TRUMAN CAPOTE, LA SINGULAR VOZ DE OTROS ÁMBITOS
UN ESCRITOR ORIGINAL Y UNA PERSONA INCLASIFICABLE QUE ESTIMULÓ EL PANORAMA LITERARIO DE LA MITAD DEL SIGLO XX Y ASOMBRÓ AL MUNDO INTELECTUAL POR SU ENLOQUECIDA Y AUTODESTRUCTIVA EXISTENCIA
Un lector ingenuo y atento, podría pensar que con Henry Miller, Anais Nin, John Irving, Saul Bellow, Philip Roth, Paul Auster y otros por el estilo, ya habría pulsado suficientemente la circunstancial vena transgresora hetero y homosexual de la literatura norteamericana del momento. Se equivocaría. Tendría que leer a Truman Capote. Y no sólo su “Desayuno en Tiffanys” (un gran éxito literario y una edulcorada pero excelente película) o “Otras voces, otros ámbitos”, su primera novela, deslumbrante obra escrita con 23 años de edad. Esas eran obras que se salían del posterior patrón habitual de Capote. Habría de afrontar e intentar comprender su escandaloso y libertino modo de vida –bastante más desaforado que el del pobre Oscar Wilde, que lo pagó demasiado caro- pero eran otros tiempos y tuvo la suerte de cara toda su vida, ya que su homosexualidad descarada y libertina “sólo” le causó incidentes violentos y desagradables y una tendencia autodestructiva por el abuso de drogas y alcohol. Que ello no eclipse el interés del lector. Hay una mina de oro en la prosa de este escritor menudo y desdichado, pesadilla de los editores por su informalidad y atrasos.
Reconozco que a partir de los 60 y hasta los 80, me limité a leer algunas de sus obras, las noticias de prensa, reseñas, y lecturas puntuales de determinadas novelas o reportajes, además de visionar dos o tres películas donde en papeles secundarios mostraba su aspecto envejecido y algo truculento, más por satisfacer encargos profesionales que, entonces, por placer o interés literario. Luego cambiaría mi perspectiva. Por tanto, no pretendo desmerecer a este escritor, digno émulo de Genet, Forster o D.H. Lawrence, aunque mucho menos elegante que estos en sus actitudes y en la dureza diamantina de su prosa. Podríamos ver en la obra literaria de Capote, una vez aceptado el espinoso camino argumental de sus obras, reflejos de Rimbaud, Litton Strachey, Isherwood, Oscar Wilde y, en cierta forma, de Marcel Proust. Podría pertenecer con pleno derecho a la nómina de los escritores famosos que de alguna forma hicieron causa común con el perseguido y a menudo canallesco mundo gay, como Auden, Cocteau, Ginsberg, Pasolini o Tennessee Williams. Pero dejando claro que respeto la plena legalidad y derechos personales de todas las diversas opciones sexuales -y acabo ya con ese tema delicado tan unido a Capote- lo que distingue a Truman de casi todos ellos es la tendencia exhibicionista, paradójicamente festiva y crítica, de las actitudes y comportamientos de signo socio-sexual de sus personajes principales y de él mismo públicamente, así como la vulgaridad y chabacanería de algunas de sus expresiones (cuya procacidad resalta más contra la habitual belleza literaria e inteligencia discursiva de sus textos).
Pasemos ahora a su obra-vida, tan inextricablemente unidas, como la de sus adorados Charles Dickens o Mark Twain. De alguna manera Truman Capote no dejó en ningún momento de ser un niño juguetón, irresponsable, encantador, libidinoso, astuto y con momentos delirantes (que ya adulto los producía un cerebro genial esclavizado y medio destruido por el alcohol y las drogas que lo llevarían la tumba poco antes de cumplir los 60 años) a pesar o quizá debido a la miseria y sordidez de su infancia. Como lo describe su entrevistador de la mítica “The Paris Review” treinta años antes, al principio de su carrera, era “pequeño y rubio, con un mechón que persiste en caer sobre sus ojos, con una sonrisa repentina y soleada ante cualquier persona nueva. Parece ingenuo y sincero, pero hay algo en él que te pone en guardia y te hace medir lo que dices”. En ella Capote cuenta que empezó a escribir a los diez u once años y que se presentó a un concurso infantil de relatos. Su texto mostraba, no denunciaba, ciertas actividades casi delictivas que realizaban algunos adultos del barrio. Alguien se dio cuenta del escándalo social que podría provocar la ingenua malignidad del texto y la cosa no cuajó. Ya apuntaba maneras. Pero crecía en un ambiente agresivo y poco adecuado (los padres le abandonaron, apenas nacido, al supuesto cuidado de familiares que lo detestaban). Era rebelde, mentiroso y obsceno y en su ambiente –de muy escasa cultura- se le calificaba de subnormal. Fue enviado a correccionales y a psiquiatras. Uno de ellos afirmó, adjuntando tests psicológicos, que el niño tenía una inteligencia superior, que rayaba en la genialidad, pero una actitud y comportamiento de pequeño gamberro inmoral y pendenciero. Sin embargo, desde pequeño, el gusanillo de la lectura había prendido en él y también su lógico correlato, el de escribir. Tras múltiples fracasos en la escuela, empezó a enviar cuentos a todas las revistas que conocía, hasta que un día a los diecisiete años, el mismo día, recibió tres correos de distintas revistas aceptando cada una de ellas la publicación de relato recibido.
¿Cuál podría ser el secreto del éxito de su prosa? El soberbio control estilístico y emocional sobre el material que surgía de su pluma. La lectura de Henry James, Hemingway o Virginia Woolf le estimulaba a buscar una voz propia, distinta a esos maestros pero lo más cercana posible a su propia exigencia de perfección. Para ello usaba una naturalidad sin tapujos, unida a una falta rigurosa de ética y a una ingenuidad -casi infantil- de irresponsabilidad y no culpabilidad, pero usando el mejor inglés que era capaz de escribir. Corregía incesantemente y buscaba con intensidad la autenticidad, una voz distinta y duramente real, pero con un léxico y una coherencia estilística lo más depurada posible.. Y todo eso brillaba sobre todo en los cuentos, quizá el género literario más difícil de dominar. El relato corto exige una enorme naturalidad estilística y léxica: la voz que narra debe ser la más natural posible, bordeando el tema y la cuestión de fondo, evitando la moralina o la pretensión filosófica.
Capote es sincero, incluso jactancioso, sobre sus inicios: “en general, mi infancia transcurrió en algunas partes del país y entre personas que no estaban provistas de ninguna apariencia de actitud cultural. Lo cual probablemente no era algo malo, a largo plazo. Demasiado pronto me endureció nadar contra la corriente; de hecho, en algunas zonas desarrollé los músculos de una verdadera barracuda, especialmente en el arte de tratar con los enemigos, un arte no menos necesario que saber apreciar a los amigos. Siempre he despreciado la absurda enseñanza escolar —cambiaba de escuela constantemente— y año tras año reprobaba las materias más sencillas por repugnancia y aburrimiento y obtenía las notas más altas en lengua, literatura o historia. Así que mi vida era una huída continua de esos lugares, la casa, la escuela, donde no podía ser yo mismo y hacer lo que deseaba: escribir y leer sin cesar. Se me consideraba un mocoso descerebrado. En una clínica psiquiátrica fui analizado y devuelto a mi familia con una calificación de inteligencia superior. Eso les horrorizó, pues no sabían qué hacer conmigo y no entendían qué clase de inteligencia era la mía”. Así que Capote siguió escribiendo, aunque para estimularse comenzó a beber alcohol y usar drogas a partir de los 15 años. En los diferentes sitios donde vivió siempre buscaba un cierto protagonismo, unos alardes en la vestimenta, de vocabulario y actitudes que indicaran a los demás que él era diferente y, por supuesto, mucho mejor. Como escribe su biógrafo Gerald Clarke, “le gustaba bastante la extravagancia y la ostentación. Se tenía por alguien especial, algo que no se recataba en ocultar a los demás”. En realidad, lo único que le importaba era escribir. Su enorme creatividad se disparaba en los momentos más inesperados. Cuenta Clarke que en una ocasión, en la escuela, le hicieron representar un papel insignificante en una obra de teatro. Al llegar su única y corta intervención, Truman se dirigió al público e improvisó una perorata ingeniosa pero absurda en la que objetaba todo el argumento, ante la desesperación del director y la sorpresa y diversión del público.
Rebasada la adolescencia empezaron los éxitos y algunos escándalos privados o públicos. A los 17 años era periodista de una de las grandes revistas del momento, New Yorker. Ganó el prestigioso Premio O’Henry con Miriam, una narración corta sobre una siniestra y misteriosa niña (que tuvo una versión cinematográfica ya en este siglo XXI). A los 23 publicó Otras voces, otros ámbitos, su primer, casi apoteósico éxito. Es una novela excelente y extraña (él mismo dijo años más tarde de ella que “es como si la hubiera escrito otra persona que no soy yo, no es de mis obras preferidas”). Capote perfila su estilo: “Es preciso tener una cabeza deliberada, dura y fría para escribir sobre lo real que te ocurre, no puedes ahogarte en emociones, como hacía Dickens. Tienes que estar ‘dentro’ de lo que ocurre y analizarlo de forma fría, esforzándote en no salirte de lo que es, por sucio, rastrero o maligno y estúpido que sea”.
Capote admite ciertas influencias literarias, aunque no muy directas, sólo como influjo ocasional sin reflejo en sus textos: Faulkner, McCullers, Thomas Wolfe...y en su juventud, Stevenson, Poe, Dickens, Flaubert, Chejov, Austen, James, Forster, Rilke, Proust, Shaw, James Agee y muy especialmente, en el mundo del cine, que le atrae, Zavattini, el guionista de de De Sica.
En una de sus entrevistas Capote reveló que solía escribir “en horizontal”. Echado en la cama o recostado en un sofá, con cigarrillos y café a mano. Por la tarde se pasaba a algo más fuerte, bien dotado de alcohol. Escribía a lápiz la primera versión, siempre en papel amarillo (lo pasaba a papel blanco en la última versión), y era un fanático de la corrección de estilo. “El estilo eres tú”, decía. Y en sus entrevistas aseguraba, muy poco convincentemente para los lectores, que su material nunca era autobiográfico, pero él vivía su cotidianidad como uno cualquiera de sus personajes principales o secundarios.
Hasta un estilista ortodoxo y genial como William Styron (el autor, entre otras de la magnífica novela “La decisión de Sophie”, o también de “Esta casa en llamas”) confiesa en un ensayo titulado “Elogio de Capote”, que cuando leyó uno de sus primeros relatos publicados casi en la adolescencia (Truman tenía su misma edad, pero siempre decía con su infantil picardía maliciosa que Styron era mucho mayor que él,) se sintió “anonadado por el talento de ese texto: las dotes de escritor de Capote me dejaron sin aliento”. Y añadió “He aquí un artista de mi edad que podía hacer que las palabras bailaran y cantaran, que cambiaran misteriosamente de color, que efectuaran proezas mágicas, que provocasen la risa y un estremecimiento en la columna vertebral, que tocasen el corazón: un maestro de lenguaje con todas las de la ley antes de alcanzar la edad de voto”. Este trabajo fue publicado por Styron en 1994 en la revista Vanity Fair, diez años después de la muerte de Capote y casi cincuenta de que leyera ese relato del que habla, cuando la figura de Capote había sido convertida, a pesar de su potencia y valía literaria, en uno de esos autores de los que nadie se atreve a decir algo bueno. Por ejemplo, nadie admitía en el mundillo literario norteamericano el indiscutible carácter de “maestro” de ese escritor, odiado y envidiado a partes iguales por casi todos sus colegas. Styron sentencia al finalizar su trabajo: “Capote, como todos los escritores, tenía sus deficiencias y cometió muchos errores, pero creo que está fuera de duda que nunca escribió una frase que no surgiera de la búsqueda angustiosa de lo mejor que puede ofrecer un verdadero escritor”. Y en el otro extremo, tengan en cuenta que Capote autorizó que en la faja promocional de sus libros se pusiera un retrato suyo y una frase escrita por él: “”Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”. Y si, era un genio del “marketing”.
Podríamos seguir “ad nauseam” por la vida y características inmoderadas, aspectos oscuros y brillantes detalles de conocimiento, ternura y compasión del ser humano. Pero era también informal en sus compromisos, libre de convenciones sociales hasta el desafío y singularmente infantil en su necesidad de amor y respeto. Sin embargo vale la pena hacer un reposado paseo por su obra. Una obra, como él, sujeta a retoques, extravíos, pérdidas y promesas incumplidas, pero obsesivamente escrita siempre con referencia al listón más alto de la creatividad literaria que él pudiera conseguir, aunque fuera al coste de su propia vida. Tal como ocurrió.
No hay un orden cronológico correcto en la aparición de las obras de Capote. Dependía de su humor, su inspiración, su demonio crítico interior, las circunstancias externas: falta de dinero suficiente para pagar una vida costosa y deslumbrante, plena de fiestas, amoríos masculinos, viajes, caprichos caros y absurdos, ropa, regalos a amantes o a despechados, las rehabilitaciones y tratamientos médicos, hoteles, casas de veraneo, pisos de lujo, altruismo sentimental y otras menudencias. Desayuno en Tiffany’s y A sangre fría tuvieron su versión cinematográfica de gran éxito. Con esta última obra, Capote inauguró un nuevo género: la novela de no ficción. Pero obras como Plegarias atendidas, Cuentos completos y Crucero de verano se publicaron póstumamente (1987, 2004 y 2005).
Para terminar déjenme citarles un fragmento del prólogo de Eduardo Mendicutti a Desayuno en Tiffany’s, pues describe magníficamente el físico y el talante de Capote cuando iniciaba su carrera literaria, en una juventud, que trató de mantener de forma patética hasta su prematura vejez y final: “Un físico infantil y provocativo como el de una lolita –bajito, rubio, insinuante-, un amaneramiento rayano con la caricatura de la delicadeza femenina, un narcisismo malicioso, una coquetería enfermiza y con plena conciencia de su poder de fascinación, una voz dañina como un anzuelo, un nítido deseo de alcanzar cuanto antes la consagración literaria y la gloria y celebridad mundanas”. Ese fue Truman Capote durante la mayor parte de su vida, entre 1924 (Nueva Orleáns) y 1984 (Los Ángeles). Léanlo. Quizá les desagraden algunas páginas, pero les aseguro que el balance entre éstas y otras más abundantes, que son magníficas, brillantes, divertidas, de un humor inteligente y corrosivo o tierno e incluso geniales, les compensará.
Pasemos a sus obras más conocidas (o mejor dicho, a las tenía en mi biblioteca personal o las pocas halladas en la Biblioteca Municipal de Alcañiz). Antes de ello, disfruten con la biografía autorizada de Gerald Clarke, amigo y albacea de Truman, editada por Ediciones B (1989) en su colección Tiempos Modernos. Más de 600 páginas reflejan una labor de diez años en vida del autor y muchos más en ediciones posteriores.
Siguiendo una cronología de las obras que he utilizado en este trabajo, releí su primera publicada (1945) Un árbol de noche, editada por Argos Vergara y Anagrama en su colección referencial Biblioteca Truman Capote, en la que el lector encontrará prácticamente todas las obras traducidas de T.C. Se trata de una recopilación de relatos entre los que está Miriam que obtuvo el Premio O’Henry de relatos cortos, uno de los más prestigiosos del país. El lector sensible nunca podrá olvidar a esa encantadora niña que se convierte en una figura aterradora por su angelical presencia y su misteriosa malignidad inocente.
Después, claro está, hay que asombrarse ante la maestría de Otras voces, otros ámbitos (1946), que yo leí en Bruguera hace demasiados años pero el lector de hoy hallará fácilmente en Anagrama en la colección citada. En menos de 250 páginas Capote nos desconcierta y subyuga con una obra polifacética, original, plena de intriga, misterio y habilidad narrativa. Es una novela de aprendizaje y nos narra la vida de un joven, Joel Knox, que acaba de perder a su madre y afronta un cambio de hogar, en un barrio marginal de la sureña Luisiana de mediados de los 50 del pasado siglo. Comenzamos a percibir las sombras lejanas de los textos de Twain o Faulkner. Hay que leer con atención, la prosa clara y ajustada tiene recovecos y variaciones que revelan una maestría del lenguaje increíble en un autor de poco más de 20 años. No hay fronteras claras entre lo real y lo imaginado o soñado, es un texto mágico que seguramente pedirá más de una lectura. Los personajes resaltan con la fuerza de un Dickens o un Balzac (sin olvidar el grano de pimienta de la homosexualidad del autor, presente pero no impuesta) con una vuelta de tuerca hacia una cierta irreverencia burlona, una tendencia traviesa a la caricatura. Y llegarán a uno de los más exquisitos, excesivos y asombrosos finales narrativos en los que se clarifican todos los detalles del argumento.
En 1949 publica otro libro de narraciones, Observaciones (1949) y Color local, en 1950, que no he leído. Y llegamos a Desayuno en Tiffany´s (1958) que leí en la desaparecida Biblioteca El Mundo y que el lector encontrará en la citada colección de Anagrama. He aquí un ejemplo de pequeña obra maestra (algo más de cien páginas) con un comienzo que hizo escribir a uno de los detractores personales de Capote, Norman Mailer, que el capítulo inicial de esta novela es de los “más perfecto de toda la narrativa norteamericana contemporánea”. Es la aventura neoyorquina de una joven de apenas veinte años, de supuesta dudosa reputación y encantadora presencia y carácter (una curiosa mezcla de picardía y candor), Holly Golightly. Jamás la olvidarán, y no sólo por el rostro de Audrey Herpburn que la encarnó en la pantalla. Se trata de una novela corta admirable y les aseguro que Holly formará parte de sus figuras literarias preferidas, como el trasunto idealizado e imposible del propio Capote.
Pero finalicemos o el director de CyC me echará una bronca. A continuación de ese éxito viene el segundo triunfo más popular de T.C., A sangre fría, (1965-66) una asombrosa conjunción de novela- análisis- reportaje y entrevistas, sobre un asesinato rural, sus autores e instigadores. La maestría de Truman, su fabuloso trabajo de investigación, convierten este libro en un soberbio ejemplo de inteligencia y facultad literaria y psicológica.
En 1969 publica El invitado del día de acción de Gracias; en 1951, otro de sus grandes éxitos populares El arpa de hierba, de la que escribió una versión teatral que se representó en 1952. Luego vendría un periodo de sequía creativa, al menos en ediciones, pero Capote no deja de escribir entre los trastornos y problemas de la azarosa y borrascosa vida festiva, sentimental y social que le convierten en personaje amado y odiado no sólo en el ambiente literario sino en el de la alta y más baja sociedad norteamericana y europea. En 1980 sale Música para camaleones, formada por tres libros cortos, el del título, mas Ataúdes tallados a mano y Conversaciones y retratos (no se pierdan el prefacio del autor y la semblanza dedicada a Marilyn Monroe).
Tras su fallecimiento y en circunstancias que parecen surgir de una de sus obras, se publica en 1987, Plegarias atendidas, una novela que Capote aplaza y promete durante veinte años a sus editores sin entregarla jamás. Como anécdota, el título viene de una frase de Santa Teresa (que no he sabido encontrar en la obra de la santa de Ávila) que Capote pone en la entrada de la novela: “Se derraman más lágrimas por plegarias atendidas que por las no atendidas”.
Y, en fin, para acabar con este viaje “capoteiano” otra obra “fantasmal” de Truman, que aparece en un cajón lleno de páginas manuscritas, documentos, fotos y originales sin acabar ni pulir, que Capote dejó olvidado en un traslado de piso en el Brooklyn de los 60 y que, una vez hallado en 2004, se pone en subasta en Sotheby´s y por presiones de Clarke, su biógrafo, la adquiere la Fundación Capote. Se trata de Crucero de verano (2006) que Capote comenzó a escribir en 1943 y que estuvo retocando hasta 1953, año en que la abandonó y la dejó entre sus documentos inacabados. Como escribió un crítico, “Se trata de un cuento de hadas de Nueva York que evoluciona hasta que se metamorfosea en una tragedia”. El lector puede encontrarla en la citada Biblioteca Truman Capote, la colección de las obras de este escritor publicadas por Anagrama.
Que ustedes disfruten de la lectura, como merece este autor controvertido y genial.
ALBERTO DÍAZ RUEDA
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