Nos encontramos ante una primera novela (al menos publicada). Nueve amigos se reúnen en un refugio de montaña veinticinco años después de su última cita. De pronto, en pleno reajuste de recuerdos, fobias, atracciones y antipatías, servidos a través de un diálogo a veces reiterativo, con bastantes tópicos, pero tan real como la vida misma en algunos ámbitos de todos conocidos, ya sean culebrones hispanos, reality show y grandes hermanos o el bar cheli de la esquina, hay un gran apagón y todo empieza a cambiar. A partir de ahí, desapariciones misteriosas, al estilo de “Diez Negritos” de Agatha Christie. Y sorpresas apocalípticas dosificadas al mejor estilo de las novelas o películas de terror y supervivencia. ¿A qué género pertenece esta novela? A tenor de lo leído es un híbrido entre novela de misterio, de ciencia ficción y de realismo social y generacional.
Pero pasemos al autor, David Monteagudo, es -o era- un obrero que ha trabajado en fábricas y talleres y ahora lo hace en una empresa de cajas de cartón ondulado, que a los 40 años (ahora tiene casi los 50) afronta la llamada crisis de la madurez masculina planteándose un cambio radical de vida, prefiere dedicarse a escribir novelas antes que hacer lo habitual, buscarse una novia más joven o irse a recorrer mundo con cabellos largos y una guitarra. Evidentemente no es tan fácil y debe haber elementos que vienen de antiguo en la psique de nuestro autor para pensar en algo tan poco rentable como suele ser la carrera literaria. Supongo que una gran afición a la lectura, al cine y a las telenovelas, no necesariamente por ese orden. Porque de esos elementos está llena la técnica literaria que se refleja en “FIN” la novela que hoy nos ocupa.
La novela, como decíamos, comienza con un planteamiento al estilo de las películas u obras de teatro de reencuentros. Desde un punto de vista psicológico-social, todos los tópicos de ese tipo de obras están presentes: los recuerdos de cómo eran los amigos en tiempos juveniles, los comentarios más o menos inocentes sobre los cambios que se observan, sobre el efecto de la vida en cada uno de ellos, en su apariencia y en su aspecto social externo (las señales del éxito o el fracaso, siquiera económico) la constatación muy temprana de que en el fondo no se ha cambiado tanto, el renacimiento de viejas rencillas…
Pero en este universo aparentemente previsible surge un hecho, el apagón, que lo trastoca todo: es un elemento crecientemente intranquilizador, amenazante, que viene de fuera, del exterior y del que jamás tendremos una visión clara. Es decir, el miedo a lo desconocido, a una desaparición física en un contexto de apocalipsis que se va presintiendo más o menos desde la mitad de la novela. La gradual desaparición de los amigos, la presencia fantasmal, llena de presagios y culpabilidad del único amigo del grupo que aparentemente no acudió a la cita –Andrés, el Profeta—al que la culpabilidad por algo que le hicieron todos, da poderes enormes, el ambiente ominoso, hermético, asfixiante, a plena luz del día, los elementos colaterales que van dando una imagen de desastre y terror que parece desmentir la presunta normalidad de un día de campo entre viejos amigos…todo ello van agarrando al lector, en una creciente presión, para dejarlo sin respiro en un final a lo M.Night Syamalan, la serie “Perdidos” o Alejandro Amenábar (quien, previsiblemente, ha comprado los derechos de la novela para llevarla al cine).
Y ahí está el mérito de la novela. Su capacidad para convertir al lector en un adicto a la busca del final. Es un excelente germen para un guión de cine o una obra de teatro. De hecho los diálogos tienen la inmediatez y a veces la banalidad de los telefilmes al uso y las descripciones dan de continuo el esquema y la forma de las acotaciones que sitúan la escena en los guiones de cine o teatro. Así pues, no se trata, como dijeron algunos, de un sucesor de Cormac McCarthy, el autor de “La carretera” entre otras obras, (ni muchísimo menos), sino de un escritor hábil, con una primera novela que ha dado en la diana y que tiene algunos defectos, pero que muestra sin lugar a dudas las maneras de un escritor eficaz.
Hay muchas trampas literarias en el transcurso del relato, algunas escenas innecesarias, como la charla xenofóbica de dos de los viejos amigos, diálogos simples, reiterativos, innecesarios, banales, demasiada puntuación a final de frase (recurso de escritor principiante), tópicos y clichés en los personajes, descripciones flojas, un final abierto que no convence…
Pero en cambio el lector constatará la fuerza y el agarre de un argumento que funciona a base de golpes de efecto, no todos muy logrados pero que conforman una atmósfera de angustia, de peligro mortal y de destrucción en un ambiente cotidiano y aparentemente pacífico y seguro, que me recuerda mucho a la película de Buñuel “El ángel exterminador”. El tipo de personajes, a pesar de su topicidad o tal vez por eso mismo, crean un efecto especular en el lector que se ve reflejado a si mismo y a amigos y conocidos en ese grupo variopinto pero irremediablemente superficial y banal. Como en “Perdidos”, los personajes se enfrentan a extrañas e imprevisibles circunstancias que atañen a la misma supervivencia y en ese proceso de lucha muestran sus auténticos caracteres, sus debilidades, egoísmos y a veces su generosidad y entrega.
Jaume Vallcorba, el alma mater de la editorial Acantilado, ha apostado por un longseller con un sentido de la astucia digo de otro tipo de editores. Las novelas de David Monteagudo (hace poco salió Marcos Montes, una novela corta también de corte más o menos realista-fantástico, al estilo de Sánchez Piñol) parecen algo distinto en el catálogo de excelencias de “Acantilado”. Quizá Vallcorba ha sabido ver más lejos de lo que ha publicado de DM y se nos escapa algo. Y es que hay un punto que nadie puede negar a “Fin”: su lectura engancha al lector. Y eso significa un boca-oreja muy rentable. Nueve ediciones (o reimpresiones, que no queda claro y es cosa distinta) en un año, lo confirman. Si David Monteagudo se aplica, quizá supere la condición de globo sonda desde el punto de vista literario.
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No se puede decir que sea una mala película. Tampoco se debería decir que es buena. Quizá Clint Eastwood se ha tomado un respiro después de tantas obras que rozan la maestría, desde "Sin perdón" , "Gran Torino" o las "Cartas de Iwo Jima". Con las dos primeras, "Más allá de la vida" tiene un importante punto de contacto: el tono crepuscular, el aire que rodea a un hombre vencido por la edad, por unas circunstancias que supera su deseo de descanso, cambiado, transformado pero aún fiel a sí mismo, con su insobornable dignidad. Aquí el protagonista es un hombre joven, pero el ambiente que le rodea es ese que menciono. Todo lo que le rodea se acerca más a la muerte que a la vida. Matt Damon abandona su registro de hombre de acción y presta su imagen honesta y un poco infantil, demasiado saludable, a un parapsicólogo que puede escuchar a los muertos desde esa zona de sombras que podría haber entre la vida y la muerte. Esta es la historia de la película: tres vidas que han sido heridas por la muerte, sin ser arrebatadas por la dama de la guadaña. La periodista francesa que renace tras un tsunami, el niño que pierde trágicamente a su hermano especular y el propio protagonista, que tiene un don que detesta y le condena la vida, cerrándole la posibilidad de la ansiada normalidad.
Cuando el pasado día 15 se declaró el "día de la ira" en Siria, una protesta convocada a través de Facebook, en la que los sirios se unían a las revueltas de los países cercanos y exigían cambios políticos y económicos en un país dominado por una minoría alauita, la familia del desaparecido Hafez el Asad, ahora dirigida por uno de sus hijos, Bashar el Asad y el partido Baas (Partido Socialista de la revolución árabe), la noticia –y el desarrollo sangriento posterior de las protestas—alarmaron a las cancillerías de todo occidente, empezando por Estados Unidos, y pusieron en alerta roja a Israel.
Poco podría suponer el escritor británico Alfred Edward Woodley Mason (conocido más como A.E.W. Mason) que una de sus novelas "The four feathers", ("Las cuatro plumas"), publicada en 1902, iba a ver cuatro versiones cinematográficas dilatadas durante un lapso de setenta y tres años. La novela es una excelente muestra de novela de aventuras y de análisis de caracteres, de reflejo de una época y de unos ideales y tradiciones, casi el paradigma de la era victoriana, del colonialismo inglés, las gestas militares y la glorificación del honor, la lealtad y el amor como móviles preciados de la juventud inglesa de la clase alta en aquellos tiempos gloriosos para la Union Jack, la bandera británica.


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