JOSEP CONRAD, MAESTRO DE LA NOVELA INGLESA, NOS CONDUCE AL “CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS”
NACIDO EN LA UCRANIA POLACA DEL XIX, FUE UN MARINO ESCRITOR Y FALLECIÓ HACE UN SIGLO
Se cumple el centenario del fallecimiento de uno de los grandes de la literatura mundial y británica en particular: Jósef Teodor Conrad Nalecz Korzemiowski, nacido el 3 de diciembre de 1857, en Berdiczew (Ucrania), en el seno de una familia polaca de la pequeña nobleza rural, bajo dominio ruso. Era hijo de un intelectual, autor teatral, traductor de Shakespeare al polaco y director de una revista, que sería detenido y condenado al exilio y prisión en una localidad del norte de Rusia, por haber intervenido en el levantamiento polaco contra el dominio ruso en 1863. En el destierro moriría de tuberculosis su madre y unos años más tarde su padre, agotado y enfermo por las inclemencias del clima. Conrad, huérfano, sería acogido por su tío a los 11 años. Decide ser marino y su tío le envía a Marsella al cuidado de un joven que conoce bien el gremio de los abastecedores de navíos. Su primera experiencia de navegación la hace por el Mediterráneo. Va teniendo aventuras en ese ambiente (una de ellas fue abastecer de armas a los carlistas españoles).
A los 21 años llegó a Inglaterra y comenzó a aprender su lengua y, en forma muy intensa, se dejó embrujar por lo que él llamaba “la caballerosidad y el honor inglés”. Empezó a navegar como grumete en un paquebote fluvial por el Támesis y así comenzaría una carrera de marino, marinero de primera, primer oficial, segundo de a bordo y capitán que le llevaría por todos los océanos a lugares remotos y culturas extrañas en los mares del Sur y Malasia, forjando su carácter con ese toque de disciplina, solidaridad y compañerismo, sentido del honor y laboriosidad que se resumían en un principio sacrosanto de la Marina británica: llegar a merecer del superior una frase sencilla y valiosa: “Buen trabajo”.
Conrad resumió esa época con su habitual elegancia: “Aunque la simple curiosidad y un puro amor a la profesión de marina fuera lo que me llevó a abrazarla, la he ejercido escrupulosamente después de sufrir todos los exámenes reglamentarios y de haberme ganado la estimación de mis jefes de que fui un buen marino y un capitán de largas travesías digno de confianza”. Conoció un mundo abigarrado de marinos, comerciantes, corredores de comercio, aventureros, rajás, holandeses, chinos y malayos que integraría sus relatos y novelas.
Dos cuestiones más saldrían a flote en este sumergirse en las páginas de la obra de Conrad: el polivalente sentimiento de amor-odio-respeto-miedo hacia el mar; y la permanente huida y autovaloración de sí mismo frente a su otro juez interno: la escritura. Ella le permite crear un telón de palabras tras el cual se cobija una persona sensible, insatisfecha, autocrítica y triste. Al lector atento, la enorme y compleja riqueza del estilo literario conradiano le atrae fuertemente, pero también puede producirle la sensación de que detrás de ese estilo recargado, ceremonioso, cultísimo y profundo, hay un ser herido por la vida que trata de esconderse tras la recargada vestimenta de un noble caballero inglés del siglo XVIII; un pequeño polaco irritable, tímido, reservado y cordial, que nunca dejó de suspirar por su familia tan prematuramente perdida y por los ideales de una Polonia libre en una Europa unida.
Hacia la segunda mitad de su vida, abandonará la vida marinera y se hará escritor. Adoptará el nom de plume de Josep Conrad y así fue, es y será conocido por todos los amantes de la buena literatura. Murió el 3 de agosto de 1924 a los 66 años. Acababa de rechazar el título nobiliario de Sir, ofrecido por el primer ministro británico Ramsay Mc Donald en nombre de la Reina. Dejó inacabada una novela titulada “Suspense”.
Joseph Conrad es una afortunada mezcla de dos vocaciones vitales, profundas, creativas y fructíferas: la marina y la escritura. Unamos a esto tres coordenadas que influirán en su vida y su obra: lo polaco por sus raíces (y la lucha por su propia identidad, heredada de la dura historia de esa nación); la lengua inglesa por conquista, como él escribe “en el sentido en que es conquistada una mujer, por amor, que es una especie de rendición” y el mar, como oficio, desarrollo humano y formación (y hervidero de temas, caracteres y vigor viril en su obra). Pero no cedamos ante el espejismo del amor al mar de Conrad. Desde que lo abandonó para escribir sobre él, no volvió a acercarse a las olas y los puertos. El mar no podía ser su amigo, lo conocía íntimamente y sabía de su cólera y de la falta de sentido de los esfuerzos agotadores que exigía. Sólo en 1898, ya casado y con un hijo, Borys, por razones de índole económica, trata infructuosamente de volver a la Marina mercante sin éxito. Sus recuerdos de marino no le traían nostalgia: eran el material preciso para sus dotes de escritor, una materia a modelar. Casi todos los argumentos de sus mejores novelas y la temática de sus memorias y ensayos, tienen al mar como protagonista y depósito de personajes y acciones vividos o escuchados desde los 17 a los 37 años de su vida.
Aparte de su intrínseca valía literaria y su amor a los viajes y a la aventura pura y simple –que me atrajo desde mi adolescencia, cuando leía “Lord Jim, “La Línea de sombra” o “El espejo del mar- mi afecto por Conrad encontró más tarde una total confirmación cuando leí varias obras en las que el escritor defendía la paz, la solidaridad y el diálogo entre las personas y las naciones por encima de cualquier otra consideración. Una veintena de novelas, ensayos, relatos, memorias y una nutrida correspondencia, integran el corpus conradiano. Añadan quizá medio centenar de volúmenes críticos y biográficos. Y una nota al margen: los que piensen que conocen la obra de Conrad viendo “Apocalipsys Now” (supuestamente basada en “El corazón de las tinieblas”o algunas otras películas que reflejan, mal que bien, sus novelas: “Lord Jim” con Peter O´toole, “El agente secreto” o “Nostromo”...se equivocan. Para conocer y disfrutar de esas obras en todo su enorme potencial, deben leerlas. Generalmente superan en valía, profundidad y brillantez a las películas correspondientes.
Cuando Conrad, bisoño capitán de barco, acepta en 1889 el encargo de sus armadores de remontar en rio Congo, no espera el horror que había de encontrar allí y que luego plasmaría en 1898 con “El corazón de las tinieblas”: un “Estado Libre” que en realidad era la propiedad privada del rey Leopoldo II de Bélgica, un sátrapa que convertiría el país en una fuente de riqueza, a manos de las mercaderes que obtenían los permisos de explotación y llenaban las arcas propias y las del rey, sin protección ni ley ni autoridad alguna para con los nativos, tratados como esclavos y bestias de carga. El narrador, Marlow, viaja al Congo en busca del desaparecido Kurtz, un agente comercial al servicio de las empresas belgas. A su regreso cuenta a unos amigos que en el momento en que encuentra a Kurtz, ve que ha sufrido una brutal metamorfosis: es un perturbado que se ha autoerigido dios de los aborígenes, enfangados todos en una abominable orgía de sangre, sexo, violencia y bestialidad. Cuenta: ...”la selva le había cautivado, amado, abrazado, penetrado en sus venas, consumido su carne y unido su salvaje alma a la de él, por medio de inconcebibles ceremonias de algún tipo de iniciación demoníaca”. Esta obra, “acaso el más intenso de los relatos que la imaginación humana ha labrado” según lo valoró Borges, ha tenido una enorme influencia en otros escritores desde García Márquez a Vargas Llosa o desde Orwell y Graham Green a Virginia Woolf y Camus.
Pero el auténtico viaje al corazón de las tinieblas fue el que el mismo Conrad sostuvo contra y a favor de sí mismo. Pocos grandes escritores han buceado con tanta sinceridad, dureza y entereza como este polaco trasmutado en inglés. En casi todas sus obras, Conrad iniciaba el volumen con un prólogo o proemio hablando de sí mismo y de sus circunstancias para escribir dicha obra, con la misma minuciosa pasión y elevado tono literario con el que describía las vidas y labores de sus personajes. Una introspección permanente –del escritor y sus personajes- en busca de una cierta ética existencial y de su ausencia. Pero justificada por un sentido del deber y de la labor bien hecha que Conrad había aprendido en sus veinte años de marino profesional. En 1894 realizó su último viaje como marino mercante a Australia. En el viaje de regreso conoció a varios escritores, entre ellos John Galsworthy y Edward Garnett, que le animaron a escribir sus vivencias. Durante los treinta años restantes, hasta su muerte, Conrad hizo fructificar literariamente todo lo que había aprendido en un oficio que practicó con inteligencia, sentido de solidaridad, estoicismo, capacidad de sufrimiento y grandes dotes de observación. En sus relatos el hombre está solo, cara al universo con ese sello austero y leal del hombre de acción que también supo pergeñar Rudyard Kipling
Javier Marías en su libro “Vidas escritas” escribe sobre la irritabilidad del escritor, su enfermiza salud –padeció dolorosos ataques de gota y articulares toda su vida - su amor por la lengua y literatura francesa y el fuerte acento con el que hablaba inglés, aunque dominaba asombrosamente la lengua al escribirla. Paul Valery dijo al respecto: “hablaba el francés con un buen acento provenzal, pero el inglés lo hablaba con un acento horrible y muy divertido” El mismo Conrad en su “Nota del autor” para su libro “Crónica personal” desmiente irónicamente los comentarios de que su maestría en el inglés era “casi milagrosa” en un polaco: “En mi caso, el inglés no fue producto de una elección o una adopción...y debe constar que yo fui el adoptado por el genio de la lengua: el inglés siempre había formado parte de mí, aunque lo empecé a conocer cuando estuve de marinero en un barco que navegaba por el Támesis, a los 17 años. El idioma se apoderó de mí de una forma tan cabal, que sus propios giros idiomáticos incidieron de forma directa en mi temperamento y modelaron mi todavía maleable carácter. Explicar esto a los demás sería tarea imposible, como proponerse explicar el amor a primera vista”. Y más teniendo en cuenta que como él escribió en uno de sus prólogos: “Soy tan prolijo en mi escritura – se me ha censurado una cierta falta de contención en exponer mis experiencias personales- que dado que no había escrito un solo renglón para darlo a la imprenta antes de los 36 años, tengo una infinidad de cosas que relatar y también debo pagar mi tributo al mar, a sus barcos y a sus hombres, con los cuales sigo en deuda por esa infinidad de cosas que han terminado por hacerme tal cual soy.”
En 1894 conoce a su mujer, Jessie George, en Suiza donde está en tratamiento por su reumatismo. Se casa en 1896 y hace amistad con los escritores Cunningham Graham y Stephen Crane (sobre quien escribirá un excelente ensayo). Inicia su novela Salvamento que no publicará hasta 1920.Ya no dejará de escribir y publicar. Conoce y es valorado por escritores como Kipling, Henry James, H.G. Wells, Ford Madox Ford (con quien escribe una novela, Los herederos), George Bernard Shaw y Bertrand Russell. En 1904 su mujer sufre un accidente y queda parcialmente inválida. En 1906 nace su segundo hijo Alexander. Tiene constantes periodos de dificultades económicas que le desesperan. Su enfermedad reumática empeora y su mujer debe sufrir varias operaciones, pero sobrevivirá a su marido, que fallece en 1924. Por lo menos tuvo el consuelo de vivir un año antes un éxito apoteósico como escritor durante su viaje a Estados Unidos.
Lo cierto es que hay un enorme paralelismo entre la dedicación, placeres, sufrimientos y trabajos agotadores de sus tiempos de marino y los que le produjo su terca y obsesiva dedicación a la literatura. Con el añadido de los sufrimientos físicos y psíquicos que le ocasionaban las enfermedades adquiridas en sus viajes –gota y reumatismo entre otras- y su propio talante batallador poseído por un gran deseo de escribir. Como él mismo dijo alguna vez: “Mi trabajo se retrasa...mi cuerpo padece una tortura incesante y me siento cansado hasta de pensar”.
BREVE TRAVESÍA POR ALGUNOS DE SUS LIBROS
La locura de Almayer, es la primera novela que empieza a escribir (en 1889), la interrumpe por su viaje al Congo (de dónde nacerá años más tarde Viaje al corazón de las tinieblas, de la que ya hemos tratado) y la publica en 1895. Su protagonista, Almayer, es una figura trágica que enloquece a causa de la barbarie que se apodera de su mujer y su hija, ambas indígenas, que lo abandonan. La soledad y la dureza de una naturaleza hostil destruyen la mente de Almayer.
El negro del “Narcissus”, una historia del mar, publicada en 1897, es una alegoría sobre la soledad, las condiciones de vida extremas, el miedo, el resentimiento y la solidaridad. James Wait, el marinero negro que supuestamente enferma de tuberculosis y que desata un enfrentamiento entre los tripulantes que quieren obligarle a trabajar y los que lamentan su enfermedad y le apoyan. Hay una gran tormenta –es la especialidad argumental de Conrad- y entra en acción Donkin, un marinero malvado que se enfrenta al duro capitán Alistoun e inicia un motín, que es sofocado. El capitán descubre que Wait fingía su enfermedad y se burla de los temores y prejuicios de los marineros, pero muere después de avistar tierra.
Lord Jim, publicada en 1900, es la historia de un oficial de un barco de pasajeros, el Patna, que encalla en unos bajíos y se le abre una vía de agua que amenaza con hundir el navío. El capitán y rodos los oficiales, incluido Lord Jim –el único que duda y teme por los pasajeros, pero se contagia del miedo irresistible de los otros- abandonan la nave a su suerte, cargada de peregrinos llenos de pánico, violando el código marítimo. Pero el navío no se hunde y es rescatado por un barco francés que los lleva a puerto. Los indignos oficiales son llevados a juicio y condenados, La historia nos la cuenta un oficial francés en charla con otros comensales. Reflexiona sobre el comportamiento de Lord Jim, que jamás se perdonará a sí mismo ese gesto infame para el resto de su vida –donde vive con fortaleza las dificultades que se le presentan- y le llevará al suicidio. El oficial trata de ser imparcial en su juicio: “He conocido a muchos valientes de verdad, pero todos confiesan que hay un instante, una circunstancia, en la que el mejor de nosotros lo olvida todo, un instante en que todo se abandona...y llega el miedo, un miedo horripilante y uno se olvida de sí mismo...sólo le queda sobrevivir”.
Tifón, publicada en 1903, es la aventura de un barco cargado de coolies chinos. En plena tempestad los chinos comienzan a luchar entre sí y a matarse mutuamente por deudas y trampas en el juego. Tormenta y rebelión amenazan con hundir al barco. Pero ahí interviene otro de los grandes personajes de Conrad, el capitán Mc Whirr, que sin perder ni un momento la calma y la autoridad serena y apática logra reducir a los chinos y salvar el barco.
Nostromo, publicada en 1904, revoluciones políticas en Sudamérica; anarquistas londinenses en El agente secreto, de 1907 ; y conspiraciones en la Rusia zarista represiva en Bajo la mirada de occidente, publicada en 1911, son las tres novelas en las que Conrad explora como si fueran aventuras, el fracaso de los ideales políticos y la corrupción social, con una visión crítica casi nihilista del futuro en tales sociedades. Quizá sea Nostromo la más conseguida. Crea un país ficticio en Sudamerica, Costaguana, en la que sus personajes más o menos idealistas acaban cegados por sus propias ambiciones. Entre ellos el mismo Nostromo que acaba robando un cargamento de plata que se le había confiado y va degradándose aún más conforme gasta su fortuna.
El espejo del mar, publicada en 1906, es uno de los libros de reflexión personal e íntima más fascinante surgido de la pluma de Conrad. Recomiendo la versión de libros Hiperión con traducción de Julián Marías y prólogo de Juan Benet. Lleva el subtítulo “Recuerdos e impresiones”. Como dice Benet en su prólogo “en este libro no hay una sola página de estilo menor, no hay un solo personaje o frase de reputación dudosa...todo el libro es el mejor Conrad”. Marías se extiende sobre la perfección del inglés que usa Conrad y añade “al mismo tiempo, es de lo menos inglés que conozco. Su serpenteante sintaxis apenas tiene precedentes en ese idioma y también la meticulosa elección de los términos, arcaísmos, expresiones en desuso, variaciones dialectales y acuñaciones propias, convierten el inglés de Conrad en una lengua extraña, densa y transparente a la vez”.
Victoria, publicada en 1914, con un enorme éxito. Se desarrolla en una isla desierta, en una especie de peligroso juego del escondite entre los sórdidos y brutales “desperados”, Heyst, un soñador inútil y una mujer combativa, Lena, que lucha contra el mal hasta la muerte, pero “con su sacrificio triunfa moralmente sobre el caos del mundo” como apostilla Italo Calvino en su libro “¿Por qué leer los clásicos”
La línea de sombra, en 1917, es una historia que refleja la personal crisis interior que vivió Conrad cuando -en sus propias palabras- “se traspasa esa línea de sombra que divide la juventud llena de sueños de la madurez: momentos de desgana, hastío e insatisfacción, en los que los jóvenes se sienten movidos a cometer actos imprudentes o abandonan un cargo de importancia”. Como soporte biográfico de la idea, en 1894, a los 37 años, el escritor dejó su empleo en un barco y se dedicó enteramente a la literatura.
ALBERTO DÍAZ RUEDA