Overblog
Seguir este blog Administration + Create my blog
23 marzo 2020 1 23 /03 /marzo /2020 10:04

Hasta el 11 de abril, sábado, se prorroga el estado de alarma. Creo que debería cambiarse la nomenclatura oficial: es más apropiado hablar de estado de alerta que cumple mejor con los objetivos: hay que implementar las medidas de alerta hasta el máximo y evitar que la gente se alarme demasiado y no entre en pánico histérico, aunque quizá ya sea tarde para hablar de ello.

En este momento hay 168 países infectados y 330.000 casos de contagio en el mundo en una curva ascendente. Con países con líderes populistas y aislacionaistas como Estados Unidos e INglaterra que se mofaron en principio del Covic y ahora empiezan a tomar medidas aunque suaves, o como Méjico y Brasil que creen que la cosa no va con ellos o la India con mil millones de habitantes que declaran una especie de toque de queda que los recluye de día y los libera de noche y no saben qué van a hacer si la pandemia se les dispara. En muchísimos lugares del mundo carecen de agua y jabón.

¿Cuesta tanto entender que el Covic es una pandemia y que nos concierne a todos los seres humanos? ¿El "Me first" -primero yo- de Trump no resulta ser una cretinez mayúscula ante un virus que no entiende de yos sino de nosotros? Cualquier persona medianamente culta sabe algo que está inscrito en nuestra herencia filogenética, que nos viene desde la edad ancestral del hombre prehistórico y que es una de las razones de que existamos hoy día como especie: el apoyo mutuo es un mecanismo instintivo de supervivencia. Que alguien haga razonar a esos líderes anclados en el eslabón perdido, el primate a la espera de la chispa de la razón.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Compartir este post
Repost0
22 marzo 2020 7 22 /03 /marzo /2020 11:12

¿Tiene el hombre futuro? Eso se preguntaba Bertrand Russell en 1961, en plena guerra fría (que resultaba ser tórrida y amenazante hasta la pesadilla). El libro como muchas de las ideas de Russell ha quedado un poco obsoleto (no del todo) pero permite una lectura comparativa sumamente interesante en las circunstancias actuales. Me he quedado con un  par de frases que han provocado en mí algunas reflexiones. Una dice "En los estados de terror, la mayoría de las personas no piensan con sensatez sino que reaccionan de forma instintiva, animal", Y, contra  los que argumentaban a favor del uso del armamento nuclear de forma preventiva "antes de que los otros lo hagan", aun sabiendo que eso significaría el fin casi seguro de la Humanidad, Russell trataba de rechazar la razon que avalaba tal suicidio, según esos políticos norteamericanos, ingleses o rusos: "no se puede evitar: forma parte de la naturaleza humana". El pensador inglés escribía: "La llamada Naturaleza humana es, fundamentalmente, el producto de la costumbre, la tradición y la educación y que en los hombres civilizados, sólo una pequeñísima parte de ella depende del instinto primitivo".

Dejando aparte al poder político en España que reaccionó tarde y mal a la gestión y prevención de la crisis virus coronada, a pesar de los avisos en piel ajena, la ciudadanía -con deshonrosas excepciones- está dando ejemplos masivos de cooperación, asunción de precauciones y respeto a las medidas dictadas por un poder, que ahora ya sí -también con deshonrosas excepciones - trata de reparar activamente el mal causado por la desidia ejecutiva anterior. Por tanto ¿qué es lo que falla en nuestra Naturaleza para que se de una vergonzante alta suma de individuos insolidarios, estúpidos, irresponsables y que constituyen un peligro para el resto de lacomunidad humana? La costumbre -envilecida y deformada por un estilo de vida basado en el interés del sujeto, en el consumo y en el valor del dinero-, la tradición...desaparecida u obsoleta y la educación, dirigida al conocimiento técnico, la praxis del provecho personal y la ausencia de valores éticos.

Compartir este post
Repost0
21 marzo 2020 6 21 /03 /marzo /2020 12:18

 

Tenía que ser Mauricio Wiesenthal quien se atreviera con Rilke, dedicándole unos cuantos años de estudio para desentrañar la complejidad muchas veces casi inabordable del gran poeta alemán. El subtítulo del libro, "El vidente y lo oculto" responde a la clave de la obra entera de Rilke, que según M.W. es "un viaje nocturno a la memoria". No en vano el mismo poeta aseguró con respecto a sus "Elegías", "No me gusta que consideren esta obra la labor de un escritor, porque soy un vidente". W. enfatiza en su introducción que Rilke era "un hombre radical entregado al Absoluto de su poesía, desclasado, distante, contradictorio, psicológiamente complejo y muy inadaptado al mundo que lo tocó vivir". Y añade: "interpretó un papel inciático y sacerdotal, sacrificando la propia vida ritualmente con una voluntad obsesiva. Fue...un impostor y un actor...que luchó con la conciencia de que cuando los sentimientos se llevan al extremo...nos redimen y se convierten en su contrario...así el dolor en amor, el pesar en alegría, lo oculto en revelación y la apariencia en realidad".

Wiesenthal escribe una obra compleja e híbrida, donde lo biográfico se convierte en novela y ficción, las referencias personales en narrativa íntima y poético libro de viajes, un mar de referencias literarias y reflexiones y consideraciones de tipo filosófico, literario o político que convierten el libro en un continuo lujo cultural, un periplo por el pensamiento mágico, el arte ocultista y misterioso, el mundo de los símbolos, de los enigmas, de la historia y las leyendas. Wiesenthal no sigue un orden coherente, una disciplina narrativa, se deja simplemente llevar por su volcánica inspiración, el fuego cruzado de su extensa y profunda cultura, sus vivencias, sus amigos, sus admiraciones, sus rechazos y sus obsesiones. Es tanto una biografía de Rilke como una autobiografía sentimental, sensitiva y poética de Wiesenthal, una especie de Hombre del Renacimiento que asoma la nariz en el siglo XXI aunque el resto de su cuerpo, incluido el privilegiado cerebro están en el arco del XIX y el XX. Por eso las frecuentes interpelaciones directas o indirectas del autor al lector, sus reflexiones "impertinentes" sobre los más variados temas (el de la mujer es uno de los más visitados) constituyen uno de los activos de este libro torrencial que se lee como si uno estuviera manteniendo una escucha activa del mismísimo Wiesenthal que rememora su pasión por el poeta Rilke y el mundo que le rodeó. Al fin y al cabo nos advierte en su introducción: "...no sería sincero si, después de haber estudiado y leído a Rilke durante muchos años, no aportase mi propia versión -a despecho de tantos admirados maestros que ya lo han hecho- apoyada en una rigurosa bibliografía, en la lectura de cartas y documentos -algunos inéditos- y en el conocimiento muy directo --existencialmente diría yo- de su vida y su obra, de sus ambientes y amistades, de los lugares que frecuentó y del conflictivo momento histórico en el que vivió"

Es, pues, un libro muy personal, que se resiste a ser encuadrado en un género determinado, realizado tres un aporte erudito de datos espigados a lo largo de treinta años de investigación en torno a la vida y obra del poeta Rainer Maria Rilke, mezclados con recuerdos, reflexiones y opiniones del propio Wiesenthal. Como en los libros de Sándor Márai o de Stefan Zweig, nuestro autor nos presenta una nostálgica y minuciosa visión del ocaso de la vieja civilización europea. Rilke, en este aspecto por un camino distinto que los dos narradores citados, basa su testimonio en lo invisible, en esa difícil y mistérica unión entre lo humano y lo divino. Y siempre bajo una encarnadura vital contradictoria, paradójica y débil. Rilke vivía de sus mecenas, de las mujeres a las que no sabía amar pero si seducir, de una falta sonrojante de principios y de ética política y personal. Pero aún así o precisamente por ello se convirtió en el símbolo de la decadencia secular y de una cultura específica, multiforme y peculiar. Una espécimen de intelectual europeo, desclasado y menesteroso capaz de vivir a expensas de mecenas o mujeres, frecuentar los salones más aristocráticos desde San Petersburgo a París o Venecia, y gozar de la amistad de artistas, escritores, políticos y poderosos nobles o financieros, como Rodin, Valéry, Zuloaga o la interesante Lou Andreas-Salomé, una de las muchas "Reinas de la Noche" -así las llama Wiesenthal- del poeta. o la princesa Marie von Thurn und Taxis.

Wiesenthal ha convertido este libro en un alegato personal de gran fuerza y perceptible admiración y entusiasmo. Tan absorbente que a veces uno no sabe si Rilke habla por W. o éste se pone en lugar del poeta. Una cierta confusión entre autor y biografiado, una relación parasitaria que suele acabar en una frase irónica o una observación mordaz del autor, que entiende y así nos lo hace saber que en todo caso la misión que se auto ordenó Rilke superó en mucho las posibilidades del poeta.

Wiesenthal que "acompañó" literariamente a Goethe en Weimar, a Mozart en Salzburgo y Viena, a Nietzsche en Sils-María, a Tolstoi en Iásnaia Poliana, a Byron en Venecia o a Keats en Roma, está tan familiarizado con las grandes figuras y su entorno que convierte a este libro sobre Rilke en la Joya de la Corona de toda su amplia y diversa obra literaria.

FICHA

RAINER MARIA RILKE (El vidente y lo oculto).- Mauricio Wiesenthal.- Ed. Acantilado.- 1157 págs. ISBN 9788416011780

Compartir este post
Repost0
18 marzo 2020 3 18 /03 /marzo /2020 19:10

El cubano José Carlos Somoza ha dado una excelente vuelta de tuerca al casi género literario que conforma la legión de escritores que a la sombra de sir Arthur Conan Doyle y su criatura Sherlock Holmes han puesto su granito de arena narrativo al gran monumento rocoso de las novelas basadas en el genial detective y su no menos grande creador.

“Estudio en negro” (guiño al “Estudio en rojo” nombre de la primera novela de Sherlock) es más que un buen “pastiche” literario. Es una novela con derecho propio que combina con sabiduría los personajes históricos reales—el doctor Conan Doyle—con un presunto antecedente real de Holmes, un tal señor X , paciente en una clínica para caballeros adinerados. La narradora es una enfermera de dicha clínica Anne McCarey que se hará cargo de los cuidados del mentalmente perturbado señorX, que al margen de su presunta patología tiene una inteligencia deductiva a la altura de Holmes.

Con esos tres personajes básicos, Conan Doyle, el señor X y la enfermera McCarey y una buena tropa de secundarios dibujados con esmero por Somoza, se monta ese gran guiñol, a veces excesivo (la trama conspirativa de los Diez) en el que resalta la habilidad de Somoza para los golpes de efecto en los giros imprevistos de la acción, su respeto por el Canon holmesiano y el excelente retrato psicológico que nos brinda de la enfermera McCarey y su dura relación amorosa con un borracho agresivo y su curiosa fascinación por el desdichado aunque inteligentísimo señor X. Los asesinatos de varios mendigos y un niño que tienen lugar cerca de la clínica sirven a Somoza como excelente pretexto para brindarnos un retrato inmisericorde de la hipócrita y depravada sociedad victoriana y de los barrios bajos de Portsmouth.

Quizá Somoza podría haber refrenado su inclinación morbosa hacia los golpes de efecto e imitar el sabio equilibrio de Conan Doyle para evitar exageraciones innecesarias al final del recorrido novelesco.  Pero, en fin, eso es cuestión de gustos.

 

FICHA

ESTUDIO EN NEGRO.- José Carlos Somoza- 391 págs.-Ed. Espasa.-19,90 euros

Compartir este post
Repost0
13 marzo 2020 5 13 /03 /marzo /2020 18:26

El título de este apasionado libro, que parece un oximoron, de una ex profesora de Filosofía y Religiones comparadas de la Universidad de Nuevo México -Mirabai Starr-, es como un regreso a la época en la que Carlos Castaneda lideraba el misticismo chamánico de don Juan, el ¿inexistente? protagonista estelar de los popularísimos libros del antropólogo mejicano que escribía en un inglés exaltado y poético y era leído por todos los jóvenes contestatarios de los 60 a los  90 del pasado siglo.

Mirabai, el "nom de guerre" de la autora,  adoptado de una poetisa del siglo XVI, parece muy acorde con las citas y referencias a Teresa de Ávila y a Hildegarda von BIngen, entre otras místicas y poetisas. El exaltado estilo espiritual del libro se equilibra con un sentido agudo de la praxis, muy norteamericano y el ofrecimiento de consejos prácticos y disciplinas interiores y exteriores para facilitar el proceso de conocimiento, interior y exterior, precisos para progresar en la Vía que preconiza este enfoque femenino, más que feminista, de una realidad que se nos escapa de continuo.

Mirabai insiste en la necesidad de unión femenina para tomar conciencia y hacer que la parte masculina del mundo también la tome, de un camino femenino -ancestral sin duda alguna- para la gestión de los asuntos humanos, esa entrega, dulzura, comprensión, firmeza, capacidad de trabajo y sacrificio, dotes organizativas que son características que las mujeres vienen regalando al mundo desde los orígenes, al margen de la brutalidad, la codicia, las ansias de poder, el amor a las armas y la guerra, la explotación cruel de nuestros semejantes, el absurdo deseo de doblegar a la Naturaleza a los intereses humanos, la destrucción metódica del medio ambiente, que han sido características históricas del dominio masculino.

Como todo libro de cierto proselitismo espiritual, éste tiene los aciertos y los defectos que suelen acompañar los apasionados textos de sus autores. En este caso, hay una emocionada y muy pasional convicción de la autora en un principio básico: "creo en el energía sanadora de los femenino como en un fuego capaz de derretir el helado corazón del mundo, la destreza que volverá a tejer la red hecha jirones de la interconexión". Me siento próximo a ese desiderátum espiritual y he leído con interés este libro en el que el misticismo abandona sus complejas estructuras emocionales, espirituales, psicológicas y religiosas  y trata de hacerse cercano y fácil de comunicar. Yo lo aconsejaría a este desorientado feminismo militante que condena y anatematiza a la otra mitad del género humano.

FICHA 

MISERICORDIA SALVAJE.- La sabiduría de los místicas.- Mirabai Starr.- Trad. Silvia Alemany.- Ed. Kairós.- 340 págs.

 

Compartir este post
Repost0
10 marzo 2020 2 10 /03 /marzo /2020 17:33

 

El maestro Le Carré nos la juega bien en su última novela “Un hombre decente”. Empezando por el título que no se justifica hasta que estamos a punto de terminar con la novela. Después, la extraordinaria elegancia de la “puesta en escena”. Un asunto menor para el que despliega todo un fascinante mundo de observaciones inteligentes, irónicas, a veces sarcásticas y siempre divertidas.

Para placer del lector, Le Carré inserta en la trama, la vida y milagros de un veterano agente del servicio secreto británico, la elite de los espías, una bomba de tiempo enmascarada en un personaje neutro, bastante inocente, cuyo comportamiento y decisiones es la parte menos creíble o verosímil de una novela que irradia naturalidad y perspicacia por los cuatro costados.

El lector avisado de las filias y fobias del anciano pero vitalista y enérgico novelista, disfrutará también con las lanzadas que propina por doquier Le Carré a sus “bète noire”, Trump y Putin, con las que difícilmente estaría en desacuerdo este comentarista. Y sobre todo al “Brexit” contra el que Le Carré ha tenido frases contundentemente críticas.

Diálogos sugestivos, irónicos y profundamente “british”, notas deliciosas sobre el ambiente familiar del protagonista-narrador y un tono descriptivo del entorno del veterano agente donde apenas queda nostalgia y sí una cierta decepción triste que suele empañar la vida profesional y personal de los seres humanos cuando están llegando al final.

La maestría de Le Carré es rotunda y evidente. Juega con el lector con cartas marcadas, insinúa, adelanta y retrocede sin dejar caer la pieza que oculta, hasta que  al final cierra el círculo que abrió en el primer capítulo y que explicará en un trepidante “flash back” hasta llevarnos a un final que intuímos pero que no esperamos.

Léalo y disfrute con la hábil narrativa del escritor inglés que ha heredado las maneras y la aguda sensibilidad literaria y psicológica de Graham Greene.

El otro punto a disfrutar en este libro es el conocimiento político que muestra Le Carré y su atinada valoración novelesca al poner como tema clave que mueve las decisiones e intereses del antagonista de la trama una “operación encubierta angloamericana ya en estado de planificación con el doble objetivo de socavar las instituciones socialdemócratas de la Unión Europea y desmantelar su sistema de aranceles internacionales. En la era posterior al Brexit, Gran Bretaña estará desesperada por incrementar su comercio con Norteamérica. Y los Estados Unidos lo aceptará sólo si Londres accede a una operación encubierta conjunta para hacerse con funcionarios, parlamentarios y periodistas de la UE, mediante la persuasión pero sin excluir el soborno ni el chantaje. Y también para divulgar noticias falsas a gran escala con el objeto de agravar las diferencias existentes entre estados miembros de la Unión” (esta novela se ha publicado un año antes de entrar en vigor el “Brexit”). A Johnson y a TRump,les debe haber fastidiado esta novela. En el supuesto improbable de que sean lectores de Le Carré.

 

FICHA

UN HOMBRE DECENTE.- John Le Carré.- Traducción Benito Gómez Ibáñez.- Ed. Planeta.-367 págs.-21,50

 

 

 

Compartir este post
Repost0
7 marzo 2020 6 07 /03 /marzo /2020 19:09
Partiendo de la idea bíblica de que somos sujetos verbales y vivimos dentro del discurso, George Steiner reflexiona sobre la vida y la función del lenguaje en la historia de la civilización. Lenguaje y silencio (Gedisa, 2003. Trad. M. Ultorio, T. Fernández Auz y B. Eguibar) es una colección de ensayos, escritos en la década de los años sesenta del siglo pasado en su mayoría, que abordan con inteligencia desde distintos ángulos el largo proceso que ha conducido al lenguaje de pretender abarcar la totalidad de la experiencia y de la realidad del mundo hacia el siglo XVII hasta revelarse al límite de sus posibilidades ya a finales del siglo XIX.
Los devastadores efectos que la industrialización, la cultura de masas y la sociedad de consumo tienen sobre el lenguaje se traducen en su vulnerabilidad frente a los ataques corruptores del poder y en su simplificación léxica. Steiner afirma que la literatura contemporánea no ha salido indemne en la medida que gran parte de la producción literaria expresa una escandalosa mediocridad desde que, con una interesada estrechez de miras se adaptaron los recursos literarios del siglo XIX utilizando la simplificación léxica exigida por la masificación consagrándolo como canon de la modernidad.
Ante esta situación, los arduos esfuerzos por devolver la vida y la capacidad génesica a la palabra para salvar su cada vez más estrechas limitaciones para expresar la realidad parecen conducir irremediablemente el lenguaje al silencio. Así lo sugerían Adorno, cuando decía que después de Auswitchz no era posible escribir poesía, y Wittgenstein cuando afirmaba que más allá de la ciencia teníamos las alternativas de un decir sin sentido o el silencio.

l mirar atrás, el crítico ve la sombra de un eunuco. ¿Quién sería crítico si pudiera ser escritor? ¿Quién se preocuparía de calar al máximo en Dostoievski si pudiera forjar un centímetro de los Karamazov, o reprobaría la altanería de Lawrence si pudiera dar forma al huracán de El arco iris? Toda gran escritura brota de le dur désir de durer, la despiadada artimaña del espíritu contra la muerte, la esperanza de sobrepasar al tiempo con la fuerza de la creación. Brightness falls from the air: cinco palabras y un alarde sonoro que se apaga. Pero han durado tres siglos. ¿Quién querría ser crítico literario si pudiera poner los versos a cantar, o componer, a partir de su propio ser mortal, una ficción viva, un personaje perdurable? La mayoría de los hombres tiene su polvorienta supervivencia en las guías telefónicas viejas (es una suerte que se conserven en el Museo Británico); en el hecho literal de su existencia hay menos verdad y menos vida que en Falstaff o en Madame de Guermantes, sólo por imaginar a éstos.

El crítico vive de segunda mano. Escribe acerca de. Ha de dársele el poema, la novela o el drama; la crítica existe gracias al genio de otros hombres. En virtud del estilo, la crítica puede convertirse en literatura. Pero esto suele acontecer sólo cuando el escritor hace de crítico de la propia obra o de corifeo de la propia poética, cuando la crítica de Coleridge es obra acumulativa o la de T. S. Eliot divulgación. Fuera de Sainte-Beuve, ¿hay alguien que pertenezca a la literatura permanente en calidad de crítico? No es la crítica lo que hace vivir al lenguaje.

Éstas son verdades elementales (y el crítico honrado se las dice en la palidez de la madrugada). Pero corremos el peligro de olvidarlas, porque la época presente está particularmente saturada del poder y el prestigio de una crítica autónoma. Las revistas críticas desatan un diluvio de comentarios o de exégesis; en Norteamérica hay escuelas en las que se enseña crítica. El crítico existe en cuanto personaje por derecho propio; sus admoniciones y sus querellas desempeñan un papel público. Los críticos escriben sobre los críticos, y el joven brillante, en lugar de considerar la crítica como una derrota, como un reconocimiento gradual, deprimente, de los modestos ingredientes de su propio talento, la considera una profesión de gran tono. Esto podría ser casi gracioso; pero tiene un efecto corrosivo. Como nunca antes, el estudiante y la persona interesada por la literatura lee comentarios y críticas de libros más que los propios libros, o antes de esforzarse por formarse un juicio personal. La aseveración del doctor Leavis sobre la madurez y la inteligencia de George Eliot es hoy moneda corriente en la actual sensibilidad. ¿Cuántos de quienes le hacen eco han leído efectivamente Felix Holt o Daniel Deronda? El ensayo del señor Eliot sobre Dante es un lugar común dentro de la cultura literaria; la Commedia es conocida, si acaso, por algunos fragmentos breves (Infierno XXVI o el famélico Ugolino). El verdadero crítico es un criado del poeta; hoy actúa como si fuera el amo, o se le toma como tal. Omite la última, la más importante lección de Zaratustra: «Ahora, prescindid de mí».

Hace precisamente cien años, Matthew Arnold percibió una amplitud y un relieve similares en el pulso crítico. Reconoció que este pulso era secundario respecto al del escritor, que el goce y la importancia de la creación eran de un orden radicalmente superior. Pero consideró el período de bullicio crítico como preludio necesario de una nueva edad poética. Nosotros llegamos después, y ése es el punto neurálgico de nuestra situación; después de la ruina sin precedentes de los valores y las esperanzas humanos a causa de la bestialidad política de nuestra época.

Esa ruina es el punto de partida de cualquier reflexión seria sobre la literatura y sobre el lugar de la literatura en la sociedad. La literatura se ocupa esencial y continuamente de la imagen del hombre, de la conformación y los motivos de la conducta humana. No podemos actuar hoy, ya sea en cuanto críticos o tan sólo en cuanto seres racionales, como si no hubiera ocurrido nada que haya afectado vitalmente a nuestro sentido de la posibilidad humana, como si el exterminio por el hambre o por la violencia de unos setenta millones de hombres, mujeres y niños en Europa y en Rusia, entre 1914 y 1945, no hubiera alterado, profundamente, la cualidad de nuestra conciencia. No podemos fingir que Belsen nada tiene que ver con la vida responsable de la imaginación. Lo que el hombre ha hecho al hombre, en una época muy reciente, ha afectado a la materia prima del escritor —la suma y la potencialidad del comportamiento humano— y oprime su cerebro con unas tinieblas nuevas.

Además, pone en cuestión el concepto primario de una cultura literaria, humanista. El extremo último de la barbarie política surgió del meollo de Europa. Dos siglos después de que Voltaire hubiera proclamado su final, la tortura volvió a ser un procedimiento normal de acción política. No es sólo que la difusión general de valores literarios, culturales, no pusiera freno alguno al totalitarismo; sino también que en ciertos casos notables los santos lugares de la enseñanza y del arte humanista acogieron y ayudaron efectivamente al terror nuevo. La barbarie prevaleció en la tierra misma del humanismo cristiano, de la cultura renacentista y del racionalismo clásico. Sabemos que algunos de los hombres que concibieron y administraron Auschwitz habían sido educados para leer a Shakespeare y a Goethe, y que no dejaron de leerlos.

Esto es de obvia y alarmante importancia para el estudio y la enseñanza de la literatura. Nos obliga a preguntarnos si el conocimiento de lo mejor que se ha dicho y pensado amplía y depura, como sostenía Matthew Arnold, los recursos del espíritu humano. Nos fuerza a interrogarnos acerca de si lo que el doctor Leavis ha denominado «lo fundamental humano», logra, en efecto, educar para la acción humana, o si no existen, entre el orden de conciencia moral desarrollada en el estudio de la literatura y el que se requiere para la práctica social y política, una brecha o un antagonismo vastos. Esta última posibilidad es particularmente inquietante. Hay ciertos indicios de que una adhesión metódica, persistente, a la vida de la palabra impresa, una capacidad para identificarse profunda y críticamente con personajes o sentimientos imaginarios, frena la inmediatez, el lado conflictivo de las circunstancias reales. Llegamos a responder con más entusiasmo a la tristeza literaria que al infortunio del vecino. De esto también las épocas recientes suministran indicaciones brutales. Hombres que lloraban con Werther o con Chopin se movían, sin darse cuenta, en un infierno material.

Esto significa que quienquiera que enseñe o interprete literatura —y los dos ejercicios buscan construir para el escritor un cuerpo de respuesta viva, capaz de discernir— debe preguntarse qué pretende (dirigir, guiar a alguien a través de Lear o de La Orestíada equivale a tomar en nuestras manos los resortes de su ser). Los supuestos del valor de la cultura humanística en relación con la percepción moral del individuo y de la sociedad eran evidentes de por sí para Johnson, Coleridge o Arnold. Hoy están en duda. Debemos alimentar la sospecha de que el estudio y la transmisión de la literatura tengan sólo un significado marginal, sean apenas un lujo apasionado, como la conservación de lo antiguo. O, en el peor de los casos, que distraigan de utilizaciones más responsables y más acuciantes el tiempo y la energía del espíritu. No creo que ninguna de las dos posibilidades sea cierta. Pero la pregunta debe plantearse y profundizarse sin remilgos. Nada más lamentable, en lo que concierne al estado actual de los estudios ingleses en las universidades, que semejante interrogación pueda considerarse exótica o subversiva. Esto es esencial.

De aquí surge la fuerza de los postulados de las ciencias naturales. Al señalar sus criterios de verificación empírica y su tradición de trabajo colectivo (en contraste con la arbitrariedad y el egoísmo aparentes del método literario), los científicos se han sentido tentados a proclamar que sus métodos y sus concepciones están ahora en el centro de la civilización, que la antigua primacía del discurso poético y de la imagen metafísica ha terminado. Y aunque las pruebas no sean concluyentes, parece plausible que dentro de la masa de talento disponible sean muchos, y muchos de los mejores, los que se han vuelto hacia la ciencia. En el quattrocento habríamos deseado conocer a los pintores; hoy, el sentimiento de fruición inspirada, de la mente entregada a un juego libre, sin recelos, pertenecen al físico, al bioquímico y al matemático.

Pero no debemos engañarnos. Las ciencias enriquecerán el lenguaje y los recursos de la sensibilidad (como lo mostró Thomas Mann en Felix Krull, de la astrofísica y de la microbiología habremos de extraer nuestros mitos futuros, los términos de nuestras metáforas). Las ciencias remoldearán nuestro entorno y el contexto de ocio o de subsistencia donde la cultura sea viable. Pero aunque sea inextinguible su fascinación y frecuente su belleza, las ciencias naturales y matemáticas rara vez poseen un interés definitivo. Me refiero a que poco han aportado a nuestro conocimiento o a nuestro gobierno de la posibilidad humana, a que puede demostrarse que hay más profundidad humana en Homero, Shakespeare o Dostoievski que en la totalidad de la neurología o de la estadística. Ningún descubrimiento de la genética mengua o sobrepasa lo que Proust sabía acerca del hechizo y las obsesiones parentales; cada vez que Otelo nos recuerda el orín del rocío en la espada brillante experimentamos más de la realidad sensitiva, transitoria, en que nuestras vidas deben transcurrir, de lo que pueden transmitirnos el contenido o la ambición de la física. Ninguna sociometría de los motivos o las tácticas políticas puede competir con Stendhal.

Y es precisamente la «objetividad», la neutralidad moral en que las ciencias se regocijan y con que logran sus brillantes esfuerzos comunes, lo que las priva de tener una relevancia definitiva. La ciencia puede haber suministrado instrumentos y animado con demenciales pretensiones de racionalidad a los que concibieron los asesinatos en masa. En cambio casi nada nos dice sobre sus motivos, tema acerca del cual valdría la pena oír a Esquilo o a Dante. Tampoco, a juzgar por las ingenuas declaraciones políticas de nuestros actuales alquimistas, puede hacer mucho para conseguir que el futuro sea menos vulnerable a lo inhumano. Las luces que poseemos sobre nuestra esencial, acendrada condición, son todavía las que el poeta nos refleja.

Pero no cabe duda de que en muchas partes el espejo está agrietado o empañado. La característica dominante de la actual escena literaria es la supremacía de la «no ficción» —reportaje, historia, polémica filosófica, biografía, ensayo crítico— sobre las formas imaginativas tradicionales. La mayoría de las novelas, poemas y obras de teatro producidos en los últimos dos decenios no están, sencillamente, tan bien escritas, tan vigorosamente sentidas como otras modalidades de la escritura en las que la imaginación obedece al impulso de los hechos. Las memorias de madame De Beauvoir son lo que hubieran debido ser sus novelas, maravillas de inmediatez física y psicológica; Edmund Wilson escribe la mejor prosa norteamericana; ninguna de las novelas o poemas que han acometido el tema horrible de los campos de concentración es comparable con la veracidad, con la recatada misericordia poética del análisis factual de Bruno Bettelheim en El corazón bien informado . Es como si la complicación, el ritmo y la enormidad política de nuestra época hubieran aturdido y repelido la confiada imaginación de los maestros constructores de la literatura clásica y de la novela del siglo XIX. Una novela de Butor y El almuerzo desnudo son evasiones. El soslayar la gran nota humana, o la irrisión de esta nota mediante la fantasía erótica o sádica, apuntan al mismo fracaso creador. Monsieur Beckett, con su indomeñable lógica irlandesa, se dirige hacia una forma de drama en la que un personaje, amordazado y con los pies aprisionados en el cemento, se queda mirando al auditorio sin decir palabra. La imaginación ha consumido ya su ración de horrores y de esas trivialidades sin rodeos con que suele expresarse el horror moderno. Con raros precedentes, el poeta siente la tentación del silencio.

Justamente en este contexto de privación y de incertidumbre la crítica ocupa un lugar modesto pero vital. Su función, creo, es triple.

Primero, debe enseñarnos qué debe releerse y cómo. Obviamente, es inmensa la cantidad de literatura, y constante el acoso de lo nuevo. Hay que elegir, y en esa elección la crítica tiene su utilidad. Esto no significa que deba asumir el papel del hado y señalar un puñado de autores o de libros como la única tradición válida, con exclusión de los demás (la característica de la buena crítica es que son más los libros que abre que los que cierra). Significa que de la vasta, intrincada herencia del pasado la crítica traerá a la luz y promoverá aquello que habla al presente de un modo especialmente directo y apremiante.

Esta es la distinción correcta entre el crítico y el historiador de la literatura o el filólogo. Para estos últimos el texto tiene una valía intrínseca; posee una fascinación histórica o lingüística independiente de un alcance más amplio. Por más que se valga de la autoridad del erudito con respecto al significado primario y a la integridad de la obra, el crítico debe elegir. Y su preferencia debe ir hacia lo que puede entrar en diálogo con los vivos.

Cada generación hace su elección. Hay poesía permanente pero no crítica permanente. A Tennyson le llegará su día y Donne tendrá su eclipse. O para dar un ejemplo menos sujeto a la moda: antes de la guerra, en los lycées franceses donde me eduqué, era un tópico considerar a Virgilio como un imitador de Homero, recargado e insípido. Cualquier muchacho lo decía con calma convicción. Con el desastre, y con la rutina de la fuga y del exilio, esta opinión cambió radicalmente. Virgilio empezó a verse como el testigo más maduro, como el más necesario (la maliciosa lección de la Ilíada de Simone Weil y La muerte de Virgilio de Hermann Broch forman parte de esa revaluación). El tiempo, tanto el histórico como el de la vida personal, altera nuestra opinión sobre una obra o un repertorio artístico. Hay, perceptiblemente, una poesía de la juventud y una prosa de la madurez. Debido a que su fanfarria sobre el futuro dorado contrasta, irónicamente, con nuestra experiencia real, los románticos han quedado desfasados. El siglo XVI y el primer XVII, aunque su lenguaje suela ser remoto e intrincado, parecen estar más cerca de nuestro discurso. La crítica puede hacer que estos cambios originados en la necesidad sean fructíferos y lúcidos. Puede conjurar del pasado lo que el genio del presente necesita para su apoyo (la mejor prosa francesa del momento tiene tras de sí la fibra de Diderot). Y puede recordarnos que las alternativas de nuestro juicio no son ni axiomáticas ni de perdurable validez. El gran crítico sabrá intuir; escudriñará el horizonte y preparará el contexto para el reconocimiento futuro. A veces escucha el eco cuando se ha olvidado la voz o antes de que se haya oído. Fueron ellos los que sintieron, en los años veinte, que se acercaba el tiempo de Blake y de Kierkegaard, o los que atis barón, diez años después, la verdad general dentro de la pesadilla particular de Kafka. No se trata de escoger ganadores; se trata de saber que la obra de arte está en una relación compleja, provisional, con el tiempo.

Segundo, la crítica puede establecer vínculos. En una época en que la rapidez de la comunicación técnica sirve de hecho para ocultar tercas barreras ideológicas y políticas, el crítico puede actuar de intermediario y guardián. Parte de su cometido es constatar que un régimen político no puede imponer el olvido o la distorsión a la obra de un escritor, que la ceniza de los libros quemados se conserva y se descifra.

Así como trata de entablar el diálogo entre el pasado y el presente, del mismo modo el crítico procurará que se mantengan abiertas las líneas de contacto entre los idiomas. La crítica amplía y complica el mapa de la sensibilidad. Insiste en que la literatura no vive aislada sino dentro de una multiplicidad de contactos lingüísticos y nacionales. Se deleita en la afinidad y en el largo alcance del ejemplo. Sabe que las incitaciones de un talento o una obra poética superiores se desparraman de acuerdo con normas intrincadas de difusión. Trabaja a l’enseigne de Saint Jérôme, sabiendo que no hay equivalencias exactas entre idiomas sino sólo traiciones, pero que el intento de traducir es una necesidad constante si el poema ha de conseguir su plenitud de vida. Tanto el crítico como el traductor se esfuerzan por comunicar un descubrimiento.

En la práctica, esto significa que la literatura debe enseñarse e interpretarse de manera comparativa. Carecer de una familiaridad directa con la épica italiana cuando se juzga a Spenser, evaluar a Pope sin conocer a fondo a Boileau, considerar los hallazgos de la novela victoriana o de James sin tener en cuenta a Balzac, Stendhal, Flaubert, es una lectura superficial o falsa. El feudalismo académico es el que traza rígidas líneas divisorias entre el estudio del inglés y el de las lenguas modernas. ¿No es el inglés un idioma moderno, vulnerable y elástico, en todos los momentos de su historia, ante el empuje de los idiomas vernáculos europeos y de la tradición europea de la retórica y del género? Pero la cuestión va más allá de la disciplina académica. El crítico que afirma que un hombre sólo puede conocer bien un solo idioma, que la herencia poética nacional o la tradición novelística del terruño son las únicas válidas o supremas, está cerrando puertas donde debiera abrirlas, está estrechando las miras cuando debiera plantearse el sentido de una realización, grande y común. El chovinismo ha sido una peste en política; no tiene sitio dentro de la literatura. El crítico (y una vez más difiere en esto del escritor) no puede permanecer en su propia torre de marfil.

La tercera función de la crítica es la más importante. Se refiere al juicio de la literatura contemporánea. Hay una distinción entre contemporáneo e inmediato. Lo inmediato acosa al comentarista. Pero es evidente que el crítico tiene una responsabilidad especial ante el arte de su propia época. Debe preguntarse no sólo si tal arte constituye un adelanto o un refinamiento técnicos, si añade un giro estilístico o si juega astutamente con la sensibilidad del momento, sino también por lo que contribuye o lo que sustrae a las menguadas reservas de la inteligencia moral. ¿Qué medida del hombre propone esta obra? La cuestión no es fácil de plantear ni puede enunciarse con tacto infalible. Pero la nuestra no es una época corriente. Se esfuerza bajo la tensión de lo inhumano, experimentada en una escala de magnitud y de horror singulares; y no está lejos la posibilidad de la catástrofe. Sería extraordinario permitirse el lujo de guardar distancias, pero es imposible.

Esto nos llevaría, por ejemplo, a preguntarnos si la inteligencia de Tennessee Williams se está utilizando para proporcionarnos un sadismo chillón, SÍ el virtuosismo rococó de Salinger sustenta una opinión absurdamente comedida y enervante de la existencia humana. Nos llevaría a preguntarnos si la trivialidad del teatro de Camus y de todas sus novelas, salvo la primera, no denotan la insistente vaguedad, el ademán estatuario pero vacío de su pensamiento. Preguntar, no zaherir o censurar. La distinción tiene una inmensa importancia. La pregunta sólo puede ser fructífera cuando el acceso a la obra es totalmente libre, cuando el crítico aguarda con honradez la desavenencia y la contradicción. Además, la pregunta que el policía o el censor dirigen al escritor, el crítico se la formula sólo al libro.

A lo que me he estado encaminando todo el tiempo es a la noción de la capacidad literaria humana. En esa gran polémica con los muertos vivos que llamamos lectura, nuestro papel no es pasivo. Cuando es algo más que fantaseo o un apetito indiferente emanado del tedio, la lectura es un modo de acción. Conjuramos la presencia, la voz del libro. Le permitimos la entrada, aunque no sin cautela, a nuestra más honda intimidad. Un gran poema, una novela clásica nos asedian; asaltan y ocupan las fortalezas de nuestra conciencia. Ejercen un extraño, contundente señorío sobre nuestra imaginación y nuestros deseos, sobre nuestras ambiciones y nuestros sueños más secretos. Los hombres que queman libros saben lo que hacen. El artista es la fuerza incontrolable: ningún ojo occidental, después de Van Gogh, puede mirar un ciprés sin advertir en él el comienzo de la llamarada.

Así, y en una medida suprema, ocurre con la literatura. Alguien que haya leído el canto XXIV de la Ilíada —el encuentro nocturno de Príamo y Aquiles— o el capítulo en que Aliosha Karamazov se arrodilla ante las estrellas, que haya leído el capítulo XX de Montaigne ( Que philosopher c’est apprendre l’art de mourir ) y el empleo que de éste hace Hamlet y que no se inmute, cuya aprehensión de su propia vida permanezca inalterable, que de alguna manera sutil pero radical no mire de modo distinto el cuarto en que se mueve o al que llama a su puerta, éste ha leído sólo con la ceguera de la mirada física. ¿Pueden leerse Ana Karenina o a Proust sin experimenter una flaqueza o una dimensión nuevas en el centro mismo de nuestra sensibilidad sexual?

Leer bien significa arriesgarse a mucho. Es dejar vulnerable nuestra identidad, nuestra posesión de nosotros mismos. En las primeras etapas de la epilepsia se presenta un sueño característico; Dostoievski habla de él. De alguna forma nos sentimos liberados del propio cuerpo; al mirar hacia atrás, nos vemos y sentimos un terror súbito, enloquecedor; otra presencia está introduciéndose en nuestra persona y no hay camino de vuelta. Al sentir tal terror la mente ansia un brusco despertar. Así debería ser cuando tomamos en nuestras manos una gran obra de literatura o de filosofía, de imaginación o de doctrina. Puede llegar a poseernos tan completamente que, durante un tiempo, nos tengamos miedo, nos reconozcamos imperfectamente. Quien haya leído La metamorfosis de Kafka y pueda mirarse impávido al espejo será capaz, técnicamente, de leer la letra impresa, pero es un analfabeto en el único sentido que cuenta.

Como la comunidad de valores tradicionales está hecha añicos, como las palabras mismas han sido retorcidas y rebajadas, como las formas clásicas de afirmación y de metáfora están cediendo el paso a modalidades complejas, de transición, hay que reconstruir el arte de la lectura, la verdadera capacidad literaria. La labor de la crítica literaria es ayudarnos a leer como seres humanos íntegros, mediante el ejemplo de la precisión, del pavor y del deleite. Comparada con el acto de creación, ésta es una tarea secundaria. Pero nunca ha representado tanto. Sin ella, es posible que la misma creación se hunda en el silencio.

 

 

Compartir este post
Repost0
4 marzo 2020 3 04 /03 /marzo /2020 17:26

 

Cuando Steiner murió, hace unos días, el lunes 3 de febrero de este año, 2020, me sentí un poco más solo en este mundo. Mi admiración por el viejo profesor venía de antiguo. Me atraía su cultura enciclopédica, su ironía desmitificadora, su plurilingüismo, su judaísmo heterodoxo y contradictorio, su talante analítico-crítico de una honestidad insobornable, su europeísmo recalcitrante y su inteligencia lúcida  e incisiva que no admitía componendas.

He leído la mayoría de sus obras y me han deparado momentos de gran placer y estímulo intelectual, parecido al que en otros ámbitos me producían las obras y la personalidad de Harold Bloom, crítico y ensayista, que falleció en octubre de 2019. Los dos hombres tenían algo en común, rasgo que, a mi humilde manera, comparto con los dos: un profundo amor a los libros, a los clásicos y a la cultura como instrumento de la convivencia y la paz entre las naciones y los hombres.

Pero Steiner era además un comentarista crítico, a veces provocativo o sarcástico, hacia la política, la economía o el futuro planetario, el cometido de la ciencia y el declinar de la razón, la religión y la democracia.

En su libro “Errata” (El examen de una vida), Steiner analiza algunos episodios de su infancia y juventud, aunque de una manera poco rigurosa y dejándose llevar por las temáticas que desarrollaba más que por sus imbricaciones en las fechas de su vida. Sin embargo son muy reveladores algunos de los comentarios que escribe. Por ejemplo y de cara a su actitud hacia el judaísmo dice (refiriéndose al de su padre): “El orgulloso judaísmo de mi padre estaba, como el de Einstein o del de Freud, teñido de agnosticismo mesiánico. Destilaba racionalidad, promesa de ilustración y tolerancia. Le debía tanto a Voltaire como a Spinoza”. Como ven, se retrata a sí mismo en la figura amada de su padre que le acostumbró a la compañía vitalicia de la Odisea y la Iliada, influencia, la de los clásicos, que marcaría su carrera intelectual y literaria : “El clásico nos interroga cada vez que lo abordamos. Desafía nuestros recursos de conciencia e intelecto, de mente y de cuerpo”. “El valor de esa temprana impronta de lo clásico en mi existencia ha sido considerable”.

Ataca, a mi parecer muy consecuentemente, el post estructuralismo y al deconstruccionismo, que alteraron la visión de la teoría literaria a partir de los setenta del pasado siglo. También analiza el papel del traductor y de la traducción, la enseñanza secundaria francesa  (que recibió durante su estancia de adolescente en Nueva York), su amor temprano a Shakespeare y sus “asignaturas pendientes” de esa época: aprender ruso y árabe.

En otro apartado nos hablará de su estancia en la Universidad de Chicago a finales de los años 40, con un divertido apunte sobre “los recuerdos de la carne” Pero más interesante aún es su casual descubrimiento de la vocación de la enseñanza, cuando lee sus interpretaciones sobre el relato de Joyce, “Los muertos” (“Dublineses”) ante sus condiscípulos en su habitación atestada de jóvenes tomando notas: “Fue un descubrimiento fatal. Desde esa noche, las sirenas de la enseñanza y el análisis crítico literario no han cesado de cantar para mí”.

El capítulo quinto lo dedica a la “cuestión judía” de la que hace una lectura revolucionaria y que le aleja de la comprensión del Estado de Israel: “…la mayor verdad es que el judaísmo sobrevivirá la ruina de Israel. Lo conseguirá si su elección es la de vagar, la de enseñar a los hombres a darse la bienvenida, sin lo cual nos extinguiremos en este pequeño planeta…los conceptos, las ideas no necesitan pasaportes”.

El amor a la música, a su maravillosa inocencia y poder: “Lukács preguntaba si un solo compás de Mozart se prestaba al abuso político, si podía expresar la maldad inherente a algunos actos”; la belleza y el misterio de las lenguas, “la condición de políglota ha sido mi mayor fortuna”; el papel de la ciencia, su instrumentalización y mal uso y las víctimas que produjo a los largo del siglo XX.

Especialmente evocativo es el capítulo  que Steiner dedica a sus maestros y a los lugares que con su “genios loci” llegaron a constituir referencias personales en su vida. En el último capítulo Steiner justifica el título de su libro, escribiendo sobre “los errores…que resultan más insoportables cuando se tornan irreparables”.

Steiner habla de su obra que “he desperdigado y por tanto derrochado mis fuerzas”. Se muestra descontento con “Lenguaje y silencio” uno de sus primeros libros, onde hay muchas preguntas y pocas respuestas: por ejemplo “¿cómo podemos comprender…la capacidad de los seres humanos para amar a Bach o a Schubert por la noche y torturar a otros seres humanos a la mañana siguiente?” o “¿Cómo reconciliar el mensaje esencial del judaísmo con un Estado-nación armado y rodeado de enemigos implacables?”, el lamento  de haber abandonado el dibujo, el aprendizaje del hebreo, la necesidad del ateísmo que no conoce sino la tolerancia y la obscenidad de las “guerras santas”, la manipulación del ADN, el enigma de la conciencia…

Es el libro de un hombre universal sobre sí mismo, veintitrés años antes de fallecer. Se supone que evolucionaría más aún en ese tiempo. Lo cierto es que nos quedaremos con la duda. Tal como fue ya es suficiente regalo para sus lectores. Y una inspiración para algunos de nosotros.

 

FICHA

ERRATA.- George Steiner.Trad, Catalina Martínez Muñoz.-Ed. Siruela.- 218 págs.

 

Compartir este post
Repost0
29 febrero 2020 6 29 /02 /febrero /2020 19:05

La decadencia del mundo clásico, aquella riqueza literaria, poética, teatral, científica y sobre todo filosófica tal como jamás han visto los siglos pasados ni tampoco lo verán los venideros -valorándola con los límites de rigor habida cuenta de la época en que fue concebida-- nos fue escamoteada, manipulada, pervertida o simplemente destruida por un cataclismo cultural, espiritual y filosófico que se disfrazó de religión hegemónica y se convirtió en un poder rival y a  menudo superior a los poderes reinantes. La fanática influencia de la "fe verdadera", un oxímoron absurdo, no hay fe verdadera ni falsa sino solo fe, ya que para serlo está implícita la creencia en la verdad de lo que crees : La llegada del cristianismo cambió la limitada tolerancia que había servido como argamasa de cohesión entre los pueblos de la Grecia clásica y la menos trascendente y original cultura romana, convirtiendo su mensaje de amor universal en una brutal y despiadada tiranía del pensamiento y la acción que preconizaba el exterminio total de todos los que no se sometieran a los dogmas de la "única fe verdadera". Se instauró un fanatismo del terror y fueron derribados altares y templos, destruidas obras insignes de arte, quemados millones de pergaminos y tablillas de extraordinarias obras filosóficas, literarias y científicas con el bárbaro afán de borrar incluso la memoria de aquellas maravillas producidas por la inteligencia y la sensibilidad humanas. O al menos eso es lo que nos cuentan dos de los autores que hemos leído, aunque no creo que estén muy lejos de la verdad, a tenor de lo que sabemos por la historia y la propia experiencia.

Decía Jonathan Swift -sí, el autor de los "Viajes de Gulliver"- que el ser humano era el bichito más letal que ha producido la Naturaleza. Pero es que también es reiterativo y brutalmente tenaz en sus errores: miren a su alrededor en este mundo del siglo XXI (ya no les digo en el XX, en el que se superó con creces la estúpida estulticia humana) y verán como seguimos como entonces, fieles al ciego fanatismo destructor por razones "religiosas". Los tres libros que les recomiendo abundan en una divertida, informada, sorprendente y eficaz crítica de los hechos y circunstancias que provocaron la pérdida y el redescubrimiento de nuestra esplendorosa cultura clásica. 

"La edad de la penumbra" de Catherine Nixey,(quizá el más periodístico y parcial de los tres), "El giro" de Stephen Greenblatt y "La ruta de conocimiento" de Violet Moller, son los tres volúmenes que, sentados en un buen sillón orejero, con una  copa al alcance de la mano y una buena pipa de aromático tabaco inglés (perdonen los puristas de la salud: una pipa al año no hace daño y una al mes tampoco es un traspiés) nos pueden proporcionar uno de esos grandes placeres peculiares que sólo emanan de la lectura y de la paz y el conocimiento que nos proporciona.

Empecemos por el mejor, a mi juicio, de los tres. "La ruta del conocimiento" de la profesora de Historia en Oxford,  Violet Moller, es una brillante y entretenida singladura por los mares del conocimiento, en concreto de determinadas ideas germinales del mundo clásico que desaparecieron por unos siglos de ocultismo cultural y volvieron a ser "descubiertas" tras un periodo de oscuridad y silencio. Un ejemplo de esa suerte de "redescubrimientos" se refleja en la historia que nos cuenta el gran Stephen Greenblatt con su obra sobre el descubrimiento  en el siglo XV del manuscrito de Lucrecio "De rerum natura", escrito en el siglo I dC. Pero el libro de Moller se decanta por el conocimiento científico para narrarnos -con la fuerza de una obra de ficción- los enrevesados y caprichosos caminos que tomaron las ideas de tres protocientóficos de la actualidad : Euclides, Galeno y Ptolomeo. Es un viaje de más de mil años en el que recorremos de la mano sagaz de Violet Moller los centros de conocimiento de épocas lejanas y los hombres y monarcas que hicieron posible que se preservara las grandes ideas de esos hombres legendarios.

Tiene un valor añadido este libro de Moller: la confirmación de la hermandad profunda entre culturas, el hecho sugestivo de la conexión entre la cultura islámica y la cristiana., como un alegato contra el afán de desdeñar a una para elevar la otra. Desde la Alejandría del siglo VI, al Bagdad del siglo IX, las hispanas Córdoba y Toledo y los grandes centros del Renacimiento italiano como Venecia o Palermo, queda de manifiesto la capilaridad cultural que no entiende de confesiones religiosas y que es una demostración palmaria de lo que podríamos poner como argamasa de unión entre los países: la cultura antes y por encima de la religión. ¿No les ponen los dientes largos este párrafo del libro: "Alejandría se hallaba situada en el centro de una gran red de ciudades, Atenas, Pérgamo, Rodas, Antioquía y Éfeso, Roma y Constantinopla. Los libros y los eruditos se movían libremente entre ellas, en el pujante mercado de las ideas"?

"El Giro" es un libro asombroso  de investigación sobre el descubrimiento de la obra filosófica de Lucrecio, "De rerum natura", (Sobre la naturaleza de las cosas) escrita en verso, no muy fácil de leer pero que en palabras de Greenblatt "muchas de las afirmaciones y argumentos que se hacen en la obra constituyen los cimientos sobre los que se ha construido la vida moderna".  Para los amantes del latín, leer los hexámetros en los que está escrita, seis versos sin rima, al estilo de Virgilio y Ovidio, a lo largo de siete mil cuatrocientos versos, es sin duda un placer que en las traducciones nos está vedado a los que no dominamos ese idioma básico de nuestra cultura (a pesar de buenos traductores, como Agustín García Calvo en español). "El poema, nos cuenta Greenblatt, "combina momentos de intensa hermosura lírica, meditaciones filosóficas sobre la  religión, el placer y la muerte y complejas teorías sobre el mundo físico, la evolución social humana, los peligros y alegrías del sexo y la naturaleza de la enfermedad" (algunos comentaristas cristiano difundieron que Lucrecio había enloquecido debido a un filtro amoroso).

Este libro mereció el Pullitzer de 2012 y un año antes el National Book Award. Resulta asombrosa la odisea del humanista italiano Poggio Bracciolini  que en 1417 descubrió en un remoto monasterio alemán un antiguo manuscrito del "De rerum natura", tal vez el único ejemplar que quedaba de la celosa persecución y destrucción de la obra en manos cristianas. Tal vez como compensación crítica de esa  malintencionada purga, la mitad del libro la dedica su autor a hablarnos de las licenciosa vida de la Curia romana y de algunos Papas, De la página 161 a la 175 el lector puede hacerse una idea de los principios básicos que defiende Lucrecio en su obra. Tanto las notas como la bibliografía empleada muestran claramente el rigor y la solidez documental de esta excelente obra.

En cuanto a "La edad de la penumbra" de Catherine Nixey, historiadora dedicada al periodismo de divulgación, es una obra que sintoniza perfectamente con las otras dos de una forma tan oportuna como crítica. Nixey pega un buen varapalo al cristianismo con cierto redentismo provocador  no exento de humor. Lo cierto es que el sarcasmo de la autora tiene un efecto dinamizante en el lector que, si ha  seguido mi propuesta de lectura consecutiva  (si ese lector existe, le agradecería que me enviara un email a través de este revista) apreciará las concomitancias de los tres libros y los tres estilos totalmente diferentes. Y, de entre los tres, éste se llevaría la palma en protestas de la Iglesia ante algunos comentarios e informaciones. Pero, prescindiendo de las críticas institucionales, las imágenes que nos brinda la autora de la forma de vida de los cristianos de los siglos anteriores al reconocimiento del cristianismo como "religión oficial" del Imperio, desmiente toda la iconografía tan cara a la religión romana por excelencia, cuyo poder llegaría a alcanzar nuestro siglo y tiene visos de seguir, aunque en cierta forma "tocada" por una forma de vivir absolutamente distinta a la de todos los pasados siglos de su "era".

 FICHAS

LA RUTA DEL CONOCIMIENTO.- Violet Moller.- Trad.  Teófilo de Lozoya y  Juan Rabasseda.- Ed. Taurus.-382 págs.-23,90 euros-

EL GIRO.- Stephen Greenblatt.-Trad. Lozoya y Rabasseda.- Ed. Crítica.- 318 págs. 19,90 euros.-

LA EDAD DE LA PENUMBRA.-Catherine Nixey. Trad. Ramón González Ferris.-318 págs. 22,90 euros.

Compartir este post
Repost0
28 febrero 2020 5 28 /02 /febrero /2020 12:59

steiner.jpg

 

Cuando escucho citar a Harold Bloom, tiemblo, porque sus textos, especialmente las enunciaciones pontificales del profesor de Yale, suelen utilizarse de apoyo para orillar cualquier debate literario, pues provienen de un sistema de valores estéticos fijos, es decir, incuestionables. Exactamente lo contrario me sucede cuando oigo o leo palabras de George Steiner (París, 1929). Sus ensayos apuntan también a las alturas intelectuales, pero vienen atravesados por la conciencia crítica de que toda idea o expresión que intente captar un pensamiento, un argumento racional o una percepción textual, acabará con el tiempo cediendo su carácter de certeza momentánea al de cuestionable. Steiner posee un trasfondo racional, filosófico, musical, matemático, muy germánico (Goethe, Mozart, Nietzsche, Heidegger, Einstein), que la tradición del pensamiento liberal en España asimiló por mediación de la obra de los krausistas, de Ortega y Gasset y sus discípulos. Los alemanes anclaron las expresiones abstractas del pensamiento en la circunstancia, el cuerpo, en la genética diríamos hoy, en un lugar concreto. Esto hace que el hombre sea considerado en su historia, en vez de cómo hace Bloom en un continuo eterno de la humanidad absolutamente injustificable. Steiner mira el presente con la riqueza de múltiples lecturas del hacer intelectual abierto del pasado; Bloom quiere que recreemos el presente en clave de las grandes creaciones canónicas del ayer.

 

El libro complementa la espléndida autobiografía de Steiner, “Errata: El examen de una vida (1997). Allí el profesor de Ginebra explicó con sumo detalle cómo fue su educación, desde su multilingüismo hasta sus orígenes judíos, y lo que su religión y cultura aportaron a su formación literaria. Aquí, como bien anuncia el título, hablará de qué libros dejó sin escribir, en parte porque de ciertos temas quizás no sabía lo suficiente. Los lectores tendremos que conformarnos, qué remedio, con estos magníficos ensayos, que ofrecen una lección magistral de flexibilidad mental, o dicho en otras palabras, de inteligencia, tanto al desconocedor de los asuntos tratados como al crítico.

Los temas abordados en el volumen son siete. En el primer capítulo, “Chinoiserie”, comenta una cuestión que en principio parece, como él mismo reconoce, borgeana. Habla de la obra de Joseph Needham, autor de un libro sobre la cultura y la civilización chinas, iniciado hacia 1937, donde este profesor de Cambrige, conocedor profundo de la lengua y la cultura chinas, valora la aportación de la gran cultura asiática a los conocimientos universales. Sabido resulta que la ciencia china difiere notablemente en su evolución y carácter de la occidental. La nuestra se asienta en la tradición lógico-matemática griega (Aristóteles, Euclides), continuada por el racionalismo (el eje Descartes-Heidegger) y por la ciencia experimental (Newton-Einstein), y que en lo que se refiere al hombre moderno halla su base en la época de la Ilustración, mientras la suya dependía más de fenómenos inexplicables. La diferencia china consiste, según Needham, en que mientras las teorías occidentales miraban al hombre y a la naturaleza desde fuera, y por ello las ciencias experimentan con la naturaleza, los chinos situaban “al hombre dentro de unas armonías receptivas […] que no había que ‘forzar’ ni diseccionar”. (pág. 32). Los occidentales usamos a la naturaleza, mientras los orientales se insertan en ella. Mas los datos aportados por Needham han envejecido hoy, y lo que queda de ese enorme monumento se asemeja a lo que ocurre con las novelas de Balzac o de Proust. Ellas también fueron escritas utilizando numerosos datos tomados de la realidad o rememorados, pero la grandeza de esas obras, como en el caso de Needham, reside menos en los datos que en su carácter de monumentos intelectuales. Pasa algo semejante con la obra de nuestro Menéndez Pelayo.

Los siguientes ensayos se titulan Invidia” y “Los idiomas de Eros”. El primero explora la envidia suscitada a Cecco d’Ascoli por Dante. Cecco escribió L’Acerba, una epopeya donde conjugaba la poesía con la ciencia, que gozó de un éxito notable en su tiempo. La fama, en cambio, le perteneció y pertenece a Dante. Caso parecido al de Salieri y Mozart. Y Cecco sufrió de la envidia; quizás un libro dedicado a los mordiscos del rencor le hubiera restituido su justo valor, pero nunca fue escrito. El segundo, dedicado a los lenguajes amorosos, aborda con una enorme casuística y riqueza de observaciones las expresiones que se emplean en el trato amoroso, sexual. Hay un punto en el que disiento del maestro, cuando dice que le hubiera gustado explorar mejor las diferencias de sentimiento existentes al hacer el amor en diferentes idiomas; él lo ha hecho en cuatro. Mi modesta experiencia sugiere que el punto esencial es que la intimidad amorosa y sexual se alcanza igual aunque el amor se haga en una lengua extranjera.

Sión”, el cuarto texto del volumen, expone una teoría sobre la identidad, el quién soy yo, por el que se pregunta todo judío. Según avanzamos en la lectura advertimos que Steiner ha variado un poco su manera de plantear el asunto. Es como si lo presentara desde numerosos puntos de vista. Lo enfoca desde el nacionalismo, el uso del hebreo, la visión ortodoxa, la riqueza escritural de los judíos, la textualidad como signo o emblema de tribu, y varias otras perspectivas adicionales. Esta visión plural le ha impedido residir con su familia en Israel, donde el nacionalismo que exige, según él, una identidad fija, estrecha la vivencia esencial de ser judío: el existir en una constante inquietud crítica del entorno, produce la sensación de vivir en un exilio permanente. Steiner ausculta la naturaleza propia y la humana en general con una valentía inusual, como cuando habla del inherente egoísmo de nuestra conducta natural.

Los tres capítulos finales, “Cuestiones educativas”, “Del hombre y la bestia” y “Petición de principio”, ponen el broche de oro. El primero debería ser lectura obligada para los interesados en la enseñanza media, ahora que el acuerdo político de Bolonia ha conseguido que la educación europea haya aceptado rebajar su calidad a los niveles norteamericanos. El futuro está claro, se adivina observando el panorama educacional de la América anglosajona, donde millones y millones de universitarios desconocen las mínimas reglas de escritura y de las ciencias, incapaces de hablar una lengua extranjera, guiados por docentes de ínfima calidad. El éxito económico se ha erigido en el único bien deseable, que permite hacer lo que la publicidad manda. Las imágenes de David Beckam y Madonna resultan mejor conocidas que las creadas por Miguel Ángel. Les escojo esta perla. “Está disminuyendo la comprensión de las oraciones subordinadas, al igual que el vocabulario que se posee”. (pág. 160). La escritura y las matemáticas cada vez se simplifican más, y la biogenética queda como reducto para escogidos.

Steiner ha sabido en este libro abordar las grandes cuestiones de nuestro tiempo, los libros que nunca escribió, porque jamás supo cómo se respondían, y los libros exigen un cierre. Lo que ha hecho aquí es lanzar ideas y describir las que caen de cara. Este ejercicio ensayístico exige un hombre muy entero, que se atreve incluso a plantear las relaciones del hombre y el reino animal, para indagar como “ese ‘estremecimiento en las entrañas’, ese pasajero calor y arrebato de vitalidad (el coito) no son sólo materia de mito” (pág. 194), sino que pueden ser entendidos como parte de nuestros impulsos animales. Su hombría se demuestra asimismo en el cierre del volumen, cuando confiesa que nunca ha votado, aunque no conoce una forma política mejor que la democracia, y que además vive con la soberana ausencia de un no creyente.

Las páginas de Steiner me confirman que la crítica tiene un puesto importante entre las artes narrativas. Demasiadas páginas literarias que acuden a mi memoria palidecerían si se las comparase con éstas.

Compartir este post
Repost0

Présentation

  • : El blog de diariodemimochila.over-blog.es
  • : Ventana abierta al mundo de la cultura en general, de los libros en particular, mas un poco de filosofía, otra pizca de psicología y psicoanálisis, unas notas de cine o teatro y, para desengrasar, rutas senderistas y subidas montañeras.
  • Contacto

Recherche

Liens