Overblog Todos los blogs Blogs principales Literatura, Historietas y Poesía
Seguir este blog Administration + Create my blog
MENU
27 mayo 2022 5 27 /05 /mayo /2022 17:34

OBSERVATORIO POLÍTICO INTERNACIONAL

EL ‘GAMBITO DE DAMA’ DE LA OTAN A PUTIN, ¿ESTRATEGIA O FICCIÓN?

 

Más de tres meses de barbarie, destrucción y muerte es un precio demasiado alto para un error estratégico (el de Putin) y un error de inteligencia política (occidente y la OTAN).  Se han rechazado las “justificaciones” políticas de Putin para salvar la cara ante su propio pueblo en su aventura nostálgico-imperialista y se ha abierto la caja de Pandora de la guerra sobre  la autocomplaciente sociedad europea, con la continua instigación a la violencia de los americanos (uno de los países que ganan algo con la guerra) y el fortalecimiento del tigre chino supuestamente dormido.

Un examen sin complejos de la vieja geopolítica, ya en forzada jubilación, hace pensar en teorías conspiratorias, que en estos tiempos se definirían como un desencantado ”todo es posible”. Ello esconde la amarga constatación de que la ética ha dejado totalmente de existir en la política global de hoy (si es que alguna vez existió, excepto de forma anecdótica). La cuestión es, lisa y llanamente, que hemos vuelto, gracias a Putin y, paradójicamente, en contra de sus intereses, a la política armamentista y de bloques de 1945. Todo lo que está ocurriendo se  asemeja a un gambito de gama en una partida de ajedrez. Una  estrategia demasiado sutil para ser orquestada por Washington pero plausible entre los mandos y políticos afectos a la OTAN.

Como en el ajedrez, en política internacional la estrategia básica es tener una visión global de la situación geopolítica y económica. Hay que saber ver más allá de la jugada del momento y tener en cuenta las variables que están en juego. Y a partir del momento base, tener claro el objetivo a conseguir, ampliado nuestro foco a medida que se desarrollan los acontecimientos. Con ello estaremos más dispuestos a asumir los cambios que provoca el proceso

El peón de dama que se ofrece al sacrificio en el tablero es Ucrania y Putin ha mordido el anzuelo, mostrando –dejando aparte el peligroso para todos arsenal nuclear- dos cuestiones básicas en su contra: su ejército, aun siendo muy poderoso, está bastante anticuado para estos tiempos y dos, sus conexiones amistosas con otros países no resisten la “prueba del algodón”: si rascas un  poco se ve que no está muy limpio. El oso ruso no tiene amigos, sólo clientes o sometidos.

Con el sacrificio de Ucrania –que podría ser recuperada más adelante, aunque no en el seno de la OTAN- se ha producido una dinámica de acontecimientos que aíslan cada vez más a Moscú. Suecia y Finlandia abandonan su neutralidad y piden su entrada en la OTAN; la organización militar “defensiva” bajo el mando de Estados Unidos se ha reforzado exponencialmente (cuando estaba en casi hibernación); Rusia ha perdido casi todo su valor como potencia hegemónica y su categoría como representante del “otro” paradigma sociopolítico distinto a Occidente; y, en definitiva, se está dejando camino libre para que China se coloque en cabeza de esa “otredad”, con su poco creíble pero eficiente “capitalismo-comunista”.

Puede parecer frívolo explicar con una célebre apertura del juego de ajedrez la enorme tragedia humana que está suponiendo la guerra de Ucrania. Lo cierto es que ya ha dejado de copar las primeras páginas de la prensa y la tele de casi todo el mundo; las exigencias del mercado neoliberal y su instituida velocidad de cambios, no perdonan. Como tampoco perdona la inconsciente y brutal ruptura con las normas y obligaciones del derecho internacional. El regreso a la disponibilidad bélica, a la ley de la fuerza, a la tácita permisibilidad para las más atroces y sanguinarias acciones contra la población civil, nos muestran un deterioro ético en lo público que es un retroceso para los derechos humanos en general.

Y, por favor, que no se olvide en qué contexto global se está produciendo este “regreso a las cavernas de la violencia” con su secuela de carrera armamentista, falta de seguridad y legalidad en el mundo, daños laterales en economía, salud y calidad de vida. Sumen a todo lo anterior, daños directos e indirectos del belicismo, el aumento de los nacionalismos, populismos y extremas derechas o izquierdas. Y analicen ese potaje de horrores en una olla donde también se cuecen, el cambio climático, las hambrunas, las pandemias de origen animal provocadas por el hombre, la sequía y las emigraciones masivas de refugiados por pura y simple supervivencia.

Pero volvamos al tablero de juego, en el que la batalla en la que Putin se embarcó con percepciones erróneas es sólo lo más visible, pero no lo más importante.  Como dijo Henry Kissinger, en una reunión política reciente, a la  respetable altura de sus 99 años, hay que aceptar la situación tal y como está y recordar que Rusia y Estados Unidos han superado derrotas militares (Vietnam y Afganistán) sin ceder al uso de armas nucleares. Por tanto, nunca mejor que ahora, “tenemos que desescalar hacia las armas convencionales y aprender a vivir con relaciones hostiles”. La frialdad de la “realpolitik” preconiza aceptar lo malo en estos momentos para no permitir que llegue lo peor. 

Hanna Arendt, refiriéndose a la II Guerra Mundial decía, “…en una futura guerra  ya no se trataría del logro o la pérdida de poder, de mercados y espacios vitales, de cuestiones que también podrían obtenerse sin violencia por la vía de la negociación política. La guerra ha dejado de ser la “ultima ratio” de conferencias y negociaciones cuya ruptura causaba el inicio de acciones militares, que no eran más que la continuación de la política por otros medios. Ahora se trata de algo que no podría ser objeto de negociación: la simple existencia de un país o un pueblo. Eso sería la violación de una frontera inherente a las acciones bélicas”. Y termina su razonamiento con estas palabras estremecedoras que no deberían olvidarse: “Podemos dudar de que los hombres, en medio de esta progresión necesariamente catastrófica  que ellos mismos han desencadenado, puedan seguir siendo dueños y señores de su mundo y de los asuntos humanos”.

Dejando a un lado los lógicos temores a una escalada nuclear, se debería tratar la crisis como una negociación en la que ambas partes admiten que van a perder algo, la premisa menor, pero pueden negociar la premisa mayor: un nuevo estilo y unas nuevas reglas de convivencia. Es preciso aceptar, ante la alternativa bélica, que todos los sistemas políticos en nuestro tiempo son simples variaciones de un tronco común: las oligarquías nacionales y multinacionales, la red de corporaciones tecnológicas del alcance, influencias y beneficios globales y los Estados como “res política” que atienden las necesidades de los ciudadanos de una forma más o menos corrupta, eficaz o participativa. En el siglo XXI han muerto las ideologías, excepto en la mente de idealistas, fanáticos, ingenuos y un resto testimonial de miembros de  cuerpos armados (ejércitos y policías). O en la faceta religiosa o racista del fanatismo político. ¿Creen que hay mucha diferencia entre la oligarquía endogámica rusa, la china o la de Occidente? ¿Cuánto van a tardar en comprender que los problemas y necesidades de la mayoría de los ciudadanos son simples y elementales como la vida misma: alimento, ocio, techo, educación, salud, familia y sociedad? Las corporaciones dedicadas a los negocios suntuosos vinculados con la Red y la virtualidad, hace años que lo saben y lo explotan. Los romanos de la plebe pedían paz y circo. La gigantesca plebe del XXI, que no llegó a la mayoría de edad, piden móviles y metaverso, redes rápidas y…naturalmente “pan”, es decir hogar, sustento, médicos y maestros. Las ideologías importan a una minoría, bastante ruidosa en general y a los políticos que envuelven con ella su sustancioso modo de vida. Ahora se han  convertido en una permeable y jactanciosa excusa.

Todo lo que está ocurriendo en Rusia era de prever tras el cerrojazo de los 90 a las pretensiones –desmesuradas- de la URSS y el desmoronamiento soviético. En el país convertido en almoneda por los propios jerarcas soviéticos y con el beneplácito del insigne beodo Boris Yeltsin, ¿quiénes dirían ustedes que crearon las bases de la actual oligarquía rusa y alimentaron desde la cuna al miembro de la KGB, Vladimir Putin, elemental y moralmente peligroso como un personaje de Dostoievsky? Los halcones de Wall Street. La infame tropa desembarcó en las Rusias, compitiendo con las mafias locales y los vestigios del aparato soviético, importando las directrices neoliberales y privatizadoras de Estados Unidos. El increíble negocio del gas natural ruso, el petróleo, el acero, minerales y cereales, estaba a merced del mejor postor. El dólar y la oligarquía rusa se hicieron con el pastel usando métodos poco recomendables pero muy efectivos. Por supuesto que eso provocó la crisis financiera, necesidad de ayuda exterior y la llegada de un Gobierno autoritario para contener ingentes masas de población arruinadas y al borde de la hambruna. Incluso las ayudas del Fondo Monetario Internacional (servidas en bandeja por los sucesivos presidentes de EE.UU.) enriquecieron más a la clase dominante y también a los “consejeros áulicos” de las barras y las estrellas. Con esas ayudas se compraba cierta pasividad rusa ante la ampliación de la OTAN por países ex soviéticos (cosa que se había prometido no hacer). A  cambio se ofreció  a Moscú que se sentara en el club de los países más ricos del mundo, el G7 (cuando su PIB no rebasaba en mucho al español). Es con la entrada de los países bálticos en la OTAN  y la llegada de Putin al poder en 1999,  cuando todo el entramado de sobornos y engaños se derrumba, comienza a disputarse de nuevo la hegemonía y renace una guerra fría que llega a su exasperación 22 años después.

Como escribió el Nobel de economía 2007, Erik Maskin, académico de Harvard, “Occidente debería haber abrazado a Rusia en los noventa”. Pero ahí estaban los intereses norteamericanos para impedirlo. Y de aquellos mimbres estos cestos.  Por supuesto que nada de lo dicho justifica las tropelías bélicas de Putin. Pero seamos serios y críticos a la hora de atrevernos a juzgar los hechos luctuosos de la Historia reciente. No hay buenos ni malos. Somos todos de la misma materia de las pesadillas. Manifiestamente mejorables.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

Compartir este post
Repost0
23 mayo 2022 1 23 /05 /mayo /2022 18:31

Este artículo ha sido publicado en Heraldo de Aragón, el 21 de mayo de 2022

En el hervidero político español, con su Gobierno funambulista sobre la cuerda floja y su nada fiel oposición, hace falta bajar un poco el fuego dialéctico y dejar que reposen los ánimos y se decante la suciedad que los intereses contrapuestos van dejando en la poco ejemplar vida pública. España es un vocinglero patio de Monipodio, instaurado en el Congreso, el Senado, los partidos –sin salvar ni uno- y la peste de coloquios, correveidiles de la Red, falaces mensajes virtuales, insultos, mentiras agresivas y hechos vergonzantes que enlodan el país. Los españoles no contagiados miran con asombro pesimista y un poco asqueados la corrala de vecinos resabiados en que se ha convertido España, nunca tan dividida y fragmentada.

Por eso en la placidez horaciana de mi retiro rural procuro evitar el contagio de la violencia y la falta de ética que sumerge la cosa pública en un pestilente caldo de falta de sentido común, lógica y humor. Para ello suelo, como terapia, leer cada día durante un par de horas a alguno de los clásicos que enriquecen mi biblioteca. En esas, di con Montaigne, el pensador francés del siglo XVI, que dice no ser filósofo y a cambio nos ofrece una muestra de una de las filosofías más vivas, sencillas y lúcidas. Recalé en sus “Ensayos” cuando el “catalangate” había provocado la penosa destitución de la directora del CNI, Paz Esteban, y con ello el ridículo político del Gobierno y su presidente y la debilidad del sistema secreto de información y de la estructura defensiva interior del Estado (que queda a merced de políticos que han manifestado pública y notoriamente su oposición al tipo de Estado que “disfrutamos”).

Es obvio que para Sánchez la razón de sus decisiones es “una apariencia de discurso que cada uno forja en sí mismo (…) un instrumento de plomo y de cera, que se puede alargar, plegar y acomodar a todos los bieses (sesgos, diagonales) y todas las medidas”. Y el presidente se debería aplicar esta reflexión escéptica y humilde: “lo que yo opino sirve para expresar la medida de mi visión (y mis intereses), no la medida de las cosas”. Y tener el valor de reconocer que la verdad, “tanto si nos perjudica como si nos sirve” debe ser buscada  y “no debemos desdeñar ninguna intervención que nos  conduzca a ella, ya que la verdad está por encima del amor propio”.

Como dice André Compte-Sponville en su libro sobre Montaigne , “en su tiempo, fanatismo y dogmatismo eran sin duda los principales enemigos de los que se dedicaban a la política”. No veo muchas diferencias de fondo con nuestro hoy, si le añadimos el nihilismo y la sofística. Señor Sánchez, lea en Montaigne: “¿Para qué sirven esas puntas culminantes de su política sobre las que ningún ser humano puede sentarse y esas reglas que exceden nuestro uso y nuestra fuerza?”…”nos propone perspectivas que ni quien las propone ni quienes las escuchan tienen ninguna esperanza de seguir ni, lo que es peor, muestran ganas de hacerlo”.

Quizá debería asumir como hace el filósofo francés que “Mi propósito puede dividirse en cualquier parte, no se funda en grandes esperanzas; cada día es su propio objetivo. Y el viaje de la propia vida se comporta de la misma manera”. O “mi filosofía se basa en la acción, en uso natural y presente, poco en fantasías”. Pero admite que “nuestro ser está cimentado en cualidades enfermizas…y quien eliminara las semillas de dichas cualidades en el hombre, destruiría las condiciones fundamentales de nuestra vida”.”Así, el engaño, la traición, la violencia… ¿Qué poder podría prescindir totalmente de ellos?” Y añade, comprensivo, quizá recordando a Maquiavelo, “La política no puede reducirse pura y simplemente a la moral, ni someterse siempre a ella. Tampoco puede abolirla ni pretender someterla”. Y añade: “las exigencias del poder, legítimas en su orden, no pueden servir de ética ni para los individuos…ni tampoco de manera suficiente para los príncipes…que aun en el trono más elevado del mundo están, como todos, sentados sobre el culo”. Pues, “no todas las cosas le son lícitas al hombre de bien por el servicio a su rey, ni al de la causa general y las leyes”.

Y cuando se dan esos casos de razón de Estado que justifican decisiones extremas, Montaigne advierte: “Hay que ceder frente a esas excepciones raras y enfermizas de nuestras reglas naturales. Pero con gran moderación y circunspección; ninguna utilidad privada es suficientemente digna como para pedir  ese esfuerzo a nuestra conciencia; la pública, de acuerdo, sólo cuando es muy importante. Lo útil solo prima honestamente cuando resulta útil a la mayoría. El mal solo es aceptable en beneficio del bien público”.  Y añade “nunca gobernamos bien cuando la pasión  nos posee y nos gobierna; aquél que solo emplea su juicio y su habilidad…disimula, cede, difiere a su gusto según lo requiera la ocasión; falla su objetivo sin atormentarse ni afligirse, dispuesto y entero para una  nueva empresa, avanza siempre con las riendas en la mano, más lúcido, eficaz y tolerante, sin permitir que sus deseos le engañen”.

La bonhomía lúcida de Montaigne podría ser una buena brújula para dirigir los asuntos de Estado en estos tiempos sombríos. Para ninguno de los que ejercen el poder está de más reflexionar sobre ello.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

Compartir este post
Repost0
29 abril 2022 5 29 /04 /abril /2022 18:05

Desde Ucrania y Rusia a Estados Unidos y la OTAN, bajo una crisis ecológica global

(Publicado en La Comarca, 290422)

“Los que vivimos de nobles y honestos sueños, defendemos lo malo de lo peor”, escribía el poeta irlandés Cecil Day Lewis ante el brutal estallido de nuestra guerra civil en la que luchó como brigadista. Esta es la postura ética que mantenemos muchos ante la no menos brutal guerra de Ucrania. Sin contar con el entramado maquiavélico de conflictos armados, ejércitos, países, supuestas ideologías y circunstancias climáticas, alimentarias, energéticas y humanísticas (víctimas mortales, desplazamientos de población y refugiados) que están llevando al mundo a una situación crítica global de imprevisibles consecuencias. Lo curioso es que no todos los Gobiernos parecen ser conscientes  de ello y tampoco la generalidad de los seres humanos. Se vive de espaldas a la realidad, hipnotizados por el permanente caudal de “fakes news”, imágenes emocionales, juicios sin base e información honesta que ha sido privada de su debida importancia.

Empecemos con la frase de Hanna Arendt sobre la “comprensión” del régimen nazi: explicar de forma lógica no es justificar de forma ética y anímica, “no supone perdonar nada”. Y así rechazamos  la invasión de Ucrania  y el angustioso avance militar ruso, que es “lo malo”, pero pensamos que “lo peor” es que en el avispero ucraniano nada es lo que parece o nos dicen que es. Hay brutalidad y crímenes rusos, pero también los hubo por parte ucraniana respecto a los rusohablantes; es malo el régimen autoritario de la oligarquía mafiosa de Putin, pero en Ucrania se había venerado la svástica  nazi y durante la II Guerra Mundial los voluntarios ucranianos al mando nazi dejaron un recuerdo pavoroso. Los “padres” de la patria ucraniana –Golovinski, Shukhevic y Bandera- celebrados hasta antes de la invasión (el famoso “Protocolo de los sabios de Sión” parece haber sido obra de uno de esos ideólogos) revivieron públicamente en 2014 en el golpe de Estado del Maidan (con asesinatos en masa de ciudadanos prorusos) y en enero pasado durante los desfiles conmemorativos del aniversario de uno de esos próceres de la Patria ucraniana; es malo el empeño ruso en asegurar sus fronteras y sus referencias a la amenaza nuclear, pero no es mejor el juego de Estados Unidos con la Alianza para asegurar su hegemonía militar (y la económica) y el empeño en admitir a Ucrania en la OTAN (a pesar de las promesas históricas de ésta de no ampliarla con más países de la órbita rusa). En cuanto a los réditos financieros y comerciales que supone para Washington la guerra en Europa –tan ventajosamente lejana- superan los beneficios que obtiene nuestro continente de la ayuda norteamericana.

Es malo el desprecio de Moscú por las leyes y normas de la convivencia pacífica entre las naciones, pero es peor la tendencia puesta en marcha por las exigencias perentorias de Washington de rearmar a toda Europa (incluida Alemania y los países del Báltico) explotando el “miedo” europeo al oso ruso. Vamos directamente a la creación de un ejército europeo que además de pulverizar el ansia de paz de las cartas fundacionales de la ONU y de la UE, nos coloca directamente como coprotagonistas bélicos y esquilma un poco más las arcas de los países de Europa, haciendo –paradójicamente- lo que Trump pedía: que los europeos paguen su propia defensa. Las mentiras y la codicia de los Gobiernos y sus dirigentes involucran por igual a tirios y troyanos, a Rusia y sus satélites y a Occidente, Estados Unidos y los suyos. Explicar y comprender la dinámica perversa de esta contienda, no es justificarla en ninguno de sus extremos. Pero tampoco nos sirve de mucho si se fortalece una nueva “guerra potencial” con la entrada de Suecia y Finlandia en la Alianza. Es malo que se de ese paso y decir que Putin lo ha provocado no nos libra de lo peor: estamos creando las bases para que se desencadene un posible conflicto global. En una palabra: en lugar de trabajar por encontrar una vía de diálogo y distensión (ningún precio razonable- reconocer la neutralidad de los países bálticos- es demasiado alto) estamos exacerbando el victimismo reivindicativo de Putin y la tentación del salto cualitativo bélico que puede suponer la ruina para todos. El secretario de Defensa norteamericano, Austin, lo dijo el martes de una forma poco diplomática y nada sutil: “Queremos ver a Rusia debilitada hasta tal punto que no pueda repetir agresiones”. Está dando razones a Putin para que pierda aún más los estribos y reforzar el apoyo de sus aliados. De hecho la OTAN debería estar agradecida a Putin ya que el belicismo de éste (a la altura del que muestra Austin) ha provocado el virtual renacimiento de una institución que se deterioraba a falta de excusas bélicas. ¿En qué nueva y desastrosa aventura militar nos van a meter los Estados Unidos?¿Están preparando el demencial escenario de un conflicto global por la hegemonía con China y Rusia?

 

La estrategia anexionista de Putin no es el síntoma de una psicosis imperialista ni la amarga revancha de un personaje dostoievskiano, hay una lógica impecable en ella: apoderándose de la costa ucraniana en el mar Negro y con el apoyo de los 2.000 soldados rusos en la franja rusa de Transnistria (provincia autónoma en Moldavia) dejaría a Ucrania sin puerto marítimo y hundiría su economía exportadora. Por cierto el trigo y la cebada que permite sostenerse alimentariamente al Magreb procede de Rusia y Ucrania. Sin ellos podríamos tener otras “revueltas del pan” en el norte de África (como las de la “primavera árabe”), lo que complicaría exponencialmente la situación geopolítica y energética de Europa.

La guerra ya está provocando daños colaterales, progresivos y extensivos, en la economía y la vida cotidiana de los ciudadanos, directamente en Europa e indirectamente en el resto del mundo. ¿Quiénes se lucran con el “cuanto peor, mejor”? Empresas energéticas (Shell y Exxon Mobil, entre otras), armamentísticas, alimentarias, fondos financieros…mientras, las facturas del gas, el petróleo, la luz suben a niveles nunca vistos. Pero se sigue aplicando el sistema “marginalista” (se fijan los precios de la electricidad de acuerdo al de la energía más cara para generarla, aunque ésta suponga un porcentaje mínimo del total) sin que los Gobiernos protesten. El gasto de la cesta de la compra de los ciudadanos se ha incrementado, mientras las cadenas de suministro especulan con precios al alza. Y tanto estos como la pequeña y mediana empresa se dirigen a la ruina. La inflación está a las puertas.

El encarecimiento del petróleo y sus derivados más la incidencia directa de la guerra en la producción agrícola en Rusia y Ucrania hace temer una crisis alimentaria que está siendo anunciada por la FAO desde que empezó la invasión rusa. Los países del Magreb y de Oriente Medio (y no hablemos del resto de  Africa) pueden enfrentarse a una hambruna que por efecto dominó, como hemos comentado ya,  podría afectar al suministro de gas. Recordemos que tanto Estados Unidos como Argentina los grandes proveedores de trigo, maíz y girasol, está sufriendo una sequía que afecta a la producción y a los países que dependen de ellos.

 En estos momentos en los que la crisis ecológica del cambio climático comienza a provocar efectos dañinos, la guerra de Ucrania y sus efectos colaterales están creando un contexto de escasez en varios campos de los que ni los Gobiernos ni la ciudadanía tienen conciencia fáctica, unos por intereses y los otros por ignorancia. Las mentiras y la codicia siguen dominando el mundo. Y Europa sigue mirando hacia la potencia norteamericana cuando tendría que concentrarse en ordenar su continente y llegar a atraer a Rusia. Es la gran hipocresía de nuestra época (en realidad, de todas): se evocan razones ideológicas y políticas, cuando en el fondo sabemos que son las económicas las que mandan y operan, tras el decorado, las acciones de los gobiernos. Nuestro Quevedo, don Francisco, lo dijo claro: “las revoluciones se hacen por el huevo, no por el fuero”. Habría que dar un giro copernicano al asunto: pongamos las económicas al aire libre y dejemos las políticas e ideológicas atareadas en promover una moral operativa entre los países y una ética tolerante entre los pueblos.

En política exterior los principios éticos tienen un carácter instrumental. La moral y la ética entre los Gobiernos sólo sirven cuando las necesidades prácticas del momento y los objetivos estratégicos lo permiten. Quizá si las necesidades perentorias que provocan las crisis que se están formando –dado su carácter global- se afrontan con una estrategia moral, la más efectiva – y además una ética global para un problema universal- se estaría dando el primer paso para responder al desafío planetario que parece estar a punto de invadirnos. Por el momento, mientras las armas de destrucción masiva que son las mentiras y la codicia sigan activas, insertas en el tejido operativo de la política y la economía del entramado internacional, todas estas reflexiones son papel mojado.

Y  este panorama internacional no nos debe hacer olvidar un punto realmente alarmante: el silencioso pero activo papel de China y su influencia y poder en el nuevo orden internacional que se está fabricando a marchas forzadas. Como consecuencia inmediata de la guerra de Ucrania, occidente ha “regalado” a Pekin un nuevo y apetitoso “cliente”, Rusia. China es la superpotencia emergente y viene doblemente armada: con una economía activa, emprendedora y boyante (a pesar del frenazo del COVID) y con una ideología híbrida y lógica, fundada en el pragmatismo político-económico y la firmeza de un régimen autoritario. Hablaremos de ello.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Compartir este post
Repost0
1 abril 2022 5 01 /04 /abril /2022 15:34

UCRANIA: EL SÍNDROME DE AUSCHWITZ

Publicado en Heraldo de Aragón, 010422

Una generación que no sabe aprender de sus errores está condenada a repetirlos. La geopolítica internacional adolece de una desmemoria histórica que, a fuerza de dimensionar equívocos, ansias de poder y memoria manipulada por intereses hegemónicos, olvida hechos inaceptables y vergonzosos que muchos países se comprometieron a que no volvieran a suceder. ¿Hemos olvidado el mandamiento ético que para la Humanidad supuso la existencia de Auschwitz? ¿Somos tan ciegos que no percibimos las relaciones y correspondencias causales, políticas y sociales, directas o indirectas, que existen entre la invasión de Ucrania y los campos de exterminio? ¿Hay tantas diferencias entre las posturas genocidas de los nazis  respecto a los judíos y otros pueblos considerados “eliminables” y las que pregona Putin para “justificar” la  invasión de Ucrania? ¿No hay semejanzas entre el egoísmo y la ceguera de Europa previos a la II GM y los  errores actuales de cálculo en la subordinación política de la UE a los intereses geoestratégicos de EE.UU. y el brazo armado de la OTAN? Vivimos una nueva escalada de gastos en Defensa en Europa, lo cual aleja la posibilidad de diálogo de paz. El “si vis pacem para bellum” (si quieres paz prepárate para la guerra)  es una memez belicista contagiosa.

Auschwitz podría parecer una referencia fuera de contexto en un análisis de la situación–límite actual. Pero recordemos que era algo impensable incluso tras la llegada de Hitler al poder en 1933. La dinámica perversa de la condición humana no ha cambiado tanto, como cualquiera puede percibir sólo repasando los desvaríos y abusos bélicos de la política internacional tras el fin de la guerra mundial  (Iraq, África, Oriente Medio, Sudamérica, Bosnia, etc.). De todo ello nos advertía Theodor W. Adorno: “Habría que evitar que vuelvan a producirse otros Auschwitz. Su existencia y la lucha para evitar que se reproduzca no es algo que nos dicte el imperativo categórico de la razón pura práctica sino que obedece a un desgarro en la historia, la experiencia histórica del mal.” Y ¿qué es sino un “desgarro de la historia” la dinámica bélica de Putin, con sus referencias al holocausto nuclear? ¿No es la reiteración de la “experiencia del mal”? Adorno advierte que la barbarie anida y seguirá anidando en el corazón de nuestra civilización mientras perduren las condiciones que hicieron posible la bestialidad de Auschwitz.

En el caso de Ucrania se percibe una radical insensibilidad en los agresores, que pretenden convertir la guerra en un balance trivial de efectivos militares y razones económicas más o menos escondidas, una praxis bélica que ocasiona miles de víctimas y arrasamiento de ciudades, fábricas y cosechas. Sin olvidar a los miles de refugiados que abandonan sus hogares para salvar la vida, con sus dramas y necesidades primarias a cuestas. Todo ello conforma un alarido de alarma dirigido a la conciencia de la Humanidad. Las imágenes que se difunden por televisiones, móviles e internet tienen el peligro –ya denunciado por Hannah Arendt- de banalizar la tragedia para convertirla en una noticia más, que se percibe a través del alejamiento esquemático de los  emoticones y los “like”. Como decía la filósofa Judith Butler, “Hemos sido apartados del rostro – el rostro de una víctima es la denuncia básica de un horror- por medio de la imagen vertiginosa de una cara, de un cuerpo torturado, una representación visual que acaba, por ser obsesiva y constante,  tiñendo de rutina el horror de la muerte”.

Lo que está sucediendo en Ucrania –y en otro orden de cosas, en Rusia y en los países que asisten a la “representación” de Putin- es que como seres humanos insertos en una civilización digital donde prima la imagen difundida obsesivamente, la tragedia ucraniana se convierte en un drama serializado en “prime time”, que nos afecta menos por su obscena reiteración. Esa dinámica  nos va inmunizando al dolor de los otros, casi sin darnos cuenta. Y olvidamos que “su problema” será “nuestro” problema. Como el horror de Auschwitz no se quedó en una anécdota histórica, sino que, sin percatarnos de ello, ha dejado su emponzoñado mensaje en la memoria genética de la Humanidad.

Quizá no se llegue a repetir exactamente la bestialidad hitleriana, pero percibimos ya inquietud en los nidos de serpientes que se esconden tras la inmoralidad agresiva del ataque a Ucrania. Putin, consciente o  no de ello, está aplicando la “doctrina” del ideólogo nazi Carl Schmitt: la oposición radical amigo-enemigo como criterio para diseñar la política de su país. Ese “enemigo” de Schmitt y quizá Putin, se define como una amenaza letal para la supervivencia de la nación y cualquier medio de aniquilarlo –nadie habla de negociar- está justificado, desde la guerra exterior a la “limpieza étnica” interior. Los nostálgicos de imperios dictatoriales se frotan las manos viendo a la barbarie cabalgando por los campos y ciudades de Europa, Asia, África... Es el síndrome de Auschwitz (una de las consecuencias de la “doctrina Schmitt”)  que ha despertado de su espantoso dormitar en la historia.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Compartir este post
Repost0
23 marzo 2022 3 23 /03 /marzo /2022 18:24

El autor, Juan José Tamayo, palentino de 75 años nos hace un severo análisis del mundo en el que vivimos, que es una negación absoluta de la compasión y una advertencia admonitoria a las personas que se sienten heridas por el silencio de Dios ante esta crisis sistémica que nos agobia por su impasible inevitabilidad.  Para ello se inspira en la experiencia de la crisis pandémica, una circunstancia que ha revelado y desnudado el principio ético de la compasión (o de su falta), un concepto que analiza a través de once capítulos, apoyándose en la historia, la psicología, la moral, la religiones y la filosofía, sin olvidar la teología, la ecología o la economía (ay, tan relevantes).

En esencia es el reto que nos impone el siglo: el silencio de Dios articulado con el “silencio“ de la compasión o su falsedad, que vienen a ser las dos caras de la misma sensación de absurda inoperancia que ambas trascienden. La ausencia de “Dios” es el reflejo inverso de la ausencia de compasión que aflora permanentemente en las relaciones humanas, familiares, sociales, de raza, religión, género sexual o sesgo político; en la desigualdad creada por la xenofobia, la falta de recursos, los excesos de producción y de consumo, la gradual destrucción del medio ambiente, la banalización de la cultura, el esclavismo digitalizado, los avances de fascismos y totalitarismos, la violencia como reacción gratuita e innecesaria, el desprecio a las leyes y a la autoridad. No se pretende comparar o compaginar la creencia en Dios con la necesidad de la compasión, sino destacar el hecho de que ambas proceden del mismo origen, la misma semilla: la idea de Dios es la de un Ser trascendente que atrae y libera lo mejor de nosotros y la de la compasión es una actitud, un sentimiento, que hace el mismo efecto en nosotros respecto a nuestros semejantes, ya que con ello facilita el encuentro con lo divino que es, por definición, lo que justifica la vida del creyente tanto como la compasión da sentido a la vida de la persona.

Esta articulación entre Dios y la compasión se convierte, cuando es una práctica, en una referencia ética que influye en todos los ámbitos del saber y el quehacer humanos. Y aquí no se trata de una cuestión entre creyentes y escépticos sino en una praxis que podría hacer que el progreso tecnológico en el que vivimos (y sus crisis) se vea acompañado por un progreso ético  en el que la solidaridad, la igualdad y la compasión logren, poco a poco, ayudar a superar o mitigar las brechas que contundentemente denuncia el libro de Tamayo: las de la desigualdad, la injusticia ecológica (con las cuatro amenazas que Leonardo Boff enumera: armas de destrucción masiva, escasez de agua potable, sobreexplotación de la Tierra y calentamiento global). Precisamente ese autor, citado por Tamayo,  destaca la necesidad de despertar mundialmente a la “espiritualidad”. Esa función o dimensión profunda del ser humano que está íntimamente relacionada con las ideas de lo divino y de la compasión. El odio y rechazo al Otro (inmigrantes y refugiados), la injusticia de género, la desigualdad económica, cultural y cognitiva, configuran una visión crítica del mundo donde, precisamente, se ignora la compasión y la fuerza redentora que daba la “existencia” de Dios (lejos del “Dios” de la intolerancia y el fanatismo).

Tamayo completa su libro con un erudito recorrido por las religiones y el papel de la compasión en sus estructuras, la teo-política de la compasión, el humanismo y transhumanismo del concepto, una suculenta referencia a la “memoria subversiva de las mujeres olvidadas”, el diálogo –tan necesario- entre religión y ciencia al respecto; algunos autores que reclaman la ética de la compasión y un epílogo magníficamente actual sobre una “mística de ojos abiertos”, que refleja la impotencia, los temores, la irritación ante algo que nos supera y no sabemos afrontar y también la solidaridad y la admiración por las actitudes y comportamientos de algunas personas de esta época de pandemia, que está lejos de concluir.

El doctor Tamayo, es bien conocido por quienes admiramos su labor como pensador y profesor y más aún su integridad filosófica y su talante crítico hacia ciertos temas candentes en nuestros días, desde la tragedia sistémica de los refugiados, la diversidad, el pluralismo religioso y los extremismos fundamentalistas, raciales o sexistas y la llamada teología de la liberación.

Para finalizar, como Tamayo escribe en su libro, la compasión y la empatía requieren una articulación y una reelaboración práctica, cotidiana y universal, ya que "el verdadero sentido de la compasión es ponerse en el lugar de las otras y los otros sufrientes en una relación de igualdad y empatía, asumir el dolor de las otras personas como propio, interiorizar a la otra persona dentro de nosotros y nosotras, sufrir no solo con los otros, sino en los otros, hasta identificarse con quien sufre y con sus sufrimientos, cuestión que no resulta fácil pero que es necesaria" .

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

FICHA

LA COMPASIÓN EN UN MUNDO INJUSTO.- Juan José Tamayo. Fragmenta Editorial.-296 págs.

Compartir este post
Repost0
21 marzo 2022 1 21 /03 /marzo /2022 12:09

NOS ESTÁN CAMBIANDO EL MUNDO

Publicado en “la Comarca” el 18 abril 2022

Si usted, lector, tiene menos de 30  o 35 años no me entenderá, ni compartirá desde la nostalgia, las premisas que  el filósofo coreano de origen y alemán de adopción, Chul Han, desarrolla en un libro, “No cosas” que está creando desazón en los “jóvenes” de 50 años en adelante.  No por sus atrevidas observaciones y aún más radicales conclusiones, sino por el realismo con el que refleja la sociedad que nos está tocando vivir y la que nos espera a los que lleguen, si Putin no insiste en ser un “terminator” de tres al cuarto.

Vayamos a un ejemplo práctico: mis hijos y mucho menos mis nietos no comprenden en absoluto que guarde amorosamente los libros que ya he leído junto a los que no he leído y algunos que quizá no lea nunca, que los amontone en todos los huecos de la casa,  que los  siga comprando; que tenga discos de vinilo y cd's, videos y dvd's; que atesore miles de fotografías en blanco y negro y color en formato de papel o diapositiva; que tenga numerosos cuadros, esculturas, recuerdos de viajes, trajes, cacharros (como radios antiguas, proyectores de super 8, relojes de péndulo); que guarde los originales manuscritos de novelas, ensayos y artículos publicados, o no, durante toda mi vida; máquinas de escribir de los años 50 a los 70,  junto a viejos ordenadores; estilográficas y bolígrafos por decenas; libretas de muchos tamaños y agendas de hace decenios... y, aunque no lo crean, no esté diagnosticado de padecer el síndrome de Diógenes (apelativo injusto pues el cínico Diogenes fue un hombre nada apegado a las cosas).  Que sea feliz con todo eso y que también sea una fuente de inspiración y un goce difícil de definir.

Si Walter Benjamín levantara la cabeza ya no podría sostener que la relación de posesión es la más intensa que se puede tener con las cosas. Y esa relación de afecto, de fetichismo, sólo es posible en personas dotadas de una memoria vital que dudo tengan las nuevas generaciones,  para las que la vida es líquida, cambiante, acelerada y se basa en la información, en las experiencias. Lo digital carece de memoria , al fragmentar la vida cotidiana en numerosos bits. El fetichismo de los objetos, de las cosas, que nos evoca vivencias y etapas de la vida, empieza velozmente a desaparecer. Los nuevos habitantes de las redes sociales, que construyen sus vidas en torno a ellas, viven en el tiempo de las no-cosas.

Byung-Chul Han es uno de los filósofos más leídos en la actualidad. Nos habla de manera amena y atrevida, en casi todos sus libros, de la desmaterialización del mundo actual, la eliminación de lo físico, lo objetual, en nuestras vidas. Sigue las estelas del italiano Giorgio Agamben (el teórico de la “nuda vida” de los inmigrantes) el polaco Zygmunt  Bauman, (el de la “vida líquida”), el eslovaco Slavoj Zizek , el filósofo amigo de los chistes o el austriaco Peter Sloterdijk,  que fue “el joven airado” de la filosofía . Mientras que todo sea información, nos dicen estos autores, ésta seguirá haciendo desaparecer las cosas, puesto que la digitalización aboca a la desmaterialización del mundo. A más información, menos materia: un juego de suma cero. Un mundo digital no es un lugar para recuerdos y sí para datos. Hemos entrado en una era dominada por la infomanía, los megadatos y la hipertrofia de la información, lo cual tiene una lectura buena y otra que no lo es. Se trata de un camino lleno de incógnitas y no sabemos en qué va a desembocar. Es un cambio radical de paradigma, que no tiene precedentes y cuyo desenlace y etapas sólo podemos conjeturar. En los últimos veinte años la humanidad ha dado un salto cuántico en las formas de vida, los valores y costumbres, la moral y la ética.

No hay que esperar reversibilidad o arrepentimiento. Parece ser un camino de imposible retorno. Lo que venga, sea lo que sea, no tendrá apenas relación con lo que vivieron las generaciones del siglo XX y anteriores. El metaverso no nos recordará el pasado, vía archivos documentales. Sus algoritmos buscarán siempre elaborar lo nuevo. Pero algo hemos aprendido: las cosas materiales, que tanto habíamos rechazado, transmiten durabilidad y estabilidad, pues dan un sentido referencial a nuestra existencia. No somos seres digitales o virtuales, somos corporeidades físicas, en relación directa y homeostática con el medio ambiente y las fuerzas de la Naturaleza que nos condicionan de forma vital. Quizá el nuevo universo digital que nos engloba haga que nos importen menos las cosas, que no las tengamos en cuenta, con lo cual nuestra realidad pierde la firmeza y el sentido que ellas daban a nuestra vida.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Compartir este post
Repost0
19 febrero 2022 6 19 /02 /febrero /2022 19:32

El agua es un elemento esencial de la vida. "El agua es vida y es de todos", pregonan desde la ONU a todo el planeta. Nuestro propio cuerpo tiene un elevadísimo porcentaje de agua y ello nos hace especialmente sensibles a su carencia. Los excesos y los abusos e ignorancias que provienen de la cultura irresponsable y consumista del siglo XXI, comienzan a producir los efectos perniciosos de dos fenómenos unidos entre sí, las sequías, la desertización creciente y los diluvios, con su secuelas de inundaciones y catástrofes. El deshielo progresivo en los Polos, el aumento del nivel del mar en todo el planeta y fenómenos contaminantes como la Gran Mancha de Basura del Pacífico que tiene una superficie superior a España, Francia y Alemania juntas, son alertas estimables para toda persona consciente. Para mentalizarnos del protagonismo natural en la vida del hombre de ese preciado elemento he escogido tres libros que simbolizan tres actitudes y puntos de vista interesantes, aleccionadores y, para mayor deleite del lector, llenos de una cierta sabiduría. Una actitud que que debería impartirse desde las guarderías en la educación de los hombres y mujeres de este siglo preocupante. Se trata de un ensayo, donde el viaje, la búsqueda y la mirada lírica, técnica o naturalista dan una pátina literaria muy atractiva. "Cómo leer el agua" de Tristan Gooley, que edita Ático de los Libros es el título que les recomiendo.

Tristan Gooley, que gasta sombrero a lo Indiana Jones, aunque cuando estuvo en Barcelona llevaba una gorra con cierto aire a la que usaba Sherlock Holmes en algunas películas antiguas, es un hombre-orquesta cultural y deportivo. A un caminante compulsivo como yo, le sugiere Gooley oleadas fraternales de sana envidia: no sólo por su magnífica forma física, sino por el acervo naturalista de conocimientos y experiencias. Nuestro hombre tiene en su haber un libro (aún no traducido), "Natural navigator" en el que tiende su mirada metafórica, atenta e inteligente a la vida humana en las metrópolis, aplicando parámetros filosóficos, biológicos, históricos, sociales y de supervivencia.

 Tristan, que rebasa un poco los cuarenta pero exhibe en su prosa un entusiasmo vital veinteañero y una noción básica de que en la vida es más importante el camino que el destino,  en su libro "Cómo leer el agua" nos cuenta que durante muchos años ha navegado y ha buscado e investigado sobre la relación del hombre con el agua, para asegurarnos que podemos llegar a "leer" en un charco de lluvia el lenguaje del líquido vital con tanta precisión como en el Pacífico o en el Ebro o en los colores de un arco iris. Como todo amante de la Naturaleza, Gooley nos habla de emociones, lirismo y espiritualidad asociados a las interminables llanuras ondulantes del océano, el fragor del arroyo de montaña o la calma zen de un lago en las cumbres suizas (con la sabiduría añadida de recordarnos que el auténtico reto, la prueba "del algodón" es sentir el mismo amor por el entorno mientras caminas por el Everest o lo haces por la bella y familiar montaña de tu pueblo).

Siguiendo a los polinesios, grandes navegantes pero también minuciosos observadores de todo lo que tiene relación con las aguas, de la enorme complejidad que oculta su soberana sencillez, Gooley nos va enfatizando “las singularidades, los signos y los indicios del agua en sí". Nuestro autor empieza por lo más banal, una gota resbalando por el cristal de una ventana o un vaso de agua en tu hogar o el charco que la lluvia ha creado en el borde de un camino (o nos habla del "petricor" ese inconfundible aroma que genera la lluvia al caer sobre el monte o los campos tras una temporada de sequía). Pasar de lo mínimo a lo máximo, del microcosmos escondido en un estanque hasta el macrocosmos del Atlántico y la relación de todo ello con la atmósfera, las nubes, las corrientes de aire, el calor del sol, el frío, la interrelación de todo en Todo y el frágil equilibro de nuestro entorno planetario, tantas veces violado. El mensaje ecológico de este libro no es autoritario y censor, no nos dice lo que "debemos hacer", lo que hacemos mal, toma un camino taoísta y muy inteligente: enseñemos a la gente a amar y respetar la Naturaleza, desde niños: no tardaremos en empezar a cuidar de ella de forma general e indiscriminada.  Este hombre, que ha cruzado dos veces el Atlántico, una vez en avioneta y otra en barco, está familiarizado con la presencia del riesgo y la muerte y los integra en sus actividades con la misma naturalidad con la que busca "pistas, señales y patrones físicos" en cualquier superficie de agua, quizá para gozar de la habilidad del "isharat" con la que los antiguos marinos árabes designaban el área de conocimientos que permite leer las señales físicas en el agua y que Gooley comparte con el lector en su libro.

FICHA

CÓMO LEER EL AGUA.- Tristan Gooley.-trad. Víctor Ruíz.- Ed. Ático de los libros.-2018. 424 págs.

 

Compartir este post
Repost0
16 febrero 2022 3 16 /02 /febrero /2022 17:36

El autor de este libro, Máximo Gatta, es un bibliotecario profesional y erudito experto en  bibliofilia (como no es de extrañar) y sobre todo lector apasionado, colaborador en las principales revistas de Europa dedicadas a los libros y es director editorial de una firma dedicada a bibliografía, además de autor de artículos y libros sobre temas relacionados con los libros.

Durante la apasionante lectura de este pequeño libro de algo más de 150 páginas, más de la mitad ocupada por una bibliografía amplísima, estudios, novelas, relatos y análisis; artículos y números monográficos; catálogos. páginas web, y notas, amén de un prólogo de Luigi Mascheroni y un epílogo del ubicuo y ameno José Luis Melero, uno siente vibrar la fraternidad que une a todos los amantes de los libros. Y la simpatía -y el dolor- que provoca tratar de poner un cierto orden en los libros que uno tiene, que van generándose a mayor velocidad que la que usan en asentarse en su lugar. Es como una corriente viva, irregular pero constante, que va superando todos los órdenes y clasificaciones que tratamos de imponerle. Como dice Roberto Calasso, fundador de la editorial Adelphi y un notable autor de libros semejantes a éste, "el orden total es imposible, simplemente porque existe la entropía...pero como sin orden no se puede vivir, con los libros, como con todo lo demás, es preciso encontrar una vía intermedia". 

El recorrido por la bibliomanía y la bibliofilia a través de  autores conocidos desde Borges a Montaigne es uno de los placeres añadidos de esta lectura tan cercana a mi sensibilidad y a mis "problemas" con mi biblioteca. Como T.S. Eliot, uno de mis poetas preferidos,  a pesar de mis esfuerzos los libros se me escapan, huyen, se esconden y como él digo "tengo un cúmulo de libros tan variados, tan recalcitrantes a cualquier interno de orden, que cuando quiero consultar uno que sé que tengo, no consigo encontrarlo y me veo obligado a volverlo a comprar o a buscar en una biblioteca profesional". Aunque duplico con holgura los 10.000 libros de los que habla Mascheroni como la cifra "significativa" , no comparto la opinión despreciativa de ese autor cuando añade "por debajo de ese número no tiene sentido hablar de ordenar la propia biblioteca, es mejor dedicarse a la filatelia que ocupa menos espacio".  Bueno, mis libros, repartidos en tres casas, deben estar en torno a los 21.000, tirando a más y a pesar de mi duro trabajo ordenancista, ellos siguen una misteriosa dinámica propia que va superando todos mis intentos de orden. 

Pero eso provoca, como dice nuestro autor, un nuevo y renovado placer : el del reencuentro. De pronto, de una forma casual o mejor por sincronicidad junguiana, aparece el volumen que dias antes habíamos estado buscando desesperadamente. Es como el encuentro con el hijo pródigo. Uno tiene ganas de sacrificar un cordero para celebrarlo al estilo bíblico. En fin, el libro de Mássimo Gatta es una gozada que recomiendo a todos los "bilbiomaníacos" que me están leyendo.

Pertenezco al mismo mundo insomne de amantes de los libros que cita Massimo, desde gramáticos como Zenódoto de Éfeso: bibliotecarios como Gabriel Naudé; historiadores como Luciano Canfora; escritores como Jorge Luis Borges; editores como Roberto Calasso; y hasta diseñadores de moda como Karl Lagerfeld, a lo largo de la historia se han preguntado si es más adecuado el orden  o la desorganización igualmente ideal, de la propia biblioteca. Muchos nos hemos rendido al ‘horror vacui’, acaparando libros con poco control y amando ese desorden incontrolado  en la que a los libros les encanta jugar,como si se burlaran de su dueño para no ser encontrados, o serlo cuando ya no los necesitamos.  Es una lucha permanente y apasionante que sin duda perderemos pero a la que hay que prestarse, porque un orden, siquiera sea relativo,  debe obtenerse, simplemente para hacer viable la biblioteca y cumplir su misión: la de la lectura, el comentario o la escritura sobre ella, que es lo que promueve el libro.

FICHA

EL DESORDEN DE LOS LIBROS.- Massimo Gatta.- Trad. Amelia Pérez de Villar. Ed Fórcola.- 174 págs.

 

Compartir este post
Repost0
6 febrero 2022 7 06 /02 /febrero /2022 10:09

Julian Barnes es uno de los autores británicos de la brillante generación de la segunda mitad del siglo XX que junto a Amis, Le Carré, Mc Ewan, Graham Switz y algunos otros, han invadido nuestra bibliotecas y nuestra pasión de lectores. Le descubrí con "El loro de Flaubert", una cáustica e irreverente fórmula de ensayo literario crítico, con la ironía de Sterne y la mala uva de Swift (Jonathan), después vendrían, entre otras, "El sentido de un final"  divertido y patético análisis del miedo a morir y la soberbia "Arthur & George" sobre un episodio real en la vida de sir Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes.

En este libro que nos ocupa, Barnes se supera a sí mismo y entabla una suerte de relato personal de búsqueda de la urdimbre histórica en torno a una figura real del siglo XIX, el doctor Pozzi, amigo y médico de las grandes celebridades sociales, artisticas, literarias y científicas y un ilustre desconocido en nuestros tiempos, excepto por una razón, haber sido pintado por John Singer Sargent, uno de los grandes retratistas de la época, en una obra llamada "El hombre de la bata roja".

Hemos de llegar a las dos terceras partes del libro (página 189), para que Barnes nos cuente el por qué de su elección de protagonista: "Mi primer encuentro con el doctor Pozzi, ocurrió por medio de la formidable imagen de Sargent. La etiqueta del cuadro me informó de que era ginecólogo. No me había topado con él en las lecturas sobre el XIX francés. Después leí en una revista de arte que no sólo fue el padre de la ginecología francesa sino también un 'incorregible adicto al sexo que habitualmente intentaba seducir a sus pacientes femeninas'. Barnes no acepta ese juicio y comienza a investigar al doctor Pozi del cual "no existe ni una sola queja formulada por ninguna mujer contra él. Ni una reclamación judicial, ni un escándalo" Barnes hace un asombroso escrutinio de diarios de la época y libros de gente famosa dada al chismorreo (el "Journal" de Edmond de Goncourt, el célebre editor, por ejemplo, sólo habla de débiles pruebas de posibles devaneos. Y, se pregunta: "¿con que autoridad lo juzgamos?".  Y a partir de ese punto el libro es un apasionado viaje por los amigos de Pozi, los hallazgos médicos y práctica profesional de calidad más que superior, su amor a las mujeres y su vida familiar, su proverbial discreción ( la actriz Sarah Bernhardt, amante suya durante medio siglo, ni lo menciona en sus memorias). Como escribe Barnes: "las biografías son un conjunto de agujeros atados con una cuerda y en ninguna parte eso es más evidente que en la vida sexual y amorosa".

Barnes es un maestro consumado en este tipo de trabajos imbricados en la historia, en personajes reales. Logra hacernos atractivo el largo rodeo, las investigaciones y los hallazgos en torno a la época y las celebridades que rodearon al médico francés, jefe y compañero del padre de Proust. Ya desde el mismo comienzo del libro: "Un príncipe, un conde y un plebeyo, franceses los tres, llegaron a Londres en 1885 a la busca de "adquisiciones intelectuales y decorativas". Los dos aristócratas eran homosexuales o, como se decía entonces, "de tendencias helénicas". El plebeyo, doctor y reconocido coleccionista de amantes femeninas. Y portaban una carta de recomendación de uno de los mayores pintores de su tiempo, John Singer Sargent, que les permitió ser recibidos nada menos que por el escritor Henry James que ejerció de cicerone por la megalópolis inglesa. ¿Sus nombres? El príncipe Edmond de Polignac, el conde Robert de Montesquieu (bien conocido por los lectores de Proust) y el doctor de apellido italiano Samuel Jean Pozzi. El hombre de la bata roja."

Con Barnes vivimos una época en la que se desarrolla el juicio al militar francés judío Dreyffus, el "caso" que dividiría al país, la condena a Oscar Wilde, el comienzo de la publicación de la saga de Proust y comienza a perfilarse el escenario que daría lugar a la Gran Guerra, el horror de la I Guerra Mundial, mientras se vive la "decadente, vertiginosa, violenta, narcisista y neurótica". Belle Épocque",  En resumen, un libro muy recomendable, no sólo para admiradores de Barnes, sino para los interesados en conocer una época extinta e irrepetible, y una persona, de gran talento y valía, ignorada por la posteridad, el doctor Pozzi, al que  nuestro escritor considera "una especie de héroe", argumentando su opinión de forma convincente.

FICHA: EL HOMBRE DE LA BATA ROJA.- Julian Barnes. Trad. Jaime Zulaika. Ed. Anagrama.302 págs.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Compartir este post
Repost0
17 enero 2022 1 17 /01 /enero /2022 17:59

SHANGRI-LA, NECESIDAD DE LA UTOPÍA

(Publicado en “Heraldo de Aragón” 170122)

El 17 de julio de 1936 se terminaba en los estudios californianos de Columbia el rodaje de la película “Horizontes perdidos” dirigida por Frank Capra. Está basada en una novela muy popular de James Hilton con el mismo título publicada en 1933. Un día más tarde empezaba la guerra civil española y comenzaban a cumplirse algunas de las profecías literario-políticas que Hilton proponía en la novela, una utópica historia a favor de la paz y el entendimiento entre todos los países y los seres humanos. A la guerra española le seguiría la II Guerra Mundial con un cargamento de horror tan despiadado y de tanta magnitud como nunca antes hubo en la historia de la Humanidad.

Es la historia de un lugar remoto en el Himalaya, Shangri-La, situado en  un valle llamado de la Luna Azul, dirigido por un monasterio lamaísta y con la misteriosa virtud de dar longevidad a sus habitantes. El fundador era un legendario sacerdote belga- con más de dos siglos de edad y ya a punto de morir-  que ha diseñado un plan para traer a un activo diplomático y hombre de acción británico llamado Robert Conway, cuyos trabajos por la paz habían llamado su atención y a quien consideraba su más idóneo sucesor.

Es una excelente película y no haré “spoiler” de ella. Véanla. En contra de lo habitual, es aún mejor que la novela en que se basa. Pero aquí me interesa destacar el mensaje que una y otra vez se nos va repitiendo. Es un pequeño país autónomo que se mantiene a sí mismo y sólo importa,  muy trabajosamente, de otros países lo más bello, inteligente y bueno que surge en ellos, desde grandes libros a obras de arte, música, ciencia, conocimiento de todo tipo y medicina. Acaba de terminar la Primera Guerra Mundial, pero a Shangri-La, resguardada por las montañas más altas del mundo sólo llegó el eco sombrío de aquél horror. La regla ética que rige en Shangri-La, es la moderación en todo. Incluso las relaciones humanas  están regidas por la cortesía y el afán de colaboración y solidaridad. Todos tienen bastante más de lo necesario para vivir y gozan de una estabilidad y un equilibrio personal y social que anula la conflictividad. No hay policía ni fuerzas armadas y las diferencias se dirimen por concertación y acuerdo mutuo. Incluso en temas religiosos hay concordia “Muchas religiones son moderadamente verdaderas”, dice uno de los personajes. Todos tienen tiempo para hacer su trabajo y disfrutar del ocio y las aficiones ya que “gozamos del tiempo, ese don raro y costoso que el mundo ha perdido más cuanto más lo ha perseguido”.

El  Gran Lama habla proféticamente del futuro que se avecina:”La tormenta que asolará al mundo está llegando y será tal como el mundo no ha visto jamás…no habrá refugio ni cobijo para nadie…el mundo se convertirá en un caos espantoso”. Recuerde el lector que Hilton publica la novela en 1933: Hitler es nombrado canciller de Alemania en enero y ejerció su espantoso poder doce años hasta el 30 de abril de 1945. El Gran Lama explica su “sueño” a Conway: “Cuando todo haya pasado y el mundo empiece a abrir los ojos a la paz, entre la miseria y la destrucción, daremos a conocer Shangri-La. Será el lugar sagrado donde se conserva la cultura y el conocimiento de la Humanidad. Aquí mantenemos los mejores logros artísticos y científicos para que no sea necesario partir de cero tras la hecatombe mundial”.

Desde Homero a Platón, San Agustín o Thomas Moro, pasando por Rabelais, Campanella, Francis Bacon, Huxley, Swift, H.G.Wells, Samuel Butler, Ayn Rand, Orwell o Herman Hesse, escritores, filósofos y poetas han alimentado el deseo de encontrar la utopía (en griego, “no lugar”) en donde sería posible alcanzar los sueños más ansiados. En algunas de esas obras se juega con su réplica, la distopía, en la que los sueños utópicos se convierten en pesadillas (cosa que desde el Paraíso Terrenal hasta el Paraíso Comunista de Marx, ha sido una constante humana). Freud no ve posible- aunque la desea- la utopía de una “Edad de Oro” en el que los dos elementos antagónicos de nuestra cultura, el Trabajo y el Goce se armonizarían. Pero ese equilibrio dialéctico es imposible: Freud no cree en un final feliz, ni en la posibilidad de que cualquier final pueda ser feliz.

Sin embargo hay algo inocente, hermoso, optimista, esperanzador, en la idea de un futuro “Shangri-La” real. Es decir, un lugar donde se preserve el saber, la belleza y la creatividad humana. Un pequeño país estructurado como si fuera la Biblioteca de Alejandría. Aunque quizá nos hemos de conformar con mantener un Shangri-La en la mente de cada uno de nosotros: la voluntad permanente de conservar algún elemento de la cultura de la época en que vivimos para compartirlo con los demás. En “Fahrenheit 451”, la novela de Ray Bradbury, en el mundo los libros están prohibidos y son quemados, pero algunas personas conservan en su memoria un clásico literario completo cada una. Podían repetirlo ante cualquier oyente que lo deseara.  Había un hombre “Robinson Crusoe”,  otro “La Ilíada” y  otro “Don Quijote”, entre muchos cientos de libros andantes. También nosotros deberíamos proteger nuestros sueños.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Compartir este post
Repost0

Présentation

  • : El blog de diariodemimochila.over-blog.es
  • : Ventana abierta al mundo de la cultura en general, de los libros en particular, mas un poco de filosofía, otra pizca de psicología y psicoanálisis, unas notas de cine o teatro y, para desengrasar, rutas senderistas y subidas montañeras.
  • Contacto

Recherche

Liens