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1 agosto 2022 1 01 /08 /agosto /2022 12:41

CLAVES Y MISTERIOS DEL CLIMA Y DE LOS OCÉANOS DE NUESTRO AGREDIDO  PLANETA

 

 

“La roca que se desintegra, la lluvia que nutre, el sol que estimula, la semilla, la raíz, el ave: todo son uno”.- Nan Sepherd

 

Leer en estos días los dos libros que en esta ocasión les recomiendo es un ejercicio de humildad y casi de reparación ética –si tal cosa fuera posible- para con el planeta que nos cobija y al que estamos, lastimosa pero porfiadamente, destruyendo. Tanto el del aventurero, explorador y naturalista Tristan Gooley (una especie de avatar de Indiana Jones) sobre “El mundo secreto del clima”, como el del biólogo marino Alex Rogers, oxfordiano asesor de las Naciones Unidas y de Greenpeace, “Misterios de las profundidades” (“Las maravillas ocultas de nuestros océanos y cómo protegerlas”), son libros cuya lectura y sola existencia constituyen un valioso testimonio para nuestra historia como especie, en las sombrías horas que están por venir, cuando es más que probable que la huella homicida del carbono y los combustibles fósiles acaben con el clima y los océanos tal como hasta ahora los conocíamos.

Ambos volúmenes editados por Ático de los Libros de una forma sencillamente formidable, profusamente sembrados de fotografías, dibujos e ilustraciones de todo tipo, dejan al lector –al menos a mí me ha ocurrido, mientras leía y, al margen  del libro, veía las imágenes televisivas de los inmensos incendios que asolaban nuestra tierra en ese mismo momento- con una sensación de amarga desolación, de estar asistiendo al principio del fin de una era en la que podían escribirse y publicarse libros como estos porque mostraban algo que aún existía tal como lo conocíamos históricamente….y ante lo que pensábamos que siempre tendríamos la posibilidad de conocerlos en vivo y en persona. Y también nuestros hijos y nietos. Pensar en que ese mundo está desapareciendo provoca tristeza y rabia, culpa como especie y rencor contra los intereses y personas que lo han propiciado.

El gráfico e impactante título del reportaje lo tomo prestado de una vieja, olvidada y deliciosa novela de Sir Arthur Conan Doyle, el padre de Sherlock Holmes y del profesor Challenger (el de “El mundo perdido”). En ella se nos describe como un experimento científico logra llegar al “corazón vivo” de nuestro planeta y éste reacciona como un ser ofendido y ultrajado. Y lanzó un alarido de dolor. Metafóricamente la Tierra está lanzando últimamente muchos alaridos: los incendios, la sequía, las pandemias, las tormentas e inundaciones… Como los antiguos griegos con “Gea”, el novelista inglés flirteaba con la idea de que la Tierra era un ser vivo al que se debía respeto y cuidado.

Esa ha sido siempre mi actitud ante la Naturaleza. Llevo medio siglo de dinámico trato con las montañas, los senderos y la vida al aire libre, así que el libro de Gooley ha sido un bello regalo para mí y lo será para cualquier persona curiosa por las cuestiones naturales: aunque quizá estemos viviendo el “Canto del cisne” de la Naturaleza del último siglo: nuestro autor dice al principio de su libro: “el clima se ha desvinculado de su hogar: la tierra”.

Gooley nos enseña a “mirar de cerca el paisaje”, a observar los pequeños detalles, zonas de sombra, vientos y brisas, la orientación de árboles, arbustos, colinas y montes; sin olvidar a los animales presentes en un momento dado, las plantas y las flores, los insectos, riachuelos y manantiales, fenómenos como granizo, lluvia y nieve, hongos y líquenes, la niebla y el maravilloso mundo de las nubes, sus formas, sus claves y la información que llevan consigo.”Cada fenómeno meteorológico puede descomponerse en estos tres ingredientes: calor, aire y agua” Y las nubes nos indican las variaciones del clima si sabes leer sus formas. “Si crecen en vertical, mucho más altas que anchas y no parecen alcanzar un tope, la atmósfera es inestable”. Para facilitarnos las cosas,  Gooley nos habla de los “siete patrones de oro” para conocer los cambios del tiempo a través de las nubes. Y reconocer las tres familias fundamentales: cirros, estratos y cúmulos. Y, naturalmente sus “primas”, cirroestratos, altoestratos, nimboestratos, cumulonimbos.

De vez en cuando Gooley se permite un momento de relajo y nos regala una experiencia propia, como el paseo por el Sahara  con un musulmán en pleno Ramadán y la delicia de los “hoodoos” (chimeneas de hadas)  y el terror (justificado, aunque muy irónico) del autor hacia los osos, que proporciona alguna que otra sana carcajada. Como dice nuestro autor: “el tiempo, sea amable o malicioso, moldea nuestra esencia y lo ha hecho desde el principio de nuestra historia”.

 

Y también nos ha moldeado el agua, el misterio de los mares y océanos. Esa es la materia de los sueños del biólogo Alex Rogers. Y en este libro sale a flote de entrada la necesidad urgente de proteger los océanos del planeta, ante el uso depredador que se hace de ellos, desde la pesca abusiva, a las prospecciones petrolíferas o de gas, o el vertido indiscriminado de tóxicos químicos o de plásticos –auténticas islas flotantes con la extensión de países- y microplásticos que envenenan a los peces y, siguiendo la cadena trófica, a los humanos.

Como se dice en el libro, la parte más profunda del océano es aún menos conocida que la Luna. En realidad no solo vivimos de espaldas a los océanos o usándolos de forma utilitarista sino que sigue siendo un lugar todavía no muy explorado por los científicos y alejado del interés y la atención de la mayoría de los seres humanos.

Hemos actuado de tal manera que en lugar de aprovechar la capacidad oceánica de ayudar en la lucha contra ese cambio, absorbiendo los excesos carbónicos  incompatibles con la vida, estamos provocando el agotamiento de esa capacidad, lo cual acelerará el proceso. Rogers nos informa de la sorpresa alarmante de haber encontrado microplásticos en lugares de las profundidades marinas que  han sido descubiertos recientemente por la nueva tecnología exploratoria. Lugares a los que jamás había llegado la criatura humana. Como escribe Rogers, “Dado que el conocimiento humano disminuye con la distancia a la costa, existe la tentación de creer que estas aguas profundas y oscuras no tienen vida y que podemos hacer lo que queramos con pocas perspectivas de daño. En los últimos 30 años he oído a los gobiernos y a las empresas vender esa tontería una y otra vez. Nada más lejos de la realidad, y cuanto más descubrimos sobre el océano, más comprendemos la importancia de la vida que contiene para el mantenimiento de nuestro ecosistema planetario, del que dependemos para sobrevivir”.

Desde las pozas irlandesas donde un niño, que luego sería un famoso biólogo marino, observaba la maravilla diversa de las criaturas marinas que vivían en una humilde charca rocosa junto al mar, hasta la defensa activa de la supervivencia de los corales (con éxitos tan sonados como detener las prospecciones petrolíferas de la Shell en aguas escocesas donde había colonias coralinas), la carrera profesional de Rogers se concentró en una defensa en distintos foros de la integridad de los océanos y la defensa de su variadísima fauna propia.

 Todo ese formidable currículum queda reflejado en los interesantísimos capítulos del libro. En el dedicado a la pesca de altura, donde condena inexorablemente los excesos salvajes de la industria pesquera mundial (sobre todo por el sistema de arrastre), pregunta irónicamente “¿Talarías un bosque para atrapar a los ciervos?”. En cuanto a su numantina defensa de los arrecifes, le dedica el capítulo 5 y lo titula “¿Cómo evitar la destrucción del ecosistema más emblemático del mundo?” Lo cierto es que el lector ni siquiera sospechaba la extraordinaria riqueza que atesoran los arrecifes, así como su labor en el vulnerable equilibrio homeostático del ecosistema marino.

 Quizá lo más alarmante es algo que ya nos es dolorosamente familiar: la premura, la urgencia y la escasez del tiempo que nos queda para tomar medidas antes de que el mal sea irreversible. Rogers nos cuenta cómo se va reduciendo el nivel de oxígeno en los océanos y una acidificación del mar que ya es 10 veces mayor que la peor registrada históricamente hasta el momento.

 

Pero el mundo sigue con la codiciosa ceguera neocapitalista al mando de la nave, mientras las temperaturas han subido 2,2 º C, sigue disminuyendo las capas de hielo en los Polos, aumenta el nivel del mar (9 centímetros desde 1993), se pierden millones de litros de agua potable por el deshielo, la sequía aumenta y se extiende, al igual que los incendios incontrolables y devastadores…¿Hasta cuando no nos percataremos que ya no se trata de encontrar remedios circunstanciales a estos problemas sino de cambiar radicalmente el estilo de vida que los ha causado?

 

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

FICHAS

EL MUNDO SECRETO DEL CLIMA.-Tristan Gooley.- Trad, Luz Achával Barral.- Ático de los Libros.- 399 págs.

MISTERIOS DE LAS PROFUNDIDADES.- Alex Rogers.- Trad. Joan Eloi Roca.-Ático de los Libros.- 335 págs.

 

 

 

 

 

 

 

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24 junio 2022 5 24 /06 /junio /2022 18:02

OBSERVATORIO POLÍTICO INTERNACIONAL

EL MUNDO VUELVE AL BELICISMO DEL SIGLO XX

(Publicado en La Comarca el 24062022)

En estos penosos días, la guerra de Ucrania que ya cumple cuatro meses, ha entrado en la “rutina informativa” y causado una cierta insensibilidad hacia las cifras de muertos, heridos, desgracias y destrucciones. Hasta el Papa Francisco sugiere con suavidad diplomática que “la guerra de Ucrania ha estado de alguna forma provocada o no impedida”. Y no se justifica a Putin y su responsabilidad genocida, sino se apela a antecedentes políticos recientes y otros que se produjeron tras el final de la URSS y en años subsiguientes. El belicismo expansionista de la OTAN  y los intereses ocultos, desde la venta de armas a negocios de tipo mercantil, financiero y de materias primas -incluidos los alimentos- son tan responsables de esta crisis como los políticos involucrados en el disparate bélico. Incluso el Secretario General de la Alianza, Jens Stoltenberg, un belicista que apuesta por una guerra lo más larga posible, reconoce que la invasión de Ucrania “es una de las operaciones militares más previstas de la historia”. Se venía venir desde 2014, tras la anexión de Crimea. ¿Por qué no se ha evitado? ¿Por qué se ha alimentado el victimismo ruso?

La guerra de Ucrania es un ejemplo de la trágica futilidad  de la barbarie que se ha extendido en pleno corazón de Europa, debido a la lucha de los opuestos intereses geoestratégicos de Rusia y EE.UU. La trivialidad de esta guerra y lo que la hace más abominable, es su carácter de potencial negociabilidad. Pero no ha habido unos políticos responsables a nivel humano o un organismo internacional arbitral no sesgado por intereses hegemónicos. Y tampoco ha habido voluntad de frenar al capitalismo más codicioso e insensible que existe: el que saca beneficios de la guerra. Si se plantean la pregunta ¿quién se beneficia de esto?, entenderán las líneas maestras de lo  ocurrido entre Rusia, Ucrania y Occidente, gracias al tambaleante liderazgo de Estados Unidos y los apoyos cómplices de muchos Estados, entre ellos el del “tigre dormido”, China.

Hablar del expansionismo de la OTAN, de Rusia, de China, Estados Unidos o Europa, sólo explica una parte –y no la crucial- del problema bélico actual. Las secuelas económicas, alimentarias y ambientales serán más importantes aún. Aunque estarán “equilibradas” por los beneficios que se generan por venta de armas, municiones, energía y alimentos en creciente escasez. Sólo que los primeros efectos citados de la situación bélica serán globales y los beneficios, como siempre, sólo para unos pocos. En esta época de naufragios ideológicos,  las grandes teorías político-sociales, que lucharon entre sí en el siglo XX,  se han difuminado en un tipo de sociedad postcapitalista sin principios, ni valores y con un sesgo tecnológico que nos aísla en burbujas individuales. Por eso importa cada vez menos el sufrimiento de las víctimas de la guerra o el cúmulo de intereses rapiñeros de una oligarquía mundial oculta tras la cortina del Mago de Oz…

La ausencia de rivalidad ideológica en esta nueva/vieja guerra fría que nos espera tras este conflicto, tiene una característica inédita: ya no es la lucha entre el capitalismo y el comunismo. Sino la de un capitalismo neoliberal que se pretende democrático y otro similar que se pretende “neosocialista”. Dos perros furiosos luchando por ser el “macho alfa” de la manada. Como dijo Stoltenberg, para unos, “la libertad es más importante que el libre comercio y la protección de los valores más que la de los beneficios.” Sólo palabras. Entre occidente y Rusia o China la única diferencia es que unos “eligen” la supuesta libertad pero sin olvidar los beneficios y el libre comercio y los otros eligen el libre comercio y los beneficios e ignoran el concepto “libertad”.

Sin embargo, la hipocresía de la política mediática sigue insistiendo en que la única manera de terminar con esta guerra es derrotando radicalmente a Rusia. Aunque Macron, presidente francés, apunta que “no deberíamos humillar” a  Moscú, pues a una potencia militar e histórica como es Rusia o fue Alemania tras la I GM, la humillación conduce más tarde o temprano a una revancha más sangrienta. Los antecedentes de las dos guerras mundiales subyacen en estas palabras. Europa está dividida entre los que desean mantener el conflicto hasta la derrota. Cabe preguntarse de quién y a qué precio para Europa y buena parte del mundo, salvo China y Estados Unidos.  También están los que dicen aceptar el “mal menor” con la pérdida de parte de Ucrania y dar seguridades por parte de la OTAN de respetar las fronteras rusas actuales. Esta parece ser la postura del 35 % de los europeos encuestados. El resto duda y sólo el 22% quiere alargar la guerra hasta que caiga Putin. Lo cual convertiría una Rusia humillada en un protectorado de Occidente, léase Washington. ¿Es que alguien cree que Pekín y la mitad de países del orbe, entre neutrales y no alineados iban a aceptarlo?

El mundo se ha metido en un maldito embrollo. De ahí viene la trágica futilidad de esta guerra sangrienta. Muchos apoyan una reconsideración del conflicto de Ucrania como una fuente estocástica (relativa al azar) de la historia de hoy, un proceso de evolución aleatoria, cuyo desarrollo es tan imprevisible como la secuencia de las tiradas de los dados. Por tanto, urge detener la guerra, ya que su evolución es imposible de determinar y mucho menos reconducir. Debería preocuparnos a todos, a los contrarios a Putin (países del Este, Polonia y los Estados bálticos), a los indecisos (Hungria, Bulgaria, Israel, algunos países árabes) y a los que prefieren la paz aunque sea cediendo algo. Todos perdemos, nadie gana, pero evitamos una guerra estocástica, una de cuyas variables nos podría llevar a la guerra total o a una guerra nuclear (postura de Francia, Alemania, Suecia, Italia y España).

Los tibios y los románticos rememoran la reunión de Munich en 1938, en la que los aliados creyeron que haciendo concesiones a Hitler, el jerarca nazi iba a cumplir los acuerdos y así evitar la guerra. Parece razonable la estimación “a posteriori” de un error histórico. Pero en realidad es una falacia lógica. Comparar a Putin con Hitler y la situación europea de 1938 con la de 2022, es una licencia que produce un “efecto halo”, un sesgo cognitivo definido así: “una vez expresada y establecida una idea, el entendimiento humano fuerza todo lo demás para darle apoyo y confirmación”. Y hay que forzar la historia de entonces y la actual para considerar que ambas son semejantes. Aunque Rusia sigue siendo en esta ecuación histórica, como dijo Churchill, “un acertijo envuelto en un misterio, dentro de un enigma”.

Además el expansionismo imperialista de Putin está causando un enorme paso atrás en el supuesto progreso político histórico. En primer lugar se ha hundido el sueño de convertir la Unión Europea –con Rusia-  en una fuerza mundial cooperativa y soberana que equilibraría, en un nivel de igualdad, a los dos Imperios hegemónicos que se perfilan, la China que se fortalece y el gigante norteamericano en declive pero aún poderoso.

En segundo lugar, se ha restablecido y adquiere fuerza un modelo que pensábamos periclitado: el de la guerra fría. Nuevamente Europa –que se remilitariza a marchas forzadas-  queda bajo el “paraguas” del brazo armado de Washington la OTAN y ahora, como quería Trump, costeándolo los propios europeos. El único efecto positivo es que hay un tímido reagrupamiento de los países de la UE, cuyas discrepancias comenzaban a cuartear la organización. Aunque también se ha reforzado la hegemonía de Estados Unidos, apartándose a Francia de sus pretensiones de liderazgo y creando un extraño caso de travestismo político con el Reino Unido, que sigue incordiando a la UE todo lo que puede.

Con el nuevo orden internacional que la vieja guerra fría  traerá aparejado, siempre en el caso de que se logre parar la guerra a través de hacer concesiones y poner límites a Putin, la UE podría convertirse poco a poco en el hogar de acogida de los países que habían estado bajo el poder de la URSS, vieja pretensión de Washington, frustrada por Francia hasta ahora. Ucrania sería la primera en recibir todo tipo de ayudas para compensar los sacrificios que la paz exigirá.

En tercer lugar, la política de sanciones canalizada a través de la CE y los bloqueos subsiguientes está provocando la reorganización de las cadenas de suministro de productos energéticos, alimentarios y de materias primas. Y ello acarrea un cambio dramático en los objetivos políticos mundiales de la época neoliberal a la que la guerra está dando la puntilla: es un adiós prematuro y firme a la idea de la globalización, que va a morir antes de haberse depurado de sus residuos mercantilistas e imperialistas. Los Estados-nación vuelven a reforzarse y el sueño de la solidaridad y el progreso internacionales se archiva de nuevo.

Pero resurge el enquistamiento de los problemas económicos de algunos países europeos (entre ellos España), agravados por las dificultades energéticas y de suministros que ha causado la guerra. A los que se sumarán los de los países de la antigua órbita soviética que serán admitidos en la UE por la voluntad geoestratégica del “Tío Sam”.

Y en cuarto lugar, el renacimiento de la carrera de armamentos, que nos hace mirar con nostalgia al lejano 1972, cuando Nixon y Breznev firmaban el primer acuerdo limitando el uso y despliegue de las armas nucleares y la red de acuerdos posteriores que nos permitieron soñar en un mundo sin armas nucleares de corto, medio o largo alcance. Sueño que derribó, tras el hundimiento de la URSS, un tal señor Putin. En el nuevo siglo todo volvió a recrudecerse. En estos momentos, Rusia dedica un 300% de fondos a gastos militares, China un 600%, Estados Unidos se pone a la par y la UE se propone con el acuerdo “Brújula Estratégica”, recién firmado, subir su 20% a un 35 % lo antes posible. Con países como Irán, Israel o Corea del Norte, relamiéndose ante la posibilidad de disponer de una bomba atómica para asustar a los vecinos. Los judíos tienen una maldición que dice: “Dios te haga vivir en una época interesante”. Ciertamente entramos en una era “interesante”.

Todas las exigencias que impondrá el “nuevo/viejo orden global” provocado por la guerra de Ucrania, causarán unos efectos demoledores sobre el momento histórico que vamos a vivir. Ha sido un golpe de timón radical que redirige al mundo hacia atrás, hacia un pasado lamentable. Es la sociedad del siglo XXI obligada a ajustarse a las directrices políticas y sociales de la primera mitad del siglo XX. Ese salto hacia atrás estará agravado por los millones de refugiados que buscarán acomodo en  Europa, con una UE repartiendo fondos de cohesión de una hucha cada vez más exhausta y con un patrón, Washington, al que sólo preocupa que sus objetivos geoestratégicos le repongan en un liderazgo que el siglo XXI ya había cuestionado.  Y no sin razón. ¿Qué podemos esperar de un país que sigue alimentando la idea de una guerra permanente, a fin de debilitar y terminar borrando del mapa a uno de sus enemigos tradicionales, Moscú, tan peligroso y poco recomendable como él mismo?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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19 junio 2022 7 19 /06 /junio /2022 19:14

Durante años he leído, analizado y escrito sobre Hannah Arendt, la filósofa y politóloga alemana y judía que revolucionó el mundo de la filosofía política a partir de mediados del siglo pasado.  De vez en cuando sigue apareciendo algún libro, ensayo o conjunto de artículos de la Arendt, inéditos en español. El presente título fue publicado en inglés en Estados Unidos a finales de los sesenta y toda su casuística referida a la libertad y a la necesidad de mantener la libertad "de ser libres" está teñida con la vocinglera y animada política de aquellos dorados años en los que los idealismos corrían a la par de las razones más profundas y visibles, políticas, económicas y sociales para no sostener dichos ideales. Hasta el 2028 no ha llegado a las librerías españolas.

En esta ocasión, las reflexiones de la Arendt sobre las revoluciones, particularmente la francesa y la norteamericana,  en las cuales el concepto y la práctica de la libertad eran una exigencia y un deber, resultan de una asombrosa pertinencia en las reflexiones políticas de nuestros días. Mientras la revolución francesa supuso un punto de inflexión en la historia pero fracasó de forma desastrosa, la norteamericana de los Padres Fundadores se desarrollo de una forma triunfal pero se enceró en sí mismas y se convirtió en un asunto no exportable y sumida en sus propias contradicciones (la guerra civil, el racismo, las diferencias sociales). Pero justamente la época en la que la Arendt escribe, los norteamericanos han tratado de exportar su historia y modo de vida, de una forma espectacular tras la Primera y la Segunda Guerra Mundial y de forma nefasta y absurda desde los sesenta con la guerra de Vietnam, la primera equivocación de prepotencia y soberbia bélica que luego, a través de los 80,90, y el nuevo siglo, se ha repetido una y otra vez.

La idea de la revolución resultaba atractiva como laboratorio de la libertad en la época en que Arendt escribe su libro. Ahora su lectura ya no es ilustrativa de algo deseable políticamente, pero sí como advertencia y motivo de reflexión para las jóvenes generaciones de hoy, que tienen ante sí motivos de alarma sobre la decadencia de la idea y la práctica de libertad en una sociedad super tecnificada donde el individuo sólo cuenta como consumidor.

Y así reflexiones como la que cito a continuación, lanzan el foco de la duda sobre cuestiones en las que la Arendt ni siquiera soñó: la llegada de una nueva guerra fría tras la guerra de Ucrania y el empeño de la OTAN y de Putin se resolver problemas de libertad a través de la intervención militar: " éstas aun cuando triunfan se han revelado notablemente ineficaces  a la hora de restaurar la estabilidad y de llenar el vacío de poder, de instaurar la estabilidad en lugar del caos, la honestidad en lugar de la corrupción, la confianza en el Gobierno en lugar de la decadencia y la desintegración. "

El caldo de revoluciones populares de la segunda mitad del siglo XX  fue un rosario de barbaridades y errores, brutalidad y genocidios y un regreso a la represión aún más dura que la colonialista puesto que venía de una minoría corrupta y armada de  los propios ciudadanos del país. Y es que, como decía Condorcet, "el adjetivo revolucionarias solo puede aplicarse a las revoluciones cuyo objetivo es la libertad", justamente lo que menos interesada a las élites que se aprovecharon de ellas. Como recuerda la autora, ninguna revolución se ha iniciado nunca por las masas de " los  oprimidos, los desdichados, los miserables y los condenados de la tierra" como cantaba la Revolución francesa. La revolución sólo es posible allí donde se desmorona la autoridad política, falla la estructura misma del poder. La revolución parece ganar siempre al principio, porque recogen los pedazos del poder que había, pero  éste no tarda en volver a estructurarse ( el poder es una alianza entre la economía y la política) y acaban con la revolución bajo un nuevo orden, casi siempre tan o más represivo que el anterior. Ya que la liberad de ser libres significa ante todo ser libre no sólo del temor, sino también de la necesidad. Y eso solo está en la mano de una minoría.

Como decía Sant Just, nos recuerda la Arendt,  "Si queréis fundar una república, debéis encargaros primero de sacar al pueblo de un estado de miseria que lo corrompe. No se tienen virtudes políticas sin orgullo. No se tiene orgullo en la indigencia".

Y para los idealistas, la Arendt recuerda las palabras de Maquiavelo:  "no hay nada más difícil de realizar, ni de resultado más dudoso, ni más peligroso de gestionar, que iniciar un nuevo orden". Y eso sirve de aviso para navegantes de esta autora para la que estuvo claro ya en aquellos años de las dificultades que causaría el resurgimiento del Estado nacional en un mundo dominado por procesos económicos globales. " Es decir, hoy.

FICHA

LA LIBERTAD DE SER LIBRES.- Hannah Arendt. Trad. de Teófilo de Lozoya y Juan Rabasseda.-87 págs. Ed. Taurus

 

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8 junio 2022 3 08 /06 /junio /2022 12:19

El fascinante mundo privado de una amistad entre dos genios más o menos parejos, en realidad dos de las plumas en lengua alemana más leídas en el mundo, Hermann Hesse y Stefan Zweig, es un enorme placer no sólo para los amantes de los ensayos y novelas de ambos, sino para cualquiera que quiera entrar en la convulsa época en la que ambos vivieron, dos guerras mundiales, la persecución y el exilio y, en el caso del austriaco un suicidio inducido por la desesperanza y el miedo a los nazis. 

Es Hesse el que "rompe el hielo" y manda a Zweig un libro de poemas que acaba de publicar -costeándose con apuros la edición- y pidiéndole a cambio un ejemplar del "Verlaine" de Zweig, que ya es un escritor consagrado. Pero es la amable, cortés y extensa respuesta de Zweig la que realmente impulsa un epistolario que se extenderá por un periodo de 35 años. Hesse no era muy amigo del trato con escritores  y de formar parte de esa  " Liga secreta de los melancólicos" que según Zweig debería instituirse para los poetas y escritores en lengua alemana. Pero  el peculiar poeta y novelista alemán comprende de forma prematura que se encuentra frente a un "hermano" austriaco que, como él, será uno de los baluartes literarios de la razón, el bien y la solidaridad en los tiempos más sombríos que había conocido la humanidad.

Este precioso libro editado por Acantilado es un semillero de sugerencias y datos de los dos escritores que permiten lanzar una mirada furtiva a las maneras de pensar y de ser de las dos enormes figuras de la literatura del siglo XX.  Hesse era cuatro años mayor que Zweig y le sobrevivió 20 años. No solo se nos ofrecen ciertas claves que nos ayudan a comprender mejor a estos autores y sus obras sino  que, a través de las cartas,  nos regalan los testimonios de una época convulsa y la maduración intelectual de ambos a tenor de los acontecimientos. La relación epistolar empieza en 1906 y durará prácticamente hasta el suicidio de Zweig en Brasil en 1942.

Zweig, perteneciente a la burguesía austriaca, cultivado, viajero por medio mundo se considera a sí mismo y a Hesse  "afines del alma", aunque éste apenas tiene estudios, es poco sociable, vive solitario en plena naturaleza, junto a un pueblo de menos de 300 habitantes y no le gusta viajar. Quizá debido a ese fuerte contraste su relación es casi totalmente epistolar  y sólo se verán en dos ocasiones. Pero ambos mantienen una postura racional y pacifista en una época en la que eso era considerado poco menos que una traición.

La conexión existencial e intelectual entre ambos escritores se refleja fuertemente en las cartas que leemos. Es reconfortante comprobar el temprano fervor europeísta de ambos y su decidida defensa de una comunión entre la estética y la ética. "Nulle estética sine ética", una vez "se alcanza cierta altura moral".

En la última carta de Hesse resulta impresionante y profética  su frase "En ocasiones la amargura nos impregna como el agua a la esponja". Pues sería esa impregnación de amargura y temor la que empujaría a Zweig a morir junto a su esposa, ingiriendo Veronal, ante la desaparición del mundo que él amaba y el caos que extendían los nazis por Europa. Hesse había entendido sin duda, la extrema decisión de su amigo, ya que el suicidio como vía de escape a situaciones no aceptables, había sido intentado en dos ocasiones por el novelista alemán.

Como escribe el compilador, "en épocas de extravío, en periodos de desorientación, nada es más urgente como las enseñanzas que estos dos autores han extraído de las catástrofes del siglo XX". Mientras leía el libro, me sorprendía la calidad anticipatoria de muchos de los comentarios que Zweig y  Hesse compartían en sus interesantes misivas. En esta época nuestra que parece querer superar los horrores del siglo XX, esta es una lectura evocadora y sugestiva. No se la pierdan.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

CORRESPONDENCIA, HERMANN HESSE Y STEFAN ZWEIG.-Ed. Volker Michels. Trad. José Anibal Campos. Ed. Acantilado.-227 págs.

 

 




 

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5 junio 2022 7 05 /06 /junio /2022 11:35

Artículo publicado en la revista "Compromiso y Cultura" de junio 2022

El espionaje produce montañas de documentos: el 99 % no deberían ser secretos y la mayoría  son irrelevantes

 

Desde John Le Carré a Graham Greene o Ian Fleming en la ficción, pasando por los reales “Pegasus”, el Mossad y la KGB o el MI-6, la peste de los espías sigue contaminando la política exterior e interior de los países afectados (que en general lo son todos, los poderosos y algunos que no lo son). Claro que ese sórdido mundo  que ha excitado la imaginación literaria y la cinematográfica del último siglo, no tiene nada que ver con James Bond, el espía seductor e invencible, ni con el romanticismo elegante y amoral que se suele añadir a historias más bien patéticas como la de Mata-Hari, Christine Keeler (caso Prófumo) los Rosemberg, Kim Philby, Anthony Blunt o Ivanovich Abel (El protagonista de la brillante película de  Spielberg  “El puente de los espías”).

Los “arcana imperii”, los famosos secretos de Estado, cuya defensa o adquisición han sido objeto de incontables ensayos y narraciones desde los tiempos de griegos, romanos o egipcios. Pero lo cierto es que, desde la  modernidad hasta nuestros días, la idea, tan sobrevalorada, de los “arcana”, está a la baja. A través del análisis de los famosos Papeles del Pentágono y la guerra de Vietnam, realizado por la filósofa alemana Hanna Arendt (“La mentira en política”) se desmitifica el valor de los tan preciados documentos secretos. “Uno de los peligros del exceso de la ‘clasificación’ de documentos es que no sólo niega el acceso a los ciudadanos y a sus representantes electos el acceso a lo que deben saber para formarse una opinión y tomar decisiones, sino que los que reciben la autorización para conocer los hechos relevantes, permanecen cómodamente ajenos a ellos. Y no es porque una mano invisible se los oculte deliberadamente, sino porque tienen unos hábitos  mentales que no les facilitan ni la inclinación ni el tiempo necesario para buscar hechos pertinentes  entre montañas de documentos, noventa y nueve por ciento de  los cuales no deberían ser secretos y la mayoría de los cuales son irrelevantes con respecto a fines prácticos”. “Vietnam –concluye la Arendt- es un ejemplo increíble de la utilización de medios excesivos para conseguir objetivos de poca importancia en una región de escaso interés político-estratégico”.

En un mundo global dominado por la ubicuidad y omnipotencia de los móviles, internet, redes sociales, drones y “hackers” el tema de los espías y los “arcana imperii” resulta por lo menos superfluo, aunque se pueden vivir casos tan ridículamente explotados como el sistema “Pegasus” y su uso contra políticos españoles e independentistas. Con el “catalangate” los “indepes” logran una vía más para su victimismo y además el Gobierno les regala el lamentable sacrificio de una ministra –por actividades de seguridad nacional, la mayoría refrendadas por el correspondiente permiso judicial-  y como propina,  obtener paso libre para fisgonear en un organismo que se ocupa de cuestiones más graves que los coqueteos de determinados políticos catalanes con alguna “potencia del mal”, léase los siervos de Putin.

La torpeza y el interesado pactismo gubernamental puede poner en peligro las misiones del Centro Nacional de Inteligencia y la seguridad nacional. Imaginen el clima esquizofrénico que supone que “los enemigos del Estado” a los que se había ordenado vigilar (ERC, Bildu y la CUP) sean los “socios” que garantizan la mayoría parlamentaria. Sería interesante saber qué opinan los socios de España en la OTAN, cuya “cumbre” es dentro de un mes y pico en Madrid. Pero muy abiertos a compartir secretos no creo que estén.

De todas maneras, dejando al margen la presumible falta de lógica del mundo del espionaje en estos tiempos, la dinámica de los recientes acontecimientos sugiere algo alarmante: la previsible vuelta a una nueva “guerra fría” (ojalá no sea “caliente”) y con ello la alarmante tragicomedia psicológica mundial de la segunda mitad del siglo pasado, esta vez con tres actores principales, los EEUU, la Rusia putinesca y China. El régimen chino “prospera” bajo el capitalismo más salvaje y consumista, con el guantelete de hierro de un autoritarismo vestido con la lógica del superviviente y la disciplina férrea del partido pseudocomunista. Pekin pasa a primera línea en la lucha por la hegemonía, mal que les pese a los otros dos.

En el libro de Pere Cardona, “Osos, átomos y espías” (ed.  Principal de los Libros) podrán comprobar ustedes la escasa categoría de los políticos y científicos, espías, prensa y pensadores  que –con honrosas excepciones- habían de auspiciar un nuevo orden tras la Segunda Guerra Mundial. Tensión, miedo al holocausto nuclear, batallas de medios de comunicación y la actividad penosa de los servicios de inteligencia (esos organismos son a la inteligencia lo que la música clásica a la música militar), forman un entramado que muestra la sobrevivencia activa de la estupidez, el orgullo, la vanidad y la codicia de los hombres.

El problema no es que todo ese paquete desvirtuara las cuestiones ideológicas –las más citadas y las menos respetadas- en aquellos tiempos, sino el que  no aprendimos nada y por tanto volvamos a repetir errores semejantes. En cuanto a los intereses financieros, comerciales, nacionalistas o racistas siguen siendo el motor del proceso. Por tanto vamos a volver a la “guerra fría”, con sus hornadas de informantes, negociantes, granujas de toda laya, vampiresas sin traje largo, “frikis” informáticos comprados en subasta o drones de alta AI capaces de destrozar algo con la eficacia de un rayo laser y sin riesgo alguno. Sin embargo, es un ejercicio de conocimiento crítico muy útil leer los errores, arbitrariedades, exageraciones y ridículas tragedias causadas por políticos, militares  y espías en acción durante la anterior “guerra fría”. Sumemos las anécdotas que han sembrado las posteriores “guerras calientes” en Vietnam, Afganistan, Siria, Irak, Oriente Medio (etc.). Pues bien, lo que nos viene encima  amenaza con superarlas. A más medios y parecida estupidez irresponsable, mayor daño.

Lean consecutivamente a Hanna Arendt y a Pere Cardona. A través  de una pedagógica proyección del pasado sobre el futuro en estos textos, veremos la clase de cóctel explosivo que se está preparando. Y aunque sabemos que el azar puede alterar todas las previsiones, es más que probable que algunas de las cuestiones que apuntan esos dos libros las veamos más o menos fielmente reflejadas en eventos futuros, no tanto en los detalles como en las líneas de actuación y su falta de sentido común, coherencia o veracidad.

Analicemos algunos datos del libro de Cardona: Quizá habrá algún caso semejante al de los Rosemberg en Occidente, China o Rusia; el nuevo Powell no será un piloto eyectado sino un empresario tecnológico o alimentario; redes como la de Trigon las esparce la CIA y la KGB por todos los países; será probable que un futuro presidente Trump (si tienen –tenemos- tan mala suerte) o el mismo Putin, pidan a sus perros de presa que atenten contra la vida de cualquier dirigente político incómodo, como con Castro en tiempos de Kennedy. Pero no se dará la jugada de carambolas que provocó la caída del Muro de Berlín. Y menos la de la pequeña Samantha Smith cuya carta dirigida al presidente Yuri Andrópov en 1983 logró frenar un conflicto nuclear.

La conclusión es que, con algunas excepciones, el entramado de políticos mal formados, de militares que van,  a lo suyo y de servicios de “inteligencia” que no son inteligentes, va a causar que en la segunda mitad del siglo XXI (si no nos hemos quedado sin planeta antes) salgan narraciones y anécdotas, quizá no en libros de papel –espero no llegar a ver tal cosa- similares a las que nos cuenta Cardona. Aunque ya no podrán titularse con mención a osos (extinguidos). Pero sí a espías, paradigma del chismorreo interesado, a menudo falaz y casi siempre inútil.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHAS

OSOS, ÁTOMOS Y ESPÍAS.-Historias sorprendentes de la guerra fría.- Pere Cardona. Ed. Principal de los Libros. 428 págs. //LA MENTIRA EN POLÍTICA.- Hanna Arendt.- Trad. Carmen Criado.- Alianza Editorial.-101 págs.

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2 junio 2022 4 02 /06 /junio /2022 18:34

¡ALTO! , ¡EL LIBRO O LA VIDA!

(Charla pronunciada en la Biblioteca municipal de Beceite, el 28 de mayo de 2022)

 

Buenas tardes.  Eso del libro o la vida es una broma destinada a llamar su atención. Les voy a hablar de libros y del acto y función de leer.  Después de más de 70 años de leer de todo, en todas partes y en todos los momentos que podía dedicar a ello y algunos en los que no debía, he llegado a una conclusión. Leer tal vez no te haga más inteligente, pero desde luego te hace menos ignorante. Pero claro piensen que los libros son como los paracaídas, si no los abres no sirven para nada. He aprendido en ellos que un lector puede vivir mil vidas distintas y apasionantes, don Quijote, el mosquetero D’Artagnan, Anna Karerina, el capitan Acab y su Moby Dick, Ulises o Aquiles, sin embargo la persona que no lee vive solo la suya y quizá no la aprovecha del todo. Cicerón decía que un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma. Y tengo claro con mis propios hijos, que un niño que lee será un adulto que piensa. No voy a entrar en la actual batalla entre libros de papel y libros digitales. Un amigo informático me dijo cierto día, qué maravilloso invento el libro: no se cuelga como internet, no hay que enchufarlo, no necesita adsl, es fiable, hermoso y duradero. Su texto no desaparece por un fallo o por la obsolescencia programada, es fácil de hojear, volver atrás o hacer spoiler y mirar el final, no requiere mantenimiento y es mucho más fácil de recordar y de leer sin interrupciones digitales como mensajes y wsaps, no genera basura tecnológica, es resistente a golpes, caídas y un razonable maltrato. Y cuando los tienes juntos forman un escenario, la biblioteca, de lo más hermoso y acogedor. Y aún  así  les aseguro que lo que sigue es una verdad relativa. Quiero decir que lo es para mí y para los que sienten como yo. Así que los que no opinen lo mismo, disculpen y paciencia. Aquí se va a hablar de amor a los libros.

Pero volvamos a lo de comparar el libro y  la vida…dos términos que parecen muy alejados entre sí, casi opuestos. Cuando uno lee, ¿vive? ¿Puede uno vivir sin leer? ¿Acaso los libros favorecen la vida o más bien la dificultan? Serias preguntas…sin respuesta posible. Depende de a quién y de qué libros. Miren ustedes, el Beatle John Lennon dijo que la vida es eso que pasa mientras estamos ocupados en hacer otra cosa. Pues bien, cuando esa “otra cosa” es leer, mantener amistosas relaciones con los libros, la vida se vuelve más amable y divertida. La comunidad lectora es una de las más fraternales que conozco y no hay placer más gratificante que dos desconocidos que charlan y de pronto descubren que ambos son  aficionados a un determinado autor o género literario. Apúntense a un Club de Lectura y lo comprobarán.

Mi propia vida ha estado marcada desde muy tierna edad por la convivencia con los libros. La de ustedes lo ignoro, pero el objetivo de esta charla consiste en demostrar que, con independencia de nuestras edades,  formación, familias y entornos sociales, al margen de todo esto, los dos elementos de la ecuación, libros y vida, suelen estar, de forma directa o indirecta en relación causal: a más libros, por supuesto leídos, uno obtiene más datos de lo que es una vida buena; cuantas más lecturas hagamos, quizá haya más posibilidades de apreciar los diferentes aspectos de la vida. O no. Lo cierto es aunque los libros y su lectura no garantizan nada… a cambio de muy poca cosa, el precio del libro y el tiempo de leerlo, no sólo nos concede diversión y amplía conocimientos (lo cual no es poco) sino nos regala algo que se va depositando en nuestra memoria y que crece y se multiplica en forma de ideas, sugerencias, anécdotas, placer y sabiduría. Por leer no seréis más ricos o tendréis una casa  o un coche más valiosos. Aunque quizá la suma de lecturas faciliten indirectamente las circunstancias que favorecen esas condiciones de prosperidad económica o social. Y, en todo caso, lo que suele obtener el lector a menudo, es más sentido común, un poco más de humor, sano escepticismo, paciencia y algunos trucos para sobrevivir en la selva de la vida.

El libro es a la vida lo que la sal al guiso de la existencia. Y para algunos, la cocina y la despensa completas. Ustedes estarán pensando, “qué nos está contando este tipo?. Seguro que vive de los libros, debe ser editor, librero o, Dios nos coja confesados, escritor”. Pues sí, la peor de las suposiciones es cierta. Me nacieron escritor, ante la perplejidad y el desconcierto de mis padres, hermanas y otros allegados. Creo recordar que hubo un remoto escritor en la familia. Fue el autor de un solo libro “El triúnfulo melancólico” allá por el siglo XVIII o XIX. Era un espadachín pendenciero y un truhán además de poeta satírico y burlón. Terminó mal, como era de esperar. Descanse en paz y sigamos.

De entrada sepan que no he publicado muchos libros, ni soy  popular (gracias a Dios), ni acudo a tertulias en Tele5. Ni aspiro a ser un “infuencer” en la Red. Sólo publiqué una decena de títulos hace años y mi formación tiene más que ver con el periodismo, la filosofía y la psicología que con la novela, la poesía o el ensayo. Abandoné la narrativa y me dedique a la crítica literaria, como un trabajo más que me permitía escribir y leer y, por supuesto, lograr libros gratuitamente. A la velocidad que leo y lo exigente que me he vuelto sobre los libros, no hay sueldo y menos pensión de jubilado, que resista una visita semanal a las librerías.

La lectura es algo esencial en la vida de muchas personas, al margen de su edad y de las desdichas y satisfacciones que colecciona en su existencia. Y muchos de nosotros, les diré como confidencia, nos apañamos económicamente en la adquisición de libros gracias a las Re-ready, unas librerías “low cost” que se abrieron en algunas capitales, Lérida, Barcelona, Zaragoza, Madrid y no sé si en Teruel, en las que se encuentran libros muy interesantes por dos o tres euros el ejemplar.

Pero sigamos con la relación entre la vida y los libros. El filósofo griego Sócrates aseguraba que una vida en la que no se piensa en lo que uno hace, lo que desea y lo que ama y se vive de forma casi automática, sin buscar la mejora, el conocimiento, es decir, una vida sin pensar, no merece la pena ser vivida. Pues bien, los libros son una de las herramientas que nos pueden dar esa conciencia de vivir una vida mejor, la vida buena.  Aunque como dije al principio, en realidad, aunque sea sin libros, la vida siempre merece la pena ser vivida. Pero puede ser que  no se viva tan plenamente.

A partir de este momento hay dos caminos a seguir: uno, hablarles de autores y de sus libros, desde los cuentos de hadas a las memorias de cualquiera de los políticos ejemplares que tenemos en este país,  o el último best seller de autoayuda, un tipo de libro de gran acogida. Se trata de recocinar a cualquier clásico en un lenguaje de wasap o de tic-tac o instagram. Prometen mucho y dan poco. También por supuesto puedo hablarles de los clásicos. Pero en estos tiempos de buenismo y denuncias de mala conciencia  se están manipulando elementos y finales de historias clásicas. Así Caperucita Roja llega a un acuerdo con el lobo, antes de merendarse a la abuelita, por supuesto, por aquello de especie protegida. Emma Bovary, Anna Karerina, la Regenta, Helena de Troya, la señora Dalloway, célebres adúlteras, son redimidas antes de su última caída por aquello del feminismo militante; Moby Dick   es amnistiado por un Acab ecologista y proballenas. Lo políticamente correcto –una hipocresía que se extiende sobre el sexo, la raza y la historia - elimina el racismo implícito en Otelo o el sexismo homófobo en Billy Bud o los genocidios de negros e indios. En fin, sería un tema divertido si no fuera penoso.

Ese el camino que dejamos de lado en esta charla. Seguiremos otro, más interesante por ser menos ambicioso, que me lleva a hablar de cómo se escribe un libro desde el punto de vista limitado y humilde de un solo autor, al que conozco bastante bien. Se trata del individuo que tienen frente a ustedes. Yo.

Dada mi escasa relevancia como autor de novelas, me justifica mi amplio historial como hombre de pluma, escribidor experto en artículos, reportajes o comentarios de todo tipo, literario, filosófico, político, social o económico. Les hablaré de una extraña pulsión interna que es la escritura como medio comunicativo por excelencia. Ya sea a través de las efímeras páginas de un periódico, de una revista o las más duraderas de un libro. Salvo que dichos libros sean quemados en autos de fe, incendios involuntarios u hogueras fanáticas. Cosa que ocurre de vez en cuando en algún que otro país.

Sigamos con el rollo: ya sea usted novelista, narrador de relatos o novelas cortas, periodista o crítico, la forma y manera de hacer su trabajo es semejante. Empezamos con el hecho o conjunto de eventos que  tienen categoría para ser noticia y disparan el impulso de la realidad sobre la sensibilidad del que va a escribir. Pero este sujeto debe tener en cuenta  el entorno social, económico y político en el que se desarrolla el acontecimiento, ya sea local o internacional –como la pandemia o la guerra en Ucrania-, que, dada su relevancia,  constituyen una ruptura del proceso rutinario de la vida y marcan un “antes y un después”. Es la colisión entre esos eventos y la imaginación de escritor donde surge la chispa y la interpretación literaria que luego se reflejará en el texto.
Una vez aclarado el proceso –nacimiento de la causa- y el desarrollo: investigación y recreación de dicho elemento, pasemos a ejemplos prácticos para ilustrar la conexión entre la vida, la realidad,  y el texto que surge de la mente del escritor. Para ello, si me lo permiten, hablaremos de mi  propia obra y por qué y cómo escribí esos mis libros.  

Empecemos con “La última noticia”,  la primera novela que publiqué. Su argumento se desarrolla durante un par de días y narra la trepidante jornada laboral en un periódico de alcance nacional que se enfrenta a dos problemas simultáneos: una posible huelga laboral que enmudecería al diario y el estallido de una crisis internacional de graves consecuencias. Comienza con las noticias de una pequeña guerra real muy localizada entre Argelia y Marruecos con respecto al Sahara. Por una suma fortuita de  mala gestión política y pequeños malentendidos y errores entre las partes en conflicto se acaba convirtiendo en un enfrentamiento nuclear entre la URSS y los Estados Unidos. Ello ocurre en un entorno político de guerra fría entre las potencias y el temor popular internacional  a una guerra nuclear en  la sociedad de los 70 y 80 del siglo pasado. Como periodista tenía amplio acceso a los teletipos que informaban cada día y a todas horas de lo que ocurría en las arenas del desierto de El Aaiun. Ese aporte documental me facilitó solucionar los detalles argumentales, haciéndolos verosímiles. No les diré como acaba la historia: el título es suficientemente explicativo. El protagonista ofrecía “la última noticia” a un mundo que estaba siendo destruido.

Ya hemos visto cómo la profesión del autor le proporciona a éste los elementos operativos para llevar a cabo su labor.  A ello debemos unir los elementos de tipo personal y biográfico. Por ejemplo, en otra de mis novelas “Diario apócrifo de un joven seductor”, se narra la vida de un individuo que trabaja en un Banco y se siente explotado en una labor que carece de sentido para él. Siente que su vida se arruina. Mi protagonista, el joven seductor, está basado en un joven real, un compañero de Facultad que por razones familiares y económicas se ve obligado a  abandonar su vocación de poeta y sus estudios de Filosofía y Letras para encerrarse en el estrecho mundo de los empleados bancarios de bajo nivel en los años setenta. Las anécdotas y los sentimientos y emociones que le asaltaban en sus horas de aburrido y rutinario trabajo de oficina, me inspiraron  los detalles psicológicos que daban humanidad a mi protagonista y a sus esfuerzos por huir de ese ambiente. Aquí aproveché las vivencias de mi amigo pero sobre todo me alimenté de los usos sociales de la clase media baja en la Barcelona de la época, la represión religiosa y política, el tímido renacer de la protesta estudiantil y obrera y la exigencia de derechos.

En “El gran apagón”, recreo los acontecimientos, sucesos y accidentes que se producen en la Barcelona de finales de los 80 a causa de una avería del servicio eléctrico que afecta a toda la ciudad. Conté con la ayuda técnica de un conocido que trabajaba en una compañía eléctrica. Me informó de cuáles podían ser las causas accidentales de una avería lo suficientemente grave como para dejar a oscuras a toda la ciudad. Además eché mano de libros y reportajes sobre los grandes apagones de Nueva York de 1965 y 1977. Lo más interesante fue imaginar cómo y dónde se producían los supuestos altercados, delitos y problemas que el apagón creaba en las calles, parques y establecimientos públicos y privados de Barcelona. El apagón me permitía dejar libre juego a mi imaginación. Estaba llena de posibilidades: una gran ciudad asustada, desbocada, a oscuras, difícil de controlar y vigilar, en la que la delincuencia tenía las manos libres y también los movimientos de oposición política o de protesta social o laboral  que abundaban en esa época.

Un mes después de salir a la venta la novela, se produjo realmente un apagón en Barcelona. Un diario de entonces “El Noticiero Universal”, tuvo la idea  de publicar una doble página en la que se contrastaban los sucesos ocurridos en el apagón real con los que yo había imaginado. Para mi sorpresa al parecer me quedé corto. Como dijo un comentarista: “la realidad da sopa con hondas a la imaginación de cualquier novelista”.

Para comprender cómo funciona el engranaje creativo entre la imaginación del escritor y la realidad que la moviliza, hay que percatarse de que dicha realidad suele estar filtrada y a veces condicionada por elementos puramente biográficos y que actúan de forma disimulada, a menudo con tanta habilidad que ni siquiera el autor se percata de ello. Y así, en otra de mis novelas “Cualquier día en la ciudad”, que obtuvo el Premio Ciudad de Gerona 1977, volví a usar el esquema narrativo de hacer que el protagonismo lo tuvieran las calles y barrios de Barcelona –es una ciudad de unas enormes posibilidades literarias creativas- en una fecha arbitraria pero real (11 de octubre de 1976, lunes) novelando los comportamientos cotidianos de una serie de personas durante el mismo espacio limitado de tiempo, un solo día. ¿Era una idea propia, genuina? No. Se trataba de un juvenil y excesivo intento de escribir una réplica  del “Ulyses” de James Joyce, que también transcurre en un día determinado (16 de junio de 1904)  de la ciudad de Dublin, con una serie de personajes que deambulan por los pubs, las calles, jardines, el río, instituciones y domicilios privados de la capital de Irlanda. La obra de Joyce es rememorada cada año desde 1954 en Dublin, con el “Bloomsday”, con bebidas y jolgorio literario en los mismos escenarios de la novela.

En esa novela se pueden ver claramente las influencias literarias. En mi caso, la de Joyce por supuesto, pero también el Cortázar de “Rayuela”, así como Goytisolo o Pérez Reverte. Está claro que, como dice la célebre frase, la mayoría de los novelistas y  poetas de una época somos como enanos subidos en los hombros de los gigantes de las anteriores épocas. La tradición literaria de cada país,y la universal en todos los casos, es el sustrato alimenticio de cada escritor.

En el caso de otra de mis novelas “El mosaico de Perseo”, donde  es evidente la influencia  de John Le Carré, Graham Greene o Somerset Maugham. Se trata de  una novela de espías que se desarrolla en Túnez en torno a los servicios secretos de españoles, norteamericanos y franceses. En esta ocasión usé información real sobre la red de los servicios secretos europeos, americanos y del norte de África, todos ellos intrigando en torno al control de las fuentes energéticas en Argelia, Marruecos y Mauritania. Fue una narración inspirada por mi trabajo de corresponsal en la zona. Fui enviado a Túnez a indagar sobre la posición de ese país en el problema político del Magreb con respecto a la guerra del Sáhara entre el Frente Polisario y las fuerzas marroquíes para controlar las riquezas minerales y energéticas del territorio saharaui. Mi novela trataba de reflejar la complejidad de lo que ocurría, sin recurrir a alimentar temores nucleares.

Sin duda los escritores están siempre bajo el influjo más o menos directo de una forma propia de pensar y percibir el mundo, identificable en casi todas sus obras. Es más evidente en genios de la talla de Cervantes, Dickens o Faulkner. A mi humilde nivel, ese influjo sueles ser un simple cúmulo de circunstancias, no especialmente raras o llamativas, las que me impulsan a escribir sobre ellas, dejando libre mi imaginación. Por ejemplo, tras un cursillo que realicé sobre antropología de las fiestas populares, me sugirió el profesor que  hiciera un estudio de campo sobre el Carnaval como fiesta ancestral, pagana y también religiosa, enriquecida por supersticiones y leyendas. Así que me fui a las Canarias en la época de los Carnavales y tomé notas para escribir el estudio antropológico que se me pidió.  Sin embargo, en lugar de ese trabajo erudito preferí escribir una novela sobre el Carnaval en Santa Cruz de Tenerife: “Bajo la máscara”. Se trataba de una narración que se desarrollaba en torno a un asesinato. Un terrateniente isleño era víctima de un crimen ritual en plenos Carnavales. Los protagonistas eran una periodista, un antropólogo y un policía, junto a algunas personas de la ciudad. Eludiré mi crítica sobre el libro.

Y para terminar, hablemos de “Demasiados verdugos para Albi”, un relato detectivesco muy alejado de los clásicos del género. El protagonista, Albi, un viejo periodista de sucesos muere víctima de una misteriosa enfermedad, sospechosamente en el momento más inoportuno, cuando estaba a punto de aportar pruebas sobre la corrupción de una oligarquía financiera que dominaba de forma brutal la ciudad. Para diseñar el argumento de ese relato policiaco con muerto incluido, confieso la deuda adquirida con la novela “El factor humano” de Graham Greene, de donde “pirateé” la fórmula de un curioso veneno que no deja huellas. Aunque este es un detalle menor. Lo interesante es que Albi usa su propia muerte  y sus artículos por publicar y publicados para mostrar, matemáticamente, las pistas que lleva a la policía a desenmascarar a los delincuentes de guante blanco que él denunció en vida. Ese fue mi adiós a la novela.

En resumen, desconfíen de muchos de los tópicos del escritor. Tanto el que dice que suda lágrimas de tinta para hilvanar sus historias –es raro el escritor que sufre realmente por escribir, salvo gente desequilibrada pero genial, como Kafka, Dostoievski o Malcom Lowry-. Y tampoco son de fiar los que dicen que lo pasa pipa. Lo cierto es que cada libro tiene sus servidumbres. Y que la valía de un escritor suele estar en relación directamente proporcional con el esfuerzo que dedican a escribir. Cada escritor es un mundo en sí mismo y no es justo generalizar. Tengan en cuenta que no sólo el tema, el estilo o el vocabulario son relevantes. El estado anímico del escritor, sus  problemas personales, económicos o sentimentales influyen en su obra. Todo suma. Por eso no es lo mismo Dickens que Proust, Lawrence Durrell, Joyce o Stefan Zweig. Hay quien hilvana ideas y palabras como si fueran las cuentas de un collar, como Henry Miller. Otros se baten con cada frase, como Ernest Hemingway o William Faulkner que siempre dejaban el trabajo diario en el punto en que tenían más cosas que escribir, para así asegurarse que al día siguiente iban a reanudar el trabajo.

Otro de los tópicos literarios que hay que tratar con pinzas es el de la maldición de la página en blanco. La cual sólo consta para escritores del siglo pasado, como yo, aunque en mi caso he superado la transición hacia el ordenador. Ahora es el maldito cursor parpadeante en la pantalla vacía del ordenador el que, como una burla del duende de la escritura, obsesiona al pobre autor que tiene la mente tan en blanco como la pantalla. Tampoco se lo crean demasiado. No hay encantamiento ni duende que valga. Detrás siempre hay una excusa o una constatación. O el tipo se ha equivocado en cómo debe continuar la historia que desea contar o simplemente no tiene ninguna historia que valga la pena narrar. Ese hecho es lo que le deja en blanco.

Sin embargo existe en algunos escritores un elemento indefinible y misterioso. Hablo de escritores como Kafka, Hermann Hesse, Henry James, Saint Exúpery… y de casi todos los poetas. En sus páginas aparece de pronto una frase o una imagen que estremece al lector. Es un detalle, una anécdota, un resplandor que nos asalta de pronto en plena lectura, que resalta como un brillante, un personaje que nos seduce, una reflexión que nos ilumina. Puede ser un diálogo de Hemingway o Mann; la descripción de un paisaje en Zweig; un sentimiento en “El pequeño príncipe” de Saint Exúpery; el final de “Auto de fe” de Elías Canetti…  Todos estos momentos, en sí mismos, forman parte del embrujo de la literatura. Y por esos instantes vale la pena leer, escribir, publicar y comprar libros. Es una emoción sencilla, quizá banal dirán ustedes, pero prodigiosa y reconfortante.

Un crítico célebre dijo que el escritor es más una comadrona que una madre. Su misión es traer al mundo a un niño, es decir un libro, con el menor daño posible: “si la criatura vive, gritará y se librará de cordones umbilicales y sondas alimenticias del ego del escritor” Vivirá por sí mismo, se independizará del autor. Éste sólo tendrá que cuidar las palabras que usa. Y eso se nota en el ritmo del libro y en su capacidad para encantarnos. Con su extraña relación entre el consciente y el inconsciente, la novela implica un proceso que ni los escritores ni los críticos llegan a entender. Imagínense los lectores.

Algunos dicen que el auténtico escritor puede ser un narcisista, pero detrás de eso hay un esfuerzo real y una diversión más o menos permanentes. Es como un estado de alerta  que se activa cuando el escritor ve algo o a alguien que le conmueve y encuentra un eco en su interior. Una semilla que debe fructificar. Eso es lo que define al novelista de raza, al creador de mundos, al hombre que pasea un espejo por el borde de los caminos y las calles de la ciudad y que, como Tolstoi, siente en su alma toda la complejidad de las almas de las gentes que le rodean, que sufren, disfrutan, juegan, aman, laboran y mueren a su alrededor cumpliendo el ciclo inevitable de los seres humanos.

De ahí que les diga, variando un poco la frase maliciosa que les solté al principio ¡Alto ahí! Piensen ustedes: Los libros son parte y espejo de la vida. Son los amigos fieles que nos regalan un sentido más rico a nuestra existencia, una entrada preferente a una vida  más buena, a la excelencia.

Eso es todo. Gracias por su atención.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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27 mayo 2022 5 27 /05 /mayo /2022 17:34

OBSERVATORIO POLÍTICO INTERNACIONAL

EL ‘GAMBITO DE DAMA’ DE LA OTAN A PUTIN, ¿ESTRATEGIA O FICCIÓN?

 

Más de tres meses de barbarie, destrucción y muerte es un precio demasiado alto para un error estratégico (el de Putin) y un error de inteligencia política (occidente y la OTAN).  Se han rechazado las “justificaciones” políticas de Putin para salvar la cara ante su propio pueblo en su aventura nostálgico-imperialista y se ha abierto la caja de Pandora de la guerra sobre  la autocomplaciente sociedad europea, con la continua instigación a la violencia de los americanos (uno de los países que ganan algo con la guerra) y el fortalecimiento del tigre chino supuestamente dormido.

Un examen sin complejos de la vieja geopolítica, ya en forzada jubilación, hace pensar en teorías conspiratorias, que en estos tiempos se definirían como un desencantado ”todo es posible”. Ello esconde la amarga constatación de que la ética ha dejado totalmente de existir en la política global de hoy (si es que alguna vez existió, excepto de forma anecdótica). La cuestión es, lisa y llanamente, que hemos vuelto, gracias a Putin y, paradójicamente, en contra de sus intereses, a la política armamentista y de bloques de 1945. Todo lo que está ocurriendo se  asemeja a un gambito de gama en una partida de ajedrez. Una  estrategia demasiado sutil para ser orquestada por Washington pero plausible entre los mandos y políticos afectos a la OTAN.

Como en el ajedrez, en política internacional la estrategia básica es tener una visión global de la situación geopolítica y económica. Hay que saber ver más allá de la jugada del momento y tener en cuenta las variables que están en juego. Y a partir del momento base, tener claro el objetivo a conseguir, ampliado nuestro foco a medida que se desarrollan los acontecimientos. Con ello estaremos más dispuestos a asumir los cambios que provoca el proceso

El peón de dama que se ofrece al sacrificio en el tablero es Ucrania y Putin ha mordido el anzuelo, mostrando –dejando aparte el peligroso para todos arsenal nuclear- dos cuestiones básicas en su contra: su ejército, aun siendo muy poderoso, está bastante anticuado para estos tiempos y dos, sus conexiones amistosas con otros países no resisten la “prueba del algodón”: si rascas un  poco se ve que no está muy limpio. El oso ruso no tiene amigos, sólo clientes o sometidos.

Con el sacrificio de Ucrania –que podría ser recuperada más adelante, aunque no en el seno de la OTAN- se ha producido una dinámica de acontecimientos que aíslan cada vez más a Moscú. Suecia y Finlandia abandonan su neutralidad y piden su entrada en la OTAN; la organización militar “defensiva” bajo el mando de Estados Unidos se ha reforzado exponencialmente (cuando estaba en casi hibernación); Rusia ha perdido casi todo su valor como potencia hegemónica y su categoría como representante del “otro” paradigma sociopolítico distinto a Occidente; y, en definitiva, se está dejando camino libre para que China se coloque en cabeza de esa “otredad”, con su poco creíble pero eficiente “capitalismo-comunista”.

Puede parecer frívolo explicar con una célebre apertura del juego de ajedrez la enorme tragedia humana que está suponiendo la guerra de Ucrania. Lo cierto es que ya ha dejado de copar las primeras páginas de la prensa y la tele de casi todo el mundo; las exigencias del mercado neoliberal y su instituida velocidad de cambios, no perdonan. Como tampoco perdona la inconsciente y brutal ruptura con las normas y obligaciones del derecho internacional. El regreso a la disponibilidad bélica, a la ley de la fuerza, a la tácita permisibilidad para las más atroces y sanguinarias acciones contra la población civil, nos muestran un deterioro ético en lo público que es un retroceso para los derechos humanos en general.

Y, por favor, que no se olvide en qué contexto global se está produciendo este “regreso a las cavernas de la violencia” con su secuela de carrera armamentista, falta de seguridad y legalidad en el mundo, daños laterales en economía, salud y calidad de vida. Sumen a todo lo anterior, daños directos e indirectos del belicismo, el aumento de los nacionalismos, populismos y extremas derechas o izquierdas. Y analicen ese potaje de horrores en una olla donde también se cuecen, el cambio climático, las hambrunas, las pandemias de origen animal provocadas por el hombre, la sequía y las emigraciones masivas de refugiados por pura y simple supervivencia.

Pero volvamos al tablero de juego, en el que la batalla en la que Putin se embarcó con percepciones erróneas es sólo lo más visible, pero no lo más importante.  Como dijo Henry Kissinger, en una reunión política reciente, a la  respetable altura de sus 99 años, hay que aceptar la situación tal y como está y recordar que Rusia y Estados Unidos han superado derrotas militares (Vietnam y Afganistán) sin ceder al uso de armas nucleares. Por tanto, nunca mejor que ahora, “tenemos que desescalar hacia las armas convencionales y aprender a vivir con relaciones hostiles”. La frialdad de la “realpolitik” preconiza aceptar lo malo en estos momentos para no permitir que llegue lo peor. 

Hanna Arendt, refiriéndose a la II Guerra Mundial decía, “…en una futura guerra  ya no se trataría del logro o la pérdida de poder, de mercados y espacios vitales, de cuestiones que también podrían obtenerse sin violencia por la vía de la negociación política. La guerra ha dejado de ser la “ultima ratio” de conferencias y negociaciones cuya ruptura causaba el inicio de acciones militares, que no eran más que la continuación de la política por otros medios. Ahora se trata de algo que no podría ser objeto de negociación: la simple existencia de un país o un pueblo. Eso sería la violación de una frontera inherente a las acciones bélicas”. Y termina su razonamiento con estas palabras estremecedoras que no deberían olvidarse: “Podemos dudar de que los hombres, en medio de esta progresión necesariamente catastrófica  que ellos mismos han desencadenado, puedan seguir siendo dueños y señores de su mundo y de los asuntos humanos”.

Dejando a un lado los lógicos temores a una escalada nuclear, se debería tratar la crisis como una negociación en la que ambas partes admiten que van a perder algo, la premisa menor, pero pueden negociar la premisa mayor: un nuevo estilo y unas nuevas reglas de convivencia. Es preciso aceptar, ante la alternativa bélica, que todos los sistemas políticos en nuestro tiempo son simples variaciones de un tronco común: las oligarquías nacionales y multinacionales, la red de corporaciones tecnológicas del alcance, influencias y beneficios globales y los Estados como “res política” que atienden las necesidades de los ciudadanos de una forma más o menos corrupta, eficaz o participativa. En el siglo XXI han muerto las ideologías, excepto en la mente de idealistas, fanáticos, ingenuos y un resto testimonial de miembros de  cuerpos armados (ejércitos y policías). O en la faceta religiosa o racista del fanatismo político. ¿Creen que hay mucha diferencia entre la oligarquía endogámica rusa, la china o la de Occidente? ¿Cuánto van a tardar en comprender que los problemas y necesidades de la mayoría de los ciudadanos son simples y elementales como la vida misma: alimento, ocio, techo, educación, salud, familia y sociedad? Las corporaciones dedicadas a los negocios suntuosos vinculados con la Red y la virtualidad, hace años que lo saben y lo explotan. Los romanos de la plebe pedían paz y circo. La gigantesca plebe del XXI, que no llegó a la mayoría de edad, piden móviles y metaverso, redes rápidas y…naturalmente “pan”, es decir hogar, sustento, médicos y maestros. Las ideologías importan a una minoría, bastante ruidosa en general y a los políticos que envuelven con ella su sustancioso modo de vida. Ahora se han  convertido en una permeable y jactanciosa excusa.

Todo lo que está ocurriendo en Rusia era de prever tras el cerrojazo de los 90 a las pretensiones –desmesuradas- de la URSS y el desmoronamiento soviético. En el país convertido en almoneda por los propios jerarcas soviéticos y con el beneplácito del insigne beodo Boris Yeltsin, ¿quiénes dirían ustedes que crearon las bases de la actual oligarquía rusa y alimentaron desde la cuna al miembro de la KGB, Vladimir Putin, elemental y moralmente peligroso como un personaje de Dostoievsky? Los halcones de Wall Street. La infame tropa desembarcó en las Rusias, compitiendo con las mafias locales y los vestigios del aparato soviético, importando las directrices neoliberales y privatizadoras de Estados Unidos. El increíble negocio del gas natural ruso, el petróleo, el acero, minerales y cereales, estaba a merced del mejor postor. El dólar y la oligarquía rusa se hicieron con el pastel usando métodos poco recomendables pero muy efectivos. Por supuesto que eso provocó la crisis financiera, necesidad de ayuda exterior y la llegada de un Gobierno autoritario para contener ingentes masas de población arruinadas y al borde de la hambruna. Incluso las ayudas del Fondo Monetario Internacional (servidas en bandeja por los sucesivos presidentes de EE.UU.) enriquecieron más a la clase dominante y también a los “consejeros áulicos” de las barras y las estrellas. Con esas ayudas se compraba cierta pasividad rusa ante la ampliación de la OTAN por países ex soviéticos (cosa que se había prometido no hacer). A  cambio se ofreció  a Moscú que se sentara en el club de los países más ricos del mundo, el G7 (cuando su PIB no rebasaba en mucho al español). Es con la entrada de los países bálticos en la OTAN  y la llegada de Putin al poder en 1999,  cuando todo el entramado de sobornos y engaños se derrumba, comienza a disputarse de nuevo la hegemonía y renace una guerra fría que llega a su exasperación 22 años después.

Como escribió el Nobel de economía 2007, Erik Maskin, académico de Harvard, “Occidente debería haber abrazado a Rusia en los noventa”. Pero ahí estaban los intereses norteamericanos para impedirlo. Y de aquellos mimbres estos cestos.  Por supuesto que nada de lo dicho justifica las tropelías bélicas de Putin. Pero seamos serios y críticos a la hora de atrevernos a juzgar los hechos luctuosos de la Historia reciente. No hay buenos ni malos. Somos todos de la misma materia de las pesadillas. Manifiestamente mejorables.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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23 mayo 2022 1 23 /05 /mayo /2022 18:31

Este artículo ha sido publicado en Heraldo de Aragón, el 21 de mayo de 2022

En el hervidero político español, con su Gobierno funambulista sobre la cuerda floja y su nada fiel oposición, hace falta bajar un poco el fuego dialéctico y dejar que reposen los ánimos y se decante la suciedad que los intereses contrapuestos van dejando en la poco ejemplar vida pública. España es un vocinglero patio de Monipodio, instaurado en el Congreso, el Senado, los partidos –sin salvar ni uno- y la peste de coloquios, correveidiles de la Red, falaces mensajes virtuales, insultos, mentiras agresivas y hechos vergonzantes que enlodan el país. Los españoles no contagiados miran con asombro pesimista y un poco asqueados la corrala de vecinos resabiados en que se ha convertido España, nunca tan dividida y fragmentada.

Por eso en la placidez horaciana de mi retiro rural procuro evitar el contagio de la violencia y la falta de ética que sumerge la cosa pública en un pestilente caldo de falta de sentido común, lógica y humor. Para ello suelo, como terapia, leer cada día durante un par de horas a alguno de los clásicos que enriquecen mi biblioteca. En esas, di con Montaigne, el pensador francés del siglo XVI, que dice no ser filósofo y a cambio nos ofrece una muestra de una de las filosofías más vivas, sencillas y lúcidas. Recalé en sus “Ensayos” cuando el “catalangate” había provocado la penosa destitución de la directora del CNI, Paz Esteban, y con ello el ridículo político del Gobierno y su presidente y la debilidad del sistema secreto de información y de la estructura defensiva interior del Estado (que queda a merced de políticos que han manifestado pública y notoriamente su oposición al tipo de Estado que “disfrutamos”).

Es obvio que para Sánchez la razón de sus decisiones es “una apariencia de discurso que cada uno forja en sí mismo (…) un instrumento de plomo y de cera, que se puede alargar, plegar y acomodar a todos los bieses (sesgos, diagonales) y todas las medidas”. Y el presidente se debería aplicar esta reflexión escéptica y humilde: “lo que yo opino sirve para expresar la medida de mi visión (y mis intereses), no la medida de las cosas”. Y tener el valor de reconocer que la verdad, “tanto si nos perjudica como si nos sirve” debe ser buscada  y “no debemos desdeñar ninguna intervención que nos  conduzca a ella, ya que la verdad está por encima del amor propio”.

Como dice André Compte-Sponville en su libro sobre Montaigne , “en su tiempo, fanatismo y dogmatismo eran sin duda los principales enemigos de los que se dedicaban a la política”. No veo muchas diferencias de fondo con nuestro hoy, si le añadimos el nihilismo y la sofística. Señor Sánchez, lea en Montaigne: “¿Para qué sirven esas puntas culminantes de su política sobre las que ningún ser humano puede sentarse y esas reglas que exceden nuestro uso y nuestra fuerza?”…”nos propone perspectivas que ni quien las propone ni quienes las escuchan tienen ninguna esperanza de seguir ni, lo que es peor, muestran ganas de hacerlo”.

Quizá debería asumir como hace el filósofo francés que “Mi propósito puede dividirse en cualquier parte, no se funda en grandes esperanzas; cada día es su propio objetivo. Y el viaje de la propia vida se comporta de la misma manera”. O “mi filosofía se basa en la acción, en uso natural y presente, poco en fantasías”. Pero admite que “nuestro ser está cimentado en cualidades enfermizas…y quien eliminara las semillas de dichas cualidades en el hombre, destruiría las condiciones fundamentales de nuestra vida”.”Así, el engaño, la traición, la violencia… ¿Qué poder podría prescindir totalmente de ellos?” Y añade, comprensivo, quizá recordando a Maquiavelo, “La política no puede reducirse pura y simplemente a la moral, ni someterse siempre a ella. Tampoco puede abolirla ni pretender someterla”. Y añade: “las exigencias del poder, legítimas en su orden, no pueden servir de ética ni para los individuos…ni tampoco de manera suficiente para los príncipes…que aun en el trono más elevado del mundo están, como todos, sentados sobre el culo”. Pues, “no todas las cosas le son lícitas al hombre de bien por el servicio a su rey, ni al de la causa general y las leyes”.

Y cuando se dan esos casos de razón de Estado que justifican decisiones extremas, Montaigne advierte: “Hay que ceder frente a esas excepciones raras y enfermizas de nuestras reglas naturales. Pero con gran moderación y circunspección; ninguna utilidad privada es suficientemente digna como para pedir  ese esfuerzo a nuestra conciencia; la pública, de acuerdo, sólo cuando es muy importante. Lo útil solo prima honestamente cuando resulta útil a la mayoría. El mal solo es aceptable en beneficio del bien público”.  Y añade “nunca gobernamos bien cuando la pasión  nos posee y nos gobierna; aquél que solo emplea su juicio y su habilidad…disimula, cede, difiere a su gusto según lo requiera la ocasión; falla su objetivo sin atormentarse ni afligirse, dispuesto y entero para una  nueva empresa, avanza siempre con las riendas en la mano, más lúcido, eficaz y tolerante, sin permitir que sus deseos le engañen”.

La bonhomía lúcida de Montaigne podría ser una buena brújula para dirigir los asuntos de Estado en estos tiempos sombríos. Para ninguno de los que ejercen el poder está de más reflexionar sobre ello.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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29 abril 2022 5 29 /04 /abril /2022 18:05

Desde Ucrania y Rusia a Estados Unidos y la OTAN, bajo una crisis ecológica global

(Publicado en La Comarca, 290422)

“Los que vivimos de nobles y honestos sueños, defendemos lo malo de lo peor”, escribía el poeta irlandés Cecil Day Lewis ante el brutal estallido de nuestra guerra civil en la que luchó como brigadista. Esta es la postura ética que mantenemos muchos ante la no menos brutal guerra de Ucrania. Sin contar con el entramado maquiavélico de conflictos armados, ejércitos, países, supuestas ideologías y circunstancias climáticas, alimentarias, energéticas y humanísticas (víctimas mortales, desplazamientos de población y refugiados) que están llevando al mundo a una situación crítica global de imprevisibles consecuencias. Lo curioso es que no todos los Gobiernos parecen ser conscientes  de ello y tampoco la generalidad de los seres humanos. Se vive de espaldas a la realidad, hipnotizados por el permanente caudal de “fakes news”, imágenes emocionales, juicios sin base e información honesta que ha sido privada de su debida importancia.

Empecemos con la frase de Hanna Arendt sobre la “comprensión” del régimen nazi: explicar de forma lógica no es justificar de forma ética y anímica, “no supone perdonar nada”. Y así rechazamos  la invasión de Ucrania  y el angustioso avance militar ruso, que es “lo malo”, pero pensamos que “lo peor” es que en el avispero ucraniano nada es lo que parece o nos dicen que es. Hay brutalidad y crímenes rusos, pero también los hubo por parte ucraniana respecto a los rusohablantes; es malo el régimen autoritario de la oligarquía mafiosa de Putin, pero en Ucrania se había venerado la svástica  nazi y durante la II Guerra Mundial los voluntarios ucranianos al mando nazi dejaron un recuerdo pavoroso. Los “padres” de la patria ucraniana –Golovinski, Shukhevic y Bandera- celebrados hasta antes de la invasión (el famoso “Protocolo de los sabios de Sión” parece haber sido obra de uno de esos ideólogos) revivieron públicamente en 2014 en el golpe de Estado del Maidan (con asesinatos en masa de ciudadanos prorusos) y en enero pasado durante los desfiles conmemorativos del aniversario de uno de esos próceres de la Patria ucraniana; es malo el empeño ruso en asegurar sus fronteras y sus referencias a la amenaza nuclear, pero no es mejor el juego de Estados Unidos con la Alianza para asegurar su hegemonía militar (y la económica) y el empeño en admitir a Ucrania en la OTAN (a pesar de las promesas históricas de ésta de no ampliarla con más países de la órbita rusa). En cuanto a los réditos financieros y comerciales que supone para Washington la guerra en Europa –tan ventajosamente lejana- superan los beneficios que obtiene nuestro continente de la ayuda norteamericana.

Es malo el desprecio de Moscú por las leyes y normas de la convivencia pacífica entre las naciones, pero es peor la tendencia puesta en marcha por las exigencias perentorias de Washington de rearmar a toda Europa (incluida Alemania y los países del Báltico) explotando el “miedo” europeo al oso ruso. Vamos directamente a la creación de un ejército europeo que además de pulverizar el ansia de paz de las cartas fundacionales de la ONU y de la UE, nos coloca directamente como coprotagonistas bélicos y esquilma un poco más las arcas de los países de Europa, haciendo –paradójicamente- lo que Trump pedía: que los europeos paguen su propia defensa. Las mentiras y la codicia de los Gobiernos y sus dirigentes involucran por igual a tirios y troyanos, a Rusia y sus satélites y a Occidente, Estados Unidos y los suyos. Explicar y comprender la dinámica perversa de esta contienda, no es justificarla en ninguno de sus extremos. Pero tampoco nos sirve de mucho si se fortalece una nueva “guerra potencial” con la entrada de Suecia y Finlandia en la Alianza. Es malo que se de ese paso y decir que Putin lo ha provocado no nos libra de lo peor: estamos creando las bases para que se desencadene un posible conflicto global. En una palabra: en lugar de trabajar por encontrar una vía de diálogo y distensión (ningún precio razonable- reconocer la neutralidad de los países bálticos- es demasiado alto) estamos exacerbando el victimismo reivindicativo de Putin y la tentación del salto cualitativo bélico que puede suponer la ruina para todos. El secretario de Defensa norteamericano, Austin, lo dijo el martes de una forma poco diplomática y nada sutil: “Queremos ver a Rusia debilitada hasta tal punto que no pueda repetir agresiones”. Está dando razones a Putin para que pierda aún más los estribos y reforzar el apoyo de sus aliados. De hecho la OTAN debería estar agradecida a Putin ya que el belicismo de éste (a la altura del que muestra Austin) ha provocado el virtual renacimiento de una institución que se deterioraba a falta de excusas bélicas. ¿En qué nueva y desastrosa aventura militar nos van a meter los Estados Unidos?¿Están preparando el demencial escenario de un conflicto global por la hegemonía con China y Rusia?

 

La estrategia anexionista de Putin no es el síntoma de una psicosis imperialista ni la amarga revancha de un personaje dostoievskiano, hay una lógica impecable en ella: apoderándose de la costa ucraniana en el mar Negro y con el apoyo de los 2.000 soldados rusos en la franja rusa de Transnistria (provincia autónoma en Moldavia) dejaría a Ucrania sin puerto marítimo y hundiría su economía exportadora. Por cierto el trigo y la cebada que permite sostenerse alimentariamente al Magreb procede de Rusia y Ucrania. Sin ellos podríamos tener otras “revueltas del pan” en el norte de África (como las de la “primavera árabe”), lo que complicaría exponencialmente la situación geopolítica y energética de Europa.

La guerra ya está provocando daños colaterales, progresivos y extensivos, en la economía y la vida cotidiana de los ciudadanos, directamente en Europa e indirectamente en el resto del mundo. ¿Quiénes se lucran con el “cuanto peor, mejor”? Empresas energéticas (Shell y Exxon Mobil, entre otras), armamentísticas, alimentarias, fondos financieros…mientras, las facturas del gas, el petróleo, la luz suben a niveles nunca vistos. Pero se sigue aplicando el sistema “marginalista” (se fijan los precios de la electricidad de acuerdo al de la energía más cara para generarla, aunque ésta suponga un porcentaje mínimo del total) sin que los Gobiernos protesten. El gasto de la cesta de la compra de los ciudadanos se ha incrementado, mientras las cadenas de suministro especulan con precios al alza. Y tanto estos como la pequeña y mediana empresa se dirigen a la ruina. La inflación está a las puertas.

El encarecimiento del petróleo y sus derivados más la incidencia directa de la guerra en la producción agrícola en Rusia y Ucrania hace temer una crisis alimentaria que está siendo anunciada por la FAO desde que empezó la invasión rusa. Los países del Magreb y de Oriente Medio (y no hablemos del resto de  Africa) pueden enfrentarse a una hambruna que por efecto dominó, como hemos comentado ya,  podría afectar al suministro de gas. Recordemos que tanto Estados Unidos como Argentina los grandes proveedores de trigo, maíz y girasol, está sufriendo una sequía que afecta a la producción y a los países que dependen de ellos.

 En estos momentos en los que la crisis ecológica del cambio climático comienza a provocar efectos dañinos, la guerra de Ucrania y sus efectos colaterales están creando un contexto de escasez en varios campos de los que ni los Gobiernos ni la ciudadanía tienen conciencia fáctica, unos por intereses y los otros por ignorancia. Las mentiras y la codicia siguen dominando el mundo. Y Europa sigue mirando hacia la potencia norteamericana cuando tendría que concentrarse en ordenar su continente y llegar a atraer a Rusia. Es la gran hipocresía de nuestra época (en realidad, de todas): se evocan razones ideológicas y políticas, cuando en el fondo sabemos que son las económicas las que mandan y operan, tras el decorado, las acciones de los gobiernos. Nuestro Quevedo, don Francisco, lo dijo claro: “las revoluciones se hacen por el huevo, no por el fuero”. Habría que dar un giro copernicano al asunto: pongamos las económicas al aire libre y dejemos las políticas e ideológicas atareadas en promover una moral operativa entre los países y una ética tolerante entre los pueblos.

En política exterior los principios éticos tienen un carácter instrumental. La moral y la ética entre los Gobiernos sólo sirven cuando las necesidades prácticas del momento y los objetivos estratégicos lo permiten. Quizá si las necesidades perentorias que provocan las crisis que se están formando –dado su carácter global- se afrontan con una estrategia moral, la más efectiva – y además una ética global para un problema universal- se estaría dando el primer paso para responder al desafío planetario que parece estar a punto de invadirnos. Por el momento, mientras las armas de destrucción masiva que son las mentiras y la codicia sigan activas, insertas en el tejido operativo de la política y la economía del entramado internacional, todas estas reflexiones son papel mojado.

Y  este panorama internacional no nos debe hacer olvidar un punto realmente alarmante: el silencioso pero activo papel de China y su influencia y poder en el nuevo orden internacional que se está fabricando a marchas forzadas. Como consecuencia inmediata de la guerra de Ucrania, occidente ha “regalado” a Pekin un nuevo y apetitoso “cliente”, Rusia. China es la superpotencia emergente y viene doblemente armada: con una economía activa, emprendedora y boyante (a pesar del frenazo del COVID) y con una ideología híbrida y lógica, fundada en el pragmatismo político-económico y la firmeza de un régimen autoritario. Hablaremos de ello.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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1 abril 2022 5 01 /04 /abril /2022 15:34

UCRANIA: EL SÍNDROME DE AUSCHWITZ

Publicado en Heraldo de Aragón, 010422

Una generación que no sabe aprender de sus errores está condenada a repetirlos. La geopolítica internacional adolece de una desmemoria histórica que, a fuerza de dimensionar equívocos, ansias de poder y memoria manipulada por intereses hegemónicos, olvida hechos inaceptables y vergonzosos que muchos países se comprometieron a que no volvieran a suceder. ¿Hemos olvidado el mandamiento ético que para la Humanidad supuso la existencia de Auschwitz? ¿Somos tan ciegos que no percibimos las relaciones y correspondencias causales, políticas y sociales, directas o indirectas, que existen entre la invasión de Ucrania y los campos de exterminio? ¿Hay tantas diferencias entre las posturas genocidas de los nazis  respecto a los judíos y otros pueblos considerados “eliminables” y las que pregona Putin para “justificar” la  invasión de Ucrania? ¿No hay semejanzas entre el egoísmo y la ceguera de Europa previos a la II GM y los  errores actuales de cálculo en la subordinación política de la UE a los intereses geoestratégicos de EE.UU. y el brazo armado de la OTAN? Vivimos una nueva escalada de gastos en Defensa en Europa, lo cual aleja la posibilidad de diálogo de paz. El “si vis pacem para bellum” (si quieres paz prepárate para la guerra)  es una memez belicista contagiosa.

Auschwitz podría parecer una referencia fuera de contexto en un análisis de la situación–límite actual. Pero recordemos que era algo impensable incluso tras la llegada de Hitler al poder en 1933. La dinámica perversa de la condición humana no ha cambiado tanto, como cualquiera puede percibir sólo repasando los desvaríos y abusos bélicos de la política internacional tras el fin de la guerra mundial  (Iraq, África, Oriente Medio, Sudamérica, Bosnia, etc.). De todo ello nos advertía Theodor W. Adorno: “Habría que evitar que vuelvan a producirse otros Auschwitz. Su existencia y la lucha para evitar que se reproduzca no es algo que nos dicte el imperativo categórico de la razón pura práctica sino que obedece a un desgarro en la historia, la experiencia histórica del mal.” Y ¿qué es sino un “desgarro de la historia” la dinámica bélica de Putin, con sus referencias al holocausto nuclear? ¿No es la reiteración de la “experiencia del mal”? Adorno advierte que la barbarie anida y seguirá anidando en el corazón de nuestra civilización mientras perduren las condiciones que hicieron posible la bestialidad de Auschwitz.

En el caso de Ucrania se percibe una radical insensibilidad en los agresores, que pretenden convertir la guerra en un balance trivial de efectivos militares y razones económicas más o menos escondidas, una praxis bélica que ocasiona miles de víctimas y arrasamiento de ciudades, fábricas y cosechas. Sin olvidar a los miles de refugiados que abandonan sus hogares para salvar la vida, con sus dramas y necesidades primarias a cuestas. Todo ello conforma un alarido de alarma dirigido a la conciencia de la Humanidad. Las imágenes que se difunden por televisiones, móviles e internet tienen el peligro –ya denunciado por Hannah Arendt- de banalizar la tragedia para convertirla en una noticia más, que se percibe a través del alejamiento esquemático de los  emoticones y los “like”. Como decía la filósofa Judith Butler, “Hemos sido apartados del rostro – el rostro de una víctima es la denuncia básica de un horror- por medio de la imagen vertiginosa de una cara, de un cuerpo torturado, una representación visual que acaba, por ser obsesiva y constante,  tiñendo de rutina el horror de la muerte”.

Lo que está sucediendo en Ucrania –y en otro orden de cosas, en Rusia y en los países que asisten a la “representación” de Putin- es que como seres humanos insertos en una civilización digital donde prima la imagen difundida obsesivamente, la tragedia ucraniana se convierte en un drama serializado en “prime time”, que nos afecta menos por su obscena reiteración. Esa dinámica  nos va inmunizando al dolor de los otros, casi sin darnos cuenta. Y olvidamos que “su problema” será “nuestro” problema. Como el horror de Auschwitz no se quedó en una anécdota histórica, sino que, sin percatarnos de ello, ha dejado su emponzoñado mensaje en la memoria genética de la Humanidad.

Quizá no se llegue a repetir exactamente la bestialidad hitleriana, pero percibimos ya inquietud en los nidos de serpientes que se esconden tras la inmoralidad agresiva del ataque a Ucrania. Putin, consciente o  no de ello, está aplicando la “doctrina” del ideólogo nazi Carl Schmitt: la oposición radical amigo-enemigo como criterio para diseñar la política de su país. Ese “enemigo” de Schmitt y quizá Putin, se define como una amenaza letal para la supervivencia de la nación y cualquier medio de aniquilarlo –nadie habla de negociar- está justificado, desde la guerra exterior a la “limpieza étnica” interior. Los nostálgicos de imperios dictatoriales se frotan las manos viendo a la barbarie cabalgando por los campos y ciudades de Europa, Asia, África... Es el síndrome de Auschwitz (una de las consecuencias de la “doctrina Schmitt”)  que ha despertado de su espantoso dormitar en la historia.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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