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17 abril 2022 7 17 /04 /abril /2022 09:42

Antonio Damasio es profesor de Psicología, Filosofía y Neurología en la Universidad de Southern California, (en Los Ángeles) y director del Instituto del Cerebro y la Creatividad.  y  sostiene que los sentimientos son la piedra angular de nuestra supervivencia, y se producen cuando el cerebro interpreta las emociones, que son señales del cuerpo que reacciona a estímulos externos —que nos ayudan a tomar decisiones—.

En su libro "Sentir y saber" que publicó en 2018, justo antes de la pandemia, vuelve a preguntarse como en 1994 en El error de Descartes: ¿somos criaturas que piensan y también sienten, o criaturas que sintiendo pueden pensar?

Para resumir un poco las tesis que se estudian en el libro, voy a aportar una serie de entrevistas realizadas a Damasio en diversos medios. 

El neurólogo, de origen portugués,  asegura que “Hay una profunda distinción, mas no oposición, entre el sentimiento y la razón. Los sentimientos no son percepciones convencionales del cuerpo, sino híbridos, están arraigados tanto en el cuerpo como en el cerebro; pasamos por la vida sintiendo o razonando, o ambos, según lo requieran las circunstancias”. Ello demuestra que  “Estamos gobernados por dos tipos de inteligencia, que dependen de dos sistemas cognitivos: la primera se basa en el razonamiento y la creatividad, y depende de la manipulación de patrones explícitos de información. La segunda, la de las emociones, es la de la competencia no explícita; es la variedad de inteligencia de la que la mayoría de los organismos vivos en la tierra han dependido —inclusive las bacterias—, y continúan dependiendo, para su supervivencia, y que escapa al escrutinio mental”. Por tanto, malos tiempos para la razón cartesiana, Damasio enfatiza el papel clave que desempeñan las emociones en la toma de decisiones. “En el lenguaje cotidiano usamos los términos indistintamente, esto muestra cuán estrechamente conectadas están las emociones con los sentimientos”. Y asegura “las emociones son reacciones complejas en el cuerpo ante determinados estímulos. Cuando tenemos miedo de algo, nuestro corazón se acelera, la boca se seca, la piel se pone pálida y los músculos se tensan; esta reacción emocional se produce de forma automática e inconsciente. En tanto que los sentimientos ocurren después de que nos damos cuenta en nuestro cerebro de tales cambios físicos, solo entonces experimentamos el sentimiento de miedo”. La región del cerebro en la que la emoción y la razón se acoplan es la corteza prefrontal.

Un conjunto de componentes del cerebro está a cargo de mapear los cambios que ocurren continuamente dentro del organismo; se conoce como el sistema nervioso interoceptivo o INS, por sus siglas en inglés. Estas características únicas del INS contribuyen a la producción de sentimientos, que ocurren cuando el cerebro lee los mapas y se hace evidente que se han registrado cambios emocionales a nivel de todo el organismo. No obstante, el mapeo nunca es exacto: el estrés, el miedo o el dolor alteran la manera en que interpretamos la información que le llega al cerebro de otras partes del organismo. Según Damasio, tendemos a dar prioridad a nuestro yo racional cuando se trata de tomar decisiones; sin embargo, las buenas decisiones son las que responden a las emociones que genera nuestro sistema interoceptivo. En un mundo ambiguo, nos ayuda a comprender sentimientos complejos y matizados, que a menudo están en conflicto con situaciones que la sociedad pinta como binarias. El afecto ambivalente es un fenómeno complejo que requiere múltiples niveles de procesamiento, donde se producen y finalmente se integran diferentes tipos de información.

Damasio añade: “Sigo fascinado por el hecho de que nuestros procesos regulatorios emocionales internos no solo preservan nuestras vidas, sino que, de hecho, dan forma a la creatividad. El sentimiento es una modalidad de conocimiento que viene con un aspecto musical, por así decir, con variación en el tiempo, de ahí la importancia de escuchar a nuestros sentimientos y de prestar atención a cómo se conectan con el cuerpo”. No obstante, perdemos mucho sentido común cuando se dañan nuestros sistemas emocionales; para sortear las luchas emocionales nos valemos de las emociones.

 "Para tener una mente hay que tener mapas. Creamos mapas y patrones. También para escuchar. Cuando usted escucha mi voz, en primer lugar, crea patrones auditivos para el lenguaje; las frases que yo digo en inglés su cerebro las convierte en conceptos no-lingüísticos. Yo hago una traducción de mis pensamientos al lenguaje inglés y usted hace una traducción del lenguaje inglés a sus pensamientos y, con suerte, los pensamientos que yo emito y los que usted interpreta serán aproximadamente coincidentes.

"Los sentidos son una cosa más simple, porque proceden de una interacción de tu cuerpo y tu sistema nervioso y básicamente se relacionan con estar bien o mal en relación con el estado de la vida en nuestro organismo.  Creo que nuestras mentes se están haciendo más rápidas y precisas, pero nos enfrentamos a muchos problemas: el primero es la supervivencia, hay muchas cosas pasando a nuestro alrededor, por ejemplo todo lo de las redes sociales está fuera de control, o el cambio climático. También nos enfrentamos a otros peligros en la posibilidad de una epidemia, etcétera. Lo primero que tenemos que hacer es sobrevivir, y luego tenemos otro tema que tiene que ver con la inteligencia artificial. Esta se está volviendo más y más autónoma, más y más precisa... ¡Incluso pese a no tener sentimientos.

 "Pero cuando estoy hambriento o sediento, mi cuerpo nota que no tiene suficientes calorías o la suficiente hidratación y se lo comunica inmediatamente al sistema nervioso, porque ambos actúan juntos, el uno y el otro. Siempre repito que lo que entendemos como consciencia no es el producto de un sistema nervioso: es el producto de un sistema nervioso contenido dentro de un cuerpo viviente. La mayor parte de la gente no piensa de esta forma, de toda la vida hemos oído que estudiando el cerebro obtendremos la solución al problema de 'de dónde viene la consciencia o la mente': yo digo que eso no es cierto, es una falsa impresión. No significa que no necesitemos al cerebro, pero la fuente de nuestra consciencia es esa interacción entre el sistema nervioso y el cuerpo. Un robot no tiene una vida. No pueden estar felices o infelices sobre algo, porque carecen de ese equilibrio. Los sentimientos siempre van de algo bueno o malo; puede ser felicidad o puede ser dolor, es bueno, malo o en el medio, pero siempre hay una modulación, es como la música.

 "Los virus realmente no están vivos, están en una situación intermedia en la que tienes un montón de material genético, ácidos nucleicos que, pese a que no están vivos, hay una clase de intención ahí que es obvia. Y la intención se explica en que es la única manera en la que pueden mantenerse, nos necesitan para continuar su —entre muchas comillas— existencia.Es muy interesante diferenciar entre organismos muy simples como virus y bacterias: esas sí están vivas; aunque muchas no tengan un núcleo, tienen un cuerpo y, además, poseen esta 'inteligencia encubierta' de la que hablo y creo que es la cosa más importante en este libro: comprender que a lo largo de la evolución hubo formas de previda como los virus —que, aunque pueden hacernos mucho daño, siguen sin estar vivos— a organismos como las bacterias, que sí están vivos, tienen homeostasis y una inteligencia que ellas mismas desconocen.Las bacterias, incluso en sus formas más simples, como las que hay en las plantas, están haciendo cosas inteligentes, pero de forma cubierta, implícita, no tienen medios para representar en sus mentes lo que está pasando en sus vidas. La aparición del sentimiento es el personaje protagonista de mi libro. La capacidad de sentir supone una explosión absoluta en la historia de la vida: otorga de repente a los organismos la posibilidad de saber sobre ellos mismos, los primeros organismos con la capacidad de sentir lo hicieron en forma de una necesidad básica: sed, hambre, dolor, bienestar... Estos son sentimientos fundamentales que nos están diciendo algo muy importante y nos permiten actuar de forma consciente, porque los sentimientos, para empezar, son conscientes.La parte más importante es que la gente comprenda que la consciencia no surge de los más elevados desarrollos de nuestro sistema nervioso, ni surge con el razonamiento, la visión o el lenguaje. No es así como funciona. La consciencia brotó en la historia de la evolución a través de los sentidos, a través de esos procesos fundamentales. Sentir es una especie de inauguración, porque a partir de ahí pasamos de tener solo inteligencias encubiertas a inteligencias abiertas que te indican lo que hacer.

"El lenguaje tiende a ser confuso al describir esas cosas. Por ejemplo, el 'sentir'. Si una bacteria siente algo, no quiere decir que sea consciente de ello. Puede estar en una zona donde la temperatura sea demasiado alta y su inteligencia encubierta ordene a la bacteria que se mueva hacia un sitio que sea menos nocivo para ella. Esta propiedad no es consciencia, no es un sentimiento, es 'sentir' pero con el sentido de 'detectar'. Pero, si usted y yo estuviéramos en una habitación donde la temperatura es demasiado elevada, sentiríamos —es decir, seríamos conscientes del hecho de que en la habitación hace mucho calor y vamos a hacer algo al respecto— y eso es otra jugada.Cuando hablamos de la mente, siempre lo hacemos a través de imágenes. Mientras hablamos, usted está en mi pantalla y yo estoy en la suya, estas son imágenes visuales, pero, al mismo tiempo, podemos hablar, y eso son imágenes auditivas. Todas estas imágenes que estamos produciendo del mundo que nos rodea están en nuestras mentes, pero para ser conscientes tienen que estar conectadas a los sentidos. Por tanto, 'consciencia', 'mente', 'sentidos' y 'detección' son cosas distintas.

 "Estamos constantemente afectados por nuestro pasado, cuando las cosas se desarrollaron de una cierta forma. Cuando quieres contarle a la gente tus ideas, tienes que dar muchísimas explicaciones para que te entiendan y no confundan las cosas. Antes hemos hablado de inteligencia en bacterias, a esto algunos responden 'oh, por tanto, son conscientes'. ¡No,no son conscientes! Lleva mucho tiempo y esfuerzo explicar que una criatura puede ser inteligente sin saber que lo es. Nosotros, en cambio, tenemos todas las inteligencias y tenemos la consciencia: sabemos que eso nos está pasando a nosotros. El instinto está en el lado encubierto. El instinto nos empuja en una cierta dirección. Por ejemplo, la atracción sexual es instintiva, no podemos controlarla a través de la consciencia. No es algo que tú hayas decidido, es algo que se ha decidido para ti a través del instinto. Es un buen ejemplo de este tipo de procesos encubiertos.

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31 marzo 2022 4 31 /03 /marzo /2022 09:30

Hay un punto de conexión entre el autor de este libro, Jordi Pigem y el de este artículo. El haber conocido y tratado a un pensador de primera categoría, un erudito que además seguía un camino de excelencia espiritual, Raimon Panikkar, al que conocí y admiré en su retiro de Tavertet.  Precisamente uno de los términos filosóficos conceptuales que Panikkar desarrolló, la ecosofía, que definía como una suerte de escucha de la Tierra a través de sus manifestaciones animadas o estáticas, es uno de los principios dinámicos filosóficos que instrumenta Pigem en  "Así habla la Tierra".

Se nos propone un viaje a través de citas de poetas, escritores y filósofos desde los taoístas o budistas, hasta la Grecia  y la Roma clásicas, y las joyas literarias, filosóficas, científicas y  y poéticas que nos han legado a través de los siglos. Pero el grueso del volumen lo ocupan los comentarios personales del autor, articulados como la voz de la Tierra, donde se explicitan las maravillas, riquezas y desafíos, peligros y carencias que el planeta y el Cosmos nos ofrecen a todos los que, con ojos para  ver y sensibilidad para apreciar, nos conmueve y enriquece la comunión con la Naturaleza.

Decía Platón en el "Timeo": "este Cosmos es un ser vivo, dotado de psique y del intelecto...un ser vivo, único, visible, que contiene dentro de sí a todos los seres vivos, que por su naturaleza son sus congéneres". Este es el fondo latente  de la cuestión que desarrolla el libro de Pigem, que también cita al malogrado Giordano Bruno que alarmó a la Inquisición con su percepción de que "el alma del mundo es el principio constitutivo formal del universo y de todo lo que el Universo contiene". Lo pagaría con la vida.

Dividido en tres partes, Origen, Ciclos de vida y luz y Ecos, el libro deja una sensación deliciosa de humildad y reconocimiento ante la grandeza de la Naturaleza, a la que el autor da la posibilidad de expresarse y lo que nos dice nos emociona, nos apena y nos alarma, La Tierra nos apostrofa: "Creéis que estáis solos en la cúspide del mundo, que sois los únicos que sienten y piensan, los únicos que cuentan. Pero el árbol que tocáis también siente vuestro tacto, la tierra que pisáis también siente vuestros pasos, el agua en la que os zambullís siente vuestros cuerpos, el aire que respiráis siente vuestro ánimo. No estáis solos". 

Con la metáfora de un día narrativo, la Tierra nos habla del amanecer en maravillosos lugares del mundo, Mediterráneo, África, España. Nos recuerda a Leonardo da Vinci o Melville. Voces de mentes geniales fascinadas por la Tierra. Ella nos habla de sus aguas, sus peces, sus rocas, sus hayedos, sus bosques, citando lugares y rincones, la vida cambiante del subsuelo, lleno de energía potencial, nuestra cuna (humanos, viene de humus, nos recuerda), Anaxágoras que cifra en la contemplación del cielo y los astros el propósito de la existencia; nos habla de los ríos, el Congo, el Nilo, el Indo, todo fluye , todo vibra. Como para Hermann Hesse, el río es la metáfora de la vida humana. Después habla de los océanos y sus trillones de millones  de bacterias, virus y especies de peces, que constituyeron la cuna del hombre. Amanece en La Graciosa, en Irlanda, en los altos del Garajonay, en Islandia o Groenlandia, la Antártida, el Caribe  y esa gigantesca y desconocida cordillera submarina que atraviesa todo el Atlántico y de la que únicamente vemos las Azores o Islandia o en unos de sus brazos que pasa por el Indico y sube al Golfo de Omán y va hacia el Pacífico hasta el golfo de California.

Pero la voz de la Tierra evocada por Pigem también nos recuerda que esos colores del amanecer global sacan destellos sobre centenares de kilómetros de residuos plásticos en el Atlántico Norte, que anochece sobre otra gran mancha en el Pacífico norte y que brilla la luna sobre otra semejante en el Pacífico Sur. Se queja la Tierra de las más de cien mil sustancias contaminantes creadas por el hombre que van agostando las tierras, los ríos y los océanos del mundo.

La voz de la Tierra compara, con aliento poético y rigor científico el paralelismo existente entre los ríos y sus vidas y cursos (también sus accidentes y enfermedades) con las de los humanos y también la existencia de los animales en relación con los humanos en una red de redes que imitó Internet en su momento. El día del Planeta pasa y el mediodía nos coge en el delta del Níger  y en el Ródano, con su corrupción ecológica que anuncia un colapso que ya está aquí: "sin nubes no hay agua/sin agua no hay vida/ sin vida no hay nubes", el circuito fatal de la crisis climática. Y nos recuerda también la Tierra la extinción imparable y progresiva de la biodiversidad, de los miles de especies que desaparecen cada día a todos los niveles de la bioesfera. "Todo está conectado" dice la voz de la tierra. "¿Creéis  que los organismos tienen fronteras? Los organismos tienen una existencia entrelazadas y vosotros sois comunidades simbióticas también. No hay vida sin ecosistemas". Y nosotros somos organismos entrelazados a todos aquellos a los que vamos extinguiendo. Es una cuestión de tiempo que nos llegue el turno,

Al final del libro, en Ecos, Pigem cita a su maestro Panikkar; "La vida no es un accidente que se adhiere a la materia...la Tierra es un ser vivo, el universo es un ser vivo, el cosmos entero está vivo...Es decir la realidad está viva". Resuena en esa venerada voz el eco de los budistas,taoístas y sabios griegos, los incontables y desconocidos maestros de culturas indígenas (la mayoría exterminadas) que vivían en simbiosis perfecta con la Naturaleza: "Puedes lanzarte al suelo y estirarte sobre la Madre Tierra, con la firme convicción de que eres uno con ella y ella contigo". (Erwin Schrödinger).

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHA

ASÍ HABLA LA TIERRA.- Jordi Pigem.- Ed. Kairós.,135 págs.

 

 

 

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21 marzo 2022 1 21 /03 /marzo /2022 12:09

NOS ESTÁN CAMBIANDO EL MUNDO

Publicado en “la Comarca” el 18 abril 2022

Si usted, lector, tiene menos de 30  o 35 años no me entenderá, ni compartirá desde la nostalgia, las premisas que  el filósofo coreano de origen y alemán de adopción, Chul Han, desarrolla en un libro, “No cosas” que está creando desazón en los “jóvenes” de 50 años en adelante.  No por sus atrevidas observaciones y aún más radicales conclusiones, sino por el realismo con el que refleja la sociedad que nos está tocando vivir y la que nos espera a los que lleguen, si Putin no insiste en ser un “terminator” de tres al cuarto.

Vayamos a un ejemplo práctico: mis hijos y mucho menos mis nietos no comprenden en absoluto que guarde amorosamente los libros que ya he leído junto a los que no he leído y algunos que quizá no lea nunca, que los amontone en todos los huecos de la casa,  que los  siga comprando; que tenga discos de vinilo y cd's, videos y dvd's; que atesore miles de fotografías en blanco y negro y color en formato de papel o diapositiva; que tenga numerosos cuadros, esculturas, recuerdos de viajes, trajes, cacharros (como radios antiguas, proyectores de super 8, relojes de péndulo); que guarde los originales manuscritos de novelas, ensayos y artículos publicados, o no, durante toda mi vida; máquinas de escribir de los años 50 a los 70,  junto a viejos ordenadores; estilográficas y bolígrafos por decenas; libretas de muchos tamaños y agendas de hace decenios... y, aunque no lo crean, no esté diagnosticado de padecer el síndrome de Diógenes (apelativo injusto pues el cínico Diogenes fue un hombre nada apegado a las cosas).  Que sea feliz con todo eso y que también sea una fuente de inspiración y un goce difícil de definir.

Si Walter Benjamín levantara la cabeza ya no podría sostener que la relación de posesión es la más intensa que se puede tener con las cosas. Y esa relación de afecto, de fetichismo, sólo es posible en personas dotadas de una memoria vital que dudo tengan las nuevas generaciones,  para las que la vida es líquida, cambiante, acelerada y se basa en la información, en las experiencias. Lo digital carece de memoria , al fragmentar la vida cotidiana en numerosos bits. El fetichismo de los objetos, de las cosas, que nos evoca vivencias y etapas de la vida, empieza velozmente a desaparecer. Los nuevos habitantes de las redes sociales, que construyen sus vidas en torno a ellas, viven en el tiempo de las no-cosas.

Byung-Chul Han es uno de los filósofos más leídos en la actualidad. Nos habla de manera amena y atrevida, en casi todos sus libros, de la desmaterialización del mundo actual, la eliminación de lo físico, lo objetual, en nuestras vidas. Sigue las estelas del italiano Giorgio Agamben (el teórico de la “nuda vida” de los inmigrantes) el polaco Zygmunt  Bauman, (el de la “vida líquida”), el eslovaco Slavoj Zizek , el filósofo amigo de los chistes o el austriaco Peter Sloterdijk,  que fue “el joven airado” de la filosofía . Mientras que todo sea información, nos dicen estos autores, ésta seguirá haciendo desaparecer las cosas, puesto que la digitalización aboca a la desmaterialización del mundo. A más información, menos materia: un juego de suma cero. Un mundo digital no es un lugar para recuerdos y sí para datos. Hemos entrado en una era dominada por la infomanía, los megadatos y la hipertrofia de la información, lo cual tiene una lectura buena y otra que no lo es. Se trata de un camino lleno de incógnitas y no sabemos en qué va a desembocar. Es un cambio radical de paradigma, que no tiene precedentes y cuyo desenlace y etapas sólo podemos conjeturar. En los últimos veinte años la humanidad ha dado un salto cuántico en las formas de vida, los valores y costumbres, la moral y la ética.

No hay que esperar reversibilidad o arrepentimiento. Parece ser un camino de imposible retorno. Lo que venga, sea lo que sea, no tendrá apenas relación con lo que vivieron las generaciones del siglo XX y anteriores. El metaverso no nos recordará el pasado, vía archivos documentales. Sus algoritmos buscarán siempre elaborar lo nuevo. Pero algo hemos aprendido: las cosas materiales, que tanto habíamos rechazado, transmiten durabilidad y estabilidad, pues dan un sentido referencial a nuestra existencia. No somos seres digitales o virtuales, somos corporeidades físicas, en relación directa y homeostática con el medio ambiente y las fuerzas de la Naturaleza que nos condicionan de forma vital. Quizá el nuevo universo digital que nos engloba haga que nos importen menos las cosas, que no las tengamos en cuenta, con lo cual nuestra realidad pierde la firmeza y el sentido que ellas daban a nuestra vida.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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12 marzo 2022 6 12 /03 /marzo /2022 10:39

En este brillante y sorprendente libro del filósofo de la modernidad, el coreano Byung-Chul Han,  me he encontrado  con que, como de costumbre con este autor, me ha puesto negro sobre blanco una de las inquietudes cotidianas, sencilla y aparentemente triviales, que me asaltan por el simple hecho de vivir y comparar. Si usted, lector, tiene menos de 30  o 35 años no me entenderá ni compartirá, desde la nostalgia, las premisas que Chul Han desarrolla en este libro. Vayamos a un ejemplo práctico: mis hijos y mucho menos mis nietos no comprenden en absoluto que guarde amorosamente los libros que ya he leído junto a los que no he leido y quizá no lea nunca, que los amontone en todos los huecos de la casa,  que siga comprándolos. que tenga discos de vinilo y cd's, videos y dvd's, que atesore miles de fotografías en blanco y negro y color en formato de papel o diapositiva, que tenga numerosos cuadros, esculturas, recuerdos de viajes, trajes, cacharros (como radios antiguas, proyectores de super 8, relojes de péndulo, cuberterías y vajillas); que guarde los originales manuscritos de novelas, ensayos y artículos publicados, o no, durante toda mi vida, máquinas de escribir de los años cuarenta y sesenta junto a ordenadores; estilográficas y bolígrafos por decenas; libretas de muchos tamaños y agendas de hace decenios... y que no padezca el síndrome de Diógenes.  Que sea feliz con todo eso y alimente en mí recuerdos, dulces nostalgias y alguna tristeza. Y que también sea una fuente de inspiración y un goce difícil de definir que consiste en el "reencuentro" inesperado con una versión anterior, ya olvidada, de mi propio yo.

Si Walter Benjamin levantara la cabeza ya no podría sostener que la relación de posesión es la más intensa que se puede tener con las cosas. Y esa relación de afecto, de fetichismo, se percibe en personas dotadas de una memoria vital que dudo que tengan las nuevas generaciones para las que la vida se basa en la información, en las experiencias, puesto que lo digital carece de memoria al fragmentar en numerosas partes la vida. El fetichismo de los objetos, de las cosas, que nos evoca vivencias y etapas de la vida, empieza velozmente a desaparecer. Detrás de todas esas cosas que nos rodean de forma muy confortable hay historias y una narrativa de vivencias personales. Pero los nuevos habitantes de las redes sociales, que construyen sus vidas en todo a ellas, viven en el tiempo de las no-cosas.

Byung-Chul Han es uno de los filósofos más leídos en la actualidad en todo el planeta. Surcoreano, aunque residente desde hace décadas en Alemania es criticado por ser un filósofo accesible, fácil de leer y porque en muchos casos sus libros están configurados a partir de citas de otros filósofos como Barthes, Arendt, Benjamin o Martin Heidegger -cosa que, por cierto, hacen todos los filósofos: enanos subidos a hombros de gigantes, inevitablemente - en lugar de construir un "nuevo" sistema filosófico. En este libro Han nos habla de la desmaterialización del mundo actual, la eliminación de lo físico, lo objetual, en nuestras vidas. Mientras que todo sea información, ésta va a ir haciendo desaparecer las cosas, puesto que la digitalización aboca a la desmaterialización del mundo. A más información, menos materia: un juego de suma cero. Un mundo digital no es un lugar para recuerdos y sí para datos. Acabamos de iniciar una era dominada por la infomanía, los megadatos y la hipertrofia de la información, lo cual tiene una lectura buena y otra que no lo es. Empezando por la segunda, es un camino lleno de incógnitas y no sabemos en qué va a desembocar. Se trata de un cambio radical de paradigma, que no tiene precedentes y cuyo desenlace y etapas sólo podemos conjeturar. En los últimos veinte años la humanidad ha dado un salto cuántico en la forma de vida, los valores vigentes, la moral y la ética.

No hay que esperar reversibilidad o arrepentimiento. Parece ser un camino de imposible retorno. Lo que venga, sea lo que que sea, no tendrá apenas relación con lo que las generaciones del siglo XX vivieron . Ni siquiera el metaverso nos podrá informar, vía archivos documentales y algoritmos. Pero algo hemos aprendido: las cosas materiales, que tanto habíamos rechazado, transmiten durabilidad y estabilidad, pues dan un sentido referencial a nuestra existencia. No somos seres digitales o virtuales, somos corporeidades físicas, en relación directa y homeostática con el medio ambiente y las fuerzas de la Naturaleza que nos condicionan de forma vital. Quiza el nuevo universo digital que nos engloba haga que nos importen menos las cosas, que las tengamos menos en cuenta, con lo cual nuestra realidad pierde la firmeza y el sentido que las cosas proyectaban sobre nuestra vida.

Han nos dice  que para que poseamos algo es preciso que depositemos historia en ese algo, sino solo los usamos. Por eso, nos recuerda Benjamin, el coleccionista es una figura deseable y en trance de desaparecer, porque él confía a las cosas en un ultimo reducto donde se les despoja de su carácter de mercancía, de simple instrumento desechable y se les confiere una dignidad insoslayable que refleja nuestra propia dignidad, donde hay una historia, una belleza, unos rasgos de valor que están al margen del mercado y del precio.

Han, que a pesar de su pesimismo - bastante realista- tiene un ramalazo de ingenuidad, sugiere que sólo un giro romántico en el mundo y la debida re-materialización de la existencia, permitiría la vuelta de "lo otro" como valor intrínseco a la vida, esas cosas "con alma" con las que establecemos una relación cordial y profunda hasta integrarlas en nuestro universo personal, que se enriquecería con ello. Se trata de darles un significante "doméstico", un prurito de identificación por amor que se hace fuerte y sólido con el paso del tiempo (hablamos de "nuestra" pipa, "nuestra" máquina de escribir, "nuestra" pluma habituada al tacto de nuestra mano, etc.) Y este "domesticar" los objetos que nos constituyen de una forma algo mística, se repite con los "rituales" que en la vida pretérita daba ritmo y sentido cósmico a nuestra existencia: la vida sin repeticiones se convierte en algo líquido, fugaz. Los rituales  son arquitecturas del tiempo.

La "atención sin intención" es otra de  las sugerencias de Han que nos muestra el rechazo al principio básico de la información virtual: siempre es intencionada. Y ello nos hace perder la costumbre de poder  hacer una observación detallada de algo en un entorno estable. Y una observación libre de la demagogia virtual que busca siempre comunicar algo, instruir con una intención (política, moral o social). La virtualidad, por ejemplo en el arte, carece de la emoción primaria del contacto personal y directo. La pantalla como intermediario habitual de nuestra emociones áticas o estéticas, aplana, trivializa o banaliza la obra de arte.

FICHA

NO COSAS, quiebras del mundo de hoy.- Byung-Chul Han.- Trad. Joaquín Chamorro.- Ed. Taurus.- 139 págs.

 
 
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5 marzo 2022 6 05 /03 /marzo /2022 10:59

 

Pensar que, dado que Sherlock Holmes es un personaje de ficción, no se puede aprender nada de él y su sistema peculiar de pensamiento y deducción, es tan ridículo como tratar de ignorar que Ulises, el héroe griego, es un referente cultural para toda la humanidad más o menos cultivada y que sus aventuras y su personalidad ha enriquecido el acervo cultural durante más de 24 siglos. Holmes, creado por la inteligente mente de sir Arthur Conan Doyle, tuvo una fuente real en la vida de su creador, Sir Arthur confesó muy tempranamente que su criatura era una copia literaria de un profesor suyo de la Facultad de Medicina, el Dr. Joseph Bell, al cual debía todos las admirables cualidades detectivescas con las que dotó a Holmes. Para dar más comprensión a la eficacia del sistema de pensamiento y deducción de  Holmes, el novelista utilizó los métodos del detective en la vida real con un doble éxito criminalista: demostró con deducciones e inferencias que dos personas condenadas injustamente eran inocentes.  .

 La primera edición de este libro es de junio de 2013 y, en realidad está basado en una serie de artículos que la autora publicó en 'Big Think' y 'Scientific American'. Maria Konnikova, es una psicóloga y periodista experta en cuestiones de neurociencia, pensamiento lógico y creativo y una especial habilidad para sacar una utilidad práctica y cotidiana a los principios y técnicas mentales  que optimizan el funcionamiento del cerebro. El uso de la figura literaria de Holmes es un habilidoso detalle imaginativo que permite que el lector se familiarice con tácticas de pensamiento y observación que pueden mejorar la eficacia del cerebro en todos los aspectos de la vida.

Comparto con la autora la afición por Holmes y me encanta su pedagógica habilidad de mostrar de forma evidente la eficiencia de los mecanismos mentales que usa el detective y que la Konnikova explicita para que también se acostumbre a usarlos el lector. Como psicólogo también aplaudo la claridad  e idoneidad de las explicaciones psicotécnicas utilizadas. El rigor eficaz del pensamiento de Holmes está basado, como no puede ser menos, en una observación atenta y no afectada por sesgos emocionales o egoicos; la inferencia y la deducción. Como cuenta Konnikova el método científico empieza - ya desde la antigüedad griega- con una atenta y objetiva observación de los fenómenos naturales, se va acumulando una amplia base de datos y conocimientos y apoyado en una comprensión de los hechos y los contornos del problema que se estudia, se descarta todo lo imposible y lo que queda, por improbable que pueda ser, es la solución de nuestra duda. Y es que para Holmes, el escepticismo inicial -nada se acepta porque sí- y una mentalidad inquisitiva, paciente  y curiosa en relación con el mundo, es la actitud que nos evitará errores de juicio y apreciación.

Pero sin animo de hacer "spoiler" e insistiendo en la recomendación de que adquieran este libro y lo lean (se lo va a pasar "pipa" como dice mi hija) me permite dejarles esté largo párrafo del libro como conclusión.

"En el fragmento que sigue el detective explica al doctor la diferencia entre ver y observar:

—Usted ve, pero no observa. La diferencia es evidente. Por ejemplo, usted habrá visto muchas veces los escalones que llevan desde la entrada hasta esta habitación. ¿Cuántos escalones hay?

—¿Cuántos? No lo sé.

—¿Lo ve? No se ha fijado. Y eso que lo ha visto. A eso me refería. Ahora bien, yo sé que hay diecisiete escalones, porque no solo he visto, sino que he observado.

Este truco carece de verdadera importancia, pero tiene unas implicaciones muy profundas si nos paramos a considerar qué es lo que lo hizo posible. Es precisamente este truco el que me inspiró para escribir un libro en honor de Holmes.

¿Cuántos pensamientos entran y salen de nuestra mente sin que nos detengamos a identificarlos? ¿Cuántas ideas e intuiciones nos hemos perdido porque no les hemos prestado atención? ¿Cuántas decisiones hemos tomado y cuántos juicios hemos hecho sin saber cómo o por qué, impulsados por algún automatismo interno de cuya existencia solo somos vagamente conscientes? ¿Cuántos días han tenido que pasar hasta que, de repente, nos preguntamos qué hemos hecho exactamente y cómo hemos llegado hasta aquí?

El objetivo de este libro ha sido ayudarle a reflexionar sobre todas estas respuestas. Hoy más que nunca es necesario contar con una metodología como la de Holmes para examinar y explicar los pasos necesarios para desarrollar unos hábitos de pensamiento que nos permitan conectar con nosotros mismos y con nuestro mundo de una manera consciente y natural".

FICHA

¿CÓMO PENSAR COMO SHERLOCK HOLMES?.- Maria Konnikova.- Trad. Genís Sánchez.- Ed. Paidós.- 285 págs.


 

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19 febrero 2022 6 19 /02 /febrero /2022 19:32

El agua es un elemento esencial de la vida. "El agua es vida y es de todos", pregonan desde la ONU a todo el planeta. Nuestro propio cuerpo tiene un elevadísimo porcentaje de agua y ello nos hace especialmente sensibles a su carencia. Los excesos y los abusos e ignorancias que provienen de la cultura irresponsable y consumista del siglo XXI, comienzan a producir los efectos perniciosos de dos fenómenos unidos entre sí, las sequías, la desertización creciente y los diluvios, con su secuelas de inundaciones y catástrofes. El deshielo progresivo en los Polos, el aumento del nivel del mar en todo el planeta y fenómenos contaminantes como la Gran Mancha de Basura del Pacífico que tiene una superficie superior a España, Francia y Alemania juntas, son alertas estimables para toda persona consciente. Para mentalizarnos del protagonismo natural en la vida del hombre de ese preciado elemento he escogido tres libros que simbolizan tres actitudes y puntos de vista interesantes, aleccionadores y, para mayor deleite del lector, llenos de una cierta sabiduría. Una actitud que que debería impartirse desde las guarderías en la educación de los hombres y mujeres de este siglo preocupante. Se trata de un ensayo, donde el viaje, la búsqueda y la mirada lírica, técnica o naturalista dan una pátina literaria muy atractiva. "Cómo leer el agua" de Tristan Gooley, que edita Ático de los Libros es el título que les recomiendo.

Tristan Gooley, que gasta sombrero a lo Indiana Jones, aunque cuando estuvo en Barcelona llevaba una gorra con cierto aire a la que usaba Sherlock Holmes en algunas películas antiguas, es un hombre-orquesta cultural y deportivo. A un caminante compulsivo como yo, le sugiere Gooley oleadas fraternales de sana envidia: no sólo por su magnífica forma física, sino por el acervo naturalista de conocimientos y experiencias. Nuestro hombre tiene en su haber un libro (aún no traducido), "Natural navigator" en el que tiende su mirada metafórica, atenta e inteligente a la vida humana en las metrópolis, aplicando parámetros filosóficos, biológicos, históricos, sociales y de supervivencia.

 Tristan, que rebasa un poco los cuarenta pero exhibe en su prosa un entusiasmo vital veinteañero y una noción básica de que en la vida es más importante el camino que el destino,  en su libro "Cómo leer el agua" nos cuenta que durante muchos años ha navegado y ha buscado e investigado sobre la relación del hombre con el agua, para asegurarnos que podemos llegar a "leer" en un charco de lluvia el lenguaje del líquido vital con tanta precisión como en el Pacífico o en el Ebro o en los colores de un arco iris. Como todo amante de la Naturaleza, Gooley nos habla de emociones, lirismo y espiritualidad asociados a las interminables llanuras ondulantes del océano, el fragor del arroyo de montaña o la calma zen de un lago en las cumbres suizas (con la sabiduría añadida de recordarnos que el auténtico reto, la prueba "del algodón" es sentir el mismo amor por el entorno mientras caminas por el Everest o lo haces por la bella y familiar montaña de tu pueblo).

Siguiendo a los polinesios, grandes navegantes pero también minuciosos observadores de todo lo que tiene relación con las aguas, de la enorme complejidad que oculta su soberana sencillez, Gooley nos va enfatizando “las singularidades, los signos y los indicios del agua en sí". Nuestro autor empieza por lo más banal, una gota resbalando por el cristal de una ventana o un vaso de agua en tu hogar o el charco que la lluvia ha creado en el borde de un camino (o nos habla del "petricor" ese inconfundible aroma que genera la lluvia al caer sobre el monte o los campos tras una temporada de sequía). Pasar de lo mínimo a lo máximo, del microcosmos escondido en un estanque hasta el macrocosmos del Atlántico y la relación de todo ello con la atmósfera, las nubes, las corrientes de aire, el calor del sol, el frío, la interrelación de todo en Todo y el frágil equilibro de nuestro entorno planetario, tantas veces violado. El mensaje ecológico de este libro no es autoritario y censor, no nos dice lo que "debemos hacer", lo que hacemos mal, toma un camino taoísta y muy inteligente: enseñemos a la gente a amar y respetar la Naturaleza, desde niños: no tardaremos en empezar a cuidar de ella de forma general e indiscriminada.  Este hombre, que ha cruzado dos veces el Atlántico, una vez en avioneta y otra en barco, está familiarizado con la presencia del riesgo y la muerte y los integra en sus actividades con la misma naturalidad con la que busca "pistas, señales y patrones físicos" en cualquier superficie de agua, quizá para gozar de la habilidad del "isharat" con la que los antiguos marinos árabes designaban el área de conocimientos que permite leer las señales físicas en el agua y que Gooley comparte con el lector en su libro.

FICHA

CÓMO LEER EL AGUA.- Tristan Gooley.-trad. Víctor Ruíz.- Ed. Ático de los libros.-2018. 424 págs.

 

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6 febrero 2022 7 06 /02 /febrero /2022 10:09

Julian Barnes es uno de los autores británicos de la brillante generación de la segunda mitad del siglo XX que junto a Amis, Le Carré, Mc Ewan, Graham Switz y algunos otros, han invadido nuestra bibliotecas y nuestra pasión de lectores. Le descubrí con "El loro de Flaubert", una cáustica e irreverente fórmula de ensayo literario crítico, con la ironía de Sterne y la mala uva de Swift (Jonathan), después vendrían, entre otras, "El sentido de un final"  divertido y patético análisis del miedo a morir y la soberbia "Arthur & George" sobre un episodio real en la vida de sir Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes.

En este libro que nos ocupa, Barnes se supera a sí mismo y entabla una suerte de relato personal de búsqueda de la urdimbre histórica en torno a una figura real del siglo XIX, el doctor Pozzi, amigo y médico de las grandes celebridades sociales, artisticas, literarias y científicas y un ilustre desconocido en nuestros tiempos, excepto por una razón, haber sido pintado por John Singer Sargent, uno de los grandes retratistas de la época, en una obra llamada "El hombre de la bata roja".

Hemos de llegar a las dos terceras partes del libro (página 189), para que Barnes nos cuente el por qué de su elección de protagonista: "Mi primer encuentro con el doctor Pozzi, ocurrió por medio de la formidable imagen de Sargent. La etiqueta del cuadro me informó de que era ginecólogo. No me había topado con él en las lecturas sobre el XIX francés. Después leí en una revista de arte que no sólo fue el padre de la ginecología francesa sino también un 'incorregible adicto al sexo que habitualmente intentaba seducir a sus pacientes femeninas'. Barnes no acepta ese juicio y comienza a investigar al doctor Pozi del cual "no existe ni una sola queja formulada por ninguna mujer contra él. Ni una reclamación judicial, ni un escándalo" Barnes hace un asombroso escrutinio de diarios de la época y libros de gente famosa dada al chismorreo (el "Journal" de Edmond de Goncourt, el célebre editor, por ejemplo, sólo habla de débiles pruebas de posibles devaneos. Y, se pregunta: "¿con que autoridad lo juzgamos?".  Y a partir de ese punto el libro es un apasionado viaje por los amigos de Pozi, los hallazgos médicos y práctica profesional de calidad más que superior, su amor a las mujeres y su vida familiar, su proverbial discreción ( la actriz Sarah Bernhardt, amante suya durante medio siglo, ni lo menciona en sus memorias). Como escribe Barnes: "las biografías son un conjunto de agujeros atados con una cuerda y en ninguna parte eso es más evidente que en la vida sexual y amorosa".

Barnes es un maestro consumado en este tipo de trabajos imbricados en la historia, en personajes reales. Logra hacernos atractivo el largo rodeo, las investigaciones y los hallazgos en torno a la época y las celebridades que rodearon al médico francés, jefe y compañero del padre de Proust. Ya desde el mismo comienzo del libro: "Un príncipe, un conde y un plebeyo, franceses los tres, llegaron a Londres en 1885 a la busca de "adquisiciones intelectuales y decorativas". Los dos aristócratas eran homosexuales o, como se decía entonces, "de tendencias helénicas". El plebeyo, doctor y reconocido coleccionista de amantes femeninas. Y portaban una carta de recomendación de uno de los mayores pintores de su tiempo, John Singer Sargent, que les permitió ser recibidos nada menos que por el escritor Henry James que ejerció de cicerone por la megalópolis inglesa. ¿Sus nombres? El príncipe Edmond de Polignac, el conde Robert de Montesquieu (bien conocido por los lectores de Proust) y el doctor de apellido italiano Samuel Jean Pozzi. El hombre de la bata roja."

Con Barnes vivimos una época en la que se desarrolla el juicio al militar francés judío Dreyffus, el "caso" que dividiría al país, la condena a Oscar Wilde, el comienzo de la publicación de la saga de Proust y comienza a perfilarse el escenario que daría lugar a la Gran Guerra, el horror de la I Guerra Mundial, mientras se vive la "decadente, vertiginosa, violenta, narcisista y neurótica". Belle Épocque",  En resumen, un libro muy recomendable, no sólo para admiradores de Barnes, sino para los interesados en conocer una época extinta e irrepetible, y una persona, de gran talento y valía, ignorada por la posteridad, el doctor Pozzi, al que  nuestro escritor considera "una especie de héroe", argumentando su opinión de forma convincente.

FICHA: EL HOMBRE DE LA BATA ROJA.- Julian Barnes. Trad. Jaime Zulaika. Ed. Anagrama.302 págs.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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7 enero 2022 5 07 /01 /enero /2022 11:05

ARTÍCULO PUBLICADO EN LA REVISTA "COMPROMISO Y CULTURA" enero de 2022

Me van a permitir empezar por el final. Escribir sobre límites éticos en nuestro mundo es zambullirte en la piscina del horror desde el trampolín de la torpe (des) política que nos alarma. El escenario lo conocemos: ya sea desde nuestra pobre, vocinglera, obcecada España hasta el confluencia en ruta de colisión de las grandes potencias nuevamente polarizadas: Rusia, China “et alii”, frente a Estados Unidos y la UE, ante la mirada impotente de cientos de países cargados de problemas propios y, en torno a todos, una crisis sistémica global servida en la bandeja de una pandemia por ahora incontrolable. Por tanto, entremos en el análisis de los paradójicos límites éticos, pero no antes de rescatar un principio básico –que suena utópico- y está presente en el ser humano. Aunque ignorado, podría ser un esperanzador “quizá” como final del artículo.

Dice Simone Weil, la malograda víctima de la política del desastre de la primera mitad del siglo XX, despedazada entre el fascismo español y el nazismo alemán: “Amar y ser amado no tiene otro efecto que hacer mutuamente más concreta la existencia”. Y Josep Mª Esquirol, agudo y brillante, apostilla : “Quien no cree en lo que ve, ni en lo que toca, ni en lo que siente y, sobre todo, quien no sabe hacer del otro el prójimo y el amigo, no va bien, ni está bien. Y no puede confiar en nada ni en nadie. No cree en nada o cree que todo es una especie de nada…en cambio quien cree en lo que toca, confía y cree también en lo que no puede tocar. Porque justo por la honda sencillez de lo concreto, quien mira lo más visible, ve lo invisible. Y quien cree en lo más creíble, cree en lo increíble”. Es la revolución del individuo contra la entropía del sistema: nuestra esperanza de futuro.

El libro de Michael J. Sandel, profesor de filosofía política en Harvard, “Lo que el dinero no puede comprar” nos pone en el carril principal de la autopista del desastre por la que circula el siglo XXI (casi copiando, con otros parámetros, el desconcierto, la codicia y la estupidez de la Humanidad en las mismas décadas del siglo pasado). Como entonces, hemos topado con el quevediano “Don Dinero”, ese poderoso caballero omnipresente sin patria, alma o rostro. En este libro llegamos a saber, con bastante tristeza pero abrumador realismo, que el número de cosas que no se pueden comprar con dinero en este mundo de hoy ha disminuido de forma radical respecto a las pretensiones éticas de otros tiempos. Pongamos como posible punto de referencia de valoración humanística, la revolución francesa y la americana y la Ilustración.

Sandel nos propone una divertida lista de las “nuevas” incursiones del dinero y el mercado contra antiguas nociones éticas y buenas costumbres afirmadas por la educación, la civilización y las religiones. Con un cinismo operativo que para sí hubieran querido Maquiavelo, Adam Smith o el Marqués de Sade, las supuestas “leyes del Mercado” han conseguido que hoy día con una buena cartera de billetes usted pueda conseguirse una celda mejor si debe ingresar en prisión, comidas especiales y una cierta vigilancia de su persona. Ustedes me dirán, “eso ha sido siempre” y lo van repetir en muchos de los ejemplos. Pero hay una diferencia sustancial: antes era una “mordida”, una corruptela de guardianes u oficiales: ahora está admitido “legalmente”, nadie protesta y nadie se queja. En algunas autopistas hay un carril especial para evitar atascos para servicios y seguridad, usted podrá circular por ellos pagando una tarifa. Si quiere emigrar a Estados Unidos  y tener permiso de residencia legal basta que invierta 500.000 dólares en una zona deprimida del país y crear al menos diez puestos de trabajo.  Si quiere cazar una  especie de animal protegida por peligro de extinción, sólo es cuestión de precio. Si está dispuesto a pagar de 1.500 a 25.000 dólares anuales a su médico especialista, tendrá su teléfono móvil personal y será atendido sin esperas o vendrá a su domicilio a atenderle. La admisión de un hijo suyo en una de las mejores universidades también tiene un precio para no pasar por el exigente tribunal de admisión. Hay empresas que pagan a personas sin trabajo para que hagan colas por usted para conseguir entradas para un espectáculo o en un espacio público donde solucionar cuestiones burocráticas, o políticas.  Puede comprar el seguro de vida de un anciano o un enfermo, pagará las cuotas mensuales mientras éste viva y obtenga los beneficios del seguro cuando fallezca. En ciertos parques recreativos, pagando un entrada mucho más cara, usted y su familia no tendrán que hacer cola alguna, entrarán directamente en la atracción. Si necesita una “madre de alquiler” a bajo precio hay empresas que se la consiguen en cualquier país en desarrollo. Si necesita popularidad con fines políticos o económicos ya tenemos empresas que le convierten en un “influencer” o en un popular candidato, a través de internet y los media. Hasta los Gobiernos admiten la proliferación de empresas de seguridad privadas para que cubran exigencias en lugares o situaciones donde la policía o el ejército no llegan.

Como escribe Sandel “vivimos en una época en que casi todo puede comprarse o venderse. A lo largo de las últimas tres décadas los mercados de valores han llegado a gobernar nuestras vidas como nunca antes lo habían hecho”.  Esa intromisión de los mercados y el pensamiento orientado a su predominio en aspectos regidos por normas éticas o de convivencia no mercantiles, es uno de los hechos que nos hacen cuestionarnos los límites éticos de nuestra cultura. En ella, instituciones como colegios, hospitales, prisiones o residencias se han convertido en privadas y lucrativas para fondos de inversión, afectando no sólo la calidad del servicio sino a los principios de igualdad y solidaridad social. Todas estas situaciones crean un substrato social en el que los ciudadanos comienzan a recelar e indignarse por dos cuestiones: la desigualdad y la corrupción que se generan con el patrón hegemónico del dinero como fuente de “derechos” y la gradual pérdida de valor intrínseco del Estado como garantía de la democrática igualdad. Hemos pasado de tener una sociedad de mercado a ser una sociedad de mercado. Eso está creando un enorme rencor en la población más desfavorecida y un vacío de justicia en el discurso público. Ya no hay interlocutor válido para un debate sobre los límites éticos del mercado, pues el discurso político carece de justificación operativa ética y moral y se ha convertido en pura gestión tecnocrática. En el libro, el lector es informado de cómo podríamos proteger ciertos bienes morales y cívicos a fin de que la codicia amoral de los mercados no pueda anularlos a cambio de dinero.

Precisamente el poeta polaco Adam Zagajewski en su “En defensa del fervor” nos propone una recuperación de los valores propios de nuestra cultura: la serenidad, la valentía, el pensamiento crítico, la belleza, el respeto, la solidaridad, la empatía con los otros  y una cierta seriedad metafísica que contrarreste los excesos de una vida limitada por el poder del dinero y el mercado. Zagajewski (nacido en Lwow en 1945) recibió el premio Princesa de Asturias de las Letras en 2017, aunque es uno de los ilustres semi desconocidos en nuestro país, poco dado a la poesía últimamente, (aunque la mayoría de sus obras han sido traducidas y publicadas aquí). Fue un destacado disidente del régimen comunista polaco, que prohibió su obra,. Estuvo exiliado desde 1982  en Alemania, Francia y Estados Unidos. Sus obra poética incluye: "Ir a Lviv" (1985), "Tierra de fuego" (1994) y "Retorno" (2003). Aparte de ensayos de gran calidad como el que comento y otro titulado "Solidaridad y soledad" (1968). Falleció en marzo del año pasado.

Nuestro autor nos dice que una de las maneras con  las que uno puede renovar los lazos éticos que le deberían vincular al mundo,  es “desvelar el misterio que cubre con un tupido velo las cosas más importantes, el tiempo, el amor, el mal, la belleza y la trascendencia”. Y aceptar el grado de estimulante inseguridad que nos produce el convivir con el misterio y con la seguridad de que no hay una sola metáfora acertada para salvar a esta civilización perdida en la dialéctica del ser y el tener. En la selva de la oferta y la demanda, los límites éticos se difuminan porque es así como lo hemos aceptado inconscientemente por comodidad, interés o placer: cada vez que decimos “si” al control que va implícito con algunos “servicios” que nos proporcionan y sin los cuales la vida cotidiana sería menos cómoda y más complicada. El principio del fin fue cuando todos consideramos lógico y aceptable el aserto de que nada es gratis. De una forma u otra hay que pagar por todo lo que nuestra civilización nos proporciona (y sin lo que ya no sabemos vivir). Aunque, A.Z. nos recuerda que deberíamos evitar “conclusiones ideológicas globales que ya no están al amparo de ninguna clase de sentido del humor ni de dudas sobre la propia clarividencia”. El velo de las cosas sobre el futuro no se ha levantado y cualquier predicción es un exceso narrativo. Por ello nuestro autor nos regala una reflexión que puede poner punto final a este trabajo: “Sabemos o adivinamos que la modernidad (el estado actual de nuestra sociedad) no debe combatirse (porque nadie la vencerá) sino que achacándole muchas cosas y por más que nos indignen algunas de sus facetas menos inteligentes, debemos corregirla, completarla, mejorarla, enriquecerla, debemos hablarle. La modernidad está en nuestro interior, en nuestros adentros, y ya es demasiado tarde para limitarnos a criticarla desde fuera”. Por ello resulta evidente que una actitud intransigente, desprovista de sentido común y de humor indulgente no nos ayudará a vivir en este mundo ridículo, cruel e imperfecto.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

FICHAS

HUMANO, MÁS HUMANO.- Josep Mª Esquirol.- Ed. Acantilado.-173 págs.

LO QUE EL DINERO NO PUEDE COMPRAR.- Michael J. Sandel.- Trad. Joaquín Chamorro.- Edit. Penguin, Random House. 253 págs

EN DEFENSA DEL FERVOR. Adam Zagajewski.- Trad. A.Rubió y J. Slawomirski.- E. Acantilado.214 págs.

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3 diciembre 2021 5 03 /12 /diciembre /2021 19:32

LA PARÁBOLA DEL METAVERSO

(Publicado en La Comarca, el 031221 )

En el Génesis del Metaverso, hubo un primer momento en el que el metadios, en la vida real llamado Mark Zurckberg, miró en torno suyo y se dolía del estado en que veía a los hombres y mujeres en el  llamado mundo real. Todos sometidos a trabajos y obligaciones que eran muy superiores a sus fuerzas, semi esclavizados por deseos injertados y necesidades ilusorias, bajo cielos grises y aires contaminados, con sus panteones de dioses muertos o dormidos, bajo la férrea tiranía del poder dictatorial de un neocapitalismo salvaje…El metadios se compadeció  de esa humanidad abocada al desastre final y dijo “nazca la luz y la luz se hizo”. Se iluminaron las pantallas de todo el mundo y de la luz digital nació el metaverso. Una palabra que no había surgido de la mente privilegiada de MZ, sino de un escritor de ciencia ficción que en 1992 inventó la palabra para su novela “Snow Crash”. Pero, sigamos con la parábola.

Tras un casco/gafas de realidad virtual,  en la gran pantalla inmersiva, aparecieron las verdes campiñas, el cielo azul, el baile sosegado de las nubes, las calles ordenadas y limpias iluminadas por el sol, sin sombra de contaminación y, junto al árbol de la ciencia (antes llamado del bien y del mal), dos seres perfectos, hermosos, plenos y felices porque habían superado el dolor, la enfermedad y la muerte. Los avatares. Los había de todas clases, colores, razas, sexos y parasexos. Eran libres y gozaban de plena disponibilidad para trabajar, jugar, relacionarse sensualmente, comprar y consumir artículos digitales. Con sus almas de chips y sus apariencias transformables a golpe de “click”, el ser humano del siglo XXI podía olvidarse de la humillante historia de ser el animal más depredador e inmisericorde de la auténtica Creación. Había nacido su gemelo digital. A partir de ahí se escribiría otra historia. Y el metadios se frotó las manos de puro placer, aunque en el fondo de su cerebro nació la sombra de la duda: ¿habrá siempre energía para alimentar su metaverso?

Pero esa es otra cuestión. La que nos preocupa es, como siempre, la respuesta a la pregunta clásica: “cui prodest?”, es decir, “¿a quién beneficia?”. El sector de las empresas “tech” globales ya está babeando con la simple estimación primeriza de sus ganancias. Los 2.800 millones de usuarios del imperio de Facebook y aliados, suponen el mayor mercado de clientes que ha existido jamás. Y están en alza. Los consultores de Fondos e Inversiones estiman a la baja un negocio global de 700.000 millones de euros para el 2024. ¿Beneficiados? Desde los expertos informáticos, a los que diseñen y fabriquen el hardware que va a precisar la nueva tecnología (trajes, sensores, casos y gafas), pasando por los grupos publicitarios que promocionan tantos objetos físicos como virtuales y los especuladores de las monedas digitales… hasta Microsoft se ha apuntado al metaverso y va a crear uno dedicado únicamente a las empresas, donde se trabajará en proyectos comunes y se intercambiarán archivos técnicos y financieros.

Sigamos con la parábola. Ríanse ustedes del Gran Hermano del“1984” de Orwell y de los opresivos mundos creados por la ciencia ficción distópica, tipo “Matrix” o “Los juegos del hambre” (me viene el recuerdo de “El mundo feliz” de Huxley): con la llegada del Metaverso, el Olimpoverso estará repleto de dioses y diosecillos que reducirán a una broma infantil a los caprichosos dioses greco-romanos. En principio lo sabrán todo, absolutamente, de nosotros. Y colmarán su insaciable codicia, no con un cabritillo asado, sino con el negocio añadido de vender nuestros datos al mejor postor o cederlos a los Gobiernos a cambio de que hagan la vista gorda en otros asuntos.

Uno se pregunta qué es lo que buscan los multimillonarios que forman el Olimpo. M.Zuckerberg (Meta-Facebook, Whatsapp, Instagram), Bill Gates (Microsoft), Larry Page (Youtube, Google) Elon Musk (Tesla), etc. ¿Más dinero? No lo creo. Buscan lo mismo que todos los “dioses” han buscado desde que se adoró al primero de ellos en las cavernas: el poder absoluto ejercido de una forma lo más absoluta posible. Y la aceptación y vasallaje de los infelices y vulnerables “clientes”. Señores, vamos apañados.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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28 noviembre 2021 7 28 /11 /noviembre /2021 12:59

EL “CAPITALVIRUS” CONTAGIA GLASGOW

(Reportaje publicado en “La Comarca” el 261121)

Creo que desde los tiempos de la Torre de Babel no ha habido mayor desacuerdo en una empresa humana común, como la vista en la COP 26 de Glasgow. Sólo que aquí no ha sido cuestión de idiomas diferentes sino de concepciones opuestas y enfrentadas sobre un solo y global problema: el cambio climático. Provocado, entre otras cosas, por la emisión de gases de efecto invernadero debido al uso de combustibles fósiles.  Analizando los debates habidos y las posturas de determinados países se llega a la conclusión de que cualquier tipo de diagnóstico del problema tiene que tener en cuentan la variante patológica del “capitalvirus” que ha hecho estragos en Glasgow. La Conferencia de las Partes o COP es el órgano supremo de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC). En ella, los jefes de Estado y de Gobierno, o en su nombre los ministros, toman decisiones para intentar mitigar los efectos de la crisis climática derivados de la acción humana. Eso es la teoría. Lo cierto es que la COP (deberían ser las siglas de “Coopera O Perece”) ha sido un teatro de marionetas de alcance mundial, rodeado de las marchas populares de protesta (más de 100.000 personas) los encadenamientos de científicos en el puente George V de Glasglow y los informes negacionistas o negocionistas amparados “científicamente”, contrapuestos a otros muy alarmantes de entidades científicas tan serias como el colectivo Scientist Rebellion o la famosa Climate Action Tracker que asegura que, aunque se aplicaran muchos de los acuerdos parciales, aún así rechazados por algunos países, la temperatura a final de siglo puede llegar a los 2,4 º C . Eso supondría la aparición de los nuevos Jinetes del Apocalipsis: la contaminación letal, el calor, la sequía, las inundaciones costeras, el hambre, pandemias, el estado bélico total ante las inmigraciones masivas, la escasez de agua potable y de alimentos… el Bosco y Brueghel como profetas de una realidad del horror. Y los despliegues cínicos de los “lobbyes” que se benefician del consumo de combustibles fósiles, con más poder efectivo en sus manos que  el conjunto de los países ricos.

Las medidas de “control” basadas en la  compraventa de derechos de emisión de tales gases o las por ahora utópicas tecnologías de “captura” de esos gases, se deberían desestimar por ineficaces. Incluyendo, por ejemplo, las controvertidas plantas de carbón que tienen sistemas para “almacenar” en el subsuelo sus gases residuales o los visionarios que hablan de un “casquete” de diamantes en torno al planeta que filtraría las emisiones solares). Estas parten de un principio evidente: mantener el uso de combustibles fósiles y la emisión de gases sobre todo en beneficio de países como Arabia Saudi, Brasil, Australia, EE.UU. India, China y Rusia, entre otros, que oscilan cínicamente entre el negacionismo y las fantasías de supuesto control. Y ante las evidencias de que el clima está mutando y ya empiezan a verse los efectos perniciosos, confían en un “deus ex machina” del futuro que lo solucionará todo en el último momento. Vamos, como el 7º de caballería de los western de antes.

No hace falta ser un Maquiavelo para percibir en pleno funcionamiento por los pasillos y salones, intervenciones, excusas y negaciones, incluso en los descafeinados “tratados” aprobados, los efectos perniciosos del “capitalvirus”, el poderoso caballero cuyo omnímodo bastón de mando dirige la ceguera internacional de muchos países, de toda la gama ideológica –eso en estos tiempos sólo tiene un valor testimonial-. Por aquí tenemos un dicho cuyo egoísmo, insolidaridad e ignorancia claman al cielo: “el que venga atrás que arree”. Pero ya no hay quien “venga atrás”. Las generaciones vivas son las que van a sufrir las consecuencias de la codicia de beneficios que no permite ver que tenemos una bomba de extinción programada sobre la mesa de la Humanidad.

Los acuerdos son escandalosamente hipócritas y obtusos respecto a la realidad: se pide con gran miramiento (no vayan a enfadarse los países que se lucran) que se eliminen “gradualmente” las emisiones de los combustibles fósiles y los subsidios (además las subvencionamos), se aconseja crear un fondo para compensar “pérdidas y daños” causados por los estragos climáticos  que van a llegar y, curiosamente, se mantiene “vivo” el objetivo de reducir el calentamiento global para no sobrepasar el 1,5 ºC. ¿Es una broma o es que la idiocia o idiotismo se ha apoderado del género humano? Es decir, se acepta la realidad de las crisis, pero se ajusta su percepción y contra medidas a los intereses de los países que se benefician de ella y se regatean compensaciones a los países en desarrollo que seguirán consumiendo y algunos produciendo en su territorio –beneficiando a los países ricos-  el mismo tipo de combustible fósil que nos lleva raudos a una crisis climática sin precedentes.

Se ha propuesto otra COP para el próximo año en Sharm el Sheij, ciudad balneario egipcia entre el desierto del Sinai y al Mar Rojo. Una elección que muestra la hipócrita inconsciencia de nuestros respetables –no respetados- mandamases. La COP 26 ha sido una tomadura de pelo y la 27 dará ocasión para que el Congreso se divierta. Total, sólo nos estamos jugando el futuro humano. ¿De qué nos sirve las buenas intenciones pactadas como que EE.UU. y China negocien la reducción de sus respectivas emisiones de esos gases (aunque ni Pekin, ni Moscú ni India han aceptado incluir al metano en esos pactos)? ¿O que 114 Estados acuerden acabar con la deforestación para el 2030 (quedará algún árbol  en el Amazonas para esa fecha)? ¿Saben que todo lo acordado en la COP26 no tiene carácter vinculante? ¿Recuerdan que en el 2014 ya se pactó terminar con la deforestación y no se ha hecho nada al respecto en los últimos 7 años? ¿Sabían que en el acuerdo final se cambió la frase “eliminación gradual” del uso del carbón, por el de “reducción progresiva”, gracias a presiones de algunos países encabezados por India?

No hay pactos globales, ni calendarios fijos de actuación, ni normativas de obligados cumplimientos, ni entidad internacional que los revise. Y mientras, en sólo once años,  tendremos encima la “tormenta perfecta” medioambiental. Las COP no hacen más que reducir al mínimo común denominador las disensiones entre los Estados. El tímido primer paso para reducir el uso y la extracción del carbón, el petróleo y el gas y los subsidios que hasta ahora lo protegían, en la realidad no es más que papel mojado, un mero apaciguamiento teórico sin medidas operativas. Llamar “documento histórico” a este fiasco político-administrativo internacional como hizo el vicepresidente de la Comisión, Frans Timmerman, es verdad, pero en un sentido opuesto al que le dio el insigne burócrata: es histórico en la medida que es tristemente histórica la oportunidad que se ha perdido de implementar una actitud operativa eficaz para terminar con una situación que los científicos declaran “código rojo para la Humanidad”. Los “estilos de vida insostenibles y patrones de consumo derrochadores” de los países ricos como acusaba, con razón,  el delegado de la India para justificar (sin razón) su propio uso abusivo del carbón, en las últimas horas de la prórroga de la Cumbre, fue una maniobra comprensible pero no justa ni pertinente.

Quizá va siendo hora de que los países ricos y los pobres lleguen a acuerdos económicos compensatorios justos y equilibrados que enfoquen la reducción drástica, progresiva y regulada de la emisión de gases invernadero, a través de un organismo internacional transparente con capacidad jurídica y ejecutiva global que responda de una política común anti-desastre climático, por encima de Gobiernos e ideologías. Lo cual, en este momento, es utópico, aunque posible en un futuro próximo.

Tras esta COP26, la decepción y los augurios nefastos se han disparado y la meta de no superar el umbral del 1,5ºC para fines de siglo, se presenta tan utópica e irrealizable como que exista un consenso que supere la brecha riqueza-pobreza y se acuerde unos fondos que compensen la desigualdad. Ya en 2020 en Paris se aprobó un fondo anual de 100.000 millones de dólares que nunca vio la luz. Ahora se ha pedido que en 2023 se ponga en marcha por fin tal fondo. El “capitalvirus” es inclemente, ya sea por exceso o por defecto. Y como el “coronavirus”, no entiende de fronteras, de Gobiernos o de entidades supranacionales. El “capitalismo verde” es un oxímoron. El culpable directo o directo de la situación es el capitalismo estructurado desde la Revolución Industrial hasta nuestros días,  que se disfraza de tecnología verde. El problema es el sistema de vida creado por el “capitalvirus”. Hay que cambiar el sistema. Y debe ser con una dinámica evolutiva y democrática, no revolucionaria…pero sí honesta, firme y solidaria.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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