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12 mayo 2024 7 12 /05 /mayo /2024 11:40

OBSERVATORIO POLÍTICO INTERNACIONAL

EL “GRAN HERMANO” DEL SIGLO XXI

La ‘tecnodictadura’ es la mayor amenaza real contra la paz, la libertad, la democracia y el progreso en el mundo.

 

George Orwell (Eric Arthur Blair) dibujó un terrible futuro ‘distópico’ en su novela “1984”, publicada en 1949 y que ahora, 75 años más tarde, se relee con toda su fuerza simbólica, reflejada en algo tan cercano y cotidiano que da escalofríos pensar...que se quedó corto. Es decir, la realidad socio-política, económica, ecológica, bélica, inmigratoria, destructiva y genocida de los angustiosos años 20 del siglo XXI, supera con creces la mayoría de las suposiciones imaginativas del escritor inglés (nacido en India en 1903 y fallecido en Londres en 1950) que luchó en nuestra guerra civil en el lado republicano.  Orwell pretendió con esta novela y con “Rebelión en la granja” mostrar las características del régimen de Stalin –o de Hitler, en el otro extremo- y fantasear con las consecuencias de su implantación en cualquier país. Y eso que no llegó a conocer a Pol Pot, Mao y tantos otros “tiranos” del siglo XX (sin olvidar a Putin, Bolsonaro, Kim y Trump en el XXI) Sin embargo lo que cambió en los últimos años es que ya no se trata de regímenes totalitarios fascistas o neonazis, sino que son los países con gobiernos democráticos los que  se ven sometidos a los efectos perniciosos de la “tecnodictadura”,  ya que el poder político (y el económico, por otras causas) comienzan a estar sometidos a las exigencias y auge de los bulos, las campañas digitales y una despolitización creciente provocada por la polarización suicida del espectro político. Unan a esto el estilo de vida que el nuevo capitalismo impone, la aceleración, la pérdida del sentido social a favor del individualismo, unido a un nacionalismo xenófobo, el consumo histérico, la exacerbación del odio al “distinto otro” y a la diversidad, y la relativización de la verdad en la comunicación. Todo ello crea el caldo de cultivo apropiado para el crecimiento del poder del “Gran Hermano” tecnológico. La censura, la manipulación y la desnuda falsedad, más la selección o condena de las personas, ideas o actos, ya no procede del poder político enteramente, sino del poder oscuro, sin nombre ni rostro, que emana de las multinacionales y se realiza en las pantallas de los móviles y los ordenadores, con el eco complaciente (a la fuerza) de los medios de comunicación y el rechazo minoritario de algunos medios independientes pero, y eso es lo grave, con la aquiescencia inconsciente del ciudadano, cegado por las ofertas de entretenimiento, de consumo y de relaciones.

Como muestra un botón: el caso español. Los dos partidos en liza por el poder se han ido turnando en acusaciones de “manipulación de la democracia”. El famoso “Procedimiento de Actuación contra la Desinformación”, de 2020, (el gobierno monitorizará las redes a la búsqueda de noticias falsas y tendenciosas, a las que se dará una “respuesta política”) no vale en este momento ni el precio del papel donde se ha impreso. Como el asunto proviene del PSOE, el PP le acusa de intentar convertirse en un orwelliano “Ministerio de la Verdad”. “Un ataque intolerable a la democracia”, olvidando su papel anterior en el tema y su uso negativo de los medios digitales a su disposición. Pero los pseudomedios o “máquina del fango”  hacen leña del árbol caído, a decir verdad, ya sea el PSOE o el PP, (a propósito evito entrar, por simple decoro, en la dinámica del resto de partidos y sus Comunidades). Así que seguimos igual, o mejor dicho creciendo en ese conocido diagnóstico social: aumento de la polarización, crispación en alza en el mundo político y una desconfianza ciudadana de la que se aprovechan los extremos políticos de siempre. Lo cierto es que en Europa ya se nos considera uno de los países más vulnerable a la desinformación digital. La cual procede demasiado a menudo de la misma clase política que padece sus efectos. Todos usan en la red montajes que siguen, según un grupo de expertos en manipulación digital, modelos muy conocidos: el de “sesgo cognitivo” (forzar la predisposición a creer determinadas cosas y no otras, independientemente de su veracidad); la “jajaganda” (hacer humor grueso para ridiculizar a instituciones o personas); “algoritmitis” (los motores de búsqueda y las redes filtran contenidos de impacto y usan algoritmos para llamar la atención del ciudadano y decantar opiniones, rechazos o adhesiones). La única diferencia con el “Gran Hermano” televisivo de Orwell, es que detrás de esas pantallas no hay un dictador con su propio programa “político” hegemónico, sino que hay varios aspirantes al cargo, políticos o económicos, enfrentados entre sí, pero con la cuota de poder suficiente como  para tener acceso a alguno de los “motores” de desinformación global que el “Sistema” tecnológico pone a su disposición (al precio que sea).

Distinguir a los “pseudomedios” de los que no lo son y tratan de canalizar una información veraz, pasa por algo tan obvio como proponer una ley que obligue a todos los medios, cadenas y plataformas a hacer públicas sus fuentes de financiación. Y el segundo punto, en el que insistimos una y otra vez los que escribimos sobre estos temas, es un problema de educación general, de alfabetización digital del ciudadano y de exigir a éste ampliar los principios éticos en los que se debe fundar la convivencia y las relaciones sociales (también las familiares) y el respeto hacia la diversidad. Solo esa educación puede enseñar al individuo a distinguir y contrastar fuentes y medios. Y así evitar por principio los contenidos falaces y de odio, se vistan como se vistan.

Es conveniente saber, por ejemplo, que los pseudomedios y las campañas de desinformación, no son productos creados por el azar, la tendenciosidad  o la evolución política provocada por las circunstancias. Son creaciones específicas y dirigidas a un sólo objetivo: manipular los procesos y la convivencia democrática a través de la distorsión de la realidad y  la difusión de noticias falsas. Es una herramienta de uso político, pero no hay una ideología detrás, sino un afán mercenario: se vende al mejor postor. En su manera de actuar siguen un cierto tipo de pautas. Los forenses digitales hablan de “contenidos inauténticos”. Es decir no los han producido ellos mismos, sino que roban contenidos a otros medios, los manipulan para distorsionar el mensaje y los sirven gratuitamente. Con la aparición de la IA y sus modelos generativos la cuestión de la falsificación ha crecido exponencialmente. Ya no es preciso utilizar un burdo montaje fotográfico para falsear la realidad, como Stalin hizo con Trotsky, en la célebre foto de la parada militar en Moscú. Recuerden también que el famoso Photoshop (1986), llevó hasta los particulares el arte de la manipulación fotográfica.  Pero fíjense, ahora sería posible difundir un mensaje del Papa Francisco en persona, con su imagen y su voz, pidiendo que alguien lance la bomba Atómica contra Palestina, contra Ucrania o contra el mismísimo Vaticano. Es la falsificación de lo real llevada a un extremo incontrolable, ya que los creadores de tal dislate sabrían también convertir el mensaje en viral. Y las actividades falsificadoras de la IA ya están influyendo para llevar a Trump de nuevo a la Casa Blanca o convertir a Putin en un héroe. Son campañas de videos falsos a favor del líder que convenga: aparece en todas partes y suele afectar más de lo que parece dado lo burdo del sistema.  Podrían  afectarán los resultados electorales en Europa y Estados Unidos de una forma impredecible. Esto lleva a la larga a una grave  erosión de la solidez y firmeza de la democracia.

La pregunta es: ¿Qué hay que hacer? O, más bien, ¿qué se puede hacer? , ya que lo que hay que hacer, suele estar reñido con lo que se puede hacer. Las democracias necesitan un ecosistema mediático que se defienda y extirpe ese cáncer informativo: en caso contrario el escepticismo, la incredulidad y el odio subsiguientes terminarán con ella y los pueblos volverán a estar bajo el poder de los Calígulas de turno. La única manera de obtener esa vacuna democrática sería la unión honesta y transparente, por encima de ideas y partidos, de toda la clase política, las empresas tecnológicas, las plataformas y las empresas de comunicación y marketing. Y en tanto se llega a esto (si fuese posible, cosa que está por ver) utilizar los medios reactivos y coercitivos legales para blindar a los ciudadanos, las instituciones y el sistema político democrático -de una forma pecuniaria y penal-  frente ante todos los daños que sufre el sistema en su conjunto a causa de la utilización mendaz  y tendenciosa de la información.

Con motivo del Día Mundial de la Libertad de Prensa (el 3 de mayo), las Asociaciones de Prensa de España compartieron un manifiesto titulado “Sin periodismo no hay democracia”. Se trata de regular la prensa, establecer el punto clave entre la censura y la libertad de expresión, frenar las mentiras incontroladas y distinguirlas de las críticas saludables e identificadas. Pero para eso, en primer lugar, ha de equilibrarse el comportamiento personal de los políticos del país, serenar los debates y mantener una escrupulosa y educada pulcritud y cortesía en las discusiones públicas y una conciencia clara de dos elementos: dónde empieza y termina la opinión y el carácter insobornablemente veraz de la información. Debe acabar el bailoteo impúdico de medias verdades y de medias mentiras para arrimar el ascua a la propia sardina. Ese es cometido de trileros, no de políticos que viven del erario público.

Hay que tener en cuenta cómo los discursos de odio, las conspiraciones y la violencia en las calles están relacionados entre sí. Deberíamos preguntarnos quiénes salen ganando con la creciente agresividad en las Redes, en las tribunas políticas y en los medios. En esencia lo que sí sabemos es quienes salen perdiendo: el resto, seguramente una mayoría, de ciudadanos pacíficos y razonables que pueden dialogar sin insultos y sin descalificaciones, con ese ingrediente cada vez más ignorado que se llama ‘respeto al otro’, sobre todo  cuando opina de manera distinta a nosotros. Hay que hacer notar la constante presencia de movilizaciones callejeras de trasfondo político. Con pocas excepciones, convocadas por la ultraderecha y la derecha, con un desarrollo común de signo bastante agresivo. Quizá sea ya un síntoma de la deriva polarizadora y del auge derechista en Europa.  O, tal vez, sea más bien el efecto disgregador y vírico del “síndrome del Gran Hermano” que –siguiendo la estela literaria de la novela de Orwell- está difundiendo y al tiempo disfrazando la amenaza real y letal del dominio de la ‘tecnodictadura’. De manera que, a cambio de la “comodidad” y el “entretenimiento” que ofrece a nuestra decadente sociedad, exige que nos comportemos como miembros de un rebaño sumiso, obediente a las consignas del poder. Dentro de un escenario donde se nos hace creer que somos libres, se respetan nuestros “derechos” y vivimos en una “democracia”.-ALBERTO DÍAZ RUEDA

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2 octubre 2023 1 02 /10 /octubre /2023 18:57

Publicado en la revista "Compromiso y Cultura" de octubre 2023

Este mes de octubre en el maremágnum de los acontecimientos de importancia global, voy a escoger una temática en la que se unen dos de las constantes profesionales de la persona que escribe  este texto para ustedes: el que concierne al estado del mundo, en concreto a la política internacional  y también en correspondencia con el pensamiento y la escritura, su reflejo literario. Vamos a hacer un pequeño recorrido por la suerte, o mejor la desgracia, de todo un continente, África, desde el corazón –los libros que buscan mostrarnos su alma inmensa entreverada en su historia lamentable- hasta la cabeza, el cerebro analítico, que busca comprender a través de la tortuosa singladura de los países que la componen, la irrefutable tragedia que está acabando con el continente, atomizándolo en la multitud de problemas de pura supervivencia de dichos países y el martirologio de sus ciudadanos, desde el norte hasta el profundo sur y el cinturón negro central  arrasado por la malsana fiebre yihadista, el fanatismo islámico, tan intolerante como el cristianismo del Medievo.

Y es que África, como la mostró un maestro de reporteros, el polaco Ryszard Kapuscinski, en su libro “Ébano”, “es un continente demasiado grande para poderlo describir. Es un océano, un planeta en sí mismo, un universo variado y riquísimo. Si lo llamamos África es solo para simplificar y por pura comodidad. Aparte de la denominación geográfica, África no existe”. El gran periodista, premio Príncipe de Asturias en 2003 y fallecido en 2007, no dejó de entonar en ninguno de sus libros sobre África el sentimiento de culpa y de vergüenza por “el mal irreparable causado a los negros de ese continente por las naciones e individuos de la raza blanca”.

No sé en qué se va a convertir África en el siglo XXI con una deriva destructiva que aflige a una gran parte del “continente negro”, pero estén atentos a las noticias y a lucha de influencias que se ha declarado entre el Occidente de Estados Unidos y Europa (con su pasado colonialista aún no exorcistado) y el Oriente de la codicia territorial rusa y el creciente  poder de los chinos y otros dominios asiáticos. Mientras, y como apoyo literario, repasemos los libros que mejor han dibujado los fuertes contrastes  colonialistas y neocolonialistas.

Me justifica, en cierta manera, el servirles de guía por haber vivido el final de una historia colonial “in situ”. Más cerca de la dolida nostalgia de Albert Camus que del romanticismo colonialista de la baronesa Karen Blixen  en Kenia (la que “tenía una granja en África”), yo también he tenido desde niño el “Sueño de África” (título de un excelente libro de mi colega, Javier Reverte). Vivíamos en el norte del continente, en Marruecos, durante el “Protectorado” español y hasta la Independencia del reino alauita. A finales de los 50, España tuvo que irse y, al contrario que Francia en Argelia, lo hizo en paz, sin derramamiento de sangre. La dictadura franquista y el rey Mohamed V, abuelo del actual rey, se llevaban más o menos bien aunque con desconfianza mutua. De entonces se alimentaba mi nostalgia de los soles inmisericordes y las noches estrelladas de África.  Como periodista volvería varias veces a Marruecos y también a Argelia, Túnez, Mauritania, todo Oriente Medio, Egipto, Sudán, Guinea…y sería testigo más adelante –aunque ya no en persona- de las secuelas de la colonización, de la descolonización, de las hambrunas y las sequías, de la miseria ancestral, los conflictos bélicos permanentes, los señores feudales de la metralleta, el petróleo, los diamantes y los metales estratégicos, los genocidios de tribus enteras, la corrupción y la violencia como forma de vida. África –sobre todo la llamada “negra” o central- se ha convertido  en una “aporía”, un sinsentido sin futuro y casi sin presente viable, un camino sin camino lleno de incertidumbre, de ruido y de furia. Y para Europa –para Occidente en realidad-  el “sueño de África” que alimentó la furia expansionista de la Europa del siglo XIX, se ha convertido en una pesadilla real en forma de pateras o de conflictos bélicos. Europa está a punto de perder su última oportunidad, si es que no la ha perdido ya, de convertir Africa en el sueño  de colaboración e igualdad que debía haber sido,  si el complejo de superioridad, -una falacia cultural y racial- , de los europeos no hubiera  convertido a una parte del continente africano en “El corazón de las tinieblas”, -abril de 1889, publicada entre otras editoriales españolas por Cátedra- la apasionante diatriba anticolonial que el polaco-inglés Joseph Conrad dejó a la posteridad.

Aparte de esta apasionante novela, llevada al cine por Coppola con el título apropiado y oportuno de “Apocalypse Now”, voy a recomendarles dos autores –y dos visiones- complementarias de la realidad africana en el siglo XX. Uno de ellos, Javier Reverte, al que conocí en Madrid en los ochenta a través de un amigo común, Manu Leguineche,  manifestó también desde muy joven su amor al “Sueño de África” (1996), confirmado más adelante por “Vagabundo en África”  (1998) y “Los caminos perdidos de África”(2003), un recorrido por el transcurso geográfico  e histórico y político del Nilo, cuya lectura nos deja ver con meridiana claridad el proceso de empantanamiento de esos países por la herencia colonial y la mala gestión autóctona deformada por las interesadas “aportaciones” de las potencias europeas ex coloniales; y algunas llegadas ya en el XX, Estados Unidos, China y Rusia.

La amenidad descriptiva y anecdótica de Reverte coincide plenamente en atractivo con la obra del citado Kapuscinski, uno de los mejores reporteros internacionales. De él aconsejo “Ébano” (1998), donde nos da una visión panorámica de un continente en ebullición, con tipos como Idi Amin Dadá en Uganda, la tragedia de Ruanda, las megalópolis de miserias, los reyezuelos sanguinarios, los señores  de la guerra  y su codicia agresiva, el pueblo que lucha por sobrevivir.  También “El emperador” (1978) en torno a un personaje estrafalario digno de Kafka, émulo de “Ubu rey” o de los tiranos de polichinelas, absurdo y estúpidamente ajeno a todo, el “Rey de Reyes”, el “Elegido de Dios”, descendiente directo de Salomón, el emperador Haile Selassie de Etiopía. Ni Shakespeare hubiera podido imaginar un soberano de esas características. En cuanto a “Un día más con vida” (1976), nos habla del colonialismo portugués  en Angola y de la independencia de ese país el 11 de noviembre de 1975, después de la “Revolución de los claveles”. Alguien ha comparado este texto brillante y estremecedor con alguna de las mejores novelas de Graham Greene. Yo creo que las supera, tal es el hálito de verdad, dolor y miedo que aflora en sus páginas. Y para reponernos de los malos momentos leídos en las obras anteriores, recomiendo sus “Viajes con Heródoto” (2004), en cuya lectura comprenderán que clase de persona fue ese incansable reportero-escritor que se jugaba la vida por relatar cualquier historia plena de sufrimiento y heroísmo humanos.

Pasemos ahora a la vertiente no periodística, la literaria, entreverada de historia y perteneciente a una época en la que el factor colonialista era el presente de los autores y una corriente caudalosa de romanticismo teñía esas novelas y libros de viajes que han pasado a la historia de la literatura de evasión.   Les recomiendo tres libros dedicados a la travesía del Nilo desde las fuentes hasta el todo su recorrido. Se trata de “Diario del descubrimiento de las fuentes del Nilo” por John Hanning Speke, (1864, Espasa 2003) con prólogo de Javier Reverte. Speke logró ser el primer occidental en llegar a las fuentes del mítico río, ambicionado por todos los exploradores desde los tiempos de Nerón. Y tuvo la mala fortuna de que no se le reconoció su descubrimiento  hasta doce años después de su muerte. No tuvo la maestría intelectual  y la osadía de Richard R. Burton, (autor de “Relato personal de mi peregrinación a Medina y La Meca” (1853, Laertes 1983), pero sí su tenacidad y osadía. Y como postre, el “Viaje por el Nilo” del viajero alemán  E.V. Gonzenbach (1890, Laertes 1982) en una edición facsímil del original con ilustraciones extraordinarias de R. Mainella. Y para terminar, otro clásico, este de los años 30,  “Arenas de Arabia” (1984, RBA bolsillo 1998)  de Wilfred Thesiger, que no desmereció de los clásicos del siglo XIX, por ser uno de los primeros occidentales en recorrer Sudán, Abisinia, Siria, Arabia, Irak y Kenia compartiendo la vida con los beduinos justamente poco antes de que se descubrieran los primeros pozos petrolíferos en esas zonas, lo que –como sabemos- cambia totalmente la forma de vida que los rodea.

Y no podemos dejar de lado la vertiente legendaria de las novelas basadas en un África  ya totalmente desaparecida, llena de aventuras exóticas, lugares misteriosos, animales salvajes, etnias legendarias y parajes de ensueño.  Acompáñenme. Vale la pena.

A caballo del celuloide, “Tarzán de los monos” ya en fecha tan venerable como 1912, atrajo la imaginación y el entusiasmo de los espectadores y llamó la atención de los lectores hacia Edgar Rice Burroughs. Nacía el héroe africano que, como no podía ser menos en plena era colonial, era un inglés que, por accidente, se convierte en un niño “aborigen” al que, de adulto, obedecen y temen nativos y algunas fieras. Rudyard Kipling, fue un poco más auténtico y fiel a las razas de la zona, en el “Libro de la Selva” o “Libro de las tierras vírgenes”, donde el niño Mowgli es amigo y protegido de una manada de lobos y un oso (aunque fiel a su propio pasado, Kipling habla de una selva en la India).  Pero como dice Savater en uno de sus libros de fervor literario hacia los héroes del pasado victoriano,  en África estaba garantizado el pulso imperecedero de la aventura y sus ingredientes clásicos: lo peligroso, lo exótico, lo misterioso y lo noble y redentor. “El emprendedor e irreverente sueño europeo, mezcla de ambición de dominio y ansia de novedad, se volcó demoledoramente sobre el continente negro”, afirma Savater.

Y no sólo los autores ingleses, los franceses desde el Tartarin de Daudet a los viajeros indómitos de Julio Verne, o el viaje al Congo de André Gide, o “Las raíces del cielo” de Romain Gary, los italianos con Salgari, o los norteamericanos con un enfervorizado Hemingway, cazador él mismo, con “Las verdes colinas de África” o “Las nieves del Kilimanjaro”, los alemanes con Karl May o Junger . Y como joya de la corona de ese tipo de novelas, la incomparable “Beau Geste” (1924) del inglés  Percival Christopher Wren. A la altura de ésta hay que referirse a un personaje tan logrado como Tarzán, el gran Allan Quaterman, nacido de la pluma de Henry Rider Haggard que con “Las minas del rey Salomón” (1885) dio carta de nobleza al personaje, que luego resurgiría en “Las aventuras de Allan Quaterman” y en “La venganza de Maiwa”.

Pero, en homenaje a Fernando Savater, cuya “Infancia recuperada”, y otras obras,  han creado una hermandad de lectores con esa misteriosa afinidad literaria que se da entre los incondicionales de Guillermo Brown y de  Sherlock Holmes o el profesor Challenger, hago mención, por último, a otra obra de Sir Arthur Conan Doyle, no muy conocida pero realmente emocionante: “La tragedia del Korosco” (1898) cuyo escenario básico  es el Nilo y el levantamiento de los seguidores mahometanos del Mahdi que secuestran a un grupo de turistas ingleses. Es una de las obras que reflejan con más verosimilitud el ambiente colonial que se vivía en el siglo XIX en África, ya sea bajo dominio inglés, francés o belga.

Les sugiero, pues, esta largo viaje por la aventura, el reportaje y la historia de un continente, África, que está en trance de morir a su pasado y renacer fracturado y disperso con un neocolonialismo que no será mejor que el colonialismo vivido en el XIX y comienzos de XX. En otro lugar he escrito sobre las raíces políticas y económicas del futuro desastre que ya se anuncia. Por eso he querido  dejar un testimonio escrito del bagaje literario de lo que fue la aventura africana… el sueño de un continente que aún  no ha logrado crear el orgullo conjunto de todos los que han nacido y vivido en ese continente inmenso. Empresa tan difícil como muestra que en otro continente mucho más pequeño y uniforme, Europa, aún no hayamos logrado superar nuestros provincianos nacionalismos para crear la identidad europea.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

 

 

 

 

 

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22 septiembre 2023 5 22 /09 /septiembre /2023 18:32

OBSERVATORIO POLÍTICO INTERNACIONAL

Este artículo ha sido publicado en "La Comarca" el 220923

Más cerca de la nostalgia de Albert Camus que del colonialismo de la baronesa Karen Blixen en Kenia, yo también tuve desde niño el “Sueño de África” (título de un excelente libro de mi colega, Javier Reverte). Vivíamos en el norte del continente, en Marruecos, durante el “Protectorado” español y hasta la Independencia del reino alauita. A finales de los 50, España tuvo que irse y, al contrario que Francia en Argelia, lo hizo en paz, sin derramamiento de sangre. La dictadura franquista y el rey Mohamed V, abuelo del actual rey, se llevaban más o menos bien aunque con desconfianza mutua. En todo caso mejor que con su hijo y sucesor Hassan II, una especie de astuto Maquiavelo oriental que hizo bailar al son de su flauta de intereses a los Gobiernos españoles, hasta el chantaje popular de la “Marcha verde”. De entonces se nutría mi nostalgia de los soles inmisericordes y las noches estrelladas de África. Como periodista volvería varias veces a Marruecos y también a Argelia, Túnez, Mauritania, todo Oriente Medio, Egipto, Sudán, Guinea…y sería testigo más adelante –aunque ya no en persona- de las secuelas de la colonización, de la descolonización, de las hambrunas y las sequías, de la miseria ancestral, los conflictos bélicos permanentes, los señores feudales de la metralleta, el petróleo, los diamantes y los metales estratégicos, los genocidios de tribus enteras, la corrupción y la violencia como forma de vida. África –sobre todo la llamada “negra” o central- se ha convertido  en una “aporía”, un sinsentido sin futuro y casi sin presente viable, un camino lleno de incertidumbre, ruido y furia. Y para Europa –para Occidente -  el “sueño de África” que alimentó la furia expansionista de la Europa del siglo XIX, se ha convertido en una pesadilla real en forma de pateras o de conflictos bélicos. Europa está a punto de perder su última oportunidad, si es que no la ha perdido ya, de convertir África en el sueño  de colaboración e igualdad que debía haber sido,  si el complejo de superioridad de los europeos no hubiera  convertido a una parte del continente africano en el escenario de pesadilla  que describe Joseph Conrad en “El corazón de las tinieblas”.

Dos lamentables desastres naturales ocurridos en estos días, el terremoto de Marruecos –con una ausencia de reacción oficial adecuada que refleja la indiferencia sátrapa del rey por su pueblo y el rechazo de ayuda internacional, con alguna excepción- y los destrozos y víctimas del ciclón “Daniel” sobre la dividida Libia (más de 2000 muertos y de 10.000 desaparecidos) muestran de una forma clara el esquema político-social de esos países que es una constante en los Estados del desdichado continente, casi sin excepciones y con pocas variaciones:

1.- Gobiernos bunkerizados que no gobiernan, muchos militarizados y casi todos corruptos; 2.-poblaciones con problemas elementales de subsistencia, opresión y ausencia de derechos pero, paradójicamente, auténticas “bombas demográficas”;3.- infraestructuras sociales subdesarrolladas, comercio, vivienda, inseguridad…sujetos a hambrunas, enfermedades  y sequías; 4.- Crisis económica y social permanentes con escasa ayuda internacional o desviada ésta a los poderes fácticos; 5.- proliferación de “asonadas” militares (“epidemia putschista “ la  llama el secretario general de la ONU, Antonio Guterres), pandillismo armado, abusos y matanzas de los “señores de la guerra” locales contra la población ;6.- explotación de los recursos naturales del territorio a favor de una minoría del país o de grupos internacionales respaldados por sus propios Gobiernos, que se mantienen tibios o renuentes a una ayuda verdadera; 7.- flujo creciente emigratorio causado tanto por desastres naturales y epidemias  -está por hacer un estudio serio de los efectos del Covid  y otras pandemias en África- agravados por la falta de condiciones económicas, sociales y estructurales  del territorio y la de gobiernos adecuados: hambre, sequía, falta de trabajo, vivienda, seguridad, como por la busca legítima de un horizonte de vida posible en otros países, principalmente Europa…eso supone no sólo una sangría humana del país sino un agobio mal gestionado en los países que, miopemente, se niegan a acogerlos y los rechazan a veces de forma violenta e inhumana…Y podríamos seguir desmenuzando la atroz problemática que ha convertido el siglo XXI en el epítome de la “errancia sin fin” de los desposeídos en pos de los “paraísos” del occidente rico y egoísta (que cada vez son menos ricos, por el efecto “boomerang” de su falta de humanismo y de su racismo).

Lo cierto es que, con algunas excepciones,  los dirigentes y los pueblos de Occidente – principalmente Europa- no somos conscientes del peligro disgregador y de fatales consecuencias que nos llega del continente vecino, separado por unos pocos kilómetros de las costas europeas. No se trata tan sólo de un puñado de pateras, sino del contagio por proximidad  que conlleva la desestabilización terrorista de los países del Sahel y del centro africano, de la inseguridad y la obcecación de los golpes de Estado que ya lleva seis ejemplos en los últimos meses , cada uno de ellos más imprevisible, oscuro y violento. Según Josep Borrell, representante de la UE en cuestiones de Asuntos Exteriores y Seguridad, “está en juego el futuro de la democracia en toda la región” y apoya “soluciones africanas a los problemas africanos” aun reconociendo que la UE se ha centrado demasiado en problemas de seguridad y en mantener una “paciencia estratégica” con las diversas juntas militares, “maestras en manipulación y desinformación”. La autocrítica de Borrell sobre el papel de la UE, no aclara qué tipo de medidas hay que tomar. Precisamente respecto a Libia, conviene recordar que cuando en 2016 le preguntaron a Obama cual había sido el peor error de sus dos mandatos como presidente, respondió: “Probablemente no programar el día después  de lo que creo fue la decisión correcta de intervenir en Libia”. Eso ha sido el defecto de la  intervención occidental en África: no afianzar y asegurar la vida y gobierno  de esos países una vez expulsados los dictadores, sátrapas y uniformados del poder. Y eso ocurre en demasiados países africanos, incluida  Sudáfrica y su crisis social y energética debida a la corrupción. Mandela debe estar removiéndose en su tumba.

 El efecto multiplicador  que estas situaciones causa en la población de algunos de esos países convierte la emigración en una única y desesperada salida, que es sofocada a base de disparos de armas de fuego, palizas, naufragios o repatriaciones forzosas por parte de un continente miope y avejentado que todavía no ha sabido superar la falacia de su presunta “superioridad”. Un problema de tal calibre no se resuelve negándose a aceptarlo y rechazándolo con brutalidad sino analizando los componentes fácticos de la situación y tomando las medidas oportunas contra sus causantes directos o indirectos y mejorando sustancialmente  la vida de las poblaciones. Una inversión en medios, personas, fuerza y economía –desde el respeto y la igualdad-  que redundará  no sólo  en la resolución del problema inmigratorio sino en el propio futuro de Europa, revitalizado con savia joven, no de esclavos, sino de conciudadanos del mundo. Más de medio millón de peticiones de asilo este año, hasta junio, en Alemania, España, Francia y otros países de la UE. Y sin contar a los miles que no llegan a ese paso legal.

Pero, o Europa y occidente se “africanizan”, borrando su complejo de superioridad e injustificado “endiosamiento”, o la próxima generación vivirá en un mundo aun más conflictivo, multi polarizado política y económicamente, en el que África sufrirá su segunda y definitiva expoliación, esta vez no por Europa, sino por el oriente asiático y el ruso que ya toman posiciones en las zonas más caóticas del “continente negro”.

Hagamos un somero viaje por los lugares que se convierten, debido a su condición de “aporías” estatales -paradojas sin sentido y sin futuro-,  en objetivos para naciones desaprensivas con el síndrome expansionista heredado de un pasado colonial o dictatorial. Golpes de Estado en Níger, Burkina, Gabón (el pasado 30 de agosto), Mali, Guinea-Conakry y Chad… con actividades yihadistas crecientes aprovechando el caos reinante en la zona central africana y el golfo de Guinea. El reciente golpe de Estado en Sudán que ha terminado con la transición democrática del país iniciada en 2019 debido al ansia de poder militar del general golpista Abdel Fattah al Burhan.

Las injerencias militares contra el poder civil en Africa vivió cuatro décadas ominosas hasta el nuevo siglo, pero parece volver a recrudecerse en los años 20 de este. Le debilidad de la democracia, los conflictos étnicos y la corrupción con sus secuelas de desigualdad económica, ha ayudado a los uniformados a volver a las andadas. Sin contar los  casos de los “golpes blandos” es decir cuando los que están en el poder de forma legítima  amplían los límites y prerrogativas de sus poderes en beneficio propio, como el presidente tunecino Kais Saied.

La “epidemia de golpes de Estado” en Africa,  (diez asonadas militares en los últimos cuatro años) nos recuerdan a los que tenemos edad para ello el caudal que no cesa de los golpes uniformados entre los sesenta y los ochenta del nefasto siglo XX. Y en este siglo, tras el de Sudán (2019), vino el de Chad (2021) y el rosario continuo de los sufridos países del Sahel: Niger, Mali, Burkina Faso (dos en el mismo año, 2022), los tres a causa de la amenaza yihadista, así como –en el caso de Mali- la intervención rusa con los mercenarios de Wagner y el rechazo ante la presencia francesa. Cosa que ya ocurrió también en Burkina Fasso y la República Centroafricana. Y en Gabón, la caída de la familia Bongo, tras 57 años en el poder. En Níger los franceses se van y dejan vía libre a una lucha antiterrorista sin control alguno. Según asegura el historiador nigerino Idrissa, “Francia no ha renovado su política en África y no sabe qué hacer porque el marco neocolonial ha desaparecido”.  Precisamente en el norte de Mali hace una semana, 64 personas murieron  a causa de una serie de atentados terroristas provocados por un ramal yihadista de Al Qaeda. En agosto los destacamentos de las Naciones Unidas han comenzado su retirada del país, que se cumplirá en diciembre próximo, mientras los mercenarios de Wagner  (es decir los rusos) se van haciendo fuertes.

En  Guinea Conakry los “libertadores” de la dictadura del presidente Alpha Condé (en 2021), saludados como tales por la población civil, han logrado ya instaurar un régimen de terror y control militar que ha terminado con las esperanzas democráticas del país. Constituyen un ejemplo más de nación africana sometida a la férrea ley de las armas, los cuarteles y la corrupción.  Y no debemos olvidar que es uno de los países africanos con mayores riquezas en recursos naturales y, al tiempo, una de las poblaciones más miserables y necesitadas del mundo, diezmada por el ébola y el Covid, con un índice del 50 % de la ciudadanía por debajo del umbral de la pobreza.

El diagnóstico del historiador nigeriano es vinculable no sólo a Francia sino al resto de potencias colonizadoras en África, incluida por supuesto la española. Y este desconcierto e inmovilismo conceptual político neocolonizador en África es el responsable de la falta de criterio político unificado de Europa –y occidente- hacia los países africanos. Seguimos comportándonos como gendarmes de categoría superior con poblaciones de “nativos” a los que se puede asustar y esquilmar de sus riquezas naturales  -manganeso y uranio, por ejemplo-  a cambio de abalorios o colocando a servidores armados y políticos nativos corruptos de la etnia dominante. Ese es el marco neocolonial que aún no hemos desterrado de la mente europea. Y así nos van las cosas. Los africanos no se fían de occidente y hacen bien porque el colonialismo –y el racismo- se mantienen emboscados en nuestros genes y surge en los programas de nuestras ultraderechas. Y el efecto dominó puede volcar parte del continente en las “comprensivas” manos de rusos y chinos. Como ha ocurrido en países de Asia e Hispanoamérica, Oriente Medio, Irak o Siria.

Mientras tanto Putin ha celebrado una cumbre en San Petersburgo con dos decenas de países africanos para anunciarles que en los próximos meses Rusia enviará gratuitamente entre 25mil y 50 mil toneladas de cereales a Burkina Faso, Zimbabwe, Mali, Somalia, Eritrea y República Centroafricana.  Y, por su parte, Estados Unidos y Europa se muestran reacios a permitir que su influencia en la zona africana sea anulada. Y la envejecida Europa necesitará 60 millones de inmigrantes en los próximos años, para mantener su estilo de vida. ¡Hagan juego señores, la partida acaba de empezar!

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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6 agosto 2023 7 06 /08 /agosto /2023 18:28

EL FUTURO QUE LLEGA: “TERRITORIO DESCONOCIDO”

Este artículo fue publicado en La Comarca el 040823

La expresión que acaban de leer no ha sido utilizada por un redactor  de reportajes apocalípticos o un escritor de ciencia ficción, sino que pertenece a un informe oficial de una de las agencias de la ONU  (Copernicus) que estudian el cambio climático. Se informó –para noticia de pocos y alarma de los menos- que este mes de julio, el más caluroso que se conoce, se  rebasó el límite del calentamiento global de los 1,5 grados centígrados de aumento global en comparación con los niveles preindustriales, establecido en el Acuerdo de París de 2015.Antonio Guterres, secretario general de la ONU, lo dejó bien claro: “para los científicos no hay duda, los seres humanos y nuestro estilo de vida somos responsables de ello”. Tanto las temperaturas globales como la de los mares han batido records y eso lleva al planeta a un “territorio desconocido”.

Justamente, el pasado 2 de agosto, se dio la noticia de que el planeta entraba en “déficit ecológico”. Es decir que estamos consumiendo más recursos naturales de los que el planeta es capaz de renovar. Este año ya hemos agotado el presupuesto de que disponemos para no tener que hipotecar la capacidad de los ecosistemas de regenerarse. Se trata de un contador digital que la sociedad Global Footprint Network ha diseñado para visualizar la deuda creciente que los humanos tenemos con el planeta, a fin de concienciar a los poderes económicos  para que respeten los límites naturales de la Tierra. El ordenador baraja los datos actuales de la huella ecológica (demanda de recursos) y la capacidad regenerativa de los sistemas (biocapacidad)  --gracias a los datos de180 países monitorizados-- sobre un calendario, a fin de señalar el día en que hemos consumido los recursos de los que disponíamos para todo el año. Cada país entra en déficit en fechas diferentes, oscilando entre un Qatar, en febrero, Estados Unidos en marzo o España en mayo. La media aritmética de todos los países nos da la fecha del 2 de agosto.

El calentamiento extremo captado en el hemisferio norte,  ha causado olas de calor en América del norte, Asia, África y Europa, impactando en la salud de las personas, la economía y la epidemia de incendios que ha arrasado zonas del Mediterráneo y ha causado efectos en el fenómeno de calentamiento cíclico del Niño, que nace en el Pacífico Ecuatorial e impacta en el resto del planeta.  Los científicos destacan un factor lógico  aunque inesperado: la velocidad del cambio. La subida de temperaturas en el Atlántico norte está alarmando  de manera especial: en la Antártida  el área cubierta por hielo marino ha disminuido  en una superficie comparable a 10 veces el tamaño del Reino Unido.

Dos investigaciones independientes han coincidido con un  informe de expertos de la ONU:  la principal corriente oceánica que regula el clima, el sistema circulatorio del planeta, un conjunto de corrientes oceánicas que lleva inmensas cantidades de agua de los mares tropicales a los de norte, la llamada circulación de vuelco meridional del Atlántico (AMOC en siglas en inglés) se está debilitando, debido al aumento de la cantidad de agua dulce creada por el deshielo, (al ser menos densa que la salada se hunde menos, por lo que interfiere en el circuito). La AMOC es la responsable del trasporte de calor casi a escala planetaria, así que la corriente enfriaría la mayor parte del hemisferio norte y calentaría la ya de por si calientes aguas ecuatoriales.

Otro informe consultado (publicado en la revista científica Nature) que establece los limites climáticos, naturales y de contaminación que permitiría la supervivencia, asegura que ya han sido vulnerados siete de los nueve umbrales que permiten la vida humana sobre el planeta. Destaco una frase del informe: “los seres humanos somos parte del sistema Tierra, somos gran parte del problema y debemos ser gran parte de la solución. Pero los problemas y las soluciones no afectan a todos por igual y unos pocos generan problemas para muchos y suelen ser los únicos que se benefician”. Eso es insertar un concepto ético, la justicia, en una cuestión científica. Las emisiones de gases de efecto invernadero proceden del 10% más rico de la población. Igualdad y justicia distributiva se dan la mano en el planteamiento de un problema cuya solución nos concierne a todos.

Los umbrales violados van desde los que atañen directamente al cambio climático, hasta el de mantener mayores superficies del planeta sin ganadería, agricultura, minería y cualquier otra interferencia humana. También se han vulnerado los límites de nutrientes usadas en los cultivos, como el nitrógeno o el fósforo, que afecta la calidad y el uso del agua superficial o subterránea (éstas extraídas en exceso).

También se estudian los problemas de acidificación de los océanos, la acumulación de plásticos en gigantescas islas flotantes, los microplásticos, la presencia de productos químicos y antibióticos en las aguas, la pérdida de la biodiversidad. Se sabe que  superar los límites de esos ámbitos reduce la fuerza del planeta para hacer frente a las crisis que nos amenazan. Los océanos absorben y acumulan el calor, ya que la vida marina se encarga de recoger el carbono de la superficie y almacenarlo en las profundidades. Sin eso nuestra atmósfera contendría un 50 % más de dióxido de carbono lo cual eliminaría la vida en la Tierra.

 

Como muestra un botón: las aguas del Mediterráneo  llegaron a alcanzar los 30 º C. el pasado mes y está subiendo su temperatura un 20% más rápido de la media mundial. Eso tiene un efecto destructivo del ecosistema marino ya que las especies habituadas a unos rangos de temperatura migran de las zonas calentadas para poder sobrevivir. Cando no lo hacen, mueren, como ocurre con especies que viven en rocas o en arenas (navajas, almejas y mejillones). El proceso afecta a las aves marinas que pierden sus alimentos habituales. Incluso los bosques de posidonia del fondo del Mediterráneo - que almacenan un 20% más de CO2 que los terrestres-, están siendo afectados. Toda la cadena alimentaria se resiente, llegando hasta los humanos.

Las predicciones científicas evitan en lo posible el alarmismo apocalíptico, pero insisten en hacer lo necesario para evitar que esos picos de exceso se conviertan en tendencia y creen una nueva normalidad donde los desastres naturales sean la norma y no la excepción. Pero pasemos a otro de los elementos de la ecuación humanidad-planeta- supervivencia: la ignorancia del “bípedo implume” (el hombre según Platón), acompañada por la codicia, la agresividad y la estupidez.  Y no me estoy refiriendo sólo a los negacionistas climáticos ni a los terraplanistas, que se vuelven más agresivos en relación directa con la mayor idiotez de sus argumentos-  sino al ciudadano medio normal, aquellos que creen que todo esto “no va con ellos”.

Lo cierto es que el goteo incesante de informes científicos sobre el mundo causa sin duda brotes de “ecoansiedad”, es decir la desazón  y angustia  de cuantos nos preocupamos por un  mundo que amenaza en convertirse en un “territorio desconocido” debido a visibles y crecientes crisis climáticas y medioambientales, con efectos nocivos para los países y las personas, la economía y la supervivencia. ¿Cómo podemos afrontar de una forma útil y positiva un problema acuciante y global sin precedentes? Tal vez deberíamos empezar por enseñar en las escuelas y en todos los niveles de enseñanza a encarar y explorar el mundo que nos viene de una manera más reflexiva: un paso más de las modestas acciones de reciclar, consumir racionalmente o montar en bicicleta. Educar en clave sostenible, mostrar la necesidad de los pequeños detalles, controlar y no expandir las basuras y desechos,  ahorrar el agua potable, extremar precauciones para evitar los incendios, respetar las diversidades, cultivar la cortesía con el otro, racionalizar el uso de móviles, tv. y tablets, regresar a los juegos y relaciones presenciales entre niños y jóvenes, cuidar el cuerpo y rechazar los abusos, recuperar viejas tradiciones de trabajos manuales, reparar antes que tirar o sustituir, cuidar los espacios comunes como algo propio, revitalizar parques y jardines… en suma, no aceptar la fatalidad del “no podemos hacer nada”. Si se puede. Cada uno a su nivel personal puede contribuir a hacer un mundo más empático, cordial y austero. Y comprender que no nos queda más remedio que ajustarnos a las necesidades que vendrán. Crear, en suma, un estado de rebelión ciudadana contra un sistema de vivir erróneo. El “territorio desconocido” no es más que la casa común, okupada por los intereses en la sombra del capitalismo consumista salvaje que, como el rey Midas, acabará muriéndose –y matando-  de hambre, al convertir todo lo que nos rodea en supuesto oro.

La solución ya no consiste en levantar murallas y alambradas para evitar que nada ni nadie entre en nuestros países (como Europa frente a la creciente llegada de migrantes desesperados). Los muros no preservan nuestros cielos, nuestras aguas, las costas y los ríos. Afrontamos un problema global  que exige olvidar los egoísmos nacionalistas. Hay que estar ciegos de vanidad, soberbia y codicia, para no comprender que no tenemos capacidad alguna para evitar que la salud pública, la salud de los ciudadanos comience de una manera evidente pero ignorada a recibir los efectos nocivos de la crisis climática: el calor extremo, los rayos del sol poco filtrados, sequías o inundaciones y enfermedades con ambición de pandemia como el Covid. De momento no hay una búsqueda realista de soluciones que se adecúe al multiproblema. Ya que hay que diseñar un sistema de visión conjunta, global, poliédrica, que una a los expertos en ámbitos sanitarios y sociales, con economistas, educadores, legisladores, urbanistas, empresarios…pues todas esas facetas tiene la amenaza en ciernes. Unir a ello los informes de meteorología de Aemet, Protección Civil, el CSIC o los Centros de investigación sobre energía y medioambiente, sin olvidar los aportes de la Tecnología. En España se ha creado el Observatorio de Salud y Cambio Climático (OSCC) que se supone estará en comunicación fluida con otros centros semejantes en el mundo.

Pensemos, en fin, que el brutal incendio de los bosques de Canadá o los de Grecia, Argelia y Túnez y otros que han ensombrecido este verano, provocan inmensas corrientes de aire que dispersa cenizas microscópicas por todo el orbe. Ya no se trata de vivir acomodados en que “eso” es algo que les sucede a los otros. Nunca como hasta ahora lo “nuestro” es, el mundo que nos rodea. No hay fronteras para el mal, el sufrimiento y la peste. Y ahora el planeta nos recuerda que somos vulnerables, que tenemos que plantar cara, juntos, a una catástrofe global sin paliativos. ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

 

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28 abril 2023 5 28 /04 /abril /2023 18:10

OBSERVORIO POLITICO INTERNACIONAL (publicado en La Comarca el 280423)

Un proverbio político-histórico bien conocido viene a decir que si la necesidad estimula el ingenio, la guerra es la comadrona de la innovación tecnológica, del cambio de costumbres sociales y de la sustitución de los principios y los valores morales. Una prisa angustiosa y poco reflexiva impulsa esos cambios. Siempre hay quien cree que lo nuevo es mejor, sólo por ser distinto.

La guerra de Putin no rescatará a Rusia de su declive, ni cambiará el desconcierto político internacional en Europa, Asia. África y Estados Unidos. Las innovaciones en todos los aspectos marcarán la lucha por la hegemonía mundial (es decir, por el enorme negocio de sacar cada vez mayores beneficios al menor gasto posible). Uno de los muchos factores-incógnita en esta demencial ecuación global más económica que política, es la respuesta planetaria a la demencial carrera ciega hacia el desastre ecológico. La miopía de las naciones que cuentan y su renuencia a abandonar unos estilos de vida basados en el consumo sin freno, el desperdicio y el arrase de elementos naturales (calificados de “estratégicos”) llevan a la Naturaleza a un peligro de extinción.

Ucrania está sobreviviendo y afronta al poderoso oso ruso con cierta capacidad de neutralizarlo gracias a un aspecto del que se habla poco: la superioridad tecnológica de los ucranianos (y, sin duda, la ayuda militar occidental y las represalias económicas que van debilitando las arcas rusas, poco a poco) y, por supuesto, la inesperada debilidad del poderoso ejército ruso que se revela anticuado y con una jerarquía militar anquilosada y burocratizada. La sangría en vidas humanas está siendo una de las más horribles pesadillas de estos tiempos que provocará en un próximo futuro un brutal ajuste de cuentas. La consecuencia de esa “guerra” de innovaciones que acompaña la situación bélica, es que la situación de crisis sistémica que ha agudizado la guerra y sus secuelas financieras, bancarias, comerciales están propiciando un cambio profundo de paradigma, igualmente sistémico, en espejo con las crisis: el tecnológico, dotado de una potencia auto perpetuadora jamás vista. La IA no sólo abre puertas al nuevo conocimiento en todas las áreas, sino que multiplica la capacidad de los científicos e ingenieros para avanzar en innovación tecnológica y ello está cambiando y remodelando el mundo.

En relación con la sensación amarga y premonitoria que provoca la situación, reflexionaba sobre el desafío global que supone la alianza entre un estado de guerra en Europa y el asalto progresivo de las nuevas tecnologías. Ello provoca la impresión cada vez más acentuada de que la Humanidad se enfrenta por primera vez en la historia a un paradigma muy especial, diferente al de los anteriores cambios históricos, culturales, económicos y científicos (desde Copérnico, Newton, Freud, Einstein, la Revolución Francesa, la revolución industrial o la era digital). Eliot estaba fascinado por la violenta muerte de una época y de un sistema de valores y horrorizado por el ignoto futuro que vendría y cuyo motor había sido una guerra mundial devastadora. Las circunstancias del momento actual, tras una pandemia de la que no hemos aprendido nada, diseñan un escenario mundial amenazado y cuyos recursos y defensas han quedado obsoletos, así como su arrogancia. Pero es donde la fuerza innovadora de las nuevas tecnologías emiten cantos de sirena: resolveremos todos vuestros problemas si os ponéis en nuestras manos. Es la misma promesa envenenada y populista de los dictadores totalitarios de nuevo cuño, que nada tienen que envidiar a las de los líderes nazis o soviéticos en los 40 del pasado siglo.

El lingüista y filósofo Noam Chomsky reivindicaba en una entrevista reciente el “optimismo de la voluntad” ante lo que calificaba de “cuatro jinetes del apocalipsis actual: las pandemias, inevitables –no invencibles-  en un futuro próximo; la crisis climática, que nos supera por falta de voluntad económica; el exterminio nuclear, cuyo “border line” ha cruzado Putin; y la destrucción de las democracias por el populismo infiltrado en los Parlamentos, con el lamentable ejemplo norteamericano, el duelo Biden-Trump y la deriva protofascista, de gran parte de su sociedad. Y el escenario se complica si tenemos en cuenta el “poder chino”, emboscado pero activo, que se está desplegando poco a poco pero con firmeza por África, Asia y el Pacífico. Con un Trump en la Casa Blanca, las provocaciones a China, vía Taiwan, podrían desencadenar una guerra que se extendería como una mancha de petróleo.

¿Qué haría Europa ante esa posibilidad nada descartable? Lo más sensato sería no tomar una postura de apoyo a Estados Unidos y aplicar un “perfil cero” en esa situación, como sugiere el presidente francés, Macron. No en vano la “troika” europea, Alemania, Francia e Italia, son los principales socios comerciales de China en la UE. Con lo cual el escenario del cambio de paradigma en Europa y en el mundo se complica un poco más, ya que China no es precisamente una democracia ni va camino de serlo (aunque actualmente Estados Unidos comienza a desviarse hacia una democracia que, con un no descartable Trump, sería irreal o simplemente formal).

Una célebre novelista de ese país, Ursula K. Le Guin, escribía: “Vivimos en el capitalismo: su poder parece ineludible” y añadía: “También lo era el derecho divino de los reyes”. El mismo Chomsky, que empezaba un análisis con la frase “Me parece poco probable que la civilización pueda sobrevivir al capitalismo y la democracia debilitada que le acompaña. ¿Podría una democracia operativa cambiar la situación? Hay razones para pensar que sí:” Y cita: “hay que aumentar la conciencia y la reflexión y remodelar nuestras instituciones básicas. Y, por encima de todo, superar la crisis inmediata y urgente a la que nos enfrentamos, a través de unas acciones corporativas y organizaciones sociales que privilegien la educación y la información honesta, con medios de comunicación independientes sostenidos por instituciones populares”. Como decía Gramsci, el activista obrero italiano de izquierdas, “Frente al pesimismo de la inteligencia, el optimismo de la voluntad”. Hay que aprovechar todas las oportunidades disponibles para superar los síntomas malsanos del viejo mundo que se derrumba y avanzar hacia un mundo más justo y decente. No nos queda otra opción. Busquemos la forma de apoyar a esas grandes masas de seres humanos que viven en la más atroz supervivencia básica. Grupos de ayuda, de educación, de promoción, promover una revolución de los oprimidos por la vía del conocimiento y la información.

La realidad actual es testaruda. El mundo va a ser multipolar. Y en la anciana Europa –cada vez más con menos peso en el poder global—ni siquiera sostenemos el principio del humanismo con el que nacimos. Las políticas antiinmigración del continente, con el ejemplo sangrante de Italia y su gobernanta de extrema derecha, la señora Meloni, comienza a ser una evidencia de inhumanidad. Pero es que con una población europea crecientemente envejecida deberíamos volver al criterio tradicional de acogida. Es una cuestión de sentido común, haciendo salvedad de su talante ético. En cambio permitimos que el instinto xenófobo depredador de los populismos extremos, dé auge a una política de suicidio colectivo. O peor, ya que en Italia se ha abolido la llamada protección especial, que había permitido la acogida, la integración y,  el acceso a un empleo a millares de inmigrantes sin asilo político y en condiciones de grave vulnerabilidad. Anular esa protección convierte a esas personas en clandestinas e ilegales, lo que enriquecerá a las mafias, con todas sus secuelas de delitos, injusticias y opresiones.

Europa ha dejado de ser un lugar ansiado.  Hay odio contra nuestra sociedad y nuestras instituciones. Se criminaliza la solidaridad y las ayudas humanitarias, se multa y amenaza a los barcos de salvamento marítimo y las ONG. La sociedad comienza a “normalizar”  la inhumanidad, la falta de ética y la indiferencia ante los sufrimientos y las muertes en el mar y en las fronteras valladas. Se está produciendo un efecto contagio que las legitima, secunda y alimenta. Siembran el miedo y el odio hacia los diferentes. Y socavan los principios de humanidad que constituyen la base esencial de la democracia. ¿No ven la semejanza con el mecanismo diabólico que los nazis sembraron en la sociedad alemana de los años 30, que provocaría una cierta complicidad e ignorancia culpable hacia los campos de exterminio?

El cambio de paradigma lleva plomo en las alas. Porque los fallos éticos apuntados crean cierta desidia en el pensamiento crítico de las sociedades europeas y el mundo desarrollado. Hay una evidente  contradicción entre los principios constitucionales de libertad e igualdad de nuestras democracias y las políticas de exclusión de principios éticos en el comportamiento y actitudes, sociales o particulares, que son la clamorosa negación de tales principios. Eso nos puede llevar, cuando aparezcan las carestías y los problemas causados por las crisis sistémicas, a una relativización de los derechos humanos fundamentales, que son universales e indivisibles, o no son. ¿Vivirá nuestra generación la vergüenza de asistir al fin de los valores de Occidente, esa conquista de la Humanidad, en perjuicio de gran parte del género humano?

 

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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21 marzo 2023 2 21 /03 /marzo /2023 16:56

PUBLICADO EN LA COMARCA EL 210323

Ustedes me dirán que parezco un ave de mal agüero. ¿Veo fantasmas por todas partes? La guerra, la crisis climática,  la ecología, la alimentación, el agua, problemas sociales, políticos, educativos, económicos y financieros. ..Pues sí, veo fantasmas, pero son tan reales que forman parte de la vida cotidiana de nuestra época. Mi ex compañero de LVG, Manel Pérez, un avisado e inteligente analista económico, nos recuerda a otro fantasma de larga vida: la crisis financiera del 2008 que estuvo a punto de hundir la economía mundial y puso a muchos países en bancarrota social y política (recuerden Grecia). En aquella fatídica fecha se produjo la quiebra de Lehman Brothers, en Estados Unidos, lo que azuzó  los caballos del Apocalipsis sobre todo occidente. Ahora son el Silicon Valley Bank en Estados Unidos y el Credit Suisse quienes se hunden en sus propios errores (ambos llevan dos años dando pistas de que iba a ocurrir esto). La pérdida de credibilidad de la Banca mundial es el canto del cisne del  capitalismo neoliberal, aunque no hay Plan B, no hay un sistema que lo sustituya de una forma racionalmente efectiva. El terremoto bursátil arrastra a la baja a todo el sector bancario.

Por eso han salido los Bancos Centrales, garantizados por los Estados, a dar la cara por los colegas díscolos y demasiado imprudentes. Quizá al menos el banco suizo, cuando las aguas se calmen, desaparecerá discretamente.  Mientras, el BCE, el banco central de la eurozona, ha intervenido para  controlar la situación. A la Banca  le  facilitan  una salida por la puerta trasera, a pesar de ser responsables de políticas de gestión de carteras, como mínimo discutibles y censurables.

Los inversores y clientes de la Banca Mundial desconfían de esas instituciones regidas en muchos lugares por auténticos kamikazes de la codicia y la ausencia de ética, bajo un sistema financiero no transparente y unas megabancas con un poder tan grande como su soberbia y falta de honestidad. Las finanzas que escapan a los controles más estrictos, los “rincones oscuros “del sistema financiero, forman un poder en la sombra gigantesco, inimaginable, que podría rondar los 230 billones de euros. Su lema: el beneficio más grande, en el menor tiempo posible. No saben quién debe a quién, ni cuánto, ni si podrán pagarlo. Actúan como trileros, que apoyan los espejismos de las criptomonedas  o invierten en firmas que ofrecen altos rendimientos en poco tiempo y estallan un día como burbujas con demasiado gas. Operaciones especulativas de alto riesgo que, me temo, pagaremos los de siempre, los ciudadanos de a pie.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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7 marzo 2023 2 07 /03 /marzo /2023 20:06

Este texto fue publicado en La Comarca, el martes 070323

El pasado sábado día 4 de marzo, en la madrugada del domingo, se ha firmado – ¡al fin!-  en la sede de la ONU en Nueva York, un tratado, conocido como el “30x30”, en el que se declara y promete cumplir con el objetivo de proteger al 30 % de los océanos del mundo, creando zonas de protección para especies marinas, para antes de llegar al 2030. Ha costado cerca de veinte años llegar a un acuerdo, dados los inmensos intereses económicos involucrados en la explotación –yo diría “arrase” y “depredación” – de los fondos marinos y las especies destruidas por técnicas invasivas de pesca, las búsquedas energéticas en el mar y en las zonas costeras y las agresiones de la minería submarina.

De todas formas, aunque es una gran noticia, debemos considerar que es un acuerdo o tratado que debe ser ratificado formalmente por los casi 200 países interesados, antes de entrar en vigor plenamente. Es preciso no dilatarlo y comenzar a trabajar en esa defensa, de forma justa y equitativa entre las naciones implicadas. Y detrás de esos Estados y Gobiernos está el Capital, los beneficios y la ceguera habitual y reiterada displicencia de los poderes económicos hacia las “amenazas” ecológicas que conlleva el cambio climático. En ese Tratado también se dirimirá el espinoso tema del reparto de beneficios de los recursos genéticos marinos futuros en esa zona internacional.

Las áreas protegidas serán creadas en zonas de los océanos que no pertenecen a ningún país (de ahí lo del 30%), es decir el espacio marino situado más allá de las 200 millas desde la costa que controla cada Estado (zonas económicas exclusivas). En esos espacios “nacionales” y que forma casi el 50 % de las aguas oceánicas del planeta, no hay normas internacionales que protejan la biodiversidad marina que actualmente está disminuyendo a un ritmo catastrófico, según los científicos. Las ONG (hay 40, entre ellas “Greenpeace”) unidas en la “Higs Seas Alliance”  han tenido un papel importante en el logro de este pre-tratado. Hasta el secretario general de la ONU, Antonio Guterres declaró en la Conferencia, “Ya no podemos ignorar más la situación de peligro del océano”.

Es un acuerdo histórico para proteger las aguas que no son de nadie porque son de todos, mientras que el 50m % restante de la superficie marina, aguas que son de algún país costero, siguen siendo explotadas  a una velocidad e intensidad depredadora que augura un futuro lastimoso.

El límite del 30% protegido antes del 2030, deja fuera a más de un 20% que podría ser un objetivo adicional para después del 2030 (caso de que el acuerdo sea ratificado formal y operativamente). Paradójicamente si en ese 30 % los recursos genéticos marinos son justa y equitativamente distribuidos –y los “grandes” aceptan ese reparto- podría aparecer una posibilidad de salvación para los océanos. Pero la codicia es el primer motor de nuestro sistema económico global. Es difícil ser optimista.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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4 marzo 2023 6 04 /03 /marzo /2023 15:49

 

UN NUEVO PARADIGMA PARA SALVAR A LA TIERRA

 

(Publicado en la revista Compromiso y Cultura, marzo de 2023

En 2015 una escritora norteamericana llamada Elizabeth Kolbert, especializada en temas científicos, publicó un libro “La sexta extinción” (Ed. Crítica) por el que recibió el Premio Pulitzer. En él, Kolbert se hacía eco de una denuncia de los biólogos del mundo entero contra la extinción continua y masificada de un gran número de especies. Es la sexta gran extinción que está sufriendo el planeta según los científicos, biólogos, zoólogos, antropólogos y geólogos, pero ésta tiene dos características diferenciales: está ocurriendo ahora y la especie humana es la única responsable. Y no se trata de la desaparición de organismos diminutos, esporas o líquenes, sino de especies más complejas y fundamentales para el bio-equilibrio. Usando datos cruzados entre los diversos centros científicos, para finales del siglo XXI, Kolbert pronostica la desaparición de casi la tercera parte de todas las especies vivas que existían en la tierra. La lectura de este libro y también el de Bill Gates sobre “Cómo evitar un desastre climático” (Plaza Janés, 2021)  me han servido de contrapeso argumental para valorar una serie de libros publicados por Kairós, “Vivificar” -2022,2016) de Andreas Weber, “Así habla la Tierra”(2022) de Jordi Pigem, el venerable “Gaia” (1987-89) de un grupo de científicos (Lovelock, Bateson, Varela, Maturana…) y el clásico “Diálogos con científicos y sabios” (1986-90) de Renée Weber, en la editorial Libros de la liebre de marzo.

Se trata como habrán podido suponer ustedes de presentar unos análisis competentes de la gravedad del momento bio ecológico que vivimos, no sólo denunciando los múltiples problemas que pueden acabar con nuestro mundo, sino facilitando puntos de vista que trabajan en pro de encontrar soluciones o caminos alternativos, incluso de nuevos paradigmas…todos ellos remando en la misma dirección: la integración de las especies en el Todo al que pertenecen, sin preeminencia ética o vital de ningún tipo, sino abogando por la causa de la interelación como fundamento de una ecología integrada y en definitiva el único camino que tendría efectividad. Curiosamente un camino que nunca ha sido seguido más que por unas minorías marginadas de las sociedades económico-depredadoras que han usurpado el poder en el planeta desde la Revolución Industrial hasta el aciago siglo XX y mucho más acá (todos los conflictos bélicos actuales, desde África hasta Ucrania, tienen un vergonzoso y evidente componente de ansia hegemónica de poder económico y de ambición depredadora).

La multicrisis que afronta nuestro mundo en esta época decisiva han formado una especie de “tormenta perfecta” que incide en aspectos tan peculiares como la energía, la alimentación, la salud humana, las sequías, todas bajo un paraguas de cuestiones económicas, como si fuera el oro de Midas. Todas están conectadas y como pregona Gates “requiere una respuesta conjunta que dé prioridad a la cooperación, solidaridad e innovación mundiales”. La guerra en Europa está agravando los síntomas de la debacle mundial: encarecimiento de la energía y los alimentos (con hambrunas en África) y la pandemia de la covid no nos ha enseñado una verdad palmaria: ningún país en solitario puede resolver los problemas globales. El hambre, la sed, la sequía, la escasez de alimentos y energía, la potencial aparición de nuevos virus, deberían reforzar la idea de la solidaridad y la cooperación como el tejido de un nuevo orden mundial que afronte todas las amenazas que parecen esperarnos a la vuelta de la esquina. Pero el tiempo pasa y la tendencia es la contraria: exacerbación de los nacionalismos y las brechas de tipo racial, sexual, económico, sumadas a  ideologías fascistas que defienden la estrechez de fronteras, de ideas y de razas. Existe una tecnología suficiente y en dinámica de crecimiento-  para garantizar un futuro, pero hay fuerzas contrarias a ello y con la miopía necesaria para defender egoísmos nacionalistas o raciales.

Por todas estas razones los libros del biólogo y filósofo alemán, Andreas Weber, “Vivificar” y del filósofo español Jordi Pigem, “Así habla la Tierra”, inciden en un nuevo paradigma que defiende la integración de los seres vivientes como una forma de desarrollo equilibrado. Ambos proponen una poética  de la vitalidad, una suerte de “ecosofía” (escucha de la filosofía de la Tierra, en los árboles, las montañas, los ríos o el océano). Como dice Pigem, “no estamos solos. Cada forma de ser es una forma de sentir. Tendemos a ignorar eso, fascinados por la tecnología y las múltiples exigencias y supuestos “dones” de la existencia actual”. El medio natural, nos recuerda Weber, es parte de nosotros y deberíamos vivir en una permanente interconexión con él. El momento actual es un rotundo mentís a ese mensaje y estamos arrasando le Tierra con nuestro espíritu depredador y sus caballos de batalla: la economía y la falsa superioridad antropocéntrica. Weber propone un nuevo paradigma, una relación de simbiosis creativa del ser humano con la Naturaleza. Eso es “vivificar”. Noble término para un presente opuesto a él: estamos matando al planeta. El mensaje de Weber y Pigem suena utópico, pero también profundamente razonable. Debemos trascender el pensamiento racional, dice Weber, - -y evitar el pensamiento “nazional”, añado yo--, y reconsiderar  la vida y la vitalidad con una perspectiva diferente: considerarnos parte intrínseca de la naturaleza y actuar en consonancia con el Todo, reconciliándonos con el mundo natural, liberándonos de nuestro antropocentrismo y creando un sistema de valores en el que se integra todo lo que vive. El ser humano no es viable de una forma aislada  -nuestra identidad se construye a través de la relación con otros seres humanos- y debe superar la lucha de todos contra todos como forma de supervivencia, oponiendo la solidaridad de todos con todo, como la única forma de progreso. Como decía uno de los ecofilósofos pioneros, Aldo Leopold: “Hay que pensar como una montaña. Es decir no pensar desde el punto de vista del individuo, sino desde una forma de vida creativa y productiva; solo así podemos comprender lo que hay más allá de nuestra limitada imaginación”.

Weber nos recuerda que se han descubierto sentimientos en otros seres no humanos y hasta ahora poco considerados. La vida, nos dice, se encuentra en el núcleo íntimo de la experiencia emocional…las plantas cooperan entre sí, se comunican y sienten dolor…las abejas se deprimen y las arañas sueñan, los delfines tiene sentido del humor y capacidad de reírse, los orangutanes comparten un 95% de nuestro genoma, los perros y los gatos tienen emociones…vivimos en el seno de una biosfera sensible, ¿cómo sostener la presente, supuesta e irreal superioridad de la especie humana? Y Weber propone “tenemos que dejar de tratar al resto de los seres vivos como objetos”. Ya que, en sí mismo, el ser humano no es un individuo, somos ecosistemas formados de trillones de microbios y moviendo hilos que ni siquiera sabemos que existen y que se comunican y relacionan con otras colonias de seres vivientes. Ya sean personas o flores, árboles o animales. Pero ignoramos esta vitalidad entrelazada. “Vive tu vida de manera que nutra la vida”. Esa idea forma parte del nuevo paradigma que podría salvarnos a los humanos y de paso salvar al planeta y las miríadas de seres vivos que existen en él. “El intercambio metabólico es siempre significativo. Es una revelación poética del Todo a través de transacciones particulares”, añade Weber.

En el delicioso libro de Pigem, donde todas estas ideas está incluidas en los aportes poéticos de ríos, desiertos, montes, selvas y océanos que toman la palabra para  mostrar su mensaje al lector, hay una cita de Coleridge que resume un poco la ecosofía que anima a muchos de los autores citados: “Recuerda que todo lo que es, vive/ una cosa absolutamente inerte es inconcebible/ excepto como un pensamiento, imagen o fantasía/ en algún otro ser”. Y otra de su maestro, Raimon Panikkar: “La vida no es un accidente que se adhiere a la materia/ La Tierra es un ser vivo; el universo es un ser vivo/ el cosmos entero está vivo/…es decir, la realidad está viva”

 

Los últimos avances de la neurobiología y el estudio científico de la conciencia avalan de alguna manera las intuiciones y reflexiones de muchos de estos estudiosos y sabios, físicos y practicantes de la nueva biología que tratan desde hace años de ofrecer un enfoque diferente e integrador de la ecología, con otras disciplinas científicas y sociales.En 2015 se celebró en Tucson (Arizona) una Cumbre internacional sobre Ciencia postmaterialista, Espiritualidad y sociedad, en la que se consensuó un manifiesto que de alguna forma resume mucho de lo trabajado por los autores que hemos citado, el famoso Proyecto Gaia e investigaciones sobre “cuestiones cuánticas” formuladas  por clásicos de las ciencias físicas como Heisenberg, Einstein, Pauli, Schrodinger, Plank o Eddington. Los puntos esenciales de la teoría alternativa propuesta, eran:

. La mente es un aspecto de la realidad tan esencial como el mundo físico. No puede derivarse de la materia ya que sólo algunos aspectos de la mente son el resultado de procesos fisiológicos. La conciencia es causal y la realidad física es su manifestación. La conciencia se extiende más allá del cerebro, lo trasciende y es capaz de existir independientemente de él.

. Todas las cosas en el cosmos están interconectadas a nivel cuántico, de manera que se influyen unas a otras. Todas las cosas son una en la gran urdimbre de la creación. Existe una interconexión profunda entre la mente y el mundo  físico. Forman una red de vida a la que informa e influye y es informada e influida a su vez por dicha red.

. Algunos aspectos de la conciencia no están limitados por el continuo espacio-tiempo y tampoco se originan enteramente dentro de la neuroanatomía de un organismo.

. El bien de uno y el bien de los muchos son simbióticos: se trata de la afirmación de la antigua sabiduría que podemos ser tan fuertes como nuestro eslabón más débil.

Pero ese cambio de paradigma es una parte de la solución del problema.  Es preciso señalar con claridad y urgencia las posibles medidas que pueden evitar el desastre climático, como hace Bill Gates en su libro, de forma bien pragmática. Hay soluciones científicas y tecnológicas a las brutales amenazas que nos vienen encima. Pero no son varitas mágicas que las resuelven de golpe.  Es una tarea titánica y requiere de algo fundamental que es menos probable que logremos: un consenso global (que está lejos de existir) y unas medidas políticas que favorezcan esa transición (a un precio de responsabilidad individual y social más utópico aún: requiere sacrificios y alejarnos de ciertos lujos y comodidades). Escribe Gates: “necesitamos que el sistema energético prescinda de todo aquello que hace daño al planeta y conserve lo que nos interesa. Es la cuadratura del círculo: que el sistema energético cambie por completo y que a la vez las ventajas de su uso permanezcan parecidas.” Estamos lanzando 51.000 millones de toneladas de gases de efecto invernadero cada año. Eso nos lleva al suicidio colectivo, ante el que la ciencia y la tecnología tienen muy poco campo para gestionar. Se trata de cambiar un estilo de vida en  la sociedad opulenta. Y eso requiere un cambio de manera de pensar que el ciudadano de tales sociedades no está dispuesto a asumir. La cómica paradoja del asunto es que sólo a causa de una pandemia mundial como la COVID-19 se logró bajar sustancialmente dicha emisión.

Es obvio que nuestro género sólo aprende a base de jarabe de palo. ¿Estamos asistiendo al réquiem por un planeta difunto? Como saben ustedes, el mismo réquiem nos concierne a los seres humanos. Sólo una decidida apuesta por el paradigma unificador que hemos comentado podría añadir algo de esperanza al problema. Pero como escribió Thomas Kunh los paradigmas tienen la mala costumbre de luchar denodadamente entre sí, a través del paso de lustros y decenios, para permitir que el más nuevo prevalezca. Y, desgraciadamente, no nos queda mucho tiempo.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Libros recomendados: “Vivificar” de Andreas Weber; “Así habla la Tierra” de Jordi Pigem; “GAIA” de varios autores; Todos ellos editados por Kairós. “Dialogos con científicos y sabios” de Renée Weber, Ed. Libros de la liebre de marzo; “Cómo evitar un desastre climático” de Bill Gates, Ed. Plaza Janés; “La sexta extinción” de Elizabeth Kolbert, Ed. Crítica

 

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5 enero 2023 4 05 /01 /enero /2023 18:37

OBSERVATORIO POLITICO INTERNACIONAL

 

“…Y DIOS PARECÍA DORMIDO.”

Los que nos dedicamos a analizar el pulso vital de nuestro mundo no nos ponemos de acuerdo, como suele suceder. Hay quienes, no sin motivos, hacen sonar las trompetas del  “Armageddon”  apocalíptico; están los profesionales del optimismo humano-tecnológico,  que reconocen  la cosa va mal, pero que hay que confiar en el “efecto resiliencia” humano y en la “varita mágica” de la alta tecnología. Y quedan los que llevamos décadas usando los razonamientos de Pirrón, el escéptico, para intentar comprender el alcance y efectos de la deformación más común y visible en los asuntos humanos, la estupidez.

Este comentarista es poco dado a entrar en cuestiones eclesiásticas y religiosas, pero con  Benedicto XVI, el recién fallecido Papa emérito, se produjo - “a posteriori” de su renuncia- un “descubrimiento” de la calidad humana y ética del estricto obispo alemán. Una significativa frase de su escrito de renuncia me parece  adecuada para definir el pasado 2022: “Hubo días de sol y ligera brisa, pero muchos otros en los que las aguas bajaban agitadas, el viento soplaba en contra  y Dios parecía dormido”. El caso es que a tenor de lo que se nos anuncia para este 2023, “Dios parece seguir dormido”. Y está claro que cuando los dioses duermen, los humanos hacemos locuras.

Recordemos aquello que decía John M. Keynes, “Lo inevitable nunca sucede y lo inesperado ocurre constantemente”. Y si no que se lo pregunten a los directores de grandes medios de referencia, como el “Financial Times”, el “The Economist” o el “Washington Post”. En sus predicciones sobre 2022, la realidad ha sido más catastrófica que sus pronósticos: desde la guerra de Ucrania, considerada improbable por sesudos analistas, que simplemente aplicaban el sentido común, (claro que Putin se guía por otro tipo de sentidos),  hasta la invasión de las criptomonedas o que la covid  sería controlada y no habría mutaciones mortales del virus. Lo que sí ha quedado claro es la vulnerabilidad y escasa eficacia de las instituciones internacionales para prever y hacer frente a los grandes desastres, sean económicos, bélicos o naturales.

La conferencia por la crisis climática de Egipto demostró que no se respeta la regla de oro de la economía política internacional: los riesgos son mensurables y es preciso prevenirse contra ellos en cuanto empiezan a ser evidentes. Se apuesta por la “varita mágica” de la tecnología, olvidando lo que repetía a menudo el filósofo y científico Karl Popper cuando le hablaban de los grandes avances técnicos en su rama de conocimientos, “los  avances no pueden predecirse pues, de ser así, los próximos inventos ya se habrían inventado”. Puro sentido común. No hagamos pues previsiones. Examinemos sin ánimo exhaustivo algunos de los problemas que tenemos planteados este 2023, un año con cierta “mala sombra”.

La crisis climática es uno de los mayores fracasos de la gestión política internacional de la ecología ambiental. Nos acercamos inexorablemente al límite del aumento de temperaturas, aunque incluso los niños de primaria saben lo que puede llegar a suceder: se ha priorizado la lógica capitalista del beneficio y se trata de evitar el enorme desafío social, económico y político que supone cambiar el estilo de consumo sin límites al que nos han acostumbrado en los últimos decenios a los ciudadanos de las sociedades “que cuentan”, es decir, la de los países del occidente rico, a los que ya se unen China y la India, por ejemplo.

No hablemos pues de hambrunas, de las veinte y pico de guerras locales que siguen desatadas, de los millones de refugiados,  de la brutal contaminación de mares y ríos. Pasemos de refilón por la peligrosísima y enquistada  guerra de Ucrania. Con tan posible solución y tan difícil arreglo: aplicar una lógica política y territorial del “todos perdemos algo” e imponer unos acuerdos y seguridades donde se ceda por las partes en conflicto (Rusia y Estados Unidos, los verdaderos rivales, la UE y Ucrania) y se olviden las rivalidades hegemónicas (China), en un concierto común para afrontar los problemas de todos. ¿Política ficción?  Tal vez. Pero piensen que desde 1945 nunca una guerra ceñida a un único Estado ha tenido tantas y variadas repercusiones negativas para el resto del planeta: todos los problemas existentes ya antes, se han agravado y…por añadidura, se pueden agravar más o, en un salto al vacío, hacer intervenir la baza nuclear.

Ya estamos padeciendo aquello que “The Economist” ha calificado con el neologismo de “permacrisis”:  “un prolongado período de inestabilidad e inseguridad” en todos los sectores. Parece que Dios, más que dormirse, se ha ido de vacaciones, hastiado del griterío ensordecedor de los humanos, rabiosos y asustados. Debe articularse un nuevo orden mundial que ponga las piezas en su sitio: lo malo es la poca clase que tienen los líderes que padecemos.

Pero volviendo a las amenazas vigentes con componentes catastróficos, escojamos una, por falta de espacio material: la falta de agua. Un célebre analista francés escribió  en “L’Express” un profético artículo sobre un tema que entonces –años 70 del pasado siglo- podía considerarse una especulación de ficción futurista: las próximas guerras no serían por el dominio de los pozos petrolíferos de Oriente medio o Asia, sino por la supremacía en el control de un recurso vital: el agua. En aquellos años nadie imaginaba –a no ser en pesadillas- que la contaminación de los gases con efecto invernadero llevaría a una crisis climática. Y que uno de los efectos de dicha crisis serían olas de calor tan duraderas y arrasadoras que extenderían la sequía por zonas cada vez más amplias en los cinco continentes.  ¿Quién podía pensar entonces que veríamos derretirse los glaciares y los hielos ancestrales del polo Norte? Los pantanos se vacían. Las cosechas se pierden y de vez en cuando se producen lluvias torrenciales que devastan cultivos y arrasan infraestructuras.

La crisis hídrica es otro de los fantasmas que –como en el “Cuento de Navidad” de Dickens—nos visitan para recordarnos que somos unos Scrooge  sin conciencia planetaria y nos merecemos lo que nos viene encima. Aunque la Asamblea General de la ONU propone que el año 2023 sea declarado Año del Agua y convoca para los días 22 al 24 de marzo una Conferencia Mundial del Agua. Dado lo visto en Conferencias internacionales anteriores, no es precisamente algo esperanzador. En la de Egipto sobre el Cambio Climático se reunieron miles de delegados que llegaron al país desde todo el mundo en casi 500 contaminantes aviones, para discutir hasta la última madrugada un acuerdo que aplazaba de nuevo cualquier medida efectiva sobre control de emisiones de gases nocivos –como los de los aviones y automóviles-  hasta la próxima reunión.

Es preciso comprender algo que desde los egipcios y los griegos antiguos se consideraba una de las verdades básicas para la supervivencia humana: todo está conectado. Decía Heráclito que “todo está lleno de dioses” y, por tanto, debemos  respetar el agua, el suelo, el aire, los animales, los vegetales, las montañas y las profundidades de la tierra y los océanos. Por tanto, la crisis climática, la energética, la alimentaria, las guerras que libramos, las agresiones a los bosques, las aguas y sus peces, los animales todos, incluidos pájaros, insectos y hasta lombrices y gusanos, forman parte de la agresión a un Todo que arrasamos con nuestras actividades y nuestra codicia. Ello supone que ese Todo y nosotros formamos parte de un mismo sistema en red, tan interrelacionado entre sí, que cualquier devastación de cada uno de esos elementos de la Naturaleza, repercute de una manera directa o indirecta, aunque difícil de evaluar en muchos casos, en el resto, causando aniquilaciones de especies enteras, como en un desolador efecto dominó de demolición planetaria. Si falta agua y hay sequía, disminuirá la energía hidráulica, producirá falta de alimentos, hay que recurrir a las energías fósiles que agravan el problema climático. Y si la sequía se agudiza, habrá dificultades progresivas de acceso al agua potable de poblaciones enteras. Comprendamos que urgen medidas de optimización de infraestructuras y saneamientos (es escandalosa la pérdida diaria de millones de litros de agua potable debido a malas canalizaciones urbanas y rurales)  y un control riguroso de los acuíferos y aguas subterráneas para evitar su contaminación y mal aprovechamiento.

Ante un panorama como el que les he mostrado –sin analizar otros problemas, por falta de espacio y de ánimo- hablarles de las expectativas de este lamentable Patio de Monipodio que es la política española, sería un poco masoquista, por lo que seré breve. Además de los males propios de nuestra catadura política y su mala educación y agresividad, están los problemas sobrevenidos por las anteriores crisis analizadas. El señor Sánchez habla de un 2023 “intenso”, no sólo por la suma de elecciones en el país, municipales, autonómicas y generales, sino por el hecho de que existe una descalificación total mutua entre el Gobierno y la oposición (a río revuelto, ganancia de los pescadores ultras). Y se puede objetar racionalmente que las más de 190 leyes y 3 presupuestos aprobados no nos aseguran más eficacia operativa, aunque sí más demagogia populista y acoso y derribo en el Congreso. Y eso a pesar de que con dos acontecimientos como la pandemia y la guerra de Ucrania, el país está aguantando bastante bien, si no fuera por el sobresalto permanente al que se somete a menudo a la democracia en España: desde la reforma por la malversación, el vergonzante caso del Constitucional o los “arreglos” que no han deshecho el nudo gordiano de Cataluña y su fallido “procés”, que aún colea. Eso sin mencionar el asunto de la valla de Melilla o del “donde dije digo, digo Diego…” del Sáhara. Y para aumentar el despropósito político, sin  que exista una oposición digna de ese nombre, dedicada a labores de derribo y descrédito, en lugar de diseñar y presentar una alternativa lógica, preparada y racional, sin insultos ni descalificaciones, para hacer política de verdad dentro de un marco institucional democrático y respetuoso, sin rupturas de la cohesión del país y sin cataclismos políticos y sociales. ¡Vaya con el 2023! Quizá éste logre despertar a Dios.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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30 diciembre 2022 5 30 /12 /diciembre /2022 13:06

OBSERVATORIO POLÍTICO  INTERNACIONAL

 

Son muchos los pensadores de finales del siglo XX y de la primera mitad del actual que, seducidos por el rápido e imparable progreso tecnológico digital que nos está cambiando la vida cotidiana, apostaban por el fin de las guerras, al menos las generalizadas. Y que el complejo bélico que llevamos en los genes se iría apagando ante el limpio, aséptico, rico  y entretenido mundo que se vaticinaba, a tenor de los avances tecnológicos. Claro que los problemas que genera o agudiza esa tecnología se han enquistado en forma de cambio climático, escasez de determinados productos, contaminaciones de aguas y tierras en todo el globo, sequías y hambrunas sobrevenidas, movimientos de personas que abandonaban sus países por el ansia de mejorar sus vidas o incluso de sobrevivir. Y la eclosión generalizada de una forma de vivir en la que habían desaparecido las viejas, quizá defectuosas pero efectivas, jerarquías de valores familiares, sociales y generales. Ellas disminuían  la sensación de aislamiento, fortalecían los lazos de familia, pueblo, vecindad, relaciones entre sexos y entre clases, con aquellas obsoletas fórmulas que se basaban en la cortesía, el respeto, la educación, la  moralidad y el sentido ético entre las personas (con todos los fallos, errores o excesos inevitables).

Pero lo que no ha desaparecido -y en algunos sectores  se ha agudizado- es la estupidez que es, como se sabe, una de las mayores fuerzas destructivas existentes en el género humano y tan repartida y subestimada que es imposible encontrar a una persona que, en algún momento de su vida –los menos-, y de forma generalizada –los más-, no tengan a la estupidez, en una u otra de sus múltiples formas, apareciendo en sus actos, palabras o motivaciones. Naturalmente los  efectos de dicha estupidez generalizada aumentan  exponencialmente cuando se trata de líderes políticos, empresariales o mediáticos  (incluso los más racionales de entre ellos acaban haciendo alguna cosa muy estúpida). Ya sea que los catalizadores de esa estupidez sea el poder o la codicia (sin olvidar la vanidad, el orgullo, la mezquindad o la simple maldad). Y todas ellas disfrazadas de algún concepto noble y elevado: ya sea la nación, la raza o la supuesta seguridad: la estupidez es la fuerza motriz de la historia.

En 2022 se exacerbó esa estupidez compleja, con tantos frentes abiertos,  que nos han dejado su herencia de desequilibrio mundial y sistémico: lo menos apropiado para afrontar  el año 23 de este siglo, el  XXI, al que creíamos el inicio de la mejora de una Humanidad  hastiada por la violencia y el horror del siglo anterior. Pues bien, me temo que el año que nace este domingo, vamos a vivirlo “peligrosamente”. Resulta algo inoportuno (no les quiero amargar el fin de año), hacer de Casandra, la pitonisa infausta que anunció la ruina de Troya y no fue creída. Así que analicemos por encima la situación, sin  cargar las tintas.

El 24 de febrero de este año, cuando aún coleaba en algunos lugares  la demoledora pandemia de la Covid 19 y comenzábamos a  sacarnos la mascarilla y a darnos la mano y a difundir por todas partes  el “carpe diem” del sobreviviente, al señor Putin se le ocurre la muy calculada (sólo los tontos o los fanáticos adoctrinados  piensan que Putin es un psicópata)  pero poco realista idea de invadir Ucrania, llenando de estupor al mundo. Comenzaron las huidas de refugiados y los bombardeos a ciudades. Desde 1945 no se había visto algo así en Europa. Con ello se inicia una previsible cadena de efectos negativos que atañen no solo a rusos y ucranianos, sino que se expande como otra mortífera  pandemia por el resto del planeta, agudizando brutalmente los problemas sistémicos que la Covid  había despertado y añadiendo otros nuevos. Como decían en mi tierra “éramos pocos y parió la abuela”.

Pero como al aprendiz de brujo, a Putin le ha salido mal la atrevida jugada, no  ha medido bien reacciones y consecuencias y ha entrado en una dinámica donde ya es posible la psicopatía. Ahora es difícil y arriesgado hacer predicciones: el arco de posibilidades va desde un tiempo más o menos largo de inseguridad bélica con acuerdo final (costoso para todos) hasta, en el otro extremo, que a alguien se le afloje el gatillo nuclear y abra para la Humanidad un regreso desde los misiles a la garrota y la honda de pedruscos (más o menos al estilo del Kubrick de “¿Teléfono rojo?  Volamos hacia Moscú”).

Desde el final de la II Guerra Mundial no se había producido un enfrentamiento de tal magnitud entre grandes potencias que se disputan la hegemonía. Con el agravante de que se ha destruido el viejo orden bipolar, con un tercero en discordia, China,  y el reforzamiento de regímenes problemáticos como Turquía, India, Arabia, Saudí, Irán o Israel.  Envueltos en una, digamos, “ideología” que no tiene muchas diferencias entre sí. No se trata de socialismo- comunismo y de capitalismo más democracia. Sino de capitalismo “democrático” o capitalismo “autoritario y dictatorial”  y en los márgenes, los regímenes teocráticos. El resultado es el mismo: en todos los casos el poder lo ejerce una minoría económica, con una clase operativa muy bien pagada. En unos, esa clase está formada por políticos y funcionarios y se permiten las elecciones. En los otros, está formada por miembros del poder, jerarquizados. Y el brazo militar o policial está al servicio de dicha clase. Y, en un bando aparte, los Estados fanatizados religiosos.  La malla de seguridad de los sistemas capitalistas está formada por los ciudadanos, las poblaciones, subyugadas por la tecnología, las comunicaciones digitales y un cierto bienestar y seguridad, que es un subproducto del capitalismo, excepto en casos de crisis total. Para las dictaduras religiosas ni siquiera eso: lo cual significará su fin. La libertad y la opinión crítica, son entelequias para uso de intelectuales, a los que en algunos países se les permite ejercer de tales, en la creciente seguridad de que casi nadie les entiende y lo que es peor, a casi nadie les interesa. Y en los demás se les silencia o elimina.

El problema del incierto porvenir que nos espera en 2023, es que si nadie detiene la sangría Rusia-Ucrania (pero sin humillar a los rusos, por favor), los autócratas y líderes populistas de muchos otros países sentirán que se ha abierto la veda y las guerras de conquista de territorios vecinos vuelven a ser toleradas. Se habrá destruido ese débil pero creciente estado de opinión que consideraba a la larga más fructífera la paz y destinar parte de los abultados presupuestos de defensa de otros tiempos, a la Sanidad, la Enseñanza y el progreso científico, como estaba ocurriendo a principios del XXI. Ahora las naciones vuelven  a rearmarse y no hay dinero para hospitales, escuelas e investigación. La vulnerabilidad se convierte en una sensación global. Los populistas y los extremos políticos alientan un nacionalismo corto de vista: el patriotismo no consiste en odiar a los extranjeros, sino en amar a tus compatriotas; no consiste en amar tanto a tu terruño que debas odiar a muerte y poner fronteras a los de al lado, sino en llegar algún día a comprender que el único patriotismo válido es el de la Humanidad y el cuidado del planeta que habitamos.

Un hogar cósmico  donde sin unos valores éticos básicos universales y unas instituciones globales no será posible afrontar las enormes y titánicas dificultades que se han ido formando durante siglos por desconocimiento, ignorancia, mala voluntad, codicia, tendencia a la agresividad y a la violencia a través del  racismo, guerras de religión, depredadores económicos, inconsciencia ecológica, abusos, genocidios y guerras absurdas que pierden mucho más de lo que creen ganar. Como apuntaba Yuval Harari en un artículo donde se quejaba de que estábamos perdiendo el logro humanitario de este siglo: “teniendo en cuenta las guerras civiles, las insurgencias y el terrorismo,  sus víctimas han sido bastante menores que las que suman los suicidios, los accidentes de tráfico o las enfermedades cardíacas o producidas por el exceso alimentario.”  Las guerras no eran útiles para nadie y sí una pérdida brutal en vidas y bienes.

 Sólo en el capítulo bélico piensen que la guerra de Ucrania está rompiendo un estado de equilibrio en el mundo que era un freno efectivo a favor de la paz gracias a la contención de las armas nucleares que evita un suicidio colectivo. Pero aunque la guerra en Ucrania copa la atención política mediática por su importancia geoestratégica y económica, el resto del mundo no está en seráfica paz. Decenas de millones de personas están viviendo en condiciones espantosas afligidos por conflictos  con parecido impacto humano brutal, aunque sin la amenaza del Aramagedon nuclear.

En Etiopía, que había firmado una paz precaria en su guerra civil de dos años –cientos de miles de muertos y millones de desplazados- , se comienza a luchar en otra zona, la de Oromia.  En Yemen, una de las mayores crisis humanitarias del mundo, pueden recomenzar en cualquier momento unas hostilidades que ya han costado 400.000 muertos, un 60% por hambre, sed y falta de médicos y medicinas. En Siria, siguen los bombardeos turcos. En Congo, rebrota la guerra del Sahel con décadas de lucha, tras la retirada de las fuerzas francesas en Mali. En Sudán del Sur y Somalia siguen los combates contra el grupo yihadista Al Shabaab. Hay bombardeos israelíes contra objetivos sirios con presencia militar iraní, mientras los sirios a su vez atacan esporádicamente una zona del país, Idlib, en manos de grupos rebeldes. La ONU calcula que 15 millones de personas necesitan ayuda humanitaria urgente en Siria para sobrevivir.

En un mundo tan afligido por las guerras, las amenazas que se ciernen en un futuro cercano, impulsadas por el cambio climático, la contaminación, la crisis económica, las epidemias con vocación pandémica y la desorientación profunda del ser humano ante unas tecnologías que lo superan, configuran el escenario en el que , decíamos, vivimos peligrosamente. Sólo nos queda confiar en la resiliencia humana.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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