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7 octubre 2025 2 07 /10 /octubre /2025 18:16

LOGOI 426

YO, JANE; TÚ, CHITA

Algunas veces, pocas, la Naturaleza parece propiciar existencias  ejemplares usando elementos de la cultura popular, películas, novelas de acción, comics... Pensaba en ello cuando leía el pasado miércoles la noticia del fallecimiento, a los 91 años, de la etóloga y primatóloga Jane Goodall  (nacida en Londres el 3 de abril de 1934), que fue Mensajera de la Paz de la ONU en 2002, premio Príncipe de Asturias en 2003 y en 2006 Medalla de Oro de la UNESCO.

Jane leyó a los 10 años la novela de Edgar Rice Burroughs “Tarzán de los Monos” y después vio las películas y las series de los años 30 y 40 sobre África, la selva y sobre todo los chimpancés y orangutanes (la mona Chita, como ejemplo -que en realidad era macho-) y se sintió firmemente atraída por el sueño de vivir allí y dedicarse a estudio de esos animales. Fue con 26 años, en julio de 1960, cuando pudo viajar al Parque Nacional de Gombe en Tanzania donde abrió una etapa nueva en la investigación y preservación de las especies de primates. Y cuando ya era una científica famosa solía bromear con el origen de su vocación, cuando decía: “Tarzán se casó con la Jane equivocada”.

El antropólogo Louis Leakey fue el mentor científico de Jane, facilitándole los medios y contactos para que realizara sus geniales descubrimientos sobre el comportamiento complejo de los chimpancés, el uso de objetos y herramientas y sus formas de interacción social, aprendizaje y conductas.  Fue un intuitivo apoyo personal ya que Jane no poseía formación científica pero  lo compensaba con una obstinación  y un amor total hacia esos animales, hasta el punto de querer dedicar su vida a la observación y estudio de la especie. Ella logró confirmar y demostrar que la característica supuestamente solo humana de fabricación de herramientas para objetivos propios, también la poseían los primates. También descubrió que son omnívoros, que se aman y se cortejan en forma semejante a la humana y que tienen una agresividad, en solitario y en grupo, que calificaríamos de “humana” si pretendiéramos insultarles (los humanos les superamos holgadamente en crueldad y salvajismo).

En la década de los 80,  Jane ya había obtenido un doctorado, tenía un hijo (su marido, fallecido, era un célebre fotógrafo), había fundado un Instituto que lleva su nombre y se había convertido en una activista en pro de la sostenibilidad ambiental y el bienestar animal, a través de numerosos libros y charlas por todo el mundo. La icónica fotografía del “National Geographic” de 1965 donde se la ve agachada extendiendo su brazo derecho hacia un bebé de chimpancé, llamado Flint, mientras éste extiende hacia ella su brazo izquierdo, la convirtió en una celebridad. Como ella decía: “Hay que abandonar la idea de que los humanos son los únicos seres con personalidad, mente y emociones”.

Descubrimientos recientes no sólo han vuelto a confirmar la “cercanía” entre el hombre y esos animales, han eliminado la creencia de que somos una especie evolucionada de primates y aseguran más bien que esos primates pertenecen a una rama evolutiva de descendientes nuestros.

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7 octubre 2025 2 07 /10 /octubre /2025 15:53

publicado en Compromiso y Cultura, octubre 2025

Los ciudadanos corrientes de la actual sociedad tecnológica avanzada están sometidos a un contagio sin precedentes por el aumento imparable de la idiotez, la imbecilidad y el cretinismo en las personas  


Hay épocas en las que la idiotez parece extenderse por el mundo como una pandemia global y ésta es una de ellas. Lógicamente en España también la imbecilidad  campa libremente entre determinados políticos, personajes públicos, instituciones, municipios, deportistas, influencers de la Red, gente del espectáculo y algunos pensadores y literatos despistados. Y queda más de manifiesto en momentos de crisis, como los groseros enfrentamientos de políticos en el Congreso y en las redes, el horror de Israel y Gaza convertido en debate vergonzante o los últimos dislates del  inefable Trump –símbolo perfecto de la estulticia -  y, como síntoma alarmante, el empoderamiento de la ultraderecha en una Europa que parece nostálgica de la cruz gamada.

 La lectura del reciente libro de Pino Aprile “Nuevo elogio del imbécil” y el de Máximo Rovere, "¿Qué hacemos con los idiotas?" me ha recordado un excelente trabajo del italiano Carlo Cipolla "Leyes fundamentales de la estupidez humana", integrado en el volumen “Allegro ma non tropo”. Ya Flaubert advertía que en el "estupidismo" se encontraba una de las claves activas e inevitables de los errores humanos en la historia de todos los países y épocas. Glucksmann se hace eco de ello y asegura que la estupidez, la idiotez, la memez, la mezquina y bobalicona insistencia en tener razón en lo que sea, no es algo banal ni intrascendente: es uno de los cánceres de la historia. Más allá de los jinetes del Apocalipsis, que decían que eran cuatro, cabalga el quinto jinete envolviendo a todos con un manto tan invisible y letal como ella misma, la estupidez.
Para comprender su gravedad, les cito, las seis leyes que rigen la idiotez, según Carlo Cipolla  (corroboradas por Pino Aprile, Máxime Rovere y Ponte di Pino), que la convierten en "una de las más poderosas y oscuras fuerzas que impiden el crecimiento del bienestar y de la felicidad humana”: 1ª) siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo; 2ª) la posibilidad de que una persona determinada sea una estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma; 3ª) una persona imbécil causa daño a otra persona o grupo de personas, sin obtener al mismo tiempo un provecho para sí o, incluso obteniendo un perjuicio;4ª) las personas no idiotas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas. En especial olvidan que en cualquier momento o lugar, en cualquier circunstancia pueden tratar y/o se asocian con individuos estúpidos. 5ª) La persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe, incluso más que el malvado. Y 6ª) Un país va a la ruina cuando el porcentaje de malvados prospera al tiempo que el de estúpidos, junto a un notable incremento de número de incautos en la población total.

Pino Aprile nos matiza el tema con otras seis leyes de la idiotez: 1.-El tonto vive, el listo muere; 2.-el hombre moderno vive para volverse tonto; 3.- La inteligencia trabaja en beneficio de la estupidez y contribuye a expandirla; 4.-La imbecilidad solo puede aumentar, no decrecer y 6.-Cuando los hombres se juntan favorecen el equilibrio del grupo hacia la idiotez. También Aprile  y Robert J. Sternberg, nos ofrecen para el mundo de la empresa una simbiosis de los principios de Peter y la Ley de Parkinson: a.-En una jerarquía todos tienden a ascender hasta el límite de su capacidad; b.-A partir de ese momento comienzan a multiplicar sus tareas para ocultar su incompetencia. Y c.- no se le ocurra sugerir a su jefe una forma de hacer las cosas mejor, ganar tiempo y favorecer al administrado, le dirán que se limite a hacer su trabajo o que dimita.

Aunque el mundo cotidiano de uno parece desenvolverse con amabilidad, por supuesto con el telón de fondo de los horrores de nuestra época, también nuestra tranquila intimidad es un espejismo. Si sales de tu trabajo, el gimnasio, el teatro, el super, el concierto o tu hogar, en cualquier lugar, en la más inofensiva de las circunstancias y por un motivo de lo más banal, topas con algún memo. Y el mundo casi-perfecto se volatiliza. Hombre o mujer, joven o viejo, esa persona instaura un elemento entre él y usted que hace que su propia inteligencia y comprensión decaiga, se desvanezca. Entra en una situación en la que su ansia de comprender lo que ocurre, lo que le dice el imbécil o sus argumentos, cuando los tiene, se convierte en una labor imposible: eso anula su capacidad de análisis y razonamiento y por un extraño sortilegio se escucha tratando de balbucear en su  argot y plegarse a su extraño y peculiar modo de relacionarse. Hasta el punto que el idiota, triunfante en su pegajosa y a veces agresiva estupidez, piensa que el idiota es usted. No importa que lo que trata de hacer beneficie directa o indirectamente al estúpido: tratará de obstaculizarle y como decía Rovere "intentará ahogar tus argumentos con razonamientos sin fin, responderá a tu benevolencia con amenazas, tu afabilidad con violencia y ridiculizará tu busca del bien común, aunque dañe su propio interés individual". El refranero popular es tajante: "el estúpido es más peligroso que el malvado".

Decía Schopenhauer que en la historia, los siglos van pasando unos parecidos a otros, bajo dos elementos comunes: la maldad (o la crueldad) y la estupidez de los hombres. O como decía otro autor: "la persona verdaderamente imbécil no es sino aquella que confunde su razón con la razón universal; quien cree saberlo todo, que se queda pasmado ante su propia inteligencia y no necesita moverse de ese punto, quien deambula con la inercia de su propio pensamiento sin tener en cuenta el del resto". Y eso tiene un peligro: la idiotez es algo evidente para casi todos, excepto para el que la sufre. A veces lo peligroso no es ser estúpido sino creer estar exento de la estupidez. Y así llegamos a una constatación: todos tenemos momentos, de mayor o menor duración, en que somos imbéciles irremediables. Puede ser una simple circunstancia, en la que perdemos la razón de vista. La cuestión, para no sentar plaza de estúpido, es darse cuenta de cuando uno lo es y analizar los hechos y las actitudes, hacer propósito de enmienda y grabar en la propia mente lo vivido como una "guía de perplejos" a la que acudir en próximas ocasiones.

Siempre hay un cretino en cualquier recodo de nuestra mente, dispuesto a tomar el control y hacer valer sus "derechos" cuanto menos te lo esperas. El profesor Rovere propone tres principios básicos a tener en cuenta cuando uno afronta el problema de la estupidez: 1, siempre somos el imbécil de alguien; 2, Las formas de idiotez son infinitas y 3, hay un tonto en nuestro interior esperando manifestarse (lo normal es que no se lo permitamos, pero lo intenta). En cuanto nos relacionamos con un idiota, de una forma automática, lo que hay de bobo en nosotros, vibra por simpatía energética  y se siente atraído por el/la persona que nos estimula, anula el pensamiento crítico, desvirtúa nuestro sentido común y nos impulsa a un comportamiento semejante. Normalmente uno logra evitar ese contagio. ¿Cómo? Tratando de usar su capacidad de comprensión y, si es posible, de empatía. No hay otra salida. Un rechazo frontal es una trampa que provoca el afloramiento de alguna forma de imbecilidad, ya sea como reacción excesiva o de agresiva.

Lo cierto es que el estúpido entra en tu círculo interactivo y crea una dinámica perversa. Cualquier cosa que digas o hagas puede ser usada en contra tuya. Si pretendes razonar con él/ella, asistirás a un choque letal entre formas distintas de entender la vida, por tanto es posible que el sentido, contenido y valor de las palabras que intercambiéis sean diferentes y a veces opuestos. Es conveniente analizar la situación, anular respuestas precipitadas y enlentecer con cortesía el desarrollo. No se puede convencer al idiota, hay que aplacarle y buscar algún punto de contacto no beligerante. En esas ocasiones hay que estar atento a encontrar una vía de escape que cause el menos daño posible.

Gracias a internet la cantidad de cretinos ha crecido exponencialmente: nunca en toda la historia de la humanidad tantos tontos han podido decir tantas idioteces a tantas personas y tan pocos sujetos han podido librarse de ellas sin pagar el impuesto de pasar por tontos. La única actitud racional que puede aliviar la carga negativa que suele contagiar el idiota es escuchar benévolamente, haciendo un sincero esfuerzo por entender la argumentación, si la hay, o procurar no perder la paciencia ni el control si no la hay. La ira, el rechazo, la violencia, hace que nuestro imbécil interno tome las riendas de inmediato. En algunos casos, la huida es una victoria. Y, en última instancia, hay una vacuna, no siempre está disponible:  poner tierra de por medio entre el/los imbéciles y uno mismo.

La relación social es el caldo de cultivo básico del idiota.  Los consejos éticos al uso no sirven para lidiar con la imbecilidad, ya que la actitud, las palabras o las acciones de los idiotas suelen atacar la base ética de la sociedad, no como una acción  destructiva del signo que sea, ni como una ideología del caos, sino con la "inocente", corrosiva y disparatada seguridad del que cree obrar “razonablemente” (según un código personal al que no tenemos acceso y que no es coherente con la ética al uso).  Pero lo más peligroso de esa pandemia es que encumbra a los "mejores" memos a los puestos de poder, ya que ellos son el reflejo exacto de la mediocridad que subyace en nuestra cultura adocenada que se extiende y fructifica gracias a los medios digitales y su globalización. Como dijo alguien muy amargado por estas cuestiones, los estúpidos no son mayoría, pero la mayoría casi siempre es idiota.

Todos los seres humanos son majaderos en ciertos momentos de sus vidas,  pero la mayoría lo son durante mucho más tiempo. Esta es una teoría y según Popper, no existen las teorías verdaderas, sino aquellas que han sido contrastadas sin poder ser falseadas. Pero aunque esta fuera falseada (que yo sepa nadie lo ha logrado), no hay que desecharla, porque la bobería es un principio dinámico y muy contagioso. Es como si a través de las Redes o la I.A. nos hicieran un lavado de cerebro para dominarnos aún mejor y controlarnos a todos (y no es conspiranoia). No olvidemos la existencia larvada de los mini-imbéciles: los que se cuelan en las colas, el que se salta las normas de circulación porque cree que nadie lo va a ver, el que se cisca en las normas de higiene pública o de buena vecindad porque le conviene.

En sus aleccionadores  ensayos, cuajados de buen humor e inteligencia coloquial, Pino Aprile  y Robert J. Sternberg (y sus autores)  comentan con solvencia las fallas del sistema y sus reinos de taifas, la administración púbica y el funcionariado. Y dentro de ellos, la existencia de individuos inteligentes, aunque sujetos a los efectos de la estupidez: la memez reinante está preparada para reducir la capacidad de impacto de las inteligencias libres, creativas, disruptivas y disonantes. Ya que si éstas prosperasen o incluso si llegasen a algún cargo de dirección, arruinarían el mediocre tinglado en su totalidad y acabarían con la perpetuación del sistema, su principio esencial. Pero eso no ocurrirá­: la humanidad desarrolló durante millones de años una inteligencia capaz de hacerla sobrevivir y ahora ésta ya parace innecesaria porque todo funciona más o menos solo. Por tanto  una inteligencia ajena a la perpetuación del sistema apenas afectaría su pacífica y bovina continuidad.

Para terminar, una pregunta al lector: ¿a cuál de los cuatro tipos humanos propuestos por nuestros autores pertenecen algunas de las personas que usted conoce? Observe: incautos,  inteligentes, malvados  o estúpidos. Estos últimos, ya sabe, son de lo peor. “El incauto es una persona que es capaz de beneficiar a los demás incluso perjudicándose a sí mismo. El inteligente toma las decisiones más precisas para beneficiarse él pero, también, a los demás. El malvado actúa movido sólo por el beneficio propio sin importarle perjudicar a los otros. En cuanto al estúpido…es esa persona capaz de perjudicar a los demás sin beneficiarse él o incluso perjudicándose o sin pretender ninguna de las dos cosas. Es decir, una persona inteligente puede tender a ser incauta (cuanto más incauta sea, menos se beneficiará a sí misma y más a los demás); o a ser malvada (cuanto más se acerque a la maldad más perjudicará a los otros y más actuará en beneficio propio). El malvado oscila entre la inteligencia y la maldad. El incauto entre la estupidez y la inteligencia. El estúpido está a medio camino entre los malvados y los incautos”.

Para acabar: un estúpido puede ser analfabeto o doctor en algo, rico o necesitado, joven o viejo, de izquierdas o de derechas, creyente o ateo... Lo que diferencia al estúpido del que no lo es, suele ser el olvido frecuente de la inteligencia. Aunque tendríamos que diferenciar al inteligente del listo, siendo el inteligente el que tiene capacidad para comprender, analizar,  reflexionar y tomar decisiones mientras que el listo sería una persona hábil capaz de resolver problemas más inmediatos. “Un inteligente podrá ser algo malvado (beneficiarse a sí mismo más que a los demás) o algo incauto (beneficiar a los demás más que a sí mismo) pero es difícil que se comporte de forma completamente estúpida”.

 

FICHAS

(Algunos de estos autores han sido citados textualmente y entrecomillados. Pero el mensaje del texto en general surge de la coincidencia entre lo que ellos escribieron y la opinión del autor de este humilde análisis)


¿QUÉ HACEMOS CON LOS IDIOTAS?.- Maxime Rovere.-Trad. Núria Petit.- Ed. Paidós. 138 págs.

LAS LEYES FUNDAMENTALES DE LA ESTUPIDEZ HUMANA.- ALLEGRO MA NON TROPO.- Carlo Cipolla.- Editorial Crítica-Trad. María Pons

NUEVO ELOGIO DEL IMBÉCIL.-Pino Aprile, -Ed.Gatopardo- Trad. Juan Manuel Salmerón

EL QUE NO LEA ESTE LIBRO ES UN IMBÉCIL.- Oliviero Ponte di Pino.-Círculo de Lectores.- Trad. Esther Benitez

¿POR QUÉ LAS PERSONAS INTELIGENTES PUEDEN SER TAN ESTÚPIDAS? -Robert J. Sternberg (editor).- Ed.Ares y Mares. Trad. Elena Recasens

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1 octubre 2024 2 01 /10 /octubre /2024 18:49

LA FILOSOFÍA, ORIGEN Y ADVERTENCIA DEL PROGRESO Y DE LOS ERRORES DEL SIGLO XXI

 

LEIBNIZ, KANT Y KIERKEGAARD, TRES GENIOS QUE ANTICIPARON EL SINGULAR PERO PROBLEMÁTICO PRESENTE DE LA HUMANIDAD

 

 Ustedes se preguntarán qué diablos tienen en común, qué objetivos semejantes o qué vidas en paralelo unen a estos tres hombres –Gottfried Leibniz, 1646-1716; Inmmanuel Kant (1724-1804) y  Soren Kierkegaard (1813-1855), que viven encabalgados en  tres siglos y a los que nadie propondría como los Tres Camaradas de la Filosofía, por sus temas, sus métodos y el desarrollo intelectual de sus ideas. Sólo hay una semejanza  que une a los tres: su inteligencia y la ambición “totalizadora” de sus obras ( más evidente en Leibniz y Kant que en Kierkegaard).

Aparte de leer o repasar las obras de estos tres colosos filosóficos me he basado en tres libros recientes aparecidos donde se analizan la vida, obra y repercusiones de cada uno de ellos: EL MEJOR DE LOS MUNDOS POSIBLES (Los 7 días que cambiaron la vida de Leibniz) de MICHAEL KEMPE –Ed. Taurus; EL TORBELLINO KANT de NORBERT BILBENY- Ed.Ariel: KIERKEGAARD, El filósofo de la angustia y la seducción de JOAKIM GARFF- Tusquets Editores.

Dos circunstancias despertaron mi atención para realizar este trabajo. Una, el debate periodístico y cultural sobre la cada vez más evidente necesidad de nutrir y dar mucha mayor importancia a los estudios y la formación filosófica en los planes educativos y –idealmente- en los medios de comunicación en general. Es una cuestión que crece exponencialmente ante el impacto de las nuevas tecnologías en el desarrollo mental e intelectual de las personas: desde la hegemonía operativa de los móviles, las Redes, la IA y las implicaciones tecnológicas en nuestras labores en su totalidad; desde las más íntimas, a las laborales y las sociales. Una tendencia invasiva que llega a cuestionar la misma existencia del ser humano, superado en todo por la máquina, excepto en el núcleo de su propio ser: las emociones y sentimientos desde lo personal, lo familiar, lo social y lo político. La segunda circunstancia, que se sigue basando en la constante aparición de libros y artículos de prensa y revistas especializadas o debates públicos en los que se reivindica una mayor presencia de la filosofía en la formación escolar, universitaria –aunque sea técnica- y en todos los medios de comunicación, de argumentos en favor de esa necesidad. Y en esos trabajos se perciben algunas veces citas de los tres filósofos citados y en alguna ocasión a los tres conjuntamente, porque sus aportaciones teóricas y de especulación filosófica resuenan llamativamente en muchos aspectos de nuestro presente socio-tecnológico, la moral y el sentido ético, las actitudes y comportamientos de las población global. Como aseguraba uno de esos trabajos citados, el optimismo de Leibniz, el humanismo de Kant y la angustia existencial de Kierkegaard (hay muchos más elementos) han influido de manera directa en bastantes aspectos de las ideas, comportamientos sociales y conceptos filosóficos propios de  los siglos XX y XXI. Estos tres filósofos sugieren tras una lectura atenta y alternante, que han contribuido de manera muy especial a constituir el corpus de muchos de los problemas, progresos, errores y hallazgos de la filosofía del momento y su reflejo en la sociedad actual.

 

 GOTTFRIED LEIBNIZ

 

Comencemos este paseo filosófico con Leibniz. Cercano a Descartes y Spinoza, racionalista contumaz, despejó el camino en pleno siglo XVII  a los hervores revolucionarios de la Ilustración que acontecerían en el siglo siguiente. Cuando Descartes le dio una patada –pienso, luego existo-  a los siglos de filosofía escolástica y medieval sin llegar  a oponérseles del todo –eso le hubiera acarreado problemas- pero sentando la base de ruptura con la tradición establecida a través de la duda metódica,  hizo temblar los cimientos de las estructuras del pensamiento, casi a la altura del “sólo sé que no sé nada” socrático. Leibniz, campeón del conocimiento de ámbito universal, añadía valores donde Descartes los restaba. Y si este buscaba la simplicidad racional y simple de un comienzo radical como apertura al conocimiento, Leibniz abría generosamente la mente a todos los conocimientos y materias para revalorizar y, al tiempo, renovar: desde el campo de la justicia y el derecho a la psicología, la filosofía y las ciencias humanas, desde la física al conjunto de las ciencias naturales, sin desdeñar la política, la historia e incluso la técnica curiosa y específica de ordenar y mantener e enriquecer las bibliotecas.  Y no sólo aportó relevantes adelantos en todas esas materias sino que, siguiendo el consejo estoico, pasó a la acción y aplicó esos conocimientos a la vida práctica pública y privado, ejerciendo  sus varios saberes en la corte de Hannover y a través de una copiosísima correspondencia con las más importantes figuras del poder político, las artes y las profesiones en su tiempo y de toda Europa.

Leibniz es la figura del sabio universal por excelencia con la particularidad de que más que establecerse en las nubes elitistas de los eruditos, sus pensamientos ofrecían siempre una índole práctica que les acercaba a todos los estamentos sociales. En eso preludiaba ya el talante de nuestra época con el sesgo pragmático y utilitarista del conocimiento. Para él, el pensamiento no debe dar la espalda a la realidad, la teoría debe ser de utilidad práctica, la complejidad no debe estar reñida con la claridad. Y el verdadero conocimiento tiene una doble base: el juicio y la invención. Es lo que ahora llamamos “innovación”: juzgar y descubrir.  Su lema personal era “Theoría cum praxis”: la teoría debe convertirse en práctica y la práctica no puede subsistir sin la teoría. Piensen que abrió el camino a la digitalización a través de su hallazgo del sistema binario, pero también diseñó las primeras máquinas de calcular, cultivó las matemáticas aplicadas: inventó un signo matemático nuevo, el de la integral que daría luz al indispensable cálculo diferencial. Su filosofía analítica y la aplicación de la lógica a la vida común resultan muy cercanas a las de hoy día. Fue en 1703  cuando creó las bases del sistema binario, fundamento de la informática. Todo ello con una particularidad: su radiante optimismo. No entendido como una posibilidad etérea, mística y poco racional, sino profundamente práctico y sencillo, basado en brillantes análisis de posibilidades y opciones. Rechaza la unilateralidad del pesimista, que condena al mundo y a sí mismo y explora las posibilidades y potencialidades que permiten un camino positivo.

Su obra principal, “Ensayo de teodicea. Acerca de la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal” razona sobre la lógica interna de la existencia del mal y el sufrimiento y el dolor en un mundo que ha sido creado por Dios, y en el que optó, en salvaguarda de la criatura humana, y su libertad de elección –que es lo que le confiere dignidad-  crear “el mejor de los mundos posibles”, en el que el mal era una parte necesaria aunque indeseable, del complejo y también necesario equilibrio -entre lo positivo y lo negativo- del mundo.  La obra rompió muchos esquemas tradicionales y logró que Voltaire la tratara de pulverizar con una novela satírica “Cándido” , en la que además de acusar a Dios de indiferencia ante la desgracia humana –cita el terrorífico terremoto de Lisboa de 1755 que causó miles de víctimas y destruyó la ciudad-  ridiculiza a Leibniz con las absurdas teorías del erudito Dr.Pangloss donde los enterados en filosofía, vieron una parodia de Leibniz. Michael Kempe, al contrario que Voltaire, ve en el optimismo de Leibniz una doctrina indispensable en nuestros días, en los que el pesimismo –que muchos llaman “realismo”- ha tomado carta de naturaleza con estos dos terribles siglos, el XX y el actual, y rezuma por todos lados su “razonable” pestilencia –en la que casi todos caemos alguna vez-.

IMMANUEL  KANT

Kant nació hace trescientos años exactos en Königsberg, entonces un enclave alemán de Prusia Oriental a orillas del Báltico. Un lugar muy apetecible estratégicamente. En 1945, tras la II guerra mundial fue ocupado por Rusia y pasó a llamarse Kaliningrado. Stalin expulsó a dos millones de alemanes que allí vivían y lo repobló con ciudadanos rusos. Sin Kant, nadie recordaría ese enclave. Fue un sorprendente profesor, enciclopédico, intelectualmente osado y revolucionario en su percepción del hombre y sus cometidos, desde el mismo origen de su pensamiento hasta todas las variedades y profundidades, ética y moral, racional, lógica, filosófica y científica de la vida personal, social y política. Casi resulta una obviedad argumentar el porqué de la perenne actualidad de este puntual (los ciudadanos de Königsberg ponían su reloj en hora cuando Kant comenzaba su cotidiano paseo matinal) y puntilloso ciudadano prusiano de hace tres siglos. Sólo les diré que en una nota a pie de página de la “Crítica de la razón pura” (1781) decía: “es la época de la crítica, a la que todo debe someterse” desbancando toda opción a la metafísica y a las mentiras. Justo lo que el siglo XXI necesita desesperadamente. Pero sigamos...

Kant es la razón práctica, es la razón teórica, es la razón pura...en suma, es la razón como atributo humano que nos hace más humanos cuando sabemos aplicarla y conocemos sus límites y variedades. Es la referencia inexcusable de cualquier humanista amante del progreso, de la democracia, las repúblicas unidas por la solidaridad y el bien común, el cosmopolitismo y el respeto a todas las variaciones, a todos los diversos seres humanos, sea cual sea el color de su piel, sus creencias religiosas o sus simpatías políticas. Y por supuesto, el estado de su bolsa. Preconizaba la necesidad del consenso y el diálogo entre las naciones, en su libro “Sobre la paz perpetua”  mientras sufría la presión de un monarca –Federico Guillermo II- con ansias dictatoriales. Dijo en su libro: “La posesión del poder perjudica  el libre juicio de la razón”. ¿Hay algo más actual que esa frase para nuestro siglo? Pues justamente vivimos en una situación en la que dominan las propagandas y los dislates más tortuosos en los medios, tan alejados de la razón kantiana como este público poder de las emociones que trata de mantener a los ciudadanos en una disfrazada minoría mental.

Fue partidario de una educación universal e igualitaria y sustentador del imperativo categórico: “Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley para todos. De tal modo que trates a la humanidad, tanto a cualquier otro como a ti mismo, como un fin en sí, no como un medio. Y que esa máxima de tu voluntad pueda valer como principio de una legislación universal”. Ahí es nada.

Las influencias –visibles o indirectas- de su pensamiento, en los siglos posteriores, se ha mantenido incólume aunque en muchísimos aspectos no ha superado la fase del “deber ser”, una meta más o menos lejana pero  posible. Para él la dignidad del hombre es un valor absoluto. Por ello debemos actuar siempre con buena conciencia y mejor voluntad y cómo, figúrense, en toda circunstancia y sin descanso debemos atrevernos a intentar comprender  lo que juzgamos incomprensible. Todo esto se encuentra en dos de sus obras: Crítica de la razón práctica (1788) y Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785).

Kant, lector del  Emilio de Rousseau, sostiene en todo momento que sólo la ética nos obliga y con el uso recto del pensamiento no hay una realidad oculta, no hay ninguna verdad fuera de nuestro alcance: no son necesarias las creencias religiosas o la subordinación a ellas. Sabemos lo que está bien porque tenemos conciencia de que existe una ley moral, aunque también, en uso de la libertad, podemos engañarnos y traicionarla. Entonces también nuestros actos se convierten en irracionales. Y también obramos en contra de aquello que por las leyes de la evolución natural tenemos grabado en nuestra mente para poder razonar sobre las experiencias posteriores. Kant esboza un pensamiento que se acerca a los principios de la física cuántica: el mundo que vemos es mucho más complejo de lo que creemos ver y  lo observado cambia por efecto de la mirada del observador. Quizá la teoría kantiana ha quedado desfasada, vía Einstein: la pura razón humana no está capacitada para alcanzar o entender la verdad absoluta. Kant pensaba que sí, aunque admitía que la razón podía entrar en contradicción consigo misma y lo esboza en una pregunta sin respuesta: ¿cómo elegir entre dos cosas que se contradicen entre sí, pero que  ambas son verdaderas?  Ese ver la existencia desde por encima de la escala humana es, según la tradición religiosa (que Kant no sigue pero respeta) ponerse a la altura divina. Kant no da un paso más, pero admite –adelantándose tres siglos- que la razón nos proporciona un medio, quizá abismal, para iniciar ese viaje. Y considera un esfuerzo bien empleado –aunque quizá no lleve a ninguna meta- pues esa navegación peligrosa es una excelente escuela para aprender a navegar en el futuro por las procelosas aguas del ser y el mundo.

Kant sitúa al hombre, al ser humano, en el centro del trabajo filosófico de toda su vida: desde sus teorías del conocimiento a sus consejos éticos y a su crítica de las religiones. Y dejó en el aire para las generaciones posteriores tres preguntas fundamentales: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer?  y ¿Qué me está permitido esperar? Las respuestas a esas preguntas configuran lo que es un hombre del siglo XXI. Y también la razón por la que Kant sigue siendo un desafío para el ser humano del siglo XXI.

SÖREN KIERKEGAARD

La magnífica biografía de Joakim Garff (la mejor de las citadas en este trabajo), en sus más de 900 páginas de apasionante recorrido por la vida de un hombre excepcional, logra ponerse a la altura del biografiado. No en vano  Garff es desde 1994 profesor  en el centro de investigación dedicado a Kierkegaard y coeditor de la obra completa del filósofo. Este libro ha sido traducido a trece idiomas y ha obtenido el premio Georg Brandes, un filósofo, crítico y ensayista danés que vivió en Copenhague en los últimos años de Kierkegaard (éste murió cuando Brandes tenía 13 años).

Para llegar a Kierkegaard tendría que hablarles detalladamente de su vida, de su soledad, de sus obras, de su angustia, de sus amores, de su desconcierto, de su agresividad ante los tontos y los malvados, de sus tormentos, de su genialidad indiscutible raramente aceptada en vida, de sus poses más o menos artificiosas, de su voluntad de ser, de su amor desesperado hacia la vida...y eso no cabe en C&C ni aunque dedicáramos todo el presente número a Kierkegaard. Por lo tanto pasaremos de puntillas por el fenómeno cultural, social y filosófico que constituye S.K. y quede aquí mi recomendación entusiasta de que aborden, primero, la biografía de Garff y después, con el orden que quieran, algunas de las obras firmadas por S.K. Después entenderán por qué les he metido en este triunvirato de filósofos que preludiaron muchos aspectos de la sociedad y el conocimiento del siglo XXI, desde el pensamiento hasta el cómic, desde la narrativa a la psicología, desde el teatro al cine.

Kierkegaard, filósofo autónomo, retador y original, con un físico ligeramente deforme y que seguramente  le inspiraba, a tenor con el desafío y el desprecio ajeno que entrañaba, una mente brillante y una retórica desafiante y provocadora (armada con un humor corrosivo), vivió una historia de desafíos, burlas, un gran amor femenino –Regine Olsen, (léase su “Diario de un seductor”)- y sufrió un calvario de penalidades, aunque con denuedo incansable, mantuvo una cruzada personal llena de sentido común y mala uva contra la rígida y poderosa Iglesia de su país.

De hecho lo más interesante de su vida íntima nos lo ha proporcionado el propio S.K. en los numerosos datos y comentarios autobiográficos de su obra, escrita sin tapujos, ni disfraces, honesta hasta lo inconcebible, desgarrada y tan llena de matices provocativos por su sinceridad que se le considera el antecedente más sincero de todo lo que caracterizó ese movimiento llamado existencialismo. El cual estallaría muchos años después de la mano de los filósofos y escritores franceses, extendiéndose como una gran mancha de pintura naif por toda Europa, hasta recalar –casi como algo obsceno-  en los EE.UU de los cincuenta y sesenta del pasado siglo, tomando un disfraz algo más colorista.

Acompañar a Garff en su recorrido por la difícil pero sumamente creativa existencia de S.K., entre la popularidad y el desprecio, la riqueza (pertenecía a la élite económica de la ciudad) y la pobreza (“no tengo ni siquiera para pagarme una lápida”), una dolorosa enfermedad terminal que acabaría con él a los 42 años y los altibajos de una vida dedicada a la escritura y el pensamiento y a la crítica sin cuartel contra el rigor y la hipocresía de la Iglesia de Dinamarca...y al mismo tiempo sus diferencias con el padre severo (al que amaba y era correspondido, a pesar de los choques), su grafomanía triunfante que le hacía escribir siempre protegido por  pseudónimos y su presencia –una joroba que afeaba y singularizaba su aspecto atildado y siempre bien vestido (fue objeto de caricaturas y bromas de mal gusto)- pero sobre todo por su espíritu crítico y nada conciliador, iconoclasta y heterodoxo, que alborotaba a la grey conservadora de su ciudad. Tampoco su relación con Regine Olsen que le inspiró miles de páginas hermosas, sensuales, profundamente agudas, sobre el amor, llegó a ningún puerto seguro. S.K. rompió su compromiso con ella sin dar explicaciones. Como escribe un comentarista de su figura, “amaba la vida como pocos pero sufría como nadie”.

Pero esa desdicha personal también se reflejó en el siglo XX, cuando sus ideas sustentaron el entramado filosófico y vitalista del existencialismo. Muchos filósofos, practicantes o aficionados, tienen muy en cuenta su célebre definición de la existencia en tres posibles modos de vivir: el estético, el ético y el religioso. Los tres estadios o esferas estructuran el proceso de la vida humana (“Estadios en el camino de la vida” -1845, publicado con el pseudónimo Frater Taciturnus). Como él mismo aclara: “La esfera estética es la esfera de la inmediatez, la ética la esfera de la exigencia –tan infinita e inabarcable que acaba afectando al individuo- y la religiosa la esfera de la plenitud.” Pero eso, nos advierte, son “saltos” casi cuánticos, diríamos hoy, que conducen a otra dimensión ya que el sujeto se juega su existencia a todo o nada en cada una de las esferas. Esa rotundidad en la entrega y el proceso es lo que define el talante existencialista.

Toda su apasionada obra está llena de ironía, de humor, de parábolas que cumplen una función: de hecho agrandan el placer que da su lectura y muestra por una vía afectiva más que discursiva o racional la verdad moral que desea transmitir, ignorando los rígidos límites del concepto y proyectando lo que propone hacia la acción y la vida. Se dice que su humor irónico y activo, punzante, está a la altura de muchos textos de Kafka, de Becket o incluso, apunta otro comentarista, de Melville (“el genial “Bartleby, el escribiente” con su célebre “Preferiría no hacerlo”) con un descaro que limita con el absurdo, usado por S.K. en algunos textos llenos de arrebato burlón. La mayoría de sus obras –ocho, según él) las firmó con pseudónimo (excepto las religiosas). Victor Eremita, A, Juez William,  Johannes de Silentio que firma “Temor y Temblor”, Vigilius Haufniensis (“El concepto de la angustia”), Nicolaus Notabene (“Prefacios”), Hilarius Bookbinder (Estadios en el camino de la vida), Johannes Climacus (“Migajas filosóficas”), Anti-Climacus (“La enfermedad mortal” y “Práctica del cristianismo”). Precisamente en esta última deja escapar un  dardo contra los pastores religiosos de la Iglesia Danesa, (y también contra su propio padre, que le inició en un cristianismo duro y severo): “nada hay más ridículo en la práctica que ver las categorías religiosas empleadas con gravedad estúpida, en vez de emplearlas con ingenio y jovialidad”

Siguiendo con el existencialismo, Sartre, el abanderado del movimiento, no reconoció nunca la deuda con S.K. y desdeñó el mensaje de renovación ética y autenticidad de la faceta religiosa del hombre, una de las claves de la obra del danés. Sin embargo Karl Jaspers y Albert Camus confrontaron el legado filosófico de Kierkegaard, Jaspers desde la psiquiatría y el análisis renovador de la enfermedad mental bajo la crisis existencial y Camus arguyendo que la crisis vital es más debida al absurdo existencial que a la religión. Pero tanto Heidegger como Unamuno, reconocen la influencia de Kierkegaard (el español hasta el punto de aprender danés para seguir las teorías del que calificaba como su “hermano”). Pero en ellos –y en muchos de nosotros, seres del siglo XXI- resuena la opinión de S.K. de que el origen del pensar humano no es el pensamiento abstracto o conceptual en sí mismo, sino el sentimiento: el sentir, el deseo, el placer o el dolor que provoca, eso es el dato básico del pensar humano, “todo lo demás es derivado”. Léanle pues...pero si es posible, detrás de la lectura de la biografía de Garff. Comprenderán, incluso, la anécdota con la que terminó su vida. Pidió la extremaunción. Pero debía dársela un lego, no un sacerdote de la Iglesia danesa, corrompidos todos. Por supuesto no hubo tal ceremonia y se fue ante San Pedro con su joroba y su humilde desparpajo. Quiero pensar que, conmovido, el viejo san Pedro le abrió la puerta. El sabía lo que era negar, hasta por tres veces. -ALBERTO DÍAZ RUEDA

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12 mayo 2024 7 12 /05 /mayo /2024 11:40

OBSERVATORIO POLÍTICO INTERNACIONAL

EL “GRAN HERMANO” DEL SIGLO XXI

La ‘tecnodictadura’ es la mayor amenaza real contra la paz, la libertad, la democracia y el progreso en el mundo.

 

George Orwell (Eric Arthur Blair) dibujó un terrible futuro ‘distópico’ en su novela “1984”, publicada en 1949 y que ahora, 75 años más tarde, se relee con toda su fuerza simbólica, reflejada en algo tan cercano y cotidiano que da escalofríos pensar...que se quedó corto. Es decir, la realidad socio-política, económica, ecológica, bélica, inmigratoria, destructiva y genocida de los angustiosos años 20 del siglo XXI, supera con creces la mayoría de las suposiciones imaginativas del escritor inglés (nacido en India en 1903 y fallecido en Londres en 1950) que luchó en nuestra guerra civil en el lado republicano.  Orwell pretendió con esta novela y con “Rebelión en la granja” mostrar las características del régimen de Stalin –o de Hitler, en el otro extremo- y fantasear con las consecuencias de su implantación en cualquier país. Y eso que no llegó a conocer a Pol Pot, Mao y tantos otros “tiranos” del siglo XX (sin olvidar a Putin, Bolsonaro, Kim y Trump en el XXI) Sin embargo lo que cambió en los últimos años es que ya no se trata de regímenes totalitarios fascistas o neonazis, sino que son los países con gobiernos democráticos los que  se ven sometidos a los efectos perniciosos de la “tecnodictadura”,  ya que el poder político (y el económico, por otras causas) comienzan a estar sometidos a las exigencias y auge de los bulos, las campañas digitales y una despolitización creciente provocada por la polarización suicida del espectro político. Unan a esto el estilo de vida que el nuevo capitalismo impone, la aceleración, la pérdida del sentido social a favor del individualismo, unido a un nacionalismo xenófobo, el consumo histérico, la exacerbación del odio al “distinto otro” y a la diversidad, y la relativización de la verdad en la comunicación. Todo ello crea el caldo de cultivo apropiado para el crecimiento del poder del “Gran Hermano” tecnológico. La censura, la manipulación y la desnuda falsedad, más la selección o condena de las personas, ideas o actos, ya no procede del poder político enteramente, sino del poder oscuro, sin nombre ni rostro, que emana de las multinacionales y se realiza en las pantallas de los móviles y los ordenadores, con el eco complaciente (a la fuerza) de los medios de comunicación y el rechazo minoritario de algunos medios independientes pero, y eso es lo grave, con la aquiescencia inconsciente del ciudadano, cegado por las ofertas de entretenimiento, de consumo y de relaciones.

Como muestra un botón: el caso español. Los dos partidos en liza por el poder se han ido turnando en acusaciones de “manipulación de la democracia”. El famoso “Procedimiento de Actuación contra la Desinformación”, de 2020, (el gobierno monitorizará las redes a la búsqueda de noticias falsas y tendenciosas, a las que se dará una “respuesta política”) no vale en este momento ni el precio del papel donde se ha impreso. Como el asunto proviene del PSOE, el PP le acusa de intentar convertirse en un orwelliano “Ministerio de la Verdad”. “Un ataque intolerable a la democracia”, olvidando su papel anterior en el tema y su uso negativo de los medios digitales a su disposición. Pero los pseudomedios o “máquina del fango”  hacen leña del árbol caído, a decir verdad, ya sea el PSOE o el PP, (a propósito evito entrar, por simple decoro, en la dinámica del resto de partidos y sus Comunidades). Así que seguimos igual, o mejor dicho creciendo en ese conocido diagnóstico social: aumento de la polarización, crispación en alza en el mundo político y una desconfianza ciudadana de la que se aprovechan los extremos políticos de siempre. Lo cierto es que en Europa ya se nos considera uno de los países más vulnerable a la desinformación digital. La cual procede demasiado a menudo de la misma clase política que padece sus efectos. Todos usan en la red montajes que siguen, según un grupo de expertos en manipulación digital, modelos muy conocidos: el de “sesgo cognitivo” (forzar la predisposición a creer determinadas cosas y no otras, independientemente de su veracidad); la “jajaganda” (hacer humor grueso para ridiculizar a instituciones o personas); “algoritmitis” (los motores de búsqueda y las redes filtran contenidos de impacto y usan algoritmos para llamar la atención del ciudadano y decantar opiniones, rechazos o adhesiones). La única diferencia con el “Gran Hermano” televisivo de Orwell, es que detrás de esas pantallas no hay un dictador con su propio programa “político” hegemónico, sino que hay varios aspirantes al cargo, políticos o económicos, enfrentados entre sí, pero con la cuota de poder suficiente como  para tener acceso a alguno de los “motores” de desinformación global que el “Sistema” tecnológico pone a su disposición (al precio que sea).

Distinguir a los “pseudomedios” de los que no lo son y tratan de canalizar una información veraz, pasa por algo tan obvio como proponer una ley que obligue a todos los medios, cadenas y plataformas a hacer públicas sus fuentes de financiación. Y el segundo punto, en el que insistimos una y otra vez los que escribimos sobre estos temas, es un problema de educación general, de alfabetización digital del ciudadano y de exigir a éste ampliar los principios éticos en los que se debe fundar la convivencia y las relaciones sociales (también las familiares) y el respeto hacia la diversidad. Solo esa educación puede enseñar al individuo a distinguir y contrastar fuentes y medios. Y así evitar por principio los contenidos falaces y de odio, se vistan como se vistan.

Es conveniente saber, por ejemplo, que los pseudomedios y las campañas de desinformación, no son productos creados por el azar, la tendenciosidad  o la evolución política provocada por las circunstancias. Son creaciones específicas y dirigidas a un sólo objetivo: manipular los procesos y la convivencia democrática a través de la distorsión de la realidad y  la difusión de noticias falsas. Es una herramienta de uso político, pero no hay una ideología detrás, sino un afán mercenario: se vende al mejor postor. En su manera de actuar siguen un cierto tipo de pautas. Los forenses digitales hablan de “contenidos inauténticos”. Es decir no los han producido ellos mismos, sino que roban contenidos a otros medios, los manipulan para distorsionar el mensaje y los sirven gratuitamente. Con la aparición de la IA y sus modelos generativos la cuestión de la falsificación ha crecido exponencialmente. Ya no es preciso utilizar un burdo montaje fotográfico para falsear la realidad, como Stalin hizo con Trotsky, en la célebre foto de la parada militar en Moscú. Recuerden también que el famoso Photoshop (1986), llevó hasta los particulares el arte de la manipulación fotográfica.  Pero fíjense, ahora sería posible difundir un mensaje del Papa Francisco en persona, con su imagen y su voz, pidiendo que alguien lance la bomba Atómica contra Palestina, contra Ucrania o contra el mismísimo Vaticano. Es la falsificación de lo real llevada a un extremo incontrolable, ya que los creadores de tal dislate sabrían también convertir el mensaje en viral. Y las actividades falsificadoras de la IA ya están influyendo para llevar a Trump de nuevo a la Casa Blanca o convertir a Putin en un héroe. Son campañas de videos falsos a favor del líder que convenga: aparece en todas partes y suele afectar más de lo que parece dado lo burdo del sistema.  Podrían  afectarán los resultados electorales en Europa y Estados Unidos de una forma impredecible. Esto lleva a la larga a una grave  erosión de la solidez y firmeza de la democracia.

La pregunta es: ¿Qué hay que hacer? O, más bien, ¿qué se puede hacer? , ya que lo que hay que hacer, suele estar reñido con lo que se puede hacer. Las democracias necesitan un ecosistema mediático que se defienda y extirpe ese cáncer informativo: en caso contrario el escepticismo, la incredulidad y el odio subsiguientes terminarán con ella y los pueblos volverán a estar bajo el poder de los Calígulas de turno. La única manera de obtener esa vacuna democrática sería la unión honesta y transparente, por encima de ideas y partidos, de toda la clase política, las empresas tecnológicas, las plataformas y las empresas de comunicación y marketing. Y en tanto se llega a esto (si fuese posible, cosa que está por ver) utilizar los medios reactivos y coercitivos legales para blindar a los ciudadanos, las instituciones y el sistema político democrático -de una forma pecuniaria y penal-  frente ante todos los daños que sufre el sistema en su conjunto a causa de la utilización mendaz  y tendenciosa de la información.

Con motivo del Día Mundial de la Libertad de Prensa (el 3 de mayo), las Asociaciones de Prensa de España compartieron un manifiesto titulado “Sin periodismo no hay democracia”. Se trata de regular la prensa, establecer el punto clave entre la censura y la libertad de expresión, frenar las mentiras incontroladas y distinguirlas de las críticas saludables e identificadas. Pero para eso, en primer lugar, ha de equilibrarse el comportamiento personal de los políticos del país, serenar los debates y mantener una escrupulosa y educada pulcritud y cortesía en las discusiones públicas y una conciencia clara de dos elementos: dónde empieza y termina la opinión y el carácter insobornablemente veraz de la información. Debe acabar el bailoteo impúdico de medias verdades y de medias mentiras para arrimar el ascua a la propia sardina. Ese es cometido de trileros, no de políticos que viven del erario público.

Hay que tener en cuenta cómo los discursos de odio, las conspiraciones y la violencia en las calles están relacionados entre sí. Deberíamos preguntarnos quiénes salen ganando con la creciente agresividad en las Redes, en las tribunas políticas y en los medios. En esencia lo que sí sabemos es quienes salen perdiendo: el resto, seguramente una mayoría, de ciudadanos pacíficos y razonables que pueden dialogar sin insultos y sin descalificaciones, con ese ingrediente cada vez más ignorado que se llama ‘respeto al otro’, sobre todo  cuando opina de manera distinta a nosotros. Hay que hacer notar la constante presencia de movilizaciones callejeras de trasfondo político. Con pocas excepciones, convocadas por la ultraderecha y la derecha, con un desarrollo común de signo bastante agresivo. Quizá sea ya un síntoma de la deriva polarizadora y del auge derechista en Europa.  O, tal vez, sea más bien el efecto disgregador y vírico del “síndrome del Gran Hermano” que –siguiendo la estela literaria de la novela de Orwell- está difundiendo y al tiempo disfrazando la amenaza real y letal del dominio de la ‘tecnodictadura’. De manera que, a cambio de la “comodidad” y el “entretenimiento” que ofrece a nuestra decadente sociedad, exige que nos comportemos como miembros de un rebaño sumiso, obediente a las consignas del poder. Dentro de un escenario donde se nos hace creer que somos libres, se respetan nuestros “derechos” y vivimos en una “democracia”.-ALBERTO DÍAZ RUEDA

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2 mayo 2024 4 02 /05 /mayo /2024 16:05

 

¿Cómo podríamos combatir a esa dictadura del consumo, la banalidad de la prisa y el trabajo sin límites? Tal vez sería necesaria una mentalización individual, personal, íntima, de cultivar el respeto y el goce del instante, en cualquier momento, cada día, sin permitir que la prisa instituida nos devore. Aunque también es precisa una toma de conciencia social –global- y una educación basada en el amor y el respeto a la existencia humana, sus valores y principios, sus tradiciones familiares y una ética insobornable donde sea más importante ser que poseer y donde el extraño, el distinto, el otro, sea integrado en las comunidades en igualdad de condiciones y respeto, sea cual sea el color de su piel, sus creencias y sus orígenes. Y donde el conocimiento convierta el utilitarismo en un producto secundario y no en algo esencial. Quizá sería el comienzo de la desaceleración existencial en busca del placer y el provecho. Parece un mensaje utópico pero, en realidad, ha sido evocado por pensadores de nuestro tiempo, siglos XX y XXI, del fuste de Hannah Arendt, el coreano-alemán Byung-Chul Han, Hartmut Rosa, Primo Levi, Günther Anders, Joan Carles Mèlich, Zygmunt Bauman, Heidegger, Giorgio Agamben, Sloterdijk...y otros muchos más del pasado, como Nietzsche o Cicerón.

Todos sufrimos de una forma creciente una distorsión, una ‘disincronía’ que ha atomizado el tiempo. Cuando ésta se incrusta en la vida del ciudadano de la sociedad avanzada, provoca que tengamos la  sensación de que el tiempo y con él la vida se han acelerado. Envejecemos sin “hacernos mayores”, como si la senectud fuese un indeseable y corto paso inmediato a la muerte. Los abuelos de antaño han desaparecido de la ajetreada vida urbana (sólo en el mundo rural más aislado se mantienen las viejas tradiciones ligadas a la vejez) y también el respeto y el cuidado de los ancianos. Cada vez más las familias no tienen ni tiempo ni lugar para sus ancianos y se les encierra en lugares donde no molesten hasta que desaparezcan. Vivimos bajo  el imperativo del trabajo, con el  tiempo crono limitado bajo la demanda utilitaria y el pragmatismo del rendimiento y el consumo adyacente. El filósofo germano-coreano Byung Chul-Han ofrece una posibilidad de superación de esta carrera hacia un solo final verdadero: “La crisis temporal solo se superará en el momento en que la vida activa acoja de nuevo la vida contemplativa en su seno”. Es decir, la capacidad de aceptar la demora,  desterrar la prisa establecida como estilo de vida y volver a ajustarnos al tiempo de las estaciones naturales, a la tranquilidad y a las tradiciones en las que todo tenía un ritmo sosegado y un respeto sacralizado. Lo malo es que todo el sistema tecnocapitalista en el que vivimos está montado en una doble constante que se fagocita mutuamente: la producción incesante y el consumo creciente, estimulados por un intervencionismo digital publicitario e informativo permanentes. Somos solo “ser libres para la muerte” decía Heidegger. Todo lo que nos ofrece la vida de posibilidades, de bienestar, queda anulado por una fragmentación del tiempo condicionada por una masificación y homogeneidad cada  vez mayores. El presente se reduce a picos de actualidad, las cosas envejecen muy rápido y se vuelven obsoletas, se trata de consumir más y más rápido, sin continuidad posible. Las cosas han perdido su prestigio y con él su valor. Nadie conserva nada y cuando alguien lo hace pretextando  “cuestiones de tradición y recuerdo” se le mira con prevención y se le juzga senil de inmediato.

En el siglo II a.C. el comediógrafo romano Plauto escribió: “Que los dioses maldigan al primer hombre que descubrió cómo señalar las horas y maldigan a aquél que erigió aquí un reloj de sol para cortar y despedazar de forma tan infame mis días en pequeños trozos”. A menudo quien esto escribe –admirador de Plauto- añora a los inuit (unas tribus que habitan todavía en el Ártico oriental canadiense) que tienen una lengua en la que no existe el concepto de tiempo y lo miden por los ciclos naturales y los movimientos de las estrellas. En el libro del bioquímico Carlos López Otín, se analiza la función del tiempo en el envejecimiento y la longevidad. Se nos explica con una prosa empática e ilustrada que el flujo del tiempo podría ser una percepción ilusoria de nuestra mente, pero que nuestros cuerpos reciben de forma fáctica el paso del tiempo, somos en nuestro interior biológico relojes celulares y, de una forma evidente, recibimos, respondemos y, como estamos viendo, nos afecta de manera grave ese tiempo inasible pero no rechazable. La visión científica, médica y filosófica de López Otín logra ofrecernos un relato apasionante sobre el recorrido cultural del concepto tiempo en la historia. Especial interés tiene la descripción de los intentos históricos de comprender, ordenar, medir, dominar, ignorar, olvidar y asesinar al tiempo (como en la época de la Comuna francesa, en la que se disparaba contra los relojes públicos parisinos) y también los estudios crecientes sobre la longevidad y las enfermedades asociadas  a la pérdida de la noción del tiempo. Una de las pruebas evidentes del impacto de la noción de “tiempo” en la cultura es la enorme cantidad de películas, novelas y libros dedicados a él. Este cultísimo autor adjunta en el epílogo una lista de piezas musicales, novelas, obras de arte y películas dedicadas al tema. Recuerden: “Interestelar”, “El curioso caso de Benjamin Button”, “Regreso al futuro”, “Atrapado en el tiempo” (“El día de la marmota”), “39 escalones”, “Fahrenheit 451” o “Horizontes perdidos” o “La máquina del tiempo” o “Los viajeros del tiempo”. Como muestra del estilo de este admirable libro, les adjunto un párrafo del epílogo: “El tiempo nace con el cosmos en un instante singular de un día sin ayer, atraviesa como una flecha invisible el universo, se erige en fuerza motora de la Gran Historia, rechaza a los viajeros que quieren acelerarlo o revertirlo, se deja medir por los humanos para luego dominarlos, elimina  a los rebeldes que quieren menospreciarlo y se infiltra en los seres vivos, creando relojes biológicos que se vuelven imprescindibles para sobrevivir...”. Insuperable.

Lo cierto es que ya a principios del siglo XX, E.M. Cioran clamaba: “¿No ha llegado la hora de declararle la guerra al tiempo nuestro enemigo común?” El filósofo rumano-francés erraba el tiro: el tiempo no es nuestro enemigo. Lo es el sistema que hemos aceptado instaurar, responsable de haber convertido el tiempo en una herramienta capitalista de explotación. Y el auténtico enemigo –mortal de necesidad- de lo humano es la aceleración: es como el hámster haciendo girar interminablemente la rueda sin desplazarse jamás, nos dice Luciano Concheiro en su obra ”Contra el tiempo”. Vivimos en una época de inmovilidad frenética. Y es que el tiempo es un concepto difícil e intrincado. Agustín de Hipona, el agudo santo pensador, decía “Si nadie me pregunta, sé lo que es el tiempo; si quiero explicarlo al que me pregunta, no lo sé; pero sin vacilación afirmo saber que si nada pasase no había tiempo pasado; si nada hubiera de venir no habría tiempo futuro y si nada hubiese, no habría tiempo presente”. 

Pero en nuestra sociedad actual, se produce una aceleración histérica de la sucesión de acontecimientos parciales que se extiende a todos los sectores de la vida cotidiana. La omni-información, servida de inmediato sin razonamiento o explicación a través de los móviles y las redes sociales, se relativiza, no llega a entrar en nuestra sensibilidad y mucho menos en nuestra capacidad de análisis y razonamiento. No hay tiempo. De ahí la creciente potencialidad de las noticias falsas o exageradas de forma tendenciosa: es el reinado de lo emocional, de las exclusiones de lo otro o lo distinto, es el creciente poder de las ideas totalitaristas, neofascistas y neonazis sobre una “clientela” cada vez más joven y menos formada: desmoronamiento de las tradiciones  familiares, las sociales –la cortesía, el respeto, la buena educación-  y también las políticas y las económicas. Todas caen bajo el nuevo estilo: la prisa, la utilidad inmediata, el consumo y el placer huidizo pero exigente y poderoso.  Eso crea una falta de sentido a la vida, una vez se la desliga del  presente continuo, sin memoria y sin objeto, en una aceleración continua y una paralización interna: “cuando no es posible determinar qué tiene importancia, todo pierde importancia”.

El sociólogo alemán Helmut Rosa percibe tres tipos de aceleración: la de los desarrollos tecnológicos, la de los cambios sociales y la del ritmo de la vida diaria. Y en este último apartado que es el que más nos concierne, podemos ver –si abrimos los ojos- el tipo de subjetividad que produce: individuos dispersos, ansioso, deprimidos, adictos a todo tipo de sustancias estimulantes, encerrados en la falsa comunidad digital de sus móviles y ordenadores, devoradores compulsivos de series televisivas, de relaciones insatisfactorias, sexualidad fetichista y desviada al acto pornográfico y la brutalidad de la cosificación femenina...

Vamos hacia una sociedad muy parecida a la de dos distopías literarias conocidas: la del “Mundo feliz” de Aldous Huxley y la de “1984” de George Orwell. Pero aún las hemos “mejorado” en efectividad y deshumanización crecientes. Zygmunt Bauman nos dice que ya no hay ritmos ni ciclos sociales estables, el individuo es “libre” para seguir forzosamente su camino marcado, aunque le falta orientación y le sobra velocidad por lo que no puede demorarse, única forma de pensar en el camino, observar  y orientarse, en lugar de avanzar de forma atolondrada. Le sostiene “el miedo a perderse cosas valiosas” que  intensifica el ritmo vital ya que el sistema le asegura el “disfrute de las opciones del mundo”, experiencias, viajes. En definitiva, dice Bauman, el sujeto tiene una vida plena si logra vivir con más rapidez y aumentar el número –no la calidad- de las vivencias. Y así un viaje exótico no importa nada de forma sensible o experiencial, pero sí lo hace cuando uno envía “selfies” a todas sus amistades. Uno no se divierte en una fiesta si no “demuestra” en las redes que se “está divirtiendo”. Uno no vive su vida si no  transforma sus vivencias en instantáneas para que los otros lo atestigüen. Y la red es un espacio sin caminos, por eso se surfea o se explora, no deja poso ni recuerdo. Es de uso y disfrute instantáneo. Conceptos como la verdad y el conocimiento no tienen sentido en la red pues remiten a la duración. Y nosotros “vamos haciendo zapping por el mundo y la vida a tenor de esto”. Hemos perdido el aroma del tiempo, la duración, decía Proust. Y ese aroma no es narrativo, algo que comunicar de inmediato, sino contemplativo.

En esa línea Concheiro propone una “resistencia tangencial” al estado de cosas que, aunque no puede transformar la realidad circundante, nos permita aminorar los efectos negativos de la aceleración. Y no se trata de la simple lentitud de acción, (el movimiento slow) que no tiene poder frente a la lógica acelerativa, sino en una suspensión voluntaria y dinámica del flujo temporal. Concebir y crear el ejercicio de valorar, percibir y cercar al instante. Ese fragmento de no-tiempo que definía Wittgenstein de forma magistral: “Si tomamos la eternidad no como la infinita duración temporal, sino como la intemporalidad, entonces la vida eterna pertenece a aquellos quienes viven en el presente”. Es decir, en el instante. En el siglo anterior, el XIX, el gran Lewis Carroll, en su “Alicia en el país de las maravillas” esboza la misma idea en un célebre diálogo paradójico entre la niña y el Conejo Blanco: “¿Cuánto dura la eternidad?” pregunta Alicia y el sabio conejo responde “a veces sólo un segundo”.

Decía Heidegger que vivimos con “desasosiego distraído” y “falta de paradero”. Hoy diría que vivimos “zapeando” por el mundo. Y él murió en 1976, por lo que sus palabras resultan más que actuales que entonces. En ausencia de la  duración, la aceleración se impone. Y aún más, en “Ser y tiempo” su obra cumbre, asegura que el ser “está disperso en la multiplicidad de lo que pasa diariamente. Está perdido en la presencia del hoy...este “no tener tiempo es un mayor perderse  a sí mismo que aquél desperdiciar el tiempo, que deja tiempo.” El pensador alemán –mucho más interesante cuando se le despoja de ciertos aspectos político-históricos de  su biografía- recomienda transformar el “no tengo tiempo para nada” en un “siempre tengo tiempo” como una estrategia de la duración para recuperar el dominio perdido sobre el tiempo.

El dramaturgo y poeta Peter Handke se pregunta “¿por qué nunca se inventó un dios de la lentitud?”. Ya que el pleno disfrute del tiempo no sugiere acontecimientos ni cambios, sino simplemente duración. Y es que el hombre que pierde toda capacidad contemplativa se reduce a un “animal laborans”. Más allá de tiempo laboral, solo queda “matar el tiempo”. En esa labor se produce la contradicción entre el consumo y la duración: el ciclo de aparición y desaparición de las cosas es cada vez más breve por imperativo el capitalismo que acorta el plazo de producción y el de consumo. Vivimos en una sociedad compulsiva en la que el trabajo, la producción y el consumo, se convierten en una norma  de obligado cumplimiento. Cronos devora a sus hijos.

Nietzsche dejó escrito “Si creyéseis más en la vida, os lanzaríais menos al momento. ¡Pero no tenéis en vosotros bastante contenido para la espera. Y ni siquiera para la pereza.” Y así la inquietud hiperactiva, la agitación y el desasosiego de la vida no permiten el libre recurso del pensamiento, la calma y la demora de la observación acompañada por la reflexión y la amabilidad de permitir que las cosas sucedan sin intervenir, sólo contemplar. Pero no hay tiempo para esa “especie de lujo en la cabeza” como lo llamaba Kant. Y Nietzsche aseguraba que “Por falta de sosiego nuestra civilización desemboca en la barbarie”. El propio Marx definió al capitalismo como “un apetito insaciable de ganar”, de incrementar la riqueza. Por tanto la aceleración es esencial en el sistema: cuanto menor sea el tiempo en que se complete el ciclo Dinero-Mercancía-Dinero, mayor es la ganancia. Ese dinamismo voraz e incansable impulsa la sucesión permanente de innovaciones técnicas y tecnológicas encaminadas a acelerar los tiempos de producción y de circulación: la máquina no sólo no puede detenerse sino que debe acelerarse... ¿hasta dónde y hasta cuándo? Nadie –y menos los que rigen el sistema- se hace esa pregunta de una lógica aplastante. La voraz máquina devora personas, fortunas, tiempo; los inventos se fagocitan unos a otros; todo acaba volviéndose obsoleto, caduco y reemplazable. Pero el sistema ha logrado lo que siglos de filosofía no lograron: dar un “sentido de la vida” al ciudadano de las sociedades avanzadas: vivimos consumiendo y consumimos para sentirnos vivir y en esa rueda el deseo nunca puede ser saciado, pero tampoco nos causa ninguna satisfacción permanente. Las cosas obedecen a una exigencia del mercado: la planificación deliberada del ciclo de vida útil de una mercancía. Todo se vuelve mercancía mensurable y explotada: desde nuestros datos más íntimos a la permanente aparición de “actualizaciones” de los sistemas y herramientas digitales, que ya constituyen una extensión de nuestros cuerpos y cerebros. No podemos escapar de los algoritmos, que ya gobiernan diferentes aspectos de la vida personal y de los negocios (como la “high-frecuency trading”, la computarización de los intercambios financieros, en la que ya no intervienen los humanos sino la IA).

¿Adivinan ustedes cuál podría ser la trompeta del juicio final?: un “gran apagón” planetario, producido por alguien o por algo o por simple sobresaturación de demanda de energía que nos volviera a la edad media de un solo plumazo.

Pero volvamos a los efectos secundarios de la aceleración. Ya nadie tiene en casa una enciclopedia o libros de historia. Y el llamado “efecto Google” comienza a preocupar a los neurólogos y psicólogos. Nadie tiene tiempo para consultar manuales y enciclopedias. Todos nos vamos directos a la pantalla. La memoria, la capacidad de recordar, empieza a ser problemática a todos los niveles. Desde los niños a los jóvenes y menores de 60 años, han supeditado su memoria a la “ayuda” cada vez mayor de la información “en línea”. Dependemos crecientemente de la “memoria externa”. Y eso nos lleva a un doble problema, como todos los que conciernen a lo digital, casi “invisible”: el primero, una creciente falta de memoria, no sólo de datos, también episódica y nominal (¿cuántos números de teléfono puede memorizar usted? ¿Cuántos memorizaba hace veinte años?). El segundo,  una falta de narrativa: la velocidad con que nos bombardea la aceleración de noticias y ofertas es tal que es casi imposible estructurar una trama que dé sentido a los hechos y nos permita urdir una trama coherente. No hay manera de tener una visión de conjunto que de sentido a lo que está pasando. Las noticias, vertiginosas, se solapan unas a otras y queda una sopa sin sentido con la que no es posible sacar conclusiones...ergo nos dejamos llevar por las emociones que nos suscitan. No hay tiempo para reflexionar. Somos fáciles pasto para los demagogos  (de ahí el auge de la extrema derecha, por ejemplo) y aquél estado de cosas en lo público que Giorgio Agamben calificaba de “vivir en un umbral de indeterminación entre democracia y absolutismo”  o lo que define como “un estado de excepción permanente”.

Todo lo que antecede tiene unos efectos visibles en las personas. Miren las estadísticas de consumo de fármacos “situacionales”: tranquilizantes, insomnio, calmantes y otros productos más o menos adictivos para controlar los efectos casi globales de esa aceleración en los organismos de quienes la sufren: un cansancio orgánico y psicológico en todos los ámbitos que adopta nombres diversos: neurastenia, fatiga crónica, ansiedad, ‘burnout’ laboral, o el que llama la OMS “encefalomielitis miálgica”. Usted mismo o muchos de los que le rodean sufren alguno de estos síntomas: agotamiento físico y mental durante largos ciclos, pérdida de memoria, desconcentración, y desasosiego, insomnio o dificultades para dormir, dolores musculares o articulares y todo tipo de disfunciones digestivas o sexuales desde la diarrea al estreñimiento crónico y la impotencia. Y los que no recurren a la farmacia, buscan el remedio –otra vez la prisa- en las drogas o el alcohol, más “efectivos” a corto plazo. Un panorama desolador.

Para luchar contra eso, hay que instituir, nos dice Concheiro,  “una nueva concepción del tiempo que desencadene otra forma de estar en el mundo, otra manea de relacionarse con los otros –sean objetos o individuos – que permita otro estilo de existencia”. Pero es difícil encontrar un medio que pueda resistirse a la fuerza dinámica de la aceleración en todos los órdenes de la vida. Uno de los autores de libros de autoayuda que popularizó el “movimiento slow”, la lentitud como forma de vida,  dijo al presentar uno de sus libros: “La ironía más grande de publicar un libro sobre la lentitud es que tienes que ir promocionándolo muy rápidamente...todo el mundo quiere saber cómo frenar...pero quieren saberlo de manera muy rápida”. La lentitud en sí se vuelve una mercancía.

Quizá por eso la apertura al instante que sugieren algunos de los autores citados, sea el camino individual, personal, una experiencia que nadie puede tener por nosotros, que suele ser incomunicable y difícil de lograr, Requiere, como todo acto de profundo conocimiento, un trabajo reiterativo, una conciencia-de-sí  intensa y profunda, ya que el instante es efímero y requiere un enorme esfuerzo de atención y energía para mantenerlo. Pero es la única forma de escapar a la vorágine de la aceleración. Y debe ser  un ejercicio reiterado, consciente y frecuente que se relaciona con momentos y detalles de una gran simplicidad. Son acciones de atención cotidiana y contingentes. Nada especialmente místico y menos esotérico (aunque algunas tradiciones orientales o místicas occidentales pueden facilitar el camino).  Es aprender a “dejarse ir”  en el disfrute del “tiempo cero”, cuando no advertimos el paso del tiempo, cuando no podemos medirlo”, como decía el compositor Christoph Wolff.  “Es el arte de esperar que las cosas se revelen, que el tiempo de detenga”. “Lo primordial –escribe Concheiro-  es hacer surgir una temporalidad que disloque la aceleración: lograr experimentar el instante, en el que los minutos dejan de transcurrir, en el que la velocidad sea algo imposible”.

Y para terminar, un volumen interesante y práctico escrito por expertos en la psicología del tiempo. “La paradoja del tiempo” de Zimbardo y Boyd. El punto de vista de análisis de ese limitado recurso del tiempo es innovador, divertido, ameno y práctico, con una base científica bastante sólida. Los autores escriben sobre las diversas maneras de concebir y tratar con ese fenómeno universal desde el pasado, la memoria, el hoy (ese instante en el que todo es real), el mañana y la trascendencia de la muerte. Muy interesantes y prácticos son los capítulos dedicados a enseñarnos cómo hacer que el tiempo trabaje a nuestro favor. Y como guinda nos ofrece una serie de consejos sobre “la perspectiva temporal ideal” que pasa por “poner a cero el reloj psicológico”. Punto en el que conecta con el texto que están ustedes leyendo y su valoración del “instante”. Para terminar les cito un párrafo final de este libro: “Buscamos sin cesar conocimientos nuevos, conjugando la gratitud por los que hallamos ayer, el asombro ante los que hallamos hoy y la esperanza en lo que hallaremos mañana.”

LIBROS RECOMENDADOS

EL AROMA DEL TIEMPO.- Byung-Chul Han. Ed. Herder.-CONTRA EL TIEMPO.-Luciano Concheiro.- Ed. Anagrama.-EL SUEÑO DEL TIEMPO.-Carlos López Otín y Guido Kroemer.-Ed. Paidós.-SER Y TIEMPO.-CAMINOS DEL BOSQUE.- Los dos de Heidegger.- Trotta y Alianza.-LA PARADOJA DEL TIEMPO.-Philip Zimbardo y John Boyd.- Paidós

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6 agosto 2023 7 06 /08 /agosto /2023 18:28

EL FUTURO QUE LLEGA: “TERRITORIO DESCONOCIDO”

Este artículo fue publicado en La Comarca el 040823

La expresión que acaban de leer no ha sido utilizada por un redactor  de reportajes apocalípticos o un escritor de ciencia ficción, sino que pertenece a un informe oficial de una de las agencias de la ONU  (Copernicus) que estudian el cambio climático. Se informó –para noticia de pocos y alarma de los menos- que este mes de julio, el más caluroso que se conoce, se  rebasó el límite del calentamiento global de los 1,5 grados centígrados de aumento global en comparación con los niveles preindustriales, establecido en el Acuerdo de París de 2015.Antonio Guterres, secretario general de la ONU, lo dejó bien claro: “para los científicos no hay duda, los seres humanos y nuestro estilo de vida somos responsables de ello”. Tanto las temperaturas globales como la de los mares han batido records y eso lleva al planeta a un “territorio desconocido”.

Justamente, el pasado 2 de agosto, se dio la noticia de que el planeta entraba en “déficit ecológico”. Es decir que estamos consumiendo más recursos naturales de los que el planeta es capaz de renovar. Este año ya hemos agotado el presupuesto de que disponemos para no tener que hipotecar la capacidad de los ecosistemas de regenerarse. Se trata de un contador digital que la sociedad Global Footprint Network ha diseñado para visualizar la deuda creciente que los humanos tenemos con el planeta, a fin de concienciar a los poderes económicos  para que respeten los límites naturales de la Tierra. El ordenador baraja los datos actuales de la huella ecológica (demanda de recursos) y la capacidad regenerativa de los sistemas (biocapacidad)  --gracias a los datos de180 países monitorizados-- sobre un calendario, a fin de señalar el día en que hemos consumido los recursos de los que disponíamos para todo el año. Cada país entra en déficit en fechas diferentes, oscilando entre un Qatar, en febrero, Estados Unidos en marzo o España en mayo. La media aritmética de todos los países nos da la fecha del 2 de agosto.

El calentamiento extremo captado en el hemisferio norte,  ha causado olas de calor en América del norte, Asia, África y Europa, impactando en la salud de las personas, la economía y la epidemia de incendios que ha arrasado zonas del Mediterráneo y ha causado efectos en el fenómeno de calentamiento cíclico del Niño, que nace en el Pacífico Ecuatorial e impacta en el resto del planeta.  Los científicos destacan un factor lógico  aunque inesperado: la velocidad del cambio. La subida de temperaturas en el Atlántico norte está alarmando  de manera especial: en la Antártida  el área cubierta por hielo marino ha disminuido  en una superficie comparable a 10 veces el tamaño del Reino Unido.

Dos investigaciones independientes han coincidido con un  informe de expertos de la ONU:  la principal corriente oceánica que regula el clima, el sistema circulatorio del planeta, un conjunto de corrientes oceánicas que lleva inmensas cantidades de agua de los mares tropicales a los de norte, la llamada circulación de vuelco meridional del Atlántico (AMOC en siglas en inglés) se está debilitando, debido al aumento de la cantidad de agua dulce creada por el deshielo, (al ser menos densa que la salada se hunde menos, por lo que interfiere en el circuito). La AMOC es la responsable del trasporte de calor casi a escala planetaria, así que la corriente enfriaría la mayor parte del hemisferio norte y calentaría la ya de por si calientes aguas ecuatoriales.

Otro informe consultado (publicado en la revista científica Nature) que establece los limites climáticos, naturales y de contaminación que permitiría la supervivencia, asegura que ya han sido vulnerados siete de los nueve umbrales que permiten la vida humana sobre el planeta. Destaco una frase del informe: “los seres humanos somos parte del sistema Tierra, somos gran parte del problema y debemos ser gran parte de la solución. Pero los problemas y las soluciones no afectan a todos por igual y unos pocos generan problemas para muchos y suelen ser los únicos que se benefician”. Eso es insertar un concepto ético, la justicia, en una cuestión científica. Las emisiones de gases de efecto invernadero proceden del 10% más rico de la población. Igualdad y justicia distributiva se dan la mano en el planteamiento de un problema cuya solución nos concierne a todos.

Los umbrales violados van desde los que atañen directamente al cambio climático, hasta el de mantener mayores superficies del planeta sin ganadería, agricultura, minería y cualquier otra interferencia humana. También se han vulnerado los límites de nutrientes usadas en los cultivos, como el nitrógeno o el fósforo, que afecta la calidad y el uso del agua superficial o subterránea (éstas extraídas en exceso).

También se estudian los problemas de acidificación de los océanos, la acumulación de plásticos en gigantescas islas flotantes, los microplásticos, la presencia de productos químicos y antibióticos en las aguas, la pérdida de la biodiversidad. Se sabe que  superar los límites de esos ámbitos reduce la fuerza del planeta para hacer frente a las crisis que nos amenazan. Los océanos absorben y acumulan el calor, ya que la vida marina se encarga de recoger el carbono de la superficie y almacenarlo en las profundidades. Sin eso nuestra atmósfera contendría un 50 % más de dióxido de carbono lo cual eliminaría la vida en la Tierra.

 

Como muestra un botón: las aguas del Mediterráneo  llegaron a alcanzar los 30 º C. el pasado mes y está subiendo su temperatura un 20% más rápido de la media mundial. Eso tiene un efecto destructivo del ecosistema marino ya que las especies habituadas a unos rangos de temperatura migran de las zonas calentadas para poder sobrevivir. Cando no lo hacen, mueren, como ocurre con especies que viven en rocas o en arenas (navajas, almejas y mejillones). El proceso afecta a las aves marinas que pierden sus alimentos habituales. Incluso los bosques de posidonia del fondo del Mediterráneo - que almacenan un 20% más de CO2 que los terrestres-, están siendo afectados. Toda la cadena alimentaria se resiente, llegando hasta los humanos.

Las predicciones científicas evitan en lo posible el alarmismo apocalíptico, pero insisten en hacer lo necesario para evitar que esos picos de exceso se conviertan en tendencia y creen una nueva normalidad donde los desastres naturales sean la norma y no la excepción. Pero pasemos a otro de los elementos de la ecuación humanidad-planeta- supervivencia: la ignorancia del “bípedo implume” (el hombre según Platón), acompañada por la codicia, la agresividad y la estupidez.  Y no me estoy refiriendo sólo a los negacionistas climáticos ni a los terraplanistas, que se vuelven más agresivos en relación directa con la mayor idiotez de sus argumentos-  sino al ciudadano medio normal, aquellos que creen que todo esto “no va con ellos”.

Lo cierto es que el goteo incesante de informes científicos sobre el mundo causa sin duda brotes de “ecoansiedad”, es decir la desazón  y angustia  de cuantos nos preocupamos por un  mundo que amenaza en convertirse en un “territorio desconocido” debido a visibles y crecientes crisis climáticas y medioambientales, con efectos nocivos para los países y las personas, la economía y la supervivencia. ¿Cómo podemos afrontar de una forma útil y positiva un problema acuciante y global sin precedentes? Tal vez deberíamos empezar por enseñar en las escuelas y en todos los niveles de enseñanza a encarar y explorar el mundo que nos viene de una manera más reflexiva: un paso más de las modestas acciones de reciclar, consumir racionalmente o montar en bicicleta. Educar en clave sostenible, mostrar la necesidad de los pequeños detalles, controlar y no expandir las basuras y desechos,  ahorrar el agua potable, extremar precauciones para evitar los incendios, respetar las diversidades, cultivar la cortesía con el otro, racionalizar el uso de móviles, tv. y tablets, regresar a los juegos y relaciones presenciales entre niños y jóvenes, cuidar el cuerpo y rechazar los abusos, recuperar viejas tradiciones de trabajos manuales, reparar antes que tirar o sustituir, cuidar los espacios comunes como algo propio, revitalizar parques y jardines… en suma, no aceptar la fatalidad del “no podemos hacer nada”. Si se puede. Cada uno a su nivel personal puede contribuir a hacer un mundo más empático, cordial y austero. Y comprender que no nos queda más remedio que ajustarnos a las necesidades que vendrán. Crear, en suma, un estado de rebelión ciudadana contra un sistema de vivir erróneo. El “territorio desconocido” no es más que la casa común, okupada por los intereses en la sombra del capitalismo consumista salvaje que, como el rey Midas, acabará muriéndose –y matando-  de hambre, al convertir todo lo que nos rodea en supuesto oro.

La solución ya no consiste en levantar murallas y alambradas para evitar que nada ni nadie entre en nuestros países (como Europa frente a la creciente llegada de migrantes desesperados). Los muros no preservan nuestros cielos, nuestras aguas, las costas y los ríos. Afrontamos un problema global  que exige olvidar los egoísmos nacionalistas. Hay que estar ciegos de vanidad, soberbia y codicia, para no comprender que no tenemos capacidad alguna para evitar que la salud pública, la salud de los ciudadanos comience de una manera evidente pero ignorada a recibir los efectos nocivos de la crisis climática: el calor extremo, los rayos del sol poco filtrados, sequías o inundaciones y enfermedades con ambición de pandemia como el Covid. De momento no hay una búsqueda realista de soluciones que se adecúe al multiproblema. Ya que hay que diseñar un sistema de visión conjunta, global, poliédrica, que una a los expertos en ámbitos sanitarios y sociales, con economistas, educadores, legisladores, urbanistas, empresarios…pues todas esas facetas tiene la amenaza en ciernes. Unir a ello los informes de meteorología de Aemet, Protección Civil, el CSIC o los Centros de investigación sobre energía y medioambiente, sin olvidar los aportes de la Tecnología. En España se ha creado el Observatorio de Salud y Cambio Climático (OSCC) que se supone estará en comunicación fluida con otros centros semejantes en el mundo.

Pensemos, en fin, que el brutal incendio de los bosques de Canadá o los de Grecia, Argelia y Túnez y otros que han ensombrecido este verano, provocan inmensas corrientes de aire que dispersa cenizas microscópicas por todo el orbe. Ya no se trata de vivir acomodados en que “eso” es algo que les sucede a los otros. Nunca como hasta ahora lo “nuestro” es, el mundo que nos rodea. No hay fronteras para el mal, el sufrimiento y la peste. Y ahora el planeta nos recuerda que somos vulnerables, que tenemos que plantar cara, juntos, a una catástrofe global sin paliativos. ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

 

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17 marzo 2023 5 17 /03 /marzo /2023 19:08

Publicado en "Heraldo de Aragón", 170323

En 1928 Stefan Zweig escribía: “Ya no cabe el mito en lo terreno, ni aún en las estrellas…es a sí mismo donde el espíritu siempre ansioso de saber tendrá que dirigirse: es a su propio misterio donde se verá arrastrado por la atracción de lo desconocido… así que el descubrimiento de sí  mismo, el propio conocimiento, ha de ser el tema del futuro…ahora, un enigma irresoluble para la humanidad”.  El yo ha sido un enigma que ha preocupado a. filósofos, psicólogos y pensadores espirituales de todas las disciplinas desde la antigüedad y siguen en ello con la ayuda de los neuro científicos de hoy.

Durante siglos, el Yo y la conciencia ha constituido para todos los que buscaban situarlos y definirlos,  una permanente pregunta, corrosiva e irresoluble, a pesar de aplicarse en la investigación secular todas las técnicas posibles, empeñados en la busca de una imagen sencilla y comprensible (y comunicable, claro está) de su naturaleza huidiza. Ha sido preciso dar con la nueva neurología –los años 20 del siglo XXI – para comprender que el Yo es una respuesta, no una pregunta. No “la” respuesta, sino “una”. Una corriente especulativa como el “pansiquismo”, trató de hallarla por un proceso de unión, considerando la conciencia, propiedad esencial del universo, como la velocidad de la luz o la fuerza gravitatoria. La conciencia, según dicen, está presente en todas las cosas,  en diferente medida y cualidad, por supuesto.

Parece que no nos movemos de la especulación, la física, la biología y el elemento espiritual y seguimos estancados. Pero no es así, puesto que las neurociencias han enriquecido radicalmente el escenario y aportan los elementos de una concepción nueva. Entre otras teorías, hipótesis y descubrimientos  asociados al redivivo paradigma de la relación profunda entre todos los seres vivos y la superación de la dicotomía cartesiana del cuerpo-mente en los humanos, he indagado en la bibliografía  de neurólogos y filósofos, desde un clásico como Daniel Dennet con “La conciencia explicada” (Paidós) o el reciente y clarificador texto de la neuróloga Nazareth Castellanos, “Neurociencia del cuerpo” (Kairós), o el fílósofo cognitivista del libre albedrío, John R. Searle, a las obras de Spinoza, Nietzsche, Hume o Epicuro.  El proceso de comprensión del yo y su naturaleza, es problemático. Como decía David Hume, “cada vez que penetro en lo que llamo ‘mí mismo’ tropiezo en todo momento con una u otra percepción física, orgánica…nunca puedo atraparme a mí mismo sin una percepción y nunca puedo observar otra cosa que la percepción”. ¡Y Hume nos decía esto en 1739, en su “Tratado de la naturaleza humana”! El pensador escocés se situó frente a Descartes e influyó en Kant con su empirismo lógico que sostenía que la experiencia es la fuente de todo conocimiento humano, ya sea a través de los sentidos o auto experiencia. El cuerpo pasaba a ser una vía cognitiva preferente, aunque Hume no llegó a sospechar los elementos que la actual neurociencia ha descubierto.

Empezar a comprender la naturaleza operativa del Yo, aislándolo de los fantasmas adheridos a él por la historia personal, la educación y la memoria, es un trabajo complejo que desborda el objetivo de este artículo. Pero es interesante señalar algunos datos que aportan los neurocientíficos,  que vienen a confirmar, gracias a las nuevas tecnologías, muchas intuiciones filosóficas. Digamos que el cerebro, la conciencia y el yo, de la mano de los neurólogos, aprovechan una vía amplia de comunicación neuronal, molecular, electroquímica y enzimática de dos direcciones, desde las vísceras, la piel, el estómago, los intestinos, los pulmones…subiendo a una velocidad de vértigo hacia el corazón y el cerebro y volviendo incesantemente a repetir los viajes, hasta cuando dormimos.

En esa maraña de autopistas, carreteras, pistas y senderos, que forman el Sistema Nervioso Autónomo, viajan los mensajes –en hormonas que son paquetes de información-  ante la ignorancia supina de la mente. Y el evasivo yo,  que cree saberlo todo y sólo conoce los efectos de lo que ocurre en la cocina del cuerpo, con un chef encaramado al piso superior, el cerebro y su gemelo en el corazón –a veces ayudando y  a veces estorbando- para que todo funcione bien. Recordemos que la serotonina, una de las llamadas “hormona de la felicidad” (junto a las dopaminas y oxitocinas), se sintetiza en su mayor  parte en el intestino, como también la histamina.

En el cerebro es donde “se produce” el fenómeno de la mente -y sus contenidos-: ambos son distinguibles…pero inseparables. Y sus conexiones, casi instantáneas, con el resto del cuerpo, estimulan o inhiben nuestras reacciones, nuestras actitudes, comportamientos y en otro orden o nivel, nuestras creencias, ideas o reflexiones. El yo y su esquiva sombra es, como decía Churchill de la Rusia de 1939, “un acertijo envuelto en un misterio, dentro de un enigma”. Pero hay algunas claves…

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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7 marzo 2023 2 07 /03 /marzo /2023 20:06

Este texto fue publicado en La Comarca, el martes 070323

El pasado sábado día 4 de marzo, en la madrugada del domingo, se ha firmado – ¡al fin!-  en la sede de la ONU en Nueva York, un tratado, conocido como el “30x30”, en el que se declara y promete cumplir con el objetivo de proteger al 30 % de los océanos del mundo, creando zonas de protección para especies marinas, para antes de llegar al 2030. Ha costado cerca de veinte años llegar a un acuerdo, dados los inmensos intereses económicos involucrados en la explotación –yo diría “arrase” y “depredación” – de los fondos marinos y las especies destruidas por técnicas invasivas de pesca, las búsquedas energéticas en el mar y en las zonas costeras y las agresiones de la minería submarina.

De todas formas, aunque es una gran noticia, debemos considerar que es un acuerdo o tratado que debe ser ratificado formalmente por los casi 200 países interesados, antes de entrar en vigor plenamente. Es preciso no dilatarlo y comenzar a trabajar en esa defensa, de forma justa y equitativa entre las naciones implicadas. Y detrás de esos Estados y Gobiernos está el Capital, los beneficios y la ceguera habitual y reiterada displicencia de los poderes económicos hacia las “amenazas” ecológicas que conlleva el cambio climático. En ese Tratado también se dirimirá el espinoso tema del reparto de beneficios de los recursos genéticos marinos futuros en esa zona internacional.

Las áreas protegidas serán creadas en zonas de los océanos que no pertenecen a ningún país (de ahí lo del 30%), es decir el espacio marino situado más allá de las 200 millas desde la costa que controla cada Estado (zonas económicas exclusivas). En esos espacios “nacionales” y que forma casi el 50 % de las aguas oceánicas del planeta, no hay normas internacionales que protejan la biodiversidad marina que actualmente está disminuyendo a un ritmo catastrófico, según los científicos. Las ONG (hay 40, entre ellas “Greenpeace”) unidas en la “Higs Seas Alliance”  han tenido un papel importante en el logro de este pre-tratado. Hasta el secretario general de la ONU, Antonio Guterres declaró en la Conferencia, “Ya no podemos ignorar más la situación de peligro del océano”.

Es un acuerdo histórico para proteger las aguas que no son de nadie porque son de todos, mientras que el 50m % restante de la superficie marina, aguas que son de algún país costero, siguen siendo explotadas  a una velocidad e intensidad depredadora que augura un futuro lastimoso.

El límite del 30% protegido antes del 2030, deja fuera a más de un 20% que podría ser un objetivo adicional para después del 2030 (caso de que el acuerdo sea ratificado formal y operativamente). Paradójicamente si en ese 30 % los recursos genéticos marinos son justa y equitativamente distribuidos –y los “grandes” aceptan ese reparto- podría aparecer una posibilidad de salvación para los océanos. Pero la codicia es el primer motor de nuestro sistema económico global. Es difícil ser optimista.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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4 marzo 2023 6 04 /03 /marzo /2023 15:49

 

UN NUEVO PARADIGMA PARA SALVAR A LA TIERRA

 

(Publicado en la revista Compromiso y Cultura, marzo de 2023

En 2015 una escritora norteamericana llamada Elizabeth Kolbert, especializada en temas científicos, publicó un libro “La sexta extinción” (Ed. Crítica) por el que recibió el Premio Pulitzer. En él, Kolbert se hacía eco de una denuncia de los biólogos del mundo entero contra la extinción continua y masificada de un gran número de especies. Es la sexta gran extinción que está sufriendo el planeta según los científicos, biólogos, zoólogos, antropólogos y geólogos, pero ésta tiene dos características diferenciales: está ocurriendo ahora y la especie humana es la única responsable. Y no se trata de la desaparición de organismos diminutos, esporas o líquenes, sino de especies más complejas y fundamentales para el bio-equilibrio. Usando datos cruzados entre los diversos centros científicos, para finales del siglo XXI, Kolbert pronostica la desaparición de casi la tercera parte de todas las especies vivas que existían en la tierra. La lectura de este libro y también el de Bill Gates sobre “Cómo evitar un desastre climático” (Plaza Janés, 2021)  me han servido de contrapeso argumental para valorar una serie de libros publicados por Kairós, “Vivificar” -2022,2016) de Andreas Weber, “Así habla la Tierra”(2022) de Jordi Pigem, el venerable “Gaia” (1987-89) de un grupo de científicos (Lovelock, Bateson, Varela, Maturana…) y el clásico “Diálogos con científicos y sabios” (1986-90) de Renée Weber, en la editorial Libros de la liebre de marzo.

Se trata como habrán podido suponer ustedes de presentar unos análisis competentes de la gravedad del momento bio ecológico que vivimos, no sólo denunciando los múltiples problemas que pueden acabar con nuestro mundo, sino facilitando puntos de vista que trabajan en pro de encontrar soluciones o caminos alternativos, incluso de nuevos paradigmas…todos ellos remando en la misma dirección: la integración de las especies en el Todo al que pertenecen, sin preeminencia ética o vital de ningún tipo, sino abogando por la causa de la interelación como fundamento de una ecología integrada y en definitiva el único camino que tendría efectividad. Curiosamente un camino que nunca ha sido seguido más que por unas minorías marginadas de las sociedades económico-depredadoras que han usurpado el poder en el planeta desde la Revolución Industrial hasta el aciago siglo XX y mucho más acá (todos los conflictos bélicos actuales, desde África hasta Ucrania, tienen un vergonzoso y evidente componente de ansia hegemónica de poder económico y de ambición depredadora).

La multicrisis que afronta nuestro mundo en esta época decisiva han formado una especie de “tormenta perfecta” que incide en aspectos tan peculiares como la energía, la alimentación, la salud humana, las sequías, todas bajo un paraguas de cuestiones económicas, como si fuera el oro de Midas. Todas están conectadas y como pregona Gates “requiere una respuesta conjunta que dé prioridad a la cooperación, solidaridad e innovación mundiales”. La guerra en Europa está agravando los síntomas de la debacle mundial: encarecimiento de la energía y los alimentos (con hambrunas en África) y la pandemia de la covid no nos ha enseñado una verdad palmaria: ningún país en solitario puede resolver los problemas globales. El hambre, la sed, la sequía, la escasez de alimentos y energía, la potencial aparición de nuevos virus, deberían reforzar la idea de la solidaridad y la cooperación como el tejido de un nuevo orden mundial que afronte todas las amenazas que parecen esperarnos a la vuelta de la esquina. Pero el tiempo pasa y la tendencia es la contraria: exacerbación de los nacionalismos y las brechas de tipo racial, sexual, económico, sumadas a  ideologías fascistas que defienden la estrechez de fronteras, de ideas y de razas. Existe una tecnología suficiente y en dinámica de crecimiento-  para garantizar un futuro, pero hay fuerzas contrarias a ello y con la miopía necesaria para defender egoísmos nacionalistas o raciales.

Por todas estas razones los libros del biólogo y filósofo alemán, Andreas Weber, “Vivificar” y del filósofo español Jordi Pigem, “Así habla la Tierra”, inciden en un nuevo paradigma que defiende la integración de los seres vivientes como una forma de desarrollo equilibrado. Ambos proponen una poética  de la vitalidad, una suerte de “ecosofía” (escucha de la filosofía de la Tierra, en los árboles, las montañas, los ríos o el océano). Como dice Pigem, “no estamos solos. Cada forma de ser es una forma de sentir. Tendemos a ignorar eso, fascinados por la tecnología y las múltiples exigencias y supuestos “dones” de la existencia actual”. El medio natural, nos recuerda Weber, es parte de nosotros y deberíamos vivir en una permanente interconexión con él. El momento actual es un rotundo mentís a ese mensaje y estamos arrasando le Tierra con nuestro espíritu depredador y sus caballos de batalla: la economía y la falsa superioridad antropocéntrica. Weber propone un nuevo paradigma, una relación de simbiosis creativa del ser humano con la Naturaleza. Eso es “vivificar”. Noble término para un presente opuesto a él: estamos matando al planeta. El mensaje de Weber y Pigem suena utópico, pero también profundamente razonable. Debemos trascender el pensamiento racional, dice Weber, - -y evitar el pensamiento “nazional”, añado yo--, y reconsiderar  la vida y la vitalidad con una perspectiva diferente: considerarnos parte intrínseca de la naturaleza y actuar en consonancia con el Todo, reconciliándonos con el mundo natural, liberándonos de nuestro antropocentrismo y creando un sistema de valores en el que se integra todo lo que vive. El ser humano no es viable de una forma aislada  -nuestra identidad se construye a través de la relación con otros seres humanos- y debe superar la lucha de todos contra todos como forma de supervivencia, oponiendo la solidaridad de todos con todo, como la única forma de progreso. Como decía uno de los ecofilósofos pioneros, Aldo Leopold: “Hay que pensar como una montaña. Es decir no pensar desde el punto de vista del individuo, sino desde una forma de vida creativa y productiva; solo así podemos comprender lo que hay más allá de nuestra limitada imaginación”.

Weber nos recuerda que se han descubierto sentimientos en otros seres no humanos y hasta ahora poco considerados. La vida, nos dice, se encuentra en el núcleo íntimo de la experiencia emocional…las plantas cooperan entre sí, se comunican y sienten dolor…las abejas se deprimen y las arañas sueñan, los delfines tiene sentido del humor y capacidad de reírse, los orangutanes comparten un 95% de nuestro genoma, los perros y los gatos tienen emociones…vivimos en el seno de una biosfera sensible, ¿cómo sostener la presente, supuesta e irreal superioridad de la especie humana? Y Weber propone “tenemos que dejar de tratar al resto de los seres vivos como objetos”. Ya que, en sí mismo, el ser humano no es un individuo, somos ecosistemas formados de trillones de microbios y moviendo hilos que ni siquiera sabemos que existen y que se comunican y relacionan con otras colonias de seres vivientes. Ya sean personas o flores, árboles o animales. Pero ignoramos esta vitalidad entrelazada. “Vive tu vida de manera que nutra la vida”. Esa idea forma parte del nuevo paradigma que podría salvarnos a los humanos y de paso salvar al planeta y las miríadas de seres vivos que existen en él. “El intercambio metabólico es siempre significativo. Es una revelación poética del Todo a través de transacciones particulares”, añade Weber.

En el delicioso libro de Pigem, donde todas estas ideas está incluidas en los aportes poéticos de ríos, desiertos, montes, selvas y océanos que toman la palabra para  mostrar su mensaje al lector, hay una cita de Coleridge que resume un poco la ecosofía que anima a muchos de los autores citados: “Recuerda que todo lo que es, vive/ una cosa absolutamente inerte es inconcebible/ excepto como un pensamiento, imagen o fantasía/ en algún otro ser”. Y otra de su maestro, Raimon Panikkar: “La vida no es un accidente que se adhiere a la materia/ La Tierra es un ser vivo; el universo es un ser vivo/ el cosmos entero está vivo/…es decir, la realidad está viva”

 

Los últimos avances de la neurobiología y el estudio científico de la conciencia avalan de alguna manera las intuiciones y reflexiones de muchos de estos estudiosos y sabios, físicos y practicantes de la nueva biología que tratan desde hace años de ofrecer un enfoque diferente e integrador de la ecología, con otras disciplinas científicas y sociales.En 2015 se celebró en Tucson (Arizona) una Cumbre internacional sobre Ciencia postmaterialista, Espiritualidad y sociedad, en la que se consensuó un manifiesto que de alguna forma resume mucho de lo trabajado por los autores que hemos citado, el famoso Proyecto Gaia e investigaciones sobre “cuestiones cuánticas” formuladas  por clásicos de las ciencias físicas como Heisenberg, Einstein, Pauli, Schrodinger, Plank o Eddington. Los puntos esenciales de la teoría alternativa propuesta, eran:

. La mente es un aspecto de la realidad tan esencial como el mundo físico. No puede derivarse de la materia ya que sólo algunos aspectos de la mente son el resultado de procesos fisiológicos. La conciencia es causal y la realidad física es su manifestación. La conciencia se extiende más allá del cerebro, lo trasciende y es capaz de existir independientemente de él.

. Todas las cosas en el cosmos están interconectadas a nivel cuántico, de manera que se influyen unas a otras. Todas las cosas son una en la gran urdimbre de la creación. Existe una interconexión profunda entre la mente y el mundo  físico. Forman una red de vida a la que informa e influye y es informada e influida a su vez por dicha red.

. Algunos aspectos de la conciencia no están limitados por el continuo espacio-tiempo y tampoco se originan enteramente dentro de la neuroanatomía de un organismo.

. El bien de uno y el bien de los muchos son simbióticos: se trata de la afirmación de la antigua sabiduría que podemos ser tan fuertes como nuestro eslabón más débil.

Pero ese cambio de paradigma es una parte de la solución del problema.  Es preciso señalar con claridad y urgencia las posibles medidas que pueden evitar el desastre climático, como hace Bill Gates en su libro, de forma bien pragmática. Hay soluciones científicas y tecnológicas a las brutales amenazas que nos vienen encima. Pero no son varitas mágicas que las resuelven de golpe.  Es una tarea titánica y requiere de algo fundamental que es menos probable que logremos: un consenso global (que está lejos de existir) y unas medidas políticas que favorezcan esa transición (a un precio de responsabilidad individual y social más utópico aún: requiere sacrificios y alejarnos de ciertos lujos y comodidades). Escribe Gates: “necesitamos que el sistema energético prescinda de todo aquello que hace daño al planeta y conserve lo que nos interesa. Es la cuadratura del círculo: que el sistema energético cambie por completo y que a la vez las ventajas de su uso permanezcan parecidas.” Estamos lanzando 51.000 millones de toneladas de gases de efecto invernadero cada año. Eso nos lleva al suicidio colectivo, ante el que la ciencia y la tecnología tienen muy poco campo para gestionar. Se trata de cambiar un estilo de vida en  la sociedad opulenta. Y eso requiere un cambio de manera de pensar que el ciudadano de tales sociedades no está dispuesto a asumir. La cómica paradoja del asunto es que sólo a causa de una pandemia mundial como la COVID-19 se logró bajar sustancialmente dicha emisión.

Es obvio que nuestro género sólo aprende a base de jarabe de palo. ¿Estamos asistiendo al réquiem por un planeta difunto? Como saben ustedes, el mismo réquiem nos concierne a los seres humanos. Sólo una decidida apuesta por el paradigma unificador que hemos comentado podría añadir algo de esperanza al problema. Pero como escribió Thomas Kunh los paradigmas tienen la mala costumbre de luchar denodadamente entre sí, a través del paso de lustros y decenios, para permitir que el más nuevo prevalezca. Y, desgraciadamente, no nos queda mucho tiempo.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Libros recomendados: “Vivificar” de Andreas Weber; “Así habla la Tierra” de Jordi Pigem; “GAIA” de varios autores; Todos ellos editados por Kairós. “Dialogos con científicos y sabios” de Renée Weber, Ed. Libros de la liebre de marzo; “Cómo evitar un desastre climático” de Bill Gates, Ed. Plaza Janés; “La sexta extinción” de Elizabeth Kolbert, Ed. Crítica

 

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12 enero 2023 4 12 /01 /enero /2023 16:03

LOGOI 284

CHATGPT-HAL9000

Publicado en La Comarca el10012023

¡Menuda ensalada de siglas y números! Los aficionados al cine ya estarán a la expectativa. Han reconocido en Hal9000 la computadora obstinada y letal de la película de Kubrick, “2001, una odisea espacial”, basada en un relato de Arthur Clarke. El célebre autor profetizó la existencia de computadoras que, aunque facilitaban grandemente el trabajo humano y nos sustituían con eficacia en las actividades rutinarias, podrían llegar a convertirse en un problema agudo que cuestionaría si debían seguir siendo usadas o desconectadas.

Como en tantas ocasiones ocurrirá en el mundo de las nuevas tecnologías, eso ya ha sucedido. La ChatGPT es un “chatbot” creado por la empresa OpenAI (Inteligencia artificial en abierto) que mantiene conversaciones con los humanos, realiza tareas escolares, crea textos, simula trabajos de examen y da respuestas rápidas a las preguntas y dudas que se le consultan. Genial para cualquier estudiante que no quiera esforzarse demasiado. ¿Cuál es el problema? Varios, en realidad. Desde que dificulta la generación y desarrollo del pensamiento crítico en el alumno, hasta que da respuestas fáciles pero erróneas, la corrección de los contenidos generados no es segura, ni la privacidad del usuario tampoco.

Las autoridades educativas de la ciudad de Nueva York han sido las primeros en prohibir el uso del ChatGPT en los centros de enseñanza porque “incentiva el abuso, la falsedad y la desinformación en los alumnos y tiene un impacto negativo en el aprendizaje, ya que puede generar una información incorrecta, tendenciosa o falsa”.

El periodista de La Vanguardia, Enric Sierra, ha preguntado al robot si  considera los riesgos de su uso. Éste respondió que admitía la posibilidad de producir desinformación, contenido inapropiado y problemas de privacidad. Pero que no debía prohibirse su uso, sino más bien fomentar la educación en los usuarios en la que se les aleccione sobre el uso responsable de esta tecnología, con medidas de seguridad adecuadas. Sin olvidar la ética precisa, principios y valores humanos que exige el interactuar con una máquina. No le falta lógica a ChatGPT.

Quizá va siendo hora de   que los expertos diseñen un código deontológico para regir no sólo las relaciones entre los individuos y las máquinas, sino la responsabilidad de los seres humanos en el uso de la tecnología informativa y performativa (que induce a una acción determinada) de las Redes y Sistemas, las cuales ya nos influencian de múltiples maneras a través, por ejemplo, de logaritmos.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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