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21 marzo 2022 1 21 /03 /marzo /2022 12:09

NOS ESTÁN CAMBIANDO EL MUNDO

Publicado en “la Comarca” el 18 abril 2022

Si usted, lector, tiene menos de 30  o 35 años no me entenderá, ni compartirá desde la nostalgia, las premisas que  el filósofo coreano de origen y alemán de adopción, Chul Han, desarrolla en un libro, “No cosas” que está creando desazón en los “jóvenes” de 50 años en adelante.  No por sus atrevidas observaciones y aún más radicales conclusiones, sino por el realismo con el que refleja la sociedad que nos está tocando vivir y la que nos espera a los que lleguen, si Putin no insiste en ser un “terminator” de tres al cuarto.

Vayamos a un ejemplo práctico: mis hijos y mucho menos mis nietos no comprenden en absoluto que guarde amorosamente los libros que ya he leído junto a los que no he leído y algunos que quizá no lea nunca, que los amontone en todos los huecos de la casa,  que los  siga comprando; que tenga discos de vinilo y cd's, videos y dvd's; que atesore miles de fotografías en blanco y negro y color en formato de papel o diapositiva; que tenga numerosos cuadros, esculturas, recuerdos de viajes, trajes, cacharros (como radios antiguas, proyectores de super 8, relojes de péndulo); que guarde los originales manuscritos de novelas, ensayos y artículos publicados, o no, durante toda mi vida; máquinas de escribir de los años 50 a los 70,  junto a viejos ordenadores; estilográficas y bolígrafos por decenas; libretas de muchos tamaños y agendas de hace decenios... y, aunque no lo crean, no esté diagnosticado de padecer el síndrome de Diógenes (apelativo injusto pues el cínico Diogenes fue un hombre nada apegado a las cosas).  Que sea feliz con todo eso y que también sea una fuente de inspiración y un goce difícil de definir.

Si Walter Benjamín levantara la cabeza ya no podría sostener que la relación de posesión es la más intensa que se puede tener con las cosas. Y esa relación de afecto, de fetichismo, sólo es posible en personas dotadas de una memoria vital que dudo tengan las nuevas generaciones,  para las que la vida es líquida, cambiante, acelerada y se basa en la información, en las experiencias. Lo digital carece de memoria , al fragmentar la vida cotidiana en numerosos bits. El fetichismo de los objetos, de las cosas, que nos evoca vivencias y etapas de la vida, empieza velozmente a desaparecer. Los nuevos habitantes de las redes sociales, que construyen sus vidas en torno a ellas, viven en el tiempo de las no-cosas.

Byung-Chul Han es uno de los filósofos más leídos en la actualidad. Nos habla de manera amena y atrevida, en casi todos sus libros, de la desmaterialización del mundo actual, la eliminación de lo físico, lo objetual, en nuestras vidas. Sigue las estelas del italiano Giorgio Agamben (el teórico de la “nuda vida” de los inmigrantes) el polaco Zygmunt  Bauman, (el de la “vida líquida”), el eslovaco Slavoj Zizek , el filósofo amigo de los chistes o el austriaco Peter Sloterdijk,  que fue “el joven airado” de la filosofía . Mientras que todo sea información, nos dicen estos autores, ésta seguirá haciendo desaparecer las cosas, puesto que la digitalización aboca a la desmaterialización del mundo. A más información, menos materia: un juego de suma cero. Un mundo digital no es un lugar para recuerdos y sí para datos. Hemos entrado en una era dominada por la infomanía, los megadatos y la hipertrofia de la información, lo cual tiene una lectura buena y otra que no lo es. Se trata de un camino lleno de incógnitas y no sabemos en qué va a desembocar. Es un cambio radical de paradigma, que no tiene precedentes y cuyo desenlace y etapas sólo podemos conjeturar. En los últimos veinte años la humanidad ha dado un salto cuántico en las formas de vida, los valores y costumbres, la moral y la ética.

No hay que esperar reversibilidad o arrepentimiento. Parece ser un camino de imposible retorno. Lo que venga, sea lo que sea, no tendrá apenas relación con lo que vivieron las generaciones del siglo XX y anteriores. El metaverso no nos recordará el pasado, vía archivos documentales. Sus algoritmos buscarán siempre elaborar lo nuevo. Pero algo hemos aprendido: las cosas materiales, que tanto habíamos rechazado, transmiten durabilidad y estabilidad, pues dan un sentido referencial a nuestra existencia. No somos seres digitales o virtuales, somos corporeidades físicas, en relación directa y homeostática con el medio ambiente y las fuerzas de la Naturaleza que nos condicionan de forma vital. Quizá el nuevo universo digital que nos engloba haga que nos importen menos las cosas, que no las tengamos en cuenta, con lo cual nuestra realidad pierde la firmeza y el sentido que ellas daban a nuestra vida.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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