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1 abril 2022 5 01 /04 /abril /2022 15:34

UCRANIA: EL SÍNDROME DE AUSCHWITZ

Publicado en Heraldo de Aragón, 010422

Una generación que no sabe aprender de sus errores está condenada a repetirlos. La geopolítica internacional adolece de una desmemoria histórica que, a fuerza de dimensionar equívocos, ansias de poder y memoria manipulada por intereses hegemónicos, olvida hechos inaceptables y vergonzosos que muchos países se comprometieron a que no volvieran a suceder. ¿Hemos olvidado el mandamiento ético que para la Humanidad supuso la existencia de Auschwitz? ¿Somos tan ciegos que no percibimos las relaciones y correspondencias causales, políticas y sociales, directas o indirectas, que existen entre la invasión de Ucrania y los campos de exterminio? ¿Hay tantas diferencias entre las posturas genocidas de los nazis  respecto a los judíos y otros pueblos considerados “eliminables” y las que pregona Putin para “justificar” la  invasión de Ucrania? ¿No hay semejanzas entre el egoísmo y la ceguera de Europa previos a la II GM y los  errores actuales de cálculo en la subordinación política de la UE a los intereses geoestratégicos de EE.UU. y el brazo armado de la OTAN? Vivimos una nueva escalada de gastos en Defensa en Europa, lo cual aleja la posibilidad de diálogo de paz. El “si vis pacem para bellum” (si quieres paz prepárate para la guerra)  es una memez belicista contagiosa.

Auschwitz podría parecer una referencia fuera de contexto en un análisis de la situación–límite actual. Pero recordemos que era algo impensable incluso tras la llegada de Hitler al poder en 1933. La dinámica perversa de la condición humana no ha cambiado tanto, como cualquiera puede percibir sólo repasando los desvaríos y abusos bélicos de la política internacional tras el fin de la guerra mundial  (Iraq, África, Oriente Medio, Sudamérica, Bosnia, etc.). De todo ello nos advertía Theodor W. Adorno: “Habría que evitar que vuelvan a producirse otros Auschwitz. Su existencia y la lucha para evitar que se reproduzca no es algo que nos dicte el imperativo categórico de la razón pura práctica sino que obedece a un desgarro en la historia, la experiencia histórica del mal.” Y ¿qué es sino un “desgarro de la historia” la dinámica bélica de Putin, con sus referencias al holocausto nuclear? ¿No es la reiteración de la “experiencia del mal”? Adorno advierte que la barbarie anida y seguirá anidando en el corazón de nuestra civilización mientras perduren las condiciones que hicieron posible la bestialidad de Auschwitz.

En el caso de Ucrania se percibe una radical insensibilidad en los agresores, que pretenden convertir la guerra en un balance trivial de efectivos militares y razones económicas más o menos escondidas, una praxis bélica que ocasiona miles de víctimas y arrasamiento de ciudades, fábricas y cosechas. Sin olvidar a los miles de refugiados que abandonan sus hogares para salvar la vida, con sus dramas y necesidades primarias a cuestas. Todo ello conforma un alarido de alarma dirigido a la conciencia de la Humanidad. Las imágenes que se difunden por televisiones, móviles e internet tienen el peligro –ya denunciado por Hannah Arendt- de banalizar la tragedia para convertirla en una noticia más, que se percibe a través del alejamiento esquemático de los  emoticones y los “like”. Como decía la filósofa Judith Butler, “Hemos sido apartados del rostro – el rostro de una víctima es la denuncia básica de un horror- por medio de la imagen vertiginosa de una cara, de un cuerpo torturado, una representación visual que acaba, por ser obsesiva y constante,  tiñendo de rutina el horror de la muerte”.

Lo que está sucediendo en Ucrania –y en otro orden de cosas, en Rusia y en los países que asisten a la “representación” de Putin- es que como seres humanos insertos en una civilización digital donde prima la imagen difundida obsesivamente, la tragedia ucraniana se convierte en un drama serializado en “prime time”, que nos afecta menos por su obscena reiteración. Esa dinámica  nos va inmunizando al dolor de los otros, casi sin darnos cuenta. Y olvidamos que “su problema” será “nuestro” problema. Como el horror de Auschwitz no se quedó en una anécdota histórica, sino que, sin percatarnos de ello, ha dejado su emponzoñado mensaje en la memoria genética de la Humanidad.

Quizá no se llegue a repetir exactamente la bestialidad hitleriana, pero percibimos ya inquietud en los nidos de serpientes que se esconden tras la inmoralidad agresiva del ataque a Ucrania. Putin, consciente o  no de ello, está aplicando la “doctrina” del ideólogo nazi Carl Schmitt: la oposición radical amigo-enemigo como criterio para diseñar la política de su país. Ese “enemigo” de Schmitt y quizá Putin, se define como una amenaza letal para la supervivencia de la nación y cualquier medio de aniquilarlo –nadie habla de negociar- está justificado, desde la guerra exterior a la “limpieza étnica” interior. Los nostálgicos de imperios dictatoriales se frotan las manos viendo a la barbarie cabalgando por los campos y ciudades de Europa, Asia, África... Es el síndrome de Auschwitz (una de las consecuencias de la “doctrina Schmitt”)  que ha despertado de su espantoso dormitar en la historia.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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