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31 enero 2021 7 31 /01 /enero /2021 11:43

Vivimos un tiempo de aceleración patológica en lo que único que importa es la satisfacción del mayor número de supuestas “necesidades” con el mínimo esfuerzo y dentro de la inmediatez si es posible. No da tiempo de tomar pausas, de actitudes reposadas, de reflexionar: consumimos las “razones” que nos sirven previamente masticadas por el Sistema, fáciles de digerir y sin plantearnos su veracidad. Es el tiempo de la “postverdad”, neologismo con el que disfrazamos pura y simplemente la mentira, que campa libremente por las redes y se amplifica por algunos medios de comunicación que más bien lo son de manipulación. Sufrimos el bombardeo incesante de las novedades y no se da tiempo para que se asienten, todos son excepciones y excelencias que arrinconan con su incesante fragor la confortante serenidad de los clásicos, palabra que ha dejado de significar lo que es perenne y que se ha convertido en un producto efímero y ruidoso, consumido con psicótica rapidez y anhelo,  que no deja huella. Y este es el problema capital del tiempo que vivimos: NO DEJA HUELLA (en nuestra psique, sí en nuestras desdichas, cada vez más repartidas).

Sufrimos una devastadora pandemia y bastaría repasar las hemerotecas o los documentos cercanos –el pasado cada vez es más limitado- para observar alucinadamente que las personas olvidan la gravedad,  obsesionadas por “aprovechar” el tiempo de vivir y disfrutar: cosa tan imposible como tratar de alcanzar la propia sombra.

Josep María Esquirol en su excelente “El respirar de los días” nos regaló hace años una lúcida reflexión sobre el tiempo y la vida, los tos términos entrelazados de manera esencial. En un fascinante recorrido Esquirol nos habla de los ritmos acompasados al tiempo orgánico, el desgaste del tiempo que pasa, la irreversibilidad de lo que ocurre, la aceleración que marca el consumo con su dogal de hierro forrado de seda, el tiempo que uno dona a “otro” o a “lo otro”  (Jacques Derrida analiza también el tiempo y su donación), la sabiduría de la voluntaria lentitud, el “kairós” o momento oportuno, el “carpe diem” y la presencia de la muerte en el esquema humano del tiempo, la espera como sentido vinculado del futuro y la  actitud paradójica con la que vivimos el tiempo de lo cotidiano.

Quizá sea posible dejar de concebir el tiempo como una sucesión de momentos o de instantes. Podemos plantear cada instante que viene como una situación que espera respuesta, detenerte, observar lo que adviene y vivirlo intensamente, disfrutarlo como un regalo de la vida. Y alguno de ellos quizá te exija un “tempo” de reacción más lento, un ritmo suave y sosegado. Ello nos llevaría a proponernos un objetivo: organizar la propia vida en torno al principio de serenidad, sosiego: un tiempo para observar y quizá mantenerte en silencio, observar serenamente y sopesar si hay reacción o respuesta…o tal vez no.

Byung-Chul Han también dedicó su “Aroma del tiempo” a una de las actividades y actitudes humanas que fuerzan una valoración distinta del tiempo, la demora como arte para afrontar la “disincronía” en la que vivimos, atomizando y dispersando el sentido y el ritmo de la vida. No hay conclusión de nada y entre las rendijas se nos escapa del tiempo, un resplandor efímero y fugaz. También François Jullien en su “Del Tiempo”, elementos de una filosofía del vivir, acude al pensamiento tradicional chino, principalmente los taoístas, para romper la dicotomía entre el momento que uno hace presente y el proceso que nos lo arrebata de inmediato. Nos pide en definitiva que sigamos la fórmula de Montaigne: vivir a propósito de forma que ese propósito sustituya el corsé del presente por el objetivo.

Y para terminar el recorrido por las fuentes utilizadas en mi reflexión, el “Contra el tiempo” del mejicano Luciano Concheiro, donde con el impulso de la pregunta de Cioran “¿No ha llegado la hora de declararle la guerra al tiempo, nuestro enemigo común?” abundamos en la aceleración como característica del momento que vivimos, de nuestra política, sociedad, relaciones y costumbres…el capitalismo neoliberal obsesionado por el beneficio, la producción y el consumo permanentes, la miopía política cortoplacista y, en lo individual, un stress continuo que genera el sinsentido que nos está matando –con medicaciones contradictorias- casi al mismo ritmo que los virus que hemos potenciado.

Concheiro propone una actitud de resistencia y rechazo al uso habitual del instante y pide una decidida voluntad de suspender el flujo temporal (como si fuera un koan del budismo zen): “un parpadeo durante el cual sentimos que los minutos y las horas no transcurren”. El arte de estar ahí y percibir lo que sucede. El arte de descubrir. El arte de esperar que las cosas se revelen”. Es sólo poder escapar por un momento de la lógica global de la aceleración.

 Esas lecturas me hicieron recordar una cita que adoro: “Si  consideramos la eternidad no como un infinito transcurso de tiempo, sino como la atemporalidad pura y simple,  el hombre que vive en el aquí y en el ahora, vive en la eternidad”. La frase de Wittgenstein me ha acompañado desde hace algunos años. El tiempo, la atemporalidad, la eternidad no metafísica, han sembrado de incógnitas y misterio el devenir cotidiano de mi vida, desconcertado entre la memoria, la contingencia del evento y la fluidez de los momentos que se sucedían en el proceso temporal. Incapaz de frenar una dinámica que no podía controlar pues no dependía de mí. Debía aprender a fluir con ella sin permitir que me desconcertara y me  bloqueara.

No aceptaba la rendida actitud de Proust, devoto del pasado, de los arcanos de la memoria, por fidelidad a su Obra o las elucubraciones de Kafka o Nietszche que iluminaban el proceso del tiempo por una idea filosófica o literaria. Me he sentido más cercano a François Jullién, Byung-Chul, Russell o Wittgenstein, con su ayuda y la de otros maestros quería analizar el tiempo como un aliado, para perfilar una visión superior dirigida a una mejor forma de existencia. Y paladeaba a T.S.Eliot: “Deprisa el ahora, aquí, ahora, siempre/ una condición de plena sencillez/ su precio es más o menos todo/ pero todo estará bien/ y todo género de cosas estarán bien”,  pues solo con la comprensión del tiempo podría alcanzar esa “plena sencillez” que ansiaba.

He recurrido a mis notas sobre el Timeo de Platón (el tiempo en relación con la eternidad), el libro IV de la Física aristotélica, las citas de Plotino o Agustín, hasta llegar a Kant, Schopenhauer, Husserl,  Bergson, Heidegger, o las elucubraciones de Einstein, Popper (no tan alejadas de la aristotélica: el tiempo se percibe entre dos puntos sucesivos del movimiento de un cuerpo) o el coreano Byung-Chul Han. En ellos buscaba palabras sobre ese enigma tan cotidiano. Como brújulas que marcaran mi caminata por el discurrir temporal.  ¿Hay quien en algún momento de su vida no se ha planteado la naturaleza y carácter del tiempo, desde la compleja sensación subjetiva, hasta los conceptos budistas o taoístas? Rememoro la célebre controversia (no resuelta) entre Einstein y Bergson sobre la naturaleza del tiempo, desde los puntos de vista de la física y los de la filosofía, la reflexión sobre el tiempo no ha cesado y nos ha ofrecido paradojas como la semejanza  entre el concepto kantiano del tiempo como una  línea que se prolonga hasta el infinito y la irreversibilidad de la “flecha del tiempo” que consagra el segundo principio de la termodinámica.

Como humilde practicante de la filosofía, he transitado a menudo por el sendero especulativo entre el tiempo físico-cuántico, un “continuum” anti intuitivo que se apoya en el movimiento, un presente instantáneo que como su nombre indica es in-stans (que no se detiene y por tanto no se tiene); el tiempo metafísico que opone lo temporal a lo eterno, e implica un presente eterno, estable;  el del lenguaje, que se alimenta de tiempos verbales; el “subjetivo” que siembra a la filosofía, la psicología, la antropología y las ciencias de la Naturaleza; y al Hombre, el ser que, a través de cientos de miles de sinapsis de neuronas inclasificables distingue entre el tiempo vivido y el narrado: desde la biología (y su “reloj” interno corporal) a la neurología (el cerebro que “almacena” en la memoria el tiempo pasado y se proyecta al tiempo futuro).

El reciente libro de la mejicana Jimena Canales, de la Universidad de Harvard, “El físico y el filósofo”, trata de ilustrar, de forma clara las citadas controversias en torno al tiempo. Y nos recuerda que tal discusión, sin acuerdo posible, abrió una profunda brecha entre la filosofía y la ciencia, en  menoscabo de la primera y supremacía de la segunda. La frase de Einstein sobre que “el tiempo de los filósofos no existe” sonó a campanadas de duelo por la filosofía, que se veía, como en la edad media, condenada a ser la “sierva”, entonces de la Teología y hoy de la Ciencia, la nueva religión (y mitología) de nuestros tiempos.

Bergson influyó fuertemente en el uso literario del tiempo por algunos de los grandes del siglo XX, William Faulkner, Virginia Woolf, T.S. Eliot, J.B. Priestley (“La herida del tiempo”), Tennessee Williams, James Joyce y por supuesto en su pariente Marcel Proust (en 1892, Bergson se casó con Louise Neuberger, prima de la madre de Marcel), que llamó a su obra capital “En busca del tiempo perdido”. Quizá algún día se nos revele qué es el tiempo y sea un científico filósofo o narrador, el que lo haga.

Pero mientras, entre las personas que no suelen filosofar y que se dedican a vivir sus vidas lo mejor que saben y pueden, el tiempo es una obviedad que esconde un enigma. Como dijo Agustín (el santo pensador) mientras hablamos del tiempo creemos saber de qué estamos hablando, pero si alguien nos pregunta qué es y nos pide que expliquemos, que razonemos, que argumentemos la respuesta, nos quedamos mudos, sin palabras, absortos y perplejos. También diría en una especie de oración: “Os confieso, Señor, que ignoro aún la naturaleza del tiempo. Por el contrario, sé que es en el tiempo donde digo estas cosas”. Algo tan sutil, que pesa tanto en nuestra existencia, que la limita y la define, la concreta y la oculta, que nos acompaña desde que tenemos uso de razón y hasta el momento en que dejamos este mundo, que lo usamos sin darnos cuenta y nos angustiamos cuando creemos perderlo o malgastarlo…es un enigma que por el momento los grandes cerebros humanos no lo  han podido resolver a la entera satisfacción de todos, sino de forma parcial, como una aplicación empírica.  No dejamos de citarlo, directa o indirectamente, pero en esencia, podríamos decir que es de la misma materia que sustenta a los sueños, como la poesía, la creatividad o la trascendencia. Es una entelequia anclada en la obviedad.

La dicotomía tiempo-vida en meramente humana y está ligada inextricablemente al lenguaje. Es decir, al calificarlo de dicotomía  ¿dividimos en dos partes un solo concepto? Uno está inclinado a pensar que nuestra vida la definimos a través del tiempo, gracias a su instrumento la memoria, y proyectamos los deseos (componente esencial de la vida) hacia el futuro, que es tiempo y está íntimamente comunicado con el pasado y el presente, el cual se desvanece constantemente con un pie en lo que fue y otro en lo que será. Resulta difícil percibir cómo se puede vivir en el presente permanente, a pesar de que la filosofía, las disciplinas espirituales, muchos científicos y poetas y el simple sentido común llevan siglos aconsejándolo. Quizá haya que seguir el consejo de Bergson y considerar el tiempo “tal como es planteado por el lenguaje”. Sin más, sin pretender ahondar en el problema, ya que según Agustín y Wittgenstein “la inteligencia del tiempo está fundida en la lengua”.

Vivir en el “pliego del tiempo”  como aconsejan los taoístas chinos o en la “intuición de la duración” que sugiere Bergson o quizá seguir el consejo de Montaigne que se instalaba en un vivir “a propósito” o en el Kairós o “momento oportuno” de los estoicos y epicúreos griegos, o como decía el escéptico Pirrón, simplemente hacer como si no existiera, o llevarlo al “origen de nuestra experiencia” de Heidegger… todos estos intentos resaltan un hecho: la filosofía no ha dejado nunca de subordinarse a la incógnita activa del tiempo, es el “lugar enigmático” de la filosofía. En vista de ello quizá se podría plantear la aplicación de la “atención plena” al instante absoluto en que alientas, aceptando su carácter efímero, su esencia de proceso permanente equilibrada por la necesidad de romper esa continuidad a través de la contemplación, de instantes homeopáticos de ruptura de la tensión, tal como propone el zen, el sinólogo Jullien o el filósofo coreano Chul Han. ¿No podría tal práctica articular una aparente integración del tiempo en nuestra existencia de una forma creativa, desligándolo de la vida en la forma en que lo hace en nuestra cultura occidental neoliberal? Aunque por supuesto ello no resolvería el enigma de su naturaleza esquiva y omnipresente, tal vez disminuiría las fatales consecuencias que la dictadura del tiempo ejerce sobre las personas. El tiempo y el vivir se afectan mutuamente y la falta de articulación entre estas dos cuestiones está afectando negativamente nuestros estilos de vida y la preponderancia de cualquiera de esos dos elementos fuerzan la esclavitud voluntaria del Ser. ¿Debemos seguir el aforismo de Wittgenstein? De aquello de lo que no se puede hablar, hay que guardar silencio. ¿No será el silencio contemplativo una misteriosa y oculta puerta para salir del laberinto? ¿No sería el latino “tempus capere” (aprovechar la ocasión) los que hay que hacer? Esperar el momento adecuado (eukairía: la oportunidad) y no dejar que se pierda: estrategia vital y olvídate de teorizar, la atención al acto se convierte en tiempo propicio.

Pero este solo se alcanza, interviene el taoísmo, cuando el que reflexiona está disponible, está abierto a lo que acontece, sin embarazarse con planes, proyectos o teorías. Debe aprender a evolucionar a voluntad, alzándose fuera del marco de los intereses y las normas. La capacidad de adherirse en todo momento a la modificación del momento que es característica propia del tiempo. En la liberación taoísta, ser congruente con el momento en todo momento, liberados de los lazos con los que nos someten las cosas y los seres.

Escribía muy proféticamente Nietzsche: “Por falta de sosiego, nuestra civilización desemboca en una nueva barbarie. En ninguna  época anterior se han cotizado tanto los muy activos, los desasosegados por el trabajo sacralizado. Entre las correcciones necesarias que debería hacerse en el carácter de los humanos está el fortalecimiento en amplia medida del elemento contemplativo”. Las personas se ahogan en un laborar continuo, una hiperactividad letal, precisan de espacios de otium que no sea el de simple recuperación para trabajar más. El estilo de vida neoliberal ha creado una “sociedad del trabajo”, en la que el trabajo en sí está separado de la vida, se ha convertido en un fin en sí mismo. Se ha totalizado tanto que más allá del tiempo laboral “sólo queda matar el tiempo”.  El tiempo se consume en el trabajo, convertido en la razón de vivir y unos periodos de ocio marcados también por lo hiperactivo. El hombre de hoy se define por dos conceptos básicos, el trabajo y el consumo. Se consume el tiempo. Nos falta el sentido de la demora contemplativa que nos concede tiempo, la vida gana espacio, duración y amplitud. Decía Heidegger que “la vida contemplativa sin acción está ciega y la vida activa sin contemplación está vacía” y remite a una relación con el mundo a través de la serenidad que nos da “la posibilidad de estar en el mundo de un modo completamente distinto”. Para él, como para nosotros, no había ningún sentido espiritual y menos religioso en la palabra. Decía que es la “elaboración de lo real, que lo persigue y lo pone a seguro”. Contemplación es detenerse en lo que te ocupa, respirar profundo y pausado y tomar conciencia de uno mismo, del propio cuerpo, demorarse, ponerte a seguro, descartar pensamientos sobre “lo que se tiene que hacer”, ejercitar una “mirada interior” que se asocia a lo que tu cuerpo siente, concentrarte en tu propiacepción, en lo que percibe tu piel. Esa “desconexión” de la exigencia radical e implacable de tu trabajo y actividades tiene un efecto sorprendente. Convertirlo en una disciplina recurrente termina dando beneficios evidentes de tipo psicológico y orgánico. Está demostrado. Y avalado científicamente. Decía Tomás de Aquino que cuando se pierden los momentos contemplativos la vida queda reducida al trabajo, a una obligación material. También Aristóteles cuando habla de estilos de vida se refiere al “bios theoreticós” como una vida activa marcada por la contemplación, por la mesura y el sosiego y la pone en la cúspide, donde están los que gobiernan la polis.

La pregunta última que se plantea tras tan larga reflexión es común a varios pensadores de escuelas y culturas totalmente diferentes: ¿Sólo un pensamiento abocado de forma inmanente a la vida, es decir con una energía interna que no requiriera de ayuda o impulso exterior a ella, lograría articularse sin depender en forma alguna del tiempo? Este es un desafío filosófico, científico y ontológico, de primer orden, a la altura del concepto histórico e irresoluble del tiempo.

 

FUENTES

HISTORIA DE LA IDEA DEL TIEMPO.-Henri Bergson.- Trad. Alfaro y Noguez.- Paidós.

EL FÍSICO Y EL FILÓSOFO.-Jimena Canales. Arpa

CONTRA EL TIEMPO.-Luciano Concheiro.- Anagrama

DEL “TIEMPO”.-François Jullien.- Trad. Miguel Lancho.-Arena

EL AROMA DEL TIEMPO.-Byung-Chul Han.-Trad. Paula Kuffer. Herder

EL RESPIRAR DE LOS DÍAS.- Josep M. Esquirol. Paidós

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26 enero 2021 2 26 /01 /enero /2021 09:47

Logoi 185

“ESTE SOL DE LA INFANCIA…”

(Publicado en La Comarca, 260121)

Si Max Aub levantara la cabeza y escuchara al vicepresidente del Gobierno español –de supuesta izquierda- llamando “exiliado” a un presidente de la Generalitat depuesto por razones legales, huído tras conculcar las leyes españolas y dedicado en un retiro dorado en Bélgica a denigrar al país y su Gobierno (al cual pertenece el señor Iglesias), el gran novelista volvería a su tumba con el corazón más amargado aún. Tal y como están los corazones de todos los que hemos estudiado el exilio español causado por nuestra incivil  guerra.

En los lejanos años 80, el que suscribe, hacía un peregrinaje literario por el camino del exilio de Antonio Machado. Debía llegar al pueblo rosellonés de Colliure para presentar mis respetos a los restos del poeta que descansan en el cementerio municipal. Me habían encargado un libro, mitad ficción, mitad reportaje, sobre los últimos días de D. Antonio, en febrero de 1939. Había huido de Barcelona en enero, acompañado de su madre enferma, Ana Ruiz, de su hermano José y la mujer de este Matea Monedero, atravesando Cataluña hacia la frontera francesa. Machado había llegado a Barcelona en abril de 1938, se alojó durante unos días en el hotel Majestic, rodeado de refugiados tan ilustres como León Felipe y José Bergamín. Más tarde se alojó en la torre Castanyer, un palacete rodeado de jardines. En enero de 1939 abandonó la ciudad. Hasta el día 26 al anochecer no llegaría a Portbou, donde atravesó a pie la frontera entre otros miles de españoles. Esa noche durmió en un vagón de tren abandonado.

Tras las torpes comparaciones de Iglesias, he repasado mis apuntes de aquel largo camino del exilio republicano que quebró tantos cuerpos y hundió a tantas almas españolas.  A mi entender, esa “boutade”, más que desprecio e indignación merece ser ignorada y castigada en las urnas cuando llegue el momento (por dentro me queda, viejo socialista sin carnet, una pena honda). En desagravio de aquellos exiliados, dedico este logoi a don Antonio, y a aquel nostálgico verso escrito en un papel arrugado, que una vez fallecido, se encontró en un bolsillo de su chaqueta:   “Esos días azules y este sol de la infancia”. Otros de sus versos fueron proféticos: “Y cuando llegue el día del último viaje / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar”.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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22 enero 2021 5 22 /01 /enero /2021 09:38

 

El 6 de abril de 1922, en la sede de la Société française de philosophie de París, dos grandes  del pensamiento científico y filosófico se reunieron, Albert Einstein, (Nobel de Física), y Henri Bergson (Nóbel de Literatura). El tema básico del encuentro fue el tiempo y , a pesar de la intencionalidad oculta del debate, un improbable acercamiento de las dos potencias rivales en Europa, Alemania y Francia, no hubo acuerdo. Por primera vez desde la edad media la Filosofía volvía a ser la criada respondona que se negaba a aceptar la primacía de su rival. Si en el Medievo ese rival se llamaba la Iglesia, y se tuvo que someter a la Teología,  en el siglo XX era la Ciencia. En el asunto concreto en el que los dos gigantes se enfrentaban ,e l tiempo, el tono del combate fue decidido por el desdeñoso juicio de Einstein, "ya no es el tiempo de los filósofos". Bergson se batió con empeño, convicción y valor  (y más educación), pero Einstein habló de sus ideas -que iban a cambiar al mundo- y prácticamente ignoró la elocuente proclama de Bergson sobre el tiempo, cuyos aspectos intuitivos éste defendía con ardor y con ejemplos de la vida cotidiana. En el fondo, era una batalla imposible, una discusión sin sentido y un choque de inteligencias basadas en premisas divergentes que nunca podrían encontrarse, ya que pertenecían a dominios diferentes. Lo curioso de tal encuentro dialéctico es que ni siquiera se usaba el mismo lenguaje (no me refiero al idioma, francés e inglés, bastantes perfectos en Bergson y mediocres en Einstein).

La mejicana  Jimena Canales, doctora en Historia de las Ciencias por la Universidad de Harvard, nos cuenta las antesalas de este encuentro histórico y las consecuencias y resultados en los medios filosóficos y en los científicos, con apasionados debates entre simpatizantes de ambos genios, entremezclados entre sí, filósofos partidarios de Einstein y científicos que apoyaban a Bergson. Un evidente caos de pensamientos e ideas que el lector encuentra bien delimitado en el libro de Canales,  El físico y el filósofo (Arpa). La autora reconoce la preponderancia de la ciencia cuando uno busca ciertas explicaciones sobre la Naturaleza del tiempo. Parece más útil y lógico adentrarse en los libros de Stephen Hawking, Popper  0 David Landis que en los de Bergson, Emilio Lledó o Bachelard. Pero como escribe Canales, aquél histórico encuentro y sus consecuencias han determinado una corriente muy poderosa  de pensamiento al respecto del tiempo:  "Mi libro es la historia de cómo se pasaron el bastón entre filosofía y teología, cómo las disciplinas que hablaban sobre el tiempo hasta ese momento, incluso el arte y la poesía, fueron dirigiendo sus miradas y su metodología hacia los principios operativos de la ciencia". Ello provocó dice Canales una "mutación" en la relación de los conocimientos sobre ciencia y tecnología y los que proviene de las artes y humanidades, influyendo no sólo en la técnicas y métodos de trabajo sino en la orientación de la búsqueda y en los resultados que se obtienen.

Fuera de esta reseña, en la que se califica de notable el trabajo de esta investigadora, quedan los ataques, desmentidos e ironías que acompañaron la publicación por parte de un determinado número de científicos. Siempre ha sido un baldón en la historia de la ciencia, de la literatura y del arte, cómo la envidia, los celos profesionales, las calumnias o la mezquindad más flagrantes han arruinado. incluso destruido a muchas personas por el hecho de haber descubierto algo que iba contra el paradigma dominante o simplemente por adelantarse o innovar determinados aspectos de la ciencia o las humanidades. Casi cien páginas de notas y bibliografía avalan este trabajo de la investigadora de Historia de la Ciencia, quizá como contundente respuesta a los intentos de desmerecer y banalizar su trabajo.

Uno de los puntos en los que me siento más cercano a Canales es su defensa constante del punto de vista y del trabajo de Bergson y otros filósofos sin menoscabar en absoluto la importancia capital en el desarrollo y progreso de la ciencia por parte de Einstein. Y su conclusión: ambos puntos de vista no son excluyentes. Bergson basa su teoría del tiempo en la duración, un concepto sumamente complejo que se basa en elucidar qué entendemos por "momento" ya que "hay un tiempo en mi memoria que inserta algo del pasado en el presente y algo del futuro (momento) y por tanto el tiempo se percibe en el interior, en el espíritu del hombre". Usamos la intuición para aprehenderlo y percibirlo. Para Einstein el tiempo es algo exterior al hombre, que se puede medir de una forma empírica.

Para un lector con formación filosófica siempre queda como una incógnita interesante para reflexionar la frase de Bergson, años después de ese debate:  "¿qué habría pasado si la ciencia moderna, en lugar de partir de la matemáticas para orientarse en dirección de la mecánica, de la astronomía, de la física y la química y en lugar de hacer converger todos los esfuerzos sobre el estudio de la materia, hubiese comenzado por la consideración del espíritu, el logos, la inteligencia y la ética humanas".

Mi respuesta inmediata sería: Seguramente no tendríamos una sociedad hipertecnificada que se dirige imparablemente hacia el ocaso del ser humano y el colapso del planeta. Pero eso es una hipótesis personal, indemostrable pero difícilmente falseable, del que firma este artículo y que podría ser objeto de deliberaciones interminables. Y quizá ya no nos quede tiempo para ello.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 ficha

EL FÍSICO Y EL FILÓSOFO.- Jimena Canales.- Ed. Arpa.Trad. Alex Guàrdia.-

 

 

 

 

 

 

 

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19 enero 2021 2 19 /01 /enero /2021 10:17

LOGOI 184

SOBRE LAS VACUNAS

Partamos de la base de que las vacunas son muy seguras en general y que han salvado más vidas desde que fueron inventadas que cualquier otro fármaco. Creo que es preciso combatir las campañas de descrédito de las vacunas con las armas más seguras: una información clara y científica. Y un cierto sentido común y coherencia de razonamiento: resulta chocante de que en nuestro tiempo hiper-informado haya personas que no puedan aceptar que, en contadas ocasiones y como ocurre con la mayoría de los fármacos, existan algunos efectos secundarios o incluso algo pueda salir mal en la administración de una vacuna. Cada cuerpo reacciona de distinta forma. Y a veces, los males percibidos son preexistentes y el fármaco los saca a  la luz. Es como dejar de volar porque hay accidentes aéreos o dejar de conducir porque la carretera, junto con el cáncer y el covid, matan cada día a muchísimas personas.  Nuestra decisión debe ser coherente con la relación de lo que se salva con la vacuna y de lo que puede ocurrir sin ella, es decir respetar la prevalencia entre los efectos positivos y los secundarios.

En cuanto a la obligatoriedad o no, hay divergencias. Pero hay una razón a sopesar: no se trata del individuo y su derecho a vacunarse o no, sino de hacer prevalecer el interés y la seguridad de la sociedad, la familia, los lugares de trabajo y ocio, sobre la opinión o creencia particular. No somos islas, sino partes de un todo al que le afecta las decisiones que tomamos. Hablar de dictadura o autoritarismo en estos casos resulta improcedente. La objeción de conciencia por creencias religiosas o políticas, en este caso concreto, debería ser rechazada por razones de seguridad sanitaria nacional, siempre respaldada por evidencias científicas y objetivas y públicas.

Los que se oponen a un mayor intervencionismo estatal, deben plantearse por un principio de coherencia que si se reciben datos precisos y exactos sobre el papel de la vacuna, salvando el hecho de que ninguna vacuna es totalmente inofensiva, hay que hacer prevalecer un análisis racional: objetivar hechos y datos con exactitud; dejar aparte los “debería” de la opinión previa: no se trata de una decisión ética; demostremos que hay diferencias importantes entre el que se vacuna y el que no; ¿Qué es más útil para el bien común del mayor número de personas?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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17 enero 2021 7 17 /01 /enero /2021 12:11

LOS DOMINIOS DEL “MAGO DE OZ”

(Publicado en Heraldo 120121)

 

Ante las  tibias reacciones de algunos Gobiernos, entre otros el nuestro, dando palos de ciegos durante la situación global que estamos viviendo, recordé una lúcida cita del malogrado Mark Fisher (1968-2017) , el politólogo británico radical: “Estas son administraciones que se encuentran al final de algo –no al comienzo-, carente de ideas y de energía, cruzando los dedos y esperando que, por medio de un milagro, el viejo mundo pueda ser traído de regreso a la vida antes de que alguien se dé cuenta de que ya ha colapsado”. El “milagro” podría ser para algunos el recurso al sable, al “milites gloriosum” que lo resuelve todo a mandoblazos y luego lo enfunda para dejar el poder al que siempre lo ha tenido.

Fisher se refiere a Gobiernos que afrontan situaciones para las que no estaban preparados (como las crisis financieras y económicas desde 2008) aunque sus palabras tienen un triste reflejo especular en las crisis que padecemos, indirectamente producidas por la pandemia, pero que al mismo tiempo también son brotes agravados de situaciones anteriores a marzo de 2020.

En ese contexto problemático el ruido de sables es irrelevante, una muestra más de la obcecación de un determinado tipo de personas. No es probable que en nuestra época sea algo más que ruido (así lo espero). Las bravatas bélicas son retóricas y están amañadas y bien sujetas. En esta época el recurso bélico se usa en momentos y lugares donde el daño es limitado y  localizado.

El Sistema político, económico y social de los países occidentales y algunos asiáticos, tiene en el fondo, más que en las formas, una semejanza curiosa que es perceptible al margen de ideologías o partidos, residuos inoperantes y corruptos del pasado. La metáfora literaria, “la tierra de Oz”, podría englobar a todos esas naciones. ¿Cómo se podía, sin cambiar la estructura oculta del sistema, mantener a la población sumisa y convencida de su viabilidad? Las normas aplicables, muy parecidas en general,  no pueden ser coercitivas, sino voluntariamente aceptadas, si acaso, como mal menor. Y todo ello a  pesar de los errores gravísimos y abusos que causa la producción imparable, la codicia de beneficios cada vez más altos  y el consumo sin freno.

En  un trabajo sobre el desmembramiento de las izquierdas, Fisher hablaba de la estrategia que se seguía en su momento (2009) para atacar a la vieja y sólida izquierda británica y convertirla en algo más digerible y dirigible. Es la que, descontextualizada, me permito usar para mostrar el tipo de manipulación de los ciudadanos sometidos al Poder de Oz. La primera es: “individualiza y privatiza todo”. No critiques la estructura, pongamos el foco en los individuos, sus actitudes y comportamientos, necesidades artificiales y deseo incesante por tener más y más de todo. Privatiza sus hospitales y sus escuelas, sus empresas eléctricas, de agua o de gas, sus residencias de ancianos…

Seguía con “haz que la reflexión y la acción parezcan difíciles, absurdas e innecesarias”. Todo se admite sin digerir, sin cuestionar y con un sesgo de impotencia y agresividad hacia los que detentan aparentemente el poder, dejando a los “poderes ocultos”  poco más que como una leyenda urbana o una falacia para uso de “bloguers” combativos. Continuaba con una norma para la clase dirigente: “propagad tanto complejo de culpa como podáis”. Así nadie cuestiona la insinuación muy difundida de que la culpa de todo la tienen ciertos individuos, gran cantidad de sujetos que no respetan las reglas de clase, de salud, de propiedad. Los  que sí  lo hacen también se sienten culpables por consentir que aquéllos existan o quizá por no haberse atrevido a unirse a ellos.

Sigamos con la metáfora: ese territorio no material pero perceptible,  está regido por “trusts” internacionales, las grandes multinacionales, en suma, “moneylandia”. Para su beneficio y supervivencia conviene mantener a las víctimas seducidas –el resto de la población, platónicamente dividida en distintos tipos de servidores-  en un estado pasivo o periódicamente activo, según las necesidades y circunstancias. Todo incurso en un proceso que persigue crear necesidades, producir para satisfacer algunas o mantener el deseo de consumo irreflexivo, un embridado descontento social  y unas desigualdades tradicionales e insalvables. Y vuelta a empezar.

Ese sistema produce, según Fisher, “la sensación generalizada de que el capitalismo no sólo es el único sistema político y económico viable, sino que ahora es imposible, incluso, imaginar una alternativa coherente”. Y añade, citando a otro autor, que estamos en una situación en la cual resulta “más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. En estos momentos, diez años después de publicar esas líneas, la situación ha llegado a su “climax”, la pandemia ha mostrado al ilusionista farsante detrás de la cortina del poder, como en el “El mago de Oz”. El capitalismo es un envenenado juego de espejos, pero aún así el territorio internacional de Oz  se extiende y  está estructuralmente intacto. La pandemia ha cribado el exceso de población, ha dañado un tejido empresarial pequeño y mediano, pero los pilares del sistema se mantienen aún más ricos y poderosos.

El mensaje subliminal y  hegemónico emana de Oz y condiciona nuestras vidas, afecta a la cultura, al trabajo, a la educación, a las necesidades básicas. Al mismo tiempo crea una burbuja en la cual el pensamiento queda encapsulado y la acción, reprimida o dirigida para su fatal inefectividad. Quemar recipientes de basura o afrontar a policías armados con escudos, cascos y gases lacrimógenos, las denuncias de los medios “rebeldes”, tradicionales o en la Red,  no arañan siquiera la coraza del sistema. Es puro folklore. El “mago” oculto tras el telón sabe que nada de eso afecta al sistema, porque las críticas y las exigencias no están enfocadas hacia la base del poder -él-, sino hacia sus efectos teatrales externos, siempre imputables a otras causas. Es como combatir los efectos del virus sin atacar y remediar al mismo tiempo las circunstancias que causan su nacimiento y expansión. Así se luchaba contra la peste en el Medievo, rezos y aislamientos, pero sin mejorar las condiciones en las que vivía la población explotada, aceptadas como inevitables. Y seguimos actuando así.-

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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15 enero 2021 5 15 /01 /enero /2021 12:04

LA PANDEMIA SISTÉMICA

(Publicado en La Comarca 080121)

La pandemia es un síntoma, no la enfermedad causal. El origen de la pandemia podríamos llamarlo “sistemadémico” y está jerárquicamente por encima de la Covid 19. Hunde sus raíces en la debacle económica de 2008 y goza de buena salud, creciendo en poder de forma directamente proporcional a los estragos del virus global. Cuanto más nos hunde a todos el virus, más se enriquece el sistema, seguramente ajeno él mismo al hecho incontrovertible de que está cavando su propia tumba, junto a las nuestras. La estructura epidémica del “sistemadémico” es un cuadro de enfermedades o afecciones entrelazadas y aparentemente ajenas entre sí, que se producen de forma crónica o en recidivas, todas ellas provocadas por elementos dinámicos relacionados con las desigualdades sociales, la pobreza, el racismo, el sexismo, el desempleo, la caída imparable de las clases medias, el paro juvenil, el exterminio de las especies y los recursos del planeta en aras de un consumismo y una producción sin límites, la pérdida de confianza y descrédito de los poderes políticos, la manipulación capitalista de la ciencia, la falta de líderes que no hiedan a populismo y la globalización de las grandes fortunas al margen de los Estados… Éstas son las que conforman en esencia la figura paradójica del Mago de Oz que, detrás de las instituciones, disfrazado y anónimo, mueve los hilos sistémicos del Poder.

Como la Covid, el virus sistemadémico se propaga globalmente, tiene un origen incierto pero indirectamente relacionado con el mismo origen del coronavirus: la ciega osadía de un sistema de explotación de la Naturaleza en todo su abanico vital, al servicio de un estilo de vida nefasto en el fondo, y muy deseable para la limitada parte del mundo que lo disfruta. La fiebre conspiranoica se queda corta y los conspiramaníacos yerran en sus culpables, siempre atentos a buscarlos en las víctimas propiciatorias más odiadas por tales mentes obtusas que se dan  en abundancia desde tiempos inmemoriales. Y así señalan a los judíos –o los árabes- los forasteros e inmigrantes, los curas y últimamente los chinos o Bill Gates. Decía Chesterton que “la falsedad nunca es tan falsa, como cuando casi, casi, es la verdad”. Y en el caso de la Covid, todas las teorías conspiratorias son falsas porque sin saberlo apuntan a la verdad que hay tras el espejo: los nuevos virus nacen de los excesos de la industria agroalimentaria: gripe aviar, de los visones, o de oTros animales de granja o asilvestrados. O provienen de la eliminación de hábitats boscosos que afectan al mundo animal (Amazonas, Borneo, Australia…), causando los SARS –cuyo primer caso se declaró en Vietnam en 2003- y otros virus habituales, pero últimamente más frecuentes. Su propagación –en un mundo globalizado- empieza a afectar de forma preferente a unas sociedades estratificadas, con grandes núcleos de pobreza y aislamiento social y sanitario…y corrientes negacionistas por doquier, alimentadas por la ignorancia o la mala fe.  

Todos estos problemas parecen aislados, sin relación alguna entre ellos, excepto su simultaneidad. Unamos el auge de los populismos, las revueltas a pie de calle de jóvenes irredentos en las llamadas democracias, el descontento y los temores de la gama de clases medias. Para ellas se cumple lo del refrán, “padre jornalero, hijo caballero y nieto pordiosero”. Y nadie parece poder remediarlo. Si reflexionamos un poco, veremos que no es una cuestión conspiratoria; que nadie, por su género, raza, sexo o pobreza es “culpable” de ello, sólo son víctimas. Hay que mirar más alto y más lejos: es el sistema que, obligado por su insaciable sed de beneficios, mantiene una expoliación constante de recursos humanos o naturales. Y tanto los líderes populistas como los demócratas inclinan la cabeza ante ese Poder omnímodo que no tiene rostro, ni dirección postal, ni sede conocida, pero cuyos tentáculos abarcan las grandes multinacionales, los trust financieros e industriales, allá donde se esconden las cuevas de Aladino de la riqueza desorbitada y la desorbitada falta de ética. ¿Conspiramanía? Más bien los juegos de sombras de un titiritero que se mueve al son de la flauta del mejor postor. ¿Se puede  hacer algo al respecto? Podemos pensar como John Keines que “cuando parece que va a suceder lo inevitable, aparece lo inesperado”.

Personalmente confío en la resiliencia (esa fuerza de adaptación y capacidad de resistencia del ser humano frente al desastre o la hecatombe)  de los que logren superar las dificultades de todo tipo que seguramente nos acosarán. Y sobre todo confío en que la razón, la solidaridad, la ciencia y la técnica y, por último pero no menos importante, el afán de superación y libertad del ser humano hagan emerger una forma de vida, un estilo de relación y cooperación global del hombre hacia los otros seres vivos del planeta y hacia la propia Gea, la madre Tierra, que en última instancia nos salve de un Holocausto definitivo. Ya hay mentes formadas y alimentadas por ese tipo de ideas e ideales, científicos, filósofos, economistas, hombre de cultura y conocimientos, pero también hombres y mujeres de toda clase, nacionalidad y oficio, con una sensibilidad abierta a ese sueño de una humanidad integrada a través de un principio: somos temporales inquilinos de un Hogar cósmico del que vivimos y al que hay que cuidar y respetar porque formamos parte de él.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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13 enero 2021 3 13 /01 /enero /2021 11:52

 

La realidad es obstinada. Y reiterativa. Vuelve una y otra vez a recordarnos que somos vulnerables y que nos falta previsión, solidaridad y la neurona de la colaboración. Olvidamos que la historia del hombre nace en el momento en que las necesidades y los peligros nos convencen de que unidos podemos sobrevivir. Los animales nacen ya con ese instinto básico en el pack de origen. En el humano no, se nos coló el egoísmo y la estupidez . Aunque con tanto desastre vamos aprendiendo.

Cuando recibimos la visita de doña Gloria, algunos clamamos, “in deserto” por lo visto, que deberíamos prepararnos para futuros problemas globales y locales, virus, tormentas y demás desastres naturales, de la manera más racional y eficaz posible, usando los medios de una sociedad altamente tecnificada en lugar de arrastrar la singularidad anclada en la torpeza operativa, digna de tiempos más precarios.

Ahora con doña Filomena seguimos al mismo nivel de antaño: laboriosas y sacrificadas cuadrillas de operarios, escasez de medios, buena voluntad a quintales de instituciones y particulares: pueblos aislados por la nieve, teléfonos y móviles que no funcionan, apagones de energía eléctrica que nos devuelven al siglo XIX…ya sabemos que cuando la Naturaleza se desboca hay que agachar la cabeza, protegerse y esperar que pase. Pero no mareemos la perdiz. Concretemos ciertas medidas sugeridas hace un año:

-Gabinete de crisis por comarcas englobando instituciones como Ayuntamientos, Comarca, Diputación, Protección Civil, Sanitarios, Bomberos, Guardia Civil, Empresas eléctricas, de agua y de telefonía desplegadas en la zona.…

-Un teléfono vía satélite con batería para cada Ayuntamiento, de manera que todos estén comunicados y comunicables. Los Municipios forman la primera línea del frente.

-Protocolos de actuación usando los medios de cada uno de forma conjunta bajo un mando único. Racionalización de las actuaciones por criterios de efectividad y urgencia. Priorizando las comunicaciones.

Esta manera de actuar obedece a lo que se llama sinergia (en biología, “la acción conjunta de varios órganos en la realización de una función”), en sociología, el uso racional y conjunto de diversos organismos con un objetivo común, un uso transparente y no contradictorio. La sinergia no hubiera detenido a Filomena o a Gloria o a la Covid, pero habría minimizado sus consecuencias.

 

Alberto Díaz Rueda

 

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6 enero 2021 3 06 /01 /enero /2021 12:53

(publicado en La Comarca, 050121)

Se está produciendo una tragedia ecológica aquí al lado, en el mismísimo  Teruel, en ese sistema montañoso que linda con Cuenca y Guadalajara y que tiene el nombre excelso de Montes Universales. La  tala de bosques enteros se realiza con celeridad. ¿Se impone aquí el modelo de la explotación de recursos, enfundado en criterios pseudo naturalistas? Se está arrasando un paraje irrepetible, ante el silencio  y el apoyo de la Administración. ¿No es la misma que amparaba esa zona como un LIC Natura 2000 con la denominación Alto Tajo y Muela de San Juan? ¿Es que no nos ha enseñado nada la tragedia humana y la hecatombe económica que ha provocado un virus indirectamente desatado por esa misma abusiva y suicida explotación de recursos naturales?

Hace unos años tuve el privilegio de conocer esos bosques, caminando, y soñé que nadie se atrevería a atentar contra semejante maravilla natural y paisajística; un ecosistema equilibrado aunque frágil, que ahora está sufriendo la tala inmisericorde de sus bosques. Gracias a un mensaje de ayuda de Change Org.  he sabido que la zona no está protegida como Parque Natural (del Alto Tajo) por una de esas absurdas divisiones burocráticas comarcales que anteponen el legalismo de la división local sobre la lógica del interés global.

Me comunican que se han arrasado parajes tan emblemáticos como la Loma del Tío Trolis o la Fuente de la Rana y que con esa destrucción está desapareciendo la flora y fauna de la zona, rica en diversas clases de setas y especies ornitológicas. Cita la petición de ayuda muchos otros lugares que conocía de referencia (tuve la suerte de que mi guía era un guardabosque de la zona), cercanos a los pueblos de Griegos y Guadalaviar.

Ignoro el alcance de intereses políticos y económicos, incluso municipales, que están apoyando este dislate ecológico, pero desde aquí me sumo a la petición de detener la tala de esos bosques, compensar los intereses dañados y optar por una política de conservación de nuestros recursos naturales que debería ser prioritaria en nuestra tierra. Creo que tanto la Diputación de Teruel como el Gobierno de Aragón deberían tomar parte en el asunto, antes de que conviertan en un erial más de Teruel una zona que  es todo lo contrario a una zona desértica.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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3 enero 2021 7 03 /01 /enero /2021 10:30

 

Formamos un todo psicosomático. La fuerza de las emociones, su ímpetu orgánico y las secuelas que produce en el cuerpo han dejado de ser un supuesto metafísico de disciplinas orientales o un supuesto no científico enarbolado por el psicoanálisis freudiano que arrastra desde los tiempos de Freud el anatema de la medicina oficial, la psiquiatría y la medicina en general. Lo cierto es que es un término y una ciencia que proceden de tiempos remotos, egipcios, griegos y romanos, que luego el cristianismo condenó y que ha arrastrado un caminar entre las tinieblas de la heterodoxia hasta bien entrado el siglo XX. Solo les diré que recién acabada la carrera de Psicología tuve el "atrevimiento" (reinaba el conductismo más cerrado) de formar parte del I Congreso nacional de medicina psicosomática, donde todos, psicólogos, psicoanalistas y psiquiatras de la nueva ola y acomplejados expertos en meditación y otras disciplinas del tipo cuerpo-mente, tratamos de levantar una bandera que un par de décadas más tarde entraría con todos los honores en la ortodoxia médica, entre otras razones, gracias a los descubrimientos de las neurociencias.

Precisamente el autor del presente libro, Juan José Plasencia, poeta, escritor y terapeuta, es una prueba viviente del tipo de profesional que solía ser vetado  por la triunfante ortodoxia médica de mediados del siglo pasado. Plasencia que además es profesor en Medicina Tradicional China, otra de las profesiones que muchos médicos titulados en las Facultades occidentales consideraban poco menos que propia de charlatanes (demostrando una ignorancia supina). En este libro sencillo y claro, Plasencia se nutre de los más recientes descubrimientos de las neurociencias para explicarnos determinados procesos de la bioquímica del organismo humano, principalmente del cerebro, que impulsados por las emociones afectan el  funcionamiento de nuestro cuerpo físico que forma -ya es una verdad aceptada en todos los ámbitos de la salud- el complejo entramado de causas y efectos de nuestra existencia no dualista cuerpo-mente, una unidad que es el micro reflejo de otra realidad magnífica que aún no está avalada por la ciencia: que somos parte de un Todo que engloba a todos los seres vivientes y también al planeta que nos cobija.

Plasencia, muy influído por grandes autores de la temática cuerpo-mente (muchos de ellos y casi todos los más significativos encuadrados en las filas de Kairós desde los tiempos remotos de Alan Watts, Suzuki y Deshimaru o Krishnamurti, Laszlo, Sheldrake , David Bohm, Jon Kabat-Zinn, Wilber, Pribram, Fritjof Capra, Goleman o Talbot) tiene la prudencia y el buen sentido de aclarar desde el prefacio del libro que su intención es meramente divulgativa y sus palabras no deben considerarse diagnósticos de ninguna dolencia. Una vez esto aclarado, Plasencia nos lleva a recorrer un educativo viaje por nuestro cuerpo, desde los brazos, hombros, manos y codos, a la espalda, el pecho, el diafragma o el vientre, para acabar por todas las partes del tren inferior. Y nos cuenta de manera didáctica de qué manera influyen las diferentes emociones en las distintas partes del cuerpo. El libro es agradable de leer, el autor tiene la habilidad explicativa de un buen divulgador y conoce  los entresijos de ese relación simbiótica fundamental entre  las emociones y sus correlatos físicos y orgánicos. Sus citas de autores son apropiadas y su principio básico teórico, indiscutible: "el cuerpo emocional como unidad indivisible del ser", así como la invitación con la que concluye su libro y es el subtítulo del volumen: "encuentra tu conexión cuerpo-mente".

FICHA

EL CUERPO EMOCIONAL.- Juan José Plasencia.- Ed. Kairós.-241 págs.

 

 

 
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31 diciembre 2020 4 31 /12 /diciembre /2020 10:49

Los libros, como las personas y los eventos tienen su momento óptimo, el ni fu ni fa y el pésimo. Cuando apareció la novela de Hannah Tinti en 2010 en el mercado español y a pesar de la preciosa traducción de  Jesús Zulaika, los astros que confluyen en el lector y su momento y la novela y el suyo se anularon mutuamente y mi lectura fue descuidada y la reseña respetuosa pero sin profundidad. Me pareció una truculenta y casi "gore" recreación de los mundos deprimidos y oscuros del Dickens más crítico y sentimental y del Edgard Allan Poe menos feliz. Con el paso de los años y a causa de haberle regalado un ejemplar a un amigo y su entusiasta reacción, pensé que quizá no había sido justo con la novela, en unos tiempos en los que el tiempo era un déspota exigente. Ahora, en una época más reflexiva y serena, la nueva lectura de esta novela, también me ha permitido advertir y gozar de valores que me han habían pasado medio ocultos.

Resumiendo, "El buen ladrón" es una excelente primera novela, con algunos defectos nimios y excesos argumentales algo imprudentes, pero en conjunto una divertida, emocionante, sugestiva y provocativa narración, llevada con pulso firme casi siempre, hábil en la creación de personajes y eventos: merece un notable alto, sin duda. Los avatares del huérfano Ren en un oscuro y tétrico orfanato de la Nueva Inglaterra del siglo XIX, tienen la habilidad dickensiana y sus posteriores aventuras con el joven "protector" y maestro en malas artes (un personaje que recuerda al John Silver de Stevenson) hacen lo propio con algunas narraciones de Poe y el mismo Robert Louis que tiene una novela con el título de "Los ladrones de cadáveres". Una vez sugeridas las fuentes, en honor de la verdad, hay que decir que  Hannah Tinti (por cierto nacida en Salem, patria de las brujas) se desmarca por completo de sus fuentes y nos ofrece una carga original de truculencia, sentido del humor, ironía y sentimentalismo nada pegajoso.

La novela es un canto a la narrativa oral y juega con los lectores de manera muy inteligente para lograr cerrar el anillo argumental de una forma inesperada y dinámica. Mi consejo: no se la pierdan.

FICHA

EL BUEN LADRÓN.-Hannah Tinti.-Trad. Jaime Zulaika. Anagrama. 356 págs.

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