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28 febrero 2023 2 28 /02 /febrero /2023 10:22

 

LOGOI

 

DORMIR Y VIVIR

 

Hay una relación cualitativa directa entre las dos actividades  citadas en el título. Es decir, la privación de sueño de forma sistemática o la mala calidad de ese descanso, acaba acarreando disfunciones  psicológicas que pueden llegar a ser patológicas, afecta la calidad del razonamiento y la gestión operativa de nuestra vida social y genera diversas afecciones en el resto del organismo: en una palabra, poco o mal dormir se traduce en un cúmulo de problemas en nuestro cerebro y afecta a la calidad de la existencia cotidiana. Está demostrada la incidencia directa entre los estados depresivos, la agresividad, el descontrol anímico o el recurso a las adicciones y la inexistencia de un patrón de sueño constante.

Un neurólogo español, Alex Iranzo, ha estudiado muy creativamente el impacto del insomnio crónico en la obra de Kafka y la necesidad de un correcto patrón de sueño – es decir de una frecuencia y duración regular - en la vida y obra de sir Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes y el Profesor Challenger. De 8 a 9 horas de sueño diario como norma –incluida una horita de siesta-  es mano de santo para la salud neurológica, un auténtico seguro existencial para nuestro cerebro.

En nuestra sociedad, el escaso tiempo para dormir se ha convertido en una auténtica pandemia. El permanente parpadeo de las pantallas de moviles y ordenadores, sin fronteras ni limitaciones,  las exigencias intensas de tiempo para el trabajo y el ocio, la velocidad creciente en todas las actividades, la demanda de  atención y la plena disposición, son elementos que están afectado directa o indirectamente los baremos de salud mental en casi todo el mundo.

Los expertos en el sueño y la calidad del descanso apuntan que dormir de manera crónica menos de 7 horas al día causa defectos de concentración, memoria y atención, irritabilidad y estado de ansiedad, tono emocional apático, creciente fatiga…y a largo plazo, infartos cardíacos, ictus, diabetes, hipertensión y una amplia gama de desajustes mentales patológicos.

Y es conveniente  recordar el reciente estudio del King’s College de Londres en el que se asegura que “Los trastornos mentales no solo son causa de discapacidad sino que además empeoran el pronóstico de enfermedades como el cáncer, los infartos y la diabetes”. La depresión, por ejemplo, una de las enfermedades asociadas con la privación crónica de sueño, aumenta un 184% el riesgo de muerte o de demencia en pacientes con diabetes.

Por tanto, si quiere vivir más y mejor, duerma más y mejor. Sherlock Holmes es el rey de la deducción porque dormía regularmente de 6 a 7 horas cada día y añadía una siesta cuando podía.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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24 febrero 2023 5 24 /02 /febrero /2023 17:30

LOGOI  290

8.000 MILLONES

Por el amor de Dios, no dejamos de crecer. Como si el planeta fuera sólo nuestro. Como si no estuviéramos terminando con todo lo que tiene vida…incluidos a nosotros mismos. Pero el ritmo de nacimientos supera, por lo visto, el ritmo de los que se van antes de tiempo, por hambre, sed, violencia, epidemias y las fórmulas letales que vamos inventando. Quizá la Naturaleza ha previsto que, como somos un género de depredadores, inteligentes o estúpidos, pero en cualquier caso, destructivos,  ya nos viene bien esa mortandad extra para equilibrar un poco el exceso de nuevos seres.

La cuestión es que, a pesar de todos los males -que son incontables y muy deprimentes-  por regla general nos cuesta mucho despedirnos de la vida así, a la torera. Nos agarramos a la existencia como a una tabla de salvación, aunque sepamos seguro que de salvación tiene poco. Más bien es pródiga en padecimientos, injusticias y dolores. Incluso la mayoría de suicidas dan el salto a la nada, no porque odien la vida, sino porque detestan determinadas circunstancias personales o generales que les hacen pensar que no vale la pena seguir respirando. Es un autoengaño que pagan demasiado caro. Es mejor que se lo piensen antes. Siempre hay un amanecer y algo bueno por lo que seguir.

 Aún así, saber que ahora ya hay más de ocho mil millones de seres humanos -en estos momentos  parece que rompemos el equilibrio entre los que nacen y los que mueren- le preocupa a cualquiera. Y bastante más a los que piensan que somos un género imbécil que nos cargamos cada día especies enteras de animales (sin contar a  humanos), vegetales, aire respirable, agua bebible y tierra para sembrar y recoger, todo ello a un ritmo trepidante, inconsciente  y lucrativo para una minoría. Un club privado que se repite y regenera a través de los tiempos con la persistencia de una maldición eterna. Una minoría que cree –desde hace siglos- que todo lo que toca es oro y convierte al mundo que le rodea, en un negocio secular. Han cambiado las gentes y los modos, pero el resultado es el mismo, la explotación de todo lo que puede dar beneficios.

A pesar de todo esto, bienvenidos los nuevos bebés a este mundo absurdo e implacable. Muchos de ellos –según donde nacen-  con un presente precario y un difícil futuro. Y son bienvenidos porque son inocentes y resilientes, no porque vayan a heredar un mundo mejor. Y porque algunos tenemos la esperanza  -algo utópica-  de que ellos, los recién llegados, sean capaces de mejorar nuestro destino como especie.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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14 febrero 2023 2 14 /02 /febrero /2023 11:22

LOGOI 289

HAMBRE

Publicado 140223 en La Comarca

¿Saben que cada 4,25 segundos alguien muere de hambre en el mundo? Suena horrible y también increíble. Sepan que el dato –de 2022- procede de los cálculos y las estadísticas cruzadas entre 238 instituciones humanitarias repartidas por  las zonas de mayor incidencia en carencia alimentaria. En los cinco segundos que ha tardado usted en leer este párrafo, una persona ha muerto de hambre en nuestro planeta.

En nuestra sociedad occidental del siglo XXI –el de mayor desarrollo tecnológico de la historia-, inmersa en la cultura del consumo desaforado y el desperdicio, pero también de la protección estatal y las sociedades de ayuda, resulta casi imposible imaginar siquiera el atroz tormento que es morir de hambre.  Y no estamos hablando de “unos pocos” millones de personas repartidas por las zonas más deprimidas del mundo –azotadas por los flagelos del hambre, la sed y la violencia-. Son 839 millones de seres humanos en 2022, casi once millones más que en 2021, las que corren peligro de inanición y muerte. Entre la pandemia de 2019, la sequía creciente, las inundaciones, la ingente deuda de los países pobres, las guerras locales y la de Ucrania, la crisis energética y los desastres de la corrupción en los países de origen de las hambrunas, la situación mundial del mapa de la inseguridad alimentaria va a ser desesperada, según fuentes de la FAO. Todos esos factores forman una tormenta perfecta que --con la impúdica subida de los precios de los alimentos por la guerra de Ucrania-- va a extenderse a las clases más necesitadas de las sociedades occidentales y agravar más la situación de esos centenares de millones de personas que viven en las zonas más castigadas por el hambre.

La FAO cree que se ha perdido una década en la lucha contra el hambre. Los expertos señalan la guerra ruso-ucraniana como uno de los factores responsables de la crisis alimentaria en estos momentos. Las exportaciones de alimentos y las reservas alimentarias están en manos de una decena de países, según la WEP (Programa mundial de alimentos). Entre estos controlan el 86% de las exportaciones de trigo, el 85% del maíz, el 78 % del arroz y el 87 % de la soja. Por ejemplo, China y Estados Unidos, las de maíz. Imaginen la capacidad de especulación que tienen  en sus manos. El caso es que en el mundo hay comida para todos. Pero no se gestiona bien. Se desperdician unos 1.300 millones de toneladas al año, que podrían alimentar a 3.000 millones de personas. Es la vergüenza de nuestra época.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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7 febrero 2023 2 07 /02 /febrero /2023 17:53

PUBLICADO EN LA COMARCA 070223

Que los  humanos, con toda nuestra soberbia de primates ilustrados, nuestro sentido depredador y nuestra cultura del consumo desmedido  y el desperdicio formamos parte de un fondo común de transformación mutua con la Naturaleza, es una hipótesis que parece pintoresca. Aunque está racional y científicamente avalada por los más avanzados estudios de signo ecológico. Grupos multidisciplinares de técnicos, filósofos y científicos de todo el mundo, tratan de encontrar una fórmula de engarce hombre-naturaleza que acabe con el panorama desolador y apocalíptico al que nos está arrastrando el Antropoceno, la era geológica planetaria actual, en la que el hombre se considera capaz de moldear y gestionar a la Naturaleza.

El filósofo alemán Andreas Weber acaba de publicar “Vivificar. Una poética para el Antropoceno” (Kairós, 2022) donde se postula una “poética” (de momento utópica) donde todos los  seres vivos que existen en este planeta forman un hogar común de materia, deseo e imaginación. Y sugiere una economía global de transformación metabólica y económica, en la que se aúnan el cuerpo, la mente y ese “alma” que contiene la vida en sí misma, desde los animales al mundo vegetal e incluso en un sentido nuclear las piedras y las montañas, los ríos, la lluvia y las nubes. Tiene ecos de un panteísmo clásico, sin dioses, razonado y argumentado de forma científica y accediendo a informaciones y datos con un alto nivel científico y tecnológico. Siguen la estela de filósofos y  poetas desde Heráclito, Parmérides, Anaxímenes o Anaximandro o Emerson y Thoreau, hasta Einstein, Lovelock,  Bateson , Heisemberg, Plank, Scrödinger, Wilber, Pauli, Bohm, Groff, Pribram  o David Peat (que ya insinuaba una nueva postura perceptiva humana con sus estudios sobre la sincronicidad, como un puente entre la mente y la materia). Ellos y los actuales  proponen al mundo un nuevo paradigma científico y sociocultural que podría  convertirse en la salvación de nuestra especie y del planeta. Se trata de una perspectiva distinta de relación del humano con la Naturaleza, alejada de los abusos, destrucciones y depredaciones que el mercado neoliberal ha llevado hasta sus más duras consecuencias. Con la complicidad y el interés miope y egoísta de las sociedades humanas de los dos últimos siglos. La única posibilidad de promover un mundo mejor  es reconciliar al ser humano con el mundo natural, todos sus miembros sintientes y los elementos que lo integran.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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2 febrero 2023 4 02 /02 /febrero /2023 18:09

(PUBLICADO EN LA REVISTA "COMPROMISO Y CULTURA", febrero 2023)

De libros, librerías y bibliotecas (y 2)

El tipo que escribe para ustedes tiene vividos en su cuenta 76 (setenta y seis años), fue un lector precoz y devoraba cuanto material impreso caía en sus manos: fui un asiduo a las bibliotecas desde mi época escolar y surtía de lista de libros a toda la familia, por si llegaban épocas de regalos. Y no era una copia del repugnante niño Vicente, tenía mis pandillas, mis equipos de fútbol y fui descalabrado por alguna piedra bien lanzada en las guerras de guerrillas de los barrios. Pero siempre había un libro esperándome y unos momentos sagrados dedicados a Salgari, Julio Verne, Stevenson, Carroll, Peter Pan, Woogli, Sherlock Holmes, Guillermo Brown, el Guerrero del Antifaz, el Jabato o Roberto Alcázar y Pedrín. El hábito de la lectura ha sido mi compañía íntima toda la vida, me ha dado consuelo, amor, risas, astucia, inteligencia emocional y operativa, sentido crítico, hambre de sabiduría, conocimientos y una inextinguible ansia de comprender, a mí mismo y a los demás y al mundo que me rodea y sustenta. Las tres actividades profesionales que han enriquecido mi vida atestiguan mi pasión por los libros: periodista, psicólogo y escritor. Perdonen estas notas personales, sólo las cito como ejemplo práctico de la hipótesis que se defiende en este escrito: la lectura es una forma de vida, porque la vida como la lectura es ambigua y polivalente: nadie nos puede decir cuál es la forma correcta de lectura, como en la vida tampoco hay señales inequívocas que nos guíen. A veces coinciden en ambas, la lectura y la vida, algún principio operativo que las une. Por ejemplo, lo que Nietzsche y Wittgenstein recomendaban a sus lectores: la lentitud, la morosidad, el permitirse pensar antes que dar por sentado nada. Ni lo leído, ni lo que vives.

Para sustentar lo que antecede, en un principio barajé los nombres de Stefan Zweig, Harold Bloom, Thomas Mann o Virginia Woolf, como compañeros de viaje en este íntimo, interior y apasionante “vicio de la lectura”. Después pensé que en nuestra tierra también hay autores que han escrito libros muy adecuados y originales para mis intenciones y sin demasiada dificultad encontré algunos que no desmerecen en absoluto –en lo que concierne al tema que nos ocupa-  de los grandes clásicos citados.

Se trata de Joan Carles Mélich y Sebastià Serrano, dos catedráticos de la Universidad de Barcelona, el primero de Filosofía de la Educación y Serrano, de Lingüística. He escogido como referencia sus libros “La sabiduría de lo incierto. Lectura y condición humana” y “El regalo de la lectura”. Con ellos comprobé la veracidad de una frase de “La lectura como plegaria” de Mélich: “Hay dos formas de estudiar filosofía, leyendo a Aristóteles y a Kant, o leyendo a Dostoievski y a Kafka.”. Yo también prefiero la segunda. Realmente es más fácil comprender el mundo y las personas que lo habitamos, de una manera filosófica pero también vital y cotidiana, tras haber leído a Shakespeare, Dante, Cervantes, Melville, Proust, Rilke, Sófocles,Thomas Mann, Becket, Musil, Canetti, Pessoa, Virginia Wolf, Tólstoi, Dickens, Zweig, Zola, Flaubert…¿No me creen?

¿Cuántas Madame Bovary o Anna  Karenina ha conocido usted? ¿Cuántos Quijotes, Sanchos Panza, obsesionados capitán Aqab, tolerantes Leopoldos Bloom casados con Mollys quejosas y adúlteras? ¿Cuántas veces se ha visto en situaciones ”kafkianas”, sin sentido, absurdas, inexplicables, burocráticas de pesadilla? ¿O se han sentido como el protagonista de “El hombre sin atributos” de Musil? ¿O han padecido incomprensiones y persecución social como Oscar Wilde? ¿O sufrido el martirio de los celos, como nos cuenta Marcel Proust hasta la saciedad? ¿O desesperado tras el amor y la nada, como el Cónsul de “Bajo el volcán” de Lowry? ¿O enfermo de lucidez como en “La montaña mágica” de Thomas Mann? ¿O preso de la desesperación más atroz como en los libros de Primo Levi o de Jorge Semprún? ¿Cuántos potenciales personajes de Dostoievski deambulan por los juzgados y la prensa  de  sucesos? ¿Cuántas veces le han dicho que alguien tiene unos complejos de tipo freudiano o junguiano o lacaniano? ¿Sabe que la demanda feminista clásica de “una habitación propia” es el titulo de una novela de Virginia Woolf? ¿Se ha dado cuenta que leyendo a Shakespeare, -Ricardo III, Hamlet, Macbeth, el rey Lear-, comienza a entender uno a los dictadores-Putin, Trump, Bolsonaro- que nos rodean cada vez más, sus pasiones y sus miedos y manías? ¿Que leer a Rousseau y su “Emilio” nos da claves para entender el desbarajuste de la educación actual? ¿Que leyendo a Platon se comprenden muchos de los problemas que causan los sistemas religiosos cuando intervienen en la vida politica y social? ¿Cuántas similitudes sería capaz de ver entre Clarisa Dalloway, el personaje de V.Woolf , y muchas señoras casadas que conoce? Se sorprenderá de la agudeza de Dostoievski, cuando en “los hermanos Karamazov” nos narra la historia del Gran Inquisidor: en ninguna parte encontrará una parábola tan inquietante sobre las paradojas del cristianismo.

Estoy citando libros clásicos, los “libros venerables” como los llama Mélich (“ los que tienen un sentido infinito, inagotable, que siempre dicen más y de forma distinta, y que su sentido está en función del estado de ánimo y la experiencia vital del lector”) y que, para mí, tienen la particularidad casi “mágica” de ser increíblemente actuales, de ofrecernos unas ideas, conclusiones y enseñanzas que son pertinentes para nuestra época y para nuestros problemas de hoy. De ahí viene la cruzada que muchos llevamos a cabo para mentalizar a quien debería en las enrarecidas esferas del poder educativo (en el que el poder político mete corrompida baza disgregadora), de la importancia de la lectura, de los libros, de la reflexión calmada y del diálogo creativo y crítico, en la formación de nuestros jóvenes (que hoy ya están casi a la altura del analfabetismo horizontal).

Y corre prisa hacer algo al respecto. La Cultura es un bien de adquisición muy lenta, despaciosa y tan morosa como una abuela. Requiere atención, obstinación y una cierta humildad. Parafraseando a Goethe, “la gente no sabe cuánto tiempo y esfuerzo cuesta aprender a leer. He necesitado casi ochenta años para conseguirlo y todavía no sabría decir si lo he logrado”. El aprendizaje en la lectura es como en la vida: cuesta aprender como cuesta vivir (bien). Pero cuando lo consigues es igualmente gratificante en ambos casos. Y no hablo de “utilidad” o de “beneficios”, que desde luego los hay, pero son consecuencias, no objetivos. No leemos para ser más ricos y poderosos, sino para ser mejores personas y…quizá incluso más felices. Y “en eso estamos, porque vivimos leyendo, porque somos ‘seres con el libro’ y porque leer supone formarse uno mismo entre interrogantes y dudas”.

Como escribe Serrano, “leer es un ritual mediante el cual los textos creados por un autor se convierten en un  narrador interno del lector, en su propia voz dentro del cerebro”. Ese narrador interno –auxiliado, no lo olvidemos, por la memoria (¡ojo con seguir despreciando la memoria en la enseñanza!)- es la instancia mental personal que conecta en nuestro cerebro lo que hemos asimilado leyendo con lo que es un evento real en nuestras vidas y de esa forma articula una respuesta, que siempre será más rica en sentido y significado que si no tuviéramos esa referencia. Nuestras lecturas  forman parte de nuestra memoria episódica, pues somos en gran parte las historias que leemos, que nos cuentan y que nos contamos nosotros mismos. Las neuronas-espejo se ocupan en nuestro cerebro, mientras leemos, de identificarnos con ciertos personajes. Estamos tratando con el concepto del lenguaje (hablado o escrito) que es el “primer artefacto cultural que organiza el mundo y gestiona los sentimientos, designa y clasifica los objetos, dicta órdenes, describe el mundo y hace planes y previsiones”. Recordemos la frase de Wittgenstein, “los límites del lenguaje son los límites de mi universo personal, de mi mundo”. ¿Cómo se puede descuidar la enseñanza y el cultivo del lenguaje y sus herramientas, la lectura, los libros, en una propuesta educativa?

“La lectura permite conocer y aprender estrategias cognitivas y emocionales capaces de ayudarnos en el auto diseño de la propia personalidad y mejorarla si es preciso”, escribe Serrano, y añade “los relatos forman parte de nuestra memoria emocional y de la episódica y integran la historia de la cultura humana. Los efectos emocionales y cognitivos de las lecturas influyen en el comportamiento, la capacidad de tomar decisiones y las competencias comunicativas”. Se ha demostrado que la lectura estimula el correcto funcionamiento de la percepción, la atención, el lenguaje, la memoria, la comunicación, el razonamiento y la creatividad y es también un excelente neuroprotector en procesos de degeneración cognitiva, demencia senil y Alzheimer. Un neurólogo resumió esto con la frase: “Una buena lectura es una caricia, un delicado y delicioso masaje a nuestro cerebro”. Leer, nos lo dicen los expertos, favorece la estimulación cognitiva, la capacidad de centrar la atención, estimula la reflexión, ejercita todos los tipos de memoria (semántica, episódica, procedimental, perceptiva  y operativa de corto y largo término), alimenta la imaginación y la creatividad. Enriquece la reserva cognitiva, como si fuera un “plan de pensiones” neuronal. Lo cierto es que el bienestar personal y la felicidad tienen una gran vinculación cerebral con el lóbulo frontal izquierdo que, oh casualidad, es el que se ocupa precisamente de entender y asimilar lo que leemos,

Mélich nos recuerda que “al venir al mundo no heredamos una historia de hechos sino una gramática de historias”. Y se pregunta ¿quién no recuerda las historias que han marcado su vida? Las historias que nos contaron y nos cuentan y las que nos narramos –sea cual sea el soporte en el que nos lleguen- van modelando nuestra vida, lo queramos o no. Por eso es tan importante que eduquemos cierto sentido crítico que nos permita separar el grano de la paja, por así decirlo. Pues si hay historias que nos forman, también hay, la mayoría, que nos deforman, Y esa es una de las labores de la formación escolar, medio olvidada por el afán competencial y tecnológico que nos ha invadido.

Las materias que va tratando Mélich en su excelente libro, la relación de la lectura con la vida, las religiones “del Libro” y la escritura sagrada, germen de los fanatismos y el terrorismo religioso desde la Inquisición hasta las Cruzadas y el yihadismo o las obras de Montaigne, Descartes, Nietzsche, Cervantes, Rousseau o Freud galvanizan al lector en la primera parte del libro que titula: la herencia de una biblioteca, ya que son esos escritores y sus obras las que van sedimentándose en la sensibilidad del que las lee y con-forman de alguna manera la persona que es.

En la segunda parte de “La sabiduría de lo incierto”, intitulada “La condición lectora”, se entra de lleno en la filosofía del libro y en cómo la lectura va mostrándonos los infinitos matices humanos, el amor, el dolor, la crueldad, el Mal absoluto (encarnado en el capítulo dedicado a la literatura de los “lager”, como Buchenwald) y la necesidad de la compasión como compañía ineludible de la comprensión (al estilo de Hanna Arendt). Para terminar con una ética de la lectura. Nos detendremos en este último capítulo de este libro inagotable y sugerente.

Como escribe Mélich, “la lectura abre una grieta en el mundo, en la gramática heredada”. Le da sentido a la vida del lector, un sentido que siempre está al borde del vacío y el vértigo, porque cuestiona sus impuestas “reglas de decencia” y le arrebata su  historia, ya que es una “experiencia de transformación”. Ante esto, ¿cuáles son los elementos que configuran una ética de la lectura de los libros venerables? Melich enumera cinco: el respeto , no porque el libro no pueda ser cuestionado, eso lo convertiría en sagrado, sino porque puede y debe serlo, ya que en cada lectura nos abrirá un interrogante. El  silencio, la vieja exigencia del buen lector: el silencio propicia la atención, como la lentitud. La  infidelidad, no convertirse en siervo del texto. Contradecirle, buscar otras fuentes, complementarlo, abandonarlo  si es preciso. El desasosiego, uno sale vitalmente más ignorante que cuando empezó su lectura, aumenta su inquietud del no-saber, La sabiduría del clásico desvela mi docta ignorancia. La quinta norma ética es la lectura anárquica, que no tiene fundamento, origen ni finalidad. Ni método de lectura, ni maestro o director de lectura. Como escribe Mélich, “siempre se es un eterno estudiante, siempre se vive un poco a la intemperie, nadie puede vivir detrás de una mesa, protegido del mal tiempo y las tempestades”.

Leer, amigos, es una aventura muchas veces iniciática. Debemos inclinarnos ante la belleza y el privilegio de la lectura. Pertrecharnos de humildad, de silencio y arrinconemos a Kronos, el tiempo. Leamos con lentitud, saboreando el lenguaje, la idea, la imagen y el concepto.  Dejemos que la memoria actúe. No programemos esos momentos, pero sigamos la intuición de que lo hacemos en el reinado de Kairós, el momento adecuado.- ALBERTO DÍAZ RUEDA                    

 

FICHAS

LA SABIDURÍA DE LO INCIERTO.- Joan Carles Mèlich.-Tusquets Editores. 432 págs.

LA LECTURA COMO PLEGARIA.-J.C. Mèlich.-Fragmenta Ed.120 págs.

EL REGAL DE LA LECTURA.- Sebastià Serrano. Ara LLibres. 283págs.

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1 febrero 2023 3 01 /02 /febrero /2023 12:55

LOGOI 287

MORIR JOVEN

PUBLICADO EN LA COMARCA 31012223

Un joven de 23 años se dirige a las urgencias de un hospital público en nuestro país. Su aspecto es preocupante. Al médico de guardia le dice que no tiene ninguna enfermedad física. Pero está desesperado, con síntomas de depresión, angustia y trastornos agudos de ansiedad y manifiesta ideas suicidas recurrentes. El médico le prescribe un antidepresivo o un ansiolítico y decide pasarlo a la consulta de un psicólogo clínico o un psiquiatra. Le dan hora para dentro de un año. El colapso de los servicios de asistencia mental es notable en numerosas zonas de España. El suicidio, según las estadísticas oficiales, es una alarmante causa de mortandad en la franja de los 15 a los 29 años, después del cáncer y los accidentes y se agudiza fuertemente en la de los 40 a 64 años. Y, en todo caso, la falta de atención favorece que la patología se vuelva crónica. La red sanitaria pública carece de profesionales y medios para responder a este déficit de asistencia mental.

Decía Albert Camus  que “no hay nada más escandaloso que la muerte de un niño o de un joven”. Por encima de la anécdota humana -y su dramática abundancia- están las causas de esa pandemia de trastornos mentales: el estilo de vida de nuestra sociedad capitalista liberal, basada en el consumo y el individualismo extremo y, en los jóvenes, defectos de educación y de trato familiar, incertidumbre de futuro, competitividad creciente, expectativas utópicas, problemas económicos, frustración y sentimiento de abandono por el poder político y las instituciones. Sin embargo algunas de estas últimas, integradas en la Plataforma Nacional para el estudio y prevención del suicidio, están haciendo una buena labor de información que difunde la idea de que el suicidio se puede prevenir, no debe ser tratado como un estigma social y es una labor que nos concierne a todos. Lo cierto es que es un tipo de desorden psíquico que precisa atención directa y presencial:  no se puede tratar indefinidamente con psicofármacos (cuyo consumo ha aumentado espectacularmente en España).

El suicidio es lamentable en cualquier edad –es una angustiosa demanda de auxilio que no tiene respuesta- pero se convierte en una tragedia de impotencia humana y social, cuando se trata de jóvenes y adolescentes. La muerte joven es mucho más que una terrible injusticia y desperdicio ético global, es un grito de agonía de un ser humano que aún no ha tenido tiempo de mostrar su potencial  y un reproche candente que cae sobre una sociedad que no debería desatenderlo.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Si necesita ayuda: Línea de atención a la conducta suicida del Ministerio de Sanidad: 024.Teléfono de la Esperanza: 717 003 717

 

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25 enero 2023 3 25 /01 /enero /2023 13:35

PUBLICADO EN LA COMARCA EL 240123

Si consideramos, más o menos, los 30 años como el paso de una generación a otra, la de los papás de la generación de los 60 y las del nuevo siglo pueden considerarse responsables de una innovación perversa: la de los adolescentes eternos. Tenemos en marcha dos generaciones de esos adolescentes y ellos están educando a la tercera, la de los “felices veinte” del siglo XXI. Desde el punto de vista psicológico educativo es un desastre de consecuencias imprevisibles, pues cada generación de A.E. es aún más irresponsablemente hedonista que la anterior.

Hay una desorientación flagrante en la estructura familiar, que pasó del respeto rígido en el paternalismo autoritario y la falta de comunicación, al supuesto amiguismo o compañerismo entre padres e hijos, la ausencia de respeto, el proteccionismo exagerado, la liberación de tabúes y sigue sin haber comunicación. Hay en los chicos una tolerancia cero a la frustración, más un nulo sentido de la responsabilidad, lo que suele anular la capacidad del niño y adolescente –y más tarde, joven- para tomar decisiones ajustadas a su etapa vital. Naturalmente, ni todos los padres han abandonado sus roles (por falta de tiempo o de conocimientos), ni los chicos, por el solo hecho de serlo, van a la deriva. Aquí nos referimos a los que sí.

La sobreprotección anula o limita la educación emocional del hijo. Se les rodea de confort y permisividad y se evitan medidas razonables –por ejemplo, contra el exceso de uso de pantallas y la falta de control parental-  y  cualquier tipo de esfuerzo adicional: hay que resolverles todos los problemas e incomodidades. Además se espera de ellos que sean unos “triunfadores” en la vida. Los chicos crecen con alergia a cualquier “no” parental y sin mecanismos de defensa fuera del círculo familiar, sin poder de adaptación a los conflictos y con “huídas” al consumo de alcohol y otras sustancias, y a experiencias sexuales a edades cada vez más tempranas (debido al consumo fácil de pornografía).

Nuestra sociedad –desde los 60 del pasado siglo- premia la figura de los padres “que lo hacen todo por los hijos”. Las miserias de los 40 y los 50 propiciaron, con el desarrollo económico, mentalidades protectoras en exceso. Hemos formado generaciones de padres “helicóptero”, que sobrevuelan a sus hijos con su sobreprotección. Pero los chicos –como todos los seres humanos- necesitan tener límites claros y justos, basados en el amor y el respeto mutuos.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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17 enero 2023 2 17 /01 /enero /2023 17:55

 

LOGOI 285

 

MATAR AL MENSAJERO

 

Publicado en La Comarca 170123

En la “Antígona” de Sófocles se dice “Nadie ama al mensajero cuando es portador de malas noticias”. Se culpa al que las trae en vez de al responsable de las mismas. Es una reacción defensiva y absurda que estudió Freud, citando ejemplos históricos como el de Boabdil, rey de Granada, que al recibir noticia de que la ciudad había caído en manos cristianas, quemó el mensaje y mató al mensajero. También es la metáfora del periodismo frente al poder, Por supuesto, del periodismo que no apoya al poder.

El futuro de la prensa independiente ha recibido más augurios de ruina que plácemes en forma de crecimiento del número de  lectores o de apoyos financieros de grupos o inversores neutrales que entiendan la importancia de una prensa libre y no pasen factura de lo que dan interfiriendo en sus líneas editoriales.

El auge de la cultura digital ha complicado la situación de la prensa hasta su propia raíz. El imperio de las fake news y la manipulación de las Redes y los mensajes según intereses políticos, económicos o, simple y llanamente, de la estupidez individual o de determinadas “tendencias”, convierte a algunos medios en “mensajeros” a los que liquidar, de una forma literal (el auge de la extrema derecha, de los populismos y regimenes dictatoriales son un mal augurio para el periodismo leal a sus valores).

Quizá los nuevos tiempos nos lleven a practicar un periodismo “de cercanía”, que desenmascare las mentiras a un nivel local, lejos de “influencers” y de gabinetes de prensa montados por grupos de presión (políticos o económicos). Y a nivel general, un periodismo independiente  financiado por sociedades de suscriptores que haga posible afrontar al periodismo doctrinario, populista o disfrazado de neutral pero con mensajes que apoyan prejuicios e intereses de signo económico, racial, ultra nacionalistas o ideológicos de tipo hegemónico y agresivo con los que no comparten sus supuestas “ideas”. 

Hay que volver a la ética básica del periodismo: publicar lo que alguien no quiere que se publique pues daña intereses que están lejos del interés del ciudadano. Y hacerlo aplicando criterios de calidad y verdad que puedan contener la ciénaga corrompida del exceso “deformativo”.

Uno de mis mejores maestros en la Escuela de Periodismo de los sesenta, Carlos Nadal, que después sería mi jefe en la sección de Internacional de “La Vanguardia” y amigo personal hasta que falleció, me resumió el oficio con una simple frase: “haz tu trabajo con honestidad, con respeto hacia las personas, amor a la verdad, y a una ética que esté por encima del dinero y la política”.Amén.

 

 

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12 enero 2023 4 12 /01 /enero /2023 16:03

LOGOI 284

CHATGPT-HAL9000

Publicado en La Comarca el10012023

¡Menuda ensalada de siglas y números! Los aficionados al cine ya estarán a la expectativa. Han reconocido en Hal9000 la computadora obstinada y letal de la película de Kubrick, “2001, una odisea espacial”, basada en un relato de Arthur Clarke. El célebre autor profetizó la existencia de computadoras que, aunque facilitaban grandemente el trabajo humano y nos sustituían con eficacia en las actividades rutinarias, podrían llegar a convertirse en un problema agudo que cuestionaría si debían seguir siendo usadas o desconectadas.

Como en tantas ocasiones ocurrirá en el mundo de las nuevas tecnologías, eso ya ha sucedido. La ChatGPT es un “chatbot” creado por la empresa OpenAI (Inteligencia artificial en abierto) que mantiene conversaciones con los humanos, realiza tareas escolares, crea textos, simula trabajos de examen y da respuestas rápidas a las preguntas y dudas que se le consultan. Genial para cualquier estudiante que no quiera esforzarse demasiado. ¿Cuál es el problema? Varios, en realidad. Desde que dificulta la generación y desarrollo del pensamiento crítico en el alumno, hasta que da respuestas fáciles pero erróneas, la corrección de los contenidos generados no es segura, ni la privacidad del usuario tampoco.

Las autoridades educativas de la ciudad de Nueva York han sido las primeros en prohibir el uso del ChatGPT en los centros de enseñanza porque “incentiva el abuso, la falsedad y la desinformación en los alumnos y tiene un impacto negativo en el aprendizaje, ya que puede generar una información incorrecta, tendenciosa o falsa”.

El periodista de La Vanguardia, Enric Sierra, ha preguntado al robot si  considera los riesgos de su uso. Éste respondió que admitía la posibilidad de producir desinformación, contenido inapropiado y problemas de privacidad. Pero que no debía prohibirse su uso, sino más bien fomentar la educación en los usuarios en la que se les aleccione sobre el uso responsable de esta tecnología, con medidas de seguridad adecuadas. Sin olvidar la ética precisa, principios y valores humanos que exige el interactuar con una máquina. No le falta lógica a ChatGPT.

Quizá va siendo hora de   que los expertos diseñen un código deontológico para regir no sólo las relaciones entre los individuos y las máquinas, sino la responsabilidad de los seres humanos en el uso de la tecnología informativa y performativa (que induce a una acción determinada) de las Redes y Sistemas, las cuales ya nos influencian de múltiples maneras a través, por ejemplo, de logaritmos.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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5 enero 2023 4 05 /01 /enero /2023 18:37

OBSERVATORIO POLITICO INTERNACIONAL

 

“…Y DIOS PARECÍA DORMIDO.”

Los que nos dedicamos a analizar el pulso vital de nuestro mundo no nos ponemos de acuerdo, como suele suceder. Hay quienes, no sin motivos, hacen sonar las trompetas del  “Armageddon”  apocalíptico; están los profesionales del optimismo humano-tecnológico,  que reconocen  la cosa va mal, pero que hay que confiar en el “efecto resiliencia” humano y en la “varita mágica” de la alta tecnología. Y quedan los que llevamos décadas usando los razonamientos de Pirrón, el escéptico, para intentar comprender el alcance y efectos de la deformación más común y visible en los asuntos humanos, la estupidez.

Este comentarista es poco dado a entrar en cuestiones eclesiásticas y religiosas, pero con  Benedicto XVI, el recién fallecido Papa emérito, se produjo - “a posteriori” de su renuncia- un “descubrimiento” de la calidad humana y ética del estricto obispo alemán. Una significativa frase de su escrito de renuncia me parece  adecuada para definir el pasado 2022: “Hubo días de sol y ligera brisa, pero muchos otros en los que las aguas bajaban agitadas, el viento soplaba en contra  y Dios parecía dormido”. El caso es que a tenor de lo que se nos anuncia para este 2023, “Dios parece seguir dormido”. Y está claro que cuando los dioses duermen, los humanos hacemos locuras.

Recordemos aquello que decía John M. Keynes, “Lo inevitable nunca sucede y lo inesperado ocurre constantemente”. Y si no que se lo pregunten a los directores de grandes medios de referencia, como el “Financial Times”, el “The Economist” o el “Washington Post”. En sus predicciones sobre 2022, la realidad ha sido más catastrófica que sus pronósticos: desde la guerra de Ucrania, considerada improbable por sesudos analistas, que simplemente aplicaban el sentido común, (claro que Putin se guía por otro tipo de sentidos),  hasta la invasión de las criptomonedas o que la covid  sería controlada y no habría mutaciones mortales del virus. Lo que sí ha quedado claro es la vulnerabilidad y escasa eficacia de las instituciones internacionales para prever y hacer frente a los grandes desastres, sean económicos, bélicos o naturales.

La conferencia por la crisis climática de Egipto demostró que no se respeta la regla de oro de la economía política internacional: los riesgos son mensurables y es preciso prevenirse contra ellos en cuanto empiezan a ser evidentes. Se apuesta por la “varita mágica” de la tecnología, olvidando lo que repetía a menudo el filósofo y científico Karl Popper cuando le hablaban de los grandes avances técnicos en su rama de conocimientos, “los  avances no pueden predecirse pues, de ser así, los próximos inventos ya se habrían inventado”. Puro sentido común. No hagamos pues previsiones. Examinemos sin ánimo exhaustivo algunos de los problemas que tenemos planteados este 2023, un año con cierta “mala sombra”.

La crisis climática es uno de los mayores fracasos de la gestión política internacional de la ecología ambiental. Nos acercamos inexorablemente al límite del aumento de temperaturas, aunque incluso los niños de primaria saben lo que puede llegar a suceder: se ha priorizado la lógica capitalista del beneficio y se trata de evitar el enorme desafío social, económico y político que supone cambiar el estilo de consumo sin límites al que nos han acostumbrado en los últimos decenios a los ciudadanos de las sociedades “que cuentan”, es decir, la de los países del occidente rico, a los que ya se unen China y la India, por ejemplo.

No hablemos pues de hambrunas, de las veinte y pico de guerras locales que siguen desatadas, de los millones de refugiados,  de la brutal contaminación de mares y ríos. Pasemos de refilón por la peligrosísima y enquistada  guerra de Ucrania. Con tan posible solución y tan difícil arreglo: aplicar una lógica política y territorial del “todos perdemos algo” e imponer unos acuerdos y seguridades donde se ceda por las partes en conflicto (Rusia y Estados Unidos, los verdaderos rivales, la UE y Ucrania) y se olviden las rivalidades hegemónicas (China), en un concierto común para afrontar los problemas de todos. ¿Política ficción?  Tal vez. Pero piensen que desde 1945 nunca una guerra ceñida a un único Estado ha tenido tantas y variadas repercusiones negativas para el resto del planeta: todos los problemas existentes ya antes, se han agravado y…por añadidura, se pueden agravar más o, en un salto al vacío, hacer intervenir la baza nuclear.

Ya estamos padeciendo aquello que “The Economist” ha calificado con el neologismo de “permacrisis”:  “un prolongado período de inestabilidad e inseguridad” en todos los sectores. Parece que Dios, más que dormirse, se ha ido de vacaciones, hastiado del griterío ensordecedor de los humanos, rabiosos y asustados. Debe articularse un nuevo orden mundial que ponga las piezas en su sitio: lo malo es la poca clase que tienen los líderes que padecemos.

Pero volviendo a las amenazas vigentes con componentes catastróficos, escojamos una, por falta de espacio material: la falta de agua. Un célebre analista francés escribió  en “L’Express” un profético artículo sobre un tema que entonces –años 70 del pasado siglo- podía considerarse una especulación de ficción futurista: las próximas guerras no serían por el dominio de los pozos petrolíferos de Oriente medio o Asia, sino por la supremacía en el control de un recurso vital: el agua. En aquellos años nadie imaginaba –a no ser en pesadillas- que la contaminación de los gases con efecto invernadero llevaría a una crisis climática. Y que uno de los efectos de dicha crisis serían olas de calor tan duraderas y arrasadoras que extenderían la sequía por zonas cada vez más amplias en los cinco continentes.  ¿Quién podía pensar entonces que veríamos derretirse los glaciares y los hielos ancestrales del polo Norte? Los pantanos se vacían. Las cosechas se pierden y de vez en cuando se producen lluvias torrenciales que devastan cultivos y arrasan infraestructuras.

La crisis hídrica es otro de los fantasmas que –como en el “Cuento de Navidad” de Dickens—nos visitan para recordarnos que somos unos Scrooge  sin conciencia planetaria y nos merecemos lo que nos viene encima. Aunque la Asamblea General de la ONU propone que el año 2023 sea declarado Año del Agua y convoca para los días 22 al 24 de marzo una Conferencia Mundial del Agua. Dado lo visto en Conferencias internacionales anteriores, no es precisamente algo esperanzador. En la de Egipto sobre el Cambio Climático se reunieron miles de delegados que llegaron al país desde todo el mundo en casi 500 contaminantes aviones, para discutir hasta la última madrugada un acuerdo que aplazaba de nuevo cualquier medida efectiva sobre control de emisiones de gases nocivos –como los de los aviones y automóviles-  hasta la próxima reunión.

Es preciso comprender algo que desde los egipcios y los griegos antiguos se consideraba una de las verdades básicas para la supervivencia humana: todo está conectado. Decía Heráclito que “todo está lleno de dioses” y, por tanto, debemos  respetar el agua, el suelo, el aire, los animales, los vegetales, las montañas y las profundidades de la tierra y los océanos. Por tanto, la crisis climática, la energética, la alimentaria, las guerras que libramos, las agresiones a los bosques, las aguas y sus peces, los animales todos, incluidos pájaros, insectos y hasta lombrices y gusanos, forman parte de la agresión a un Todo que arrasamos con nuestras actividades y nuestra codicia. Ello supone que ese Todo y nosotros formamos parte de un mismo sistema en red, tan interrelacionado entre sí, que cualquier devastación de cada uno de esos elementos de la Naturaleza, repercute de una manera directa o indirecta, aunque difícil de evaluar en muchos casos, en el resto, causando aniquilaciones de especies enteras, como en un desolador efecto dominó de demolición planetaria. Si falta agua y hay sequía, disminuirá la energía hidráulica, producirá falta de alimentos, hay que recurrir a las energías fósiles que agravan el problema climático. Y si la sequía se agudiza, habrá dificultades progresivas de acceso al agua potable de poblaciones enteras. Comprendamos que urgen medidas de optimización de infraestructuras y saneamientos (es escandalosa la pérdida diaria de millones de litros de agua potable debido a malas canalizaciones urbanas y rurales)  y un control riguroso de los acuíferos y aguas subterráneas para evitar su contaminación y mal aprovechamiento.

Ante un panorama como el que les he mostrado –sin analizar otros problemas, por falta de espacio y de ánimo- hablarles de las expectativas de este lamentable Patio de Monipodio que es la política española, sería un poco masoquista, por lo que seré breve. Además de los males propios de nuestra catadura política y su mala educación y agresividad, están los problemas sobrevenidos por las anteriores crisis analizadas. El señor Sánchez habla de un 2023 “intenso”, no sólo por la suma de elecciones en el país, municipales, autonómicas y generales, sino por el hecho de que existe una descalificación total mutua entre el Gobierno y la oposición (a río revuelto, ganancia de los pescadores ultras). Y se puede objetar racionalmente que las más de 190 leyes y 3 presupuestos aprobados no nos aseguran más eficacia operativa, aunque sí más demagogia populista y acoso y derribo en el Congreso. Y eso a pesar de que con dos acontecimientos como la pandemia y la guerra de Ucrania, el país está aguantando bastante bien, si no fuera por el sobresalto permanente al que se somete a menudo a la democracia en España: desde la reforma por la malversación, el vergonzante caso del Constitucional o los “arreglos” que no han deshecho el nudo gordiano de Cataluña y su fallido “procés”, que aún colea. Eso sin mencionar el asunto de la valla de Melilla o del “donde dije digo, digo Diego…” del Sáhara. Y para aumentar el despropósito político, sin  que exista una oposición digna de ese nombre, dedicada a labores de derribo y descrédito, en lugar de diseñar y presentar una alternativa lógica, preparada y racional, sin insultos ni descalificaciones, para hacer política de verdad dentro de un marco institucional democrático y respetuoso, sin rupturas de la cohesión del país y sin cataclismos políticos y sociales. ¡Vaya con el 2023! Quizá éste logre despertar a Dios.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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