COMPROMISO Y CULTURA (Agosto de 2025)
LAS GRANDES DAMAS DE LA FILOSOFÍA DEL SIGLO XX, EN EL EXILIO
HANNA ARENDT, MARÍA ZAMBRANO, SIMONE WEIL Y EDITH STEIN
Éstas cuatro pensadoras del siglo XX han enriquecido con sus obras y sus testimonios vitales no sólo la historia de la filosofía del pasado siglo, sino que por sus ejemplares existencias y sus ideas se han proyectado con enorme trascendencia en la vida política y social del igualmente caótico siglo XXI; de tal forma que sus críticas y vivencias éticas se reflejan en las situaciones agónicas que ahora se ciernen en el plano internacional y en nuestro propio suelo. Ellas se comprometieron –una hasta pagarlo con su vida- en defensa de sus ideas en el tiempo de eclosión de las dictaduras fascistas y nazis, afrontando dos guerras mundiales. Tiempos de ignominia que parecen estar reproduciéndose hoy día, gracias a la increíble desmemoria e irresponsabilidad humanas.
Como escribe la historiadora Lyndsey Stonebridge, de la universidad de Birmingham, en su reciente libro “Somos libres para cambiar el mundo. Lecciones de Hannah Arendt sobre amor y desobediencia”, las crisis de migrantes, de exiliados a la fuerza, no son nuevas en la historia; lo nuevo es la brutalidad de nuestra respuesta y la cosificación de esas personas, convertidas en ejemplares de “nuda vida”, es decir seres sin ningún tipo de derechos (incluso nuestras mascotas tiene derechos reconocidos). Son casi como los “homo sacer” del derecho romano, rescatado en sus libros por el filósofo Giorgio Agamben, individuos a los que cualquiera podía matar sin responsabilidad alguna. Y esas actitudes más o menos públicas se están exacerbando en estos tiempos debido al auge de las extremas derechas, los regímenes populistas y el ejemplo ‘trumpista’, que han brutalizado todo el proceso en Europa, muchos de cuyos países eran fuente de migrantes y exiliados durante todo el siglo XX. ¿Cuántas familias hay en España que no haya tenido algunos emigrantes o exiliados en su seno? Estamos viviendo una normalización de este rechazo y de una estética etnocéntrica de la crueldad que nos corrompe a todos. Es la vuelta a nacionalismos tribales con aires de “vendetta” por una ‘amenaza’ que no es tal. Nos venden, no sólo en las redes sociales, también en el seno de la política profesional, un mensaje de temor y revancha. Y la gente lo compra, sin pensarlo con calma un minuto. Solo hay que recordar que una de las agencias europeas con mayor presupuesto, es Frontex, la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas: 900 millones de euros por año del 2021 al 2027. El pacto de política migratoria en Europa ha endurecido los requisitos de acogida y fijan cuotas para cada Estado. Un viento de derrota y humillación humanitaria parece haber contagiado al mundo. Y mientras, en España, con una tasa de natalidad del 1,5 (pronto el equilibrio nacimientos-defunciones se romperá a favor de los segundos) la economía se estancará irremisiblemente. A no ser que admitamos a más inmigrantes, según advierte el Nobel de Economía, Abhijit Banerjee. Cada vez que expulsamos a unos inmigrantes suenan campanas de duelo. No preguntéis por quién doblan, lo hacen por España y los españoles, que han olvidado que en el pasado más reciente fueron un pueblo de exiliados. Leer a estas cuatro mujeres y su mensaje de comprensión y amor mundi nos invita a recapacitar.
HANNAH ARENDT.- Nació en Linden-Limmer, un pueblo que hoy es un barrio de Hannover, en 1906, y falleció en Nueva York, de un ataque cardíaco, en 1975. Era judía, no practicante, aunque nunca negó sus raíces y mantuvo el respeto a su tradición. Su filosofía y su vida, ambas coherentes, tenía un motivo operativo esencial: las relaciones con otros seres humanos, a través de la amistad o el amor y el respeto a sus ideas, por muy distintas que fueran de las suyas. Y así lo practicó con personas de todas las clases sociales, lugares y continentes diversos. Estudió griego, filosofía y teología en Marburgo. Allí conoció a su maestro, Martin Heidegger, del que asumió su teoría de que la filosofía es una experiencia que se encuentra en el camino y nos puede acompañar en todas las circunstancias de la existencia: lo cotidiano sometido al pensar, como un ejercicio vital, desde el “ser en las cosas” hasta la proyección del propio ser en los otros.
Hannah tuvo una relación amorosa con Heidegger, intermitente y sometida a las necesidades o caprichos de él (estaba casado) que, no obstante, siempre valoró, hasta el punto de apoyar al filósofo cuando tras el final de la II Guerra Mundial se le solicitó que testificara en el juicio de los aliados contra Heidegger por sus relaciones y connivencia con el régimen nazi. Tras abandonar Marburgo, la filósofa se fue a estudiar a Heidelberg con otro de sus maestros, Karl Jaspers, quien le dirigió el doctorado sobre “El concepto de amor en Agustín de Hipona”. Después se fue a Berlín y en el año 1929 se casó con el filósofo judío Günther Anders (divorciada en 1937). En 1932, debido a la creciente amenaza nazi, abandonó Alemania con su madre y se fueron a Paris. Allí conoció a Walter Benjamin, de quien aprendió el arte de integrar fragmentos de la gran filosofía clásica en contextos nuevos y distintos de pensamiento.
Tras el estallido de la guerra en 1939, Paris dejó de ser seguro y Hannah se exilió a Estados Unidos. Su matrimonio con el poeta y politólogo alemán Heinrich Blücher, influyó decisivamente en ella, pues su filosofía comenzó a aplicarse en el análisis político, de donde ya no saldría y produciría brillantes frutos que colocaron las obras de Arendt en primera fila en la postguerra. En 1951 le concedieron la nacionalidad norteamericana. En ese país se desarrolló la época más fértil y brillante de su vida intelectual.
Entre sus obras fundamentales, es recomendable leer “Los orígenes del totalitarismo” y los trabajos realizados con ocasión de su asistencia en Jerusalén al proceso contra Eichmann (1960): el jerarca nazi se había refugiado con identidad falsa en Argentina, tras la derrota del nazismo, y fue secuestrado por el servicio secreto israelí y juzgado y condenado a muerte en 1961). Esos trabajos fueron publicados con el título “Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal”. Arendt –repudiada por los líderes religiosos judíos por ese libro- no sólo defendió el derecho a emitir un juicio libre y sin prejuicios, sino que criticó a los líderes judíos por su complicidad con los nazis durante el horror de la Shoa, alegando la culpabilidad parcial de los judíos en su propio aniquilamiento. “Todo aquel que se niegue a rebelarse contra la injusticia de la que es víctima, es cómplice indirecto de ella”.
En “La vida del espíritu: pensar” y “La vida del espíritu: la voluntad”, Arendt demuestra que “filosofar es una necesidad básica del ser humano”. Acaba de publicarse “Sobre Palestina”, una serie de artículos de los años 60 y 70, cuya recuperación en estos días, resulta de una ejemplar actualidad.
MARÍA ZAMBRANO.- Nacida en Vélez-Málaga en 1907, esta filósofa basó su obra más madura en conciliar filosofía y literatura a través de un nexo común: la razón poética que se forma a través del misterio, la sensibilidad ante el ser y la naturaleza, el sueño y la esperanza. Estudió Filosofía (en 1931 fue nombrada profesora de Metafísica en la Universidad de Madrid) y fue discípula de Ortega y Zubiri. María se exilió en 1936: tras la victoria franquista en la guerra civil, marchó a Puerto Rico. En 1946 viajó a Paris donde se relacionó con Albert Camus y otros intelectuales franceses. En 1948 se separó de su marido y se instaló en Cuba hasta 1953, año en que trasladó a Roma. En el 1965 tuvo que abandonar Italia (por una denuncia de sus vecinos, debido a que ella y su hermana Araceli, daban cobijo a dos decenas de gatos y vivían rodeadas de suciedad). Se instaló, junto a su hermana, en Suiza, donde vivieron en condiciones económicas precarias, recibía ayuda de sus amigos de España y Francia. Regresó a España, tras 45 años de exilio, el 20 de noviembre de 1984 (aniversario de las muertes de Franco y José Antonio Primo de Rivera). Fue muy bien recibida con todos los honores y recibió varios premios institucionales y una ayuda económica permanente del Ayuntamiento de su ciudad natal, Vélez Málaga, donde está enterrada. Murió en 1991 debido a una infección respiratoria.
Para Zambrano, la guerra civil en España es el fruto de una cultura cainita en la que el Otro se convierte en una amenaza, en el enemigo más cruel por ser el más cercano. La fuerte personalidad de María se refleja en su obra, que es una síntesis muy personal de elementos fenomenológicos, existencialistas o vitalistas, de mística y psicoanálisis. Siguiendo los principios orteguianos (se mantuvo fiel a Ortega, aunque criticó su regreso demasiado prematuro a la España de Franco) opuso su “razón poética” a la “razón vital” de Ortega, aunque nunca la fundamentó sistemáticamente. Es un concepto original de percepción vital de las circunstancias de la propia existencia, no desde la razón o la vitalidad, sino apoyándose en la “razón poética”, que es una instancia donde la poesía, la mística, la sensibilidad afectiva y la imaginación conectada a la naturaleza, proporcionan los elementos de análisis y conocimiento.
Su obra de 1955 “Claros del bosque”, rica en introspección mística y poética es la más significativa. También lo son, por razones biográficas y filosófico-literarias, “Hacia un saber sobre el alma”, “Delirios y destino” (autobiográfica) y “Los sueños y el tiempo” o “Séneca”.
SIMONE WEIL.- Nacida en París en 1909, en una familia judía de médicos y profesionales agnósticos e ilustrados. Asiste al liceo Henri IV donde tiene de profesor de filosofía al gran ‘Alain’ (Emile-Auguste Chartier -1868/1951) que fue un importante faro y apoyo a su manera de pensar. Estuvo muy unida a su hermano mayor, un niño prodigio que le descubrió el mundo de los números, la literatura y el pensamiento. A finales de 1934 deja la enseñanza para trabajar en distintas fábricas y conocer las necesidades y la precaria vida de los obreros. Con la ocupación alemana, abandona París con sus padres, primero con destino a Marsella y luego a Nueva York. Por esa necesidad interior de exponerse a la realidad, asumirá trabajos manuales y participará brevemente en la guerra civil española, en la columna Durruti.
Simone era una mujer intensa y radical, estoica, mortificada y humilde hasta el exceso. Kantiana radical, sus amigos la llamaban “el imperativo categórico con faldas”. Para ella la vida no tenía sentido si uno no procedía consigo mismo de la misma manera que se exigía a las demás personas. Nunca estaba satisfecha de sí, ni con su vida: sus sentimientos y emociones eran severamente restringidos. Estudió en la prestigiosa Escuela Normal Superior de Paris, con la nota más alta de ingreso, seguida por Simone de Beauvoir. Fue expulsada por haber encabezado una manifestación de obreros contra el paro. Trabajó de maestra en liceos femeninos de provincias. Durante sus vacaciones trabajaba en el campo como jornalera o en una fábrica como obrera. Trataba de experimentar en su propia persona cómo era la vida de los obreros. Pasaba hambre y necesidades, pues incluso repartía su sueldo con quienes apenas podían sobrevivir. En 1940, Simone, junto a sus padres, se fueron a vivir a Marsella, con la intención de exiliarse a Estados Unidos. Su amistad con un sacerdote dominico la llevó a la conversión al cristianismo (se identificaba con san Francisco de Asís), aunque no aceptó la disciplina católica (“Fe sí, Iglesia, no”). Vivía con una austeridad total. Dormía sobre el suelo y se alimentaba deficientemente; no quería poseer más de lo que tenían los pobres. En esa época escribió “El amor de Dios y la desgracia”. En 1942, Weil y sus padres lograron emigrar a Estados Unidos. En contra de su deseo de volver a Francia para participar en la Resistencia, es destinada a labores burocráticas por los servicios de la Francia Libre. Ella no aceptó ese alejamiento táctico y emigró a Inglaterra, Liverpool, para colaborar con la resistencia francesa. No dormía más de tres horas y se agotaba con jornadas de diez horas de trabajo. Consumida por una anorexia voluntaria, muere el 24 de agosto de 1943 en el sanatorio de Ashford, cerca de Liverpool. Cumplió su idea de que “la persona debe superar su dependencia del yo. Llegar a estar vacía totalmente para poder concentrarse en Dios. Y eso se hace a través de la atención. Es la fuerza más grande e insólita de generosidad”. Sus obras son abundantes: “Amor y amistad”, “Contra el colonialismo” “Libertad y opresión social, “A la espera de Dios”, “La persona y lo sagrado”, “Hacer la guerra” “Echar raíces” y “La gravedad y la gracia”, escrita entre 1942 y 1943.
EDITH STEIN.-Nacida en 1891 en la ciudad polaca de Breslavia, en una familia estrictamente judía, moriría en 1942 en Auschwitz. Como Arendt y Zambrano se quedó huérfana de padre en la infancia. Estudió historia y lengua alemana, con el objetivo de hacerse maestra, aunque se sintió atraída por la filosofía. En 1913 fue a Görttingen para asistir a las clases de Edmund Husserl. Hizo una licenciatura y el doctorado dirigido por Husserl sobre el tema de la empatía. En 1916 defendió su tesis doctoral y recibió la summa cum laude. Su ambición era ser profesora pero se encontraba con las reticencias del profesorado masculino y del propio Husserl que opinaban que la enseñanza universitaria “no era cosa propia de damas”. En 1918 dejó a su admirado profesor y se dedicó a la propia investigación filosófica. En 1922 se convirtió a la fe católica, probablemente seducida por sus estudios de Teresa de Ávila y de Tomás de Aquino. Entendía que la filosofía era el pensamiento riguroso y sereno; no dependía de los sentimientos, la fantasía, el gusto o la opinión personal. Trataba de explicar la religión desde la razón. En sus trabajos filosóficos analizó el papel de la empatía y sus raíces en el propio cuerpo.
En otra línea, Stein aseguraba que el sujeto, el ser humano era “un ser arrojado al mundo”, coincidiendo con conceptos similares de Sartre y de Heidegger. Stein considera que cuando la persona se da cuenta de ese hecho, comienza a reflexionar y a buscar un sentido de su propia vida.
En 1933, a los 42 años, ingresó en un convento carmelita en Colonia, a pesar de la oposición familiar. Stein seguía con horror y alarma las noticias que afectaban a los judíos en Alemania y los países ocupados por los nazis. Logró una audiencia con el Papa Pio XI para convencerle de que debía tomar una postura contra Hitler y su política genocida. No tuvo éxito. En 1938 huyó a Holanda a un convento carmelita. Pero los nazis la sacaron de allí y la enviaron a Auschwitz junto a su hermana, donde fueron asesinadas. Entre sus obras cabe destacar: ‘Sobre el problema de la empatía’. ‘Ser finito y ser eterno’. ‘La estructura de la persona humana’. ‘Escritos espirituales’. ‘Los caminos del silencio interior’.
CONCLUSIÓN
Hay una línea subliminal, una línea de luz y sombra, que une a estas cuatro pensadoras de estilos de vida, obras y biografías tan diferentes. En su actitud frente a la violencia, la sinrazón, la brutalidad y la absoluta crueldad que llevan a cabo los regímenes totalitarios, fascistas o nazis a los que se enfrentan, existe un rechazo humanitario lógico. Arendt escribe: “La comprensión no implica negar el horror o explicar mediante tales analogías que no se sientan ya ni el impacto de la realidad ni el choque de la experiencia. Significa examinar y soportar de forma consciente el fardo que nuestro siglo ha puesto sobre nosotros sin negar su existencia ni someterse dócilmente a su peso”.
Su llamada a la comprensión (que no justificación), a la vía filosófica de la “razón del corazón” - un sesgo femenino conmovedor- en la que ante la enormidad de la barbarie se opone una consideración humanística, ética, en la que se propone el no contagio, el pensar desde una razón llena de luz que se dirige no a los causantes de tanto dolor, sino a los que han logrado sobrevivir, a los que deben seguir viviendo con esa historia terrible a cuestas, a los que juzgan y castigan a los culpables: no permitir que su ánimo, su alma, su corazón, se contagien de tanta maldad; o que la mantengan en sus espíritus hasta el final de sus días, arrebatados por la memoria de un horror que envenena la vida. Esa es la postura lúcida e incomprendida de Hannah Arendt; la comprensión y el vigor por superar esa ignominia, de esa especie de santa laica que fue Simone Weil; o la de María Zambrano...y posiblemente sintiera algo semejante la monja conversa Edith Stein, antes de ser aniquilada por ser judía.
Por otra parte, la figura del refugiado exige una nueva política internacional acorde con la realidad presente: estamos en una era en la que crece el paradigma del ‘ciudadano en-éxodo’, habitantes de espacios extraterritoriales y aterritoriales, que exigen el derecho esencial humano de llegar a ser, alguna vez, miembros de la sociedad universal. Como decía Zambrano, ‘dejar de ser habitante del país interminable del exilio, sin reino, sin himno y sin bandera’.
Y Arendt escribirá: “el derecho a la vida empieza a cuestionarse cuando la absoluta falta de derechos se convierte en una realidad”. Y pedirá el “derecho a tener derechos”, condición inmanente del ser humano en el mundo. Las cuatro coinciden en la idea de que “el grado civilizatorio de una sociedad se puede medir justamente en función de su hospitalidad “. Ellas son las campeonas de una filosofía de la esperanza que debería ser aplicada por todos los que sufrimos el desconcierto, la irritación y la congoja de ver cómo en pleno siglo XXI comienza, de nuevo, a asentarse la Bestia
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