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27 mayo 2022 5 27 /05 /mayo /2022 17:34

OBSERVATORIO POLÍTICO INTERNACIONAL

EL ‘GAMBITO DE DAMA’ DE LA OTAN A PUTIN, ¿ESTRATEGIA O FICCIÓN?

 

Más de tres meses de barbarie, destrucción y muerte es un precio demasiado alto para un error estratégico (el de Putin) y un error de inteligencia política (occidente y la OTAN).  Se han rechazado las “justificaciones” políticas de Putin para salvar la cara ante su propio pueblo en su aventura nostálgico-imperialista y se ha abierto la caja de Pandora de la guerra sobre  la autocomplaciente sociedad europea, con la continua instigación a la violencia de los americanos (uno de los países que ganan algo con la guerra) y el fortalecimiento del tigre chino supuestamente dormido.

Un examen sin complejos de la vieja geopolítica, ya en forzada jubilación, hace pensar en teorías conspiratorias, que en estos tiempos se definirían como un desencantado ”todo es posible”. Ello esconde la amarga constatación de que la ética ha dejado totalmente de existir en la política global de hoy (si es que alguna vez existió, excepto de forma anecdótica). La cuestión es, lisa y llanamente, que hemos vuelto, gracias a Putin y, paradójicamente, en contra de sus intereses, a la política armamentista y de bloques de 1945. Todo lo que está ocurriendo se  asemeja a un gambito de gama en una partida de ajedrez. Una  estrategia demasiado sutil para ser orquestada por Washington pero plausible entre los mandos y políticos afectos a la OTAN.

Como en el ajedrez, en política internacional la estrategia básica es tener una visión global de la situación geopolítica y económica. Hay que saber ver más allá de la jugada del momento y tener en cuenta las variables que están en juego. Y a partir del momento base, tener claro el objetivo a conseguir, ampliado nuestro foco a medida que se desarrollan los acontecimientos. Con ello estaremos más dispuestos a asumir los cambios que provoca el proceso

El peón de dama que se ofrece al sacrificio en el tablero es Ucrania y Putin ha mordido el anzuelo, mostrando –dejando aparte el peligroso para todos arsenal nuclear- dos cuestiones básicas en su contra: su ejército, aun siendo muy poderoso, está bastante anticuado para estos tiempos y dos, sus conexiones amistosas con otros países no resisten la “prueba del algodón”: si rascas un  poco se ve que no está muy limpio. El oso ruso no tiene amigos, sólo clientes o sometidos.

Con el sacrificio de Ucrania –que podría ser recuperada más adelante, aunque no en el seno de la OTAN- se ha producido una dinámica de acontecimientos que aíslan cada vez más a Moscú. Suecia y Finlandia abandonan su neutralidad y piden su entrada en la OTAN; la organización militar “defensiva” bajo el mando de Estados Unidos se ha reforzado exponencialmente (cuando estaba en casi hibernación); Rusia ha perdido casi todo su valor como potencia hegemónica y su categoría como representante del “otro” paradigma sociopolítico distinto a Occidente; y, en definitiva, se está dejando camino libre para que China se coloque en cabeza de esa “otredad”, con su poco creíble pero eficiente “capitalismo-comunista”.

Puede parecer frívolo explicar con una célebre apertura del juego de ajedrez la enorme tragedia humana que está suponiendo la guerra de Ucrania. Lo cierto es que ya ha dejado de copar las primeras páginas de la prensa y la tele de casi todo el mundo; las exigencias del mercado neoliberal y su instituida velocidad de cambios, no perdonan. Como tampoco perdona la inconsciente y brutal ruptura con las normas y obligaciones del derecho internacional. El regreso a la disponibilidad bélica, a la ley de la fuerza, a la tácita permisibilidad para las más atroces y sanguinarias acciones contra la población civil, nos muestran un deterioro ético en lo público que es un retroceso para los derechos humanos en general.

Y, por favor, que no se olvide en qué contexto global se está produciendo este “regreso a las cavernas de la violencia” con su secuela de carrera armamentista, falta de seguridad y legalidad en el mundo, daños laterales en economía, salud y calidad de vida. Sumen a todo lo anterior, daños directos e indirectos del belicismo, el aumento de los nacionalismos, populismos y extremas derechas o izquierdas. Y analicen ese potaje de horrores en una olla donde también se cuecen, el cambio climático, las hambrunas, las pandemias de origen animal provocadas por el hombre, la sequía y las emigraciones masivas de refugiados por pura y simple supervivencia.

Pero volvamos al tablero de juego, en el que la batalla en la que Putin se embarcó con percepciones erróneas es sólo lo más visible, pero no lo más importante.  Como dijo Henry Kissinger, en una reunión política reciente, a la  respetable altura de sus 99 años, hay que aceptar la situación tal y como está y recordar que Rusia y Estados Unidos han superado derrotas militares (Vietnam y Afganistán) sin ceder al uso de armas nucleares. Por tanto, nunca mejor que ahora, “tenemos que desescalar hacia las armas convencionales y aprender a vivir con relaciones hostiles”. La frialdad de la “realpolitik” preconiza aceptar lo malo en estos momentos para no permitir que llegue lo peor. 

Hanna Arendt, refiriéndose a la II Guerra Mundial decía, “…en una futura guerra  ya no se trataría del logro o la pérdida de poder, de mercados y espacios vitales, de cuestiones que también podrían obtenerse sin violencia por la vía de la negociación política. La guerra ha dejado de ser la “ultima ratio” de conferencias y negociaciones cuya ruptura causaba el inicio de acciones militares, que no eran más que la continuación de la política por otros medios. Ahora se trata de algo que no podría ser objeto de negociación: la simple existencia de un país o un pueblo. Eso sería la violación de una frontera inherente a las acciones bélicas”. Y termina su razonamiento con estas palabras estremecedoras que no deberían olvidarse: “Podemos dudar de que los hombres, en medio de esta progresión necesariamente catastrófica  que ellos mismos han desencadenado, puedan seguir siendo dueños y señores de su mundo y de los asuntos humanos”.

Dejando a un lado los lógicos temores a una escalada nuclear, se debería tratar la crisis como una negociación en la que ambas partes admiten que van a perder algo, la premisa menor, pero pueden negociar la premisa mayor: un nuevo estilo y unas nuevas reglas de convivencia. Es preciso aceptar, ante la alternativa bélica, que todos los sistemas políticos en nuestro tiempo son simples variaciones de un tronco común: las oligarquías nacionales y multinacionales, la red de corporaciones tecnológicas del alcance, influencias y beneficios globales y los Estados como “res política” que atienden las necesidades de los ciudadanos de una forma más o menos corrupta, eficaz o participativa. En el siglo XXI han muerto las ideologías, excepto en la mente de idealistas, fanáticos, ingenuos y un resto testimonial de miembros de  cuerpos armados (ejércitos y policías). O en la faceta religiosa o racista del fanatismo político. ¿Creen que hay mucha diferencia entre la oligarquía endogámica rusa, la china o la de Occidente? ¿Cuánto van a tardar en comprender que los problemas y necesidades de la mayoría de los ciudadanos son simples y elementales como la vida misma: alimento, ocio, techo, educación, salud, familia y sociedad? Las corporaciones dedicadas a los negocios suntuosos vinculados con la Red y la virtualidad, hace años que lo saben y lo explotan. Los romanos de la plebe pedían paz y circo. La gigantesca plebe del XXI, que no llegó a la mayoría de edad, piden móviles y metaverso, redes rápidas y…naturalmente “pan”, es decir hogar, sustento, médicos y maestros. Las ideologías importan a una minoría, bastante ruidosa en general y a los políticos que envuelven con ella su sustancioso modo de vida. Ahora se han  convertido en una permeable y jactanciosa excusa.

Todo lo que está ocurriendo en Rusia era de prever tras el cerrojazo de los 90 a las pretensiones –desmesuradas- de la URSS y el desmoronamiento soviético. En el país convertido en almoneda por los propios jerarcas soviéticos y con el beneplácito del insigne beodo Boris Yeltsin, ¿quiénes dirían ustedes que crearon las bases de la actual oligarquía rusa y alimentaron desde la cuna al miembro de la KGB, Vladimir Putin, elemental y moralmente peligroso como un personaje de Dostoievsky? Los halcones de Wall Street. La infame tropa desembarcó en las Rusias, compitiendo con las mafias locales y los vestigios del aparato soviético, importando las directrices neoliberales y privatizadoras de Estados Unidos. El increíble negocio del gas natural ruso, el petróleo, el acero, minerales y cereales, estaba a merced del mejor postor. El dólar y la oligarquía rusa se hicieron con el pastel usando métodos poco recomendables pero muy efectivos. Por supuesto que eso provocó la crisis financiera, necesidad de ayuda exterior y la llegada de un Gobierno autoritario para contener ingentes masas de población arruinadas y al borde de la hambruna. Incluso las ayudas del Fondo Monetario Internacional (servidas en bandeja por los sucesivos presidentes de EE.UU.) enriquecieron más a la clase dominante y también a los “consejeros áulicos” de las barras y las estrellas. Con esas ayudas se compraba cierta pasividad rusa ante la ampliación de la OTAN por países ex soviéticos (cosa que se había prometido no hacer). A  cambio se ofreció  a Moscú que se sentara en el club de los países más ricos del mundo, el G7 (cuando su PIB no rebasaba en mucho al español). Es con la entrada de los países bálticos en la OTAN  y la llegada de Putin al poder en 1999,  cuando todo el entramado de sobornos y engaños se derrumba, comienza a disputarse de nuevo la hegemonía y renace una guerra fría que llega a su exasperación 22 años después.

Como escribió el Nobel de economía 2007, Erik Maskin, académico de Harvard, “Occidente debería haber abrazado a Rusia en los noventa”. Pero ahí estaban los intereses norteamericanos para impedirlo. Y de aquellos mimbres estos cestos.  Por supuesto que nada de lo dicho justifica las tropelías bélicas de Putin. Pero seamos serios y críticos a la hora de atrevernos a juzgar los hechos luctuosos de la Historia reciente. No hay buenos ni malos. Somos todos de la misma materia de las pesadillas. Manifiestamente mejorables.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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