrían colocarse sin dudarlo en una reseña crítica sobre "Solar". Es esta una novela de más de trescientas páginas, editada por Anagrama, sólida y bien construída, que nos narra en tres apartados cronológicos la vida y obra de un físico teórico Michael Beard, "uno de esos hombres vagamente anodinos, a menudo calvos, bajos, gordos e inteligentes que atraen a determinadas mujeres hermosas", que además de haberse granjeado el premio Nobel de física, por sus primeros -y únicos- trabajos en su especialidad, vive en la cincuentena (cuando le conocemos) de las sinecuras y apaños que le reporta su premio, languidece en empleos oficiales bien remunerados y nada exigentes y se dedica a malvivir una vida personal más bien deleznable, entre sus matrimonios -cinco-- que se estrellan e incontables y compulsivas aventuras patético-amorosas o sexuales, mientras su cuerpo y su carácter van cayendo cada vez más bajo. Pero eso sí, sin abandonar una cierta osadía, una buena dinámica de trabajo (interesado) y una coherencia profesional muy desaprovechada pero latente.

Este patético antihéroe que toca demasiadas teclas a un tiempo se enfrenta a una serie de hechos que lo convierten en un personaje especular de nuestro tiempo, con sus bajezas, su mezquindad, sus canalladas y su vitalidad de superviviente. La novela empieza al final de su quinto matrimonio, en el que se convierte de engañador en cornudo apaleado, la entrada al escenario de un prometedor fisico joven --segundo amante de su mujer-- con una idea capital sobre el uso de la fotosíntesis para terminar con la crisis energética y el calentamiento global (ahí es nada), que por un accidente mortal -arteramente manipulado por Beard en su provecho-- daría la idea clave a Beard para que,años más tarde, este lidere un proyecto de alcance mundial que podría arreglar los problemas planetarios apuntados.

Todo se desarrolla con la precisión de una crónica en la que no faltan apuntes psicológicos muy certeros, descripciones del mundillo académico realmente jugosas, con sus miserias y sus golpes bajos, retratos de nuestra época a base de una crítica exacta, certera y desternillante, formando todo ello una gran farsa canallesca que lo tiene todo, humor, excelente documentación científica bien urdida en la trama, ritmo novelesco adecuado, una técnica literaria magistral y algunos momentos antológicos dignos de la pluma de un Dickens o un Chesterton.

Al lector le anticipo un estupendo jolgorio con algunas escenas memorables: la competición tras una bolsa de patatas fritas entre el orondo físico y un anónimo joven en un vagón de tren, las maniobras de ese egoista trapacero con sus líos de faldas y sus mujeres, el soberbio semicapitulo dedicado a la expedición ártica, las observaciones del personaje en su viaje a Estados Unidos y muchos más que dejo a la percepción del lector.

Quizá el único "pero" que cabría oponer a tan conseguida novela sea su final, en la que el lector se queda con dos palmos de narices enfrentado --el personaje y por tanto el lector, que acaba simpatizando en cierta forma con ese desastre ambulante-- a una caótica serie de problemas sin resolver que le están estallando en pleno rostro al protagonista cuando acontece el final. Bueno, se podría pedir a Ian McEwan que publique una separata a "Solar" adjuntando dos o tres posibles finales. Les aseguro que habría colas para comprarla, como si fuera un Harry Potter para adultos con sentido del humor.

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17 julio 2011 7 17 /07 /julio /2011 17:30

Cada-siete-olas.jpgDaniel Glattauer es un vienés de 51 años, periodista y escritor que logró el pasado año quedar finalista en el premio German Book Price con una novela "Contra el viento del norte" (publicada en Alfaguara) con un éxito más que mediano y que poco a poco se ha convertido en un best seller, sobre todo para los jóvenes comprendidos en el arco de los veinte y algo y treinta y muchos, jóvenes adictos a la red de redes, mileuristas o no, pero eso sí, irremediablemente románticos, medianamente cultos y sentimentalmente descontentos. En esa primera novela sobre los amores emailescos entre  Emmy Rother y Leo  Leike, este tipo de amores epistolares basados en un cierto ingenio expresivo y en el confort relativo y audacia emocional que emanan de la caracteristica del medio: el anonimato e invulnerabilidad relativos de internet, asistimos a la presentación, muy hábil y eficaz, de los dos protagonistas a los que llegamos a distinguir simplemente por el tono de sus respuestas y preguntas. Esa primera novela nos deja con la miel en los labios. El hombre y la mujer que se confiesan amor pero no se atreven a conocerse físicamente, que nos han encantado con la versatilidad, el humor, la ternura y las triquiñuelas sentimentales que emanaban de sus emails, vuelven a cruzarse en sus pantallas y nos devuelven a los lectores sus presencias a través de una nueva novela "Cada siete olas", también editada por Alfaguara.

Seguimos siendo testigos de esa diálogo intenso, ritualista, a veces rutinario, y vemos como los personajes comienzan a comprometerse entre ellos. Hay una primera cita y somos testigos de las dudas, los temores, los reproches, los desafíos que cada uno expone en un sendero de acercamiento que lleva al final, quizá ya sin posibilidad de reanudación.

 Glattauer ha abierto la puerta a un nuevo género: la novela compuesta de emails. Ya habia visto antes algun timido intento más o menos pasable, pero hay que reconocer la calidad literaria de este autor vienés, su atrevimiento técnico, la habilidad con la que sortea las dificultades expresivas del medio utilizado, la capacidad de mostrar con un lenguaje de hoy los sentimientos y las emociones que hacen vibrar a los seres humanos.

Emmi y Leo se han sentado a la orilla del mar de la vida, a través de internet, para propiciar y esperar que tras seis holas calmosas, rítimicas y monótonas, llegue una séptima que permita romper con todo, renovar la propia vida y dejar espacio al amor. El mayor acierto de este autor es lograr que no nos aburrran los emails que fisgoneamos en la novela y también hacer que nos involucremos en la trama y deseemos que esas  dos personas, tan bien descritas a través de sus propias palabras y emociones reflejadas, lleguen a unirse. Nota bene: a pesar de lo que diga la publicidad, las dos novelas no tienen porqué leerse en orden secuencial. Forman unidades separadas y bien cerradas en si mismas. A fuer de sincero, me convence más el final de la primera novela que el de la segunda,  que a pesar de los placeres que depara al lector es un poco más de lo mismo. Eso sí, muy hábilmente presentado.

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10 julio 2011 7 10 /07 /julio /2011 13:49

 

espinoza.jpg

Lo primero que llama la atención del lector es el nombre de Spinoza en el título. Después el sustantivo que le acompaña, la herida. El impresionante pensador judío, expulsado de la sinagoga de Amsterdam por sus teorías y planteamientos filosóficos,  es un punto de referencia de calidad, de cualidad, la de la honestidad pensante, la certeza y las dudas de una mente privilegiada volcada en cuestiones tan asombrosamente actuales como la felicidad, en qué consiste, cómo lograrla, cuáles son sus formas y sus obstáculos. ¿Les parece un tema baladí? Pero que nadie piense que estamos ante un libro de autoayuda. No. Es filosofía aplicada a los sentimientos y las emociones que definen al ser humano, esos elementos que envidiaban los replicantes en Blade Runner, esa característica que nos hace humanos y nos hacen seres sufrientes y seres felices.

Para introducirnos en el tema, Vicente Serrano, el autor de este ensayo que premió la editorial Anagrama, nos remite a un libro previo que uno tuvo el placer de leer hace unos años y cuyo autor es el neurobiólogo americano de origen portugués Antonio Damasio, "En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos" que editó Cátedra. De aquél libro me sorprendió algo que también sorprendió a Vicente Serrano y que le dio título y tema para el libro que hoy comentamos, la "herida" que Spinoza inflige a quienes le leen y que admite una interpretación filosófica poco agradable para un cientifico positivista como Damasio: la felicidad humana no es posible sin el reconocimiento de la limitación de la existencia, esa "tranquila certeza con la que Spinoza se enfrenta a un conflicto que la humanidad aún no ha resuelto: el conflicto entre la opinión de que el sufrimiento y la muerte son fenómenos biológicos naturales que hemos de aceptar con ecuanimidad y la inclinación de la mente humana a sentirse descontento y rechazar dicha sabiduría". Ya que segun Spinoza el reconocimiento de la finitud humana es lo que da sentido a la búsqueda de la felicidad.

Sólo los que vivimos y bebemos de algunas fuentes orientales, el budismo, la filosofia vedanta, el zen, podemos aceptar la certeza de Spinoza y buscamos esa ecuanimidad.

Pero Serrano hace una lectura y un desarrollo critico filosófico, a veces complejo en demasía o reiterativo pero siempre honesto y combativo, en el que vincula esa búsqueda de la felicidad con el momento socio politico actual, las dificultades que nos impone una sociedad alienante, la "impotencia de la omnipotencia" que resulta de esta época, la nuestra, en la que el horror emana en forma de guerras, terrorismo, violencia, haciendo poco menos que iluso e idealista el discurso de Spinoza y no pertinente el planteamiento de una felicidad que se ha convertido en un concepto plurisemántico que se encierra en la inmediatez de lo "espiritual" entendido como objetivo humano poco real. Para Heiddeger la existencia humana "es para la muerte", mientras que Spinoza minimiza a la muerte como un fenómeno necesario e irrelevante,  para cantar la vida y afirmarla. Pero Serrano nos recuerda que la esencia de la modernidad es la autoafirmación de lo humano, de su fuerza y autonomía, un poder que no reconoce limites pues continuamente los supera con la invención, la búsqueda sin fin, la avidez y la prepotencia. Y eso no es más que la realización de lo contrario que Spinoza propugna. Y ahí está la herida que Spinoza infiere a Serrano, la imposibilidad en nuestro actual momento histórico de asumir la ecuanimidad que propone el pensador judío. Y para elllo nos invita a un viaje por la historia de la filosofía, desde Rousseau a Giordano Bruno, Descartes, Bacon, Fichte, Hobbes, Schelling, Kant, Hume, en el que Serrano aborda la imposibilidad de aceptar la tesis de Spinoza: la aceptación del dolor como una realidad irremediable de nuestros límites que nos llevaría hacia la felicidad. En nuestra época "el único pecado es el límite" como decía Emerson y el dolor y la muerte quedan fuera de la ecuación. En tal falacia está fundamentada la actual cultura humana, nos dice Serrano. Las pasiones destructivas del humano, el odio, la envidia , la crueldad, forman parte de los valores dominantes en la biopolítica de hoy que convierte a nuestro mundo, desde un punto de vista ético, en una especie de organización mafiosa, con sus leyes, normas y tabúes, un universo paralelo donde rige esencialmente la pasión de poder y el deseo de omnipotencia. Y esa voluntad de poder transgresora es la que permite, como una forma de autoperpetuarse, los afectos simples y positivos que la gente cree que son los vigentes.

La visión que Serrano propone es de una dureza enorme y encierra una critica total a la estructura social, política y ética de nuestra cultura del momento. Quizá la única esperanza estribaría en volver a Spinoza y superar la herida que Damasio denuncia.

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5 julio 2011 2 05 /07 /julio /2011 09:25

los-dias-del-arcoiris 9788408092759El cinco de octubre de 1988 se celebró en Chile un plebiscito convocado por el Gobierno militar del general Pinochet por el que el dictador pretendía seguir en el poder hasta el año 1997. Los chilenos se echaron a la calle y la votación superó el 95 % de votantes. Para gran sorpresa del mundo y en primer lugar de los propios chilenos, el "No" a Pinochet ganó por 55,99 de los votos contra el "si" del 44,01. Diecisiete partidos de la oosición, ilegales y clandestinos, sumaron sus fuerzas en una campaña bajo el signo del arcoiris y una canción pegadiza que incitaba a la libertad y a la concordia y muy inteligentemente no  reflejaba el terror, el dolor, la brutalidad y la corrupción de un régimen impuesto tras un golpe de estado contra el Gobierno de Salvador Allende.

El escritor Antonio Skármeta vuelve a seducirnos con su prosa certera, su humor humanísimo aun en las peores circunstancias, su amor a la dignidad y su austero control de las emociones que evoca para el lector.  Editada por Planeta, premio Iberoamericano de Narrativa en 2010, el autor de "El cartero y Pablo  Neruda" o "El baile de la victoria" (ambas llevadas al cine) echa mano de la historia trágica de su país en una de sus épocas más oscuras y a través de la peripecia personal de un joven  y de su padre, profesor de filosofía, secuestrado y "desaparecido" un cualquiera de las carceles ocultas de los militares, nos lleva a un Santiago de Chile en el que todos "caminan rapido y con la cabeza gacha". El miedo a una violencia arbitraria que golpea donde y a quien quiere, como una espada de Damocles sobre la cabeza de los chilenos, se masca en una ciudad que trata de olvidar y sobrevivir.

La gestación de la campaña del "no" que se pone en manos de un publicista represaliado (al que tratan de encargar la campaña del si, pero este se niega) va ocupando la dinámica argumental de una novela que se lee sin descanso, sabedores de que la materia prima que usa es el escritor es la realidad, el recuerdo de la historia negra, el dolor de una memoria secuestrada.

Vemos a unos chilenos de espaldas a la política, que tratan de sobrevivir en un ambiente regido por "una vida cotidiana  exhausta de esperanza...en la que ya no les concernía su propia vida" y asistimos al sufrimiento de un jovcen que cree que no volvera a ver a su padre, encarcelado y quiza torturado por el solo hecho de amar la cultura y la libertad.

La escena de la representación escolar de la cervantina "Cueva de Salamanca" en honor de un profesor recien asesinado por matones de la policia secreta y del valiente parlamento del joven protagonista en inglés, justamente evocando las palabras de Marco Antonio ante el cadáver masacrado de Julio César, ("pondría una lengua en cada herida de César que llamaría hasta a las piedras de Roma al motin  y a la insurrección")en homenaje al profesor y a su propio padre, es emotiva y está descrita con la eficacia literaria de un escritor magnifico.

Desánimo en la población, hábito a la dictadura, desesperanza confundida con tedio, actos aislados de una resistencia pulverizada por el régimen...uno recoge las palabras de Skármeta con especial simpatía: en este país también hemos vividos un ambiente popular no tan lejano y mucho más duradero que el de los hermanos chilenos.

Una buena novela que se lee de un tirón y a muchos de nosotros, los que tenemos le edad suficiente para acordarnos de cuarenta años de franquismo, doblemente atractiva.

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4 julio 2011 1 04 /07 /julio /2011 10:16

 

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José Luis Sampedro, al que le faltan seis años para ser centenario, es un escritor admirable, una gran persona y un intelectual comprometido. Vaya esto por delante. "La sonrisa etrusca", "Octubre, octubre" o "Congreso en Estocolmo" colmaron en su día momentos literarios de una calidad bastante alta. Ahora, de la mano de Plaza Janés y con la colaboración de Olga Lucas, otra persona involucrada en el progreso y desarrollo de la cultura y del amor a la literatura y los libros, han escrito "Cuarteto para un solista".

Los avatares intelectuales de un anciano recluido en un sanatorio donde mantiene una relación  imaginaria, poética y simbólica con arquetipos como el Aire, el Agua, la Tierra y el Fuego, entre charlas con el médico que le atiende y la descripción de las reuniones de esos elementos arquetípicos y de sus preocupaciones por el planeta y su futuro, resultan conformar un producto, una obra, en la que el crítico debe poner en suspenso su admiración por la trayectoria del autor y su merecida respetabilidad y solvencia y tratar de ofrecer una visión, que no juicio, que informe al lector de estas lineas sobre la calidad y naturaleza del libro que comento.

Pues bien, digamos que José Luis Sampedro y Olga Lucas han escrito un híbrido literario donde se aúna el ensayo, la poesía, la ecología, la economía y un esfuerzo literario de conjunción que no acaba de funcionar. Claro está que aquí debemos poner en la balanza los elementos criticos sobre la obra en sí y evitar añadir demasiada pimienta de lo que cabría esperar de Sampedro dada su trayectoria y el producto que en definitiva analizamos.

"Cuarteto para un solista" es una novela de ideas, como dice la discutible contraportada o un "ensayo novelado". Con lo que en ningún momento llega  a ser una verdadera novela y como ensayo se queda corto y tópico. Ni el anciano protagonista (un trasunto del autor), ni el doctor, ni, por supuesto, los grandes arquetipos evocados tienen más enjundia literaria que fuerza o energía como personajes, la trama es confusa e irrelevante y las argumentaciones no pasan de la critica y los razonamientos habituales en la literatura ecológica al uso.

Datos, curiosidades y un repaso a la mitología griega, pero sin la espontánea ingenuidad de Hesíodo o la profundidad poética e intelectual platónica, van abonando una acción que, lamentablemente, no aporta nada original a un tema ya de por sí necesario y preocupante, el estado de la naturaleza, el futuro de un mundo esquilmado por la ceguera y la insaciable avidez humana. Esta obra resulta una alegoría para jóvenes o para personas que comienzan a  preocuparse por el estado del mundo natural y el sombrío futuro que estamos construyendo. Pero lectores del Sampedro clásico y buscadores de delicattessen literarias, abstenerse. Es un libro-apertitivo, ni siquiera un primer plato en un menú literario de los que alimentan esa insaciable hambre que muchos padecemos por la creación literaria de fuste.

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27 junio 2011 1 27 /06 /junio /2011 18:02

Asegura mi amigo que suele presentarse de forma sospechosamente leve, enmascarada, casual, como el que no quiere la cosa. Es un dolorcillo que aparece de pronto, timido y nada amenazante. Nos percatamos de su llegada, pero no le hacemos mucho caso. Dicen en mi tierra que a partir de los cincuenta años, si una mañana te despiertas y no te duele nada, harías mal en alegrarte, seguramente es que estás muerto.

En el caso de este buen amigo, ya hace tiempo que dejó atrás los cincuenta pero se esfuerza en parecer joven y sin duda lo es, la edad no está solo en los huesos y el organismo, también está en la mente, aportando ilusiones y alegría de vivir. Mientras los achaques te dejan en paz eso es fácil de hacer, otro gallo nos cantara si algo empieza a fallar o a mostrar la desvencijada y temible faz de una enfermedad.

Pero volvamos a mi amigo, el maduro devorador de kilómetros, facedor de cimas, ocupadísimo jubilado cuya actividad hace sonrojar a sus amigos "en activo" (aunque en el fondo, cuando no los mira, hacen a menudo el gesto universal de barrenarse la sien con el dedo índice pensando en él). Ha gozado mi amigo de una existencia razonablemente equilibrada desde el punto de vista de la salud: deportista hasta la médula desde niño, respetado por los dioses de la suerte clínica, apenas ha sumado un par de incidentes médicos de los que obligan a trsspasar las puertas de los hospitales y siempre "por sus pecados" es decir por algo que ha hecho mal durante demasiado tiempo y acaba surgiendo en forma de sintoma y más tarde estructurándose como una dolencia. Ambos episodios fueron resueltos de forma satisfactoria para el sujeto. Una artroscopia de la rodilla derecha por sus excesos tenísticos y  una infección grave de las llamadas nobles vías bajas por pretender usar la terapia de "aquí no pasa nada" en vez de avisar al urólogo de que algo iba mal a la hora de hacer pipí y pretender vivir en este mundo sin aceptar que los hombres tienen próstata y que conviene comprobar su estado regularmente a partir de cierta edad. Tratamiento y suerte. La temida "C" no se presentó.

¿Creéis que nuestro amigo aprendió de esas lecciones? Faltaría más. Siguió fiel a su norma no escrita de que "tipo que hace vida sana, come bien y equilibra su mente, no tiene por qué padecer de nada", saltándose alegremente más de treinta siglos de medicina y, mas recientes, las enseñanzas de eso llamado estadística. O aquello que sugiere el dicho popular: donde menos se espera salta la liebre.

Así que lo primero que hace nuestro sujeto cuando el dolor asoma su peluda oreja es ignorarlo. Incluso se le desprecia un poquito y a veces se piensa aquello de "no sabe usted con quién está hablando". Aquí el macho-man, defensor de causas perdidas, héroe de la insensatez andante: esto no es nada. Adelante con los faroles.

Bien, pues el dolor se comporta como quien es: un perfecto hideputa al que uno le parece ver como sonrie taimadamente y se frota las manos como el viejo Shilock y con las mismas malas intenciones. Así que nuestro desprevenido amigo sigue haciendo lo que le gusta: caminar horas bajo el sol, leer y escribir compulsivamente (siempre con una utilidad en mente, ¿donde quedó el amor per se a la lectura y a la escritura?), llenarse de obligaciones que nadie te ha solicitado y seguir contra todo pronóstico pensando que la abundacia de quehaceres borrará del mapa a ese dolor estúpido que se empeña en consolidarse.

El hombre empieza un timido ataque defensivo, un ibuprofeno por allí, una aspirina por allá, un paracetamol a los postres. Pero el dolor (que se va aposentando en la cabeza, en el hemisferio derecho) va tomando cuerpo, persistencia y rebeldía.

De pronto, una noche (como todos los malhechores, el dolor es amigo del sosiego nocturno pues es allí cuando su protagonismo no es discutido por ninguna otra actividad) el dolor se hace opresión angustiosa, latido obsesivo y doloroso, angustia por su origen y su feroz actividad. El uso de los medicamentos corrientes es como echar margaritas a los cerdos. Se ríe de ellos. El berbiquí de su inquina comienza a funcionar y la noche se convierte en una eterna, inacabable sinfonía del horror, donde nuestro amigo maldice en arameo, ruega a todos los santos, promete lo que sea y persigue avidamente cualquier instante en el que parece cesar (siempre es un engaño): el dolor es el rey y se comporta como una diva presumida y vengativa.

A la mañana siguiente mi amigo comienza el viacrucis de médicos y especialistas. De pronto se le ha descabalgado de golpe de su rocín. Helo aquí, en el santo suelo, quebrantado, aunque aún dueño de sí, pero eso durará poco.No hay nada como las salas de espera, las consultas con los especialistas, las miradas friamente profesionales de las enfermeras que parecen preguntarse, "pero bueno ¿que habra hecho éste?" y la uniformadora inclusión en un colectivo al que se tutea de entrada y se le ordena que haga o deje de hacer cosas sin demasiadas explicaciones. "Si estas aquí es porque lo necesitas, asi que apechuga y haz lo que se te dice". El hombre ha perdido su apostura deportiva, se va comvirtiendo lentamente en un guiñapo al que, en el colmo de la degradación, en algún momento se le despoja de su vestimenta y se le embute en el unforme de la humanidad doliente: una espantosa y humillante bata con la parte trasera abierta por el que asoma la parte trasera del individuo. Patético instante en el que el sujeto es nombrado caballero de la insigne orden de los Pacientes.

A partir de ahí, solo hay que desearle suerte, nervio y paciencia a nuestro héroe.

El dolor se ha hecho dueño del individuo, de su presente, ha sepultado su pasado en el baúl de las siete llaves (y de paso no solo le quita cualquier mérito que pudiera tener, sino que le despersonaliza y le une a la grey de los sufrientes, donde la prioridad pertenece al que más sufre o mejor se queja) y solo ofrece un futuro imperfecto en el que reina un inmenso interrogante y en el que la esperanza tiene el nombre de una ausencia: cuando el dolor desaparezca.

En ese momento y durante el tiempo que dure esa batalla (la vida es una guerra permanente contra la falta de salud) se establece una curiosa relación entre el sujeto y su dolencia. Nunca hay una relación igual. Alguien debería escribir una fenomenología de ese tipo de relación un poco esquizoide entre la persona y el dolor que la agobia y desespera. Termina existiendo una suerte de antropomorfismo: el dolor toma casi una forma humana, un rostro al menos, pero también un carácter, unas intenciones (malignas por supuesto) y una forma de actuar cuya estrategia acaba perfilándose para el paciente como si correspondiera a un ser dotado de voluntad propia.

Nuestro amigo, dotado de una buena imaginación literaria, ha compuesto esa figura atrabiliaria, astuta y cruel. Mantiene con ella un trato cauto, cede en ocasiones, se enfrenta inutilmente en otras, siempre hace como si se rindiera y busca salidas continuamente. No entra en la pretensión ingenua de pactar, sabe que no hay pacto posible. El dolor tiene que hacer su papel está en su naturaleza, como la del alacrán salvado de ahogarse por la rana, a la que pica cuando están llegando a la orilla, ante el dolor y la sorpresa del batracio, "¿no me habias prometido que no picarías? ahora nos vamos a ahogar los dos", "lo siento, pero está en mi naturaleza". Pues bien, la naturaleza del dolor consiste en doler. Así que mi amigo, que ya lo ha aprendido, busca maneras para si no evitarlo, sí encauzarlo. Medita,se relaja, observa lo mas tranquilamente posible como se comporta, qué le irrita y qué le adormece, crea una rutina de aceptación, busca posturas y gestos que lo distraigan y, sobre todo, se niega a obedecer la insidiosa vocecita que se pierde en jeremiadas sin cuento, "¿qué he hecho yo para merecer esto?, "¿por qué a mí y no, por ejemplo, a mi mejor amigo" (que da la casualidad que soy yo, aunque no se lo tengo en cuenta, los sanos no lo confesamos pero siempre hay un vergonzante alivio en que se le toque a otro y no a nosotros, ergo...) "si te largas prometo ser más sensato, solo subire hasta montañas de 3000m, no mas", juro  abandonar la pipa de despues de cenar" "¿será todo esto el anuncio de un tumor, maldita sea?" "solo te pido que me dejes dormir un poco esta noche,¿maldito gilipollas tampoco puedes darme eso?", "se acabaron los trabajos extras, a partir de ahora vida de jubilata real, descanso y jolgorios montañeros leves, nada más"...

Evidentemente el doloso caballero de la cara pintada, el dolor, se rie de todo eso, hasta que un día, subita e inesperadamente, (y siempre que tengas suerte, claro está) pasa toda una hora en que el dolor no asoma su fea jeta. No te lo puedes creer, pero te comportas como un ladrón que pretende que nadie se percate que acabas de coger algo valioso. Disimulas, miras para otro lado, silbas una tonadilla mirando a la lejanía. Luego vuelve, pero más suave. Poco a poco en unos días, las visitas del maligno se van espaciando, su careto se desdibuja, sus inmensas pinzas se reblandecen, su presa se afloja. Una noche duermes de un tirón y te despiertas lleno de alegría. Poco a poco la normalidad comienza a cubrir con su manto de despropósitos su vida cotidiana. Vuelven las costumbres, los compromisos y los agobios.

No lo puedo creer: mi amigo parece haber olvidado su via crujsis. parece no comprender que ahí radica parte de la fuerza del dolor: el que nos olvidemos tan pronto de él. Mi amigo vuelve a sugerirme salidas montañeras y nada en su faz sonrosada y saludable recuerda al guiñapo que fue durante un tiempo, bajo la tiranía del dolor. Carpe diem...

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24 junio 2011 5 24 /06 /junio /2011 10:57

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Me había cruzado en algunas ocasiones con Toni Orensanz en la sexta planta del edificio del Grupo Godó, sede de "La Vanguardia". Yo trabajaba como jefe de sección de Opinión y él era un colaborador de Cultura. Sabía que era guionista y escribía sobre el Camp de Tarragona y las tierras del Ebro. Alguna vez me propuse contactar con él para charlar sobre su zona que, siendo limítrofe con mis tierras del Bajo Aragón, formaba parten de mis intereses literarios. Pero al final no se presentó la ocasión y contacto con él ahora, a través de la  lectura de "L'omnibus de la mort: parada Falset", que edita Ara Llibres y ya va por su segunda edición.

He leido el libro como un magnífico reportaje en el que los hechos históricos están acompañados y complementados por entrevistas e impresiones de la mas rigurosa actualidad y de difícil acceso para cualquiera que no reúna ciertas caracteristicas que se dan en Toni. El libro analiza las actividades de una Brigada de la Muerte (esos terribles grupúsculos fuera de todo control que   llevaron la desgracia, el miedo y la desolación a las poblaciones civiles de los dos bandos de la lamentable e incivil guerra que nos enfrentó a unos españoles con otros) concretamente de la "dirigida" o liderada por un siniestro y patético personaje, Pascual Fresquet Llopis, que cometió sus sangrientas fechorías en la zona del Priorato y también el Bajo Aragón. En total están documentados más de 200 fusilados realizados por esa "brigada".

Orensanz se centra en la parada que ese ómnibus siniestro (pintado de negro con calaveras blancas) hizo el 13 de setiembre de 1936 en Falset (precisamente el pueblo donde nació el autor, de ahí su acceso asombroso  a determinadas fuentes orales) en el que dejará, al dia siguiente un rastro de 27 vecinos fusilados. En torno a esa barbarie se ha edificado, en la postguerra y hasta nuestros días en forma subterránea pero viva, toda una casuística de responsabilidades, falsas unas, certeras otras, que no sólo llevaron la violencia de la guerra a la postguerra como un patético continuum de la falta de sensatez humana, sino que en el microcosmos bullente de los pueblos aun alimenta rencores y rencillas y malas famas.

Tony ha buceado en ese magma cada vez más lejano  pero aún candente para investigar sobre las fechorías de los 40 matones a las órdenes de Fresquet, un albañil de Sants afiliado a la FAI y con una personalidad psicopática (como cabía esperar) y sobre las personas que fueron masacradas y por qué. El autor nos regala incluso una confidencia familiar, pues un lejano tio abuelo conoció a Fresquet y aunque no intervino en los hechos, fue testigo privilegiado de su jactancioso anuncio público. Tampoco se nos revela el nombre de la persona que facilitó la lista de los fusilados y cuáles fueron sus razones. Aunque si concemos el origen de los hombres que  formaban la brigada de la muerte, su clase social, sus intereses.

La presencia en toda la zona comprendida entre la franja catalana y el Bajo Aragon de las  milicias  anarquistas tras sofocar la rebelión fascista en Barcelona, con su prepotencia, arrogancia violenta y su falta de control, será el hervidero de donde nazcan los grupos paramilitares de las brigadas de la muerte, empeñados en cercar con sangre y fuego a los grupos de derechas y personas afines, mezclando en un confuso tropel a gentes de la CEDA, falangistas, simples terratenientes o adinerados, curas y personas religiosas y bajo ese manto variopinto incluir venganzas personales o incluso mezquinas deudas o diferencias entre vecinos: un verdadero baúl de los despropósitos. .

Con estos datos en la mano, Orensanz nos narra, en la introducción del libro y de una forma literariamente eficaz, la añagaza que Fresquet realiza en la vecina Caspe, urgido por la razón de que los rebeldes se están acercando y ya dominan Zaragoza.  En el pueblo desierto, puertas y ventanas cerradas, todos los vecinos bajo el terror y la incertidumbre, monta una farsa haciendo pasar a sus hombres por rebeldes victoriosos, con gritos a la Virgen de Pilar y a la España no republicana. Los efectos de ese truco ladino llenan ese par de páginas, cuyo nervio y fuerza literaria nos ilustrará sobre la calidad de las páginas que siguen.

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23 junio 2011 4 23 /06 /junio /2011 19:25

angeles.jpgLa autora de esta novela se llama Marian Izaguirre (Bilbao, 1951). Pertenece a esa nómina no muy  extensa de escritores vocacionales y de andadura lenta que van resurgiendo de vez en cuando, un poco en sordina, al calor de los premios literarios y las escasas oportunidades mediáticas que les ofrecen, para ir atestiguando una carrera literaria sólida y un poco anónima, alejada de los focos de los grandes grupos. Los críticos que "suenan" nos les hacen mucho caso y las reseñas que aparecen aqui y allá, suelen ser esas vergonzantes gacetillas de contraportada en las que se reproduce lo que dice el libro del autor y a veces las frases promocionales de la editorial, con alguna honrosa excepción de alguien que se ha leido la novela y opina en consonancia. Vaya con esos autores, y esta autora en concreto, mi simpatía y solidaridad fraternal.

De Izaguirre leí "El león dormido" a sugerencia de un amigo y me gustó. Ahora ha caido en mis manos "La parte de los ángeles", libro premiado por un galardón literario con solera: Ateneo-Ciudad de Valladolid. En él, un narrador-a omnisciente, un deus et maquina literario, nos desvela todo lo que querríamos saber y no nos atrevíamos a preguntar sobre la vida íntima de una pareja, de sus hijos, sus amantes, sus desvaríos, sus amores y desamores, el recorrido emocional y vital de dos personas, Ricardo e Irene, cuyo amor deslumbra en sus inicios, conmueve en sus proceso de deterioro y emociona en los sinsabores del duelo y de la pérdida, hasta (nuestra autora es una romántica) volver a abrirse, ella, Irene, la auténtica protagonista,  a otro amor, se supone que el perdurable. Emociones y sentimientos bien narrados, caracteres definidos, situaciones bien descritas y verosímiles, proceso de cambio y evolución de los protagonistas sugeridos de una forma  coherente.

Además de eso, el uso muy bien orquestado -permitidme la metáfora oportuna-- del mundo de la música clásica desde el punto de vista de dos magníficos intérpretes, los protagonistas, violinistas ambos y luego él, director de orquesta (las paginas del "duelo" con el que será su marido en el Concurso inicial, son brillantes) y más tarde, por el no menos complejo mundo de la enología y la crianza del vino, que será el mundo personal de Mateo, el hombre que redimirá el paso del rencor al del amor en Irene.

Todo ello saltando de lugar fisico -Rotterdam, Madrid, Cabo de Gata, Siena, Nueva York-- en consonancia con los saltos del flash back narrativo, bien estructurados, aunque personalmente me sobran las intervenciones del narrador, adelantando y juzgando los hechos.

En la página 323 y siguiente el lector tendrá la posibilidad de entender el por qué del título y unas pocas antes (309) la clave argumental de la novela, en una frase que Irene recuerda le dijo otro día a su hija: "A tu padre y a mi se nos habia acabado el tiempo de estar juntos. Cada pareja tiene un tiempo para ser felices y un tiempo para ser desgraciados. Nosotros habiamos agotado los dos." A continuación se nos habla del cambio que supone Mateo. La novela es el desarrollo literario y factual de esa frase y nos muestra la puerta abierta para que entre "la normalidad" emocional y sentimental que proporciona el nuevo amor.

Novela apreciable, con algunos momentos magníficos desde el punto de vista literario y que muestra un trabajo esforzado de documentación y una ambición de excelencia. Bravo Marian, sigue con tu paciente trabajo de novelista. La fama mediática no lo es todo. Y a veces es contraproducente.

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19 junio 2011 7 19 /06 /junio /2011 17:19

olot.jpgLlegamos a Olot por el nuevo túnel de Bracons. Sobre la cumbre del Puigsacalm se establecía una cornisa negra de nubes, una guirnalda amenazante que cernía la ciudad desde el lado de los Pirineos no muy lejanos hasta el valle d'en Bas. Una luz gris, cenital, resbalaba sobre las altas copas de los árboles centenarios del paseo modernista y daba una apariencia victoriana a las señoriales mansiones que mandó construir el mítico indiano. Las que aún quedan desde el siglo XIX, con sus jardines silenciosos y sus ventanales cerrados, en ambos lados del paseo, están siendo arrinconadas por los nuevos edificios, carentes de gracia aunque quizá más funcionales.

Estuvimos donde en tiempos estuvo el Gran Hotel Montsacopa, en cuyos salones lujosos departían los tertulianos del poder económico de Olot, del renombre social, de los apellidos de la tradición, la tierra y los negocios, sentados en mullidos sillones de cuero, bajo lámparas labradas en cristal, lágrimas diamantinas destelleando sobre las alfombras doradas, los gruesos cortinajes burdeos y el silencio amable y cortés de un casino para señores que trataban de inventar un mundo a su medida a pesar del corsé de la realidad impuesta políticamente. Ahora hay un mundo diametralmente opuesto en el edificio. Es la sede de una residencia de ancianos. También esas personas tratan de evocar un mundo perdido a pesar del corsé de una realidad impuesta por el mantenimiento de una precaria salud y el personal sanitario, por las limitaciones búdicas de la vejez, la enfermedad y la muerte.

Visitábamos a un familiar. Mientras esperaba en una salita adjunta a las habitaciones particulares, reparé en un anciano menudo y pulcro, de expresión despierta e incluso astuta, piel tersa a pesar de la edad evidente, mejillas enrojecidas, sonrisa casi permanente,  gafas de culo de vaso y calva brillante y saludable que leía atentamente un periódico aunque de vez en cuando lanzaba rápidos vistazos alrededor cuando alguien se acercaba o pasaba por el pasillo aledaño. Para leer usaba una enorme lupa que ponía muy cerca de las paginas extendidas del diario.

Me senté junto a  él, ante la mesa cubierta de revistas y periódicos y le di las buenas tardes. Abrí mi libro y me dispuse a leer un rato. Pero sentí que el anciano habia dejado su lectura y me miraba con una sonrisa amable y los ojos, tras las gafas, de mirada intensa, uno de ellos velado totalmente por una catarata y el otro con la opacidad de los miopes avanzados.

--¿Es usted familiar de alguien de aquí? Oh, si, claro, o es familiar o es amigo o es un médico, no hay más opciones, ¿verdad? Es un mundo muy limitado este, aunque hay que acostumbrarse,  Y, ay del que no se acostumbre...--y siguió así durante un minuto o dos, con un catalán fluido.

Traté de recuperarme de la andanada de observaciones y preguntas retóricas y al final pude introducir una frase en el torrente verbal de ese anciano tan lleno de energía comunicativa.

--Me sorprende que con las evidentes dificultades que tiene para leer siga usted con esa buena costumbre de leer los diarios...

--Y otras cosas, libros, me encantan los de historia, ¿verdad?,-- pasó al castellano con la misma  fluidez con la que empezó en catalán-- saber las cotumbres de los antepasados, las culturas clásicas, de vez en cuando alguna novela, pero el periódico, uno o dos, lo que puedo pillar, cada día, eso que no falte, ¿verdad? , saber en qué mundo vivimos, es la manera de estar vivo y bien vivo, aunque a veces nos cuentan cada cosa, pero uno ha de estar a todo, lo bueno y lo malo, en realidad siempre ha sido así...

El filósofo casi ciego me dijo, entreverado con opiniones, citas, reflexiones, filosofías varias, sentido común y picardía, que tiene 86 años y que desde los 25 se le declararon dificultades en los dos ojos, que ha sufrido más de veinte operaciones y que las cosas se les pusieron mal en bastantes ocasiones, "eso de la salud es algo raro, a veces cuanto más la buscas y la deseas, menos te visita" y añadió con cierto humor:

--En realidad ya debía estar muerto. Como tantos otros compañeros de aquí que se me han adelantado. Pero --lanzó una risita--parece que yo no tengo prisa y cuanto mas viejo me hago parece que me endurezco. Yo creo que lo que me vacuna un poco de unirme a los que se van, es mi interés por todo lo que me rodea. ¿Sabe? Esto de leer con una lupa es de lo más pesado. Pero es lo que hay. Así que vamos a ello. Necesito conocer lo que está pasando, la política, la economía, esta crisis, tantísimo parado, la corrupción, oiga de eso ha habido siempre, uno acaba estando en el fiel de la balanza, pero todo pasa ante mi lupa.

Contemplaba a ese anciano animoso con una mezcla de emociones y sentimientos. Comprendí ese deseo anhelante de comunicarse, de compartir con un extraño sus reflexiones, sus pensamientos, lamenté las dificultades que la vida le habia impuesto y pensé que este señor X, cuyo mundo se ha reducido a una lupa, es paradójicamente más rico, actual y comprometido con su tiempo que la mayoría de sus contemporáneos, con sentidos corporales en buen uso, que pasan por la vida sin ganas ni deseos de conocer, de esforzarse en estar informado, de sentir curiosidad por todos los mundos posibles, y los imposibles, que revela el simple uso de la facultad de leer.

El pequeño agujero por donde el anciano, gracias a la lupa, avizoraba a duras penas la realidad virtual de la página impresa, era un gran ventanal frente al mundo de hoy por donde entraba el fluctuante, variopinto y ambivalente fluir de la vida, aquella experiencia vital que cantaba el gran poeta León Felipe. ¡Tres hurras por el viejo de la lupa!

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11 junio 2011 6 11 /06 /junio /2011 10:35

el-hermano-pequeno_9788423344758.jpgDesde que leí "El río de la luna" en  1981, me fascinó la obra de José María Guelbenzu, un escritor madrileño de 67 años que ha seguido una trayectoria válida, honesta y atractiva, compaginándola hasta el año 88 con labores editoriales (director literario de Taurus y de Alfaguara) y desde entonces con la critica literaria y articulos de opinión en El País. Un escritor perteneciente a "establishment" de élite literaria  de este país (nadie vea redundancia con el diario, no seamos demasiado irónicos) pero, poco habitualmente, que se mantiene un poco al margen, con un aire de insobornable y tranquila independencia. Guelbenzu me ha gustado como escritor, al que leo a menudo, y como persona, al que no conozco sino de referencias, pues nos hemos cruzado con amigos comunes, Saladrigas entre otros.

Con "El hermano pequeño", editada por Destino, vuelve a la novela policíaca, un poco menos que novela negra y un poco más que novela de misterio a la inglesa. Ha creado una especie de Sherlock Holmes con faldas, la jueza Mariana de Marco, a la que desde el año 2000 ha dedicado cinco novelas, desde "No acosen al asesino" en la que Mariana es abogado todavía, no juez, y que va resolviendo complejos casos desde la inteligencia, la coherencia y la entrega profesional, todo aderezado con una finura psicológica al servicio de un estilo correcto y limpio, sin concesiones  al lirismo o a  la vulgaridad coloquial. Una mezcla de Chandler y Hammet con Dorothy L. Sayers, pero con un pudoroso tratamiento de la inevitable violencia, pocas veces explícita y tan bien descrita que resulta efectiva y estremecedora por su propia ausencia visual.

Guelbenzu trata, ha confesado muchas veces, de "dignificar" la novela policíaca. Es una afirmación que no debe gustar nada a la legión de cultivadores del género que estos tiempos tan depresivos han propiciado. Pero lo cierto es que hay una voluntad de estilo en estas novelas de JMG y particularmente en "El hermano pequeño", por cierto,  titulo que describe un elemento revulsivo en la trama: la aparición del hermano pequeño de la juez, un tarambana que está demasiado " pringado" y sorprendentemente moverá fuerzas ocultas en el pasado de Mariana que afectará el proceso y la investigación del asesinato. La víctima es una mujer joven y hermosa, ex modelo erótica, que aparece asesinada, con las dos manos cortadas. (Recuerden cierta novela de mi amigo González Ledesma --uno de los que se podría enfadar con el elitismo literario de JMG sobre la novela policiaca, y con razón-- en que lo que aparece son los pechos de la victima). A partir de aquí las pesquisas siguen los enredados caminos habituales en el género, con algunas sorpresas de buena factura y un ritmo que engancha, pero con una nómina de personajes y un ambiente de ciudad de provincias cerrado y corrupto, muy bien descrito, palabra justa y adjetivo certero, en el que pululan los sujetos que se enriquecen con el poder, la corrupción y el miedo. Juega fuerte JMG a la critica social, sin llegar en ningún momento a ser demasiado identificable con nuestros tiempo actual o con una ciudad concreta, sino que crea una especie de ambiente literario pero muy real que puede servir para aplicarlo donde queramos en los momentos oscuros en que vivimos. Novela que presagia nuevas entregas (diez quiere sumar el autor) y que en lo que a mi concierne, mis disculpas amigo JMG, a pesar de su factura excelente no mejoran nada el liston de calidad que Guelbenzu imprime a sus obras fuera de género.

Al revés que Conan Doyle que desmejoraba cuando salía fuera de Sherlock Holmes, Guelbenzu gana cuando deja a la jueza y se mete en sus propios mundos literarios, los mas intimos, los de mar adentro.

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