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29 diciembre 2021 3 29 /12 /diciembre /2021 18:16

 

He leído el libro del abogado Francisco Uría con verdadero placer. Y con una sensación de doble "dejà vu": primero, por el tema Zweig,  que conozco con bastante profundidad ya que he leído mucho a este escritor, y he escrito numerosos artículos sobre su maestría narrativa, la época que vivió y sus muy dañados compañeros de generación, entre escritores, poetas y filósofos. Y segundo, porque creo haberme cruzado en alguna ocasión con Uría, ya  sea en mi época de estudiante de Derecho o posteriormente en la de periodista. En todo caso eso es lo de menos.

Esta es la obra de un escritor novel pero tiene hechuras y modos de un buen narrador. Su aprovechamiento de la anécdota, trivial si se quiere, para hilvanar una historia que tiene un engarce pequeño histórico y se desarrolla con gran habilidad y modesto pero eficaz  dominio del "tempo" narrativo, logra atraer y mantener al lector con pequeños detalles que muestran un conocimiento del personaje histórico bastante nutrido y una muy creíble capacidad de que el lector disfrute de algo verosímil que la literatura hace real.

A la luz del relato de Uría, asistimos a un recorrido por nuestro pasado lamentable de la guerra civil, la vida en una pequeña ciudad portuaria, Vigo, donde empieza el sopor de decenios franquistas, pero se produce un encuentro donde se reinterpreta la iniquidad de la guerra y se aplica la comprensión en clave del amor a los libros.Pero, al tiempo, se advierte la angustia del librero y el ilustre visitante inesperado y casual, Zweig, que paseaba por Vigo en una escala no prevista del barco que le lleva a Estados Unidos.Es la ruina de una cultura, de una manera de existir y pensar, la que se desprende del diálogo ficticio con este personaje real que nos describe su angustia tal y como lo hace en sus libros, principalmente en sus Diarios y en el magistral "El mundo de ayer". 

Durante unas horas la pequeña librería se convierte en un precario refugio ante la oscura noche que nos llegaba a los de este país y la que se expandía por el mundo de las manos de líderes políticos, auténticos enfermos mentales, Hitler, Stalin, Mussolini...y otros. El amor a las letras es lo que une a ese humilde librero cojo gallego y a un escritor célebre en todo el mundo que ha visto como quemaban sus libros y le prohibían escribir en su lengua, el alemán, infundiéndole tal terror y decepción que acabarían con su resistencia poco después empujándole al suicidio, como a  Walter Benjamin, Simone Weil, Primo Levi y tantos otros que murieron en el exilio y el abandono...

Después vendría la resaca de ese siglo XX siniestro en la que la historia familiar y hogareña que nos cuenta Uría, al margen del tema principal, el diálogo entre el librero y Zweig, cobra su auténtica dimensión humana, el rescate moral que la literatura brinda a la memoria de las personas,a pesar de los horrores que una historia enloquecida les hace vivir. La narración, una vez más, deviene código ético para los que la leen y les nutre la memoria y la sensibilidad para abrir las puertas y ventanas del alma cohibida y triste y regresar a los valores eternos: la solidaridad, la libertad, la belleza, la solidaridad, el entendimiento y el dialogo entre todo tipo de personas, sin fronteras, sin razas, sin diferencias.

En estos tiempos que vivimos y ante la postcultura de la ausencia de valores y el exceso de consumo, el utilitarismo, el poder del Magog del dinero y los mercachifles que ponen precio a todo y le quitan el valor a la vida, la lectura de libros como éste nos reconcilian con aquello que nos enriquecía y que no debemos consentir perder: la dimensión humana y ética de la existencia.

FICHA

LA PEQUEÑA LIBRERÍA DE STEFAN ZWEIG.-Francisco Uría.- Ed. Berenice.- 142 págs.

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25 diciembre 2021 6 25 /12 /diciembre /2021 16:56

 

Este texto está dedicado a la memoria de Adam Zagajewski, poeta polaco que falleció en Cracovia el  21 de marzo de este año que acaba.

"Pero nosotros, que de niños jugábamos, con deleite -y por fuerza- entre las ruinas que nos habían dejado en herencia las innumerables proezas de nuestros intrépidos y elocuentes predecesores... somos escépticos respecto a una retórica de estilo elevado y muecas pomposas. Adivinamos que la modernidad digital que nos agobia no debe combatirse (porque nadie la vencerá) sino que a pesar de sus muchos defectos y por mas que nos indignen algunas de sus funciones y cometidos menos inteligentes, debemos corregirla, completarla, mejorarla, enriquecerla humanamente, debemos comunicarnos con ella. Las nuevas tecnologías están ya en nuestros cerebros y es demasiado tarde para tratar de ignorarla y menos de anularla." ( pág.52). Si el lector se adentra en la fértil y estimulante lectura del libro del poeta  polaco Adam Zagajewski, que hoy analizo, encontrará este párrafo aunque no exactamente escrito de la misma manera. Lo he adaptado un poco a un mensaje más acorde con el tiempo que ahora mismo vivimos, ya que originalmente fue escrito hace más de veinte años. Pero estoy seguro que A.Z. vería con simpatía la pequeña profanación literaria.

En definitiva, lo que cuenta es la decidida recomendación que hago para que se adentren reposadamente en la lectura de "En defensa del fervor", donde la fuerza interior del poeta se metaboliza en observaciones agudas y brillantes sobre autores, hechos, historia, filosofía y, naturalmente poesía, de grandes de la literatura europea, con ese sentido humanístico que floreció en la Europa arrasada por la segunda guerra mundial y que ha dado genios de la talla de Rilke, Benjamin, Hannah Arendt, Stefan Zweig, Simone Weil, Mann, Freud, todos ellos tocados y muchos derribados por una época sombría y extremadamente cruel.

En eta obra somos testigos de excepción en algunos momentos de cómo funciona el "taller interior" del poeta, sobre todo cuando sus comentarios y reflexiones son sobre otros poetas o escritores o filósofos, como Nietzsche, Cioran (del que hace un agudo análisis) o Czeslaw Milosz, amigo personal de Adam. En ellos se desprenden ecos de los mecanismos casi inconscientes que fertilizan su poesía y  esa percepción de lo real que los poetas convierten en su campo de trabajo. Y eso en una época como  la que hemos vivido donde "se siente una indiferencia total por los problemas metafísicos, confirmando con tristeza la lenta atrofia de la imaginación espiritual".  Para ello analiza la ironía y el cinismo como herramientas necesarias para encontrar "la chispa de la antigua visión mágica del mundo.” 

Zagajewski (nacido en Lwow en 1945) recibió el premio Princesa de Asturias de las Letras en 2017, aunque es uno de los ilustres semi desconocidos en nuestro país, poco dado a la poesía ultimamente, (aunque la mayoría de sus obras han sido traducidas y publicadas aquí. Fue un destacado disidente del régimen comunista polaco que prohibió su obra,. Estuvo exiliado desde 1982  en Alemania, Francia y Estados Unidos. Sus obra poética incluye:  "Ir a Lviv" (1985), "Tierra de fuego" (1994) y "Retorno" (2003). Aparte de ensayos de gran calidad como el que comento y otro titulado "Solidaridad y soledad" (1968). En ellos sostenía que los polacos debían "alzarse contra las falsificaciones de la realidad y la apropiación del lenguaje por la ideología y propaganda  comunistas.

Aquí, A.Z.  analiza el fervor y lo sublime, antes de dejarnos páginas memorables sobre Nietzsche, el arte poético, en un paradójico "Contra la poesía" y una variedad de asuntos: desde el ocio, a las visitas a los lugares santos, y remembranzas de un "París de tonos grises" o las desventuras obligadas de escribir en polaco, donde brilla una ironía amable y comprensiva.

Su defensa del fervor sólo es analizado en profundidad en el primero de los ensayos del libro, pero en esencia, parece reflejarse en todos los demás, en los que usa un entusiasmo que hace revivir el fervor y la ironía humanista, que suele aparecer con las dictaduras y la barbarie. Por ello "expresa su decepción por la muerte de la esperanza utópica y la crisis de ideas causada por la erosión y el desdoro de las doctrinas que intentaban sustituir la tradicional metafísica de las convicciones religiosas por teorías políticas de carácter escatológico".  Aunque no se recata de dar un toque de atención: "A veces la ironía expresa algo más: la desorientación en medio de una realidad plural. A menudo simplemente encubre la pobreza de pensamiento. Porque si no se sabe qué hacer, lo mejor es volverse irónico". 

Seguimos pues, nos dice AZ. con esta etapa de un "peregrinaje eterno e interminable".  No en vano,  define a los ciudadanos de esta época usando el término  platónico de "metaxú", vivimos entre nuestro entorno, que creemos conocer, concreto y material y la trascendencia, el misterio de lo inefable. "Metaxú" es el estado de un ser que siempre está, irremediablemente, a medio camino de todo. Incluso de la búsqueda de la belleza.  Zagajewski  considera al poeta ideal como "aquel que es capaz de asumir y controlar la oscilación entre ironía y fervor, humor y misticismo, realidad y trascendentalidad". Y propone a su admirado Czeslaw Milosz, al que dedica uno de los ensayos del libro «La razón y las rosas». Para los poetas como él, "lo sublime es una experiencia del misterio del mundo, un escalofrío metafísico, una gran sorpresa, un deslumbramiento y una sensación de estar cerca de lo inefable".

En otro de sus capítulos AZ hace una defensa numantina de la poesía argumentando en su contra: a través de la inspiración, que "parece elevarnos por encima de la cotidianidad para que podamos contemplar el mundo con atención y fervor al mismo tiempo" . Aunque el poeta en ninguna ocasión puede marginarse del debate intelectual de su época, única manera de dar a su obra un sentido y un valor.

En "La poesía y la duda" analiza la obra y a la vida de Emil Cioran,  y su elección de la duda como referente global de su trabajo y su ideología, un nihilismo absoluto, y al suicidio como único sistema para acabar con la "broma macabra de la vida". Sólo con el fervor, nos dice AZ, puede salvar a la poesía. Y al poeta. Así lo demostró él mismo a lo largo de su obra y de su vida. Descanse en paz.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHA

EN DEFENSA DEL FERVOR.- Adam Zagajewaki.- Trad. A. Rubió y J. Slawomirski.- 215 págs.-Ed. Acantilado. ISBN 9788496489158

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22 diciembre 2021 3 22 /12 /diciembre /2021 12:07

 

Publicado en "La Comarca" el 211221

El politólogo Yazca Mounk dice que en las cosas de la política humana, el alcance y los límites de lo que hacemos o debemos hacer están conectados. Llega la Navicovid y el alcance de esta fecha de origen religioso está insertado en los límites que marca el contagio del virus en su nueva variedad, que tiene nombre de acelerador de partículas. El espíritu navideño se da de trompadas con la actualidad política en todos sus conflictivos forúnculos: desde la situación que emana de Rusia y Ucrania, con cazabombarderos armados con turrón nuclear y el jueguecito de Putin con el grifo del gas como presión política; los Estados Unidos con complejo de guerra civil y disputándose el trono con Pekín y Moscú; la Covid expandiendo su pestífera “nadala”; las extremas derechas formando ariete global para imponer el garrote en demasiados países y la democracia tambaleante como sistema gracias al poder económico y tecnológico que horada sus cimientos. Y eso que no entramos en la cosa hispana, en la que el sinsentido y la violencia políticas –de momento verbal- cubre con su cochambroso mantel problemas endémicos que nos negamos a encarar de forma conciliadora y con sentido común.

El alcance de la Navicovid está conectado con los límites de los quehaceres humanos a todo nivel, desde el negacionista que antepone su egoísmo desafiante a los contagios, hasta los gobiernos y la oligarquía que los controla, que siguen la ruta de colisión entre el crecimiento y consumo permanentes y la escasez de recursos y el calentamiento global.

Feliz Navicovid, pues. Quizá Papá Noel o a más tardar los Reyes Magos, nos traigan una fórmula  para gestionar la frustración que causa la caída de las utopías, de los sueños de igualdad, diálogo y colaboración, de la decrepitud de la forma de gobernar menos mala que existía, la democracia. Tal vez esa aceptación de la realidad, haga reaccionar a la población y nos indique un camino viable para  acercarnos a la disolución del conflicto dialéctico entre intereses, superar las diferencias y aspirar a una sociedad sin clases en la que la dominación y uso del hombre por el hombre quede fuera de la ecuación; rechazo de las políticas identitarias y las patologías culturales. Y, como broche, que todo político que aspire a cualquier nivel de poder, sea sometido a un exigente examen de salud mental. La utopía ha muerto, viva la utopía.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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17 diciembre 2021 5 17 /12 /diciembre /2021 19:22

SALUD MENTAL EN CRISIS

Publicado en La Comarca el 171221

Vivimos alimentando un tabú absurdo: de los trastornos mentales nadie habla o se esconden como una vergüenza o se ignoran “pudorosamente”. Es como el cuento del lobo feroz. Los profesionales de la salud no han dejado de avisar: oigan, que existe el lobo de la insania, la demencia, los trastornos psíquicos, las manías, las psicosis, chifladuras, cuelgues, desatinos, desvaríos, delirios… que ya vienen, ¡que están aquí! La Covid  los ha catapultado en toda su amplia gama de niveles, desde los más leves a los que acaban en suicidio o internamiento.

A pesar del asfixiante predominio de los datos en nuestra cultura, hacemos oídos sordos a las estadísticas que se nos facilitan, o miramos hacia otro lado, dando por sentado que eso “no nos atañe” de forma personal (como con la vacuna). Hasta algunos políticos, dotados de una piel muy dura, solo sensible a los arañazos que se haga a sus intereses propios, comienzan a dar muestras de alarma (esperemos que no se queden en eso y busquen soluciones urgentes).

Y las soluciones pasan, en primer lugar, por cuidar y tomar medidas para proteger el trabajo de los profesionales de la salud) a fin de que estén en condiciones de realizar un trabajo de tal magnitud que no podemos ignorar más. Conozco varios informes sobre los efectos perniciosos que la Covid está teniendo sobre ellos. No en vano están en primera línea.

El deterioro de la salud mental en la población española (y sólo somos una parte del problema global), tanto por trastornos graves como leves,  está sufriendo un agravamiento progresivo. Los datos desnudos son explícitos: cada día como promedio se suicidan diez personas en nuestro país: se ha convertido en la causa de muerte no natural por encima de los accidentes de tráfico. Y el suicidio no es el exceso emocional del romanticismo, es el efecto de un trastorno psíquico. Uno de cada 4 ciudadanos padece algún tipo de trastorno, 6 de cada 10 tienen síntomas de ansiedad o rozan la depresión y más de un 11% de la población consume fármacos ansiolíticos o antidepresivos. La pandemia y sus crisis sistémicas, el tele martilleo constante de datos negativos y las mentiras víricas en las redes o en cierta prensa, también ayudan a menoscabar el equilibrio mental de personas ya “tocadas” por problemas económicos o laborales. Miremos cara a cara la falta de salud mental. No hay que avergonzarse y tampoco ignorarla. Piensen: en el centro de control del cerebro y la mente se gestiona la salud del cuerpo. Y la vida.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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14 diciembre 2021 2 14 /12 /diciembre /2021 18:44

LOGOI 231

“1984” ES HOY

(Publicado en La Comarca, 141221)

Zygmunt Bauman y Byung-Chul Han, lo han sabido ver de forma parecida, a pesar de ser dos filósofos a los que separan varias décadas y dos tipos distintos de sociedad (siglos XX y XXI). La “modernidad” de sus análisis y conclusiones son indiscutibles. Desde la falta de solidez, coherencia y continuidad de la “sociedad líquida” del primero, hasta la extrema manipulabilidad de la información, la opinión y la emoción de los ciudadanos actuales, según el pensador coreano. Basta coger un periódico no partidista (los hay) o ver algún telediario objetivo (más difícil) o una revista digital o web informativa honesta (una labor que requiere tiempo y criterio), para observar hasta qué punto la pesadilla literaria profética de  George Orwell, “1984”, y su Ministerio de la Verdad, se está convirtiendo parcialmente en una realidad en muchos países, incluso el nuestro. Inevitable,  dada nuestra tendencia al exceso, la banalidad y la polarización político-visceral.

El protagonista de la novela Winston Smith, es un funcionario que se dedica a reescribir cada día el pasado para que coincida con las líneas políticas y los intereses cambiantes del régimen del Gran Hermano. Así se creaba la opinión que debía servirse a los ciudadanos: se hacía desaparecer las pruebas de lo ocurrido y se promovían actitudes y emociones coherentes con los deseos del poder. La historia era algo fluido que comenzaba cada día, apoyándose en un pasado dinámico que cambiaba a tenor de las estrategias mutantes del Gobierno. Con ello se conseguía compaginar los cambios emocionales en la población, o en una parte de ella, basándose en la reelaboración de los hechos que las justificarían. Así la historia y sus hitos se convertían en piezas ajustables en el puzzle de una situación política deseada.

Es parecido a lo que estamos viviendo aquí: manipulaciones históricas de las piezas del puzzle informativo actual, con el fin de que crear opiniones y emociones. En Cataluña, el País Vasco y ETA, el franquismo, la transición, la corrupción política y financiera, la pandemia, la crisis sistémica capitalista, los refugiados, el cambio climático… Da lo mismo qué líder o qué partido. Aunque no cambien los archivos de nuestra historia reciente… los ignoramos. Y eso nos condenará a repetirlos.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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13 diciembre 2021 1 13 /12 /diciembre /2021 13:30

publicado en La Comarca 071221

Dicen los de la OMS que hasta 2030 no se logrará el objetivo de la vacunación global (en 2019 y 20 se calificaba de alarmista e innecesaria). Mientras, tal vez superemos ya los diez millones de personas fallecidas por el virus. ¿De qué nos sirve vacunar a la mayor parte de la población de países desarrollados si en los “otros” apenas llegan al 10%?  Estamos en un mundo globalizado. Y se necesitan 10.000 millones de dosis más. El problema logístico, cómo distribuir los miles de millones de dosis necesarios en circunstancias como las que se dan en el continente más necesitado, África, con guerras tribales, corrupción y desordenes armados, es más pequeño que lidiar con el problema básico: convencer al 25 % de la población mundial (creo que un porcentaje más real se acerca al 50%) que integran un compacto y variado grupo, los socialidiotas.

Ellos forman una ingente población repartida por todo el mundo, formada, primero, por los negacionistas que rechazan la vacuna pues piensan que la Covid es un invento político para terminar con “nuestras libertades” (esos sujetos suelen creer en la necesidad de un dictador o líder carismático) o que con la vacuna nos inoculan un chip que nos convierte en autómatas. Esos son los covidiotas (apelativo aceptado ya por la RAE) y que son sólo una parte de los socialidiotas.

Ese subgénero humano es mucho más antiguo y además no hay vacunas contra su alteración psiquica. Forman parte de una variante basada en la estupidez, la ignorancia, la soberbia pseudo intelectual, la falta de educación personal y psicológica, la grosería psicótica, los que esgrimen el sacrosanto derecho a hacer los que le da la gana pero ignoran las obligaciones relacionadas con tales derechos, los que no han sido educados en el respeto al prójimo, ni en la escuela ni en el hogar familiar. Son los “listillos” que  van desde los que  no respetan el orden en  las colas, ensucian paredes y monumentos, tiran todo tipo de cosas por las calles o rompen papeleras, contenedores, bancos y jardineras, conducen como locos patinetes, bicis o automóviles sin pensar en peatones, jamás recogen la mierda de sus mascotas y dejan sus bolsas de basuras en rincones, hacen botellones y la lían parda para justificarse con el “derecho a la libertad”. Ya sé, de socialidiotas y de locos todos tenemos un poco. ¿Pero y eso de “no hacer a los otros lo que no deseamos que nos hagan a nosotros”?-ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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13 diciembre 2021 1 13 /12 /diciembre /2021 12:15

HASTÍO Y BANALIDAD DEL MAL

Publicado en “Heraldo de Aragón” el 091221

Hay un paralelismo deprimente entre las actitudes sociales y políticas de la oscura primera mitad  del siglo XX y una semejante decadencia moral y ética en nuestro presente. Una exacerbación del extremismo y la violencia, una aparición -con otras formas y características- de seres humanos fuera de cualquier categoría:  “homo sacer”o “nulas vidas”, cuerpos sin identidad, números y estadísticas, sin derechos, trabajo, dinero o pasaporte, seres sobrantes, eliminables… Al otro lado del espejo, tras fronteras seguras y vigiladas, los ciudadanos oficiales, con papeles e identidad jurídica, miran pudorosamente hacia otra parte.

Después de la I Guerra Mundial fueron los judíos, gitanos, enemigos políticos, ciudadanos de zonas separadas e integradas en otros países. Personas estigmatizadas por ser negros o asiáticos, viejos, mujeres o niños. En estos días se trata de  inmigrantes, refugiados, oleadas de personas que mueren por salvar sus vidas, gentes de todo tipo hacinadas y explotadas en los suburbios de las grandes ciudades… El rechazo del Otro entre musulmanes y judíos en el mundo cristiano y viceversa. La coincidencia entre ciertos hechos y situaciones visibles cada  día, reflejos de la actualidad, y ciertas lecturas sobre los hechos vividos por una generación de filósofos de ambos sexos y poetas y narradores (que Wolfram Eilenberger situó en “tiempos sombríos”, de 1919 a 1943), entre ellos dos pensadoras judías, Hannah Arendt y Simone Weil, provoca una sensación por lo menos inquietante de “dejà vu”, de algo conocido y vivido, de una repetición,..

 

En el legado filosófico de Hannah Arendt se habla de la “banalidad del mal”, casi un cliché hoy día, que la misma autora delimitó y aclaró: el mal no es nunca banal, pero sí lo es la forma de producirlo, organizarlo, ampararlo o justificarlo. El mal que Eichmann ayudó a implementar no es banal, pero sí lo es la burocrática y eficaz indiferencia con que hacía su trabajo, así como la actitud de ignorancia tácita de la mayoría de la población alemana respecto a los horrores genocidas de los campos y la colaboración directa o indirecta que el régimen nazi exigía y recibía en el cumplimiento de sus objetivos (incluidos los Consejos Judíos: acusación que nunca se perdonó a Arendt).

En cuanto al concepto weiliano de “fuerza”, nos habla de los soldados –o políticos-  vencedores cuya victoria y ocasional omnipotencia les convierte en esclavos de su poder, carecen de palabras, razón, emoción o sentimiento. La fuerza absoluta transforma radicalmente al que detenta el poder y también a sus víctimas, los petrifica a ambos, los torna materia bruta y les desnuda de humanidad, poseídos por la pasividad éstos y dominados por la brutalidad sin odio, los otros.

Son los dos lados opuestos de la misma tragedia: vencedores y vencidos, el tirano y el esclavo, el poder absoluto y sus víctimas. Ambas son dos formas paralelas de una misma filosofía de la reducción, la que se articula en torno a un solo elemento, ya sea la física por ejemplo o el mal puro y simple. Y creo que en nuestra época ese elemento único que define nuestra realidad es la fuerza automatizada y el mal que se practica y extiende de forma banal: una simbiosis trágica.

A través de obras de autores como Nietzsche, Stefan Zweig, Benjamin, Heiddeger y Ortega, entre otros, se menciona el hastío que producen los excesos emocionales que rompen los límites de lo razonable, lo comprensible: cuando uno se cansa de tanto horror y entra en un estado pasivo e indiferente, como inmunizado por el dolor y la crueldad. Es el hastío de los soldados alemanes que “cumplían su deber de obediencia” conduciendo seres humanos deshumanizados al matadero…pero también ampliando el foco de la mirada, la riada inacabable de trágicas muertes de inmigrantes en pateras o detenidos en fronteras sin medios de supervivencia, los condenados por el virus en unos países sin medios (mientras en otros las vacunas caducan por falta de uso) y los que, teniéndolas, las rechazan por razones muy respetables pero contagian irresponsablemente a otros y ayudan a expandirla; la crisis económica que hunde a sectores de población; la violencia que se dispara por motivos fútiles entre jóvenes sin esperanza de mejora; la pérdida de confianza generalizada hacia los políticos; el acoso a las fuerzas del orden y el descrédito de los jueces…es el banal rosario de noticias de cada día.

Todo eso, ¿no es un reflejo especular de otras épocas donde se instauró el mal gracias a un hastío parecido y una banalidad operativa semejante? ¿Todavía no reconocemos nuestra responsabilidad conjunta hacia el mal? ¿No nos resulta familiar la “ignorancia” voluntaria de la mayoría de los individuos de las sociedades “con papeles”, ante ese conjunto de hechos y situaciones moralmente inaceptables? El hastío que genera la repetición de estímulos-imágenes-datos del horror y la banalización de lo que vemos una y otra vez…¿no nos convierte en cómplices de esa atroz injusticia global?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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6 diciembre 2021 1 06 /12 /diciembre /2021 17:06

El autor, Juan José Tamayo, palentino de 75 años nos hace un severo análisis del mundo en el que vivimos, que es una negación absoluta de la compasión y una advertencia admonitoria a las personas que se sienten heridas por el silencio de Dios ante esta crisis sistémica que nos agobia por su impasible inevitabilidad.  Para ello se inspira en la experiencia de la crisis pandémica, una circunstancia que ha revelado y desnudado el principio ético de la compasión (o de su falta), un concepto que analiza a través de once capítulos, apoyándose en la historia, la psicología, la moral, la religiones y la filosofía, sin olvidar la teología, la ecología o la economía (ay, tan relevantes).

En esencia es el reto que nos impone el siglo: el silencio de Dios articulado con el “silencio“ de la compasión o su falsedad, que vienen a ser las dos caras de la misma sensación de absurda inoperancia que ambas trascienden. La ausencia de “Dios” es el reflejo inverso de la ausencia de compasión que aflora permanentemente en las relaciones humanas, familiares, sociales, de raza, religión, género sexual o sesgo político; en la desigualdad creada por la xenofobia, la falta de recursos, los excesos de producción y de consumo, la gradual destrucción del medio ambiente, la banalización de la cultura, el esclavismo digitalizado, los avances de fascismos y totalitarismos, la violencia como reacción gratuita e innecesaria, el desprecio a las leyes y a la autoridad. No se pretende comparar o compaginar la creencia en Dios con la necesidad de la compasión, sino destacar el hecho de que ambas proceden del mismo origen, la misma semilla: la idea de Dios es la de un Ser trascendente que atrae y libera lo mejor de nosotros y la de la compasión es una actitud, un sentimiento, que hace el mismo efecto en nosotros respecto a nuestros semejantes, ya que con ello facilita el encuentro con lo divino que es, por definición, lo que justifica la vida del creyente tanto como la compasión da sentido a la vida de la persona.

Esta articulación entre Dios y la compasión se convierte, cuando es una práctica, en una referencia ética que influye en todos los ámbitos del saber y el quehacer humanos. Y aquí no se trata de una cuestión entre creyentes y escépticos sino en una praxis que podría hacer que el progreso tecnológico en el que vivimos (y sus crisis) se vea acompañado por un progreso ético  en el que la solidaridad, la igualdad y la compasión logren, poco a poco, ayudar a superar o mitigar las brechas que contundentemente denuncia el libro de Tamayo: las de la desigualdad, la injusticia ecológica (con las cuatro amenazas que Leonardo Boff enumera: armas de destrucción masiva, escasez de agua potable, sobreexplotación de la Tierra y calentamiento global). Precisamente ese autor, citado por Tamayo,  destaca la necesidad de despertar mundialmente a la “espiritualidad”. Esa función o dimensión profunda del ser humano que está íntimamente relacionada con las ideas de lo divino y de la compasión. El odio y rechazo al Otro (inmigrantes y refugiados), la injusticia de género, la desigualdad económica, cultural y cognitiva, configuran una visión crítica del mundo donde, precisamente, se ignora la compasión y la fuerza redentora que daba la “existencia” de Dios (lejos del “Dios” de la intolerancia y el fanatismo).

Tamayo completa su libro con un erudito recorrido por las religiones y el papel de la compasión en sus estructuras, la teo-política de la compasión, el humanismo y transhumanismo del concepto, una suculenta referencia a la “memoria subversiva de las mujeres olvidadas”, el diálogo –tan necesario- entre religión y ciencia al respecto; algunos autores que reclaman la ética de la compasión y un epílogo magníficamente actual sobre una “mística de ojos abiertos”, que refleja la impotencia, los temores, la irritación ante algo que nos supera y no sabemos afrontar y también la solidaridad y la admiración por las actitudes y comportamientos de algunas personas de esta época de pandemia, que está lejos de concluir.

El doctor Tamayo, es bien conocido por quienes admiramos su labor como pensador y profesor y más aún su integridad filosófica y su talante crítico hacia ciertos temas candentes en nuestros días, desde la tragedia sistémica de los refugiados, la diversidad, el pluralismo religioso y los extremismos fundamentalistas, raciales o sexistas y la llamada teología de la liberación.

Para finalizar, como Tamayo escribe en su libro, la compasión y la empatía requieren una articulación y una reelaboración práctica, cotidiana y universal, ya que "el verdadero sentido de la compasión es ponerse en el lugar de las otras y los otros sufrientes en una relación de igualdad y empatía, asumir el dolor de las otras personas como propio, interiorizar a la otra persona dentro de nosotros y nosotras, sufrir no solo con los otros, sino en los otros, hasta identificarse con quien sufre y con sus sufrimientos, cuestión que no resulta fácil pero que es necesaria" .

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

FICHA

LA COMPASIÓN EN UN MUNDO INJUSTO.- Juan José Tamayo. Fragmenta Editorial.-296 págs.

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3 diciembre 2021 5 03 /12 /diciembre /2021 19:32

LA PARÁBOLA DEL METAVERSO

(Publicado en La Comarca, el 031221 )

En el Génesis del Metaverso, hubo un primer momento en el que el metadios, en la vida real llamado Mark Zurckberg, miró en torno suyo y se dolía del estado en que veía a los hombres y mujeres en el  llamado mundo real. Todos sometidos a trabajos y obligaciones que eran muy superiores a sus fuerzas, semi esclavizados por deseos injertados y necesidades ilusorias, bajo cielos grises y aires contaminados, con sus panteones de dioses muertos o dormidos, bajo la férrea tiranía del poder dictatorial de un neocapitalismo salvaje…El metadios se compadeció  de esa humanidad abocada al desastre final y dijo “nazca la luz y la luz se hizo”. Se iluminaron las pantallas de todo el mundo y de la luz digital nació el metaverso. Una palabra que no había surgido de la mente privilegiada de MZ, sino de un escritor de ciencia ficción que en 1992 inventó la palabra para su novela “Snow Crash”. Pero, sigamos con la parábola.

Tras un casco/gafas de realidad virtual,  en la gran pantalla inmersiva, aparecieron las verdes campiñas, el cielo azul, el baile sosegado de las nubes, las calles ordenadas y limpias iluminadas por el sol, sin sombra de contaminación y, junto al árbol de la ciencia (antes llamado del bien y del mal), dos seres perfectos, hermosos, plenos y felices porque habían superado el dolor, la enfermedad y la muerte. Los avatares. Los había de todas clases, colores, razas, sexos y parasexos. Eran libres y gozaban de plena disponibilidad para trabajar, jugar, relacionarse sensualmente, comprar y consumir artículos digitales. Con sus almas de chips y sus apariencias transformables a golpe de “click”, el ser humano del siglo XXI podía olvidarse de la humillante historia de ser el animal más depredador e inmisericorde de la auténtica Creación. Había nacido su gemelo digital. A partir de ahí se escribiría otra historia. Y el metadios se frotó las manos de puro placer, aunque en el fondo de su cerebro nació la sombra de la duda: ¿habrá siempre energía para alimentar su metaverso?

Pero esa es otra cuestión. La que nos preocupa es, como siempre, la respuesta a la pregunta clásica: “cui prodest?”, es decir, “¿a quién beneficia?”. El sector de las empresas “tech” globales ya está babeando con la simple estimación primeriza de sus ganancias. Los 2.800 millones de usuarios del imperio de Facebook y aliados, suponen el mayor mercado de clientes que ha existido jamás. Y están en alza. Los consultores de Fondos e Inversiones estiman a la baja un negocio global de 700.000 millones de euros para el 2024. ¿Beneficiados? Desde los expertos informáticos, a los que diseñen y fabriquen el hardware que va a precisar la nueva tecnología (trajes, sensores, casos y gafas), pasando por los grupos publicitarios que promocionan tantos objetos físicos como virtuales y los especuladores de las monedas digitales… hasta Microsoft se ha apuntado al metaverso y va a crear uno dedicado únicamente a las empresas, donde se trabajará en proyectos comunes y se intercambiarán archivos técnicos y financieros.

Sigamos con la parábola. Ríanse ustedes del Gran Hermano del“1984” de Orwell y de los opresivos mundos creados por la ciencia ficción distópica, tipo “Matrix” o “Los juegos del hambre” (me viene el recuerdo de “El mundo feliz” de Huxley): con la llegada del Metaverso, el Olimpoverso estará repleto de dioses y diosecillos que reducirán a una broma infantil a los caprichosos dioses greco-romanos. En principio lo sabrán todo, absolutamente, de nosotros. Y colmarán su insaciable codicia, no con un cabritillo asado, sino con el negocio añadido de vender nuestros datos al mejor postor o cederlos a los Gobiernos a cambio de que hagan la vista gorda en otros asuntos.

Uno se pregunta qué es lo que buscan los multimillonarios que forman el Olimpo. M.Zuckerberg (Meta-Facebook, Whatsapp, Instagram), Bill Gates (Microsoft), Larry Page (Youtube, Google) Elon Musk (Tesla), etc. ¿Más dinero? No lo creo. Buscan lo mismo que todos los “dioses” han buscado desde que se adoró al primero de ellos en las cavernas: el poder absoluto ejercido de una forma lo más absoluta posible. Y la aceptación y vasallaje de los infelices y vulnerables “clientes”. Señores, vamos apañados.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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1 diciembre 2021 3 01 /12 /diciembre /2021 10:17

 

Publicado en La Comarca, 301121

Durante más de cuarenta años viví, escribí y me relacioné en Barcelona –y pertenecía al gremio literario y periodístico, fundamentado en el respeto a la lengua- usando un castellano cotidiano y un catalán tímido, pero respetado. Mi “en catalán, si us plau” desternillaba a mis amigos y hacía florecer sonrisas por doquier. Era mi  petición a las personas con las que hablaba, desconocidos o  conocidos, como forma de respeto a su lengua. A algunos les divertía que dijera, “en catalá, si os place”, traducción literal del “por favor” en catalán.

Politizar una lengua es una salvajada indigna del siglo de la globalización. La diversidad de las lenguas, de las razas, de los géneros, en un plano de igualdad, justicia y solidaridad, es una asignatura pendiente del género humano. Utilizar el catalán como arma arrojadiza y justificación de la violencia y del sinsentido por unos y otros, es peor que un error, es un virus de destrucción social, político y económico mutuo. En cuestiones de lengua no hay vencedores ni vencidos, todos sufrimos la falta de razón, inteligencia y comprensión.

En Cataluña el giro crítico no lo marcó la primaria represión franquista –que al final ya era agua de borrajas- sino la instrumentalización política del catalán por el pujolismo y la ERC, contestados por la paralela impugnación españolista que sacaba réditos políticos victimizando, contra toda lógica y realidad, al castellano en las tierras catalanas. Meter a los jueces en el debate –a remolque del Estatut- fue otro error de los redactores del manifiesto catalán, aupados por el Tripartito de Maragall, ya que en principio la judicatura no cuestionaba la política lingüística de la Generalitat.

¿Cuál es el problema en estos momentos? Como gráficamente escribe mi colega y excompañera Susana Quadrado, “el magreo político de un asunto que revuelve las tripas”.  Ni el absurdo “155 lingüístico” del inefable Casado, ni las cretinadas de ciertas asociaciones catalanas y su reflejo especular opuesto entre los ultras más descerebrados, llevarán a buen puerto el asunto. Señores políticos, “seny” (sensatez) y sentido común (cordura); con la que está cayendo entre pandemia, calentamiento y crisis económica, dedíquense a lo que importa y dejen tranquilas y respetadas a las lenguas.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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