LOGOI 418
LITTLE BOY
La Humanidad llegó a ser plenamente inhumana después de las 8 horas y 15 minutos del 6 de agosto de 1945. La bomba Little Boy, (hay que ser particularmente irresponsable para llamar Niño pequeño a un artefacto genocida) arrasó Hiroshima con su potencia de 15 kilotones. La de Nagasaki, tres días más tarde, fue de 23 kilotones (una bomba innecesaria, Japón ya estaba dispuesto a rendirse tras la primera) y se la “bautizó” como Fat Man (Hombre gordo). Actualmente Rusia, China, Francia, Reino Unido, India, Pakistán, Israel y Corea del Norte, además de los EE.UU., poseen 12.300 0jivas nucleares en total. Una de ellas llega a los 50.000 Kt de potencia destructiva, la tienen los rusos y la llaman Zar, quizá por la nostalgia de Putin por el imperio de antaño.
Hay quien cree que sólo fue un salto cuantitativo en la ominosa historia bélica de la especie. Incluso lo celebran como un logro “pacifista” (¿en referencia a la paz de los cementerios?). ya que acabó con la II Guerra Mundial. Pienso que es un error de cálculo estimativo. Lo que aquéllas dos bombas de nombre risueño trajeron a la historia es la monstruosa falla ética de la humanidad que ya habían certificado los Campos de la muerte nazis y los “gulags” y horrores genocidas del ominoso siglo XX. Por desdicha, el XXI está propiciando y aplicando medidas de extrema violencia, contra individuos y países, hasta extremos patológicos (véase Gaza). Sin contar con los excesos que rodean el drama de la emigración, el hambre, las guerras locales, etc. Y lo peor del análisis ético de aquéllos “logros científicos” es que las “ideologías” que “certificaron” –por activo o pasivamente- esos desastres, están volviendo a instaurarse en occidente y son capitaneadas en cierta forma por el presidente del país que abrió las puertas del infierno nuclear (cuyo nombre no voy a mencionar en esta ocasión, para no ser acusado de reiterativo).
Hiroshima quedó arrasada en un 70% y perdió al instante, calcinadas, 70.000 personas, por una ola de calor de más de 4.000 grados centígrados. Y, otras 70.000 personas más tarde, a causa de quemaduras y enfermedades radioactivas. En Nagasaki, el resultado fue semejante, más de 70.000 muertes directas y las correlativas de enfermedades y heridas. El 15 de agosto, menos de una semana después, se firmó la paz. Washington redactó el texto de la Constitución nipona bajo la ocupación militar norteamericana, cuyo artículo 9, dice: “El pueblo japonés renuncia para siempre a la guerra como derecho soberano de la nación y a la amenaza y al uso de la fuerza como medio de solución en disputas internacionales”. Ojalá un pacto mundial semejante, amparado por la Comunidad de naciones del planeta, fuese suscrito y significara el fin de la era nuclear y su tan ignorada DMA (Destrucción Mutua Asegurada). Hoy Japón vuelve a militarizarse.