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26 marzo 2021 5 26 /03 /marzo /2021 08:36

 

Más de 600 páginas dedica nuestro autor, Ian Morris, a demostrar que las guerras a largo plazo "han logrado que la Humanidad sea más rica y que viva con más seguridad"...y que  el estudio de épocas anteriores sugiere que las alternativas a la guerra en cada uno de los momentos en que se desató hubieran tenido peores consecuencias que las provocadas por los episodios bélicos. Y para poner la guinda asegura que "lo que ha convertido al mundo en un lugar más seguro es la propia guerra". 

Siguiendo su provocativa estrategia de estadísticas, datos históricos y conclusiones encadenadas, Morris se une por un lado a la historiografía tradicional, para la cual la guerra ha constituído, desde Heródoto, Tucídides, Jenofonte, Estrabón y Polibio, hasta Julio César, Salustio, Tito Livio, Plinio o Suetonio, el motivo central de la marcha o proceso de la historia estudiada. Las guerras y sus caudillos, vencedores y vendidos, constituyeron durante siglos el motor causal de la disciplina. Pero se aparta de ellos mostrándonos en un análisis global de qué manera esas guerras iban empujando el progreso del mundo en términos sociales, culturales y de derechos humanos. ¿Paradójico? Sólo en la consideración materialista, tecnológica y económica de sus consecuencias. 

La fuerza de convicción de Morris se basa en el manejo hábil de estadísticas y datos aplicados ingeniosamente a defender la idea contraintuitiva de que la guerra ha sido el medio paradójico y brutal para que a lo largo de 10.000 años, se hayan reducido de manera drástica las muertes violentas. Añadir que eso abona el desarrollo de la paz y el bienestar es bastante osado, ya que desafía el sentido lógico del lector. Y sus reflexiones morales, tal vez inquietas, por un salto de valores tan radical: muertes violentas y paz y bienestar unidos en un supuesto continuum temporal, ¿de causa-efecto? Lo cierto es que los lectores se lo van a pasar muy bien ejercitando su pensamiento crítico. No en vano Morris es un profesional del estudio histórico de una época, la nuestra, en la que el dataísmo, o acceso cibernético a millones de datos contrastados en un tiempo récord y mínimo, permite abordar grandes periodos temporales con una óptica analizadora muy concreta (cosa que también hace con mucho éxito el israelí bestsellerista  Yuval Noah Harari, autor de Sapiens)

Pero Morris, no sólo es un habilidoso usuario del del Factfulness, es un experto en Historia y puede mostrarnos las huellas que autores como Thomas Hobbes  o Rousseau han dejado en sus reflexiones. Saber que aunque sigamos siendo lobos para nuestros semejantes o existan reglas morales entre los hombres la guerra ha hecho del mundo un lugar más seguro, y que la probabilidad de tener una muerte violenta es mucho menor ahora que en la Edad de los Metales, resulta muy tranquilizante, aunque tengamos que dejar a un lado la posibilidad del holocausto nuclear que barrería tal pretensión. Para los aficionados a la historia y a sus detalles más peregrinos o insólitos, el libro es un auténtico regalo. Desde el reconocimiento ya desde el principio de que la violencia forma parte de nuestro ADN, las diferencias entre las guerras "productivas" y las "contraproducentes", la discutible afirmación de lo productiva que fueron las guerras tras el descubrimiento de América (¿para quiénes exactamente? ¿para los británicos?) o las derivadas del colonialismo (¿para los británicos nuevamente, para los franceses, para los belgas?). La lectura polémica está servida. El lector no sólo goza de mucha información sino también de una sugestiva ocasión de disentir, ya sea de forma racional o intuitiva. Analiza las reyertas mortales del siglo XX y resaltando el carácter económico de muchas de ellas (lo cual no es una novedad, hasta la guerra de Troya se debió al control de un punto comercial entre dos zonas geográficas nacionales, más que a la casquivana Helena y al calenturón de Paris. Mas adelante Morris hace una incursión sorprendente sobre el campo de la primatología y los afanes guerreros de los chimpancés para terminar sus disquisiciones aventurando un futuro de rivalidades por la hegemonía mundial y la presunta necesidad de solventar la dicotomía seguridad-libertad, a favor de la primera con un Estado Leviatán que nos ofrecerá un progreso seguro, ya que a nivel internacional la contundencia del juego perdedores-perdedores en un conflicto nuclear podría alejar ese peligro de nuestras vidas. Aunque no hay manera de alejar ese otro tipo de guerra que involucra al terrorismo y que no tiene posibilidad de generar ningún tipo de progreso sino al contrario.

La reflexión ética que queda diluida en las argumentaciones de Morris es la que plantea en términos absolutos e históricos la cruel viabilidad de la guerra como forma de progreso y nos hace pensar en que no ha habido tal progreso en la psique, en la estructura mental y en la solidez intelectual y ética de nuestra especie: parece ser que la única manera que tiene el ser humano de progresar sea exterminando al mayor número posible de semejantes. Y que es irrelevante la causa de su belicismo ya que queda justificada por su presunto progreso.

En definitiva, tras leer esa compleja -y divertida- apología de la guerra (tan intelectualmente justificada) uno recuerda las palabras de Hannah Arendt  pidiendo a todas las naciones del mundo la aplicación del imperativo categórico kantiano que asegura que la vida del ser humano no tiene sentido alguno sin la supervivencia de bienes superiores en todo el orbe, la Justicia, la Libertad  o la busca de la Verdad. El hombre -y el Estado- justo es el que subordina su individualidad- su nacionalidad- al mantenimiento de una política basada en tales verdades. La guerra se coloca de inmediato y de forma fulminante, fuera de la ecuación.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

 

 
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23 marzo 2021 2 23 /03 /marzo /2021 12:47

LOGOI  193

“LETRASADOS”

Publicado en La Comarca 230321

“Letrasado”, dícese del analfabeto vertical, del producto de una educación en el cual ha prevalecido el pragmatismo del empleo futuro, la preponderancia de los estudios tecnológicos del TIC (informática y comunicación) ingenierías… de una Educación secundaria y universitaria basada en las recetas neoliberales de gestión y estudios de mercado. Los letrasados forman parte de una crisis que, como el Guadiana, tiene una gran parte de su recorrido invisible, por debajo de la crisis pandémica sanitaria, la económica, la social, la xenófoba, la racista, la de género. Allá en las profundidades de la crisis global sistémica, está la crisis educacional que influye en todas las demás de una manera subrepticia y encubierta.

La CRUE de las Universidades españolas, el organismo que las interrelaciona con el Gobierno, recomienda que se “limiten las titulaciones y plazas de aquéllas enseñanzas que registran baja inserción laboral” (Humanidades tienen un 51,5% de inserción en la S.S., por 84,6 de informáticas y 80,2 de ingenierías). Como escribía Martha Nussbaum sobre la relación entre educación y la crisis de la democracia: “en la medida en que se recorta el presupuesto asignado a las disciplinas humanísticas, se produce una grave erosión en las cualidades esenciales para la vida misma de la democracia”.

El declive de las Humanidades en la educación viene de lejos. Ya Ortega pedía que se  considerara como obligatorias asignaturas humanísticas clave (ética por ejemplo) desde el instituto a la Universidad, al margen de la carrera que se cursara. Es este un problema complejo de difícil comprensión y gestión. La enseñanza a todos los niveles comienza a ser un fiel reflejo de los postulados de crecimiento-consumo del neoliberalismo salvaje (el mismo que está hundiendo al sistema democrático y arrasando al planeta): todo está sujeto a un objetivo de rentabilidad inmediata. Los “letrasados” ignoran la escala de valores y los principios que deberían regir las relaciones con los demás e incluso la manera óptima de gestionar la propia vida. Ya hay una generación muy consciente de sus derechos -y los exige agresivamente-  pero no tanto de sus deberes y obligaciones o del respeto a las ideas ajenas, la solidaridad como norma y la aceptación de que mi libertad limita con la libertad del otro.

La educación es uno de los pilares del futuro.

ALBERTO DÍAZ RUEDA, escritor

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19 marzo 2021 5 19 /03 /marzo /2021 12:54

Publicado en La Comarca, 190321

Escritores, filósofos y analistas políticos (cito a  Yuval  Noah Harari, Slavoj Zizek, Byung-Chul Han o Zygmunt Bauman) han publicado sus pesimistas (realistas) reflexiones sobre el “acelerón histórico” que ha supuesto la pandemia a un nivel global en las sociedades capitalistas, democráticas o populistas, que se reparten por el mundo ignorándose unas a otras, enrocándose en sus egoísmos o engañándose mutuamente entre protestas de solidaridad y cooperación. Hubo algún pensador o comentarista –yo entre ellos, lo confieso- que en los comienzos del Armagedon vírico entonó un esperanzado réquiem por el capitalismo salvaje y neoliberal que nos estaba convirtiendo a la mayoría de la población en esclavos digitales y consumistas compulsivos. Todos encadenados a valores y principios inyectados por los medios y  administrados por las grandes corporaciones y sus servidores de calidad, los Gobiernos del color político que fueren. Todos bajo el poder de un minoritario plantel de remotos y anónimos “inversores” que manejan en su beneficio los hilos financieros de las marionetas estatales. Soy consciente de que esto suena a siniestra conjura global, tipo Spectra o la conspiración del Nuevo Orden Mundial. Aunque pensadores como Richard Rorty (1931-2007) nos advertía en sus últimos años: “Tenemos ahora una clase superior que toma todas las cruciales decisiones económicas y lo hace ignorando a los Parlamentos y la voluntad de los votantes, ciudadanos de cualquier país, desarrollado o no”. La crisis de 2008 le dio la razón. Hoy día la situación ha empeorado  de forma exponencial.

Pero la pandemia hizo nacer la esperanza de una visión posible (aunque utópica) sobre otro orden mundial, basado en la supuesta aunque visible ruina del sistema: solidaridad y cooperación internacional, supervivencia del género humano, por encima de fronteras, lenguas, razas y economías, causada por la brutal amenaza de extinción que acarreaba el virus. Y ese “Despertar” humano sería posible gracias  a una conjunción entre la Ciencia, la Ética (el imperativo categórico kantiano), la Razón…y el miedo, por supuesto. Una especie de espiritualidad laica de sello humanístico con autopistas digitales inundaría al mundo calmando las ansiedades de la resaca del reciente consumo irresponsable y el poder omnímodo del dinero insolidario.

Un año más tarde y  a la vista de la situación mundial (mejor no hablar de la española) seguimos sin entender que la crisis climática y ecológica (cuna de los Covid que han venido y los que vendrán) y la desigualdad social, sanitaria, económica, son problemas sistémicos prioritarios a resolver para evitar la ruina total. Y eso resulta imposible porque el orden económico mundial depende de grandes corporaciones que no pueden evitar (está en su genética creacional) elegir la Bolsa (sus beneficios) antes  que la Vida: la de ¾ partes de la población mundial, 4.500 millones de personas, que padecen la más grave “enfermedad del planeta”, (según un informe de la OMS de 2008), la desigualdad sanitaria, económica, laboral y de estilos vida saludables. Recuerden que estamos viviendo en todo el mundo la llamada “ley inversa de la atención sanitaria”: la calidad asistencial está en proporción inversa a las necesidades de la población: cuanto más altas son éstas, peor es la asistencia sanitaria.

¿Está muriendo el sistema? No. Está mutando. Bill Gates ya anunciaba en 2017 el fin del capitalismo debido al consumo irresponsable y escasez de recursos. Y otros como él buscaban que algo cambiara en el sistema para que siguiera vivo. Pero ninguna de las grandes figuras del capitalismo global sería capaz de revertir la famosa regla del 80/20: el 80% de los recursos naturales los posee un 20% de propietarios; el 80 por ciento de los beneficios corporativos se los lleva un 20% de ejecutivos…la economía basada en el negocio digital global favorece a un 20% de empleados que pueden realizar el 80 % de las labores necesarias y aumentarán hasta el 80% los individuos pertenecientes a una clase irrelevante o precarizada laboralmente, desempleada o directamente inútil. La pobreza, la exclusión y desigualdades sociales, las tenemos semiocultas en la sombría trastienda del mundo visible, el de los medios y la Red.

Mientras, la inmoralidad como sistema, la barbarie como opción, la idolatría dineraria, la codicia como norma, las falacias y la manipulación informativa hipertrofiadas por la Red, sugieren un escenario muy semejante a aquél que Josep Conrad nos reveló en “El corazón de las tinieblas”, una colonia de trabajadores en el Congo belga, dirigida por un tirano sanguinario, Kurtz, que antes de ser asesinado, echa una mirada a lo que le rodea y musita: “El horror…el horror” no se sabe si con complacencia o con arrepentimiento.

Al capitalismo sólo se le puede frenar analizando la dinámica de su desintegración y usando desde dentro sus propias armas para impedirle que se transforme, que mute. Aprovechando sus propias estructuras. Nada de revolución (todas acaban siendo digeridas y convertidas en malas copias)  sino evolución controlada.

ALBERTO DÍAZ RUEDA, Periodista

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18 marzo 2021 4 18 /03 /marzo /2021 10:08

Ian Morris es un profesor de Cultura e Historia Clásicas de la Universidad de Stanford y está doctorado en Cambridge . En uno de sus libros “Cazadores, campesinos y carbón” (2015), asegura que los cambios fundamentales a largo plazo en los valores dependen  de los tres sistemas esenciales de obtener la energía: la caza y la recolección, la agricultura y los combustibles fósiles y en cada una de ellas se privilegian ciertos valores sobre otros. La base argumental de esta obra se articula a través de esas tres etapas del progreso humano , desde la caza y el nomadismo, la agricultura y los asentamientos permanentes, la dinámica de las ciudades y en otro salto histórico,  la revolución industrial que nace con la producción y empleo de los combustibles fósiles. Es una visión utilitaria y pragmática que vincula ciertos valores culturales y sociales  de forma excesivamente determinista a la casuística que provoca los “modos de captación de energía”. Aunque si algo nos ha enseñado la historia del progreso técnico, científico y material de las culturas hasta el día de hoy, es que tal progreso no se corresponde en paralelo con un progreso ético y psicológico del ser humano.

Aunque uno  de los autores críticos sobre su libro, citados por el propio Morris opina que “las fuerzas sociales y económicas  de diverso signo,presionan el perfil de nuestros valores pero no los determinan completamente” Otro, la novelista Atwood, analiza un posible futuro colapsado  por “migraciones sin control, hundimiento del Estado, escasez alimentaria o de agua, epidemias y cambio climático” y  los agudiza añadiendo el deterioro de los océanos, más los excesos de la bioingeniería y de la IA.

Morris asegura que estamos ante un cambio más de modelo energético pues estamos pasando de los combustibles fósiles a las energías renovables. Cree que ello producirá una revolución en nuestros valores cuyas consecuencias pueden ser imprevisibles.

El realidad el empeño de Morris es profundamente kantiano, proclama algo muy evocador: la existencia de una moral universal, establecida por la biología durante la evolución de millones de años y tras buscar la raíz de tal comunidad ética la vincula a los desafíos de supervivencia marcados por las tres formas mencionadas de captación de la energía que va "depurando" los excesos violentos de la especie por otros más consensuados y porosos con los cambios que tales procesos producen en la vida de los seres humanos y sus sociedades. Me parece una hipótesis de trabajo atrevida pero estimulante.

La aseveración de Morris de que "cada época tiene las ideas que necesita" es un auténtico "gambito de dama" en la partida  de racionalidad y pertinencia que Morris juega con el lector (y con sus colegas). Y lo remata con un párrafo que haría estremecer a Kant : ""Si tengo razón y el modo de captura de energía determina los valores de un grupo humano, quizás se deduzca que los filósofos morales que tratan de identificar un sistema perfecto de valores, una talla única para todos, pierden el tiempo ya  que los valores que nosotros hoy defendemos algún día probablemente -quizás bastante pronto- dejarán de ser útiles".

Y para terminar Morris le pone al guinda al pastel aceptando como buena la conocida fórmula creada en los cuarenta por el antropólogo  Leslie White: C=ExT, donde C es cultura, E energía y T es tecnología. "La cantidad creciente de energía que los humanos han sabido capturar durante los últimos veinte mil años ha sido el motor del proceso de evolución cultural, y como parte de dicho proceso, los valores humanos han cambiado".

ALBERTO DÍAZ RUEDA


FICHA 

CAZADORES, CAMPESINOS Y CARBÓN.- Ian Morris.-431 págs.-Trad. Claudia Casanova.- Ático de los Libros

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16 marzo 2021 2 16 /03 /marzo /2021 17:09
Logoi 192
TRUMPISMOS
(PUBLICADO EN LA COMARCA 160321)
El ejemplo político del ex presidente Trump (un peligro en hibernación: que nadie lo dé por acabado), su estúpida arrogancia, su desprecio hacia la ética o la solidaridad, su machismo o su odio racial, ha hecho germinar un vocablo “trumpismo” que designa una torpe, caótica y dictatorial forma de ejercer el poder. Una especie de Calígula, un Ubu rey ridículo en una poderosa nación a la que conducía hacia la desintegración y el aislamiento.
A través del análisis de la “cuestión catalana” desde los tiempos de Mas, hasta el cocinamiento surrealista del “referéndum” y del Procés y la legal, aunque inadecuada, dureza judicial, se llega a una conclusión deprimente: los catalanes carecen de una clase política eficaz y lógica, pero sus congéneres españoles no les van a la zaga. El empecinamiento poco realista de los primeros se corresponde con el que atenaza a muchos de los políticos españoles, ya sean del Gobierno o la oposición. Es una especie de trumpismo a tres bandas –Govern, Estado y extremistas- que genera posturas anquilosadas y silencios cómplices oficiales ante la barahúnda permanente de los extremos de ambas posturas hispano-catalanas, para placer y ganancia de voxeros, cuperos, antisistemas y “españolistas” cavernarios.
La nueva legislatura catalana está condenada al descrédito, la inacción y la violencia y a aumentar el ya considerable daño que sufre la imagen y realidad social de Cataluña. Y en tiempos de pandemia vírica, económica y social, es un suicidio colectivo de todo el país, en términos democráticos.
El estadista alemán del siglo XIX, Otto Von Bismarck, acuñó una frase memorable respecto a España: “Es el país más fuerte del mundo. Lleva siglos intentando destruirse a sí mismo y todavía no lo ha conseguido”. Quizá lo estamos logrando con el ciego egoísmo de todos
El tema de los políticos presos, no es banal. No se puede
creer a estas alturas que tomar la decisión de que salgan a la calle es una muestra de debilidad, ni se puede pretender según la cortoplacista visión independentista que sería un triunfo y la muestra evidente de que el Estado cede cuando uno se lanza al “cuanto peor sea todo, mejor para nosotros”. Es una postura tan inteligente como la de Trump o Bolsonaro respecto a la Covid. Nos estamos jugando el futuro de todo el país, empezando por Cataluña. La política se debería nutrir del sentido común.
ALBERTO DÍAZ RUEDA
Escritor
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12 marzo 2021 5 12 /03 /marzo /2021 16:47

Transitando por los caminos de la sabiduría perenne, uno se encuentra casi siempre con determinadas actitudes mentales, filosóficas, espirituales, radicadas en lo más profundo de la psique humana. Ellas forman los hitos que van prefigurando un proceso único (y casi imposible de mantener) , el que nos lleva a la trascendencia del ser contingente y cotidiano, sometido a presiones, deseos y necesidades (más o menos reales) y nos revela las limitaciones irresolubles de nuestra humana condición y al mismo tiempo la maravillosa posibilidad de encontrar un camino para superarla y encontrar el verdadero Ser. 

La palabrería conceptual o filosófica y sobre todo la que emana de las diversas "vías espirituales" van configurando un corpus documental casi inabarcable. Este a veces produce unos efectos lamentables en algunos de los que por su propia deriva íntima se plantean acometer el cincelado de sí mismo. Esa tarea requiere una información de lo más veraz, humilde y al tiempo exigente y decisiva. La lectura de los místicos o de los grandes maestros de la filosofía ética y del progreso interior es inexcusable pero, al tiempo, difícil y lenta. Sin embargo, a veces, surgen en el mercado de este tipo de disciplinas, a caballo entre la filosofía y la espiritualidad, algunos libros elaborados desde el respeto, la seriedad y la humildad, que allanan un poco el abrupto camino de la excelencia espiritual.

El "Asombro ante lo absoluto" es un libro complementario que cumple una función primordial: dar al lector instrumentos de reflexión y estudio, no decisorios pero sí necesarios, a fin de que, tras el largo recorrido de su lectura, se nos abran posibilidades de concreción para lo que podría ser un acercamiento intelectual a una de las actitudes filosóficas básicas para comprender la naturaleza de ese cambio íntimo de percepción: la capacidad de captar el asombro ante lo más cotidiano, la extraordinaria conciencia de lo sublime, que nos faculta la visión de lo trascendente, de aquello que nos supera, nos rodea y de lo que somos una simple manifestación orgánica temporal. Como dice el maestro Eckhart, "Sustentándose en la nada, cualquier circunstancia es recibida y percibida con sosiego.  No hay nada que perder".

Sevilla comienza con un alegato hacia la necesidad del asombro como actitud ante la realidad : "quien no se asombra no logra escapar de lo establecido, se mantiene reaccionando de manera controlada, evita ser partícipe, elude su categoría de testigo de la maravilla de estar aquí, de ubicarse en el mundo, de entenderse único, de intuirse distinto y de saberse sin saberes definitivos". Articula seis posturas a tomar ante el misterio de lo absoluto: la pasión, la cognición, la contemplación, la conexión y el testimonio a través de la perspectiva holística del arte. Y para ello recurre a Heschel y su reverente temor, a Erasmo y su sublime locura, a Spinoza, a  Nishitani y su visión de la vacuidad, a la lucidez de Wilber, el anhelo de absoluto de Eckhart, a Stein o Nagarjuna, la libertad líquida del Vipassana, el silencio místico o la inspiración del poeta o el pintor que con "el fruto de su propio asombro logrará responder al milagro de la existencia".

No analizaremos aquí las ocho opciones que extienden esas seis posturas. Es un trayecto que el lector debe hacer por sí mismo a fin de poder comprender la densidad exigente del autor en su propuesta y, cómo no, como dijo el poeta "tomar partido hasta mancharse". No sin aceptar la advertencia con la que el autor cierra su texto: "Más que mantener a la fuerza las posturas referidas, lo esencial es mantenerse perseverantes y dispuestos para captar aquello que no es transmisible por completo a través de las palabras, pero que se encuentra en cada signo que coincide con nuestras vidas, en el tiempo que nos contiene, en el suspiro que nos descansa o en el abismo que nos conmueve". 

Desde Pirrón y los escépticos, hasta los grandes místicos medievales, los budistas o taoístas, Kant, Schopenhauer o Cioran, los estoicos o la física cuántica, el misticismo judío (que en este libro tiene gran protagonismo) Hegel, Nietzsche o Nagarjuna, el gran Spinoza, Séneca y los   estoicos o los presocráticos con Heráclito a la cabeza, configuran, entre otros muchos, el plantel de pensadores a los que acude  el profesor Héctor Sevilla, autor de este mencionado libro, con la intención apuntada en los párrafos anteriores.

FICHA

ASOMBRO ANTE LO ABSOLUTO.- Héctor Sevilla.- Editorial Kairós.-393 págs.

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9 marzo 2021 2 09 /03 /marzo /2021 10:00

(Publicado en La Comarca, 090321)

Tatiana es una mujer joven, que parece justa y es apasionada. Al menos esa es la imagen que ha hecho viral un vídeo donde daba un ”Hola” al año 2021. Más de tres millones de visualizaciones en Instagram y otras redes. A mí me llegó por WhatsApp, enviado por un amigo no sospechoso de extremismos. Más tarde, alguien del ala opuesta del espectro, me lo remite con un emoticón de ¡perfecto! Esa coincidencia me intriga. Lo reviso. Con una elocuencia digna de una Porcia (“El mercader de Venecia”) dispuesta a despellejar al malvado Shylock del Gobierno, Tatiana clama por asuntos y problemas que nos preocupan por igual, desde los que nos crean la pandemia hasta las dificultades políticas de quienes, mal que bien, tratan de gobernarnos.

Me interesó el video por un mensaje crítico sin pelos en la lengua y una factura  técnica impecable. Pero… me dejó una sensación de malestar. Así que volví a verlo, más pendiente de la letra y esencia de lo que se decía, que de la atractiva actuación declamatoria de Tatiana. La dicotomía reiterada entre el “nosotros” y el “ellos” me alertó: sospecho de las soluciones simples para problemas complejos a través de una fórmula demagógica: o estás conmigo o estás contra mí. Y  de pronto, casi al finalizar la perorata, salta la rana que buscaba tras tanto chapoteo retórico. Una metáfora facilona y sobada: la nación es un barco y hace falta un capitán para que nos guíe, un líder carismático, un führer…, y ese salvador de la patria, nos advierte, no se sienta en el Congreso de los Diputados.

Tatiana usa con habilidad los hechos negativos, el descontento, los errores y abusos de quienes nos gobiernan (que, no se olvide, han sido votados). Y lo hace de una manera parecida en la forma, pero distinta en el fondo a, por ejemplo, las críticas de quienes estamos más que hartos de cómo van las cosas, pero respetamos la legitimidad de quienes nos gobiernan. Aunque censuremos los fallidos intentos de resolver los problemas.

La “petite différence” consiste en que, excepto la extrema derecha e izquierda y los voxeros, nadie más desea a un redentor político, con uniforme o levita, que termine con las estructuras democráticas e imponga su “orden”, a hierro y fuego, a ciudadanos que aman la libertad y rechazan la violencia.-

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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7 marzo 2021 7 07 /03 /marzo /2021 09:23

Desde niño me he sentido conmovido por la condición fronteriza y la existencia “líquida”, del exiliado o el inmigrante. Un exiliado es la versión política y cultural del inmigrante, arquetipo de la necesidad y el desarraigo por motivos de supervivencia. En ambos coincide en mayor o menor grado el elemento básico de lo inevitablemente necesario para vivir y el de la demanda permanente de identidad. En un mundo progresivamente poroso (y responsable, por causar la coerción que obliga a la persona al abandono de lo propio) los exiliados y sus hermanos los inmigrantes, articulan una realidad que es un desafío ético, económico, político y social.

En “Una poética del exilio”, el brillante ensayo que la doctora en filosofía, Olga Amaris, dedica a los paralelismos vitales y conceptuales entre dos exiliadas históricas, Hannah Arendt y nuestra María Zambrano (Ed. Herder), se propone -con el análisis de la precariedad y las exigencias que definen el exilio, un motivo obligatorio de reflexión.

La enorme actualidad de la casuística del exilio y la inmigración en nuestros tiempos, está creando una necesidad filosófica y política, económica y social, que no deberíamos banalizar o convertir en simples campañas de buenas intenciones. Es un problema serio, candente y progresivo, que debe ser atendido de una forma inmediata y vinculante, no sólo por el Estado y las instituciones sino en el sentido moral de cada persona. Esta es una tarea que nos concierne a todos, puesto que es un problema tan global como la pandemia y deberíamos prepararnos para afrontarlo de una manera más eficaz y consciente y sobre todo solidaria de la que hemos usado en la lucha contra el virus.

Nos recuerda Amaris la frase del coreano Byung-chul Han, (emigrante o exiliado  a su vez en Alemania): "El grado civilizatorio de una sociedad se puede medir justamente en función de su hospitalidad".Prácticamente todo occidente suspendería en la medida precisa y suele pasarse más bien al lado contrario, el de la represión o la criminalización. Y la fiebre masiva  de inmigración ilegal, que se agravó a finales del siglo XX, con toda su brutal carga de ferocidad y miseria, ha relegado a utopía filosófica la aceptación de las figuras del inmigrante o del exiliado.

Durante toda la lectura queda claro el paralelismo existencial y también filosófico que ha resaltado la autora entre las dos grandes pensadoras, Arendt y Zambrano "dos vidas representadas en dos obras que, pese a seguir sus propias rutas trazadas en sus exilios particulares, encuentran puntos de convergencia y nudos de cercanía en numerosas estaciones...pero sobre todo en las conclusiones a las que llegan: la esperanza en un nuevo mundo, mejorado y liberado de la amenaza del mal radical" cuyos efectos han padecido las dos de distinta forma pero con parecido resultado. La Arendt en "la aceptación de su papel de paria consciente pero defendiendo su derecho a tener derechos, a ejercer un pensar libre, sin caer en victimismos, falsas creencias o ideologías anquilosantes. Y la Zambrano en su reivindicar una palabra filosófica, poética y mística que inunde una ciudad nueva sin diferencias entre anfitriones y visitantes. 

Es justamente la sensación de no pertenencia, de desubicación, que comparten las dos mujeres la que promueve un tipo de pensamiento singular que desafía las estructuras filosóficas imperantes en su tiempo. El fracaso del amor en las vidas de las dos mujeres queda mitigado por la glorificación que ambas hacen a la amistad.  Como en Aristóteles la "filia" es para las dos pensadoras un acicate, una energía que facilita la creación y el propio discurso filosófico. Nuestra autora destaca, entre otras muchas "coincidencias casuales" o más bien "sincronicidades" que diría Jung, los únicos libros que ambas se llevan al exilio: Zambrano la "Etica" de Spinoza y Arendt su propia tesis doctoral sobre San Agustín. En ambos el concepto del amor guiará a las dos pensadoras en sus versiones del "amor mundi" (uno de los conceptos claves de sus posturas en el exilio).

La centralidad del tema amoroso en ambas creadoras, desde la figura del otro y de los gestos extraordinarios del sujeto común como esperanza de un mundo nuevo, al que acceder y comprender a través de una mirada distinta y creativa, hasta el propio hecho de la alteridad entre el anfitrión y el que llega y busca un lugar donde estar y ser sujeto de derechos y no "nuda vida" biológica sin ninguna entidad, ni jurídica ni apenas humana.

No se pierdan la lectura de esta obra, tan en sintonía con el global problema de las oleadas de refugiados forzosos. Les permitirá enriquecer y enfocar de forma humana la visión parcial y desinformada que tenemos sobre  el problema.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

ficha

UNA POÉTICA DEL EXILIO.- Hannah Arendt y María Zambrano.- Olga Amaris Duarte.-Ed. Herder .-319 págs

 

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2 marzo 2021 2 02 /03 /marzo /2021 09:24

Se dice que el hombre es uno de los pocos animales que tropiezan dos –o más- veces con la misma piedra. Vivimos en los medios e internet la misma fiebre reivindicativa que en Navidad abrió las puertas a la tercera ola de la Covid y que ahora apunta para Semana Santa una recuperación basada en la falacia de que la vacuna ya nos protege a todos (aunque estemos en este país, todavía, a mínimos de vacunados).

La sociedad ya está harta de estar harta; la economía y sobre todo los sectores afectados, entre ellos el turismo y el transporte, quieren salir del estado agónico al que les ha sometido la Covid. Es justo. El desconcierto y la falta de eficacia gubernamental también son responsables. Pero el virus sigue estando activo y campando a sus anchas. Bajan los contagios, es cierto, pero la Covid se replica en cepas nuevas, sin que exista garantía alguna de que incluso los vacunados estén exentos de la posibilidad de ser elementos activos de nuevos contagios.

El Consejo Europeo se da tres meses para dar luz verde global al llamado “pasaporte” de vacunación que avalará la libre circulación entre países. A propósito de esto me parece absurda la protesta de que eso sería discriminación para los que no lo poseen (¿es que el carnet de conducir discrimina a los que no lo tienen por edad o porque no pasan las pruebas?).

Pensemos con calma. ¿Hay alguien que considere lógico que se facilite el advenimiento de una cuarta ola de la  Covid porque “tenemos derecho a…”, “nadie nos puede prohibir que…”, “queremos  reunirnos con amigos y familiares”, “ya llevamos mascarillas, qué más quieren”, “estamos deprimidos”, “ni los políticos ni los científicos saben lo que hay que hacer”, ”son ataques a la libertad política o de expresión”… etc.?

Cualquier persona  sensata se sorprende cuando oye  a los que convocan manifestaciones políticas o de género (ojo con el próximo 8M) con las excusas, por ejemplo, de que el independentismo o los indiscutibles derechos de la mujer son justificaciones válidas. ¡Por favor! No dejemos de lado la cautela y la razón. Normalicemos nuestra vida poco a poco, con sentido común. Nos jugamos todo: ser responsables es el precio de nuestra libertad.

 

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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1 marzo 2021 1 01 /03 /marzo /2021 08:55

(Publicado en versión reducida en la revista Compromiso y Cultura de marzo de 2021)

Ustedes disculparán el sesgo irónico de este titular, al que ninguno de los dos libros que recomiendo justifica directamente, aunque sí que dejan en el lector reflexivo la inquietud de una pregunta seguramente muy parecida a la que planteamos.

Ian Morris es un profesor de Cultura e Historia Clásicas de la Universidad de Stanford y está doctorado en Cambridge . Uno de sus libros “¿Por qué manda Occidente…por ahora?”(2014), ya marcaba desde el título un talante irónico, escéptico y estimulante. El “por ahora” abría el camino a las conjeturas, la polémica  y la investigación crítica. Pero en esta ocasión he preferido acudir a otros dos títulos de su extensa obra, “Cazadores, campesinos y carbón” (2015) y “¿Para qué sirve la guerra?” (2014). Me interesaba enfatizar  la idea de “progreso” implícita en las tres épocas del desarrollo  histórico de la humanidad y (que nos ha llevado a una situación alarmante respecto al planeta que ocupamos con  mentalidad depredadora)  y la paradójica tesis del segundo libro en el que Morris nos plantea la atrevida idea de la guerra como motor del progreso, proponiendo la hipótesis provocativa aunque no descabellada de que la comprensión del proceso bélico como dinámica  de cambio nos pueda llevar a encontrar la manera de evitarla y sustituirla por actividades que obtengan  esos efectos positivos sin la brutal carga de destrucción, violencia y sufrimiento que conlleva la guerra.

Sin duda, algunos lectores con sensibilidad y conocimientos sobre las consecuencias de las guerras, considerarán éticamente que el fin –el progreso- no justifica los medios y sus efectos, los miles de millones de muertes por violencia, hambre y desesperación implícitas a la guerra.

Un historiador de grandes procesos puede hacer abstracción  de la “letra pequeña”  donde los teóricos esconden la visión ética profunda de los seres humanos que han padecido  la dinámica personal, familiar y social de la violencia y la angustia mortal que han vivido las víctimas de las guerras, usando el macro enfoque económico, industrial o el desarrollo técnico de países y culturas. No para justificar, por supuesto, los genocidios. sino para enfatizar los logros de la civilización que sobrevive y con ellos, la posibilidad de evitar en el futuro nuevas y semejantes sangrías humana. Desde un punto de vista filosófico eso es, en el fondo, una entelequia de difícil  justificación. Si algo nos ha enseñado la historia del progreso técnico, científico y material de las culturas hasta el día de hoy, es que tal progreso no se corresponde en paralelo con un progreso ético y psicológico del ser humano. Un análisis de la situación actual y de la decadencia moral del ciudadano medio en la mayor parte del planeta, acentuadamente en los países más desarrollados, nos hace ver un optimismo utópico, aunque bienintencionado en los libros de Morris.

Pero lo más admirable de este autor no es el ingenio y la inteligencia documental con las que apoya sus tesis, sino el hecho de que no sólo no teme a la controversia y la crítica a sus conclusiones, sino que, muy deportivamente, ofrece un considerable espacio –en el primero de sus libros comentados-  a colegas que rechazan libremente y argumentan en contra de sus conclusiones. Y así tras 200 páginas de exposición de sus ideas, Morris concede 50 páginas a otros cuatro autores que disienten de él (entre ellos a una novelista, Margaret Atwood, la autora de la distópica “Diario de una criada”) y se reserva las 50 últimas para contestar pormenorizadamente a las críticas recibidas y publicadas en el mismo libro.

La base argumental de “Cazadores, campesinos y carbón” se articula a través del análisis de las tres fuerzas brutas materiales que propician las culturas que desarrollan y con  ellas determinadas creencias, valores y principios básicos que regulan las relaciones humanas y sociales de la época (trato equitativo, justicia, atracción y rechazo, no dañar y una cierta sacralización en las fuerzas naturales que nos rodean y no comprendemos ni controlamos). Son tres etapas del progreso humano definidos por los modos de captación de energía, desde la caza y el nomadismo, la agricultura y los asentamientos permanentes, ciudades, y en otro salto enorme, la revolución industrial que nace con la producción y empleo de los combustibles fósiles. Es una visión utilitarista y pragmática que vincula dichos valores y principios de forma excesivamente determinista a la casuística que provoca los “modos de captación de energía”. Uno de los mencionados autores críticos con las teorías del autor, Seaford, también le recrimina la afirmación de éste de que “cada época tiene las ideas que se merece”. Uno piensa que ese aserto es tan discutible e injusto como ese otro que conocemos bien en España, “cada país tiene el Gobierno que se merece”. Otro crítico, Kosgaard opina que “las fuerzas sociales y económicas  de diverso signo “presionan el perfil de nuestros valores pero no los determinan completamente” como sostiene Morris.

Quizá con la crítica de Morris con la que me siento más identificado sea con la escritora  Atwood, quien se concentra en el problemático futuro que  según Morris nos puede llevar al colapso a través de “migraciones sin control, hundimiento del Estado, escasez alimentaria o de agua, epidemias y cambio climático”, a los que Atwood añade el deterioro de los océanos y los excesos de la bioingeniería y la IA. Así como me atrae, incluso por su optimismo irredento (y su incansable sentido del humor), la confianza de Morris en el sentido común para reconducir las actitudes sociales y políticas a pesar de los populismos y la desinformación que lleva al beneficio de unos pocos a costa de la mayoría. La complejidad del libro no admite una reseña exhaustiva por falta de espacio y el lector haría bien en adentrarse en la lectura personal, por lo que lo dejaremos en este punto, a fin de pasar al otro volumen recomendado, “Guerra, ¿para qué sirve?”.

Más de 600 páginas dedica nuestro autor, Ian Morris, a demostrar que las guerras a largo plazo "han logrado que la Humanidad sea más rica y que viva con más seguridad"...y que  el estudio de épocas anteriores sugiere que las alternativas a la guerra en cada uno de los momentos en que se desató hubieran tenido peores consecuencias que las provocadas por los episodios bélicos. Y para poner la guinda asegura que "lo que ha convertido al mundo en un lugar más seguro es la propia guerra". 

Siguiendo su provocativa estrategia de estadísticas, datos históricos y conclusiones encadenadas, Morris se une por un lado a la historiografía tradicional, para la cual la guerra ha constituído, desde Heródoto, Tucídides, Jenofonte, Estrabón y Polibio, hasta Julio César, Salustio, Tito Livio, Plinio o Suetonio, el motivo central de la marcha o proceso de la historia estudiada. Las guerras y sus caudillos, vencedores y vendidos, constituyeron durante siglos el motor causal de la disciplina. Pero se aparta de ellos mostrándonos en un análisis global de qué manera esas guerras iban empujando el progreso del mundo en términos sociales, culturales y de derechos humanos. ¿Paradójico? Sólo en la consideración materialista, tecnológica y económica de sus consecuencias. 

La fuerza de convicción de Morris se basa en el manejo hábil de estadísticas y datos aplicados ingeniosamente a defender la idea contraintuitiva de que la guerra ha sido el medio paradójico y brutal para que a lo largo de 10.000 años, se hayan reducido de manera drástica las muertes violentas. Añadir que eso abona el desarrollo de la paz y el bienestar es bastante osado, ya que desafía el sentido lógico del lector. Y sus reflexiones morales, tal vez inquietas, por un salto de valores tan radical: muertes violentas y paz y bienestar unidos en un supuesto continuum temporal, ¿de causa-efecto? Lo cierto es que los lectores se lo van a pasar muy bien ejercitando su pensamiento crítico. No en vano Morris es un profesional del estudio histórico de una época, la nuestra, en la que el dataísmo, o acceso cibernético a millones de datos contrastados en un tiempo récord y mínimo, permite abordar grandes periodos temporales con una óptica analizadora muy concreta (cosa que también hace con mucho éxito el israelí bestsellerista  Yuval Noah Harari, autor de Sapiens)

Pero Morris, no sólo es un habilidoso usuario del del Factfulness, es un experto en Historia y puede mostrarnos las huellas que autores como Thomas Hobbes  o Rousseau han dejado en sus reflexiones. Saber que aunque sigamos siendo lobos para nuestros semejantes o existan reglas morales entre los hombres la guerra ha hecho del mundo un lugar más seguro, y que la probabilidad de tener una muerte violenta es mucho menor ahora que en la Edad de los Metales, resulta muy tranquilizante, aunque tengamos que dejar a un lado la posibilidad del holocausto nuclear que barrería tal pretensión. Para los aficionados a la historia y a sus detalles más peregrinos o insólitos, el libro es un auténtico regalo. Desde el reconocimiento ya desde el principio de que la violencia forma parte de nuestro ADN, las diferencias entre las guerras "productivas" y las "contraproducentes", la discutible afirmación de lo productiva que fueron las guerras tras el descubrimiento de América (¿para quiénes exactamente? ¿para los británicos?) o las derivadas del colonialismo (¿para los británicos nuevamente, para los franceses, para los belgas?). La lectura polémica está servida. El lector no sólo goza de mucha información sino también de una sugestiva ocasión de disentir, ya sea de forma racional o intuitiva. Analiza las reyertas mortales del siglo XX y resaltando el carácter económico de muchas de ellas (lo cual no es una novedad, hasta la guerra de Troya se debió al control de un punto comercial entre dos zonas geográficas nacionales, más que a la casquivana Helena y al calenturón de Paris. Mas adelante Morris hace una incursión sorprendente sobre el campo de la primatología y los afanes guerreros de los chimpancés para terminar sus disquisiciones aventurando un futuro de rivalidades por la hegemonía mundial y la presunta necesidad de solventar la dicotomía seguridad-libertad, a favor de la primera con un Estado Leviatán que nos ofrecerá un progreso seguro, ya que a nivel internacional la contundencia del juego perdedores-perdedores en un conflicto nuclear podría alejar ese peligro de nuestras vidas. Aunque no hay manera de alejar ese otro tipo de guerra que involucra al terrorismo y que no tiene posibilidad de generar ningún tipo de progreso sino al contrario.

La reflexión ética que queda diluida en las argumentaciones de Morris es la que plantea en términos absolutos e históricos la cruel viabilidad de la guerra como forma de progreso y nos hace pensar en que no ha habido tal progreso en la psique, en la estructura mental y en la solidez intelectual y ética de nuestra especie: parece ser que la única manera que tiene el ser humano de progresar sea exterminando al mayor número posible de semejantes. Y que es irrelevante la causa de su belicismo ya que queda justificada por su presunto progreso.

En definitiva, tras leer esa compleja -y divertida- apología de la guerra (tan intelectualmente justificada) uno recuerda las palabras de Hannah Arendt  pidiendo a todas las naciones del mundo la aplicación del imperativo categórico kantiano que asegura que la vida del ser humano no tiene sentido alguno sin la supervivencia de bienes superiores en todo el orbe, la Justicia, la Libertad  o la busca de la Verdad. El hombre -y el Estado- justo es el que subordina su individualidad- su nacionalidad- al mantenimiento de una política basada en tales verdades. La guerra se coloca de inmediato y de forma fulminante, fuera de la ecuación.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

 

 

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