LOGOI 290
8.000 MILLONES
Por el amor de Dios, no dejamos de crecer. Como si el planeta fuera sólo nuestro. Como si no estuviéramos terminando con todo lo que tiene vida…incluidos a nosotros mismos. Pero el ritmo de nacimientos supera, por lo visto, el ritmo de los que se van antes de tiempo, por hambre, sed, violencia, epidemias y las fórmulas letales que vamos inventando. Quizá la Naturaleza ha previsto que, como somos un género de depredadores, inteligentes o estúpidos, pero en cualquier caso, destructivos, ya nos viene bien esa mortandad extra para equilibrar un poco el exceso de nuevos seres.
La cuestión es que, a pesar de todos los males -que son incontables y muy deprimentes- por regla general nos cuesta mucho despedirnos de la vida así, a la torera. Nos agarramos a la existencia como a una tabla de salvación, aunque sepamos seguro que de salvación tiene poco. Más bien es pródiga en padecimientos, injusticias y dolores. Incluso la mayoría de suicidas dan el salto a la nada, no porque odien la vida, sino porque detestan determinadas circunstancias personales o generales que les hacen pensar que no vale la pena seguir respirando. Es un autoengaño que pagan demasiado caro. Es mejor que se lo piensen antes. Siempre hay un amanecer y algo bueno por lo que seguir.
Aún así, saber que ahora ya hay más de ocho mil millones de seres humanos -en estos momentos parece que rompemos el equilibrio entre los que nacen y los que mueren- le preocupa a cualquiera. Y bastante más a los que piensan que somos un género imbécil que nos cargamos cada día especies enteras de animales (sin contar a humanos), vegetales, aire respirable, agua bebible y tierra para sembrar y recoger, todo ello a un ritmo trepidante, inconsciente y lucrativo para una minoría. Un club privado que se repite y regenera a través de los tiempos con la persistencia de una maldición eterna. Una minoría que cree –desde hace siglos- que todo lo que toca es oro y convierte al mundo que le rodea, en un negocio secular. Han cambiado las gentes y los modos, pero el resultado es el mismo, la explotación de todo lo que puede dar beneficios.
A pesar de todo esto, bienvenidos los nuevos bebés a este mundo absurdo e implacable. Muchos de ellos –según donde nacen- con un presente precario y un difícil futuro. Y son bienvenidos porque son inocentes y resilientes, no porque vayan a heredar un mundo mejor. Y porque algunos tenemos la esperanza -algo utópica- de que ellos, los recién llegados, sean capaces de mejorar nuestro destino como especie.
ALBERTO DÍAZ RUEDA