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5 noviembre 2024 2 05 /11 /noviembre /2024 23:39

JOSEP CONRAD, MAESTRO DE LA NOVELA INGLESA, NOS CONDUCE AL “CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS”

NACIDO EN LA UCRANIA POLACA DEL XIX, FUE UN MARINO ESCRITOR Y FALLECIÓ HACE UN SIGLO

 

Se cumple el centenario del fallecimiento de uno de los grandes de la literatura mundial y británica en particular: Jósef Teodor Conrad Nalecz Korzemiowski, nacido el 3 de diciembre de 1857, en Berdiczew (Ucrania), en el seno de una familia polaca de la pequeña  nobleza rural, bajo dominio ruso. Era hijo de un intelectual, autor teatral, traductor de Shakespeare al polaco y director de una revista, que sería detenido y condenado al exilio y prisión en una localidad del norte de Rusia, por haber intervenido en el levantamiento polaco contra el dominio ruso en 1863. En el destierro moriría de tuberculosis su madre y unos años más tarde su padre, agotado y enfermo por las inclemencias del clima. Conrad, huérfano, sería acogido por su tío a los 11 años. Decide ser marino y su tío le envía a Marsella al cuidado de un joven que conoce bien el gremio de los abastecedores de navíos. Su primera experiencia de navegación la hace por el Mediterráneo. Va teniendo aventuras en ese ambiente (una de ellas fue abastecer de armas a los carlistas españoles).

A los 21 años llegó a Inglaterra y comenzó a aprender su lengua y, en forma muy intensa, se dejó embrujar por lo que él llamaba “la caballerosidad y el honor inglés”. Empezó a navegar como grumete en un paquebote fluvial por el Támesis y así comenzaría una carrera de marino, marinero de primera, primer oficial, segundo de a bordo y capitán que le llevaría por todos los océanos a lugares remotos y culturas extrañas en los mares del Sur y Malasia, forjando su carácter con ese toque de disciplina, solidaridad y compañerismo, sentido del honor y laboriosidad que se resumían en un principio sacrosanto de la Marina británica: llegar a merecer del superior una frase sencilla y valiosa: “Buen trabajo”.

Conrad  resumió esa época con su habitual elegancia: “Aunque la simple curiosidad y un puro amor a la profesión de marina fuera lo que me llevó a abrazarla, la he ejercido escrupulosamente después de sufrir todos los exámenes reglamentarios y de haberme ganado la estimación de mis jefes de que fui un buen marino y un capitán de largas travesías digno de confianza”. Conoció un mundo abigarrado de marinos, comerciantes, corredores de comercio, aventureros, rajás, holandeses, chinos y malayos que integraría sus relatos y novelas.

Dos cuestiones más saldrían a flote en este sumergirse en las páginas de la obra de Conrad: el polivalente sentimiento de amor-odio-respeto-miedo hacia el mar; y la permanente huida y autovaloración de sí mismo frente a su otro juez interno: la escritura. Ella le permite crear un telón de palabras tras el cual se cobija una persona sensible, insatisfecha, autocrítica y triste. Al lector atento, la enorme y compleja riqueza del estilo literario conradiano le atrae fuertemente, pero también puede producirle la sensación de que detrás de ese estilo recargado, ceremonioso, cultísimo y profundo, hay un ser herido por la vida que trata de esconderse tras la recargada vestimenta de un noble caballero inglés del siglo XVIII; un pequeño polaco irritable, tímido, reservado y cordial, que nunca dejó de suspirar por su familia tan prematuramente perdida y por los ideales de una Polonia libre en una Europa unida.

Hacia la segunda mitad de su vida, abandonará la vida marinera y se hará escritor. Adoptará el nom de plume de Josep Conrad y así fue, es y será conocido por todos los amantes de la buena literatura. Murió el 3 de agosto de 1924 a los 66 años. Acababa de rechazar el título nobiliario de Sir, ofrecido por el primer ministro británico Ramsay Mc Donald en nombre de la Reina. Dejó inacabada una novela titulada “Suspense”.

Joseph Conrad es una afortunada mezcla de dos vocaciones vitales, profundas, creativas y fructíferas: la marina y la escritura. Unamos a esto tres coordenadas que influirán en su vida y su obra: lo polaco por sus raíces (y la lucha por su propia identidad, heredada de la dura historia de esa nación); la lengua inglesa por conquista, como él escribe “en el sentido en que es conquistada una mujer, por amor, que es una especie de rendición” y el mar, como oficio, desarrollo humano y formación (y hervidero de temas, caracteres y vigor viril en su obra). Pero no cedamos ante el espejismo del amor al mar de Conrad. Desde que lo abandonó para escribir sobre él, no volvió a acercarse a las olas y los puertos. El mar no podía ser su amigo, lo conocía íntimamente y sabía de su cólera y de la falta de sentido de los esfuerzos agotadores que exigía. Sólo en 1898, ya casado y con un hijo, Borys, por razones de índole económica, trata infructuosamente de volver a la Marina mercante sin éxito. Sus recuerdos de marino no le traían nostalgia: eran el material preciso para sus dotes de escritor, una materia a modelar. Casi todos los argumentos de sus mejores novelas y la temática de sus memorias y ensayos, tienen al mar como protagonista y depósito de personajes y acciones vividos o escuchados desde los 17 a los 37 años de su vida.

Aparte de su intrínseca valía literaria y su amor a los viajes y a la aventura pura y simple –que me atrajo desde mi adolescencia, cuando leía “Lord Jim, “La Línea de sombra” o “El espejo del mar- mi afecto por Conrad encontró más tarde una total confirmación cuando leí varias obras en las que el escritor defendía la paz, la solidaridad y el diálogo entre las personas y las naciones por encima de cualquier otra consideración. Una veintena de novelas, ensayos, relatos, memorias y una nutrida correspondencia, integran el corpus conradiano. Añadan quizá medio centenar de volúmenes críticos y biográficos. Y una nota al margen: los que piensen que conocen la obra de Conrad viendo “Apocalipsys Now” (supuestamente basada en “El corazón de las tinieblas”o algunas otras películas que reflejan, mal que bien, sus novelas: “Lord Jim” con Peter O´toole, “El agente secreto” o “Nostromo”...se equivocan. Para conocer y disfrutar de esas obras en todo su enorme  potencial, deben leerlas. Generalmente superan en valía, profundidad y brillantez a las películas correspondientes.

Cuando Conrad, bisoño capitán de barco, acepta en 1889 el encargo de sus armadores de remontar en rio Congo, no espera el horror que había de encontrar allí y que luego plasmaría en 1898 con “El corazón de las tinieblas”: un “Estado Libre” que en realidad era la propiedad privada del rey Leopoldo II de Bélgica, un sátrapa que convertiría el país en una fuente de riqueza, a manos de las mercaderes que obtenían los permisos de explotación y llenaban las arcas propias y las del rey, sin protección ni ley  ni autoridad alguna para con los nativos, tratados como esclavos y bestias de carga. El narrador, Marlow, viaja al Congo en busca del desaparecido Kurtz, un agente comercial al servicio de las empresas belgas. A su regreso cuenta a unos amigos que en el momento en que encuentra a Kurtz, ve que ha sufrido una brutal metamorfosis: es un perturbado que se ha autoerigido dios de los aborígenes, enfangados todos en una abominable orgía de sangre, sexo, violencia y bestialidad. Cuenta: ...”la selva le había cautivado, amado, abrazado, penetrado en sus venas, consumido su carne y unido su salvaje alma a la de él, por medio de inconcebibles ceremonias de algún tipo de iniciación demoníaca”. Esta obra, “acaso el más intenso de los relatos que la imaginación humana ha labrado” según lo valoró Borges, ha tenido una enorme influencia en otros escritores desde García Márquez a Vargas Llosa o desde Orwell y Graham Green a Virginia Woolf y Camus.

Pero el auténtico viaje al corazón de las tinieblas fue el que el mismo Conrad sostuvo contra y a favor de sí mismo. Pocos grandes escritores han buceado con tanta sinceridad, dureza y entereza como este polaco trasmutado en inglés. En casi todas sus obras, Conrad iniciaba el volumen con un prólogo o proemio hablando de sí mismo y de sus circunstancias para escribir dicha obra, con la misma minuciosa pasión y elevado tono literario con el que  describía las vidas y labores de sus personajes. Una introspección permanente –del escritor y sus personajes- en busca de una cierta ética existencial y de su ausencia. Pero justificada por un sentido del deber y de la labor bien hecha que Conrad había aprendido en sus veinte años de marino profesional. En 1894 realizó su último viaje como marino mercante a Australia. En el viaje de regreso conoció a varios escritores, entre ellos John Galsworthy y Edward Garnett, que le animaron a escribir sus vivencias. Durante los treinta años restantes, hasta su muerte, Conrad hizo fructificar literariamente todo lo que había aprendido en un oficio que practicó con inteligencia, sentido de solidaridad, estoicismo, capacidad de sufrimiento y grandes dotes de observación. En sus relatos el hombre está solo, cara al universo con ese sello austero y leal del hombre de acción que también supo pergeñar Rudyard Kipling

Javier Marías en su libro “Vidas escritas” escribe sobre la irritabilidad del escritor, su enfermiza salud –padeció dolorosos ataques de gota y articulares toda su vida - su amor por la lengua y literatura francesa y el fuerte acento con el que hablaba inglés, aunque dominaba asombrosamente la lengua al escribirla. Paul Valery dijo al respecto: “hablaba el francés con un buen acento provenzal, pero el inglés lo hablaba con un acento horrible y muy divertido” El mismo Conrad en su “Nota del autor” para su libro “Crónica personal” desmiente irónicamente los comentarios de que su maestría en el inglés era “casi milagrosa” en un polaco: “En mi caso, el inglés no fue producto de una elección o una adopción...y debe constar que yo fui el adoptado por el genio de la lengua: el inglés siempre había formado parte de mí, aunque lo empecé a conocer cuando estuve de marinero en un barco que navegaba por el Támesis, a los 17 años. El  idioma se apoderó de mí de una forma tan cabal, que sus propios giros idiomáticos incidieron de forma directa en mi temperamento y modelaron mi todavía maleable carácter. Explicar esto a los demás sería tarea imposible, como proponerse  explicar el amor a primera vista”. Y más teniendo en cuenta que como él escribió en uno de sus prólogos: “Soy tan prolijo en mi escritura – se me ha censurado una cierta falta de contención en exponer mis experiencias personales-  que dado que no había escrito un solo renglón para darlo a la imprenta antes de los 36 años, tengo una infinidad de cosas que relatar y también debo pagar mi tributo al mar, a sus barcos y a sus hombres, con los cuales sigo en deuda  por esa infinidad de cosas que han terminado por hacerme tal cual soy.”

En 1894 conoce a su mujer, Jessie George, en Suiza donde está en tratamiento por su reumatismo. Se casa en 1896 y hace amistad con los escritores Cunningham Graham y Stephen Crane (sobre quien escribirá un excelente ensayo). Inicia su novela Salvamento que no publicará hasta 1920.Ya no dejará de escribir y publicar. Conoce y es valorado por escritores como Kipling, Henry James, H.G. Wells, Ford Madox Ford (con  quien escribe una novela, Los herederos), George Bernard Shaw y Bertrand Russell. En 1904 su mujer sufre un accidente y queda parcialmente inválida. En 1906 nace su segundo hijo Alexander. Tiene constantes periodos de dificultades económicas que le desesperan. Su enfermedad reumática empeora y su mujer debe sufrir varias operaciones, pero sobrevivirá a su marido, que fallece en 1924. Por lo menos tuvo el consuelo de vivir un año antes un éxito apoteósico como escritor durante su viaje a Estados Unidos.

Lo cierto es que hay un enorme paralelismo entre la dedicación, placeres, sufrimientos y trabajos agotadores de sus tiempos de marino y los que le produjo su terca y obsesiva dedicación a la literatura. Con el añadido de los sufrimientos físicos y psíquicos que le ocasionaban las enfermedades adquiridas en sus viajes –gota y reumatismo entre otras- y su propio talante batallador poseído por un gran deseo de escribir. Como él mismo dijo alguna vez: “Mi trabajo se retrasa...mi cuerpo padece una tortura incesante y me siento cansado hasta de pensar”.

BREVE TRAVESÍA POR ALGUNOS DE SUS LIBROS

La locura de Almayer, es la primera novela que empieza a escribir (en 1889), la interrumpe por su viaje al Congo (de dónde nacerá años más tarde Viaje al corazón de las tinieblas, de la que ya hemos tratado) y la publica en 1895. Su protagonista, Almayer, es una figura trágica que enloquece a causa de la barbarie que se apodera de su mujer y su hija, ambas indígenas, que lo abandonan. La soledad y la dureza de una naturaleza hostil destruyen la mente de Almayer.

El negro del “Narcissus”, una historia del mar, publicada en 1897, es una alegoría sobre la soledad, las condiciones de vida extremas, el miedo, el resentimiento y la solidaridad. James Wait, el marinero negro que supuestamente enferma de tuberculosis y que desata un enfrentamiento entre los tripulantes que quieren obligarle a trabajar y los que lamentan su enfermedad y le apoyan. Hay una gran tormenta –es la especialidad argumental de Conrad- y entra en acción Donkin, un marinero malvado que se enfrenta al duro capitán Alistoun e inicia un motín, que es sofocado. El capitán descubre que Wait fingía su enfermedad y se burla de los temores y prejuicios de los marineros, pero muere después de avistar tierra.

Lord Jim, publicada en 1900, es la historia de un oficial de un barco de pasajeros, el Patna, que encalla en unos bajíos y se le abre una vía de agua que amenaza con hundir el navío. El capitán y rodos los oficiales, incluido Lord Jim –el único que duda y teme por los pasajeros, pero se contagia del miedo irresistible de los otros- abandonan la nave a su suerte, cargada de peregrinos llenos de pánico, violando el código marítimo. Pero el navío no se hunde y es rescatado por un barco francés que los lleva a puerto. Los indignos oficiales son llevados a juicio y condenados, La historia nos la cuenta un oficial francés en charla con otros comensales. Reflexiona sobre el comportamiento de Lord Jim, que jamás se perdonará a sí mismo ese gesto infame para el resto de su vida –donde vive con fortaleza las dificultades que se le presentan-  y le llevará al suicidio. El oficial trata de ser imparcial en su juicio: “He conocido a muchos valientes de verdad, pero todos confiesan que hay un instante, una circunstancia, en la que el mejor de nosotros lo olvida todo, un instante en que todo se abandona...y llega el miedo, un miedo horripilante y uno se olvida de sí mismo...sólo le queda sobrevivir”.

Tifón, publicada en 1903, es la aventura de un barco cargado de coolies chinos. En plena tempestad los chinos comienzan a luchar entre sí y a matarse mutuamente por deudas y trampas en el juego. Tormenta y rebelión amenazan con hundir al barco. Pero ahí interviene otro de los grandes personajes de Conrad, el capitán Mc Whirr, que sin perder ni un momento la calma y la autoridad serena y apática logra reducir a los chinos y salvar el barco.

Nostromo, publicada en 1904, revoluciones políticas en  Sudamérica; anarquistas londinenses en El agente secreto, de 1907 ; y conspiraciones en la Rusia zarista represiva en Bajo la mirada de occidente,  publicada en 1911, son las tres novelas en las que Conrad explora como si fueran aventuras, el fracaso de los ideales políticos y la corrupción social, con una visión crítica casi nihilista del futuro en tales sociedades. Quizá sea Nostromo la más conseguida. Crea un país ficticio en Sudamerica, Costaguana, en la que sus personajes más o menos idealistas acaban cegados por sus propias ambiciones. Entre ellos el mismo Nostromo que acaba robando un cargamento de plata que se le había confiado y va degradándose aún más conforme gasta su fortuna.

El espejo del mar, publicada en 1906, es uno de los libros de reflexión personal e íntima más fascinante surgido de la pluma de Conrad. Recomiendo la versión de libros Hiperión con traducción de Julián Marías y prólogo de Juan Benet. Lleva el subtítulo “Recuerdos e impresiones”. Como dice Benet en su prólogo “en este libro no hay una sola página de estilo menor, no hay un solo personaje o frase de reputación dudosa...todo el libro es el mejor Conrad”. Marías se extiende sobre la perfección del inglés que usa Conrad y añade “al mismo tiempo, es de lo menos inglés que conozco. Su serpenteante sintaxis apenas tiene precedentes en ese idioma y también la meticulosa elección de los términos, arcaísmos, expresiones en desuso, variaciones dialectales y acuñaciones propias, convierten el inglés de Conrad en una lengua extraña, densa y transparente a la vez”.

Victoria, publicada en 1914, con un enorme éxito. Se desarrolla en una isla desierta, en una especie de peligroso juego del escondite entre los sórdidos y brutales “desperados”, Heyst, un soñador inútil y una mujer combativa, Lena, que lucha contra el mal hasta la muerte, pero “con su sacrificio triunfa moralmente sobre el caos del mundo” como apostilla Italo Calvino en su libro “¿Por qué leer los clásicos”

La línea de sombra, en 1917, es una historia que refleja la personal crisis interior que vivió Conrad cuando -en sus propias palabras- “se traspasa esa línea de sombra que divide la juventud llena de sueños de la madurez: momentos de desgana, hastío e insatisfacción, en los que los jóvenes  se sienten movidos a cometer actos imprudentes o abandonan un  cargo de importancia”. Como soporte biográfico de la idea, en 1894, a los 37 años, el escritor dejó su empleo en un barco y se dedicó enteramente a la literatura.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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6 agosto 2024 2 06 /08 /agosto /2024 18:32

 

Travesía marítima por la literatura de todos los tiempos: desde Homero y Virgilio a Conrad, Melville, Swift, Mann, Verne, Poe, Galdós o Baroja

Nuestro mar, el mare nostrum, el Mediterráneo, que cantaron los antiguos poetas griegos y siguen cantando los de ayer y hoy (desde Kavafis, Guillén, García Lorca, Neruda, Benedetti,  Machado o Serrat que lo vistió de música...) Pero no sólo el  nutricio mar de nuestra historia ribereña. Hablamos de todos los océanos que abrazan la tierra en el planeta y fueron la cuna del género humano y posiblemente también la tumba, si nuestra generación termina por esquilmarlo todo. La inmensidad marina está unida a la historia literaria del hombre. Escribe Borges: “¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento y antiguo ser que roe los pilares de la tierra y es uno y muchos mares y abismo y resplandor y azar y viento?”

 Es el mar, perpetuamente renovado, símbolo paradójico de lo mudable y permanente, madre nutricia de la poesía y la narrativa, punto de partida, medio iniciático, misterio y grandeza desbordada tanto en su cólera como en su apacibilidad...uno de los elementos naturales que ha nutrido las páginas inmortales de la literatura de todos los tiempos...y,  a pesar de tantos adelantos en su conocimiento y también en su inicua explotación sin límites, sigue siendo la vasta pradera inexplorada, el país misterioso en el que todo es posible, como en los tiempos de Homero, Virgilio, Víctor Hugo, Julio Verne,  Lautreamont o Conan Doyle. Ya sea con aliento épico, el emocional intimismo del poeta, la paleta romántica de los pintores, el dinamismo del cine...y los sueños de todos los que le aman. Levad el ancla, lectores, dejad que el viento hinche las velas, que el rizado mar se abra ante los ojos del alma con toda su infinita belleza, su dádiva de aventuras, encuentros y tragedias...en una singladura que durará tanto como se mantenga el interés de cualquier lector por saborear la metáfora del Cementerio  marino de PaulValery, “La mer, la mer, toujours recommencée...”, con la cadencia interminable de las olas.

La palabra de los poetas griegos está impregnada de olor a mar, preñada de luz, de salada claridad, desde que en el canto I de La Ilíada, se hace la primera mención al mar y a las olas, durante el triste paseo por la orilla del humillado sacerdote Crises, cuando Agamenon se niega a devolverle a su hija, la bella Criseida, que es botín de guerra aqueo. A partir de esa cita iniciática, los poetas griegos, hasta Hesíodo y los epigramatistas tardíos,  Rufino o Filipo, crean una amplia imaginería del mar: Afrodita, nacida de la mezcla de la espuma de las olas y el semen de Urano, Poseidon y sus palacios submarinos, las islas que hablan, otras errantes, barcos que surcan las aguas sin piloto, ninfas, sirenas como las que asediaron a Ulises, figuras todas que pertenecen a ese mar homérico, color de vino o violeta (“el ponto color violeta”), rojizo como mosto o azulado como las barbas de Poseidón. Es el mar de la peligrosa Circe; de Scilas y Caribdis; el Cíclope caníbal que Ulises llama Nadie; Proteo, el viejo del mar, capaz de metamorfosis legendarias, león, jabalí, fuego, el que da el adjetivo que mejor cuadra al mar: proteico, es decir cambiante. Y también sus figuras salvadoras de náufragos, como Cástor y Pólux, los Dióscuros, que acuden para salvar a los navegantes en las tempestades, con la ayuda de los delfines.

Hemos comenzado esta travesía literaria por todos los mares  rindiendo homenaje a los clásicos grecolatinos, recordando a Virgilio y su “Eneida”. Y aprovechemos el engarce virgiliano para ampliar el punto de mira a través de los tiempos, citando a un autor del pasado siglo, el austríaco Hermann Broch, autor de “Los sonámbulos”,  nos ofreció una novela memorable, “La muerte de Virgilio”, donde el mar es coprotagonista de los sueños y desdichas del gran autor romano en las últimas 16 horas de su vida. Broch era de origen judío y fue detenido por la Gestapo y rescatado por una misión literaria internacional encabezada por Joyce, que lograron que pudiera expatriarse a Estados Unidos. La novela fue publicada en 1945 con muchas dificultades. Pero cuando Broch murió en 1951 su nombre ya sonaba como Premio Nobel para ese año.

Otro autor de lengua alemana, Thomas Mann –Nobel de 1929-, uno de los más decididos defensores de Broch, ya navega con nosotros de pleno derecho: es el autor de un bellísimo y corto ensayo, “Travesía marítima con Don Quijote” donde narra su lectura de la gran obra cervantina durante el primer viaje transatlántico de Mann entre el 19 y el 29 de mayo de de 1935, en el barco “Volendam” de Hamburgo a Nueva York.

Pero este humilde narrador que les invita a surcar los mares  a bordo de libros y autores, tiene una figura señera que simboliza ese respeto, temor y amor por las aguas eternas de los mares que nos circundan: Joseph Conrad, el polaco que esgrimía un inglés de una creatividad inmensa, “de las más perfectas, precisas y elaboradas de la literatura inglesa” (en palabras de Javier Marías traductor de su “The Mirror of the Sea”).

Conrad, oficial de marina, piloto y capitán, desplegó durante veinte años de singladuras en navíos mercantes británicos por el Pacífico, el Índico y el Atlántico, una asistencia aventurera con episodios terribles y magníficas hazañas marineras. Luego, abandonó aún joven la existencia de marino y se decidió durante los 30 años siguientes a escribir...pero, ¡qué maravilla de estilo, de amena narrativa, de profunda singularidad en temas y personajes! Sin ninguna duda elevó la calidad de dicción y pensamiento a una altura tal en el panorama de la literatura inglesa de su época, que sólo Henry James puede resistir una comparación. En “El espejo del mar” habla de su amor al mar y de su huída de él: “Subyugado pero nunca abatido, rendí mi ser a esa pasión que, diversa y grande como la vida misma, también tuvo periodos de maravillosa serenidad que incluso una amante inconstante puede proporcionar sobre su pecho lleno de furia, ardides y sin embargo capaz de arrebatadora dulzura...no puede decirse que vivir en él desde los dieciséis a los treinta y seis años sea una eternidad, mas es, sin embargo,  un buen trecho de esa clase de experiencia que lentamente le enseña a uno a ver y a sentir”.

Les recomiendo toda la obra, casi sin excepción, de este soberbio escritor, pero en aras de la economía de tiempo, lean la que les he comentado y desde luego “Lord Jim” y “El corazón de las tinieblas”, una durísima crítica al colonialismo belga en el Congo (justamente el que el director Francis Coppola revivió en el Vietnam de “Apocalypsis Now”). Pero con mayor profundidad psicológica,  en “Lord Jim”,  Conrad nos ofrece el alma desnuda y atormentada ante un trágico conflicto interior, el hombre sólo, lejos del héroe de Kipling, sin compañerismo, sin posible redención, que afronta una salvajada cometida a bordo de su barco contra pobres sujetos, comparando la crueldad humana con la furia del mar: “que tiene ese algo indefinible que se impone a la inteligencia y al corazón del hombre...que le arranca toda esperanza y todo miedo, el color de la fatiga y el anhelo del descanso...lo que significa destruir, aplastar, reducir a la nada todo aquello que es inapreciable y necesario...” En Conrad es la lucha contra el mar lo que mueve su pluma, no el amor al mar

Cambiemos de tercio, en la novela de aventuras, el mar es uno de los escenarios predilectos. Déjense embrujar de vez en cuando por el sortilegio de la “Hispaniola” surcando los mares con su piloto cojo y Jim, el grumete valiente, en busca de la “La isla del Tesoro”. Otros grandes personajes de Stevenson, patéticos, generosos o granujas, en todas sus novelas sobre los Mares del Sur. ¿Quién no ha sentido el tirón amable de aventura leyendo estas palabras?: “La “Hispaniola surcaba decidida las olas, sumergiendo muy de tarde en tarde su bauprés y volviéndolo a sacar envuelto en un girón de blanca espuma. Íbamos con todo el aparejo tendido y todos a bordo muy optimistas porque estábamos ya cerca del final de la primera parte de nuestra aventura”. Junto a  Jim Hawkins, podríamos exclamar: “Mis ojos  se extasiaron con el mar infinito”.

Y en España las novelas de marinos de Galdós o de Baroja: desde el primer tomo de los Episodios Nacionales, “Trafalgar”, a los barojianos “Pilotos del altura”, “Las inquietudes de Shanti Andía” y “El capitán Chimista”. Sin dejarnos  al casi olvidado Ignacio Aldecoa con su “Gran Sol”, una excepción marinera en la literatura española de mediados del siglo XX, donde nos narra las aventuras y desventuras de los tripulantes del  “Aril” un barco de pesca de altura que navega desde las costas española a los remotos bancos de pesca del Gran Sol y que perderá por un accidente, enredado en sus redes, a su patrón Simón Orozco. Sorprende el seco y austero dominio del castellano de Aldecoa, que describe de forma escueta casi telegráfica, el paisaje marino: “Por el este, horizonte corinto. Por el oeste horizonte mulato. Al norte, cielo blanco. Al sur, cielo embalsado.” No hay atracción, entusiasmo hacia el mar. Es un lugar de trabajo, de sudor y peligro: “el mar es un elemento que devora energía, desgasta vidas o las arrebata para nada”.

Lejos de este tono, el arrobo vitalista de Alberti en sus poemas sobre el mar. El de “Marinero en tierra”, por ejemplo. Sigue la senda de Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez y más lejanos, Lope de Vega y Góngora, que dedicaron sus miradas literarias al mar. Alberti, refleja su pasión marina en sus poemas, “Amárrame a tus cabellos/ crin de los vientos del mar”...Y, “Viento, arráncame la ropa/ tírala viento, a la mar”. Juan Ramón Jiménez busca trascendencia en el mar, como en su obra “Animal de fondo” o antes en “Diario de un poeta recién casado”. Y canta: “Qué plenitud de soledad, mar solo/ qué lejos siempre de ti mismo/ Eres tú y no lo eres/tu corazón te late y no lo sientes”, o, “Sólo estamos despiertos/el cielo, el mar y yo/ cada uno inmenso, como los otros dos”. O, “las olas como mis pensamientos vienen y van y vienen/besándose, apartándose/ en un eterno conocerse, mar/ y desconocerse”.

Mi viejo y ya fallecido amigo, el catedrático de lengua y escritor Ramón Carnicer, aseguraba que el término “mar” es de género ambiguo. Los navegantes, pescadores y gentes del mar dicen siempre “la mar”; las gentes de tierra adentro decimos “el mar”.  Yo, que he pasado dos tercios de mi vida junto al mar y el otro tercio  en tierras adentro, sigo recibiendo de vez en cuando, casi soñando, un espejismo sensual de mi infancia, un olor a brea y agua salada, a sol y a viento perfumado por las olas y las algas del Atlántico. Por tanto para mí, solía decirle a don Ramón, será siempre “la mar”.

Pero sigamos esta singladura por el mar proteico de la literatura. Escuchemos a Homero: “Las purpúreas olas empezaron a resonar en torno a la quilla mientras el viento henchía las velas y la nave se deslizaba y corría siguiendo su rumbo...durante toda la oscura noche hasta que se empezó a levantar la aurora de rosados dedos”. O el épico Virgilio: “Hiere el cielo el clamor de los marineros; el agua que retorna espumea al impulso de los brazos que son llevados hacia atrás. Abren surcos iguales  en el mar, que se raja por los remos y espolones de tres puntas”, qué ritmo y qué vigor alimenta las mentes de poetas y narradores el mero conjuro del mar. Ya sea Camoens con sus “Os Lusiadas” en el Índico, Bacon con sus “nuevos atlantes” en el Pacífico, Ronsard, las Islas Afortunadas en el Atlántico, la Utopía de Moro o Shakespeare en “La tempestad”,  o Rabelais con los viajes de “Gargantúa y Pantagruel”, los siglos XVI y XVII son pródigos en referencias a océanos, mares remotos e islas fabulosas. Más tarde Poe (“Aventuras de Arturo Gordon Pym”) convierte al océano en un espacio místico y fantasmal como ese mar Ártico “rodeado de un sudario blanco”, o Victor Hugo (“Los trabajadores del mar”). Y nos dice que París es “un océano donde quien se zambulle puede desaparecer”.

Verlaine y Baudelaire sazonan sus versos con referencias al  mar “insondable, misterioso y lleno de tinieblas”; Rimbaud  se hace eco de la terrible dureza del mar con su magnífico “La bateau ivre” o Lautreamont, que habla de “ese océano, tan oscuro y horrible como el corazón del hombre” y en sus “Cantos de Maldoror” estremece al lector con su descripción del hundimiento de un navío: “...aquél que no haya visto  zozobrar un barco en medio del huracán, de la alternancia de los relámpagos y la más profunda oscuridad, mientras que los que van en él están abrumados por esa desesperación , aquél digo, no sabe lo que son desgracias en la vida...finalmente brota un grito universal de inmenso dolor de entre los flancos del barco, en tanto que el mar redobla sus temibles y destructivos ataques...”.

Los ingleses, rodeados de mar, que han surtido a la literatura de obras cumbre en referencia a los mares, desde las leyendas celtas, los ciclos artúricos y las sagas normandas,  nos brindarán a través de Jonathan Swift y Daniel Defoe, dos de las joyas de esta literatura marina: “Los viajes de Gulliver” (una de las más feroces sátiras contra aspectos malévolos, mezquinos, ignorantes y violentos del ser humano ) y “Robinsón Crusoe” que, al contrario, es un canto a la resistencia, valor e imaginación operativa del hombre. Sin olvidar a Melville y su terrorífica ballena blanca, esa Moby Dick que sólo deja un superviviente del “Pequod”, flotando en el mar solitario, agarrado a un ataúd de madera tallada.

Hermanos de estilo, el mar como sendero de sufrimiento y ascesis, tenemos a  Álvaro Núñez Cabeza de Vaca, que en el año del Señor de 1527 participó en la expedición de Narváez hasta desembarcar en Florida. Su obra “Naufragios” todavía te atrapa con su castellano ingenuo y efectivo: “La mar comenzó a venir muy brava y el norte (viento) fue tan recio que ni los bateles osaron salir pues el agua y la tempestad comenzó a crecer tanto que con muy grande trabajo con dos tiempos contrarios y mucha agua que había, estuvieron quedos aquél día y el domingo hasta la noche...” Muchos autores, entre ellos nuestro Ramón J. Sender y el húngaro Lazlo Passuth bebieron de esas crónicas para hilvanar sus novelas históricas.

Pero vayamos a las visiones más  aventureras y menos trágicas de los autores italianos o franceses. Escojamos a dos de ellos, Emilio Salgari y Julio Verne. Del primero se puede gozar de las aventuras del Corsario Negro y de Sandokan. Hay batallas marinas por doquier y el mar bravío es su telón de fondo. Julio Verne, a mi entender muy superior a Salgari, nos regala la figura del capitán Nemo y su Nautilus, que odia el belicismo y la crueldad de la raza humana y confiesa “Je n’aime que la liberté, la musique et la mer...la mer es tout”. Verne confiesa a su vez: “Je ne puis voir partir un navire, sans que tout mon etre s’embarque a bord” (él mismo fue un buen patrón de su yate “Saint Michel”). Le debemos el goce de la lectura de “2.000 leguas de viaje submarino”, “Las aventuras del capitán Hatteras”, “Los hijos del capitán Grant”, “La isla misteriosa”, “La ciudad flotante”, “Los náufragos del Jonathan”... Y su mensaje: “la mar es un milagro que hay que respetar, como un enemigo fiel, como un gran amigo tornadizo pero noble. Es “le vaste reservoir de la nature”.

Una referencia fugaz, al gran Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes. Consigan la novela que dedicó al profesor Maracot (“El abismo de Maracot”; muy adecuada a estas páginas).

Pero es preciso acabar el viaje. Nuestro navío descansa en una ensenada. Se oye la voz del segundo de a bordo, “Larga”, y el golpe del ancla al caer sobre el agua, junto al atronador bramido de la cadena que la sustenta. Es el seguro del navío. Después se escucha la voz de capitán desde popa “¿Cómo llama el cable?” y   la respuesta del segundo, “llama recto por la proa, señor”. El viaje ha terminado. Diremos adiós con la voz nostálgica de Rafael Alberti en su “Marinero en tierra”: “Si mi voz muriera en tierra/llevadla al nivel del mar/y dejadla en la ribera/ Oh mi voz condecorada/con la insignia marinera:/sobre el corazón un ancla/y sobre el ancla una estrella/y sobre la estrella el viento/ y sobre el viento la vela!

NOTA BENE: Dada la naturaleza de este trabajo, no adjunto ediciones y editoriales de ninguno de los libros citados. El lector puede encontrar en la Red las ediciones que más le gusten. Todas son obras conocidas y de las que existen diversas opciones  y de muchas de ellas versiones cinematográficas  muy populares.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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3 mayo 2022 2 03 /05 /mayo /2022 09:37

“LA NARANJA MECÁNICA”, 60 AÑOS DE UN “SHOCK” CULTURAL

La novela de Anthony Burgess y la película de Kubrick galvanizaron el horror ante la violencia gratuita

En 1962, hace sesenta años, el escritor británico Anthony Burgess publicaba una novela distópica, desafiante, atrevida y decididamente obscena: “La naranja mecánica” (A Clockwork Orange). Casi 10 años más tarde (1971) Stanley Kubrick la adaptaría para la gran pantalla: una película que arrasaría y dinamitaría, con su hábil y medido sentido de la transgresión y el escándalo, la conciencia social de la época.

La novela se tradujo al castellano (una traducción que en sí misma era una hazaña, dado el neolenguaje que usaban los jóvenes) y a otras lenguas a consecuencia del éxito de la película. Burgess lograba llevar a la caricatura inteligente los juegos de palabras de Joyce (“Ulyses” (1922) y “Finnegans Wake” (1939) y la inventiva sexual culterana y escandalosa de Nabokov (“Lolita”- 1955). Lo que en Nabokov y Joyce era la palabra como acicate sexual y operativo, en Burgess era la música, principalmente Beethoven.

El caldo de cultivo de la distopía de Burgess no estaba motivado por razones políticas como “1984” de George Orwell (1948), o filosóficas y sociales como “El mundo feliz” (1932) de Aldous Huxley, sino por la cultura social emergente de las nuevas tribus juveniles que despertaban tras la II GM y comenzaban a vislumbrar un mundo más permisivo y con menos escasez y miseria. Desde los “Teddy Boys” a los “Mods”, los “Rockers” y los “skinheads”, la subcultura juvenil buscaba su decálogo de libertades y su código de señas de identidad, ya fuesen las motos, los coches, las melenas o los rapados, la música trepidante, el desenfado en el vestir y en las conductas, unidas a un acceso ilimitado al sexo, el alcohol o las drogas.  Y como correlato lógico de todo eso, una violencia entendida casi como celebración orgiástica.

A los 45 años, el profesor de literatura Anthony Burgess, con media docena de libros excelentes publicados, logró capturar el espíritu de los sesenta con “La naranja mecánica”, novela que pasaría a definir un estilo de vida juvenil y cuya influencia aumentaría exponencialmente cuando Kubrick unos años más tarde (por lo tanto sin salir de las generaciones reflejadas) ofreció su particular enfoque de la novela con una película que manipulaba el final de la historia y sus buenas intenciones pedagógicas y éticas. Burgess protestó ante Kubrick por esas omisiones y terminó rechazando su obra, amargado por el mimetismo violento que suscitó en los jóvenes de esos años (lo cual también salpicó a Kubrick, que terminó pidiendo a los distribuidores de la película que la retiraran de la exhibición pública).

Unas décadas más tarde el mensaje vitriólico –aunque redentor- de la novela y sobre todo la maldad gratuita de la película, que no reflejaba ese “buen final” del protagonista, fueron completamente absorbidos por la cultura popular posterior, cumpliéndose el axioma: “todo aquello que desafía a una cultura hegemónica capitalista termina por ser convertido en un producto de consumo totalmente banalizado”. La cinta de Kubrick escandaliza ya a muy pocos en estos tiempos, que de una forma curiosa han logrado superar e infantilizar toda la estética agresiva de la película. Los actos vandálicos, la alienación y psicosis colectiva, la violencia destructiva gratuita, las agresiones físicas contra colectivos inermes, ancianos, enfermos, deficientes mentales o los sexuales, mujeres, personas homos y heterosexuales, la destrucción de bienes públicos y privados, la adicción al alcohol o las drogas y sus efectos, forjan una problemática que ha pasado del esteticismo brutal ejercido bajos los mágicos sones de Mozart, Bach y Beethoven que vimos en la película, al más sórdido día a día de las páginas de sucesos o los telediarios en nuestras grandes megalópolis.

Ni siquiera al actual argot juvenil apocopado de las redes es demasiado diferente de la jerga adolescente de Alex- el protagonista de la novela, un chico de 15 años- y sus “drugos” (amigos y cómplices), forjada por Burgess, que combinó vocablos rusos y rumanos con el barriobajero “slang” británico y el comportamiento violento, al estilo de los “skinheads” o el “hooliganismo” de los 70 y 80.

Kubrick pretendió realizar algo que entendía como “una sátira social, un cuento de hadas sobre la justicia y el castigo, y un mito psicológico”. Lo cierto es que logró escenas icónicas en la historia del cine, como las acciones de violencia, sexo y mutilaciones, inmersas en las notas musicales de Rossini, Mozart, Bach o Beethoven y movimientos estilizados como danzas. La sátira social no tuvo efecto alguno, la justicia y el castigo se han convertido, hoy más que nunca, en un cuento de hadas y el mito psicológico ha dejado de serlo, renaciendo en forma de realidad en una versión universalmente extendida.

En la novela, las andanzas descerebradas y “ultraviolentas” de Alex y sus “drugos” (compinches)  tienen su castigo pero también su redención: en la última parte del libro (que fue excluida de las primeras ediciones para los Estados Unidos) Alex abjura de su pasado brutal y decide integrarse en el normal desarrollo de una vida pequeño burguesa entre las coordenadas del trabajo remunerado y de la constitución de una familia. E incluso lleva en el bolsillo una foto de un rollizo bebé, “que parece estar diciendo ‘gugú’”. Cosa altamente improbable y un poco ridícula: se nos propone que el sádico Alex se ha convertido en un ser angelical y cursi…a los 18 años. Aquí la formación religiosa de Burgess le ha jugado una mala pasada.

Sin embargo, el toque genial de Burgess es transformar a  Alex, ese líder demoníaco que hiere, golpea, roba, viola, destroza y asesina –y disfruta psicopáticamente de ello- en un adorador extático de la música clásica en sus más preclaros maestros. El tipo siente la misma jubilosa  atracción por la maldad sin cortapisas como por las notas de Mozart o Beethoven. La descripción de lo que siente Alex al escuchar un concierto de Bach, es precisa y brillante: “Los trombones  crujían como láminas de oro bajo mi cama y detrás de mi golová (cabeza) las trompetas lanzaban lenguas de plata y al lado de la puerta los timbales me asaltaban las tripas y brotaban otra vez como un trueno de caramelo. Oh, era una maravilla de maravillas”. Esa descripción suena más a Joyce que al brutal sonsonete de la “ultraviolencia” de las cincuenta páginas anteriores, en las que Alex, “vuestro humilde narrador”  y sus “drugos” han robado, herido, luchado y violado a ritmo de claqué o de la música de “Bailando bajo la lluvia”. Antes de acabar la primera parte, Alex mata a una anciana rica en su casa y es detenido por la policía, tras ser traicionado por sus compinches.

Este maridaje entre la Bella-la música clásica- y la Bestia, violenta y sanguinaria, podría tomarse  como una trasposición literaria y simbólica de algo muy vivo en la época en que se publicó la novela: el estupor y rechazo que producía la asombrosa coexistencia entre la alta cultura (música, arte, literatura) y la barbarie sistemática y burocratizada del III Reich. Quizá Burgess no tenía esa intención, pero muchos analistas de su novela han comentado ese paralelismo.

Para buscar un equilibrio (que luego rompería en la tercera parte) Burgess comienza la segunda con la estancia de Alex en la cárcel y su hipócrita comportamiento de sumisión bajo el que latían acentuados deseos de violencia y destrucción. Y aquí nuestro autor nos propone una visión “legal” de la violencia que proviene del Estado. Por una promesa de indulto, Alex acepta encantado que se le aplique una radical terapia de choque que a través de proyecciones de escenas de ultraviolencia –tan amadas por Alex- y de administrarle drogas reactivas y mantenerlo forzado sin poder evitar las imágenes, logran una brutal aversión física (ojo, no mental) a un simple amago de violencia. La nota hábil de Burgess consiste en hacer que el fondo sonoro de esas imágenes convertidas en aversión dañina, sea la música de Beethoven. Alex grita: “Usar de ese modo a Ludwig Van… Él no hizo daño a nadie. No hizo más que escribir música”. Escuchar esa música también le provoca náuseas y malestar insufrible. Alex no resiste eso y trata de suicidarse tirándose por una ventana.

En la película, Alex es “reconstituido” y acaba planeando nuevas maldades. En la novela, se convierte en un blando y virtuoso ciudadano que lleva la foto de un bebé ajeno en el bolsillo. Incluso su afición a la música clásica se ha decantado por “lo que llaman lieder, solo una voz y un piano, muy tranquilos y tiernos”. Quizá como dice Martin Amis  en “El roce del tiempo”, “Burgess sabía que algo fallaba en ese final: Alex es un adolescente y los lectores son adultos y pueden soportar perfectamente que alguien no se regenere”.

 

FICHA

LA NARANJA MECÁNICA.-Anthony Burgess.- Trad. Aníbal Leal. 166 págs.- Editorial Minotauro.

EL ROCE DEL TIEMPO.- Martin Amis.- Trad. Jesús Zulaika. 415 págs. Ed. Anagrama

 

 

 

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21 octubre 2019 1 21 /10 /octubre /2019 16:33

 

Hasta mediados del siglo XX no estalla en el mundo de las letras la "bomba" del "Manuscrito encontrado en Zaragoza" de Jan Potocki y es gracias en buena parte al éxito de una película polaca, bizarra, surrealista y fantástica basada en este libro. Creo que fue Alianza la que la editó en 1970 en sus libros de bolsillo, con una traducción y notas de José Luis Cano con prologo de Julio Caro Baroja (especialista en el mundo de brujas, trasgos, monstruos y aparecidos del que esta novela es uno de sus más preclaros ejemplos). La historia del libro en sí y de sus fantasmales y parciales apariciones hasta su entronización definitiva de mano de estudiosos y eruditos, es de por sí una novela tan amena y misteriosa como la que contiene. Su existencia en el mundo literario se debe a una pasión obsesiva de un anticuario francés de libros, Serge Plantureux, que dedicó su vida a perseguir unos remotos volúmenes de la primera edición de la novela en San Petersburgo y al celo de Roger Caillois que en los cincuenta la retoman. La fantasía trepidante de la vida de los personajes de esta novela (que beben y manipulan datos históricos con una libertad e ingenio inauditos) sobre la España del rey Carlos III, pais pintoresco donde circulan contrabandistas, bandidos, gitanos, mendigos, alcahuetas, damas embrujadas y tradiciones oscuras basadas en la religión y la miseria, no deja de ser una pálida muestra de la vida del conde Potocki que acabará pegándose un tiro con una bala de plata antes de ver publicada esta novela suya (aunque si vio otras obras, desde libros de viajes a ensayos de política e historia de los más variados países de Europa). La actual edición, con traducción, prólogo y notas de Mauro Armiño, es un bello e indispensable volumen de la colección "El club Diógenes" de Ed. Valdemar, donde se completa la narración que leímos resumida en los 70 en la edición de Alianza y que aprovecha otros trabajos críticos y traducciones, forjando quizá la edición más completa y contrastada que tenemos en español. Esta especie de Decamerón hispano narrado en forma de episodios siguiendo unas pautas laberínticas que parecen surgidas de la magia y misterio de lo que nos cuenta, se convirtió en una de las muestras más jugosas de la visión tópica de una España de bandidos y misterios, mujeres hermosas y fatales, "almas en pena y adictos a la Cábala". La España profunda del siglo XVIII rodeada de fantasía, color y pintoresquismo con un estilo picaresco que parece surgido de Cervantes o los relatos de Marcos de Obregón o el Lazarillo. Novela imprescindible, pues, que les divertirá y les mostrará una España inesperada y fascinante en un inolvidable clima de misterio y aventuras.

FICHA

MANUSCRITO ENCONTRADO EN ZARAGOZA.-Jan Potocki.- Traducción de Mauro Armiño.-Ed. Valdemar.860 págs. 22 euros.

 

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28 septiembre 2019 6 28 /09 /septiembre /2019 09:27

Para celebrar el segundo aniversario de mi presencia en esta revista he decidido aparcar por un mes los sesudos temas que me han ocupado durante estos dos años y dedicar mis esfuerzos a abordar un tema de regalo para todos los lectores que me han acompañado: Sherlock Holmes, una criatura de fantasía literaria nacida de la egregia pluma de sir Arthur Conan Doyle,  que junto a su fiel amigo y comentarista, el doctor  J. Watson, han sembrado de placer y entretenimiento las mentes de millones de seres humanos desde que  a finales del siglo XIX (1887) apareciera en una revista londinense, en plena era victoriana, como primera entrega de una novela larga, “Estudio en escarlata”.

¿Qué es lo que simboliza Sherlock Holmes y justifica su inclusión en estas páginas? Borges escribió del popular detective: "Pensar de tarde en tarde en Sherlock es una de las buenas costumbres que me quedan. La muerte y la siesta son otras".  Como “lletraferit” y amante de los libros, este personaje es el paradigma de héroe literario y el símbolo de la juventud eterna que brinda a sus admiradores incondicionales, proporciona a sus seguidores una constante revitalización literaria emocional. Es un símbolo cultural de alta calidad literaria que tiene la característica de ser un producto popular, de masas, sin abandonar su excelencia. Puedes decantarte hacia la filosofía o la teoría política, la gastronomía o la pesca del salmón, pero cada relectura de Sherlock te envía  espiritualmente a esa “eternidad” que disfruta el que se limita a vivir el presente y ejerce su memoria afectiva sobre algo entrañable que está a salvo del desgaste del tiempo. Es lo que deseo y vaticino para los que “despierten” al sortilegio de Holmes a través de estas páginas o para el que se sienta estimulado a volver a leerle. Y hay otro elemento oportuno: el compromiso del personaje y de su autor a defender unos valores de tipo ético y social que son un ejemplo para los lectores de cualquier  época y sospecho que mucho más para la nuestra, bastante "desajustada" en moralidad tanto pública como privada: la defensa a ultranza del inocente y del débil, el respeto a las mujeres, la educación, el afán  y la curiosidad de conocer el mundo y las personas, la humildad, el humor, la templanza (dejando aparte cierta afición de Sherlock, cuando no tenía casos que resolver) y la fidelidad a la amistad, la libertad  y  la justicia, hasta la muerte si es preciso. Cultura y compromiso. Sigamos con Holmes.

Aparte del "Canon" holmesianos, las cuatro novelas largas y los 56 relatos, debidos a la pluma de Conan Doyle, hay más de tres centenares (y me quedo corto) de novelas escritas por otros autores en los más variados idiomas, ("pastiches" les llaman los aficionados) que respetando las características y los personajes principales del "Canon" dan vida a múltiples y peregrinas aventuras del inmortal Sherlock. Entre esos autores hay firmas muy conocidas, incluso académicos, de todas las nacionalidades imaginables, españoles, franceses, ingleses, norteamericanos, un nepalí, rusos, canadienses o sudafricanos que abordan el corpus literario del escocés sir Arthur con todas las variedades de posibilidades creativas, desde aprovechar el famoso "hiato" de la supuesta muerte de Sherlock en las cataratas de Reichenbach en mortal abrazo con Moriarty, el archienemigo, "la mente criminal más grande de todos los tiempos" haciendo ir a Sherlock, por ejemplo a ayudar al Dalai Lama al Tibet, ahondar en la infancia del detective o leer las memorias de Mary Watson, la primera esposa del doctor , escritas por el académico francés Jean Dutour o, recalar en una de las obras más completas sobre la vida del detective, "Sherlock Holmes de Baker Street", escrita por un holmesiano de lujo, W.S. Baring-Gould, cuya imaginación corre pareja con la Conan Doyle y nos desvela todas las preguntas que un holmesiano devoto puede hacerse sobre la vida y aventuras del personaje. Con la habilidad de integrar en los "hiatos" de la vida del S.H.de Doyle las "aportaciones" de destacados autores posteriores.  Además de añadir una impagable "cronología" de la vida de los principales personajes encuadradas en los eventos reales históricos y una considerable lista de libros de y sobre S.H. (circunscrito al ámbito en inglés, por supuesto).

La Sociedad de los Irregulares de Baker Street (nombre que el Sherlock del Canon da a un grupo de golfillos de la calle que le ayudan a "tener ojos y oídos" en todas las callejas londinenses) es un Club británico existente en la realidad que vela por el mantenimiento del "Canon" y a su vez enriquecen la vastísima biblioteca sobre el "detective consultor" más famoso del planeta, que no cesa de crecer año tras año. Y eso sin contar con  las emisiones de radio, obras de teatro, series de televisión y películas, imposible de controlar por su profusión casi vírica. Junto con los periódicos y revistas dedicadas al personaje, como "The Baker Street Journal", los estudios universitarios y las tesis doctorales. Y por supuesto los Clubs privados "Sherlock Holmes" repartidos por todo el mundo. Cualquier motor de búsqueda de Internet da de entrada más de un millón de resultados sólo con teclear ese mágico nombre.

Cualquier lector amante de los novelas detectivescas, de misterio o las de "serie negra" haría bien en proveerse de los libros del "Canon", por supuesto, en primer lugar. A ellos les recomiendo los tres grandes tomos publicados en castellano, en los que se recogen las novelas: "Estudio en escarlata" (1887), "El signo de los cuatro" (1890), "El sabueso de los Baskerville" (1901-1902) y "El valle del terror" (1914 y 1915). Y los relatos reunidos en cinco grupos, "Las aventuras de Sherlock Holmes" (1891-1892), "Las memorias de S.H." (1892-1893), "El regreso de S.H." (1903-1904), "Su último saludo" (1908-1913) y "El archivo de S.H." !1921-1913). Los tres volúmenes están  dirigidos por  Leslie S. Klinger, una autoridad en el universo holmesiano. Se trata de una edición ilustrada y anotada enriquecida con un enorme aporte de información y documentación en notas que van nutriendo sin cesar la lectura de las novelas en sí, (dando noticia fidedigna de las correspondencias reales e históricas de los lugares y hechos de ficción). Has sido editados por Ediciones Akal.

De entre todos los pastiches les recomiendo la reciente "Arte en la sangre" de Bonnie Mac Bris, el citado libro de Barning-Gould, "Los años perdidos de Sherlock Holmes" del nepalí Jamyang Norbu (donde se nos cuenta qué hizo el detective tra su "muerte" en Reichenbang)  y "Mr. Holmes" de Mitch Cullin, de la que se ha realizado una brillante película y nos cuenta la vejez de Holmes como apicultor en un rincón de la costa británica ("murió" a los 103 años -gracias a la jalea real de sus abejas- frente a los acantilados de Dover, sentado en un banco, al anochecer) Y para saciar  las múltiples dudas que uno va atesorando en sus visitas al mundo sherlockiano, les sugiero una divertida e ilustrativa "guía elemental", escrita por Daniel Smith.

En cuanto a las películas, seleccionaré unas cuantas desde la primera de 1900, Sherlock Holmes Baffled  o The Hound of the Baskervilles (El perro de los Baskerville) de1939, o ya en color , The Private Life of Sherlock Holmes (1970), la serie de tv. Las aventuras de Sherlock Holmes (1984), Young Sherlock Holmes (El secreto de la pirámide) de1985; de "El perro de los Baskerville" hay cerca de 24 versiones en cine, el Sherlock Holmes  de 2009, las dos películas de Guy Richtie  de 2011 y 2014, la serie de tv. "Elementary" , las tres películas "Sherlock" para tv.y Mr. Holmes  de 2015.

Holmes es para la cultura popular un fenómeno que sobrepasó con creces las intenciones y expectativas de su creador y de los lectores coetáneos de sir Arthur. ¿Cuál es el misterio de su longevidad y vigor? ¿La poco racional nostalgia de una época pasada? No lo creo. Las versiones modernizadas a dia de hoy siguen manteniendo el frescor y la adicción al personaje. Hay algo en Sherlock que alimenta los secretos canales inconscientes de la simbología humana. Quizá sea el reflejo especular de un arquetipo universal de estilo junguiano: la probidad, entereza, valor, estoicismo, amor y respeto a la vida y a los seres vivos, nobleza, vulnerabilidad contenida, ingenio, amabilidad y fuerza. Todo junto en un ser humano física e intelectualmente atractivo y...misterioso.

 

FICHAS

LOS RELATOS  Y NOVELAS DE SHERLOCK HOLMES.- Tres tomos anotados.- Arthur Conan Doyle.- Editorial Akal.- Colección Grandes Libros. Editor Leslie S. Klinger. Traductor Lucía Márquez de la Plata.- Precio del pack 163 euros.- ISBN 978-84-460-4267-9 

ARTE EN LA SANGRE. Bonnie MacBird.-Trad. Carlos Ramos. Harper Collins.- 267 págs. 17 euros.-ISBN9788416502103

SHERLOCK HOLMES DE BAKER STREET.- W.S. Baring-Gould, Ed Valdemar, El Club Diógenes, 453 págs.

LOS AÑOS PERDIDOS DE SHERLOCK HOLMES, Jamyang Norbu, Ed, Acantilado, 325 págs.

MR.HOLMES.- Mitch Cullin.- Trad. Eva González.- Roca Editorial.-282 págs. 19 euros

EL MUNDO DE SHERLOCK HOLMES.-GUIA ELEMENTAL.- Daniel Smith. Edimat. Ilustrado, 224 págs.14,95 euros

 

 

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25 septiembre 2019 3 25 /09 /septiembre /2019 09:06

 

Anthony Burgess, fue uno  de los autores británicos más sobrados de imaginación lingüística, a la altura de la pericia de Joyce, Carroll o Tolkien, pero no a la desmesura creativa de esos autores o, en el caso del primero, de su descomunal ego. Sin embargo, como los otros, debería ser galardonado con un Nobel de literatura póstumo, que debería distinguir a los grandes del pasado, sin coste para la ilustre Academia sueca y para satisfacción de cuantos deploran a menudo el oportunismo miope de los encargados de dar el galardón. Ya que son muchos los que están pero muchos más los que deberían estar y con más merecimientos que una gran parte de los galardonados.

Lejos de la tensa dinámica distópica de "La naranja mecánica", donde se inventa un neolenguaje y "En busca del fuego" donde pura y simplemente se inventa un lenguaje prehistórico, y más acorde con la faceta musical de este novelista fallecido en 1993 con 76 años que dedicó varias novelas y ensayos a su pasión por la música, este pequeño relato que casi no rebasa las 100 páginas de cuarto de folio, "Asesinato en el concierto" es un juguete literario que involucra, con bastante humor, ironía y eficacia, al mismísimo Sherlock Holmes y a su fiel Watson.

Para ello, el habilísimo Burgess recoge los flecos argumentales de uno de los más conocidos episodios de las aventuras del detective: "La liga de los pelirrojos". En ese relato Sherlock (es decir su autor, un desabrido con su personaje, sir Arthur Conan Doyle) nos habla de la asistencia de Holmes y Watson a un concierto del violinista español Pablo Sarasate en el St.James Hall de Londres. De paso se nos recuerda (el dato consta desde "Estudio en escarlata" la primera obra de Doyle sobre S.H.) que Holmes es un virtuoso del violín que además según Watson "escribía composiciones de verdadero mérito".

En el librito, bilingüe, que comentamos, el juguetón estilo literario de Burgess no se limita a hablar de Sarasate, sino que aprovechando la visita de un joven Alfonso XIII a Londres y su asistencia al concierto, saca a colación a  unos terroristas nacionalistas catalanes (tal como les digo) que pretenden acabar con el símbolo vivo de la realeza española. Y no les cuento más. No sólo los aficionados a Sherlock lo pasaran bien (el pastiche es de los mejor logrados entre los cientos existentes debre S.H.), sino los que no lo conozcan serán contagiados, sin duda, por el sabroso mundillo literario del viejo y despechado autor escocés.

FICHA

ASESINATO EN EL CONCIERTO.-"MURDER TO MUSIC".- Anthony Burgess.- Tra, Adela Queilez.- Ed. Ken. Edición bilingüe e ilustrada.114 págs. ISBN 9788494798443

 

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5 julio 2019 5 05 /07 /julio /2019 09:34

Vaya de entrada que Arturo es amigo mío, viejo colega con el que me entrecrucé durante años por diferentes lugares de Europa y aledaños y que ahora ha recalado en mi periódico de toda la vida, "La Vanguardia", añadiendo un eslabón más a la cadena amistosa que nos une. Esto no es excusa ni salvoconducto: nos conocemos y nos respetamos. Con lo cual todo queda dicho. Su "novela" que es más una autoficción realista que una narración, tiene una gran virtud y un pequeño defecto. La virtud es que en sus páginas late la energía, el humor, la ironía, la observación y la fuerza comunicativa de un  maestro del periodismo. El "defecto" es que no es una obra de creación literaria, ni trata de ser un original y renovador constructo novelesco: es una divertida. dinámica narrativa de semi ficción, en la que las tierras de Aragón quedan reflejadas con una gozosa contundencia semejante a la que Cervantes nos mostró con la Mancha del siglo XVII.

El punto de Arturo en "Pluma de buitre" es el uso discreto de una suerte de "realismo mágico" que parece un guiño a los que conocemos su estilo periodístico, algo desaliñado, barojiano y coloquial. Pues guiño es lo del fantasmal "winchester", su funda de cuero y la fantástica cualidad del arma de ser visible sólo a algunas personas. Eso da para mucho, como aquél "amigo invisible" que en la tele americana de los años 50 hacía las delicias  del personal, o la mula Francis, una especie de Sancho Panza en mula -que sólo hablaba en presencia a solas de su dueño- que alborotaba a carcajadas los cines de barrio en las tardes de domingo de mi infancia. No se trata del realismo mágico de García Márquez o el gallego Cunqueiro (ambos con ramalazos poéticos) sino de un cachazudo y sarcástico humor aragonés que San Agustín domina como nadie. Y todo ello trufado de cierto aire a western en blanco y negro o technicolor como los que he citado, tan abundantes en los  ocultos y luminosos meandros de la lejana infancia.

Precisamente este es el leith motiv básico de nuestro autor en esta novela atípica que busca la complicidad del lector (y más si es aragonés). Aragón se cuela entre las fisuras de la narración como una piedra de toque sobre la que el niño, el adulto y el hombre de edad que es el escritor va haciendo sonar la moneda de su naturaleza. Como en la realidad, lo que nos cuenta Arturo tiene que ver también con el desgarro íntimo que produce el interesado desgarro entre dos comunidades hermanas que están condenadas a entenderse a pesar de los obstáculos que los nacionalismos exacerbados van poniendo en esa entente natural que ofrece tierras de frontera que no entienden de límites geográficos y muchos menos políticos. Es una aberración natural que los hombres imponen en contra de la misma tierra.

Es una historia que va cabalgando entre las sombras queridas de un José Antonio Labordeta, inspirador áulico de este libro y otros como Javier Tomeo o el mçistico profeta en su tierra, Miguel de Molinos, o el oscense Ramón Acín. Todo aliñado con,los tópicos del western, con valles, montañas y mallos  de Riglos que evocan la Gran Valle Rocoso de John Wayne y hablando de Wayne, con aquella Maureen O´Hara de raíz irlandesa, pelirroja e indómita que nos enamoró de niños en "El hombre tranquilo" y que resuena en el imaginario de Arturo en memoria de su abuela irlandesa. Y como no podía ser menos en un cinéfago, hay un McDuffin, un pretexto que sirve de engarce y estímulo a la narración: una misteriosa cita bíblica que nos acompaña por toda la lectura y que el protagonista recibe cada  día a través del WattsApp, hablando de los engendramientos del Antiguo Testamento.

Un libro entrañable que se lee como un gran reportaje periodístico que se escapa de vez en cuando hacia la ficción y la autobiografía encubierta.

PLUMA DE BUITRE.- Arturo San Agustín.- Los libros del gato negro.-298 págs. ISBN 9788494865152

 

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27 junio 2019 4 27 /06 /junio /2019 16:18

Stanley Milgran, fue un psicólogo experimental judío norteamericano que trabajaba como profesor ayudante en Harvard en los sesenta. Diseñó varios experimentos con participación pública que la dieron una enorme popularidad, aunque bastante ambivalente: eran tan denostado como admirado. Hubo quien lo calificó de inmoral y recibió críticas muy duras de sus colegas, pero uno acaba preguntándose si no les gustaba el psicólogo y sus métodos o lo que Milgran descubría con sus experimentos sobre los seres humanos "normales", el tópico e hipervalorado ciudadano medio de los Estados Unidos (pese a que sus descubrimientos eran extrapolables a cualquier nacionalidad). En 2015 se filmó una película ("Experimenter") dirigida por Michael Almereyda sobre el trabajo de Stanley, prematuramente fallecido en los 80 a causa de un infarto . 

El experimento más importante y "escandaloso" de Milgran analizaba un fenómeno humano: la obediencia ciega a una autoridad supuestamente legal, aunque las órdenes recibidas fueran cuestionables ética y humanamente para el sujeto. La inspiración de Milgran para diseñar ese experimento tiene un nombre: el jerarca nazi Eichmann y el juicio que Israel le hizo en 1961 tras secuestrarle en Argentina. Eichmann  no aceptó su culpabilidad en ningún momento, alegando que sólo obedecía órdenes y que era un simple contable cuyos números y géneros podían ser desde seres humanos para los hornos crematorios a personal para las fábricas del régimen de Hitler. No sentía desprecio u odio hacia los judíos. Para él eran simplemente números. Eichmann fue ahorcado.

Milgran pagó a personas de diferentes clases sociales, razas o religión para que se sometieran a las reglas de su "estudio". Se trataba de saber hasta qué punto una persona "normal" puede volverse un verdugo "por obedecer órdenes". Los resultados fueron abrumadores. Más de un 60 % llegaron a infligir un supuesto "daño mortal"  y sólo un 10% se negaron a cumplir la orden de aumentar el castigo. El resto, se detuvieron en diversos grados de castigo. Evidentemente, no se hizo daño a nadie ( el "castigado" era una persona del equipo de Milgran, a la que no veían los sujetos del experimento, pero sí oían sus gritos de dolor). El motivo de castigo (descargas eléctricas que aumentaban de grado tras cada respuesta errónea) era una hipótesis inventada: el aprendizaje y la memoria aumentaban cuando se infligía dolor al sujeto. 

Un porcentaje tan alto de honorables ciudadanos que no tenían claras las prioridades éticas podría ser rebasado con creces en el siglo XXI. Pensemos en esas generaciones de jóvenes acostumbrados a la barbarie violenta a través de video juegos y películas. En esos militares que envían desde sus pantallas drones armados a terminar con "enemigos" con tal contundencia explosiva que causan daños enormes y muertes a personas  a las que ven como elementos de un video juego. ¿Estaremos mutando y perdiendo la sensibilidad ética o sólo es la misma faceta bestial que ha mostrado el ser humano durante toda nuestra sangrienta historia? Quizá unicamente ha cambiado el modo, el entorno, el juego. Parece que los humanos tienen una mezcla de los genes de Hitler, Tamerlán, Atila o Stalin en su código genético de especie. Sólo hay que darle "motivos justificados" para despertar.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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2 marzo 2019 6 02 /03 /marzo /2019 08:50

“Viper Club” es una película norteamericana dirigida por Masyam Keshavarz e interpretada dramáticamente por Susan Sarandon en la que un corresponsal de guerra es tomado como rehén mientras realiza una entrevista en Irak. Su madre (Sarandon), desesperada ante la falta de compromiso del gobierno en su liberación, decide buscar una solución alternativa. Prescindamos de los relativos valores cinematográficos de la cinta (un poco sensiblera y reiterativa). Conozco la problemática (en otro tiempo fui, alguna vez, corresponsal en zonas conflictivas) pero me interesa constatar una valoración ética que se ha perdido en nuestra época.

La primera víctima de la guerra es la verdad, dijo Esquilo hace siglos y luego se ha repetido como si ser la “primera víctima” de las guerras, la convirtiera en la más importante. ¿La verdad de quién?  ¿La que nos facilitan los gobiernos en conflicto o los periodistas que van a “cubrir” la guerra? (¿Se han percatado de la ironía paradójica que ostenta ese verbo tan utilizado?). Hasta algo más de los ochenta del pasado siglo, en general los periodistas eran respetados, con algunas notorias excepciones. Ahora, como los oficiales de rango, son objetivo prioritario de francotiradores o de secuestro. Pero la cuestión forma parte de una práctica que en la sangrienta historia de la lucha entre el tercer mundo árabe-africano y el occidental tiene siglos de antigüedad. Incluso había órdenes religiosas, los Mercedarios o lo Templarios, creadas originalmente para negociar, económicamente o por intercambios) entre secuestradores y rescatadores (Cervantes fue uno de los liberados, previo pago).

En estos momentos, como nos muestra la película, bastante veraz, hay organizaciones más o menos filantrópicas y otras de intermediarios profesionales, bancos, agentes, políticos, líderes tribales que se saltan al estamento “oficial” para trasladar rescate y comisiones de una punta del mundo a otra y lograr liberaciones más o menos “secretas” (oficialmente ningún Gobierno acepta negociar, por considerar al secuestro como “terrorismo”). ¿Terrorismo o negocio internacional con pingües beneficios para todas las partes interesadas? Otra de las secuelas ignominiosas de las guerras.  Es vergonzante  hacer negocio a costa del sufrimiento humano. ¿Tendrá razón Adorno al decir que no es posible escribir poesía después de Auschwitz?  En lugar de “escribir poesía” pongamos “cultura” y” la guerra” en lugar de Auschwitz.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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18 diciembre 2018 2 18 /12 /diciembre /2018 09:15

Cervantes y "Don Quijote" es a los libros de caballerías lo que el guionista y escritor norteamericano William Golldman y "La princesa prometida" es a las novelas y  películas de "grandes aventuras y amores verdaderos". El primero usa  a Cide Hamete Benengelí, un escritor morisco, "arábigo y manchego", como supuesto autor de la obra y Goldman se inventa a un escritor norteamericano de ascendencia nórdica -en realidad nacido en "Florín", un reino fantástico- llamado S. Morgenstern . Cervantes busca compañero  y amada para su caballero de la Triste Figura y Goldman se conforma con dos compañeros para su héroe Westley (que tiene una muy bella figura): Fezzic el gigante e Iñigo Montoya, un espadachin  español ("guiño" de Goldman al lector avisado) y por supuesto una Bella princesa, la más hermosa de mundo, (llamada absurda o irónicamente Buttercup, "pastelito" en castellano) que en realidad ni siquiera es de sangre real (es de origen campesino, como el héroe, una  lechera). Pero donde Cervantes lleva su fantasía a estrellarse continuamente con una realidad sórdida, Goldman lleva su hiperbólica y desmesurada irrealidad novelesca a superarse a sí misma en una escalada de imposibles en franco desafío a lo posible, trufada toda ella de la realidad, entre bromas y veras, del propio Goldman. Don Quijote y Sancho cabalgan por una Mancha casi documental y los héroes de nuestra historia corren sus increíbles aventuras por un supuesto reino de "Florin, que se extendía entre Suecia y Alemania. Por supuesto "antes de que formara Europa". En un caso, el cervantino, los "malos" son reales y circunstanciales o imaginados e inexistentes; en nuestra novela, el malo es el príncipe de Florín, llamado Humperdinck, un psicópata que "tenía la forma de barril...pecho enorme de barril y muslos poderosos abarrilados, pesaba cerca de ciento veinte kilos y caminaba de costado como un cangrejo" y su hombre de confianza, otro psicópata llamado conde Rugen, cuyo mayor placer era estudiar los efectos del dolor en todo ser viviente, tenía seis dedos en la mano derecha, maestro espadachín y pieza importante en esta original "novela" pues es el sujeto que asesinó al padre de Iñigo Montoya (que era un fabricante de espadas extraordinarias) y causa la obsesión de Iñigo por encontrarse con él y matarlo (la frase "Me llamo Iñigo Montoya; tú mataste a mi padre; prepárate a morir" se repite bastantes veces en la novela, cada vez que Iñigo tiene ocasión de decirla...y son muchas). Y por fin, si en Cervantes el concepto clave es la dialéctica ficción-realidad, aquí es realidad-ficción- realidad ficcionada, más complejo y considerablemente más irónico, sarcástico y juguetón (aunque, como pueden suponer pertenecen a dos niveles literarios distintos y aquí acaban las comparaciones, similitudes e influencias del gran Cervantes en el divertidísimo e inteligente William Goldman). Por último, aunque no menos importante, el concepto ético que domina esta rara novela es "La vida no es justa, nunca lo ha sido y nunca lo será" con lo que redunda un poco en lo que piensa el lector de "El Quijote" cuando el Caballero pasa las de Caín en nombre de su "Amor Verdadero", para acabar además muriéndose de tristeza con el cuerpo apaleado y todo su mundo reducido a una "locura" objeto de burla.

Otra característica que rinde homenaje a la excelencia literaria es el recurso a la oralidad como base para la narración. De abuelos a padres y de estos a hijos, "La princesa prometida" va siendo leída a niños atentos, entusiasmados y reacios a que les den gato por liebre. Por tanto en el libro se entrecruzan varios niveles: el del narrador primigenio, Morgenstern, el del "compilador" y "sintetizador" del largo original, Goldman y el del hijo que fue Goldman o el del propio "hijo" de éste, un gordito que será redimido por el ejemplo de Swazenegger  (en la vida real Goldman tuvo dos hijas, pero SI les leyó la historia de la Princesa que estaba escribiendo) y, naturalmente, las "morcillas" o intevenciones continuas de Goldman en sus funciones de "re-escritor" que nos habla de su propia vida, sus problemas legales "con los herederos" de Morgenstern, su propia mujer, Helen, una conocida psiquiatra (creo que invención del escritor, ya que su esposa no era psiquiatra ni se llamaba Helen), sus guiones de cine (entre ellos, dos premiados por sendos Oscar, "Dos hombres y un destino" y "Todos los hombres del presidente" y otros grandes éxitos como "Misery" de Stephen King (que pasa a ser personaje de este libro), "Marathon Man", basada en una novela suya, y otras muchas, una brillante carrera truncada por la Parca el pasado 17 de noviembre. Y, sobre todo, destaquemos el humor y la desternillante ironía con que Goldman nos va contando los cortes y supresiones de páginas que hace al original de M. porque son aburridas y ya las hizo un su día el padre o abuelo que leía dicho original ("como en Moby Dick hay que saltarse las aburridas páginas sobre los detalles de la caza de ballenas", dice W.G.).

"La princesa prometida", publicada originalmente en 1973, con versión cinematográfica de 1987,  es una joya de la metaliteratura, llena de un humor a ratos de brocha gorda, tipo Tom Sharpe o Rabelais, o de sarcástica sutileza como Wodehouse, Mark Twain, Waigh o Sterne, es decir un humor más británico que yanqui. Desde la nota del editor recomendando al lector que se salte las dos introducciones del autor (la primera en el 25º aniversario de la novela y la segunda en el 30º)   y vaya a la página 45 para ver de qué va la cosa, hasta la guasa de signo superlativo que destilan las dos introducciones, paeando por la descripción de los cortes que Goldman hizo al original de Morgenstern, hasta los problemas del "compilador" en su intento de escribir una continuación de "La Princesa prometida" que llevaría por título "El bebé de Buttercup" y que los editores habían decidido encargar a Stephen King porque vende más libros que Goldman, pasando por las casi treinta páginas que se adjuntan de dicha continuación (con los comentarios agudamente sarcásticos del autor), el lector queda bien servido, aunque apenado porque ya sabe que NO LEERÁ dicha continuación en forma de libro, por fallecimiento del autor.

Este artefacto  literario que, como la película (dirigida por Bob Reiner), se ha convertido en un libro de culto para entendidos o avisados lectores y cinéfagos (parece ser que hay millones repartidos por todo occidente), debería ser objeto de una oferta librera peculiar: un pack que contuviera el libro y también un dvd con la película. La imaginativa editorial, "Ático del los libros" podría apuntarse un tanto superior al que ya tiene por haber publicado esta magnífica edición que tengo en mis manos.

Por cierto, para que quede constancia de la rara erudición (y no sólo en las cosas del reino de Florín) de Goldman, parece ser que el nombre de Simon Morgenstern, el "genuino autor" de "La princesa..." es un homenaje al creador del término literario de origen alemán "bildungsroman", es decir, "novela de iniciación" como el "Werther" de Goethe o "Las afinidades electivas", "La isla del Tesoro" de Stevenson, o "El artista adolescente" de Joyce. Su nombre: Johann Karl Simon Morgenstern. 

Pero todo este artículo suena demasiado a literatura seria, así que me detengo y les conmino a leer una novela que trata dinámica, divertidamente, emocionante y también de forma arrolladoramente sugestiva, asuntos tales como: "esgrima, lucha, tortura, venenos, amor verdadero, odio, venganza, gigantes, cazadores, hombres malos, hombres buenos, las damas más hermosas, serpientes, arañas, bestias de toda clase y aspecto, dolor, muerte, valientes, cobardes, forzudos, persecuciones, fugas, mentiras, verdades, pasión y milagros." Y no dejaréis la lectura hasta saber "¿qué fue de la hermosa Buttercup y del pobre Westley, y de Iñigo, el más grandes espadachín de la historia mundial? ¿Cuan fuerte era en realidad Fezzik? ¿Tenía límites la crueldad de Vizzini, el siciliano o la del príncipe  de Florín o la de su esbirro  el conde que tenía seis dedos en la mano derecha y había matado al padre de Iñigo?"

En fin, disfruten leyendo y si pueden háganse con la película. Les garantizo que cualquier lector que se "enganche" a esta novela acabará formando parte de un selecto club mundial, con sede en Florín, ese país enredado en uno de los pliegues de la vieja Europa. Y compartirá con millones de amigos una frase emblemática que los distingue a todos y cada uno del resto del mundo: "Me llamo Iñigo Montoya: tú mataste a mi padre, prepárate a morir".

FICHA

LA PRINCESA PROMETIDA.- William Goldman.- Trad. de Celia Filipetto.- 390 págs. Ed. Ático de los Libros.- ISBN 9788416222636

 

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