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8 febrero 2020 6 08 /02 /febrero /2020 11:08

A punto de cumplir los 91 años, el profesor George Steiner, ha fallecido en su residencia de Cambridge el día 3 de febrero de este año 2020. Paradigma del intelectual europeo, ensayista, filósofo, crítico y teórico de la historia de la literatura, con una educación profunda en inglés, francés y alemán, ha escrito un gran número de libros, infinidad de artículos y fue un conferenciante ágil y lúcido. Siempre le he leído con interés y aprovechamiento. En homenaje a su memoria volveré a actualizar antiguos artículos míos sobre sus obras y añadiré mis últimas lecturas. 

Leer este libro, en realidad transcripción de un diálogo radiofónico mantenido por George Steiner con el periodista Antoine Spire en 1997 , es un placer pleno de sugerencias y revelaciones inteligentes. El nonagenario ensayista se mantiene tan vivaz hoy como en el momento de la entrevista y se expresa con una contundencia y claridad  de un joven. La charla repasa y valora los agónicos acontecimientos del atroz siglo XX: las dos guerras mundiales, los totalitarismos, los gulags, los campos de la muerte nazis. El análisis se hace bajo un denominador común, una cultura, la europea, que antes de 1914 ofrecía una visión optimista de progreso y paz gracias al optimismo de la razón que nos habían legado los grandes de la Ilustración desde los siglos precedentes. Pero los logros y sueños de los ilustrados no pudieron evitar la eclosión de la barbarie hasta unos límites jamás vividos por la humanidad.

Son once capítulos breves y de estilo coloquial donde Spire, uno de los mejores periodistas culturales de finales de siglo, no se corta un pelo en preguntar con incisivo descaro a un Steiner que da en todo momento la muestra de su talento, su portentosa cultura y su legendaria contundencia y a veces mal genio (hay un momento durante las entrevistas en que le espeta a Spire que le deje hablar o da por terminada la sesión). El primer capítulo "Premonición del padre" nos ofrece interesantes datos sobre los años de formación de Steiner, hijo de judíos, cuya familia huye a Francia y Estados Unidos para escapar de Hitler, lo que supuso para Steiner dominar tres lenguas con lo que favoreció una característica del pensador que siempre ha valorado: sentirse verdaderamente cosmopolita, en el auténtico sentido griego de la palabra: ciudadano del planeta.

En otros capítulos se debaten cuestiones como la presencia o muerte de Dios y las consecuencias filosóficas y literarias de esa ausencia. Excelentes las consideraciones de Steiner sobre Heiddeger ("el más grande de los pensadores y el más pequeño de los hombres") y Hanna Arendt (donde el joven entrevistador se muestra menos comprensivo que Steiner), sobre el  discutible Sartre; el "club del que no se dimite" (es decir el ser judío); su repudio a ciertas formas de "cultura" popular como el rap o el heavy metal y, en fin, a un cierto agostamiento de la imaginación humana y la narrativa (cosa rechazada con vehemencia por Spire), un pesimismo sobre la humanidad que Steiner objetiviza en la labor corrosiva del fundamentalismo.

El fenómeno de la cultura (donde Spire acusa a Steiner de elitismo y este se defiende haciendo un democrático homenaje a la indefinición del término "alta cultura" expresando que a nadie se le puede imponer el gusto por lo que como tal se considera (Platón,Mozart, Bach, Shakespeare  o Cervantes) y asegura: "¿Con qué derecho puede uno obligar a un ser humano a alzar el listón de sus gozos y sus gustos? Yo sostengo que ser profesor es arrogarse este derecho"

FICHA
George Steiner en diálogo con Antoine Spire, La barbarie de la ignorancia, Taller-y traducción de Mario Muchnik, Madrid 1999.

 

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7 febrero 2020 5 07 /02 /febrero /2020 18:34

La acracia es una doctrina o ideología que rechaza todo tipo de autoridad. Es una rama extremista del anarquismo y en términos literarios define al personaje (casi siempre un crítico o un ensayista) que adopta una postura intransigente, activa y desafiante frente a la ortodoxia de las "autoridades" aceptadas por todos, encarnadas en escritores, pintores o poetas considerados la excelencia de una época determinada. El fallecimiento el 14 de octubre pasado de Harold Bloom  ha reavivado las críticas más o menos feroces a sus actitudes -consideradas puro disparate pretencioso- de crítico literario, principalmente su "Canon occidental" donde ponía en solfa a determinados autores que consideraba "bajo la influencia" de grandes maestros muy conocidos, a los que de alguna manera traicionaban y robaban las riquezas que luego reflejaban en sus propias obras con la pretensión de ser originales. Bloom era, sin duda alguna, el espejo de los ácratas literarios que en el mundo quedan, entre la honestidad y la indignación ( y el compromiso hacia una determinada noción de la cultura). En opinión de este humilde crítico con la muerte de Bloom hemos perdido uno de los eruditos literarios más traviesos, originales y provocadores de la historia de la literatura occidental. Sus propuestas rompedoras han sido generalmente malinterpretadas y no se ha entendido el valor teatral, casi al estilo de Cyrano de Bergerac, de sus provocaciones. Incluso en el "Canon" comienza por reconocer que "nadie posee autoridad para decirnos lo que es el canon occidental". Ergo... Bloom adoptaba esa postura de activista ácrata como una manera de combatir la cultura redigerida y controlada de forma indirecta que preconizan los políticos tanto de la derecha como de la izquierda en los dos últimos siglos. Esa cultura "domesticada" por el poder y el dinero, la "corrección política" es la que trataba de desmontar nuestro admirado e irreverente ensayista.

Harold Bloom, profesor de Humanidades de la Universidad de Yale durante más de sesenta años, murió con 89 años -tres dias después de impartir la que sería su ultima clase, en pleno uso de sus  enormes facultades, su gigantesca erudición y su tajante y provocadora actitud crítica. Como Mr. Chipps, el  protagonista de la novela del mismo título de James Hilton, profesor británico de entre guerras, ha dejado memoria de su bien hacer en varias generaciones de estudiantes. Con Bloom desaparece una determinada ortodoxia crítica que se ha mantenido fiel a sí misma, dominando a los clásicos y haciendo una labor crítica magnífica y exigente que sabía ver entre el grano y la paja en la ceremonia de la confusión editorial de hoy. En contra de lo banal, de la vulgarización de la lectura, pero atento al lector común, Bloom ha arremetido, a lo largo de su larga vida, contra casi todos los ismos y la invasión interdisciplinar en la crítica literaria, sobre todo la escuela psicologista y la sociológica. Su "Canon" le valió ataques de todos lados y el ser considerado una especie de "condottiero" de la ortodoxia crítica. Nos decía lo que había que leer y por qué (con el guiño vitalista de que hay que leer porque estás vivo). Consideraba a Shakespeare como el "creador" de lo humano y a Cervantes como el segundo de a bordo. Más de 40 libros publicados, monografías, artículos y prólogos dan fe de su laboriosidad y dedicación. Este vástago de una humilde familia judía del Bronx neoyorquino era capaz de recitar los sonetos de Shakespeare de uno en uno y repetir la primera página de un centenar de novelas clásicas. Bromeaba con sus alumnos de su portentosa memoria, afirmando que era un legado mental de uno de sus antepasados judíos cabalistas. Sus enemigos, los tenía abundantes y buenos (como él mismo reconocía), le acusaban de oscurantismo y excentricidad. Les contestó con un brillantísimo libro sobre los poetas ingleses románticos y un ensayo personal "La ansiedad de la influencia". Para mí fue un punto de referencia en mi labor como crítico desde sus primeras obras y en particular sentí cierta complicidad cuando arremetió contra "la escuela del resentimiento", aquellos escritores, ensayistas e intelectuales que arrinconaban a los clásicos en aras de las "nuevas" teorías culturales, segadas y colaterales, para los que un análisis de una escuela de diseño de moda era tan valioso como un  análisis de la poesía de  Blake o Shelley y su reflejo en las formas modernas de la espiritualidad.

Leemos contra la muerte, nos dice Bloom. "Mors certa, hora incerta"...Como todo lector sabe nos falta tiempo para leer todo lo que quisiéramos leer y algunas veces releer. Por lo tanto arguye Bloom hay que evitar los libros malos, desconfiar de las recomendaciones de editoriales y críticos más o menos banales. Desconfiemos de las listas de los más vendidos, las modas y los best sellers prefabricados. La literatura como el buen abono surge de la mierda del mundo corrompido por la codicia, el poder y el sexo.  En "Anatomía de la influencia", que subtituló como "La Literatura como modo de vida", Bloom parece resumir sus grandes temas que cuidó a lo largo de su vida, la función del crítico y, claro, la presencia omnímoda de Shakespeare en el subconsciente de la mayoría de los grandes autores. Para terminar el libro con un fantasmagórico paseo por las obras y las mpersonas de sus poetas preferidos (como si se tratara de una despedida)  Ammons, Merril, Ashbey, Merwin, , Charles Wrigth, Dryden (que llamó hijos pródigos de Whitman), Milton, Shelley, Whitman (encuadrados estos últimos dentro de lo que llamó "lo sublime escéptico" y las "ansiedades epicúreas".

En esta obra reconoce paladinamente la fuerza centrípeta de su idea de la influencia: "Mi libro aisla la melancolía literaria como el agón de la influencia y quizá yo escribo para curarme la sensación de haberme visto demasiado influido desde la infancia por los grandes autores occidentales". Y  nos dice: "la crítica literaria, tal como yo pretendo practicarla, es personal y apasionada...no sólo es la mejor parte de la vida, es en sí misma la forma de la vida y esta no tiene ninguna otra forma". Y una ñparte sustancia de esa vida, Bloom la dedicó enteramente a Shakespeare. En "La invención de lo humano" rinde culto al Gran Bardo y afirma copiando el soneto 87 de S. "Adios...eres muy caro para poseerte". Y fue muy caro, le dedicó en el fondo toda su vida.

En la extraordinaria "Shakespeare, La invención de lo humano", un libro de casi 900 páginas, Bloom escribe un ensayo para cada una de las obras del dramaturgo y poeta, en los que se desprende una admiración casi infantil ante un mago portentoso, el creador de figuras humanas, caracteres que parecen sobrepasar el texto lineal para convertirse en prototipos eternos, mas vivos en sí que las personas que nos rodean: Falstaff, Hamlet, Yago, Cleopatra, Olivia o Lady Macbeth. Hay auténtica alegría (y estupor) de estar vivo para gozar con esos portentos literarios. Lo cierto es que en pocas ocasiones me he sentido más entusiasmado y casi "poseído" por una pasión o "joie de vivre" causada por una admiración literaria tan pura y bien fundamentada. Y termina su libro con esta frase "Parece adecuado que concluya este libro con Falstaff y con Hamlet, ya que son las representacioones más plenas de la posibilidad humana en Shakespeare...ya seamos varones o mujeres, viejos o jóvenes,  Falstaff y Hamlet hablan a nosotros y para nosotros del modo más urgente"

Descubrí casualmente a Bloom a través de uno de los manuales que Barral editores publicó  en 1974 en su "Breve biblioteca de respuesta": "Los poetas visionarios del romanticismo inglés", donde hace un extraordinario y original panegírico de poetas como Blake,  Lord Byron, Shelley y Keats, a los que conocía sólo a través de sucintas biografías literarias en manuales universitarios. Bloom diseciona la poesía, y la vida, de estos poetas sin evitar la dialéctica que se establece entre la naturaleza y la imaginación y el rapto poético que lleva a la mitificación y la impostura casi herética y visionaria.

También dejó huella en mí, aparte de su travieso "Ensayistas y profetas, el Canon del ensayo" donde aprovecha la influencia y el escándalo de su Canon literario para hacer una crítica sin prejuicios de figuras como Huxley, Sartre, Camus, Freud, Pascal o Montaigne, Nietzsche, Emerson  o Rousseau. Una delicia irreverente.  Actitud que vuelve a desarrollar en su "¿Dónde se encuentra la sabiduría" en la que analiza sin pelos en la lengua la llamada "literatura sapiencial" desde el Eclesiastés a Platón y Homero pasando, cómo no, por Cervantes y Shakespeare, con estaciones de parada en Freud, , Proust, Goethe, san Agustin o Francis Bacon. ¿Reiterativo? Inevitablemente, pero no contradictorio ni olvidadizo. Siempre hay algo nuevo y bueno en lo que dice Bloom de sus amados autores.

Me he pasado casi 50 años de mi vida acompañado por la ironía dialéctica, la erudición y la mordacidad, el sarcasmo y la  socarronería de un lector impenitente. Un lector voraz que nunca se abstuvo de emplear su ingenio crítico incluso con los más grandes y admirados de sus autores. Es una lección y un privilegio gozar de las obras del desaparecido Harold Bloom.

FICHAS

"ANATOMÍA DE LA INFLUENCIA",  (Taurus); ¿DÓNDE SE ENCUENTRA LA SABIDURÍA? (Taurus); LOS POETAS VISIONARIOS DEL ROMANTICISMO INGLES (Barral Editores); EL CANON OCCIDENTAL" (Anagrama); "SHAKESPEARE, LA INVENCIÓN DE LO HUMANO" (Anagrama)"ENSAYISTAS Y PROFETAS, EL CANON DEL ENSAYO" (Páginas de Espuma).- Todos de  Harold Bloom. Distintas fechas de publicación, precios, páginas y traductores.

 

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29 enero 2020 3 29 /01 /enero /2020 19:21

En estos tiempos en que cualquier cafre sin pizca de sentido común, ante micrófonos y cámaras,  opina sobre lo “insoportable” de cualquier tema político (casi siempre nacionalista)  y amenaza con la guerra como “solución”, llevaría al sujeto ante un juez que le condenara por un delito de lesa estupidez inconsciente. Y como castigo y escarmiento le haría leer en jornadas de ocho horas la novela de Henri Barbusse que recibió el Premio Goncourt el año de gracia de 1916, en plena I Guerra Mundial, la conflagración que “debía poner fin a todas las guerras”: “Le Feu” (“El Fuego, diario de un pelotón de infantería”). El lugar de lectura sería una réplica de una trinchera de la cruel y devastadora guerra, fiel reproducción de las originales: como describe Barbusse, un lugar donde todo hedor, suciedad, peligro, horror, angustia, temor y desolación tienen su asiento, un lugar infernal con barro hasta las rodillas, bombardeos continuos, asaltos a la bayoneta, disparos de francotiradores, hambre, ratas, piojos, despojos humanos, histeria, estupidez de los mandos, corrupción de la elite militar, sin pertrechos, suministros, armamento y munición escasos y órdenes suicidas: todo el asco y la desesperación humanas en un  espacio  estrecho, excavado en el barro a 1,50 m de altura,  repleto de hombres desnutridos y salvajes, luchando por la supervivencia como locos debatiéndose entre el ruido y la furia.

He leído “El fuego” de Henri Barbusse con el corazón en un puño. Y por esas coincidencias que Jung llamaba “sincronicidades” he leído en mis repasos diarios de prensa a varios, sí varios, individuos situados en el poder en diversos países, que proferían referencias irresponsables y necias sobre la “posibilidad” de entrar en una de las guerras que en muchas partes del mundo actual hacen antesala de la idiotez humana. Por favor, ustedes, los que detentan el poder, los que pueden tomar medidas, hagan una criba de semejantes botarates y enciérrenlos unos días en un escenario bélico como el que les he comentado. Que comprueben en persona lo que preconizan.

El Fuego, una de las novelas antibelicistas más notables de la historia de la literatura, es fruto de la experiencia personal del poeta, novelista y soldado de infantería en la Gran Guerra, Henri Barbusse. Galardonada con el Premio Goncourt, la novela obtuvo un gran éxito en su época, convirtiendo a su autor en un personaje de gran popularidad. Redactada con una brutalidad desconcertante, narra las vicisitudes de un grupo de soldados que soportan una guerra que no desean y que nada tienen que ganar con ella. Tras El Fuego, la obra de Barbusse estuvo guiada por motivos políticos y sociales. Fundador del movimiento y la revista Clarté (Claridad), su nombre estuvo vinculado a los intelectuales que reclamaban el fin de las guerras en un mundo más justo: Anatole France, Léon Blum, Francis Carco, Romain Rolland, Jules Romains, etc.En 1923 se afilió al Partido Comunista francés. Bolchevique contumaz, murió en un hospital moscovita en agosto de 1935. Una enorme muchedumbre acudió a recibir y acompañar el cadáver hasta el cementerio parisino del Père Lachaise.

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24 enero 2020 5 24 /01 /enero /2020 11:17

A los que leen mucho se les seca el cerebro; la lectura obligatoria es la única manera de enseñar a amar a los libros; los que tienen grandes bibliotecas son unos presumidos, basta con preguntarles si se los han leído todos; la lectura es una forma de compensar la falta de simpatía personal, los defectos psicológicos y la timidez patológica; los libros van a dejar de existir muy pronto, son anticuados, ocupan espacio, crían polvo y bichitos, alimentan las esperanzas vanas de los jóvenes y la nostalgia de los viejos; la Galaxia Gutemberg ha expirado, ahora es tiempo de lo digital, los ebooks, las imágenes y las series; ya se sabe, una imagen vale más que mil palabras; el placer de la lectura no existe, es un invento de los escritores, los editores y los libreros: en realidad es un negocio turbio que crea adicciones sin utilidad alguna...

¿Les suena toda esta retahíla de insensateces? Algunas las hemos oído en el cole, el instituto y hasta en la Universidad. Como dice Alejandro Zambra en su irónico libro "No leer", "es un milagro que hayamos sobrevivido a todo eso y  a la impresión subyacente de que leer es la cosa más aburrida del mundo".  Yo no creo en el fin del libro como tampoco creo en que desaparezca la estúpida malevolencia humana, ni la corrupción política, ni los abusos de sexo, raza y posición social en esta Humanidad paradójica que también nos brinda genio artístico, bondad profunda, solidaridad anónima y una fuerza espiritual sin adjetivos que lleva a algunas personas a superar con sus actos los baremos de egoísmo y crueldad que son tristemente habituales en el mundo.

Los libros que hoy les recomiendo han sido escogidos como argumentos efectivos de la razón básica de mi rechazo a considerar la lectura con fines utilitaristas y pragmáticos: ni los libros son la panacea de nada, no nos curan pero tampoco nos enferman, ni nos hacen mas sabios pero tampoco mas estúpidos, no son instrumentos del diablo y tampoco de los dioses, puesto que constituyen el invento más efectivo de la historia para comunicar ideas, conservarlas y difundirlas. El mensaje del libro es neutro en sí mismo, son palabras escritas. Es el lector quien toma partido, actúa, tergiversa o magnifica, crea un íncubo en su cabeza o trasmite errores o iluminación a los demás. Es un objeto inocente. Cuando alguien empieza a quemar libros está anunciando que puede a llegar a quemar personas. Para hablarnos de todo esto he escogido, "El infinito en un junco" de Irene Vallejo, recibido como el Santo Grial de la lectura por algunos hiperbólicos reseñistas; "La biblioteca en llamas", de ambición más modesta pero modélica realización informativa, obra de una periodista del New Yorker, Susan Orlean; y uno de los libros del ameno ensayista argentino-canadiense Alberto Manguel, "Nuevo elogio de la locura", donde se nos ofrece unas "Notas para la definición del lector ideal", que pueden ser el epílogo de este trabajo. 

Irene Vallejo ha logrado con su magnífico libro una hazaña singular: ha dicho, con bastantes reiteraciones, lo que otros muchos han escrito ya en sesudos o agradables ensayos, pero lo hace de una manera tan amena y tan coherente con la línea maestra de su libro que configura el amor a los libros y a la narración, que consigue atraer al más remiso de los lectores que podría bostezar o abandonar obras de mayor calado intelectual o erudito. Es la Ortega y Gasset de la metaliteratura, es decir una ingeniosa y entretenida vulgarizadora de la historia de la escritura y la lectura, como Ortega (un poco injustamente) fue considerado respecto a la filosofía. La Vallejo nos cuenta de una forma atractiva e impecablemente escrita que quizá sembró la idea de escribir el libro cuando hojeaba un pergamino de Petrarca: "Me impresionó la belleza y la regularidad de la escritora trazada por una mano experta. Vi los rastros del tiempo, esas páginas salpicadas de manchas amarillentas como las manos pecosas  de mi abuelo. Tal vez el impulso de escribir este ensayo nació entonces, al calor de aquel libro de Petrarca que susurraba como una suave hoguera". 

Irene logra hacernos partícipes de una conversación íntima con ella, sus lecturas, sus opiniones , sus vivencias (como en la página 242 y siguientes cuando nos habla del acoso escolar que sufrió de una forma estoica)  o cuando (pág.183) se dirige directamente al lector para " sugerirle un alto en el camino a fin de hablar de otra historia". Las referencias continuas a otros autores (entrañable la de Helene Hanft y su "Charing Cross Road, 84"), citas textuales y guiños literarios convierten la lectura de este libro en un sugestivo paseo por la literatura y la historia de los libros y la escritura, la "peligrosa" profesión de  los libreros, la hábil trasposición entre junco y canon (vara de medir y lista de libros sobresalientes de una época), sin olvidar los interrogantes que plantea la era digital. Pero siempre acaba con una defensa numantina:"Los libros tienen voz y hablan salvando épocas y vidas. Las librerías son esos territorios mágicos donde, en un acto de inspiración, escuchamos los ecos suaves y chisporroteantes de la memoria desconocida. (p. 315). O en la 401: "Somos los únicos animales que fabulan, que ahuyentan la oscuridad con cuentos, que gracias a los relatos aprenden a convivir con el caos, que avivan los rescoldos de las hogueras con el aire de sus palabras, que recorren largas distancias para llevar sus historias a los extraños. Y cuando compartimos los mismos relatos, dejamos de ser extraños". 

El libro de Manguel es una suerte de coda cordial al de la Vallejo. Aunque hay páginas que resuenan con lo leído en "El junco", principalmente la parte II y la III, cuando disecciona con habilidad y humor los componentes de las páginas del libro o la materia que lo compone a través de los siglos (interesante la reflexión sobre el humilde punto) o los avatares de autores, las falsificaciones (en especial la del poema "Instantes" que fue atribuido falazmente a Borges y se vende impreso en las camisetas de medio mundo de habla castellana, pág 145). Es un conjunto algo caótico de artículos publicados en revistas que, como suele suceder en estos casos, cojea un poco en coherencia e interés. Manguel usa a algunos clásicos,  Lewis Carroll y Alicia, Pinocho o Crusoe, para ilustrar sus capítulos (deliciosos los dibujos tradicionales de John Teniel dibujando a Alicia y sus personajes) y hace algunas consideraciones de aguda intuición política como : "Para llegar más lejos y más profundo, para tener el coraje de enfrentarnos a nuestros temores y dudas y secretos ocultos. Para cuestionar el funcionamiento de la sociedad respecto de nosotros mismos y del mundo, necesitamos aprender a leer de otra manera, de forma distinta, que nos permita aprender a pensar". (pag. 55). O esta otra cita tan oportuna: "en un mundo en el que el valor monetario es la medida de todas las cosas, las obras de arte que no ofrecen en sí mismas una gratificación financiera inmediata, que requieren procedimientos largos y difíciles, que no pueden ser definidas mediante etiquetas o bytes de sonido, y que no generan beneficios comerciales a través de complejos vericuetos estéticos, éticos o filosóficos, deben ser descartadas o, al menos, recibir muy poca atención... Bajo la evaluación común del valor económico, todos los otros valores se desdibujan o desaparecen. (págs. 26-27).

Y para cerrar este trabajo nada mejor que "La biblioteca en llamas", el fascinante ensayo-reportaje periodístico de Susan Orlean que parece sintonizar con las referencias de los dos autores anteriores a la bibliotecas devoradas por el fuego, a los "autos de fe" inquisitoriales, a los nazis y sus bárbaras hogueras, a las obscenas y vandálicas destrucciones de bibliotecas y libros por los fanáticos religiosos de todos los tiempos. La autora (con una novela anterior en su haber que es una joya de sensibilidad y narrativa sugestiva y documentada: "El ladrón de orquídeas") aplica su delicada visión hacia lo humano en esta indagación que le llevó más de una década y que rescató del olvido un hecho que casi todo el mundo ha olvidado: el incendio de la Biblioteca Pública de Los Ángeles, el 29 de abril de 1986.

Es un libro que recoge el horror y la desolación de la biblioteca de Alejandría y de otras de la antigüedad o de las perpetradas en nuestros tiempos (Sarajevo, por ejemplo) nos habla de la destrucción en Los Ángeles de 400.000 libros convertidos en ceniza o de los daños irreparables de otros 700.000, durante siete horas de infierno. Fue un holocausto cultural premeditado que quedó eclipsado porque, coincidencias pavorosas, el mismo día se produjo el accidente nuclear de Chernobyl. El subtítulo del libro es de una claridad llamativa: "Historia de un millón de libros quemados y del hombre que encendió la cerilla".

Para ello Susan Orlean nos ofrece un libro ameba que se extiende, se fagocita, lanza sus pedúnculos hacia otros temas relacionados directa o indirectamente con el incendio, nos cuenta historias sobre la ciudad o sobre cuestiones científicas relacionadas con el fuego y el papel. Y como una Borges reencarnada, nos habla de su amor intenso hacia las bibliotecas:  “La biblioteca es una reserva de narraciones y también una reserva para toda la gente que viene aquí a buscarlas. Es donde podemos entrever la inmortalidad. En la biblioteca podemos vivir para siempre” Y "Todas las cosas que van mal en el mundo parecen verse derrotadas por la sencilla promesa innombrada de las bibliotecas".

Pero el lector va a ser prácticamente "secuestrado" por el interés de la lectura gracias a la habilidad de Susan para entresacar temas laterales que atraen tanto como el principal, la autoría del incendio. Y así gozará con el ingenioso método para salvar los libros que quedaron empapados por el agua: estuvieron dos años congelados, con lo que se evitó que el moho y la descomposición provocada por el agua destruyera totalmente los volúmenes. Al terminar el plazo de congelación los libros  estaban listos "para ser descongelados, secados, fumigados, clasificados, limpiados y recuperados". Los ingenieros de la empresa aeroespacial McDonell se ofrecieron para intentar secar unos 20.000 libros en una cámara de simulación espacial y otras empresas los secaron por deshumidificación. Pero donde la historia de esta autora toma caracteres de gran novela es en su hábil y paciente tratamiento del laberinto legal que se armó en torno al principal sospechoso, Harry Peak, un mentiroso compulsivo que daba historia contradictorias de sus actos cada vez que declaraba. Fue imposible confirmar su autoría y Peak terminó demandando a la ciudad de Los Ángeles y sus bomberos por casi 20 millones de dólares por supuestos abusos de autoridad y daños a su imagen y Los Angeles demandó a Peak por casi treinta millones por los daños inferidos a la biblioteca, gastos de bomberos y agua utilizada. El dramático y sorprendente final del caso Peak lo dejo pendiente de la curiosidad del lector. No hay que hacer "spoiler" de un libro tan laborioso.

 

 

FICHAS

EL INFINITO EN UN JUNCO.- Irene Vallejo.- Siruela. 452 páginas, 24,95 euros

LA BIBLIOTECA EN LLAMAS.- Susan Orlean.Trad. Juan Trejo.-Planeta. .-398 págs.

NUEVO ELOGIO DE LA LOCURA.- Alberto Manguel.- Ed Lumen. 238 págs.

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22 enero 2020 3 22 /01 /enero /2020 19:17

Y para cerrar este trabajo nada mejor que "La biblioteca en llamas", el fascinante ensayo-reportaje periodístico de Susan Orlean que parece sintonizar con las referencias de los dos autores anteriores a la bibliotecas devoradas por el fuego, a los "autos de fe" inquisitoriales, a los nazis y sus bárbaras hogueras, a las obscenas y vandálicas destrucciones de bibliotecas y libros por los fanáticos religiosos de todos los tiempos. La autora (con una novela anterior en su haber que es una joya de sensibilidad y narrativa sugestiva y documentada: "El ladrón de orquídeas") aplica su delicada visión hacia lo humano en esta indagación que le llevó más de una década y que rescató del olvido un hecho que casi todo el mundo ha olvidado: el incendio de la Biblioteca Pública de Los Ángeles, el 29 de abril de 1986.

Es un libro que recoge el horror y la desolación de la biblioteca de Alejandría y de otras de la antigüedad o de las perpetradas en nuestros tiempos (Sarajevo, por ejemplo) nos habla de la destrucción en Los Ángeles de 400.000 libros convertidos en ceniza o de los daños irreparables de otros 700.000, durante siete horas de infierno. Fue un holocausto cultural premeditado que quedó eclipsado porque, coincidencias pavorosas, el mismo día se produjo el accidente nuclear de Chernobyl. El subtítulo del libro es de una claridad llamativa: "Historia de un millón de libros quemados y del hombre que encendió la cerilla".

Para ello Susan Orlean nos ofrece un libro ameba que se extiende, se fagocita, lanza sus pedúnculos hacia otros temas relacionados directa o indirectamente con el incendio, nos cuenta historias sobre la ciudad o sobre cuestiones científicas relacionadas con el fuego y el papel. Y como una Borges reencarnada, nos habla de su amor intenso hacia las bibliotecas:  “La biblioteca es una reserva de narraciones y también una reserva para toda la gente que viene aquí a buscarlas. Es donde podemos entrever la inmortalidad. En la biblioteca podemos vivir para siempre” Y "Todas las cosas que van mal en el mundo parecen verse derrotadas por la sencilla promesa innombrada de las bibliotecas".

Pero el lector va a ser prácticamente "secuestrado" por el interés de la lectura gracias a la habilidad de Susan para entresacar temas laterales que atraen tanto como el principal, la autoría del incendio. Y así gozará con el ingenioso método para salvar los libros que quedaron empapados por el agua: estuvieron dos años congelados, con lo que se evitó que el moho y la descomposición provocada por el agua destruyera totalmente los volúmenes. Al terminar el plazo de congelación los libros  estaban listos "para ser descongelados, secados, fumigados, clasificados, limpiados y recuperados". Los ingenieros de la empresa aeroespacial McDonell se ofrecieron para intentar secar unos 20.000 libros en una cámara de simulación espacial y otras empresas los secaron por deshumidificación. Pero donde la historia de esta autora toma caracteres de gran novela es en su hábil y paciente tratamiento del laberinto legal que se armó en torno al principal sospechoso, Harry Peak, un mentiroso compulsivo que daba historia contradictorias de sus actos cada vez que declaraba. Fue imposible confirmar su autoría y Peak terminó demandando a la ciudad de Los Ángeles y sus bomberos por casi 20 millones de dólares por supuestos abusos de autoridad y daños a su imagen y Los Angeles demandó a Peak por casi treinta millones por los daños inferidos a la biblioteca, gastos de bomberos y agua utilizada. El dramático y sorprendente final del caso Peak lo dejo pendiente de la curiosidad del lector. No hay que hacer "spoiler" de un libro tan laborioso.

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18 enero 2020 6 18 /01 /enero /2020 19:11

El libro de Manguel es una suerte de coda cordial al de la Vallejo. Aunque hay páginas que resuenan con lo leído en "El junco", principalmente la parte II y la III, cuando disecciona con habilidad y humor los componentes de las páginas del libro o la materia que lo compone a través de los siglos (interesante la reflexión sobre el humilde punto) o los avatares de autores, las falsificaciones (en especial la del poema "Instantes" que fue atribuido falazmente a Borges y se vende impreso en las camisetas de medio mundo de habla castellana, pág 145). Es un conjunto algo caótico de artículos publicados en revistas que, como suele suceder en estos casos, cojea un poco en coherencia e interés. Manguel usa a algunos clásicos,  Lewis Carroll y Alicia, Pinocho o Crusoe, para ilustrar sus capítulos (deliciosos los dibujos tradicionales de John Teniel dibujando a Alicia y sus personajes) y hace algunas consideraciones de aguda intuición política como : "Para llegar más lejos y más profundo, para tener el coraje de enfrentarnos a nuestros temores y dudas y secretos ocultos. Para cuestionar el funcionamiento de la sociedad respecto de nosotros mismos y del mundo, necesitamos aprender a leer de otra manera, de forma distinta, que nos permita aprender a pensar". (pag. 55). O esta otra cita tan oportuna: "en un mundo en el que el valor monetario es la medida de todas las cosas, las obras de arte que no ofrecen en sí mismas una gratificación financiera inmediata, que requieren procedimientos largos y difíciles, que no pueden ser definidas mediante etiquetas o bytes de sonido, y que no generan beneficios comerciales a través de complejos vericuetos estéticos, éticos o filosóficos, deben ser descartadas o, al menos, recibir muy poca atención... Bajo la evaluación común del valor económico, todos los otros valores se desdibujan o desaparecen. (págs. 26-27).El libro de Alberto Manguel, el crítico, novelista y ensayista argentino tiene una doble ventaja: es la obra de un erudito que sabe contar porque sabe leer y es un amante inveterado de los libros que suspira por las grande bibliotecas y tiene la sensibilidad suficiente para reconocer que "los libros que amamos se convierten en nuestra cartografía". Manguel  consigue en su "Nuevo elogio de la locura" que un grupo más bien incoherente de artículos se comporte con la expresiva y audaz alegría literaria de los personajes de "Alicia en el País de las Maravillas" y se ajuste a un hilo conductor invisible pero evidente que nos llevan desde lo que distingue a los lectores ideales de los que no lo son, el ana´lisis del libro como objeto mágico, desde la singularidad del punto a la historia de la impresión, desde la piedra a la arcilla, el cuero, la piel, la vitela, el pergamino o el papel. De ahí a el valor y el precio de los libros, las falsificaciones y un repaso adeterminados escritores desde Julio Verne y la biblioteca de 12.000 volúmenes del capitán Nemo, a Stevenson y Conan Doyle y sus vidas complementarias, la sabiduría de Yehuda Elberg, la obra "El viento en los sauces" de Grahame, los jardines de Cirus Connolly, para empezar una rápida pérdida de coherencia con el resto de la obra, concerniendo a los  capítulos dedicados a nuestro Cercas y sus "Soldados de Salamina",  Van Gogh,  Gaudí  y Cándido, donde se cierra el libro sin pena ni gloria.

Es el problema de los libros constituidos por artículos y pequeños ensayos separados en el tiempo y que el afán editorial (o del autor) reúne en una gavilla heterodoxa que va perdiendo fuerza (tal vez si pensamos en la metáfora del escritor y la edad en que escribió cada trabajo se podría seguir un sesgo de decadencia de vigor creativo. No obstante y a pesar de ese defecto de ritmo y cadencia que he percibido (y puedo estar errado) lo cierto es que las dos terceras partes del libro son fascinantes, entretenidas y sugestivas. La "breve aclaración"  que Manguel nos ofrece como introducción es brillante y nos aclara el porqué del titulo elegido, sobre el "Stutitiae Laus", subtítulo del libro que publicó Erasmo en 1509 dedicado a su amigo Thomas Moro con el título: "Moriae Encomiun" , que se puede traducir como "Elogio a Moro" tanto como "Elogio a la locura". Un poco después en el Prólogo, Manguel muestra sus cartas: está jugando con los naipes del Sobrerero Loco, de la Liebre de Marzo, del Gato y abre cada capítulo con los maravillosos dibujos de la edición inglesa del libro de Lewis Carroll. Y nos dice: "Hoy, a la mesa del Sombrerero Loco no se sientan las criaturas imaginarias con las que encontró Alicia, sino seres dolorosamente reales: los herederos de Cortés (que mandó fundir un tesoro increíble de joyas para hacer lingotes de oro) que reducen toda la creación a palos y piedras, los mercaderes para los que la única medida de valor es la de la ganancia financiera y la manera más segura de obtener mayores beneficios es la disminución del nivel intelectual del público, los que lo convierten todo en una mercancía vendible...los propagandistas de trilladas virtudes y creadores de falsas necesidades...los revolucionarios para quienes no puede haber purificación sin destrucción y los dirigentes políticos para quienes la riqueza y el poder son prueba de corrección y autoridad moral" (pág. 32).

Y también en la pág.55 : "Para llegar más lejos y más profundo, para tener el coraje de enfrentarnos a nuestros temores y dudas y secretos ocultos. Para cuestionar el funcionamiento de la sociedad respecto de nosotros mismos y del mundo, necesitamos aprender a leer de otra manera, de forma distinta, que nos permita aprender a pensar". Y tiene más razón que un santo cuando apostilla "Si aceptamos… la prioridad de los valores económicos, cambiamos nuestra relación con todas las actividades creativas. Si la ganancia financiera es el objetivo final, entonces lo que buscamos es cierta especie de perfección: la producción de artefactos que puedan convertirse fácilmente en dinero. Es decir, en un mundo en el que el valor monetario es la medida de todas las cosas, las obras de arte que no ofrecen en sí mismas una gratificación financiera inmediata, que requieren procedimientos largos y difíciles, que no pueden ser definidas mediante etiquetas o bytes de sonido, y que no generan beneficios comerciales a través de complejos vericuetos estéticos, éticos o filosóficos, deben ser descartadas o, al menos, recibir muy poca atención". Este libro fue publicado en 2006. Catorce años más tarde estas palabras resultan proféticas. No hemos mejorado.

 

FICHA

NUEVO ELOGIO DE LA LOCURA.- Alberto Manguel.-Ed. Lumen.-238 págs.

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16 enero 2020 4 16 /01 /enero /2020 19:23

Tiene Irene Vallejo dos virtudes capitales en lo que al libro que comento se refiere: se ha convertido en una Sherezade sin peligro de muerte, sino en función de la dinámica de la vida, el cambio y el testigo del cambio en el mundo de los libros. Ella que nos habla de comienzo oral de la narración -el ser humano está estructurado a través de las historias que le han contado- del germen  de los libros, el aliento de la palabra y el ritmo del narrador conectando con el del oyente. Por lo tanto nos habla con el encanto de un narrador oral popular, por ejemplo, de las desmesuras de los Ptolomeos y de la paradigmática biblioteca de Alejandría y como otra Hipatia se identifica con la magia primordial del amor al conocimiento, del que los libros son un medio y un fin. Esa virtud generadora es la que impulsa en un diálogo permanente a Irene con su lector. Nos lleva en cada capítulo a compartir el relato de su caminar y cuando lo acaba deja la semilla para obligarnos a seguir por los avatares del siguiente, mezclando nombres, historias, entrando de vez en cuando en persona en el escenario para cautivarnos mejor.

La segunda virtud es la amenidad documental, la curiosidad profunda hacia los orígenes de una pasión enriquecedora y absorbente por la lectura, como lo son las grandes pasiones. ¿Por qué leemos? ¿Dónde nace esa necesidad? ¿Por qué los libros son "el más asombroso de los inventos humanos", según Borges y según todos los buenos lectores que en el mundo han sido y son  (y serán, no les quepa duda alguna). Irene Vallejo ha logrado con su magnífico libro una hazaña singular: ha contado, con algunas reiteraciones, lo que otros muchos han escrito ya en sesudos o agradables ensayos, pero lo hace de una manera tan amena y tan coherente con la línea maestra de su libro que configura el amor a los libros y a la narración, que consigue atraer al más remiso de los lectores que podría bostezar o abandonar obras de mayor calado intelectual o erudito. Es la Ortega y Gasset de la metaliteratura, es decir una ingeniosa y entretenida vulgarizadora de la historia de la escritura y la lectura, como Ortega (demasiado injustamente) fue considerado respecto a la filosofía. La Vallejo nos cuenta de una forma atractiva e impecablemente escrita que quizá sembró en sí misma la idea de escribir el libro cuando hojeaba un pergamino de Petrarca: "Me impresionó la belleza y la regularidad de la escritora trazada por una mano experta. Vi los rastros del tiempo, esas páginas salpicadas de manchas amarillentas como las manos pecosas  de mi abuelo. Tal vez el impulso de escribir este ensayo nació entonces, al calor de aquel libro de Petrarca que susurraba como una suave hoguera". 

Irene logra hacernos partícipes de una conversación íntima con sus lecturas, sus opiniones , sus vivencias (como en la página 242 y siguientes cuando nos habla del acoso escolar que sufrió de una forma estoica)  o cuando (pág.183) se dirige directamente al lector para " sugerirle un alto en el camino a fin de hablar de otra historia". Las referencias continuas a otros autores (entrañable la de Helene Hanff y su "Charing Cross Road, 84"), citas textuales y guiños literarios convierten la lectura de este libro en un sugestivo paseo por la literatura y la historia de los libros y la escritura, la "peligrosa" profesión de  los libreros, la hábil transposición entre junco y canon (vara de medir y lista de libros sobresalientes de una época), sin olvidar los interrogantes que plantea la era digital. Pero siempre acaba con una defensa numantina:"Los libros tienen voz y hablan salvando épocas y vidas. Las librerías son esos territorios mágicos donde, en un acto de inspiración, escuchamos los ecos suaves y chisporroteantes de la memoria desconocida. (p. 315). O en la 401: "Somos los únicos animales que fabulan, que ahuyentan la oscuridad con cuentos, que gracias a los relatos aprenden a convivir con el caos, que avivan los rescoldos de las hogueras con el aire de sus palabras, que recorren largas distancias para llevar sus historias a los extraños. Y cuando compartimos los mismos relatos, dejamos de ser extraños". 

Irene da fin a su hipnotizante libro acogiendo en su epílogo la anécdota germinal de un grupo de bibliotecarias amazonas que en el primer tercio del siglo pasado cabalgaba por las trochas de los Apalaches norteamericanos llevando en sus alforjas libros para las granjas aisladas y los pueblos escondidos de Kentucky (y nos da el dato enternecedor que el titulo más demandado por esas gentes olvidadas fue "Robinson Crusoe"). Y nos dice, universalizando la anécdota: "de alguna forma misteriosa y espontánea, el amor por los libros forjó una cadena invisible de gente que sin conocerse, ha salvado el tesoro de los mejores relatos, sueños y pensamientos a lo largo del tiempo"... "Gente común cuyos nombres en muchos casos no registra la historia...la pasión callada de tantos seres humanos unidos por esa misteriosa lealtad". Hacia los libros, la lectura, "personas que lucharon por nosotros, por los rostros nebulosos del futuro". Como has hecho tú, Irene, con este libro.

FICHA

EL INFINITO EN UN JUNCO. Irene Vallejo.- Ed. Siruela.448 páginas.-23,99 euros.

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16 enero 2020 4 16 /01 /enero /2020 08:20

 En esta España de contubernios secretos y/o oscuros entre Don Dinero y Doña Política, uno no sabe nunca de manera fehaciente de dónde le viene el descalabro, hasta que lo sufre en propias carnes y ya resulta imposible volver atrás. Ese proyecto de parques eólicos en el Matarraña me malicio que viene de más lejos de lo que los papeles nos hacen pensar. Prefiero no creer que estén a punto de meternos un gol incluso antes de empezar el partido, con la aquiescencia y complicidad de algunos codiciosos o ingenuos mal informados, que sienten tintinear las doce monedas en sus bolsillos.

En el muy citado pero menos leído “Don Quijote” (cap.VIII, 1ªparte) el valeroso caballero tiene la “espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento”. Allí Sancho, el fiel y sensato escudero, trata de detener a su señor que ya picaba espuelas a Rocinante para atacar con su lanza a los “gigantes”-molinos. “Mire vuestra merced –decía- que aquellos no son gigantes sino molinos de vientos”. La moraleja de la historia es que la realidad es tozuda, dura y desconsiderada. El molino derriba al caballero y lo deja muy malparado. Pero don Quijote sigue, en su interior, considerando que aquellos enormes seres de brazos giratorios eran reales y que el maligno sabio Frestón los cambió en molinos cuando se percató del ataque.

Pues bien, en el Matarraña, diría don Quijote (con la  venia de don Miguel) “Gigantes son que no molinos”. Abusemos un poco de la metáfora. El parque eólico, esos gigantescos Briareos, como los llama el caballero (buen conocedor de la mitología: Briareo es un hijo de Urano y Gea -la Tierra- y tenía cincuenta cabezas y cien brazos, lo cual le convierte en una excelente metáfora de las empresas financieras) tienen indudablemente su razón de ser y generan energía “limpia” pero a un coste ecológico y ambiental, paisajístico y territorial, del que existen estudios y pruebas sobre el terreno bastante preocupantes. ¿Más ecológico que el carbón y el petróleo y menos potencialmente peligroso que el nuclear? Por supuesto.

Pero parece probado que ocasiona daños en la fauna del lugar (en realidad la hace desaparecer en poco tiempo: pájaros y animales de montaña y bosque), en el paisaje y en el ambiente pacífico, equilibrado y de plena naturaleza que existe en los lugares donde se instalan las rumorosas y gigantescas palas rotatorias. Por lo tanto don Quijote tiene razón: esos presuntos molinos son gigantes dañinos disfrazados de molinos

Ya llevan meses los agentes de la empresa eólica, por lo visto, sondeando alcaldías ¿y políticos? de la zona. Se habla de 84 aerogeneradores en varios pueblos del Matarraña: La Portellada, Ráfales, La Fresneda, Fórnoles, Valdetormo, Mazaleón, Fabara, Valjunquera y Mella, divididos en cuatro parques. Aquí hay una evidente colusión entre intereses propios –legítimos sin duda- y los generales y comarcales –tan legítimos como los anteriores pero que conciernen a una visión de futuro de la Comarca entera. No sólo se trata del daño directo y bioambiental realizado al territorio o del agravio al sector turístico sino del principio ético que debería motivarnos a todos cuantos vivimos en esta tierra: no podemos vender por un plato de lentejas la obligación que tenemos de propiciar un futuro mejor que el presente que tenemos para nuestros descendientes. En una atmósfera global de desastre ambiental debemos apostar por soluciones energéticas lo menos dañinas posibles para con nuestro castigadísimo entorno. ¿Por qué no apostar por las placas solares?: hay páramos extensos en nuestra tierra en los que se podrían habilitar verdaderos escuadrones de esos captadores de sol, que darían energía barata a nuestros pueblos tan necesitados de ayudas. Y no conozco estudios contrarios a las placas en cuanto a su idoneidad ecológica.

Sirva este artículo a modo de aviso o advertencia. Hay a favor de la prudencia en la toma de decisiones una directriz comarcal ya desde 2008 y una “Carta del Paisaje” de 2010 que promueve “mejoras” y no mercadeos. Hablar de “pros” de ese infausto proyecto, citando inyecciones a presupuestos y arreglos de carreteras, suena a una muy conocida falacia poco democrática: la debilidad de presupuestos municipales y el estado de las carreteras son asuntos públicos que dependen de una Administración del estado que permite que eso suceda porque no quiere o no puede solventarlo. ¿Hemos de comprar a un precio ambiental de futuro el dinero que por ley nos debería llegar por sus cauces legales y administrativos? Esto es semejante a la compra de joyas arquitectónicas y artísticas por americanos adinerados en el siglo XIX y principios del XX, o por españoles de regiones más ricas en el pasado siglo. Dinero ilegal que raramente llegaba al pueblo sino que se embolsaban los caciques u otros prohombres políticos o religiosos de la época. No es este el  caso. Estamos hablando de decir adiós al sueño estético y ambiental de una “Provenza” aragonesa, un paisaje idílico y bello que comienza a ser conocido y apreciado en el resto de España.

Esto no es una cuestión de “referéndum” de vecinos sino de puro sentido común del equilibrio natural, la sostenibilidad y la filosofía ambiental, turística y de desarrollo de esta tierra. A los que sueñan con “dinero fresco” vendiendo lo que sea, les sugiero que paseen por los parques eólicos de la vecina Terra Alta y pregunten a la gente de esos pueblos si están satisfechos con lo que tienen y si han visto los “frutos” de esa tecnología invertidos en la propia tierra, después del primer pago.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Escritor. Alcalde de Torre del Compte

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14 enero 2020 2 14 /01 /enero /2020 11:10

En estos tiempos en que cualquier cafre sin pizca de sentido común, ante micrófonos y cámaras,  opina sobre lo “insoportable” de cualquier tema político (casi siempre nacionalista)  y amenaza con una guerra como “solución” llevaría al sujeto ante un juez que le condenara por un delito de lesa estupidez inconsciente. Y como castigo y escarmiento le hiciera leer en jornadas de ocho horas la novela de Henri Barbusse que recibió el Premio Goncourt el año de gracia de 1916, en plena I Guerra Mundial, la conflagración que “debía poner fin a todas las guerras”: “Le Feu” (“El Fuego, diario de un pelotón de infantería”). Esa lectura debía ser complementada con “Tempestades de acero” de Ernst Jünger,  con “Abajo las armas” de Bertha von Suttner, “Sin  novedad en el frente” de Erich Maria Remarque y como postre “Adios a las armas”, la más floja de todas, pero con el sello Hemingway.

El lugar de lectura sería una réplica de una trinchera de la cruel y devastadora guerra, fiel reproducción de las originales: como describe Barbusse, un lugar donde todo hedor, suciedad, peligro, horror, angustia, temor y desolación tienen su asiento, un lugar infernal con barro hasta las rodillas, bombardeos continuos, asaltos a la bayoneta, disparos de francotiradoes, hambre, ratas, piojos, despojos humanos, histeria, estupidez de los mandos, corrupción de la elite militar, sin pertrechos, suministros, armamento y munición escasos y órdenes suicidas: todo el asco y la desesperación humanas en un  espacio  estrecho, excavado en el barro a 1,50 m de altura,  repleto de hombres desnutridos y salvajes, luchando por la supervivencia como locos debatiéndose entre el ruido y la furia.

He leído “El fuego” de Henri Barbusse con el corazón en un puño. Y por esas coincidencias que Jung llamaba “sincronicidades” he leído en mis repasos diarios de prensa a varios, sí varios, individuos situados en el poder en diversos países, que proferían referencias irresponsables y necias sobre la “posibilidad” de entrar en una de las guerras que en muchas partes del mundo actual hacen antesala de la idiotez humana. Por favor, ustedes, los que detentan el poder, los que pueden tomar medidas, hagan una criba de semejantes botarates y enciérrenlos unos días en un escenario bélico como el que les he comentado. Antibelicismo literario en vena y condiciones “reales” que reproduzcan el horror para su escarmiento. Sin llegar a herirlos, por supuesto, pero sometidos a los horrores ambientales y físicos de una trinchera de la primera –o la segunda- guerra mundial. O de Vietnam, algún país africano, Sarajevo… se puede escoger en todos los continentes. Que comprueben en persona lo que preconizan.

 

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9 enero 2020 4 09 /01 /enero /2020 08:42

Stephen Greenblatt es un profesor de Humanidades norteamericano, que ejerce en la Universidad de Harvard, autor de varios libros y entre ellos dos que me han fascinado. Uno fue premio Pulitzer en 2012 "El Giro" y otro, "El Tirano. Shakespeare y la política" publicado en 2018 y traducido hace unos meses en España.. En el primero habla del descubrimiento de un humanista italiano en 1417 del único ejemplar existente del "De rerum natura" el poema filosófico epicúreo de Lucrecio (s.I a.C.). En "El tirano" nos habla de los tiranos que Shakespeare refleja en sus obras más importantes y del método "de "ángulo oblicuo" que usaba el escritor para reflejar los dramas políticos de su propia época y no perecer en el intento: escogiendo a los tiranos en épocas pasadas, "al menos un siglo entero de distancia entre él y los acontecimientos que describía". Creo que Greenblatt ha usado el mismo "ángulo oblicuo" para describir ciertas actitudes políticas de algunos líderes de nuestra época, usando a los personajes de Shakespeare. 

Supongo que a los tiranos de hoy, sin ir muy lejos Greenblatt tiene uno en casa, les cuesta tanto como a los del pasado reconocerse en los retratos objetivos que los describen, pero ya se sabe que suelen estar rodeados de gentes muy serviciales que resaltarían ciertos parecidos enojosos. No tengo noticia de que el autor haya recibido algún "tuits" firmado por el inquilino de la Casa Blanca o por el de Downing Street, pero después de leer el capítulo dedicado a John Cade, uno le enviaría un mensaje al profesor de Harvard advirtiéndole que no bajara la guardia. Los consejeros del presidente y los del primer ministro británico, "esas larvas de la cosa pública" podrían aconsejarles la lectura de ese capítulo dedicado al "populismo fraudulento". Cade fue un personaje real que vivió en 1504 y que dirigió una revuelta popular (orquestada desde el poder) dueño de una oratoria salvaje y demagógica. Como cuenta, Greenblatt "el populacho es perfectamente consciente de que Cade es un mentiroso, pero por venal, cruel y egoísta que sea, es capaz de articular lo que sueñan las masas: romper todos los acuerdos, cancelar todas las deudas y desmantelar las instituciones existentes que no sean útiles para sus objetivos", "apoyándose en su indiferencia por la verdad, en su desvergüenza y en una seguridad en sí mismo sobredimensionada, el demagogo bocazas va adentrándose en una fantasía".

Ninguno de los dos líderes políticos es propiamente un tirano. Nuestra época ha diluído los excesos de poder en su retórica democrática, con lo que precisan cierto apoyo popular y tienen establecidos frenos institucionales. Aún así, esas dos y otras muchas figuras políticas que conciernen a demasiados países en este desorientado mundo del siglo XXI, tienen en el pasado reflejos alarmantemente semejantes.

Greenblatt nos habla en su libro de instituciones muy firmes en el ámbito político y económico, de líderes políticos con un poder inmenso y al tiempo nos informa del caos reinante, en el que el rencor y los intereses partidistas se imponen, la miseria económica se extiende por el país, haciendo que surjan actitudes populistas que encienden el desorden y la violencia en las calles bajo banderías y eslóganes que son mentiras evidentes pero que todos aceptan como verdades. ¿Nos está hablando del siglo XXI, de hoy mismo?No, señores. Está haciendo referencia a la Inglaterra de la reina Isabel I y ese autor-reportero es el mismísimo William Shakespeare. Nuestro autor juega con los espejos del pasado y el presente y usa las palabras del Bardo para mostrarnos a Trump y a otros individuos ensoberbecidos por el poder que están llevando a sus países y muchos de los demás a situaciones de guerra latente. 

Analizando a Ricardo III o a Macbeth, las razones psicológicas, infantiles, sexuales, narcisistas y los temores llevados a las mentiras más tortuosas y a un populismo violento y delirante que están en la psicopatología de esos personajes tienen un reflejo que produce estupor en personas totalitarias y sin pudor que dominan las políticas de sus países y amenazan a los que tienen alrededor. Greenblatt se pregunta, como Shakespeare en su tiempo:  "¿cómo es posible que alguien que gobierna a través de la violencia, no para defender los intereses de su pueblo sino por motivos propios, irracionales o malvados, consiga mantenerse en el poder”.

Y esboza una respuesta: La gente vive de una forma tan insegura y tan lejos de la comodidad económica y social que necesita creer en las mentiras de alguien que les promete un cambio a mejor y que les señala a los "auténticos" culpables de su situación (que nunca es el Gobierno del tirano) con los enemigos del líder carismático, ya sean raciales, los judíos, los negros, los asiáticos o los árabes, como económicos, el capitalismo salvaje o los separatistas o el terrorismo de los desahuciados y los sin techo o los inmigrantes.

FICHA

EL TIRANO.- Shakespeare  y la política.- Stephen Greenblatt, - Ed Alfabeto.- Pags. 252

 

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