EL INGENIO, HUMOR Y CALIDAD DE SUS LIBROS, NO DESMERECE FRENTE AL LEGADO LITERARIO DE SU CÉLEBRE HERMANO LAWRENCE, AUTOR DEL “CUARTETO DE ALEJANDRÍA”
Desde joven, entre los 60 y 80 del pasado siglo, he sido un fanático lector de Lawrence Durrell. He leído casi todas sus obras y he disfrutado con la enorme fuerza y calado de sus novelas (especialmente el ‘Cuarteto de Alejandría’). A finales de los 70 me enviaron para reseñar, un par de obras del hermano de Larry, Gerald Durrell. Fue una revelación. El estilo, la temática y las virtudes de esos textos me hicieron entusiasmarme con Gerry. Me convertí en un fiel y devoto lector del divertidísimo biólogo, tan enamorado de todos los bichos habidos y por haber, como dueño de un sentido del humor, una sencillez y una calidez humana portentosas. Ya entonces comprendí que me las tenía con uno de los misterios más gozosos de la literatura: la posibilidad de convivencia del afecto de lector a dos autores tan diametralmente opuestos como Gerald y su hermano, Larry, sin que ello disminuyera ni un ápice el valor y la calidad literaria de cada uno de ellos. Por tanto corrijo mi frase: más que “opuestos” eran complementarios. Ya que uno satisfacía mi amor por la gran obra literaria, profunda, renovadora y original; y el otro, por la obra magnífica de un etólogo dotado de una enorme humanidad y una desternillante manera de narrar sus deliciosas aventuras en torno a toda clase de animales curiosos (incluidos muchos humanos y algunos de su propia familia).Y además, algo muy personal y que Larry no me ofrecía: Gerald había sido un niño y un adolescente feliz. Inmediatamente me sentí reflejado en ese niño fascinado por los más insospechados animalitos. En mi caso, más que animalitos, mi mundo giraba en torno a un universo tan diverso y complejo como el suyo, pero con un sujeto de fascinación diferente e igualmente rico: el cosmos literario, novelas, cuentos, comics, poesía...
En el prólogo de Mi familia y otros animales,-publicado en 1956: a España no llegaría hasta 1975- el hermano mayor de Gerry, el gran Lawrence, eterno candidato al Nobel (que no obtuvo por morir demasiado pronto) rinde un cálido homenaje a la heroína de este libro, la madre, que falleció en ese mismo año, cuyo retrato en esta obra de su hermano Gerald, está trazado con gracia y fidelidad. Y añade, el autor ha logrado el prodigio de reencarnarse en un naturalista de doce años que era entonces, describiendo con humor tan chispeante como cáustico los disparates y las peripecias de la familia Durrell durante los años de estancia en la más encantadora de las islas: Corfú. Y añade con gran sentido del humor y un poco de retranca: Pero si nuestra madre desempeña en el relato el papel de honor, es a mí a quien ha correspondido el más detestable: mi desprecio hacia la ciencia y la irritación con la que acojo todos los esfuerzos del joven genio constituyen el lado sombrío del cuadro. ¿Era yo así de desagradable a los veinte años? Probablemente, sí...Y acaba su interesante prólogo (ya es un escritor muy conocido en esa época, por lo que es comprensible el algo dolido sarcasmo con el que escribe: El autor nos promete una segunda parte en la que pondría al descubierto, bajo un prisma todavía más burlón, la estupidez y futilidad de la existencia de los adultos, comparada con esa vida más rica y plena que es posible vivir junto a la culebra, el ciempiés y la pulga. Si es capaz de lograr otra obra maestra de humor, alegría y poesía, todos habremos ganado con ello”. Lo cierto es que Gerry siempre ha mantenido públicamente que sentía predilección por su desdeñoso hermano mayor y que las relaciones entre ellos eran muy amables y cariñosas. El lector, por su parte, comprobará leyendo la trilogía que Gerald reparte sartenazos entre todos sus hermanos con irónica ecuanimidad y sólo salva en sus descripciones a la madre, verdadera “heroína” de una familia considerablemente peculiar y bastante extravagante.
Pero, aparte del tiempo y la labor dedicados a su familia, lo que queda de manifiesto es su predilección evidente por “los otros bichos” que le rodean, hasta límites un tanto estrambóticos incluso en un jovencísimo naturalista. En alguna de sus citas, Gerry apunta que se sentía muy cercano a personajes literarios como la Alicia de Lewis Carroll que aseguraba “creer en hasta seis cosas imposibles antes del desayuno”. Lleven ese aserto a la vida de un niño original y espabilado que vive totalmente a su aire y conveniencia, protegido por su estatus familiar, en una isla rodeado de una naturaleza esplendorosa y comprenderán la enorme complacencia con la que ese hombre describe su niñez. Por eso, en una entrevista concedida a una revista poco antes de fallecer dijo: “Si yo fuera una especie de Merlín o un Zeus omnímodo, a cada niño le haría el regalo de tener una infancia como la mía”. ¡Menudo regalo! Eso demuestra varios aspectos de la personalidad deliciosa de Gerald: su generosidad, su anclaje toda la vida en una ingenuidad bulliciosa e imaginativa de niño perenne, su inocencia impermeable y su sentido del humor extraordinario: una especie de mezcla entre Groucho Marx, Bernard Shaw, Einstein de la biología animal, Richmal Crompton (‘Guillermo, el travieso’), Dickens. P.G. Wodehouse y Tom Sharpe. Con un toque travieso a lo Monty Python, apreciable en las series y películas sobre su familia y otros menesteres que nutre su obra y su filmografía.
Gerald –Gerry- nació en enero de1925 y falleció en enero de 1995, con 70 años de edad. Se cumplen, pues cien años de su venida al mundo (en la India) y 30 de fallecer y tener que ir a buscar bichitos en las praderas del Cielo (y de paso hacer reír a los ángeles con sus ocurrencias inusitadas). Lo que sí puedo confirmarles es que Gerry se merece el mismo respeto literario como escritor que su hermano Larry, aunque sin duda por distintas razones. En él encuentro una virtud -más humana que literaria- que le hace especialmente singular: su capacidad para resucitar y alimentar de gozo y alegría al niño que todos llevamos dentro, las más de las veces, escondido y asustado. Y una más pública y notoria: fue un adelantado a su tiempo y nos alertaba sobre ecología, protección del medio ambiente y también nos pedía amor a todo tipo de animales: domésticos, asilvestrados, salvajes y... humanos. Los miembros de su familia, para empezar y después la irónica y benevolente visión del mundo adulto. Todo empezó a los diez años cuando Gerald y su familia se mudaron de una fría y desangelada Inglaterra a la soleada isla mediterránea de Corfú donde alimentó su espíritu y su cuerpo de un paraíso: el mar homérico, los olivos retorcidos y majestuosos, el canto de las cigarras, la luz destellante de los interminables días veraniegos de sol, la vida diminuta y maravillosa de los insectos y otro animales grandes y pequeños, y la singularidad llena de humor y humanidad de los miembros de su familia y los habitantes de una isla griega en el universo rural de principios de siglo XX, una inocencia social llena de picardía y asombro para un niño inusualmente observador y dotado de un gran sentido del humor. Es la Arcadia vitalista y profundamente humana, con todos sus valores y defectos que un avispado niño es capaz de disfrutar plenamente, alejado de las miserias y cortapisas de le época gracias al afortunado y desahogado ambiente de una familia inglesa con medios económicos y situación social privilegiada.
Los que quieran iniciarse en el “opus” durrelliano, pueden leer ‘Yo mismo y otros animales’, un compendio de escritos inéditos y publicados que ha reunido su viuda, Lee, para celebrar el centenario. En él encontramos al Gerald de siempre, irónico, desternillante, lleno de ternura y empatía, reflexivo y dotado de ese entusiasmo por la naturaleza que es su sello distintivo. En su autobiografía se lee el siguiente párrafo: “La mayor parte de la gente no comprende hasta qué punto estamos destruyendo el mundo en que vivimos. Somos como un grupo de niños a los que se ha dejado sueltos con venenos, sierras, hoces, escopetas y fusiles, desechos y cerillas y gasolina en abundancia, en un planeta verde y complejo que estamos, lenta pero de forma implacable, convirtiendo en un desierto pedregoso y estéril”. Todavía en el año en que murió Gerry, el mundo aún no se había convertido en lo que ahora es, treinta años después, y los humanos en esa raza absurda, egoísta, con sus países rodeados de fronteras y muros, consumista, esclavizada por la tecnología, con resabios fascistas, agresivos, mentirosos, sin piedad ni respeto, racista e individualista hasta la psicopatía. Justo a la medida de sus pantallas y de la basura que a menudo emana de ellas.
Pero hablemos de su legado literario: más de medio centenar de obras, entre novelas, ensayos, relatos autobiográficos, libros técnicos y de viajes. Les recomiendo encarecidamente que empiecen por su llamada Trilogía de Corfú, (Alianza-2024), formada por los libros Mi familia y otros animales, Bichos y demás parientes y El jardín de los dioses (Alianza Editorial). En esos libros, el lector lo pasará bomba conociendo a la familia Durrell, la madre –una mujer extraordinaria, viuda, con una paciencia y talante casi homéricos, su hermana mayor Margo, y sus dos hermanos Larry y Leslie, cuyos caracteres y comportamientos alcanzan cotas de humor y sarcasmo que nunca defraudan al lector gracias a la pluma divertida e irónica de un niño que los describe y analiza con la misma meticulosidad, afecto e ingenio con la que estudia a los animales de todo tipo y tamaño que son objeto de su mirada y atención inteligente y sarcástica.
El milagro literario se repite desde la lectura de la trilogía de Corfú (escrita por Gerry ya cumplidos los 30 años) a otras obras como ‘Filetes de lenguado’ (Bruguera) ‘Viaje a Australia, Nueva Zelanda y Malasia’, ‘Murciélagos dorados y Palomas rosas’, ‘Atrápame ese mono’, ‘Un novio para mamá y otros relatos’, (Alianza), ‘Un zoo en la isla’(Labor), Cómo cazar a un naturalista aficionado’(Planeta) o ’Misión de rescate en Madagascar’(ABC) entre otras. En casi todas ellas el lector se deja embrujar por el verbo y la mirada de un niño apasionado por el mundo que descubre cada día: desde su chucho Roger, a los bichitos que abundan en su personalísimo “país de las maravillas”: hormigas, orugas, abejas, arañas, mariposas, mariquitas, tijeretas, asnos, ovejas, escorpiones o murciélagos, el ganso Alejandro o un camaleón melancólico al que llamó Gerónimo ...todos ellos en una mezcla –no siempre amistosa- con vecinos y mujeres, jóvenes o ancianos, el chófer griego o el cocinero, los policías y los pastores, los amigos y amigas de sus hermanos y, por supuesto, su madre y su sólido, amable y comprensivo gobierno del hogar. Todo ello conforma un Olimpo terrenal y humano de una deliciosa diversidad, unidos y convocados por la mirada siempre interesada e inteligente de ese niño que nunca creció, un Peter Pan naturalista y divertido, reinando en un país de Nunca Jamás que llevó siempre en su corazón.
El lector puede seguir la amplia y compleja saga de los intereses creativos de Gerald en una obra que supera los 40 libros, memorias, viajes y expediciones en busca de animales raros, novelas, libros de conservación de la vida silvestre, relatos juveniles de acercamiento al mundo animal y vegetal, llenos de humor y de amor. Su obra como naturalista, incluso la creación de un zoo propio en la isla de Jersey en 1959, que casi le arruina económicamente, define a este hombre cuyo amor por la diversidad animal es un ejemplo para el resto del mundo. Gerry clamaba por el deber ético que tenemos todos hacia la conservación de los animales y sus hábitats, una manera indispensable de proteger el planeta, la responsabilidad básica del género humano. Escribió: “Hasta que consideremos que la vida animal es digna de la consideración y el respeto que le damos a libros antiguos, cuadros y monumentos históricos, siempre existirá el animal refugiado, que vivirá una vida precaria al borde del exterminio, dependiendo para su existencia de la caridad de unos pocos seres humanos”.
El aspecto cinematográfico de nuestro autor es de considerable importancia. Hay varias series de televisión dedicadas a sus viajes por lugares exóticos en busca de animales y en defensa de su conservación. Muchas de ellas son aún asequibles en plataformas y proporcionarán al lector unas horas de diversión y conocimientos singulares. En su obra Cómo cazar a un naturalista aficionado, Gerald nos cuenta de una forma amena y sobre todo divertida, plena de anécdotas las aventuras, algunas hilarantes, de su esposa y él, junto a un equipo de televisión, todos tratando de hacer cooperar a unos animales poco entusiastas o francamente opuestos a que les filmen. Las islas Shetland, el sur de África, Canadá o el desierto al suroeste de los Estados Unidos, son algunas de las localizaciones donde Durrell, su esposa y su equipo trataron de sobrevivir a filmaciones poco ortodoxas. Añadan isla Mauricio –cuna del pájaro dodo- en busca de especies en peligro de extinción (Murciélagos dorados y palomas rosas), en un contexto de calor asfixiante, lluvias torrenciales y peligros inesperados. Sin olvidar expediciones a la Pampa argentina, la costa occidental africana y la Guayana británica. Buscar leopardos y colobos en Sierra Leona. Y en México el teporingo o conejo de los volcanes (Atrápame ese mono). Y cómo olvidar los viajes a Australia, Nueva Zelanda y Malasia (72.000 kilómetros), llenos de peripecias y anécdotas siempre servidas con el humor socarrón y crítico del naturalista y sus constantes protestas por los efectos de la intervención humana sobre el equilibrio ecológico (agricultura, caza, minería, tala de bosques). Mención especial a Misión de rescate en Madagascar,(1992), a fin de filmar un reportaje sobre la flora, la fauna y las gentes que viven en la isla. La descripción de un ejemplar de ayeaye – una especie de lémur que solo existe en la isla y está en peligro de extinción- con el que tiene un encuentro fortuito, es de una belleza descriptiva, llena de humor y de comparaciones jocosas, que convierte ya en la primera página, la lectura del libro en una fiesta. Para muestra un botón: Que un ser tan sorprendente y complejo sea eliminado de la superficie del planeta, es algo tan impensable como quemar un Rembrandt o un Goya, transformar la Capilla Sixtina en una discoteca o derribar la Acrópolis para edificar un Hilton (idea que se le podría ocurrir a Trump). Creo que es una de sus últimas obras. La dedica a su esposa Lee, que me ha soportado, me soporta todavía hoy y, espero, seguirá soportándome hasta que me lleve bajo tierra. Cosa que tuvo que hacer un par de años más tarde.
En su “Durrell Wildlife Conservation Trust”, Gerry legó una fundación no sólo para prevenir extinciones de especies, sino para recuperar las poblaciones amenazadas. Criticó lo que llamó “la política del panda”, es decir la protección de animales “bonitos y fotogénicos” frente a las especies pequeñas y ocultas para el gran público, pero mucho más importantes para la biodiversidad y tan dignas de ser protegidas como el emblemático oso o el ornitorrinco.
Leer y gustar del estilo y el humor de Gerald Durrell en sus obras -en un mundo envilecido por gentes como Trump y sus numerosos acólitos descerebrados, lleno de guerras inicuas y sangrientas, de fascistas nazificados, contaminación ambiental, mentiras venenosas rebosando las redes, inseguridad y cretinos agresivos que nacen por generación espontánea- ...es una invitación a volver a vivir por unas horas con la intensidad y el placer inocente de la niñez.
Pero acabemos con un párrafo delicioso escrito en el “Discurso para la defensa” que Gerald escribe al principio de su Trilogía de Corfú: ‘Quiero rendir un tributo especial a mi madre: como un Noé cariñoso, entusiasta y comprensivo, ha guiado hábilmente un navío lleno de extraña prole por los tempestuosos mares de la vida, siempre enfrentada a la posibilidad de un motín, siempre sorteando los peligrosos escollos del despilfarro y la falta de fondos, si esperar nunca que la tripulación aprobase su manera de navegar, pero segura de cargar con toda la culpa en caso de contrariedades. Que sobreviviese al viaje fue un milagro, pero logró sobrevivir, y lo que es aún mejor, con la cabeza más o menos indemne. Como señala con razón mi hermano Larry, podemos estar orgullosos de cómo la hemos educado: ello nos honra”. Cuando leí este texto pensé inmediatamente en mi propia madre, cuyo denuedo y dominio de sí misma y de las situaciones adversas que deben soportar todas las familias, mantenía a flote, y además en el rumbo indicado, a la nave familiar. Y como en mi caso, en el de la mayoría de las familias de la sufrida clase media de este país –por no decir de todas-. Recuerdo haberle leído estos párrafos a mi madre- también viuda, aún joven- a finales de los 70, cuando el libro cayó en mis manos. Me gané una dulce sonrisa.
ALBERTO DÍAZ RUEDA