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6 septiembre 2025 6 06 /09 /septiembre /2025 17:20

ORWELL PROFÉTICO: 80 AÑOS DE  ‘REBELIÓN EN LA GRANJA’

En esa obra y en “1984”, el escritor inglés logró analizar lúcidamente la distopía  política y social del siglo XX, que se agudiza en el mundo actual

 

En 1945,  George Orwell –Eric Arthur Blair-  (1903-1950),  publicó una feroz alegoría sobre la degeneración de los ideales revolucionarios –Rebelión en la granja- que toda su vida defendió, incluso activamente, como cuando luchó en las filas de la amenazada República española en 1936, junto a su mujer Eileen. Se encontró con dos frentes de batalla. Uno, contra las tropas fascistas de Franco. Y el segundo, interno, en el seno de las filas republicanas, entre comunistas y anarquistas. Describió las checas, la persecución ideológica entre los dictados de Moscú y los que se oponían a la otra “dictadura del proletariado”: un prodigioso disparate que debilitó a la República hasta el punto de facilitar indirectamente la victoria del fascismo, triunfante en muchos países europeos con el apoyo de los ya poderosos nazis (a pesar de la supuesta “neutralidad” de los aliados) lo que supuso un apoyo privilegiado para el ejército de Franco.

Aparte de sus magníficos ensayos y libros de reportajes biográficos sobre las vidas de los obreros y mendigos ingleses, Orwell publicaría, entre otras, dos novelas, “Rebelión en la granja” y “1984” en las que denunciaba de una manera literariamente magistral los autoritarismos y describía el terror estalinista (del que su “Rebelión...” es un reflejo directo y espeluznante en forma de supuesto “cuento para niños”).

Como curiosidad histórica, otra figura señera de la filosofía de su propia época, Simone Weil (1909-1943) que también intentó combatir en la contienda fratricida española (tuvo que ser evacuada de primera fila de combate en la batalla del Ebro, debido a un accidente) escribía poco antes de morir –de inanición voluntaria y tuberculosis): "Nunca el individuo ha estado tan a merced de la colectividad ciega y nunca los seres humanos han sido más incapaces de someter sus acciones al pensamiento y hasta solo de pensar...como en la forma actual de la civilización...vivimos en un mundo en el que nada se corresponde con las dimensiones humanas".

El mundo actual parece haber surgido de las páginas críticas que escribieron estos dos autores. Pero centrémonos en Orwell. Al regresar desalentado y confuso de España, Orwell escribe “Rebelión de la granja” su extraordinaria alegoría contra la dictaduras, las mentiras como forma de gobierno, el endiosamiento del líder, las injusticias, el hambre en el pueblo sometido, los vergonzantes  abusos de los que sostienen al dictador. Su editor se niega a publicarla. El manuscrito es rechazado también en la prestigiosa “Faber&Faber” por T.S. Eliot (uno de los más grandes poetas del siglo) porque “no es adecuado en estos días criticar la situación política” (se vivía en plena “guerra fría” –por cierto, término acuñado por Orwell-)  y no se quería “molestar” a los rusos). En los dos años siguientes Orwell, enfermo de tuberculosis –como Weil- escribe “1984”, una de las obras más lúcidas y proféticas del siglo XX.

 Orwell analizó la situación Estados Unidos-Rusia y vaticinó que ambas potencias nucleares, no se atacarían nunca de frente, pero si indirectamente  a través de terceros, apoyando a los países y  contiendas que favorecieran a uno u a otro.  Murió en 1950, con 46 años, un año después de lograr publicar “1984”. Su legado desde un punto de vista literario es notable, pero el alcance crítico y analítico de su obra contra los estados totalitarios y la deriva antidemocrática y antihumanitaria del mundo, es extraordinario. Para consuelo de los que creemos en los derechos humanos, la solidaridad,  la paz y la igualdad entre personas y países, Orwell ha dejado testimonios literarios de una agudeza y vigor inigualables donde queda palmariamente reflejado el actual momento internacional, con el avance la ultraderecha, los líderes mesiánicos, la brutalidad y el abuso como norma de conducta entre naciones y personas, con una Europa que se niega a sí misma y va convirtiéndose  en una  caricatura de su propia historia. Y unos Estados Unidos que sigue la senda fascista contra la que habían luchado en el pasado siglo.

Leer “Homenaje a Cataluña”, “Rebelión en la granja” y “1984”, o percibir el uso generalizado de expresiones como “Gran Hermano”, “Ministerio de la verdad”, “crimen mental” o la frase irónica “Todos somos iguales, pero unos más iguales que otros” o “El líder siempre tiene razón” (referencia a Napoleón, el cerdo de granja que se convierte en dictador y domina con mano dura al resto de los animales de la “Granja Manor”) es, en suma, no sólo un ejercicio de obligada formación crítica para entender esa repetición de la historia como farsa (tras haberla vivido en el siglo XX como tragedia), sino un placer literario que deja muchas preguntas sin respuesta o nos obliga a pensar que todas ellas se podrían reducir a una sola respuesta: quizá el ser humano no merece un futuro humano. En plena aceleración del cambio social en todos los aspectos y niveles, es casi imposible ni siquiera  imaginar dónde nos llevarán las cada vez más complejas tecnologías y nuestra progresiva “colonización” por ellas. Eso sin ignorar el impulso arrasador  de las consecuencias del también acelerado cambio climático y su reflejo en la destrucción de los ciclos, elementos y hábitats de una Naturaleza esquilmada.

Centrémonos en la lectura de “Rebelión en la granja” y “1984” para valorar la enorme carga de honestidad personal que emana del trabajo, el pensamiento y las ideas proyectivas de Orwell. Y, como trato de mostrar  en este análisis, las razones por las que Orwell mantiene incólume su validez, actualidad e interés, por encima de otros escritores de su generación – ingleses y de otras nacionalidades, Miller, Waugh, Eliot, Maurois, Mauriac, etc.- que fueron mucho más conocidos y apreciados  en el siglo XX. La principal de esas razones es que Orwell y su obra tienen una misteriosa conexión con nuestra época, con las preocupaciones y temores que los acontecimientos mundiales nos causan. La obra de este autor nos concierne. Nos emociona, nos intriga y nos hace pensar y, a veces, tomar partido. Su angustia, su dolor ante las injusticias de su época y ante el triunfo de la barbarie y la brutalidad de los totalitarismos, es semejante a la que hoy sentimos muchos ante la debacle trumpiana o los asesinatos genocidas de Israel en Palestina. Y aumenta el mérito de Orwell porque su proyección literaria en el tiempo se produce en 1945, un año fundacional para nuestro mundo del siglo XXI, tras la II Guerra Mundial, en el que se inaugura un camino de reconstrucción  que restablecerían los principios de convivencia y solidaridad entre los pueblos (a pesar del enfrentamiento entre la URSS y Estados Unidos).

Las obras citadas de Orwell parten, pues, de un momento en cierta forma positivo, en el que se generaría una paz europea y un cierto equilibrio en el mundo a pesar de le existencia creciente de guerras localizadas y de la amenaza nuclear siempre latente. Pero él no nos dibuja mundos utópicos de paz y progreso, sino que utilizando los mismos mimbres de actualidad que podrían llevarnos a una visión feliz, sigue la lógica de la corrupción política y la violencia y proyecta otro tipo de mundo, el agónico de “1984” o la parábola del autoritarismo soviético, tan nefasto como el nazi, en su “Rebelión...”,  publicada sólo dos días después de que Japón se rindiera y acabara oficiosamente la II guerra mundial.

En esta alegoría con aires supuestamente cómicos, Orwell hace una sátira inmisericorde del estalinismo. Nos narra la evolución de una cierta democracia al terror de un régimen de gobierno que un grupo de cerdos impone  al resto de los animales de la granja Manor,  tras expulsar  a su dueño y ‘opresor’, el borracho señor Jones, y vencer a los humanos de las granjas vecinas que vienen a recuperarla. El comienzo de la rebelión se debe al discurso contra el dominio humano de un viejo cerdo de gran inteligencia, respetado por todos, que preconiza el poder de los animales y el establecimiento de una Arcadia feliz, regida democráticamente por una comisión de animales variados. El viejo cerdo premiado, Gran Mayor, alienta la rebelión y antes de morir, deja instrucciones (los Siete Mandamientos) y eslóganes para formar un gobierno democrático en igualdad y solidaridad entre  todos los animales de la granja. Para ello nombra como sus delegados provisionales, a la espera de las votaciones de todos, a los dos cerdos más destacados, el agresivo Napoleón y el inteligente Snowball, que aunque nunca estaban de acuerdo en la línea a seguir, eran los líderes adecuados para dirigir un levantamiento contra los humanos opresores. Ahí comienza de una rivalidad que acabaría con el mejor de los dos, el más ético y solidario, Snowball, que huiría para evitar su asesinato.

La sutil y aguda inteligencia de este relato toca un punto clave, muy utilizado por Stalin y otros dictadores más o menos semejantes (como Trump ) el uso de las redes sociales con fines torticeros y de manipulación: el lenguaje como elemento clave de adoctrinamiento en fanatismo y no-razonamiento de la población menos preparada psicológica y culturalmente. Luego en “1984” volvería a ese instrumento de dominación con más extensión y radicalidad crítica. Y profética: lo estamos viendo a diario en las noticias y en el análisis de la deriva fanática de la extrema derecha en los asuntos que les interesa, con el uso –no controlado e impune- de las redes sociales: emigración, cuestiones de identidad y nacionalismo, violencia, agresividad, mentiras y bulos (los últimos, los que conciernen a los incendios en España, por ejemplo). Y provocaciones conspiratorias que darían risas por absurdas, si tantas personas no se las creyeran de buena fe.

El sistema es diabólicamente eficaz, nos cuenta Orwell: cambio del contenido de ciertas palabras clave (recordemos que una comunidad se rige en el conjunto de sus actividades, conocimientos y responsabilidades por el lenguaje común y sus compartidos significados). Las personas aceptan la re-significación  de ciertas palabras: libertad, solidaridad, identidad, nacionalidad, el trabajo, incluso el ocio o sus derechos. En la novela, el legado del sabio cerdo anciano son los “siete mandamientos” que deben regir los derechos y deberes de la comunidad animal en la granja. Están escritos en una pared como garantía de legalidad y respeto. Pero Napoleón y sus cerdos fanatizados, van cambiando poco a poco esos mandamientos a tenor del aumento de corrupción del líder y sus acólitos. Los cerdos que tenían prohibido el alcohol como el resto de los animales, añaden al mandamiento “ningún animal beberá  alcohol ‘en exceso’”, o en el crucial sistema de elegir democráticamente a los líderes, se reescribe “elegiremos a quien le convenga al líder del partido, porque ‘es lo mejor para todos’”. O frente a la prohibición de vivir en la casa del granjero y usar trajes,  comedor o dormitorios, el líder decide que los cerdos sí lo harán porque se merecen un descanso y una alimentación especial ya que las tareas más pesadas e importantes les corresponden a ellos.

En la granja los trabajos más duros y pesados los hacen los demás animales ante la “atareada” y cura vigilancia de los cerdos, convertidos en “capos” de una granja-prisión.  El huído Snowball es convertido en el gran traidor y por encima de las evidencias que  muchos recuerdan sobre su papel heroico en las batallas contra los humanos, se le condena a muerte sumaria e inmediata si vuelve a la granja. Los animales tienen horarios de trabajo agotadores, escasa alimentación y violencia contra ellos mucho más intensos y despiadados que bajo el mando del granjero y los humanos. Al final los siete mandamientos son borrados de la pared y en su lugar queda escrito el único mandamiento vigente: “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”. Y para que no quedara lugar a dudas, al día siguiente en el que aparece ese único mandamiento, los cerdos comenzaron a usar, cada  uno,  el famoso y odiado látigo que usaban los humanos para vigilar a los animales que trabajaban y golpearles si se volvían remolones o descansaban. Y para coronar la situación, el líder, Napoleón, aparece fumando en pipa y usando las ropas del granjero Jones.

El corolario de la historia es que los humanos dueños de las granjas de alrededor vienen a conocer y negociar con Napoleón: le tratan como a un humano semejante a ellos y admiran la crueldad de la disciplina con la que los cerdos manejan al resto de animales obligándoles a trabajar más y con menos compensaciones.

Algo parecido ocurrió en la Rusia de Stalin (incluido  los asesinatos y expulsión de los que le ayudaron a  tomar el poder y eran superiores a él en conocimientos y formación política). De una forma semejante se repite la historia en la Rusia de Putin y, ciertos detalles, en los paises donde el fascismo o el endiosamiento de sus líderes (Trump, Milei, Orbán y ‘tanti altri’) están cambiando el sueño democrático, liberal y solidario que se soñaba para el siglo XXI.

Orwell nos muestra en estas dos obras que comentamos la eficacia y lógica (o sentido común) de sus ideas y el reflejo en una prosa clara y una narrativa ajustada a los hechos  y a las pequeñas verdades de lo justo y lo conveniente (lejos de planteamientos teóricos  o filosóficos de difícil asimilación). Defendió una manera de ver la vida y el mundo de una honestidad limpia y responsable (provocando e incluso que las personas y figuras de sus propias filas ideológicas se pusieran en su contra) en defensa de un socialismo democrático que lo llevó a luchar contra el fascismo con su pluma y su vida, incluso reconociendo de manera noble sus propios errores (en su juventud, bajo  el imperialismo británico en Birmania y la India) y le enfrentó a la intelectualidad inglesa que durante la guerra no veía bien que se criticara a Rusia y a Stalin.

Esa es la grandeza –y la miseria- de la figura intelectual y humana de Orwell. Su enorme honestidad y su fidelidad  a la débil, delicada y traicionada condición humana. En los tiempos que vivimos, un intelectual como Orwell ya estaría eliminado, por un “accidente” inesperado y fulminante (en Rusia), arrasado por ‘críticos ideológicos” de carnet o vilipendiados por “puristas” a sueldo en las redes sociales. Su entereza, honradez, lucidez y sentido del sacrificio y del honor le convierten en un escritor y una persona legendaria. Y de radiante actualidad en casi todas sus obras. Por eso 1984  y Rebelión en la granja podrían terminar dentro de poco, en algún o algunos países, por ser desterradas de las bibliotecas, estudiarse en las Universidades y por supuesto hacer imposible la compra de sus libros. Suponiendo que no desaparezcan los lectores de libros.

Este mundo nuestro de 2025, con las mentiras y bulos institucionalizados, líderes incontestables, agresividad política, apaños económicos contra los más necesitados, recorte de libertades y derechos, insolidaridad humana, naturaleza depredada, formas de existencia colonizadas por la tecnología, decaimiento de las fórmulas de cortesía, educación y civismo, tradiciones colapsadas –la primera, la familia- , sistemas de vigilancia omnipresentes –con global aceptación de los ciudadanos- , han  convertido las obras de Orwell en el espejo mágico donde se reflejan las similitudes preocupantes  del futuro que describió (que es nuestro presente).

La “neolengua” de “1984” es algo muy parecido a lo que usa continuamente Trump, para el que la falsedad no es más que una “verdad alternativa”, o el “Ministerio de la Verdad” -que corrige diariamente la historia a favor del líder- reflejado en muchas de la “noticias” procedentes de la Casa Blanca, donde se manipula desvergonzadamente el pasado, con tal de que abone los intereses del “líder carismático” (tratar de probar que Obama había sido un ‘traidor’ o que las elecciones anteriores en EE.UU.  se  amañaron para impedir que venciera Trump). El “caldo de cultivo” para que  “Napoleón” o el Gran  Hermano y su poder omnímodo y  represión cambien el mundo, ya se extiende: sistemas de vigilancia masiva, banalización de los valores tradicionales e influjo de la familia y las virtudes humanitarias y sociales que ayudaban a la convivencia, las formas de relacionarse, el debate público, la libertad de expresión... El Gran Hermano nos vigila a todos. Primero en Rusia y Estados Unidos...pero todo se andará...muchos otros países se apuntan al guión y otros esperan su oportunidad abusando de los derechos políticos y sociales democráticos que, cuando ellos lleguen al poder, serán abolidos. Otra de las ideas de Orwell “los dos minutos de odio” la  tenemos institucionalizada y a la mano de cualquiera en las redes sociales, anónimamente y de forma voluntaria: véanse los “juicios” y “campañas” con que un usuario puede destrozar la reputación de cualquier otro que le moleste o desagrade. ¿Qué deriva de vida humana estamos promoviendo?

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29 agosto 2025 5 29 /08 /agosto /2025 11:19

DON QUIJOTE Y SANCHO EN LA ESPAÑA VACÍA

Plaza, bar y tienda, forman la tríada de objetivos necesarios que debemos cuidar para no dejar morir a los pueblos pequeños

Tres lecturas en cierta forma relacionadas me han alejado por un par de días del agobio de las guerras en curso  y de la oscura ruina de la política internacional (y nacional) con sus noticias paranoides en Ucrania, Gaza y el descabellado trumpismo. Leo la tesis doctoral, convertida en libro, de un sobrino malagueño con el que comparto apellido, Javier Rueda, sociólogo y profesor de una Universidad madrileña (Utopías de barra de bar). También el libro de memorias de Manu Leguineche, La felicidad de la tierra, donde narra su estancia, ya jubilado, en un pueblito de la Alcarria. Allí fallecería año más tarde. Como tantos otros periodistas de batalla, curtidos en guerras, golpes de Estado y revoluciones, Manu encontró refugio, sosiego y silencio, tiempo para leer, bellos parajes incontaminados y caminatas a diario. Y, el tercero es  Don Quijote, uno de mis libros de cabecera y también, mi compañía y consuelo cuando las noticias de cada día me aturden y alarman. En los tres libros se habla de pueblos que declinan en la ancha España y la sangría poblacional que aflige a la tópica “España vaciada”. Los tres autores, Cervantes, Leguineche y Javier Rueda, cada uno a su manera, han sido testigos - y pacientes- de las singularidades y contradicciones de estos pueblos o aldeas.

Coinciden en su estimación de los pueblos pequeños, sus gentes y sus necesidades y problemas. Vivimos la cada vez más rápida depauperación de los pueblos, con unos amagos de esperanza –casi utópicas- traducidos en crear viviendas para poblarlos. Lo cual es como empezar la casa por el tejado: antes sería preciso mejorar sustancialmente la gama de servicios de proximidad  necesarios en todos los órdenes de la vida, salud, seguridad, enseñanza, comunicaciones, trabajo, comercio... Como escribe mi sobrino, Javier, “Hay un desequilibrio enorme entre la cantidad de proyectos de financiación, desarrollo e innovación en torno al mundo rural y la materialización de éstos en el día a día de quienes lo habitan”.  Alimentar la esperanza de vida de esos pueblos centenarios con viviendas para ocupaciones de temporada y vacacionales... no soluciona los problemas, más bien aumenta los que padecen algunos vecinos ante las pacíficas pero cansinas y alborotadas invasiones de ciudadanos  en las fiestas del año y en las vacaciones. En algunos de esos pueblos  resulta difícil disfrutar de las cuatro aspiraciones de un Ciceron, un Montaigne  o un Machado: el Beatus ille y su vivir en silencio y paz; el carpe diem, disfrutar de todo momento; el locus amoenus o lugar idílico, equilibrado y armónico y el tempus fugit, aprovechar el tiempo que queda.

En algún momento he pensado en el valiente don Quijote, acompañado de su fiel Sancho, como símbolo del respeto auténtico a todo lo nuestro, la parte más descuidada de lo que es España, sus viejos pueblos pequeños: comunitarios, cuerdos, sobrios, económicos, somnolientos y pacíficos...así también los soñaban Joaquín Costa, Ortega, Unamuno o Ángel Ganivet. Don Quijote, que gusta de los caminos rurales, las plazas y las posadas de los pueblos, junto al buen Sancho –su contrapeso y equilibrio- , amigo de las tabernas y el buen vino... Concibo en ambos el respeto al uso de la tienda del pueblo y el bar y a la necesidad de su existencia. Imagino a don Quijote, lanza en ristre, defendiendo el uso amable de las calles y la identidad del pueblo en sí, que se simboliza en la Plaza. Y a  Sancho –el principio de realidad-  ocupándose de que no falten alimentos en la tienda y bebidas y espacio en el bar, acogedor y propicio, donde se produce la comunicación vecinal, entre juegos de cartas y charlas a gritos. Y si hace falta, también lugar comunitario para tomar decisiones que interesan a todos los habitantes. Ellos simbolizan los tres elementos –plaza, tienda y bar- que conforman la primera trinchera de los pueblos pequeños en la guerra contra la despoblación.

Se trata de un combate desigual, me cuenta un vecino, dada la tendencia, incluso entre los propios habitantes fijos de los pueblos, a ignorar a veces la importancia de su bar y su tienda. Insiste en que hay que preservar a esos dos locales como elementos que corren peligro de desaparecer. ¿Cómo se hace eso? Sencillo, me dice. Por ejemplo, evitar la tentación de hacer la compra semanal en otros pueblos  o en grandes superficies más o menos cercanas o olvidándose del tendero local a la hora de comprar los suministros de bebidas y aperitivos cuando se celebran las fiestas locales. “Durante la pandemia, estas tiendas fueron la salvación de muchos en los  pueblos pequeños”, dice-Al igual que el bar: es un negocio, pero también un servicio y suele ser el lugar de cita y ceremonias festivas para todos los vecinos. Un lugar de identidad común, memoria colectiva, encuentro e incluso de diálogo o controversia.

Como leo en el libro de Javier: “el bar rural favorece las relaciones directas, evitan el aislamiento y la soledad, aportan seguridad al entorno, incentivan la cohesión social y la integración”. Es mucho, apostilla, lo que se pierde cuando se cierra el único bar del pueblo o la pequeña tienda que surte de lo más necesario. Y añade: “Un bar en el medio rural, en la España vaciada, es una infraestructura social de igual o mayor importancia que la farmacia, el colegio o el cuartel de la Guardia Civil. Opera como punto de encuentro, oficina de información y proyección turística, punto de recogida de envíos y nodo de cuidados, sobre todo de las personas que viven solas”.

Esos son los elementos sociológicos básicos que todo lugareño –nativo o asimilado- conoce bien. En ese universo modesto de los pueblos pequeños, con población fija de edades avanzadas, el bar, la tienda y la Plaza, constituyen las piedras angulares donde descansa la urdimbre vecinal.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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16 marzo 2025 7 16 /03 /marzo /2025 11:36

EUROPA DEBE REINVENTARSE Y CAMBIAR LA NARRATIVA BÉLICA POR LA DIPLOMÁTICA(y2)

LA PRECIPITADA DECISIÓN DE REARMAR EUROPA ES MÁS UNA REACCIÓN A LAS MANIOBRAS DE TRUMP Y PUTIN QUE UNA POLÍTICA SENSATA  DE DEFENSA COMÚN

Lo cantaba Bruce Springsteen en su disco “Glory Days”. Una pieza llamada “We take care of our own” (Cuidemos de los nuestros). La canción decía “El camino de las buenas intenciones se ha secado como un hueso...hemos pedido ayuda pero la caballería no llegó. Sólo nos queda cuidarnos de nosotros mismos, cuidarnos de los nuestros”. Y eso es, esencialmente, un camino de paz. Ese es el camino que Europa debe tomar. Cuidar nuestro continente entre todos los europeos. Quizá algún día tengamos que agradecer a Trump que con su codicia y prepotencia lograra que los europeos  despertáramos del sopor autocomplaciente.

Pero, ojo, la respuesta a Trump no debería ser necesariamente la ruinosa y precipitada decisión de rearmar Europa ya. Esa es la reacción que él espera, ya que así mata dos pájaros de un tiro: se evita los gastos de la presencia USA en la OTAN e inyecta fondos económicos en su país mientras debilita en la misma medida la economía conjunta europea. No hay nada como agitar los muñecos terroríficos de la guerra para hacer perder la serenidad a los políticos. ¿Pero a qué guerra se refieren? ¿A esa guerra provocada por el supuesto aliado de Trump, el señor Putin? No. Se supone que después de Ucrania, Putin va a atacar otro país de Europa. Y los dirigentes europeos corren alarmadísimos a “evitarlo”, armándose hasta los dientes. Y acaban, directa o indirectamente, comprando armas a Estados Unidos, por una suposición que ni siquiera es una amenaza directa. Rusia no es de fiar, de acuerdo. Pero Putin no está ni preparado ni dispuesto para una guerra con Europa. Todo es seguramente un escenario fantasmagórico, diseñado por Trump y Putin. Las amenazas rusas, desde la caída del Muro de Berlín, buscaban impedir que la OTAN admitiera en sus filas a los países del radio de influencia ruso, no a expandirse por la Europa occidental. Se negaban a tener a la OTAN y su armamento nuclear y convencional en las fronteras rusas. ¿Recuerdan cómo reaccionó EE.UU. cuando los rusos intentaron desplegar misiles en Cuba? Pero claro, entonces Rusia era el ‘malo’ de la película. Ahora no hay que confundir a la Rusia humillada y explotada que surgió de la “perestroika”, con una Rusia actual imperialista que hasta Putin sabe que tiene sus límites. El tema de Ucrania es probable que ya esté  firmado y sellado, con la forzosa aquiescencia de Zelenski y el visto bueno mafioso de Trump y Putin. Así que rehacer toda la maquinaria militar de los europeos es una excusa para vender armas, hacer más peligroso el canallesco mundo de los intereses internacionales del ‘post tecno capitalismo’ y debilitar a Europa para propiciar que la delicada textura de la paz se vea desgarrada por el peligro de cualquier incidente bélico casual y no previsible.

 Por lo tanto, la mejor respuesta a la situación actual no es forzar a Europa a una carrera armamentista para amenazar al debilitado oso ruso, que seguramente gruñe porque está en el guión. Pero si Europa se arma, ha de atenerse a la lógica bélica de la situación, donde no hay una amenaza real dirigida a los países europeos. Mientras, la compra de armas producirá, de entrada, unos efectos catastróficos en la economía de los países europeos y sus habitantes. No es un buen negocio, diría Trump si fuese europeo. En esta época de cambio de paradigma en política internacional, Europa debe reinventarse: implementar una nueva política de paz y de diplomacia. Tiene que tener claros sus intereses y jugar con astucia sus bazas para defenderlos, respetando las reglas éticas de respeto que deben regir entre naciones, ignorando la testosterona combatiente al uso y negociando a cuatro bandas el problema de la paz global y el de Ucrania.

Pero hay un problema secundario previo: la falta de una voz única y solidaria en Europa. Algo preciso antes de lanzarse al pozo sin fondo del rearme. Buscar y lograr esa unanimidad solidaria, en los múltiples aspectos en juego: militar, financiero, fiscal, de política exterior. Con la voluntad unitaria de los partidos políticos, superando sus diferencias internas. Controlar los poderes del Parlamento Europeo en momentos de crisis y las actividades de algunos partidos de orientación autoritaria, decididos partidarios de la violencia. Y ante estos nuevos tiempos, crear en el seno de cada estado un área intocable para los intereses partidistas: desde la política exterior y de defensa hasta la educación (uno de los elementos de más relevancia en el progreso de los países) y la política presupuestaria

Hay que ser consciente de las dificultades de implementar esa unidad europea en un plazo corto y menos con urgencia. Suena sin duda utópico. Pero es el ‘tempo’ de acción lo que tenemos que controlar, evitando el ritmo y velocidad excesivos con el que se desarrollan los acontecimientos: en estos momentos eso solo conviene a Trump y compañía. Pero ese control de reacción sólo sería útil si de forma urgente Europa se planteara  tomarse un tiempo de reflexión, anular las declaraciones militaristas y los movimientos armamentistas, e incluso la narración  alarmista de lo que está en juego: simplemente pensar en común y comenzar reuniones al más alto nivel a fin de negociar un escenario diplomático controlado.

Una encuesta realizada a ciudadanos de España, Inglaterra, Francia, Italia y Alemania, muestra datos muy significativos sobre el rearme en Europa, aunque indudablemente de valor muy relativo. Según la encuesta, la mayoría opina que Trump es una amenaza grave para Europa, pero Putin también lo es. Si hubiera una guerra entre esos dos países, los europeos ya no están tan dispuestos a apoyar a EE.UU. como antes de la actual presidencia. La mayoría relativa apoya la creación de un ejército europeo, incluso hay partidarios de volver al servicio militar obligatorio (España e Inglaterra en los últimos puestos). Y casi la mitad de los consultados piensan que es probable que Rusia ataque a otro país después de Ucrania. En este punto la influencia de las informaciones tóxicas es evidente.

En general un examen de los medios informativos muestra una aceptación bastante general de la exigencia trumpista de rearme, con sospechosa celeridad en algunos gobiernos europeos, aunque con bastantes reticencias. Algunos opinan que es necesario implementar una ‘política común de defensa’. Pero eso no se debe reflejar “ipso facto” en un rearme, sino en lograr objetivos previos e internos mucho más esenciales: propiciar y amparar investigaciones propias en todos los campos importantes, generar un mercado único financiero, con sus propios cortafuegos, amparando inversiones propias y ahorro comunitario, progreso y mejora del sector energético y el de telecomunicaciones, eliminar barreras administrativas y la excesiva burocracia, un marco regulatorio y ejecutivo único, por encima de partidos y de ideologías extremas, como un amparo de la libertad y de la solidaridad.

Pero el conflicto de Ucrania nos propone una lección y un cambio, hay que ajustar la doctrina militar a los nuevos escenarios tecnológicos,  coordinar las capacidades de cada país y fortalecer el conglomerado industrial y logístico de defensa. La acelerada dinámica bélica de Ucrania, nos ha ofrecido varias lecciones. La primera de todas es que una política de defensa debe ser ágil y con capacidad de reaccionar y ajustarse a un cambio total de los principios de la guerra tradicional. La evolución tecnológica ha sido tan veloz y radical que los escenarios bélicos se ven obligados a sujetarse a una dinámica flexible de cambios estratégicos y tácticos, unido a una logística de suministros de flujo constante. Las guerras relámpago han pasado a la historia, como evidenció la reacción ucrania ante el ataque ruso de 2022, donde se vio la eficacia de la guerra tecnológica de drones y aviación ligera con actividades furtivas y de reconocimiento. Tácticas de guerra ambiental y sabotaje con grupos reducidos y especializados muy activos. Y una logística de suministros en alerta continua, más el protagonismo de los drones, municiones teledirigidas y sistemas ligeros. Todo ello no es óbice para mantener que Europa debe ser un espacio de libertad, paz y progreso social y económico. Y, en consecuencia,  la mejor política de defensa del espacio europeo debe aspirar a un ejército común, bien dotado con armamento fabricado en Europa  y con mando político y militar único y colegiado.

Una Europa con principios y valores éticos, acercaría el continente a otras culturas y otros movimientos, desde India, los países asiáticos, hasta el grupo de los BRICS y pequeños países de África y Asia que desconfían de las potencias imperialistas como Estados Unidos, Rusia, Corea del Norte o China. Y aborrecen del nuevo desorden mundial, regido por la ley del más fuerte, agresivo y expansionista. También las grandes instituciones, Banco Mundial, FMI, la OMC, la OMS, el Tribunal Penal Internacional, la misma ONU, están siendo dañadas por Trump y sus socios. La MAGA (Make America great again: “Hagamos que Estados Unidos vuelva a ser grande”) lo es todo para ese presidente; el resto del mundo le importa un rábano, sin que él se percate de que el prestigio de los EE.UU. va cayendo en picado. Por lo demás, las medidas del nuevo presidente son cada vez más ruidosas y efectistas que dañinas. Por ejemplo en el tema de los aranceles, la propia regulación interna entre los países de la UE equivale a un arancel del 45% para las manufacturas y del 110% para los servicios. Si bajamos los aranceles propios, neutralizaremos los de los USA. En cuanto a la batalla tecnológica de la IA, se pierde frente a EE.UU. debido a que no orientamos recursos para proteger a las empresas tecnológicas emergentes en Europa y dejamos por comodidad y codicia que se las lleven fuera.

Para terminar, hablar de rearme europeo cuando aún no disponemos de un ejército europeo, es echar margaritas a los cerdos. Como decía Churchill: “hagamos lo que tenemos que hacer, pero después de agotar todas las demás posibilidades”. Y esas otras salidas aún no están agotadas: Europa ha perdido mucho tiempo confiando en un aliado que ha dejado de serlo, Estados Unidos. Ahora debe defender su integridad e independencia, su libertad, un marco económico y jurídico estable y garantizado, una capacidad adecuada de ejercer una política exterior y, poco a poco, un sistema de defensa propio. Es hora de “reinventarse” no de “rearmarse”.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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6 marzo 2025 4 06 /03 /marzo /2025 04:10

LIBROS PARA COMPRENDER EL MUNDO EN EL QUE VIVIMOS...

... Y DEFENDERTE DEL ASEDIO Y SEDUCCIÓN  DE LAS TECNOLOGÍAS Y LAS IDEAS NEOFASCISTAS

Las nuevas tecnologías y el auge de los regímenes políticos e ideologías de ultraderecha, los populismos y el predominio de la permisividad antiética en las redes, conforman junto con la crisis e inseguridad climática y económica, más la proliferación de puntos bélicos o prebélicos en el mundo, una especial psicología global de miedo, ira y fatalismo que nos afecta a todas las personas que vivimos este siglo peligroso, aunque no en la misma medida. Y prepárense, la menor preocupación por el desastre climático, la polarización política o el rechazo a la inmigración,  se da entre la generación Z, los jóvenes de 18 a 24 años, así como el acercamiento hacia posiciones de intolerantes de ultraderecha y simbologías nazis o fascistas. Como denunciaba un ensayista  en la segunda decena del siglo XXI, “la cultura del capitalismo libertario (tan lejos del auténtico liberalismo) evoluciona imparablemente hacia el autoritarismo postdemocrático”...donde ya estamos navegando como prisioneros a remo, como personajes de una novela de J.G. Ballard, el profeta del nuevo milenio

Para estar mejor informados, librarnos de las mentiras y deformaciones que circulan por nuestras pantallitas y forjar una opinión realista, lógica, razonable y lo más cercana posible a los hechos y la veracidad, no hay como usar el mejor invento cultural humano de todos los siglos, el libro. En toda la oferta inmensa de ensayos sobre los diferentes aspectos de la actualidad sociopolítica, económica e ideológica, he escogido cinco títulos, basándome en la oferta de ideas que sugieren y en las temáticas que abordan: desde los problemas vinculados al universo digital, hasta la situación geopolítica actual y las principales cuestiones y desafíos que los conflictos actuales nos plantean. He tratado de resumir sucintamente los análisis y juicios que nos brindan los autores, manteniendo en todo momento una ecuanimidad muy necesaria en la era de las “deeepfakes”. La complejidad del momento está basada en la falta creciente de contenido (y manipulación) de ideas-base utilizadas por todos en el siglo XX y principios del XXI. El contenido de palabras como democracia, solidaridad, verdad-falsedad, comunismo, racismo, identidad sexual, violencia, libertad, formación educativa, participación, drogas, juventud emancipada, derecho a la vivienda, bases políticas, progreso, consumo, ecología, clima, contaminación, dinero...entre otras, han sufrido una mixtificación bastante significativa, cuando no absoluta.  

Y no sólo los conceptos y las ideas, también la manera de presentarlas, deformarlas y usarlas como munición de ataque y defensa. Todo ello en un clima de confusión formativa e informativa. Por tanto, ¡adelante y ajústense los cinturones! Comienza  el viaje entre libros que le mostrarán un mundo que creían conocer y que les va a asombrar y... a asustar.

El primero es de un analista político de “El País”, Andrea Rizzi, autor de un libro recién publicado: La era de la revancha (Nuevos Cuadernos Anagrama, 2025). Alejo Schapire nos ofrece La traición progresista y El secuestro de Occidente, ambos en Libros del Zorzal, 2021 y 2024. Lo posthumano de Rosi Braidotti en Gedisa (2013). Fake News, haters y ciberacoso, de Mauro Munafo en Ed.Laberinto (2021).

La era de la revancha

El libro de Rizzi es una profunda reflexión sobre los cambios geopolíticos, económicos y sociales de las últimas décadas que nos recuerdan (con sorpresa y alarma) ficciones como “1984” de Orwell, “El mundo feliz” de Huxley, “La hora final”, “El juego del calamar”, los filmes de robots e Inteligencia Artificial desaforada como “Matrix”, “Blade Runners” “Her”  “Terminator” o el ambiente social violento y agresivo  de “La naranja mecánica”. Pero, no se asusten, Rizzi es un defensor de la resistencia intelectual en el análisis y evita el catastrofismo, sin minimizar la gravedad de los conflictos que menudean en nuestra época como las setas en otoño. Y la única manera de mantener el equilibrio en este escenario es buscar y analizar las causas estructurales de esos problemas que a todos nos angustian: Ucrania, Israel-Palestina, crisis climática, emigrantes, ultraderecha creciente, Trump desmelenado y los que le ríen las “gracias”... entre otros. Y adonde pueden llegar a parar.

Esencialmente nos llama la atención sobre dos dinámicas proyectivas que en esta época compiten en generar desequilibrios: el desafío de potencias autoritarias (China, Rusia y sus abanderados) que cuestionan el orden mundial democrático liberal nacido tras la IIGM y un elemento más preocupante: porque han anidado en el seno de las democracias liberales  y apoyan la creciente ola de nacional-populismos., que captan y manipulan las frustraciones de grandes sectores sociales y les venden el humo de la nostalgia de las dictaduras de ayer. Entre ellas interactúan; lo hemos visto aquí, por ejemplo, en el auge de Vox al amparo de Trump. No cesan sus ataques contra los derechos humanos, el juego político democrático y determinadas cuestiones esenciales: el cambio climático, racismo, políticas de inmigración y un increíble revisionismo del nazismo y fascismos varios. Todo ello en un ambiente social exento de racionalidad, respeto a las ideas, humanismo y espíritu crítico. Añadamos al desbarajuste caótico del espacio digital, donde toda idea excesiva y absurda tiene su asiento, junto a una violencia verbal y una inmunidad devastadoras.

Rizzi, apoyándose en magníficas citas de Shakespeare, Calvino, Goethe o Dante nos recuerda que esos grandes dislates, esas voces discordantes y agresivas, han existido siempre, aunque quizá no con la resonancia que les da la plataforma mundial digital, regida por una fracasada tecno utopía  que había prometido más democracia en los ámbitos de la política, la libertad de expresión  y el resurgir de una nueva economía y ha provocado la lamentable polarización sociopolítica de muchos países (el nuestro, también), la inseguridad privada y una amplia gama de delitos digitales. Eso es lo que, según Rizzi, da solidez a ese espíritu de “revancha” que caracteriza nuestro tiempo. Y para terminar, nuestro analista deja un resquicio para que entre la esperanza: la humanidad debe afrontar con valentía, sacrificios  y solidaridad a todos los monstruos que la amenazan, pues –como promete Dante- sólo con la resistencia se puede superar el tortuoso camino y encaminarse hacia la luz de la paz y el respeto entre los seres humanos.

Pero para poder aplicar esa resiliencia es preciso tener clara las estructuras de la situación global y entender las “tribulaciones de occidente” (todo lo que nos está saliendo mal, a pesar de los buenos pronósticos, tras olvidar lo que nos enseñó la II Guerra Mundial); las “reivindicaciones de  Oriente” (todo lo que se ha torcido en esos países, debido a la buena salud de  los vicios dictatoriales);  y los “anhelos del Sur global”, harto del neocolonialismo y la explotación de los “grandes”. En el Epílogo de su libro, Rizzi nos  ofrece una visión ética y constructiva del panorama donde no sólo se rediseñan estrategias , alianzas y coaliciones (ampliación de la OTAN y de los BRICS),  sino que las cuestiones de fondo, respeto al ser humano por encima de razas o religiones, los derechos que recoge la Carta fundacional de la ONU, la igualdad entre los sexos o la diversidad, la protección de la infancia, la salud y el bienestar, el acogimiento a los inmigrantes y más por razones de supervivencia –guerras, hambre, sequías-, han sufrido la influencia coercitiva de los nacional populismos y están volviendo a surgir vallas, muros y  fronteras cerradas, anulación de los derechos de asilo, barreras arancelarias, colapso de instituciones internacionales (ONU, G20 y COP29) y anulación de tratados de control de armas y aumento de los gastos de Defensa en todos los países. Efectos que ya tienen el sello del elefante naranja Trump en la cacharrería mundial.

Nuestra norma de vivir bajo un orden aceptado y respetado  (basado en el consenso de instituciones, patrones y normas que guían las relaciones entre Estados y entre estos y sus ciudadanos) se deshace: prospera la impunidad, se rompe el equilibrio, crecen las narrativas incendiarias y la manipulación “informativa” gracias al sumo poder de las plataformas digitales, desaparece la fuerza ética de los medios tradicionales y se manipula el debate público; rigen los demagogos, la oligarquía gobierna en la sombra. Se instaura un orden injusto en el mundo, incapaz de ofrecer soluciones a problemas reales (el clima, la pobreza, la inmigración, la (in)formación, beneficia  a algunos pocos y perjudica a la mayoría, en grados crecientes e inaceptables de dureza.

Es precisa una reconfiguración del orden mundial, empezando por el Consejo de Seguridad de la ONU e instituciones de signo  mundial (como la OMC o la OMS), los derechos de asilo y la defensa común contra el cambio climático, para que reflejen mejor el mundo actual en las cuotas de derechos de voto y funcionamiento. Sin olvidar la pavorosa amenaza trufada de ilusionantes avances que es la Inteligencia Artificial. Es preciso un  nuevo contrato social que refuerce la calidad democrática y la cohesión social  a través de  consensos amplios, con mecanismos de recaudación fiscal sólidos y servicios públicos eficientes y protección social para los más necesitados.

Rizzi cita un párrafo de la novela de Italo Calvino “Las ciudades invisibles” para ilustrar la necesidad de una rebelión individual que rechace las tres grandes tentaciones del ciudadano de hoy: el ventajismo, saltarse las reglas; el partidismo, todos son malos menos mi partido; y el nihilismo, contra los abusos de la  autoridad y el poder. “El infierno de los vivos, no es algo por venir; si hay uno es el que ya existe aquí, el que habitamos todos los días y que formamos entre todos. Se puede aceptar el infierno y volverse parte de él. O, aprender a reconocer quién o qué, en medio del infierno, no es infierno y hacer que dure y darle espacio”. El peso de las acciones individuales como cortocircuito de ese remolino, adquiere un nuevo valor. Es la preservación del juicio personal y su orientación en el norte moral, rechazando los argumentos torcidos de la lógica del cierre de filas –grupos, partidos, no sólo fascistas o de ultraderecha- - desde dentro o desde cerca de ellas. La rebelión pueden empezar con un no, pero también con un ¿por qué? Salir del conformismo, la indiferencia o el nihilismo. Buscar la malla rota en las redes que nos oprimen.

La traición progresista

El primer libro de Alejo Schapire nos dice que el mantra de la nueva izquierda es “no ofender” a los que les comen el terreno, la ultraderecha y su gestión de los emigrantes, la oposición, los necesitados. Su error fue avalar una tendencia frustrada, la del capitalismo “woke”, que ha perdido la firmeza de las convicciones en pos de un “estar en la línea” que le hace difuminar sus ideales en compromisos a corto plazo. ¿Dónde está la numantina defensa de la libertad de expresión? ¿Por qué la defensa de las nuevas especies de sexualidad ha supuesto una trampa social y laboral de difícil encuadramiento? Y la lucha contra el racismo se ha ido convirtiendo de una forma sigilosa en un antisemitismo que hace decir a una reputada filósofa norteamericana, Joan Butler, que Hamas y las facciones radicales islamistas son “los abanderados de la lucha izquierdista contra los monopolios capitalistas”. Una deformación que está sujeta a una irrelevancia del progresismo en un mundo complejo que no admite ya las viejas y oxidadas fórmulas de la lucha de clases. Y así “las fuerzas que consideran el pluralismo una virtud –las antitotalitarias- son muchísimos más revolucionarias que las antiimperialistas y darán lugar a mejores luchadores por los objetivos de la izquierda tradicional” (Christopher Hitchens).

Este libro es como el espejo mágico de la madrastra de Blancanieves, nos muestra la vejez prematura de la izquierda antiimperialista, que está avalando modelos autoritarios, reactivando métodos de preservar la “pureza ideológica” que recuerdan al estalinismo, de relativismo moral y cultural y cometiendo errores de bulto como la condena sin paliativos de la salvaje respuesta israelí al ataque no menos salvaje de los “héroes de Hamas” y promoviendo auténticos autos de fe contra los rehenes de los islamistas (hasta el punto de romper públicamente carteles con las fotos de las mujeres y niños secuestrados). La traición del  progresismo narra un problema cognitivo: con tal de no estigmatizar al diferente, no tiene reparos en hacerlo con el que está enfrente. Y que nadie ose criticarlo. Un progresismo para el que el antisionismo es la coartada que convierte a los verdugos de los judíos en víctimas de la sociedad”.

En su segundo libro, El secuestro de Occidente, Schapire nos muestra con su lucidez  también un poco sesgada por su evidente tendencia de defensa del semitismo, como en Europa por los fallos de gestión ideológica de esa izquierda, se expanden los nacionalismos populistas en occidente que destruyen los pilares de la democracia y la racionalidad liberal. Y la lucha por la democracia se ha complicado sustancialmente ya que no sólo tenemos el auge de la ultraderecha, sino un progresismo que, sin percatarse de ello, comparte el dogmatismo identitario de la derecha extrema. Y los métodos inquisitoriales para acallar la disidencia. El “depende del contexto” con el que se justifican y manipulan actitudes y comportamientos “woke” ( palabra que inicialmente definía a los que están  “despiertos” ante cualquier tipo de discriminación social y racial) se ha convertido en la práctica en  una censura inclemente a cuestiones relacionadas con una rigidez de pensamiento sobre lo que es “correcto”. Ejemplo:  Disney en sus dibujos animados de “Peter Pan”, “Dumbo” o “El Libro de la Selva” pone una nota advirtiendo que “estas obras vehiculan estereotipos racistas”. La ideología “woke” se convertido en una especie de religión secular que impone un dogma infalseable y una moral binaria de buenos y malos en función de su identidad al nacer. La filósofa Judith Butler  es una de las gurúes del movimiento (representado con la ‘Black Lives Matter’: la identidad del grupo está por encima de la identidad individual) que acoge una militancia activa en defensa de la inflación de fobias rechazadas por el wokismo: homofobia, lesbofobia, transfobia, gordofobia...”. También promueve la destrucción de estatuas en su campaña de “Condena de la memoria” una fiebre destructora de estatuas dedicadas, por ejemplo, a Colón, Cervantes, Franklin, Lincoln, Churchill, Voltaire. En el plano laboral ha denunciado la “discriminación sistémica laboral” que olvida los criterios de méritos en los accesos a trabajos  y exige protecciones a minorías, aunque estén menos preparadas, sólo por ser negro, transexual o disminuido físico (“cuotas” de reserva laboral para esos grupos). Es una ridícula “policía del pensamiento correcto” orwelliana que, con sus excesos, han favorecido, por ejemplo, el regreso de Trump, que supera el “wokismo” a base de apoyar la extrema derecha y el autoritarismo.

Con Lo Posthumano, la profesora de la Universidad de Utrech, Rosi Braidotti, ya en 2013, daba un toque de alarma sobre algo que ya vivimos en el día presente: la desaparición de fronteras nítidas entre lo que es humano y lo que no lo es. Lo curioso es que a la velocidad que lleva el “progreso” del universo digital el libro podría estar ya desfasado. Pero no. ¿Por qué? Simple: Braidotti no se ocupa de los “avances” sino de las “tendencias” -de una complejidad apabullante- sobre cómo afrontar de forma ética y defensiva un tipo de vida que ya tenemos aquí: la comida genéticamente modificada, las prótesis orgánicas, tecnologías reproductivas, las identidades y roles sociales difuminados por la Red, la colonización de la vida cotidiana bajo el empuje consumista y depredador del Sistema-Mercado y el proceso capitalista imparable de depredación, producción y consumo bajo la lógica del beneficio. Y, por supuesto, la I.A. Los movimientos medio ambientales –y un cada vez más presente Cambio Climático- los de género, sacudidos por la permisividad “woke” y el anatema de la ultraderecha, más la lucha permanente por cuestiones raciales y emigraciones forzadas que ha dado un giro dramático al humanismo, frente a unos EE.UU. que han dejado de ser el faro de la democracia en el mundo.

Y, para cerrar esta oferta de libros necesarios aunque “inquietantes”, recomiendo el volumen de Mauro Munafó,  periodista digital italiano, experto en rastrear el mal uso de las redes sociales y en especial de las noticias falsas y el odio en línea, “Fake news, haters y ciberacoso: A quién sirven y cómo protegerse”. La espiral de retroalimentación entre las noticias falsas y los discursos de odio en línea, convierte ese fenómeno destructivo  en un cáncer de las redes, usado como uno de los arietes de la extrema derecha, los neonazis y los fascistas de nuevo cuño. El libro de Munafó, ilustrado con mucha gracia por Marta Pantaleo, toca asuntos de la relevancia de  un “Manual de acción contra el ciberacoso” ; “El asalto a la privacidad: doxing y revenge porn”, “Los hater”, “La fábrica de fango”, “El odio que vierte la red”, “Los daños reales del acoso virtual”, “Reconocer y desmontar una noticia falsa”, “Deepfake, la última frontera”, un “Manual para la verificación de hechos a prueba de bulos”, “Los acosadores invaden los juegos en línea”...más un glosario “para no perderse”. Todo servido con una redacción a prueba de no iniciados.

Son libros prácticos y necesarios en un mundo que se complica:  Trump, Putin, Orban, Milei, Milena, Netanyahu; Yemen, Siria, Arabia Saudí...varios países desdichados en África negra, China o Corea del Norte...crisis en la OTAN, los Brics, la ONU, la UE, la OMC, la Agenda del Clima... Sumen hambrunas, sequías, huracanes y Danas, fuegos inabordables, océanos esquilmados, refugiados y millones de emigrantes asaltando las nuevas fronteras valladas y con muros de la vergüenza en progreso geométrico...Como dijo alguien: “Que paren el mundo, que me bajo”.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

 

 

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2 diciembre 2024 1 02 /12 /diciembre /2024 22:03

COMPROMISO Y CULTURA (diciembre 2024)

MAFALDA INSPIRA LA CONCIENCIA CRÍTICA DE LA IZQUIERDA DESDE HACE 60 AÑOS

El dibujante argentino Quino creó un tipo de cómic que  satirizó la política y la sociedad en una época de luchas generacionales por la libertad

Conocí a Quino, Joaquín Salvador Lavado, en el Buenos Aires de los años 80, casi diez años después del ominoso golpe de Estado militar que le obligó a exiliarse en Italia, junto a  su mujer Alicia Colombo. Le llamé por teléfono, me dijo que odiaba las entrevistas pero al decirle que venía de Barcelona y trabajaba para “La Vanguardia”, aunque le entrevistaba para una revista juvenil que a la sazón dirigía yo, me citó en su propia casa, un piso alto, el décimo quinto, en pleno centro de la capital. “Venga a las doce, así a la hora de comer, le echo”, me dijo con tono irónico.  El dibujante era un hombre delgado, de estatura media, de unos 50 años -aunque aparentaba muchos menos- con aspecto frágil, miope y con grandes entradas que dejaban una frente de soberbio esplendor y mostraba un algo juvenil, casi contestatario, en su figura. Tenía una sonrisa tímida, era muy amable y se expresaba con precisión de filósofo, pero de una forma sencilla, simple y clara. “Tengo mis reparos con los periodistas, pero el hecho de que hablamos para una revista juvenil, me ha decidido. Yo creo que los jóvenes están “limpios” del pasado y pueden encarar un futuro mejor”. Me recibe en su pequeño cuarto de trabajo, con una mesa de dibujo inclinada, un sofá y una estantería repleta de libros. Tras las ventanas se divisa un horizonte de tejados. Quino me hablaría más tarde del “turbio y salvaje pasado” y para mi sorpresa se refería a la guerra civil española como uno de sus “horrores supremos”, aunque tenía 4 años cuando estalló y ya vivía con su familia en el exilio (Quino nació en Mendoza, provincia argentina, al este de los Andes). Entre los 6 y los 10 años perdió a sus padres y nunca logró superar su sensación de orfandad. Quizá por eso no llegó a tener hijos...cuestión que, por supuesto, no se me ocurrió plantearle.

Vaya por delante una aclaración: no vamos a hablar sólo de Mafalda, por su carácter de símbolo de una época, que mantiene su actualidad. Analizaremos todo el trabajo de este humorista excepcional. Quino fue uno de los más valiosos exponentes del humor gráfico de carácter socio-político, con un mensaje de un humanismo sin tacha, pleno de sutileza, inteligencia y causticidad, dotado de una habilidad definitoria sorprendente basada en la simplicidad de su dibujo y el trazo claro y limpio que aumentaba la contundencia de su mensaje. Uno percibe en sus historias gráficas una ironía ingeniosa y nunca agresiva, con una pátina de ternura y comprensión ante las contradicciones del ser humano. Ya en aquella entrevista me dijo que no pensaba “resucitar” a Mafalda jamás. ¿Por qué? Pregunté. La aseguré que haría felices a millones de fanáticos de esa niña fea, cabezona, divertida, ingeniosa e inteligente que resume en unas pocas palabras -entre la ironía, la inocencia y el sarcasmo infantil- todos los problemas realmente importantes de los humanos del pasado siglo. “Me cansé de ella, tenía la sensación de estar repitiéndome y...me desgastaba, no me dejaba vivir: un personaje fijo te limita. Y más, a mí, que no soy creativo de modo instantáneo. Yo soy pura laboriosidad. Borro muchísimo. Y trabajo de sol a sol, como un esclavo. Me voy a la cama a las tantas y aún entonces me llevo un bloc y un lápiz, por si acaso...Una visita, un incidente, puede arruinarme  una jornada de trabajo (sonríe con picardía al ver mi gesto de horrorizada disculpa). En tu caso hago una excepción. Me agrada charlar con un “gallego” de Barcelona. Yo también soy “gallego”, como llamamos aquí a los españoles y a sus descendientes. “Y Manolito, el hijo del tendero, que es uno de tus personajes más divertidos”, le recuerdo. Me habla del resto de  la pandilla de Mafalda: Felipe el niño soñador, tímido y siempre dudando de todo (lo digo a Quino que es mi personaje más entrañable: sonríe y me dibuja una dedicatoria con Felipe, en uno de sus álbumes); Susana, contrapunto burgués, mezquino, chismoso y clasista de Mafalda, Miguelito, egocéntrico y directo; Guille, el hermanito de Mafalda, que parece prometer más causticidad crítica y Libertad, tan chiquita como grande es su desafío personal a la autoridad arbitraria....Es como un símbolo irónico de la libertad humana, digo. Quino lanza una carcajada. “En realidad no trataba de simbolizar nada, era sólo el reflejo de algo real: en el barrio de Belgrano de esta ciudad, existe una estatua de la Libertad y es tan diminuta y está tan escondida que apenas nadie sabe de su existencia. En muchos países vivimos con una ignorancia muy extendida sobre dónde está la libertad”. Mafalda –me dice- fue más popular porque de alguna forma es el personaje de cómic que representa al Tercer mundo, como Charlie Brown y Snoopy, al occidente capitalista. “Lo cierto, me confesó, es que no me queda mucha esperanza en el ser humano...sea del hemisferio que sea; claro que hay buenas personas, pero en cuanto te descuidas, el que menos te esperas se convierte en una Susanita delatora o un Manolito sin bondad y codicioso”.

 

Quino me habla de su admiración por dos maestros del humor, Forges y el cineasta Woody Allen. Hace una última observación (ha aparecido su esposa con una sonrisa de disculpa y el anuncio de que la  “mesa ya está puesta” y me apresuro a despedirme): “el cine, como has apuntado antes, tiene mucho que ver con la estructura interior de la historieta, el montaje y los encuadres y su dinámica. Y eso se percibe no solo en las tiras de Mafalda, también en los dibujos de mis álbumes: “Qué presente impresentable”, “Déjenme inventar”,  “Gente en su sitio” o “A mí no me grite”, entre otros. Buen viaje de vuelta. Nos vemos en Barcelona.” Pero esa cita no tendría lugar. Hace cuatro años, el 30 de setiembre de 2020, un Quino muy baqueteado por un permanente estado de mala salud, se llevaría a su Mafalda como pasaporte para que el Portero de allá arriba le dejara pasar al País de los Inmortales.

Mafalda nació como un encargo publicitario de una empresa de electrodomésticos: las características exigidas, era que el nombre de la niña empezara con M, que formara parte de una familia de la clase media baja, -la que comenzaba a comprar electrodomésticos en Argentina a principios de los 60- y que tratara temas relacionados con el consumo y el aumento social de nivel de vida. Quino ya era un humorista gráfico conocido en el país por sus trabajos en revistas populares. La cosa no cuajó pero Quino decidió seguir con sus personajes aunque dándoles un aire más crítico y mordaz, en temas socio-políticos y culturales. Las tiras de la renacida Mafalda comenzarían a publicarse el 29 de setiembre de 1964 en la revista “Primera Plana” y un poco más tarde (desde 1965) en el diario “El mundo”. Y consiguió un pleno triunfal. No sólo gustaba a los niños por su sentido del humor y sus desafíos llenos de sensatez, sino a los mayores, por las demoledoras referencias a cuestiones que concernían a la vida cotidiana, laboral, familiar y política de cualquier adulto, seráficamente vistos desde la irónica inocencia, lúcida y demoledora, de Mafalda, ante la que los adultos no tenían respuesta posible. En dos años Mafalda había conseguido millones de seguidores y había “saltado el charco” consiguiendo similar éxito multitudinario en Italia, España (donde la censura franquista obligó a la editorial a poner el cartel “para adultos” en el álbum, como si fuera uno de Mino Manara) Francia, Alemania, Portugal, Finlandia, toda Hispanoamérica y hasta en China o Corea. En Estados Unidos, no. Quizá porque Mafalda no dejaba de condenar la guerra de Vietnam y el capitalismo salvaje.

Eran los tiempos de la contracultura, de la contestación intelectual y popular e incluso sedujo a sesudos tratadistas de la importancia, por ejemplo, de Umberto Eco. Hasta 1973 se publicaron unas 2.000 tiras de Mafalda en diarios y revistas de casi todo el mundo. Alguien dijo que Mafalda debía considerarse como uno de los personajes clave para entender los años 70. ¿Cuáles eran los temas que desarrollaba Quino a través del nivel del universo Mafalda? Pues, justamente aquí es donde entroncamos con nuestro aserto de que Mafalda no fue el mejor trabajo de Quino, aunque sí fue el más popular. Ya que la temática crítica de Quino, explotada a través del  minucioso y detallista dibujo del humorista, era más o menos, la misma: las revueltas estudiantiles, la corrupción política, la brutalidad dictatorial, los golpes de Estado, el pacifismo, la defensa de la mujer y el feminismo activo, la ecología –uno de sus temas preferidos: ya barruntaba que eso, sesenta años más tarde, sería uno de los problemas más candentes y amenazantes del mundo actual,- la industrialización tecnificada, la libertad de expresión (Quino llegó a conocer la manipulación del mundo digital, aunque ya le pilló demasiado mayor), las mentiras y los falseamientos en política, la indefensión, las emigraciones forzadas y rechazadas, la violencia en todas sus formas, las malditas, malditas guerras, los derechos humanos que son tan continuamente vulnerados...

En 1981 se llegó a realizar un largometraje en Argentina con los personajes de Mafalda, en color. El filme no tuvo éxito. Una espectadora le dijo a Quino que “la voz de Mafalda no era esa”. Curiosa trasposición psicológica de la “voz” de un personaje dibujado que es, sin duda, diferente para cada uno de los lectores de las tiras. Después se hicieron filmets reducidos, pero fueron mudos, bajo una música de fondo.

Leer a Quino en las páginas de sus libros, es una reflexión permanente, con sus ribetes de alguna carcajada y casi siempre, de una sonrisa ante el ingenio y la causticidad de sus denuncias. Esa es la razón por la que les he recomendado que busquen los álbumes de Quino y les garantizo unas horas de inteligente distracción que, a menudo, les arrancará una sonrisa cómplice y comprensiva. Y aunque siguen siendo actuales, en muchos casos los disfrutarán con un comentario: “acertaste Quino, así están las cosas, hoy”.

Figúrense de cómo estaban las cosas respecto a la buena salud de los trabajos de Quino que Gabriel García Márquez le dedicó unos párrafos en 1992 en ocasión de las celebraciones del Quinto Centenario, en el que se hizo un homenaje a Quino y su Mafalda en una exposición  de 2.000 metros cuadrados. Bajo el título “Quinoterapia”, el gran Gabi escribía: “Quino, con cada uno de sus libros, lleva ya muchos años demostrándonos que los niños son los depositarios de la sabiduría. Lo malo para el mundo es que a medida que crecen van perdiendo el uso de la razón, se les olvida en la escuela lo que sabían al nacer, se casan sin amor, trabajan por dinero, se cepillan los dientes, se cortan las uñas, y al final-convertidos en adultos miserables- no se ahogan en un vaso de agua, sino en un plato de sopa. Comprobar eso en cada álbum de Quino es lo que más se parece a la felicidad: ‘la quinoterapia’.

Pues bien, precisamente es ese el objetivo del presente trabajo. Ya no tenemos a Quino –mejor para él, sin duda- para que nos haga reír o sonreír al menos, con el tipo del tupé rubio -con apellido de trompazo de comic- que va a dirigir, de una forma seguramente surrealista, por calificarla con prudencia- la deriva de esa gran nación americana en horas bajas o que al otro lado del espectro hegemónico mundial pueda hacer un chiste sobre jerarcas mesiánicos dominando imperios-el ruso, el chino o el más diminuto pero igualmente peligroso de Corea del Norte-- con mano de hierro. ¿Qué diría Felipe, o Guille o Libertad o la misma Mafalda, del reinado de la mentira dañina universal a través de redes dominadas por magnates de la clarividencia ética de un Musk? Por tanto, Quinoterapia a gogó. Un poco fuera de onda por razones lógicas: hay el enorme hueco de los avances tecnológicos y de los “avances” en desastres naturales o “artificiales” desde Ucrania, Palestina y Líbano, Sudán o Yemen, los miles de personas desplazadas por el hambre y la guerra que son considerados “carne de cañón” por media Europa, Estados Unidos y otros países...y, por supuesto, la destrucción del ecosistema con efectos cada vez más frecuentes y más duros. Y eso sin nombrar las formas y estilos de vida y sociedad, invadidos por un sistema neoliberal del capitalismo avanzado, basado en la producción, el despilfarro y  un consumo sin contención, una pérdida del sosiego y el sentido común, el relajamiento total de principios y valores morales, el auto esclavismo laboral  y el desequilibrio en casi todos los órdenes de la vida.

Aún así, hagan la prueba, empiecen por una pequeña dosis de Mafalda, sobre todo de los últimos álbumes, y después entren a saco, si logran hacerse con alguno de los libros de la extensa producción de Quino y prepárense para gozar de buenos ratos, en los que la inteligencia y el ingenio, se unen a un sentido cáustico, pero a menudo tierno, del humor de este argentino-español, una especie de cruce entre Kafka, Canetti, Quevedo, Cervantes y el Conrad de “El corazón de las tinieblas”. Recuerden que hace sólo diez años, en 2014, Quino recibió en Francia  la Legión de Honor y en España el galardón del Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades.

Quino, volviendo a la entrevista del principio, había confesado que se sentía español y tenía pensado pedir la doble nacionalidad. Me he enterado indagando en su vida estos días, que durante su exilio en Italia, tras el golpe de Estado militar en Argentina, fue al consulado español en Milán para pedirla. Desdichadamente dio con un funcionario digno de sus álbumes que le espetó: “Y usted, con la edad que tiene, quiere hacerse ahora español?”. Quino contestó: “No se me había ocurrido antes, pero es que entonces estaba Franco”. Le dijeron “que volviera otro día”. Hasta el año 1990 no tuvo oportunidad de conseguirla y parece que se le aplicó un trato frío y protocolario, con un “firme aquí” y un “usted lo pase bien”.

Tengo la seguridad, por supuesto soñada y deseada, que Quino, que siempre fue un hombre algo tristón y nostálgico de imposibles, se ha merecido una sonrisa cómplice en el Edén de los luchadores de la Cultura, las Artes, las Ciencias y el Pensamiento Creativo. Seguro que cuando se cruza con Groucho Marx, Charlot, Buster Keaton, Einstein, Wittgenstein, Stevenson, Mann, Woodehouse o el mismísimo Homero, flanqueado de Cervantes y Shakespeare, no habrá ni uno solo entre ellos que no le dedique un guiño de fraternidad.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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2 noviembre 2024 6 02 /11 /noviembre /2024 18:45

Artículo publicado en el diario "La Comarca", 01-11-2024

Kámala Harris y Donald Trump, reflejan no sólo dos aspectos antagónicos de su ciudadanía y la profunda diversidad ética y política que los divide, sino el miedo, la ira y el odio subyacentes

Vaya por delante que tengo unas serias reservas hacia el candidato republicano a presidente de esa potencia hegemónica, Estados Unidos, en horas bajas, pero aún respetable y poderosa. No sólo por el aspecto agresivo e histriónico del personaje y su historial privado y político que roza  la pura y simple delincuencia o un perfil psicológico casi patológico, sino por el turbio engranaje irresponsable, bárbaro y antidemocrático con el que se rodea y que le aúpa mesiánicamente. Pero es un candidato político, más o menos dentro de la estructura democrática de su país y no sería aceptable, en un análisis político que aspira a la corrección, llevar dicha repulsa ética personal a vulnerar el principio de frialdad, equidistancia y respeto que requiere el examen de la situación norteamericana. Me atendré a los hechos.

Donald Trump y Kámala Harris han protagonizado una carrera electoral  irregular y accidentada, llena de insultos mutuos y descalificaciones poco correctas (agravadas por la agresividad trumpiana, todo hay que decirlo). Ello favorece a Trump, que carece de la más mínima contención y respeto hacia las normas de cortesía, educación o, simplemente, ingenio y dominio de la retórica y la ironía políticas (a menudo más directas y eficaces que los insultos de grueso calibre). Kámala en general se ha contentado con acentuar los muy conocidos defectos y bravuconadas dictatoriales de su oponente. Pero no se debe olvidar que hay una masa insondable de personas, de todo calibre ético y formación, que están respaldando a Trump, principalmente –llama la atención- grandes empresas financieras y figuras de la élite empresarial, entre las que destaca por su admirable “sintonía” caracterológica con el candidato, ese multimillonario llamado Musk, con actuaciones histriónicas junto a Trump.

Éste ya ha anunciado públicamente que si pierde es que hay fraude electoral y que recurrirá a “lo que sea necesario” para recuperar el poder “que le han robado”. La simplicidad perversa del argumento no parece enervar al país en su conjunto, exceptuando voces de protesta –lógicas pero poco atendidas- que quedan ahogadas por el tsunami de testosterona de los barbarizados trumpistas. La Harris es una figura de ribetes trágicos a la que han metido en una pugna que le viene humanamente grande, casi desbordante. Para comprender este estado de cosas –que es global y se repite en diferentes países, no sólo en el que nos ocupa- no va mal leer a Elías Canetti y la disección del caudillismo en “Masa y poder” o a Hannah Arendt y “Los orígenes del totalitarismo”, o, éste muy adecuado al actual momento histórico, “La monarquía del miedo” (publicado en 2018)  de la pensadora norteamericana Martha C. Nussbaum, donde destaca un elemento que suele pasar inadvertido y aquí es muy relevante: “lo político es siempre emocional”. Los analistas, buscan una hoja de ruta que explique la supuesta falta de lógica humana y política de lo que sucede en Estados Unidos. Y no nos percatamos de una emoción básica que ajusta las piezas aparentemente caóticas en un escenario con sentido: el miedo... la auténtica amenaza enmascarada de la democracia. El miedo a la vulnerabilidad económica, las reacciones de rechazo, ira o envidia, la pérdida de la calidad de vida, las exigencias y aceleración que el capitalismo neoliberal imprime a los acontecimientos, el temor a la inmigración o a las minorías étnicas  o religiosas, la diversidad sexual, el papel de la mujer...El ciudadano no tiene tiempo de reflexionar, aturdido por el exceso de información y de desinformación. El “ruido” de las redes, los medios de comunicación, los venenosos ‘podcats’ y grabaciones tóxicas de ‘influencers’ que difunden odio y rechazo, la incendiaria retórica de los “líderes carismáticos”, las manipulaciones de imágenes de la I.A., generan emociones que bloquean la deliberación racional, cercenan la esperanza e incapacitan para gestionar el miedo. La conclusión es que estas elecciones las perderán un poco todos (la perderemos, dada la globalización inevitable); ninguno de los aspirantes puede constituir una sorpresa o un motivo de esperanza: cabe esperar que abunden los votos en contra y una abstención mayor (hay un creciente desinterés por la política: un tercio de posibles votantes no se registra como elector). Es evidente la polaridad social: las campañas electorales han sido agresivas - como lo será el sentido del voto -‘en contra de’- más que -“a favor de”-. Por un lado, son atacados el atlantismo, los “fantasmones” de la inmigración, las diversidades sexuales, el empoderamiento femenino y por el otro, la defensa y empoderamiento de la mujer, el derecho al aborto, de las minorías, una política de inmigración respetuosa y comprensiva y el apoyo a la OTAN. Por eso la euforia del que gane será más por la derrota del otro, que por su propio trabajo por hacer. Y detrás de todo ello, el miedo: a perder lo que se tiene o a no poder disfrutar del “paraíso americano” por la invasión de factores externos. Y eso está grabado en el subconsciente del ciudadano norteamericano. Y ahí ya aparecen las emociones: la ira, el odio, la envidia, el racismo...rodeadas por el miedo, auténtico motor emotivo electoral.

Viendo y leyendo las intervenciones de los candidatos, sobre todo las de Trump, mucho más agresivas y surrealistas, he recordado una película norteamericana –hay dos versiones: una de 1962 y otra de 2004-:  “El mensajero del miedo” (“The Manchurian candidate”), basada en una novela de Richard Condon. Ilustra la importancia de las emociones, del miedo concretamente, en la “radiografía patológica” del momento actual, en el seno de la sociedad norteamericana y en el auge y tal vez “resistible ascensión” de ese ‘Arturo Hui’ (el protagonista de una obra de teatro de Bertold Brecht, inspirado en Hitler) que es Trump y lo que todo ello significa en este momento. Nos cuenta la película cómo el condicionamiento en la conducta hacia objetivos determinados, producido por la manipulación neurológica cerebral (los famosos “lavados de cerebro” de la época de la ‘guerra fría’) puede llegar a provocar comportamientos delictivos, realizados prescindiendo de la voluntad y la ética social del individuo. Un candidato a la vicepresidencia de los EE.UU. ha sido convertido en una pieza subversiva al servicio de otros intereses (políticos en la primera versión y económicos en la segunda).  Ese candidato, héroe de guerra con una fanática y ambiciosa madre senadora, llegaría a la Casa Blanca tras el asesinato del futuro presidente perpetrado en la misma celebración electoral. En lugar de él, morirán la mamá perversa y su hijo (anulado y dominado por los malos de la corporación). Salvando el escaso fundamento científico argumental, lo que sí muestra la película es un reflejo –sin dejar de remarcar que se trata de una ficción- de la realidad actual que protagoniza Trump, debido a sus características personales y su conexión con empresas y líderes del gran capital norteamericano (también en el boyante sector de las nuevas tecnologías). En el film, un personaje comenta “será el primer presidente de este país dirigido por una gran corporación empresarial”.  

Al margen de la película, lo cierto es que los últimos actos electorales republicanos parecen surgidos de la filmoteca norteamericana. Durante las seis horas de baño de masas en el mitin de Nueva York del pasado domingo, Trump vulneró todas las fronteras del buen gusto, el juego limpio y la contención verbal. En un ambiente conspiranoico, exaltado y agresivo, Trump desgranó sus mensajes xenófobos. Entre los otros oradores se encontraban el inevitable Musk, el “independiente” Robert Kennedy, cuyo apellido puede inducir a error a un observador no informado, el ex alcalde Giuliani y, apropiadamente, el luchador Hulk Hogan, un bárbaro de aspecto cavernícola e incluso un supuesto humorista que comenzó a vociferar chistes contra latino y afroamericanos (algo poco inteligente dado el curioso auge del voto de esas minorías hacia Trump), judíos y palestinos. Todos superados por el propio Trump que lanzó sus acostumbradas acusaciones, mentiras y amenazas, coreadas por un público fanatizado-. Incluso añadió que, tras su victoria, sus adversarios demócratas serían considerados como “el enemigo interior”, “una izquierda comunista radical dirigida contra el pueblo” y jaleada por algunos medios de comunicación. Volvió a insistir en la posibilidad de que hubiera otro fraude electoral (“como el de las pasadas elecciones”) y añadió “los que piensen lo contrario son unos criminales”. El amor de ese país por las grandes algaradas, los actos multitudinarios y los excesos verbales se vuelven bastante sintomáticos en este siglo XXI. Así es el “circo” electoral: bandas de música, chicas danzantes y miles de carteles del endiosado líder.

No es posible aventurar resultados, ni tampoco comportamientos posteriores, una vez que cualquiera de los dos llegue a la Casa Blanca. Lo lógico es que, pasada la efervescencia violenta del rubio candidato, si es confirmado como presidente, haga una discreta marcha atrás en ciertos temas que tienen unas exigencias imperativas y afectan a la economía internacional, el dólar y las finanza, el coste de la vida y el estado de la educación y la salud en el país. Lo de “seré un dictador desde el primer día” de Trump, ni siquiera en él debería ser viable. Si llega a presidente, posiblemente sea “dirigido” en la sombra, de una manera más responsable aunque interesada, por los enormes poderes económicos que lo respaldan. Trump es sólo el “mensajero del miedo”. Si ganara Harris, la cuestión es diferente. Esta mujer tiene los pies asentados firmemente en el suelo. Europa dejaría de temblar ante las obcecaciones de Trump y aspiraría a una entente; Putin seguiría su curso, a no ser que la presencia coreana en las trincheras provocara a la OTAN; Netanyahu rebajaría su ardor genocida y buscaría una “solución pactada” que preservara sus conquistas... Tal vez se abriría una época más sosegada en el plano internacional y se buscaran soluciones reales a problemas reales, con una ONU, incluso unos BRICS, más respetados y abiertos al diálogo. ¡E si non é vero...e ben trovato!

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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11 octubre 2024 5 11 /10 /octubre /2024 17:11

“Una región, dos Estados”, la “solución” de la ONU, apoyada por Europa y EE.UU.,  ha sido arrojada al baúl de lo imposible

(Artículo publicado el 11-10-2024 en el periódico "La Comarca"

El pasado lunes, día 7 de octubre, se cumplió el primer aniversario de la cruel y brutal matanza de jóvenes civiles desarmados que estaban disfrutando de una fiesta musical en suelo israelí cerca de la frontera con la Franja de Gaza: 1.205 muertos entre israelíes y extranjeros, más el secuestro de 251: de ellos, algunos murieron y otros fueron rescatados; 97 siguen cautivos, aunque Israel da por muertos a 34. Fue una acción perpetrada por milicianos de Hamás. La presunta inviolabilidad de las fronteras israelíes y su  perfecto servicio de vigilancia electrónica quedó en evidencia. La reacción israelí no se hizo esperar, avalada y justificada por la barbarie de Hamás. Sin embargo la violencia, generalización y brutalidad de la respuesta fue desmesurada y aún se mantiene, con más vigor si cabe. Más de un año de violencia militar indiscriminada, que lleva casi 50.000 víctimas, la mayoría población civil palestina y libanesa. Muchos analistas  desconfiaron de la evidente “oportunidad” del ataque de Hamás para servir de justificación a una desatada venganza anexionista (documentada militarmente con anterioridad). Y aquí no sirve la desvergonzada retórica de Netanyahu y su Gobierno de que los que critican el actual estado de cosas, incluida la invasión terrestre de Líbano y la desproporcionada actividad militar israelí, son antisionistas. Aunque es cierto que el antisemitismo está muy presente en determinados países y últimamente está aumentando. Y eso es una mala noticia para el mundo judío, mucho más complejo y valioso que la actual formulación política revanchista de Israel.

Pero de lo que aquí se trata es de un tipo muy extremado de israelíes cuyo crecimiento podría obedecer a esa fórmula muy reiterada de ser un pueblo perseguido que recurre a medidas extremas para preservar su existencia. Y ante eso, olvidan que los palestinos también tienen sus razones y su histórico temor a ser masacrados. Israel, nadie lo duda, tiene derecho a vivir en paz y seguridad. Pero ni su historia, llena de episodios vergonzantes como los perpetrados –no solo por la Alemania nazi, otros países europeos colaboraron en ello- desde los 30 del siglo XX y la II Guerra Mundial-- ni su presente como nación próspera, justifican la arrogante, ilegal e intolerable empresa bélica en la que se han metido.

El nuevo conflicto, siempre candente desde 1947, tiene visos de convertirse en una sangría sin fin. Es un círculo vicioso de una malignidad desconcertante. Para unos todo comenzó en la nakba (palabra árabe que designa un acontecimiento horrible, una catástrofe) de 1948 cuando 750.000 palestinos fueron desalojados de sus hogares y sus tierras para que allí se asentara un nuevo Estado, Israel. No resulta difícil entender que esa longevidad del conflicto árabe-israelí está rodeada de un sinfín de intereses creados y circunstanciales que van variando muy poco a través de los 76 años transcurridos. La codicia de unos –los colonos- la desvergüenza amoral de otros, los políticos (como prueba, un botón: los procedimientos judiciales que penden contra Netanyahu en cuanto abandone o le echen de la poltrona del poder), las florecientes industrias armamentistas y las tecnológicas que enriquecen a muchísimas empresas y personas, la geoestrategia de muchos estados a los que favorece el actual estado de guerra, la evidente lucha hegemónica entre las grandes potencias, la casi indiferencia y falta de solidaridad de la “hermandad musulmana” (carente de una estrategia común), la ambición anexionista territorial del Gobierno israelí... y a pesar de todo, no hay noticia – ni se le espera- de un posible diálogo pacífico bajo la protección de las Grandes Potencias y de la ONU, que en estos días ha perdido casi toda la confianza internacional. Hasta su honorable secretario general, el portugués  Guterres, hombre de paz sensato e irreprochable, ha sido declarado “persona non grata” por el Gobierno de Netayanhu y se le ha prohibido la entrada en el país.

Después de las actividades bélicas indiscriminadas contra la Franja de Gaza tras el 7 de octubre del pasado año, con un conteo inmisericorde de víctimas palestinas, hambre, sed, enfermedades, huídas masivas bajo las bombas y las balas, el pasado 18 de setiembre aparece una novedad bélica: ‘buscas’ y ‘walkie-talkies’ en manos y bolsillos de palestinos relacionados supuestamente con Hezbolá, estallan casi al mismo tiempo, provocando miles de heridos y bastantes muertos y colapsando los hospitales de Beirut. Fue un salto tecnológico cualitativo en esta guerra sin fin.

A principios de octubre comienzan los bombardeos contra zonas y barrios de Beirut que los militares israelíes definen como “incursiones selectivas seleccionadas” y se prepara la invasión terrestre de Líbano. Hay decenas de muertos cada día. No sólo combatientes, claro está. El 28 de setiembre los bombardeos “selectivos” israelíes, acaban con Hasán Nasralá, líder máximo de Hezbolá durante los últimos 32 años que logró que su organización tuviera rango casi gubernamental en un Líbano sin fuerza política firme. Los iraníes envían casi un centenar de misiles pero con la suficiente publicidad –y mediaciones secretas, para no ser más que una supuesta prueba de fuerza. Al día siguiente, Netanyahu se presenta ufano y prepotente ante la Asamblea General de la ONU –con numerosas sillas de delegados vacías y abucheos intermitentes- y muestra sus cartas con desfachatez: dos mapas de gran simplicidad en los que se puede percibir el Nuevo Orden israelí en la región, su expansión territorial y político-bélica para este próximo futuro. Ello redunda en una situación angustiosa para el mundo: la virtual falta de autoridad y prestigio de la ONU, acompañada del nulo respeto a las peticiones y exigencias del Tribunal internacional de Justicia, que exigió a Israel medidas cautelares para evitar el genocidio y finalizar la ocupación de Cisjordania, reparar los daños y, por supuesto, suspender la invasión de Líbano. Todo ello favorece  la entronización de la violencia, el abuso y la desigualdad en las relaciones internacionales, así como la impunidad absoluta de los países y dirigentes que recurren a la máxima violencia para imponer sus intereses. En una palabra, la ruptura quizá irreparable del orden internacional basado en la democracia.

¿Qué hace la comunidad internacional ante este desproporcionado y sangriento abuso de poder militar?  Estados Unidos se lamenta y pide hipócritamente a Netayanhu que detenga las operaciones militares y que respete a la población civil, pero ante la negativa de este, no detienen el flujo de armas y dólares que entran continuamente en Israel. La UE protesta, acusa y condena, representando a esos coros de lamentaciones y lloros profesionales, pagados, –las plañideras- que solían rendir homenaje a determinados fallecidos en ciertas costumbres de los países mediterráneos. Es cierto que algunos –España entre ellos- han reconocido el Estado de Palestina, que Alemania  y el Reino Unidos frenan las exportaciones de armas. Pero no hay una actitud firme y relevante de la UE para frenar los abusos de poder israelíes, sin negar el debido apoyo a la seguridad del país, pero sin permitir que este desborde la legalidad y los valores democráticos que deberían regir en el concierto de naciones del mundo del siglo XXI.

Se está repitiendo el mítico enfrentamiento entre el pequeño David y el gigante Goliat. Solo que en esta ocasión la narración ha cambiado. Goliat es más pequeño que David, pero está mejor armado y carece de prejuicios humanísticos y de contención de la violencia extrema. Goliat es Israel. Y David, el pequeño, sigue –en comparación-   escasamente armado y carece de la suficiente ayuda y protección de la comunidad musulmana. Ahora los árabes han entrado en la segunda nakba que, de momento, ha costado casi 50.000 vidas. Aunque para Trump (posible nuevo presidente de Estados Unidos), todo esto se reduce a una metáfora: se trata de “dos niños peleándose en el patio de recreo del colegio”, el conflicto dista mucho de ser fácil de encauzar hacia una solución viable. El intercambio de misiles entre Irán e Israel y las amenazas y bravatas subsiguientes, junto a las incursiones de los israelíes contra Yemen, Irán y quizá Irak, (que protege a grupos pro-iraníes) está convirtiendo la espiral bélica en un posible conflicto regional de consecuencias imprevisibles.

Se nos presentan cinco incógnitas relevantes: ¿Puede afectar la situación bélica al suministro de petróleo, con un eventual cerrojazo al paso de Ormuz? ¿Qué consecuencias tendría un ataque al sistema nuclear de Irán? ¿Se puede llegar a una guerra total en la zona, que provocaría la entrada en el conflicto de Arabia Saudí, Emiratos Árabes,  Bahrein, Egipto e incluso la pacifista Jordania? ¿Podrían intervenir Rusia y China por un lado y Estados Unidos y la UE por el otro, en una confrontación de intereses? ¿Cómo podría cambiar este escenario multinacional con la victoria del belicista, insolidario e imprevisible Trump?

Un elemento a tener en cuenta también son los prejuicios occidentales hacia el extremismo chiíta de Irán, Afganistán y otros. La intolerancia casi medieval del chiísmo y su estilo de vida (incluida la subyugación vergonzante de las mujeres y el adoctrinamiento de la violencia identitaria defensiva en la educación de niños y jóvenes) crean un malestar sesgado contra esos países en las poblaciones occidentales. De momento el sur global rechaza la actitud de Occidente en este problema, considerándola una muestra más del complejo supremacista de estos países que reviven de otra manera la etapa colonial tras una retórica universalista de democracia y derechos humanos, permitiendo que Israel, esa “potencia subrogada de Occidente”, destruyan “cuerpos negros y morenos” por razones de raza, color de piel, religión o costumbres, aunque en el fondo sólo para proteger sus intereses. Y ya nadie piensa en aquella idea surgida en la ONU – institución paralizada con el sistema de veto- y con el apoyo de Europa y Estados Unidos, “una región y dos Estados” en paz y solidaridad mutuas. Reposa en el baúl de lo imposible.

Los líderes europeos han expresado sus condolencias a Israel en el aniversario de la matanza y reconocido un aumento de delitos antisemitas en el continente, pero al mismo tiempo han pedido el alto el fuego en Gaza y Libano en la ofensiva israelí contra el grupo proiraní Hezbolá. Pero Netanyahu sigue impertérrito e incluso se ha atrevido a calificar a España de “paraíso del antisemitismo”, enturbiando las relaciones entre los dos países. Mientras, ha añadido 7.000 soldados al ejército de invasión que se extiende por el sur de Líbano.

Seguiremos desgranando –en un segundo trabajo-  este complejo tema, que amenaza el futuro no sólo de la región en conflicto sino del orden mundial. Dicen algunos que cuanto más profunda sea la desesperación más intensa será la esperanza. Se trata de aplicar la “pasión por lo posible” que tiene la esperanza, de forma que neutralice la desesperación destructiva. Y la paz siempre está dentro de lo posible...

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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1 octubre 2024 2 01 /10 /octubre /2024 18:49

LA FILOSOFÍA, ORIGEN Y ADVERTENCIA DEL PROGRESO Y DE LOS ERRORES DEL SIGLO XXI

 

LEIBNIZ, KANT Y KIERKEGAARD, TRES GENIOS QUE ANTICIPARON EL SINGULAR PERO PROBLEMÁTICO PRESENTE DE LA HUMANIDAD

 

 Ustedes se preguntarán qué diablos tienen en común, qué objetivos semejantes o qué vidas en paralelo unen a estos tres hombres –Gottfried Leibniz, 1646-1716; Inmmanuel Kant (1724-1804) y  Soren Kierkegaard (1813-1855), que viven encabalgados en  tres siglos y a los que nadie propondría como los Tres Camaradas de la Filosofía, por sus temas, sus métodos y el desarrollo intelectual de sus ideas. Sólo hay una semejanza  que une a los tres: su inteligencia y la ambición “totalizadora” de sus obras ( más evidente en Leibniz y Kant que en Kierkegaard).

Aparte de leer o repasar las obras de estos tres colosos filosóficos me he basado en tres libros recientes aparecidos donde se analizan la vida, obra y repercusiones de cada uno de ellos: EL MEJOR DE LOS MUNDOS POSIBLES (Los 7 días que cambiaron la vida de Leibniz) de MICHAEL KEMPE –Ed. Taurus; EL TORBELLINO KANT de NORBERT BILBENY- Ed.Ariel: KIERKEGAARD, El filósofo de la angustia y la seducción de JOAKIM GARFF- Tusquets Editores.

Dos circunstancias despertaron mi atención para realizar este trabajo. Una, el debate periodístico y cultural sobre la cada vez más evidente necesidad de nutrir y dar mucha mayor importancia a los estudios y la formación filosófica en los planes educativos y –idealmente- en los medios de comunicación en general. Es una cuestión que crece exponencialmente ante el impacto de las nuevas tecnologías en el desarrollo mental e intelectual de las personas: desde la hegemonía operativa de los móviles, las Redes, la IA y las implicaciones tecnológicas en nuestras labores en su totalidad; desde las más íntimas, a las laborales y las sociales. Una tendencia invasiva que llega a cuestionar la misma existencia del ser humano, superado en todo por la máquina, excepto en el núcleo de su propio ser: las emociones y sentimientos desde lo personal, lo familiar, lo social y lo político. La segunda circunstancia, que se sigue basando en la constante aparición de libros y artículos de prensa y revistas especializadas o debates públicos en los que se reivindica una mayor presencia de la filosofía en la formación escolar, universitaria –aunque sea técnica- y en todos los medios de comunicación, de argumentos en favor de esa necesidad. Y en esos trabajos se perciben algunas veces citas de los tres filósofos citados y en alguna ocasión a los tres conjuntamente, porque sus aportaciones teóricas y de especulación filosófica resuenan llamativamente en muchos aspectos de nuestro presente socio-tecnológico, la moral y el sentido ético, las actitudes y comportamientos de las población global. Como aseguraba uno de esos trabajos citados, el optimismo de Leibniz, el humanismo de Kant y la angustia existencial de Kierkegaard (hay muchos más elementos) han influido de manera directa en bastantes aspectos de las ideas, comportamientos sociales y conceptos filosóficos propios de  los siglos XX y XXI. Estos tres filósofos sugieren tras una lectura atenta y alternante, que han contribuido de manera muy especial a constituir el corpus de muchos de los problemas, progresos, errores y hallazgos de la filosofía del momento y su reflejo en la sociedad actual.

 

 GOTTFRIED LEIBNIZ

 

Comencemos este paseo filosófico con Leibniz. Cercano a Descartes y Spinoza, racionalista contumaz, despejó el camino en pleno siglo XVII  a los hervores revolucionarios de la Ilustración que acontecerían en el siglo siguiente. Cuando Descartes le dio una patada –pienso, luego existo-  a los siglos de filosofía escolástica y medieval sin llegar  a oponérseles del todo –eso le hubiera acarreado problemas- pero sentando la base de ruptura con la tradición establecida a través de la duda metódica,  hizo temblar los cimientos de las estructuras del pensamiento, casi a la altura del “sólo sé que no sé nada” socrático. Leibniz, campeón del conocimiento de ámbito universal, añadía valores donde Descartes los restaba. Y si este buscaba la simplicidad racional y simple de un comienzo radical como apertura al conocimiento, Leibniz abría generosamente la mente a todos los conocimientos y materias para revalorizar y, al tiempo, renovar: desde el campo de la justicia y el derecho a la psicología, la filosofía y las ciencias humanas, desde la física al conjunto de las ciencias naturales, sin desdeñar la política, la historia e incluso la técnica curiosa y específica de ordenar y mantener e enriquecer las bibliotecas.  Y no sólo aportó relevantes adelantos en todas esas materias sino que, siguiendo el consejo estoico, pasó a la acción y aplicó esos conocimientos a la vida práctica pública y privado, ejerciendo  sus varios saberes en la corte de Hannover y a través de una copiosísima correspondencia con las más importantes figuras del poder político, las artes y las profesiones en su tiempo y de toda Europa.

Leibniz es la figura del sabio universal por excelencia con la particularidad de que más que establecerse en las nubes elitistas de los eruditos, sus pensamientos ofrecían siempre una índole práctica que les acercaba a todos los estamentos sociales. En eso preludiaba ya el talante de nuestra época con el sesgo pragmático y utilitarista del conocimiento. Para él, el pensamiento no debe dar la espalda a la realidad, la teoría debe ser de utilidad práctica, la complejidad no debe estar reñida con la claridad. Y el verdadero conocimiento tiene una doble base: el juicio y la invención. Es lo que ahora llamamos “innovación”: juzgar y descubrir.  Su lema personal era “Theoría cum praxis”: la teoría debe convertirse en práctica y la práctica no puede subsistir sin la teoría. Piensen que abrió el camino a la digitalización a través de su hallazgo del sistema binario, pero también diseñó las primeras máquinas de calcular, cultivó las matemáticas aplicadas: inventó un signo matemático nuevo, el de la integral que daría luz al indispensable cálculo diferencial. Su filosofía analítica y la aplicación de la lógica a la vida común resultan muy cercanas a las de hoy día. Fue en 1703  cuando creó las bases del sistema binario, fundamento de la informática. Todo ello con una particularidad: su radiante optimismo. No entendido como una posibilidad etérea, mística y poco racional, sino profundamente práctico y sencillo, basado en brillantes análisis de posibilidades y opciones. Rechaza la unilateralidad del pesimista, que condena al mundo y a sí mismo y explora las posibilidades y potencialidades que permiten un camino positivo.

Su obra principal, “Ensayo de teodicea. Acerca de la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal” razona sobre la lógica interna de la existencia del mal y el sufrimiento y el dolor en un mundo que ha sido creado por Dios, y en el que optó, en salvaguarda de la criatura humana, y su libertad de elección –que es lo que le confiere dignidad-  crear “el mejor de los mundos posibles”, en el que el mal era una parte necesaria aunque indeseable, del complejo y también necesario equilibrio -entre lo positivo y lo negativo- del mundo.  La obra rompió muchos esquemas tradicionales y logró que Voltaire la tratara de pulverizar con una novela satírica “Cándido” , en la que además de acusar a Dios de indiferencia ante la desgracia humana –cita el terrorífico terremoto de Lisboa de 1755 que causó miles de víctimas y destruyó la ciudad-  ridiculiza a Leibniz con las absurdas teorías del erudito Dr.Pangloss donde los enterados en filosofía, vieron una parodia de Leibniz. Michael Kempe, al contrario que Voltaire, ve en el optimismo de Leibniz una doctrina indispensable en nuestros días, en los que el pesimismo –que muchos llaman “realismo”- ha tomado carta de naturaleza con estos dos terribles siglos, el XX y el actual, y rezuma por todos lados su “razonable” pestilencia –en la que casi todos caemos alguna vez-.

IMMANUEL  KANT

Kant nació hace trescientos años exactos en Königsberg, entonces un enclave alemán de Prusia Oriental a orillas del Báltico. Un lugar muy apetecible estratégicamente. En 1945, tras la II guerra mundial fue ocupado por Rusia y pasó a llamarse Kaliningrado. Stalin expulsó a dos millones de alemanes que allí vivían y lo repobló con ciudadanos rusos. Sin Kant, nadie recordaría ese enclave. Fue un sorprendente profesor, enciclopédico, intelectualmente osado y revolucionario en su percepción del hombre y sus cometidos, desde el mismo origen de su pensamiento hasta todas las variedades y profundidades, ética y moral, racional, lógica, filosófica y científica de la vida personal, social y política. Casi resulta una obviedad argumentar el porqué de la perenne actualidad de este puntual (los ciudadanos de Königsberg ponían su reloj en hora cuando Kant comenzaba su cotidiano paseo matinal) y puntilloso ciudadano prusiano de hace tres siglos. Sólo les diré que en una nota a pie de página de la “Crítica de la razón pura” (1781) decía: “es la época de la crítica, a la que todo debe someterse” desbancando toda opción a la metafísica y a las mentiras. Justo lo que el siglo XXI necesita desesperadamente. Pero sigamos...

Kant es la razón práctica, es la razón teórica, es la razón pura...en suma, es la razón como atributo humano que nos hace más humanos cuando sabemos aplicarla y conocemos sus límites y variedades. Es la referencia inexcusable de cualquier humanista amante del progreso, de la democracia, las repúblicas unidas por la solidaridad y el bien común, el cosmopolitismo y el respeto a todas las variaciones, a todos los diversos seres humanos, sea cual sea el color de su piel, sus creencias religiosas o sus simpatías políticas. Y por supuesto, el estado de su bolsa. Preconizaba la necesidad del consenso y el diálogo entre las naciones, en su libro “Sobre la paz perpetua”  mientras sufría la presión de un monarca –Federico Guillermo II- con ansias dictatoriales. Dijo en su libro: “La posesión del poder perjudica  el libre juicio de la razón”. ¿Hay algo más actual que esa frase para nuestro siglo? Pues justamente vivimos en una situación en la que dominan las propagandas y los dislates más tortuosos en los medios, tan alejados de la razón kantiana como este público poder de las emociones que trata de mantener a los ciudadanos en una disfrazada minoría mental.

Fue partidario de una educación universal e igualitaria y sustentador del imperativo categórico: “Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley para todos. De tal modo que trates a la humanidad, tanto a cualquier otro como a ti mismo, como un fin en sí, no como un medio. Y que esa máxima de tu voluntad pueda valer como principio de una legislación universal”. Ahí es nada.

Las influencias –visibles o indirectas- de su pensamiento, en los siglos posteriores, se ha mantenido incólume aunque en muchísimos aspectos no ha superado la fase del “deber ser”, una meta más o menos lejana pero  posible. Para él la dignidad del hombre es un valor absoluto. Por ello debemos actuar siempre con buena conciencia y mejor voluntad y cómo, figúrense, en toda circunstancia y sin descanso debemos atrevernos a intentar comprender  lo que juzgamos incomprensible. Todo esto se encuentra en dos de sus obras: Crítica de la razón práctica (1788) y Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785).

Kant, lector del  Emilio de Rousseau, sostiene en todo momento que sólo la ética nos obliga y con el uso recto del pensamiento no hay una realidad oculta, no hay ninguna verdad fuera de nuestro alcance: no son necesarias las creencias religiosas o la subordinación a ellas. Sabemos lo que está bien porque tenemos conciencia de que existe una ley moral, aunque también, en uso de la libertad, podemos engañarnos y traicionarla. Entonces también nuestros actos se convierten en irracionales. Y también obramos en contra de aquello que por las leyes de la evolución natural tenemos grabado en nuestra mente para poder razonar sobre las experiencias posteriores. Kant esboza un pensamiento que se acerca a los principios de la física cuántica: el mundo que vemos es mucho más complejo de lo que creemos ver y  lo observado cambia por efecto de la mirada del observador. Quizá la teoría kantiana ha quedado desfasada, vía Einstein: la pura razón humana no está capacitada para alcanzar o entender la verdad absoluta. Kant pensaba que sí, aunque admitía que la razón podía entrar en contradicción consigo misma y lo esboza en una pregunta sin respuesta: ¿cómo elegir entre dos cosas que se contradicen entre sí, pero que  ambas son verdaderas?  Ese ver la existencia desde por encima de la escala humana es, según la tradición religiosa (que Kant no sigue pero respeta) ponerse a la altura divina. Kant no da un paso más, pero admite –adelantándose tres siglos- que la razón nos proporciona un medio, quizá abismal, para iniciar ese viaje. Y considera un esfuerzo bien empleado –aunque quizá no lleve a ninguna meta- pues esa navegación peligrosa es una excelente escuela para aprender a navegar en el futuro por las procelosas aguas del ser y el mundo.

Kant sitúa al hombre, al ser humano, en el centro del trabajo filosófico de toda su vida: desde sus teorías del conocimiento a sus consejos éticos y a su crítica de las religiones. Y dejó en el aire para las generaciones posteriores tres preguntas fundamentales: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer?  y ¿Qué me está permitido esperar? Las respuestas a esas preguntas configuran lo que es un hombre del siglo XXI. Y también la razón por la que Kant sigue siendo un desafío para el ser humano del siglo XXI.

SÖREN KIERKEGAARD

La magnífica biografía de Joakim Garff (la mejor de las citadas en este trabajo), en sus más de 900 páginas de apasionante recorrido por la vida de un hombre excepcional, logra ponerse a la altura del biografiado. No en vano  Garff es desde 1994 profesor  en el centro de investigación dedicado a Kierkegaard y coeditor de la obra completa del filósofo. Este libro ha sido traducido a trece idiomas y ha obtenido el premio Georg Brandes, un filósofo, crítico y ensayista danés que vivió en Copenhague en los últimos años de Kierkegaard (éste murió cuando Brandes tenía 13 años).

Para llegar a Kierkegaard tendría que hablarles detalladamente de su vida, de su soledad, de sus obras, de su angustia, de sus amores, de su desconcierto, de su agresividad ante los tontos y los malvados, de sus tormentos, de su genialidad indiscutible raramente aceptada en vida, de sus poses más o menos artificiosas, de su voluntad de ser, de su amor desesperado hacia la vida...y eso no cabe en C&C ni aunque dedicáramos todo el presente número a Kierkegaard. Por lo tanto pasaremos de puntillas por el fenómeno cultural, social y filosófico que constituye S.K. y quede aquí mi recomendación entusiasta de que aborden, primero, la biografía de Garff y después, con el orden que quieran, algunas de las obras firmadas por S.K. Después entenderán por qué les he metido en este triunvirato de filósofos que preludiaron muchos aspectos de la sociedad y el conocimiento del siglo XXI, desde el pensamiento hasta el cómic, desde la narrativa a la psicología, desde el teatro al cine.

Kierkegaard, filósofo autónomo, retador y original, con un físico ligeramente deforme y que seguramente  le inspiraba, a tenor con el desafío y el desprecio ajeno que entrañaba, una mente brillante y una retórica desafiante y provocadora (armada con un humor corrosivo), vivió una historia de desafíos, burlas, un gran amor femenino –Regine Olsen, (léase su “Diario de un seductor”)- y sufrió un calvario de penalidades, aunque con denuedo incansable, mantuvo una cruzada personal llena de sentido común y mala uva contra la rígida y poderosa Iglesia de su país.

De hecho lo más interesante de su vida íntima nos lo ha proporcionado el propio S.K. en los numerosos datos y comentarios autobiográficos de su obra, escrita sin tapujos, ni disfraces, honesta hasta lo inconcebible, desgarrada y tan llena de matices provocativos por su sinceridad que se le considera el antecedente más sincero de todo lo que caracterizó ese movimiento llamado existencialismo. El cual estallaría muchos años después de la mano de los filósofos y escritores franceses, extendiéndose como una gran mancha de pintura naif por toda Europa, hasta recalar –casi como algo obsceno-  en los EE.UU de los cincuenta y sesenta del pasado siglo, tomando un disfraz algo más colorista.

Acompañar a Garff en su recorrido por la difícil pero sumamente creativa existencia de S.K., entre la popularidad y el desprecio, la riqueza (pertenecía a la élite económica de la ciudad) y la pobreza (“no tengo ni siquiera para pagarme una lápida”), una dolorosa enfermedad terminal que acabaría con él a los 42 años y los altibajos de una vida dedicada a la escritura y el pensamiento y a la crítica sin cuartel contra el rigor y la hipocresía de la Iglesia de Dinamarca...y al mismo tiempo sus diferencias con el padre severo (al que amaba y era correspondido, a pesar de los choques), su grafomanía triunfante que le hacía escribir siempre protegido por  pseudónimos y su presencia –una joroba que afeaba y singularizaba su aspecto atildado y siempre bien vestido (fue objeto de caricaturas y bromas de mal gusto)- pero sobre todo por su espíritu crítico y nada conciliador, iconoclasta y heterodoxo, que alborotaba a la grey conservadora de su ciudad. Tampoco su relación con Regine Olsen que le inspiró miles de páginas hermosas, sensuales, profundamente agudas, sobre el amor, llegó a ningún puerto seguro. S.K. rompió su compromiso con ella sin dar explicaciones. Como escribe un comentarista de su figura, “amaba la vida como pocos pero sufría como nadie”.

Pero esa desdicha personal también se reflejó en el siglo XX, cuando sus ideas sustentaron el entramado filosófico y vitalista del existencialismo. Muchos filósofos, practicantes o aficionados, tienen muy en cuenta su célebre definición de la existencia en tres posibles modos de vivir: el estético, el ético y el religioso. Los tres estadios o esferas estructuran el proceso de la vida humana (“Estadios en el camino de la vida” -1845, publicado con el pseudónimo Frater Taciturnus). Como él mismo aclara: “La esfera estética es la esfera de la inmediatez, la ética la esfera de la exigencia –tan infinita e inabarcable que acaba afectando al individuo- y la religiosa la esfera de la plenitud.” Pero eso, nos advierte, son “saltos” casi cuánticos, diríamos hoy, que conducen a otra dimensión ya que el sujeto se juega su existencia a todo o nada en cada una de las esferas. Esa rotundidad en la entrega y el proceso es lo que define el talante existencialista.

Toda su apasionada obra está llena de ironía, de humor, de parábolas que cumplen una función: de hecho agrandan el placer que da su lectura y muestra por una vía afectiva más que discursiva o racional la verdad moral que desea transmitir, ignorando los rígidos límites del concepto y proyectando lo que propone hacia la acción y la vida. Se dice que su humor irónico y activo, punzante, está a la altura de muchos textos de Kafka, de Becket o incluso, apunta otro comentarista, de Melville (“el genial “Bartleby, el escribiente” con su célebre “Preferiría no hacerlo”) con un descaro que limita con el absurdo, usado por S.K. en algunos textos llenos de arrebato burlón. La mayoría de sus obras –ocho, según él) las firmó con pseudónimo (excepto las religiosas). Victor Eremita, A, Juez William,  Johannes de Silentio que firma “Temor y Temblor”, Vigilius Haufniensis (“El concepto de la angustia”), Nicolaus Notabene (“Prefacios”), Hilarius Bookbinder (Estadios en el camino de la vida), Johannes Climacus (“Migajas filosóficas”), Anti-Climacus (“La enfermedad mortal” y “Práctica del cristianismo”). Precisamente en esta última deja escapar un  dardo contra los pastores religiosos de la Iglesia Danesa, (y también contra su propio padre, que le inició en un cristianismo duro y severo): “nada hay más ridículo en la práctica que ver las categorías religiosas empleadas con gravedad estúpida, en vez de emplearlas con ingenio y jovialidad”

Siguiendo con el existencialismo, Sartre, el abanderado del movimiento, no reconoció nunca la deuda con S.K. y desdeñó el mensaje de renovación ética y autenticidad de la faceta religiosa del hombre, una de las claves de la obra del danés. Sin embargo Karl Jaspers y Albert Camus confrontaron el legado filosófico de Kierkegaard, Jaspers desde la psiquiatría y el análisis renovador de la enfermedad mental bajo la crisis existencial y Camus arguyendo que la crisis vital es más debida al absurdo existencial que a la religión. Pero tanto Heidegger como Unamuno, reconocen la influencia de Kierkegaard (el español hasta el punto de aprender danés para seguir las teorías del que calificaba como su “hermano”). Pero en ellos –y en muchos de nosotros, seres del siglo XXI- resuena la opinión de S.K. de que el origen del pensar humano no es el pensamiento abstracto o conceptual en sí mismo, sino el sentimiento: el sentir, el deseo, el placer o el dolor que provoca, eso es el dato básico del pensar humano, “todo lo demás es derivado”. Léanle pues...pero si es posible, detrás de la lectura de la biografía de Garff. Comprenderán, incluso, la anécdota con la que terminó su vida. Pidió la extremaunción. Pero debía dársela un lego, no un sacerdote de la Iglesia danesa, corrompidos todos. Por supuesto no hubo tal ceremonia y se fue ante San Pedro con su joroba y su humilde desparpajo. Quiero pensar que, conmovido, el viejo san Pedro le abrió la puerta. El sabía lo que era negar, hasta por tres veces. -ALBERTO DÍAZ RUEDA

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6 agosto 2024 2 06 /08 /agosto /2024 18:32

 

Travesía marítima por la literatura de todos los tiempos: desde Homero y Virgilio a Conrad, Melville, Swift, Mann, Verne, Poe, Galdós o Baroja

Nuestro mar, el mare nostrum, el Mediterráneo, que cantaron los antiguos poetas griegos y siguen cantando los de ayer y hoy (desde Kavafis, Guillén, García Lorca, Neruda, Benedetti,  Machado o Serrat que lo vistió de música...) Pero no sólo el  nutricio mar de nuestra historia ribereña. Hablamos de todos los océanos que abrazan la tierra en el planeta y fueron la cuna del género humano y posiblemente también la tumba, si nuestra generación termina por esquilmarlo todo. La inmensidad marina está unida a la historia literaria del hombre. Escribe Borges: “¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento y antiguo ser que roe los pilares de la tierra y es uno y muchos mares y abismo y resplandor y azar y viento?”

 Es el mar, perpetuamente renovado, símbolo paradójico de lo mudable y permanente, madre nutricia de la poesía y la narrativa, punto de partida, medio iniciático, misterio y grandeza desbordada tanto en su cólera como en su apacibilidad...uno de los elementos naturales que ha nutrido las páginas inmortales de la literatura de todos los tiempos...y,  a pesar de tantos adelantos en su conocimiento y también en su inicua explotación sin límites, sigue siendo la vasta pradera inexplorada, el país misterioso en el que todo es posible, como en los tiempos de Homero, Virgilio, Víctor Hugo, Julio Verne,  Lautreamont o Conan Doyle. Ya sea con aliento épico, el emocional intimismo del poeta, la paleta romántica de los pintores, el dinamismo del cine...y los sueños de todos los que le aman. Levad el ancla, lectores, dejad que el viento hinche las velas, que el rizado mar se abra ante los ojos del alma con toda su infinita belleza, su dádiva de aventuras, encuentros y tragedias...en una singladura que durará tanto como se mantenga el interés de cualquier lector por saborear la metáfora del Cementerio  marino de PaulValery, “La mer, la mer, toujours recommencée...”, con la cadencia interminable de las olas.

La palabra de los poetas griegos está impregnada de olor a mar, preñada de luz, de salada claridad, desde que en el canto I de La Ilíada, se hace la primera mención al mar y a las olas, durante el triste paseo por la orilla del humillado sacerdote Crises, cuando Agamenon se niega a devolverle a su hija, la bella Criseida, que es botín de guerra aqueo. A partir de esa cita iniciática, los poetas griegos, hasta Hesíodo y los epigramatistas tardíos,  Rufino o Filipo, crean una amplia imaginería del mar: Afrodita, nacida de la mezcla de la espuma de las olas y el semen de Urano, Poseidon y sus palacios submarinos, las islas que hablan, otras errantes, barcos que surcan las aguas sin piloto, ninfas, sirenas como las que asediaron a Ulises, figuras todas que pertenecen a ese mar homérico, color de vino o violeta (“el ponto color violeta”), rojizo como mosto o azulado como las barbas de Poseidón. Es el mar de la peligrosa Circe; de Scilas y Caribdis; el Cíclope caníbal que Ulises llama Nadie; Proteo, el viejo del mar, capaz de metamorfosis legendarias, león, jabalí, fuego, el que da el adjetivo que mejor cuadra al mar: proteico, es decir cambiante. Y también sus figuras salvadoras de náufragos, como Cástor y Pólux, los Dióscuros, que acuden para salvar a los navegantes en las tempestades, con la ayuda de los delfines.

Hemos comenzado esta travesía literaria por todos los mares  rindiendo homenaje a los clásicos grecolatinos, recordando a Virgilio y su “Eneida”. Y aprovechemos el engarce virgiliano para ampliar el punto de mira a través de los tiempos, citando a un autor del pasado siglo, el austríaco Hermann Broch, autor de “Los sonámbulos”,  nos ofreció una novela memorable, “La muerte de Virgilio”, donde el mar es coprotagonista de los sueños y desdichas del gran autor romano en las últimas 16 horas de su vida. Broch era de origen judío y fue detenido por la Gestapo y rescatado por una misión literaria internacional encabezada por Joyce, que lograron que pudiera expatriarse a Estados Unidos. La novela fue publicada en 1945 con muchas dificultades. Pero cuando Broch murió en 1951 su nombre ya sonaba como Premio Nobel para ese año.

Otro autor de lengua alemana, Thomas Mann –Nobel de 1929-, uno de los más decididos defensores de Broch, ya navega con nosotros de pleno derecho: es el autor de un bellísimo y corto ensayo, “Travesía marítima con Don Quijote” donde narra su lectura de la gran obra cervantina durante el primer viaje transatlántico de Mann entre el 19 y el 29 de mayo de de 1935, en el barco “Volendam” de Hamburgo a Nueva York.

Pero este humilde narrador que les invita a surcar los mares  a bordo de libros y autores, tiene una figura señera que simboliza ese respeto, temor y amor por las aguas eternas de los mares que nos circundan: Joseph Conrad, el polaco que esgrimía un inglés de una creatividad inmensa, “de las más perfectas, precisas y elaboradas de la literatura inglesa” (en palabras de Javier Marías traductor de su “The Mirror of the Sea”).

Conrad, oficial de marina, piloto y capitán, desplegó durante veinte años de singladuras en navíos mercantes británicos por el Pacífico, el Índico y el Atlántico, una asistencia aventurera con episodios terribles y magníficas hazañas marineras. Luego, abandonó aún joven la existencia de marino y se decidió durante los 30 años siguientes a escribir...pero, ¡qué maravilla de estilo, de amena narrativa, de profunda singularidad en temas y personajes! Sin ninguna duda elevó la calidad de dicción y pensamiento a una altura tal en el panorama de la literatura inglesa de su época, que sólo Henry James puede resistir una comparación. En “El espejo del mar” habla de su amor al mar y de su huída de él: “Subyugado pero nunca abatido, rendí mi ser a esa pasión que, diversa y grande como la vida misma, también tuvo periodos de maravillosa serenidad que incluso una amante inconstante puede proporcionar sobre su pecho lleno de furia, ardides y sin embargo capaz de arrebatadora dulzura...no puede decirse que vivir en él desde los dieciséis a los treinta y seis años sea una eternidad, mas es, sin embargo,  un buen trecho de esa clase de experiencia que lentamente le enseña a uno a ver y a sentir”.

Les recomiendo toda la obra, casi sin excepción, de este soberbio escritor, pero en aras de la economía de tiempo, lean la que les he comentado y desde luego “Lord Jim” y “El corazón de las tinieblas”, una durísima crítica al colonialismo belga en el Congo (justamente el que el director Francis Coppola revivió en el Vietnam de “Apocalypsis Now”). Pero con mayor profundidad psicológica,  en “Lord Jim”,  Conrad nos ofrece el alma desnuda y atormentada ante un trágico conflicto interior, el hombre sólo, lejos del héroe de Kipling, sin compañerismo, sin posible redención, que afronta una salvajada cometida a bordo de su barco contra pobres sujetos, comparando la crueldad humana con la furia del mar: “que tiene ese algo indefinible que se impone a la inteligencia y al corazón del hombre...que le arranca toda esperanza y todo miedo, el color de la fatiga y el anhelo del descanso...lo que significa destruir, aplastar, reducir a la nada todo aquello que es inapreciable y necesario...” En Conrad es la lucha contra el mar lo que mueve su pluma, no el amor al mar

Cambiemos de tercio, en la novela de aventuras, el mar es uno de los escenarios predilectos. Déjense embrujar de vez en cuando por el sortilegio de la “Hispaniola” surcando los mares con su piloto cojo y Jim, el grumete valiente, en busca de la “La isla del Tesoro”. Otros grandes personajes de Stevenson, patéticos, generosos o granujas, en todas sus novelas sobre los Mares del Sur. ¿Quién no ha sentido el tirón amable de aventura leyendo estas palabras?: “La “Hispaniola surcaba decidida las olas, sumergiendo muy de tarde en tarde su bauprés y volviéndolo a sacar envuelto en un girón de blanca espuma. Íbamos con todo el aparejo tendido y todos a bordo muy optimistas porque estábamos ya cerca del final de la primera parte de nuestra aventura”. Junto a  Jim Hawkins, podríamos exclamar: “Mis ojos  se extasiaron con el mar infinito”.

Y en España las novelas de marinos de Galdós o de Baroja: desde el primer tomo de los Episodios Nacionales, “Trafalgar”, a los barojianos “Pilotos del altura”, “Las inquietudes de Shanti Andía” y “El capitán Chimista”. Sin dejarnos  al casi olvidado Ignacio Aldecoa con su “Gran Sol”, una excepción marinera en la literatura española de mediados del siglo XX, donde nos narra las aventuras y desventuras de los tripulantes del  “Aril” un barco de pesca de altura que navega desde las costas española a los remotos bancos de pesca del Gran Sol y que perderá por un accidente, enredado en sus redes, a su patrón Simón Orozco. Sorprende el seco y austero dominio del castellano de Aldecoa, que describe de forma escueta casi telegráfica, el paisaje marino: “Por el este, horizonte corinto. Por el oeste horizonte mulato. Al norte, cielo blanco. Al sur, cielo embalsado.” No hay atracción, entusiasmo hacia el mar. Es un lugar de trabajo, de sudor y peligro: “el mar es un elemento que devora energía, desgasta vidas o las arrebata para nada”.

Lejos de este tono, el arrobo vitalista de Alberti en sus poemas sobre el mar. El de “Marinero en tierra”, por ejemplo. Sigue la senda de Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez y más lejanos, Lope de Vega y Góngora, que dedicaron sus miradas literarias al mar. Alberti, refleja su pasión marina en sus poemas, “Amárrame a tus cabellos/ crin de los vientos del mar”...Y, “Viento, arráncame la ropa/ tírala viento, a la mar”. Juan Ramón Jiménez busca trascendencia en el mar, como en su obra “Animal de fondo” o antes en “Diario de un poeta recién casado”. Y canta: “Qué plenitud de soledad, mar solo/ qué lejos siempre de ti mismo/ Eres tú y no lo eres/tu corazón te late y no lo sientes”, o, “Sólo estamos despiertos/el cielo, el mar y yo/ cada uno inmenso, como los otros dos”. O, “las olas como mis pensamientos vienen y van y vienen/besándose, apartándose/ en un eterno conocerse, mar/ y desconocerse”.

Mi viejo y ya fallecido amigo, el catedrático de lengua y escritor Ramón Carnicer, aseguraba que el término “mar” es de género ambiguo. Los navegantes, pescadores y gentes del mar dicen siempre “la mar”; las gentes de tierra adentro decimos “el mar”.  Yo, que he pasado dos tercios de mi vida junto al mar y el otro tercio  en tierras adentro, sigo recibiendo de vez en cuando, casi soñando, un espejismo sensual de mi infancia, un olor a brea y agua salada, a sol y a viento perfumado por las olas y las algas del Atlántico. Por tanto para mí, solía decirle a don Ramón, será siempre “la mar”.

Pero sigamos esta singladura por el mar proteico de la literatura. Escuchemos a Homero: “Las purpúreas olas empezaron a resonar en torno a la quilla mientras el viento henchía las velas y la nave se deslizaba y corría siguiendo su rumbo...durante toda la oscura noche hasta que se empezó a levantar la aurora de rosados dedos”. O el épico Virgilio: “Hiere el cielo el clamor de los marineros; el agua que retorna espumea al impulso de los brazos que son llevados hacia atrás. Abren surcos iguales  en el mar, que se raja por los remos y espolones de tres puntas”, qué ritmo y qué vigor alimenta las mentes de poetas y narradores el mero conjuro del mar. Ya sea Camoens con sus “Os Lusiadas” en el Índico, Bacon con sus “nuevos atlantes” en el Pacífico, Ronsard, las Islas Afortunadas en el Atlántico, la Utopía de Moro o Shakespeare en “La tempestad”,  o Rabelais con los viajes de “Gargantúa y Pantagruel”, los siglos XVI y XVII son pródigos en referencias a océanos, mares remotos e islas fabulosas. Más tarde Poe (“Aventuras de Arturo Gordon Pym”) convierte al océano en un espacio místico y fantasmal como ese mar Ártico “rodeado de un sudario blanco”, o Victor Hugo (“Los trabajadores del mar”). Y nos dice que París es “un océano donde quien se zambulle puede desaparecer”.

Verlaine y Baudelaire sazonan sus versos con referencias al  mar “insondable, misterioso y lleno de tinieblas”; Rimbaud  se hace eco de la terrible dureza del mar con su magnífico “La bateau ivre” o Lautreamont, que habla de “ese océano, tan oscuro y horrible como el corazón del hombre” y en sus “Cantos de Maldoror” estremece al lector con su descripción del hundimiento de un navío: “...aquél que no haya visto  zozobrar un barco en medio del huracán, de la alternancia de los relámpagos y la más profunda oscuridad, mientras que los que van en él están abrumados por esa desesperación , aquél digo, no sabe lo que son desgracias en la vida...finalmente brota un grito universal de inmenso dolor de entre los flancos del barco, en tanto que el mar redobla sus temibles y destructivos ataques...”.

Los ingleses, rodeados de mar, que han surtido a la literatura de obras cumbre en referencia a los mares, desde las leyendas celtas, los ciclos artúricos y las sagas normandas,  nos brindarán a través de Jonathan Swift y Daniel Defoe, dos de las joyas de esta literatura marina: “Los viajes de Gulliver” (una de las más feroces sátiras contra aspectos malévolos, mezquinos, ignorantes y violentos del ser humano ) y “Robinsón Crusoe” que, al contrario, es un canto a la resistencia, valor e imaginación operativa del hombre. Sin olvidar a Melville y su terrorífica ballena blanca, esa Moby Dick que sólo deja un superviviente del “Pequod”, flotando en el mar solitario, agarrado a un ataúd de madera tallada.

Hermanos de estilo, el mar como sendero de sufrimiento y ascesis, tenemos a  Álvaro Núñez Cabeza de Vaca, que en el año del Señor de 1527 participó en la expedición de Narváez hasta desembarcar en Florida. Su obra “Naufragios” todavía te atrapa con su castellano ingenuo y efectivo: “La mar comenzó a venir muy brava y el norte (viento) fue tan recio que ni los bateles osaron salir pues el agua y la tempestad comenzó a crecer tanto que con muy grande trabajo con dos tiempos contrarios y mucha agua que había, estuvieron quedos aquél día y el domingo hasta la noche...” Muchos autores, entre ellos nuestro Ramón J. Sender y el húngaro Lazlo Passuth bebieron de esas crónicas para hilvanar sus novelas históricas.

Pero vayamos a las visiones más  aventureras y menos trágicas de los autores italianos o franceses. Escojamos a dos de ellos, Emilio Salgari y Julio Verne. Del primero se puede gozar de las aventuras del Corsario Negro y de Sandokan. Hay batallas marinas por doquier y el mar bravío es su telón de fondo. Julio Verne, a mi entender muy superior a Salgari, nos regala la figura del capitán Nemo y su Nautilus, que odia el belicismo y la crueldad de la raza humana y confiesa “Je n’aime que la liberté, la musique et la mer...la mer es tout”. Verne confiesa a su vez: “Je ne puis voir partir un navire, sans que tout mon etre s’embarque a bord” (él mismo fue un buen patrón de su yate “Saint Michel”). Le debemos el goce de la lectura de “2.000 leguas de viaje submarino”, “Las aventuras del capitán Hatteras”, “Los hijos del capitán Grant”, “La isla misteriosa”, “La ciudad flotante”, “Los náufragos del Jonathan”... Y su mensaje: “la mar es un milagro que hay que respetar, como un enemigo fiel, como un gran amigo tornadizo pero noble. Es “le vaste reservoir de la nature”.

Una referencia fugaz, al gran Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes. Consigan la novela que dedicó al profesor Maracot (“El abismo de Maracot”; muy adecuada a estas páginas).

Pero es preciso acabar el viaje. Nuestro navío descansa en una ensenada. Se oye la voz del segundo de a bordo, “Larga”, y el golpe del ancla al caer sobre el agua, junto al atronador bramido de la cadena que la sustenta. Es el seguro del navío. Después se escucha la voz de capitán desde popa “¿Cómo llama el cable?” y   la respuesta del segundo, “llama recto por la proa, señor”. El viaje ha terminado. Diremos adiós con la voz nostálgica de Rafael Alberti en su “Marinero en tierra”: “Si mi voz muriera en tierra/llevadla al nivel del mar/y dejadla en la ribera/ Oh mi voz condecorada/con la insignia marinera:/sobre el corazón un ancla/y sobre el ancla una estrella/y sobre la estrella el viento/ y sobre el viento la vela!

NOTA BENE: Dada la naturaleza de este trabajo, no adjunto ediciones y editoriales de ninguno de los libros citados. El lector puede encontrar en la Red las ediciones que más le gusten. Todas son obras conocidas y de las que existen diversas opciones  y de muchas de ellas versiones cinematográficas  muy populares.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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12 mayo 2024 7 12 /05 /mayo /2024 11:40

OBSERVATORIO POLÍTICO INTERNACIONAL

EL “GRAN HERMANO” DEL SIGLO XXI

La ‘tecnodictadura’ es la mayor amenaza real contra la paz, la libertad, la democracia y el progreso en el mundo.

 

George Orwell (Eric Arthur Blair) dibujó un terrible futuro ‘distópico’ en su novela “1984”, publicada en 1949 y que ahora, 75 años más tarde, se relee con toda su fuerza simbólica, reflejada en algo tan cercano y cotidiano que da escalofríos pensar...que se quedó corto. Es decir, la realidad socio-política, económica, ecológica, bélica, inmigratoria, destructiva y genocida de los angustiosos años 20 del siglo XXI, supera con creces la mayoría de las suposiciones imaginativas del escritor inglés (nacido en India en 1903 y fallecido en Londres en 1950) que luchó en nuestra guerra civil en el lado republicano.  Orwell pretendió con esta novela y con “Rebelión en la granja” mostrar las características del régimen de Stalin –o de Hitler, en el otro extremo- y fantasear con las consecuencias de su implantación en cualquier país. Y eso que no llegó a conocer a Pol Pot, Mao y tantos otros “tiranos” del siglo XX (sin olvidar a Putin, Bolsonaro, Kim y Trump en el XXI) Sin embargo lo que cambió en los últimos años es que ya no se trata de regímenes totalitarios fascistas o neonazis, sino que son los países con gobiernos democráticos los que  se ven sometidos a los efectos perniciosos de la “tecnodictadura”,  ya que el poder político (y el económico, por otras causas) comienzan a estar sometidos a las exigencias y auge de los bulos, las campañas digitales y una despolitización creciente provocada por la polarización suicida del espectro político. Unan a esto el estilo de vida que el nuevo capitalismo impone, la aceleración, la pérdida del sentido social a favor del individualismo, unido a un nacionalismo xenófobo, el consumo histérico, la exacerbación del odio al “distinto otro” y a la diversidad, y la relativización de la verdad en la comunicación. Todo ello crea el caldo de cultivo apropiado para el crecimiento del poder del “Gran Hermano” tecnológico. La censura, la manipulación y la desnuda falsedad, más la selección o condena de las personas, ideas o actos, ya no procede del poder político enteramente, sino del poder oscuro, sin nombre ni rostro, que emana de las multinacionales y se realiza en las pantallas de los móviles y los ordenadores, con el eco complaciente (a la fuerza) de los medios de comunicación y el rechazo minoritario de algunos medios independientes pero, y eso es lo grave, con la aquiescencia inconsciente del ciudadano, cegado por las ofertas de entretenimiento, de consumo y de relaciones.

Como muestra un botón: el caso español. Los dos partidos en liza por el poder se han ido turnando en acusaciones de “manipulación de la democracia”. El famoso “Procedimiento de Actuación contra la Desinformación”, de 2020, (el gobierno monitorizará las redes a la búsqueda de noticias falsas y tendenciosas, a las que se dará una “respuesta política”) no vale en este momento ni el precio del papel donde se ha impreso. Como el asunto proviene del PSOE, el PP le acusa de intentar convertirse en un orwelliano “Ministerio de la Verdad”. “Un ataque intolerable a la democracia”, olvidando su papel anterior en el tema y su uso negativo de los medios digitales a su disposición. Pero los pseudomedios o “máquina del fango”  hacen leña del árbol caído, a decir verdad, ya sea el PSOE o el PP, (a propósito evito entrar, por simple decoro, en la dinámica del resto de partidos y sus Comunidades). Así que seguimos igual, o mejor dicho creciendo en ese conocido diagnóstico social: aumento de la polarización, crispación en alza en el mundo político y una desconfianza ciudadana de la que se aprovechan los extremos políticos de siempre. Lo cierto es que en Europa ya se nos considera uno de los países más vulnerable a la desinformación digital. La cual procede demasiado a menudo de la misma clase política que padece sus efectos. Todos usan en la red montajes que siguen, según un grupo de expertos en manipulación digital, modelos muy conocidos: el de “sesgo cognitivo” (forzar la predisposición a creer determinadas cosas y no otras, independientemente de su veracidad); la “jajaganda” (hacer humor grueso para ridiculizar a instituciones o personas); “algoritmitis” (los motores de búsqueda y las redes filtran contenidos de impacto y usan algoritmos para llamar la atención del ciudadano y decantar opiniones, rechazos o adhesiones). La única diferencia con el “Gran Hermano” televisivo de Orwell, es que detrás de esas pantallas no hay un dictador con su propio programa “político” hegemónico, sino que hay varios aspirantes al cargo, políticos o económicos, enfrentados entre sí, pero con la cuota de poder suficiente como  para tener acceso a alguno de los “motores” de desinformación global que el “Sistema” tecnológico pone a su disposición (al precio que sea).

Distinguir a los “pseudomedios” de los que no lo son y tratan de canalizar una información veraz, pasa por algo tan obvio como proponer una ley que obligue a todos los medios, cadenas y plataformas a hacer públicas sus fuentes de financiación. Y el segundo punto, en el que insistimos una y otra vez los que escribimos sobre estos temas, es un problema de educación general, de alfabetización digital del ciudadano y de exigir a éste ampliar los principios éticos en los que se debe fundar la convivencia y las relaciones sociales (también las familiares) y el respeto hacia la diversidad. Solo esa educación puede enseñar al individuo a distinguir y contrastar fuentes y medios. Y así evitar por principio los contenidos falaces y de odio, se vistan como se vistan.

Es conveniente saber, por ejemplo, que los pseudomedios y las campañas de desinformación, no son productos creados por el azar, la tendenciosidad  o la evolución política provocada por las circunstancias. Son creaciones específicas y dirigidas a un sólo objetivo: manipular los procesos y la convivencia democrática a través de la distorsión de la realidad y  la difusión de noticias falsas. Es una herramienta de uso político, pero no hay una ideología detrás, sino un afán mercenario: se vende al mejor postor. En su manera de actuar siguen un cierto tipo de pautas. Los forenses digitales hablan de “contenidos inauténticos”. Es decir no los han producido ellos mismos, sino que roban contenidos a otros medios, los manipulan para distorsionar el mensaje y los sirven gratuitamente. Con la aparición de la IA y sus modelos generativos la cuestión de la falsificación ha crecido exponencialmente. Ya no es preciso utilizar un burdo montaje fotográfico para falsear la realidad, como Stalin hizo con Trotsky, en la célebre foto de la parada militar en Moscú. Recuerden también que el famoso Photoshop (1986), llevó hasta los particulares el arte de la manipulación fotográfica.  Pero fíjense, ahora sería posible difundir un mensaje del Papa Francisco en persona, con su imagen y su voz, pidiendo que alguien lance la bomba Atómica contra Palestina, contra Ucrania o contra el mismísimo Vaticano. Es la falsificación de lo real llevada a un extremo incontrolable, ya que los creadores de tal dislate sabrían también convertir el mensaje en viral. Y las actividades falsificadoras de la IA ya están influyendo para llevar a Trump de nuevo a la Casa Blanca o convertir a Putin en un héroe. Son campañas de videos falsos a favor del líder que convenga: aparece en todas partes y suele afectar más de lo que parece dado lo burdo del sistema.  Podrían  afectarán los resultados electorales en Europa y Estados Unidos de una forma impredecible. Esto lleva a la larga a una grave  erosión de la solidez y firmeza de la democracia.

La pregunta es: ¿Qué hay que hacer? O, más bien, ¿qué se puede hacer? , ya que lo que hay que hacer, suele estar reñido con lo que se puede hacer. Las democracias necesitan un ecosistema mediático que se defienda y extirpe ese cáncer informativo: en caso contrario el escepticismo, la incredulidad y el odio subsiguientes terminarán con ella y los pueblos volverán a estar bajo el poder de los Calígulas de turno. La única manera de obtener esa vacuna democrática sería la unión honesta y transparente, por encima de ideas y partidos, de toda la clase política, las empresas tecnológicas, las plataformas y las empresas de comunicación y marketing. Y en tanto se llega a esto (si fuese posible, cosa que está por ver) utilizar los medios reactivos y coercitivos legales para blindar a los ciudadanos, las instituciones y el sistema político democrático -de una forma pecuniaria y penal-  frente ante todos los daños que sufre el sistema en su conjunto a causa de la utilización mendaz  y tendenciosa de la información.

Con motivo del Día Mundial de la Libertad de Prensa (el 3 de mayo), las Asociaciones de Prensa de España compartieron un manifiesto titulado “Sin periodismo no hay democracia”. Se trata de regular la prensa, establecer el punto clave entre la censura y la libertad de expresión, frenar las mentiras incontroladas y distinguirlas de las críticas saludables e identificadas. Pero para eso, en primer lugar, ha de equilibrarse el comportamiento personal de los políticos del país, serenar los debates y mantener una escrupulosa y educada pulcritud y cortesía en las discusiones públicas y una conciencia clara de dos elementos: dónde empieza y termina la opinión y el carácter insobornablemente veraz de la información. Debe acabar el bailoteo impúdico de medias verdades y de medias mentiras para arrimar el ascua a la propia sardina. Ese es cometido de trileros, no de políticos que viven del erario público.

Hay que tener en cuenta cómo los discursos de odio, las conspiraciones y la violencia en las calles están relacionados entre sí. Deberíamos preguntarnos quiénes salen ganando con la creciente agresividad en las Redes, en las tribunas políticas y en los medios. En esencia lo que sí sabemos es quienes salen perdiendo: el resto, seguramente una mayoría, de ciudadanos pacíficos y razonables que pueden dialogar sin insultos y sin descalificaciones, con ese ingrediente cada vez más ignorado que se llama ‘respeto al otro’, sobre todo  cuando opina de manera distinta a nosotros. Hay que hacer notar la constante presencia de movilizaciones callejeras de trasfondo político. Con pocas excepciones, convocadas por la ultraderecha y la derecha, con un desarrollo común de signo bastante agresivo. Quizá sea ya un síntoma de la deriva polarizadora y del auge derechista en Europa.  O, tal vez, sea más bien el efecto disgregador y vírico del “síndrome del Gran Hermano” que –siguiendo la estela literaria de la novela de Orwell- está difundiendo y al tiempo disfrazando la amenaza real y letal del dominio de la ‘tecnodictadura’. De manera que, a cambio de la “comodidad” y el “entretenimiento” que ofrece a nuestra decadente sociedad, exige que nos comportemos como miembros de un rebaño sumiso, obediente a las consignas del poder. Dentro de un escenario donde se nos hace creer que somos libres, se respetan nuestros “derechos” y vivimos en una “democracia”.-ALBERTO DÍAZ RUEDA

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