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14 diciembre 2021 2 14 /12 /diciembre /2021 18:44

LOGOI 231

“1984” ES HOY

(Publicado en La Comarca, 141221)

Zygmunt Bauman y Byung-Chul Han, lo han sabido ver de forma parecida, a pesar de ser dos filósofos a los que separan varias décadas y dos tipos distintos de sociedad (siglos XX y XXI). La “modernidad” de sus análisis y conclusiones son indiscutibles. Desde la falta de solidez, coherencia y continuidad de la “sociedad líquida” del primero, hasta la extrema manipulabilidad de la información, la opinión y la emoción de los ciudadanos actuales, según el pensador coreano. Basta coger un periódico no partidista (los hay) o ver algún telediario objetivo (más difícil) o una revista digital o web informativa honesta (una labor que requiere tiempo y criterio), para observar hasta qué punto la pesadilla literaria profética de  George Orwell, “1984”, y su Ministerio de la Verdad, se está convirtiendo parcialmente en una realidad en muchos países, incluso el nuestro. Inevitable,  dada nuestra tendencia al exceso, la banalidad y la polarización político-visceral.

El protagonista de la novela Winston Smith, es un funcionario que se dedica a reescribir cada día el pasado para que coincida con las líneas políticas y los intereses cambiantes del régimen del Gran Hermano. Así se creaba la opinión que debía servirse a los ciudadanos: se hacía desaparecer las pruebas de lo ocurrido y se promovían actitudes y emociones coherentes con los deseos del poder. La historia era algo fluido que comenzaba cada día, apoyándose en un pasado dinámico que cambiaba a tenor de las estrategias mutantes del Gobierno. Con ello se conseguía compaginar los cambios emocionales en la población, o en una parte de ella, basándose en la reelaboración de los hechos que las justificarían. Así la historia y sus hitos se convertían en piezas ajustables en el puzzle de una situación política deseada.

Es parecido a lo que estamos viviendo aquí: manipulaciones históricas de las piezas del puzzle informativo actual, con el fin de que crear opiniones y emociones. En Cataluña, el País Vasco y ETA, el franquismo, la transición, la corrupción política y financiera, la pandemia, la crisis sistémica capitalista, los refugiados, el cambio climático… Da lo mismo qué líder o qué partido. Aunque no cambien los archivos de nuestra historia reciente… los ignoramos. Y eso nos condenará a repetirlos.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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13 diciembre 2021 1 13 /12 /diciembre /2021 13:30

publicado en La Comarca 071221

Dicen los de la OMS que hasta 2030 no se logrará el objetivo de la vacunación global (en 2019 y 20 se calificaba de alarmista e innecesaria). Mientras, tal vez superemos ya los diez millones de personas fallecidas por el virus. ¿De qué nos sirve vacunar a la mayor parte de la población de países desarrollados si en los “otros” apenas llegan al 10%?  Estamos en un mundo globalizado. Y se necesitan 10.000 millones de dosis más. El problema logístico, cómo distribuir los miles de millones de dosis necesarios en circunstancias como las que se dan en el continente más necesitado, África, con guerras tribales, corrupción y desordenes armados, es más pequeño que lidiar con el problema básico: convencer al 25 % de la población mundial (creo que un porcentaje más real se acerca al 50%) que integran un compacto y variado grupo, los socialidiotas.

Ellos forman una ingente población repartida por todo el mundo, formada, primero, por los negacionistas que rechazan la vacuna pues piensan que la Covid es un invento político para terminar con “nuestras libertades” (esos sujetos suelen creer en la necesidad de un dictador o líder carismático) o que con la vacuna nos inoculan un chip que nos convierte en autómatas. Esos son los covidiotas (apelativo aceptado ya por la RAE) y que son sólo una parte de los socialidiotas.

Ese subgénero humano es mucho más antiguo y además no hay vacunas contra su alteración psiquica. Forman parte de una variante basada en la estupidez, la ignorancia, la soberbia pseudo intelectual, la falta de educación personal y psicológica, la grosería psicótica, los que esgrimen el sacrosanto derecho a hacer los que le da la gana pero ignoran las obligaciones relacionadas con tales derechos, los que no han sido educados en el respeto al prójimo, ni en la escuela ni en el hogar familiar. Son los “listillos” que  van desde los que  no respetan el orden en  las colas, ensucian paredes y monumentos, tiran todo tipo de cosas por las calles o rompen papeleras, contenedores, bancos y jardineras, conducen como locos patinetes, bicis o automóviles sin pensar en peatones, jamás recogen la mierda de sus mascotas y dejan sus bolsas de basuras en rincones, hacen botellones y la lían parda para justificarse con el “derecho a la libertad”. Ya sé, de socialidiotas y de locos todos tenemos un poco. ¿Pero y eso de “no hacer a los otros lo que no deseamos que nos hagan a nosotros”?-ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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13 diciembre 2021 1 13 /12 /diciembre /2021 12:15

HASTÍO Y BANALIDAD DEL MAL

Publicado en “Heraldo de Aragón” el 091221

Hay un paralelismo deprimente entre las actitudes sociales y políticas de la oscura primera mitad  del siglo XX y una semejante decadencia moral y ética en nuestro presente. Una exacerbación del extremismo y la violencia, una aparición -con otras formas y características- de seres humanos fuera de cualquier categoría:  “homo sacer”o “nulas vidas”, cuerpos sin identidad, números y estadísticas, sin derechos, trabajo, dinero o pasaporte, seres sobrantes, eliminables… Al otro lado del espejo, tras fronteras seguras y vigiladas, los ciudadanos oficiales, con papeles e identidad jurídica, miran pudorosamente hacia otra parte.

Después de la I Guerra Mundial fueron los judíos, gitanos, enemigos políticos, ciudadanos de zonas separadas e integradas en otros países. Personas estigmatizadas por ser negros o asiáticos, viejos, mujeres o niños. En estos días se trata de  inmigrantes, refugiados, oleadas de personas que mueren por salvar sus vidas, gentes de todo tipo hacinadas y explotadas en los suburbios de las grandes ciudades… El rechazo del Otro entre musulmanes y judíos en el mundo cristiano y viceversa. La coincidencia entre ciertos hechos y situaciones visibles cada  día, reflejos de la actualidad, y ciertas lecturas sobre los hechos vividos por una generación de filósofos de ambos sexos y poetas y narradores (que Wolfram Eilenberger situó en “tiempos sombríos”, de 1919 a 1943), entre ellos dos pensadoras judías, Hannah Arendt y Simone Weil, provoca una sensación por lo menos inquietante de “dejà vu”, de algo conocido y vivido, de una repetición,..

 

En el legado filosófico de Hannah Arendt se habla de la “banalidad del mal”, casi un cliché hoy día, que la misma autora delimitó y aclaró: el mal no es nunca banal, pero sí lo es la forma de producirlo, organizarlo, ampararlo o justificarlo. El mal que Eichmann ayudó a implementar no es banal, pero sí lo es la burocrática y eficaz indiferencia con que hacía su trabajo, así como la actitud de ignorancia tácita de la mayoría de la población alemana respecto a los horrores genocidas de los campos y la colaboración directa o indirecta que el régimen nazi exigía y recibía en el cumplimiento de sus objetivos (incluidos los Consejos Judíos: acusación que nunca se perdonó a Arendt).

En cuanto al concepto weiliano de “fuerza”, nos habla de los soldados –o políticos-  vencedores cuya victoria y ocasional omnipotencia les convierte en esclavos de su poder, carecen de palabras, razón, emoción o sentimiento. La fuerza absoluta transforma radicalmente al que detenta el poder y también a sus víctimas, los petrifica a ambos, los torna materia bruta y les desnuda de humanidad, poseídos por la pasividad éstos y dominados por la brutalidad sin odio, los otros.

Son los dos lados opuestos de la misma tragedia: vencedores y vencidos, el tirano y el esclavo, el poder absoluto y sus víctimas. Ambas son dos formas paralelas de una misma filosofía de la reducción, la que se articula en torno a un solo elemento, ya sea la física por ejemplo o el mal puro y simple. Y creo que en nuestra época ese elemento único que define nuestra realidad es la fuerza automatizada y el mal que se practica y extiende de forma banal: una simbiosis trágica.

A través de obras de autores como Nietzsche, Stefan Zweig, Benjamin, Heiddeger y Ortega, entre otros, se menciona el hastío que producen los excesos emocionales que rompen los límites de lo razonable, lo comprensible: cuando uno se cansa de tanto horror y entra en un estado pasivo e indiferente, como inmunizado por el dolor y la crueldad. Es el hastío de los soldados alemanes que “cumplían su deber de obediencia” conduciendo seres humanos deshumanizados al matadero…pero también ampliando el foco de la mirada, la riada inacabable de trágicas muertes de inmigrantes en pateras o detenidos en fronteras sin medios de supervivencia, los condenados por el virus en unos países sin medios (mientras en otros las vacunas caducan por falta de uso) y los que, teniéndolas, las rechazan por razones muy respetables pero contagian irresponsablemente a otros y ayudan a expandirla; la crisis económica que hunde a sectores de población; la violencia que se dispara por motivos fútiles entre jóvenes sin esperanza de mejora; la pérdida de confianza generalizada hacia los políticos; el acoso a las fuerzas del orden y el descrédito de los jueces…es el banal rosario de noticias de cada día.

Todo eso, ¿no es un reflejo especular de otras épocas donde se instauró el mal gracias a un hastío parecido y una banalidad operativa semejante? ¿Todavía no reconocemos nuestra responsabilidad conjunta hacia el mal? ¿No nos resulta familiar la “ignorancia” voluntaria de la mayoría de los individuos de las sociedades “con papeles”, ante ese conjunto de hechos y situaciones moralmente inaceptables? El hastío que genera la repetición de estímulos-imágenes-datos del horror y la banalización de lo que vemos una y otra vez…¿no nos convierte en cómplices de esa atroz injusticia global?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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6 diciembre 2021 1 06 /12 /diciembre /2021 17:06

El autor, Juan José Tamayo, palentino de 75 años nos hace un severo análisis del mundo en el que vivimos, que es una negación absoluta de la compasión y una advertencia admonitoria a las personas que se sienten heridas por el silencio de Dios ante esta crisis sistémica que nos agobia por su impasible inevitabilidad.  Para ello se inspira en la experiencia de la crisis pandémica, una circunstancia que ha revelado y desnudado el principio ético de la compasión (o de su falta), un concepto que analiza a través de once capítulos, apoyándose en la historia, la psicología, la moral, la religiones y la filosofía, sin olvidar la teología, la ecología o la economía (ay, tan relevantes).

En esencia es el reto que nos impone el siglo: el silencio de Dios articulado con el “silencio“ de la compasión o su falsedad, que vienen a ser las dos caras de la misma sensación de absurda inoperancia que ambas trascienden. La ausencia de “Dios” es el reflejo inverso de la ausencia de compasión que aflora permanentemente en las relaciones humanas, familiares, sociales, de raza, religión, género sexual o sesgo político; en la desigualdad creada por la xenofobia, la falta de recursos, los excesos de producción y de consumo, la gradual destrucción del medio ambiente, la banalización de la cultura, el esclavismo digitalizado, los avances de fascismos y totalitarismos, la violencia como reacción gratuita e innecesaria, el desprecio a las leyes y a la autoridad. No se pretende comparar o compaginar la creencia en Dios con la necesidad de la compasión, sino destacar el hecho de que ambas proceden del mismo origen, la misma semilla: la idea de Dios es la de un Ser trascendente que atrae y libera lo mejor de nosotros y la de la compasión es una actitud, un sentimiento, que hace el mismo efecto en nosotros respecto a nuestros semejantes, ya que con ello facilita el encuentro con lo divino que es, por definición, lo que justifica la vida del creyente tanto como la compasión da sentido a la vida de la persona.

Esta articulación entre Dios y la compasión se convierte, cuando es una práctica, en una referencia ética que influye en todos los ámbitos del saber y el quehacer humanos. Y aquí no se trata de una cuestión entre creyentes y escépticos sino en una praxis que podría hacer que el progreso tecnológico en el que vivimos (y sus crisis) se vea acompañado por un progreso ético  en el que la solidaridad, la igualdad y la compasión logren, poco a poco, ayudar a superar o mitigar las brechas que contundentemente denuncia el libro de Tamayo: las de la desigualdad, la injusticia ecológica (con las cuatro amenazas que Leonardo Boff enumera: armas de destrucción masiva, escasez de agua potable, sobreexplotación de la Tierra y calentamiento global). Precisamente ese autor, citado por Tamayo,  destaca la necesidad de despertar mundialmente a la “espiritualidad”. Esa función o dimensión profunda del ser humano que está íntimamente relacionada con las ideas de lo divino y de la compasión. El odio y rechazo al Otro (inmigrantes y refugiados), la injusticia de género, la desigualdad económica, cultural y cognitiva, configuran una visión crítica del mundo donde, precisamente, se ignora la compasión y la fuerza redentora que daba la “existencia” de Dios (lejos del “Dios” de la intolerancia y el fanatismo).

Tamayo completa su libro con un erudito recorrido por las religiones y el papel de la compasión en sus estructuras, la teo-política de la compasión, el humanismo y transhumanismo del concepto, una suculenta referencia a la “memoria subversiva de las mujeres olvidadas”, el diálogo –tan necesario- entre religión y ciencia al respecto; algunos autores que reclaman la ética de la compasión y un epílogo magníficamente actual sobre una “mística de ojos abiertos”, que refleja la impotencia, los temores, la irritación ante algo que nos supera y no sabemos afrontar y también la solidaridad y la admiración por las actitudes y comportamientos de algunas personas de esta época de pandemia, que está lejos de concluir.

El doctor Tamayo, es bien conocido por quienes admiramos su labor como pensador y profesor y más aún su integridad filosófica y su talante crítico hacia ciertos temas candentes en nuestros días, desde la tragedia sistémica de los refugiados, la diversidad, el pluralismo religioso y los extremismos fundamentalistas, raciales o sexistas y la llamada teología de la liberación.

Para finalizar, como Tamayo escribe en su libro, la compasión y la empatía requieren una articulación y una reelaboración práctica, cotidiana y universal, ya que "el verdadero sentido de la compasión es ponerse en el lugar de las otras y los otros sufrientes en una relación de igualdad y empatía, asumir el dolor de las otras personas como propio, interiorizar a la otra persona dentro de nosotros y nosotras, sufrir no solo con los otros, sino en los otros, hasta identificarse con quien sufre y con sus sufrimientos, cuestión que no resulta fácil pero que es necesaria" .

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

FICHA

LA COMPASIÓN EN UN MUNDO INJUSTO.- Juan José Tamayo. Fragmenta Editorial.-296 págs.

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3 diciembre 2021 5 03 /12 /diciembre /2021 19:32

LA PARÁBOLA DEL METAVERSO

(Publicado en La Comarca, el 031221 )

En el Génesis del Metaverso, hubo un primer momento en el que el metadios, en la vida real llamado Mark Zurckberg, miró en torno suyo y se dolía del estado en que veía a los hombres y mujeres en el  llamado mundo real. Todos sometidos a trabajos y obligaciones que eran muy superiores a sus fuerzas, semi esclavizados por deseos injertados y necesidades ilusorias, bajo cielos grises y aires contaminados, con sus panteones de dioses muertos o dormidos, bajo la férrea tiranía del poder dictatorial de un neocapitalismo salvaje…El metadios se compadeció  de esa humanidad abocada al desastre final y dijo “nazca la luz y la luz se hizo”. Se iluminaron las pantallas de todo el mundo y de la luz digital nació el metaverso. Una palabra que no había surgido de la mente privilegiada de MZ, sino de un escritor de ciencia ficción que en 1992 inventó la palabra para su novela “Snow Crash”. Pero, sigamos con la parábola.

Tras un casco/gafas de realidad virtual,  en la gran pantalla inmersiva, aparecieron las verdes campiñas, el cielo azul, el baile sosegado de las nubes, las calles ordenadas y limpias iluminadas por el sol, sin sombra de contaminación y, junto al árbol de la ciencia (antes llamado del bien y del mal), dos seres perfectos, hermosos, plenos y felices porque habían superado el dolor, la enfermedad y la muerte. Los avatares. Los había de todas clases, colores, razas, sexos y parasexos. Eran libres y gozaban de plena disponibilidad para trabajar, jugar, relacionarse sensualmente, comprar y consumir artículos digitales. Con sus almas de chips y sus apariencias transformables a golpe de “click”, el ser humano del siglo XXI podía olvidarse de la humillante historia de ser el animal más depredador e inmisericorde de la auténtica Creación. Había nacido su gemelo digital. A partir de ahí se escribiría otra historia. Y el metadios se frotó las manos de puro placer, aunque en el fondo de su cerebro nació la sombra de la duda: ¿habrá siempre energía para alimentar su metaverso?

Pero esa es otra cuestión. La que nos preocupa es, como siempre, la respuesta a la pregunta clásica: “cui prodest?”, es decir, “¿a quién beneficia?”. El sector de las empresas “tech” globales ya está babeando con la simple estimación primeriza de sus ganancias. Los 2.800 millones de usuarios del imperio de Facebook y aliados, suponen el mayor mercado de clientes que ha existido jamás. Y están en alza. Los consultores de Fondos e Inversiones estiman a la baja un negocio global de 700.000 millones de euros para el 2024. ¿Beneficiados? Desde los expertos informáticos, a los que diseñen y fabriquen el hardware que va a precisar la nueva tecnología (trajes, sensores, casos y gafas), pasando por los grupos publicitarios que promocionan tantos objetos físicos como virtuales y los especuladores de las monedas digitales… hasta Microsoft se ha apuntado al metaverso y va a crear uno dedicado únicamente a las empresas, donde se trabajará en proyectos comunes y se intercambiarán archivos técnicos y financieros.

Sigamos con la parábola. Ríanse ustedes del Gran Hermano del“1984” de Orwell y de los opresivos mundos creados por la ciencia ficción distópica, tipo “Matrix” o “Los juegos del hambre” (me viene el recuerdo de “El mundo feliz” de Huxley): con la llegada del Metaverso, el Olimpoverso estará repleto de dioses y diosecillos que reducirán a una broma infantil a los caprichosos dioses greco-romanos. En principio lo sabrán todo, absolutamente, de nosotros. Y colmarán su insaciable codicia, no con un cabritillo asado, sino con el negocio añadido de vender nuestros datos al mejor postor o cederlos a los Gobiernos a cambio de que hagan la vista gorda en otros asuntos.

Uno se pregunta qué es lo que buscan los multimillonarios que forman el Olimpo. M.Zuckerberg (Meta-Facebook, Whatsapp, Instagram), Bill Gates (Microsoft), Larry Page (Youtube, Google) Elon Musk (Tesla), etc. ¿Más dinero? No lo creo. Buscan lo mismo que todos los “dioses” han buscado desde que se adoró al primero de ellos en las cavernas: el poder absoluto ejercido de una forma lo más absoluta posible. Y la aceptación y vasallaje de los infelices y vulnerables “clientes”. Señores, vamos apañados.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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1 diciembre 2021 3 01 /12 /diciembre /2021 10:17

 

Publicado en La Comarca, 301121

Durante más de cuarenta años viví, escribí y me relacioné en Barcelona –y pertenecía al gremio literario y periodístico, fundamentado en el respeto a la lengua- usando un castellano cotidiano y un catalán tímido, pero respetado. Mi “en catalán, si us plau” desternillaba a mis amigos y hacía florecer sonrisas por doquier. Era mi  petición a las personas con las que hablaba, desconocidos o  conocidos, como forma de respeto a su lengua. A algunos les divertía que dijera, “en catalá, si os place”, traducción literal del “por favor” en catalán.

Politizar una lengua es una salvajada indigna del siglo de la globalización. La diversidad de las lenguas, de las razas, de los géneros, en un plano de igualdad, justicia y solidaridad, es una asignatura pendiente del género humano. Utilizar el catalán como arma arrojadiza y justificación de la violencia y del sinsentido por unos y otros, es peor que un error, es un virus de destrucción social, político y económico mutuo. En cuestiones de lengua no hay vencedores ni vencidos, todos sufrimos la falta de razón, inteligencia y comprensión.

En Cataluña el giro crítico no lo marcó la primaria represión franquista –que al final ya era agua de borrajas- sino la instrumentalización política del catalán por el pujolismo y la ERC, contestados por la paralela impugnación españolista que sacaba réditos políticos victimizando, contra toda lógica y realidad, al castellano en las tierras catalanas. Meter a los jueces en el debate –a remolque del Estatut- fue otro error de los redactores del manifiesto catalán, aupados por el Tripartito de Maragall, ya que en principio la judicatura no cuestionaba la política lingüística de la Generalitat.

¿Cuál es el problema en estos momentos? Como gráficamente escribe mi colega y excompañera Susana Quadrado, “el magreo político de un asunto que revuelve las tripas”.  Ni el absurdo “155 lingüístico” del inefable Casado, ni las cretinadas de ciertas asociaciones catalanas y su reflejo especular opuesto entre los ultras más descerebrados, llevarán a buen puerto el asunto. Señores políticos, “seny” (sensatez) y sentido común (cordura); con la que está cayendo entre pandemia, calentamiento y crisis económica, dedíquense a lo que importa y dejen tranquilas y respetadas a las lenguas.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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28 noviembre 2021 7 28 /11 /noviembre /2021 12:59

EL “CAPITALVIRUS” CONTAGIA GLASGOW

(Reportaje publicado en “La Comarca” el 261121)

Creo que desde los tiempos de la Torre de Babel no ha habido mayor desacuerdo en una empresa humana común, como la vista en la COP 26 de Glasgow. Sólo que aquí no ha sido cuestión de idiomas diferentes sino de concepciones opuestas y enfrentadas sobre un solo y global problema: el cambio climático. Provocado, entre otras cosas, por la emisión de gases de efecto invernadero debido al uso de combustibles fósiles.  Analizando los debates habidos y las posturas de determinados países se llega a la conclusión de que cualquier tipo de diagnóstico del problema tiene que tener en cuentan la variante patológica del “capitalvirus” que ha hecho estragos en Glasgow. La Conferencia de las Partes o COP es el órgano supremo de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC). En ella, los jefes de Estado y de Gobierno, o en su nombre los ministros, toman decisiones para intentar mitigar los efectos de la crisis climática derivados de la acción humana. Eso es la teoría. Lo cierto es que la COP (deberían ser las siglas de “Coopera O Perece”) ha sido un teatro de marionetas de alcance mundial, rodeado de las marchas populares de protesta (más de 100.000 personas) los encadenamientos de científicos en el puente George V de Glasglow y los informes negacionistas o negocionistas amparados “científicamente”, contrapuestos a otros muy alarmantes de entidades científicas tan serias como el colectivo Scientist Rebellion o la famosa Climate Action Tracker que asegura que, aunque se aplicaran muchos de los acuerdos parciales, aún así rechazados por algunos países, la temperatura a final de siglo puede llegar a los 2,4 º C . Eso supondría la aparición de los nuevos Jinetes del Apocalipsis: la contaminación letal, el calor, la sequía, las inundaciones costeras, el hambre, pandemias, el estado bélico total ante las inmigraciones masivas, la escasez de agua potable y de alimentos… el Bosco y Brueghel como profetas de una realidad del horror. Y los despliegues cínicos de los “lobbyes” que se benefician del consumo de combustibles fósiles, con más poder efectivo en sus manos que  el conjunto de los países ricos.

Las medidas de “control” basadas en la  compraventa de derechos de emisión de tales gases o las por ahora utópicas tecnologías de “captura” de esos gases, se deberían desestimar por ineficaces. Incluyendo, por ejemplo, las controvertidas plantas de carbón que tienen sistemas para “almacenar” en el subsuelo sus gases residuales o los visionarios que hablan de un “casquete” de diamantes en torno al planeta que filtraría las emisiones solares). Estas parten de un principio evidente: mantener el uso de combustibles fósiles y la emisión de gases sobre todo en beneficio de países como Arabia Saudi, Brasil, Australia, EE.UU. India, China y Rusia, entre otros, que oscilan cínicamente entre el negacionismo y las fantasías de supuesto control. Y ante las evidencias de que el clima está mutando y ya empiezan a verse los efectos perniciosos, confían en un “deus ex machina” del futuro que lo solucionará todo en el último momento. Vamos, como el 7º de caballería de los western de antes.

No hace falta ser un Maquiavelo para percibir en pleno funcionamiento por los pasillos y salones, intervenciones, excusas y negaciones, incluso en los descafeinados “tratados” aprobados, los efectos perniciosos del “capitalvirus”, el poderoso caballero cuyo omnímodo bastón de mando dirige la ceguera internacional de muchos países, de toda la gama ideológica –eso en estos tiempos sólo tiene un valor testimonial-. Por aquí tenemos un dicho cuyo egoísmo, insolidaridad e ignorancia claman al cielo: “el que venga atrás que arree”. Pero ya no hay quien “venga atrás”. Las generaciones vivas son las que van a sufrir las consecuencias de la codicia de beneficios que no permite ver que tenemos una bomba de extinción programada sobre la mesa de la Humanidad.

Los acuerdos son escandalosamente hipócritas y obtusos respecto a la realidad: se pide con gran miramiento (no vayan a enfadarse los países que se lucran) que se eliminen “gradualmente” las emisiones de los combustibles fósiles y los subsidios (además las subvencionamos), se aconseja crear un fondo para compensar “pérdidas y daños” causados por los estragos climáticos  que van a llegar y, curiosamente, se mantiene “vivo” el objetivo de reducir el calentamiento global para no sobrepasar el 1,5 ºC. ¿Es una broma o es que la idiocia o idiotismo se ha apoderado del género humano? Es decir, se acepta la realidad de las crisis, pero se ajusta su percepción y contra medidas a los intereses de los países que se benefician de ella y se regatean compensaciones a los países en desarrollo que seguirán consumiendo y algunos produciendo en su territorio –beneficiando a los países ricos-  el mismo tipo de combustible fósil que nos lleva raudos a una crisis climática sin precedentes.

Se ha propuesto otra COP para el próximo año en Sharm el Sheij, ciudad balneario egipcia entre el desierto del Sinai y al Mar Rojo. Una elección que muestra la hipócrita inconsciencia de nuestros respetables –no respetados- mandamases. La COP 26 ha sido una tomadura de pelo y la 27 dará ocasión para que el Congreso se divierta. Total, sólo nos estamos jugando el futuro humano. ¿De qué nos sirve las buenas intenciones pactadas como que EE.UU. y China negocien la reducción de sus respectivas emisiones de esos gases (aunque ni Pekin, ni Moscú ni India han aceptado incluir al metano en esos pactos)? ¿O que 114 Estados acuerden acabar con la deforestación para el 2030 (quedará algún árbol  en el Amazonas para esa fecha)? ¿Saben que todo lo acordado en la COP26 no tiene carácter vinculante? ¿Recuerdan que en el 2014 ya se pactó terminar con la deforestación y no se ha hecho nada al respecto en los últimos 7 años? ¿Sabían que en el acuerdo final se cambió la frase “eliminación gradual” del uso del carbón, por el de “reducción progresiva”, gracias a presiones de algunos países encabezados por India?

No hay pactos globales, ni calendarios fijos de actuación, ni normativas de obligados cumplimientos, ni entidad internacional que los revise. Y mientras, en sólo once años,  tendremos encima la “tormenta perfecta” medioambiental. Las COP no hacen más que reducir al mínimo común denominador las disensiones entre los Estados. El tímido primer paso para reducir el uso y la extracción del carbón, el petróleo y el gas y los subsidios que hasta ahora lo protegían, en la realidad no es más que papel mojado, un mero apaciguamiento teórico sin medidas operativas. Llamar “documento histórico” a este fiasco político-administrativo internacional como hizo el vicepresidente de la Comisión, Frans Timmerman, es verdad, pero en un sentido opuesto al que le dio el insigne burócrata: es histórico en la medida que es tristemente histórica la oportunidad que se ha perdido de implementar una actitud operativa eficaz para terminar con una situación que los científicos declaran “código rojo para la Humanidad”. Los “estilos de vida insostenibles y patrones de consumo derrochadores” de los países ricos como acusaba, con razón,  el delegado de la India para justificar (sin razón) su propio uso abusivo del carbón, en las últimas horas de la prórroga de la Cumbre, fue una maniobra comprensible pero no justa ni pertinente.

Quizá va siendo hora de que los países ricos y los pobres lleguen a acuerdos económicos compensatorios justos y equilibrados que enfoquen la reducción drástica, progresiva y regulada de la emisión de gases invernadero, a través de un organismo internacional transparente con capacidad jurídica y ejecutiva global que responda de una política común anti-desastre climático, por encima de Gobiernos e ideologías. Lo cual, en este momento, es utópico, aunque posible en un futuro próximo.

Tras esta COP26, la decepción y los augurios nefastos se han disparado y la meta de no superar el umbral del 1,5ºC para fines de siglo, se presenta tan utópica e irrealizable como que exista un consenso que supere la brecha riqueza-pobreza y se acuerde unos fondos que compensen la desigualdad. Ya en 2020 en Paris se aprobó un fondo anual de 100.000 millones de dólares que nunca vio la luz. Ahora se ha pedido que en 2023 se ponga en marcha por fin tal fondo. El “capitalvirus” es inclemente, ya sea por exceso o por defecto. Y como el “coronavirus”, no entiende de fronteras, de Gobiernos o de entidades supranacionales. El “capitalismo verde” es un oxímoron. El culpable directo o directo de la situación es el capitalismo estructurado desde la Revolución Industrial hasta nuestros días,  que se disfraza de tecnología verde. El problema es el sistema de vida creado por el “capitalvirus”. Hay que cambiar el sistema. Y debe ser con una dinámica evolutiva y democrática, no revolucionaria…pero sí honesta, firme y solidaria.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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22 noviembre 2021 1 22 /11 /noviembre /2021 19:27

LOGOI 227: LA MAGDALENA

Publicado el 231121 en La Comarca

Más que una cita literaria, es un tópico. La magdalena de Proust. El sabor de un trozo de magdalena mojado en té tibio ocasiona al autor francés un “reencuentro mental son el (su) tiempo perdido”. Pero convertir ese efecto de la memoria involuntaria, de la “reverie” o ensueño o del “dejà vu”, en un  análisis de literatura comparada con incursiones en el cine o la pintura, es el logro cultural exquisito que nos brinda un profesor de la UAB, Lluís Quintana Trias. “El instante recuperado” es el precioso título de su libro (editado por Fragmenta). La lectura de su apasionante viaje literario ha suscitado en mí una reflexión.

Miren, uno de mis pesares es la falta de calado cultural que percibo en adolescentes y  jóvenes. He protestado por una educación sin clásicos, he cargado contra una educación sin ética, sin puntos de referencia, sin inquietud cultural parental (de tales palos estas astillas), sin educación social o vecinal o ciudadana, sin valores, sin reflexión, sin ortografía, sin capacidad de articular un pensamiento o un argumento, casi sin vocabulario y…casi sin sentimientos expresables y emociones no traducidas en emoticones. Ya sé, no son todos así.  Pero cada vez hay más “letrasados”.

La cultura clásica que reclamaba, la afición de leer estimulada y compartida por los padres, el “relato” de una sociedad que crea y favorece el entendimiento profundo y súbito entre las personas que lo comparten, causa uno de los fenómenos  gratificantes de la vida. Un fenómeno basado en esa “memoria involuntaria” preconizada por Quintana: la hermandad instantánea entre dos personas que rememoran casualmente un determinado detalle literario,  el personaje de una obra clásica una escena de película o teatro, la fuerza de una sonata famosa.  Me he encontrado con sujetos que no conocía con los que, con gratísima sorpresa, por un hecho o unas palabras sin aparente relación, rememoraba una experiencia sensitiva del pasado. Y así compartía admiración por un chiquillo travieso llamado Guillermo Brown, por el pirata Sandokan, por un gascón espadachín llamado D’Ártagnan o por el capitán Nemo, por el Pequeño Príncipe o la persecución de una ballena blanca. Ese sujeto desconocido se convertía tras esa casual rememoración en un hermano de emociones compartidas ¿Tienen nuestros jóvenes “magdalenas de Proust” que les acerquen entre sí? ¿Son conscientes del tesoro oculto que nos ofrece cada “instante recuperado”?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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18 noviembre 2021 4 18 /11 /noviembre /2021 19:38

ZWEIG, BENJAMÍN Y EL“ANGELUS NOVUS”

Publicado el 161121 en “Heraldo de Aragón”

“Para los hombres de hoy, que hace tiempo excluimos del vocabulario la palabra ‘seguridad’, como un fantasma, nos resulta fácil reírnos de la ilusión optimista de aquella generación (finales del XIX), cegada por el idealismo, para la cual el progreso técnico debía ir seguido necesariamente de un progreso moral igual de veloz”. Es la voz nostálgica y dolorida de un gran escritor, Stefan Zweig, en su obra póstuma, la bellísima “El mundo de ayer. Memorias de un europeo”. El intelectual austríaco de origen judío se suicidaría –en su exilio en Brasil- antes de ver publicada esta obra, con 61 años, desquiciado por los avances de los nazis al comienzo de la II Guerra Mundial que le hicieron presagiar un mundo fanatizado y brutal, dominado por los fascismos más crueles y un progreso técnico que cambia la vida pero no la mejora en lo más esencial: la solidaridad y la igualdad entre los hombres.

Por esos paralelismos “casuales”  de los que la historia está llena (Jung los llamaba “sincronicidades”, dándoles un valor causal debido a un orden no lógico o racional) dos años antes de ese suicidio, el 26 de setiembre de 1940, en la localidad española de Port Bou se suicidaba un filósofo y sociólogo de lengua alemana, también judío, Walter Benjamín, a los 48 años. El miedo a ser deportado por la policía española y entregado a la Gestapo provocó esa decisión fatal. Y precipitada, pues unos días más tarde hubiera podido cruzar España y embarcarse en Lisboa hacia Estados Unidos.

Un año y medio antes, en febrero de 1939, a pocos kilómetros de Portbou, en Colliure, había muerto Antonio Machado. Benjamín dejó un nota que podría haber servido para Machado: “En una situación sin salida, no tengo otra elección que la de terminar. Es en un pequeño pueblo situado en los Pirineos, en el que nadie me conoce, donde mi vida va a acabarse… No dispongo de tiempo suficiente para escribir todas las cartas que habría deseado escribir”. Era un tiempo en que la inteligencia y sensibilidad eran barridas de la faz de la tierra, por el simple hecho de ser judío o de no ser fascista.

El “Ángelus Novus”, ese grabado de Paul Klee que acompañó muchos años a Benjamín, volvía a convertirse en símbolo trágico de un proceso y curso de la historia que aterrorizaba incluso a los ángeles. En el grabado, el ángel, con los ojos y la boca abiertos de puro horror, se siente arrastrado hacia el futuro con las alas inútiles desplegadas, pero su mirada se dirige al pasado “allí donde nosotros vemos un encadenamiento de hechos, él ve una única catástrofe que acumula incesantemente una ruina tras otra, arrojándolas a sus pies”. El curso de la historia, dice Benjamin, no está dirigido al progreso de la técnica y el bienestar humanos, sino que es “una tempestad” que se ha enredado en las alas del ángel y lo empuja hacia el futuro. Una tempestad, que viene del pasado, se enquista en el presente y reinará en el futuro. “Esa tempestad es lo que nosotros llamamos progreso”, escribe Benjamin, como un eco trágico de las reflexiones y los temores de Zweig.

La parábola del “Ángelus Novus” –el grabado de Klee ahora se encuentra en Jerusalén, en el Museo del Holocausto- pertenece a las fragmentarias reflexiones de Benjamin, en su “Tesis sobre el concepto de historia”. En estos fragmentos profundos y sugestivos Benjamín hace una observación que Zweig repite a menudo con otras palabras en su libro póstumo: “Nada hay menos filosófico que el asombro porque las cosas que estamos viviendo sean ‘todavía’ posibles en el siglo XX “.   Imagínense en el actual. Por lo tanto debemos aceptar el diagnóstico de Benjamín: la concepción de la historia que tenemos no se sostiene. ¿Por qué?  Tal vez porque hemos confundido el deseo de lo que tendría que ser el progreso en nuestro tiempo con la praxis del proceso histórico que incluye la barbarie como sistema económico y como comportamiento humano. Ya que “jamás se da un avance de cultura –como tecnología-sin que lo sea también de barbarie” ya que ésta contagia el proceso de transmisión.

Como apostillaba Zweig, “Tenemos que dar la razón a Freud cuando afirmaba ver en nuestra cultura y en nuestra civilización tan solo una capa muy fina que en cualquier momento podía ser perforada por las fuerzas destructoras de la barbarie. Es preciso acostumbrarse a vivir sin suelo firme bajo nuestros pies, sin derechos, sin libertad, sin seguridad”. Y es que “la tradición de los oprimidos nos enseña que el estado de excepción en que vivimos es la regla y hay que llegar a un concepto de historia que le corresponda” (Benjamín).

El ángel de Klee es la metáfora del momento actual que vivimos, con una crisis sistémica que subsume varias crisis. Una especie de “tormenta perfecta” planetaria. El ángel toma voz en el poema de Gerhard Scholem: “Tengo prontas las alas para alzarme/con gusto volvería hacia atrás/porque, si sigo siendo tiempo vivo,/  la desgracia me atrapará”.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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17 noviembre 2021 3 17 /11 /noviembre /2021 19:38

ZWEIG, BENJAMÍN Y EL“ANGELUS NOVUS”

Publicado el 161121 en “Heraldo de Aragón”

“Para los hombres de hoy, que hace tiempo excluimos del vocabulario la palabra ‘seguridad’, como un fantasma, nos resulta fácil reírnos de la ilusión optimista de aquella generación (finales del XIX), cegada por el idealismo, para la cual el progreso técnico debía ir seguido necesariamente de un progreso moral igual de veloz”. Es la voz nostálgica y dolorida de un gran escritor, Stefan Zweig, en su obra póstuma, la bellísima “El mundo de ayer. Memorias de un europeo”. El intelectual austríaco de origen judío se suicidaría –en su exilio en Brasil- antes de ver publicada esta obra, con 61 años, desquiciado por los avances de los nazis al comienzo de la II Guerra Mundial que le hicieron presagiar un mundo fanatizado y brutal, dominado por los fascismos más crueles y un progreso técnico que cambia la vida pero no la mejora en lo más esencial: la solidaridad y la igualdad entre los hombres.

Por esos paralelismos “casuales”  de los que la historia está llena (Jung los llamaba “sincronicidades”, dándoles un valor causal debido a un orden no lógico o racional) dos años antes de ese suicidio, el 26 de setiembre de 1940, en la localidad española de Port Bou se suicidaba un filósofo y sociólogo de lengua alemana, también judío, Walter Benjamín, a los 48 años. El miedo a ser deportado por la policía española y entregado a la Gestapo provocó esa decisión fatal. Y precipitada, pues unos días más tarde hubiera podido cruzar España y embarcarse en Lisboa hacia Estados Unidos.

Un año y medio antes, en febrero de 1939, a pocos kilómetros de Portbou, en Colliure, había muerto Antonio Machado. Benjamín dejó un nota que podría haber servido para Machado: “En una situación sin salida, no tengo otra elección que la de terminar. Es en un pequeño pueblo situado en los Pirineos, en el que nadie me conoce, donde mi vida va a acabarse… No dispongo de tiempo suficiente para escribir todas las cartas que habría deseado escribir”. Era un tiempo en que la inteligencia y sensibilidad eran barridas de la faz de la tierra, por el simple hecho de ser judío o de no ser fascista.

El “Ángelus Novus”, ese grabado de Paul Klee que acompañó muchos años a Benjamín, volvía a convertirse en símbolo trágico de un proceso y curso de la historia que aterrorizaba incluso a los ángeles. En el grabado, el ángel, con los ojos y la boca abiertos de puro horror, se siente arrastrado hacia el futuro con las alas inútiles desplegadas, pero su mirada se dirige al pasado “allí donde nosotros vemos un encadenamiento de hechos, él ve una única catástrofe que acumula incesantemente una ruina tras otra, arrojándolas a sus pies”. El curso de la historia, dice Benjamin, no está dirigido al progreso de la técnica y el bienestar humanos, sino que es “una tempestad” que se ha enredado en las alas del ángel y lo empuja hacia el futuro. Una tempestad, que viene del pasado, se enquista en el presente y reinará en el futuro. “Esa tempestad es lo que nosotros llamamos progreso”, escribe Benjamin, como un eco trágico de las reflexiones y los temores de Zweig.

La parábola del “Ángelus Novus” –el grabado de Klee ahora se encuentra en Jerusalén, en el Museo del Holocausto- pertenece a las fragmentarias reflexiones de Benjamin, en su “Tesis sobre el concepto de historia”. En estos fragmentos profundos y sugestivos Benjamín hace una observación que Zweig repite a menudo con otras palabras en su libro póstumo: “Nada hay menos filosófico que el asombro porque las cosas que estamos viviendo sean ‘todavía’ posibles en el siglo XX “.   Imagínense en el actual. Por lo tanto debemos aceptar el diagnóstico de Benjamín: la concepción de la historia que tenemos no se sostiene. ¿Por qué?  Tal vez porque hemos confundido el deseo de lo que tendría que ser el progreso en nuestro tiempo con la praxis del proceso histórico que incluye la barbarie como sistema económico y como comportamiento humano. Ya que “jamás se da un avance de cultura –como tecnología-sin que lo sea también de barbarie” ya que ésta contagia el proceso de transmisión.

Como apostillaba Zweig, “Tenemos que dar la razón a Freud cuando afirmaba ver en nuestra cultura y en nuestra civilización tan solo una capa muy fina que en cualquier momento podía ser perforada por las fuerzas destructoras de la barbarie. Es preciso acostumbrarse a vivir sin suelo firme bajo nuestros pies, sin derechos, sin libertad, sin seguridad”. Y es que “la tradición de los oprimidos nos enseña que el estado de excepción en que vivimos es la regla y hay que llegar a un concepto de historia que le corresponda” (Benjamín).

El ángel de Klee es la metáfora del momento actual que vivimos, con una crisis sistémica que subsume varias crisis. Una especie de “tormenta perfecta” planetaria. El ángel toma voz en el poema de Gerhard Scholem: “Tengo prontas las alas para alzarme/con gusto volvería hacia atrás/porque, si sigo siendo tiempo vivo,/  la desgracia me atrapará”.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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