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26 agosto 2022 5 26 /08 /agosto /2022 17:45

CONTRA EL DESASTRE TOTAL, SOLIDARIDAD GLOBAL

 

 

Los asuntos del mundo (como los del ciudadano) siguen una dinámica caprichosa en el detalle y cíclica o pautada cuando las observamos desde la distancia que marca el tiempo, pero en ambos casos hay una lógica interna –no lineal- que se ajusta más o menos a eso que llamamos la sabiduría de lo natural. Así, si haces algo mal y en contra de la línea de la armonía o el equilibrio generales, más bien tarde que temprano, las cosas se reajustarán en el sentido correcto. Así lo entendían los taoístas, los estoicos griegos y latinos y ciertos pensadores hindúes´. Es decir los que integran el núcleo de la sabiduría perenne, filosófica y ética. Viene esto a propósito de que la escandalosa y sangrienta guerra de Ucrania, que cumple seis meses, iba a destrozar el equilibrio occidental en unos días, ha entrado en el peligroso cauce de la “normalidad”. Unos y otros van poniendo parches en las heridas que mutuamente se causan y el mundo se acostumbra al goteo de muertes, destrucciones, amenazas y nuclearización del disparate. Las restricciones de energía y alimentos se minimizan con otros servicios y procedencias y todos seguimos con creciente indiferencia y mínima responsabilidad, los problemas de suministros, la inflación galopante o la brutal subida de precios de las energías y carburantes.

Reflexionemos: un análisis razonable de la situación global nos muestra que se están dando los elementos que, unidos, conforman lo que se llama una “tormenta perfecta”. Es una suma  de crisis económica, ecológica, belicista (militarización europea y asiática), climática, alimentaria, de materias primas tecnológicas, política (degradación democrática, eclosión de la extrema derecha) y humanística en sus diferentes niveles: ético-social, familiar y personal, racial, sexual.

El escenario geopolítico se resquebraja y la solución no es la que se está llevando a cabo: agudizar las diferencias, rearmar a los adversarios y afianzar supuestas fronteras ideológicas, que en puridad no existen. En el siglo XX se degradaron las polaridades dialécticas. Ahora hay diversas “tendencias” y un fondo común, capitalista y tecnológico, donde lo humano sólo es un guarismo manipulado por algoritmos y una fuente de ingresos. También se debe controlar el creciente poder de los trust multinacionales, cuyo credo único es el beneficio permanente. El secretario general de la ONU, el portugués Guterres, un político con raro sentido común, lo dijo bien claro: o acción colectiva o suicidio colectivo. El se refería al calentamiento global, yo considero que la contundente afirmación afecta a la lista completa de la “tormenta perfecta” comentada. Las conferencias internacionales, COP27 (clima), OCDE (desarrollo económico), TNP (No proliferación Nuclear) se estancan en la periferia de los problemas y aún así no logran acuerdos, mientras China se retira de la cooperación con Estados Unidos en respuesta a la inoportuna visita de apoyo de los norteamericanos a Taiwan; Rusia hace de “ruso loco” contra la OTAN, manteniendo un rumbo de colisión, e incluso anuncia que se retira del proyecto de la estación espacial internacional. La guerra sigue ante la impotencia de la ONU y las bravatas nucleares de las dos potencias en litigio, como si fuera una carta con la que se puede ganar. El gasto militar mundial se está incrementando a tenor con esa inseguridad  provocada por la falta de diálogo y de control. Pero sobre todo, debido a la emergencia de una nueva fuerza hegemónica, China, que históricamente nunca ha sido dada a la negociación: unos acuerdos como los logrados el siglo pasado en la llamada “guerra fría”, no son probables con China al otro lado de la mesa. Y a los antiguos dos colosos nucleares se han unido, además de Pekín, India, Corea del Norte y, tal vez en un futuro próximo, Irán e Israel.

El cambio climático es otro de los asuntos pendientes que se nos está yendo de las manos. La devastación provocada en el mundo por sequías e incendios comienza a “no ser noticia” porque la frecuencia adormece el interés, como bien sabemos. Las inyecciones de optimismo por la reciente medida norteamericana de apoyo económico a la transición verde, es importante pero no decisiva, y la guerra de Ucrania ha conseguido entre otras cosas que se volviera a pensar en el carbón y en las nucleares como solución. Y China, por si alguien duda sobre su inexistente solidaridad, anuncia la creación de numerosas  plantas de carbón. Eso supone que aumenta la insuficiencia de las medidas y acuerdos internacionales sobre la reducción de emisiones.

En este contexto de varias crisis concatenadas, que van interactuando entre sí, el ritmo de medidas positivas para lograr un cierto control, es claramente insuficiente. Aparte de que las medidas dependen de los regímenes políticos de cada país. Con el descrédito de las democracias  ante la falta de resultados y el empeoramiento de las crisis globales y el empuje rabioso de los extremistas radicales de ambos lados del espectro, el sentido común y la evaluación justa, rigurosa y lógica de los problemas comunes, brillarán por su ausencia. Menudo mundo estamos legando a las siguientes generaciones.

Las pandemias  -según la OMS, este verano han muerto miles de personas en el mundo debido al covid- ya han demostrado su gran poder de causar daños a todo el sistema social y económico. Según los especialistas, la cuestión climática en crisis estimulará la aparición y desarrollo de pandemias. Ello creará la bomba de tiempo, del aumento de las diferencias entre norte y sur. No sólo en el número de víctimas, sino en la duración de la enfermedad y la falta de vacunas (pero eso sí, que nadie toque las patentes). De hecho, solo la solidaridad mundial podría evitar estos descalabros. Las voces de los que piden una nueva regulación internacional de la salud, sin fronteras y libres de pagos a patentes de las que dependen vidas humanas, claman en el desierto. ¿Se imaginan si el señor Trump vuelve a aparecer en escena, para vergüenza del mundo?

La conflictividad en todos los ámbitos, atañe también al sensible mundo del comercio que se fundamenta en acuerdos  y en la confianza en que van a ser respetados. Es una estructura cada día más global, pero nos estamos polarizando de una forma brutal. Y no hay voluntad política para cambiar esto. En cuanto a la fiscalidad, las grandes corporaciones siguen sin pagar los impuestos que les corresponden. La deslocalización y la “ceguera” del poder político ante los movimientos de capital, les dejan las manos libres y los beneficios íntegros.

Es preciso rediseñar un modelo de globalización que en estos momentos sea viable. Tanto la OTAN, como la UE, los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) y el G-7 están mandando tarjetas de invitación a sus cumbres a países con los que nunca habían contado. Y eso está creando una polarización clara: el mundo de los valores occidentales y los que se consideran del “otro lado”, ya sean países activos o aspirantes. Se genera un alto índice  conflictivo que dificulta un modelo de  globalización.

Hemos olvidado una obviedad anunciada y denunciada hace 50 años: nos hemos saltado los límites al crecimiento y estamos limitando el desarrollo sostenible. Y no me refiero a la población mundial, que es una de las variables a tener en cuenta, sino al consumo de combustibles fósiles que ha superado en los últimos veinte años lo que se había consumido desde la revolución industrial hasta 2002. Los límites al crecimiento implican límites al consumo y en ese apartado no parece que estemos dispuestos a contenernos. En 1972 se publicó un estudio científico encargado por el Club de Roma (empresarios, científicos y políticos) a un grupo de investigadores del MIT bajo la dirección del profesor Meadows.

Los factores relevantes eran: la industrialización, la contaminación ambiental, la producción de alimentos y el agotamiento de recursos (aún no se hablaba de cambio climático, ni de guerras). Y la conclusión era aplastante: “Nada puede crecer indefinidamente en un medio finito, ni tampoco la explotación de recursos y alimentos”. Eso nos está llevando a una situación crítica para nuestra civilización. Las distancias entre ricos y pobres han aumentado exponencialmente, mientras el agua, el suelo y el aire se degradan de forma manifiesta. Hay que cambiar el estilo de vida de forma urgente y hay que hacerlo de forma solidaria. No hay, ni habrá, una “varita mágica” tecnológica que resuelva un problema que afecta a la propia esencia física y biológica del planeta, del que somos unos inquilinos más. El imperio de una sociedad  asociada al sobre consumo de bienes y servicios ha llegado al límite. El sistema de equilibrio mundial no tiene capacidad para soportar un comportamiento tan conflictivo, egoísta e insolidario y “cuanto más nos acerquemos a los límites materiales del planeta, más difícil será abordar el problema” (eso en 1972). “Se necesita una acción conjunta de largo alcance en una escala y amplitud sin precedentes. Es decir un cambio de valores, objetivos y estilos de vida a nivel individual, nacional y mundial”.  Qué enorme desafío para nuestra generación. Y que escasez de líderes dignos de ese nombre para que lo lleven a cabo. Señores, lo tenemos crudo.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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