FRANZ KAFKA, EL GENIO OCULTO TRAS UN TÓPICO
CON LA AYUDA DE SU IMAGINACIÓN CREATIVA Y SU TÉTRICO HUMOR LOGRÓ MOSTRAR EL ALMA TORTURADA DE SU SIGLO Y DEL NUESTRO
Vamos a navegar por los mares procelosos de uno de los genios literarios más singulares de la historia, Franz Kafka de quien se conmemora el centenario de su muerte, ocurrida el martes 3 de junio de 1924. La inmersión en el mundo de Kafka crea un efecto curioso. Uno se cuestiona si el demasiado popular término “kafkiano” aplicado a los sucesos y eventos de la vida cotidiana, se corresponde a la obra y el talante del escritor. O quizá se limita a banalizar un mundo más complejo y variado del que sugiere el uso que se le da. Quizá el corriente uso del adjetivo simplifica y polariza el mundo personal del escritor. Tal vez sugiere en Kafka una postura vital algo teatral, impregnada del signo de la época y de judaísmo, con su peculiar “lógica” surrealista, amparada con un complejo uso del humor y del absurdo. ¿Es ese el espíritu de su obra y de su vida?A Kafka le persigue un tópico de “supuesto escritor desequilibrado y alienado” . Puede que lo que ocurre es que nos falta perspectiva o, simplemente, que hay que aprender a leer a Kafka. “Su mundo espiritual, reflejado en seres como un insecto, un hombre sin aspiraciones, un mono sabio, un topo ciego o un judío errante, no se puede tomar al pie de la letra. Son símbolos, disfraces”, dice uno de sus biógrafos. Conforme uno se sumerge en la obra de Kafka y sobre Kafka se impone la sensación abrumadora de que se trata de un individuo vulnerable y sensible, sujeto al endiablado juego de un Destino atroz, no sólo personal sino generacional, que ya mostraba su faz siniestra en la política del tiempo que le tocó vivir (I Guerra Mundial). Y el hecho de que su vida se desarrolle precisamente en Praga, la problemática capital del Reino de Bohemia, en el Imperio Austrohúngaro. Una ciudad levítica –con muchos sangrientos dramas históricos por la represión del judaísmo pero también por la violenta revuelta nacionalista checa y el odio al alemán opresor. Una ciudad con un “gueto” medieval de callejas tortuosas y oscuras y opresivas leyendas judías, a la que Kafka admiraba y odiaba con la misma intensidad. Pero es innegable que si una persona socialmente insignificante como Kafka, “es capaz de producir una onda de choque en la cultura occidental cuyos ecos resuenan hasta hoy y seguramente más allá, es que hay que considerar vida y obra como mundos incompatibles que siguen cada uno sus propias leyes”, escribe uno de sus biógrafos. Algo de eso hay: Kafka es un símbolo en el que se suman tres tópicos: Praga, ciudad nutricia y conflictiva, el judaísmo y los efectos del poder deshumanizado sobre las personas sensibles.
Como “El mago de Oz”, Kafka esconde su personalidad literaria, original y atormentada, en la totalidad de su obra: relatos, novelas y sobre todo cartas –que triplican en total el tamaño de su obra restante- y bocetos y proyectos de ensayos, poéticos y literarios. Tras los espesos cortinajes de todo ese corpus, Kafka niega continuamente que él tenga tiempo o energía suficientes para hacer una obra pasable. Sus protestas contra sus incapacidades e impericia surgen por doquier. Pero entre los efectos de su voz amplificada por la ‘extrañeza’ y la potencia de sus imágenes, temas y argumentos, el escritor mantiene un polémica íntima con su propia obra. Todo debe ser destruido, pero no, esto y aquello parecen buenos. Esa duda corroe aparentemente a Kafka. Pero muy de vez en cuando surge su amor propio de literato y un poco de vanidad. O la conciencia de que lo que hace está por encima de la media
. Los personajes parecen inspirados en sí mismo, su familia, amigos, sentimientos y pasiones. “Kafka –escribe Isaac Bashevis Singer, escritor yiddish, contemporáneo a K.- quería ser judío, pero no sabía cómo y quería vivir, pero tampoco sabía cómo”. Es la “otredad” permanente de Kafka la que parece imponerse y la que debemos comprender, pues está en relación con su fracaso como persona y su éxito como escritor - en un futuro que hubiera sido increíble para él-, a partir de los años 60 y 70 del pasado siglo,. Su riqueza literaria se consolida “en el ámbito de lo invisible y lo psíquico: en apariencia nada tiene que ver con el medio ambiente personal y social que le rodea, pero lo cierto es que penetra en él por todos sus puntos” (la familia, los amigos, las amantes y el judaísmo).
Como escribe Stach “el mundo de Kafka es inhabitable y hace falta mucho tiempo para adaptarse a él”. El que se acerca a sus libros comprueba “la capacidad de Kafka para captar una situación de un vistazo y aún así con la máxima nitidez, de filtrar los detalles significativos, de rastrear las relaciones ocultas y capturarlo todo en un lenguaje saturado de imágenes precisas, que evita toda inexactitud. Es una capacidad que linda con lo maravilloso y se burla de toda explicación racional o psicológica imaginable”. Y añade: “pensemos en cómo una conciencia –la de Kafka- a la que todo da que pensar, hace surgir una conciencia que ha dado que pensar a todos”. Ese es el baremo de la valía de Kafka.
Nace Franz Kafka en Praga en 1883. Es hijo de Hermann Kafka, comerciante y Julie Lowy. Tiene tres hermanas menores Elli (1889), Valli (1890) y Ottla (1892). Estudia en un rígido Instituto alemán, donde conoce a su amigo Oskar Pollac. Vive junto al gran y sórdido gueto judío de Praga. Su padre trata de adoptar para su familia la vía germánica (la del poder) por encima de la checa y de la judía, sin romper con ésta, aunque mantiene sus prácticas religiosas de una manera aislada y nada devota. Ya desde niño las relaciones de Franz con su padre son difíciles y tormentosas por el carácter agresivo, burlón y despectivo de Hermann hacia su endeble y delicado hijo. El escritor recuerda con pavor las amenazas del padre en algunos momentos: “me decía que me iba a comer como a un pescado, despedazándome y dejando sólo los huesos”. Uno de los documentos más valiosos para comprender a Kafka es su “Carta al padre”, pasto de psicoanalistas, generalmente mal interpretada y con varios niveles de lectura que aumenta en complejidad si uno la lee antes o después de leer otras obras del escritor y las de algunos de sus biógrafos, empezando por su amigo Max Brod. A este le nombra albacea de su obra y le exige: “Todo lo que se encuentre de mis escritos cuando yo muera, debe ser quemado de forma inmediata sin ser leído”. Brod no se lo toma demasiado en serio. Pero no se le puede condenar por ello. Kafka era sumamente contradictorio en lo concerniente al destino de su obra. Solía defender su existencia por encima de todo, aunque a menudo él mismo quemaba obras en curso o algunas de las que se paralizaban. Dejó casi cuatro mil páginas de anotaciones en diarios y fragmentos, entre ellos tres novelas incompletas. Parte de esa obra se la envió a su última amiga y amante Milena. Cuando años después ésta fue detenida por las SS confiscaron todo lo que tenía y lo destruyeron. Al leer el libro de Brod (1) dedicado a Kafka, se desvanece cualquier suspicacia respecto a sus acciones. Su texto desprende un amor y una admiración enormes. En realidad su labor para preservar el legado de su amigo y su figura literaria es increíblemente eficaz y activa. Uno se conmueve ante una dedicación tan firme y exclusiva. Incluso el mejor de los biógrafos kafkianos, Reiner Strach (2) reconoce su deuda con el libro de Brod y el cuidado con el que defendió la obra de su amigo. También elogia la labor del primer biógrafo de Kafka, Klaus Wagenbach (3), cuya obra aporta datos interesantes de la infancia y juventud de Kafka. Sin embargo Stach se lamenta de que el legado de Brod con los documentos sobre la vida de Kafka y su obra aún no pueda ser consultado debido al litigio que hay entre los herederos de Brod y el Estado de Israel.
Kafka estudia Filología alemana y Derecho en la Universidad Alemana de Praga. Aunque dedica la mayor parte de su tiempo a leer a su amado Dostoievski, a Kleist y a Kierkegaard. Su intención es ejercer una carrera que le permita tener un empleo fijo (funcionario) y pueda independizarse de sus padres y vivir en su propio hogar. Nunca lo conseguirá del todo. Y no por falta de dinero, sino por su extraña dependencia paradójica hacia todo aquello que le crea molestias y dificultades contra su labor de escritor. Es como si Kafka comprendiera desde el principio que las situaciones de servilismo, dureza, explotación o esclavitud ante un poder enorme, omnipotente, cruel e irracional, nutren la fuente de donde manaría la potente inventiva de sus personajes. Estas son víctimas siempre: desde los múltiples animales desolados de sus narraciones, los funcionarios insensibles y mezquinos de un poder siempre oculto y la fatal sincronía de la muerte, la tortura y la bestialidad destructora con una vida miserable, sin salvación posible. ¿No reconocen ustedes a las sociedades europeas de ayer y hoy, sus guerras, poderes y aniquilaciones absurdas e innecesarias que asolarían Europa desde los años de Kafka hasta nuestros días? Él, en sus novelas y relatos, nos mostró el desconcierto del hombre moderno, ante el temor de lo que hay más allá del umbral de lo prohibido, como en “El proceso”, “El castillo” o “Ante la ley”: o indefensos ante poderes arbitrarios y sin rostro.
Sigamos con la vida del escritor. El trabajo de Kafka en el Instituto de Seguros le agota física y psíquicamente. Aunque su labor como abogado en torno a los accidentes de trabajo es buena y recibe el respeto de sus superiores. Cuando sale de la oficina se dedica a escribir, pero le aturden los ruidos domésticos en casa de sus padres y sueña con alquilar un piso o una habitación para aislarse Busca “obtener una visión de la vida -y convencer de ella a los demás con sus escritos-, en la que la existencia mantuviese sus altibajos naturales, pero que al mismo tiempo apareciera, con no menor claridad, como una nada, como un sueño, como algo flotante”. No lo tiene fácil, pues “la presencia inmediata de mi vida profesional me priva de todo horizonte, a pesar de que en mi interior reina la más absoluta indiferencia, como si me encontrase en un desfiladero por el que fuese además con la cabeza agachada”.
Kafka vegeta entre el descontento laboral y una desesperada fijación por conseguir tiempo, silencio y soledad para escribir. Viaja poco, se mantiene geográficamente fiel a sus raíces: aparte de sus cortas salidas vacacionales por Alemania, sólo pasó 45 días en total de su vida en el extranjero, en diferentes momentos: Zúrich, Paris, Milán, Venecia, Verona, Viena y Budapest.
En 1910 comienza a escribir un diario, en numerosas libretas, cuyo conjunto es uno de los documentos literarios más importantes que quedan de Kafka, escritos con sumo cuidado y corrección literaria (como si conociera ya su gran papel en el conjunto de su obra). Escribe en 1912 “América”, “Contemplación” “La condena” “La metamorfosis” y la amplia correspondencia con Felice Bauer. En 1913 “El fogonero”. En 1914, en plena guerra mundial, rompe su compromiso con Felice y comienza dos libros claves: “El Proceso” y “En la colonia penitenciaria”. Un año más tarde vuelve a comprometerse con Felice y vive unos meses en un cuarto alquilado. En 1916, escribe “Un médico rural”, basado en su tío médico que vive en Madrid. En 1917 rompe otra vez –definitivamente- su compromiso con Felice, ante la aparición de su tuberculosis y escribe sus “Aforismos”. En 1919 se compromete con Julie Wohryzek y escribe “Carta al padre”. Al año siguiente entabla amistad con el joven poeta Gustav Janouch (que años más tarde publicará un magnífico libro con sus conversaciones con Kafka) y el médico Robert Klopstok (que le atenderá durante los tres meses últimos de su vida). De 1922 a 1924 escribe “El Castillo”, “Un artista del hambre”, “Investigaciones de un perro” y su “Informe a la academia”. Comienza su relación con Dora Diamant, a la que dobla en edad. Piensa en emigrar a Palestina con ella. Pero la tuberculosis empeora. De abril a junio es internado en el sanatorio de Kierling, debido a sus enormes dolores provocados por la extensión de la tuberculosis a la laringe, acompañado de Dora Diamant y Kolpstock. Muere el día 3 de junio y es enterrado en el cementerio judío de Praga el día 11.
Max Brod describe en su libro sobre Kafka esas últimas horas: “A las cuatro de la mañana del dia 3 Dora llama a Kolpstock porque Kafka respiraba mal y padecía fuertes dolores. El médico le pone una inyección de alcanfor. Comenzó la lucha por la morfina que Kafka no cesaba de pedirle. ‘No me engañe, me está dando un antídoto. Ya no más tortura, ¿por qué alargarlo?’ clama Kafka y añade: ‘Máteme, si no es usted un asesino’. Se le inyectó morfina. Kolpstock, emocionado, se apartó para limpiar la jeringa. Franz le dijo ‘No se vaya’. El médico repuso, ‘No, no me voy’. Y Franz respondió ‘Pero yo si me voy’. Luego, se durmió lentamente para no despertar.”
Para avanzar en el parcial y forzosamente incompleto conocimiento de este escritor brillante y oscuro, hay que tener en cuenta tres coordenadas básicas que se entrecruzan en su biografía hasta coronar el absurdo y el horror en su fallecimiento por tuberculosis laríngea a los cuarenta años y once meses. La primera es una línea discontinua, de trazo leve al principio y fuerte al final su idiosincrasia judía que incide en su vida y su carácter. La segunda, la ciudad en la que vive, que se convierte en símbolo de su obra: la Praga imperial de fines del XIX, racista, teatro de la lucha entre el nacionalismo checo y el poder alemán y opresiva e históricamente problemática para los judíos. La última, pero no menos importante, la vulnerable sensibilidad psicológica familiar y social del escritor, con especial acento en Hermann Kafka, el rudo progenitor de Franz, que se convierte en su Némesis permanente de auto condena íntima; aunque uno acaba por sospechar que además de un profundo sentimiento negativo, la figura del padre era un motor secundario pero potente de su obra, una de las excusas perfectas para Franz, que suele utilizar retóricamente al padre para justificar dos de los elementos biográficos más controvertidos de su vida: la relación con las mujeres y su renuencia a abandonar la casa familiar, a pesar de tener medios para hacerlo y un buen montón de razones para independizarse. Vive en familia en un odiado pero aceptado ambiente ruidoso y desconsiderado, con escasa intimidad. Los miembros de la familia, tres hermanas y los padres, son un estorbo –y a menudo fuente de disgustos- para Kafka con la excepción de la hermana pequeña, Ottla, y una madre cariñosa pero que fue de escasa ayuda a su hijo, pues vivió bajo la autoridad y el miedo a su marido. Tras escribir su “Carta al padre”, Kafka añadió en su Diario, “Yo escribía sobre ti. Todo lo que lloraba en mis escritos es lo que no pude llorar sobre tu hombro”. Al principio de dicha Carta, escribe: “podría servir para tranquilizarnos un poco a ambos y hacernos más fáciles la vida y la muerte”. La Carta jamás es entregada a su padre, ya que la madre la retiene y luego la devuelve a su hijo. Pero para el proceso interior de Kafka, el padre ya ha cumplido su función y es relegado al anaquel de los “objetos literarios”. En cuanto al asunto judío, escribe en su diario: “¿Qué tengo yo en común con los judíos? Apenas tengo algo en común conmigo y debería quedarme completamente quieto en un rincón, contento de poder respirar”. Más adelante se interesó por la pintoresca religiosidad de los judíos que llegaban a Praga huyendo de Europa del este y Rusia. Le encantaban las historias jasídicas y frecuentaba a la compañía de teatro yidish de su amigo Yitzhak Lowy. También había más estética que convicción religiosa o racial en Kafka respecto al judaísmo (aunque no se abstuvo de criticar a su padre por el poco convencimiento con que asistía a la sinagoga y que, según él, le contagió). Ronald Hayman (5) escribe en su biografía sobre todas las contradicciones de Kafka analizándolas con los tópicos psicoanalíticos y de la lingüística. Kafka, según él, no percibía su obra como un fin estético y moral sino como un medio para someterse a sí mismo a un proceso casi judicial donde era el reo y el juez.
Kafka vive en su pequeño círculo praguense la zona de Praga donde vivía. Eso le permitía un juego de palabras: su círculo existencial era el célebre “Ring”, anillo, praguense. Y en su interior, el círculo más pequeño de su psique, a la que no afectan los grandes asuntos de su tiempo: ni la primera guerra mundial (de la que hay apenas una o dos referencias en su diario), ni la victimización de los judíos en Praga –y en otros lugares de Europa- y el nacimiento del sionismo (con el que ya hay más conexiones, a través de amigos y amigas).
La vida erótica y amorosa de Kafka es indecisa, ocasional, generalmente breve y a menudo problemática. Como escribe su biógrafo Stach: “...es estremecedora la desproporción entre los esfuerzos que hizo toda su vida por alcanzar la plenitud sexual y erótica y la escasa y rara dicha alcanzada, que jamás se dio con libertad y jamás se recibió con libertad”. Kafka tiene miedo a los compromisos, amorosos o de otro tipo, y una necesidad brutal de afecto y cariño que no acaba nunca de saber gestionar –hasta su última relación con Dora Diamant-, sino en términos de obligatoriedad, raptos de premura amorosa y un miedo permanente a cumplir su supuesto deseo de formar una familia estable, un matrimonio e hijos, lo que consideraba el destino básico, perfecto y estable de cualquier hombre. En tres ocasiones pide formalmente la mano en matrimonio (con Felice Bauer, dos, y con Julie Wohryzek, una) y se echa atrás a última hora. Respecto a Dora Diamant, la joven judía de 25 años a la que conoce en 1923 (su compañera hasta el final) Kafka, en el lecho de muerte pide permiso, por carta, al padre de esta para casarse con ella. El padre, un rabino, responde con un seco y definitivo NO.
Cuando escribe a Felice para justificarse de sus dos anulaciones, argumenta “No soy nada más que literatura”. Y es fundamentalmente cierto: todas sus experiencias y vivencias van a parar a la escritura: en diarios, en cartas, en relatos y novelas cortas, terminadas o inconclusas. En ellos se vierte su vida sexual, sus amigos y amigas, su odio al trabajo de oficina, sus visitas al burdel, la elección de sanatorios, su existencia enfermiza y su amor a los deportes, el odio y el fastidio a la vida familiar (“con mi madre apenas cruzo unas cuantas palabras al día y con mi padre, sólo un saludo y de pasada”) incluso la relación con sus hermanas es ocasional, exceptuando el cariño hacia Ottla, la más pequeña; mantiene un deseo permanente de independizarse (con escasas y tardías decisiones en contra) y una búsqueda incesante de sí mismo.
Quizá su relación amorosa más significativa, pero que quedó frustrada por su enfermedad y luego por la muerte es con Milena Jesenska –que años después moriría asesinada en el campo de exterminio nazi de Ravensbrük- una mujer mucho más “adecuada” para Kafka por su calado intelectual, su feminismo activo, juventud y su belleza. Era checa y estaba casada. Tradujo “El proceso” a su lengua y era retadoramente libre en su trato con Kafka y en mantener combativamente sus: pero Milena no llegó, debido a las circunstancias citadas, a convertirse en su pareja.
La vida amorosa “extraoficial” de Kafka empieza con G.M. en 1913, en pleno idilio epistolar con Felice. En 1914, una relación secreta con Grete Bloch, la amiga y confidente de Felice, con la cual parece ser que tuvo un hijo, nunca reconocido por Kafka y del que seguramente no tuvo noticia. En noviembre de 1918 conoció a Julia Wohryzek, que trabajaba en Praga como secretaria, a quien pidió en matrimonio. Rompió el compromiso en 1919. El carácter subterráneo y oculto de estas relaciones –casi siempre frustradas- sale a la luz como “motivo creativo” en su obra más que como una diversidad de decisiones amorosas frustradas y se refleja a través del inmenso poder literario de la correspondencia que Kafka mantiene con todas sus “amadas” o amigas. Miles de páginas de un Kafka tan imaginativo y mucho más ameno, divertido y humanamente cercano que en su obra literaria. Una gran parte de esa correspondencia amorosa, la mantenida con sus numerosos amigos y los borradores, notas, textos incompletos y relatos no publicados del grafómano Kafka han desaparecido o han sido destruidos durante el periodo nazi. Como también –para desesperación de sus biógrafos- , las personas que se relacionaron con él, desde sus tres hermanas muertas en campos de concentración o amigos, vecinos y personas que conocieron al escritor.
Como escribe su enciclopédico biógrafo, Reiner Stach (más de 2.300 páginas en dos volúmenes en la última edición de Acantilado) “Mucha gente cree que Kafka era un hombre con mucha imaginación pero sin energía o vitalidad. Pero creó su ingente obra en apenas 12 años, mal llevando un trabajo agotador de oficina, una guerra mundial, una familia agobiante y una tuberculosis que se le declaró en 1917 y siete años más tarde, con indecibles dolores acabaría con él. Pero no sabía evitar la demora en tomar decisiones importantes o las reacciones inesperadas de huida y de abstracción que enfadaba a quienes le rodeaban”. El hecho es que poseía una envidiable vitalidad a pesar de una mala salud de hierro. La huida estaba inscrita en su código genético porque respondía a una contradicción básica: era un hombre con un solo compromiso: su obra. El resto de los compromisos carecían de valor intrínseco para él. Pero actuaba como si fuese a respetarlos y luego sufría porque debía romperlos.
Stach considera a Kafka un clásico vivo, totalmente en sintonía con el mundo actual, aún más que Hesse o Mann. Para el biógrafo, el término “kafkiano” denota “una situación absurda, amenazadora, pero implícitamente cómica”. En realidad es el poeta Gustav Janouch, amigo de Kafka en los últimos 4 años de su vida, quien nos ha dejado el retrato más amable, lúcido y conmovedor de Kafka (6). Aparece en sus páginas un hombre sabio, tierno, vulnerable y profundamente humano. Cuando su amigo le pregunta ¿qué nos ha llevado a esta situación (la I Guerra Mundial), Kafka responde: “Nuestra codicia y vanidad sobrehumanas, la ‘hybris’ (locura) de nuestra voluntad de poder. Luchamos por valores que en realidad no son tales, mientras destruimos con descuido ciertas cosas a las que está ligada nuestra existencia humana. Esta confusión nos lanza al estiércol y nos aniquila”.
Es interesante la visión del comic ‘underground’ dibujado por el célebre Robert Crumb sobre el texto biográfico de David Zane Mairowitz (7). Hay una evidente conexión entre el desgarro casi psicodélico de las imágenes y la impresión visual de la lectura de Kafka. También el libro de Nicholas Murray, “Kafka, literatura y pasión”(4) analiza la faceta “más que humana” del escritor, “Nadie canta con voz más pura que los que viven en el infierno profundo: lo que tomamos por el canto de los ángeles es su canción”.
CONCLUSIÓN
Escribe Kafka en su diario: “Estoy en un paraje desértico. No sé por qué no me han colocado en una tierra mejor. ¿No lo merezco? No puede decirse tal cosa. No hay arbusto que se abra, en cualquier terreno, con mejor exuberancia que yo”. Un arbusto, un escarabajo, un chimpancé, un agrimensor, un procesado, un novio que desea y no desea serlo, poderes invisibles y humillantes sobre pobres tipos que sólo desean vivir y pasar inadvertidos, una burocracia infinita que jamás resuelve nada, procesos sin razón ni justificación, acusados y condenados sin remisión posible, una persistente incompetencia para solventar los pequeños pero acuciantes problemas de lo cotidiano, de la comunicación imposible, de la crueldad indiferente o las torturas inconcebibles aplicadas por funcionarios distraídos, las guerras y armas potenciales, el ruido continuo, la culpa enraizada sin causa aparente, la necesidad de escondrijos sin saber para qué, el tormento de oficinas donde se estanca la vida...La pregunta que plantea Kafka es desconcertante: ¿No son los monstruos y las víctimas kafkianas el espejo que nos devuelven la imagen del mundo en que vivimos? ¿El monstruo lo es porque desafía la norma o lo aberrante es esa norma que el monstruo cuestiona, ese sistema que rodea a los seres vulnerables que ha creado Kafka? ¿No será su obra una parábola de sí mismo enfrentado a un sistema familiar, social, político y económico que le destruye y al que no sabe cómo hacer frente?
BIBLIOGRAFIA
1.- KAFKA.- Reiner Stach. (2 tomos) Acantilado. 2016
2.- KAFKA.- Klaus Wagenbach.- Alianza Editorial.1970
3.- KAFKA.- Max Brod. Alianza Emecé1982
4.-K. LITERATURA Y PASIÓN.- Nicholas Murray.-Edit. El Ateneo. 2006
5.-KAFKA, BIOGRAFÍA.- Ronald Hayman.-Argos Vergara.1983
6.-CONVERSACIONES CON KAFKA.- Gustav Janouch.-Destino.2006
7.-KAFKA.-Cómic .- Robert Crumb y Davis Zane.- La Cúpula.2015