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Texto publicado en la revista Compromiso y Cultura, abril 2023
Es el símbolo del escritor judío del siglo XX, profeta ignorado y víctima de la locura humana
No hay ni un escritor, filósofo o crítico literario del siglo XXI que cuando descubre la obra de Stefan Zweig –uno de los grandes “olvidados” de la literatura en los últimos cuarenta años—no se sorprenda ante la dimensión gigantesca de este escritor, pensador, ensayista y novelista que fue uno de los grandes intelectuales idolatrados en todo el mundo durante los primeros setenta años del pasado siglo. La trágica circunstancia de su muerte –se suicidó con 61 años, junto a su esposa Lotte, de 34, en Petrópolis (Brasil) en febrero de 1942—fue uno de los hechos infamantes que cabe apuntar en la gigantesca lista de oprobios indirectos de la demencia furiosa nazi, (esa cagarruta “ideológica” de ciertos seres humanos, que parece resurgir en nuestros días), descrita en su novela “Amok” por Zweig
La primorosa edición que Páginas de Espuma ha hecho de su narrativa breve, “Cuentos completos”, (aprovechando la ola de rescate de este autor tras la liberación de los derechos de edición) con traducción de Alberto Gordo, sólo tiene un defecto, en opinión de este viejo lector acostumbrado a un tipo de editores que no abundan ( los “viejos” Plaza Janés, Planeta, Bruguera, Alianza, Muchnik o Seix Barral): ¿hubiera encarecido mucho la edición haber añadido un estudio, siguiera de una decena de páginas, sobre el autor, su obra, su historia y su regia importancia en la literatura? Por favor, muchos de los que nos dedicamos al oficio de la pluma, estaríamos dispuestos a hacer ese trabajo “gratis et amore” con tal de rendir un servicio al lector y un homenaje al escritor que amamos los “lletraferits” del siglo XX).
Stefan Zweig (1881- 1942) era un todoterreno literario: cuentos, novelas, biografías, historia, crítica literaria, ensayo, poesía, teatro…Ameno, bien informado, con un pensamiento sólido y bien razonado, brillante, poético, inteligente y dotado de sentido del humor, sencillez y un gran respeto hacia la belleza, la razón y la magia de la creación artística. Su discreción, modestia y pundonor personal y profesional, virtudes unidas a su genio creativo, le convierten en un ejemplo poco habitual de escritor importante que también era una buena persona, recta y compasiva y un ciudadano consciente de su tiempo y con criterios éticos .
En estos cuentos que hoy glosamos y en la totalidad de su obra Zweig nos regala uno de los mejores conjuntos literarios dedicados al ser humano, su complejidad, sus defectos y mezquindades, pero también su grandeza, su búsqueda del amor y su debilidad ante las emociones. Para los que conocen y aman a Zweig, esta edición nos brinda la oportunidad de conocer relatos poco editados y alguno prácticamente inédito para el lector español. Y también propicia el reencuentro con piezas como “Los ojos del hermano eterno” o “Mendel, el de los libros”, un cántico este último a algo que el escritor viviría de una forma discreta toda su vida, pero que le llevaría al prematuro final: su condición judía. Pero es en el aspecto emocional donde el romanticismo y la sensualidad nostálgica de Zweig, brilla con fuerza: “Veinticuatro horas en la vida de una mujer” o “Carta de una desconocida”.
El sesgo trágico de Zweig, que le hacía ver el suicidio como un recurso válido contra la injusticia y el sufrimiento, le acompañaría desde muy joven. Su primera mujer, Fridericke (se divorció en 1938), escritora a su vez y autora de una biografía de su exmarido, conocía esa pulsión suicida, una expeditiva forma de rechazo total a la vida –en determinadas circunstancias- que Zweig contemplaba con frialdad racional. En muchos de sus novelas y relatos los protagonistas acaban suicidándose. Tal como la vida de exiliado y el temor a un triunfo global de los nazis le empujaron a tomar los barbitúricos-veronal- que acabaron con él y su esposa. “El mundo de mi lengua ha desaparecido y mi patria espiritual, Europa, se ha destruido a sí misma”, rezaba la nota que dejó junto a sus cadáveres.
En su hora más triste y a la espera del trágico final, Stefan Zweig trata de hacer de la necesidad virtud y escoge para ello, como consolación filosófica, al austero Montaigne cuyo mensaje vital se concentra en la voluntad persistente de mantenerse al margen, independiente y seguro ante el mundo brutal y violento que le rodea (paralelismo histórico con el momento que vive Zweig, aterrorizado ante la vesanía nazi que amenaza comerse al mundo entero). El libro está lejos de ser un académico ensayo filosófico. Muy al contrario, destila la emoción, el miedo, la inteligencia y las dudas de un intelectual que parece hundirse poco a poco ante una situación a la que no ve salida. Como Boecio busca una consuelo en la filosofía que la filosofía no puede darle y como Boecio se siente en una prisión y esperando la ejecución. Por eso en su carta de despedida antes de suicidarse escribe: "Saludo a todos mis amigos. Ojalá lleguen a ver el amanecer tras esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes que ellos". Y recuerda una frase de Montaigne: "La muerte voluntaria es la más bella. La vida depende de la voluntad ajena; la muerte, de la nuestra". En una carta a Herman Hesse, al que considera un alma gemela, escribe "En ocasiones la amargura nos impregna como el agua a la esponja". Y menciona la ruina del mundo que él ama en el caos nazi en Europa. Hesse compartía la extrema decisión de su amigo, ya que él mismo intentó en dos ocasiones recurrir al suicidio como vía de escape a situaciones no aceptables.
Especialmente significativo es su bellísimo relato sobre Jakob Mendel, un original, tímido, introvertido, solitario y excéntrico librero de viejo que durante más de treinta años acude, cada día, desde primera hora de la mañana y hasta la noche, justo antes del cierre, al café Gluck de Viena, donde ocupa siempre a la misma mesa y consume dos cafés y unos pocos bollos de pan. Es una institución cultural del local. En su rincón lee, escribe, estudia y se ocupa de su negocio, vender libros y por supuesto buscarlos primero, gracias a ser un desconocido -- pero famoso en círculos minoritarios de eruditos -- experto en libros, en fechas y lugares de publicación, en editores, en autores, en géneros. Es como un ordenador humano, una biblioteca ambulante, una autoridad bibliófila, una eminencia dotada de un cerebro portentoso. Vive para los libros y ellos son toda su vida, ajeno a lo que ocurre en el mundo, en su ciudad, a dos metros fuera de su mesa. Ni tan sólo se ha enterado de que en torno suyo el mundo se derrumba a causa de la I Guerra Mundial. Esa será su perdición. Por un motivo fútil, dos postales enviadas a dos países enemigos, Inglaterra y Francia, reclamando catálogos de libros, pondrá en marcha la absurda y fatal maquinaria represiva de la policía y el ejército, en un país de tradición prusiana. Terminará en un campo de concentración y comenzará la caída hacia el olvido y la muerte. Mendel parece surgido de una novela de Kafka. Pero nace de la pluma de Zweig, un hombre que comienza a montar en su mente una historia semejante que reflejará su propio final.
Stefan Zweig ha sido para mí, desde mi juventud, un amigo leal al que recurrir en las situaciones más variopintas y por ello adquiría las rústicas ediciones de Plaza Janés, que aún conservo, subrayadas y anotadas. Después Zweig cayó en el olvido desbancado por inquietudes literarias más afines con el tiempo y la edad. Por tanto, la aparición del volumen "Novelas" en Acantilado, hace algunos años, me atrajo como un imán. Ya sabía de las ediciones en ese sello de la obra de Zweig --de hecho tengo en mi biblioteca algunos de los títulos que ha ido sacando en los últimos años -- pero la presentación en un solo volumen de 1560 páginas en papel biblia de sus mejores once novelas fue irresistible. Este escritor que resume como pocos el talante y características de los escritores clásicos de centro Europa (quizá a la par de otros menos conocidos pero de excelencia semejante, como Sandor Marài) nos ofrece las claves para entender los cambios que llevó de la Europa previa a la Primera Guerra mundial al caos ideológico y social que propició la Segunda Guerra (y preparó el terreno para el actual desbarajuste sangriento que aflige a buena parte del mundo en que vivimos). Hay quien opina que Zweig es un escritor menor respecto a aquellos que respiraron con él la existencia de aquellos años, como Robert Musil, Thomas Mann o Kafka. Una relectura de alguna de sus novelas, nos convence de inmediato de que no es así. Yo creo que estos autores no son comparables. Que no se puede --ni se debe-- establecer juicios de valor entre aquellos monstruos literarios y Zweig. Simplemente hay que leerlo y disfrutar con la justeza y elegancia de expresión, el dominio de la tensión narrativa, el buen gusto y habilidad para la descripción de ambientes y personajes. Es como ver una buena película de época (de hecho Zweig ha inspirado con sus novelas algunas grandes películas). Pero en sus novelas, que el lector devorará como alimento del alma, nos fascinará la precisión psicológica de los retratos de los personajes, el análisis no carente de humor de la burguesía de la época (no tan alejada de la de nuestro tiempo), las facetas románticas de una sociedad (de eso ya nos queda poco hoy día) que pensaba que podría evitar la hecatombe a pesar de la evidencias en contrario.
En “El exilio imposible” el soberbio libro de George Prochnik se estudia el duro proceso del exilio y en la suerte variada, esquiva y generalmente dolorosa que sufrían los que debían abandonar pasado, bienes, nombre y raíces para enfrentarse con un futuro casi siempre indeciso y problemático. Una suerte muy diferente a la de otros escritores en lengua alemana como Thomas Mann, Hannah Arendt y Bertolt Brecht que supieron convertir el exilio en una forma de afirmación, resistencia y defensa de sus valores personales y los de su tierra lejana. Zweig, con un corpus literario de enorme fuerza y valor, se rindió a sus 60 años en una depresión que le llevaría a la muerte. George Prochnik, profesor de Literatura inglesa en la Universidad Hebrea de Jerusalén, no realiza una biografía al uso, sino un apasionado y personal desafío para desentrañar las causas psicológicas y ambientales, la mala fortuna también, que llevarían a Zweig a su dramático final. El biógrafo, también descendiente de judíos alemanes que huyeron de los nazis, viaja a Brasil, Viena y Westchester, en busca de elementos causales que aclararan la sorprendente decisión de Zweig, aunque también muestra la dificultad inherente a un intelectual de esas características siempre escudando su interior tras las páginas de su obras (algunas de la cuales como las biografías de Erasmo o Freud, parecen jugar con elementos concomitantes con la actitud personal y vital del escritor). Y define: "Zweig, el exiliado fracasado por excelencia, ofrece una fórmula precisa para la emigración tóxica, lo que podría llamarse 'síndrome de la mujer de Lot': no podía dejar de mirar atrás por encima del hombro hacia un pasado feliz e irremediablemente perdido, desdeñando y descuidando el presente y el futuro" . Y nos ofrece un retrato preciso y poco complaciente el escritor “acaudalado ciudadano austriaco, un incansable judío errante, un autor magníficamente prolífico, un infatigable defensor del humanismo paneuropeo, un anfitrión impecable, un histérico en casa, un noble pacifista, un populista barato, un hedonista remilgado, un amante de los perros, un aborrecedor de los gatos, un coleccionista de libros, un dandi, un depresivo, un adepto a los corazones solitarios, un ocasional donjuán que se comía con los ojos a los hombres, un sospechoso de exhibicionismo, un adulador de los poderosos, un defensor de los desvalidos, un cobarde frente a los estragos de la edad, un estoico ante los misterios de la tumba” .
El libro ahonda en todo ello y trata de encontrar una razón suficiente que explique el drama. Hay fuerza en esta narración de curso a veces errático, apasionado, con páginas llenas de exaltación (el lector se encontrará con párrafos sobre el amor a los libros, una de las razones de vivir de Zweig que conmueven). La nómina de amigos célebres y conocidos de Zweig resulta abrumadora (Einstein, Freud, Theodor Hertz, Karl Kraus, Jules Romains, Joseph Roth,Hendrik van Loon...) que pasan de forma fugaz y errática por el trabajo de Prochnik (lamentamos la falta de un trato más claro y documentado o reflexivo) Falta una estructura y un sistema, pero eso no es un defecto, dada la apasionada visión que nos ofrece el autor de un novelista por sí mismo, errático y poseedor de mil rostros diferentes.
En “El mundo de ayer”, Zweig acaba con una frase premonitoria: "El sol brillaba con plenitud y fuerza...mientras regresaba a casa, de pronto observé mi sombra ante mí, del mismo modo que veía la sombra de la otra guerra detrás de la actual. Durante todo este tiempo, aquella sombra ya no se ha apartado de mí: se cernía sobre mis pensamientos noche y día; quizá su oscuro contorno se proyecta también sobre muchas páginas de este libro". Esa sombra hace de la lectura del libro un estremecedor y patético documento de un hombre derribado junto a todo lo que valoraba, pero al mismo tiempo una profunda reflexión sobre la necesidad de superar los nacionalismos ("la peor de todas las pestes: envenena la flor de nuestra cultura europea"), de integrar las diferencias, de unirse bajo una bandera de paz, cultura, concordia y colaboración: "un mundo ordenado, con estratos bien definidos y transiciones serenas, un mundo sin odio", semejante al mundo de su juventud que creía que "el progreso técnico debía ir seguido necesariamente de un progreso moral igual de veloz!".
En cambio Zweig gime por su generación y se pregunta "¿qué no hemos visto, no hemos sufrido, no hemos vivido? Hemos recorrido de cabo a rabo el catálogo de todas las calamidades imaginables (y eso que aún no hemos llegado a la última página)" Y con terrible sencillez dice "He sido homenajeado y marginado, libre y privado de libertad, rico y pobre...por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y el exilio...". Y termina con “Si los perseguidos y expulsados hemos tenido que aprender un arte nuevo, desconocido, ha sido el de saberse despedir de todo aquello que en otros tiempos había sido nuestro orgullo y nuestro amor”. Su canto de amor a la Viena que conoció es asombroso y decididamente utópico: “Era magnífico vivir allí, en esa ciudad que acogía todo lo extranjero con hospitalidad y se le entregaba de buen grado; era lo más natural disfrutar de la vida en su aire ligero y, como París, impregnado de alegría”. Y la burguesía judía era el principal sustento del arte, el teatro, los libros, la cultura en general. No es sorprendente que en el siglo XX surgieran figuras como Gustav Mahler, Schönberg, Hofmannsthal, Schnitzler, Max Reinhardt y Sigmund Freud, y Ludwig Wittgenstein, todos judíos.
En el prefacio de su último libro, Zweig se queja de no tener ninguno de sus libros o documentos a su disposición para escribirlo. Debía fiarlo todo a su memoria. "Tres veces me han arrebatado la casa y la existencia, me han separado de mi vida anterior y de mi pasado, me han arrojado al vacío, en ese no sé adónde ir, que ya me resulta tan familiar". Y todo eso por ser judío, además de escritor, austríaco, humanista, pacifista y europeísta. Quizá nadie podría personificar mejor al protagonista de “El hombre sin atributos”, la gran novela de su compatriota Robert Musil (que nació y murió casi en las mismas fechas que él). Zweig fue “el genio sin atributos”. Y, como escribe con cierta dureza Prochnik, la vida de Zweig invertía el orden del comentario de Marx sobre la historia que se repite, la primera vez como tragedia y la segunda como farsa. La historia de Zweig coquetea con la farsa primero, para terminar como tragedia.
LIBROS : CUENTOS COMPLETOS.-Stefan Zweig. Trad. De Alberto Gordo. Ed. Páginas de Espuma. 1348 págs. –EL EXILIO IMPOSIBLE.-George Prochnik. Trad. Ana Herrera.- Ed. Ariel.413 pág. NOVELAS. Ed. Acantilado. Varios traductores.1550 págs.
ALBERTO DÍAZ RUEDA
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