Roald Dahl, el creador de “Charlie y la fábrica de chocolate”, de “Matilda”, de los “Gremlins” o “El señor Fox” y de cientos de cuentos para adultos y para niños inteligentes y traviesos, se ha librado de que sus textos sean manipulados y convertidos en puré de lo “políticamente correcto” (un oxímoron: lo político raramente es lo correcto). Se ha levantado tal polvareda que los editores ingleses han renunciado a cambiar ni una coma de la obra de ese escritor, fallecido en 1990.
En el mundo editorial, el cine, el teatro y la ópera se perpetran gamberradas con las versiones de las obras literarias, tratando de imponer lo “políticamente correcto” en textos creados con modas y estilos que reflejaban su época natal, el pasado. Ahora otro “iluminado” inquisitorial les mete mano a las novelas de Ian Fleming, tratando de convertir a James Bond en un modelo de corrección “feminista”. Por Dios que me espanta tanta estupidez. Ni siquiera Orwell, el distópico autor de “1984”, pudo imaginar que las reformas de la “neolengua” iban a caer tan bajo: ya no se trata de cuestiones ideológicas, sino de franca y descarnada idiotez amparándose en el desbarajuste normativo que los “pro” y los “trans” dictan. No conozco a ninguna mujer con sentido común, o algunos/as de las variedades de lo trans, que no opinen que “nos estamos pasando” con tanta directriz de lo correcto y lo protegido. Imponer la moralidad vigente a esa convención irreal que es el pasado podría terminar con él para las generaciones actuales, convirtiendo algo tan importante desde el punto de vista humano, en un supuesto lamentable, la pálida sombra de nuestro presente sobre algo que la memoria rechaza por postizo: un “pasado” totalmente inventado.
Pronto, el lobo no devorará a la abuela de Caperucita, ni los niños serán abandonados por su padre en “Hansel y Gretel”, nadie cortará cabezas en “Alicia”, las palabrotas de Sancho serán expurgadas del Quijote y en “La Cabaña del tío Tom” el racismo histórico quedará convertido en una merienda de negros (con perdón). La “neolengua” que se impone consiste en expurgar en los textos clásicos y modernos todo epíteto, frase o mención que resulte política y socialmente incorrecta. En la vida real, se impone la pornografía al alcance de todos, incluido niños de 10 a 12 años, las violaciones grupales o los abusos en fiestas y saraos. Las redes se alimentan de insultos y persecuciones mediáticas que destruyen a sus víctimas. En esta sociedad “ejemplar” se expurgan ciertas palabras y menciones en libros clásicos. Eso se llama hipocresía.
Si Plutarco hubiera vivido en nuestra época, en sus “Vidas paralelas” colocaría a Donald y Laura como pareja de destinos y talantes políticos. Y eso que son dos vidas, las de Donald Trump y Laura Borrás, totalmente diferentes. Un ex presidente de Estados Unidos y una ex presidenta del Parlament de una autonomía española, no parecen tener mucho que ver. Pero si uno analiza –con algo de humor e ironía- las actitudes públicas y políticas de ambos, la intolerancia de sus inflados egos, su ambición y la auto convicción de ser intocables, más la irracionalidad de sus seguidores que parecen justificar la absurda tendencia de ambos en constituirse como encarnación de todos los valores e ideales de sus ciudadanías…señores, tenemos unas “Vidas paralelas” a la altura de las de Alejandro y Julio César, o las de de Hitler y Mussolini.
Trump ha sido imputado por soborno a la actriz porno Sroemy Daniels. En plena campaña de las presidenciales de 2016, Trump pagó 130.000 dólares para que la Daniels no hablara de la aventurilla extramarital del estrambótico expresidente, el primero en la historia del país sometido a una causa penal. La primera reacción de Trump fue amenazar que su inculpación provocaría “muerte y destrucción” en el país, seguramente a la altura de lo que provocó el ataque al Capitolio de sus violentos partidarios, siguiendo sus instrucciones. Lo inconcebible es que la mayoría de esos partidarios no duden en seguir siéndolo.
Por su parte, Laura Borrás, emula al americano en su maniobra básica de irresponsabilidad: olvida su culpabilidad probada en los delitos de prevaricación y falsedad documental y asegura que es una maniobra estatal contra el independentismo y la sacrosanta autoridad parlamentaria catalana. Junts, el partido que sigue presidiendo Laura B., no forzará su dimisión “por intereses electorales” .Y también siguen ese guión tóxico los radicales “indepes”. Ella asegura, al estilo mesiánico y excesivo de Trump: “esa sentencia no se hubiera dictado nunca si no fuera quien soy”. En ambos casos el desastre ético público es semejante, aunque en EE.UU puede originar una tragedia y en Cataluña, sólo una farsa. Pero angustia el egocentrismo patológico de Laura B. (como en Trump) y preocupa que ésta insista en un victimismo trasnochado e ignore que no se ha juzgado al independentismo, sino su conducta corrupta al frente de una institución. No se condena a Laura B. “en defensa de la unidad de España”, sino debido a una praxis personal ilegal al frente de una institución de la Generalitat.
Texto publicado en la revista Compromiso y Cultura, abril 2023
Es el símbolo del escritor judío del siglo XX, profeta ignorado y víctima de la locura humana
No hay ni un escritor, filósofo o crítico literario del siglo XXI que cuando descubre la obra de Stefan Zweig –uno de los grandes “olvidados” de la literatura en los últimos cuarenta años—no se sorprenda ante la dimensión gigantesca de este escritor, pensador, ensayista y novelista que fue uno de los grandes intelectuales idolatrados en todo el mundo durante los primeros setenta años del pasado siglo. La trágica circunstancia de su muerte –se suicidó con 61 años, junto a su esposa Lotte, de 34, en Petrópolis (Brasil) en febrero de 1942—fue uno de los hechos infamantes que cabe apuntar en la gigantesca lista de oprobios indirectos de la demencia furiosa nazi, (esa cagarruta “ideológica” de ciertos seres humanos, que parece resurgir en nuestros días), descrita en su novela “Amok” por Zweig
La primorosa edición que Páginas de Espuma ha hecho de su narrativa breve, “Cuentos completos”, (aprovechando la ola de rescate de este autor tras la liberación de los derechos de edición) con traducción de Alberto Gordo, sólo tiene un defecto, en opinión de este viejo lector acostumbrado a un tipo de editores que no abundan ( los “viejos” Plaza Janés, Planeta, Bruguera, Alianza, Muchnik o Seix Barral): ¿hubiera encarecido mucho la edición haber añadido un estudio, siguiera de una decena de páginas, sobre el autor, su obra, su historia y su regia importancia en la literatura? Por favor, muchos de los que nos dedicamos al oficio de la pluma, estaríamos dispuestos a hacer ese trabajo “gratis et amore” con tal de rendir un servicio al lector y un homenaje al escritor que amamos los “lletraferits” del siglo XX).
Stefan Zweig (1881- 1942) era un todoterreno literario: cuentos, novelas, biografías, historia, crítica literaria, ensayo, poesía, teatro…Ameno, bien informado, con un pensamiento sólido y bien razonado, brillante, poético, inteligente y dotado de sentido del humor, sencillez y un gran respeto hacia la belleza, la razón y la magia de la creación artística. Su discreción, modestia y pundonor personal y profesional, virtudes unidas a su genio creativo, le convierten en un ejemplo poco habitual de escritor importante que también era una buena persona, recta y compasiva y un ciudadano consciente de su tiempo y con criterios éticos .
En estos cuentos que hoy glosamos y en la totalidad de su obra Zweig nos regala uno de los mejores conjuntos literarios dedicados al ser humano, su complejidad, sus defectos y mezquindades, pero también su grandeza, su búsqueda del amor y su debilidad ante las emociones. Para los que conocen y aman a Zweig, esta edición nos brinda la oportunidad de conocer relatos poco editados y alguno prácticamente inédito para el lector español. Y también propicia el reencuentro con piezas como “Los ojos del hermano eterno” o “Mendel, el de los libros”, un cántico este último a algo que el escritor viviría de una forma discreta toda su vida, pero que le llevaría al prematuro final: su condición judía. Pero es en el aspecto emocional donde el romanticismo y la sensualidad nostálgica de Zweig, brilla con fuerza: “Veinticuatro horas en la vida de una mujer” o “Carta de una desconocida”.
El sesgo trágico de Zweig, que le hacía ver el suicidio como un recurso válido contra la injusticia y el sufrimiento, le acompañaría desde muy joven. Su primera mujer, Fridericke (se divorció en 1938), escritora a su vez y autora de una biografía de su exmarido, conocía esa pulsión suicida, una expeditiva forma de rechazo total a la vida –en determinadas circunstancias- que Zweig contemplaba con frialdad racional. En muchos de sus novelas y relatos los protagonistas acaban suicidándose. Tal como la vida de exiliado y el temor a un triunfo global de los nazis le empujaron a tomar los barbitúricos-veronal- que acabaron con él y su esposa. “El mundo de mi lengua ha desaparecido y mi patria espiritual, Europa, se ha destruido a sí misma”, rezaba la nota que dejó junto a sus cadáveres.
En su hora más triste y a la espera del trágico final, Stefan Zweig trata de hacer de la necesidad virtud y escoge para ello, como consolación filosófica, al austero Montaigne cuyo mensaje vital se concentra en la voluntad persistente de mantenerse al margen, independiente y seguro ante el mundo brutal y violento que le rodea (paralelismo histórico con el momento que vive Zweig, aterrorizado ante la vesanía nazi que amenaza comerse al mundo entero). El libro está lejos de ser un académico ensayo filosófico. Muy al contrario, destila la emoción, el miedo, la inteligencia y las dudas de un intelectual que parece hundirse poco a poco ante una situación a la que no ve salida. Como Boecio busca una consuelo en la filosofía que la filosofía no puede darle y como Boecio se siente en una prisión y esperando la ejecución. Por eso en su carta de despedida antes de suicidarse escribe: "Saludo a todos mis amigos. Ojalá lleguen a ver el amanecer tras esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes que ellos". Y recuerda una frase de Montaigne: "La muerte voluntaria es la más bella. La vida depende de la voluntad ajena; la muerte, de la nuestra". En una carta a Herman Hesse, al que considera un alma gemela, escribe "En ocasiones la amargura nos impregna como el agua a la esponja". Y menciona la ruina del mundo que él ama en el caos nazi en Europa. Hesse compartía la extrema decisión de su amigo, ya que él mismo intentó en dos ocasiones recurrir al suicidio como vía de escape a situaciones no aceptables.
Especialmente significativo es su bellísimo relato sobre Jakob Mendel, un original, tímido, introvertido, solitario y excéntrico librero de viejo que durante más de treinta años acude, cada día, desde primera hora de la mañana y hasta la noche, justo antes del cierre, al café Gluck de Viena, donde ocupa siempre a la misma mesa y consume dos cafés y unos pocos bollos de pan. Es una institución cultural del local. En su rincón lee, escribe, estudia y se ocupa de su negocio, vender libros y por supuesto buscarlos primero, gracias a ser un desconocido -- pero famoso en círculos minoritarios de eruditos -- experto en libros, en fechas y lugares de publicación, en editores, en autores, en géneros. Es como un ordenador humano, una biblioteca ambulante, una autoridad bibliófila, una eminencia dotada de un cerebro portentoso. Vive para los libros y ellos son toda su vida, ajeno a lo que ocurre en el mundo, en su ciudad, a dos metros fuera de su mesa. Ni tan sólo se ha enterado de que en torno suyo el mundo se derrumba a causa de la I Guerra Mundial. Esa será su perdición. Por un motivo fútil, dos postales enviadas a dos países enemigos, Inglaterra y Francia, reclamando catálogos de libros, pondrá en marcha la absurda y fatal maquinaria represiva de la policía y el ejército, en un país de tradición prusiana. Terminará en un campo de concentración y comenzará la caída hacia el olvido y la muerte. Mendel parece surgido de una novela de Kafka. Pero nace de la pluma de Zweig, un hombre que comienza a montar en su mente una historia semejante que reflejará su propio final.
Stefan Zweig ha sido para mí, desde mi juventud, un amigo leal al que recurrir en las situaciones más variopintas y por ello adquiría las rústicas ediciones de Plaza Janés, que aún conservo, subrayadas y anotadas. Después Zweig cayó en el olvido desbancado por inquietudes literarias más afines con el tiempo y la edad. Por tanto, la aparición del volumen "Novelas" en Acantilado, hace algunos años, me atrajo como un imán. Ya sabía de las ediciones en ese sello de la obra de Zweig --de hecho tengo en mi biblioteca algunos de los títulos que ha ido sacando en los últimos años -- pero la presentación en un solo volumen de 1560 páginas en papel biblia de sus mejores once novelas fue irresistible. Este escritor que resume como pocos el talante y características de los escritores clásicos de centro Europa (quizá a la par de otros menos conocidos pero de excelencia semejante, como Sandor Marài) nos ofrece las claves para entender los cambios que llevó de la Europa previa a la Primera Guerra mundial al caos ideológico y social que propició la Segunda Guerra (y preparó el terreno para el actual desbarajuste sangriento que aflige a buena parte del mundo en que vivimos).Hay quien opina que Zweig es un escritor menor respecto a aquellos que respiraron con él la existencia de aquellos años, como Robert Musil, Thomas Mann o Kafka. Una relectura de alguna de sus novelas, nos convence de inmediato de que no es así. Yo creo que estos autores no son comparables. Que no se puede --ni se debe-- establecer juicios de valor entre aquellos monstruos literarios y Zweig. Simplemente hay que leerlo y disfrutar con la justeza y elegancia de expresión, el dominio de la tensión narrativa, el buen gusto y habilidad para la descripción de ambientes y personajes. Es como ver una buena película de época (de hecho Zweig ha inspirado con sus novelas algunas grandes películas).Pero en sus novelas, que el lector devorará como alimento del alma, nos fascinará la precisión psicológica de los retratos de los personajes, el análisis no carente de humor de la burguesía de la época (no tan alejada de la de nuestro tiempo), las facetas románticas de una sociedad (de eso ya nos queda poco hoy día) que pensaba que podría evitar la hecatombe a pesar de la evidencias en contrario.
En “El exilio imposible” el soberbio libro de George Prochnik se estudia el duro proceso del exilio y en la suerte variada, esquiva y generalmente dolorosa que sufrían los que debían abandonar pasado, bienes, nombre y raíces para enfrentarse con un futuro casi siempre indeciso y problemático. Una suerte muy diferente a la de otros escritores en lengua alemana como Thomas Mann, Hannah Arendt y Bertolt Brecht que supieron convertir el exilio en una forma de afirmación, resistencia y defensa de sus valores personales y los de su tierra lejana. Zweig, con un corpus literario de enorme fuerza y valor, se rindió a sus 60 años en una depresión que le llevaría a la muerte. George Prochnik, profesor de Literatura inglesa en la Universidad Hebrea de Jerusalén, no realiza una biografía al uso, sino un apasionado y personal desafío para desentrañar las causas psicológicas y ambientales, la mala fortuna también, que llevarían a Zweig a su dramático final. El biógrafo, también descendiente de judíos alemanes que huyeron de los nazis, viaja a Brasil, Viena y Westchester, en busca de elementos causales que aclararan la sorprendente decisión de Zweig, aunque también muestra la dificultad inherente a un intelectual de esas características siempre escudando su interior tras las páginas de su obras (algunas de la cuales como las biografías de Erasmo o Freud, parecen jugar con elementos concomitantes con la actitud personal y vital del escritor). Y define: "Zweig, el exiliado fracasado por excelencia, ofrece una fórmula precisa para la emigración tóxica, lo que podría llamarse 'síndrome de la mujer de Lot': no podía dejar de mirar atrás por encima del hombro hacia un pasado feliz e irremediablemente perdido, desdeñando y descuidando el presente y el futuro" . Y nos ofrece un retrato preciso y poco complaciente el escritor “acaudalado ciudadano austriaco, un incansable judío errante, un autor magníficamente prolífico, un infatigable defensor del humanismo paneuropeo, un anfitrión impecable, un histérico en casa, un noble pacifista, un populista barato, un hedonista remilgado, un amante de los perros, un aborrecedor de los gatos, un coleccionista de libros, un dandi, un depresivo, un adepto a los corazones solitarios, un ocasional donjuán que se comía con los ojos a los hombres, un sospechoso de exhibicionismo, un adulador de los poderosos, un defensor de los desvalidos, un cobarde frente a los estragos de la edad, un estoico ante los misterios de la tumba” .
El libro ahonda en todo ello y trata de encontrar una razón suficiente que explique el drama. Hay fuerza en esta narración de curso a veces errático, apasionado, con páginas llenas de exaltación (el lector se encontrará con párrafos sobre el amor a los libros, una de las razones de vivir de Zweig que conmueven). La nómina de amigos célebres y conocidos de Zweig resulta abrumadora (Einstein, Freud, Theodor Hertz, Karl Kraus, Jules Romains, Joseph Roth,Hendrik van Loon...) que pasan de forma fugaz y errática por el trabajo de Prochnik (lamentamos la falta de un trato más claro y documentado o reflexivo) Falta una estructura y un sistema, pero eso no es un defecto, dada la apasionada visión que nos ofrece el autor de un novelista por sí mismo, errático y poseedor de mil rostros diferentes.
En “El mundo de ayer”, Zweig acaba con una frase premonitoria: "El sol brillaba con plenitud y fuerza...mientras regresaba a casa, de pronto observé mi sombra ante mí, del mismo modo que veía la sombra de la otra guerra detrás de la actual. Durante todo este tiempo, aquella sombra ya no se ha apartado de mí: se cernía sobre mis pensamientos noche y día; quizá su oscuro contorno se proyecta también sobre muchas páginas de este libro". Esa sombra hace de la lectura del libro un estremecedor y patético documento de un hombre derribado junto a todo lo que valoraba, pero al mismo tiempo una profunda reflexión sobre la necesidad de superar los nacionalismos ("la peor de todas las pestes: envenena la flor de nuestra cultura europea"), de integrar las diferencias, de unirse bajo una bandera de paz, cultura, concordia y colaboración: "un mundo ordenado, con estratos bien definidos y transiciones serenas, un mundo sin odio", semejante al mundo de su juventud que creía que "el progreso técnico debía ir seguido necesariamente de un progreso moral igual de veloz!".
En cambio Zweig gime por su generación y se pregunta "¿qué no hemos visto, no hemos sufrido, no hemos vivido? Hemos recorrido de cabo a rabo el catálogo de todas las calamidades imaginables (y eso que aún no hemos llegado a la última página)" Y con terrible sencillez dice "He sido homenajeado y marginado, libre y privado de libertad, rico y pobre...por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y el exilio...". Y termina con “Si los perseguidos y expulsados hemos tenido que aprender un arte nuevo, desconocido, ha sido el de saberse despedir de todo aquello que en otros tiempos había sido nuestro orgullo y nuestro amor”. Su canto de amor a la Viena que conoció es asombroso y decididamente utópico: “Era magnífico vivir allí, en esa ciudad que acogía todo lo extranjero con hospitalidad y se le entregaba de buen grado; era lo más natural disfrutar de la vida en su aire ligero y, como París, impregnado de alegría”. Y la burguesía judía era el principal sustento del arte, el teatro, los libros, la cultura en general. No es sorprendente que en el siglo XX surgieran figuras como Gustav Mahler, Schönberg, Hofmannsthal, Schnitzler, Max Reinhardt y Sigmund Freud, y Ludwig Wittgenstein, todos judíos.
En el prefacio de su último libro, Zweig se queja de no tener ninguno de sus libros o documentos a su disposición para escribirlo. Debía fiarlo todo a su memoria. "Tres veces me han arrebatado la casa y la existencia, me han separado de mi vida anterior y de mi pasado, me han arrojado al vacío, en ese no sé adónde ir, que ya me resulta tan familiar". Y todo eso por ser judío, además de escritor, austríaco, humanista, pacifista y europeísta. Quizá nadie podría personificar mejor al protagonista de “El hombre sin atributos”, la gran novela de su compatriota Robert Musil (que nació y murió casi en las mismas fechas que él). Zweig fue “el genio sin atributos”. Y, como escribe con cierta dureza Prochnik, la vida de Zweig invertía el orden del comentario de Marx sobre la historia que se repite, la primera vez como tragedia y la segunda como farsa. La historia de Zweig coquetea con la farsa primero, para terminar como tragedia.
LIBROS : CUENTOS COMPLETOS.-Stefan Zweig. Trad. De Alberto Gordo. Ed. Páginas de Espuma. 1348 págs. –EL EXILIO IMPOSIBLE.-George Prochnik. Trad. Ana Herrera.- Ed. Ariel.413 pág. NOVELAS. Ed. Acantilado. Varios traductores.1550 págs.
Homero cita en la Ilíada el mito de Pandora (nombre que en griego significa “llena de dones”), un regalo envenenado que Zeus hizo a los hombres. La bellísima Pandora se casa con el hermano de Prometeo y el jefe de los dioses como regalo de bodas le da un ánfora o tinaja sellada, con la orden de no abrirla jamás. Lo primero que hizo Pandora, tras la boda, fue destaparla. De ella salieron todos los males que afligen a los humanos, desde la guerra o la enfermedad a la locura, la pobreza y el crimen. En el fondo quedó la esperanza, el único bien que había en la tinaja. Fue la venganza de Zeus por el gesto de Prometeo de robar el fuego a los dioses para que los hombres dispusieran de calor y energía para prosperar. Es la metáfora mítica de la crisis climática. El hombre ha abierto ese “ánfora de Pandora” - a pesar de las advertencias de los científicos- a causa de su actividad contaminante, irracional y codiciosa en el planeta, un consumo sin límites y un insensato estilo de vida.
El IPCC, grupo intergubernamental de expertos en el cambio climático, ha dado a conocer sus conclusiones. “La ventana de oportunidad que la humanidad tiene para asegurarse un futuro habitable y sostenible para todos, se está cerrando”. Los límites fijados por el acuerdo de Paris de 2015 no se han cumplido y nos acercamos al punto de no retorno. El decenio clave para evitar el desastre está acabando sin haber logrado implementar las medidas para evitar el calentamiento global. Este informe –el sexto- pide acciones profundas, rápidas y sostenidas, para reducir la emisión de gases de efecto invernadero. Y avisa que aunque lográramos hacerlo, la desaceleración perceptible del calentamiento global no sería inmediata y tardaría “dos décadas al menos”. Lo impactante del aviso es que… en estos últimos meses, están creciendo las emisiones letales (un 1% en 2022).
¿Ceguera? ¿Ignorancia? ¿Estupidez? Todos somos, de alguna manera, responsables. El cambio climático es obra del ser humano. Las olas de calor, las sequías, las inundaciones y los ciclones, llevan el sello de nuestra especie. Entre 3.300 y 3.600 millones de personas viven en lugares cada vez más vulnerables al cambio climático. Conocemos las consecuencias: hambre, pandemias, migraciones, violencia política, falta de agua potable. Pensar en ello no lo resuelve, es cierto. Pero no pensar…lo agrava. Y no actuar, nos condena.
Ustedes me dirán que parezco un ave de mal agüero. ¿Veo fantasmas por todas partes? La guerra, la crisis climática, la ecología, la alimentación, el agua, problemas sociales, políticos, educativos, económicos y financieros. ..Pues sí, veo fantasmas, pero son tan reales que forman parte de la vida cotidiana de nuestra época. Mi ex compañero de LVG, Manel Pérez, un avisado e inteligente analista económico, nos recuerda a otro fantasma de larga vida: la crisis financiera del 2008 que estuvo a punto de hundir la economía mundial y puso a muchos países en bancarrota social y política (recuerden Grecia). En aquella fatídica fecha se produjo la quiebra de Lehman Brothers, en Estados Unidos, lo que azuzó los caballos del Apocalipsis sobre todo occidente. Ahora son el Silicon Valley Bank en Estados Unidos y el Credit Suisse quienes se hunden en sus propios errores (ambos llevan dos años dando pistas de que iba a ocurrir esto). La pérdida de credibilidad de la Banca mundial es el canto del cisne del capitalismo neoliberal, aunque no hay Plan B, no hay un sistema que lo sustituya de una forma racionalmente efectiva. El terremoto bursátil arrastra a la baja a todo el sector bancario.
Por eso han salido los Bancos Centrales, garantizados por los Estados, a dar la cara por los colegas díscolos y demasiado imprudentes. Quizá al menos el banco suizo, cuando las aguas se calmen, desaparecerá discretamente. Mientras, el BCE, el banco central de la eurozona, ha intervenido para controlar la situación. A la Banca le facilitan una salida por la puerta trasera, a pesar de ser responsables de políticas de gestión de carteras, como mínimo discutibles y censurables.
Los inversores y clientes de la Banca Mundial desconfían de esas instituciones regidas en muchos lugares por auténticos kamikazes de la codicia y la ausencia de ética, bajo un sistema financiero no transparente y unas megabancas con un poder tan grande como su soberbia y falta de honestidad. Las finanzas que escapan a los controles más estrictos, los “rincones oscuros “del sistema financiero, forman un poder en la sombra gigantesco, inimaginable, que podría rondar los 230 billones de euros. Su lema: el beneficio más grande, en el menor tiempo posible. No saben quién debe a quién, ni cuánto, ni si podrán pagarlo. Actúan como trileros, que apoyan los espejismos de las criptomonedas o invierten en firmas que ofrecen altos rendimientos en poco tiempo y estallan un día como burbujas con demasiado gas. Operaciones especulativas de alto riesgo que, me temo, pagaremos los de siempre, los ciudadanos de a pie.
En 1928 Stefan Zweig escribía: “Ya no cabe el mito en lo terreno, ni aún en las estrellas…es a sí mismo donde el espíritu siempre ansioso de saber tendrá que dirigirse: es a su propio misterio donde se verá arrastrado por la atracción de lo desconocido… así que el descubrimiento de sí mismo, el propio conocimiento, ha de ser el tema del futuro…ahora, un enigma irresoluble para la humanidad”. El yo ha sido un enigma que ha preocupado a. filósofos, psicólogos y pensadores espirituales de todas las disciplinas desde la antigüedad y siguen en ello con la ayuda de los neuro científicos de hoy.
Durante siglos, el Yo y la conciencia ha constituido para todos los que buscaban situarlos y definirlos, una permanente pregunta, corrosiva e irresoluble, a pesar de aplicarse en la investigación secular todas las técnicas posibles, empeñados en la busca de una imagen sencilla y comprensible (y comunicable, claro está) de su naturaleza huidiza. Ha sido preciso dar con la nueva neurología –los años 20 del siglo XXI – para comprender que el Yo es una respuesta, no una pregunta. No “la” respuesta, sino “una”. Una corriente especulativa como el “pansiquismo”, trató de hallarla por un proceso de unión, considerando la conciencia, propiedad esencial del universo, como la velocidad de la luz o la fuerza gravitatoria. La conciencia, según dicen, está presente en todas las cosas, en diferente medida y cualidad, por supuesto.
Parece que no nos movemos de la especulación, la física, la biología y el elemento espiritual y seguimos estancados. Pero no es así, puesto que las neurociencias han enriquecido radicalmente el escenario y aportan los elementos de una concepción nueva. Entre otras teorías, hipótesis y descubrimientos asociados al redivivo paradigma de la relación profunda entre todos los seres vivos y la superación de la dicotomía cartesiana del cuerpo-mente en los humanos, he indagado en la bibliografía de neurólogos y filósofos, desde un clásico como Daniel Dennet con “La conciencia explicada” (Paidós) o el reciente y clarificador texto de la neuróloga Nazareth Castellanos, “Neurociencia del cuerpo” (Kairós), o el fílósofo cognitivista del libre albedrío, John R. Searle, a las obras de Spinoza, Nietzsche, Hume o Epicuro. El proceso de comprensión del yo y su naturaleza, es problemático. Como decía David Hume, “cada vez que penetro en lo que llamo ‘mí mismo’ tropiezo en todo momento con una u otra percepción física, orgánica…nunca puedo atraparme a mí mismo sin una percepción y nunca puedo observar otra cosa que la percepción”. ¡Y Hume nos decía esto en 1739, en su “Tratado de la naturaleza humana”! El pensador escocés se situó frente a Descartes e influyó en Kant con su empirismo lógico que sostenía que la experiencia es la fuente de todo conocimiento humano, ya sea a través de los sentidos o auto experiencia. El cuerpo pasaba a ser una vía cognitiva preferente, aunque Hume no llegó a sospechar los elementos que la actual neurociencia ha descubierto.
Empezar a comprender la naturaleza operativa del Yo, aislándolo de los fantasmas adheridos a él por la historia personal, la educación y la memoria, es un trabajo complejo que desborda el objetivo de este artículo. Pero es interesante señalar algunos datos que aportan los neurocientíficos, que vienen a confirmar, gracias a las nuevas tecnologías, muchas intuiciones filosóficas. Digamos que el cerebro, la conciencia y el yo, de la mano de los neurólogos, aprovechan una vía amplia de comunicación neuronal, molecular, electroquímica y enzimática de dos direcciones, desde las vísceras, la piel, el estómago, los intestinos, los pulmones…subiendo a una velocidad de vértigo hacia el corazón y el cerebro y volviendo incesantemente a repetir los viajes, hasta cuando dormimos.
En esa maraña de autopistas, carreteras, pistas y senderos, que forman el Sistema Nervioso Autónomo, viajan los mensajes –en hormonas que son paquetes de información- ante la ignorancia supina de la mente. Y el evasivo yo, que cree saberlo todo y sólo conoce los efectos de lo que ocurre en la cocina del cuerpo, con un chef encaramado al piso superior, el cerebro y su gemelo en el corazón –a veces ayudando y a veces estorbando- para que todo funcione bien. Recordemos que la serotonina, una de las llamadas “hormona de la felicidad” (junto a las dopaminas y oxitocinas), se sintetiza en su mayor parte en el intestino, como también la histamina.
En el cerebro es donde “se produce” el fenómeno de la mente -y sus contenidos-: ambos son distinguibles…pero inseparables. Y sus conexiones, casi instantáneas, con el resto del cuerpo, estimulan o inhiben nuestras reacciones, nuestras actitudes, comportamientos y en otro orden o nivel, nuestras creencias, ideas o reflexiones. El yo y su esquiva sombra es, como decía Churchill de la Rusia de 1939, “un acertijo envuelto en un misterio, dentro de un enigma”. Pero hay algunas claves…
Una neuróloga, Nazareth Castellanos, a la que sigo en sus investigaciones sobre el cerebro y el cuerpo, menciona una situación escolar que atañe a los niños españoles y que resulta nefasta para su crecimiento equilibrado. El cerebro humano siente predilección por el movimiento y le afecta negativamente el sedentarismo. Traslademos ese principio a los niños en la escuela. ¿Cuántas horas pasan los niños sentados en sus incómodos bancos o sillas, mientras el profesor camina de un lado al otro explicando sus lecciones? Son posturas y asientos nada ergonómicos que afectan a la espalda, el cuello y la cabeza.
El cole me queda ya bastante lejos pero guardo de aquellos años la conciencia de incomodidad, tensión corporal, deseos intensos de movimiento, esperando ansiosamente el timbre del recreo o pretextando necesidades corporales para así poder estirar las piernas. Todos necesitamos movernos como una exigencia de salud corporal y mental, la vida sedentaria en exceso es enemiga de la salud física, la mental e incluso la percepción de la propia existencia. Pero en esas edades tempranas tiene una importancia capital para unos cuerpos y unas mentes en crecimiento.
Sería de agradecer que en los Consejos escolares o en el ministerio de educación, hubiese algún técnico o experto en neurología y ergonomía y sugiriera a los docentes que implementaran una serie de ejercicios físicos elementales –los profesores de yoga, gimnasia integral o artes marciales, saben a qué me refiero- intercalados en las clases, que relajaran el cuerpo y la mente de los alumnos.
Enseñar a los niños a observar su propio cuerpo, la importancia de la respiración para el organismo y la mente o algunos fáciles ejercicios de estiramientos y relajación, pueden tener tanta importancia en su futuro como personas, que la historia o las matemáticas.
Según un estudio canadiense, hacer secuencias de breves ejercicios físicos intercalados a lo largo del día es sumamente provechoso no sólo para la salud física y cardiovascular, sino para romper la incongruencia que supone para el cerebro que su plena activación no se refleje en un cuerpo estático que no se mueve de su sillón. ¿Cuántas veces en su vida, lector, tras una intensa faena mental, ha sentido el impulso de levantarse y dar saltos o correr o, simplemente y menos alarmante, ir a buscar un café o ir a charlar con un compañero de trabajo, aunque no tenga nada que decirle? Recuerde su infancia. Cuando uno es niño, esa pulsión de moverse es aún más intensa y por desgracia no comprendida por la disciplina escolar.
Este texto fue publicado en La Comarca, el martes 070323
El pasado sábado día 4 de marzo, en la madrugada del domingo, se ha firmado – ¡al fin!- en la sede de la ONU en Nueva York, un tratado, conocido como el “30x30”, en el que se declara y promete cumplir con el objetivo de proteger al 30 % de los océanos del mundo, creando zonas de protección para especies marinas, para antes de llegar al 2030. Ha costado cerca de veinte años llegar a un acuerdo, dados los inmensos intereses económicos involucrados en la explotación –yo diría “arrase” y “depredación” – de los fondos marinos y las especies destruidas por técnicas invasivas de pesca, las búsquedas energéticas en el mar y en las zonas costeras y las agresiones de la minería submarina.
De todas formas, aunque es una gran noticia, debemos considerar que es un acuerdo o tratado que debe ser ratificado formalmente por los casi 200 países interesados, antes de entrar en vigor plenamente. Es preciso no dilatarlo y comenzar a trabajar en esa defensa, de forma justa y equitativa entre las naciones implicadas. Y detrás de esos Estados y Gobiernos está el Capital, los beneficios y la ceguera habitual y reiterada displicencia de los poderes económicos hacia las “amenazas” ecológicas que conlleva el cambio climático. En ese Tratado también se dirimirá el espinoso tema del reparto de beneficios de los recursos genéticos marinos futuros en esa zona internacional.
Las áreas protegidas serán creadas en zonas de los océanos que no pertenecen a ningún país (de ahí lo del 30%), es decir el espacio marino situado más allá de las 200 millas desde la costa que controla cada Estado (zonas económicas exclusivas). En esos espacios “nacionales” y que forma casi el 50 % de las aguas oceánicas del planeta, no hay normas internacionales que protejan la biodiversidad marina que actualmente está disminuyendo a un ritmo catastrófico, según los científicos. Las ONG (hay 40, entre ellas “Greenpeace”) unidas en la “Higs Seas Alliance” han tenido un papel importante en el logro de este pre-tratado. Hasta el secretario general de la ONU, Antonio Guterres declaró en la Conferencia, “Ya no podemos ignorar más la situación de peligro del océano”.
Es un acuerdo histórico para proteger las aguas que no son de nadie porque son de todos, mientras que el 50m % restante de la superficie marina, aguas que son de algún país costero, siguen siendo explotadas a una velocidad e intensidad depredadora que augura un futuro lastimoso.
El límite del 30% protegido antes del 2030, deja fuera a más de un 20% que podría ser un objetivo adicional para después del 2030 (caso de que el acuerdo sea ratificado formal y operativamente). Paradójicamente si en ese 30 % los recursos genéticos marinos son justa y equitativamente distribuidos –y los “grandes” aceptan ese reparto- podría aparecer una posibilidad de salvación para los océanos. Pero la codicia es el primer motor de nuestro sistema económico global. Es difícil ser optimista.
(Publicado en la revista Compromiso y Cultura, marzo de 2023
En 2015 una escritora norteamericana llamada Elizabeth Kolbert, especializada en temas científicos, publicó un libro “La sexta extinción” (Ed. Crítica) por el que recibió el Premio Pulitzer. En él, Kolbert se hacía eco de una denuncia de los biólogos del mundo entero contra la extinción continua y masificada de un gran número de especies. Es la sexta gran extinción que está sufriendo el planeta según los científicos, biólogos, zoólogos, antropólogos y geólogos, pero ésta tiene dos características diferenciales: está ocurriendo ahora y la especie humana es la única responsable. Y no se trata de la desaparición de organismos diminutos, esporas o líquenes, sino de especies más complejas y fundamentales para el bio-equilibrio. Usando datos cruzados entre los diversos centros científicos, para finales del siglo XXI, Kolbert pronostica la desaparición de casi la tercera parte de todas las especies vivas que existían en la tierra. La lectura de este libro y también el de Bill Gates sobre “Cómo evitar un desastre climático” (Plaza Janés, 2021) me han servido de contrapeso argumental para valorar una serie de libros publicados por Kairós, “Vivificar” -2022,2016) de Andreas Weber, “Así habla la Tierra”(2022) de Jordi Pigem, el venerable “Gaia” (1987-89) de un grupo de científicos (Lovelock, Bateson, Varela, Maturana…) y el clásico “Diálogos con científicos y sabios” (1986-90) de Renée Weber, en la editorial Libros de la liebre de marzo.
Se trata como habrán podido suponer ustedes de presentar unos análisis competentes de la gravedad del momento bio ecológico que vivimos, no sólo denunciando los múltiples problemas que pueden acabar con nuestro mundo, sino facilitando puntos de vista que trabajan en pro de encontrar soluciones o caminos alternativos, incluso de nuevos paradigmas…todos ellos remando en la misma dirección: la integración de las especies en el Todo al que pertenecen, sin preeminencia ética o vital de ningún tipo, sino abogando por la causa de la interelación como fundamento de una ecología integrada y en definitiva el único camino que tendría efectividad. Curiosamente un camino que nunca ha sido seguido más que por unas minorías marginadas de las sociedades económico-depredadoras que han usurpado el poder en el planeta desde la Revolución Industrial hasta el aciago siglo XX y mucho más acá (todos los conflictos bélicos actuales, desde África hasta Ucrania, tienen un vergonzoso y evidente componente de ansia hegemónica de poder económico y de ambición depredadora).
La multicrisis que afronta nuestro mundo en esta época decisiva han formado una especie de “tormenta perfecta” que incide en aspectos tan peculiares como la energía, la alimentación, la salud humana, las sequías, todas bajo un paraguas de cuestiones económicas, como si fuera el oro de Midas. Todas están conectadas y como pregona Gates “requiere una respuesta conjunta que dé prioridad a la cooperación, solidaridad e innovación mundiales”. La guerra en Europa está agravando los síntomas de la debacle mundial: encarecimiento de la energía y los alimentos (con hambrunas en África) y la pandemia de la covid no nos ha enseñado una verdad palmaria: ningún país en solitario puede resolver los problemas globales. El hambre, la sed, la sequía, la escasez de alimentos y energía, la potencial aparición de nuevos virus, deberían reforzar la idea de la solidaridad y la cooperación como el tejido de un nuevo orden mundial que afronte todas las amenazas que parecen esperarnos a la vuelta de la esquina. Pero el tiempo pasa y la tendencia es la contraria: exacerbación de los nacionalismos y las brechas de tipo racial, sexual, económico, sumadas a ideologías fascistas que defienden la estrechez de fronteras, de ideas y de razas. Existe una tecnología suficiente y en dinámica de crecimiento- para garantizar un futuro, pero hay fuerzas contrarias a ello y con la miopía necesaria para defender egoísmos nacionalistas o raciales.
Por todas estas razones los libros del biólogo y filósofo alemán, Andreas Weber, “Vivificar” y del filósofo español Jordi Pigem, “Así habla la Tierra”, inciden en un nuevo paradigma que defiende la integración de los seres vivientes como una forma de desarrollo equilibrado. Ambos proponen una poética de la vitalidad, una suerte de “ecosofía” (escucha de la filosofía de la Tierra, en los árboles, las montañas, los ríos o el océano). Como dice Pigem, “no estamos solos. Cada forma de ser es una forma de sentir. Tendemos a ignorar eso, fascinados por la tecnología y las múltiples exigencias y supuestos “dones” de la existencia actual”. El medio natural, nos recuerda Weber, es parte de nosotros y deberíamos vivir en una permanente interconexión con él. El momento actual es un rotundo mentís a ese mensaje y estamos arrasando le Tierra con nuestro espíritu depredador y sus caballos de batalla: la economía y la falsa superioridad antropocéntrica. Weber propone un nuevo paradigma, una relación de simbiosis creativa del ser humano con la Naturaleza. Eso es “vivificar”. Noble término para un presente opuesto a él: estamos matando al planeta. El mensaje de Weber y Pigem suena utópico, pero también profundamente razonable. Debemos trascender el pensamiento racional, dice Weber, - -y evitar el pensamiento “nazional”, añado yo--, y reconsiderar la vida y la vitalidad con una perspectiva diferente: considerarnos parte intrínseca de la naturaleza y actuar en consonancia con el Todo, reconciliándonos con el mundo natural, liberándonos de nuestro antropocentrismo y creando un sistema de valores en el que se integra todo lo que vive. El ser humano no es viable de una forma aislada -nuestra identidad se construye a través de la relación con otros seres humanos- y debe superar la lucha de todos contra todos como forma de supervivencia, oponiendo la solidaridad de todos con todo, como la única forma de progreso. Como decía uno de los ecofilósofos pioneros, Aldo Leopold: “Hay que pensar como una montaña. Es decir no pensar desde el punto de vista del individuo, sino desde una forma de vida creativa y productiva; solo así podemos comprender lo que hay más allá de nuestra limitada imaginación”.
Weber nos recuerda que se han descubierto sentimientos en otros seres no humanos y hasta ahora poco considerados. La vida, nos dice, se encuentra en el núcleo íntimo de la experiencia emocional…las plantas cooperan entre sí, se comunican y sienten dolor…las abejas se deprimen y las arañas sueñan, los delfines tiene sentido del humor y capacidad de reírse, los orangutanes comparten un 95% de nuestro genoma, los perros y los gatos tienen emociones…vivimos en el seno de una biosfera sensible, ¿cómo sostener la presente, supuesta e irreal superioridad de la especie humana? Y Weber propone “tenemos que dejar de tratar al resto de los seres vivos como objetos”. Ya que, en sí mismo, el ser humano no es un individuo, somos ecosistemas formados de trillones de microbios y moviendo hilos que ni siquiera sabemos que existen y que se comunican y relacionan con otras colonias de seres vivientes. Ya sean personas o flores, árboles o animales. Pero ignoramos esta vitalidad entrelazada. “Vive tu vida de manera que nutra la vida”. Esa idea forma parte del nuevo paradigma que podría salvarnos a los humanos y de paso salvar al planeta y las miríadas de seres vivos que existen en él. “El intercambio metabólico es siempre significativo. Es una revelación poética del Todo a través de transacciones particulares”, añade Weber.
En el delicioso libro de Pigem, donde todas estas ideas está incluidas en los aportes poéticos de ríos, desiertos, montes, selvas y océanos que toman la palabra para mostrar su mensaje al lector, hay una cita de Coleridge que resume un poco la ecosofía que anima a muchos de los autores citados: “Recuerda que todo lo que es, vive/ una cosa absolutamente inerte es inconcebible/ excepto como un pensamiento, imagen o fantasía/ en algún otro ser”. Y otra de su maestro, Raimon Panikkar: “La vida no es un accidente que se adhiere a la materia/ La Tierra es un ser vivo; el universo es un ser vivo/ el cosmos entero está vivo/…es decir, la realidad está viva”
Los últimos avances de la neurobiología y el estudio científico de la conciencia avalan de alguna manera las intuiciones y reflexiones de muchos de estos estudiosos y sabios, físicos y practicantes de la nueva biología que tratan desde hace años de ofrecer un enfoque diferente e integrador de la ecología, con otras disciplinas científicas y sociales.En 2015 se celebró en Tucson (Arizona) una Cumbre internacional sobre Ciencia postmaterialista, Espiritualidad y sociedad, en la que se consensuó un manifiesto que de alguna forma resume mucho de lo trabajado por los autores que hemos citado, el famoso Proyecto Gaia e investigaciones sobre “cuestiones cuánticas” formuladas por clásicos de las ciencias físicas como Heisenberg, Einstein, Pauli, Schrodinger, Plank o Eddington. Los puntos esenciales de la teoría alternativa propuesta, eran:
. La mente es un aspecto de la realidad tan esencial como el mundo físico. No puede derivarse de la materia ya que sólo algunos aspectos de la mente son el resultado de procesos fisiológicos. La conciencia es causal y la realidad física es su manifestación. La conciencia se extiende más allá del cerebro, lo trasciende y es capaz de existir independientemente de él.
. Todas las cosas en el cosmosestán interconectadas a nivel cuántico, de manera que se influyen unas a otras. Todas las cosas son una en la gran urdimbre de la creación. Existe una interconexión profunda entre la mente y el mundo físico. Forman una red de vida a la que informa e influye y es informada e influida a su vez por dicha red.
. Algunos aspectos de la conciencia no están limitados por el continuo espacio-tiempo y tampoco se originan enteramente dentro de la neuroanatomía de un organismo.
. El bien de uno y el bien de los muchos son simbióticos: se trata de la afirmación de la antigua sabiduría que podemos ser tan fuertes como nuestro eslabón más débil.
Pero ese cambio de paradigma es una parte de la solución del problema. Es preciso señalar con claridad y urgencia las posibles medidas que pueden evitar el desastre climático, como hace Bill Gates en su libro, de forma bien pragmática. Hay soluciones científicas y tecnológicas a las brutales amenazas que nos vienen encima. Pero no son varitas mágicas que las resuelven de golpe. Es una tarea titánica y requiere de algo fundamental que es menos probable que logremos: un consenso global (que está lejos de existir) y unas medidas políticas que favorezcan esa transición (a un precio de responsabilidad individual y social más utópico aún: requiere sacrificios y alejarnos de ciertos lujos y comodidades). Escribe Gates: “necesitamos que el sistema energético prescinda de todo aquello que hace daño al planeta y conserve lo que nos interesa. Es la cuadratura del círculo: que el sistema energético cambie por completo y que a la vez las ventajas de su uso permanezcan parecidas.” Estamos lanzando 51.000 millones de toneladas de gases de efecto invernadero cada año. Eso nos lleva al suicidio colectivo, ante el que la ciencia y la tecnología tienen muy poco campo para gestionar. Se trata de cambiar un estilo de vida en la sociedad opulenta. Y eso requiere un cambio de manera de pensar que el ciudadano de tales sociedades no está dispuesto a asumir. La cómica paradoja del asunto es que sólo a causa de una pandemia mundial como la COVID-19 se logró bajar sustancialmente dicha emisión.
Es obvio que nuestro género sólo aprende a base de jarabe de palo. ¿Estamos asistiendo al réquiem por un planeta difunto? Como saben ustedes, el mismo réquiem nos concierne a los seres humanos. Sólo una decidida apuesta por el paradigma unificador que hemos comentado podría añadir algo de esperanza al problema. Pero como escribió Thomas Kunh los paradigmas tienen la mala costumbre de luchar denodadamente entre sí, a través del paso de lustros y decenios, para permitir que el más nuevo prevalezca. Y, desgraciadamente, no nos queda mucho tiempo.
ALBERTO DÍAZ RUEDA
Libros recomendados: “Vivificar” de Andreas Weber; “Así habla la Tierra” de Jordi Pigem; “GAIA” de varios autores; Todos ellos editados por Kairós. “Dialogos con científicos y sabios” de Renée Weber, Ed. Libros de la liebre de marzo; “Cómo evitar un desastre climático” de Bill Gates, Ed. Plaza Janés; “La sexta extinción” de Elizabeth Kolbert, Ed. Crítica
Albert Camus dijo que el talento literario puede coexistir con la ceguera, la imbecilidad y los extravíos políticos, cívicos y morales. Es el caso de Louis-Ferdinand Celine, pseudónimo del doctor Auguste Destouches, el mejor escritor en lengua francesa del siglo xx, junto a Proust, según bastantes críticos. El antisemitismo de Celine fue brutal y su colaboracionismo con los nazis, atroz. Pero su “Viaje al fin de la noche” es una obra brillante y demoledora. He escogido su novela como metáfora literaria del largo viaje hacia el desastre que están siguiendo Europa y Rusia tras la invasión de Ucrania, hace ahora un año. Celine narra su experiencia personal en la I Guerra Mundial y escribe: “…estaba rodeado de millones de seres, aquejados de una imbecilidad infernal…furiosos y armados hasta los dientes, dispuestos a destruirlo todo, todo lo que respira, más rabiosos que los perros y mucho más perversos…me había metido en una cruzada apocalíptica. Me veía cogido en aquella huida en masa hacia el asesinato en común, hacia el fuego. ..¿Cuánto puede durar un acceso de locura semejante? ¿Meses? ¿Años? ¿Tal vez hasta la muerte de todo el mundo…?”
Llevamos un año de guerra en Europa, todos muy formalitos detrás de los que mandan, un teatrillo de supuestos buenos y supuestos villanos, donde cada uno hace lo que puede o lo que le dejan y donde nadie parece darse cuenta de que en este negocio, que se dirime entre Europa, Estados Unidos y Rusia, nadie gana y todos pierden. Unos más que otros, claro está. Rusia y el resto de Europa, incluida Ucrania por supuesto, los que más. Estados Unidos y China, los otros gallitos del corral, están a la que salta, engrosando ganancias indirectas y mostrando a todos la fatuidad de su astucia y poder. El resto de los países observan y se dan codazos apostando por unos u otros como si estuvieran en un combate de lucha libre (y sucia).
El indeciso e imprevisible curso de la guerra de Ucrania (con incierto toque de veneno nuclear en el horizonte) ha puesto sobre el tapete geoestratégico mundial un conjunto de probabilidades poco esperanzadoras. Es como si la estupidez humana estuviera lanzada en rumbo de colisión hacia el desastre, con casi todos sus protagonistas políticos –y económicos- empecinados en dar saltos hacia lo oscuro, asegurando al mismo tiempo al resto del mundo que todo está controlado. Las semejanzas con la situación de los aciagos principios del siglo XX, ahora hace un siglo, es irritante y asombrosa. Incluso en la obstinada esperanza de las poblaciones de que todo se arreglaría de una manera u otra y que, aunque los problemas se descarriaran, la guerra generalizada duraría muy poco. Todos se preguntaban entonces “¿Cómo en pleno siglo XX, el siglo de los avances, el hombre va a caer en la absurda barbarie de una guerra total?”
Pero ahora, el corazón de Europa se desangra y Ucrania y Rusia cantan victoria para “dentro de un tiempo corto”, mientras Estados Unidos y la OTAN azuzan la guerra y el lastre emocional de Putin y su Rusia imperial no admiten salidas honrosas e inteligentes. Lo importante es no dar muestras de debilidad…aunque se estén masacrando poblaciones enteras y cada día es más difícil mantener en silencio la baza nuclear, que puede pasar en un segundo de ser una provocación chulesca o un chantaje, a convertirse en un fatal descuido de lo razonable. Un billete para “el horror…el horror…”, las últimas palabras de Kurtz, el protagonista de “El corazón de las tinieblas”, de Joseph Conrad. Eso sí, un horror multiplicado por millones…
¿Qué nos queda del nuevo orden mundial que debía entronizarse en el planeta? China, India y el llamado “sur global” miran con regocijado desdén a “los más buenos de cada casa”, Estados Unidos, Europa y Rusia que van, metódica e ignorantemente, destrozando todos los logros sociales, económicos y políticos, que prometían la democracia y los gobiernos liberales que surgieron del caos del siglo XX. La deriva ultra, fascista y neonazi va corroyendo a muchas democracias formales. Los problemas crecientes del desajuste climático, las hambrunas, la falta de agua potable, los ridículos -aunque sangrientos- reinos de Ubú africanos, en los que el poder y la corrupción se ostentan de forma grotesca y sobre los que Rusia va extendiendo sus tentáculos, los fanatismos religiosos y la desidia y degradación lenta pero incontestable del estilo de vida de las poblaciones occidentales, constituyen un tejido social canceroso que ya comienza a pasar factura. Si el sentido común no lo remedia, Estados Unidos no podrá acudir en ayuda de Europa, sitiada por fanatismos y migraciones, ya que será muy difícil que el otro super conflicto pendiente –Taiwan- no entre en el juego aprovechando el desbarajuste general. El tigre chino no está adormilado, sumido en sus propias contradicciones, está enfermo del mismo virus ambicioso de Putin: el bacilo imperialista hegemónico. Y Estados Unidos sigue creyéndose y comportándose como el símbolo paródico de un Gary Cooper de pistola rápida y certera, victorioso, a pesar de estar “sólo ante el peligro” y con todo en contra (y menos mal que Trump parece medio silenciado).
El viaje que ha emprendido Europa hacia el fin de la noche o hacia el corazón de las tinieblas, significa también –si lograra conjurarse un abrupto final nuclear e, igual de difícil, acabar la guerra con un acuerdo aceptable para Rusia, que le permitiera “salvar la cara”—que habría de reajustarse un nuevo –y distinto- orden mundial que dejara a un lado las ambiciones hegemónicas de los grandes (de “los de siempre”, repasen ustedes la historia del poder y el capital), para establecer la hegemonía consensuada de organismos internacionales de paz con la participación de todos en pro de un objetivo común: salvar a la especie humana y salvar el planeta, en esta cuenta-atrás que nadie parece tener en cuenta.
Entre tanto, la guerra se está convirtiendo una vez más en el laboratorio de prueba de las fábricas de armamento y el obcecado estamento militar,. Nuevas armas, equipos de combate, municiones inteligentes (un siniestro oxímoron) están ensayándose en Ucrania, como en el primer tercio del siglo pasado se ensayaron en la guerra de España. Pero no es sólo eso, esa guerra absurda expansionista ha cambiado el modelo político que pretendía implementar Europa, ha vuelto a militarizar a todo Occidente, está arruinando a los pueblos por los precios de energía y alimentos, se ha perdido el sueño de la globalización –a pesar de la lección siniestra de la Covid- y se ha enconado el peligroso desajuste hegemónico entre Rusia, Estados Unidos y China. Más todos los flecos, Europa, países asiáticos, África, Oriente medio, con un Israel cada vez más agresivo, el avispero de Irán, Siria, Afganistán…mientras en el Sahel las guerrillas islámicas se disponen a invadir Europa. Hay una desorientación galopante en el mundo: cada país absorto en defender como sea sus propios intereses. Nadie habla de diálogo. A nadie parece importarle lo que nos amenaza en el desafío climático de un planeta cansado y cabreado.
En este momento hay ocho millones de refugiados en Europa, los presupuestos han superado las previsiones más pesimistas y el Banco Europeo resiste como puede, tras la sangría económica de la guerra, aumentada por el desplazamiento del centro de gravedad político europeo hacia el Este. La cuestión energética ha sido el talón de Aquiles de Europa y Putin lo sabía y se ha aprovechado de ello. En Alemania la guerra ha acabado con 70 años de pacifismo reactivo tras la debacle nazi. La consiguiente militarización del continente es una mala noticia sin contrapeso de beneficios. La seguridad ha saltado por los aires y vuelve a imperar la política del garrote y el estúpido “a ver quién es más fuerte y aguanta más”. El delirio imperialista de Putin no sólo lleva a la imposibilidad práctica de un nuevo Telón de Acero, sino que se está proyectando hacia Asia y África. Una improbable derrota rusa crearía un nido de serpientes furiosas en el Este. Y China continúa siendo por el momento la peligrosa incógnita que tiene el escenario político y económico mundial…a no ser que ceda a la tentación de afrontar los descabellados intentos norteamericanos de controlar el Pacífico. Taiwán es el espejo mágico donde quieren mirarse las dos potencias para ver que les diga cuál de los dos es el “más poderoso”.
Y que nadie olvide al creciente Sur Global: India, Turquía, Israel, Brasil, Pakistán, Emiratos…Es una reedición inquietante de los No Alineados de los 70 del pasado siglo. En la reciente Conferencia de Munich quedó claro que el Sur Global no se siente vinculado en forma alguna al problema “de Europa”. Ahora vigilan sus propios intereses y se aliarán con quien les ayude mejor en esa tarea. Y es obvio que Europa ya no está en condiciones.
En conclusión: la guerra de Ucrania ha vuelto a destapar lo peor de nuestra especie. A nivel de personas y al de Estados. No aprendimos nada de las dos guerras mundiales y mucho menos del rosario patético de errores cometidos en las guerras localizadas, desde Afganistán a Irak, desde Israel a Siria, desde el África de los Sidi Amin al Sahel de la hambruna y los terroristas islámicos, hasta la lamentable estupidez de Vietnam. Lo dijo Tucídides: “los más fuertes imponen su poder, a los más débiles les toca padecer”. El posible apocalipsis nuclear nos hace olvidar el climático. De cualquier forma, perdemos todos.
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Ventana abierta al mundo de la cultura en general, de los libros en particular, mas un poco de filosofía, otra pizca de psicología y psicoanálisis, unas notas de cine o teatro y, para desengrasar, rutas senderistas y subidas montañeras.