Duelo de dos intérpretes maravillosos, dos monstruos de la pantalla, discretos pero implacables robaescenas de primera categoría. Las cámaras les idolatran. Basta que aparezca el careto de Tommy o la rotundad viril de Jackson para que el encuadre se haga seguro servidor de ellos en la pantalla, y eso, cualquiera sea el actor que comparta escena. Bien lo saben las estrellas que han trabajado con ellos. Ninguno de los dos va de divo, nada de grandes estrellas, son dos actores de esas "segundas filas" norteamericanas que nos roban el corazón, casi siempre más que los presuntos reyes de star system. Samuel L. Jackson y Tommy Lee Jones, bajo la dirección del primero llevan a la pantalla en formato de teatro filmado "The Sunset Limited", de Cormac McCarthy, autor de "No es país para viejos" y "La carretera" por citar dos de sus novelas llevadas al cine con gran éxito.
La historia se desarrolla en un pequeño y humilde apartamento en un edificio de viviendas situado en un barrio marginal de Nueva York. Ante la mesa, frante a una ventana que da a una pared exterior (por donde llegan los ruidos de golpes ocasionales y algunos altercados de los vecinos y las sirenas de la policía), hay sentados dos hombres. Uno blanco y otro negro. Este es un ex convicto que tiene profundas convicciones religiosas. Frente a él, un hombre blanco mayor, profesor universitario, que intentó arrojarse al paso del tren Sunset Limited, acto que fue impedido por el negro que, casualmente se encontraba trabajando junto al suicida. Jackson confronta en un diálogo incesante su sentido religioso de la vida, su racionalidad y su equilibrio emocional , duramente ganado en un existencia marginal bastante dura, frente a la absoluta desesperación íntima y emotiva, cargada de una enorme lógica nihilista y negativa que muestra Tommy Lee.
Estamos ante un debate filosófico de enorme calado a pesar de la diferencia de cultura y educación de los dos hombres. Los quiebros, argucias, estocadas dialécticas y defensas numantinas de las dos personas, cada una tratando de convencer a la otra de estar en el lado correcto de la argumentación, conforman una de las obras más intensas y desasosegantes que he visto en mucho tiempo. ¿Qué significado tiene la vida? ¿Cuál es el papel de Dios en esta condenada sinrazón que suele ser la vida? ¿Qué importancia hay que dar a la muerte en este juego? ¿Es una opción admisible y correcta la decisión propia de acabar con la vida? ¿Cuál es la función del mal y el porqué de su inevitabilidad? Son los grandes temas que Cormac Mc Carthy suele plantear en sus obras (recuerden la apocalíptica "La carretera" o la cruel "No es país para viejos") y que en ésta los trae a colación para ayudarle a plantear algo distinto: ¿qué significa el silencio de Dios ante la maldad, la destrucción y la muerte? Y ese se convierte en el leith motiv de la obra: la existencia de un Dios callado que no se pronuncia ante el sufrimiento del hombre.
"White" y "Black", nombres que el novelista da a sus personajes, elevándolos a estereotipos humanos más que a personajes determinados por sus nombres --dándonos a entender que lo se nos muestra es una discusión de un alcance superior, que se puede proyectar a cualquier ser humano--, discuten sobre la acción de "Black", no solo de salvar la vida de "White", sino de llevárselo a su humilde casa y encerrarse con él bajo llave para tratar de convencerlo de que la vida es un don precioso y de que hay un Dios que nos protege.
Como Tommy Lee dice en su momento de su acre defensa del derecho al suicidio, tras la amargura y desesperación que le provoca su vida, "las cosas en las que creía ya no existen. Es estúpido fingir lo contrario. La civilización occidental se esfumó finalmente por las chimeneas de Dachau". Para él no existe una razón que pueda dar sentido a su existencia. Jackson le habla de su estancia en la cárcel y de que estuvo a punto de morir asesinado y entonces encontró a Jesús que dio un sentido superior a todo lo que habia sufrido y hecho sufrir a otros, a sus propios errores. Pero en un momento clave de la discusión, Tommy pregunta "¿Escuchaste a Jesus en ese momento?", "Si", responde muy seguro el negro. "¿Como me escuchas a mi?", insiste el blanco. "No", confiesa Jackson. "Lo senti dentro de mí". "Pues pídele que te hable, ahora" .Y Jackson contesta que la presencia de "White" allí, tras salvarle la vida, es la prueba de la existencia y los designios de Dios y por eso debe salvarle de su pulsión suicida.
Cuando Tommy Lee se marcha del apartamento al final de la película, Jackson le pide a Dios que le habla, que le muestre su existencia de cualquier manera, en ese momentpo de duda y dolor. Debe recurrir a su fe una vez más ante el silencio de Dios y ante la convicción de que el desesperado hombre blanco aprovechará la primera ocasión para llevar a cabo su suicidio. Y, acepta amargamente el negro, eso es algo que también debe quererlo Dios. Y él no es quién para preguntarse si hace bien o mal. Nuevamente la fe le salva de la desesperación. Pero la gran pregunta queda sin respuesta, o mejor, con una sola respuesta: el silencio. Solo le queda la fe.
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A los 52 años Munthe se quedó ciego y cayó en una profunda depresión de la que sanó con la ayuda de la literatura y de su "Historia de San Michelle". En 1934 lograría recuperar la vista tras una operación. Fue amigo de hombres de la talla del profesor Charcot (el maestro de Freud), los hermanos James, el escritor y el filósofo (autor de uno de los libros mas importantes de la psicología moderna), de Pasteur o del escritor Guy de Maupassant, que fue también su paciente o la bailarina Eleonora Duse. Vivió y practicó su arte en Paris, Heidelberg, Londres, Messina, laponia, Roma, Nápoles y Capri. Y, a pesar de toda esa riqueza de personajes y acontecimientos, ese amor profundo a los animales y a los humanos que sufren, en 1936, en el prefacio a la ujltima edición de su obra estando vivo, escribió: "Será muy solitario el estar muerto, pero no puede ser mas solitario que el estar vivo". Trece años mas tarde murió en Estocolmo, en la corte real, donde acudió llamado por el Rey sueco para que estuviera protegido ante los terribles acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial. Tenía 92 años. Y dejó un monumento literario a su valor y honestidad, al empuje irresistible por cultivar los propios sueños. No se lo pierdan.

Luis Zueco es un historiador zaragozano fascinado por los castillos de su tierra (no en vano es vicepresidente de la Asociación de Amigos de los Castillos de Aragón) aunque también ha probado suerte en la narrativa con una novela sobre tema histórico, naturalmente, en concreto aquella cervantina "más alta ocasión que vieron los siglos", la batalla de Lepanto (editada por "Delibrumtremens", original nombre editorial, pleno de humor).
Nuevo libro del escritor madrileño Lorenzo Silva, editada por Destino. Una novela en forma de muñeca rusa (nunca mejor empleada la metáfora dada la temática de la narración). Una "matriuska" que va desvelando, conforme avanza la lectura, los componentes clásicos de novela dentro de la novela, dentro de la novela (hasta tres puntos de vista narrativos diferentes) que nos habla una vez más de la creciente habilidad técnica de Silva, de su amplia documentación, de su compromiso con la historia y de su amor a los personajes más injustamente tratados por la sociedad y el destino, el drama de los seres más débiles sometidos a los horrores de las guerras con especial mención a las del espantoso siglo XX que muchos han sufrido de forma terrible con especial mención a las mujeres y sobre todo los niños y los muy jóvenes (de ahí el título; por cierto, qué portada más anodina y poco apropiada).