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29 agosto 2025 5 29 /08 /agosto /2025 11:19

DON QUIJOTE Y SANCHO EN LA ESPAÑA VACÍA

Plaza, bar y tienda, forman la tríada de objetivos necesarios que debemos cuidar para no dejar morir a los pueblos pequeños

Tres lecturas en cierta forma relacionadas me han alejado por un par de días del agobio de las guerras en curso  y de la oscura ruina de la política internacional (y nacional) con sus noticias paranoides en Ucrania, Gaza y el descabellado trumpismo. Leo la tesis doctoral, convertida en libro, de un sobrino malagueño con el que comparto apellido, Javier Rueda, sociólogo y profesor de una Universidad madrileña (Utopías de barra de bar). También el libro de memorias de Manu Leguineche, La felicidad de la tierra, donde narra su estancia, ya jubilado, en un pueblito de la Alcarria. Allí fallecería año más tarde. Como tantos otros periodistas de batalla, curtidos en guerras, golpes de Estado y revoluciones, Manu encontró refugio, sosiego y silencio, tiempo para leer, bellos parajes incontaminados y caminatas a diario. Y, el tercero es  Don Quijote, uno de mis libros de cabecera y también, mi compañía y consuelo cuando las noticias de cada día me aturden y alarman. En los tres libros se habla de pueblos que declinan en la ancha España y la sangría poblacional que aflige a la tópica “España vaciada”. Los tres autores, Cervantes, Leguineche y Javier Rueda, cada uno a su manera, han sido testigos - y pacientes- de las singularidades y contradicciones de estos pueblos o aldeas.

Coinciden en su estimación de los pueblos pequeños, sus gentes y sus necesidades y problemas. Vivimos la cada vez más rápida depauperación de los pueblos, con unos amagos de esperanza –casi utópicas- traducidos en crear viviendas para poblarlos. Lo cual es como empezar la casa por el tejado: antes sería preciso mejorar sustancialmente la gama de servicios de proximidad  necesarios en todos los órdenes de la vida, salud, seguridad, enseñanza, comunicaciones, trabajo, comercio... Como escribe mi sobrino, Javier, “Hay un desequilibrio enorme entre la cantidad de proyectos de financiación, desarrollo e innovación en torno al mundo rural y la materialización de éstos en el día a día de quienes lo habitan”.  Alimentar la esperanza de vida de esos pueblos centenarios con viviendas para ocupaciones de temporada y vacacionales... no soluciona los problemas, más bien aumenta los que padecen algunos vecinos ante las pacíficas pero cansinas y alborotadas invasiones de ciudadanos  en las fiestas del año y en las vacaciones. En algunos de esos pueblos  resulta difícil disfrutar de las cuatro aspiraciones de un Ciceron, un Montaigne  o un Machado: el Beatus ille y su vivir en silencio y paz; el carpe diem, disfrutar de todo momento; el locus amoenus o lugar idílico, equilibrado y armónico y el tempus fugit, aprovechar el tiempo que queda.

En algún momento he pensado en el valiente don Quijote, acompañado de su fiel Sancho, como símbolo del respeto auténtico a todo lo nuestro, la parte más descuidada de lo que es España, sus viejos pueblos pequeños: comunitarios, cuerdos, sobrios, económicos, somnolientos y pacíficos...así también los soñaban Joaquín Costa, Ortega, Unamuno o Ángel Ganivet. Don Quijote, que gusta de los caminos rurales, las plazas y las posadas de los pueblos, junto al buen Sancho –su contrapeso y equilibrio- , amigo de las tabernas y el buen vino... Concibo en ambos el respeto al uso de la tienda del pueblo y el bar y a la necesidad de su existencia. Imagino a don Quijote, lanza en ristre, defendiendo el uso amable de las calles y la identidad del pueblo en sí, que se simboliza en la Plaza. Y a  Sancho –el principio de realidad-  ocupándose de que no falten alimentos en la tienda y bebidas y espacio en el bar, acogedor y propicio, donde se produce la comunicación vecinal, entre juegos de cartas y charlas a gritos. Y si hace falta, también lugar comunitario para tomar decisiones que interesan a todos los habitantes. Ellos simbolizan los tres elementos –plaza, tienda y bar- que conforman la primera trinchera de los pueblos pequeños en la guerra contra la despoblación.

Se trata de un combate desigual, me cuenta un vecino, dada la tendencia, incluso entre los propios habitantes fijos de los pueblos, a ignorar a veces la importancia de su bar y su tienda. Insiste en que hay que preservar a esos dos locales como elementos que corren peligro de desaparecer. ¿Cómo se hace eso? Sencillo, me dice. Por ejemplo, evitar la tentación de hacer la compra semanal en otros pueblos  o en grandes superficies más o menos cercanas o olvidándose del tendero local a la hora de comprar los suministros de bebidas y aperitivos cuando se celebran las fiestas locales. “Durante la pandemia, estas tiendas fueron la salvación de muchos en los  pueblos pequeños”, dice-Al igual que el bar: es un negocio, pero también un servicio y suele ser el lugar de cita y ceremonias festivas para todos los vecinos. Un lugar de identidad común, memoria colectiva, encuentro e incluso de diálogo o controversia.

Como leo en el libro de Javier: “el bar rural favorece las relaciones directas, evitan el aislamiento y la soledad, aportan seguridad al entorno, incentivan la cohesión social y la integración”. Es mucho, apostilla, lo que se pierde cuando se cierra el único bar del pueblo o la pequeña tienda que surte de lo más necesario. Y añade: “Un bar en el medio rural, en la España vaciada, es una infraestructura social de igual o mayor importancia que la farmacia, el colegio o el cuartel de la Guardia Civil. Opera como punto de encuentro, oficina de información y proyección turística, punto de recogida de envíos y nodo de cuidados, sobre todo de las personas que viven solas”.

Esos son los elementos sociológicos básicos que todo lugareño –nativo o asimilado- conoce bien. En ese universo modesto de los pueblos pequeños, con población fija de edades avanzadas, el bar, la tienda y la Plaza, constituyen las piedras angulares donde descansa la urdimbre vecinal.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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16 marzo 2025 7 16 /03 /marzo /2025 11:36

EUROPA DEBE REINVENTARSE Y CAMBIAR LA NARRATIVA BÉLICA POR LA DIPLOMÁTICA(y2)

LA PRECIPITADA DECISIÓN DE REARMAR EUROPA ES MÁS UNA REACCIÓN A LAS MANIOBRAS DE TRUMP Y PUTIN QUE UNA POLÍTICA SENSATA  DE DEFENSA COMÚN

Lo cantaba Bruce Springsteen en su disco “Glory Days”. Una pieza llamada “We take care of our own” (Cuidemos de los nuestros). La canción decía “El camino de las buenas intenciones se ha secado como un hueso...hemos pedido ayuda pero la caballería no llegó. Sólo nos queda cuidarnos de nosotros mismos, cuidarnos de los nuestros”. Y eso es, esencialmente, un camino de paz. Ese es el camino que Europa debe tomar. Cuidar nuestro continente entre todos los europeos. Quizá algún día tengamos que agradecer a Trump que con su codicia y prepotencia lograra que los europeos  despertáramos del sopor autocomplaciente.

Pero, ojo, la respuesta a Trump no debería ser necesariamente la ruinosa y precipitada decisión de rearmar Europa ya. Esa es la reacción que él espera, ya que así mata dos pájaros de un tiro: se evita los gastos de la presencia USA en la OTAN e inyecta fondos económicos en su país mientras debilita en la misma medida la economía conjunta europea. No hay nada como agitar los muñecos terroríficos de la guerra para hacer perder la serenidad a los políticos. ¿Pero a qué guerra se refieren? ¿A esa guerra provocada por el supuesto aliado de Trump, el señor Putin? No. Se supone que después de Ucrania, Putin va a atacar otro país de Europa. Y los dirigentes europeos corren alarmadísimos a “evitarlo”, armándose hasta los dientes. Y acaban, directa o indirectamente, comprando armas a Estados Unidos, por una suposición que ni siquiera es una amenaza directa. Rusia no es de fiar, de acuerdo. Pero Putin no está ni preparado ni dispuesto para una guerra con Europa. Todo es seguramente un escenario fantasmagórico, diseñado por Trump y Putin. Las amenazas rusas, desde la caída del Muro de Berlín, buscaban impedir que la OTAN admitiera en sus filas a los países del radio de influencia ruso, no a expandirse por la Europa occidental. Se negaban a tener a la OTAN y su armamento nuclear y convencional en las fronteras rusas. ¿Recuerdan cómo reaccionó EE.UU. cuando los rusos intentaron desplegar misiles en Cuba? Pero claro, entonces Rusia era el ‘malo’ de la película. Ahora no hay que confundir a la Rusia humillada y explotada que surgió de la “perestroika”, con una Rusia actual imperialista que hasta Putin sabe que tiene sus límites. El tema de Ucrania es probable que ya esté  firmado y sellado, con la forzosa aquiescencia de Zelenski y el visto bueno mafioso de Trump y Putin. Así que rehacer toda la maquinaria militar de los europeos es una excusa para vender armas, hacer más peligroso el canallesco mundo de los intereses internacionales del ‘post tecno capitalismo’ y debilitar a Europa para propiciar que la delicada textura de la paz se vea desgarrada por el peligro de cualquier incidente bélico casual y no previsible.

 Por lo tanto, la mejor respuesta a la situación actual no es forzar a Europa a una carrera armamentista para amenazar al debilitado oso ruso, que seguramente gruñe porque está en el guión. Pero si Europa se arma, ha de atenerse a la lógica bélica de la situación, donde no hay una amenaza real dirigida a los países europeos. Mientras, la compra de armas producirá, de entrada, unos efectos catastróficos en la economía de los países europeos y sus habitantes. No es un buen negocio, diría Trump si fuese europeo. En esta época de cambio de paradigma en política internacional, Europa debe reinventarse: implementar una nueva política de paz y de diplomacia. Tiene que tener claros sus intereses y jugar con astucia sus bazas para defenderlos, respetando las reglas éticas de respeto que deben regir entre naciones, ignorando la testosterona combatiente al uso y negociando a cuatro bandas el problema de la paz global y el de Ucrania.

Pero hay un problema secundario previo: la falta de una voz única y solidaria en Europa. Algo preciso antes de lanzarse al pozo sin fondo del rearme. Buscar y lograr esa unanimidad solidaria, en los múltiples aspectos en juego: militar, financiero, fiscal, de política exterior. Con la voluntad unitaria de los partidos políticos, superando sus diferencias internas. Controlar los poderes del Parlamento Europeo en momentos de crisis y las actividades de algunos partidos de orientación autoritaria, decididos partidarios de la violencia. Y ante estos nuevos tiempos, crear en el seno de cada estado un área intocable para los intereses partidistas: desde la política exterior y de defensa hasta la educación (uno de los elementos de más relevancia en el progreso de los países) y la política presupuestaria

Hay que ser consciente de las dificultades de implementar esa unidad europea en un plazo corto y menos con urgencia. Suena sin duda utópico. Pero es el ‘tempo’ de acción lo que tenemos que controlar, evitando el ritmo y velocidad excesivos con el que se desarrollan los acontecimientos: en estos momentos eso solo conviene a Trump y compañía. Pero ese control de reacción sólo sería útil si de forma urgente Europa se planteara  tomarse un tiempo de reflexión, anular las declaraciones militaristas y los movimientos armamentistas, e incluso la narración  alarmista de lo que está en juego: simplemente pensar en común y comenzar reuniones al más alto nivel a fin de negociar un escenario diplomático controlado.

Una encuesta realizada a ciudadanos de España, Inglaterra, Francia, Italia y Alemania, muestra datos muy significativos sobre el rearme en Europa, aunque indudablemente de valor muy relativo. Según la encuesta, la mayoría opina que Trump es una amenaza grave para Europa, pero Putin también lo es. Si hubiera una guerra entre esos dos países, los europeos ya no están tan dispuestos a apoyar a EE.UU. como antes de la actual presidencia. La mayoría relativa apoya la creación de un ejército europeo, incluso hay partidarios de volver al servicio militar obligatorio (España e Inglaterra en los últimos puestos). Y casi la mitad de los consultados piensan que es probable que Rusia ataque a otro país después de Ucrania. En este punto la influencia de las informaciones tóxicas es evidente.

En general un examen de los medios informativos muestra una aceptación bastante general de la exigencia trumpista de rearme, con sospechosa celeridad en algunos gobiernos europeos, aunque con bastantes reticencias. Algunos opinan que es necesario implementar una ‘política común de defensa’. Pero eso no se debe reflejar “ipso facto” en un rearme, sino en lograr objetivos previos e internos mucho más esenciales: propiciar y amparar investigaciones propias en todos los campos importantes, generar un mercado único financiero, con sus propios cortafuegos, amparando inversiones propias y ahorro comunitario, progreso y mejora del sector energético y el de telecomunicaciones, eliminar barreras administrativas y la excesiva burocracia, un marco regulatorio y ejecutivo único, por encima de partidos y de ideologías extremas, como un amparo de la libertad y de la solidaridad.

Pero el conflicto de Ucrania nos propone una lección y un cambio, hay que ajustar la doctrina militar a los nuevos escenarios tecnológicos,  coordinar las capacidades de cada país y fortalecer el conglomerado industrial y logístico de defensa. La acelerada dinámica bélica de Ucrania, nos ha ofrecido varias lecciones. La primera de todas es que una política de defensa debe ser ágil y con capacidad de reaccionar y ajustarse a un cambio total de los principios de la guerra tradicional. La evolución tecnológica ha sido tan veloz y radical que los escenarios bélicos se ven obligados a sujetarse a una dinámica flexible de cambios estratégicos y tácticos, unido a una logística de suministros de flujo constante. Las guerras relámpago han pasado a la historia, como evidenció la reacción ucrania ante el ataque ruso de 2022, donde se vio la eficacia de la guerra tecnológica de drones y aviación ligera con actividades furtivas y de reconocimiento. Tácticas de guerra ambiental y sabotaje con grupos reducidos y especializados muy activos. Y una logística de suministros en alerta continua, más el protagonismo de los drones, municiones teledirigidas y sistemas ligeros. Todo ello no es óbice para mantener que Europa debe ser un espacio de libertad, paz y progreso social y económico. Y, en consecuencia,  la mejor política de defensa del espacio europeo debe aspirar a un ejército común, bien dotado con armamento fabricado en Europa  y con mando político y militar único y colegiado.

Una Europa con principios y valores éticos, acercaría el continente a otras culturas y otros movimientos, desde India, los países asiáticos, hasta el grupo de los BRICS y pequeños países de África y Asia que desconfían de las potencias imperialistas como Estados Unidos, Rusia, Corea del Norte o China. Y aborrecen del nuevo desorden mundial, regido por la ley del más fuerte, agresivo y expansionista. También las grandes instituciones, Banco Mundial, FMI, la OMC, la OMS, el Tribunal Penal Internacional, la misma ONU, están siendo dañadas por Trump y sus socios. La MAGA (Make America great again: “Hagamos que Estados Unidos vuelva a ser grande”) lo es todo para ese presidente; el resto del mundo le importa un rábano, sin que él se percate de que el prestigio de los EE.UU. va cayendo en picado. Por lo demás, las medidas del nuevo presidente son cada vez más ruidosas y efectistas que dañinas. Por ejemplo en el tema de los aranceles, la propia regulación interna entre los países de la UE equivale a un arancel del 45% para las manufacturas y del 110% para los servicios. Si bajamos los aranceles propios, neutralizaremos los de los USA. En cuanto a la batalla tecnológica de la IA, se pierde frente a EE.UU. debido a que no orientamos recursos para proteger a las empresas tecnológicas emergentes en Europa y dejamos por comodidad y codicia que se las lleven fuera.

Para terminar, hablar de rearme europeo cuando aún no disponemos de un ejército europeo, es echar margaritas a los cerdos. Como decía Churchill: “hagamos lo que tenemos que hacer, pero después de agotar todas las demás posibilidades”. Y esas otras salidas aún no están agotadas: Europa ha perdido mucho tiempo confiando en un aliado que ha dejado de serlo, Estados Unidos. Ahora debe defender su integridad e independencia, su libertad, un marco económico y jurídico estable y garantizado, una capacidad adecuada de ejercer una política exterior y, poco a poco, un sistema de defensa propio. Es hora de “reinventarse” no de “rearmarse”.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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6 marzo 2025 4 06 /03 /marzo /2025 04:10

LIBROS PARA COMPRENDER EL MUNDO EN EL QUE VIVIMOS...

... Y DEFENDERTE DEL ASEDIO Y SEDUCCIÓN  DE LAS TECNOLOGÍAS Y LAS IDEAS NEOFASCISTAS

Las nuevas tecnologías y el auge de los regímenes políticos e ideologías de ultraderecha, los populismos y el predominio de la permisividad antiética en las redes, conforman junto con la crisis e inseguridad climática y económica, más la proliferación de puntos bélicos o prebélicos en el mundo, una especial psicología global de miedo, ira y fatalismo que nos afecta a todas las personas que vivimos este siglo peligroso, aunque no en la misma medida. Y prepárense, la menor preocupación por el desastre climático, la polarización política o el rechazo a la inmigración,  se da entre la generación Z, los jóvenes de 18 a 24 años, así como el acercamiento hacia posiciones de intolerantes de ultraderecha y simbologías nazis o fascistas. Como denunciaba un ensayista  en la segunda decena del siglo XXI, “la cultura del capitalismo libertario (tan lejos del auténtico liberalismo) evoluciona imparablemente hacia el autoritarismo postdemocrático”...donde ya estamos navegando como prisioneros a remo, como personajes de una novela de J.G. Ballard, el profeta del nuevo milenio

Para estar mejor informados, librarnos de las mentiras y deformaciones que circulan por nuestras pantallitas y forjar una opinión realista, lógica, razonable y lo más cercana posible a los hechos y la veracidad, no hay como usar el mejor invento cultural humano de todos los siglos, el libro. En toda la oferta inmensa de ensayos sobre los diferentes aspectos de la actualidad sociopolítica, económica e ideológica, he escogido cinco títulos, basándome en la oferta de ideas que sugieren y en las temáticas que abordan: desde los problemas vinculados al universo digital, hasta la situación geopolítica actual y las principales cuestiones y desafíos que los conflictos actuales nos plantean. He tratado de resumir sucintamente los análisis y juicios que nos brindan los autores, manteniendo en todo momento una ecuanimidad muy necesaria en la era de las “deeepfakes”. La complejidad del momento está basada en la falta creciente de contenido (y manipulación) de ideas-base utilizadas por todos en el siglo XX y principios del XXI. El contenido de palabras como democracia, solidaridad, verdad-falsedad, comunismo, racismo, identidad sexual, violencia, libertad, formación educativa, participación, drogas, juventud emancipada, derecho a la vivienda, bases políticas, progreso, consumo, ecología, clima, contaminación, dinero...entre otras, han sufrido una mixtificación bastante significativa, cuando no absoluta.  

Y no sólo los conceptos y las ideas, también la manera de presentarlas, deformarlas y usarlas como munición de ataque y defensa. Todo ello en un clima de confusión formativa e informativa. Por tanto, ¡adelante y ajústense los cinturones! Comienza  el viaje entre libros que le mostrarán un mundo que creían conocer y que les va a asombrar y... a asustar.

El primero es de un analista político de “El País”, Andrea Rizzi, autor de un libro recién publicado: La era de la revancha (Nuevos Cuadernos Anagrama, 2025). Alejo Schapire nos ofrece La traición progresista y El secuestro de Occidente, ambos en Libros del Zorzal, 2021 y 2024. Lo posthumano de Rosi Braidotti en Gedisa (2013). Fake News, haters y ciberacoso, de Mauro Munafo en Ed.Laberinto (2021).

La era de la revancha

El libro de Rizzi es una profunda reflexión sobre los cambios geopolíticos, económicos y sociales de las últimas décadas que nos recuerdan (con sorpresa y alarma) ficciones como “1984” de Orwell, “El mundo feliz” de Huxley, “La hora final”, “El juego del calamar”, los filmes de robots e Inteligencia Artificial desaforada como “Matrix”, “Blade Runners” “Her”  “Terminator” o el ambiente social violento y agresivo  de “La naranja mecánica”. Pero, no se asusten, Rizzi es un defensor de la resistencia intelectual en el análisis y evita el catastrofismo, sin minimizar la gravedad de los conflictos que menudean en nuestra época como las setas en otoño. Y la única manera de mantener el equilibrio en este escenario es buscar y analizar las causas estructurales de esos problemas que a todos nos angustian: Ucrania, Israel-Palestina, crisis climática, emigrantes, ultraderecha creciente, Trump desmelenado y los que le ríen las “gracias”... entre otros. Y adonde pueden llegar a parar.

Esencialmente nos llama la atención sobre dos dinámicas proyectivas que en esta época compiten en generar desequilibrios: el desafío de potencias autoritarias (China, Rusia y sus abanderados) que cuestionan el orden mundial democrático liberal nacido tras la IIGM y un elemento más preocupante: porque han anidado en el seno de las democracias liberales  y apoyan la creciente ola de nacional-populismos., que captan y manipulan las frustraciones de grandes sectores sociales y les venden el humo de la nostalgia de las dictaduras de ayer. Entre ellas interactúan; lo hemos visto aquí, por ejemplo, en el auge de Vox al amparo de Trump. No cesan sus ataques contra los derechos humanos, el juego político democrático y determinadas cuestiones esenciales: el cambio climático, racismo, políticas de inmigración y un increíble revisionismo del nazismo y fascismos varios. Todo ello en un ambiente social exento de racionalidad, respeto a las ideas, humanismo y espíritu crítico. Añadamos al desbarajuste caótico del espacio digital, donde toda idea excesiva y absurda tiene su asiento, junto a una violencia verbal y una inmunidad devastadoras.

Rizzi, apoyándose en magníficas citas de Shakespeare, Calvino, Goethe o Dante nos recuerda que esos grandes dislates, esas voces discordantes y agresivas, han existido siempre, aunque quizá no con la resonancia que les da la plataforma mundial digital, regida por una fracasada tecno utopía  que había prometido más democracia en los ámbitos de la política, la libertad de expresión  y el resurgir de una nueva economía y ha provocado la lamentable polarización sociopolítica de muchos países (el nuestro, también), la inseguridad privada y una amplia gama de delitos digitales. Eso es lo que, según Rizzi, da solidez a ese espíritu de “revancha” que caracteriza nuestro tiempo. Y para terminar, nuestro analista deja un resquicio para que entre la esperanza: la humanidad debe afrontar con valentía, sacrificios  y solidaridad a todos los monstruos que la amenazan, pues –como promete Dante- sólo con la resistencia se puede superar el tortuoso camino y encaminarse hacia la luz de la paz y el respeto entre los seres humanos.

Pero para poder aplicar esa resiliencia es preciso tener clara las estructuras de la situación global y entender las “tribulaciones de occidente” (todo lo que nos está saliendo mal, a pesar de los buenos pronósticos, tras olvidar lo que nos enseñó la II Guerra Mundial); las “reivindicaciones de  Oriente” (todo lo que se ha torcido en esos países, debido a la buena salud de  los vicios dictatoriales);  y los “anhelos del Sur global”, harto del neocolonialismo y la explotación de los “grandes”. En el Epílogo de su libro, Rizzi nos  ofrece una visión ética y constructiva del panorama donde no sólo se rediseñan estrategias , alianzas y coaliciones (ampliación de la OTAN y de los BRICS),  sino que las cuestiones de fondo, respeto al ser humano por encima de razas o religiones, los derechos que recoge la Carta fundacional de la ONU, la igualdad entre los sexos o la diversidad, la protección de la infancia, la salud y el bienestar, el acogimiento a los inmigrantes y más por razones de supervivencia –guerras, hambre, sequías-, han sufrido la influencia coercitiva de los nacional populismos y están volviendo a surgir vallas, muros y  fronteras cerradas, anulación de los derechos de asilo, barreras arancelarias, colapso de instituciones internacionales (ONU, G20 y COP29) y anulación de tratados de control de armas y aumento de los gastos de Defensa en todos los países. Efectos que ya tienen el sello del elefante naranja Trump en la cacharrería mundial.

Nuestra norma de vivir bajo un orden aceptado y respetado  (basado en el consenso de instituciones, patrones y normas que guían las relaciones entre Estados y entre estos y sus ciudadanos) se deshace: prospera la impunidad, se rompe el equilibrio, crecen las narrativas incendiarias y la manipulación “informativa” gracias al sumo poder de las plataformas digitales, desaparece la fuerza ética de los medios tradicionales y se manipula el debate público; rigen los demagogos, la oligarquía gobierna en la sombra. Se instaura un orden injusto en el mundo, incapaz de ofrecer soluciones a problemas reales (el clima, la pobreza, la inmigración, la (in)formación, beneficia  a algunos pocos y perjudica a la mayoría, en grados crecientes e inaceptables de dureza.

Es precisa una reconfiguración del orden mundial, empezando por el Consejo de Seguridad de la ONU e instituciones de signo  mundial (como la OMC o la OMS), los derechos de asilo y la defensa común contra el cambio climático, para que reflejen mejor el mundo actual en las cuotas de derechos de voto y funcionamiento. Sin olvidar la pavorosa amenaza trufada de ilusionantes avances que es la Inteligencia Artificial. Es preciso un  nuevo contrato social que refuerce la calidad democrática y la cohesión social  a través de  consensos amplios, con mecanismos de recaudación fiscal sólidos y servicios públicos eficientes y protección social para los más necesitados.

Rizzi cita un párrafo de la novela de Italo Calvino “Las ciudades invisibles” para ilustrar la necesidad de una rebelión individual que rechace las tres grandes tentaciones del ciudadano de hoy: el ventajismo, saltarse las reglas; el partidismo, todos son malos menos mi partido; y el nihilismo, contra los abusos de la  autoridad y el poder. “El infierno de los vivos, no es algo por venir; si hay uno es el que ya existe aquí, el que habitamos todos los días y que formamos entre todos. Se puede aceptar el infierno y volverse parte de él. O, aprender a reconocer quién o qué, en medio del infierno, no es infierno y hacer que dure y darle espacio”. El peso de las acciones individuales como cortocircuito de ese remolino, adquiere un nuevo valor. Es la preservación del juicio personal y su orientación en el norte moral, rechazando los argumentos torcidos de la lógica del cierre de filas –grupos, partidos, no sólo fascistas o de ultraderecha- - desde dentro o desde cerca de ellas. La rebelión pueden empezar con un no, pero también con un ¿por qué? Salir del conformismo, la indiferencia o el nihilismo. Buscar la malla rota en las redes que nos oprimen.

La traición progresista

El primer libro de Alejo Schapire nos dice que el mantra de la nueva izquierda es “no ofender” a los que les comen el terreno, la ultraderecha y su gestión de los emigrantes, la oposición, los necesitados. Su error fue avalar una tendencia frustrada, la del capitalismo “woke”, que ha perdido la firmeza de las convicciones en pos de un “estar en la línea” que le hace difuminar sus ideales en compromisos a corto plazo. ¿Dónde está la numantina defensa de la libertad de expresión? ¿Por qué la defensa de las nuevas especies de sexualidad ha supuesto una trampa social y laboral de difícil encuadramiento? Y la lucha contra el racismo se ha ido convirtiendo de una forma sigilosa en un antisemitismo que hace decir a una reputada filósofa norteamericana, Joan Butler, que Hamas y las facciones radicales islamistas son “los abanderados de la lucha izquierdista contra los monopolios capitalistas”. Una deformación que está sujeta a una irrelevancia del progresismo en un mundo complejo que no admite ya las viejas y oxidadas fórmulas de la lucha de clases. Y así “las fuerzas que consideran el pluralismo una virtud –las antitotalitarias- son muchísimos más revolucionarias que las antiimperialistas y darán lugar a mejores luchadores por los objetivos de la izquierda tradicional” (Christopher Hitchens).

Este libro es como el espejo mágico de la madrastra de Blancanieves, nos muestra la vejez prematura de la izquierda antiimperialista, que está avalando modelos autoritarios, reactivando métodos de preservar la “pureza ideológica” que recuerdan al estalinismo, de relativismo moral y cultural y cometiendo errores de bulto como la condena sin paliativos de la salvaje respuesta israelí al ataque no menos salvaje de los “héroes de Hamas” y promoviendo auténticos autos de fe contra los rehenes de los islamistas (hasta el punto de romper públicamente carteles con las fotos de las mujeres y niños secuestrados). La traición del  progresismo narra un problema cognitivo: con tal de no estigmatizar al diferente, no tiene reparos en hacerlo con el que está enfrente. Y que nadie ose criticarlo. Un progresismo para el que el antisionismo es la coartada que convierte a los verdugos de los judíos en víctimas de la sociedad”.

En su segundo libro, El secuestro de Occidente, Schapire nos muestra con su lucidez  también un poco sesgada por su evidente tendencia de defensa del semitismo, como en Europa por los fallos de gestión ideológica de esa izquierda, se expanden los nacionalismos populistas en occidente que destruyen los pilares de la democracia y la racionalidad liberal. Y la lucha por la democracia se ha complicado sustancialmente ya que no sólo tenemos el auge de la ultraderecha, sino un progresismo que, sin percatarse de ello, comparte el dogmatismo identitario de la derecha extrema. Y los métodos inquisitoriales para acallar la disidencia. El “depende del contexto” con el que se justifican y manipulan actitudes y comportamientos “woke” ( palabra que inicialmente definía a los que están  “despiertos” ante cualquier tipo de discriminación social y racial) se ha convertido en la práctica en  una censura inclemente a cuestiones relacionadas con una rigidez de pensamiento sobre lo que es “correcto”. Ejemplo:  Disney en sus dibujos animados de “Peter Pan”, “Dumbo” o “El Libro de la Selva” pone una nota advirtiendo que “estas obras vehiculan estereotipos racistas”. La ideología “woke” se convertido en una especie de religión secular que impone un dogma infalseable y una moral binaria de buenos y malos en función de su identidad al nacer. La filósofa Judith Butler  es una de las gurúes del movimiento (representado con la ‘Black Lives Matter’: la identidad del grupo está por encima de la identidad individual) que acoge una militancia activa en defensa de la inflación de fobias rechazadas por el wokismo: homofobia, lesbofobia, transfobia, gordofobia...”. También promueve la destrucción de estatuas en su campaña de “Condena de la memoria” una fiebre destructora de estatuas dedicadas, por ejemplo, a Colón, Cervantes, Franklin, Lincoln, Churchill, Voltaire. En el plano laboral ha denunciado la “discriminación sistémica laboral” que olvida los criterios de méritos en los accesos a trabajos  y exige protecciones a minorías, aunque estén menos preparadas, sólo por ser negro, transexual o disminuido físico (“cuotas” de reserva laboral para esos grupos). Es una ridícula “policía del pensamiento correcto” orwelliana que, con sus excesos, han favorecido, por ejemplo, el regreso de Trump, que supera el “wokismo” a base de apoyar la extrema derecha y el autoritarismo.

Con Lo Posthumano, la profesora de la Universidad de Utrech, Rosi Braidotti, ya en 2013, daba un toque de alarma sobre algo que ya vivimos en el día presente: la desaparición de fronteras nítidas entre lo que es humano y lo que no lo es. Lo curioso es que a la velocidad que lleva el “progreso” del universo digital el libro podría estar ya desfasado. Pero no. ¿Por qué? Simple: Braidotti no se ocupa de los “avances” sino de las “tendencias” -de una complejidad apabullante- sobre cómo afrontar de forma ética y defensiva un tipo de vida que ya tenemos aquí: la comida genéticamente modificada, las prótesis orgánicas, tecnologías reproductivas, las identidades y roles sociales difuminados por la Red, la colonización de la vida cotidiana bajo el empuje consumista y depredador del Sistema-Mercado y el proceso capitalista imparable de depredación, producción y consumo bajo la lógica del beneficio. Y, por supuesto, la I.A. Los movimientos medio ambientales –y un cada vez más presente Cambio Climático- los de género, sacudidos por la permisividad “woke” y el anatema de la ultraderecha, más la lucha permanente por cuestiones raciales y emigraciones forzadas que ha dado un giro dramático al humanismo, frente a unos EE.UU. que han dejado de ser el faro de la democracia en el mundo.

Y, para cerrar esta oferta de libros necesarios aunque “inquietantes”, recomiendo el volumen de Mauro Munafó,  periodista digital italiano, experto en rastrear el mal uso de las redes sociales y en especial de las noticias falsas y el odio en línea, “Fake news, haters y ciberacoso: A quién sirven y cómo protegerse”. La espiral de retroalimentación entre las noticias falsas y los discursos de odio en línea, convierte ese fenómeno destructivo  en un cáncer de las redes, usado como uno de los arietes de la extrema derecha, los neonazis y los fascistas de nuevo cuño. El libro de Munafó, ilustrado con mucha gracia por Marta Pantaleo, toca asuntos de la relevancia de  un “Manual de acción contra el ciberacoso” ; “El asalto a la privacidad: doxing y revenge porn”, “Los hater”, “La fábrica de fango”, “El odio que vierte la red”, “Los daños reales del acoso virtual”, “Reconocer y desmontar una noticia falsa”, “Deepfake, la última frontera”, un “Manual para la verificación de hechos a prueba de bulos”, “Los acosadores invaden los juegos en línea”...más un glosario “para no perderse”. Todo servido con una redacción a prueba de no iniciados.

Son libros prácticos y necesarios en un mundo que se complica:  Trump, Putin, Orban, Milei, Milena, Netanyahu; Yemen, Siria, Arabia Saudí...varios países desdichados en África negra, China o Corea del Norte...crisis en la OTAN, los Brics, la ONU, la UE, la OMC, la Agenda del Clima... Sumen hambrunas, sequías, huracanes y Danas, fuegos inabordables, océanos esquilmados, refugiados y millones de emigrantes asaltando las nuevas fronteras valladas y con muros de la vergüenza en progreso geométrico...Como dijo alguien: “Que paren el mundo, que me bajo”.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

 

 

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2 diciembre 2024 1 02 /12 /diciembre /2024 22:03

COMPROMISO Y CULTURA (diciembre 2024)

MAFALDA INSPIRA LA CONCIENCIA CRÍTICA DE LA IZQUIERDA DESDE HACE 60 AÑOS

El dibujante argentino Quino creó un tipo de cómic que  satirizó la política y la sociedad en una época de luchas generacionales por la libertad

Conocí a Quino, Joaquín Salvador Lavado, en el Buenos Aires de los años 80, casi diez años después del ominoso golpe de Estado militar que le obligó a exiliarse en Italia, junto a  su mujer Alicia Colombo. Le llamé por teléfono, me dijo que odiaba las entrevistas pero al decirle que venía de Barcelona y trabajaba para “La Vanguardia”, aunque le entrevistaba para una revista juvenil que a la sazón dirigía yo, me citó en su propia casa, un piso alto, el décimo quinto, en pleno centro de la capital. “Venga a las doce, así a la hora de comer, le echo”, me dijo con tono irónico.  El dibujante era un hombre delgado, de estatura media, de unos 50 años -aunque aparentaba muchos menos- con aspecto frágil, miope y con grandes entradas que dejaban una frente de soberbio esplendor y mostraba un algo juvenil, casi contestatario, en su figura. Tenía una sonrisa tímida, era muy amable y se expresaba con precisión de filósofo, pero de una forma sencilla, simple y clara. “Tengo mis reparos con los periodistas, pero el hecho de que hablamos para una revista juvenil, me ha decidido. Yo creo que los jóvenes están “limpios” del pasado y pueden encarar un futuro mejor”. Me recibe en su pequeño cuarto de trabajo, con una mesa de dibujo inclinada, un sofá y una estantería repleta de libros. Tras las ventanas se divisa un horizonte de tejados. Quino me hablaría más tarde del “turbio y salvaje pasado” y para mi sorpresa se refería a la guerra civil española como uno de sus “horrores supremos”, aunque tenía 4 años cuando estalló y ya vivía con su familia en el exilio (Quino nació en Mendoza, provincia argentina, al este de los Andes). Entre los 6 y los 10 años perdió a sus padres y nunca logró superar su sensación de orfandad. Quizá por eso no llegó a tener hijos...cuestión que, por supuesto, no se me ocurrió plantearle.

Vaya por delante una aclaración: no vamos a hablar sólo de Mafalda, por su carácter de símbolo de una época, que mantiene su actualidad. Analizaremos todo el trabajo de este humorista excepcional. Quino fue uno de los más valiosos exponentes del humor gráfico de carácter socio-político, con un mensaje de un humanismo sin tacha, pleno de sutileza, inteligencia y causticidad, dotado de una habilidad definitoria sorprendente basada en la simplicidad de su dibujo y el trazo claro y limpio que aumentaba la contundencia de su mensaje. Uno percibe en sus historias gráficas una ironía ingeniosa y nunca agresiva, con una pátina de ternura y comprensión ante las contradicciones del ser humano. Ya en aquella entrevista me dijo que no pensaba “resucitar” a Mafalda jamás. ¿Por qué? Pregunté. La aseguré que haría felices a millones de fanáticos de esa niña fea, cabezona, divertida, ingeniosa e inteligente que resume en unas pocas palabras -entre la ironía, la inocencia y el sarcasmo infantil- todos los problemas realmente importantes de los humanos del pasado siglo. “Me cansé de ella, tenía la sensación de estar repitiéndome y...me desgastaba, no me dejaba vivir: un personaje fijo te limita. Y más, a mí, que no soy creativo de modo instantáneo. Yo soy pura laboriosidad. Borro muchísimo. Y trabajo de sol a sol, como un esclavo. Me voy a la cama a las tantas y aún entonces me llevo un bloc y un lápiz, por si acaso...Una visita, un incidente, puede arruinarme  una jornada de trabajo (sonríe con picardía al ver mi gesto de horrorizada disculpa). En tu caso hago una excepción. Me agrada charlar con un “gallego” de Barcelona. Yo también soy “gallego”, como llamamos aquí a los españoles y a sus descendientes. “Y Manolito, el hijo del tendero, que es uno de tus personajes más divertidos”, le recuerdo. Me habla del resto de  la pandilla de Mafalda: Felipe el niño soñador, tímido y siempre dudando de todo (lo digo a Quino que es mi personaje más entrañable: sonríe y me dibuja una dedicatoria con Felipe, en uno de sus álbumes); Susana, contrapunto burgués, mezquino, chismoso y clasista de Mafalda, Miguelito, egocéntrico y directo; Guille, el hermanito de Mafalda, que parece prometer más causticidad crítica y Libertad, tan chiquita como grande es su desafío personal a la autoridad arbitraria....Es como un símbolo irónico de la libertad humana, digo. Quino lanza una carcajada. “En realidad no trataba de simbolizar nada, era sólo el reflejo de algo real: en el barrio de Belgrano de esta ciudad, existe una estatua de la Libertad y es tan diminuta y está tan escondida que apenas nadie sabe de su existencia. En muchos países vivimos con una ignorancia muy extendida sobre dónde está la libertad”. Mafalda –me dice- fue más popular porque de alguna forma es el personaje de cómic que representa al Tercer mundo, como Charlie Brown y Snoopy, al occidente capitalista. “Lo cierto, me confesó, es que no me queda mucha esperanza en el ser humano...sea del hemisferio que sea; claro que hay buenas personas, pero en cuanto te descuidas, el que menos te esperas se convierte en una Susanita delatora o un Manolito sin bondad y codicioso”.

 

Quino me habla de su admiración por dos maestros del humor, Forges y el cineasta Woody Allen. Hace una última observación (ha aparecido su esposa con una sonrisa de disculpa y el anuncio de que la  “mesa ya está puesta” y me apresuro a despedirme): “el cine, como has apuntado antes, tiene mucho que ver con la estructura interior de la historieta, el montaje y los encuadres y su dinámica. Y eso se percibe no solo en las tiras de Mafalda, también en los dibujos de mis álbumes: “Qué presente impresentable”, “Déjenme inventar”,  “Gente en su sitio” o “A mí no me grite”, entre otros. Buen viaje de vuelta. Nos vemos en Barcelona.” Pero esa cita no tendría lugar. Hace cuatro años, el 30 de setiembre de 2020, un Quino muy baqueteado por un permanente estado de mala salud, se llevaría a su Mafalda como pasaporte para que el Portero de allá arriba le dejara pasar al País de los Inmortales.

Mafalda nació como un encargo publicitario de una empresa de electrodomésticos: las características exigidas, era que el nombre de la niña empezara con M, que formara parte de una familia de la clase media baja, -la que comenzaba a comprar electrodomésticos en Argentina a principios de los 60- y que tratara temas relacionados con el consumo y el aumento social de nivel de vida. Quino ya era un humorista gráfico conocido en el país por sus trabajos en revistas populares. La cosa no cuajó pero Quino decidió seguir con sus personajes aunque dándoles un aire más crítico y mordaz, en temas socio-políticos y culturales. Las tiras de la renacida Mafalda comenzarían a publicarse el 29 de setiembre de 1964 en la revista “Primera Plana” y un poco más tarde (desde 1965) en el diario “El mundo”. Y consiguió un pleno triunfal. No sólo gustaba a los niños por su sentido del humor y sus desafíos llenos de sensatez, sino a los mayores, por las demoledoras referencias a cuestiones que concernían a la vida cotidiana, laboral, familiar y política de cualquier adulto, seráficamente vistos desde la irónica inocencia, lúcida y demoledora, de Mafalda, ante la que los adultos no tenían respuesta posible. En dos años Mafalda había conseguido millones de seguidores y había “saltado el charco” consiguiendo similar éxito multitudinario en Italia, España (donde la censura franquista obligó a la editorial a poner el cartel “para adultos” en el álbum, como si fuera uno de Mino Manara) Francia, Alemania, Portugal, Finlandia, toda Hispanoamérica y hasta en China o Corea. En Estados Unidos, no. Quizá porque Mafalda no dejaba de condenar la guerra de Vietnam y el capitalismo salvaje.

Eran los tiempos de la contracultura, de la contestación intelectual y popular e incluso sedujo a sesudos tratadistas de la importancia, por ejemplo, de Umberto Eco. Hasta 1973 se publicaron unas 2.000 tiras de Mafalda en diarios y revistas de casi todo el mundo. Alguien dijo que Mafalda debía considerarse como uno de los personajes clave para entender los años 70. ¿Cuáles eran los temas que desarrollaba Quino a través del nivel del universo Mafalda? Pues, justamente aquí es donde entroncamos con nuestro aserto de que Mafalda no fue el mejor trabajo de Quino, aunque sí fue el más popular. Ya que la temática crítica de Quino, explotada a través del  minucioso y detallista dibujo del humorista, era más o menos, la misma: las revueltas estudiantiles, la corrupción política, la brutalidad dictatorial, los golpes de Estado, el pacifismo, la defensa de la mujer y el feminismo activo, la ecología –uno de sus temas preferidos: ya barruntaba que eso, sesenta años más tarde, sería uno de los problemas más candentes y amenazantes del mundo actual,- la industrialización tecnificada, la libertad de expresión (Quino llegó a conocer la manipulación del mundo digital, aunque ya le pilló demasiado mayor), las mentiras y los falseamientos en política, la indefensión, las emigraciones forzadas y rechazadas, la violencia en todas sus formas, las malditas, malditas guerras, los derechos humanos que son tan continuamente vulnerados...

En 1981 se llegó a realizar un largometraje en Argentina con los personajes de Mafalda, en color. El filme no tuvo éxito. Una espectadora le dijo a Quino que “la voz de Mafalda no era esa”. Curiosa trasposición psicológica de la “voz” de un personaje dibujado que es, sin duda, diferente para cada uno de los lectores de las tiras. Después se hicieron filmets reducidos, pero fueron mudos, bajo una música de fondo.

Leer a Quino en las páginas de sus libros, es una reflexión permanente, con sus ribetes de alguna carcajada y casi siempre, de una sonrisa ante el ingenio y la causticidad de sus denuncias. Esa es la razón por la que les he recomendado que busquen los álbumes de Quino y les garantizo unas horas de inteligente distracción que, a menudo, les arrancará una sonrisa cómplice y comprensiva. Y aunque siguen siendo actuales, en muchos casos los disfrutarán con un comentario: “acertaste Quino, así están las cosas, hoy”.

Figúrense de cómo estaban las cosas respecto a la buena salud de los trabajos de Quino que Gabriel García Márquez le dedicó unos párrafos en 1992 en ocasión de las celebraciones del Quinto Centenario, en el que se hizo un homenaje a Quino y su Mafalda en una exposición  de 2.000 metros cuadrados. Bajo el título “Quinoterapia”, el gran Gabi escribía: “Quino, con cada uno de sus libros, lleva ya muchos años demostrándonos que los niños son los depositarios de la sabiduría. Lo malo para el mundo es que a medida que crecen van perdiendo el uso de la razón, se les olvida en la escuela lo que sabían al nacer, se casan sin amor, trabajan por dinero, se cepillan los dientes, se cortan las uñas, y al final-convertidos en adultos miserables- no se ahogan en un vaso de agua, sino en un plato de sopa. Comprobar eso en cada álbum de Quino es lo que más se parece a la felicidad: ‘la quinoterapia’.

Pues bien, precisamente es ese el objetivo del presente trabajo. Ya no tenemos a Quino –mejor para él, sin duda- para que nos haga reír o sonreír al menos, con el tipo del tupé rubio -con apellido de trompazo de comic- que va a dirigir, de una forma seguramente surrealista, por calificarla con prudencia- la deriva de esa gran nación americana en horas bajas o que al otro lado del espectro hegemónico mundial pueda hacer un chiste sobre jerarcas mesiánicos dominando imperios-el ruso, el chino o el más diminuto pero igualmente peligroso de Corea del Norte-- con mano de hierro. ¿Qué diría Felipe, o Guille o Libertad o la misma Mafalda, del reinado de la mentira dañina universal a través de redes dominadas por magnates de la clarividencia ética de un Musk? Por tanto, Quinoterapia a gogó. Un poco fuera de onda por razones lógicas: hay el enorme hueco de los avances tecnológicos y de los “avances” en desastres naturales o “artificiales” desde Ucrania, Palestina y Líbano, Sudán o Yemen, los miles de personas desplazadas por el hambre y la guerra que son considerados “carne de cañón” por media Europa, Estados Unidos y otros países...y, por supuesto, la destrucción del ecosistema con efectos cada vez más frecuentes y más duros. Y eso sin nombrar las formas y estilos de vida y sociedad, invadidos por un sistema neoliberal del capitalismo avanzado, basado en la producción, el despilfarro y  un consumo sin contención, una pérdida del sosiego y el sentido común, el relajamiento total de principios y valores morales, el auto esclavismo laboral  y el desequilibrio en casi todos los órdenes de la vida.

Aún así, hagan la prueba, empiecen por una pequeña dosis de Mafalda, sobre todo de los últimos álbumes, y después entren a saco, si logran hacerse con alguno de los libros de la extensa producción de Quino y prepárense para gozar de buenos ratos, en los que la inteligencia y el ingenio, se unen a un sentido cáustico, pero a menudo tierno, del humor de este argentino-español, una especie de cruce entre Kafka, Canetti, Quevedo, Cervantes y el Conrad de “El corazón de las tinieblas”. Recuerden que hace sólo diez años, en 2014, Quino recibió en Francia  la Legión de Honor y en España el galardón del Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades.

Quino, volviendo a la entrevista del principio, había confesado que se sentía español y tenía pensado pedir la doble nacionalidad. Me he enterado indagando en su vida estos días, que durante su exilio en Italia, tras el golpe de Estado militar en Argentina, fue al consulado español en Milán para pedirla. Desdichadamente dio con un funcionario digno de sus álbumes que le espetó: “Y usted, con la edad que tiene, quiere hacerse ahora español?”. Quino contestó: “No se me había ocurrido antes, pero es que entonces estaba Franco”. Le dijeron “que volviera otro día”. Hasta el año 1990 no tuvo oportunidad de conseguirla y parece que se le aplicó un trato frío y protocolario, con un “firme aquí” y un “usted lo pase bien”.

Tengo la seguridad, por supuesto soñada y deseada, que Quino, que siempre fue un hombre algo tristón y nostálgico de imposibles, se ha merecido una sonrisa cómplice en el Edén de los luchadores de la Cultura, las Artes, las Ciencias y el Pensamiento Creativo. Seguro que cuando se cruza con Groucho Marx, Charlot, Buster Keaton, Einstein, Wittgenstein, Stevenson, Mann, Woodehouse o el mismísimo Homero, flanqueado de Cervantes y Shakespeare, no habrá ni uno solo entre ellos que no le dedique un guiño de fraternidad.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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5 noviembre 2024 2 05 /11 /noviembre /2024 23:39

JOSEP CONRAD, MAESTRO DE LA NOVELA INGLESA, NOS CONDUCE AL “CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS”

NACIDO EN LA UCRANIA POLACA DEL XIX, FUE UN MARINO ESCRITOR Y FALLECIÓ HACE UN SIGLO

 

Se cumple el centenario del fallecimiento de uno de los grandes de la literatura mundial y británica en particular: Jósef Teodor Conrad Nalecz Korzemiowski, nacido el 3 de diciembre de 1857, en Berdiczew (Ucrania), en el seno de una familia polaca de la pequeña  nobleza rural, bajo dominio ruso. Era hijo de un intelectual, autor teatral, traductor de Shakespeare al polaco y director de una revista, que sería detenido y condenado al exilio y prisión en una localidad del norte de Rusia, por haber intervenido en el levantamiento polaco contra el dominio ruso en 1863. En el destierro moriría de tuberculosis su madre y unos años más tarde su padre, agotado y enfermo por las inclemencias del clima. Conrad, huérfano, sería acogido por su tío a los 11 años. Decide ser marino y su tío le envía a Marsella al cuidado de un joven que conoce bien el gremio de los abastecedores de navíos. Su primera experiencia de navegación la hace por el Mediterráneo. Va teniendo aventuras en ese ambiente (una de ellas fue abastecer de armas a los carlistas españoles).

A los 21 años llegó a Inglaterra y comenzó a aprender su lengua y, en forma muy intensa, se dejó embrujar por lo que él llamaba “la caballerosidad y el honor inglés”. Empezó a navegar como grumete en un paquebote fluvial por el Támesis y así comenzaría una carrera de marino, marinero de primera, primer oficial, segundo de a bordo y capitán que le llevaría por todos los océanos a lugares remotos y culturas extrañas en los mares del Sur y Malasia, forjando su carácter con ese toque de disciplina, solidaridad y compañerismo, sentido del honor y laboriosidad que se resumían en un principio sacrosanto de la Marina británica: llegar a merecer del superior una frase sencilla y valiosa: “Buen trabajo”.

Conrad  resumió esa época con su habitual elegancia: “Aunque la simple curiosidad y un puro amor a la profesión de marina fuera lo que me llevó a abrazarla, la he ejercido escrupulosamente después de sufrir todos los exámenes reglamentarios y de haberme ganado la estimación de mis jefes de que fui un buen marino y un capitán de largas travesías digno de confianza”. Conoció un mundo abigarrado de marinos, comerciantes, corredores de comercio, aventureros, rajás, holandeses, chinos y malayos que integraría sus relatos y novelas.

Dos cuestiones más saldrían a flote en este sumergirse en las páginas de la obra de Conrad: el polivalente sentimiento de amor-odio-respeto-miedo hacia el mar; y la permanente huida y autovaloración de sí mismo frente a su otro juez interno: la escritura. Ella le permite crear un telón de palabras tras el cual se cobija una persona sensible, insatisfecha, autocrítica y triste. Al lector atento, la enorme y compleja riqueza del estilo literario conradiano le atrae fuertemente, pero también puede producirle la sensación de que detrás de ese estilo recargado, ceremonioso, cultísimo y profundo, hay un ser herido por la vida que trata de esconderse tras la recargada vestimenta de un noble caballero inglés del siglo XVIII; un pequeño polaco irritable, tímido, reservado y cordial, que nunca dejó de suspirar por su familia tan prematuramente perdida y por los ideales de una Polonia libre en una Europa unida.

Hacia la segunda mitad de su vida, abandonará la vida marinera y se hará escritor. Adoptará el nom de plume de Josep Conrad y así fue, es y será conocido por todos los amantes de la buena literatura. Murió el 3 de agosto de 1924 a los 66 años. Acababa de rechazar el título nobiliario de Sir, ofrecido por el primer ministro británico Ramsay Mc Donald en nombre de la Reina. Dejó inacabada una novela titulada “Suspense”.

Joseph Conrad es una afortunada mezcla de dos vocaciones vitales, profundas, creativas y fructíferas: la marina y la escritura. Unamos a esto tres coordenadas que influirán en su vida y su obra: lo polaco por sus raíces (y la lucha por su propia identidad, heredada de la dura historia de esa nación); la lengua inglesa por conquista, como él escribe “en el sentido en que es conquistada una mujer, por amor, que es una especie de rendición” y el mar, como oficio, desarrollo humano y formación (y hervidero de temas, caracteres y vigor viril en su obra). Pero no cedamos ante el espejismo del amor al mar de Conrad. Desde que lo abandonó para escribir sobre él, no volvió a acercarse a las olas y los puertos. El mar no podía ser su amigo, lo conocía íntimamente y sabía de su cólera y de la falta de sentido de los esfuerzos agotadores que exigía. Sólo en 1898, ya casado y con un hijo, Borys, por razones de índole económica, trata infructuosamente de volver a la Marina mercante sin éxito. Sus recuerdos de marino no le traían nostalgia: eran el material preciso para sus dotes de escritor, una materia a modelar. Casi todos los argumentos de sus mejores novelas y la temática de sus memorias y ensayos, tienen al mar como protagonista y depósito de personajes y acciones vividos o escuchados desde los 17 a los 37 años de su vida.

Aparte de su intrínseca valía literaria y su amor a los viajes y a la aventura pura y simple –que me atrajo desde mi adolescencia, cuando leía “Lord Jim, “La Línea de sombra” o “El espejo del mar- mi afecto por Conrad encontró más tarde una total confirmación cuando leí varias obras en las que el escritor defendía la paz, la solidaridad y el diálogo entre las personas y las naciones por encima de cualquier otra consideración. Una veintena de novelas, ensayos, relatos, memorias y una nutrida correspondencia, integran el corpus conradiano. Añadan quizá medio centenar de volúmenes críticos y biográficos. Y una nota al margen: los que piensen que conocen la obra de Conrad viendo “Apocalipsys Now” (supuestamente basada en “El corazón de las tinieblas”o algunas otras películas que reflejan, mal que bien, sus novelas: “Lord Jim” con Peter O´toole, “El agente secreto” o “Nostromo”...se equivocan. Para conocer y disfrutar de esas obras en todo su enorme  potencial, deben leerlas. Generalmente superan en valía, profundidad y brillantez a las películas correspondientes.

Cuando Conrad, bisoño capitán de barco, acepta en 1889 el encargo de sus armadores de remontar en rio Congo, no espera el horror que había de encontrar allí y que luego plasmaría en 1898 con “El corazón de las tinieblas”: un “Estado Libre” que en realidad era la propiedad privada del rey Leopoldo II de Bélgica, un sátrapa que convertiría el país en una fuente de riqueza, a manos de las mercaderes que obtenían los permisos de explotación y llenaban las arcas propias y las del rey, sin protección ni ley  ni autoridad alguna para con los nativos, tratados como esclavos y bestias de carga. El narrador, Marlow, viaja al Congo en busca del desaparecido Kurtz, un agente comercial al servicio de las empresas belgas. A su regreso cuenta a unos amigos que en el momento en que encuentra a Kurtz, ve que ha sufrido una brutal metamorfosis: es un perturbado que se ha autoerigido dios de los aborígenes, enfangados todos en una abominable orgía de sangre, sexo, violencia y bestialidad. Cuenta: ...”la selva le había cautivado, amado, abrazado, penetrado en sus venas, consumido su carne y unido su salvaje alma a la de él, por medio de inconcebibles ceremonias de algún tipo de iniciación demoníaca”. Esta obra, “acaso el más intenso de los relatos que la imaginación humana ha labrado” según lo valoró Borges, ha tenido una enorme influencia en otros escritores desde García Márquez a Vargas Llosa o desde Orwell y Graham Green a Virginia Woolf y Camus.

Pero el auténtico viaje al corazón de las tinieblas fue el que el mismo Conrad sostuvo contra y a favor de sí mismo. Pocos grandes escritores han buceado con tanta sinceridad, dureza y entereza como este polaco trasmutado en inglés. En casi todas sus obras, Conrad iniciaba el volumen con un prólogo o proemio hablando de sí mismo y de sus circunstancias para escribir dicha obra, con la misma minuciosa pasión y elevado tono literario con el que  describía las vidas y labores de sus personajes. Una introspección permanente –del escritor y sus personajes- en busca de una cierta ética existencial y de su ausencia. Pero justificada por un sentido del deber y de la labor bien hecha que Conrad había aprendido en sus veinte años de marino profesional. En 1894 realizó su último viaje como marino mercante a Australia. En el viaje de regreso conoció a varios escritores, entre ellos John Galsworthy y Edward Garnett, que le animaron a escribir sus vivencias. Durante los treinta años restantes, hasta su muerte, Conrad hizo fructificar literariamente todo lo que había aprendido en un oficio que practicó con inteligencia, sentido de solidaridad, estoicismo, capacidad de sufrimiento y grandes dotes de observación. En sus relatos el hombre está solo, cara al universo con ese sello austero y leal del hombre de acción que también supo pergeñar Rudyard Kipling

Javier Marías en su libro “Vidas escritas” escribe sobre la irritabilidad del escritor, su enfermiza salud –padeció dolorosos ataques de gota y articulares toda su vida - su amor por la lengua y literatura francesa y el fuerte acento con el que hablaba inglés, aunque dominaba asombrosamente la lengua al escribirla. Paul Valery dijo al respecto: “hablaba el francés con un buen acento provenzal, pero el inglés lo hablaba con un acento horrible y muy divertido” El mismo Conrad en su “Nota del autor” para su libro “Crónica personal” desmiente irónicamente los comentarios de que su maestría en el inglés era “casi milagrosa” en un polaco: “En mi caso, el inglés no fue producto de una elección o una adopción...y debe constar que yo fui el adoptado por el genio de la lengua: el inglés siempre había formado parte de mí, aunque lo empecé a conocer cuando estuve de marinero en un barco que navegaba por el Támesis, a los 17 años. El  idioma se apoderó de mí de una forma tan cabal, que sus propios giros idiomáticos incidieron de forma directa en mi temperamento y modelaron mi todavía maleable carácter. Explicar esto a los demás sería tarea imposible, como proponerse  explicar el amor a primera vista”. Y más teniendo en cuenta que como él escribió en uno de sus prólogos: “Soy tan prolijo en mi escritura – se me ha censurado una cierta falta de contención en exponer mis experiencias personales-  que dado que no había escrito un solo renglón para darlo a la imprenta antes de los 36 años, tengo una infinidad de cosas que relatar y también debo pagar mi tributo al mar, a sus barcos y a sus hombres, con los cuales sigo en deuda  por esa infinidad de cosas que han terminado por hacerme tal cual soy.”

En 1894 conoce a su mujer, Jessie George, en Suiza donde está en tratamiento por su reumatismo. Se casa en 1896 y hace amistad con los escritores Cunningham Graham y Stephen Crane (sobre quien escribirá un excelente ensayo). Inicia su novela Salvamento que no publicará hasta 1920.Ya no dejará de escribir y publicar. Conoce y es valorado por escritores como Kipling, Henry James, H.G. Wells, Ford Madox Ford (con  quien escribe una novela, Los herederos), George Bernard Shaw y Bertrand Russell. En 1904 su mujer sufre un accidente y queda parcialmente inválida. En 1906 nace su segundo hijo Alexander. Tiene constantes periodos de dificultades económicas que le desesperan. Su enfermedad reumática empeora y su mujer debe sufrir varias operaciones, pero sobrevivirá a su marido, que fallece en 1924. Por lo menos tuvo el consuelo de vivir un año antes un éxito apoteósico como escritor durante su viaje a Estados Unidos.

Lo cierto es que hay un enorme paralelismo entre la dedicación, placeres, sufrimientos y trabajos agotadores de sus tiempos de marino y los que le produjo su terca y obsesiva dedicación a la literatura. Con el añadido de los sufrimientos físicos y psíquicos que le ocasionaban las enfermedades adquiridas en sus viajes –gota y reumatismo entre otras- y su propio talante batallador poseído por un gran deseo de escribir. Como él mismo dijo alguna vez: “Mi trabajo se retrasa...mi cuerpo padece una tortura incesante y me siento cansado hasta de pensar”.

BREVE TRAVESÍA POR ALGUNOS DE SUS LIBROS

La locura de Almayer, es la primera novela que empieza a escribir (en 1889), la interrumpe por su viaje al Congo (de dónde nacerá años más tarde Viaje al corazón de las tinieblas, de la que ya hemos tratado) y la publica en 1895. Su protagonista, Almayer, es una figura trágica que enloquece a causa de la barbarie que se apodera de su mujer y su hija, ambas indígenas, que lo abandonan. La soledad y la dureza de una naturaleza hostil destruyen la mente de Almayer.

El negro del “Narcissus”, una historia del mar, publicada en 1897, es una alegoría sobre la soledad, las condiciones de vida extremas, el miedo, el resentimiento y la solidaridad. James Wait, el marinero negro que supuestamente enferma de tuberculosis y que desata un enfrentamiento entre los tripulantes que quieren obligarle a trabajar y los que lamentan su enfermedad y le apoyan. Hay una gran tormenta –es la especialidad argumental de Conrad- y entra en acción Donkin, un marinero malvado que se enfrenta al duro capitán Alistoun e inicia un motín, que es sofocado. El capitán descubre que Wait fingía su enfermedad y se burla de los temores y prejuicios de los marineros, pero muere después de avistar tierra.

Lord Jim, publicada en 1900, es la historia de un oficial de un barco de pasajeros, el Patna, que encalla en unos bajíos y se le abre una vía de agua que amenaza con hundir el navío. El capitán y rodos los oficiales, incluido Lord Jim –el único que duda y teme por los pasajeros, pero se contagia del miedo irresistible de los otros- abandonan la nave a su suerte, cargada de peregrinos llenos de pánico, violando el código marítimo. Pero el navío no se hunde y es rescatado por un barco francés que los lleva a puerto. Los indignos oficiales son llevados a juicio y condenados, La historia nos la cuenta un oficial francés en charla con otros comensales. Reflexiona sobre el comportamiento de Lord Jim, que jamás se perdonará a sí mismo ese gesto infame para el resto de su vida –donde vive con fortaleza las dificultades que se le presentan-  y le llevará al suicidio. El oficial trata de ser imparcial en su juicio: “He conocido a muchos valientes de verdad, pero todos confiesan que hay un instante, una circunstancia, en la que el mejor de nosotros lo olvida todo, un instante en que todo se abandona...y llega el miedo, un miedo horripilante y uno se olvida de sí mismo...sólo le queda sobrevivir”.

Tifón, publicada en 1903, es la aventura de un barco cargado de coolies chinos. En plena tempestad los chinos comienzan a luchar entre sí y a matarse mutuamente por deudas y trampas en el juego. Tormenta y rebelión amenazan con hundir al barco. Pero ahí interviene otro de los grandes personajes de Conrad, el capitán Mc Whirr, que sin perder ni un momento la calma y la autoridad serena y apática logra reducir a los chinos y salvar el barco.

Nostromo, publicada en 1904, revoluciones políticas en  Sudamérica; anarquistas londinenses en El agente secreto, de 1907 ; y conspiraciones en la Rusia zarista represiva en Bajo la mirada de occidente,  publicada en 1911, son las tres novelas en las que Conrad explora como si fueran aventuras, el fracaso de los ideales políticos y la corrupción social, con una visión crítica casi nihilista del futuro en tales sociedades. Quizá sea Nostromo la más conseguida. Crea un país ficticio en Sudamerica, Costaguana, en la que sus personajes más o menos idealistas acaban cegados por sus propias ambiciones. Entre ellos el mismo Nostromo que acaba robando un cargamento de plata que se le había confiado y va degradándose aún más conforme gasta su fortuna.

El espejo del mar, publicada en 1906, es uno de los libros de reflexión personal e íntima más fascinante surgido de la pluma de Conrad. Recomiendo la versión de libros Hiperión con traducción de Julián Marías y prólogo de Juan Benet. Lleva el subtítulo “Recuerdos e impresiones”. Como dice Benet en su prólogo “en este libro no hay una sola página de estilo menor, no hay un solo personaje o frase de reputación dudosa...todo el libro es el mejor Conrad”. Marías se extiende sobre la perfección del inglés que usa Conrad y añade “al mismo tiempo, es de lo menos inglés que conozco. Su serpenteante sintaxis apenas tiene precedentes en ese idioma y también la meticulosa elección de los términos, arcaísmos, expresiones en desuso, variaciones dialectales y acuñaciones propias, convierten el inglés de Conrad en una lengua extraña, densa y transparente a la vez”.

Victoria, publicada en 1914, con un enorme éxito. Se desarrolla en una isla desierta, en una especie de peligroso juego del escondite entre los sórdidos y brutales “desperados”, Heyst, un soñador inútil y una mujer combativa, Lena, que lucha contra el mal hasta la muerte, pero “con su sacrificio triunfa moralmente sobre el caos del mundo” como apostilla Italo Calvino en su libro “¿Por qué leer los clásicos”

La línea de sombra, en 1917, es una historia que refleja la personal crisis interior que vivió Conrad cuando -en sus propias palabras- “se traspasa esa línea de sombra que divide la juventud llena de sueños de la madurez: momentos de desgana, hastío e insatisfacción, en los que los jóvenes  se sienten movidos a cometer actos imprudentes o abandonan un  cargo de importancia”. Como soporte biográfico de la idea, en 1894, a los 37 años, el escritor dejó su empleo en un barco y se dedicó enteramente a la literatura.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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2 noviembre 2024 6 02 /11 /noviembre /2024 18:45

Artículo publicado en el diario "La Comarca", 01-11-2024

Kámala Harris y Donald Trump, reflejan no sólo dos aspectos antagónicos de su ciudadanía y la profunda diversidad ética y política que los divide, sino el miedo, la ira y el odio subyacentes

Vaya por delante que tengo unas serias reservas hacia el candidato republicano a presidente de esa potencia hegemónica, Estados Unidos, en horas bajas, pero aún respetable y poderosa. No sólo por el aspecto agresivo e histriónico del personaje y su historial privado y político que roza  la pura y simple delincuencia o un perfil psicológico casi patológico, sino por el turbio engranaje irresponsable, bárbaro y antidemocrático con el que se rodea y que le aúpa mesiánicamente. Pero es un candidato político, más o menos dentro de la estructura democrática de su país y no sería aceptable, en un análisis político que aspira a la corrección, llevar dicha repulsa ética personal a vulnerar el principio de frialdad, equidistancia y respeto que requiere el examen de la situación norteamericana. Me atendré a los hechos.

Donald Trump y Kámala Harris han protagonizado una carrera electoral  irregular y accidentada, llena de insultos mutuos y descalificaciones poco correctas (agravadas por la agresividad trumpiana, todo hay que decirlo). Ello favorece a Trump, que carece de la más mínima contención y respeto hacia las normas de cortesía, educación o, simplemente, ingenio y dominio de la retórica y la ironía políticas (a menudo más directas y eficaces que los insultos de grueso calibre). Kámala en general se ha contentado con acentuar los muy conocidos defectos y bravuconadas dictatoriales de su oponente. Pero no se debe olvidar que hay una masa insondable de personas, de todo calibre ético y formación, que están respaldando a Trump, principalmente –llama la atención- grandes empresas financieras y figuras de la élite empresarial, entre las que destaca por su admirable “sintonía” caracterológica con el candidato, ese multimillonario llamado Musk, con actuaciones histriónicas junto a Trump.

Éste ya ha anunciado públicamente que si pierde es que hay fraude electoral y que recurrirá a “lo que sea necesario” para recuperar el poder “que le han robado”. La simplicidad perversa del argumento no parece enervar al país en su conjunto, exceptuando voces de protesta –lógicas pero poco atendidas- que quedan ahogadas por el tsunami de testosterona de los barbarizados trumpistas. La Harris es una figura de ribetes trágicos a la que han metido en una pugna que le viene humanamente grande, casi desbordante. Para comprender este estado de cosas –que es global y se repite en diferentes países, no sólo en el que nos ocupa- no va mal leer a Elías Canetti y la disección del caudillismo en “Masa y poder” o a Hannah Arendt y “Los orígenes del totalitarismo”, o, éste muy adecuado al actual momento histórico, “La monarquía del miedo” (publicado en 2018)  de la pensadora norteamericana Martha C. Nussbaum, donde destaca un elemento que suele pasar inadvertido y aquí es muy relevante: “lo político es siempre emocional”. Los analistas, buscan una hoja de ruta que explique la supuesta falta de lógica humana y política de lo que sucede en Estados Unidos. Y no nos percatamos de una emoción básica que ajusta las piezas aparentemente caóticas en un escenario con sentido: el miedo... la auténtica amenaza enmascarada de la democracia. El miedo a la vulnerabilidad económica, las reacciones de rechazo, ira o envidia, la pérdida de la calidad de vida, las exigencias y aceleración que el capitalismo neoliberal imprime a los acontecimientos, el temor a la inmigración o a las minorías étnicas  o religiosas, la diversidad sexual, el papel de la mujer...El ciudadano no tiene tiempo de reflexionar, aturdido por el exceso de información y de desinformación. El “ruido” de las redes, los medios de comunicación, los venenosos ‘podcats’ y grabaciones tóxicas de ‘influencers’ que difunden odio y rechazo, la incendiaria retórica de los “líderes carismáticos”, las manipulaciones de imágenes de la I.A., generan emociones que bloquean la deliberación racional, cercenan la esperanza e incapacitan para gestionar el miedo. La conclusión es que estas elecciones las perderán un poco todos (la perderemos, dada la globalización inevitable); ninguno de los aspirantes puede constituir una sorpresa o un motivo de esperanza: cabe esperar que abunden los votos en contra y una abstención mayor (hay un creciente desinterés por la política: un tercio de posibles votantes no se registra como elector). Es evidente la polaridad social: las campañas electorales han sido agresivas - como lo será el sentido del voto -‘en contra de’- más que -“a favor de”-. Por un lado, son atacados el atlantismo, los “fantasmones” de la inmigración, las diversidades sexuales, el empoderamiento femenino y por el otro, la defensa y empoderamiento de la mujer, el derecho al aborto, de las minorías, una política de inmigración respetuosa y comprensiva y el apoyo a la OTAN. Por eso la euforia del que gane será más por la derrota del otro, que por su propio trabajo por hacer. Y detrás de todo ello, el miedo: a perder lo que se tiene o a no poder disfrutar del “paraíso americano” por la invasión de factores externos. Y eso está grabado en el subconsciente del ciudadano norteamericano. Y ahí ya aparecen las emociones: la ira, el odio, la envidia, el racismo...rodeadas por el miedo, auténtico motor emotivo electoral.

Viendo y leyendo las intervenciones de los candidatos, sobre todo las de Trump, mucho más agresivas y surrealistas, he recordado una película norteamericana –hay dos versiones: una de 1962 y otra de 2004-:  “El mensajero del miedo” (“The Manchurian candidate”), basada en una novela de Richard Condon. Ilustra la importancia de las emociones, del miedo concretamente, en la “radiografía patológica” del momento actual, en el seno de la sociedad norteamericana y en el auge y tal vez “resistible ascensión” de ese ‘Arturo Hui’ (el protagonista de una obra de teatro de Bertold Brecht, inspirado en Hitler) que es Trump y lo que todo ello significa en este momento. Nos cuenta la película cómo el condicionamiento en la conducta hacia objetivos determinados, producido por la manipulación neurológica cerebral (los famosos “lavados de cerebro” de la época de la ‘guerra fría’) puede llegar a provocar comportamientos delictivos, realizados prescindiendo de la voluntad y la ética social del individuo. Un candidato a la vicepresidencia de los EE.UU. ha sido convertido en una pieza subversiva al servicio de otros intereses (políticos en la primera versión y económicos en la segunda).  Ese candidato, héroe de guerra con una fanática y ambiciosa madre senadora, llegaría a la Casa Blanca tras el asesinato del futuro presidente perpetrado en la misma celebración electoral. En lugar de él, morirán la mamá perversa y su hijo (anulado y dominado por los malos de la corporación). Salvando el escaso fundamento científico argumental, lo que sí muestra la película es un reflejo –sin dejar de remarcar que se trata de una ficción- de la realidad actual que protagoniza Trump, debido a sus características personales y su conexión con empresas y líderes del gran capital norteamericano (también en el boyante sector de las nuevas tecnologías). En el film, un personaje comenta “será el primer presidente de este país dirigido por una gran corporación empresarial”.  

Al margen de la película, lo cierto es que los últimos actos electorales republicanos parecen surgidos de la filmoteca norteamericana. Durante las seis horas de baño de masas en el mitin de Nueva York del pasado domingo, Trump vulneró todas las fronteras del buen gusto, el juego limpio y la contención verbal. En un ambiente conspiranoico, exaltado y agresivo, Trump desgranó sus mensajes xenófobos. Entre los otros oradores se encontraban el inevitable Musk, el “independiente” Robert Kennedy, cuyo apellido puede inducir a error a un observador no informado, el ex alcalde Giuliani y, apropiadamente, el luchador Hulk Hogan, un bárbaro de aspecto cavernícola e incluso un supuesto humorista que comenzó a vociferar chistes contra latino y afroamericanos (algo poco inteligente dado el curioso auge del voto de esas minorías hacia Trump), judíos y palestinos. Todos superados por el propio Trump que lanzó sus acostumbradas acusaciones, mentiras y amenazas, coreadas por un público fanatizado-. Incluso añadió que, tras su victoria, sus adversarios demócratas serían considerados como “el enemigo interior”, “una izquierda comunista radical dirigida contra el pueblo” y jaleada por algunos medios de comunicación. Volvió a insistir en la posibilidad de que hubiera otro fraude electoral (“como el de las pasadas elecciones”) y añadió “los que piensen lo contrario son unos criminales”. El amor de ese país por las grandes algaradas, los actos multitudinarios y los excesos verbales se vuelven bastante sintomáticos en este siglo XXI. Así es el “circo” electoral: bandas de música, chicas danzantes y miles de carteles del endiosado líder.

No es posible aventurar resultados, ni tampoco comportamientos posteriores, una vez que cualquiera de los dos llegue a la Casa Blanca. Lo lógico es que, pasada la efervescencia violenta del rubio candidato, si es confirmado como presidente, haga una discreta marcha atrás en ciertos temas que tienen unas exigencias imperativas y afectan a la economía internacional, el dólar y las finanza, el coste de la vida y el estado de la educación y la salud en el país. Lo de “seré un dictador desde el primer día” de Trump, ni siquiera en él debería ser viable. Si llega a presidente, posiblemente sea “dirigido” en la sombra, de una manera más responsable aunque interesada, por los enormes poderes económicos que lo respaldan. Trump es sólo el “mensajero del miedo”. Si ganara Harris, la cuestión es diferente. Esta mujer tiene los pies asentados firmemente en el suelo. Europa dejaría de temblar ante las obcecaciones de Trump y aspiraría a una entente; Putin seguiría su curso, a no ser que la presencia coreana en las trincheras provocara a la OTAN; Netanyahu rebajaría su ardor genocida y buscaría una “solución pactada” que preservara sus conquistas... Tal vez se abriría una época más sosegada en el plano internacional y se buscaran soluciones reales a problemas reales, con una ONU, incluso unos BRICS, más respetados y abiertos al diálogo. ¡E si non é vero...e ben trovato!

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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11 octubre 2024 5 11 /10 /octubre /2024 17:11

“Una región, dos Estados”, la “solución” de la ONU, apoyada por Europa y EE.UU.,  ha sido arrojada al baúl de lo imposible

(Artículo publicado el 11-10-2024 en el periódico "La Comarca"

El pasado lunes, día 7 de octubre, se cumplió el primer aniversario de la cruel y brutal matanza de jóvenes civiles desarmados que estaban disfrutando de una fiesta musical en suelo israelí cerca de la frontera con la Franja de Gaza: 1.205 muertos entre israelíes y extranjeros, más el secuestro de 251: de ellos, algunos murieron y otros fueron rescatados; 97 siguen cautivos, aunque Israel da por muertos a 34. Fue una acción perpetrada por milicianos de Hamás. La presunta inviolabilidad de las fronteras israelíes y su  perfecto servicio de vigilancia electrónica quedó en evidencia. La reacción israelí no se hizo esperar, avalada y justificada por la barbarie de Hamás. Sin embargo la violencia, generalización y brutalidad de la respuesta fue desmesurada y aún se mantiene, con más vigor si cabe. Más de un año de violencia militar indiscriminada, que lleva casi 50.000 víctimas, la mayoría población civil palestina y libanesa. Muchos analistas  desconfiaron de la evidente “oportunidad” del ataque de Hamás para servir de justificación a una desatada venganza anexionista (documentada militarmente con anterioridad). Y aquí no sirve la desvergonzada retórica de Netanyahu y su Gobierno de que los que critican el actual estado de cosas, incluida la invasión terrestre de Líbano y la desproporcionada actividad militar israelí, son antisionistas. Aunque es cierto que el antisemitismo está muy presente en determinados países y últimamente está aumentando. Y eso es una mala noticia para el mundo judío, mucho más complejo y valioso que la actual formulación política revanchista de Israel.

Pero de lo que aquí se trata es de un tipo muy extremado de israelíes cuyo crecimiento podría obedecer a esa fórmula muy reiterada de ser un pueblo perseguido que recurre a medidas extremas para preservar su existencia. Y ante eso, olvidan que los palestinos también tienen sus razones y su histórico temor a ser masacrados. Israel, nadie lo duda, tiene derecho a vivir en paz y seguridad. Pero ni su historia, llena de episodios vergonzantes como los perpetrados –no solo por la Alemania nazi, otros países europeos colaboraron en ello- desde los 30 del siglo XX y la II Guerra Mundial-- ni su presente como nación próspera, justifican la arrogante, ilegal e intolerable empresa bélica en la que se han metido.

El nuevo conflicto, siempre candente desde 1947, tiene visos de convertirse en una sangría sin fin. Es un círculo vicioso de una malignidad desconcertante. Para unos todo comenzó en la nakba (palabra árabe que designa un acontecimiento horrible, una catástrofe) de 1948 cuando 750.000 palestinos fueron desalojados de sus hogares y sus tierras para que allí se asentara un nuevo Estado, Israel. No resulta difícil entender que esa longevidad del conflicto árabe-israelí está rodeada de un sinfín de intereses creados y circunstanciales que van variando muy poco a través de los 76 años transcurridos. La codicia de unos –los colonos- la desvergüenza amoral de otros, los políticos (como prueba, un botón: los procedimientos judiciales que penden contra Netanyahu en cuanto abandone o le echen de la poltrona del poder), las florecientes industrias armamentistas y las tecnológicas que enriquecen a muchísimas empresas y personas, la geoestrategia de muchos estados a los que favorece el actual estado de guerra, la evidente lucha hegemónica entre las grandes potencias, la casi indiferencia y falta de solidaridad de la “hermandad musulmana” (carente de una estrategia común), la ambición anexionista territorial del Gobierno israelí... y a pesar de todo, no hay noticia – ni se le espera- de un posible diálogo pacífico bajo la protección de las Grandes Potencias y de la ONU, que en estos días ha perdido casi toda la confianza internacional. Hasta su honorable secretario general, el portugués  Guterres, hombre de paz sensato e irreprochable, ha sido declarado “persona non grata” por el Gobierno de Netayanhu y se le ha prohibido la entrada en el país.

Después de las actividades bélicas indiscriminadas contra la Franja de Gaza tras el 7 de octubre del pasado año, con un conteo inmisericorde de víctimas palestinas, hambre, sed, enfermedades, huídas masivas bajo las bombas y las balas, el pasado 18 de setiembre aparece una novedad bélica: ‘buscas’ y ‘walkie-talkies’ en manos y bolsillos de palestinos relacionados supuestamente con Hezbolá, estallan casi al mismo tiempo, provocando miles de heridos y bastantes muertos y colapsando los hospitales de Beirut. Fue un salto tecnológico cualitativo en esta guerra sin fin.

A principios de octubre comienzan los bombardeos contra zonas y barrios de Beirut que los militares israelíes definen como “incursiones selectivas seleccionadas” y se prepara la invasión terrestre de Líbano. Hay decenas de muertos cada día. No sólo combatientes, claro está. El 28 de setiembre los bombardeos “selectivos” israelíes, acaban con Hasán Nasralá, líder máximo de Hezbolá durante los últimos 32 años que logró que su organización tuviera rango casi gubernamental en un Líbano sin fuerza política firme. Los iraníes envían casi un centenar de misiles pero con la suficiente publicidad –y mediaciones secretas, para no ser más que una supuesta prueba de fuerza. Al día siguiente, Netanyahu se presenta ufano y prepotente ante la Asamblea General de la ONU –con numerosas sillas de delegados vacías y abucheos intermitentes- y muestra sus cartas con desfachatez: dos mapas de gran simplicidad en los que se puede percibir el Nuevo Orden israelí en la región, su expansión territorial y político-bélica para este próximo futuro. Ello redunda en una situación angustiosa para el mundo: la virtual falta de autoridad y prestigio de la ONU, acompañada del nulo respeto a las peticiones y exigencias del Tribunal internacional de Justicia, que exigió a Israel medidas cautelares para evitar el genocidio y finalizar la ocupación de Cisjordania, reparar los daños y, por supuesto, suspender la invasión de Líbano. Todo ello favorece  la entronización de la violencia, el abuso y la desigualdad en las relaciones internacionales, así como la impunidad absoluta de los países y dirigentes que recurren a la máxima violencia para imponer sus intereses. En una palabra, la ruptura quizá irreparable del orden internacional basado en la democracia.

¿Qué hace la comunidad internacional ante este desproporcionado y sangriento abuso de poder militar?  Estados Unidos se lamenta y pide hipócritamente a Netayanhu que detenga las operaciones militares y que respete a la población civil, pero ante la negativa de este, no detienen el flujo de armas y dólares que entran continuamente en Israel. La UE protesta, acusa y condena, representando a esos coros de lamentaciones y lloros profesionales, pagados, –las plañideras- que solían rendir homenaje a determinados fallecidos en ciertas costumbres de los países mediterráneos. Es cierto que algunos –España entre ellos- han reconocido el Estado de Palestina, que Alemania  y el Reino Unidos frenan las exportaciones de armas. Pero no hay una actitud firme y relevante de la UE para frenar los abusos de poder israelíes, sin negar el debido apoyo a la seguridad del país, pero sin permitir que este desborde la legalidad y los valores democráticos que deberían regir en el concierto de naciones del mundo del siglo XXI.

Se está repitiendo el mítico enfrentamiento entre el pequeño David y el gigante Goliat. Solo que en esta ocasión la narración ha cambiado. Goliat es más pequeño que David, pero está mejor armado y carece de prejuicios humanísticos y de contención de la violencia extrema. Goliat es Israel. Y David, el pequeño, sigue –en comparación-   escasamente armado y carece de la suficiente ayuda y protección de la comunidad musulmana. Ahora los árabes han entrado en la segunda nakba que, de momento, ha costado casi 50.000 vidas. Aunque para Trump (posible nuevo presidente de Estados Unidos), todo esto se reduce a una metáfora: se trata de “dos niños peleándose en el patio de recreo del colegio”, el conflicto dista mucho de ser fácil de encauzar hacia una solución viable. El intercambio de misiles entre Irán e Israel y las amenazas y bravatas subsiguientes, junto a las incursiones de los israelíes contra Yemen, Irán y quizá Irak, (que protege a grupos pro-iraníes) está convirtiendo la espiral bélica en un posible conflicto regional de consecuencias imprevisibles.

Se nos presentan cinco incógnitas relevantes: ¿Puede afectar la situación bélica al suministro de petróleo, con un eventual cerrojazo al paso de Ormuz? ¿Qué consecuencias tendría un ataque al sistema nuclear de Irán? ¿Se puede llegar a una guerra total en la zona, que provocaría la entrada en el conflicto de Arabia Saudí, Emiratos Árabes,  Bahrein, Egipto e incluso la pacifista Jordania? ¿Podrían intervenir Rusia y China por un lado y Estados Unidos y la UE por el otro, en una confrontación de intereses? ¿Cómo podría cambiar este escenario multinacional con la victoria del belicista, insolidario e imprevisible Trump?

Un elemento a tener en cuenta también son los prejuicios occidentales hacia el extremismo chiíta de Irán, Afganistán y otros. La intolerancia casi medieval del chiísmo y su estilo de vida (incluida la subyugación vergonzante de las mujeres y el adoctrinamiento de la violencia identitaria defensiva en la educación de niños y jóvenes) crean un malestar sesgado contra esos países en las poblaciones occidentales. De momento el sur global rechaza la actitud de Occidente en este problema, considerándola una muestra más del complejo supremacista de estos países que reviven de otra manera la etapa colonial tras una retórica universalista de democracia y derechos humanos, permitiendo que Israel, esa “potencia subrogada de Occidente”, destruyan “cuerpos negros y morenos” por razones de raza, color de piel, religión o costumbres, aunque en el fondo sólo para proteger sus intereses. Y ya nadie piensa en aquella idea surgida en la ONU – institución paralizada con el sistema de veto- y con el apoyo de Europa y Estados Unidos, “una región y dos Estados” en paz y solidaridad mutuas. Reposa en el baúl de lo imposible.

Los líderes europeos han expresado sus condolencias a Israel en el aniversario de la matanza y reconocido un aumento de delitos antisemitas en el continente, pero al mismo tiempo han pedido el alto el fuego en Gaza y Libano en la ofensiva israelí contra el grupo proiraní Hezbolá. Pero Netanyahu sigue impertérrito e incluso se ha atrevido a calificar a España de “paraíso del antisemitismo”, enturbiando las relaciones entre los dos países. Mientras, ha añadido 7.000 soldados al ejército de invasión que se extiende por el sur de Líbano.

Seguiremos desgranando –en un segundo trabajo-  este complejo tema, que amenaza el futuro no sólo de la región en conflicto sino del orden mundial. Dicen algunos que cuanto más profunda sea la desesperación más intensa será la esperanza. Se trata de aplicar la “pasión por lo posible” que tiene la esperanza, de forma que neutralice la desesperación destructiva. Y la paz siempre está dentro de lo posible...

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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1 octubre 2024 2 01 /10 /octubre /2024 18:49

LA FILOSOFÍA, ORIGEN Y ADVERTENCIA DEL PROGRESO Y DE LOS ERRORES DEL SIGLO XXI

 

LEIBNIZ, KANT Y KIERKEGAARD, TRES GENIOS QUE ANTICIPARON EL SINGULAR PERO PROBLEMÁTICO PRESENTE DE LA HUMANIDAD

 

 Ustedes se preguntarán qué diablos tienen en común, qué objetivos semejantes o qué vidas en paralelo unen a estos tres hombres –Gottfried Leibniz, 1646-1716; Inmmanuel Kant (1724-1804) y  Soren Kierkegaard (1813-1855), que viven encabalgados en  tres siglos y a los que nadie propondría como los Tres Camaradas de la Filosofía, por sus temas, sus métodos y el desarrollo intelectual de sus ideas. Sólo hay una semejanza  que une a los tres: su inteligencia y la ambición “totalizadora” de sus obras ( más evidente en Leibniz y Kant que en Kierkegaard).

Aparte de leer o repasar las obras de estos tres colosos filosóficos me he basado en tres libros recientes aparecidos donde se analizan la vida, obra y repercusiones de cada uno de ellos: EL MEJOR DE LOS MUNDOS POSIBLES (Los 7 días que cambiaron la vida de Leibniz) de MICHAEL KEMPE –Ed. Taurus; EL TORBELLINO KANT de NORBERT BILBENY- Ed.Ariel: KIERKEGAARD, El filósofo de la angustia y la seducción de JOAKIM GARFF- Tusquets Editores.

Dos circunstancias despertaron mi atención para realizar este trabajo. Una, el debate periodístico y cultural sobre la cada vez más evidente necesidad de nutrir y dar mucha mayor importancia a los estudios y la formación filosófica en los planes educativos y –idealmente- en los medios de comunicación en general. Es una cuestión que crece exponencialmente ante el impacto de las nuevas tecnologías en el desarrollo mental e intelectual de las personas: desde la hegemonía operativa de los móviles, las Redes, la IA y las implicaciones tecnológicas en nuestras labores en su totalidad; desde las más íntimas, a las laborales y las sociales. Una tendencia invasiva que llega a cuestionar la misma existencia del ser humano, superado en todo por la máquina, excepto en el núcleo de su propio ser: las emociones y sentimientos desde lo personal, lo familiar, lo social y lo político. La segunda circunstancia, que se sigue basando en la constante aparición de libros y artículos de prensa y revistas especializadas o debates públicos en los que se reivindica una mayor presencia de la filosofía en la formación escolar, universitaria –aunque sea técnica- y en todos los medios de comunicación, de argumentos en favor de esa necesidad. Y en esos trabajos se perciben algunas veces citas de los tres filósofos citados y en alguna ocasión a los tres conjuntamente, porque sus aportaciones teóricas y de especulación filosófica resuenan llamativamente en muchos aspectos de nuestro presente socio-tecnológico, la moral y el sentido ético, las actitudes y comportamientos de las población global. Como aseguraba uno de esos trabajos citados, el optimismo de Leibniz, el humanismo de Kant y la angustia existencial de Kierkegaard (hay muchos más elementos) han influido de manera directa en bastantes aspectos de las ideas, comportamientos sociales y conceptos filosóficos propios de  los siglos XX y XXI. Estos tres filósofos sugieren tras una lectura atenta y alternante, que han contribuido de manera muy especial a constituir el corpus de muchos de los problemas, progresos, errores y hallazgos de la filosofía del momento y su reflejo en la sociedad actual.

 

 GOTTFRIED LEIBNIZ

 

Comencemos este paseo filosófico con Leibniz. Cercano a Descartes y Spinoza, racionalista contumaz, despejó el camino en pleno siglo XVII  a los hervores revolucionarios de la Ilustración que acontecerían en el siglo siguiente. Cuando Descartes le dio una patada –pienso, luego existo-  a los siglos de filosofía escolástica y medieval sin llegar  a oponérseles del todo –eso le hubiera acarreado problemas- pero sentando la base de ruptura con la tradición establecida a través de la duda metódica,  hizo temblar los cimientos de las estructuras del pensamiento, casi a la altura del “sólo sé que no sé nada” socrático. Leibniz, campeón del conocimiento de ámbito universal, añadía valores donde Descartes los restaba. Y si este buscaba la simplicidad racional y simple de un comienzo radical como apertura al conocimiento, Leibniz abría generosamente la mente a todos los conocimientos y materias para revalorizar y, al tiempo, renovar: desde el campo de la justicia y el derecho a la psicología, la filosofía y las ciencias humanas, desde la física al conjunto de las ciencias naturales, sin desdeñar la política, la historia e incluso la técnica curiosa y específica de ordenar y mantener e enriquecer las bibliotecas.  Y no sólo aportó relevantes adelantos en todas esas materias sino que, siguiendo el consejo estoico, pasó a la acción y aplicó esos conocimientos a la vida práctica pública y privado, ejerciendo  sus varios saberes en la corte de Hannover y a través de una copiosísima correspondencia con las más importantes figuras del poder político, las artes y las profesiones en su tiempo y de toda Europa.

Leibniz es la figura del sabio universal por excelencia con la particularidad de que más que establecerse en las nubes elitistas de los eruditos, sus pensamientos ofrecían siempre una índole práctica que les acercaba a todos los estamentos sociales. En eso preludiaba ya el talante de nuestra época con el sesgo pragmático y utilitarista del conocimiento. Para él, el pensamiento no debe dar la espalda a la realidad, la teoría debe ser de utilidad práctica, la complejidad no debe estar reñida con la claridad. Y el verdadero conocimiento tiene una doble base: el juicio y la invención. Es lo que ahora llamamos “innovación”: juzgar y descubrir.  Su lema personal era “Theoría cum praxis”: la teoría debe convertirse en práctica y la práctica no puede subsistir sin la teoría. Piensen que abrió el camino a la digitalización a través de su hallazgo del sistema binario, pero también diseñó las primeras máquinas de calcular, cultivó las matemáticas aplicadas: inventó un signo matemático nuevo, el de la integral que daría luz al indispensable cálculo diferencial. Su filosofía analítica y la aplicación de la lógica a la vida común resultan muy cercanas a las de hoy día. Fue en 1703  cuando creó las bases del sistema binario, fundamento de la informática. Todo ello con una particularidad: su radiante optimismo. No entendido como una posibilidad etérea, mística y poco racional, sino profundamente práctico y sencillo, basado en brillantes análisis de posibilidades y opciones. Rechaza la unilateralidad del pesimista, que condena al mundo y a sí mismo y explora las posibilidades y potencialidades que permiten un camino positivo.

Su obra principal, “Ensayo de teodicea. Acerca de la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal” razona sobre la lógica interna de la existencia del mal y el sufrimiento y el dolor en un mundo que ha sido creado por Dios, y en el que optó, en salvaguarda de la criatura humana, y su libertad de elección –que es lo que le confiere dignidad-  crear “el mejor de los mundos posibles”, en el que el mal era una parte necesaria aunque indeseable, del complejo y también necesario equilibrio -entre lo positivo y lo negativo- del mundo.  La obra rompió muchos esquemas tradicionales y logró que Voltaire la tratara de pulverizar con una novela satírica “Cándido” , en la que además de acusar a Dios de indiferencia ante la desgracia humana –cita el terrorífico terremoto de Lisboa de 1755 que causó miles de víctimas y destruyó la ciudad-  ridiculiza a Leibniz con las absurdas teorías del erudito Dr.Pangloss donde los enterados en filosofía, vieron una parodia de Leibniz. Michael Kempe, al contrario que Voltaire, ve en el optimismo de Leibniz una doctrina indispensable en nuestros días, en los que el pesimismo –que muchos llaman “realismo”- ha tomado carta de naturaleza con estos dos terribles siglos, el XX y el actual, y rezuma por todos lados su “razonable” pestilencia –en la que casi todos caemos alguna vez-.

IMMANUEL  KANT

Kant nació hace trescientos años exactos en Königsberg, entonces un enclave alemán de Prusia Oriental a orillas del Báltico. Un lugar muy apetecible estratégicamente. En 1945, tras la II guerra mundial fue ocupado por Rusia y pasó a llamarse Kaliningrado. Stalin expulsó a dos millones de alemanes que allí vivían y lo repobló con ciudadanos rusos. Sin Kant, nadie recordaría ese enclave. Fue un sorprendente profesor, enciclopédico, intelectualmente osado y revolucionario en su percepción del hombre y sus cometidos, desde el mismo origen de su pensamiento hasta todas las variedades y profundidades, ética y moral, racional, lógica, filosófica y científica de la vida personal, social y política. Casi resulta una obviedad argumentar el porqué de la perenne actualidad de este puntual (los ciudadanos de Königsberg ponían su reloj en hora cuando Kant comenzaba su cotidiano paseo matinal) y puntilloso ciudadano prusiano de hace tres siglos. Sólo les diré que en una nota a pie de página de la “Crítica de la razón pura” (1781) decía: “es la época de la crítica, a la que todo debe someterse” desbancando toda opción a la metafísica y a las mentiras. Justo lo que el siglo XXI necesita desesperadamente. Pero sigamos...

Kant es la razón práctica, es la razón teórica, es la razón pura...en suma, es la razón como atributo humano que nos hace más humanos cuando sabemos aplicarla y conocemos sus límites y variedades. Es la referencia inexcusable de cualquier humanista amante del progreso, de la democracia, las repúblicas unidas por la solidaridad y el bien común, el cosmopolitismo y el respeto a todas las variaciones, a todos los diversos seres humanos, sea cual sea el color de su piel, sus creencias religiosas o sus simpatías políticas. Y por supuesto, el estado de su bolsa. Preconizaba la necesidad del consenso y el diálogo entre las naciones, en su libro “Sobre la paz perpetua”  mientras sufría la presión de un monarca –Federico Guillermo II- con ansias dictatoriales. Dijo en su libro: “La posesión del poder perjudica  el libre juicio de la razón”. ¿Hay algo más actual que esa frase para nuestro siglo? Pues justamente vivimos en una situación en la que dominan las propagandas y los dislates más tortuosos en los medios, tan alejados de la razón kantiana como este público poder de las emociones que trata de mantener a los ciudadanos en una disfrazada minoría mental.

Fue partidario de una educación universal e igualitaria y sustentador del imperativo categórico: “Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley para todos. De tal modo que trates a la humanidad, tanto a cualquier otro como a ti mismo, como un fin en sí, no como un medio. Y que esa máxima de tu voluntad pueda valer como principio de una legislación universal”. Ahí es nada.

Las influencias –visibles o indirectas- de su pensamiento, en los siglos posteriores, se ha mantenido incólume aunque en muchísimos aspectos no ha superado la fase del “deber ser”, una meta más o menos lejana pero  posible. Para él la dignidad del hombre es un valor absoluto. Por ello debemos actuar siempre con buena conciencia y mejor voluntad y cómo, figúrense, en toda circunstancia y sin descanso debemos atrevernos a intentar comprender  lo que juzgamos incomprensible. Todo esto se encuentra en dos de sus obras: Crítica de la razón práctica (1788) y Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785).

Kant, lector del  Emilio de Rousseau, sostiene en todo momento que sólo la ética nos obliga y con el uso recto del pensamiento no hay una realidad oculta, no hay ninguna verdad fuera de nuestro alcance: no son necesarias las creencias religiosas o la subordinación a ellas. Sabemos lo que está bien porque tenemos conciencia de que existe una ley moral, aunque también, en uso de la libertad, podemos engañarnos y traicionarla. Entonces también nuestros actos se convierten en irracionales. Y también obramos en contra de aquello que por las leyes de la evolución natural tenemos grabado en nuestra mente para poder razonar sobre las experiencias posteriores. Kant esboza un pensamiento que se acerca a los principios de la física cuántica: el mundo que vemos es mucho más complejo de lo que creemos ver y  lo observado cambia por efecto de la mirada del observador. Quizá la teoría kantiana ha quedado desfasada, vía Einstein: la pura razón humana no está capacitada para alcanzar o entender la verdad absoluta. Kant pensaba que sí, aunque admitía que la razón podía entrar en contradicción consigo misma y lo esboza en una pregunta sin respuesta: ¿cómo elegir entre dos cosas que se contradicen entre sí, pero que  ambas son verdaderas?  Ese ver la existencia desde por encima de la escala humana es, según la tradición religiosa (que Kant no sigue pero respeta) ponerse a la altura divina. Kant no da un paso más, pero admite –adelantándose tres siglos- que la razón nos proporciona un medio, quizá abismal, para iniciar ese viaje. Y considera un esfuerzo bien empleado –aunque quizá no lleve a ninguna meta- pues esa navegación peligrosa es una excelente escuela para aprender a navegar en el futuro por las procelosas aguas del ser y el mundo.

Kant sitúa al hombre, al ser humano, en el centro del trabajo filosófico de toda su vida: desde sus teorías del conocimiento a sus consejos éticos y a su crítica de las religiones. Y dejó en el aire para las generaciones posteriores tres preguntas fundamentales: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer?  y ¿Qué me está permitido esperar? Las respuestas a esas preguntas configuran lo que es un hombre del siglo XXI. Y también la razón por la que Kant sigue siendo un desafío para el ser humano del siglo XXI.

SÖREN KIERKEGAARD

La magnífica biografía de Joakim Garff (la mejor de las citadas en este trabajo), en sus más de 900 páginas de apasionante recorrido por la vida de un hombre excepcional, logra ponerse a la altura del biografiado. No en vano  Garff es desde 1994 profesor  en el centro de investigación dedicado a Kierkegaard y coeditor de la obra completa del filósofo. Este libro ha sido traducido a trece idiomas y ha obtenido el premio Georg Brandes, un filósofo, crítico y ensayista danés que vivió en Copenhague en los últimos años de Kierkegaard (éste murió cuando Brandes tenía 13 años).

Para llegar a Kierkegaard tendría que hablarles detalladamente de su vida, de su soledad, de sus obras, de su angustia, de sus amores, de su desconcierto, de su agresividad ante los tontos y los malvados, de sus tormentos, de su genialidad indiscutible raramente aceptada en vida, de sus poses más o menos artificiosas, de su voluntad de ser, de su amor desesperado hacia la vida...y eso no cabe en C&C ni aunque dedicáramos todo el presente número a Kierkegaard. Por lo tanto pasaremos de puntillas por el fenómeno cultural, social y filosófico que constituye S.K. y quede aquí mi recomendación entusiasta de que aborden, primero, la biografía de Garff y después, con el orden que quieran, algunas de las obras firmadas por S.K. Después entenderán por qué les he metido en este triunvirato de filósofos que preludiaron muchos aspectos de la sociedad y el conocimiento del siglo XXI, desde el pensamiento hasta el cómic, desde la narrativa a la psicología, desde el teatro al cine.

Kierkegaard, filósofo autónomo, retador y original, con un físico ligeramente deforme y que seguramente  le inspiraba, a tenor con el desafío y el desprecio ajeno que entrañaba, una mente brillante y una retórica desafiante y provocadora (armada con un humor corrosivo), vivió una historia de desafíos, burlas, un gran amor femenino –Regine Olsen, (léase su “Diario de un seductor”)- y sufrió un calvario de penalidades, aunque con denuedo incansable, mantuvo una cruzada personal llena de sentido común y mala uva contra la rígida y poderosa Iglesia de su país.

De hecho lo más interesante de su vida íntima nos lo ha proporcionado el propio S.K. en los numerosos datos y comentarios autobiográficos de su obra, escrita sin tapujos, ni disfraces, honesta hasta lo inconcebible, desgarrada y tan llena de matices provocativos por su sinceridad que se le considera el antecedente más sincero de todo lo que caracterizó ese movimiento llamado existencialismo. El cual estallaría muchos años después de la mano de los filósofos y escritores franceses, extendiéndose como una gran mancha de pintura naif por toda Europa, hasta recalar –casi como algo obsceno-  en los EE.UU de los cincuenta y sesenta del pasado siglo, tomando un disfraz algo más colorista.

Acompañar a Garff en su recorrido por la difícil pero sumamente creativa existencia de S.K., entre la popularidad y el desprecio, la riqueza (pertenecía a la élite económica de la ciudad) y la pobreza (“no tengo ni siquiera para pagarme una lápida”), una dolorosa enfermedad terminal que acabaría con él a los 42 años y los altibajos de una vida dedicada a la escritura y el pensamiento y a la crítica sin cuartel contra el rigor y la hipocresía de la Iglesia de Dinamarca...y al mismo tiempo sus diferencias con el padre severo (al que amaba y era correspondido, a pesar de los choques), su grafomanía triunfante que le hacía escribir siempre protegido por  pseudónimos y su presencia –una joroba que afeaba y singularizaba su aspecto atildado y siempre bien vestido (fue objeto de caricaturas y bromas de mal gusto)- pero sobre todo por su espíritu crítico y nada conciliador, iconoclasta y heterodoxo, que alborotaba a la grey conservadora de su ciudad. Tampoco su relación con Regine Olsen que le inspiró miles de páginas hermosas, sensuales, profundamente agudas, sobre el amor, llegó a ningún puerto seguro. S.K. rompió su compromiso con ella sin dar explicaciones. Como escribe un comentarista de su figura, “amaba la vida como pocos pero sufría como nadie”.

Pero esa desdicha personal también se reflejó en el siglo XX, cuando sus ideas sustentaron el entramado filosófico y vitalista del existencialismo. Muchos filósofos, practicantes o aficionados, tienen muy en cuenta su célebre definición de la existencia en tres posibles modos de vivir: el estético, el ético y el religioso. Los tres estadios o esferas estructuran el proceso de la vida humana (“Estadios en el camino de la vida” -1845, publicado con el pseudónimo Frater Taciturnus). Como él mismo aclara: “La esfera estética es la esfera de la inmediatez, la ética la esfera de la exigencia –tan infinita e inabarcable que acaba afectando al individuo- y la religiosa la esfera de la plenitud.” Pero eso, nos advierte, son “saltos” casi cuánticos, diríamos hoy, que conducen a otra dimensión ya que el sujeto se juega su existencia a todo o nada en cada una de las esferas. Esa rotundidad en la entrega y el proceso es lo que define el talante existencialista.

Toda su apasionada obra está llena de ironía, de humor, de parábolas que cumplen una función: de hecho agrandan el placer que da su lectura y muestra por una vía afectiva más que discursiva o racional la verdad moral que desea transmitir, ignorando los rígidos límites del concepto y proyectando lo que propone hacia la acción y la vida. Se dice que su humor irónico y activo, punzante, está a la altura de muchos textos de Kafka, de Becket o incluso, apunta otro comentarista, de Melville (“el genial “Bartleby, el escribiente” con su célebre “Preferiría no hacerlo”) con un descaro que limita con el absurdo, usado por S.K. en algunos textos llenos de arrebato burlón. La mayoría de sus obras –ocho, según él) las firmó con pseudónimo (excepto las religiosas). Victor Eremita, A, Juez William,  Johannes de Silentio que firma “Temor y Temblor”, Vigilius Haufniensis (“El concepto de la angustia”), Nicolaus Notabene (“Prefacios”), Hilarius Bookbinder (Estadios en el camino de la vida), Johannes Climacus (“Migajas filosóficas”), Anti-Climacus (“La enfermedad mortal” y “Práctica del cristianismo”). Precisamente en esta última deja escapar un  dardo contra los pastores religiosos de la Iglesia Danesa, (y también contra su propio padre, que le inició en un cristianismo duro y severo): “nada hay más ridículo en la práctica que ver las categorías religiosas empleadas con gravedad estúpida, en vez de emplearlas con ingenio y jovialidad”

Siguiendo con el existencialismo, Sartre, el abanderado del movimiento, no reconoció nunca la deuda con S.K. y desdeñó el mensaje de renovación ética y autenticidad de la faceta religiosa del hombre, una de las claves de la obra del danés. Sin embargo Karl Jaspers y Albert Camus confrontaron el legado filosófico de Kierkegaard, Jaspers desde la psiquiatría y el análisis renovador de la enfermedad mental bajo la crisis existencial y Camus arguyendo que la crisis vital es más debida al absurdo existencial que a la religión. Pero tanto Heidegger como Unamuno, reconocen la influencia de Kierkegaard (el español hasta el punto de aprender danés para seguir las teorías del que calificaba como su “hermano”). Pero en ellos –y en muchos de nosotros, seres del siglo XXI- resuena la opinión de S.K. de que el origen del pensar humano no es el pensamiento abstracto o conceptual en sí mismo, sino el sentimiento: el sentir, el deseo, el placer o el dolor que provoca, eso es el dato básico del pensar humano, “todo lo demás es derivado”. Léanle pues...pero si es posible, detrás de la lectura de la biografía de Garff. Comprenderán, incluso, la anécdota con la que terminó su vida. Pidió la extremaunción. Pero debía dársela un lego, no un sacerdote de la Iglesia danesa, corrompidos todos. Por supuesto no hubo tal ceremonia y se fue ante San Pedro con su joroba y su humilde desparpajo. Quiero pensar que, conmovido, el viejo san Pedro le abrió la puerta. El sabía lo que era negar, hasta por tres veces. -ALBERTO DÍAZ RUEDA

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12 mayo 2024 7 12 /05 /mayo /2024 11:40

OBSERVATORIO POLÍTICO INTERNACIONAL

EL “GRAN HERMANO” DEL SIGLO XXI

La ‘tecnodictadura’ es la mayor amenaza real contra la paz, la libertad, la democracia y el progreso en el mundo.

 

George Orwell (Eric Arthur Blair) dibujó un terrible futuro ‘distópico’ en su novela “1984”, publicada en 1949 y que ahora, 75 años más tarde, se relee con toda su fuerza simbólica, reflejada en algo tan cercano y cotidiano que da escalofríos pensar...que se quedó corto. Es decir, la realidad socio-política, económica, ecológica, bélica, inmigratoria, destructiva y genocida de los angustiosos años 20 del siglo XXI, supera con creces la mayoría de las suposiciones imaginativas del escritor inglés (nacido en India en 1903 y fallecido en Londres en 1950) que luchó en nuestra guerra civil en el lado republicano.  Orwell pretendió con esta novela y con “Rebelión en la granja” mostrar las características del régimen de Stalin –o de Hitler, en el otro extremo- y fantasear con las consecuencias de su implantación en cualquier país. Y eso que no llegó a conocer a Pol Pot, Mao y tantos otros “tiranos” del siglo XX (sin olvidar a Putin, Bolsonaro, Kim y Trump en el XXI) Sin embargo lo que cambió en los últimos años es que ya no se trata de regímenes totalitarios fascistas o neonazis, sino que son los países con gobiernos democráticos los que  se ven sometidos a los efectos perniciosos de la “tecnodictadura”,  ya que el poder político (y el económico, por otras causas) comienzan a estar sometidos a las exigencias y auge de los bulos, las campañas digitales y una despolitización creciente provocada por la polarización suicida del espectro político. Unan a esto el estilo de vida que el nuevo capitalismo impone, la aceleración, la pérdida del sentido social a favor del individualismo, unido a un nacionalismo xenófobo, el consumo histérico, la exacerbación del odio al “distinto otro” y a la diversidad, y la relativización de la verdad en la comunicación. Todo ello crea el caldo de cultivo apropiado para el crecimiento del poder del “Gran Hermano” tecnológico. La censura, la manipulación y la desnuda falsedad, más la selección o condena de las personas, ideas o actos, ya no procede del poder político enteramente, sino del poder oscuro, sin nombre ni rostro, que emana de las multinacionales y se realiza en las pantallas de los móviles y los ordenadores, con el eco complaciente (a la fuerza) de los medios de comunicación y el rechazo minoritario de algunos medios independientes pero, y eso es lo grave, con la aquiescencia inconsciente del ciudadano, cegado por las ofertas de entretenimiento, de consumo y de relaciones.

Como muestra un botón: el caso español. Los dos partidos en liza por el poder se han ido turnando en acusaciones de “manipulación de la democracia”. El famoso “Procedimiento de Actuación contra la Desinformación”, de 2020, (el gobierno monitorizará las redes a la búsqueda de noticias falsas y tendenciosas, a las que se dará una “respuesta política”) no vale en este momento ni el precio del papel donde se ha impreso. Como el asunto proviene del PSOE, el PP le acusa de intentar convertirse en un orwelliano “Ministerio de la Verdad”. “Un ataque intolerable a la democracia”, olvidando su papel anterior en el tema y su uso negativo de los medios digitales a su disposición. Pero los pseudomedios o “máquina del fango”  hacen leña del árbol caído, a decir verdad, ya sea el PSOE o el PP, (a propósito evito entrar, por simple decoro, en la dinámica del resto de partidos y sus Comunidades). Así que seguimos igual, o mejor dicho creciendo en ese conocido diagnóstico social: aumento de la polarización, crispación en alza en el mundo político y una desconfianza ciudadana de la que se aprovechan los extremos políticos de siempre. Lo cierto es que en Europa ya se nos considera uno de los países más vulnerable a la desinformación digital. La cual procede demasiado a menudo de la misma clase política que padece sus efectos. Todos usan en la red montajes que siguen, según un grupo de expertos en manipulación digital, modelos muy conocidos: el de “sesgo cognitivo” (forzar la predisposición a creer determinadas cosas y no otras, independientemente de su veracidad); la “jajaganda” (hacer humor grueso para ridiculizar a instituciones o personas); “algoritmitis” (los motores de búsqueda y las redes filtran contenidos de impacto y usan algoritmos para llamar la atención del ciudadano y decantar opiniones, rechazos o adhesiones). La única diferencia con el “Gran Hermano” televisivo de Orwell, es que detrás de esas pantallas no hay un dictador con su propio programa “político” hegemónico, sino que hay varios aspirantes al cargo, políticos o económicos, enfrentados entre sí, pero con la cuota de poder suficiente como  para tener acceso a alguno de los “motores” de desinformación global que el “Sistema” tecnológico pone a su disposición (al precio que sea).

Distinguir a los “pseudomedios” de los que no lo son y tratan de canalizar una información veraz, pasa por algo tan obvio como proponer una ley que obligue a todos los medios, cadenas y plataformas a hacer públicas sus fuentes de financiación. Y el segundo punto, en el que insistimos una y otra vez los que escribimos sobre estos temas, es un problema de educación general, de alfabetización digital del ciudadano y de exigir a éste ampliar los principios éticos en los que se debe fundar la convivencia y las relaciones sociales (también las familiares) y el respeto hacia la diversidad. Solo esa educación puede enseñar al individuo a distinguir y contrastar fuentes y medios. Y así evitar por principio los contenidos falaces y de odio, se vistan como se vistan.

Es conveniente saber, por ejemplo, que los pseudomedios y las campañas de desinformación, no son productos creados por el azar, la tendenciosidad  o la evolución política provocada por las circunstancias. Son creaciones específicas y dirigidas a un sólo objetivo: manipular los procesos y la convivencia democrática a través de la distorsión de la realidad y  la difusión de noticias falsas. Es una herramienta de uso político, pero no hay una ideología detrás, sino un afán mercenario: se vende al mejor postor. En su manera de actuar siguen un cierto tipo de pautas. Los forenses digitales hablan de “contenidos inauténticos”. Es decir no los han producido ellos mismos, sino que roban contenidos a otros medios, los manipulan para distorsionar el mensaje y los sirven gratuitamente. Con la aparición de la IA y sus modelos generativos la cuestión de la falsificación ha crecido exponencialmente. Ya no es preciso utilizar un burdo montaje fotográfico para falsear la realidad, como Stalin hizo con Trotsky, en la célebre foto de la parada militar en Moscú. Recuerden también que el famoso Photoshop (1986), llevó hasta los particulares el arte de la manipulación fotográfica.  Pero fíjense, ahora sería posible difundir un mensaje del Papa Francisco en persona, con su imagen y su voz, pidiendo que alguien lance la bomba Atómica contra Palestina, contra Ucrania o contra el mismísimo Vaticano. Es la falsificación de lo real llevada a un extremo incontrolable, ya que los creadores de tal dislate sabrían también convertir el mensaje en viral. Y las actividades falsificadoras de la IA ya están influyendo para llevar a Trump de nuevo a la Casa Blanca o convertir a Putin en un héroe. Son campañas de videos falsos a favor del líder que convenga: aparece en todas partes y suele afectar más de lo que parece dado lo burdo del sistema.  Podrían  afectarán los resultados electorales en Europa y Estados Unidos de una forma impredecible. Esto lleva a la larga a una grave  erosión de la solidez y firmeza de la democracia.

La pregunta es: ¿Qué hay que hacer? O, más bien, ¿qué se puede hacer? , ya que lo que hay que hacer, suele estar reñido con lo que se puede hacer. Las democracias necesitan un ecosistema mediático que se defienda y extirpe ese cáncer informativo: en caso contrario el escepticismo, la incredulidad y el odio subsiguientes terminarán con ella y los pueblos volverán a estar bajo el poder de los Calígulas de turno. La única manera de obtener esa vacuna democrática sería la unión honesta y transparente, por encima de ideas y partidos, de toda la clase política, las empresas tecnológicas, las plataformas y las empresas de comunicación y marketing. Y en tanto se llega a esto (si fuese posible, cosa que está por ver) utilizar los medios reactivos y coercitivos legales para blindar a los ciudadanos, las instituciones y el sistema político democrático -de una forma pecuniaria y penal-  frente ante todos los daños que sufre el sistema en su conjunto a causa de la utilización mendaz  y tendenciosa de la información.

Con motivo del Día Mundial de la Libertad de Prensa (el 3 de mayo), las Asociaciones de Prensa de España compartieron un manifiesto titulado “Sin periodismo no hay democracia”. Se trata de regular la prensa, establecer el punto clave entre la censura y la libertad de expresión, frenar las mentiras incontroladas y distinguirlas de las críticas saludables e identificadas. Pero para eso, en primer lugar, ha de equilibrarse el comportamiento personal de los políticos del país, serenar los debates y mantener una escrupulosa y educada pulcritud y cortesía en las discusiones públicas y una conciencia clara de dos elementos: dónde empieza y termina la opinión y el carácter insobornablemente veraz de la información. Debe acabar el bailoteo impúdico de medias verdades y de medias mentiras para arrimar el ascua a la propia sardina. Ese es cometido de trileros, no de políticos que viven del erario público.

Hay que tener en cuenta cómo los discursos de odio, las conspiraciones y la violencia en las calles están relacionados entre sí. Deberíamos preguntarnos quiénes salen ganando con la creciente agresividad en las Redes, en las tribunas políticas y en los medios. En esencia lo que sí sabemos es quienes salen perdiendo: el resto, seguramente una mayoría, de ciudadanos pacíficos y razonables que pueden dialogar sin insultos y sin descalificaciones, con ese ingrediente cada vez más ignorado que se llama ‘respeto al otro’, sobre todo  cuando opina de manera distinta a nosotros. Hay que hacer notar la constante presencia de movilizaciones callejeras de trasfondo político. Con pocas excepciones, convocadas por la ultraderecha y la derecha, con un desarrollo común de signo bastante agresivo. Quizá sea ya un síntoma de la deriva polarizadora y del auge derechista en Europa.  O, tal vez, sea más bien el efecto disgregador y vírico del “síndrome del Gran Hermano” que –siguiendo la estela literaria de la novela de Orwell- está difundiendo y al tiempo disfrazando la amenaza real y letal del dominio de la ‘tecnodictadura’. De manera que, a cambio de la “comodidad” y el “entretenimiento” que ofrece a nuestra decadente sociedad, exige que nos comportemos como miembros de un rebaño sumiso, obediente a las consignas del poder. Dentro de un escenario donde se nos hace creer que somos libres, se respetan nuestros “derechos” y vivimos en una “democracia”.-ALBERTO DÍAZ RUEDA

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2 mayo 2024 4 02 /05 /mayo /2024 16:05

 

¿Cómo podríamos combatir a esa dictadura del consumo, la banalidad de la prisa y el trabajo sin límites? Tal vez sería necesaria una mentalización individual, personal, íntima, de cultivar el respeto y el goce del instante, en cualquier momento, cada día, sin permitir que la prisa instituida nos devore. Aunque también es precisa una toma de conciencia social –global- y una educación basada en el amor y el respeto a la existencia humana, sus valores y principios, sus tradiciones familiares y una ética insobornable donde sea más importante ser que poseer y donde el extraño, el distinto, el otro, sea integrado en las comunidades en igualdad de condiciones y respeto, sea cual sea el color de su piel, sus creencias y sus orígenes. Y donde el conocimiento convierta el utilitarismo en un producto secundario y no en algo esencial. Quizá sería el comienzo de la desaceleración existencial en busca del placer y el provecho. Parece un mensaje utópico pero, en realidad, ha sido evocado por pensadores de nuestro tiempo, siglos XX y XXI, del fuste de Hannah Arendt, el coreano-alemán Byung-Chul Han, Hartmut Rosa, Primo Levi, Günther Anders, Joan Carles Mèlich, Zygmunt Bauman, Heidegger, Giorgio Agamben, Sloterdijk...y otros muchos más del pasado, como Nietzsche o Cicerón.

Todos sufrimos de una forma creciente una distorsión, una ‘disincronía’ que ha atomizado el tiempo. Cuando ésta se incrusta en la vida del ciudadano de la sociedad avanzada, provoca que tengamos la  sensación de que el tiempo y con él la vida se han acelerado. Envejecemos sin “hacernos mayores”, como si la senectud fuese un indeseable y corto paso inmediato a la muerte. Los abuelos de antaño han desaparecido de la ajetreada vida urbana (sólo en el mundo rural más aislado se mantienen las viejas tradiciones ligadas a la vejez) y también el respeto y el cuidado de los ancianos. Cada vez más las familias no tienen ni tiempo ni lugar para sus ancianos y se les encierra en lugares donde no molesten hasta que desaparezcan. Vivimos bajo  el imperativo del trabajo, con el  tiempo crono limitado bajo la demanda utilitaria y el pragmatismo del rendimiento y el consumo adyacente. El filósofo germano-coreano Byung Chul-Han ofrece una posibilidad de superación de esta carrera hacia un solo final verdadero: “La crisis temporal solo se superará en el momento en que la vida activa acoja de nuevo la vida contemplativa en su seno”. Es decir, la capacidad de aceptar la demora,  desterrar la prisa establecida como estilo de vida y volver a ajustarnos al tiempo de las estaciones naturales, a la tranquilidad y a las tradiciones en las que todo tenía un ritmo sosegado y un respeto sacralizado. Lo malo es que todo el sistema tecnocapitalista en el que vivimos está montado en una doble constante que se fagocita mutuamente: la producción incesante y el consumo creciente, estimulados por un intervencionismo digital publicitario e informativo permanentes. Somos solo “ser libres para la muerte” decía Heidegger. Todo lo que nos ofrece la vida de posibilidades, de bienestar, queda anulado por una fragmentación del tiempo condicionada por una masificación y homogeneidad cada  vez mayores. El presente se reduce a picos de actualidad, las cosas envejecen muy rápido y se vuelven obsoletas, se trata de consumir más y más rápido, sin continuidad posible. Las cosas han perdido su prestigio y con él su valor. Nadie conserva nada y cuando alguien lo hace pretextando  “cuestiones de tradición y recuerdo” se le mira con prevención y se le juzga senil de inmediato.

En el siglo II a.C. el comediógrafo romano Plauto escribió: “Que los dioses maldigan al primer hombre que descubrió cómo señalar las horas y maldigan a aquél que erigió aquí un reloj de sol para cortar y despedazar de forma tan infame mis días en pequeños trozos”. A menudo quien esto escribe –admirador de Plauto- añora a los inuit (unas tribus que habitan todavía en el Ártico oriental canadiense) que tienen una lengua en la que no existe el concepto de tiempo y lo miden por los ciclos naturales y los movimientos de las estrellas. En el libro del bioquímico Carlos López Otín, se analiza la función del tiempo en el envejecimiento y la longevidad. Se nos explica con una prosa empática e ilustrada que el flujo del tiempo podría ser una percepción ilusoria de nuestra mente, pero que nuestros cuerpos reciben de forma fáctica el paso del tiempo, somos en nuestro interior biológico relojes celulares y, de una forma evidente, recibimos, respondemos y, como estamos viendo, nos afecta de manera grave ese tiempo inasible pero no rechazable. La visión científica, médica y filosófica de López Otín logra ofrecernos un relato apasionante sobre el recorrido cultural del concepto tiempo en la historia. Especial interés tiene la descripción de los intentos históricos de comprender, ordenar, medir, dominar, ignorar, olvidar y asesinar al tiempo (como en la época de la Comuna francesa, en la que se disparaba contra los relojes públicos parisinos) y también los estudios crecientes sobre la longevidad y las enfermedades asociadas  a la pérdida de la noción del tiempo. Una de las pruebas evidentes del impacto de la noción de “tiempo” en la cultura es la enorme cantidad de películas, novelas y libros dedicados a él. Este cultísimo autor adjunta en el epílogo una lista de piezas musicales, novelas, obras de arte y películas dedicadas al tema. Recuerden: “Interestelar”, “El curioso caso de Benjamin Button”, “Regreso al futuro”, “Atrapado en el tiempo” (“El día de la marmota”), “39 escalones”, “Fahrenheit 451” o “Horizontes perdidos” o “La máquina del tiempo” o “Los viajeros del tiempo”. Como muestra del estilo de este admirable libro, les adjunto un párrafo del epílogo: “El tiempo nace con el cosmos en un instante singular de un día sin ayer, atraviesa como una flecha invisible el universo, se erige en fuerza motora de la Gran Historia, rechaza a los viajeros que quieren acelerarlo o revertirlo, se deja medir por los humanos para luego dominarlos, elimina  a los rebeldes que quieren menospreciarlo y se infiltra en los seres vivos, creando relojes biológicos que se vuelven imprescindibles para sobrevivir...”. Insuperable.

Lo cierto es que ya a principios del siglo XX, E.M. Cioran clamaba: “¿No ha llegado la hora de declararle la guerra al tiempo nuestro enemigo común?” El filósofo rumano-francés erraba el tiro: el tiempo no es nuestro enemigo. Lo es el sistema que hemos aceptado instaurar, responsable de haber convertido el tiempo en una herramienta capitalista de explotación. Y el auténtico enemigo –mortal de necesidad- de lo humano es la aceleración: es como el hámster haciendo girar interminablemente la rueda sin desplazarse jamás, nos dice Luciano Concheiro en su obra ”Contra el tiempo”. Vivimos en una época de inmovilidad frenética. Y es que el tiempo es un concepto difícil e intrincado. Agustín de Hipona, el agudo santo pensador, decía “Si nadie me pregunta, sé lo que es el tiempo; si quiero explicarlo al que me pregunta, no lo sé; pero sin vacilación afirmo saber que si nada pasase no había tiempo pasado; si nada hubiera de venir no habría tiempo futuro y si nada hubiese, no habría tiempo presente”. 

Pero en nuestra sociedad actual, se produce una aceleración histérica de la sucesión de acontecimientos parciales que se extiende a todos los sectores de la vida cotidiana. La omni-información, servida de inmediato sin razonamiento o explicación a través de los móviles y las redes sociales, se relativiza, no llega a entrar en nuestra sensibilidad y mucho menos en nuestra capacidad de análisis y razonamiento. No hay tiempo. De ahí la creciente potencialidad de las noticias falsas o exageradas de forma tendenciosa: es el reinado de lo emocional, de las exclusiones de lo otro o lo distinto, es el creciente poder de las ideas totalitaristas, neofascistas y neonazis sobre una “clientela” cada vez más joven y menos formada: desmoronamiento de las tradiciones  familiares, las sociales –la cortesía, el respeto, la buena educación-  y también las políticas y las económicas. Todas caen bajo el nuevo estilo: la prisa, la utilidad inmediata, el consumo y el placer huidizo pero exigente y poderoso.  Eso crea una falta de sentido a la vida, una vez se la desliga del  presente continuo, sin memoria y sin objeto, en una aceleración continua y una paralización interna: “cuando no es posible determinar qué tiene importancia, todo pierde importancia”.

El sociólogo alemán Helmut Rosa percibe tres tipos de aceleración: la de los desarrollos tecnológicos, la de los cambios sociales y la del ritmo de la vida diaria. Y en este último apartado que es el que más nos concierne, podemos ver –si abrimos los ojos- el tipo de subjetividad que produce: individuos dispersos, ansioso, deprimidos, adictos a todo tipo de sustancias estimulantes, encerrados en la falsa comunidad digital de sus móviles y ordenadores, devoradores compulsivos de series televisivas, de relaciones insatisfactorias, sexualidad fetichista y desviada al acto pornográfico y la brutalidad de la cosificación femenina...

Vamos hacia una sociedad muy parecida a la de dos distopías literarias conocidas: la del “Mundo feliz” de Aldous Huxley y la de “1984” de George Orwell. Pero aún las hemos “mejorado” en efectividad y deshumanización crecientes. Zygmunt Bauman nos dice que ya no hay ritmos ni ciclos sociales estables, el individuo es “libre” para seguir forzosamente su camino marcado, aunque le falta orientación y le sobra velocidad por lo que no puede demorarse, única forma de pensar en el camino, observar  y orientarse, en lugar de avanzar de forma atolondrada. Le sostiene “el miedo a perderse cosas valiosas” que  intensifica el ritmo vital ya que el sistema le asegura el “disfrute de las opciones del mundo”, experiencias, viajes. En definitiva, dice Bauman, el sujeto tiene una vida plena si logra vivir con más rapidez y aumentar el número –no la calidad- de las vivencias. Y así un viaje exótico no importa nada de forma sensible o experiencial, pero sí lo hace cuando uno envía “selfies” a todas sus amistades. Uno no se divierte en una fiesta si no “demuestra” en las redes que se “está divirtiendo”. Uno no vive su vida si no  transforma sus vivencias en instantáneas para que los otros lo atestigüen. Y la red es un espacio sin caminos, por eso se surfea o se explora, no deja poso ni recuerdo. Es de uso y disfrute instantáneo. Conceptos como la verdad y el conocimiento no tienen sentido en la red pues remiten a la duración. Y nosotros “vamos haciendo zapping por el mundo y la vida a tenor de esto”. Hemos perdido el aroma del tiempo, la duración, decía Proust. Y ese aroma no es narrativo, algo que comunicar de inmediato, sino contemplativo.

En esa línea Concheiro propone una “resistencia tangencial” al estado de cosas que, aunque no puede transformar la realidad circundante, nos permita aminorar los efectos negativos de la aceleración. Y no se trata de la simple lentitud de acción, (el movimiento slow) que no tiene poder frente a la lógica acelerativa, sino en una suspensión voluntaria y dinámica del flujo temporal. Concebir y crear el ejercicio de valorar, percibir y cercar al instante. Ese fragmento de no-tiempo que definía Wittgenstein de forma magistral: “Si tomamos la eternidad no como la infinita duración temporal, sino como la intemporalidad, entonces la vida eterna pertenece a aquellos quienes viven en el presente”. Es decir, en el instante. En el siglo anterior, el XIX, el gran Lewis Carroll, en su “Alicia en el país de las maravillas” esboza la misma idea en un célebre diálogo paradójico entre la niña y el Conejo Blanco: “¿Cuánto dura la eternidad?” pregunta Alicia y el sabio conejo responde “a veces sólo un segundo”.

Decía Heidegger que vivimos con “desasosiego distraído” y “falta de paradero”. Hoy diría que vivimos “zapeando” por el mundo. Y él murió en 1976, por lo que sus palabras resultan más que actuales que entonces. En ausencia de la  duración, la aceleración se impone. Y aún más, en “Ser y tiempo” su obra cumbre, asegura que el ser “está disperso en la multiplicidad de lo que pasa diariamente. Está perdido en la presencia del hoy...este “no tener tiempo es un mayor perderse  a sí mismo que aquél desperdiciar el tiempo, que deja tiempo.” El pensador alemán –mucho más interesante cuando se le despoja de ciertos aspectos político-históricos de  su biografía- recomienda transformar el “no tengo tiempo para nada” en un “siempre tengo tiempo” como una estrategia de la duración para recuperar el dominio perdido sobre el tiempo.

El dramaturgo y poeta Peter Handke se pregunta “¿por qué nunca se inventó un dios de la lentitud?”. Ya que el pleno disfrute del tiempo no sugiere acontecimientos ni cambios, sino simplemente duración. Y es que el hombre que pierde toda capacidad contemplativa se reduce a un “animal laborans”. Más allá de tiempo laboral, solo queda “matar el tiempo”. En esa labor se produce la contradicción entre el consumo y la duración: el ciclo de aparición y desaparición de las cosas es cada vez más breve por imperativo el capitalismo que acorta el plazo de producción y el de consumo. Vivimos en una sociedad compulsiva en la que el trabajo, la producción y el consumo, se convierten en una norma  de obligado cumplimiento. Cronos devora a sus hijos.

Nietzsche dejó escrito “Si creyéseis más en la vida, os lanzaríais menos al momento. ¡Pero no tenéis en vosotros bastante contenido para la espera. Y ni siquiera para la pereza.” Y así la inquietud hiperactiva, la agitación y el desasosiego de la vida no permiten el libre recurso del pensamiento, la calma y la demora de la observación acompañada por la reflexión y la amabilidad de permitir que las cosas sucedan sin intervenir, sólo contemplar. Pero no hay tiempo para esa “especie de lujo en la cabeza” como lo llamaba Kant. Y Nietzsche aseguraba que “Por falta de sosiego nuestra civilización desemboca en la barbarie”. El propio Marx definió al capitalismo como “un apetito insaciable de ganar”, de incrementar la riqueza. Por tanto la aceleración es esencial en el sistema: cuanto menor sea el tiempo en que se complete el ciclo Dinero-Mercancía-Dinero, mayor es la ganancia. Ese dinamismo voraz e incansable impulsa la sucesión permanente de innovaciones técnicas y tecnológicas encaminadas a acelerar los tiempos de producción y de circulación: la máquina no sólo no puede detenerse sino que debe acelerarse... ¿hasta dónde y hasta cuándo? Nadie –y menos los que rigen el sistema- se hace esa pregunta de una lógica aplastante. La voraz máquina devora personas, fortunas, tiempo; los inventos se fagocitan unos a otros; todo acaba volviéndose obsoleto, caduco y reemplazable. Pero el sistema ha logrado lo que siglos de filosofía no lograron: dar un “sentido de la vida” al ciudadano de las sociedades avanzadas: vivimos consumiendo y consumimos para sentirnos vivir y en esa rueda el deseo nunca puede ser saciado, pero tampoco nos causa ninguna satisfacción permanente. Las cosas obedecen a una exigencia del mercado: la planificación deliberada del ciclo de vida útil de una mercancía. Todo se vuelve mercancía mensurable y explotada: desde nuestros datos más íntimos a la permanente aparición de “actualizaciones” de los sistemas y herramientas digitales, que ya constituyen una extensión de nuestros cuerpos y cerebros. No podemos escapar de los algoritmos, que ya gobiernan diferentes aspectos de la vida personal y de los negocios (como la “high-frecuency trading”, la computarización de los intercambios financieros, en la que ya no intervienen los humanos sino la IA).

¿Adivinan ustedes cuál podría ser la trompeta del juicio final?: un “gran apagón” planetario, producido por alguien o por algo o por simple sobresaturación de demanda de energía que nos volviera a la edad media de un solo plumazo.

Pero volvamos a los efectos secundarios de la aceleración. Ya nadie tiene en casa una enciclopedia o libros de historia. Y el llamado “efecto Google” comienza a preocupar a los neurólogos y psicólogos. Nadie tiene tiempo para consultar manuales y enciclopedias. Todos nos vamos directos a la pantalla. La memoria, la capacidad de recordar, empieza a ser problemática a todos los niveles. Desde los niños a los jóvenes y menores de 60 años, han supeditado su memoria a la “ayuda” cada vez mayor de la información “en línea”. Dependemos crecientemente de la “memoria externa”. Y eso nos lleva a un doble problema, como todos los que conciernen a lo digital, casi “invisible”: el primero, una creciente falta de memoria, no sólo de datos, también episódica y nominal (¿cuántos números de teléfono puede memorizar usted? ¿Cuántos memorizaba hace veinte años?). El segundo,  una falta de narrativa: la velocidad con que nos bombardea la aceleración de noticias y ofertas es tal que es casi imposible estructurar una trama que dé sentido a los hechos y nos permita urdir una trama coherente. No hay manera de tener una visión de conjunto que de sentido a lo que está pasando. Las noticias, vertiginosas, se solapan unas a otras y queda una sopa sin sentido con la que no es posible sacar conclusiones...ergo nos dejamos llevar por las emociones que nos suscitan. No hay tiempo para reflexionar. Somos fáciles pasto para los demagogos  (de ahí el auge de la extrema derecha, por ejemplo) y aquél estado de cosas en lo público que Giorgio Agamben calificaba de “vivir en un umbral de indeterminación entre democracia y absolutismo”  o lo que define como “un estado de excepción permanente”.

Todo lo que antecede tiene unos efectos visibles en las personas. Miren las estadísticas de consumo de fármacos “situacionales”: tranquilizantes, insomnio, calmantes y otros productos más o menos adictivos para controlar los efectos casi globales de esa aceleración en los organismos de quienes la sufren: un cansancio orgánico y psicológico en todos los ámbitos que adopta nombres diversos: neurastenia, fatiga crónica, ansiedad, ‘burnout’ laboral, o el que llama la OMS “encefalomielitis miálgica”. Usted mismo o muchos de los que le rodean sufren alguno de estos síntomas: agotamiento físico y mental durante largos ciclos, pérdida de memoria, desconcentración, y desasosiego, insomnio o dificultades para dormir, dolores musculares o articulares y todo tipo de disfunciones digestivas o sexuales desde la diarrea al estreñimiento crónico y la impotencia. Y los que no recurren a la farmacia, buscan el remedio –otra vez la prisa- en las drogas o el alcohol, más “efectivos” a corto plazo. Un panorama desolador.

Para luchar contra eso, hay que instituir, nos dice Concheiro,  “una nueva concepción del tiempo que desencadene otra forma de estar en el mundo, otra manea de relacionarse con los otros –sean objetos o individuos – que permita otro estilo de existencia”. Pero es difícil encontrar un medio que pueda resistirse a la fuerza dinámica de la aceleración en todos los órdenes de la vida. Uno de los autores de libros de autoayuda que popularizó el “movimiento slow”, la lentitud como forma de vida,  dijo al presentar uno de sus libros: “La ironía más grande de publicar un libro sobre la lentitud es que tienes que ir promocionándolo muy rápidamente...todo el mundo quiere saber cómo frenar...pero quieren saberlo de manera muy rápida”. La lentitud en sí se vuelve una mercancía.

Quizá por eso la apertura al instante que sugieren algunos de los autores citados, sea el camino individual, personal, una experiencia que nadie puede tener por nosotros, que suele ser incomunicable y difícil de lograr, Requiere, como todo acto de profundo conocimiento, un trabajo reiterativo, una conciencia-de-sí  intensa y profunda, ya que el instante es efímero y requiere un enorme esfuerzo de atención y energía para mantenerlo. Pero es la única forma de escapar a la vorágine de la aceleración. Y debe ser  un ejercicio reiterado, consciente y frecuente que se relaciona con momentos y detalles de una gran simplicidad. Son acciones de atención cotidiana y contingentes. Nada especialmente místico y menos esotérico (aunque algunas tradiciones orientales o místicas occidentales pueden facilitar el camino).  Es aprender a “dejarse ir”  en el disfrute del “tiempo cero”, cuando no advertimos el paso del tiempo, cuando no podemos medirlo”, como decía el compositor Christoph Wolff.  “Es el arte de esperar que las cosas se revelen, que el tiempo de detenga”. “Lo primordial –escribe Concheiro-  es hacer surgir una temporalidad que disloque la aceleración: lograr experimentar el instante, en el que los minutos dejan de transcurrir, en el que la velocidad sea algo imposible”.

Y para terminar, un volumen interesante y práctico escrito por expertos en la psicología del tiempo. “La paradoja del tiempo” de Zimbardo y Boyd. El punto de vista de análisis de ese limitado recurso del tiempo es innovador, divertido, ameno y práctico, con una base científica bastante sólida. Los autores escriben sobre las diversas maneras de concebir y tratar con ese fenómeno universal desde el pasado, la memoria, el hoy (ese instante en el que todo es real), el mañana y la trascendencia de la muerte. Muy interesantes y prácticos son los capítulos dedicados a enseñarnos cómo hacer que el tiempo trabaje a nuestro favor. Y como guinda nos ofrece una serie de consejos sobre “la perspectiva temporal ideal” que pasa por “poner a cero el reloj psicológico”. Punto en el que conecta con el texto que están ustedes leyendo y su valoración del “instante”. Para terminar les cito un párrafo final de este libro: “Buscamos sin cesar conocimientos nuevos, conjugando la gratitud por los que hallamos ayer, el asombro ante los que hallamos hoy y la esperanza en lo que hallaremos mañana.”

LIBROS RECOMENDADOS

EL AROMA DEL TIEMPO.- Byung-Chul Han. Ed. Herder.-CONTRA EL TIEMPO.-Luciano Concheiro.- Ed. Anagrama.-EL SUEÑO DEL TIEMPO.-Carlos López Otín y Guido Kroemer.-Ed. Paidós.-SER Y TIEMPO.-CAMINOS DEL BOSQUE.- Los dos de Heidegger.- Trotta y Alianza.-LA PARADOJA DEL TIEMPO.-Philip Zimbardo y John Boyd.- Paidós

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