PUBLICADO EN LA COMARCA EL 240123
Si consideramos, más o menos, los 30 años como el paso de una generación a otra, la de los papás de la generación de los 60 y las del nuevo siglo pueden considerarse responsables de una innovación perversa: la de los adolescentes eternos. Tenemos en marcha dos generaciones de esos adolescentes y ellos están educando a la tercera, la de los “felices veinte” del siglo XXI. Desde el punto de vista psicológico educativo es un desastre de consecuencias imprevisibles, pues cada generación de A.E. es aún más irresponsablemente hedonista que la anterior.
Hay una desorientación flagrante en la estructura familiar, que pasó del respeto rígido en el paternalismo autoritario y la falta de comunicación, al supuesto amiguismo o compañerismo entre padres e hijos, la ausencia de respeto, el proteccionismo exagerado, la liberación de tabúes y sigue sin haber comunicación. Hay en los chicos una tolerancia cero a la frustración, más un nulo sentido de la responsabilidad, lo que suele anular la capacidad del niño y adolescente –y más tarde, joven- para tomar decisiones ajustadas a su etapa vital. Naturalmente, ni todos los padres han abandonado sus roles (por falta de tiempo o de conocimientos), ni los chicos, por el solo hecho de serlo, van a la deriva. Aquí nos referimos a los que sí.
La sobreprotección anula o limita la educación emocional del hijo. Se les rodea de confort y permisividad y se evitan medidas razonables –por ejemplo, contra el exceso de uso de pantallas y la falta de control parental- y cualquier tipo de esfuerzo adicional: hay que resolverles todos los problemas e incomodidades. Además se espera de ellos que sean unos “triunfadores” en la vida. Los chicos crecen con alergia a cualquier “no” parental y sin mecanismos de defensa fuera del círculo familiar, sin poder de adaptación a los conflictos y con “huídas” al consumo de alcohol y otras sustancias, y a experiencias sexuales a edades cada vez más tempranas (debido al consumo fácil de pornografía).
Nuestra sociedad –desde los 60 del pasado siglo- premia la figura de los padres “que lo hacen todo por los hijos”. Las miserias de los 40 y los 50 propiciaron, con el desarrollo económico, mentalidades protectoras en exceso. Hemos formado generaciones de padres “helicóptero”, que sobrevuelan a sus hijos con su sobreprotección. Pero los chicos –como todos los seres humanos- necesitan tener límites claros y justos, basados en el amor y el respeto mutuos.
ALBERTO DÍAZ RUEDA