Logoi 369
BIBLIOTECAS
Leo un libro de crónicas personales del gran escritor norteamericano William Styron (1925-2006). Autor de novelas como “La decisión de Sophie” y “Esta casa en llamas”. Con “Las confesiones de Nat Turner” obtuvo el Premio Pullitzer 1968. Recuerdo su obra “Esa visible oscuridad”, una de las confesiones de depresión más conmovedora que he leído. Styron confiesa cómo la lectura le salvó de muchos desastres vitales durante toda su existencia. “La biblioteca era mi guarida, mi club privado, mi santuario, mi lugar de salvación...cuando leo en la biblioteca, estoy como refugiado ante el mundo y los vientos malignos del futuro; nada podía hacerme daño cuando me encontraba allí. Sin duda era como huir, pero también me enriquecía...los libros me proporcionaron todo lo bueno que he tenido en mi vida. Dios bendiga a las bibliotecas”.
Todos los escritores y “lletraferits” que he conocido –muchos, debido a mi profesión- confiesan su deuda impagable con las bibliotecas y, por extensión, con los libros y la lectura. Yo mismo, sigo frecuentando la biblioteca de Alcañiz, que escogí por su recoleta ubicación en un edificio histórico bien conservado, por su ambiente silencioso y sobre todo debido a ese “enraizamiento” personal con las bibliotecas públicas desde que era niño. Y ello a pesar de que mi biblioteca personal es de varios miles de volúmenes. Entre ellos acudo a menudo a los más preciados por mi memoria de lector o por ciertas conexiones emocionales con ciertos autores: Dickens, Conan Doyle, Cervantes, Shakespeare, Quevedo, Melville, Swift, Stevenson, Richmal Crompton, Austen, Graham Greene, Carroll, Balzac, Saint Exúpery, Montaigne, Rabelais, Thomas Mann...”e tantti altri”... Sin embargo, en mis visitas a las bibliotecas, me dedico con preferencia a curiosear en los anaqueles de ensayos: filosofía, psicología, neurociencias y crisis ambientales.
Ya sea en la biblioteca de Alcañiz o en la del “Escorxador” de Barcelona, o en cualquier otra situada en pueblos o ciudades que visito, me gusta sentarme un rato a leer en algún recodo –casi siempre bastante solitario- o curiosear por los anaqueles y comprobar cómo con el paso de los años y la deriva de la cultura de los libros a las pantallas, somos lamentablemente menos los que acudimos a sus acogedoras salas de lectura.
Por favor, profesores, padres, amigos y compañeros de los jóvenes, traten de incentivar el amor a la lectura y a las visitas y estancias en las bibliotecas. Generen actividades, cursillos, competiciones, representaciones, conferencias, coloquios, clubs de lectura...impidan que las bibliotecas desaparezcan como si fueran instituciones banales e innecesarias. Valoremos de nuevo la lectura y los libros por sí mismos: es el mejor antídoto contra la vulgaridad y malignidad de una forma de vida, acelerada e insustancial, que nos esclaviza a través de pantallas y de incesantes estímulos superficiales, cual si fuéramos esos ratoncillos o “hamsters” condenados a impulsar la rueda de giro sin fin del capitalismo y el consumo.
ALBERTO DÍAZ RUEDA