LOGOI 406
80 AÑOS: A PEOR
Hace 80 años del fin de la Segunda Guerra Mundial, una de las contiendas bélicas que produjo más millones de víctimas en todo el mundo. Tras el suicidio de Hitler en un búnker el 30 de abril de 1945, simbólicamente se abría un cambio histórico para la Humanidad. Incluso muchas mentes lúcidas apostaban que la segunda mitad del ominoso siglo XX sería una época de progreso, paz y solidaridad entre las naciones, los pueblos y las razas. El espejismo duró muy poco. Ni siquiera la sombra fatídica del III Reich y los fascismos, llegó a disolverse en el polvo de la ignominia. Hace poco escribió un historiador alemán: “nunca ha habido tanto Hitler como ahora”. El resurgir de los figurones del horror no es una anécdota...
El siglo XXI no heredó el temor mundial que provocó aquella guerra infame, sino, muy al contrario, ha permitido que otras generaciones olvidaran los errores que cometieron sus padres y abuelos, para rememorar aquellos regímenes políticos, dictaduras genocidas, con el ansia de repetir la historia desde una pretendida “modernidad”. El único fruto político de la primera mitad del siglo XX, el ansia de democracia, solidaridad y progreso, se ha podrido en el árbol, sin llegar siquiera a ser cosechado. La pregunta es, ¿en qué nos equivocamos la generación que nació en la segunda mitad de los 40 y los 50? ¿En qué se han equivocado nuestros hijos y nietos? ¿Cuáles han sido los errores que llevan a las generaciones posteriores a desear volver a los tiempos del horror? ¿Qué permisividad perniciosa, qué excesos de confianza, qué olvido de los valores y los principios más esenciales para garantizar la paz inter comunitaria, han sido conculcados, casi sin percatarnos, para convertir el mundo en un nido de serpientes?
¿Qué podemos celebrar en este 80 aniversario de la capitulación nazi ante los aliados occidentales? Nada. Como decían los judíos, es hora de derramar lágrimas y rasgarse las vestiduras. A partir de los 50, llegarían Corea, Vietnam, Irak, Afganistán, las purgas de Stalin, Pol Pot... y más tarde los triunfos ascendentes de las ideas fascistas en los regímenes democráticos. Y ni siquiera quedan ya testigos de aquellos horrores. Aunque tampoco se les escucharía. Todo se convirtió en piezas de museos, libros y películas. Mientras, en muchos países hay sectores que se hunden en el lodazal de una revalorización de aquél pasado infame, como si todo el sufrimiento humano que produjeron no hubiera servido para nada y se convirtiera en una narrativa histórica “superada”. Ya no se espera ninguna ayuda, como la norteamericana de los 40, pues Trump y su equipo, resultan ser una grotesca copia de algunos líderes de aquellos años. El símbolo de este aniversario es tan penoso y banal como el mal que denunció Arendt, o como esos turistas que se hacen sonrientes “selfies” en Auschwitz.
ALBERTO DÍAZ RUEDA