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1 febrero 2022 2 01 /02 /febrero /2022 11:47

Logoi 237

SESGOS

Demócrito y después Epicuro, filósofos griegos ponían la “euthymía” o buen ánimo, placidez y sentido del humor, como el máximo logro del sujeto que piensa. Hoy día, entre las amenazas bélicas, la pandemia, la inflación y la subida de tipos de la Reserva Federal de EE.UU. y del BCE, resulta casi heroico ser optimista. Hay que empaparse con las obras de Yuval Noah Harari o de Hans Rossling  para superar el abatimiento.

Sin embargo hay un sesgo de confirmación pesimista en esa acumulación de horrores, como lo hay en el optimismo militante del “buenismo new age” al son del “hare krishna”. En psicología cognitiva se llama “sesgo de confirmación” a la tendencia inconsciente del individuo a buscar nuevas informaciones que confirmen las ideas preconcebidas de uno u otro signo que el sujeto mantiene, al tiempo que evita y niega sin reflexión las informaciones que contradicen dichas ideas.

Hay un gran temor a la inestabilidad en burgueses, altos ejecutivos y la pequeña burguesía, entre los empleados, obreros y trabajadores de oficio o de servicios. Una clara falta de esperanza en la mayoría de los jóvenes que les lleva al nihilismo emocional y un sector en los últimos escalones de la sociedad del bienestar que roza la desesperación. Esto es el sesgo pesimista.

¿Y el sesgo que produce la “euthymía”? Los que leen el problema bélico con Rusia como un desafío controlado. Nadie en su sano juicio, incluidos Putin o Biden (que podrían no estar dentro de ese grupo) entraría en una guerra que hundirá la economía del mundo desde Washington a Moscú, Berlín, Paris y Pekin (el gran acreedor-inversor internacional que, en caso de guerra, no podría cobrar sus intereses). Los que mantienen que la revolución tecnológica va a crear un mundo más limpio, sostenible y enriquecido y de alguna manera lo está haciendo (sólo que olvida repartirlo equitativamente). Por tanto se está creando producción y riqueza y tenemos el nivel tecnológico suficiente para  resolver los problemas del planeta, incluso la pandemia o el caos del clima. Es cuestión de tiempo comprender que eso sólo es posible si colaboramos todos y el bien está solidariamente repartido. Eso produciría “euthymía”, sin duda.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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30 enero 2022 7 30 /01 /enero /2022 13:09

Una de mis sorpresas más agradables en este año que comienza ha sido descubrir a una periodista como Yayo Herrero. La seguía habitualmente en sus artículos publicados en la revista digital "Contexto", a la que estoy suscrito. Ahora he leído de un tirón su libro "Ausencias y extravíos", en los que juega con las palabras con la habilidad de un mago del léxico y de la reflexión. Hay una lógica amable y un racionalismo poético en las imágenes y propuestas filosóficas de esta ecologista militante que defiende sus ideas apuntando un objetivo que compartimos muchos de los esforzados plumíferos y pensadores del momento: le necesidad de convertir la ética en una característica política y social de obligado cumplimiento

Como dice Santiago Alba Rico (oigan, no se pierdan el libro de este señor "Ser o no ser (un cuerpo)") en su brillante prólogo: "el libro se propone hacernos sentir dolorosamente esas ausencias como única vía para rescatar del extravío la cordura común". Teniendo en cuenta  que vivimos  casi todos entre "la indiferencia y el estupor" los seis capítulos del libro de Yayo, con la máxima claridad y la máxima belleza nos cuenta que "si se pierde la gravedad, se pierde el equilibrio; si se pierde el miedo se pierde también el valor; si se pierde vida el horizonte se pierden las matemáticas; si se pierden los vínculos se pierde el conocimiento; si se pierde la memoria se pierde la imaginación y si se renuncia a la responsabilidad se renuncia a la esperanza".

Esto suena a crucigrama vital y en cierta forma lo es porque lo que está en juego es un aserto que inquieta por su definitiva racionalidad: si se pierde la ética entre las personas, la supervivencia  de nuestra especie está en peligro y sólo hay que estar atento para comprobarlo con lo que pasa en torno nuestro (y en nosotros mismos). Y la pandemia está siendo una escuela de aprendizaje de la que hacemos escaso uso y provecho. "Grandes conglomerados mediáticos implementan algoritmos para que compres más, para que votes más, desconfíes más u odies más... Muchas horas al día tu atención está atrapada en los estímulos que lanzan sujetos con intereses que rara vez coinciden con los que seleccionaría un cerebro pendiente de la supervivencia en tiempos de crisis ecosocial" (pág.82) Y una frase como recuerdo: "la impunidad de la gente mala es el excremento de la memoria". Y otra como advertencia: "vivimos un momento marcado por el exceso de culpa y la ausencia de responsabilidad".

Un libro digno de ser releído más de una vez. No más de 114 páginas sin desperdicio.

AUSENCIAS Y EXTRAVÍOS.- Yayo Herrero.- 114 págs.  Escritos Contextatarios. Ed. Libros en acción

 

 

 

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28 enero 2022 5 28 /01 /enero /2022 15:41

PUBLICADO EN LA COMARCA 200122

Hacía tiempo que en el hervidero de la política internacional no se desenmascaraba tan claramente la  mediocridad de los líderes que están en los lugares de máxima decisión (alguna responsabilidad tenemos de que estén ahí, no se crean). Con una falta de sensatez y de memoria abochornantes, tanto el Nuevo Zar, Putin, como el presidente Biden  y el algo belicista secretario de la OTAN, Jen Stoltenberg, hablan conjunta y frívolamente de GUERRA (hay necios que le añaden “NUCLEAR”). Europa, con la reticente postura de Alemania y Francia -que separadamente instan al diálogo con Putin y apoyan una desescalada inmediata- sigue en su carácter de “invitado de piedra”  y  ese “coleguismo” del resto de los europeos… Mientras, en las altas esferas, se desarrolla una partida, no de ajedrez, de estrategia o de billar de fantasía, sino de trileros… donde siempre hay trampa, disimulo y superchería. Los actores principales: Biden, con el espectro del Comendador Trump vociferando en la antesala y cierto cansancio  que le hace parecer débil e indeciso, reiteradas meteduras de pata ante la prensa y unas vergonzantes bravatas de guerra civil en el ámbito populista (que la sociedad USA recibe sin rechistar). Y el segundo, Putin, una especie de sátrapa oriental que ha asumido la utópica labor de intentar reconstruir la Unión Soviética y que tiene un peligroso complejo de revancha ante la humillación de la pérdida del Imperio y de la falta de apoyo y tolerancia que occidente mantuvo ante el hundimiento de la URSS. 

Para Putin, sus pretensiones sobre Ucrania, el grifo del gas como chantaje, su poderío militar evidente y sus “lógicas” exigencias de poder sobre los países de su “zona de influencia”, es un “pack” a respetar por Estados Unidos, la OTAN y Europa. La lógica histórica de lo que pide es aplastante, si se tiene memoria del pasado. Las piezas bélicas que ha movido su gemelo hegemónico norteamericano durante todo el siglo pasado, desde Panamá a Cuba o Chile, Vietnam, Afganistán o Irak eran replicadas con el mismo desparpajo por Moscú en sus países satélites y en sus intervenciones ocultas. Ante este tablero de juego, hay que desechar el sesgado tópico occidental: Putin no es el –único- malo de la película. Ni tampoco Biden y la OTAN son los buenos, pese a ser “los nuestros”. En política no hay malos ni buenos, sino pragmáticos y populistas. A pesar de Aristóteles, no hay criterios éticos fiables para calificar a los políticos en la realidad (con la excepción de ciertos psicópatas históricos que todos conocen). La manipulación y las falsedades informativas están a la orden del día y cuanto mayor es la crisis, son más obtusas y aberrantes. Se tiende a un maniqueísmo simple que complace a las mayorías. Así no tienen que pensar.

El presidente Biden y la OTAN, su mano armada en Europa,  a día de hoy, no han variado sustancialmente su postura. Recordemos  el 20 de enero un Biden diciendo a la prensa una frase histórica “Espero que Putin sea consciente de que se encuentra no muy lejos de una guerra nuclear”. Aunque advertido de la enormidad de lo dicho, lo  retiró y sugirió que Ucrania, como estado soberano (sic), es la que ha de decidir si quiere entrar en la OTAN o no, y ante el puñetazo de Putin en la mesa, movió su cubilete de trilero y bajó el tono para reconocer que el tema de la entrada de Ucrania en la OTAN “no está en la agenda” y hay que hablar de desnuclearización del problema. Como ven una coherencia de alto estadista, que ayer volvió a negarse a aceptar en su totalidad las peticiones de Putin. Lo cierto es que las dos partes del conflicto intentan saber cuál es el límite que no deben sobrepasar. Pero de momento, vuelven a insistir en la vía diplomática para una negociación en la que las partes siguen enrocadas en sus posturas mutuas. Mientras, en Europa parece que no lo tomamos demasiado en serio (como pasó con la I Guerra Mundial), pues estamos ocupados pensando en cómo sobrellevar pandemia, crisis económica y crisis energética.  Pekin, apoya a los rusos y se frota las manos, aumentando su poder financiero y su expansión económica por todo el mundo, mientras sus rivales hegemónicos se pelean. Y  España, meneando la colita, envía un par de fragatas como aporte al juego y muestra de que estamos por la labor (de cara a la cumbre de la Alianza de Madrid, en junio). A ver si tenemos contento a Biden y se digna darle cancha a Sánchez.

Ucrania se perfila como un posible “casus belli” que de ninguna manera se va a circunscribir a ese país, ya que Moscú la incluye como una pieza más dentro de sus “líneas rojas” de seguridad. Y el conflicto, advierte, creará una “incómoda realidad económica y de seguridad para Europa”. Por otro lado la aplicación de “castigos severos”, medidas económicas y restricciones de tipo fiscal y bancario, por parte de la UE y Washington (que añade cerrar las exportaciones de microchips y material tecnológico,) suena a coro de tragedia griega antes de pegarse un tiro en el propio pie. Dinero, inversiones y balanza de pagos forman un techo de cristal que compartimos todos en occidente. Sin olvidar los mordiscos financieros y económicos de la pandemia, que sólo parece estar lucrando a China  y al consorcio farmacéutico, o el suministro de gas y petróleo. Además Rusia ya se está aprovechando de las diferencias que existen entre los estados europeos (por ejemplo, sobre el paso del gasoducto Nord Stream  2 por Alemania) usando la cicatería del chantaje y la activa labor de los “hackers” rusos muy ocupados esparciendo “fakes news” y alarmas por el internet occidental.

El nudo gordiano de la crisis es simple: un nuevo diseño de la seguridad europea en el que Rusia se reserva un área de control propio sobre una serie de países de su “área de influencia” y exigiendo que otros, Finlandia, Suecia y algunos países bálticos, por ejemplo, no se conviertan en cabeza de puente de la OTAN en caso de conflicto con Moscú. “Es hora de que la Alianza retorne a las fronteras de 1997”, dijo un negociador ruso, con una referencia no explícita a Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Chequia, Eslovaquia, Hungría, Eslovenia, Croacia, Montenegro, Rumanía y Bulgaria. Y en el lado de Moscú está la memoria viva del golpe de Estado apoyado por Washington y Europa que derribó un gobierno pro ruso en Ucrania en 2014.

En el fondo nadie quiere una solución bélica. Pero Putin, dominado por su sueño de desandar el pasado y volver a la gran Unión Soviética, un cambio global geoestratégico que es un imposible categórico para occidente. Esto nos lleva a un callejón sin salida. Putin está “trileando” con el miedo justificado a la guerra, dando a entender que está dispuesto a desafiar al destino, aprovechando el momento estratégico de la debilidad intereuropea, las divisiones (Alemania, Francia, Reino Unido), la disminución de poder norteamericano (tras la sangría de Trump y la fractura interna del país) y la  amistad con China que observa satisfecha –mirando a Taiwan- un posible cambio de política geoestratégica de Estados Unidos  hacia Europa en lugar de hacia el eje Indo-Pacífico.

Quizá el planteamiento ruso pueda ser algo más que un farol. Ya que aunque el proyecto de acuerdo ruso propuesto a Estados Unidos acaba de volver a ser rechazado, debería ser analizado con cuidado por Europa  ya que hay puntos bastante razonables (aunque no tanto para Washington o  la OTAN): las partes no deben emprender acciones que afecten a la seguridad del otro; las alianzas militares de las que forman parte, deben adherirse a los principios contenidos en la Carta de las Naciones Unidas; las partes deben abstenerse de desplegar armas nucleares fuera de sus territorios nacionales y repatriar a su territorio las que ya tengan desplegadas; no deben entrenar al personal civil y militar de los países no nucleares para usar armas nucleares, ni realizar maniobras que contemplen el uso de armas nucleares; que la Alianza  cese su propósito de ampliarse hacia el Este, es decir, Ucrania y Georgia; que garantice que no estacionará baterías de misiles en países fronterizos con Rusia; que se abra un diálogo serio entre Este/Oeste en materia de seguridad…

Para Europa sería una ventaja apreciable que se aceptaran y firmaran estos puntos, sobre todo la renuncia a las armas nucleares y el estatuto de neutralidad para los países del Este. Lo malo es que Europa no es un interlocutor necesario para los trileros. Una vez más, es una partida de poder hegemónico entre dos países líderes históricos, condenados por su propia necesidad de prestigio, interior y exterior, a hacerse trampas continuamente. Los dos tienen el suelo movedizo bajo los pies: Moscú está expuesto a revueltas en su territorio, a causa del estancamiento económico, la desigualdad y el abuso oligárquico o el sistema de poder elitista... Como Washington lo está, por la posible vuelta de Trump, que debilita a Biden y los problemas sociales adyacentes. Quizá ambos han dado con la clásica maniobra: un conflicto exterior para ocupar al pueblo y que se olviden de los problemas en casa. En puridad los dos grandes actores del drama, deberían comprender y respetar sus mutuas debilidades y dejar de jugar un juego hegemónico obsoleto e inaceptable que puede llevarnos a todos al desastre.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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25 enero 2022 2 25 /01 /enero /2022 16:35

Logoi 236

PARIAS DIGITALES

La tecnología transforma a los ancianos en “parias”, en seres fuera de  la “normalidad” digital, prescindibles a causa de una “infracción” básica: tener muchos años y seguir vivos. Nacieron en una época analógica en la que los ordenadores sólo aparecían en las novelas de ciencia ficción y han de vivir en una sociedad acelerada hasta el paroxismo donde no hay tiempo para atenderles con la educación y el respeto que se merecen. Con una estupidez ética que ofende al concepto de humanidad, bastantes empleados de los bancos, de muchas instituciones públicas, municipales y estatales o empresas privadas no tienen en cuenta que vivimos una época de transición y que hay un amplio sector de la población que carece de preparación informática.

¿Se han encontrado alguna vez con un anciano perplejo, asustado e indignado, ante un cajero automático, incapaz de resolver problemas “elementales” de interacción? ¿Han percibido la absoluta falta de educación, amabilidad, comprensión, paciencia y sensibilidad de muchos atareadísimos empleados de los establecimientos públicos hacia algún o alguna anciana que confiesa, entre avergonzados y atribulados, que “la máquina” se les ha quedado la cartilla, que no entienden los formularios que se les piden, que no “les sale” en la pantalla lo que esperan…etc?

La ministra de Economía, Nadia Calviño,  hace unos días exigió oficialmente a los bancos que presenten propuestas para mejorar la atención a la personas mayores. En este país los nativos tecnológicos siguen siendo una minoría: la generación digital tiene menos de veinte años, los que les seguimos hemos aprendido por necesidad laboral. Sin embargo se ha “instituido” el trato vejatorio, la discriminación y los obstáculos cotidianos a los ancianos en toda actividad que de alguna manera se regula por la tecnología informática, cada día más extendida. El problema es una cuestión social prioritaria. Soslayarla o ignorarla es, además de una injusticia con millones de ciudadanos, un síntoma muy alarmante de la deshumanización y la pérdida de valores básicos de convivencia y respeto a las personas que hicieron posible con su trabajo y sus esfuerzos ese mundo actual que les vuelve la espalda.

Los mayores de edad se han convertido en los “parias” de la sociedad tecnológica avanzada, junto a los inmigrantes, los refugiados y los sectores más pobres y necesitados. Es una vergüenza para todos.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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23 enero 2022 7 23 /01 /enero /2022 16:53

La figura filosófica y literaria de Walter Benjamin va ganando en tamaño conforme pasan los años, marcada a fuego por su dramática muerte por suicidio en el pueblo de Port Bou, (Gerona) junto a la frontera francesa el 26 de setiembre de 1942. El escritor, que había huido de Francia caminando a través de los Pirineos, temía ser entregado por la policía franquista a los agentes de la Gestapo  y deportado a Alemania o Polonia posiblemente a algún campo de exterminio, por ser judío. Al margen de esta tragedia personal, tan reiterada por otros escritores y artistas judíos en aquellos años de tinieblas para Europa, la razón por la que escribo hoy de él es por la lectura de un encantador librito en forma de miscelánea de pequeños ensayos o artículos, editado por el editor José J. de Olañeta.  "Desembalo mi biblioteca" y "El arte de coleccionar" como subtítulo, recoge  cortas piezas literarias donde se habla de libros, juguetes rusos, árboles de Navidad, libros infantiles, novelas de criadas, libros "de locos", crucigramas, jeroglíficos y abecedarios. Los textos fueron escritor por Benjamín  antes de su salida de Alemania en 1933.

Benjamín había poseído una biblioteca bastante amplia, unos 3000 volúmenes, de la que habla de pasada en alguno de estos textos. En ella había unos estantes dedicados a los libros infantiles antiguos por los que ele escritor sentía una fuerte atracción. Quizá sean los únicos que se conservan en su totalidad, ya que cuando en 1930 se divorció de su esposa Dora Keliner, se llevó algunos otros y dejó esa colección en el hogar familiar. Desde Alemania los libros infantiles se trasladaron a Francia, después a Londres y ahora puede ser visitada la colección en Frankfurt. Es exactamente en esas circunstancias de divorcio cuando Benjamin escribe la mayoría de los textos de este libro. "Toda pasión confina con el caos y la pasión del coleccionista -de libros- confina con el caos de los recuerdos", escribe. Para él los libros de su colección son queridos como "escenario o teatro del propio destino". Nos habla de su amor por ciertos volúmenes conforme van apareciendo en las cajas que desembala tras su divorcio. Los libros le van acompañando -y desapareciendo-  en sus azarosos viajes,y cambios de domicilio primero por razones personales y económicas y luego por la huida del antisemitismo nazi. Al final en plena huida sus libros fueron confiscados por los nazis y enviados a Berlin, donde tras la guerra los decomisaron los rusos que los enviaron a Moscú, para después ser entregados a la RDA en 1957  y actualmente se conservan junto a su correspondencia en el Walter Benjamin Archiv de Berlin. Los que tenía en Paris han desaparecido.

La lectura de este pequeño volumen es aconsejable para los estudiosos y lectores de Benjamin y para lectores que se sientan atraídos por la época terrible que vivió este autor y el destino trágico de cientos de miles de judíos -entre ellos grandes figuras del arte, la ciencia, la literatura y la filosofía- debido a la insania nazi.

DESEMBALO MI BIBliOTECA.- Walter Benjamin.Trad. Fernando Ortega.- José J. de Olañeta, ed.  156 págs.

 

 

 

 

 

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19 enero 2022 3 19 /01 /enero /2022 18:41

LOGOI 235

TRAMPA DE MONOS

Las nuevas tecnologías, sobre todo las destinadas a la comunicación personal y el entretenimiento, los juegos y las relaciones, están cambiando la cultura en todo el planeta, con mayor incidencia en unos países que en otros, debido a las diferencias económicas. Ya hay niños y jóvenes que no han leído ningún libro de papel o periódico, que prefieren las relaciones virtuales a las presenciales, que no saben escribir sin faltas de ortografía y lo hacen de forma ilegible y que en lugar de tener emociones clican un emoticón. Eso sí todos creen estar informados “a la última”, creen saber “la verdad” de casi todo, aunque sea en contra del sentido común y forman parte de facciones, grupos e ideologías que los controlan y dirigen a base de imágenes, música y eslóganes simples, radicales y…falsos.

Evidentemente esto es una faceta del problema. Una de las menos agradables. Nadie puede discutir el potencial formativo y las posibilidades de todo tipo que esa tecnología facilita al que las quiere utilizar para ese fin. Ni por supuesto el soberbio poder de progreso científico y técnico que suponen, cuya frontera y límites aún no conocemos (aunque algunos de sus efectos perniciosos en el planeta y en las personas ya se están denunciando, aunque con escaso éxito).

Las nuevas tecnologías son un gigantesco caramelo de múltiples sabores e intensidades. A menudo pienso en un símil simbólico, muy conocido, cuya moraleja deberíamos recordar: una trampa de monos que se utiliza en Asia. Imaginemos un contenedor de madera con una pequeña abertura. En el interior hay un plátano  o un caramelo brillante multicolor. Un mono ve el “regalo” y comprueba que hay una pequeña abertura por la que mete la mano. Coge el dulce o el plátano y se asusta al ver que es demasiado estrecho para sacar la mano y su presa. Se debate, da tirones, trata de romper el recipiente y agotado, se rinde y es atrapado. En ningún momento se le ha ocurrido abrir la mano y soltar el caramelo. El caramelo es la metáfora de las nuevas tecnologías. Quizá debamos aprender a soltarlas a menudo o cada vez que se convierten en una trampa porque no abrimos la mano a tiempo. El “cazador” es la depresión, soledad, ruina, enfermedades psicosomáticas, etc. La tecnología no es mala en sí misma, es su abuso lo que las hace peligrosas.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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17 enero 2022 1 17 /01 /enero /2022 17:59

SHANGRI-LA, NECESIDAD DE LA UTOPÍA

(Publicado en “Heraldo de Aragón” 170122)

El 17 de julio de 1936 se terminaba en los estudios californianos de Columbia el rodaje de la película “Horizontes perdidos” dirigida por Frank Capra. Está basada en una novela muy popular de James Hilton con el mismo título publicada en 1933. Un día más tarde empezaba la guerra civil española y comenzaban a cumplirse algunas de las profecías literario-políticas que Hilton proponía en la novela, una utópica historia a favor de la paz y el entendimiento entre todos los países y los seres humanos. A la guerra española le seguiría la II Guerra Mundial con un cargamento de horror tan despiadado y de tanta magnitud como nunca antes hubo en la historia de la Humanidad.

Es la historia de un lugar remoto en el Himalaya, Shangri-La, situado en  un valle llamado de la Luna Azul, dirigido por un monasterio lamaísta y con la misteriosa virtud de dar longevidad a sus habitantes. El fundador era un legendario sacerdote belga- con más de dos siglos de edad y ya a punto de morir-  que ha diseñado un plan para traer a un activo diplomático y hombre de acción británico llamado Robert Conway, cuyos trabajos por la paz habían llamado su atención y a quien consideraba su más idóneo sucesor.

Es una excelente película y no haré “spoiler” de ella. Véanla. En contra de lo habitual, es aún mejor que la novela en que se basa. Pero aquí me interesa destacar el mensaje que una y otra vez se nos va repitiendo. Es un pequeño país autónomo que se mantiene a sí mismo y sólo importa,  muy trabajosamente, de otros países lo más bello, inteligente y bueno que surge en ellos, desde grandes libros a obras de arte, música, ciencia, conocimiento de todo tipo y medicina. Acaba de terminar la Primera Guerra Mundial, pero a Shangri-La, resguardada por las montañas más altas del mundo sólo llegó el eco sombrío de aquél horror. La regla ética que rige en Shangri-La, es la moderación en todo. Incluso las relaciones humanas  están regidas por la cortesía y el afán de colaboración y solidaridad. Todos tienen bastante más de lo necesario para vivir y gozan de una estabilidad y un equilibrio personal y social que anula la conflictividad. No hay policía ni fuerzas armadas y las diferencias se dirimen por concertación y acuerdo mutuo. Incluso en temas religiosos hay concordia “Muchas religiones son moderadamente verdaderas”, dice uno de los personajes. Todos tienen tiempo para hacer su trabajo y disfrutar del ocio y las aficiones ya que “gozamos del tiempo, ese don raro y costoso que el mundo ha perdido más cuanto más lo ha perseguido”.

El  Gran Lama habla proféticamente del futuro que se avecina:”La tormenta que asolará al mundo está llegando y será tal como el mundo no ha visto jamás…no habrá refugio ni cobijo para nadie…el mundo se convertirá en un caos espantoso”. Recuerde el lector que Hilton publica la novela en 1933: Hitler es nombrado canciller de Alemania en enero y ejerció su espantoso poder doce años hasta el 30 de abril de 1945. El Gran Lama explica su “sueño” a Conway: “Cuando todo haya pasado y el mundo empiece a abrir los ojos a la paz, entre la miseria y la destrucción, daremos a conocer Shangri-La. Será el lugar sagrado donde se conserva la cultura y el conocimiento de la Humanidad. Aquí mantenemos los mejores logros artísticos y científicos para que no sea necesario partir de cero tras la hecatombe mundial”.

Desde Homero a Platón, San Agustín o Thomas Moro, pasando por Rabelais, Campanella, Francis Bacon, Huxley, Swift, H.G.Wells, Samuel Butler, Ayn Rand, Orwell o Herman Hesse, escritores, filósofos y poetas han alimentado el deseo de encontrar la utopía (en griego, “no lugar”) en donde sería posible alcanzar los sueños más ansiados. En algunas de esas obras se juega con su réplica, la distopía, en la que los sueños utópicos se convierten en pesadillas (cosa que desde el Paraíso Terrenal hasta el Paraíso Comunista de Marx, ha sido una constante humana). Freud no ve posible- aunque la desea- la utopía de una “Edad de Oro” en el que los dos elementos antagónicos de nuestra cultura, el Trabajo y el Goce se armonizarían. Pero ese equilibrio dialéctico es imposible: Freud no cree en un final feliz, ni en la posibilidad de que cualquier final pueda ser feliz.

Sin embargo hay algo inocente, hermoso, optimista, esperanzador, en la idea de un futuro “Shangri-La” real. Es decir, un lugar donde se preserve el saber, la belleza y la creatividad humana. Un pequeño país estructurado como si fuera la Biblioteca de Alejandría. Aunque quizá nos hemos de conformar con mantener un Shangri-La en la mente de cada uno de nosotros: la voluntad permanente de conservar algún elemento de la cultura de la época en que vivimos para compartirlo con los demás. En “Fahrenheit 451”, la novela de Ray Bradbury, en el mundo los libros están prohibidos y son quemados, pero algunas personas conservan en su memoria un clásico literario completo cada una. Podían repetirlo ante cualquier oyente que lo deseara.  Había un hombre “Robinson Crusoe”,  otro “La Ilíada” y  otro “Don Quijote”, entre muchos cientos de libros andantes. También nosotros deberíamos proteger nuestros sueños.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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11 enero 2022 2 11 /01 /enero /2022 13:29

LOGOI

CUBA, 60 AÑOS

PUBLICADO EN LA COMARCA EL 110122

En esta semana  habrá dos encuentros políticos de alto nivel primero entre Rusia y Estados Unidos, luego se añadirá Europa. Sobre la mesa, dos problemas – Ucrania y Kazajistán- que podrían despertar una amenaza bélica global. Rusia los considera  “cuestiones internas”. En Kazajistán han entrado 2.500 soldados rusos (a petición del presidente Tokáyev, a fin de reprimir protestas ciudadanas) en virtud de la CSTO (Organización del Tratado de Seguridad Colectiva) creada en 1992 y que une a Rusia con Kazajistan, Bielorrusia, Armenia, Kurguistán y Tayikistán.  Y en la frontera con Ucrania, Putin ha desplegado 100.000 soldados. Se trata de hacer respetar “la esfera de interés vital” y la “condición geopolítica común” en ciertos países terceros por una superpotencia, Rusia, frente a otra, Estados Unidos, que cuestiona tal supuesto derecho.

Se trata del despliegue en esos países terceros de tropas y quizá  misiles tácticos. Lo curioso, y lamentable, es que esa situación tan alarmante ya ocurrió una vez: en Cuba, en 1962. Ahora los papeles se han cambiado, pero los argumentos esgrimidos por Moscú son prácticamente los mismos que Washington empleó en aquellos días. Marx escribió que “La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa”.

En Cuba se trataba del intento ruso de desplegar misiles y el consiguiente bloqueo norteamericano. El botón nuclear estuvo a punto de ser presionado por los presidentes de ambas potencias. Durante unos días el mundo vivió una posible tragedia definitiva. Ahora nos acercarnos a ese espanto a lomos de la farsa: Washington niega a Putin el “derecho” a hacer lo mismo que Estados Unidos ha estado haciendo en los últimos sesenta años por países de Europa y otros continentes: extender su potencial bélico por países afines. Putin presiona sobre Ucrania (y rechaza, lógicamente, la entrada de este país en la OTAN) y amenaza con colocar misiles en Bielorusia y Kaliningrado. ¿La historia no nos ha enseñado aún que eludir las responsabilidades es fácil, lo difícil es eludir las consecuencias?

Y en ese juego de fortalezas y debilidades, la UE tiene pocas bazas de protagonismo político, pero sí una dependencia con el grifo del gas que controla Putin (y la inseguridad que a Moscú le gusta expandir por Europa). Todo depende del afán de poder del nuevo Zar.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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7 enero 2022 5 07 /01 /enero /2022 11:05

ARTÍCULO PUBLICADO EN LA REVISTA "COMPROMISO Y CULTURA" enero de 2022

Me van a permitir empezar por el final. Escribir sobre límites éticos en nuestro mundo es zambullirte en la piscina del horror desde el trampolín de la torpe (des) política que nos alarma. El escenario lo conocemos: ya sea desde nuestra pobre, vocinglera, obcecada España hasta el confluencia en ruta de colisión de las grandes potencias nuevamente polarizadas: Rusia, China “et alii”, frente a Estados Unidos y la UE, ante la mirada impotente de cientos de países cargados de problemas propios y, en torno a todos, una crisis sistémica global servida en la bandeja de una pandemia por ahora incontrolable. Por tanto, entremos en el análisis de los paradójicos límites éticos, pero no antes de rescatar un principio básico –que suena utópico- y está presente en el ser humano. Aunque ignorado, podría ser un esperanzador “quizá” como final del artículo.

Dice Simone Weil, la malograda víctima de la política del desastre de la primera mitad del siglo XX, despedazada entre el fascismo español y el nazismo alemán: “Amar y ser amado no tiene otro efecto que hacer mutuamente más concreta la existencia”. Y Josep Mª Esquirol, agudo y brillante, apostilla : “Quien no cree en lo que ve, ni en lo que toca, ni en lo que siente y, sobre todo, quien no sabe hacer del otro el prójimo y el amigo, no va bien, ni está bien. Y no puede confiar en nada ni en nadie. No cree en nada o cree que todo es una especie de nada…en cambio quien cree en lo que toca, confía y cree también en lo que no puede tocar. Porque justo por la honda sencillez de lo concreto, quien mira lo más visible, ve lo invisible. Y quien cree en lo más creíble, cree en lo increíble”. Es la revolución del individuo contra la entropía del sistema: nuestra esperanza de futuro.

El libro de Michael J. Sandel, profesor de filosofía política en Harvard, “Lo que el dinero no puede comprar” nos pone en el carril principal de la autopista del desastre por la que circula el siglo XXI (casi copiando, con otros parámetros, el desconcierto, la codicia y la estupidez de la Humanidad en las mismas décadas del siglo pasado). Como entonces, hemos topado con el quevediano “Don Dinero”, ese poderoso caballero omnipresente sin patria, alma o rostro. En este libro llegamos a saber, con bastante tristeza pero abrumador realismo, que el número de cosas que no se pueden comprar con dinero en este mundo de hoy ha disminuido de forma radical respecto a las pretensiones éticas de otros tiempos. Pongamos como posible punto de referencia de valoración humanística, la revolución francesa y la americana y la Ilustración.

Sandel nos propone una divertida lista de las “nuevas” incursiones del dinero y el mercado contra antiguas nociones éticas y buenas costumbres afirmadas por la educación, la civilización y las religiones. Con un cinismo operativo que para sí hubieran querido Maquiavelo, Adam Smith o el Marqués de Sade, las supuestas “leyes del Mercado” han conseguido que hoy día con una buena cartera de billetes usted pueda conseguirse una celda mejor si debe ingresar en prisión, comidas especiales y una cierta vigilancia de su persona. Ustedes me dirán, “eso ha sido siempre” y lo van repetir en muchos de los ejemplos. Pero hay una diferencia sustancial: antes era una “mordida”, una corruptela de guardianes u oficiales: ahora está admitido “legalmente”, nadie protesta y nadie se queja. En algunas autopistas hay un carril especial para evitar atascos para servicios y seguridad, usted podrá circular por ellos pagando una tarifa. Si quiere emigrar a Estados Unidos  y tener permiso de residencia legal basta que invierta 500.000 dólares en una zona deprimida del país y crear al menos diez puestos de trabajo.  Si quiere cazar una  especie de animal protegida por peligro de extinción, sólo es cuestión de precio. Si está dispuesto a pagar de 1.500 a 25.000 dólares anuales a su médico especialista, tendrá su teléfono móvil personal y será atendido sin esperas o vendrá a su domicilio a atenderle. La admisión de un hijo suyo en una de las mejores universidades también tiene un precio para no pasar por el exigente tribunal de admisión. Hay empresas que pagan a personas sin trabajo para que hagan colas por usted para conseguir entradas para un espectáculo o en un espacio público donde solucionar cuestiones burocráticas, o políticas.  Puede comprar el seguro de vida de un anciano o un enfermo, pagará las cuotas mensuales mientras éste viva y obtenga los beneficios del seguro cuando fallezca. En ciertos parques recreativos, pagando un entrada mucho más cara, usted y su familia no tendrán que hacer cola alguna, entrarán directamente en la atracción. Si necesita una “madre de alquiler” a bajo precio hay empresas que se la consiguen en cualquier país en desarrollo. Si necesita popularidad con fines políticos o económicos ya tenemos empresas que le convierten en un “influencer” o en un popular candidato, a través de internet y los media. Hasta los Gobiernos admiten la proliferación de empresas de seguridad privadas para que cubran exigencias en lugares o situaciones donde la policía o el ejército no llegan.

Como escribe Sandel “vivimos en una época en que casi todo puede comprarse o venderse. A lo largo de las últimas tres décadas los mercados de valores han llegado a gobernar nuestras vidas como nunca antes lo habían hecho”.  Esa intromisión de los mercados y el pensamiento orientado a su predominio en aspectos regidos por normas éticas o de convivencia no mercantiles, es uno de los hechos que nos hacen cuestionarnos los límites éticos de nuestra cultura. En ella, instituciones como colegios, hospitales, prisiones o residencias se han convertido en privadas y lucrativas para fondos de inversión, afectando no sólo la calidad del servicio sino a los principios de igualdad y solidaridad social. Todas estas situaciones crean un substrato social en el que los ciudadanos comienzan a recelar e indignarse por dos cuestiones: la desigualdad y la corrupción que se generan con el patrón hegemónico del dinero como fuente de “derechos” y la gradual pérdida de valor intrínseco del Estado como garantía de la democrática igualdad. Hemos pasado de tener una sociedad de mercado a ser una sociedad de mercado. Eso está creando un enorme rencor en la población más desfavorecida y un vacío de justicia en el discurso público. Ya no hay interlocutor válido para un debate sobre los límites éticos del mercado, pues el discurso político carece de justificación operativa ética y moral y se ha convertido en pura gestión tecnocrática. En el libro, el lector es informado de cómo podríamos proteger ciertos bienes morales y cívicos a fin de que la codicia amoral de los mercados no pueda anularlos a cambio de dinero.

Precisamente el poeta polaco Adam Zagajewski en su “En defensa del fervor” nos propone una recuperación de los valores propios de nuestra cultura: la serenidad, la valentía, el pensamiento crítico, la belleza, el respeto, la solidaridad, la empatía con los otros  y una cierta seriedad metafísica que contrarreste los excesos de una vida limitada por el poder del dinero y el mercado. Zagajewski (nacido en Lwow en 1945) recibió el premio Princesa de Asturias de las Letras en 2017, aunque es uno de los ilustres semi desconocidos en nuestro país, poco dado a la poesía últimamente, (aunque la mayoría de sus obras han sido traducidas y publicadas aquí). Fue un destacado disidente del régimen comunista polaco, que prohibió su obra,. Estuvo exiliado desde 1982  en Alemania, Francia y Estados Unidos. Sus obra poética incluye: "Ir a Lviv" (1985), "Tierra de fuego" (1994) y "Retorno" (2003). Aparte de ensayos de gran calidad como el que comento y otro titulado "Solidaridad y soledad" (1968). Falleció en marzo del año pasado.

Nuestro autor nos dice que una de las maneras con  las que uno puede renovar los lazos éticos que le deberían vincular al mundo,  es “desvelar el misterio que cubre con un tupido velo las cosas más importantes, el tiempo, el amor, el mal, la belleza y la trascendencia”. Y aceptar el grado de estimulante inseguridad que nos produce el convivir con el misterio y con la seguridad de que no hay una sola metáfora acertada para salvar a esta civilización perdida en la dialéctica del ser y el tener. En la selva de la oferta y la demanda, los límites éticos se difuminan porque es así como lo hemos aceptado inconscientemente por comodidad, interés o placer: cada vez que decimos “si” al control que va implícito con algunos “servicios” que nos proporcionan y sin los cuales la vida cotidiana sería menos cómoda y más complicada. El principio del fin fue cuando todos consideramos lógico y aceptable el aserto de que nada es gratis. De una forma u otra hay que pagar por todo lo que nuestra civilización nos proporciona (y sin lo que ya no sabemos vivir). Aunque, A.Z. nos recuerda que deberíamos evitar “conclusiones ideológicas globales que ya no están al amparo de ninguna clase de sentido del humor ni de dudas sobre la propia clarividencia”. El velo de las cosas sobre el futuro no se ha levantado y cualquier predicción es un exceso narrativo. Por ello nuestro autor nos regala una reflexión que puede poner punto final a este trabajo: “Sabemos o adivinamos que la modernidad (el estado actual de nuestra sociedad) no debe combatirse (porque nadie la vencerá) sino que achacándole muchas cosas y por más que nos indignen algunas de sus facetas menos inteligentes, debemos corregirla, completarla, mejorarla, enriquecerla, debemos hablarle. La modernidad está en nuestro interior, en nuestros adentros, y ya es demasiado tarde para limitarnos a criticarla desde fuera”. Por ello resulta evidente que una actitud intransigente, desprovista de sentido común y de humor indulgente no nos ayudará a vivir en este mundo ridículo, cruel e imperfecto.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

FICHAS

HUMANO, MÁS HUMANO.- Josep Mª Esquirol.- Ed. Acantilado.-173 págs.

LO QUE EL DINERO NO PUEDE COMPRAR.- Michael J. Sandel.- Trad. Joaquín Chamorro.- Edit. Penguin, Random House. 253 págs

EN DEFENSA DEL FERVOR. Adam Zagajewski.- Trad. A.Rubió y J. Slawomirski.- E. Acantilado.214 págs.

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30 diciembre 2021 4 30 /12 /diciembre /2021 17:34

LOGOI 233

FINDAÑO

Llega el nuevo año. Pasaron 365 días en los que hemos seguido el carrusel natural y cotidiano de luz y oscuridad, vigilia y  sueño, actividad y descanso. Un  proceso nada monótono, porque las acciones humanas nos han echado encima pandemias, crisis financieras, energéticas y climáticas. Todos somos responsables, sin duda. Por tanto, lo difícil para el común de los ciudadanos es poder conciliar la vigilia, el descanso y la actividad con los condicionamientos agobiantes que nos impone nuestro sistema capitalista neoliberal: el egoísmo individualista, la insolidaridad, la codicia o la estupidez.

Somos la consecuencia de nuestros actos y actitudes. Y eso es una regla que se cumple a todos los niveles. De nada sirve que escribas, siguiendo la “magia” de la Nochevieja, tus deseos en un  papel y que enciendas solo una punta con la llama de un vela y esperes que se realicen los que queden sin quemar; o que cenes lentejas, bebas una copa de champán con un objeto de oro en el fondo, lleves una prenda interior roja, estrenes unas medias o unos calcetines, abras las ventanas de la casa para que salgan los malos auspicios y enciendas todas las luces para “alumbrar a los buenos”. Así que nos llega el 2022,  en el que cosecharemos los errores personales o globales cometidos y algunas –pocas en general- alegrías o satisfacciones. Ni el día comienza inocente y limpio cada amanecer, ni los años cambian de sesgo tras la supuesta magia de la Nochevieja. El fin de año no genera el fin del daño.

La filósofa germano-judía,  Hannah Arendt, decía que en los “tiempos de oscuridad” nos suele llegar una cierta iluminación que no proviene de libros, conceptos y grandes pensadores, sino de “la luz incierta, titilante y a menudo débil que irradian algunos hombres y mujeres en sus vidas y en sus obras, bajo casi todas las circunstancias y que se extiende sobre el lapso de tiempo que les fue dado en la tierra”. Los llamaba “luciérnagas”.

En estos días me gusta rememorar a las “luciérnagas”,  y la delicada luz de su solidaridad, paciencia y amor por los demás, que evita que la oscuridad en el mundo sea total y definitiva.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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