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13 diciembre 2022 2 13 /12 /diciembre /2022 12:41

Versión completa del articulo publicado

Si en su teatral Dinamarca, Shakespeare glosaba la podredumbre que emanaba de un magnicidio que infestaba al país entero, en la España de nuestros días huele a podrido por otro magnicidio, injusto e incluso estúpido: el asesinato vil y cotidiano de la noble lengua española, una de las más hermosas del orbe, cuyo poder poético, evocativo, enaltecedor, cortés, ajustable, imaginativo, pícaro, amoroso, irónico y sugestivo, al tiempo que afilado como un estilete, capaz de metáforas crueles y de insultos llenos de ingenio, ha dejado huellas indelebles en la historia de la literatura. ¿Y dónde se perpetra ese asesinato diario, sin sangre pero con extremo dolor, vergüenza ajena e indignación sin remedio? Además de en la televisión, las tertulias, las redes digitales y la vida callejera (que tendría un pase, aunque no un perdón)…en el sitio donde más se debía respetar y obligar a que se respetase. En uno de los espacios políticos más nobles de la nación: el Congreso de los Diputados. Me niego a pensar que es el signo de unos tiempos marcados por la incontinencia verbal, en los que la iracundia oral y la dialéctica del puño y las pistolas sea invulnerable ante la ley y jaleada de forma tabernaria por, supuestos, señores y señoras protegidos por la inmunidad parlamentaria  y que además, qué dislate, son los representantes elegidos por millones de votantes españoles.

Quizá opinen algunos que se nota que el autor de estas líneas peina canas, que hay algo antiguo, obsoleto, desusado y algo mohoso en su discurso. Podría ser un elemento cuya ausencia apenas parece inquietar sino a unas pocas personas: educación, cortesía, respeto, corrección, no sólo gramatical y sintáctica, también con cierta estructura argumental que trata de cumplir con las normas de la retórica lógica y comunicativa.

Algo hay podrido en España, no sólo entre los políticos, las tertulias y las programas más populares, allá donde interviene el  llamado “pueblo llano” (que llanos somos todos, igualados por el género animal al que, con mas o menos propiedad  pertenecemos) sino que ha infestado también lo que debería salvarnos de ellos: la educación, desde la guardería a la Universidad, en nombre de una igualdad democrática (no censurable) y de un sesgo tecnológico, utilitarista y miope que ha desdeñado (eso sí es censurable) el preciso y precioso equilibrio de las nuevas tecnologías con  el amor y respeto a la lengua, la comunicación correcta, la cortesía y la educación cívica, el juego limpio en lo social, lo laboral  y lo político.

La podredumbre se genera, se expansiona y se contagia en las dos direcciones, desde la familiar y educativa, a la social, laboral y política. Y la lengua, el lenguaje vehicular corrompido, es el agente infeccioso que la expande. La libertad de expresión no tiene nada que ver con la esencia de lo que exponemos. En todos los ambientes, pero principalmente en el político por ser el reflejo especular de lo que es y debería ser el social, educativo y familiar, todo se puede decir y sugerir, pero hay que tener la preparación para hacerlo, con un poco de ingenio y siempre el debido respeto a las reglas de la cortesía parlamentaria.

Señores políticos, pertenecen ustedes a una tradición venerable de personas que hicieron del discurso un arte y les aseguro que incluso podían ser más duros, eficaces y críticos que con  los vociferados insultos de hoy. Cánovas del Castillo, Práxedes Sagasta, Echegaray, Salmerón, Pi y Margall, Canalejas, Azaña. Y más atrás, Séneca, Ciceron, Pericles, Demóstenes…Y  más acá, Lincoln, Gandhi, Kennedy, Luther King o Churchill. Y no se ahorraban críticas acerbas, excepto en  olvidar el respeto a las formas. Recuerdo haber leído en las Memorias de Churchill una réplica que éste tuvo a un ataque feroz de Lady Astor contra su política. La dama acabó su diatriba con la frase: “Si yo fuera su esposa, le pondría veneno en el té”, A lo cual Churchill, sin inmutarse y con una sonrisa, respondió: “Y si yo fuera su marido, me lo bebería”. Constaten la irónica malicia de la respuesta. Responde a una invectiva con una inventiva feroz pero elegante. Con una corrección  impecable e ingeniosa, ya que no sólo lo dicho parece una cortesía, sino que es una crítica mordaz y global a la persona a la que se le dice, en realidad, que no es sólo insoportable en lo personal, sino censurable en lo político. Ninguno de los políticos de hoy, extremistas en expresiones y en supuesta ideología –de esas ya no hay, murieron todas en el siglo XX- son capaces de comprender que no tiene más razón el que más grita, insulta, amenaza o patalea. Sino tiene el mismo tipo de “razón” que el que se expresa –Dios no lo quiera-  con palizas, pistolas y sangre.

En 1918, Ortega calificaba la grosería en las formas, en algunas intervenciones políticas, como “plebeyismo” o ausencia de la cortesía y las buenas maneras y consideraba que era una consecuencia del rencor impotente de los hombres sin estilo contra los hombres capaces de estilo. Decía que muchos creían que el mal de España es su mala política y sus malos políticos. Ortega no acepta ese diagnóstico y dice: “la política más que engendrar los destinos nacionales no es más que su consecuencia…la fisonomía política de un pueblo  es sólo el resultado de lo que ese pueblo es en el resto de su existencia, de lo que piensa y de lo que siente, de sus amores y de sus odios, de sus ambiciones y de sus inercias…”.  Es decir, el tono general de nuestra sociedad, de la educación, del comportamiento de muchos jóvenes, de los festejos excesivos en las formas y costumbres, de la comunicación tecnológica, de los ambientes familiares y los tratos parentales…se carece en general de ese estilo cortés y educado, tolerante y respetuoso de cuya ausencia nos dolemos. Más de un siglo después, esas palabras de Ortega siguen siendo actuales. Y eso es lo lamentable.

 

ALBERTO DÍAZ RUEDA 

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