PAUL AUSTER: LOS MULTIPLES EGOS DE UN GENIO LITERARIO JUDÍO
Falleció el pasado 1 de mayo a los 77 años, a causa de un cáncer de pulmón, y deja un gran hueco en Europa, donde era uno de los autores norteamericanos más apreciado.
Novelista, guionista, cineasta y ensayista: tímido, obsesivo y melancólico, su mundo se centraba en el vigor extenuante de su imaginativa mente y en su mala salud de hierro.
Ha desaparecido, aniquilado por un cáncer de pulmón, uno de los grandes escritores norteamericanos a caballo entre el siglo XX y el XXI. Y uno de los más apreciados en Europa -creo que más que en el mundo anglosajón- particularmente en España, Francia, Italia y Alemania.
La obra de Auster, comprende, entre otras, desde las primeras que conocí La ciudad de cristal (fue en 1986) y La invención de la soledad, escrita en 1982, bajo el impacto de la muerte de su padre, y publicada en España en 1994, o Tombuctú (1999) donde nos narra la vida de Mr. Bones (señor Huesos), un perro, con su amo, un drogadicto terminal que se cree un santo, hasta la última Baumgartner (2023), (escrita trabajosamente cuando ya estaba enfermo de gravedad y bajo la atroz depresión que provocó la muerte de su hijo por sobredosis de drogas y la accidental de su nieta). Esta obra resulta ser para el lector más atento una interminable, concienzuda, expresiva, patética a veces, pero interesante y a menudo arrebatadora, reflexión sobre sí mismo, su propia historia y su accidentado y prolijo proceso creativo. Como esos otros narcisistas obreros de la pluma (o la máquina de escribir), Hemingway, Faulkner, Updike, John Irving, Saúl Bellow, Don Delillo o Philip Roth (judío como él y tal vez su padre literario)... Paul Auster, dedicó su vida entera a la escritura y no dejó en ningún momento de reflejar esa obsesión en todas y cada una de sus obras. Con una apreciable y sutil diferencia que le une o distingue de algunos de los citados y otros igual de célebres: su procedencia judía. Como su propia esposa, Siri Hustvedt, Auster ha pasado su vida como escritor desnudando su existencia de una forma que no deja de ser un síntoma de modernidad, lo que el psicólogo francés Jacques Lacan llamaba le “extimidad”, concepto contrapuesto al de intimidad, en el que se vela o desvela cuestiones íntimas, haciéndoles perder su carácter social de “secreto” y compartiéndolas de una forma creativa, eliminando todas sus connotaciones morales por el hecho de su aceptación y publicidad. La pareja ha utilizado ese filón biográfico para invocar sus propios fantasmas y crear con ellos una obra de arte que los justifica como escritores.
Eso me ha quedado claro por una coincidencia, Jung las llamaba “sincronicidades”: mi trabajo anterior en esta revista estaba dedicado a Kafka, uno de los literatos judíos que reflejan un judaísmo “a su pesar”, vivido más como una condena o dificultad que como una ventaja, inspiración o ayuda. Como en parte la vive Auster (y no Roth o Bellow, por ejemplo), aunque lejos de Kafka que, también en eso, es único.
Tras la noticia de su muerte, empecé a releer no tanto sus numerosas novelas de supuesta ficción, como sus libros, de supuesto ensayo autobiográfico. Trataba de conocer a este hombre de mi edad y por tanto de parecida peripecia histórica (los enormes cambios y acontecimientos que sembraron –y no siempre de forma positiva- el tiempo que transcurre desde la mitad de siglo XX hasta los infelices 20 del XXI). Volví a leer pues Informe del interior (2013), el primero de esa trilogía personal que encierra reflexiones y vivencias de Auster desde la infancia, un collage de recuerdos de niño, películas adoradas, cartas de y a su primera esposa, la escritora Lydia Davis, y fotografías familiares. Después A salto de mata (1998), sobre su juventud y los años de aprendizaje y la escasez propiciada por el divorcio de sus padres. Y por último, Diario de invierno (2012) donde glosa su próxima vejez: Auster cumplía 65 años; un ejercicio memorialista que va dibujando los surcos que luego han caracterizado sus obras. Su pesar por los que se han ido, achaques del propio cuerpo, melancolía del pasado preciado, tristeza del recuerdo negativo y vigor para seguir en la lucha. Como él mismo dijo: “Es la historia de mi vida contada a través de mi cuerpo”. Y, para terminar la exégesis austeriana, la citada Baumgartner (2023).
El hombre Auster se me escapaba con gran elegancia y efectividad, envuelto en el disfraz de una logorrea literaria vanilocuente. La complejidad de su personalidad y carácter tiene una profundidad –frecuente en algunos judíos, Steiner o Cannetti, por ejemplo- tan enorme que permite en su seno todo tipo de contradicciones y rarezas, sin dejar de tener una intrigante coherencia. Percibí un paralelismo inesperado: Auster manipula sus vivencias y recuerdos – especialmente su origen judío- con la habilidad misteriosa de un Kafka. Como en éste, todo el reflejo de su yo oculto en su obra, la convierte en una emanación de su propia existencia y de su coherencia íntima, siempre presente, siempre en lucha contra sí misma, de una sensibilidad judío -norteamericana muy sabiamente disimulada, quizá de forma inconsciente. Es como Woody Allen, también judío, en su película “Zelig”, cambiando de aspecto como un camaleón, pero siempre fiel a sí mismo. Algún día se debería estudiar la influencia de la ‘judeidad’ en la literatura norteamericana.
¿Qué es lo que compartimos con Paul Auster? Pues aquello que saboreamos en sus novelas, el misterio del azar en la vida; el enigma cotidiano que, de pronto, se revela en un gesto, un evento inesperado; una complicidad equívoca; el caos que inopinadamente se apodera de tus neuronas y produce un cortocircuito que te revela la presencia inefable de una flor, un sonido insospechado de una melodía cien veces oída o esa frase leída en La invención de la soledad, (1982)“si buscas la verdad, prepárate para lo inesperado, pues es difícil de encontrar y sorprendente cuando la encuentras”. Claro que no es de Auster, sino de Heráclito “el oscuro” que floreció allá por el año 500 AC. El mismo que escribió “La vida es un niño que juega y mueve las piezas sobre el tablero”. Un incesante fluir y transformarse de las cosas. Con estas dos frases de un filósofo presocrático, tan asocial como estimulante, se podría definir el estilo novelesco de Auster, con sus efectos hipnótico y adictivo. Heráclito resumía su doctrina en una frase “Panta rei”: “todo fluye, todo cambia”. Es decir es imposible bañarse dos veces en el mismo río. Y eso ocurre con la lecturas de las obras de Auster: todas y cada una son distintas entre sí, pero nadie que las lea piensa que se ha equivocado de autor, reconoce el estilo nervioso, la impertinencia, la gozosa libertad de un creador que hace lo que le da la gana sin dejar de ser nunca él mismo. Los elementos autobiográficos forman parte del cañamazo de su obra. En la obra citada, Auster se monta su particular “Carta al padre”, nos habla de sus estudios, se libra de ir a Vietnam, viaja por Europa, y al fin hereda un poco de dinero de su padre y se dedica a escribir con una dedicación que Kafka le hubiera envidiado. La invención de la soledad está formada por dos partes: Retrato del hombre invisible (donde escribe sobre la influencia del asesinato de su abuelo a manos de su abuela y la influencia de ese crimen en su padre) y El libro de la memoria que narra la estancia en Paris de un joven Auster, que nos muestra las infinitas posibilidades de un espacio tan limitado como el que dispone en el lugar donde vive. Es un libro que, como casi todos los suyos, rezuma amor al oficio de escribir.
La Trilogía de Nueva York (1985) le catapulta a un prestigio merecidísimo: La ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada, son tan creativas que pulen su imagen literaria a la altura del Allen de “Manhattan” para el cine. La trilogía fue declarada una de las 25 novelas neoyorquinas más significativas de los últimos cien años. En 1989 es El palacio de la Luna la novela con la que se coloca en el Olimpo europeo de autores norteamericanos. Tres años más tarde, en Leviatán, Auster crea un personaje que parece el símbolo de los intelectuales de la izquierda utópica, un sujeto que se dedica a dinamitar las réplicas de la Estatua de la Libertad que hay repartidas por el mundo. Una parábola anarco-poética, con la que enfoca a un tipo de intelectual descontento, inteligente, fuera de circuito, rebelde, sentimental y desdichado. Brooklyn Follies (2005) y Sunset Park (2010), son novelas donde los sentimientos, las pérdidas, el desconcierto ante la vida y sus golpes, crean una especie de vínculo emotivo entre los personajes, Auster como mago y “deux ex machina” y sus fascinados lectores.
En Viajes por el scriptorium, Auster vuelve a recurrir a ese recurso narrativo que se llama “metalepsis”, la intrusión el narrador en el ámbito reservado a los personajes o viceversa. Con esa aparición de muchos personajes de sus novelas anteriores, el escritor logra crear un ambiente de perplejidad estética. Uno siente una especie de vértigo metafísico (otra deuda de Auster al “Quijote” o a “Tristam Sandhy” de Sterne). El mundo narrativo del escritor se despliega con libertad y eficacia: el azar, la soledad, la melancolía, el amor y el sexo, los miedos siempre en el horizonte, la locura como huida, la amistad como un regalo de la vida, todo enredado en juegos metaliterarios tan magistralmente realizados que no hay lector que huya despavorido cuando Auster entra en esos guiños a la realidad con citas y aportes de los clásicos literarios, sus propios personajes de otras novelas o su misma persona ya mayor con pijama y pantuflas. Consigue romper la cuarta pared que separa al escritor y su ficción del lector, con un desparpajo que más bien provoca la sonrisa admirativa. Como la aparición del propio Auster como personaje en La ciudad de cristal junto al mismísimo don Quijote o Cide Hamete Benengelí, el supuesto “autor” del libro de Cervantes, uno de los clásicos más leídos y citados por el autor neoyorquino.
En ese universo creativo, Auster se atreve con el cine, por el que siente una adoración y fascinación supremas (sólo hay que leer sus narraciones sobre películas de su tiempo trufadas en muchas de sus obras o sus propios guiones cinematográficos) y colabora con el director Wayne Wang y dirige dos películas propias. Entre ellas “Smoke” (1995), con Harvey Keitel de protagonista, “Blue in the face”, “Lulu in the bridge” (1998) o “La vida interior de Martin Frost”. En esta última, basada en un personaje de su novela Libro de las ilusiones, su hija Sophie de 18 años hace un pequeño papel. En estas películas, como en sus novelas, Auster, se convierte en una especie de evangelista de nuestro tiempo: un urdidor de parábolas sobre la gente corriente en la simpleza y maravilla de lo cotidiano, personas en crisis a las que Auster redime a través de su imaginación (por la que se le ha comparado por sus ingredientes “mágicos” a su admirado García Márquez). No en vano en Mr. Vértigo, crea a un personaje que levita como si procediera de Macondo.
En 2010 Auster se atreve con una novela coral, Sunset Park -la decimosexta de su catálogo- en la que un gran número de personajes cruza sus vidas dejando un reguero de secretos, padecimientos, dudas y rencores. Todo en un clima de precariedad sentimental y social de tono abiertamente pesimista (narración heredera de la tragedia nacional del 11-S), aunque el viejo elemento de Auster, el azar o la casualidad, intervienen en numerosas ocasiones. La escritora Joyce Carol Oates define así este libro: “una pesimista alegoría contemporánea de la vida americana bajo la espiritualidad de la bancarrota”.
En su apreciable faceta de poeta o ensayista polémico, escribe el guión de un libro ilustrado dedicado a su máquina de escribir (era uno de los esos sentimentales que se olvidan de las comodidades del ordenador y escriben con una “Underwood” , una “Olivetti”, una “Remington” o una “Smith Corona”). La máquina de Auster era una “Olympia”.
En 2017, tras siete años de silencio novelístico, publica la que muchos consideran su obra maestra 4,3,2,1 donde para disfrute del lector, Auster, que ya es como uno de la familia, comete la humorada imaginativa de ofrecer al boquiabierto lector distintas, traviesas y sorprendentes versiones de muchos de sus acontecimientos biográficos personales (que es como si nuestro primo preferido nos contara de forma amenísima y desvergonzada episodios familiares que conocemos bien, con un desarrollo y final caprichosamente distintos). Como él mismo dijo en una entrevista, “creo que todos los escritores nos sentimos un poco dios”. Y a eso juega en esta novela, donde un tal Archibald Isaac Ferguson, nacido como él en 1947, en su misma ciudad y también en una familia de inmigrantes judíos centro-europeos, se desdobla en cuatro vidas sucesivas por el efecto del azar, de lo inesperado. Como un dios caprichoso obliga a su criatura a explorar las posibilidades existenciales según las circunstancias. Y Auster lanza los dados y cambia la historia de su criatura, un muchacho judío de New Jersey. Por ello confiesa, aunque no le creemos, “No me considero un novelista del azar, ya que lo inesperado forma parte de la vida”. Y como explicación de ese aserto cita dos hechos reales que le acontecieron: a los 14 años un compañero de campamento murió cuando le cayó un rayo encima. Y la muerte de su padre con 66 años cuando hacía el amor. Las cuatro versiones de su personaje Ferguson son, como él, inteligentes, de rara precocidad, pero mientras uno es inseguro y caviloso, el cuatro vive bajo la sombría figura del padre ausente y los otros dos, uno desaparece en sí mismo y el último vive intensamente incluso en el más allá. Destacable el humor que despliega Auster en sus cuatro figuras que –como él mismo trata de hacer en parte- siguen el consejo de Poe citado en la novela: “Lee mucho, escribe más y publica poco. Permanece alejado de los sabihondos y no tengas miedo a nada”. Nuevamente, un homenaje implícito a la literatura universal y la esperable valoración del azar y lo inesperado.
Tenemos que llegar a Baumgartner, su última novela, seguramente escrita en un estado de ánimo bastante dañado por la enfermedad y la durísima experiencia familiar que le arrebató a su hijo y su nieta. Su protagonista, un profesor de filosofía que afronta los estragos de la vejez, siente el deseo de evitar el dolor que le causa la pérdida de su esposa entablando una nueva relación. “Tengo cáncer y me someto a tratamiento, no es el mejor momento de mi vida” confesó en una entrevista sobre esta novela, en febrero de 2023. Y ese triste diagnóstico personal es el que impregna su última obra. Aunque el motivo central del argumento es imaginado: su esposa la también escritora Siri Hudsvedt, con la que le unía una relación feliz y estable, había logrado dar equilibrio y armonía a su vida. Auster nos seduce con una historia de soledades y ausencias que se mantienen llenas de energía a causa del llamado síndrome del miembro fantasma (la “presencia” irreal de algún miembro del cuerpo que ha sido amputado) glosando comparativamente la “presencia” de un ser querido que ha desaparecido, pero que sigue provocando dolor, añoranza, molestias físicas y desorientación psíquica. Y, cómo no, hay continuas referencias a hechos y personajes de toda la obra austeriana.
En todo el corpus literario y ensayístico de este escritor también hay reflexiones de tipo político y humanitario que reflejan a un norteamericano orgulloso de serlo pero también crítico y sin pelos en la lengua, desde su posición de demócrata de izquierdas que nunca abandonó. Conocía bien los defectos de la idiosincrasia de los norteamericanos, los rasgos y temperamentos que más le ofendían o preocupaban. Por ejemplo el amor a las armas. En Un país bañado en sangre (escrito a medias en 2021con Spencer Ostrander, su yerno fotógrafo) describe los tiroteos masivos, los asesinatos con arma de fuego y se pregunta qué hay en la historia de Estados Unidos que justifique y permita este tipo de horrendos hechos. Como había apuntado en algunas de sus novelas, había un motivo íntimo para odiar las armas: hace más de cien años su abuela mató a su marido con una pistola. Lo cual convirtió al hijo de la pareja (el padre de Auster) en un ser poco afectivo y cerrado que terminó acabando con su matrimonio y nunca llegó a congeniar con su hijo Paul.
En 2021 publica La llama inmortal de Stephen Crane, un ensayo literario dedicado al polifacético autor que según Auster cambió el curso de la literatura norteamericana con su obra y su corta vida (murió en 1900 con tan solo 28 años). El malogrado autor dejó dos novelas esenciales “Maggie, una chica de la calle” y “La roja insignia del valor”. Auster dedicó casi 800 páginas a glosar la vida y obra de Crane. Para ello, el obstinado Auster se leyó la obra completa, en diez volúmenes, donde hay todo el muestrario de géneros que Crane cultivó: ficción, periodismo, poesía, piezas breves, diarios. Una corta vida llena de episodios “apasionantes” según Auster. Para el laborioso escritor neoyorquino, la vida de Crane parecía surgida de su penúltima novela 4,3,2,1. Es decir, sería la versión número cinco de la vida del protagonista, Ferguson. Una manera muy austeriana de “llevar el agua a su molino”, es decir, la habilidad pasmosa de este novelista para aprovechar y ensamblar toda su producción imaginativa en un mismo proyecto inmenso. Nuevamente la influencia del gran filósofo presocrático, Heráclito. Todo forma parte del mismo río, sólo que Auster nos hace creer que siempre es un río distinto. Recordemos que es un niño que juega con las piezas que le proporciona la imaginación en el tablero de la vida. El libro dedicado a Crane es difícil de clasificar: entre una biografía y una ficción, donde el genio precoz que fue ese escritor (admirado por Joseph Conrad o Henry James) es analizado e imaginado por Auster como si fuera un personaje surgido de su propio cerebro.
Pero Auster no es sólo un creador de mundos (casi todos autoreferenciales pero, al tiempo, divertidos, emocionantes y críticos) sino un hombre comprometido con su tiempo, la política y los problemas sociales, económicos y humanos en el planeta y sobre todo en su propio país. Sus opiniones sobre “el peligro Trump” no tiene desperdicio: “Trump no es solo una amenaza para EE.UU. es una amenaza para el mundo, un maniático y un psicópata”. Y sobre el papel de su país en el mundo: “Norteamérica nació como una nación integradora e inclusiva, pero equivocó su futuro a causa de dos hechos: el genocidio indio y la esclavitud. El problema es que nunca ha abordado seriamente esos asuntos.”
Como persona, Auster, era un individuo inesperadamente tímido, convencido de su papel en el mundo de la literatura, aunque crítico y desconfiado sobre su auténtica valía. Reacio a formar parte de movimientos y modas, era un individualista con buena capacidad para socializar. Ha sido siempre un analógico con fobia a lo digital y es uno de los convencidos de que “la hiper conectividad aísla a las personas”. Tampoco tomó drogas, aunque era un fumador compulsivo y un bebedor rutinario pero contenido. Se negó a tener móvil y ordenador: escribía con pluma en cuadernos y luego transcribía el texto en su vieja máquina de escribir Olympia. Como nota final, resalto lo que constituye el permanente mensaje ético interlineal de la obra de Auster: el enorme, irónico y combativo amor a la vida y a la bondad natural de las personas más corrientes. Cerremos con unas palabras de Peter Brook que Auster solía citar cuando le preguntaban sobre el objetivo del trabajo literario de toda una vida: “Crear una obra que tenga la intimidad de lo cotidiano y la distancia del mito, porque sin cercanía no es posible el sentimiento y sin distancia es imposible el asombro”.
ALGUNAS OBRAS RECOMENDADAS
BAUMGARTNER, Seix Barral.- LA LLAMA INMORTAL DE STEPHEN CRANE, Seix Barral.- 4,3,2,1, Seix Barral.- INFORME DEL INTERIOR, Anagrama.- DIARIO DE INVIERNO, Anagrama.-A SALTO DE MATA, Anagrama.- VIAJES POR EL SCRIPTORIUM, Anagrama.- LA INVENCION DE LA SOLEDAD, Anagrama.-LA TRILOGIA DE NUEVA YORK, Anagrama.-EL PALACIO DE LA LUNA, Anagrama.