LOGOI 360
EL PIROCENO
En varias partes del mundo, a gran escala en Canadá y Australia desde 2019 a 2023 y en “pequeña” escala en Europa, sobre todo en el sur cada año, ya hemos aprendido que el fuego no es un elemento más de los ecosistemas como las lluvias, el mundo vegetal y las especies animales, entre ellos la más animal de todas, la humana. Paradójicamente hay estudios que vinculan la privilegiada posición del ser humano al hecho de haber llegado en épocas remotas a “dominar” el fuego a su antojo, interés o maldad. Pues bien, las abrumadoras estadísticas de incendios, provocados o no, han producido un neologismo: sin dejar de vivir en el Antropoceno (hoy día se discute esa denominación), hemos entrado en el Piroceno, era del fuego, de los incendios descomunales de sexta generación. Nerón hubiese sido feliz en nuestra época. Aunque a cambio tenemos entre otros a Putin, quizá a Trump y a Millei, al que algunos le ríen las (des) gracias en esta España nuestra que cada día se disuelve más en la confusión. Todos ellos son pirómanos con otros medios, la guerra, los excesos de codicia y de ambición y la agresividad política y la falta de respeto a los derechos y deberes democráticos.
Los científicos llevan años pidiendo atención a los efectos del cambio climático en la generación de megaincendios: la sequía y a la pérdida de autocontrol del fuego que ejercían los grandes bosques tropicales con su humedad ambiental. En el siglo XXI ha aumentado la duración de la temporada de incendios no sólo en los trópicos sino en extensas áreas de Europa, América y África: un 50% en el sur de Europa, California y sudeste de Australia; un 70 % en Canadá y en la Amazonía. Una reciente investigación asegura que el aire de Europa es el más seco de los últimos 400 años. Ese es uno de los elementos que hace al fuego voraz, inextinguible. Otros son la deforestación y la acumulación de materia orgánica inflamable.
El ejemplo de los bosques boreales, Alaska, Canadá, los países nórdicos y Siberia es paradigmático: los efectos de años de sequía está acabando con la tradicional humedad de aquellos bosques. Es la sequía atmosférica sumada a la atmosférica de la falta de lluvias y la pérdida de agua interna en los árboles por evapotranspiración. Se ofrecía un dato estremecedor: desde 2019 más de 10 millones de hectáreas de taiga siberiana han sido consumidas por las llamas.
Algunos piden volver a los métodos tradicionales de quemar zonas determinadas para que ejerzan una labor de freno y dispersión de los fuegos accidentales y los megaincendios. Otros rechazan esas quemas controladas, aunque admiten que cada vez es más difícil controlar la extensión del fuego incluso con los grandes medios disponibles. Tomemos nota: precaución al máximo.
ALBERTO DÍAZ RUEDA