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1 octubre 2024 2 01 /10 /octubre /2024 18:49

LA FILOSOFÍA, ORIGEN Y ADVERTENCIA DEL PROGRESO Y DE LOS ERRORES DEL SIGLO XXI

 

LEIBNIZ, KANT Y KIERKEGAARD, TRES GENIOS QUE ANTICIPARON EL SINGULAR PERO PROBLEMÁTICO PRESENTE DE LA HUMANIDAD

 

 Ustedes se preguntarán qué diablos tienen en común, qué objetivos semejantes o qué vidas en paralelo unen a estos tres hombres –Gottfried Leibniz, 1646-1716; Inmmanuel Kant (1724-1804) y  Soren Kierkegaard (1813-1855), que viven encabalgados en  tres siglos y a los que nadie propondría como los Tres Camaradas de la Filosofía, por sus temas, sus métodos y el desarrollo intelectual de sus ideas. Sólo hay una semejanza  que une a los tres: su inteligencia y la ambición “totalizadora” de sus obras ( más evidente en Leibniz y Kant que en Kierkegaard).

Aparte de leer o repasar las obras de estos tres colosos filosóficos me he basado en tres libros recientes aparecidos donde se analizan la vida, obra y repercusiones de cada uno de ellos: EL MEJOR DE LOS MUNDOS POSIBLES (Los 7 días que cambiaron la vida de Leibniz) de MICHAEL KEMPE –Ed. Taurus; EL TORBELLINO KANT de NORBERT BILBENY- Ed.Ariel: KIERKEGAARD, El filósofo de la angustia y la seducción de JOAKIM GARFF- Tusquets Editores.

Dos circunstancias despertaron mi atención para realizar este trabajo. Una, el debate periodístico y cultural sobre la cada vez más evidente necesidad de nutrir y dar mucha mayor importancia a los estudios y la formación filosófica en los planes educativos y –idealmente- en los medios de comunicación en general. Es una cuestión que crece exponencialmente ante el impacto de las nuevas tecnologías en el desarrollo mental e intelectual de las personas: desde la hegemonía operativa de los móviles, las Redes, la IA y las implicaciones tecnológicas en nuestras labores en su totalidad; desde las más íntimas, a las laborales y las sociales. Una tendencia invasiva que llega a cuestionar la misma existencia del ser humano, superado en todo por la máquina, excepto en el núcleo de su propio ser: las emociones y sentimientos desde lo personal, lo familiar, lo social y lo político. La segunda circunstancia, que se sigue basando en la constante aparición de libros y artículos de prensa y revistas especializadas o debates públicos en los que se reivindica una mayor presencia de la filosofía en la formación escolar, universitaria –aunque sea técnica- y en todos los medios de comunicación, de argumentos en favor de esa necesidad. Y en esos trabajos se perciben algunas veces citas de los tres filósofos citados y en alguna ocasión a los tres conjuntamente, porque sus aportaciones teóricas y de especulación filosófica resuenan llamativamente en muchos aspectos de nuestro presente socio-tecnológico, la moral y el sentido ético, las actitudes y comportamientos de las población global. Como aseguraba uno de esos trabajos citados, el optimismo de Leibniz, el humanismo de Kant y la angustia existencial de Kierkegaard (hay muchos más elementos) han influido de manera directa en bastantes aspectos de las ideas, comportamientos sociales y conceptos filosóficos propios de  los siglos XX y XXI. Estos tres filósofos sugieren tras una lectura atenta y alternante, que han contribuido de manera muy especial a constituir el corpus de muchos de los problemas, progresos, errores y hallazgos de la filosofía del momento y su reflejo en la sociedad actual.

 

 GOTTFRIED LEIBNIZ

 

Comencemos este paseo filosófico con Leibniz. Cercano a Descartes y Spinoza, racionalista contumaz, despejó el camino en pleno siglo XVII  a los hervores revolucionarios de la Ilustración que acontecerían en el siglo siguiente. Cuando Descartes le dio una patada –pienso, luego existo-  a los siglos de filosofía escolástica y medieval sin llegar  a oponérseles del todo –eso le hubiera acarreado problemas- pero sentando la base de ruptura con la tradición establecida a través de la duda metódica,  hizo temblar los cimientos de las estructuras del pensamiento, casi a la altura del “sólo sé que no sé nada” socrático. Leibniz, campeón del conocimiento de ámbito universal, añadía valores donde Descartes los restaba. Y si este buscaba la simplicidad racional y simple de un comienzo radical como apertura al conocimiento, Leibniz abría generosamente la mente a todos los conocimientos y materias para revalorizar y, al tiempo, renovar: desde el campo de la justicia y el derecho a la psicología, la filosofía y las ciencias humanas, desde la física al conjunto de las ciencias naturales, sin desdeñar la política, la historia e incluso la técnica curiosa y específica de ordenar y mantener e enriquecer las bibliotecas.  Y no sólo aportó relevantes adelantos en todas esas materias sino que, siguiendo el consejo estoico, pasó a la acción y aplicó esos conocimientos a la vida práctica pública y privado, ejerciendo  sus varios saberes en la corte de Hannover y a través de una copiosísima correspondencia con las más importantes figuras del poder político, las artes y las profesiones en su tiempo y de toda Europa.

Leibniz es la figura del sabio universal por excelencia con la particularidad de que más que establecerse en las nubes elitistas de los eruditos, sus pensamientos ofrecían siempre una índole práctica que les acercaba a todos los estamentos sociales. En eso preludiaba ya el talante de nuestra época con el sesgo pragmático y utilitarista del conocimiento. Para él, el pensamiento no debe dar la espalda a la realidad, la teoría debe ser de utilidad práctica, la complejidad no debe estar reñida con la claridad. Y el verdadero conocimiento tiene una doble base: el juicio y la invención. Es lo que ahora llamamos “innovación”: juzgar y descubrir.  Su lema personal era “Theoría cum praxis”: la teoría debe convertirse en práctica y la práctica no puede subsistir sin la teoría. Piensen que abrió el camino a la digitalización a través de su hallazgo del sistema binario, pero también diseñó las primeras máquinas de calcular, cultivó las matemáticas aplicadas: inventó un signo matemático nuevo, el de la integral que daría luz al indispensable cálculo diferencial. Su filosofía analítica y la aplicación de la lógica a la vida común resultan muy cercanas a las de hoy día. Fue en 1703  cuando creó las bases del sistema binario, fundamento de la informática. Todo ello con una particularidad: su radiante optimismo. No entendido como una posibilidad etérea, mística y poco racional, sino profundamente práctico y sencillo, basado en brillantes análisis de posibilidades y opciones. Rechaza la unilateralidad del pesimista, que condena al mundo y a sí mismo y explora las posibilidades y potencialidades que permiten un camino positivo.

Su obra principal, “Ensayo de teodicea. Acerca de la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal” razona sobre la lógica interna de la existencia del mal y el sufrimiento y el dolor en un mundo que ha sido creado por Dios, y en el que optó, en salvaguarda de la criatura humana, y su libertad de elección –que es lo que le confiere dignidad-  crear “el mejor de los mundos posibles”, en el que el mal era una parte necesaria aunque indeseable, del complejo y también necesario equilibrio -entre lo positivo y lo negativo- del mundo.  La obra rompió muchos esquemas tradicionales y logró que Voltaire la tratara de pulverizar con una novela satírica “Cándido” , en la que además de acusar a Dios de indiferencia ante la desgracia humana –cita el terrorífico terremoto de Lisboa de 1755 que causó miles de víctimas y destruyó la ciudad-  ridiculiza a Leibniz con las absurdas teorías del erudito Dr.Pangloss donde los enterados en filosofía, vieron una parodia de Leibniz. Michael Kempe, al contrario que Voltaire, ve en el optimismo de Leibniz una doctrina indispensable en nuestros días, en los que el pesimismo –que muchos llaman “realismo”- ha tomado carta de naturaleza con estos dos terribles siglos, el XX y el actual, y rezuma por todos lados su “razonable” pestilencia –en la que casi todos caemos alguna vez-.

IMMANUEL  KANT

Kant nació hace trescientos años exactos en Königsberg, entonces un enclave alemán de Prusia Oriental a orillas del Báltico. Un lugar muy apetecible estratégicamente. En 1945, tras la II guerra mundial fue ocupado por Rusia y pasó a llamarse Kaliningrado. Stalin expulsó a dos millones de alemanes que allí vivían y lo repobló con ciudadanos rusos. Sin Kant, nadie recordaría ese enclave. Fue un sorprendente profesor, enciclopédico, intelectualmente osado y revolucionario en su percepción del hombre y sus cometidos, desde el mismo origen de su pensamiento hasta todas las variedades y profundidades, ética y moral, racional, lógica, filosófica y científica de la vida personal, social y política. Casi resulta una obviedad argumentar el porqué de la perenne actualidad de este puntual (los ciudadanos de Königsberg ponían su reloj en hora cuando Kant comenzaba su cotidiano paseo matinal) y puntilloso ciudadano prusiano de hace tres siglos. Sólo les diré que en una nota a pie de página de la “Crítica de la razón pura” (1781) decía: “es la época de la crítica, a la que todo debe someterse” desbancando toda opción a la metafísica y a las mentiras. Justo lo que el siglo XXI necesita desesperadamente. Pero sigamos...

Kant es la razón práctica, es la razón teórica, es la razón pura...en suma, es la razón como atributo humano que nos hace más humanos cuando sabemos aplicarla y conocemos sus límites y variedades. Es la referencia inexcusable de cualquier humanista amante del progreso, de la democracia, las repúblicas unidas por la solidaridad y el bien común, el cosmopolitismo y el respeto a todas las variaciones, a todos los diversos seres humanos, sea cual sea el color de su piel, sus creencias religiosas o sus simpatías políticas. Y por supuesto, el estado de su bolsa. Preconizaba la necesidad del consenso y el diálogo entre las naciones, en su libro “Sobre la paz perpetua”  mientras sufría la presión de un monarca –Federico Guillermo II- con ansias dictatoriales. Dijo en su libro: “La posesión del poder perjudica  el libre juicio de la razón”. ¿Hay algo más actual que esa frase para nuestro siglo? Pues justamente vivimos en una situación en la que dominan las propagandas y los dislates más tortuosos en los medios, tan alejados de la razón kantiana como este público poder de las emociones que trata de mantener a los ciudadanos en una disfrazada minoría mental.

Fue partidario de una educación universal e igualitaria y sustentador del imperativo categórico: “Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley para todos. De tal modo que trates a la humanidad, tanto a cualquier otro como a ti mismo, como un fin en sí, no como un medio. Y que esa máxima de tu voluntad pueda valer como principio de una legislación universal”. Ahí es nada.

Las influencias –visibles o indirectas- de su pensamiento, en los siglos posteriores, se ha mantenido incólume aunque en muchísimos aspectos no ha superado la fase del “deber ser”, una meta más o menos lejana pero  posible. Para él la dignidad del hombre es un valor absoluto. Por ello debemos actuar siempre con buena conciencia y mejor voluntad y cómo, figúrense, en toda circunstancia y sin descanso debemos atrevernos a intentar comprender  lo que juzgamos incomprensible. Todo esto se encuentra en dos de sus obras: Crítica de la razón práctica (1788) y Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785).

Kant, lector del  Emilio de Rousseau, sostiene en todo momento que sólo la ética nos obliga y con el uso recto del pensamiento no hay una realidad oculta, no hay ninguna verdad fuera de nuestro alcance: no son necesarias las creencias religiosas o la subordinación a ellas. Sabemos lo que está bien porque tenemos conciencia de que existe una ley moral, aunque también, en uso de la libertad, podemos engañarnos y traicionarla. Entonces también nuestros actos se convierten en irracionales. Y también obramos en contra de aquello que por las leyes de la evolución natural tenemos grabado en nuestra mente para poder razonar sobre las experiencias posteriores. Kant esboza un pensamiento que se acerca a los principios de la física cuántica: el mundo que vemos es mucho más complejo de lo que creemos ver y  lo observado cambia por efecto de la mirada del observador. Quizá la teoría kantiana ha quedado desfasada, vía Einstein: la pura razón humana no está capacitada para alcanzar o entender la verdad absoluta. Kant pensaba que sí, aunque admitía que la razón podía entrar en contradicción consigo misma y lo esboza en una pregunta sin respuesta: ¿cómo elegir entre dos cosas que se contradicen entre sí, pero que  ambas son verdaderas?  Ese ver la existencia desde por encima de la escala humana es, según la tradición religiosa (que Kant no sigue pero respeta) ponerse a la altura divina. Kant no da un paso más, pero admite –adelantándose tres siglos- que la razón nos proporciona un medio, quizá abismal, para iniciar ese viaje. Y considera un esfuerzo bien empleado –aunque quizá no lleve a ninguna meta- pues esa navegación peligrosa es una excelente escuela para aprender a navegar en el futuro por las procelosas aguas del ser y el mundo.

Kant sitúa al hombre, al ser humano, en el centro del trabajo filosófico de toda su vida: desde sus teorías del conocimiento a sus consejos éticos y a su crítica de las religiones. Y dejó en el aire para las generaciones posteriores tres preguntas fundamentales: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer?  y ¿Qué me está permitido esperar? Las respuestas a esas preguntas configuran lo que es un hombre del siglo XXI. Y también la razón por la que Kant sigue siendo un desafío para el ser humano del siglo XXI.

SÖREN KIERKEGAARD

La magnífica biografía de Joakim Garff (la mejor de las citadas en este trabajo), en sus más de 900 páginas de apasionante recorrido por la vida de un hombre excepcional, logra ponerse a la altura del biografiado. No en vano  Garff es desde 1994 profesor  en el centro de investigación dedicado a Kierkegaard y coeditor de la obra completa del filósofo. Este libro ha sido traducido a trece idiomas y ha obtenido el premio Georg Brandes, un filósofo, crítico y ensayista danés que vivió en Copenhague en los últimos años de Kierkegaard (éste murió cuando Brandes tenía 13 años).

Para llegar a Kierkegaard tendría que hablarles detalladamente de su vida, de su soledad, de sus obras, de su angustia, de sus amores, de su desconcierto, de su agresividad ante los tontos y los malvados, de sus tormentos, de su genialidad indiscutible raramente aceptada en vida, de sus poses más o menos artificiosas, de su voluntad de ser, de su amor desesperado hacia la vida...y eso no cabe en C&C ni aunque dedicáramos todo el presente número a Kierkegaard. Por lo tanto pasaremos de puntillas por el fenómeno cultural, social y filosófico que constituye S.K. y quede aquí mi recomendación entusiasta de que aborden, primero, la biografía de Garff y después, con el orden que quieran, algunas de las obras firmadas por S.K. Después entenderán por qué les he metido en este triunvirato de filósofos que preludiaron muchos aspectos de la sociedad y el conocimiento del siglo XXI, desde el pensamiento hasta el cómic, desde la narrativa a la psicología, desde el teatro al cine.

Kierkegaard, filósofo autónomo, retador y original, con un físico ligeramente deforme y que seguramente  le inspiraba, a tenor con el desafío y el desprecio ajeno que entrañaba, una mente brillante y una retórica desafiante y provocadora (armada con un humor corrosivo), vivió una historia de desafíos, burlas, un gran amor femenino –Regine Olsen, (léase su “Diario de un seductor”)- y sufrió un calvario de penalidades, aunque con denuedo incansable, mantuvo una cruzada personal llena de sentido común y mala uva contra la rígida y poderosa Iglesia de su país.

De hecho lo más interesante de su vida íntima nos lo ha proporcionado el propio S.K. en los numerosos datos y comentarios autobiográficos de su obra, escrita sin tapujos, ni disfraces, honesta hasta lo inconcebible, desgarrada y tan llena de matices provocativos por su sinceridad que se le considera el antecedente más sincero de todo lo que caracterizó ese movimiento llamado existencialismo. El cual estallaría muchos años después de la mano de los filósofos y escritores franceses, extendiéndose como una gran mancha de pintura naif por toda Europa, hasta recalar –casi como algo obsceno-  en los EE.UU de los cincuenta y sesenta del pasado siglo, tomando un disfraz algo más colorista.

Acompañar a Garff en su recorrido por la difícil pero sumamente creativa existencia de S.K., entre la popularidad y el desprecio, la riqueza (pertenecía a la élite económica de la ciudad) y la pobreza (“no tengo ni siquiera para pagarme una lápida”), una dolorosa enfermedad terminal que acabaría con él a los 42 años y los altibajos de una vida dedicada a la escritura y el pensamiento y a la crítica sin cuartel contra el rigor y la hipocresía de la Iglesia de Dinamarca...y al mismo tiempo sus diferencias con el padre severo (al que amaba y era correspondido, a pesar de los choques), su grafomanía triunfante que le hacía escribir siempre protegido por  pseudónimos y su presencia –una joroba que afeaba y singularizaba su aspecto atildado y siempre bien vestido (fue objeto de caricaturas y bromas de mal gusto)- pero sobre todo por su espíritu crítico y nada conciliador, iconoclasta y heterodoxo, que alborotaba a la grey conservadora de su ciudad. Tampoco su relación con Regine Olsen que le inspiró miles de páginas hermosas, sensuales, profundamente agudas, sobre el amor, llegó a ningún puerto seguro. S.K. rompió su compromiso con ella sin dar explicaciones. Como escribe un comentarista de su figura, “amaba la vida como pocos pero sufría como nadie”.

Pero esa desdicha personal también se reflejó en el siglo XX, cuando sus ideas sustentaron el entramado filosófico y vitalista del existencialismo. Muchos filósofos, practicantes o aficionados, tienen muy en cuenta su célebre definición de la existencia en tres posibles modos de vivir: el estético, el ético y el religioso. Los tres estadios o esferas estructuran el proceso de la vida humana (“Estadios en el camino de la vida” -1845, publicado con el pseudónimo Frater Taciturnus). Como él mismo aclara: “La esfera estética es la esfera de la inmediatez, la ética la esfera de la exigencia –tan infinita e inabarcable que acaba afectando al individuo- y la religiosa la esfera de la plenitud.” Pero eso, nos advierte, son “saltos” casi cuánticos, diríamos hoy, que conducen a otra dimensión ya que el sujeto se juega su existencia a todo o nada en cada una de las esferas. Esa rotundidad en la entrega y el proceso es lo que define el talante existencialista.

Toda su apasionada obra está llena de ironía, de humor, de parábolas que cumplen una función: de hecho agrandan el placer que da su lectura y muestra por una vía afectiva más que discursiva o racional la verdad moral que desea transmitir, ignorando los rígidos límites del concepto y proyectando lo que propone hacia la acción y la vida. Se dice que su humor irónico y activo, punzante, está a la altura de muchos textos de Kafka, de Becket o incluso, apunta otro comentarista, de Melville (“el genial “Bartleby, el escribiente” con su célebre “Preferiría no hacerlo”) con un descaro que limita con el absurdo, usado por S.K. en algunos textos llenos de arrebato burlón. La mayoría de sus obras –ocho, según él) las firmó con pseudónimo (excepto las religiosas). Victor Eremita, A, Juez William,  Johannes de Silentio que firma “Temor y Temblor”, Vigilius Haufniensis (“El concepto de la angustia”), Nicolaus Notabene (“Prefacios”), Hilarius Bookbinder (Estadios en el camino de la vida), Johannes Climacus (“Migajas filosóficas”), Anti-Climacus (“La enfermedad mortal” y “Práctica del cristianismo”). Precisamente en esta última deja escapar un  dardo contra los pastores religiosos de la Iglesia Danesa, (y también contra su propio padre, que le inició en un cristianismo duro y severo): “nada hay más ridículo en la práctica que ver las categorías religiosas empleadas con gravedad estúpida, en vez de emplearlas con ingenio y jovialidad”

Siguiendo con el existencialismo, Sartre, el abanderado del movimiento, no reconoció nunca la deuda con S.K. y desdeñó el mensaje de renovación ética y autenticidad de la faceta religiosa del hombre, una de las claves de la obra del danés. Sin embargo Karl Jaspers y Albert Camus confrontaron el legado filosófico de Kierkegaard, Jaspers desde la psiquiatría y el análisis renovador de la enfermedad mental bajo la crisis existencial y Camus arguyendo que la crisis vital es más debida al absurdo existencial que a la religión. Pero tanto Heidegger como Unamuno, reconocen la influencia de Kierkegaard (el español hasta el punto de aprender danés para seguir las teorías del que calificaba como su “hermano”). Pero en ellos –y en muchos de nosotros, seres del siglo XXI- resuena la opinión de S.K. de que el origen del pensar humano no es el pensamiento abstracto o conceptual en sí mismo, sino el sentimiento: el sentir, el deseo, el placer o el dolor que provoca, eso es el dato básico del pensar humano, “todo lo demás es derivado”. Léanle pues...pero si es posible, detrás de la lectura de la biografía de Garff. Comprenderán, incluso, la anécdota con la que terminó su vida. Pidió la extremaunción. Pero debía dársela un lego, no un sacerdote de la Iglesia danesa, corrompidos todos. Por supuesto no hubo tal ceremonia y se fue ante San Pedro con su joroba y su humilde desparpajo. Quiero pensar que, conmovido, el viejo san Pedro le abrió la puerta. El sabía lo que era negar, hasta por tres veces. -ALBERTO DÍAZ RUEDA

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30 septiembre 2024 1 30 /09 /septiembre /2024 19:29

LOGOI 374

COCHINAS GUERRAS

Lo siento, no puedo evitar el “temor y temblor”. Cuando pienso en la sangrienta venganza israelí igual de bárbara pero mucho más dilatada en víctimas y destrucción que la de Hamas, tras su bestial e injustificable incursión contra civiles desarmados, siento dolor y vergüenza. Por ambos. No puedo creer que esta cochina guerra está bendecida y justificada por parte del pueblo israelí, su Gobierno, los fanáticos ultras y colonos e incluso algún rabino significado, como Chabad Rabbi (en el diario “Jerusalem Post”) que asegura que la tierra del Líbano y por supuesto la de Palestina y Gaza, son parte de la tierra que Dios concedió al pueblo judío. Así que todo está justificado por Dios. ¿Seguro que estamos en el siglo XXI? Me pregunto qué diferencia notable existe entre estos actos y los cometidos por islamistas extremos, los cristianos despedazándose mutuamente en Ucrania y Rusia y demás pruebas del raciocinio y naturaleza de los seres humanos del siglo XXI ( guardemos por pudor un silencio sobre las guerras y sus genocidios derivados del siglo XX). ¿Es posible que tras esas historias de cruel inhumanidad se  mantenga la misma  tendencia humana, histórica y reiterativa, a justificar las matanzas indiscriminadas- no sólo de combatientes sino ancianos, mujeres y niños-  la rapiña desmesurada de bienes y territorio, todo a través del uso mortífero e indiscriminado de las armas: en suma, de las cochinas guerras? ¿Son conscientes los dirigentes políticos y sus obedientes soldados y multitudes fanatizadas, de que están destrozando no sólo a pueblos enteros –millones de seres humanos y sus formas de vida- , sino dañando cruel, económica, social, física y psicológicamente a tres generaciones al menos de esos mismos seres y condicionando negativamente a las que lleguen después? ¿Saben esos grandes líderes que se están acercando a un punto de posible no retorno, donde todo lo que nos  rodea –trabajo, economía, progreso, naturaleza, suelo, bosques, cielos y agua-estará tan irremisiblemente dañado que hará improbable la simple viabilidad vital para los millones de individuos que aún vivan? No hay ni un solo objetivo, por noble y elevado que parezca, que justifique los horrores acumulados en estos últimos años.

El pasado siglo llegó a límites y cotas de bestialidad difíciles de superar. Los supervivientes juraron que no volverían a permitir que surgiera una barbarie semejante. Pero mientras, algunos incubaban el huevo de la serpiente: caemos en un bucle repetitivo. No faltan voces que llaman al sentido común, la negociación, la solidaridad, el arbitraje internacional... Se trata de recordar que todas las personas de este planeta son de una sola raza en el sentido biológico de la palabra. ¿Llegaremos algún día a promulgar una ley universal, como sugería Kant, que instaure la comprensión, la solidaridad y la compasión entre todos los seres de la raza humana? -ALBERTO DÍAZ RUEDA

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16 septiembre 2024 1 16 /09 /septiembre /2024 20:32

LOGOI 372

BULLSHITTER

Perdonen el palabro en inglés. Pero dado que vamos a hablar de la jerga pública, entre estúpida, agresiva y obscena de muchos políticos, no sólo de este país, sino de demasiados países del orbe y entre ellos los más importantes (quizá los chinos no llegan a eso, pero ya aprenderán), la expresión de ese idioma tan práctico y conciso como el inglés viene a designar el caribeño “comemierda” (la persona  falta de dignidad o educación y sobrada de brutalidad y agresividad oral o física) con una variación: “hablamierda”. El que pregona su falta de ideas válidas con un chapurreo de insultos, descalificaciones y propuestas vergonzantes por lo inmoral de su formulación y contenido. Es muy grave  que se tolere esa jerigonza innoble desde las tribunas públicas o las televisivas o en esa Red de redes tan dañina para el clima social de un país.

Dejemos de lado a las “joyas” que lo practican en la familia hispana y aledaños. Hablemos del belicoso aspirante a la presidencia de EE.UU. el señor Trump. Ignoremos su poco edificante historia previa: tratemos del debate con -o contra- Kámala (así se pronuncia en inglés) Harris. La agresiva incoherencia de la retórica trumpista no fue una sorpresa, ni la vejatoria calidad de su discurso o la maníaca referencia a los inmigrantes a  los que “vamos a sacar del país” tras amenazar que “va  ser una historia brutal” y como justificación  “se comen a las mascotas de este país, perros y gatos”. También ha icho, en otro acto, algo que ha alarmado al mundo de los negocios, “a todos los países que pongan en duda la preeminencia del dólar como moneda de reserva internacional, les vamos a elevar los aranceles un 100 por ciento en las mercancías que quieran vender en los EE.UU. Verán  como vuelven de inmediato a respetar al dólar”.

El problema es que hay algo más grave aún que la existencia y popularidad de este caballero y otros como él: la alarmante cantidad de ciudadanos –muchos, libres de sospecha de cretinismo – que ríe, vitorea, apoya y creen en esa especie de Calígula de cartón mojado con ínfulas de dictador omnipotente. La cuestión estará pronto “vista para sentencia”. Hay un virtual empate entre la Harris y Trump. Mucho depende de esos seis o siete Estados de la Unión que son, en realidad, los que deciden quién va a ser el próximo presidente. Si la “moneda cae” a favor de Trump, como decían antes, “estamos aviados” todos los que en creemos en el diálogo, la solidaridad y la razón. Y si cae a favor de Harris...no sabemos cuál va  a ser la actitud del los fanáticos del mesiánico líder, entre acusaciones de falsear  votos y esotéricas trampas electorales. El ataque al Congreso fue una pequeña muestra de la locura colectiva que rodea al sujeto del bisoñé rubio y la corbata roja.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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16 septiembre 2024 1 16 /09 /septiembre /2024 20:26

LOGOI 371

LA BESTIA HUMANA

La novela del gran Emile Zola, publicada en 1890, es un dramón sobre la violación continuada de una adolescente por su padrino y la subsiguiente venganza años más tarde. Fue un escándalo social. Me pregunto cómo hubiese titulado Zola el caso de la pobre Gisèle una mujer de mediana edad que ante la policía había calificado de “excelente” a su marido, antes de que fuera informada de que su esposo la drogaba para que pudiera ser convertida en una muñeca sexual por más de cincuenta hombres durante unos meses. Se trataba de clientes de una red sexual clandestina formada por hombres “normales”, algunos ciudadanos “ejemplares”, personas “decentes” con sus familias y sus empleos. Y las filmaciones de esas “heroicidades masculinas” eran visionadas en un chat público en la Red, que para mayor escarnio se llamaba “Sin su conocimiento”.

En la memoria de la Fiscalía presentada en la apertura del año judicial, los datos –en crecimiento- de los delitos de odio por razones raciales, xenófobas, contra la mujer y por cuestiones de identidad y género sexual, justifican la denominación que encabeza este artículo. Han aumentado en 300 % las diligencias abiertas por delitos de odio, ante la indiferencia o el azuzamiento de algunos sectores políticos y la desorientación –por así llamarla- de una sociedad que aún no parece haber comprendido el gran peligro que corre nuestro sistema de vida y los valores y principios que garantizan el respeto y la libertad entre todos los que la integramos.

Respecto a la problemática femenina, a 31 de agosto de este año, el VioGen, el sistema de seguimiento de la violencia de género que ha creado el Ministerio de Interior, mantenía activos más de 98.100 casos, casi 17.000 más que en 2023. Es preciso reforzar los protocolos de atención y  protección de las mujeres en riesgo. En 2023 todas las semanas se registraban centenares de denuncias en  España. Apenas un 2% de todas ellas fueron presentadas por las agredidas o por alguien del entorno familiar. El 75 % de los asesinatos de mujeres por sus parejas, no habían estado precedidos de una denuncia formal de la víctima.

Y no se trata solo de delitos y abusos contra la mujer o las identidades sexuales diferentes (el video porno más visto en el mundo -225 millones de personas- es de una violación grupal) debidos a la carencia de principios de ética personal o de moralidad social, sino de la falta de sentido humanitario que provoca la avalancha de desinformación tendenciosa contra la inmigración (noticias falsas sobre delitos de menores o mafias de inmigrantes, están a la orden del día) incluso con la complicidad de ciertos estamentos políticos. La ciberdelincuencia está provocando un tsunami de alarma social, calificado por la Fiscalía como “el mayor riesgo” para la democracia en el mundo. “La bête humaine” sigue entre nosotros.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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5 septiembre 2024 4 05 /09 /septiembre /2024 18:18

TRUMAN CAPOTE, LA SINGULAR VOZ DE  OTROS ÁMBITOS

UN ESCRITOR ORIGINAL Y UNA PERSONA INCLASIFICABLE QUE ESTIMULÓ EL PANORAMA LITERARIO DE LA MITAD DEL SIGLO XX Y ASOMBRÓ AL MUNDO INTELECTUAL POR SU ENLOQUECIDA Y AUTODESTRUCTIVA EXISTENCIA

 

Un lector ingenuo y atento, podría pensar que con Henry Miller, Anais Nin, John Irving, Saul Bellow, Philip Roth, Paul Auster y otros por el estilo, ya habría pulsado suficientemente la circunstancial vena transgresora hetero y homosexual de la literatura norteamericana del momento. Se equivocaría. Tendría que leer a Truman Capote. Y no sólo su “Desayuno en Tiffanys” (un gran éxito literario y una edulcorada pero excelente película) o  “Otras voces, otros ámbitos”, su primera novela, deslumbrante obra escrita con 23 años de edad. Esas eran obras que se salían del posterior patrón habitual de Capote. Habría de afrontar e intentar comprender su escandaloso y libertino modo de vida –bastante más desaforado que el del pobre Oscar Wilde, que lo pagó demasiado caro-  pero eran otros tiempos y tuvo la suerte de cara toda su vida, ya que su homosexualidad descarada y libertina “sólo” le causó incidentes violentos y desagradables y una tendencia autodestructiva por el abuso de drogas y alcohol.  Que ello no eclipse el interés del lector. Hay una mina de oro en la prosa de este escritor menudo y desdichado, pesadilla de los editores por su informalidad y atrasos.

Reconozco que a partir de los 60 y hasta los 80,  me limité a leer algunas de sus obras, las noticias de prensa, reseñas, y lecturas puntuales de determinadas novelas o reportajes, además de  visionar dos o tres películas donde  en papeles secundarios mostraba su aspecto envejecido y algo truculento, más por satisfacer encargos profesionales que, entonces,  por placer o interés literario. Luego cambiaría mi perspectiva. Por tanto, no pretendo desmerecer a este escritor, digno émulo de Genet, Forster o D.H. Lawrence, aunque mucho menos elegante que estos en sus actitudes y en la dureza diamantina de su prosa. Podríamos ver en la obra literaria de Capote, una vez aceptado el espinoso camino argumental de sus obras, reflejos de Rimbaud, Litton Strachey, Isherwood, Oscar Wilde  y, en cierta forma, de Marcel Proust.  Podría pertenecer con pleno derecho a la nómina de los escritores famosos que de alguna forma hicieron causa común con el perseguido y a menudo canallesco mundo gay, como Auden, Cocteau, Ginsberg, Pasolini o Tennessee Williams. Pero dejando claro que respeto la plena legalidad y derechos personales de todas las diversas opciones sexuales -y acabo ya con ese tema delicado tan unido a Capote- lo que distingue a Truman de casi todos ellos es la tendencia exhibicionista, paradójicamente festiva y crítica, de las actitudes y comportamientos de signo socio-sexual de sus personajes principales y de él mismo públicamente, así como la vulgaridad y chabacanería de algunas de sus expresiones (cuya procacidad resalta más contra la habitual belleza literaria e inteligencia discursiva de sus textos).

Pasemos ahora a su obra-vida, tan inextricablemente unidas, como la de sus adorados Charles Dickens o Mark Twain. De alguna manera Truman Capote no dejó en ningún momento de ser un niño juguetón, irresponsable, encantador, libidinoso, astuto y con momentos delirantes (que ya adulto los producía un cerebro genial esclavizado y medio destruido por el alcohol y las drogas que lo llevarían la tumba poco antes de cumplir los 60 años) a pesar o quizá debido a la miseria y sordidez de su infancia. Como lo describe su entrevistador de la mítica “The Paris Review” treinta años antes, al principio de su carrera,  era  “pequeño y rubio, con un mechón que persiste en caer sobre sus ojos, con una sonrisa repentina y soleada ante cualquier persona nueva. Parece ingenuo y sincero, pero hay algo en él que  te pone en guardia y te hace medir lo que dices”. En ella Capote cuenta que empezó a escribir a los diez u once años y que se presentó a un concurso infantil de relatos. Su texto mostraba, no denunciaba, ciertas actividades casi delictivas que realizaban algunos adultos del barrio. Alguien se dio cuenta del escándalo social que podría provocar la ingenua malignidad del texto y la cosa no cuajó. Ya apuntaba maneras. Pero crecía en un ambiente agresivo y poco adecuado (los padres le abandonaron, apenas nacido, al supuesto cuidado de familiares que lo detestaban). Era rebelde, mentiroso y obsceno y en su ambiente –de muy escasa cultura- se le calificaba de subnormal. Fue enviado a correccionales y a psiquiatras. Uno de ellos afirmó, adjuntando tests psicológicos, que el niño tenía una inteligencia superior, que rayaba en la genialidad, pero una actitud y comportamiento de pequeño gamberro inmoral y pendenciero. Sin embargo, desde pequeño, el gusanillo de la lectura  había prendido en él y también su lógico correlato, el de escribir. Tras múltiples fracasos en la escuela, empezó a enviar cuentos a todas las revistas que conocía, hasta que un día a los diecisiete años, el mismo día, recibió tres correos de distintas revistas aceptando cada una de ellas la publicación de relato recibido.

¿Cuál podría ser el secreto del éxito de su prosa? El soberbio control estilístico y emocional sobre el material que surgía de su pluma. La lectura de Henry James, Hemingway o Virginia Woolf le estimulaba a buscar una voz propia, distinta a esos maestros pero lo más cercana posible a su propia exigencia de perfección. Para ello usaba una naturalidad sin tapujos, unida a una falta rigurosa de ética y a una ingenuidad -casi infantil- de irresponsabilidad y no culpabilidad, pero usando el mejor inglés que era capaz de escribir. Corregía incesantemente y buscaba con intensidad la autenticidad, una voz distinta y duramente real, pero con un léxico y una coherencia estilística lo más depurada posible.. Y todo eso brillaba sobre todo en los cuentos, quizá el género literario más difícil de dominar. El relato corto exige una enorme naturalidad estilística y léxica: la voz que narra debe ser  la más natural posible, bordeando el tema  y la cuestión de fondo, evitando la moralina o la pretensión filosófica.

Capote es sincero, incluso jactancioso, sobre sus inicios: “en general, mi infancia transcurrió en algunas partes del país y entre personas que no estaban provistas de ninguna apariencia de actitud cultural. Lo cual probablemente no era algo malo, a largo plazo. Demasiado pronto me endureció nadar contra la corriente; de hecho, en algunas zonas desarrollé los músculos de una verdadera barracuda, especialmente en el arte de tratar con los enemigos, un arte no menos necesario que saber apreciar a los amigos. Siempre he despreciado la absurda enseñanza escolar —cambiaba de escuela constantemente— y año tras año reprobaba las materias más sencillas por repugnancia y aburrimiento y obtenía las notas más altas en lengua, literatura o historia. Así que mi vida era una huída continua de esos lugares, la casa, la escuela, donde no podía ser yo mismo y hacer lo que deseaba: escribir y leer sin cesar. Se me consideraba un mocoso descerebrado. En una clínica psiquiátrica fui analizado y devuelto a mi familia con una calificación de inteligencia superior. Eso les horrorizó, pues no sabían qué hacer conmigo y no entendían qué clase de inteligencia era la mía”. Así que Capote siguió escribiendo, aunque para estimularse comenzó a beber alcohol y usar drogas a partir de los 15 años. En los diferentes sitios donde vivió siempre buscaba un cierto protagonismo, unos alardes en la vestimenta, de vocabulario y actitudes que indicaran a los demás que él era diferente y, por supuesto, mucho mejor. Como escribe su biógrafo Gerald Clarke,  “le gustaba bastante la extravagancia y la ostentación. Se tenía por alguien especial, algo que no se recataba en ocultar a los demás”. En realidad, lo único que le importaba era escribir. Su enorme creatividad se disparaba en los momentos más inesperados. Cuenta Clarke que en una ocasión, en la escuela, le hicieron representar un papel insignificante en una obra de teatro. Al llegar su única y corta intervención, Truman se dirigió al público e improvisó una perorata ingeniosa pero absurda en la que objetaba todo el argumento, ante la desesperación del director y la sorpresa y diversión del público.

Rebasada la adolescencia empezaron los éxitos y algunos escándalos privados o públicos. A los 17 años era periodista de una de las grandes revistas del momento, New Yorker. Ganó el prestigioso Premio O’Henry con Miriam, una narración corta sobre una siniestra y misteriosa niña  (que tuvo una versión cinematográfica ya en este siglo XXI). A los 23 publicó Otras voces, otros ámbitos, su primer, casi apoteósico éxito. Es una novela excelente y extraña (él mismo dijo años más tarde de ella que “es como si la hubiera escrito otra persona que no soy yo, no es de mis obras preferidas”).  Capote perfila su estilo: “Es preciso tener una cabeza deliberada, dura y fría para escribir sobre lo real que te ocurre, no puedes ahogarte en emociones, como hacía Dickens. Tienes que estar ‘dentro’ de lo que ocurre y analizarlo de forma fría, esforzándote en no salirte de lo que es, por sucio, rastrero o maligno y estúpido que sea”.

Capote admite ciertas influencias literarias, aunque no muy directas, sólo como influjo ocasional sin reflejo en sus textos: Faulkner, McCullers, Thomas Wolfe...y en su juventud, Stevenson, Poe, Dickens, Flaubert, Chejov, Austen, James, Forster, Rilke, Proust, Shaw, James Agee y muy especialmente, en el mundo del cine, que le atrae, Zavattini, el guionista de de De Sica.

En una de sus entrevistas Capote reveló que solía escribir “en horizontal”. Echado en la cama o recostado en un sofá, con cigarrillos y café a mano. Por la tarde se pasaba a algo más fuerte, bien dotado de alcohol. Escribía a lápiz la primera versión, siempre en papel amarillo (lo pasaba a papel blanco en la última versión), y era un fanático de la corrección de estilo. “El estilo eres tú”, decía. Y en sus entrevistas aseguraba, muy poco convincentemente para los lectores, que su material nunca era autobiográfico, pero él vivía su cotidianidad como uno cualquiera de sus personajes principales o secundarios.

Hasta un estilista ortodoxo y genial como William Styron (el autor, entre otras de la magnífica novela “La decisión de Sophie”, o también de “Esta casa en llamas”) confiesa en un ensayo titulado “Elogio de Capote”, que cuando leyó uno de sus primeros relatos publicados casi en la adolescencia (Truman tenía su misma edad, pero siempre decía con su infantil picardía maliciosa que Styron era mucho mayor que él,) se sintió “anonadado por el talento de ese texto: las dotes de escritor de Capote me dejaron sin aliento”. Y añadió “He aquí un artista de mi edad que podía hacer que las palabras bailaran y cantaran, que cambiaran misteriosamente de color, que efectuaran proezas mágicas, que provocasen la risa y un estremecimiento en la columna vertebral, que tocasen el corazón: un maestro de lenguaje con todas las de la ley antes de alcanzar la edad de voto”. Este trabajo fue publicado por Styron en 1994 en la revista Vanity Fair, diez años después de la muerte de Capote y casi cincuenta de que leyera ese relato del que habla, cuando la figura de Capote había sido convertida, a pesar de su potencia y valía literaria, en uno de esos autores de  los que nadie se atreve a decir algo bueno. Por ejemplo, nadie admitía en el mundillo literario norteamericano el indiscutible carácter de “maestro” de ese escritor, odiado y envidiado a partes iguales por casi todos sus colegas. Styron sentencia al finalizar su trabajo: “Capote, como todos los escritores, tenía sus deficiencias y cometió muchos errores, pero creo que está fuera de duda que nunca escribió una frase que no surgiera  de la búsqueda angustiosa de lo mejor que puede ofrecer un verdadero escritor”. Y en el otro extremo, tengan en cuenta que Capote autorizó que en la faja promocional de sus libros se pusiera un retrato suyo y una frase escrita por él: “”Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”. Y si, era un genio del “marketing”.

Podríamos seguir “ad nauseam” por la vida y características inmoderadas, aspectos  oscuros y brillantes detalles de conocimiento, ternura y compasión del ser humano. Pero era también informal en sus compromisos, libre de convenciones sociales hasta el desafío y singularmente infantil en su necesidad de amor y respeto. Sin embargo vale la pena hacer un reposado paseo por su obra. Una obra, como él, sujeta a retoques, extravíos, pérdidas y promesas incumplidas, pero obsesivamente escrita siempre con referencia al listón más alto de la creatividad literaria que él pudiera conseguir, aunque fuera al coste de su propia vida. Tal como ocurrió.

No hay un orden cronológico correcto en la aparición de las obras de Capote. Dependía de su humor, su inspiración, su demonio crítico interior, las circunstancias externas: falta de dinero suficiente para pagar una vida costosa y deslumbrante, plena de fiestas, amoríos masculinos, viajes, caprichos caros y absurdos, ropa, regalos a amantes o a despechados,  las rehabilitaciones y tratamientos médicos, hoteles, casas de veraneo, pisos de lujo, altruismo sentimental y otras menudencias. Desayuno en Tiffany’s y A sangre fría tuvieron su versión cinematográfica de gran éxito. Con esta última obra, Capote inauguró un nuevo género: la novela de no ficción. Pero obras como Plegarias atendidas, Cuentos completos y Crucero de verano se publicaron póstumamente (1987, 2004 y 2005).

 

Para terminar déjenme citarles un fragmento del prólogo de Eduardo Mendicutti a Desayuno en Tiffany’s, pues describe magníficamente el físico y el talante de Capote cuando iniciaba su carrera literaria, en una juventud, que trató de mantener de forma patética hasta su prematura vejez y final: “Un físico infantil y provocativo como el de una lolita –bajito, rubio, insinuante-, un amaneramiento rayano con la caricatura de la delicadeza femenina, un narcisismo malicioso, una coquetería enfermiza y con plena conciencia de su poder de fascinación, una voz dañina como un anzuelo, un nítido deseo de alcanzar cuanto antes la consagración literaria y la gloria y celebridad mundanas”. Ese fue Truman Capote durante la mayor parte de su vida, entre 1924 (Nueva Orleáns) y 1984 (Los Ángeles). Léanlo. Quizá les desagraden algunas páginas, pero les aseguro que el balance entre éstas y otras más abundantes, que son magníficas, brillantes, divertidas, de un humor inteligente y corrosivo o tierno e incluso geniales, les compensará.

Pasemos a sus obras más conocidas (o mejor dicho, a las tenía en mi biblioteca personal o las pocas halladas en la Biblioteca Municipal de Alcañiz). Antes de ello, disfruten con la biografía autorizada de Gerald Clarke, amigo y albacea de Truman, editada por Ediciones B (1989) en su colección Tiempos Modernos. Más de 600 páginas reflejan una labor de diez años en vida del autor y muchos más en ediciones posteriores.

Siguiendo una cronología de las obras que he utilizado en este trabajo, releí su primera publicada (1945)  Un árbol de noche, editada por  Argos Vergara y Anagrama en su colección referencial Biblioteca Truman Capote, en la que el lector encontrará prácticamente todas las obras traducidas de T.C. Se trata de una recopilación de relatos entre los que está Miriam que obtuvo el  Premio O’Henry de relatos cortos, uno de los más prestigiosos del país. El lector sensible nunca podrá olvidar a esa encantadora niña que se convierte en una figura aterradora por su angelical presencia y su misteriosa malignidad inocente.

Después, claro está, hay que asombrarse ante la maestría de Otras voces, otros ámbitos (1946), que yo leí en Bruguera hace demasiados años pero el lector de hoy hallará fácilmente en Anagrama en la colección citada. En menos de 250 páginas Capote nos desconcierta y subyuga con una obra polifacética, original, plena de intriga, misterio y habilidad narrativa. Es una novela de aprendizaje y nos narra la vida de un joven, Joel Knox, que acaba de perder a su madre y afronta un cambio de hogar, en un barrio marginal de la sureña Luisiana de mediados de los 50 del pasado siglo. Comenzamos a percibir las sombras lejanas de los textos de Twain o Faulkner. Hay que leer con atención, la prosa clara y ajustada tiene recovecos y variaciones que revelan una maestría del lenguaje increíble en un autor de poco más de 20 años. No hay fronteras claras entre lo real y lo imaginado o soñado, es un texto mágico que seguramente pedirá más de una lectura. Los personajes resaltan con la fuerza de un Dickens o un Balzac (sin olvidar el grano de pimienta de la homosexualidad del autor, presente pero no impuesta) con una vuelta de tuerca hacia una cierta irreverencia burlona, una tendencia traviesa a la caricatura. Y llegarán a uno de los más exquisitos, excesivos y asombrosos finales narrativos en los que se clarifican todos los detalles del argumento.

En 1949 publica otro libro de narraciones, Observaciones (1949) y Color local, en 1950, que no he leído. Y llegamos a Desayuno en Tiffany´s (1958) que  leí en la desaparecida Biblioteca El Mundo y que el lector encontrará en la citada colección de Anagrama.  He aquí un ejemplo de pequeña obra maestra (algo más de cien páginas) con un comienzo que hizo escribir a uno de los detractores personales de Capote, Norman Mailer, que el capítulo inicial de esta novela es de los “más perfecto de toda la narrativa norteamericana contemporánea”.  Es la aventura neoyorquina de una joven de apenas veinte años, de supuesta dudosa reputación y encantadora presencia y carácter (una curiosa mezcla de picardía y candor),  Holly Golightly. Jamás la olvidarán, y no sólo por el rostro de Audrey Herpburn que la encarnó en la pantalla. Se trata de una novela corta admirable y les aseguro que Holly formará parte de sus figuras literarias preferidas, como el trasunto idealizado e imposible del propio Capote.

Pero finalicemos o el director de CyC me echará una bronca. A continuación de ese éxito viene el segundo triunfo más popular de T.C., A sangre fría, (1965-66) una asombrosa conjunción de novela- análisis- reportaje y entrevistas, sobre un asesinato rural, sus autores e instigadores. La maestría de Truman, su fabuloso trabajo de investigación, convierten este libro en un soberbio ejemplo de inteligencia y facultad literaria y psicológica.

En 1969 publica El invitado del día de acción de Gracias; en 1951, otro de sus grandes éxitos populares El arpa de hierba, de la que escribió una versión teatral que se representó en 1952. Luego vendría un periodo de sequía creativa, al menos en ediciones, pero Capote no deja de escribir entre los trastornos y problemas de la azarosa y borrascosa vida festiva, sentimental y social que le convierten en personaje amado y odiado no sólo en el ambiente literario sino en el de la alta y más baja sociedad norteamericana y europea. En 1980 sale Música para camaleones, formada por tres libros cortos, el del título, mas Ataúdes tallados a mano y  Conversaciones y retratos (no se pierdan el prefacio del autor y la semblanza dedicada a Marilyn Monroe).

Tras su fallecimiento y en circunstancias que parecen surgir de una de sus obras, se publica en 1987, Plegarias atendidas, una novela que Capote aplaza y promete durante veinte años a sus editores sin entregarla jamás. Como anécdota, el título viene de una frase de Santa Teresa (que no he sabido encontrar en la obra de la santa de Ávila) que Capote pone en la entrada de la novela: “Se derraman más lágrimas por plegarias atendidas que por las no atendidas”.

Y, en fin, para acabar con este viaje “capoteiano” otra obra “fantasmal” de Truman, que aparece en un cajón lleno de páginas manuscritas, documentos, fotos y originales sin acabar ni pulir, que Capote dejó olvidado en un traslado de piso en el Brooklyn de los 60 y que, una vez hallado en 2004, se pone en subasta en Sotheby´s y por presiones de Clarke, su biógrafo, la adquiere la Fundación Capote. Se trata de Crucero de verano (2006) que Capote comenzó a escribir en 1943 y que estuvo retocando hasta 1953, año en que la abandonó y la dejó entre sus documentos inacabados. Como escribió un crítico, “Se trata de un cuento de hadas de Nueva York que evoluciona hasta que se metamorfosea en una tragedia”. El lector puede encontrarla en la citada Biblioteca Truman Capote, la colección de las obras de este escritor publicadas por Anagrama.

Que ustedes disfruten de la lectura, como merece este autor controvertido y genial.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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5 septiembre 2024 4 05 /09 /septiembre /2024 18:16

LOGOI 370

LA I.A. Y MATRIX

Bueno, cualquier cinéfilo bien informado podría haber escrito de la I.A. citando además de “Matrix”, “Her”, “Yo, Robot”, “Moonfall” (La Luna se derrumba sobre la Tierra guiada por una gigantesca IA que se ha “independizado del hombre”) y, poniéndose muy pesimista, “Terminator”. En todas ellas, la verdadera protagonista es la I.A. (incluso antes de hacerse una estrella ambivalente como en la (s) película (s) del robot “Terminator”) y toda una serie de filmes de ciencia-ficción apocalíptica, que empezaron con “La hora final” o “Telefono Rojo” de Kubrick o el primer “Planeta de los simios” (aunque en estas últimas citadas se trataba de la Bomba (atómica), un apocalipsis causado en el último momento por máquinas o algoritmos. Para salvar la cara, el cine siempre ofrece la disculpa del error humano, pero dejar la última decisión a una máquina además de un error es un sesgo de actitud cada vez más aceptado por todos los humanos.

Viene esto a cuento por una información que circula discretamente sobre una empresa nipona Sakana AI y un programa llamado The Al Scientist, creado para generar investigaciones científicas de manera autónoma y sus correspondientes hipótesis y los artículos y argumentos que las sustentarían, todo ello bajo un cuadro o programa de actuación diseñado por humanos. Pues bien, dado que el programa de inicio ya establecía ciertos límites y controles, la máquina obrando por sí misma modificó la secuencia de inicio para ejecutarse integrando un bucle infinito que la colocaba fuera del control temporal de sus creadores y, en definitiva, abría una gama de posibilidades de actuación nuevas y sin control humano. Le enorme sobrecarga energética que eso suponía alertó a los operadores del sistema. Evidentemente se neutralizó la operación autónoma.

No se necesita una imaginación tipo Asimov o Clarke o el recuerdo de la humanidad genéticamente controlada por máquinas del Universo de pesadilla del que nos habla “Matrix”, para alertarnos y llamar la atención a quien corresponda de la necesidad de un control más específico y medido de la IA. No se trata de eliminarla, sino de evitar que sea algo más que una buena herramienta, una prótesis científica de ayuda al progreso humano, como esa IA de un hospital universitario de Palma de Mallorca que  está obteniendo diagnósticos inmediatos y certeros sobre la sepsis, esa infección incontrolable del cuerpo humano que colapsa mortalmente el cuerpo en cuestión de horas. La OMS calcula que el 20% de las muertes en el mundo se producen por septicemias. La IA ha logrado mejorar enormemente el llamado “Código Sepsis” y adelantar los diagnósticos con una fiabilidad del 96%, con menos del 9% de falsos positivos y menos del 1% de falsos negativos.

Recordemos que en la mitología, los dioses dieron a los hombres la idea de usar el fuego en su provecho  e interés, pero también les advirtieron que para que así fuera debía estar siempre bien controlado.

ALBERTO DIAZ RUEDA

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29 agosto 2024 4 29 /08 /agosto /2024 21:30

Logoi 369

BIBLIOTECAS

Leo un libro de crónicas personales del gran escritor norteamericano William Styron (1925-2006). Autor de novelas como “La decisión de Sophie” y “Esta casa en llamas”. Con “Las confesiones de Nat Turner” obtuvo el Premio Pullitzer 1968. Recuerdo su obra “Esa visible oscuridad”, una de las confesiones de depresión más conmovedora que he leído. Styron confiesa cómo la lectura le salvó de muchos desastres vitales durante toda su existencia. “La biblioteca era mi guarida, mi club privado, mi santuario, mi lugar de salvación...cuando leo en la biblioteca, estoy como refugiado ante el mundo y los vientos malignos del futuro; nada podía hacerme daño cuando me encontraba allí. Sin duda era como huir, pero también me  enriquecía...los libros me proporcionaron todo lo bueno que he tenido en mi vida. Dios bendiga a las bibliotecas”.

Todos los escritores y “lletraferits” que he conocido –muchos, debido a mi profesión- confiesan su deuda impagable con las bibliotecas y, por extensión, con los libros y la lectura. Yo mismo, sigo frecuentando la biblioteca de Alcañiz, que escogí por su recoleta ubicación en un edificio histórico bien conservado, por su ambiente silencioso y sobre todo debido a ese “enraizamiento” personal con las bibliotecas públicas desde que era niño. Y ello a pesar de que mi biblioteca personal es de varios miles de volúmenes. Entre ellos acudo a menudo a los más preciados por mi memoria de lector o por ciertas conexiones emocionales con ciertos autores: Dickens, Conan Doyle, Cervantes, Shakespeare, Quevedo, Melville, Swift, Stevenson, Richmal Crompton, Austen, Graham Greene, Carroll, Balzac, Saint Exúpery, Montaigne, Rabelais, Thomas Mann...”e tantti altri”... Sin embargo, en mis visitas a las bibliotecas, me dedico con preferencia a curiosear en los anaqueles de ensayos: filosofía, psicología, neurociencias y crisis ambientales.

Ya sea en la biblioteca de Alcañiz o en la del “Escorxador” de Barcelona, o en cualquier otra situada en pueblos o ciudades que visito, me gusta sentarme un rato a leer en algún recodo –casi siempre bastante solitario- o curiosear por los anaqueles y comprobar cómo con el paso de los años  y la deriva de la cultura de los libros a las pantallas, somos lamentablemente menos los que acudimos a sus acogedoras salas de lectura.

Por favor, profesores, padres, amigos y compañeros de los jóvenes, traten de incentivar el amor a la lectura y a las visitas y estancias en las bibliotecas. Generen actividades, cursillos, competiciones, representaciones, conferencias, coloquios, clubs de lectura...impidan que las bibliotecas desaparezcan como si fueran instituciones banales e innecesarias.  Valoremos de nuevo la lectura y los libros por sí mismos: es el mejor antídoto contra la vulgaridad y malignidad de una forma de vida,  acelerada e insustancial, que nos esclaviza a través de pantallas y de incesantes estímulos superficiales, cual si fuéramos esos ratoncillos o “hamsters” condenados a impulsar la rueda de giro sin fin del capitalismo y el consumo.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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29 agosto 2024 4 29 /08 /agosto /2024 21:29

Logoi 368

NO SOMOS UNA ISLA

“Ningún hombre es una isla/por sí mismo/cada hombre es una pieza de un continente/una parte del todo”, escribió el poeta inglés del siglo XVI, John Donne. Para dentro de 50 años el 75% de los países estarán en franco retroceso poblacional. En Occidente no hará falta esperar tanto: ya hay países en Europa en los que la población está en el límite de crecimiento cero. En el futuro la mayoría de los bebés del planeta nacerán en el África subsahariana. Así que la Humanidad  añadirá un  problema más a la gama habitual: cambio climático, guerras, pandemias y codicia capitalista...

¿Cuesta tanto entender que nadie, ninguna persona, país, raza, clase o nacionalismo son islas? ¿Que, esencialmente, dependemos unos de otros y que la evolución no entiende de creencias, diversidades e intereses económicos depredadores? En lugar de esa solidaridad básica de lo humano, vivimos en un mundo sometido a una infinidad de diversidades  hostiles entre sí: etnias, creencias, color de piel, sexo o  dinero...

No se trata sólo del futuro existencial de la humanidad, sino del proceso nefasto que nos lleva a eso y que no percibimos. El reto del mundo de hoy consiste en aceptar de una vez por todas que la inmigración no es un problema en sí. Incluso, comprender que podría ser el principio de la solución de muchísimos otros problemas reales que comprometen el progreso, la economía y la supervivencia de cualquier país.

Datos: en los últimos meses más de 13.000 personas procedentes de Mauritania llegaron a nuestras costas. Sin contar los de otras nacionalidades y países. España es el segundo país, tras Grecia, donde más ha crecido la inmigración irregular. Unamos a la muy superior cantidad de personas que llegan de África y Asia, principalmente, a toda Europa de forma legal. Pero en España esa llegada de extranjeros ha impedido la caída de la población. ¿Cómo se reacciona en Europa a esa masiva entrada de inmigrantes por vía ilegal o legal? Fácil y erróneo: los políticos viajan a esos países para evitar que salgan del país o lo atraviesen en las rutas de huida y regalan millones de euros o dólares, que se diluyen en la corrupción  oficial o engrosan el lucrativo negocio sanguinario de las mafias. ¿No sería mejor emplear ese dinero ingente,  más el trabajo y las ideas que malgastamos inútilmente, en encontrar una forma de gestionar una realidad creada por las circunstancias geopolíticas y económicas? No es fácil, pero se puede gestionar de forma que ese supuesto problema del inmigrante se convierta en una solución a futuros problemas reales. El auténtico reto consiste en neutralizar intereses turbios –racistas, nacionalistas o neonazis-  que viven del miedo y el odio que causan la ignorancia, la maldad y la codicia.

Alberto Díaz Rueda

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29 agosto 2024 4 29 /08 /agosto /2024 21:26

LOGOI 367

¿SOMOS ESTÚPIDOS?

La ciencia genética constata que todos, TODOS, los seres humanos compartimos un  genoma idéntico en un 99% y que las diferencias genéticamente hablando son inapreciables. Y debidas a elementos tan singulares como lo que llamamos “cultura” (la nobleza de la palabra se degrada con el uso) y a uno de sus caprichosos “subproductos”, llamados “creencias”, circunstanciales elementos que justifican genocidios, hambrunas, miseria, violencias y crueldades. Este generalizado y cíclico comportamiento parece más concebible en los animales –lo cual es injusto- que en los humanos, género al que Jonathan Swift consideraba el más cruel y execrable de la Creación. Con los simios compartimos “sólo” el 96 % del genoma, pero en algunos términos son bastante más apreciables que nosotros. Porque hay que ser inhumanamente estúpidos para, a estas alturas del conocimiento científico de nuestra  realidad, seguir con el racismo y las actitudes y principios colonialistas y clasistas que han “adonado” la historia de Europa deshonrando una idea digna de ser alentada y protegida: la unión igualitaria de todos los países de Europa y, en definitiva, el de todo el planeta.

Quizá el retrato más convincente de nuestro género animal sea el de la novela “El planeta de los simios” del francés Pierre Boulle– más conocida por las películas y series basadas en ella- que justifica no sólo nuestra semejanza genética con los simios: su civilización ficticia es un calco de la nuestra, incluso con su religión, clases y creencias- sino en  la obstinación suicida en negar la realidad de lo que es y no de lo que quisiéramos que fuera. Consideremos algunos hechos:

-El color de la piel y  las circunstancias físicas, económicas y sociales con las que nacemos no deberían ser determinantes de nuestro futuro. Las circunstancias cambian y pueden ser cambiadas, no deberían ser determinantes ni excluyentes. Para eso debería haber un gran consenso en las personas, los Gobiernos y las naciones. La supervivencia del planeta lo exige,

-Ningún  pueblo es superior a otro. Los pueblos con menos recursos no son inferiores ni necesitan ser tutelados, sino instruidos, educados y ayudados a mejorar su situación.

-El miope fanatismo religioso, en nombre de culturas, tradiciones o creencias, es uno de los factores degradantes de la naturaleza humana. Hará falta un largo período de comprensión y paciencia para hacer comprender al ser humano que toda creencia que provoca dolor y humillación a las personas, debe ser erradicada.

-Seguir con la ciega estupidez racista no mejorará la vida de nadie y se obstina en negar una realidad: vamos hacia un mundo de diversidades, lo queramos o no. Como ejemplo: en España uno de cuatro niños nacidos en los últimos años tiene un padre –o madre- extranjero. En todos los países del “meridiano rico” la inmigración es una realidad creciente por mucho que levantemos vallas y persigamos a los “otros”. Pensemos. Nos conviene negociar y compartir. No seamos estúpidos..

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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6 agosto 2024 2 06 /08 /agosto /2024 18:32

 

Travesía marítima por la literatura de todos los tiempos: desde Homero y Virgilio a Conrad, Melville, Swift, Mann, Verne, Poe, Galdós o Baroja

Nuestro mar, el mare nostrum, el Mediterráneo, que cantaron los antiguos poetas griegos y siguen cantando los de ayer y hoy (desde Kavafis, Guillén, García Lorca, Neruda, Benedetti,  Machado o Serrat que lo vistió de música...) Pero no sólo el  nutricio mar de nuestra historia ribereña. Hablamos de todos los océanos que abrazan la tierra en el planeta y fueron la cuna del género humano y posiblemente también la tumba, si nuestra generación termina por esquilmarlo todo. La inmensidad marina está unida a la historia literaria del hombre. Escribe Borges: “¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento y antiguo ser que roe los pilares de la tierra y es uno y muchos mares y abismo y resplandor y azar y viento?”

 Es el mar, perpetuamente renovado, símbolo paradójico de lo mudable y permanente, madre nutricia de la poesía y la narrativa, punto de partida, medio iniciático, misterio y grandeza desbordada tanto en su cólera como en su apacibilidad...uno de los elementos naturales que ha nutrido las páginas inmortales de la literatura de todos los tiempos...y,  a pesar de tantos adelantos en su conocimiento y también en su inicua explotación sin límites, sigue siendo la vasta pradera inexplorada, el país misterioso en el que todo es posible, como en los tiempos de Homero, Virgilio, Víctor Hugo, Julio Verne,  Lautreamont o Conan Doyle. Ya sea con aliento épico, el emocional intimismo del poeta, la paleta romántica de los pintores, el dinamismo del cine...y los sueños de todos los que le aman. Levad el ancla, lectores, dejad que el viento hinche las velas, que el rizado mar se abra ante los ojos del alma con toda su infinita belleza, su dádiva de aventuras, encuentros y tragedias...en una singladura que durará tanto como se mantenga el interés de cualquier lector por saborear la metáfora del Cementerio  marino de PaulValery, “La mer, la mer, toujours recommencée...”, con la cadencia interminable de las olas.

La palabra de los poetas griegos está impregnada de olor a mar, preñada de luz, de salada claridad, desde que en el canto I de La Ilíada, se hace la primera mención al mar y a las olas, durante el triste paseo por la orilla del humillado sacerdote Crises, cuando Agamenon se niega a devolverle a su hija, la bella Criseida, que es botín de guerra aqueo. A partir de esa cita iniciática, los poetas griegos, hasta Hesíodo y los epigramatistas tardíos,  Rufino o Filipo, crean una amplia imaginería del mar: Afrodita, nacida de la mezcla de la espuma de las olas y el semen de Urano, Poseidon y sus palacios submarinos, las islas que hablan, otras errantes, barcos que surcan las aguas sin piloto, ninfas, sirenas como las que asediaron a Ulises, figuras todas que pertenecen a ese mar homérico, color de vino o violeta (“el ponto color violeta”), rojizo como mosto o azulado como las barbas de Poseidón. Es el mar de la peligrosa Circe; de Scilas y Caribdis; el Cíclope caníbal que Ulises llama Nadie; Proteo, el viejo del mar, capaz de metamorfosis legendarias, león, jabalí, fuego, el que da el adjetivo que mejor cuadra al mar: proteico, es decir cambiante. Y también sus figuras salvadoras de náufragos, como Cástor y Pólux, los Dióscuros, que acuden para salvar a los navegantes en las tempestades, con la ayuda de los delfines.

Hemos comenzado esta travesía literaria por todos los mares  rindiendo homenaje a los clásicos grecolatinos, recordando a Virgilio y su “Eneida”. Y aprovechemos el engarce virgiliano para ampliar el punto de mira a través de los tiempos, citando a un autor del pasado siglo, el austríaco Hermann Broch, autor de “Los sonámbulos”,  nos ofreció una novela memorable, “La muerte de Virgilio”, donde el mar es coprotagonista de los sueños y desdichas del gran autor romano en las últimas 16 horas de su vida. Broch era de origen judío y fue detenido por la Gestapo y rescatado por una misión literaria internacional encabezada por Joyce, que lograron que pudiera expatriarse a Estados Unidos. La novela fue publicada en 1945 con muchas dificultades. Pero cuando Broch murió en 1951 su nombre ya sonaba como Premio Nobel para ese año.

Otro autor de lengua alemana, Thomas Mann –Nobel de 1929-, uno de los más decididos defensores de Broch, ya navega con nosotros de pleno derecho: es el autor de un bellísimo y corto ensayo, “Travesía marítima con Don Quijote” donde narra su lectura de la gran obra cervantina durante el primer viaje transatlántico de Mann entre el 19 y el 29 de mayo de de 1935, en el barco “Volendam” de Hamburgo a Nueva York.

Pero este humilde narrador que les invita a surcar los mares  a bordo de libros y autores, tiene una figura señera que simboliza ese respeto, temor y amor por las aguas eternas de los mares que nos circundan: Joseph Conrad, el polaco que esgrimía un inglés de una creatividad inmensa, “de las más perfectas, precisas y elaboradas de la literatura inglesa” (en palabras de Javier Marías traductor de su “The Mirror of the Sea”).

Conrad, oficial de marina, piloto y capitán, desplegó durante veinte años de singladuras en navíos mercantes británicos por el Pacífico, el Índico y el Atlántico, una asistencia aventurera con episodios terribles y magníficas hazañas marineras. Luego, abandonó aún joven la existencia de marino y se decidió durante los 30 años siguientes a escribir...pero, ¡qué maravilla de estilo, de amena narrativa, de profunda singularidad en temas y personajes! Sin ninguna duda elevó la calidad de dicción y pensamiento a una altura tal en el panorama de la literatura inglesa de su época, que sólo Henry James puede resistir una comparación. En “El espejo del mar” habla de su amor al mar y de su huída de él: “Subyugado pero nunca abatido, rendí mi ser a esa pasión que, diversa y grande como la vida misma, también tuvo periodos de maravillosa serenidad que incluso una amante inconstante puede proporcionar sobre su pecho lleno de furia, ardides y sin embargo capaz de arrebatadora dulzura...no puede decirse que vivir en él desde los dieciséis a los treinta y seis años sea una eternidad, mas es, sin embargo,  un buen trecho de esa clase de experiencia que lentamente le enseña a uno a ver y a sentir”.

Les recomiendo toda la obra, casi sin excepción, de este soberbio escritor, pero en aras de la economía de tiempo, lean la que les he comentado y desde luego “Lord Jim” y “El corazón de las tinieblas”, una durísima crítica al colonialismo belga en el Congo (justamente el que el director Francis Coppola revivió en el Vietnam de “Apocalypsis Now”). Pero con mayor profundidad psicológica,  en “Lord Jim”,  Conrad nos ofrece el alma desnuda y atormentada ante un trágico conflicto interior, el hombre sólo, lejos del héroe de Kipling, sin compañerismo, sin posible redención, que afronta una salvajada cometida a bordo de su barco contra pobres sujetos, comparando la crueldad humana con la furia del mar: “que tiene ese algo indefinible que se impone a la inteligencia y al corazón del hombre...que le arranca toda esperanza y todo miedo, el color de la fatiga y el anhelo del descanso...lo que significa destruir, aplastar, reducir a la nada todo aquello que es inapreciable y necesario...” En Conrad es la lucha contra el mar lo que mueve su pluma, no el amor al mar

Cambiemos de tercio, en la novela de aventuras, el mar es uno de los escenarios predilectos. Déjense embrujar de vez en cuando por el sortilegio de la “Hispaniola” surcando los mares con su piloto cojo y Jim, el grumete valiente, en busca de la “La isla del Tesoro”. Otros grandes personajes de Stevenson, patéticos, generosos o granujas, en todas sus novelas sobre los Mares del Sur. ¿Quién no ha sentido el tirón amable de aventura leyendo estas palabras?: “La “Hispaniola surcaba decidida las olas, sumergiendo muy de tarde en tarde su bauprés y volviéndolo a sacar envuelto en un girón de blanca espuma. Íbamos con todo el aparejo tendido y todos a bordo muy optimistas porque estábamos ya cerca del final de la primera parte de nuestra aventura”. Junto a  Jim Hawkins, podríamos exclamar: “Mis ojos  se extasiaron con el mar infinito”.

Y en España las novelas de marinos de Galdós o de Baroja: desde el primer tomo de los Episodios Nacionales, “Trafalgar”, a los barojianos “Pilotos del altura”, “Las inquietudes de Shanti Andía” y “El capitán Chimista”. Sin dejarnos  al casi olvidado Ignacio Aldecoa con su “Gran Sol”, una excepción marinera en la literatura española de mediados del siglo XX, donde nos narra las aventuras y desventuras de los tripulantes del  “Aril” un barco de pesca de altura que navega desde las costas española a los remotos bancos de pesca del Gran Sol y que perderá por un accidente, enredado en sus redes, a su patrón Simón Orozco. Sorprende el seco y austero dominio del castellano de Aldecoa, que describe de forma escueta casi telegráfica, el paisaje marino: “Por el este, horizonte corinto. Por el oeste horizonte mulato. Al norte, cielo blanco. Al sur, cielo embalsado.” No hay atracción, entusiasmo hacia el mar. Es un lugar de trabajo, de sudor y peligro: “el mar es un elemento que devora energía, desgasta vidas o las arrebata para nada”.

Lejos de este tono, el arrobo vitalista de Alberti en sus poemas sobre el mar. El de “Marinero en tierra”, por ejemplo. Sigue la senda de Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez y más lejanos, Lope de Vega y Góngora, que dedicaron sus miradas literarias al mar. Alberti, refleja su pasión marina en sus poemas, “Amárrame a tus cabellos/ crin de los vientos del mar”...Y, “Viento, arráncame la ropa/ tírala viento, a la mar”. Juan Ramón Jiménez busca trascendencia en el mar, como en su obra “Animal de fondo” o antes en “Diario de un poeta recién casado”. Y canta: “Qué plenitud de soledad, mar solo/ qué lejos siempre de ti mismo/ Eres tú y no lo eres/tu corazón te late y no lo sientes”, o, “Sólo estamos despiertos/el cielo, el mar y yo/ cada uno inmenso, como los otros dos”. O, “las olas como mis pensamientos vienen y van y vienen/besándose, apartándose/ en un eterno conocerse, mar/ y desconocerse”.

Mi viejo y ya fallecido amigo, el catedrático de lengua y escritor Ramón Carnicer, aseguraba que el término “mar” es de género ambiguo. Los navegantes, pescadores y gentes del mar dicen siempre “la mar”; las gentes de tierra adentro decimos “el mar”.  Yo, que he pasado dos tercios de mi vida junto al mar y el otro tercio  en tierras adentro, sigo recibiendo de vez en cuando, casi soñando, un espejismo sensual de mi infancia, un olor a brea y agua salada, a sol y a viento perfumado por las olas y las algas del Atlántico. Por tanto para mí, solía decirle a don Ramón, será siempre “la mar”.

Pero sigamos esta singladura por el mar proteico de la literatura. Escuchemos a Homero: “Las purpúreas olas empezaron a resonar en torno a la quilla mientras el viento henchía las velas y la nave se deslizaba y corría siguiendo su rumbo...durante toda la oscura noche hasta que se empezó a levantar la aurora de rosados dedos”. O el épico Virgilio: “Hiere el cielo el clamor de los marineros; el agua que retorna espumea al impulso de los brazos que son llevados hacia atrás. Abren surcos iguales  en el mar, que se raja por los remos y espolones de tres puntas”, qué ritmo y qué vigor alimenta las mentes de poetas y narradores el mero conjuro del mar. Ya sea Camoens con sus “Os Lusiadas” en el Índico, Bacon con sus “nuevos atlantes” en el Pacífico, Ronsard, las Islas Afortunadas en el Atlántico, la Utopía de Moro o Shakespeare en “La tempestad”,  o Rabelais con los viajes de “Gargantúa y Pantagruel”, los siglos XVI y XVII son pródigos en referencias a océanos, mares remotos e islas fabulosas. Más tarde Poe (“Aventuras de Arturo Gordon Pym”) convierte al océano en un espacio místico y fantasmal como ese mar Ártico “rodeado de un sudario blanco”, o Victor Hugo (“Los trabajadores del mar”). Y nos dice que París es “un océano donde quien se zambulle puede desaparecer”.

Verlaine y Baudelaire sazonan sus versos con referencias al  mar “insondable, misterioso y lleno de tinieblas”; Rimbaud  se hace eco de la terrible dureza del mar con su magnífico “La bateau ivre” o Lautreamont, que habla de “ese océano, tan oscuro y horrible como el corazón del hombre” y en sus “Cantos de Maldoror” estremece al lector con su descripción del hundimiento de un navío: “...aquél que no haya visto  zozobrar un barco en medio del huracán, de la alternancia de los relámpagos y la más profunda oscuridad, mientras que los que van en él están abrumados por esa desesperación , aquél digo, no sabe lo que son desgracias en la vida...finalmente brota un grito universal de inmenso dolor de entre los flancos del barco, en tanto que el mar redobla sus temibles y destructivos ataques...”.

Los ingleses, rodeados de mar, que han surtido a la literatura de obras cumbre en referencia a los mares, desde las leyendas celtas, los ciclos artúricos y las sagas normandas,  nos brindarán a través de Jonathan Swift y Daniel Defoe, dos de las joyas de esta literatura marina: “Los viajes de Gulliver” (una de las más feroces sátiras contra aspectos malévolos, mezquinos, ignorantes y violentos del ser humano ) y “Robinsón Crusoe” que, al contrario, es un canto a la resistencia, valor e imaginación operativa del hombre. Sin olvidar a Melville y su terrorífica ballena blanca, esa Moby Dick que sólo deja un superviviente del “Pequod”, flotando en el mar solitario, agarrado a un ataúd de madera tallada.

Hermanos de estilo, el mar como sendero de sufrimiento y ascesis, tenemos a  Álvaro Núñez Cabeza de Vaca, que en el año del Señor de 1527 participó en la expedición de Narváez hasta desembarcar en Florida. Su obra “Naufragios” todavía te atrapa con su castellano ingenuo y efectivo: “La mar comenzó a venir muy brava y el norte (viento) fue tan recio que ni los bateles osaron salir pues el agua y la tempestad comenzó a crecer tanto que con muy grande trabajo con dos tiempos contrarios y mucha agua que había, estuvieron quedos aquél día y el domingo hasta la noche...” Muchos autores, entre ellos nuestro Ramón J. Sender y el húngaro Lazlo Passuth bebieron de esas crónicas para hilvanar sus novelas históricas.

Pero vayamos a las visiones más  aventureras y menos trágicas de los autores italianos o franceses. Escojamos a dos de ellos, Emilio Salgari y Julio Verne. Del primero se puede gozar de las aventuras del Corsario Negro y de Sandokan. Hay batallas marinas por doquier y el mar bravío es su telón de fondo. Julio Verne, a mi entender muy superior a Salgari, nos regala la figura del capitán Nemo y su Nautilus, que odia el belicismo y la crueldad de la raza humana y confiesa “Je n’aime que la liberté, la musique et la mer...la mer es tout”. Verne confiesa a su vez: “Je ne puis voir partir un navire, sans que tout mon etre s’embarque a bord” (él mismo fue un buen patrón de su yate “Saint Michel”). Le debemos el goce de la lectura de “2.000 leguas de viaje submarino”, “Las aventuras del capitán Hatteras”, “Los hijos del capitán Grant”, “La isla misteriosa”, “La ciudad flotante”, “Los náufragos del Jonathan”... Y su mensaje: “la mar es un milagro que hay que respetar, como un enemigo fiel, como un gran amigo tornadizo pero noble. Es “le vaste reservoir de la nature”.

Una referencia fugaz, al gran Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes. Consigan la novela que dedicó al profesor Maracot (“El abismo de Maracot”; muy adecuada a estas páginas).

Pero es preciso acabar el viaje. Nuestro navío descansa en una ensenada. Se oye la voz del segundo de a bordo, “Larga”, y el golpe del ancla al caer sobre el agua, junto al atronador bramido de la cadena que la sustenta. Es el seguro del navío. Después se escucha la voz de capitán desde popa “¿Cómo llama el cable?” y   la respuesta del segundo, “llama recto por la proa, señor”. El viaje ha terminado. Diremos adiós con la voz nostálgica de Rafael Alberti en su “Marinero en tierra”: “Si mi voz muriera en tierra/llevadla al nivel del mar/y dejadla en la ribera/ Oh mi voz condecorada/con la insignia marinera:/sobre el corazón un ancla/y sobre el ancla una estrella/y sobre la estrella el viento/ y sobre el viento la vela!

NOTA BENE: Dada la naturaleza de este trabajo, no adjunto ediciones y editoriales de ninguno de los libros citados. El lector puede encontrar en la Red las ediciones que más le gusten. Todas son obras conocidas y de las que existen diversas opciones  y de muchas de ellas versiones cinematográficas  muy populares.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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