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29 junio 2022 3 29 /06 /junio /2022 17:54

LOGOI 258

MORIR EN DIRECTO

Si eres, preferiblemente, de raza negra, procedente de algún no-país como Gambia o Etiopía y pretendes acceder al “paraíso” europeo a través de Marruecos y España, tendrás la ocasión de formar parte de un programa “prime-time” en los televisores de medio mundo; saldrás en los telediarios y en las portadas de los periódicos y revistas y servirás de aperitivo para despertar el apetito hipócrita de justicia y solidaridad con el que se satisfacen las clases medias pseudo pudientes de las sociedades económicamente “avanzadas”  de Europa (en realidad, casi todas en salvaje recesión hacia la miseria, gracias a la guerra de Ucrania). Serás pasto de noticieros y de golpes de pecho fariseos, porque posiblemente tu cuerpo se quedará, roto y desangrado, sobre el cemento de la frontera, junto al de otros muchos compañeros de sueños imposibles, (veintiséis para ser exactos, heridos no se sabe), fugitivos del hambre, la miseria y la sed. Un panorama apocalíptico que creías dejar a tus espaldas y que va a involucrar a casi todo un continente, el tuyo, el cual en los años imperialistas e inhumanos del colonialismo europeo fue llamado “continente negro”.

Vas a morir en directo ante una muralla de policías y soldados del Reino de Marruecos y convenientemente apoyados por uniformados del Reino de España. Hay órdenes de impedir el paso de la frontera “a cualquier precio”. Por razones políticas y estratégicas (y económicas) de ambos países, el magrebí y el europeo, la frontera “coladero” que por voluntad del Gobierno de Rabat había dado motivos de queja al de Madrid, se ha bloqueado, en pago al apoyo español a las pretensiones marroquíes sobre Sáhara, en un giro de 180º que ha dejado a los saharauis (“tradicionales amigos” de España) a los pies de los caballos marroquíes. Rabat que jamás ha jugado limpio con España desde la época del Protectorado en adelante, ya sea con Hassan II como con Mohamed VI, permite eso sí que las oleadas de inmigrantes lleguen a la frontera y allí se ensañan con dureza como “prueba” de la “amistad” marroquí. ¿No sería más lógico que Rabat interviniera con similar o superior dureza contra las mafias que los conducen a la frontera? ¿No será que todo este tinglado forma parte de una escenificación brutal y sangrienta de Marruecos y España, en pago a favores mutuos? La inmigración requiere que sepamos cuál es su proceso, necesidades, posibles soluciones en los países de origen, las cuotas de acogida…una labor humana y solidaria. No la muerte en directo.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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24 junio 2022 5 24 /06 /junio /2022 18:02

OBSERVATORIO POLÍTICO INTERNACIONAL

EL MUNDO VUELVE AL BELICISMO DEL SIGLO XX

(Publicado en La Comarca el 24062022)

En estos penosos días, la guerra de Ucrania que ya cumple cuatro meses, ha entrado en la “rutina informativa” y causado una cierta insensibilidad hacia las cifras de muertos, heridos, desgracias y destrucciones. Hasta el Papa Francisco sugiere con suavidad diplomática que “la guerra de Ucrania ha estado de alguna forma provocada o no impedida”. Y no se justifica a Putin y su responsabilidad genocida, sino se apela a antecedentes políticos recientes y otros que se produjeron tras el final de la URSS y en años subsiguientes. El belicismo expansionista de la OTAN  y los intereses ocultos, desde la venta de armas a negocios de tipo mercantil, financiero y de materias primas -incluidos los alimentos- son tan responsables de esta crisis como los políticos involucrados en el disparate bélico. Incluso el Secretario General de la Alianza, Jens Stoltenberg, un belicista que apuesta por una guerra lo más larga posible, reconoce que la invasión de Ucrania “es una de las operaciones militares más previstas de la historia”. Se venía venir desde 2014, tras la anexión de Crimea. ¿Por qué no se ha evitado? ¿Por qué se ha alimentado el victimismo ruso?

La guerra de Ucrania es un ejemplo de la trágica futilidad  de la barbarie que se ha extendido en pleno corazón de Europa, debido a la lucha de los opuestos intereses geoestratégicos de Rusia y EE.UU. La trivialidad de esta guerra y lo que la hace más abominable, es su carácter de potencial negociabilidad. Pero no ha habido unos políticos responsables a nivel humano o un organismo internacional arbitral no sesgado por intereses hegemónicos. Y tampoco ha habido voluntad de frenar al capitalismo más codicioso e insensible que existe: el que saca beneficios de la guerra. Si se plantean la pregunta ¿quién se beneficia de esto?, entenderán las líneas maestras de lo  ocurrido entre Rusia, Ucrania y Occidente, gracias al tambaleante liderazgo de Estados Unidos y los apoyos cómplices de muchos Estados, entre ellos el del “tigre dormido”, China.

Hablar del expansionismo de la OTAN, de Rusia, de China, Estados Unidos o Europa, sólo explica una parte –y no la crucial- del problema bélico actual. Las secuelas económicas, alimentarias y ambientales serán más importantes aún. Aunque estarán “equilibradas” por los beneficios que se generan por venta de armas, municiones, energía y alimentos en creciente escasez. Sólo que los primeros efectos citados de la situación bélica serán globales y los beneficios, como siempre, sólo para unos pocos. En esta época de naufragios ideológicos,  las grandes teorías político-sociales, que lucharon entre sí en el siglo XX,  se han difuminado en un tipo de sociedad postcapitalista sin principios, ni valores y con un sesgo tecnológico que nos aísla en burbujas individuales. Por eso importa cada vez menos el sufrimiento de las víctimas de la guerra o el cúmulo de intereses rapiñeros de una oligarquía mundial oculta tras la cortina del Mago de Oz…

La ausencia de rivalidad ideológica en esta nueva/vieja guerra fría que nos espera tras este conflicto, tiene una característica inédita: ya no es la lucha entre el capitalismo y el comunismo. Sino la de un capitalismo neoliberal que se pretende democrático y otro similar que se pretende “neosocialista”. Dos perros furiosos luchando por ser el “macho alfa” de la manada. Como dijo Stoltenberg, para unos, “la libertad es más importante que el libre comercio y la protección de los valores más que la de los beneficios.” Sólo palabras. Entre occidente y Rusia o China la única diferencia es que unos “eligen” la supuesta libertad pero sin olvidar los beneficios y el libre comercio y los otros eligen el libre comercio y los beneficios e ignoran el concepto “libertad”.

Sin embargo, la hipocresía de la política mediática sigue insistiendo en que la única manera de terminar con esta guerra es derrotando radicalmente a Rusia. Aunque Macron, presidente francés, apunta que “no deberíamos humillar” a  Moscú, pues a una potencia militar e histórica como es Rusia o fue Alemania tras la I GM, la humillación conduce más tarde o temprano a una revancha más sangrienta. Los antecedentes de las dos guerras mundiales subyacen en estas palabras. Europa está dividida entre los que desean mantener el conflicto hasta la derrota. Cabe preguntarse de quién y a qué precio para Europa y buena parte del mundo, salvo China y Estados Unidos.  También están los que dicen aceptar el “mal menor” con la pérdida de parte de Ucrania y dar seguridades por parte de la OTAN de respetar las fronteras rusas actuales. Esta parece ser la postura del 35 % de los europeos encuestados. El resto duda y sólo el 22% quiere alargar la guerra hasta que caiga Putin. Lo cual convertiría una Rusia humillada en un protectorado de Occidente, léase Washington. ¿Es que alguien cree que Pekín y la mitad de países del orbe, entre neutrales y no alineados iban a aceptarlo?

El mundo se ha metido en un maldito embrollo. De ahí viene la trágica futilidad de esta guerra sangrienta. Muchos apoyan una reconsideración del conflicto de Ucrania como una fuente estocástica (relativa al azar) de la historia de hoy, un proceso de evolución aleatoria, cuyo desarrollo es tan imprevisible como la secuencia de las tiradas de los dados. Por tanto, urge detener la guerra, ya que su evolución es imposible de determinar y mucho menos reconducir. Debería preocuparnos a todos, a los contrarios a Putin (países del Este, Polonia y los Estados bálticos), a los indecisos (Hungria, Bulgaria, Israel, algunos países árabes) y a los que prefieren la paz aunque sea cediendo algo. Todos perdemos, nadie gana, pero evitamos una guerra estocástica, una de cuyas variables nos podría llevar a la guerra total o a una guerra nuclear (postura de Francia, Alemania, Suecia, Italia y España).

Los tibios y los románticos rememoran la reunión de Munich en 1938, en la que los aliados creyeron que haciendo concesiones a Hitler, el jerarca nazi iba a cumplir los acuerdos y así evitar la guerra. Parece razonable la estimación “a posteriori” de un error histórico. Pero en realidad es una falacia lógica. Comparar a Putin con Hitler y la situación europea de 1938 con la de 2022, es una licencia que produce un “efecto halo”, un sesgo cognitivo definido así: “una vez expresada y establecida una idea, el entendimiento humano fuerza todo lo demás para darle apoyo y confirmación”. Y hay que forzar la historia de entonces y la actual para considerar que ambas son semejantes. Aunque Rusia sigue siendo en esta ecuación histórica, como dijo Churchill, “un acertijo envuelto en un misterio, dentro de un enigma”.

Además el expansionismo imperialista de Putin está causando un enorme paso atrás en el supuesto progreso político histórico. En primer lugar se ha hundido el sueño de convertir la Unión Europea –con Rusia-  en una fuerza mundial cooperativa y soberana que equilibraría, en un nivel de igualdad, a los dos Imperios hegemónicos que se perfilan, la China que se fortalece y el gigante norteamericano en declive pero aún poderoso.

En segundo lugar, se ha restablecido y adquiere fuerza un modelo que pensábamos periclitado: el de la guerra fría. Nuevamente Europa –que se remilitariza a marchas forzadas-  queda bajo el “paraguas” del brazo armado de Washington la OTAN y ahora, como quería Trump, costeándolo los propios europeos. El único efecto positivo es que hay un tímido reagrupamiento de los países de la UE, cuyas discrepancias comenzaban a cuartear la organización. Aunque también se ha reforzado la hegemonía de Estados Unidos, apartándose a Francia de sus pretensiones de liderazgo y creando un extraño caso de travestismo político con el Reino Unido, que sigue incordiando a la UE todo lo que puede.

Con el nuevo orden internacional que la vieja guerra fría  traerá aparejado, siempre en el caso de que se logre parar la guerra a través de hacer concesiones y poner límites a Putin, la UE podría convertirse poco a poco en el hogar de acogida de los países que habían estado bajo el poder de la URSS, vieja pretensión de Washington, frustrada por Francia hasta ahora. Ucrania sería la primera en recibir todo tipo de ayudas para compensar los sacrificios que la paz exigirá.

En tercer lugar, la política de sanciones canalizada a través de la CE y los bloqueos subsiguientes está provocando la reorganización de las cadenas de suministro de productos energéticos, alimentarios y de materias primas. Y ello acarrea un cambio dramático en los objetivos políticos mundiales de la época neoliberal a la que la guerra está dando la puntilla: es un adiós prematuro y firme a la idea de la globalización, que va a morir antes de haberse depurado de sus residuos mercantilistas e imperialistas. Los Estados-nación vuelven a reforzarse y el sueño de la solidaridad y el progreso internacionales se archiva de nuevo.

Pero resurge el enquistamiento de los problemas económicos de algunos países europeos (entre ellos España), agravados por las dificultades energéticas y de suministros que ha causado la guerra. A los que se sumarán los de los países de la antigua órbita soviética que serán admitidos en la UE por la voluntad geoestratégica del “Tío Sam”.

Y en cuarto lugar, el renacimiento de la carrera de armamentos, que nos hace mirar con nostalgia al lejano 1972, cuando Nixon y Breznev firmaban el primer acuerdo limitando el uso y despliegue de las armas nucleares y la red de acuerdos posteriores que nos permitieron soñar en un mundo sin armas nucleares de corto, medio o largo alcance. Sueño que derribó, tras el hundimiento de la URSS, un tal señor Putin. En el nuevo siglo todo volvió a recrudecerse. En estos momentos, Rusia dedica un 300% de fondos a gastos militares, China un 600%, Estados Unidos se pone a la par y la UE se propone con el acuerdo “Brújula Estratégica”, recién firmado, subir su 20% a un 35 % lo antes posible. Con países como Irán, Israel o Corea del Norte, relamiéndose ante la posibilidad de disponer de una bomba atómica para asustar a los vecinos. Los judíos tienen una maldición que dice: “Dios te haga vivir en una época interesante”. Ciertamente entramos en una era “interesante”.

Todas las exigencias que impondrá el “nuevo/viejo orden global” provocado por la guerra de Ucrania, causarán unos efectos demoledores sobre el momento histórico que vamos a vivir. Ha sido un golpe de timón radical que redirige al mundo hacia atrás, hacia un pasado lamentable. Es la sociedad del siglo XXI obligada a ajustarse a las directrices políticas y sociales de la primera mitad del siglo XX. Ese salto hacia atrás estará agravado por los millones de refugiados que buscarán acomodo en  Europa, con una UE repartiendo fondos de cohesión de una hucha cada vez más exhausta y con un patrón, Washington, al que sólo preocupa que sus objetivos geoestratégicos le repongan en un liderazgo que el siglo XXI ya había cuestionado.  Y no sin razón. ¿Qué podemos esperar de un país que sigue alimentando la idea de una guerra permanente, a fin de debilitar y terminar borrando del mapa a uno de sus enemigos tradicionales, Moscú, tan peligroso y poco recomendable como él mismo?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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21 junio 2022 2 21 /06 /junio /2022 09:14

(publicado en La Comarca el 210622)

En los últimos siete años el interés de los españoles por estar informados de lo desagradable del mundo en que vivimos ha decrecido. Del 85 % de interesados por las noticias en 2015, al 55% este año.

¿Se trata del sesgo cognitivo llamado “el síndrome del avestruz” o de una tendencia progresiva de entontecimiento lúdico de la población? En todo el siglo XX casi todos los ciudadanos de occidente leía más de un periódico, al menos un deportivo y otro de información general. Y consumían telediarios y espacios informativos que ampliaban ciertas noticias. En la vida social se hablaba y comentaban las noticias y se opinaba sin complejos. Ahora las ofertas de los medios digitales son inagotables, ya sea  de entretenimiento, diversión o de tertulianos no siempre bien informados pero plenos de ruidosa superficialidad. Tienen más éxito las “fake news” que la realidad, Y cuanto más irreales, conspiratorias o simplemente idiotas, mejor. Las series arrasan y los programas populistas y vociferantes, también.

Las noticias de la realidad mundial sólo interesan cuando se presenta un hecho político relevante que puede cambiar el panorama de un país, hay un atentado sangriento, se celebra la final de una copa deportiva  o algún “influencer”, actriz o un miembro de la clase “alta” y la ética baja está metido en algún lío particularmente siniestro.

Pero esas noticias tienen una vida corta. El ciudadano siempre espera cosas nuevas y bien impactantes si puede ser. Y no le cites los índices de la pandemia que no acaba de irse o de la guerra en Ucrania que está entrando en la irrealidad de la rutina informativa. Ya no nos conmueven las cifras de muertos, violadas o niños desaparecidos. Ni siquiera que algún descerebrado  pueda iniciar la I Guerra Mundial Nuclear.

Por eso quizá una gran parte de la población padezca la curiosa pandemia mundial del Efecto Avestruz, un sesgo cognitivo que nos hace evitar toda información que nos puede causar malestar, preocupaciones, compasión o miedo. Se trata de ignorar esa parcela de la realidad que podría complicarnos la existencia hasta límites insoportables. Mejor actuar como si no existiera.

Para terminar, el mito del avestruz es falso: no mete la cabeza en un agujero cuando percibe un peligro. Suele defenderse con fiereza. El gesto es por la revisión de sus huevos, que entierra para evitar depredadores. Somos los humanos los que, en algunas ocasiones creemos que “desapareciendo” los problemas se resuelven por sí solos.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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19 junio 2022 7 19 /06 /junio /2022 19:14

Durante años he leído, analizado y escrito sobre Hannah Arendt, la filósofa y politóloga alemana y judía que revolucionó el mundo de la filosofía política a partir de mediados del siglo pasado.  De vez en cuando sigue apareciendo algún libro, ensayo o conjunto de artículos de la Arendt, inéditos en español. El presente título fue publicado en inglés en Estados Unidos a finales de los sesenta y toda su casuística referida a la libertad y a la necesidad de mantener la libertad "de ser libres" está teñida con la vocinglera y animada política de aquellos dorados años en los que los idealismos corrían a la par de las razones más profundas y visibles, políticas, económicas y sociales para no sostener dichos ideales. Hasta el 2028 no ha llegado a las librerías españolas.

En esta ocasión, las reflexiones de la Arendt sobre las revoluciones, particularmente la francesa y la norteamericana,  en las cuales el concepto y la práctica de la libertad eran una exigencia y un deber, resultan de una asombrosa pertinencia en las reflexiones políticas de nuestros días. Mientras la revolución francesa supuso un punto de inflexión en la historia pero fracasó de forma desastrosa, la norteamericana de los Padres Fundadores se desarrollo de una forma triunfal pero se enceró en sí mismas y se convirtió en un asunto no exportable y sumida en sus propias contradicciones (la guerra civil, el racismo, las diferencias sociales). Pero justamente la época en la que la Arendt escribe, los norteamericanos han tratado de exportar su historia y modo de vida, de una forma espectacular tras la Primera y la Segunda Guerra Mundial y de forma nefasta y absurda desde los sesenta con la guerra de Vietnam, la primera equivocación de prepotencia y soberbia bélica que luego, a través de los 80,90, y el nuevo siglo, se ha repetido una y otra vez.

La idea de la revolución resultaba atractiva como laboratorio de la libertad en la época en que Arendt escribe su libro. Ahora su lectura ya no es ilustrativa de algo deseable políticamente, pero sí como advertencia y motivo de reflexión para las jóvenes generaciones de hoy, que tienen ante sí motivos de alarma sobre la decadencia de la idea y la práctica de libertad en una sociedad super tecnificada donde el individuo sólo cuenta como consumidor.

Y así reflexiones como la que cito a continuación, lanzan el foco de la duda sobre cuestiones en las que la Arendt ni siquiera soñó: la llegada de una nueva guerra fría tras la guerra de Ucrania y el empeño de la OTAN y de Putin se resolver problemas de libertad a través de la intervención militar: " éstas aun cuando triunfan se han revelado notablemente ineficaces  a la hora de restaurar la estabilidad y de llenar el vacío de poder, de instaurar la estabilidad en lugar del caos, la honestidad en lugar de la corrupción, la confianza en el Gobierno en lugar de la decadencia y la desintegración. "

El caldo de revoluciones populares de la segunda mitad del siglo XX  fue un rosario de barbaridades y errores, brutalidad y genocidios y un regreso a la represión aún más dura que la colonialista puesto que venía de una minoría corrupta y armada de  los propios ciudadanos del país. Y es que, como decía Condorcet, "el adjetivo revolucionarias solo puede aplicarse a las revoluciones cuyo objetivo es la libertad", justamente lo que menos interesada a las élites que se aprovecharon de ellas. Como recuerda la autora, ninguna revolución se ha iniciado nunca por las masas de " los  oprimidos, los desdichados, los miserables y los condenados de la tierra" como cantaba la Revolución francesa. La revolución sólo es posible allí donde se desmorona la autoridad política, falla la estructura misma del poder. La revolución parece ganar siempre al principio, porque recogen los pedazos del poder que había, pero  éste no tarda en volver a estructurarse ( el poder es una alianza entre la economía y la política) y acaban con la revolución bajo un nuevo orden, casi siempre tan o más represivo que el anterior. Ya que la liberad de ser libres significa ante todo ser libre no sólo del temor, sino también de la necesidad. Y eso solo está en la mano de una minoría.

Como decía Sant Just, nos recuerda la Arendt,  "Si queréis fundar una república, debéis encargaros primero de sacar al pueblo de un estado de miseria que lo corrompe. No se tienen virtudes políticas sin orgullo. No se tiene orgullo en la indigencia".

Y para los idealistas, la Arendt recuerda las palabras de Maquiavelo:  "no hay nada más difícil de realizar, ni de resultado más dudoso, ni más peligroso de gestionar, que iniciar un nuevo orden". Y eso sirve de aviso para navegantes de esta autora para la que estuvo claro ya en aquellos años de las dificultades que causaría el resurgimiento del Estado nacional en un mundo dominado por procesos económicos globales. " Es decir, hoy.

FICHA

LA LIBERTAD DE SER LIBRES.- Hannah Arendt. Trad. de Teófilo de Lozoya y Juan Rabasseda.-87 págs. Ed. Taurus

 

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13 junio 2022 1 13 /06 /junio /2022 19:04

(Publicado en La Comarca, 14,06,22)

Un viejo escritor amigo mío, bastante conocido, en apariencia orgulloso y arisco, y en la intimidad, vulnerable y humilde, solía decirme con un deje nostálgico en la voz: “la verdad es que yo quería ser poeta, como León Felipe, Dámaso (Alonso), don Antonio (Machado) o el “angelus senex”, Juan Ramón (Jiménez). Pero pronto comprendí que eso era inalcanzable. Es una tarea de corto recorrido, aparente simplicidad y gran profundidad. Es una lidia incesante con la esencia de las palabras y de las emociones. Por eso me dediqué a la novela. Y en ello sigo, sin cortarme por un quítame allá unos centenares de páginas. Pero –y me hizo un gesto abatido- lo que más envidio es la concisión y sentido de la economía expresiva del poeta, su dominio de la imagen, la metáfora o el símbolo. Ese relámpago estilístico que concentra en las mínimas palabras una sensación, un reflejo, un detalle. Yo debo dedicar dos o tres páginas para describirlo  y  sólo consigo un circunloquio que describe algo, pero que es incapaz de “despertar” en la sensibilidad inmediata del lector, el “sabor” y el brillo de lo evocado”, me dijo. Después se sumió en un melancólico silencio.

Viene esto a cuento por la aparición de un nuevo libro del poeta fresnedino Juli Micolau, “Aplec” (editado en catalán por el Instituto de Estudios Turolenses). Es un poemario dividido en dos partes diferenciadas por el tipo de poemas que contienen: unos breves e impresionistas, siguiendo el estilo de los haikus zen (pinceladas  sensitivas) sin ajustarse a la métrica japonesa (“aigua cristalina/per a beure/ ambs els ulls”; los otros (“Néctar diví”) son de más extensión y relativos a temas más exigentes como el amor, la sensualidad, la lengua materna en la que se expresa el poeta (abundan los giros dialectales del catalán de aquí), la tierra y el paisaje entrañable que le vio nacer y algunos eventos de la actualidad sociopolítica, como los refugiados de otros países o el judaísmo de Sepharad.

Mientras leía el libro de Juli, sus descripciones y sensaciones, me sentía concernido por los sentimientos y emociones que describía. Personas, paisajes, tierra, cielo, luz y palabras ajustadas a un sencillo detalle. He recordado la frase de Tales de Mileto, que Platón recupera en su “Timeo”: “¿Seguirá negando alguien que está todo lleno de dioses?”. La mayoría de los poetas, Juli entre ellos, jamás lo negarían: “El vers és un misteri sense malícia amb la veu dels déus”. Yo tampoco.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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8 junio 2022 3 08 /06 /junio /2022 12:19

El fascinante mundo privado de una amistad entre dos genios más o menos parejos, en realidad dos de las plumas en lengua alemana más leídas en el mundo, Hermann Hesse y Stefan Zweig, es un enorme placer no sólo para los amantes de los ensayos y novelas de ambos, sino para cualquiera que quiera entrar en la convulsa época en la que ambos vivieron, dos guerras mundiales, la persecución y el exilio y, en el caso del austriaco un suicidio inducido por la desesperanza y el miedo a los nazis. 

Es Hesse el que "rompe el hielo" y manda a Zweig un libro de poemas que acaba de publicar -costeándose con apuros la edición- y pidiéndole a cambio un ejemplar del "Verlaine" de Zweig, que ya es un escritor consagrado. Pero es la amable, cortés y extensa respuesta de Zweig la que realmente impulsa un epistolario que se extenderá por un periodo de 35 años. Hesse no era muy amigo del trato con escritores  y de formar parte de esa  " Liga secreta de los melancólicos" que según Zweig debería instituirse para los poetas y escritores en lengua alemana. Pero  el peculiar poeta y novelista alemán comprende de forma prematura que se encuentra frente a un "hermano" austriaco que, como él, será uno de los baluartes literarios de la razón, el bien y la solidaridad en los tiempos más sombríos que había conocido la humanidad.

Este precioso libro editado por Acantilado es un semillero de sugerencias y datos de los dos escritores que permiten lanzar una mirada furtiva a las maneras de pensar y de ser de las dos enormes figuras de la literatura del siglo XX.  Hesse era cuatro años mayor que Zweig y le sobrevivió 20 años. No solo se nos ofrecen ciertas claves que nos ayudan a comprender mejor a estos autores y sus obras sino  que, a través de las cartas,  nos regalan los testimonios de una época convulsa y la maduración intelectual de ambos a tenor de los acontecimientos. La relación epistolar empieza en 1906 y durará prácticamente hasta el suicidio de Zweig en Brasil en 1942.

Zweig, perteneciente a la burguesía austriaca, cultivado, viajero por medio mundo se considera a sí mismo y a Hesse  "afines del alma", aunque éste apenas tiene estudios, es poco sociable, vive solitario en plena naturaleza, junto a un pueblo de menos de 300 habitantes y no le gusta viajar. Quizá debido a ese fuerte contraste su relación es casi totalmente epistolar  y sólo se verán en dos ocasiones. Pero ambos mantienen una postura racional y pacifista en una época en la que eso era considerado poco menos que una traición.

La conexión existencial e intelectual entre ambos escritores se refleja fuertemente en las cartas que leemos. Es reconfortante comprobar el temprano fervor europeísta de ambos y su decidida defensa de una comunión entre la estética y la ética. "Nulle estética sine ética", una vez "se alcanza cierta altura moral".

En la última carta de Hesse resulta impresionante y profética  su frase "En ocasiones la amargura nos impregna como el agua a la esponja". Pues sería esa impregnación de amargura y temor la que empujaría a Zweig a morir junto a su esposa, ingiriendo Veronal, ante la desaparición del mundo que él amaba y el caos que extendían los nazis por Europa. Hesse había entendido sin duda, la extrema decisión de su amigo, ya que el suicidio como vía de escape a situaciones no aceptables, había sido intentado en dos ocasiones por el novelista alemán.

Como escribe el compilador, "en épocas de extravío, en periodos de desorientación, nada es más urgente como las enseñanzas que estos dos autores han extraído de las catástrofes del siglo XX". Mientras leía el libro, me sorprendía la calidad anticipatoria de muchos de los comentarios que Zweig y  Hesse compartían en sus interesantes misivas. En esta época nuestra que parece querer superar los horrores del siglo XX, esta es una lectura evocadora y sugestiva. No se la pierdan.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

CORRESPONDENCIA, HERMANN HESSE Y STEFAN ZWEIG.-Ed. Volker Michels. Trad. José Anibal Campos. Ed. Acantilado.-227 págs.

 

 




 

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7 junio 2022 2 07 /06 /junio /2022 12:37

Publicado en La Comarca 070622

El hambre es el “grado cero” de toda existencia, que todos los seres vivos compartimos. Es algo universal: si no te alimentas, mueres. Nutrir el cuerpo, es el nivel irrenunciable de las necesidades que la sobrevivencia nos impone. Usar el hambre como arma política, como artefacto de eliminación, es un crimen de lesa humanidad; pero permitir que las hambrunas terminen con millones de vidas por una cuestión de negocio, beneficios, dinero, indiferencia, racismo o egoísmo,  es una abominación: confirma al ser humano como el depredador más letal y estúpido del planeta.

Stalin, Mao, Ceaucescu, Hitler con los judíos, los polacos o los gitanos, y ahora Putin chantajeando a los “aliados” con no permitir la salida de grano de los puertos ucranianos, castiga a 250 millones de personas de diversos países, principalmente africanos (y por tanto alejados de las partes en guerra), que para finales de año estarán muriendo de hambre.

Primo Levi, Vasili Grossman, Simone Weil, Knut Hamsum, nos hablan de la muerte por inanición, en primera persona. La muerte por hambre, como por sed, es la negación de lo humano: ante su presencia el hombre pierde la dignidad, la inteligencia, la memoria, la razón…todo aquello que le hace humano. Se sume en un nivel  vegetativo o se deja morir.

Según la FAO y las ong’s especializadas, 190 millones de personas están cerca del nivel de “hambre extrema”, inseguridad alimenticia grave, de las cuales 44 millones, de 38 países, están en el nivel más alto: la hambruna (cuando ya se ha rebasado el punto de retorno). La agencia de la ONU sobre la situación alimentaria global, ha lanzado una alerta máxima sobre la fragilidad del sistema alimentario en muchas zonas del mundo. La suma de desastres naturales ocasionados por el cambio climático (sequías, inundaciones, incendios) y la coincidencia con las secuelas de la guerra en Ucrania, provocan por un lado carestía y siguiendo la lógica capitalista, un aumento desenfrenado de precios de alimentos considerados básicos (cereales, carne, lácteos, aceites y azúcar) que ha llegado a un máximo histórico con tendencias alcistas.

La pregunta no es, “¿quiénes se están lucrando con esta situación inhumana?”. Es, “¿por qué los Gobiernos del mundo no se unen para evitar este brutal genocidio del hombre por el hambre?”. Hay suficiente dinero y recursos en el mundo de hoy. Falta voluntad política o conciencia de la común humanidad.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

 

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5 junio 2022 7 05 /06 /junio /2022 11:35

Artículo publicado en la revista "Compromiso y Cultura" de junio 2022

El espionaje produce montañas de documentos: el 99 % no deberían ser secretos y la mayoría  son irrelevantes

 

Desde John Le Carré a Graham Greene o Ian Fleming en la ficción, pasando por los reales “Pegasus”, el Mossad y la KGB o el MI-6, la peste de los espías sigue contaminando la política exterior e interior de los países afectados (que en general lo son todos, los poderosos y algunos que no lo son). Claro que ese sórdido mundo  que ha excitado la imaginación literaria y la cinematográfica del último siglo, no tiene nada que ver con James Bond, el espía seductor e invencible, ni con el romanticismo elegante y amoral que se suele añadir a historias más bien patéticas como la de Mata-Hari, Christine Keeler (caso Prófumo) los Rosemberg, Kim Philby, Anthony Blunt o Ivanovich Abel (El protagonista de la brillante película de  Spielberg  “El puente de los espías”).

Los “arcana imperii”, los famosos secretos de Estado, cuya defensa o adquisición han sido objeto de incontables ensayos y narraciones desde los tiempos de griegos, romanos o egipcios. Pero lo cierto es que, desde la  modernidad hasta nuestros días, la idea, tan sobrevalorada, de los “arcana”, está a la baja. A través del análisis de los famosos Papeles del Pentágono y la guerra de Vietnam, realizado por la filósofa alemana Hanna Arendt (“La mentira en política”) se desmitifica el valor de los tan preciados documentos secretos. “Uno de los peligros del exceso de la ‘clasificación’ de documentos es que no sólo niega el acceso a los ciudadanos y a sus representantes electos el acceso a lo que deben saber para formarse una opinión y tomar decisiones, sino que los que reciben la autorización para conocer los hechos relevantes, permanecen cómodamente ajenos a ellos. Y no es porque una mano invisible se los oculte deliberadamente, sino porque tienen unos hábitos  mentales que no les facilitan ni la inclinación ni el tiempo necesario para buscar hechos pertinentes  entre montañas de documentos, noventa y nueve por ciento de  los cuales no deberían ser secretos y la mayoría de los cuales son irrelevantes con respecto a fines prácticos”. “Vietnam –concluye la Arendt- es un ejemplo increíble de la utilización de medios excesivos para conseguir objetivos de poca importancia en una región de escaso interés político-estratégico”.

En un mundo global dominado por la ubicuidad y omnipotencia de los móviles, internet, redes sociales, drones y “hackers” el tema de los espías y los “arcana imperii” resulta por lo menos superfluo, aunque se pueden vivir casos tan ridículamente explotados como el sistema “Pegasus” y su uso contra políticos españoles e independentistas. Con el “catalangate” los “indepes” logran una vía más para su victimismo y además el Gobierno les regala el lamentable sacrificio de una ministra –por actividades de seguridad nacional, la mayoría refrendadas por el correspondiente permiso judicial-  y como propina,  obtener paso libre para fisgonear en un organismo que se ocupa de cuestiones más graves que los coqueteos de determinados políticos catalanes con alguna “potencia del mal”, léase los siervos de Putin.

La torpeza y el interesado pactismo gubernamental puede poner en peligro las misiones del Centro Nacional de Inteligencia y la seguridad nacional. Imaginen el clima esquizofrénico que supone que “los enemigos del Estado” a los que se había ordenado vigilar (ERC, Bildu y la CUP) sean los “socios” que garantizan la mayoría parlamentaria. Sería interesante saber qué opinan los socios de España en la OTAN, cuya “cumbre” es dentro de un mes y pico en Madrid. Pero muy abiertos a compartir secretos no creo que estén.

De todas maneras, dejando al margen la presumible falta de lógica del mundo del espionaje en estos tiempos, la dinámica de los recientes acontecimientos sugiere algo alarmante: la previsible vuelta a una nueva “guerra fría” (ojalá no sea “caliente”) y con ello la alarmante tragicomedia psicológica mundial de la segunda mitad del siglo pasado, esta vez con tres actores principales, los EEUU, la Rusia putinesca y China. El régimen chino “prospera” bajo el capitalismo más salvaje y consumista, con el guantelete de hierro de un autoritarismo vestido con la lógica del superviviente y la disciplina férrea del partido pseudocomunista. Pekin pasa a primera línea en la lucha por la hegemonía, mal que les pese a los otros dos.

En el libro de Pere Cardona, “Osos, átomos y espías” (ed.  Principal de los Libros) podrán comprobar ustedes la escasa categoría de los políticos y científicos, espías, prensa y pensadores  que –con honrosas excepciones- habían de auspiciar un nuevo orden tras la Segunda Guerra Mundial. Tensión, miedo al holocausto nuclear, batallas de medios de comunicación y la actividad penosa de los servicios de inteligencia (esos organismos son a la inteligencia lo que la música clásica a la música militar), forman un entramado que muestra la sobrevivencia activa de la estupidez, el orgullo, la vanidad y la codicia de los hombres.

El problema no es que todo ese paquete desvirtuara las cuestiones ideológicas –las más citadas y las menos respetadas- en aquellos tiempos, sino el que  no aprendimos nada y por tanto volvamos a repetir errores semejantes. En cuanto a los intereses financieros, comerciales, nacionalistas o racistas siguen siendo el motor del proceso. Por tanto vamos a volver a la “guerra fría”, con sus hornadas de informantes, negociantes, granujas de toda laya, vampiresas sin traje largo, “frikis” informáticos comprados en subasta o drones de alta AI capaces de destrozar algo con la eficacia de un rayo laser y sin riesgo alguno. Sin embargo, es un ejercicio de conocimiento crítico muy útil leer los errores, arbitrariedades, exageraciones y ridículas tragedias causadas por políticos, militares  y espías en acción durante la anterior “guerra fría”. Sumemos las anécdotas que han sembrado las posteriores “guerras calientes” en Vietnam, Afganistan, Siria, Irak, Oriente Medio (etc.). Pues bien, lo que nos viene encima  amenaza con superarlas. A más medios y parecida estupidez irresponsable, mayor daño.

Lean consecutivamente a Hanna Arendt y a Pere Cardona. A través  de una pedagógica proyección del pasado sobre el futuro en estos textos, veremos la clase de cóctel explosivo que se está preparando. Y aunque sabemos que el azar puede alterar todas las previsiones, es más que probable que algunas de las cuestiones que apuntan esos dos libros las veamos más o menos fielmente reflejadas en eventos futuros, no tanto en los detalles como en las líneas de actuación y su falta de sentido común, coherencia o veracidad.

Analicemos algunos datos del libro de Cardona: Quizá habrá algún caso semejante al de los Rosemberg en Occidente, China o Rusia; el nuevo Powell no será un piloto eyectado sino un empresario tecnológico o alimentario; redes como la de Trigon las esparce la CIA y la KGB por todos los países; será probable que un futuro presidente Trump (si tienen –tenemos- tan mala suerte) o el mismo Putin, pidan a sus perros de presa que atenten contra la vida de cualquier dirigente político incómodo, como con Castro en tiempos de Kennedy. Pero no se dará la jugada de carambolas que provocó la caída del Muro de Berlín. Y menos la de la pequeña Samantha Smith cuya carta dirigida al presidente Yuri Andrópov en 1983 logró frenar un conflicto nuclear.

La conclusión es que, con algunas excepciones, el entramado de políticos mal formados, de militares que van,  a lo suyo y de servicios de “inteligencia” que no son inteligentes, va a causar que en la segunda mitad del siglo XXI (si no nos hemos quedado sin planeta antes) salgan narraciones y anécdotas, quizá no en libros de papel –espero no llegar a ver tal cosa- similares a las que nos cuenta Cardona. Aunque ya no podrán titularse con mención a osos (extinguidos). Pero sí a espías, paradigma del chismorreo interesado, a menudo falaz y casi siempre inútil.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHAS

OSOS, ÁTOMOS Y ESPÍAS.-Historias sorprendentes de la guerra fría.- Pere Cardona. Ed. Principal de los Libros. 428 págs. //LA MENTIRA EN POLÍTICA.- Hanna Arendt.- Trad. Carmen Criado.- Alianza Editorial.-101 págs.

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2 junio 2022 4 02 /06 /junio /2022 18:34

¡ALTO! , ¡EL LIBRO O LA VIDA!

(Charla pronunciada en la Biblioteca municipal de Beceite, el 28 de mayo de 2022)

 

Buenas tardes.  Eso del libro o la vida es una broma destinada a llamar su atención. Les voy a hablar de libros y del acto y función de leer.  Después de más de 70 años de leer de todo, en todas partes y en todos los momentos que podía dedicar a ello y algunos en los que no debía, he llegado a una conclusión. Leer tal vez no te haga más inteligente, pero desde luego te hace menos ignorante. Pero claro piensen que los libros son como los paracaídas, si no los abres no sirven para nada. He aprendido en ellos que un lector puede vivir mil vidas distintas y apasionantes, don Quijote, el mosquetero D’Artagnan, Anna Karerina, el capitan Acab y su Moby Dick, Ulises o Aquiles, sin embargo la persona que no lee vive solo la suya y quizá no la aprovecha del todo. Cicerón decía que un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma. Y tengo claro con mis propios hijos, que un niño que lee será un adulto que piensa. No voy a entrar en la actual batalla entre libros de papel y libros digitales. Un amigo informático me dijo cierto día, qué maravilloso invento el libro: no se cuelga como internet, no hay que enchufarlo, no necesita adsl, es fiable, hermoso y duradero. Su texto no desaparece por un fallo o por la obsolescencia programada, es fácil de hojear, volver atrás o hacer spoiler y mirar el final, no requiere mantenimiento y es mucho más fácil de recordar y de leer sin interrupciones digitales como mensajes y wsaps, no genera basura tecnológica, es resistente a golpes, caídas y un razonable maltrato. Y cuando los tienes juntos forman un escenario, la biblioteca, de lo más hermoso y acogedor. Y aún  así  les aseguro que lo que sigue es una verdad relativa. Quiero decir que lo es para mí y para los que sienten como yo. Así que los que no opinen lo mismo, disculpen y paciencia. Aquí se va a hablar de amor a los libros.

Pero volvamos a lo de comparar el libro y  la vida…dos términos que parecen muy alejados entre sí, casi opuestos. Cuando uno lee, ¿vive? ¿Puede uno vivir sin leer? ¿Acaso los libros favorecen la vida o más bien la dificultan? Serias preguntas…sin respuesta posible. Depende de a quién y de qué libros. Miren ustedes, el Beatle John Lennon dijo que la vida es eso que pasa mientras estamos ocupados en hacer otra cosa. Pues bien, cuando esa “otra cosa” es leer, mantener amistosas relaciones con los libros, la vida se vuelve más amable y divertida. La comunidad lectora es una de las más fraternales que conozco y no hay placer más gratificante que dos desconocidos que charlan y de pronto descubren que ambos son  aficionados a un determinado autor o género literario. Apúntense a un Club de Lectura y lo comprobarán.

Mi propia vida ha estado marcada desde muy tierna edad por la convivencia con los libros. La de ustedes lo ignoro, pero el objetivo de esta charla consiste en demostrar que, con independencia de nuestras edades,  formación, familias y entornos sociales, al margen de todo esto, los dos elementos de la ecuación, libros y vida, suelen estar, de forma directa o indirecta en relación causal: a más libros, por supuesto leídos, uno obtiene más datos de lo que es una vida buena; cuantas más lecturas hagamos, quizá haya más posibilidades de apreciar los diferentes aspectos de la vida. O no. Lo cierto es aunque los libros y su lectura no garantizan nada… a cambio de muy poca cosa, el precio del libro y el tiempo de leerlo, no sólo nos concede diversión y amplía conocimientos (lo cual no es poco) sino nos regala algo que se va depositando en nuestra memoria y que crece y se multiplica en forma de ideas, sugerencias, anécdotas, placer y sabiduría. Por leer no seréis más ricos o tendréis una casa  o un coche más valiosos. Aunque quizá la suma de lecturas faciliten indirectamente las circunstancias que favorecen esas condiciones de prosperidad económica o social. Y, en todo caso, lo que suele obtener el lector a menudo, es más sentido común, un poco más de humor, sano escepticismo, paciencia y algunos trucos para sobrevivir en la selva de la vida.

El libro es a la vida lo que la sal al guiso de la existencia. Y para algunos, la cocina y la despensa completas. Ustedes estarán pensando, “qué nos está contando este tipo?. Seguro que vive de los libros, debe ser editor, librero o, Dios nos coja confesados, escritor”. Pues sí, la peor de las suposiciones es cierta. Me nacieron escritor, ante la perplejidad y el desconcierto de mis padres, hermanas y otros allegados. Creo recordar que hubo un remoto escritor en la familia. Fue el autor de un solo libro “El triúnfulo melancólico” allá por el siglo XVIII o XIX. Era un espadachín pendenciero y un truhán además de poeta satírico y burlón. Terminó mal, como era de esperar. Descanse en paz y sigamos.

De entrada sepan que no he publicado muchos libros, ni soy  popular (gracias a Dios), ni acudo a tertulias en Tele5. Ni aspiro a ser un “infuencer” en la Red. Sólo publiqué una decena de títulos hace años y mi formación tiene más que ver con el periodismo, la filosofía y la psicología que con la novela, la poesía o el ensayo. Abandoné la narrativa y me dedique a la crítica literaria, como un trabajo más que me permitía escribir y leer y, por supuesto, lograr libros gratuitamente. A la velocidad que leo y lo exigente que me he vuelto sobre los libros, no hay sueldo y menos pensión de jubilado, que resista una visita semanal a las librerías.

La lectura es algo esencial en la vida de muchas personas, al margen de su edad y de las desdichas y satisfacciones que colecciona en su existencia. Y muchos de nosotros, les diré como confidencia, nos apañamos económicamente en la adquisición de libros gracias a las Re-ready, unas librerías “low cost” que se abrieron en algunas capitales, Lérida, Barcelona, Zaragoza, Madrid y no sé si en Teruel, en las que se encuentran libros muy interesantes por dos o tres euros el ejemplar.

Pero sigamos con la relación entre la vida y los libros. El filósofo griego Sócrates aseguraba que una vida en la que no se piensa en lo que uno hace, lo que desea y lo que ama y se vive de forma casi automática, sin buscar la mejora, el conocimiento, es decir, una vida sin pensar, no merece la pena ser vivida. Pues bien, los libros son una de las herramientas que nos pueden dar esa conciencia de vivir una vida mejor, la vida buena.  Aunque como dije al principio, en realidad, aunque sea sin libros, la vida siempre merece la pena ser vivida. Pero puede ser que  no se viva tan plenamente.

A partir de este momento hay dos caminos a seguir: uno, hablarles de autores y de sus libros, desde los cuentos de hadas a las memorias de cualquiera de los políticos ejemplares que tenemos en este país,  o el último best seller de autoayuda, un tipo de libro de gran acogida. Se trata de recocinar a cualquier clásico en un lenguaje de wasap o de tic-tac o instagram. Prometen mucho y dan poco. También por supuesto puedo hablarles de los clásicos. Pero en estos tiempos de buenismo y denuncias de mala conciencia  se están manipulando elementos y finales de historias clásicas. Así Caperucita Roja llega a un acuerdo con el lobo, antes de merendarse a la abuelita, por supuesto, por aquello de especie protegida. Emma Bovary, Anna Karerina, la Regenta, Helena de Troya, la señora Dalloway, célebres adúlteras, son redimidas antes de su última caída por aquello del feminismo militante; Moby Dick   es amnistiado por un Acab ecologista y proballenas. Lo políticamente correcto –una hipocresía que se extiende sobre el sexo, la raza y la historia - elimina el racismo implícito en Otelo o el sexismo homófobo en Billy Bud o los genocidios de negros e indios. En fin, sería un tema divertido si no fuera penoso.

Ese el camino que dejamos de lado en esta charla. Seguiremos otro, más interesante por ser menos ambicioso, que me lleva a hablar de cómo se escribe un libro desde el punto de vista limitado y humilde de un solo autor, al que conozco bastante bien. Se trata del individuo que tienen frente a ustedes. Yo.

Dada mi escasa relevancia como autor de novelas, me justifica mi amplio historial como hombre de pluma, escribidor experto en artículos, reportajes o comentarios de todo tipo, literario, filosófico, político, social o económico. Les hablaré de una extraña pulsión interna que es la escritura como medio comunicativo por excelencia. Ya sea a través de las efímeras páginas de un periódico, de una revista o las más duraderas de un libro. Salvo que dichos libros sean quemados en autos de fe, incendios involuntarios u hogueras fanáticas. Cosa que ocurre de vez en cuando en algún que otro país.

Sigamos con el rollo: ya sea usted novelista, narrador de relatos o novelas cortas, periodista o crítico, la forma y manera de hacer su trabajo es semejante. Empezamos con el hecho o conjunto de eventos que  tienen categoría para ser noticia y disparan el impulso de la realidad sobre la sensibilidad del que va a escribir. Pero este sujeto debe tener en cuenta  el entorno social, económico y político en el que se desarrolla el acontecimiento, ya sea local o internacional –como la pandemia o la guerra en Ucrania-, que, dada su relevancia,  constituyen una ruptura del proceso rutinario de la vida y marcan un “antes y un después”. Es la colisión entre esos eventos y la imaginación de escritor donde surge la chispa y la interpretación literaria que luego se reflejará en el texto.
Una vez aclarado el proceso –nacimiento de la causa- y el desarrollo: investigación y recreación de dicho elemento, pasemos a ejemplos prácticos para ilustrar la conexión entre la vida, la realidad,  y el texto que surge de la mente del escritor. Para ello, si me lo permiten, hablaremos de mi  propia obra y por qué y cómo escribí esos mis libros.  

Empecemos con “La última noticia”,  la primera novela que publiqué. Su argumento se desarrolla durante un par de días y narra la trepidante jornada laboral en un periódico de alcance nacional que se enfrenta a dos problemas simultáneos: una posible huelga laboral que enmudecería al diario y el estallido de una crisis internacional de graves consecuencias. Comienza con las noticias de una pequeña guerra real muy localizada entre Argelia y Marruecos con respecto al Sahara. Por una suma fortuita de  mala gestión política y pequeños malentendidos y errores entre las partes en conflicto se acaba convirtiendo en un enfrentamiento nuclear entre la URSS y los Estados Unidos. Ello ocurre en un entorno político de guerra fría entre las potencias y el temor popular internacional  a una guerra nuclear en  la sociedad de los 70 y 80 del siglo pasado. Como periodista tenía amplio acceso a los teletipos que informaban cada día y a todas horas de lo que ocurría en las arenas del desierto de El Aaiun. Ese aporte documental me facilitó solucionar los detalles argumentales, haciéndolos verosímiles. No les diré como acaba la historia: el título es suficientemente explicativo. El protagonista ofrecía “la última noticia” a un mundo que estaba siendo destruido.

Ya hemos visto cómo la profesión del autor le proporciona a éste los elementos operativos para llevar a cabo su labor.  A ello debemos unir los elementos de tipo personal y biográfico. Por ejemplo, en otra de mis novelas “Diario apócrifo de un joven seductor”, se narra la vida de un individuo que trabaja en un Banco y se siente explotado en una labor que carece de sentido para él. Siente que su vida se arruina. Mi protagonista, el joven seductor, está basado en un joven real, un compañero de Facultad que por razones familiares y económicas se ve obligado a  abandonar su vocación de poeta y sus estudios de Filosofía y Letras para encerrarse en el estrecho mundo de los empleados bancarios de bajo nivel en los años setenta. Las anécdotas y los sentimientos y emociones que le asaltaban en sus horas de aburrido y rutinario trabajo de oficina, me inspiraron  los detalles psicológicos que daban humanidad a mi protagonista y a sus esfuerzos por huir de ese ambiente. Aquí aproveché las vivencias de mi amigo pero sobre todo me alimenté de los usos sociales de la clase media baja en la Barcelona de la época, la represión religiosa y política, el tímido renacer de la protesta estudiantil y obrera y la exigencia de derechos.

En “El gran apagón”, recreo los acontecimientos, sucesos y accidentes que se producen en la Barcelona de finales de los 80 a causa de una avería del servicio eléctrico que afecta a toda la ciudad. Conté con la ayuda técnica de un conocido que trabajaba en una compañía eléctrica. Me informó de cuáles podían ser las causas accidentales de una avería lo suficientemente grave como para dejar a oscuras a toda la ciudad. Además eché mano de libros y reportajes sobre los grandes apagones de Nueva York de 1965 y 1977. Lo más interesante fue imaginar cómo y dónde se producían los supuestos altercados, delitos y problemas que el apagón creaba en las calles, parques y establecimientos públicos y privados de Barcelona. El apagón me permitía dejar libre juego a mi imaginación. Estaba llena de posibilidades: una gran ciudad asustada, desbocada, a oscuras, difícil de controlar y vigilar, en la que la delincuencia tenía las manos libres y también los movimientos de oposición política o de protesta social o laboral  que abundaban en esa época.

Un mes después de salir a la venta la novela, se produjo realmente un apagón en Barcelona. Un diario de entonces “El Noticiero Universal”, tuvo la idea  de publicar una doble página en la que se contrastaban los sucesos ocurridos en el apagón real con los que yo había imaginado. Para mi sorpresa al parecer me quedé corto. Como dijo un comentarista: “la realidad da sopa con hondas a la imaginación de cualquier novelista”.

Para comprender cómo funciona el engranaje creativo entre la imaginación del escritor y la realidad que la moviliza, hay que percatarse de que dicha realidad suele estar filtrada y a veces condicionada por elementos puramente biográficos y que actúan de forma disimulada, a menudo con tanta habilidad que ni siquiera el autor se percata de ello. Y así, en otra de mis novelas “Cualquier día en la ciudad”, que obtuvo el Premio Ciudad de Gerona 1977, volví a usar el esquema narrativo de hacer que el protagonismo lo tuvieran las calles y barrios de Barcelona –es una ciudad de unas enormes posibilidades literarias creativas- en una fecha arbitraria pero real (11 de octubre de 1976, lunes) novelando los comportamientos cotidianos de una serie de personas durante el mismo espacio limitado de tiempo, un solo día. ¿Era una idea propia, genuina? No. Se trataba de un juvenil y excesivo intento de escribir una réplica  del “Ulyses” de James Joyce, que también transcurre en un día determinado (16 de junio de 1904)  de la ciudad de Dublin, con una serie de personajes que deambulan por los pubs, las calles, jardines, el río, instituciones y domicilios privados de la capital de Irlanda. La obra de Joyce es rememorada cada año desde 1954 en Dublin, con el “Bloomsday”, con bebidas y jolgorio literario en los mismos escenarios de la novela.

En esa novela se pueden ver claramente las influencias literarias. En mi caso, la de Joyce por supuesto, pero también el Cortázar de “Rayuela”, así como Goytisolo o Pérez Reverte. Está claro que, como dice la célebre frase, la mayoría de los novelistas y  poetas de una época somos como enanos subidos en los hombros de los gigantes de las anteriores épocas. La tradición literaria de cada país,y la universal en todos los casos, es el sustrato alimenticio de cada escritor.

En el caso de otra de mis novelas “El mosaico de Perseo”, donde  es evidente la influencia  de John Le Carré, Graham Greene o Somerset Maugham. Se trata de  una novela de espías que se desarrolla en Túnez en torno a los servicios secretos de españoles, norteamericanos y franceses. En esta ocasión usé información real sobre la red de los servicios secretos europeos, americanos y del norte de África, todos ellos intrigando en torno al control de las fuentes energéticas en Argelia, Marruecos y Mauritania. Fue una narración inspirada por mi trabajo de corresponsal en la zona. Fui enviado a Túnez a indagar sobre la posición de ese país en el problema político del Magreb con respecto a la guerra del Sáhara entre el Frente Polisario y las fuerzas marroquíes para controlar las riquezas minerales y energéticas del territorio saharaui. Mi novela trataba de reflejar la complejidad de lo que ocurría, sin recurrir a alimentar temores nucleares.

Sin duda los escritores están siempre bajo el influjo más o menos directo de una forma propia de pensar y percibir el mundo, identificable en casi todas sus obras. Es más evidente en genios de la talla de Cervantes, Dickens o Faulkner. A mi humilde nivel, ese influjo sueles ser un simple cúmulo de circunstancias, no especialmente raras o llamativas, las que me impulsan a escribir sobre ellas, dejando libre mi imaginación. Por ejemplo, tras un cursillo que realicé sobre antropología de las fiestas populares, me sugirió el profesor que  hiciera un estudio de campo sobre el Carnaval como fiesta ancestral, pagana y también religiosa, enriquecida por supersticiones y leyendas. Así que me fui a las Canarias en la época de los Carnavales y tomé notas para escribir el estudio antropológico que se me pidió.  Sin embargo, en lugar de ese trabajo erudito preferí escribir una novela sobre el Carnaval en Santa Cruz de Tenerife: “Bajo la máscara”. Se trataba de una narración que se desarrollaba en torno a un asesinato. Un terrateniente isleño era víctima de un crimen ritual en plenos Carnavales. Los protagonistas eran una periodista, un antropólogo y un policía, junto a algunas personas de la ciudad. Eludiré mi crítica sobre el libro.

Y para terminar, hablemos de “Demasiados verdugos para Albi”, un relato detectivesco muy alejado de los clásicos del género. El protagonista, Albi, un viejo periodista de sucesos muere víctima de una misteriosa enfermedad, sospechosamente en el momento más inoportuno, cuando estaba a punto de aportar pruebas sobre la corrupción de una oligarquía financiera que dominaba de forma brutal la ciudad. Para diseñar el argumento de ese relato policiaco con muerto incluido, confieso la deuda adquirida con la novela “El factor humano” de Graham Greene, de donde “pirateé” la fórmula de un curioso veneno que no deja huellas. Aunque este es un detalle menor. Lo interesante es que Albi usa su propia muerte  y sus artículos por publicar y publicados para mostrar, matemáticamente, las pistas que lleva a la policía a desenmascarar a los delincuentes de guante blanco que él denunció en vida. Ese fue mi adiós a la novela.

En resumen, desconfíen de muchos de los tópicos del escritor. Tanto el que dice que suda lágrimas de tinta para hilvanar sus historias –es raro el escritor que sufre realmente por escribir, salvo gente desequilibrada pero genial, como Kafka, Dostoievski o Malcom Lowry-. Y tampoco son de fiar los que dicen que lo pasa pipa. Lo cierto es que cada libro tiene sus servidumbres. Y que la valía de un escritor suele estar en relación directamente proporcional con el esfuerzo que dedican a escribir. Cada escritor es un mundo en sí mismo y no es justo generalizar. Tengan en cuenta que no sólo el tema, el estilo o el vocabulario son relevantes. El estado anímico del escritor, sus  problemas personales, económicos o sentimentales influyen en su obra. Todo suma. Por eso no es lo mismo Dickens que Proust, Lawrence Durrell, Joyce o Stefan Zweig. Hay quien hilvana ideas y palabras como si fueran las cuentas de un collar, como Henry Miller. Otros se baten con cada frase, como Ernest Hemingway o William Faulkner que siempre dejaban el trabajo diario en el punto en que tenían más cosas que escribir, para así asegurarse que al día siguiente iban a reanudar el trabajo.

Otro de los tópicos literarios que hay que tratar con pinzas es el de la maldición de la página en blanco. La cual sólo consta para escritores del siglo pasado, como yo, aunque en mi caso he superado la transición hacia el ordenador. Ahora es el maldito cursor parpadeante en la pantalla vacía del ordenador el que, como una burla del duende de la escritura, obsesiona al pobre autor que tiene la mente tan en blanco como la pantalla. Tampoco se lo crean demasiado. No hay encantamiento ni duende que valga. Detrás siempre hay una excusa o una constatación. O el tipo se ha equivocado en cómo debe continuar la historia que desea contar o simplemente no tiene ninguna historia que valga la pena narrar. Ese hecho es lo que le deja en blanco.

Sin embargo existe en algunos escritores un elemento indefinible y misterioso. Hablo de escritores como Kafka, Hermann Hesse, Henry James, Saint Exúpery… y de casi todos los poetas. En sus páginas aparece de pronto una frase o una imagen que estremece al lector. Es un detalle, una anécdota, un resplandor que nos asalta de pronto en plena lectura, que resalta como un brillante, un personaje que nos seduce, una reflexión que nos ilumina. Puede ser un diálogo de Hemingway o Mann; la descripción de un paisaje en Zweig; un sentimiento en “El pequeño príncipe” de Saint Exúpery; el final de “Auto de fe” de Elías Canetti…  Todos estos momentos, en sí mismos, forman parte del embrujo de la literatura. Y por esos instantes vale la pena leer, escribir, publicar y comprar libros. Es una emoción sencilla, quizá banal dirán ustedes, pero prodigiosa y reconfortante.

Un crítico célebre dijo que el escritor es más una comadrona que una madre. Su misión es traer al mundo a un niño, es decir un libro, con el menor daño posible: “si la criatura vive, gritará y se librará de cordones umbilicales y sondas alimenticias del ego del escritor” Vivirá por sí mismo, se independizará del autor. Éste sólo tendrá que cuidar las palabras que usa. Y eso se nota en el ritmo del libro y en su capacidad para encantarnos. Con su extraña relación entre el consciente y el inconsciente, la novela implica un proceso que ni los escritores ni los críticos llegan a entender. Imagínense los lectores.

Algunos dicen que el auténtico escritor puede ser un narcisista, pero detrás de eso hay un esfuerzo real y una diversión más o menos permanentes. Es como un estado de alerta  que se activa cuando el escritor ve algo o a alguien que le conmueve y encuentra un eco en su interior. Una semilla que debe fructificar. Eso es lo que define al novelista de raza, al creador de mundos, al hombre que pasea un espejo por el borde de los caminos y las calles de la ciudad y que, como Tolstoi, siente en su alma toda la complejidad de las almas de las gentes que le rodean, que sufren, disfrutan, juegan, aman, laboran y mueren a su alrededor cumpliendo el ciclo inevitable de los seres humanos.

De ahí que les diga, variando un poco la frase maliciosa que les solté al principio ¡Alto ahí! Piensen ustedes: Los libros son parte y espejo de la vida. Son los amigos fieles que nos regalan un sentido más rico a nuestra existencia, una entrada preferente a una vida  más buena, a la excelencia.

Eso es todo. Gracias por su atención.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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31 mayo 2022 2 31 /05 /mayo /2022 11:21

(PUBLICADO EN La Comarca, 310522)

La RAE nos aclara que “distopía”, una de las palabras de moda en el estupidiario teletertuliano y la Tontared, es la “representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”. El problema con tanta cháchara indocumentada y conceptos cogidos por los pelos, es que en lugar de alertarnos en contra de tal deriva de la cosa pública, se extiende una fórmula venenosa: hay que preparase para eso, hay que resignarse a lo que venga. Olvidando que en una democracia, incluso la nuestra, el ciudadano debería hacer escuchar su voz y si la “res política” no oye, como es normal, movilizarse para gritarlo conjuntamente. Pero mientras que tengamos nuestros juguetes tecnológicos, incluida la tele y sus series y programas cerebrodeformantes, y no se presenten demasiadas restricciones en lo cotidiano, aguantamos lo que nos echen.

Así el asunto distópico avanza hasta que se convierte en tópico: desastres con el sello del cambio climático, guerras de codicia, hambrunas en África y emigraciones masivas; violencia civil, desde descerebrados armados que asesinan, niños, mujeres o negros, hasta gamberros violentos y violadores con patente de corso; un ecosistema que empieza a agonizar ante la indiferencia global. Sin olvidar los crecientes fanatismos religiosos más obcecados y pro medievales.

¿Qué hace peligrosa esta banalización de las distopías, bajo el paraguas de “eso no nos puede pasar aquí”? El hecho incontrovertible de que estemos aceptando como “normales” los mimbres con los que se hará el cesto de Pandora, el que contiene todos los males: son las características neoliberales de nuestra realidad actual. A saber, el individualismo extremo del “yendo yo caliente”; la gradual desaparición de movimientos comunales, altruistas y concienciados con los problemas reales, y no teledirigidos o subvencionados por la política fagocitadora de todos los partidos; la escasez de educación ética desde la guardería hasta la Universidad; la creciente y contagiosa falta de salud mental a todo nivel y en todos los colectivos sociales; la entronización de la fuerza sobre el diálogo y la colaboración; la dependencia hacia una tecnología que nos aleja de lo propiamente humano; la pérdida de la memoria histórica como especie y el auge de los totalitarismos, a cambio de la seguridad y el pan de cada día. Los chinos ya se acercan a esto y, dada la marcha de los acontecimientos, esa “ideología” podría dominar el mundo. ¿Distopía?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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