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23 marzo 2022 3 23 /03 /marzo /2022 18:24

El autor, Juan José Tamayo, palentino de 75 años nos hace un severo análisis del mundo en el que vivimos, que es una negación absoluta de la compasión y una advertencia admonitoria a las personas que se sienten heridas por el silencio de Dios ante esta crisis sistémica que nos agobia por su impasible inevitabilidad.  Para ello se inspira en la experiencia de la crisis pandémica, una circunstancia que ha revelado y desnudado el principio ético de la compasión (o de su falta), un concepto que analiza a través de once capítulos, apoyándose en la historia, la psicología, la moral, la religiones y la filosofía, sin olvidar la teología, la ecología o la economía (ay, tan relevantes).

En esencia es el reto que nos impone el siglo: el silencio de Dios articulado con el “silencio“ de la compasión o su falsedad, que vienen a ser las dos caras de la misma sensación de absurda inoperancia que ambas trascienden. La ausencia de “Dios” es el reflejo inverso de la ausencia de compasión que aflora permanentemente en las relaciones humanas, familiares, sociales, de raza, religión, género sexual o sesgo político; en la desigualdad creada por la xenofobia, la falta de recursos, los excesos de producción y de consumo, la gradual destrucción del medio ambiente, la banalización de la cultura, el esclavismo digitalizado, los avances de fascismos y totalitarismos, la violencia como reacción gratuita e innecesaria, el desprecio a las leyes y a la autoridad. No se pretende comparar o compaginar la creencia en Dios con la necesidad de la compasión, sino destacar el hecho de que ambas proceden del mismo origen, la misma semilla: la idea de Dios es la de un Ser trascendente que atrae y libera lo mejor de nosotros y la de la compasión es una actitud, un sentimiento, que hace el mismo efecto en nosotros respecto a nuestros semejantes, ya que con ello facilita el encuentro con lo divino que es, por definición, lo que justifica la vida del creyente tanto como la compasión da sentido a la vida de la persona.

Esta articulación entre Dios y la compasión se convierte, cuando es una práctica, en una referencia ética que influye en todos los ámbitos del saber y el quehacer humanos. Y aquí no se trata de una cuestión entre creyentes y escépticos sino en una praxis que podría hacer que el progreso tecnológico en el que vivimos (y sus crisis) se vea acompañado por un progreso ético  en el que la solidaridad, la igualdad y la compasión logren, poco a poco, ayudar a superar o mitigar las brechas que contundentemente denuncia el libro de Tamayo: las de la desigualdad, la injusticia ecológica (con las cuatro amenazas que Leonardo Boff enumera: armas de destrucción masiva, escasez de agua potable, sobreexplotación de la Tierra y calentamiento global). Precisamente ese autor, citado por Tamayo,  destaca la necesidad de despertar mundialmente a la “espiritualidad”. Esa función o dimensión profunda del ser humano que está íntimamente relacionada con las ideas de lo divino y de la compasión. El odio y rechazo al Otro (inmigrantes y refugiados), la injusticia de género, la desigualdad económica, cultural y cognitiva, configuran una visión crítica del mundo donde, precisamente, se ignora la compasión y la fuerza redentora que daba la “existencia” de Dios (lejos del “Dios” de la intolerancia y el fanatismo).

Tamayo completa su libro con un erudito recorrido por las religiones y el papel de la compasión en sus estructuras, la teo-política de la compasión, el humanismo y transhumanismo del concepto, una suculenta referencia a la “memoria subversiva de las mujeres olvidadas”, el diálogo –tan necesario- entre religión y ciencia al respecto; algunos autores que reclaman la ética de la compasión y un epílogo magníficamente actual sobre una “mística de ojos abiertos”, que refleja la impotencia, los temores, la irritación ante algo que nos supera y no sabemos afrontar y también la solidaridad y la admiración por las actitudes y comportamientos de algunas personas de esta época de pandemia, que está lejos de concluir.

El doctor Tamayo, es bien conocido por quienes admiramos su labor como pensador y profesor y más aún su integridad filosófica y su talante crítico hacia ciertos temas candentes en nuestros días, desde la tragedia sistémica de los refugiados, la diversidad, el pluralismo religioso y los extremismos fundamentalistas, raciales o sexistas y la llamada teología de la liberación.

Para finalizar, como Tamayo escribe en su libro, la compasión y la empatía requieren una articulación y una reelaboración práctica, cotidiana y universal, ya que "el verdadero sentido de la compasión es ponerse en el lugar de las otras y los otros sufrientes en una relación de igualdad y empatía, asumir el dolor de las otras personas como propio, interiorizar a la otra persona dentro de nosotros y nosotras, sufrir no solo con los otros, sino en los otros, hasta identificarse con quien sufre y con sus sufrimientos, cuestión que no resulta fácil pero que es necesaria" .

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

FICHA

LA COMPASIÓN EN UN MUNDO INJUSTO.- Juan José Tamayo. Fragmenta Editorial.-296 págs.

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21 marzo 2022 1 21 /03 /marzo /2022 12:09

NOS ESTÁN CAMBIANDO EL MUNDO

Publicado en “la Comarca” el 18 abril 2022

Si usted, lector, tiene menos de 30  o 35 años no me entenderá, ni compartirá desde la nostalgia, las premisas que  el filósofo coreano de origen y alemán de adopción, Chul Han, desarrolla en un libro, “No cosas” que está creando desazón en los “jóvenes” de 50 años en adelante.  No por sus atrevidas observaciones y aún más radicales conclusiones, sino por el realismo con el que refleja la sociedad que nos está tocando vivir y la que nos espera a los que lleguen, si Putin no insiste en ser un “terminator” de tres al cuarto.

Vayamos a un ejemplo práctico: mis hijos y mucho menos mis nietos no comprenden en absoluto que guarde amorosamente los libros que ya he leído junto a los que no he leído y algunos que quizá no lea nunca, que los amontone en todos los huecos de la casa,  que los  siga comprando; que tenga discos de vinilo y cd's, videos y dvd's; que atesore miles de fotografías en blanco y negro y color en formato de papel o diapositiva; que tenga numerosos cuadros, esculturas, recuerdos de viajes, trajes, cacharros (como radios antiguas, proyectores de super 8, relojes de péndulo); que guarde los originales manuscritos de novelas, ensayos y artículos publicados, o no, durante toda mi vida; máquinas de escribir de los años 50 a los 70,  junto a viejos ordenadores; estilográficas y bolígrafos por decenas; libretas de muchos tamaños y agendas de hace decenios... y, aunque no lo crean, no esté diagnosticado de padecer el síndrome de Diógenes (apelativo injusto pues el cínico Diogenes fue un hombre nada apegado a las cosas).  Que sea feliz con todo eso y que también sea una fuente de inspiración y un goce difícil de definir.

Si Walter Benjamín levantara la cabeza ya no podría sostener que la relación de posesión es la más intensa que se puede tener con las cosas. Y esa relación de afecto, de fetichismo, sólo es posible en personas dotadas de una memoria vital que dudo tengan las nuevas generaciones,  para las que la vida es líquida, cambiante, acelerada y se basa en la información, en las experiencias. Lo digital carece de memoria , al fragmentar la vida cotidiana en numerosos bits. El fetichismo de los objetos, de las cosas, que nos evoca vivencias y etapas de la vida, empieza velozmente a desaparecer. Los nuevos habitantes de las redes sociales, que construyen sus vidas en torno a ellas, viven en el tiempo de las no-cosas.

Byung-Chul Han es uno de los filósofos más leídos en la actualidad. Nos habla de manera amena y atrevida, en casi todos sus libros, de la desmaterialización del mundo actual, la eliminación de lo físico, lo objetual, en nuestras vidas. Sigue las estelas del italiano Giorgio Agamben (el teórico de la “nuda vida” de los inmigrantes) el polaco Zygmunt  Bauman, (el de la “vida líquida”), el eslovaco Slavoj Zizek , el filósofo amigo de los chistes o el austriaco Peter Sloterdijk,  que fue “el joven airado” de la filosofía . Mientras que todo sea información, nos dicen estos autores, ésta seguirá haciendo desaparecer las cosas, puesto que la digitalización aboca a la desmaterialización del mundo. A más información, menos materia: un juego de suma cero. Un mundo digital no es un lugar para recuerdos y sí para datos. Hemos entrado en una era dominada por la infomanía, los megadatos y la hipertrofia de la información, lo cual tiene una lectura buena y otra que no lo es. Se trata de un camino lleno de incógnitas y no sabemos en qué va a desembocar. Es un cambio radical de paradigma, que no tiene precedentes y cuyo desenlace y etapas sólo podemos conjeturar. En los últimos veinte años la humanidad ha dado un salto cuántico en las formas de vida, los valores y costumbres, la moral y la ética.

No hay que esperar reversibilidad o arrepentimiento. Parece ser un camino de imposible retorno. Lo que venga, sea lo que sea, no tendrá apenas relación con lo que vivieron las generaciones del siglo XX y anteriores. El metaverso no nos recordará el pasado, vía archivos documentales. Sus algoritmos buscarán siempre elaborar lo nuevo. Pero algo hemos aprendido: las cosas materiales, que tanto habíamos rechazado, transmiten durabilidad y estabilidad, pues dan un sentido referencial a nuestra existencia. No somos seres digitales o virtuales, somos corporeidades físicas, en relación directa y homeostática con el medio ambiente y las fuerzas de la Naturaleza que nos condicionan de forma vital. Quizá el nuevo universo digital que nos engloba haga que nos importen menos las cosas, que no las tengamos en cuenta, con lo cual nuestra realidad pierde la firmeza y el sentido que ellas daban a nuestra vida.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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15 marzo 2022 2 15 /03 /marzo /2022 17:02

LOGOI 242

ADOLESCENTES

El filósofo francés Paul Nizan, escribió “que nadie diga que su adolescencia fue una época feliz”. Murió joven, 35 años, en 1940, tras abjurar del PC, seguramente asesinado por algún “camarada”, por orden de Stalin.

 Pero no vamos a tratar de dictadores rusos asesinos sino de jóvenes y adolescentes. Y en concreto de un estudio de la Fundación FAD, “Entre la añoranza y  la incomprensión. La adolescencia del siglo XXI desde las percepciones del mundo adulto”. Según ese estudio, ocho de cada diez españoles opinan que los padres de chicos.as adolescentes son incapaces de ponerles límites, se sienten desbordados e inseguros ante sus hijos, no saben gestionar su autoridad, generando una perniciosa permisividad, sobreprotección e incomprensión. El estudio delata que el 37 % de los menores pasan más de seis horas con el móvil y uno de cada cinco sufre adicción. Los motivos de discrepancia entre padres y menores, van entre el uso abusivo de las nuevas tecnologías, las redes sociales y los juegos, seguidos del consumo de sustancias como el alcohol o drogas. La muestra también incide en que los dos tercios de los encuestados evitan generalizar y sostienen que ni todos los adolescentes son iguales, ni todos son conflictivos. Del total de adultos preguntados,  un tercio se muestra relativamente optimista, otro tercio muy crítico y pesimista y el último tercio,  utópico y cree que se dramatiza demasiado la cuestión.

Creo que el problema es importante, pero no se debe generalizar ni dramatizar. Como sugiere el informe, “La adolescencia de tus hijos te pondrá a prueba. Así que ni le tengas miedo… descubre cómo disfrutarla”. El trato con adolescentes se basa en el equilibrio entre comprensión y permisividad; entre ignorarlos o cargarlos de reproches y no saber cómo poner los límites adecuados: la existencia de límites a nuestras acciones, forma parte del derecho natural y tiene una base sencilla: “no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”. Es una edad difícil, el cerebro adolescente está en constante crecimiento, es creativo y vulnerable. Hay que darles apoyo con cautela y evitarles el agobio de una vigilancia constante. Es la edad de la socialización y necesitan ejemplos que seguir -“haz lo que me ves hacer”-, no consejos. Y una autoridad con-fiable tras éstos.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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12 marzo 2022 6 12 /03 /marzo /2022 10:39

En este brillante y sorprendente libro del filósofo de la modernidad, el coreano Byung-Chul Han,  me he encontrado  con que, como de costumbre con este autor, me ha puesto negro sobre blanco una de las inquietudes cotidianas, sencilla y aparentemente triviales, que me asaltan por el simple hecho de vivir y comparar. Si usted, lector, tiene menos de 30  o 35 años no me entenderá ni compartirá, desde la nostalgia, las premisas que Chul Han desarrolla en este libro. Vayamos a un ejemplo práctico: mis hijos y mucho menos mis nietos no comprenden en absoluto que guarde amorosamente los libros que ya he leído junto a los que no he leido y quizá no lea nunca, que los amontone en todos los huecos de la casa,  que siga comprándolos. que tenga discos de vinilo y cd's, videos y dvd's, que atesore miles de fotografías en blanco y negro y color en formato de papel o diapositiva, que tenga numerosos cuadros, esculturas, recuerdos de viajes, trajes, cacharros (como radios antiguas, proyectores de super 8, relojes de péndulo, cuberterías y vajillas); que guarde los originales manuscritos de novelas, ensayos y artículos publicados, o no, durante toda mi vida, máquinas de escribir de los años cuarenta y sesenta junto a ordenadores; estilográficas y bolígrafos por decenas; libretas de muchos tamaños y agendas de hace decenios... y que no padezca el síndrome de Diógenes.  Que sea feliz con todo eso y alimente en mí recuerdos, dulces nostalgias y alguna tristeza. Y que también sea una fuente de inspiración y un goce difícil de definir que consiste en el "reencuentro" inesperado con una versión anterior, ya olvidada, de mi propio yo.

Si Walter Benjamin levantara la cabeza ya no podría sostener que la relación de posesión es la más intensa que se puede tener con las cosas. Y esa relación de afecto, de fetichismo, se percibe en personas dotadas de una memoria vital que dudo que tengan las nuevas generaciones para las que la vida se basa en la información, en las experiencias, puesto que lo digital carece de memoria al fragmentar en numerosas partes la vida. El fetichismo de los objetos, de las cosas, que nos evoca vivencias y etapas de la vida, empieza velozmente a desaparecer. Detrás de todas esas cosas que nos rodean de forma muy confortable hay historias y una narrativa de vivencias personales. Pero los nuevos habitantes de las redes sociales, que construyen sus vidas en todo a ellas, viven en el tiempo de las no-cosas.

Byung-Chul Han es uno de los filósofos más leídos en la actualidad en todo el planeta. Surcoreano, aunque residente desde hace décadas en Alemania es criticado por ser un filósofo accesible, fácil de leer y porque en muchos casos sus libros están configurados a partir de citas de otros filósofos como Barthes, Arendt, Benjamin o Martin Heidegger -cosa que, por cierto, hacen todos los filósofos: enanos subidos a hombros de gigantes, inevitablemente - en lugar de construir un "nuevo" sistema filosófico. En este libro Han nos habla de la desmaterialización del mundo actual, la eliminación de lo físico, lo objetual, en nuestras vidas. Mientras que todo sea información, ésta va a ir haciendo desaparecer las cosas, puesto que la digitalización aboca a la desmaterialización del mundo. A más información, menos materia: un juego de suma cero. Un mundo digital no es un lugar para recuerdos y sí para datos. Acabamos de iniciar una era dominada por la infomanía, los megadatos y la hipertrofia de la información, lo cual tiene una lectura buena y otra que no lo es. Empezando por la segunda, es un camino lleno de incógnitas y no sabemos en qué va a desembocar. Se trata de un cambio radical de paradigma, que no tiene precedentes y cuyo desenlace y etapas sólo podemos conjeturar. En los últimos veinte años la humanidad ha dado un salto cuántico en la forma de vida, los valores vigentes, la moral y la ética.

No hay que esperar reversibilidad o arrepentimiento. Parece ser un camino de imposible retorno. Lo que venga, sea lo que que sea, no tendrá apenas relación con lo que las generaciones del siglo XX vivieron . Ni siquiera el metaverso nos podrá informar, vía archivos documentales y algoritmos. Pero algo hemos aprendido: las cosas materiales, que tanto habíamos rechazado, transmiten durabilidad y estabilidad, pues dan un sentido referencial a nuestra existencia. No somos seres digitales o virtuales, somos corporeidades físicas, en relación directa y homeostática con el medio ambiente y las fuerzas de la Naturaleza que nos condicionan de forma vital. Quiza el nuevo universo digital que nos engloba haga que nos importen menos las cosas, que las tengamos menos en cuenta, con lo cual nuestra realidad pierde la firmeza y el sentido que las cosas proyectaban sobre nuestra vida.

Han nos dice  que para que poseamos algo es preciso que depositemos historia en ese algo, sino solo los usamos. Por eso, nos recuerda Benjamin, el coleccionista es una figura deseable y en trance de desaparecer, porque él confía a las cosas en un ultimo reducto donde se les despoja de su carácter de mercancía, de simple instrumento desechable y se les confiere una dignidad insoslayable que refleja nuestra propia dignidad, donde hay una historia, una belleza, unos rasgos de valor que están al margen del mercado y del precio.

Han, que a pesar de su pesimismo - bastante realista- tiene un ramalazo de ingenuidad, sugiere que sólo un giro romántico en el mundo y la debida re-materialización de la existencia, permitiría la vuelta de "lo otro" como valor intrínseco a la vida, esas cosas "con alma" con las que establecemos una relación cordial y profunda hasta integrarlas en nuestro universo personal, que se enriquecería con ello. Se trata de darles un significante "doméstico", un prurito de identificación por amor que se hace fuerte y sólido con el paso del tiempo (hablamos de "nuestra" pipa, "nuestra" máquina de escribir, "nuestra" pluma habituada al tacto de nuestra mano, etc.) Y este "domesticar" los objetos que nos constituyen de una forma algo mística, se repite con los "rituales" que en la vida pretérita daba ritmo y sentido cósmico a nuestra existencia: la vida sin repeticiones se convierte en algo líquido, fugaz. Los rituales  son arquitecturas del tiempo.

La "atención sin intención" es otra de  las sugerencias de Han que nos muestra el rechazo al principio básico de la información virtual: siempre es intencionada. Y ello nos hace perder la costumbre de poder  hacer una observación detallada de algo en un entorno estable. Y una observación libre de la demagogia virtual que busca siempre comunicar algo, instruir con una intención (política, moral o social). La virtualidad, por ejemplo en el arte, carece de la emoción primaria del contacto personal y directo. La pantalla como intermediario habitual de nuestra emociones áticas o estéticas, aplana, trivializa o banaliza la obra de arte.

FICHA

NO COSAS, quiebras del mundo de hoy.- Byung-Chul Han.- Trad. Joaquín Chamorro.- Ed. Taurus.- 139 págs.

 
 
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5 marzo 2022 6 05 /03 /marzo /2022 10:59

 

Pensar que, dado que Sherlock Holmes es un personaje de ficción, no se puede aprender nada de él y su sistema peculiar de pensamiento y deducción, es tan ridículo como tratar de ignorar que Ulises, el héroe griego, es un referente cultural para toda la humanidad más o menos cultivada y que sus aventuras y su personalidad ha enriquecido el acervo cultural durante más de 24 siglos. Holmes, creado por la inteligente mente de sir Arthur Conan Doyle, tuvo una fuente real en la vida de su creador, Sir Arthur confesó muy tempranamente que su criatura era una copia literaria de un profesor suyo de la Facultad de Medicina, el Dr. Joseph Bell, al cual debía todos las admirables cualidades detectivescas con las que dotó a Holmes. Para dar más comprensión a la eficacia del sistema de pensamiento y deducción de  Holmes, el novelista utilizó los métodos del detective en la vida real con un doble éxito criminalista: demostró con deducciones e inferencias que dos personas condenadas injustamente eran inocentes.  .

 La primera edición de este libro es de junio de 2013 y, en realidad está basado en una serie de artículos que la autora publicó en 'Big Think' y 'Scientific American'. Maria Konnikova, es una psicóloga y periodista experta en cuestiones de neurociencia, pensamiento lógico y creativo y una especial habilidad para sacar una utilidad práctica y cotidiana a los principios y técnicas mentales  que optimizan el funcionamiento del cerebro. El uso de la figura literaria de Holmes es un habilidoso detalle imaginativo que permite que el lector se familiarice con tácticas de pensamiento y observación que pueden mejorar la eficacia del cerebro en todos los aspectos de la vida.

Comparto con la autora la afición por Holmes y me encanta su pedagógica habilidad de mostrar de forma evidente la eficiencia de los mecanismos mentales que usa el detective y que la Konnikova explicita para que también se acostumbre a usarlos el lector. Como psicólogo también aplaudo la claridad  e idoneidad de las explicaciones psicotécnicas utilizadas. El rigor eficaz del pensamiento de Holmes está basado, como no puede ser menos, en una observación atenta y no afectada por sesgos emocionales o egoicos; la inferencia y la deducción. Como cuenta Konnikova el método científico empieza - ya desde la antigüedad griega- con una atenta y objetiva observación de los fenómenos naturales, se va acumulando una amplia base de datos y conocimientos y apoyado en una comprensión de los hechos y los contornos del problema que se estudia, se descarta todo lo imposible y lo que queda, por improbable que pueda ser, es la solución de nuestra duda. Y es que para Holmes, el escepticismo inicial -nada se acepta porque sí- y una mentalidad inquisitiva, paciente  y curiosa en relación con el mundo, es la actitud que nos evitará errores de juicio y apreciación.

Pero sin animo de hacer "spoiler" e insistiendo en la recomendación de que adquieran este libro y lo lean (se lo va a pasar "pipa" como dice mi hija) me permite dejarles esté largo párrafo del libro como conclusión.

"En el fragmento que sigue el detective explica al doctor la diferencia entre ver y observar:

—Usted ve, pero no observa. La diferencia es evidente. Por ejemplo, usted habrá visto muchas veces los escalones que llevan desde la entrada hasta esta habitación. ¿Cuántos escalones hay?

—¿Cuántos? No lo sé.

—¿Lo ve? No se ha fijado. Y eso que lo ha visto. A eso me refería. Ahora bien, yo sé que hay diecisiete escalones, porque no solo he visto, sino que he observado.

Este truco carece de verdadera importancia, pero tiene unas implicaciones muy profundas si nos paramos a considerar qué es lo que lo hizo posible. Es precisamente este truco el que me inspiró para escribir un libro en honor de Holmes.

¿Cuántos pensamientos entran y salen de nuestra mente sin que nos detengamos a identificarlos? ¿Cuántas ideas e intuiciones nos hemos perdido porque no les hemos prestado atención? ¿Cuántas decisiones hemos tomado y cuántos juicios hemos hecho sin saber cómo o por qué, impulsados por algún automatismo interno de cuya existencia solo somos vagamente conscientes? ¿Cuántos días han tenido que pasar hasta que, de repente, nos preguntamos qué hemos hecho exactamente y cómo hemos llegado hasta aquí?

El objetivo de este libro ha sido ayudarle a reflexionar sobre todas estas respuestas. Hoy más que nunca es necesario contar con una metodología como la de Holmes para examinar y explicar los pasos necesarios para desarrollar unos hábitos de pensamiento que nos permitan conectar con nosotros mismos y con nuestro mundo de una manera consciente y natural".

FICHA

¿CÓMO PENSAR COMO SHERLOCK HOLMES?.- Maria Konnikova.- Trad. Genís Sánchez.- Ed. Paidós.- 285 págs.


 

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28 febrero 2022 1 28 /02 /febrero /2022 17:39

LOGOI 241

“LOCO” PUTIN

En la tormenta de comentarios, opiniones, noticias, bulos, desinformación y falsedades que ha provocado la guerra imperialista de Putin, hay una constante: muchos piensan que Putin es un loco peligroso, un psicópata de atar y un autócrata paranoico. Hay quien diagnostica que a Putin el aislamiento de la Covid  ha disparado la paranoia del dictador ruso: ha exacerbado sus ansias de revancha tras el hundimiento de la URSS en 1991 y se siente amenazado por la expansión de la OTAN en sus fronteras y empeñado en que no entren en Ucrania.

Cuando miro el estólido (falto de razón y discurso) rostro de Putin, frío, inexpresivo y fanático , con esa mirada opaca que no trasluce ninguna emoción, no veo el rostro de un loco, sino el de un hombre con las ideas claras, fijas, con determinación inflexible y audaz. No es un Macbeth lleno  de dudas morales sino más bien un Hamlet –lúcido aunque inseguro- que se refugia en una aparente locura para mejor poder llevar a cabo sus planes de venganza. Putin está probando la resistencia de la cuerda que ata en torno al cuello de Occidente y sigue la “estrategia del loco”. Supongo que ha planteado con argucias de jugador de ajedrez, un método de agresión con un par de retiradas estratégicas que impidan que pierda la partida. Para evitar salidas desesperadas del enemigo occidental, Putin grita de vez en cuando que no le temblará el pulso para usar algunas de sus 6000 ojivas nucleares. Lo malo, lo peor, a lo que nos enfrentamos no es que Putin sea un loco, sino que es demasiado astuto. Decía Chesterton que un loco es alguien a quien ha fallado todo excepto la razón. El exceso o la falta de racionalidad son terrenos peligrosos donde naufraga el buen sentido, la compasión, la medida de lo humano. Lo único que le importa a Putin es asegurar su dominio en Ucrania y sus reservas naturales y mantener su presencia hegemónica junto a Estados Unidos y China.

Quizá en un futuro veamos una alianza Moscú-Washington frente a una China que domina el mundo (a diferencia de sus dos rivales, Pekín tiene muchísima paciencia). ¿Y Europa? Se habla de un cierto poder político-económico, pero me temo que seremos como el agudo y sentencioso bufón del rey Lear, tal vez depositario de ciertos valores, pero al modesto servicio de alguien más poderoso.  El liderato de Europa ya pasó a la historia.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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25 febrero 2022 5 25 /02 /febrero /2022 12:37

OBSERVATORIO POLÍTICO INTERNACIONAL

PUTIN SUELTA A LOS PERROS DE LA GUERRA  EN EUROPA

Publicado en La Comarca, 250222

A las cuatro y diez minutos de la madrugada del jueves 24 de febrero (hora española), ayer para el lector, el presidente ruso, Vladimir Putin, daba la orden de invadir militarmente Ucrania. A las seis ya era noticia en todo el mundo. Se estaba escribiendo la crónica de una guerra anunciada. El lunes pasado, dia 21, Putin “reconocía” la independencia del territorio “rebelde” del Donbass y añadía una nueva etapa a de la guerra de desinformación, bulos, “fake news” y mentiras o exageraciones que algunos medios califican como “shitstorm” (literalmente “tormenta de mierda” en español), justificando la acción militar por el “genocidio que estaba cometiendo las autoridades ucranianas” contra ciudadanos pro rusos de la zona. Durante los últimos meses de forma reiterada y obsesiva, pero siguiendo una tónica de tergiversación de la realidad muy común en altas esferas de la política y generosamente repartida en todo el mundo, incluidas las grandes potencias. Putin es un alumno aventajado de los norteamericanos, aunque sin la libertad de crítica pública que Estados Unidos tolera y ampara y que Putin no permite en su país. Por ejemplo, existe cierto paralelismo ético entre el asunto de las “armas de destrucción masiva” de Saddam, que motivó la guerra de Irak , y el “genocidio” de ucranianos pro rusos en el Donbass. Naturalmente la gravedad profunda del problema actual estriba en una básica cuestión geoestratégica: el teatro de operaciones está en un país europeo. Europa afronta en su espacio continental una agresión expansionista militar por primera vez desde 1945.

En cuanto al señor Putin, es un modelo de gobernante ladino, rígido, duro y sin escrúpulos, pero no hay que confundirlo con un loco o un psicópata, ni mucho menos con un torpe dictador ambicioso de detentar un poder global, tipo Hitler. El momento escogido para su bravata ha sido bastante “oportuno”, con los Estados Unidos en plena oscilación de su interés político estratégico que pasa de Europa al Índico (recuerden la reciente creación de Aukus, un organismo que le une a Australia y el Reino Unido para diseñar una política común frente a la hegemonía china) y con un Biden algo desorientado y poco firme, con la sombra fatal de Trump en un futuro cercano).  Y con Europa algo dividida, en plena crisis energética, tras una pandemia y su consiguiente crisis económica  y una crisis climática que requiere atención y medidas urgentes. Es la tormenta perfecta. ¿Alguien piensa que Putin no ha sabido escoger el momento para  dar un puñetazo en la mesa de los acuerdos de Minsk y contra el equilibrio de la actual estructura de Estados-nación en Europa, unidos por una UE cuestionada y una OTAN que ayer estaba “en muerte cerebral”, según algunos de sus miembros? Tampoco es una simple cuestión de testosterona y del alma rusa tan proclive a los extremos, la violencia y el sentimentalismo regado con vodka y lágrimas. Eso sería simplificar una decisión largamente meditada, que tiene su cronología de agravios desde 1991, con el desmoronamiento de la Unión Soviética, ocasión de oro que Occidente no supo aprovechar para atraer a Rusia en lugar de conseguir que se sintiera humillada y se alejara de Europa.

Ha sido tan enorme, activa y perniciosa la “shitstorm” global que unos y otros han montado en torno a la “guerra sí” y “guerra no”, que en los últimos quince días los elementos del problema han cambiado sin cesar.  En realidad, ha sido una farsa siniestra, porque se está jugando con “cosas que no tienen remedio”: la pérdida de vidas humanas, de la paz, el auge de las necesidades vitales de poblaciones a las que una guerra empuja a la miseria, el desastre económico y el puro y simple terror e inseguridad. Y estos males no afectan solo al país asediado, sino a todo el entorno: en esta época global tales horrores terminan exportando consecuencias por todo el mundo.  Se trata, como dijeron ayer en la UE, de una cuestión de “vida o muerte, no de bloques”.  Todos los actores políticos de este drama -en un lado y en el otro-, llevan más de un mes actuando de forma por lo menos cuestionable. Los rusos dando a entender hasta la madrugada de ayer que se estaban retirando, aunque lentamente, cosa corroborada por ejemplo por Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, un político demasiado nervioso para su cargo, mientras en las webs y redes sociales se desencadenaba, orquestada por los rusos  y algunos medios occidentales una avalancha de informaciones, bulos y  consideraciones donde algunos veían la peluda oreja de los servicios mal llamados “de inteligencia”,  entre las dos partes en conflicto. Desde la Casa Blanca se denunció la existencia de videos ampliamente difundidos sobre falsos enfrentamientos con muertes y destrucciones en el Donbass contra ciudadanos pro rusos.  También se hablaba de medios oficiales rusos advirtiendo a su población de que Occidente preparaba agresiones contra Ucrania.

Pero vamos a buscar un hilo explicativo de esta crisis, por encima de los detalles concretos de las circunstancias sobre el terreno. En la guerra de Troya –que fue una guerra real, pero local- Homero nos “vendió” la leyenda de Paris y Helena como causa mítica. Lo cierto es que se trataba de una guerra de expansión comercial griega contra un enclave que entorpecía el libre paso y estaba en el lado contrario a la hegemonía griega. La “desinformación informativa” se convertía en literatura imperecedera. Aquí y ahora el problema con Rusia tiene unos puntos clave: la largamente gestada conversión de un autócrata como Putin en un paladín nacionalista ruso, más en el papel de un nuevo Zar imperial –anti comunista y crítico del otrora reverenciado Lenin- que del dirigente de una gran potencia del siglo XXI (que lleva 30 años tragándose la bilis que le provoca decenios de desprecio occidental y declive “imperial”, tras la caída de la URSS).

Y ¿qué  es lo que se dirime en el fondo, y tras los llamativos escenarios de la “shitstorm” mediática? Lo que algunos han llamado la “Trampa de Tucídides”. El historiador griego del siglo V a.C. que en su “Guerra del Peloponeso” escribió: “la guerra era inevitable por el ascenso de Atenas y el miedo que ello generó en Esparta”. Es decir, está en juego la hegemonía política, económica y comercial. Una guerra entre una potencia en declive y otra en ascenso. En nuestros tiempos, más complejos, se trata de dos hegemonías en declive. La “Occidental” encabezada por EE.UU, y la del Este, dirigida por la coyuntural –y “contranatura”- alianza  entre Moscú y Pekín. El escenario de batalla de semejantes “superegos” político –patológicos, es Ucrania, un país gobernado por una oligarquía corrupta, que tiene el apoyo “occidental”, como otra posible punta de lanza contra el Imperio del Este y que según Putin, con envidiable cinismo, ha sido un “invento del comunismo” y no se trata de un país “real”. Y con una zona secesionista, el Donbass, bajo interesada protección rusa, no en vano es la región más industrializada de Ucrania.

Putin, como buen alumno de la KGB (demasiado dado a riesgos extremos, decían sus profesores) es un experto en contra información, mentiroso contumaz al que favorece un gesto de indiferencia permanente, tipo Buster Keaton -pero sin la bondad de la mirada del cómico- y aficionado a estirar la cuerda hasta el máximo sin mover un solo músculo facial.

De hecho lo que Putin busca con su enroque ucraniano es sentar las bases para redefinir el concepto estratégico de la Federación rusa buscando una serie de “zonas grises” que garanticen la seguridad de sus fronteras ante la presencia creciente de la OTAN en lo que considera “su territorio geoestratégico” ya erosionado por Polonia y los Países Bálticos. No es probable que un hombre tan astuto se embarque en una larga guerra de ocupación en Ucrania, sería un error catastrófico. Aunque es  probable que entre en Kiev (a la que está atacando más directamente desde Bielorusia ). Aún así ocupar un territorio como el ucraniano, con 600.000 km2 , con una mayoría de ciudadanos hostil (excepto en Luhansk y Donetsk, el Donbass) y un occidente en contra, sería un error napoleónico o hitleriano , como Putin debería recordar.

Lo más lógico (aunque la lógica y el sentido común no pertenecen a este escenario) sería que todo quedara en una demostración de fuerza. Decía Voltaire que “en un mundo de lobos es necesario aullar y mostrar  los dientes de vez en cuando”.  La geopolítica se está convirtiendo en una política de “trileros” como denuncié aquí mismo hace unas semanas (cosa que también pasa en las políticas nacionales: ¿será otra pandemia?). Sólo hay que ver como un tipo de “acrisolada virtud” política e “inteligencia táctica” como Bolsonaro, el estrafalario presidente de Brasil, propone una alianza con el húngaro Orban (otro que tal) para apoyar a Putin en sus descalabros ucranianos y contra la OTAN y el “amigo americano”. Y no olviden que las ultraderechas de Europa ven con bastante agrado las actitudes y la “chulería” impasible de Putin.

Las medidas económicas anunciadas son casi un tiro en el pie de la economía europea y  mundial a la larga. Rusia no es un gigante económico –su estatura financiera internacional es semejante a la de Italia- como China o Estados Unidos  y el rendimiento de su enorme capital queda muy afectado por el aislamiento,  si fuese expulsada del sistema financiero internacional

Tal vez exista una vía política viable para el futuro, aunque quizá utópica dado el inmutable egoísmo político y codicia de los dirigentes y los blindados y anónimos círculos de poder oligárquicos: Una reorientación de la estructura política internacional, basada en el equilibrio de poder, la colaboración económica y la solidaridad social. Empoderar a la ONU y a las organizaciones internacionales de ayuda social y económica. Nada de hegemonías, de poderes absolutos, de carrera de armamentos, de polarización ideológica y de ignorante rumbo de colisión contra la supervivencia planetaria. Afrontar los enormes problemas que nos vienen, como seres humanos en peligro, no como americanos, rusos, ingleses o chinos. Ojalá no haga falta una guerra total para llegar a esa conclusión racional.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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22 febrero 2022 2 22 /02 /febrero /2022 12:16

Publicado en "La Comarca", 220222

Uno de los puntos en los que la espiritualidad – desde el taoísmo al zen o el misticismo cristiano, musulmán o judío- coincidía con los grandes maestros del pensamiento y la filosofía, desde los estoicos y epicúreos griegos a los pensadores modernos sobre el arte de vivir, es en la sabiduría del soltar, del dejar ir. Se trata de un requisito indispensable: renunciar a la narrativa interior que gestiona las expectativas, quejas, agravios y deseos con los que nosotros mismos sembramos la existencia. Basta con “soltar”, dejar de aferrarnos a la manía de percibir cómo “debería ser” la vida y las otras personas, en sí mismas o en relación con nosotros. Como carecemos de la clave correcta de lo que ES, pretender que debe ser como nosotros queremos que sea es, lisa y llanamente, un funesto error. Es aferrarse a algo que nos descentra y daña. Hay que “soltarlo” y dejar que podamos percibir la realidad sin los filtros de nuestras creencias o rechazos. Peter Rusell, en su obra “Déjalo ir” (Ed. Kairós), asegura que muchos de los problemas  personales a los que nos enfrentamos no son reales, sólo existen en la mente. Podemos despojarlos de su poder con sólo reconocer su naturaleza mental y “soltar” nuestras creencias sobre ellos.

Un ejemplo práctico, que he comprobado de forma personal, es el dolor. Este es un mensaje del organismo que nos alerta de que hay algo en el cuerpo que va mal. La reacción habitual es tratar de negarlo o ignorarlo, resistirnos y tensarnos en su presencia o buscar remedios rápidos para que desaparezca. No funciona. Prueba a dejarlo estar. Deja ir todos tus temores al respecto. Préstale toda la atención que te está pidiendo. El dolor es una sensación física inevitable pero el sufrimiento es opcional. Nace del deseo de que el dolor se retire. Por tanto, acepta ese dolor, deja que sea, relájate lo más que puedas…no tardarás en advertir que se convierte en una sensación de dolor disminuido,  que cubre y mitiga la exasperada tensión  de músculos y huesos. De alguna manera, “duele” menos. El dolor no ha cambiado en sí mismo, pero sí tu relación con él (aunque hay afecciones graves en las que el dolor requiere un apoyo analgésico severo). Pero en la vida cotidiana, aprenda a soltar el peso muerto de la mente.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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19 febrero 2022 6 19 /02 /febrero /2022 19:32

El agua es un elemento esencial de la vida. "El agua es vida y es de todos", pregonan desde la ONU a todo el planeta. Nuestro propio cuerpo tiene un elevadísimo porcentaje de agua y ello nos hace especialmente sensibles a su carencia. Los excesos y los abusos e ignorancias que provienen de la cultura irresponsable y consumista del siglo XXI, comienzan a producir los efectos perniciosos de dos fenómenos unidos entre sí, las sequías, la desertización creciente y los diluvios, con su secuelas de inundaciones y catástrofes. El deshielo progresivo en los Polos, el aumento del nivel del mar en todo el planeta y fenómenos contaminantes como la Gran Mancha de Basura del Pacífico que tiene una superficie superior a España, Francia y Alemania juntas, son alertas estimables para toda persona consciente. Para mentalizarnos del protagonismo natural en la vida del hombre de ese preciado elemento he escogido tres libros que simbolizan tres actitudes y puntos de vista interesantes, aleccionadores y, para mayor deleite del lector, llenos de una cierta sabiduría. Una actitud que que debería impartirse desde las guarderías en la educación de los hombres y mujeres de este siglo preocupante. Se trata de un ensayo, donde el viaje, la búsqueda y la mirada lírica, técnica o naturalista dan una pátina literaria muy atractiva. "Cómo leer el agua" de Tristan Gooley, que edita Ático de los Libros es el título que les recomiendo.

Tristan Gooley, que gasta sombrero a lo Indiana Jones, aunque cuando estuvo en Barcelona llevaba una gorra con cierto aire a la que usaba Sherlock Holmes en algunas películas antiguas, es un hombre-orquesta cultural y deportivo. A un caminante compulsivo como yo, le sugiere Gooley oleadas fraternales de sana envidia: no sólo por su magnífica forma física, sino por el acervo naturalista de conocimientos y experiencias. Nuestro hombre tiene en su haber un libro (aún no traducido), "Natural navigator" en el que tiende su mirada metafórica, atenta e inteligente a la vida humana en las metrópolis, aplicando parámetros filosóficos, biológicos, históricos, sociales y de supervivencia.

 Tristan, que rebasa un poco los cuarenta pero exhibe en su prosa un entusiasmo vital veinteañero y una noción básica de que en la vida es más importante el camino que el destino,  en su libro "Cómo leer el agua" nos cuenta que durante muchos años ha navegado y ha buscado e investigado sobre la relación del hombre con el agua, para asegurarnos que podemos llegar a "leer" en un charco de lluvia el lenguaje del líquido vital con tanta precisión como en el Pacífico o en el Ebro o en los colores de un arco iris. Como todo amante de la Naturaleza, Gooley nos habla de emociones, lirismo y espiritualidad asociados a las interminables llanuras ondulantes del océano, el fragor del arroyo de montaña o la calma zen de un lago en las cumbres suizas (con la sabiduría añadida de recordarnos que el auténtico reto, la prueba "del algodón" es sentir el mismo amor por el entorno mientras caminas por el Everest o lo haces por la bella y familiar montaña de tu pueblo).

Siguiendo a los polinesios, grandes navegantes pero también minuciosos observadores de todo lo que tiene relación con las aguas, de la enorme complejidad que oculta su soberana sencillez, Gooley nos va enfatizando “las singularidades, los signos y los indicios del agua en sí". Nuestro autor empieza por lo más banal, una gota resbalando por el cristal de una ventana o un vaso de agua en tu hogar o el charco que la lluvia ha creado en el borde de un camino (o nos habla del "petricor" ese inconfundible aroma que genera la lluvia al caer sobre el monte o los campos tras una temporada de sequía). Pasar de lo mínimo a lo máximo, del microcosmos escondido en un estanque hasta el macrocosmos del Atlántico y la relación de todo ello con la atmósfera, las nubes, las corrientes de aire, el calor del sol, el frío, la interrelación de todo en Todo y el frágil equilibro de nuestro entorno planetario, tantas veces violado. El mensaje ecológico de este libro no es autoritario y censor, no nos dice lo que "debemos hacer", lo que hacemos mal, toma un camino taoísta y muy inteligente: enseñemos a la gente a amar y respetar la Naturaleza, desde niños: no tardaremos en empezar a cuidar de ella de forma general e indiscriminada.  Este hombre, que ha cruzado dos veces el Atlántico, una vez en avioneta y otra en barco, está familiarizado con la presencia del riesgo y la muerte y los integra en sus actividades con la misma naturalidad con la que busca "pistas, señales y patrones físicos" en cualquier superficie de agua, quizá para gozar de la habilidad del "isharat" con la que los antiguos marinos árabes designaban el área de conocimientos que permite leer las señales físicas en el agua y que Gooley comparte con el lector en su libro.

FICHA

CÓMO LEER EL AGUA.- Tristan Gooley.-trad. Víctor Ruíz.- Ed. Ático de los libros.-2018. 424 págs.

 

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16 febrero 2022 3 16 /02 /febrero /2022 17:36

El autor de este libro, Máximo Gatta, es un bibliotecario profesional y erudito experto en  bibliofilia (como no es de extrañar) y sobre todo lector apasionado, colaborador en las principales revistas de Europa dedicadas a los libros y es director editorial de una firma dedicada a bibliografía, además de autor de artículos y libros sobre temas relacionados con los libros.

Durante la apasionante lectura de este pequeño libro de algo más de 150 páginas, más de la mitad ocupada por una bibliografía amplísima, estudios, novelas, relatos y análisis; artículos y números monográficos; catálogos. páginas web, y notas, amén de un prólogo de Luigi Mascheroni y un epílogo del ubicuo y ameno José Luis Melero, uno siente vibrar la fraternidad que une a todos los amantes de los libros. Y la simpatía -y el dolor- que provoca tratar de poner un cierto orden en los libros que uno tiene, que van generándose a mayor velocidad que la que usan en asentarse en su lugar. Es como una corriente viva, irregular pero constante, que va superando todos los órdenes y clasificaciones que tratamos de imponerle. Como dice Roberto Calasso, fundador de la editorial Adelphi y un notable autor de libros semejantes a éste, "el orden total es imposible, simplemente porque existe la entropía...pero como sin orden no se puede vivir, con los libros, como con todo lo demás, es preciso encontrar una vía intermedia". 

El recorrido por la bibliomanía y la bibliofilia a través de  autores conocidos desde Borges a Montaigne es uno de los placeres añadidos de esta lectura tan cercana a mi sensibilidad y a mis "problemas" con mi biblioteca. Como T.S. Eliot, uno de mis poetas preferidos,  a pesar de mis esfuerzos los libros se me escapan, huyen, se esconden y como él digo "tengo un cúmulo de libros tan variados, tan recalcitrantes a cualquier interno de orden, que cuando quiero consultar uno que sé que tengo, no consigo encontrarlo y me veo obligado a volverlo a comprar o a buscar en una biblioteca profesional". Aunque duplico con holgura los 10.000 libros de los que habla Mascheroni como la cifra "significativa" , no comparto la opinión despreciativa de ese autor cuando añade "por debajo de ese número no tiene sentido hablar de ordenar la propia biblioteca, es mejor dedicarse a la filatelia que ocupa menos espacio".  Bueno, mis libros, repartidos en tres casas, deben estar en torno a los 21.000, tirando a más y a pesar de mi duro trabajo ordenancista, ellos siguen una misteriosa dinámica propia que va superando todos mis intentos de orden. 

Pero eso provoca, como dice nuestro autor, un nuevo y renovado placer : el del reencuentro. De pronto, de una forma casual o mejor por sincronicidad junguiana, aparece el volumen que dias antes habíamos estado buscando desesperadamente. Es como el encuentro con el hijo pródigo. Uno tiene ganas de sacrificar un cordero para celebrarlo al estilo bíblico. En fin, el libro de Mássimo Gatta es una gozada que recomiendo a todos los "bilbiomaníacos" que me están leyendo.

Pertenezco al mismo mundo insomne de amantes de los libros que cita Massimo, desde gramáticos como Zenódoto de Éfeso: bibliotecarios como Gabriel Naudé; historiadores como Luciano Canfora; escritores como Jorge Luis Borges; editores como Roberto Calasso; y hasta diseñadores de moda como Karl Lagerfeld, a lo largo de la historia se han preguntado si es más adecuado el orden  o la desorganización igualmente ideal, de la propia biblioteca. Muchos nos hemos rendido al ‘horror vacui’, acaparando libros con poco control y amando ese desorden incontrolado  en la que a los libros les encanta jugar,como si se burlaran de su dueño para no ser encontrados, o serlo cuando ya no los necesitamos.  Es una lucha permanente y apasionante que sin duda perderemos pero a la que hay que prestarse, porque un orden, siquiera sea relativo,  debe obtenerse, simplemente para hacer viable la biblioteca y cumplir su misión: la de la lectura, el comentario o la escritura sobre ella, que es lo que promueve el libro.

FICHA

EL DESORDEN DE LOS LIBROS.- Massimo Gatta.- Trad. Amelia Pérez de Villar. Ed Fórcola.- 174 págs.

 

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