LOGOI 407
¡AÚPA HARVARD!
El Gobierno trumpista ha prohibido a Harvard que admita estudiantes extranjeros y ha amenazado de expulsión a los que están actualmente, revocando sus permisos de estancia. La Universidad ha demandado al Gobierno y pocas horas más tarde una jueza federal de Boston ha bloqueado la orden firmada por Kristi Moen, secretaria del Departamento de Seguridad Nacional. A la hora de escribir este artículo, las espadas siguen en alto.
Creo que en el mundo -y particularmente en Estados Unidos- es muy necesaria una vacuna contra la estupidez. El problema es que ése es uno de los pocos países que tiene el entramado universitario –científico, técnico e intelectual- que podría dar con una tan necesaria vacuna. Y, seguramente, algunas de las mentes capaces de hallarla, aunque no sean necesariamente norteamericanas, habrían pasado sin duda por las aulas de Harvard. Claro que no bajo la presidencia de un ególatra paranoico que está librando su particular batalla contra esa universidad excelente y mundialmente reconocida. ¿Cuál es el motivo de tal inquina? ¿Una merma o deterioro del nivel de calidad del centro y su profesorado? ¿El descrédito o desprestigio de su sistema y programa de enseñanza? ¿Algún escándalo financiero con los apoyos y ayudas que una entidad de ese tipo recibe? Nada de eso. No hay ni la sombra de una duda al respecto. La razón es otra: Harvard se ha negado a ser supervisada por Trump, empeñado en su mesiánica purga de ideas, el control del profesorado y limitar las libertades del alumnado. Algo sin precedentes en ese país. Previamente se había congelado la ayuda federal a la Universidad -2.700 millones de dólares- y se amenaza con rescindir la exención fiscal que disfruta. La ex gran potencia mundial se ha convertido en el instrumento de un presidente con maneras y vocabulario de matón, comportamiento mafioso y un descaro asombroso a la hora de aprovechar su cargo para enriquecerse personalmente, sin que nadie ose denunciarlo y sacar a la luz el chanchullo gigantesco de sus empresas y las de sus amigos, que lo respaldan por una simple cuestión de intereses económicos y una política primaria y desequilibrada de cuño casi estalinista.
Hay mucho en juego con este desafío. Está jugándose el futuro de la educación superior en Estados Unidos y con ella la completa ruina de un prestigio técnico, científico e intelectual, que era uno de los valores más necesarios para el progreso del país en todas esas áreas (lo cual paradójicamente, puede producir un trasvase de talento hacia Europa). Si eso se produjera, dada la actual marea política de radicalización ideológica, sería un motivo para empezar a frenar esa tendencia. Hay que recordar que tras las elecciones en Portugal, Rumanía y Polonia, con triunfos ultras, lleva a esa ideología agresiva a crecer en 20 de los 27 países de la UE. Por tanto, sólo nos queda decir: “Aúpa Harvard”.
ALBERTO DÍAZ RUEDA