LOGOI 414
DECENCIA, SUS SEÑORÍAS
Decía Nelson Mandela que cuando las personas educadas y discretas permanecen calladas por cortesía y respeto a los demás, los imbéciles vociferantes y agresivos se multiplican en progresión geométrica. Debe ser por compensación: la naturaleza humana suele ir a lo suyo. En el Congreso de los Diputados y en la vida política en general lleva bastante tiempo sucediendo tal cosa, con dos agravantes: uno, que tal estado de salvajismo pseudo comunicativo ha saltado a la calle y está contagiando al personal, desde los partidos que se autodenominan “políticos” al trato social cotidiano; dos, que parece ser un síntoma más de estos tiempos desnortados afectados del corrosivo ‘trumpvirus’ que está generando una pandemia planetaria muy al gusto de las “ideologías” infecciosas de la primera mitad del siglo XX, causa y raíz de dos guerras mundiales (que no hay dos sin tres, a tenor de lo que ocurre).
Ateniéndonos a nuestra clase política –no toda, afortunadamente -, las barbaridades que se escuchan estos días en el Congreso hubiera provocado el inmediato repudio de casi todos los políticos de otros tiempos. Y hoy no hablamos de políticos de segunda o tercera fila, que es un primor el léxico descarriado que esos gastan...sino a los que “brillan” en cabeza de cartel. Lo curioso es que por todos los frentes de la batalla general del hemiciclo no cesa de mencionarse una palabra, “decencia”, que de forma indecente se arrojan unos a otros como proyectiles. Desde las salas de prensa a las mismísimas bancadas de las Cortes, una caterva de individuos agresivos van haciendo cada día más difícil la convivencia y la labor profesional en la Cámara. Y a propósito, los periodistas llevan ya cuatro años pidiendo protección ante supuestos colegas, con acreditación incluida, que les hostigan e insultan y difunden por el Congreso la sentencia de que hay que defender “su” libertad de prensa - no la de todos los demás- y que los informadores “de verdad”, más que víctimas, son los causantes del malestar. Parece que se prepara una reforma del Reglamento para cribar la autenticidad sesgada de tales individuos.
Pero eso es “peccata minuta” comparado con el rifirrafe de los políticos profesionales, en todos los niveles, con intervenciones con referencias insultantes de tipo personal o familiar, descalificación moral, gestos procaces, gritos soeces, aplausos a los más groseros... ¿Saben sus señorías que constituyen un ejemplo pernicioso? Corrompen y deshumanizan el ejercicio de la política. Están ustedes causando un mal irreparable a la vida social, al sentido de la decencia, la educación y la cortesía de este país. La escena, entre otras y otros, que protagonizaron los dos líderes en el Congreso el miércoles pasado es una vergüenza nacional e histórica que resume el desvarío de esta época crepuscular y augura males mayores. Quizá debamos pensar que es mejor un fin con horror que un horror sin fin.