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17 noviembre 2018 6 17 /11 /noviembre /2018 12:00

El maléfico rumor está emparentado con la "posverdad", es decir la mentira elevada a verdad por aquello de que una falsedad divulgada por cien  personas  en un día, se agota pronto, pero una divulgada y leida por miles o millones de personas  durante dos semanas, se convierte en  una verdad que no necesita pruebas (véanse los trabajos de ciertos medios de comunicación y  vividores de la política  -que no políticos, en el sentido noble y aristotélico de la palabra- en la llamada "cuestión catalana").  El soberbio Shakespeare cuya lucidez humanística parece ganar solidez con los siglos, dice esto sobre el rumor en "Enrique IV":  "...es una flauta donde soplan los recelos, las sospechas, las conjeturas, y tan sencilla y fácil de tocar para ese monstruo...de cabezas innúmeras, la multitud, eternamente discordante y bullidora, puede hacerla resonar...y las lenguas del rumor llevan consigo los dulces consuelos de las mentiras, peores que las verdaderas desgracias". Por favor, apliquemos un poco de honestidad, lucidez y sentido común al casi desconocido arte de negociar en política. No alimentemos la decadencia ética de este triste y desorientado país que va careciendo cada vez más de conciencia cívica. 

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15 noviembre 2018 4 15 /11 /noviembre /2018 09:29

Hay algunos libros en los que la relación entre  la calidad del texto y el tamaño del libro, número de páginas o volumen son inversamente proporcionales. Es el caso de este mini ensayo, "El vicio de  la lectura" que casi parece un artículo largo.  Fue escrito por la norteamericana Edith Wharton premio Pullitzer y primera mujer doctor honoris causa en Harvard, a la que conocía exclusivamente como novelista, francamente buena aunque por razones inexplicables de escaso éxito actual (vivió a caballo entre los siglos XIX y XX) a pesar de un estilo depurado, muy superior a los que hoy abundan incluso  entre los mejores del ramo y una inteligencia y agudeza que me recuerdan a la de la malograda Iris Murdoch.

La entonces atrevida hipótesis de trabajo de la Wharton (lo publicó en 1903) era que la amplia socialización educativa, la difusión de la cultura y el acceso de las masas a los libros y las bibliotecas, inmediatamente considerada como un instrumento de mejora social y laboral, por tanto económica, había fomentado la  creación y propagación de un nuevo vicio: el de la lectura. Con ese germen tan activo no tardaría en aparecer la enfermedad correspondiente y lógica epidemia: los lectores de textos-basura, los calificados como "lectores mecánicos" (porque leen "mecánicamente"). Eso provocó un enorme aumento de publicación de libros y consecuentemente un aumento brutal de la literatura basura y del lector consumidor de esos bodrios. Los cuales, debido de su ingente número se convirtió en un peligro evidente para la buena literatura. ¿Qué escritor, por bueno que sea, no prefiere publicar un libro mediocre o medio malo por cientos de miles de ejemplares que uno muy  bueno que compran algunos cientos de lectores desperdigados?

Y como con agudeza (suena a Wilde) nos recuerda la autora, "Ningún vicio es más difícil de  erradicar como aquellos que popularmente se consideran virtudes" Aunque la autora hila más fino y recuerda que los presuntos frutos que teóricamente produce la lectura en las personas, su vida y sus obras, no dependen de la lectura en sí, sino de la clase de libro y autores que lees, como tampoco depende de la cantidad sino de la calidad y aún más, no de lo grande que sea tu biblioteca personal sino del número de libros que lees realmente (seguramente la Wharton esto no llegó a conocerlo, pero recuerden ustedes aquellas editoriales que vendían colecciones enteras para la decoración "de estatus" de algunas casas de la clase media y media-alta. Cito: La providencia nos proporciona innumerables autores cuya misión obvia consiste en proteger a la literatura de los estragos de los tontos. El lector mecánico se convierte en un peligro para las letras sólo cuando osa pastar en prados que no son los que le están predestinados.

El análisis del tema se completa con marcar las diferencias notables entre el lector "mecánico" y el lector nato, la compulsividad agresiva de aquél frente a la naturalidad de éste que, en última instancia, suele establecer una suerte de "diálogo" con el autor y de ese diálogo, en el mejor de los casos, sale un enriquecimiento personal. 

El que esos lectores no natos, se pasen al "lado serio" de la literatura (generalmente por esnobismo), preocupa a la autora porque, con la osadía de la ignorancia, pueden llegar a dañarla al opinar sobre ella, dada la democratización de la opinión pública que da oídos a todo el mundo. Y con cierto elitismo escribe: "Es probable que si sólo leyeran los que saben leer, sólo producirían libros los que saben escribir". 

En estos tiempos, la obrita de Wharton queda ya en líneas generales algo obsoleta, los problemas son otros. Pero aún es apreciable la finura en el análisis de los tipos de lectores y sus motivaciones. Aunque fuese solo por eso, resulta un placer útil leerla. 

FICHA

EL VICIO DE LA LECTURA.- Editorial José J. de Olañeta. Traducción de Abel Vidal. Encuadernado en rústica con solapas, tiene 48 páginas.

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13 noviembre 2018 2 13 /11 /noviembre /2018 09:12

Encontré el libro de Alain "Sobre la felicidad" (Alianza de bolsillo) el día que cumplí 20 años, paseando por la librería del Drugstore del Paseo de Gracia. Estuve toda la noche leyéndolo y por la mañana, medio dormido, asistí en la Facultad a la clase de Filosofía del Derecho y escuché a don Enrique Luño Peña, el cátedro, citando a Lucrecio, "De rerum natura", Platón, Hobbes y Hegel, pero, de pasada, mencionó a un  filósofo francés de segunda fila, Alain, al que definió como un "maestro del sentido común" que, como todo el mundo sabe desde que lo dijo Jaime Balmes, es el menos común de los sentidos.  En aquella época no había oído hablar de la "sincronicidad" de Jung, así que me pareció una curiosa y prometedora coincidencia. Alain escribía ensayos diminutos, de una  o dos páginas sobre todo tipo de temas y era adorado por los universitarios franceses que no paraban de romperse las narices mutuamente a causa de Sartre y Camus, mientras las cosas se iban poniendo tan feas en Francia que propiciaría el estallido de mayo del 68.

Alain, pseudónimo de Emile-Auguste Chartier se llevó la peor parte del siglo XX,  murió en 1951, con 83 años., periodista, profesor, pacifista, tras una labor docente muy destacada en la que enseñó a alumnos que luego serían más conocidos que él (Raymond Aron y Simone Weil entre otros), qué es el pensar y cómo se practica, más que la historia de la filosofía y los sistemas de los grandes del pensamiento. Y les sugirió que ningún motivo más adecuado para ejercitar su pensamiento que tratar de estar satisfechos con lo que hacen, piensan y dicen y sobre todo con lo que acaece y les preocupa: si tiene solución, para qué preocuparse, piensa en encontrarla. Y si no tiene solución, para qué preocuparse, piensa en protegerte y buscar el mal menor. Para Alain los problemas tienen dos asas por donde agarrarlos, es insensato hacerlo por el asa que te hace daño. Y aconsejaba con una sonrisa de complicidad: "observad que en la vida los cambios no tienen fin. Algunas veces para mal. Eso no debe entristeceros, pues la tristeza engendra tristeza, la tensión y el rechazo agravan los males: si os quejáis del destino aniquiláis la esperanza de mejora espontánea y además acabáis con dolor de estómago o de cabeza. Hay que ser bueno y paciente con uno mismo ya que a menudo el curso de las cosas depende de la primera actitud que adoptáis."

Alain era una especie de Epicteto injertado en Epicuro y hermanado con Sócrates y Pirrón. Para mi fue un maestro y una inspiración. 

 

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12 noviembre 2018 1 12 /11 /noviembre /2018 10:31

Peter Wohlleben ha escrito un libro con un título poco afortunado es español. Tiene mucha más categoría que un simple manual de "¿Cómo caminar por los bosques sin meter la pata y pasándolo bien?" (a pesar de que hay consejos y observaciones que son bastante localistas  y suelen circunscribirse al entorno geográfico donde este guardia forestal alemán ejerce su oficio) y se trasluce en el texto un amor profundo por el medio natural y unos conocimientos igualmente profundos sobre los árboles, los riachuelos, el monte, ese mundo  esencial al que deberíamos volver con la suficiente periodicidad como para curarnos de los abundantes males que nuestra civilización tecnocrática  nos inocula en nuestros organismos. 

En los bosques prevalece una vida compleja y variada de la que apenas tenemos noticia por mucho que acostumbremos a pasearnos por ellos. Desde que existe una suerte de "comunicación" entre los árboles, de señales que convenientemente interpretadas nos hablan de las carencias y  necesidades de árboles en concreto, de pruebas evidentes de que los árboles se ayudan entre  sí en caso de necesidad. Todo ello fue objeto del primer libro (La vida secreta de los árboles) de este biólogo que hizo renacer esa técnica, ahora de moda nuevamente, de aumentar y apreciar las virtudes "curativas" que la cercanía y convivencia con los árboles ofrece  a los seres humano. En "El bosque. Instrucciones de uso", Peter nos acompaña a un virtual pasea por los bosques y nos susurra todos esos secretos detalles que nos enriquecen y dan un sentido profundamente holístico, muy gratificante, a nuestras relaciones con el medio ambiente natural. Desde principios básicos de orientación "natural" (que suelen ser bastante conocidos por montañeros y senderistas) hasta distinguir tipos y clases de árboles, arbustos, matorrales, flores y animales habituales en los  bosques europeos (a través de las huellas y residuos que van dejando) buscar las madrigueras y saber  las horas más convenientes o la manera de colocarnos para no alarmarlos y poder disfrutar de su estimulante presencia.

El lector acaba contagiándose del espíritu naturalista de Peter y va recibiendo información variada y bastante original de las distintas especies de árboles (por ejemplo el futuro problemático de fresnos y olmos debido al fenómeno humano de la globalización: un hongo procedente de Asia está arruinando colonias enteras de fresnos y olmos en Europa).. También nos aconseja cómo vestir y calzar según la época del año en que estemos (incluso nos habla de cómo llevar a pasear a los niños por el bosque. Unos párrafos curiosos son los que dedica a una especie de "chicle" de resina que producen ciertas coníferas).

Sorprende la problemática de la tala de bosques, de la industria maderera o de la venta al por menor de leña y los trucos y estafas mas o menos legales que se cometen en el peso y  en la calidad de la madera (que debe esperar dos años después de cortada para que sea apta para la chimenea).

En fin, un libro que nos da una información que enriquece sin duda el placer valioso que uno recibe al pasear por los bosques.

FICHA

EL BOSQUE, INSTRUCCIONES DE USO.- Peter Wohlleben. Trad. Sergio Pawlowsky.- Ed Obelisco.-201 págs. 12 EUROS.-ISBN 97884911138336

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10 noviembre 2018 6 10 /11 /noviembre /2018 08:05

Michel Onfray habla en "La escultura de sí" de ciertos principios de comportamiento que ya analizaban Diógenes, Epicuro, Marco Aurelio, Pirrón o Epicteto. Prescindiendo de los elementos desgranados por este combativo filósofo francés, quiero centrarme en una reflexión sobre un "territorio ético totalmente al margen de la supuestas virtudes cristianas de la renuncia y el sacrificio" que en ese texto se hace referido al sujeto pensante.  Yo quiero adentrarme en el reflejo especular del "otro". Un otro que hace suyos los principios y prácticas autoaplicadas para esa "escultura de sí" pero las enfoca, de una forma altruista y desinteresada en otra persona. Es decir aquellas personas  escasas -aunque seguramente todos habremos conocido una o dos en el curso de nuestra vida- que dedican una gran parte de su energía personal en cuidar a otras personas, cercanas o no  a ellas mismas. Cuidar en el sentido amplio de "cura" de cuerpo y alma. Y no hablo de cuidadores por "obligación", ya sean a sueldo -alguno también hay de esa clase especial- ni  de los que se sienten constreñidos por razones legales, profesionales, de parentesco, de religión (obsérvese que no hablo de ética), de costumbre, de herencia familiar, de patología compensatoria, sino de personas que hacen ofrenda de sus cuidados, ocasionales o continuos, sin esperar recompensa, agradecimiento ni reconocimiento  alguno. Son personas de gran energía interior que la encauzan hacia una vía altruista y generosa. He comprobado empíricamente que toda esa energía empleada les alimenta a ellos mismos, más tarde o más temprano, en forma de  una gratificación raramente visible y no mensurable. Un observador paciente y atento -si tiene la fortuna de asistir al trabajo de uno de esos cuidadores durante el tiempo suficiente (a veces es la esposa o marido de alguien, una hermana/o, una vecina/o o una amiga/o, incluso un simple conocido/a ocasional) comprueba cómo esa persona  de la que "emana" esa facultad de saber cuidar a otro, va acumulando en sí misma --como si los recibiera "en reciprocidad"-- los efectos salutíferos y psicosomáticos  del ejercicio de la "vida buena" de la que hablaban los filósofos antiguos citados: equilibrio psicológico, bienestar, sensación de alegría, vigor y energía. He estado buscando las razones científicas que podrían "demostrar" esa interacción entre la acción gratuita y bondadosa y los beneficios personales que recibe el sujeto de la acción, sin buscarlos, ni desearlos. La única condición "sine qua non" para que ese "trasvase" se produzca es que sea un acción espontáneamente generosa y altruista. Ya he renunciado a esa indagación escéptica de las posibles causas del fenómeno. Acepto lo que he visto como admito aquellos fenómenos de la física cuántica que hasta hace poco tiempo eran considerados terreno de la magia, la fantaciencia o la espiritualidad.

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8 noviembre 2018 4 08 /11 /noviembre /2018 12:34

No es un poeta, ni un profeta;no es un científico ni un narrador de ciencia ficción. Es una naturalista activo, es decir un hijo de los bosques, las montañas y los lagos. Es un caminante incansable, un observador atento y un pensador clarividente. Se llama John Burroughs (EE.UU. (1837-1921),  y los párrafos que hoy les ofrezco como reflexión fueron escritos poco después de la I GM, en un breve periodo de ensueño y utopía, en el que su voz sonaba demasiado alarmante. 

"...uno no puede sino imaginarse la Tierra en el curso de unos pocos siglos más (sic) como una naranja exprimida. Nuestra civilización es tremendamente costosa en relación con todos sus recursos naturales; cien años de vida moderna agotan sus reservas más que un milenio de vida en la antigüedad. El carbón y el petróleo estarán prácticamente consumidos en breve; toda la riqueza mineral, gravemente mermada; la fertilidad del suelo habrá sido arrastrada al mar por el drenaje de las ciudades; los animales salvajes estarán casi extintos; los grandes bosques primitivos desaparecidos...¡qué cerca de la quiebra estará el planeta".

El autor cree en los ciclos de creación, destrucción y recreación. Por tanto no parecía excesivamente alarmado por su propio vaticinio. Pero hay una "pequeña" diferencia: nadie de su época se esperaba la eclosión de un ritmo de cambio técnico y su correspondiente sesgo destructivo tan brutalmente rápido, intenso y global. Pensemos que ya estamos muy cerca de vivir en esa "naranja exprimida" que nos vaticinó hace cien años. Por cierto habrá que renovar el "contenido" filosófico del verbo "vivir" y comenzar a acuñar el de "sobrevivir".

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6 noviembre 2018 2 06 /11 /noviembre /2018 08:57

Leer al sinólogo francés François Jullien es una aventura intelectual dinamizadora. Su "Filosofía del vivir" ha sido en muchos  momentos no sólo un placer sino un desafío. Un poco menos oscuro que Giorgio Colli y un poco menos claro y diáfano que Pierre Hadot, por citar a  dos filósofos que coinciden en el amor. el respeto y la erudición en la filosofía clásica, Jullien presenta la interesante característica supletoria de su formación profunda en la filosofía china, sus conceptos y sus principios, desde el taoísmo al confucianismo pasando por Mencio y los budistas.

Vivir en el presente, en el "entre" que se origina entre dos sucesos consecutivos, negándonos a evitar la demora precisa para que el pensamiento compulse la situación y la elección de lo más correcto para uno (o simplemente asentarse en la epoché, la suspensión de juicio de los escépticos y dejar que la situación pase por sí misma) habitando ese espacio que se origina entre la vida y el pensamiento, ya que "todo comienza en el presente y en él termina", ese hacerse cargo de la presencia propia, forma parte del mensaje que encierra el libro de Jullien, en el que no se toma partido, se detiene uno o se da un paso atrás y luego contempla lo que ocurre. 

Jullien nos lleva por un recorrido en el que se opera una curiosa implicación  entre la filosofía griega y la sabiduría china sin desdeñar referencias a Nietzsche o Heidegger, Hegel y Husserl, hasta Proust (con el que comienza y acaba el libro), Agustin de Hipona o Montaigne como un caso especial de filósofo-puente entre las dos maneras de enfocar el pensamiento y la vida o más exactamente de reivindicar un arte de vivir basado en la filosofía.

Y es que la vida lo es todo, es el principio y el final del ser, en un rechazo total , al estilo de Nietzsche,  de la tendencia clásica a objetivar la vida a favor del pensamiento, superando también a Hegel con su "pensar la pura vida "pero subordinándola  a un Saber absoluto.  Jullien insiste en la superación de los opuestos a través de un saber vivir en el "entre", en una dialéctica donde los términos dialogan con sus opuestos, una oscilación que ya apuntaba en su obra "El sabio no tiene ideas", una postura ecléctica y serena que surge del pensamiento chino clásico. Y como dicen los maestros taoístas cuando uno de ve obligado por la circunstancia a elegir entre dos opciones, lo hace pero deja el espacio a la otra, tiene en cuenta su presencia, es dúctil, sensible, se acomoda, fluye, sin decantarse totalmente por y en nada. No hay completud monolítica y rígida, sino una incompletud dinámica y fluyente como lo es la existencia.

Y cito: "para  que el presente eclosione  hay que permitir a esa presencia tener lugar, dejar que se produzca un despertar...de hecho el presente será esa decisión, en virtud de la cual no desvío nada, no aplazo, sino que acepto esa abertura que se ha producido, y me atengo al carácter singular del momento, sin que ello suponga nada misterioso, mágico o trascendente".  Uno accede al presente y " permite la embriaguez del instante". Ya que el presente solo existe si asumimos lo que ocurre o, en el lado contrario, permitir la demora, dejar madurar las cosas, desarrollarse un proceso cuyo control que está fuera de nuestro alcance  y al tiempo, sin dejar de estar presente, inmerso en el continuum de la vida , un  movimiento fluctuante sin una finalidad determinada.

Una manera de vivir que busca la realización del sí mismo pero con una explícita renuncia a finalidades concretas, objetivos de conocimiento, que son espejismos del ego. Aunque el conocimiento deja de ser un fin en sí mismo y se enroca en una connivencia con el saber vital "tácito, no demasiado reflexivo ni explicable", una forma de saber armónica con el vivir, holística, la "cara oculta del conocimiento objetivo y digitalizado". 

FILOSOFÍA DEL VIVIR.-François Jullien.-Trad Elisenda Julibert.- ED. Octaedro. 188 páginas.-18 euros. ISBN 9788499212449

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5 noviembre 2018 1 05 /11 /noviembre /2018 10:16

Los clásicos, ¡ay!, tan depauperados y olvidados los pobres por la cultura tecnocrática de este siglo, nos ofrecen a menudo descripciones y diagnósticos político-sociales de su época (siglos antes de Cristo) que presentan una sospechosa y alarmante semejanza con nuestro día a día. El historiador Tucídides, ateniense del año 460 aC, nos cuenta las causas que provocaron la caída del poder de su ciudad-Estado y aparte de las puramente bélicas, políticas y económicas, pone el acento en la situación social que propició el desastre: "...el engaño era elogiado como astucia, la imprudencia como valor, la lealtad, la generosidad y la moderación fueron escarnecidas como muestras de flaqueza. Esa buena voluntad que es el principal  elemento de una naturaleza noble fue ridiculizada y desapareció. Y cada quien desconfiaba de todos los demás...".  Enciendan la televisión, vean los programas de debates y chismorreos, oigan las emisoras de radio más combativas o lean los periódicos. O abran los ojos, simplemente y agucen los oídos en sus entornos. ¿No les parece que seguimos, más o menos, en lo mismo? La ética, sin duda, es un lujo que no nos podemos permitir. Y así nos va.

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3 noviembre 2018 6 03 /11 /noviembre /2018 13:26

No viene mal conocer los entresijos de nuestras decisiones más cotidianas y en apariencia banales o poco significativas. El mecanismo neuronal subyacente es el mismo que  cuando escogemos a una mujer como pareja, un trabajo determinado, una carrera para estudiar o seguir una determinada ideología o creencia ¿Qué hay detrás de la toma de decisiones? La biotecnología avanzada ha expulsado a ese duende misterioso que denominábamos "libre albedrío" o suerte o apoyo de los dioses. En esa maravilla del universo que se llama cerebro humano las cosas funcionan de una manera distinta: miles de millones de neuronas se ponen en marcha de manera unificada para hacer cálculos de probabilidades con los datos que poseemos y a veces no sabemos que poseemos. Entonces a veces nos viene  la inspiración, algo a lo que llamamos "intuición": en realidad ese ejército disciplinado de neuronas ha realizado un reconocimiento de patrones previos que la existencia particular y los legados de la genética y el género animal al que pertenecemos tiene convenientemente almacenados. Muchas veces lo que "nos dice" la mente no es lo  correcto, como comprobamos más adelante, porque los algoritmos bioquímicos del cerebro están sujetos al consabido ensayo-error,  debido a condicionantes y circuitos genéticos inscritos en la historia biológica de la especie, que resultan obsoletos e inapropiados para el momento y la circunstancia. Cuando escogemos una vía de acción, el cerebro "lo sabe" fracciones de segundo antes que nuestra mente y voluntad. Está comprobado empíricamente con instrumentos de laboratorio. Por tanto ¿decidimos realmente lo que queremos hacer?

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2 noviembre 2018 5 02 /11 /noviembre /2018 10:13

El israelí Yuval Noah Harari, que acaba de cumplir cuarenta años, tiene la  loable ambición de mostrarnos en tres libros el nacimiento, desarrollo, auge y supuestamente declive y deterioro progresivo y cuasi apocalíptico de ese género o especie animal absurda, destructiva, genial, desdichada, patética aunque poética, ridícula y tan cruel como enternecedora que conforma al ser humano, el espécimen más letal de este planeta  tan hermoso como destruido y esquilmado que llamamos Tierra.

Con "Sapiens. De animales a dioses" (2014) o "Homo deus. Breve historia del mañana" (2016) a "21 lecciones para el siglo XXI" (2108) Yuval no sólo ha conseguido hacerse razonablemente rico y ser bastante conocido en los medios informativos y académicos de todo el mundo occidental y tolerablemente  aceptado -con una sonrisa escéptica y algo irritada que se reserva a los "chicos traviesos"- por el estamento científico, sino que está conmoviendo y alertando conciencias por todo el mundo lector que se lee sus entretenidos mamotretos de centenares de páginas.

En un  principio este artículo iba a tratar sobre el último libro de Noha, confrontado   con el de Steven Pinker, "En defensa de la ilustración". Dos libros recién editados. Best sellers por una vez justificadísimos. Los dos nos hablan del mundo que tenemos y por lógica empírica del que nos viene ya. Pero YA. En realidad vivimos en este mismo momento bajo sus parámetros  tecnológicos, sociales, económicos, políticos y amorales. Ya han desaparecido, obsoletas, costumbres consolidadas durante siglos (algunas detestables sin  duda) y desde la cuna a la tumba se va diseñando un ser humano sutilmente diferente, distinto, extraño, que se amolda o trata de hacerlo a cambios que les afectan desde la familia a las relaciones sentimentales, las emociones o las formas de ganarnos la vida, divertirnos, pelearnos o situarnos frente  al futuro. La historia no ha muerto, como aventuró Fukuyama, ha  perdido su sentido.

Dado el interés y la envergadura de estos libros, he decidido optar por una  solución salomónica. Le dedicaré un artículo a cada uno de ellos por separado. Dado que mi conclusión, absolutamente personal y por tanto no solo discutible sino rechazable, es que la gente de las generaciones próximas a la mía, por delante y por detrás, seguramente apoyarán la broma imposible y marxista (sector Groucho) de que paren el mundo para "bajarse en la próxima" y seguir que todo siga su curso hacia la entropía, he preferido aligerar tal visión oscura con un próximo artículo en que hablaré del discutible pero razonable optimismo de Pinker. Y todo eso no por una visión apocalíptica sino filosófica: los que soñamos en la "vida buena" de epicúreos y estoicos, estamos fuera de lugar. Pero ustedes, la gente joven del siglo XXI serán los pioneros de un mundo nuevo, quizá mejor-es mi deseo más ferviente: tengo nietos- que el resto de la bastante lamentable historia anterior. Y ese es el otro aspecto de la cuestión. Más bien la cara oscura de la Luna. La posibilidad, no probable pero tampoco imposible, de que la vida y el ser humano tomen un sesgo inesperado que evite el apocalipsis que la lógica de la historia nos propone. La dialéctica está servida.

Yuval Hoha forma parte de una especie intelectual casi extinta que es la de los "ilustrados radicales", ya que no sólo defiende de los valores de la Ilustración que Kant en 1784 definía como "los principios básicos de la razón, la ciencia, el humanismo (y la libertad) y el progreso que harán salir a la humanidad de su autoculpable inmadurez", sino que a diferencia de grandes ilustrados como Locke, Voltaire o el mismo Kant, defiende esos valores hasta sus últimas manifestaciones, ya sea la homosexualidad, el catolicismo, el islamismo, los ateos y la libertad de conciencia. Más cercano a Spinoza que a esos otros y judío como él no muy aceptable por su comunidad debido a sus opiniones, nuestro autor nos ofrece la cara y la cruz del ser humano en tres tiempos, su pasado de primate dotado de la "chispa" divina enredada en sus neuronas, un posible, quizá probable, futuro en el que la chispa es tecnológica y las neuronas chips y seremos cualquier cosa impensable entre la IA y la Scf y un "presente" que si la neurofilosofía y la física cuánticas no nos engañan es una entelequia temporal, algo que ya no existe proyectándose en una existencia en movimiento permanente cuyo destino inescrutable va adaptándose como puede a un progreso que posee su propia dinámica incontrolable (aunque los ilusos mortales piensen que saben lo que hacen y hacia dónde van). 

Harari nos dice al principio de su obra:"En esta obra mi plan es global. Observo las principales fuerzas  que modelan las sociedades del mundo y que es probable que influyan en nuestro planeta como un todo. El cambio climático quizá esté muy lejos de las preocupaciones de la gente que se encuentra en una emergencia de vida o muerte, pero puede que al final haga que los suburbios de Bombay sean inhabitables, que envíe nuevas y enormes oleadas de refugiados a través del Mediterráneo y que conduzca a una crisis global de la atención sanitaria”. Y de inmediato nos pregunta: "Qué implica el ascenso de Donald Trump? ¿Qué podemos hacer con la epidemia de noticias falsas? ¿Ha vuelto Dios? ¿Se aproxima una nueva Guerra Mundial?¿Qué civilización domina el  mundo, Occidente China o Japón, el Islam?¿Porqué está en crisis la democracia liberal? ¿Tendría que Europa abrir las puertas a los inmigrantes?¿Puede el liberalismo resolver los problemas de la desigualdad y el cambio climático?¿Qué debemos hacer con respecto al terrorismo?...

Más adelante asegura: "En su forma actual la democracia no sobrevivirá a la fusión de la  biotecnología y la infotecnología. O bien se reinventa a sí misma de una forma radicalmente nueva o bien los humanos acabarán viviendo esclavizados por dictaduras digitales." Y no hay ni ideologías, ni mentes, ni  mucho menos pueblos "elegidos" que puedan dar soluciones a estos problemas. Ni siquiera el suyo, del que puntualiza (un capítulo lúcido, el 12, que disgustará a Jerusalén:  el judaísmo “desempeñó sólo un papel modesto en los anales de nuestra especie” y realza su carácter esencialmente tribal en comparación a las religiones mundiales: islamismo, budismo, cristianismo. Aunque no ignora los indudables logros culturales y científicos de su mismo grupo etno-religioso (los judíos son el 0,2% de la población mundial, pero más del 25% de los premios Nobel de Física, Fisiología o Medicina), los atribuye a individuos concretos, no al “judaísmo” como tradición cultural suprema.

El libro es un canto al laicismo y al humanismo secular. Hasta los respetados principios de la Ilustración libertad, justicia e igualdad, podrían resultar anticuados en un mundo en el que “las biotecnologías podrían cambiar la naturaleza misma del género humano, y por tanto están mezcladas con las creencias éticas y religiosas más profundas de las personas…aunque lográramos evitar la guerra nuclear y el desastre ecológico, la gente tiene opiniones muy diferentes acerca del uso de la biogenética (o una ignorancia casi total la mayoría) y la IA para mejorar a los seres humanos o crear nuevas formas de vida. Si la humanidad no consigue concebir e impartir globalmente reglas éticas generales, aceptadas, supervisadas y controladas, se abrirá la veda a los presuntos doctores Frankenstein que crea el poder de las nuevas técnicas biológicas”. (Pág 144)

Como alivio a este anorama citaré una opinión menos radical, la del editor de la revista MIT Technology Review, “Estamos muy lejos del momento en que una inteligencia artificial sea capaz de entender el mundo sin una base previa de datos”.  Aunque como remata Noah "El peligro es que si invertimos demasiado en desarrollar la IA y demasiado poco en desarrollar y promover la conciencia humana, la sofisticada inteligencia de los ordenadores solo servirá para fortalecer la estupidez natural de los humanos".

Y ahí el autor hurga en la llaga: "“La estupidez humana es una de las fuerzas más importantes de la historia, pero a veces tendemos a pasarla por alto…políticos, generales y eruditos ven el mundo como una gran partida de ajedrez, en la que cada movimiento obedece a meticulosos cálculos racionales. Podría ser así…hasta cierto punto. Pocos dirigentes en la historia se han vuelto locos y se han   puesto a mover piezas aleatoriamente (aunque los ha habido). La mayoría creen tener razones lógicas para mover sus piezas en un momento dado. El problema es que el mundo es mucho más complejo que un tablero de ajedrez y la racionalidad humana no llega a entender bien esas diferencias, ni las complejas variables que no obedecen reglas de juego. De ahí que incluso líderes racionales y lógicos acaben haciendo cosas muy estúpidas y dañinas. No hay dios ni ley de la naturaleza que nos proteja de la estupidez humana” “ pag. 202

Me ha gustado su defensa de la UE como experimento orientado a una sociedad global basada en la democracia, los mercados libres, la paz y los derechos humanos que podría compensarse, con un " Un "patriotismo benigno”, pero lejos del aislacionismo nacionalista, podría ser al menos una etapa intermedia antes de alcanzar soluciones verdaderamente globales. Aunque Harari teme que lo que llama “disrupción tecnológica”, vinculada a los hallazgos de la neurociencia y la revolución de la tecnología informacional, esté desfondando nuestros amados principios  sobre la libre elección de los votantes (incluso sobre el libre albedrío), y sobre la eficacia del gobierno ilustrado. "“La fusión de la biotecnología y la infotecnología es una amenaza para la libertad y la igualdad humanas. Cualquier solución al reto tecnológico tiene que pasar por la cooperación global. Pero los nacionalismos, las religiones y las culturas dividen a la humanidad y hacen imposible tal cooperación “(pag. 105)

Por ello el apoyo a una perspectiva laica de la existencia es otro de los logros de este autor: se trata de un ideal, un compromiso global con la Verdad, la Compasión, la Igualdad, la Libertad, el valor para luchar contra la opresión y la tiranía y la responsabilidad humana, de cada uno de nosotros, sobre nuestros actos y nuestro futuro y la capacidad de admitir nuestros errores y puntos ciegos (la “sombra” de nuestra humanidad) y la resolución de enmendarlos sin buscar paranoicamente entes, naciones o personas a las que responsabilizar.

Ya que, nos recuerda, Intentamos negar la complejidad del mundo en que vivimos de varias maneras: minimizar los conflictos reduciéndolos a la lucha entre buenos y malos, centrarse en una historia o relato conmovedora como explicación para juzgar, montar teorías conspiratorias que explican “todo el problema”, un grupo de millonarios de elite, la CIA, los francmasones o los nazis ocultos o los Sabios de Sion y, por fin, crear un dogma y un jefe omnisciente que nos sacará del lío. Ya la tenemos armada.

Para suavizar el mensaje tan duro sobre lo que es nuestros mundo, sugiere una forma distintta de enfocar la educación de nuestros hijos:  “en las escuelas deberían dedicarse a enseñar las cuatro “ces”: pensamiento crítico, comunicación, colaboración y creatividad". Se tendría que dar menos importancia a las habilidades técnicas y hacer hincapié en las habilidades de uso general para la vida, capacidad de gestionar los cambios, de aprender nuevas cosas y de mantener el equilibrio mental un una situación tan continuamente estresante, es decir reinventarnos otra vez como seres humanos, con un sistema de valores básicos y principios éticos. Para tener éxito en esa tarea tan abrumadora deberás volver a aceptar el consejo más antiguo y repetido por los filósofos y la sabiduría: conócete a ti mismo. Y deja de creer en los cuentos que las religiones y los nacionalismos se inventaron y no dejan de repetir. Simplemente recuerda que todo cambia sin cesar, que nada tiene una esencia perdurable y que nada es completamente satisfactorio. Ya en ese camino (un aire fresco a sabiduría budista es expande por las páginas finales del libro) Noah nos sorprende dedicando el capítulo final a la meditación. Una práctica personal para una revolución global. Sin no cambia la persona, el ser humano individual, ninguna revolución  tendrá éxito. Y esto es una verdad universal.

Libro, pues, para leer sin prisas, subrayar y reflexionar detenidamente en algunos parágrafos, aunque otros nos parezcan alarmistas, exagerados o utópicos. Hay mucha verdad y mucho sentido común (e información bastante fidedigna) en estas páginas. No se lo pierdan.

FICHA

21 LECCIONES PARA EL SIGLO XXI.- Yuval Noah Harari.- Trad. Joandomenec Ros.- 399 págs.- Ed. Debate, PVP 21,90 e. 

 

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