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EUROPA, UNA Y LIBRE
Tal y como van las cosas en el mundo, de vez en cuando hay que leer a Michel de Montaigne (1533-1592). Él calma la ansiedad y nos contagia su sensatez clarividente. En uno de sus textos, escribe sobre el reciente, entonces, descubrimiento del Nuevo Mundo y el pensador teme el desequilibrio que puede crear en el universo el contacto de dos mundos en tan diferente estado de desarrollo. La colonización del Nuevo Mundo por el Viejo no presagiaba nada bueno, pues la corrupción de la vejez europea afectaría a la inocencia de América, provocando una evolución dañina sujeta a principios erróneos. Es lo lógico dado que Europa no conquistó a los americanos por su superioridad moral, sino por la brutalidad y la codicia.
La vieja y supuestamente sabia Europa está sufriendo ahora en sus propias carnes esa aceleración decadente de la joven América, cuyas etapas se han acelerado brutalmente y tras sus pasados esplendores, durante los que abanderó e incluso protegió a la cansada Europa, ha entrado en la decadencia ética de la vejez sin sabiduría. Sin haber gozado de una etapa clásica, brillante e innovadora, ni una edad Media con muchos defectos y algunos valores, ni un Renacimiento o una Ilustración u otros movimientos culturales o humanísticos. Y ahora afronta la decadencia moral, política y de prestigio, que lidera Trump y su equipo, en la que muchos ven una repetición de las grandes frustraciones ideológicas de la I y la II guerra mundial, excepto en el ambivalente y descontrolado espíritu tecnológico de esta época.
Europa se ha convertido en el último bastión democrático, amenazado en su propio seno por el auge del poder de las derechas extremas que están recibiendo ayuda y empuje del autoritarismo de las grandes potencias, ya unidas por el mismo sesgo antidemocrático, Estados Unidos, Rusia y China. A pesar de ese horizonte sombrío, la mayor parte de Europa sigue siendo el referente de la convivencia civilizada, del anhelo de libertad personal y global; depositaria de una cultura y una sabiduría de siglos; monumental y cercana - sin chovinismo- al resto del mundo. Aunque tenga –lo reconocemos y sufrimos todos los europeos- muchos de los defectos de la vejez: el exceso de burocracia, lentitud de reflejos, excesiva afición al debate, nacionalismos excluyentes y una deriva penosa –causada por ciertos políticos- hacia el proteccionismo y el rechazo al “de fuera”. La Unión Europea, su nave capitana, debe tomar el mando. Por eso es el momento de levantar la voz y las voluntades hacia la protección de esa idea matriz tan poderosa: No dejemos que Europa se convierta en un satélite de las potencias neofascistas y el despotismo oriental. Mantengamos las fronteras porosas y tengamos una sola voz. Como dijo Borges: “Tomemos la extraña resolución de ser razonables. Olvidemos nuestras diferencias y acentuemos nuestras afinidades”.
ALBERTO DÍAZ RUEDA