“LA MONTAÑA MÁGICA” DE THOMAS MANN, CUMPLE 100 AÑOS
Narra la historia del joven Hans Castorp y su evolución personal, durante un largo internamiento en el Sanatorio antituberculoso de las montañas de Davos
Ustedes se preguntarán: ¿Qué tiene de particular esta novela escrita muy laboriosa y lentamente por un escritor alemán hace más de cien años? Primero, que se trata de un Premio Nobel (1929), aunque lo recibió por “Los Buddenbroks” no por “La montaña mágica” ni por “Muerte en Venecia”. Eso se debió a la oposición de algunos intelectuales y médicos que formaban parte del Jurado del Nobel y aún recordaban la historia reciente de Alemania. Sin embargo aparte del valor literario de sus obras conviene destacar un hecho que da la medida de la excelencia del intelectual comprometido: adoptó una actitud insobornable y ética contra el poder nazi, viéndose obligado a exiliarse, como tantos otros de sus colegas, aunque no era de origen judío. Se trata, pues, de una gran figura de la literatura mundial y una personalidad humana digna de respeto. Cierto, dirán ustedes, pero “La montaña mágica” es, simplemente, otra gran novela, a la altura del “Ulyses” de James Joyce, de “La muerte de Virgilio” de Hermann Broch o de “El hombre sin atributos” de Musil. Pues bien, sí y no. Es una gran novela, pero no es “una más” y sí está a la altura de las novelas citadas, y en algún aspecto –en la historia de la literatura- las supera. Les aconsejo leer todas estas novelas y dejar la de Mann para la última lectura, a fin de comprender que la maestría de este escritor es irrepetible, tiene una singularidad propia que emana de la época que vivió y del lugar en que nació, del carácter acomodado de su familia y del conjunto de caracteres psicológicos, naturales o adquiridos que moldearon sus ideas y sus acciones. Ojalá usted que me lee, se atreva a hacer la prueba que les propongo. Le garantizo un gran placer y un profundo enriquecimiento personal. Aunque, por honestidad profesional, tengo que hacer una advertencia obligada: lo anteriormente dicho depende muy directamente de la clase de lector que sea usted. Y me temo que también de su edad, aunque con las debidas excepciones. Si usted rebasa los 40 años y ha sido lector toda su vida, la lectura de esa novela le encantará. Y posiblemente me dé la razón en mi aventurada apuesta. Si tiene menos de esa edad –ya sé que todo esto es muy arbitrario y hay que aceptar excepciones- se le hará muy cuesta arriba leer las obras maestras citadas, incluida tal vez “La montaña mágica”, aunque, paradójicamente, preferirá ésta al “Ulises” o a “El hombre sin atributos”.
En 1911, a los dos años de casado, Thomas Mann visita a su esposa Katia que está internada en el sanatorio antituberculoso Wald de Davos-Platz en el cantón suizo de los Grisones. El ambiente trágico-dramático que se respira entre los enfermos y los médicos y enfermeras, entre la curación y la muerte, entreverado de una extraña vitalidad social y erótica, le impresiona y le inspira vivamente. Hace dos visitas a su esposa hasta su curación y mantiene una nutrida correspondencia con Katia, que le informa detalladamente del ambiente que se vive en el Sanatorio y de las costumbres, anécdotas y líos entre los enfermos. Mann, en su última visita a su esposa, que fue dada de alta un par de meses después, fue abordado por el director del centro, que le sugirió que dado su presunto estado –el escritor estaba pasando un fuerte resfriado con tos- debería quedarse “unas semanas” en el sanatorio para evitar males mayores. Mann rehusó cortésmente. Cuando regresa a su domicilio, comienza con un proyecto de novela corta, en el que espera contraponer el drama humano de la supervivencia en el escenario casi mágico de las montañas alpinas, entre la agobiante presencia fantasmal de la muerte y el deseo de vivir, como una fuerza primaria casi animal, que trata de luchar contra esa presencia amenazante, rara vez de forma victoriosa. Una especie de drama satírico o contrapunto humorístico a “Muerte en Venecia” que había publicado en 1912 con gran éxito.
Pero en este caso no se trataría de una novela corta, sino de una obra magna que tardaría doce años en coronar –apareció en 1924, hace un siglo, y se vio interrumpida en varias ocasiones por las duras circunstancias de la I Guerra Mundial y los contradictorios efectos que tuvo en el escritor- y sería considerada la mejor de sus obras, una novela merecedora de aupar a su autor al codiciado Premio Nobel, que recibiría en 1929 por el conjunto de su obra. La novela narra la estancia en el citado balneario de su protagonista, el joven Hans Castorp, un ingeniero recién titulado, que aplaza el comienzo de su trabajo en la empresa familiar para pasar unos días con su primo, un joven oficial militar aquejado de una seria tuberculosis. Pero en su estancia, cuya duración va ampliándose a un ritmo concordante con los síntomas físicos y psicológicos que Castorp va padeciendo: “la cabeza caldeada, el mal gusto en la boca, las palpitaciones arbitrarias de su corazón”. En principio son achacadas por él mismo a “dificultades de aclimatación”. No mucho tiempo después, los síntomas se recrudecen y el médico jefe le manda hacerse una “sesión de rayos X” donde –además de sus huesos, cosa que maravilla a Castorp, que filosofa sobre ello, ya aparecen las sombras de la enfermedad. La novela refleja no sólo la idiosincrasia peculiar de otros enfermos con los que el protagonista se relaciona, sino que como un fondo magistral, en comentarios y hechos filtrados por el paso del tiempo y el aislamiento del “mundo normal”, va mostrando un retrato lúcido, inteligente y crítico de los problemas ideológicos, políticos, económicos y sociales de una Europa que aún ignora que se está precipitando inconscientemente a la carnicería total de la Primera Guerra Mundial. Así que esta novela no sólo es un soberbio “Bildungsroman” –término acuñado por Goethe que designa una novela de aprendizaje o de educación del protagonista-, sino una sugestiva narración de fondo filosófico donde temas como el tiempo, la enfermedad, la muerte, el amor, la estética, la sociedad y sus defectos, el nacionalismo y el militarismo, son analizados para mostrar el escenario bélico donde moriría Castorp, poco tiempo después de abandonar el sanatorio, en el que estuvo siete años, “un instante ante el vendaval de la historia”. Mann deja claro que la trama de su novela es anterior a la Gran Guerra, “con cuyo estallido comenzaron muchas cosas que, en el fondo, todavía no han dejado de comenzar” escribe Mann, quizá preludiando lo que unos años más tarde, a partir del 33, le supondría no sólo la pérdida de su hogar, honores y posesiones, sino el estallido de la II Guerra mundial, aún más mortífera e inhumana y también su propia permanencia en Alemania, su nacionalidad alemana ( se le retiró ésta por orden gubernamental nazi en el Año Nuevo de 1937) y el exilio en Suiza (donde moriría, años después, el 12 de agosto de 1955) y en Estados Unidos, como aconteció a otros muchos grandes de la literatura alemana, Stephan Zweig, Hannah Arendt, Walter Benjamin, Herman Hesse, Emil Ludwig o Bertolt Brecht, (no sólo judíos, sino izquierdistas), entre otros muchos menos afortunados que murieron o pasaron por los “lager” y campos de exterminio nazis, como Primo Levi.
Pero volvamos a “La montaña mágica”, que fue considerada la obra más representativa y lograda de Mann, Comiencen su lectura. Entra en escena el joven ingeniero Hans Castor que hace un viaje en tren por las montañas alpinas hacia un sanatorio donde está internado su primo Joachim Ziemssen, sin sospechar que sus dos o tres semanas de camaradería familiar juvenil se iban a dilatar durante siete años en un ambiente “mágico”, en el sentido de situarse fuera de las borrosas lindes de la realidad, muy lejos de lo corriente, banal y propio del mundo exterior, lo que todos los internos resumían con una expresión: “las gentes del llano”. En las alturas donde se encuentra el sanatorio todo es sutilmente distinto, un mundo sujeto a otras reglas y costumbres, surcado por la sombra ominosa de la enfermedad y la muerte, pero también de unos anhelos, reflexiones y sensaciones que trastocan e influyen en su mente y en su cuerpo, forjando un cambio radical físico y espiritual.
Al estilo de su admirado Flaubert, Mann usa una prosa descriptiva, minuciosa y brillante, que nos muestra detalladamente las actitudes y comportamientos, incluso los supuestos pensamientos de las personas y describe con precisión de geógrafo, biólogo o psicólogo, paisajes, situaciones y anécdotas que no cesan de producirse en el cerrado universo de enfermos y cuidadores o visitantes; todos ellos integrando una especie de logia o hermandad, donde la escala de valores y de principios morales o sociales son supeditados a un solo elemento: la presencia total, profunda, omnipresente, de la enfermedad y la muerte y, por tanto, la reacción vitalista - negociadora o combativa- del anhelo y la esperanza de vivir. La mirada del novelista profundiza en los procesos psicológicos, emotivos y relacionales de los personajes de una forma magistral, plena de una comprensión y ternura que elimina toda frialdad crítica. Ejemplo de ello es el apasionado amor que Castorp siente por la peculiar Madame Chauchatt, otra enferma, a la que tras seis meses de intensa cristalización de sus sentimientos, los hace culminar un martes de Carnaval (la “noche de Walpurgis”) en una declaración soberbia de amor y exaltación (por cierto, todo el episodio fue escrito por Mann en francés, considerada la lengua elegante y culta en el sanatorio).
Debo resaltar un detalle curioso –y significativo por aludir a un asunto poco conocido en la biografía de Mann- que se describe en través de un recuerdo, una alteración de la cronología lógica de la narración, en el capítulo II de la primera parte. Es la única narración que nos lleva a la infancia de Carstop, una rememoración provocada por el parecido del rostro de su amada con el del pequeño Pribislav, un compañero del colegio infantil al que asistió, por el que se sintió muy atraído. Este y otros detalles literarios –“La muerte en Venecia” el más evidente- hizo que algunos biógrafos citaran con cautela y prudencia la probabilidad de que Mann tuviera inclinaciones homosexuales, a pesar de su feliz matrimonio y sus dos hijos.
Pero no son únicamente las cuestiones emocionales las que reciben un magnífico tratamiento en la novela. Más bien, estas pasan a ser anecdóticas, ya que la principal aportación de Mann es el logro literario de reflejar el ambiente intelectual crítico, variado, profundo, apasionado y respetuoso. Para ello usa con preferencia a dos personajes –dos intelectuales- mucho más que secundarios: los profesores Naphta y Settembrini, Las conversaciones y controversias que Castorp mantiene con ambos, los convierte en dos formas diametralmente opuestas -pero complementarias, filosófica y literariamente-, de concebir la existencia y las maneras de afrontarla o analizarla; la presencia inmisericorde del tiempo, no solo el cronológico sino, con preferencia el psicológico: las impresiones de fugacidad o eternidad que alteran nuestra percepción y nuestras emociones y se reflejan de forma muy hábil en la narración de Mann. Aunque sin olvidar los sucesos del mundo cerrado del Sanatorio, el amor, la amistad, las actitudes de rechazo o de aceptación, la misma enfermedad y la muerte, vistos desde dos mentalidades radicalmente opuestas en las dos figuras en conflicto permanente, el humanista Settembrini y su violento antagonista, el profesor latinista Naphta, un judío converso educado por los jesuitas, de una dureza lógica implacable y fanática. Los dos parecen constituir parcelas no analizadas, ni desechadas, en la despierta psique juvenil de Carstop. Ese Jano de dos caras, es comparable a su creador, Mann, un epicúreo con actitudes estoicas que ama la vida, el deporte, la bebida, el fumar y los goces de la carne, todo ello regido por el humanismo, el amor a la libertad y al derecho y una moral práctica basada en hacer el bien y comprender las debilidades humanas, empezando por las propias. El mismo Mann en un comentario sobre esta obra y uno de sus elementos esenciales, el tiempo, escribe: “Los grandes espacios de tiempo cuando su curso es de una monotonía ininterrumpida, llegan a encogerse en una medida que espanta al corazón: cuando los días son semejantes entre sí no constituyen más que un solo día y con esa uniformidad la vida más larga sería experimentada como muy breve”.
Los personajes secundarios –aunque relevantes- de la novela tienen una fuerza prodigiosa para encarnarse en la imaginación del lector: enfermos de ambos sexos, médicos, enfermeras: todo un rosario de personas que cogidas de la mano parecen bailar la danza medieval de la muerte en un paisaje sobrecogedor, de mágica belleza. Entre ellos cabría destacar al holandés Peeperkorn, Pieter, que aparecerá en la segunda parte acompañando a Madame Chauchatt, que regresa al sanatorio tras una larga ausencia. Ese regreso reaviva el breve amorío, consumado, con Carstop. Destaca la extraordinaria personalidad del poderoso -personal y financieramente hablando- holandés, que acaba simpatizando con Castorp. Ambos se confiesan la importancia que tiene para ellos el amor por la Chauchatt, pero apartan toda rivalidad y se declaran amigos de por vida. Sin embargo, Mann guarda un as en la manga y nos lo hará saber a su debido tiempo. Dejo el tema en este punto para incitar al lector de CyC a que lo descubra por sí mismo con su lectura.
Es en Naphta y Settembrini en los que se sustenta más la dinámica intelectual de la novela. Son dos formas de ver la vida, no sólo opuestas sino irreconciliables entre sí. Hay constantes discusiones, a veces feroces, entre los dos personajes. Tras una de ellas se retarán a un duelo a pistola. Settembrini disparará al aire y Naphta, enojado y frustrado, se disparará a sí mismo en la cabeza. El primero filosofa y sugiere la acción. Y el segundo se declara contemplativo sin negar la acción como última instancia pero siempre obedeciendo la racionalidad más absoluta. Para Settembrini el futuro deseable es una República universal y para su rival, un muy especial “reino de Dios”. Naphta es un judío converso, un jesuita que vive una vida de asceta, rodeado de arte y lujos, y afirma creer en la teoría geocéntrica de Ptolomeo y en el heliocentrismo de Copérnico. Tiene la violencia y el surrealismo mental de un hippy californiano amigo del LSD, anarquista, enemigo de las instituciones, del capitalismo y de la burguesía, que pretende volver a un orden medieval en la vida. Y el italiano es como un Borgia, irónico, dogmático y también austero, radical, consecuente e idealista. Cree en el trabajo firme, la actividad creativa, la tolerancia y los derechos humanos. Pero también en la necesidad de la guerra y en los nacionalismos. Naphta lo considera un “intelectual de la burguesía”.
Ante todo lo dicho no sorprende que los nazis acusaran a esta novela de “elogio de la decadencia burguesa” y “difamadora del heroísmo militar”. Pero hay un misterio sin resolver: la novela no figuraba en la Lista Negra de Goebbels y nadie ha podido demostrar que en la tristemente famosa quema de libros del 10 de mayo de 1933, estuviera “La Montaña mágica” (aunque sí estaba, al parecer, “Los Buddenbrook”).
Paradójicamente la novela fue un auténtico autoanálisis para Mann. Escrita en su mayor parte durante la I Guerra Mundial y terminada durante los años dramáticos de la Alemania vencida, produjo en el escritor un ajuste de ideas, un sentido nuevo de la política y la existencia: el patriota conservador, esteticista y antidemocrático –que reflejaron algunos de sus personajes, incluido Castorp- evoluciona hacia un humanismo parecido al de Settembrini con el pesimismo de Naphta y la esperanza en que el mundo nuevo resurja de las cenizas. O no. Cosa que en la novela se concretará en el detalle de no relatarnos la historia de cómo fue la muerte de Castorp en las trincheras.
Lo más importante que ha de saber el lector es que sumergirse en “La montaña mágica” es un viaje de esfuerzo durante más de 900 páginas, pero que una vez pagados los derechos de entrada –las primeras 200- si uno persevera, cada vez le costará menos la lectura y disfrutará más hasta llegar al final y comprender que ha dado cima a una historia-mosaico que nos hace entender el siglo XX y nos deja entrever por qué el XXI se ha convertido en la barbaridad que es, a pesar de todos los adelantos técnicos que supuestamente nos facilitan la vida. Y se quedarán ustedes con una cadena florida de instantes preciosos: el episodio de Castorp y los rayos X, la declaración amorosa a Madame Chauchatt, el capítulo “Nieve”, la muerte de Joachim, la amistad con el rival amoroso holandés, el duelo entre Settembrini y Naphta, o la escena bélica final con el fondo sonoro del lied del tilo de Schubert... Y percibirán, quizá, algo que yo he sentido vivamente durante mi reciente lectura de “La montaña...”, el secreto del atractivo de Mann se debe al empleo de la ironía como regulador estético. La grandilocuencia y solemnidad de sus ideas, envueltas en un amable escepticismo que las descarga y aligera relativizándolas, eludiendo lo patético, lo gesticulante, lo declamatorio de su prosa finisecular. Como escribió en “Sobre mí mismo”: “...al artista no le va comportarse con excesivo empaque y solemnidad, porque, en el fondo de su carácter, está lo infantil, primitivo y juguetón, eso que se llama ‘talento’ y sin lo cual, por mucho espíritu y mucha moral que se tenga, no se es artista”.
Lecturas: “La montaña mágica” (2 tomos), Círculo de Lectores, 1969, traducción Mario Verdaguer.
“Obras escogidas”, Thomas Mann, Biblioteca de Premios Nobel. Aguilar 1967
“Sobre mí mismo”, Thomas Mann. Ediciones Paradigma. 1990
“Schopenhauer. Nietzche. Freud”.- Thomas Mann, Bruguera. 1984
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