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29 abril 2022 5 29 /04 /abril /2022 18:05

Desde Ucrania y Rusia a Estados Unidos y la OTAN, bajo una crisis ecológica global

(Publicado en La Comarca, 290422)

“Los que vivimos de nobles y honestos sueños, defendemos lo malo de lo peor”, escribía el poeta irlandés Cecil Day Lewis ante el brutal estallido de nuestra guerra civil en la que luchó como brigadista. Esta es la postura ética que mantenemos muchos ante la no menos brutal guerra de Ucrania. Sin contar con el entramado maquiavélico de conflictos armados, ejércitos, países, supuestas ideologías y circunstancias climáticas, alimentarias, energéticas y humanísticas (víctimas mortales, desplazamientos de población y refugiados) que están llevando al mundo a una situación crítica global de imprevisibles consecuencias. Lo curioso es que no todos los Gobiernos parecen ser conscientes  de ello y tampoco la generalidad de los seres humanos. Se vive de espaldas a la realidad, hipnotizados por el permanente caudal de “fakes news”, imágenes emocionales, juicios sin base e información honesta que ha sido privada de su debida importancia.

Empecemos con la frase de Hanna Arendt sobre la “comprensión” del régimen nazi: explicar de forma lógica no es justificar de forma ética y anímica, “no supone perdonar nada”. Y así rechazamos  la invasión de Ucrania  y el angustioso avance militar ruso, que es “lo malo”, pero pensamos que “lo peor” es que en el avispero ucraniano nada es lo que parece o nos dicen que es. Hay brutalidad y crímenes rusos, pero también los hubo por parte ucraniana respecto a los rusohablantes; es malo el régimen autoritario de la oligarquía mafiosa de Putin, pero en Ucrania se había venerado la svástica  nazi y durante la II Guerra Mundial los voluntarios ucranianos al mando nazi dejaron un recuerdo pavoroso. Los “padres” de la patria ucraniana –Golovinski, Shukhevic y Bandera- celebrados hasta antes de la invasión (el famoso “Protocolo de los sabios de Sión” parece haber sido obra de uno de esos ideólogos) revivieron públicamente en 2014 en el golpe de Estado del Maidan (con asesinatos en masa de ciudadanos prorusos) y en enero pasado durante los desfiles conmemorativos del aniversario de uno de esos próceres de la Patria ucraniana; es malo el empeño ruso en asegurar sus fronteras y sus referencias a la amenaza nuclear, pero no es mejor el juego de Estados Unidos con la Alianza para asegurar su hegemonía militar (y la económica) y el empeño en admitir a Ucrania en la OTAN (a pesar de las promesas históricas de ésta de no ampliarla con más países de la órbita rusa). En cuanto a los réditos financieros y comerciales que supone para Washington la guerra en Europa –tan ventajosamente lejana- superan los beneficios que obtiene nuestro continente de la ayuda norteamericana.

Es malo el desprecio de Moscú por las leyes y normas de la convivencia pacífica entre las naciones, pero es peor la tendencia puesta en marcha por las exigencias perentorias de Washington de rearmar a toda Europa (incluida Alemania y los países del Báltico) explotando el “miedo” europeo al oso ruso. Vamos directamente a la creación de un ejército europeo que además de pulverizar el ansia de paz de las cartas fundacionales de la ONU y de la UE, nos coloca directamente como coprotagonistas bélicos y esquilma un poco más las arcas de los países de Europa, haciendo –paradójicamente- lo que Trump pedía: que los europeos paguen su propia defensa. Las mentiras y la codicia de los Gobiernos y sus dirigentes involucran por igual a tirios y troyanos, a Rusia y sus satélites y a Occidente, Estados Unidos y los suyos. Explicar y comprender la dinámica perversa de esta contienda, no es justificarla en ninguno de sus extremos. Pero tampoco nos sirve de mucho si se fortalece una nueva “guerra potencial” con la entrada de Suecia y Finlandia en la Alianza. Es malo que se de ese paso y decir que Putin lo ha provocado no nos libra de lo peor: estamos creando las bases para que se desencadene un posible conflicto global. En una palabra: en lugar de trabajar por encontrar una vía de diálogo y distensión (ningún precio razonable- reconocer la neutralidad de los países bálticos- es demasiado alto) estamos exacerbando el victimismo reivindicativo de Putin y la tentación del salto cualitativo bélico que puede suponer la ruina para todos. El secretario de Defensa norteamericano, Austin, lo dijo el martes de una forma poco diplomática y nada sutil: “Queremos ver a Rusia debilitada hasta tal punto que no pueda repetir agresiones”. Está dando razones a Putin para que pierda aún más los estribos y reforzar el apoyo de sus aliados. De hecho la OTAN debería estar agradecida a Putin ya que el belicismo de éste (a la altura del que muestra Austin) ha provocado el virtual renacimiento de una institución que se deterioraba a falta de excusas bélicas. ¿En qué nueva y desastrosa aventura militar nos van a meter los Estados Unidos?¿Están preparando el demencial escenario de un conflicto global por la hegemonía con China y Rusia?

 

La estrategia anexionista de Putin no es el síntoma de una psicosis imperialista ni la amarga revancha de un personaje dostoievskiano, hay una lógica impecable en ella: apoderándose de la costa ucraniana en el mar Negro y con el apoyo de los 2.000 soldados rusos en la franja rusa de Transnistria (provincia autónoma en Moldavia) dejaría a Ucrania sin puerto marítimo y hundiría su economía exportadora. Por cierto el trigo y la cebada que permite sostenerse alimentariamente al Magreb procede de Rusia y Ucrania. Sin ellos podríamos tener otras “revueltas del pan” en el norte de África (como las de la “primavera árabe”), lo que complicaría exponencialmente la situación geopolítica y energética de Europa.

La guerra ya está provocando daños colaterales, progresivos y extensivos, en la economía y la vida cotidiana de los ciudadanos, directamente en Europa e indirectamente en el resto del mundo. ¿Quiénes se lucran con el “cuanto peor, mejor”? Empresas energéticas (Shell y Exxon Mobil, entre otras), armamentísticas, alimentarias, fondos financieros…mientras, las facturas del gas, el petróleo, la luz suben a niveles nunca vistos. Pero se sigue aplicando el sistema “marginalista” (se fijan los precios de la electricidad de acuerdo al de la energía más cara para generarla, aunque ésta suponga un porcentaje mínimo del total) sin que los Gobiernos protesten. El gasto de la cesta de la compra de los ciudadanos se ha incrementado, mientras las cadenas de suministro especulan con precios al alza. Y tanto estos como la pequeña y mediana empresa se dirigen a la ruina. La inflación está a las puertas.

El encarecimiento del petróleo y sus derivados más la incidencia directa de la guerra en la producción agrícola en Rusia y Ucrania hace temer una crisis alimentaria que está siendo anunciada por la FAO desde que empezó la invasión rusa. Los países del Magreb y de Oriente Medio (y no hablemos del resto de  Africa) pueden enfrentarse a una hambruna que por efecto dominó, como hemos comentado ya,  podría afectar al suministro de gas. Recordemos que tanto Estados Unidos como Argentina los grandes proveedores de trigo, maíz y girasol, está sufriendo una sequía que afecta a la producción y a los países que dependen de ellos.

 En estos momentos en los que la crisis ecológica del cambio climático comienza a provocar efectos dañinos, la guerra de Ucrania y sus efectos colaterales están creando un contexto de escasez en varios campos de los que ni los Gobiernos ni la ciudadanía tienen conciencia fáctica, unos por intereses y los otros por ignorancia. Las mentiras y la codicia siguen dominando el mundo. Y Europa sigue mirando hacia la potencia norteamericana cuando tendría que concentrarse en ordenar su continente y llegar a atraer a Rusia. Es la gran hipocresía de nuestra época (en realidad, de todas): se evocan razones ideológicas y políticas, cuando en el fondo sabemos que son las económicas las que mandan y operan, tras el decorado, las acciones de los gobiernos. Nuestro Quevedo, don Francisco, lo dijo claro: “las revoluciones se hacen por el huevo, no por el fuero”. Habría que dar un giro copernicano al asunto: pongamos las económicas al aire libre y dejemos las políticas e ideológicas atareadas en promover una moral operativa entre los países y una ética tolerante entre los pueblos.

En política exterior los principios éticos tienen un carácter instrumental. La moral y la ética entre los Gobiernos sólo sirven cuando las necesidades prácticas del momento y los objetivos estratégicos lo permiten. Quizá si las necesidades perentorias que provocan las crisis que se están formando –dado su carácter global- se afrontan con una estrategia moral, la más efectiva – y además una ética global para un problema universal- se estaría dando el primer paso para responder al desafío planetario que parece estar a punto de invadirnos. Por el momento, mientras las armas de destrucción masiva que son las mentiras y la codicia sigan activas, insertas en el tejido operativo de la política y la economía del entramado internacional, todas estas reflexiones son papel mojado.

Y  este panorama internacional no nos debe hacer olvidar un punto realmente alarmante: el silencioso pero activo papel de China y su influencia y poder en el nuevo orden internacional que se está fabricando a marchas forzadas. Como consecuencia inmediata de la guerra de Ucrania, occidente ha “regalado” a Pekin un nuevo y apetitoso “cliente”, Rusia. China es la superpotencia emergente y viene doblemente armada: con una economía activa, emprendedora y boyante (a pesar del frenazo del COVID) y con una ideología híbrida y lógica, fundada en el pragmatismo político-económico y la firmeza de un régimen autoritario. Hablaremos de ello.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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